viernes, 15 de julio de 2022

'El juez y su verdugo', de Friedrich Dürrenmatt

Me dice alguien que conoce bien los entresijos de la Viceconsejería de Cultura del Gobierno de Canarias que la gestión de Juan Márquez ha sido, sin ambages, caótica y caprichosa. En esta entrada del blog de Alfonso González Jerez se deduce también que irregular. También Eduardo García Rojas en su blog ha hablado mucho y mal de esa gestión (a veces, cada vez menos, habla en clave y no se le entiende nada, pero esa es otra cuestión). Además, parece que la política de contrataciones de personal en esa sublime casa ha sido harto peculiar, por no decir miope. Es posible que la etapa de Podemos y del susodicho al frente de la cultura institucionalizada de Canarias se recuerde, al menos entre el personal que sobreviva en esa viceconsejería, como la peor en toda la historia desde que tenemos Estatuto de Autonomía. En el simplismo (por no decir algo peor) reinante en Podemos, es probable que se considerara en su momento (amén de otras circunstancias) a Márquez como el adecuado para un cargo relacionado con la cultura por su condición de músico de orquesta. El error salta a la vista. 

No estaría mal, a todo esto, que los medios de comunicación, tan proclives a magnificar y a jalear cualquier espectáculo cultural, por disparatado que sea presupuestaria o conceptualmente, echaran un vistazo a lo que ocurre dentro de esa viceconsejería. Quizá se dieran cuenta de que no todo lo cultural es edificante, ni mucho menos. Claro que puestos a problematizar, y más con la que está cayendo con el caso de Pablo Iglesias y La Sexta, podríamos hacerlo también con la responsabilidad social de los medios. 

En fin, al menos en el ámbito cultural, calificar de progresista a Podemos, y por extensión al Gobierno de Canarias, puede no haber sido, ni más ni menos, que un oxímoron, tal vez mero pensamiento desiderativo sin anclaje en la realidad. Quizá pensaban que al denominarse ellos mismos "progresistas", todo lo que hicieran sería, como consecuencia, progresista. Una falacia, como se ve. El debate sería qué significa ser progresista en cultura, en qué consiste realizar políticas progresistas en materia cultural. Me temo que ese debate jamás se planteó dentro de Podemos (por descontando que tampoco en el PSOE, salvo las recurrentes loas a la supuesta cohesión social, pero para lo cual igual les vale un festival de música, un castillo para Chirino, un carnaval o un club de baloncesto/fútbol de élite) porque supongo que en su caja de herramientas conceptual cultura era un término no problematizado y autoevidente. Así les ha ido.



En otro orden de cosas más amenas, hoy les escribo de El juez y su verdugo, del escritor suizo Friedrich Dürrenmatt. Al parecer, y digo al parecer porque hay que reconocer siempre la propia ignorancia, el autor fue conocido en la República de las letras sobre todo por su obra teatral. No obstante, y a tenor de lo leído por mí en esta novela (y en otra que estoy a punto de terminar, La sospecha), es también un novelista más que solvente.

Pasemos a la novela. ¡Novela negra! Con el coraje que le tengo al género desde el momento infausto que pasó a convertirse en una excusa para todos/as aquellos que creyeron que escribir una novela daba currículum o servía como el envoltorio básico para que un famosete escribiera una, voy y me pongo a leer no solo esta, sino la siguiente del mismo autor suizo... A más inri, aquí mismo, en Canarias, tenemos varios festivales de novela negra, lo que no deja de ser llamativo: esa confluencia de escritores/as de medio pelo y la cooperación de las instituciones públicas. Debe ser, sin duda, el género en que cualquiera con ínfulas se atreve a escribir y se postula a que lo/la denominen escritor/a.

Pasemos a la novela, repito, después de este rapto de emoción. Lo cierto es que El juez y su verdugo se lee bien porque conjuga una trama bien medida y apenas desequilibrada con un lenguaje que si bien a grandes rasgos es sobrio se permite desatarse en ciertos momentos. Momentos en los que los personajes se permiten pensar más allá del caso en cuestión y dirimen sobre los grandes asuntos de la existencia humana, aunque quizá el asunto principal a este respecto (aquí y en La sospecha) sea el de la bondad o maldad humana y, con Kant, si es de esperar que algo bueno pueda hacerse con madera tan retorcida.

Se nota que es una obra bien pensada y planeada, con el descubrimiento de un cadáver al comienzo, y el consabido investigador (que aquí y en la siguiente novela es el mismo, un anciano y enfermo comisario llamado Bärlach) que parece que nada nota y nada ve y, al final, ha tejido esa red argumental basada en indicios que a cualquiera (y a nosotros/as, me atrevo a decir) se le hubieran pasado por alto, aun no siendo, en la superficie, una trama demasiado complicada. Como en otras novelas del género, aquí la némesis del protagonista es un personaje más interesante, por supuesto más mefistofélico, pero, también como suele ocurrir, no necesariamente más sabio. La versión del traductor al español de Juan José Solar resulta en un prosa eficaz, entendiendo por ella una prosa no especialmente enrevesada, de corte realista que transmite con exactitud los acontecimientos. Narrada, además, en una tercera persona, no omnisciente que se centra en la figura de Bärlach por donde quiera que vaya.

Es por tanto una narración pulcra, sin barroquismo estilístico, carente de todo preciosismo y, lo que sí sería reprochable, de toda pretenciosidad. Los diálogos están bien ajustados y perfilan bien a los personajes. No obstante, en determinados momentos eclosionan, como señalamos antes, reflexiones sobre las cultura, el arte y, sobre todo, respecto de la esencia del ser humano (que tendrán un desarrollo mayor, con largos monólogos en la obra ulterior, La sospecha), que aun siendo breves no están exentas de profundidad y de carga filosófica. 


Bärlach se retrepó en su sillón. 

-A usted puedo decírselo -empezó-. Entre Constantinopla y Berna he visto miles de policías, buenos y malos. Muchos no eran mejores que los pobres diablos con los que poblamos cárceles de todo tipo, pero ocurre que, por casualidad, estaban al otro lado de la ley. De Schmied, sin embargo, no toleraría que nadie hablase mal, era el más talentoso. Estaba capacitado para superarnos a todos. Tenía una mente clara, que sabía lo que quería, y silenciaba lo que sabía para hablar solamente cuando era necesario. Deberíamos tomarlo como ejemplo, Tschanz, estaba por encima de nosotros. 

El policía volvió la cabeza lentamente hacia Bärlach, pues había estado mirando por la ventana, y dijo: 

-Es posible. 

Bärlach advirtió que no estaba convencido. (Págs. 26-27)


-Mi querido Oskar -dijo-, no creo que las cosas revistan tanta gravedad. Claro que los industriales suizos tienen derecho a negociar privadamente con quienes se interesen por ese tipo de negociaciones, aunque se trate de aquella potencia. No lo discuto, y la policía tampoco se mezcla en esas cosas. Schmied estuvo en casa de Gastmann por su cuenta, lo repito, y quisiera disculparme oficialmente por ello, pues sin duda no fue nada correcto que diera un nombre y una profesión falsas, aunque a veces como policía se tengan también ciertos escrúpulos. Pero el caso es que él no estaba solo en esas reuniones, también había artistas, mi querido consejero nacional. 

-La decoración necesaria. Vivimos en un país de gran tradición cultural y necesitamos propaganda. Las negociaciones deben mantenerse en secreto, y con quien mejor puede hacerse esto es con los artistas. Atmósfera festiva, asado, vino, puros, mujeres, palique continuo, los artistas se aburren, se sientan juntos, beben y no se dan cuenta de que los capitalistas y los representantes de aquella potencia están reunidos. Tampoco quieren darse cuenta, porque no les interesa. Los artistas solo se interesan por el arte. Pero un policía que se encuentre allí puede enterarse de todo. No, Lutz, el caso Schmied es inquietante. (Págs. 78-79)


-Considero a Gastmann capaz de cualquier delito- fue la frase que llegó brutalmente de la ventana, en un tono de voz no carente de perfidia-. Pero estoy convencido de que no cometió el asesinato de Schmied. 

-Usted conoce a Gastmann -dijo Bärlach. 

-Me hago una imagen del personaje -dijo el escritor. 

-Se hace su imagen del personaje -corrigió fríamente el viejo a la oscura masa sentada ante ellos en el alféizar de la ventana. 

-Lo que me fascina de él no es tanto su talento como cocinero (aunque a estas alturas resulta difícil que haya cosas que me entusiasmen más), sino la posibilidad de que un hombre sea realmente un nihilista -dijo el escritor-. Siempre causa impresión encontrarse con una consigna hecha realidad. 

-Lo que siempre impresiona es, sobre todo, escuchar a un escritor -replicó el comisario secamente. 

-Quizá Gastmann haya hecho más cosas buenas que los tres que estamos sentados aquí, en esta habitación -prosiguió el escritor-. Cuando digo que es malo, me estoy refiriendo a que, por puro capricho, es capaz de hacer tanto el bien como el mal de que lo creo capaz. Nunca hará el mal para conseguir algo, como otros perpetran sus delitos para obtener dinero, conquistar a una mujer o hacerse con el poder; lo hará cuando sea absurdo, quizá, pues para él siempre hay dos posibilidades, el mal y el bien, y el azar decide. (Págs. 118-119)


 Además de lo escrito, la novela se lee sin las dificultades de una sintaxis desalentadora o una prosa inaccesible. No es una novela experimentalista ni nada parecido. Es un texto bien ordenado y estructurado, por lo que la lectura es ágil y se acaba hasta demasiado pronto. Esto tampoco significa simpleza, ni mucho menos, sino sencillez de estilo y claridad lógica. En todo caso, su potencial público lector es amplio. 

Lo bueno de tener amigos/as que leen es que te recomiendan libros que ni por asomo se me hubiera ocurrido leer, como es el caso. Y si, a su vez, Vds. me hacen caso, se complacerán con la lectura de esta obra y, si quieren más, con la siguiente, La sospecha.

 

POLILLAS AL ANOCHECER EN RADIO GUINIGUADA



jueves, 7 de julio de 2022

'La penúltima lectora', de Elisa Rodríguez Court

Para comenzar de buen rollo, les escribo que si alguien me acusara de "dinamizar la escena cultural" de la ciudad (precisen Vds. el ámbito geográfico o administrativo-territorial que les plazca), lo más probable es que me mesara los cabellos, me rasgara las vestiduras y abandonara familia y posesiones para subirme a una columna en mitad de cualquier desierto. A mí lo que me gustaría de verdad es, ya puestos a desvariar, dinamitar la cultura para que de entre los cascotes y los fragmentos, entre el detritus y la quincalla pudiera aparecer algo que no fuera meramente institucional y desalentadoramente conformista.

Hablando de dinamizadores y también de gestores de esa cultura que se empeñan en hipostasiar, me parece que estar en todos los saraos y figurar en todas las fotos no significa más que haberse currado el don de la ubicuidad, facilitada por una agenda bien cargada de contactos. Otra cosa es que efectivamente se gestione y dinamice algo más que subvenciones públicas, que digo yo que también podrían arriesgar alguna vez parte de su propio capital. Es importante, además, que estos/as dinamizadores/as y gestores/as no olviden pagar a las personas con las que trabajan o colaboran. Lo digo porque en numerosas ocasiones, seguramente embriagados/as por los efluvios que brotan de tanta cultura, estos/as gestores/as tienden a la dispersión y al olvido de las necesidades de sus semejantes.

Ese es uno de los problemas del sector cultural, tal vez de gran parte de la economía canaria y española: la precariedad, la temporalidad y los bajos salarios (cuando se pagan), amén de la casi exclusiva dependencia de la aportación pública. Esto último provoca la aparición de especialistas en captar subvenciones y el casi inevitable clientelismo (tanto el clientelismo como la censura surgen también cuando se depende de entidades privadas, no obstante). Por no hablar de que esa dependencia en muchos casos coarta la potencialidad rompedora o subversiva de cualquier iniciativa cultural si la tuviera en origen, ¿pues quién quiere enfadar al político, al mecenas? Además, no es descabellado pensar que muchos de estos productos (llamémosles así) culturales no se idean primero (como inquietud personal o grupal, tal vez, con objeto de compartirlo luego con la sociedad) y posteriormente se busca financiación, sino que están concebidos para obtener una subvención. Vistos así, no es de extrañar que cualquier gasto (como el pago a terceros) se considere insoportable o, al menos, fastidioso. Lo malo de estas cosas es que que proyectos culturales a cargo de promotores/as honrados/as y sacrificados/as conviven con los anteriores y todo el sector queda así bajo sospecha.




Antes de empezar, quizá debería avisarles que soy muy amigo de leer mamotretos, salvo para reseñar (por la imperiosidad del calendario), y poco de libros de aforismos o, menos aún, de esa perversión llamada microrrelatos. Entenderán, entonces, que cuando descubrí que La penúltima lectora era una colección de textos breves surgidos tras lecturas literarias y entrevistas a escritores/as me sentí algo desconcertado. No obstante, lo sorprendente acecha a cada esquina.

Es probable que lo más sobresaliente de este libro (que no tiene intención de ser un conjunto de relatos, quizá ni siquiera de reflexiones, sino de un paseo, mediante la alusión y la cita, por algunos caminos literarios transitados por la autora) sea la constatación de las numerosas lecturas de esta. Es evidente que el elogio es, simultáneamente, un reproche, porque la autora consigue algo que en principio no resulta fácil: que las anécdotas y citas de escritoras y escritores fatiguen (pese a  la predisposición potencial del público lector) a pesar de la corta extensión de los textos.

Mi crítica va dirigida, sobre todo, al uso del lenguaje. Las frases tienen un aire de, si no hechas, sí sobadas. Falta, en lo que soy capaz de apreciar preocupación por el estilo, reflexión acerca del peso de las palabras. Es esa escritura fácil que reprocho tan a menudo por la que parece que algún demiurgo se ha apoderado de nuestra mente y todo lo escrito parece natural y maravilloso. Pero no. Algún pasaje escapa, aquí y allá, de este tono general mediano y previsible, lo que añade amargura a este análisis porque así se vislumbra lo que podría haber sido, tratados los textos con un poco más de cuidado. Tal vez, no se disponía de la capacidad para transmitirlo. A veces, suena a columna periodística (como R. Court alude en una entrevista a un periódico local): esa recurrencia (yo diría, más bien, caída) en el sentido y en el lenguaje común poco suele añadir al acervo del lector/a, que solo confirma sus supersticiones.


El sentido de la figura del finalista admite numerosas dudas, sobre todo en ciertos concursos donde intervienen editoriales y a los que se presentan escritores noveles. Dicha figura parece responder en diversas ocasiones a un invento con ánimo de lucro. Una maniobra dirigida a la promoción de la editorial y a la captación de escritores, sometidos luego a condiciones humillantes. También los finalistas muerden con facilidad el anzuelo. Les emociona haber arañado el premio y caen en la trampa: piden a la editorial la publicación de sus manuscritos. Quizá obtengan a cambio un descuento. (Pág. 27)


Suelo escoger obras literarias que me agarren y me remuevan, obligándome a mirar de frente. La literatura es para mí la mirada petrificante de la medusa. Necesito una buena sacudida, sentirme navegando en alta mar entre las páginas de los libros. Elijo privarme de la seguridad de un ancla enterrada en el fondo del agua. Leer ha de parecerse al instante en que entro en mi frío dormitorio y mi propio cuerpo muerto me coge del todo desprevenida. (Pág. 42)


Me horroriza la defensa de la instrumentalización ideológica del arte. Su alcance práctico incluye, en el ámbito de la literatura, el adoctrinamiento de los lectores como cometido de la ficción literaria. Una apuesta así, descabellada, me ha recordado un lamentable suceso ocurrido a Coetzee tras la publicación de su novela Hombre lento. (Pág. 50)


El arte no guarda relación alguna ni con ideologías ni con juicios morales. Sin embargo, las obras de numerosos artistas fueron y son vetadas por motivos ideológicos. Queda en el recuerdo la polémica desatada a raíz de una interpretación musical en Israel. La orquesta de Barenboim tocó un fragmento de una ópera perteneciente a Wagner, denostado por el Gobierno israelí. 

Prohibir la música de Wagner basándose en supuestas razones ideológicas del compositor mata al arte. Lo mata asimismo la expulsión de Céline del panorama literario. ¿Acaso la gente deja de ir a la peluquería o se inhibe de entrar en un establecimiento comercial porque las ideas de los propietarios difieren de las suyas? (Pág. 67)


Mi deseo de posesión, escribe Julio Ramón Ribeyro en La tentación del fracaso, se dispersa no sobre varios libros posibles, sino sobre todos los libros existentes. La adquisición de uno significa para él no un libro más, sino muchos libros menos. Les ocurre igual a lectores empedernidos. Observan asimismo el lado sombrío de sus lecturas: las que defraudan sus expectativas y las que se ignoran. En sus bibliotecas les esperan, no obstante, nuevos libros. Cualquier lector adicto suele tener a su disposición libros de sobra. (Pág. 93)


El mercado enaltece a numerosos autores iletrados. Otros son anunciados a bombo y platillo como un descubrimiento sublime. Se les considera el nuevo Marcel Proust, la renacida Virginia Woolf o el último Roberto Bolaño. Ellos, por su parte, carecen de escrúpulos y se vanaglorian de su capacidad para combinar el oficio de la escritura, fácil y rápida, con una vida social plena. (Pág. 103)


Sorprende su escritura de ritmo vertiginoso y cargada de sensualidad, la yuxtaposición de lo real, ficcional y onírico, y el rescate de lo esencial. También su inmersión en la naturaleza con cierta fragancia de Rulfo, sus conexiones con la narrativa, entre otros, de Kafka, Cortázar, Vila-Matas y de escritores japoneses como Kawabata y Kawakami. Con acertados giros inesperados, los desenlaces de los relatos cuestionan la ilusoria secuencia de los hechos. (Págs. 142-143)


Aunque no es solo el lenguaje, digamos la forma, lo que me causa este estupor siestero. Las reflexiones o conclusiones que suscitan tampoco me sorprenden ni me estimulan. Son previsibles, y más campanudas que llenas de sustancia. Hay, se nota, un interés de dotar de trascendencia a la literatura y a los/as literatos/as, pero me temo que el esfuerzo se torna baldío por la poca finura estilística de la autora, y quizá porque no dispone de la panoplia conceptual apropiada para las honduras que pretende sondar. Entusiasmo, eso sí, no le falta, pero no basta para las dimensiones de la empresa.

Así pues, aunque los pequeños textos de La penúltima lectora recogen citas y proponen reflexiones de raíz literario-filosófica es dudoso que susciten, a su vez, otras citas y otras reflexiones. Esto constituye para mí la prueba de su fracaso. Fracaso, entiéndanme bien, en el sentido que no logra prolongar las reverberaciones que aquella literatura suscitó en la autora y que tuvieron como consecuencia este libro. Esta impotencia es tanto más lamentable cuanto se percibe la cantidad de lecturas subyacentes y el esfuerzo para escribir los textos. No obstante, como alguna vez he subrayado, las energías gastadas no tienen por qué corresponderse con la calidad de la obra.

Por otro lado, este libro tiene la virtud, al menos, de ofrecer una gran cantidad de referencias literarias a los/as lectores. En algunos casos, puede suscitar la curiosidad o el interés por esta o aquella obra, por este/ o aquel/la escritor/a, lo que puede conducir a nuevas lecturas, y eso siempre está bien, por lo menos para Vds., que leen suplementos, blogs y artículos como el presente. En este sentido, Elisa R. Court puede habernos hecho un favor nada desdeñable. Muchos/as con más fama han hecho menos.

Por último: es difícil resignarse a ser solo lector/a cuando, por un sentimiento de verdadera generosidad, uno/a se ve impelido/a a compartir sus conocimientos y experiencias con los demás. Tal vez, es una posibilidad que me ronda por la cabeza, el crítico debería hacerse a un lado y dejar pasar textos como estos, semillas que flotan en un río hacia el mar. Promesas que no germinarán.



POLILLAS AL ANOCHECER EN RADIO GUINIGUADA





martes, 28 de junio de 2022

'Duelo de alfiles', de Vicente Valero

Les habrá resultado evidente desde el principio que el ritmo de publicaciones del blog no podría seguir el paso de la programación semanal del Polillas al anochecer en la radio. Es lo que tiene el amateurismo aspiracional de esta época del capitalismo: intentamos ser productivos todo el rato 24/7 y no nos importa no cobrar. Por amor al arte, dicen. Lo malo que, en mi caso, es así. Por eso, ya hace tiempo que renuncié a reseñar todas las novelas que leo en el blog: no me da el tiempo, y cuando dispongo de él me apetece (aunque les parezca inconcebible) hacer otras cosas. O no hacer nada.

Sea como fuere, hay algunas obras como Austerlitz o Los anillos de Saturno, de W.G. Sebald, que bien merecerían no solo un articulo, sino una monografía entera. Como es también el caso de Fuga sin fin, de Joseph Roth. O Misterios, de Knut Hamsun Lecturas todas que me han proporcionado un gran placer, y que me recuerdan que cuando leo algo bien escrito y bien pensado no solo disfruto sino que también conozco. Pues que conste, y anoten.


                                                                                               

  Abandonando este momento solipsista para centrarnos en asuntos mas comunitarios, como la creación en Las Palmas de Gran Canaria de un ateneo cuyos objetivos me resultan un tanto vaporosos. Me suena a aquello de "llevar la cultura a los barrios", llevar la Ilustración a las masas ignaras, y cosas así. Entusiastas parecen sus promotores/as, no obstante. Veremos qué hacen y si dura. En todo caso, la estética comienza a fallar. Es posible que otorgar la presidencia de honor a Jerónimo Saavedra se haya debido a razones pragmáticas, al igual que la presencia de expolíticos, el alcalde, el rector de la ULPGC, etc.: esa sería la necesaria disculpa. En todo caso, tiene un tufo institucional que asfixiará, me atrevo a pronosticar, cualquier iniciativa o reflexión interesante, si por interesante entendemos rupturista o algo parecido, si surgiera.

Y, bueno, vamos a lo nuestro:




Este libro es la respuesta a una petición pública de sugerencias planteada hace ya más de un año: consecuencia de una agenda surtida de nimiedades magnificadas y urgencias evitables. Al fin, hice caso al recomendador, lo que se sustancia hoy: Duelo de alfiles, de Vicente Valero.

El libro comienza con una frase magnífica y larguísima, un ejercicio de hipotaxis que hubiera regocijado a Sánchez Ferlosio. Es de lamentar (al menos, yo lo lamento), que el autor no siguiera por esa vía permanentemente y creara un libro tan enmarañado sintácticamente como sus viajes por Europa, que es (ese deambular, ese flaneurismo filosófico-literario-ajedrecístico) de lo que va este libro.

Así, pese a que Valero no quiso complacerme con el estilo bernhardiano al que por breves momentos me preparé, la novela está muy bien escrita, con predominio de la frase larga y del párrafo denso y extenso. También la temática suscita interés: se nos narran viajes a varios países europeos, donde no es que le ocurra gran cosa al protagonista, pero conoce a personas y vive situaciones que le sirven de excusa para rememorar otros sucesos. Así que, a modo de entrelazamientos junquianos, se relacionan eventos del presente con los del pasado, personajes actuales con otros fallecidos, y en los que el ajedrez está de un modo u otro presente. Así, desfilan, aunque no militarmente, por Duelo de alfiles Franz Kafka, Friedrich Nietzsche, Walter Benjamin, Bertolt Brecht o Rainer Rilke. Suecia, Dinamarca, Italia o Suiza son los países por los que nuestro flâneur, que, además, se dedica a la poesía y da conferencias, etc., ya por trabajo, ya por ocio inquieto, incursiona.


Para Brecht, las narraciones de Kafka son, desde este único punto de vista, las de un hombre fracasado, pero no así para Benjamin, como queda claro en su ensayo, pues la contextualización política de su literatura no dejaría de ser sólo un aspecto más, y ni siquiera el más importante, que tener en cuenta: su amplio y nada dogmático punto de vista le permite discurrir sobre el escritor de Praga por aquellos muchos otros terrenos por los que le gustaba transitar, desde el estrictamente literario hasta el filosófico o místico, logrando crear un texto de gran belleza, tejido con hilos de muy diversas texturas y procedencias desde el Talmud al Quijote, desde los hermanos Grimm al cine, que conforman un fértil entramado (fértil siempre me ha parecido el adjetivo que mejor define los escritos de Benjamin en general: abona con nuevas semillas interpretativas todos los temas que aborda) con el que, sobre todo, poder mostrar la fuente inspiradora de Kafka, los caminos extraños, a menudo inextricables, que conducen a esa misma fuente. (Págs.34-35)


Mi primer impulso, después del saludo, fue darme la vuelta y salir de la cafetería, pero todavía no me había quitado de encima el frío de la calle y, por otra parte, mi curiosidad por aquellas partidas de ajedrez ya se había avivado, así que lo que hice fue quedarme allí y ponerme a mirar cómo jugaban. A los pocos minutos, Detlef acabó con su contrincante -de manera despiadada, por cierto, con un pavoroso ataque de alfiles y peones sobre el enroque rival- y me invitó a jugar con él. Acepté sin pensármelo mucho, pues hacía casi un año que no jugaba una partida, y perdí dos veces, primero con blancas, después con negras, primero con una apertura española, después con una defensa siciliana. Entre una partida y otra, Detlef me contó que su padre había sido compañero de colegio de Bertolt Brecht y que ambos habían aprendido a jugar al ajedrez juntos. El alemán era, por supuesto, su poeta favorito, se sabía de memoria decenas de poemas, me recitó tres o cuatro allí mismo, mientras jugábamos, con una voz profunda, casi atronadora. (Págs. 90-91)

 

Estas "confluencias", como así las llama el escritor (y aprovecho para decir que me resultan un tanto forzadas cuando se incluye en ellas, como también me irrita su insistencia en contarnos qué desayunó en este hotel o qué almorzó en el otro, etc.), son sugerentes y, para quien no las conociera, proporcionan anécdotas e historias reveladoras sobre ciertos momentos de crisis vital de aquellos personajes históricos. Personajes cuya obra, la conozca uno o no, forman parte del pensamiento y la cultura (al menos, occidental) en el último siglo y medio.

Después de tanta novela negra, de tanto festival y de tanta feria, viene bien que descansemos con novelas que, sin carecer de ambición, jueguen a ofrecer algo modesto, pero diferente, de naturaleza quizá más parsimoniosa, sin personajes truculentos, tramas sangrientas o personajes embrutecidos por el alcohol, las drogas y la violencia casi sin sentido, que de tanto sinsentido me abotargan. Que pretenden indagar un poco en qué nos hace humanos y, por tanto, en qué y cómo somos mezquinos, en qué altruistas. A veces, solo hay que viajar un poco, tal vez, o tan solo pasear por los caminos que se tienden ante nosotros/as y encontrarse con personas que en su cotidianidad más o menos atribulada, más o menos satisfecha, también encierran historias que a su vez remontan a otras historias y que vayan ustedes a saber a qué abismos nos conducirán.



POLILLAS AL ANOCHECER EN RADIO GUINIGUADA
  

jueves, 16 de junio de 2022

'Supersaurio', de Meryem El Mehdati

No he podido evitar el oír (y ver) las declaraciones de la concejala del ramo sobre el premio de poesía de Las Palmas de Gran Canaria. No solo, según ella, que el que se lo hubieran concedido a una mujer lo pusiera "en valor", como si en caso de que lo hubiese ganado un hombre lo habría depreciado, sino que, claro, el premio había puesto a la ciudad no en el mapa mundial, sino en esta ocasión "en el panorama de la Cultura". En el panorama

En el primer caso, se entiende lo que quiere decir, aunque lo diga mal, claro, que para eso es una política profesional que cree que tiene bien aprendido el guión. En el segundo, es la típica tontería-cliché-chorrada que suelen proferir nuestros representantes cuando un/a periodista, por razones que se me escapan, se les acerca con un micrófono para recoger declaraciones. Ya saben, ese acto periodístico rutinario con el que ya se sabe que el interlocutor no va a aportar nada significativo, pero o bien rellena papel en el periódico o bien tiempo en el telediario.

Tras estas profundas (y breves) reflexiones, que harán tambalear las convicciones de muchas/os, comencemos con lo que nos ha traído aquí hoy:



Sin saber nada, porque ya saben que yo nunca me entero de nada y que todo me cae casi siempre como por casualidad, me encontré con un ataque a la autora, Meryem El Mehdati, en un hilo de Facebook. Eso sí, bien defendida, por uno de nuestros lectores/oyentes más fieles. Ataque que no tenía que ver con el estilo, la prosa, etc., sino con etnicidades como que la escritora no era "canaria de verdad", que era una "mora" y cosas de ese nivel. Como ya me conocen Vds., lo primero que hice fue pedir la novela a mi (todavía) librería de referencia, solo por joder a esos energúmenos. Y aquí estamos.

Pues bien, y a riesgo de que este blog comience a caer en desgracia, Supersaurio, de Meryem El Mehdati ha sido en lo que llevamos de año una de las sorpresas literarias más interesantes y potentes. No es perfecta, claro, pero incluso sus imperfecciones tienen su gracia, lo que a estas alturas y con lo que ha pasado por aquí tiene su relevancia.

La novela narra las vicisitudes, primero, de una becaria, que es, para mí, la parte más interesante de la novela, que enlaza muy bien con la literatura de la precariedad, como aquella Existiríamos el mar, de Belén Gopegui que tanto ensalcé y tanto recuerdo o, incluso, con la novela obrera, y más cruda, de Desde la línea, de Joseph Ponthus (recordemos, también, La literatura del pobre, de Juan Carlos Rodríguez); y, segundo, su existencia como contratada, sueldo fijo y amorío, etc., que aun manteniendo el nivel no me suscita el mismo entusiasmo. Quizá sea porque la vida de una becaria, último eslabón de la cadena alimenticia de una cadena de supermercados ofrece el interés de ver ese lado oscuro del que no suele hablarse. Quizá, porque la consecución del objetivo del empleo quizá no hace, aunque no lo pretenda, sino justificar su experiencia anterior, en una suerte de demostración de ese meritaje que viene a decir que si lo vales, lo consigues. De lo que se deduce que si no lo consigues eres una mierda. 

Uno de las falacias de la meritocracia, consiste en eso: puede haber muchos/as que valgan pero solo unos/as poco/as lo consiguen por circunstancias, a veces, de lo más singular y ajena a la valía. ¿Significa acaso que aquellos que no lo consiguieron (porque no había sitio para todos/as) no lo merecían? También, que suele contraponerse la persona esforzada a la haragana, no siendo el mundo ni de lejos tan dicotómico. Por no hablar de las diferentes posiciones de partida, etc. Aun así, todavía hay bobos que "creen en la excelencia", como si esta fuera un concepto indiscutido que no hay que problematizar, sino en el que tener fe.

En fin, volviendo a la nuestro, la sucesión de escenas que conforman la novela, titulada cada una de ellas con el mes y el año, consigue ser dramática, emotiva y cómica, no necesariamente de manera simultánea. El uso del lenguaje de la autora es despreocupado, potente, con un desparpajo de quien lleva escribiendo mucho tiempo y lo hace suyo. Narrada en primera persona, el personaje, la propia autora, se revela como un ser singular: una mujer frustrada, resentida y resignada a la vez, que afronta un empleo, más bien una formación como becaria, que, como suele ocurrirle a gran parte de los licenciados/graduados de nuestro país no solo refleja la devaluación de los títulos universitarios y la así llamada sobrecualificación para determinadas actividades laborales, sino el derrumbe del sueño de clase media aspiracional, que consiste en una continuidad lógica entre el esfuerzo académico, el puesto de trabajo bien pagado y la consiguiente propiedad inmobiliaria. En este caso, es la chica para todo de la sección administrativa de la cadena de super/hipermercados, que, como se indica en la novela, está por encima, jerárquicamente, de la parte del servicio de cara al público: cajeras/os, reponedores/as, etc.

Aunque, como digo, está narrada en primera persona, la novelista logra evitar el ensimismamiento banal de tanto/a autor/a local y nacional, ya sea autobiográfico, ya biografía ficcionada, ya lo que sea. No son escasas las ocasiones en las que, con excusa de una narración, se nos endilgan experiencias vitales de lo más anodino y, a la vez, de lo más pretencioso, algo así como una eutrofización de la narración por exceso de solipsismo. Hagan un repaso al blog y no tardarán en encontrar ejemplos. Este es uno de los logros de Supersaurio, que una vida por lo demás bastante corriente se vuelva, si no paradigmática, al menos ejemplificadora de un estado de cosas, de una situación económica y social cuya degradación parecemos advertir casi todos/as.

Hay que señalar, además, que, a diferencia de Andrea Abreu y su Panza de burro, Meryem El Mehdati no construye un dialecto a base de supuesta habla popular y canarismos. Más bien, el suyo es un español más bien estándar, pero actualizado con el habla del mundo juvenil y veinteañero (del que ella forma parte) vinculado estrechamente con las redes sociales en Internet. Mientras Panza de burro mezclaba de modo convincente una especie de costumbrismo redivivo con el fenómeno (largo fenómeno, sin duda) del turismo, El Mehdati combina esa canariedad de la modernidad líquida, cuyo telón de fondo kitsch es la combinación de turismo y supermercados, con sus raíces marroquíes. El resultado, durante la mayor parte de la novela, es sorprendente y estimulante. Alguna vez, cae en algún pensamiento trillado, pero no son numerosos los casos y no empañan esa forma de ver la vida que sin ser insólita, sí resulta singular.


-Pensaba que vuestros nombres siempre tenían algún tipo de significado, así como... Profundo. En la carrera tuve un amigo que se llamaba Badr, un tío cojonudo. Su nombre significaba... 

Vuestros nombres, dice. El muy soplapollas. Sonrío.

-Bueno, una fase lunar, creo, por eso pensaba que tu nombre significaría algo. 

Badr significa luna llena. 

-Ahora me hiciste dudar -miento-. Preguntaré a mis padres esta tarde, quizá esté equivocada yo. 

-Sí, sí, pregúntales. Es que algo tiene que significar, vaya. Pero el sí que bebía, eeeh. 

Amaga darme un codazo amistoso. Durante un segundo deseo ser desollada viva. 

-Bueno, ya sabe -finjo la risa-. No porque mis amigos se tiren por una ventana tengo que ir yo y hacer lo mismo. 

Yo no quería venir a esto. Uno de los conceptos más cargantes del trabajo corporativo es el concepto "afterwork". No tiene sentido, es ridículo. Echas nueve horas o más al día en una oficina y luego sales de allí y te vas a un bar de copas a tomarte algo... con esas mismas personas con las que estuviste trabajando todo el día para "desconectar" del trabajo a pesar de que la mayoría de las conversaciones que se tiene allí es sobre trabajo. (Pág. 20)


Yo creo en el famoso clic. Conoces a alguien, le miras, te mira, todo encaja. Tú dices: "Mundo". Él sonríe y añade: "Na tu ral". Tinder se me hace aburrido. En general, los hombres me parecen aburridos. Los que no me aburren me dan miedo. Jose, 33. "Le diremos a nuestros hijos que nos conocimos en un museo." Pedro, 29. "Crossfit, birras y El club de la lucha." Matías, 31. "Jazz, crossfit y atardeceres." Son todos la misma persona. Hay una parte de mí que comprende que los seres humanos nos imitamos entre nosotros para no parecer unos auténticos psicópatas porque la personalidad se suele castigar, sobre todo si eres una mujer. Buscar el amor es como ir a una entrevista de trabajo, supongo. Ahora todo el mundo busca el amor, me da pena, me da pánico. No eres tú del todo, mientes un pisco, quieres que te elijan, swipe right. Cuando lees "Jazz, crossfit y atardeceres" entiendes que el otro está haciéndote saber que es igual que los demás, no hay algo de ingenio o de inventiva. No pasa nada. Swipe left, pero el siguiente tipo de más de treinta años que está calvo y que le pone cero ganas a lo de sacarse selfies. No tienes problema con los calvos, pero ahora mismo no son tu tipo, tienes veinticinco años. Sigues siendo superficial. El siguiente solo tiene una foto de su torso desnudo. El siguiente se define como "dominante" y busca sumisa. El siguiente no tiene una sola foto en la que no esté rodeado de niños africanos. Borras la app, ya no crees en el amor. Lo peor de Tinder es que hace que me sienta muy vulnerable de una forma que no sé explicar. Lo primero que te suelta un señor si no le respondes a sus mensajes al instante es que para qué coño hicieste match con él para empezar, pedazo de puta. Tampoco eres tan guapa. Está cansado de divas. Esa hostilidad tan gratuita y tan repentina da miedo, hola guapa y que te follen puta guarra son las caras de una moneda que tiras al aire y a ver qué cae. Al menos, el Joker tiene motivos para estar zumbado. (Págs. 38-39)


La jefa de Recursos Humanos, Macarena, llega por fin. Tiene que comunicarnos algo importantísimo. Está muy seria. Hay algo en el gesto de su cara que me hace mucha gracia de repente. Parece que va a vomitar si abre la boca. Lo reconozco porque es la misma expresión que suele quedárseme cuando he de decir algo que no sé cómo verbalizar. Me pellizco un muslo para no reírme. Omar arquea las cejas. Le imito. Pienso en Pacho Herrera, de Narcos. Tengo miedo real a que se me escape una carcajada. "Siento mucho tener que ser yo la que dé la noticia" oigo que dice Macarena. "Sé que muchos de vosotros habéis estado oyendo rumores estos días sobre un ERE. No va a haber ERE, pero sí se va a recortar el número de cajeras." Todo el mundo se calla a la vez. Ya no hay nada que temer. Alguien se ríe en las primeras filas, no sé si de alivio o por qué. Las cajeras pertenecen a otra especie, la especie "Haber estudiado". No le importan a nadie. (Pág. 45)


Además, los diálogos son verosímiles, cortos y dinámicos; los personajes, incluso los que apenas pasan por ahí, son sólidos y creíbles, se perfilan autónomos, con vida propia: singular muestra de humanidad en un entorno que va de Puerto Rico a Las Palmas GC y de Las Palmas GC a Casablanca. La ultramodernidad periférica en una cáscara de nuez.

EN DEFINITIVA: Supersaurio es una novela notable, que muestra una escritora de indudable talento. Algo se mueve en la literatura canaria, así que estemos atentos. Los/as de Blackie Books han estado listos/as.



POLILLAS AL ANOCHECER EN RADIO GUINIGUADA



viernes, 10 de junio de 2022

'Azulmadre', de Javier Estévez

Parece que estamos en racha con la literatura local: después de una feria del libro (decepcionante para unos/as, estupenda para otros/as) con su plantel de figuritas extraliterarias, por un lado, y de escritores/as de verdad, autores/as noveles y la mayoría con ínfulas, por otro, pronto llegará un festival (el enésimo) de novela negra a Las Palmas de Gran Canaria, que según dicen, se extenderá a otros municipios. También, un presentador de telediario nacional que no llegó a tiempo a la feria firmará sus libros en unos grandes almacenes, y Rafael-José Díaz se desplaza hoy (viernes, 10 de junio) también a nuestra isla para presentar su último libro de relatos, cuentos o como considere él que deben ser nominados.

Por otro lado, se falló el premio de poesía de Las Palmas GC y se lo concedieron a una señora de Venezuela, excelente poeta seguro. Internet, la globalización y el petróleo barato han provocado que las convocatorias de premios hayan abandonado su rancio y pueblerino arraigo local para convertirse en cosmopolitas brindis por la literatura, el arte, etc. Así las cosas, uno se pregunta cuál es el sentido de un premio dotado por el Ayuntamiento que puede ganar cualquier persona del mundo y cuya conexión con la localidad, en este caso con Las Palmas GC, no se requiere en absoluto. Es bastante posible que muchos/as de los participantes ni siquiera se molestaran en localizar en un mapa la ubicación de la ciudad. Entendería, aun con mi conocida reticencia a todos estos premios de juegos florales, que se crearan para dar conocimiento de poetas jóvenes, nuevos, no descubiertos/as, etc., ya fueran de la ciudad, de la isla, etc. Tal y como está planteado, la verdad es que no le veo el sentido.

En fin, vivan la poesía y la madre que nos parió, los centros irradiadores y los motores de desarrollo económico-cultural. 

También, he visto publicado por ahí que Santiago Gil va publicar un libro. Pero no teman si no tienen hijos pequeños: es de temática infantil. Es posible que me equivoque, pero creo que es el único nicho de mercado en el que no se había introducido nuestro polifacético, celebérrimo y multipremiado escritor (me avisan de que no es la primera vez que escribe para tan tierno público, que conste). El talento, ya se sabe, se desparrama y se filtra por cualquier intersticio que se presente. Si no, recuerden las goteras que nos caen por culpa del vecino de arriba. Le deseamos la mejor de las suertes en su nueva empresa narrativa, que, a buen seguro, no será la última.




La novela de hoy, de corte autobiográfico, es Azulmadre, del escritor grancanario (de Guía, por más señas), Javier Estévez, cuya anterior novela, Días de paso, ya habíamos reseñado por aquel año pre-pandemia de 2018. Encima, de manera prudentemente elogiosa, lo que, lamento decir, es más bien raro. Es por lo anterior que, aunque sin ansiedad, había estado esperando su siguiente novela. Al menos, preguntándomelo cada cierto tiempo. 

Azulmadre me recordó a Gilead, de Marylinne Robinson que, cómo no, también reseñé en 2018, justo después de la novela de Estévez, lo que no deja de ser curiosa coincidencia. Aquella Gilead y esta Azulmadre consisten en un padre que se dirige a su hijo, vástago que se convierte en excusa para que el narrador rememore su vida y los acontecimientos que le han conducido hasta el momento de la escritura. Es por tanto, y ya nos centramos en la novela de Estévez, un proyecto destinado a vertebrar una vida. Ya se sabe que los humanos tendemos a crear un relato coherente, como si realmente fuese una historia con etapas lógicas, por muy locas que pudieran haber sido, que desembocan en el yo actual. Así, claro, recordamos y dejamos de recordar de modo selectivo, subrayando, en parte de modo consciente, en parte, no, los hechos que consideremos hitos fundamentales o decisivos y dejando en el olvido otros menos importantes. Bien pudiera ser que fueran justo al revés, o que nuestra vida haya sido la mayor parte del tiempo una sucesión de tumbos sin rumbo ni control en que el azar ha determinado gran parte de los que nos ha ocurrido. O, por el contrario, que la libertad que creamos que hayamos tenido en nuestro discurrir vital no ha sido más que el disfraz ideológico (en esta época de individualismo a ultranza) de una trayectoria marcada por la clase, el lugar y la época. Así, la vocación "que se lleva en la sangre"; así, el tema tan de moda hoy del meritaje en sus múltiples variantes.

Si hay que criticar algo en la novela es que el lenguaje no siempre se mantiene al mismo buen nivel. Hay a lo largo de ella cierto uso superfluo de los adjetivos, como si dos fueran mejor que uno, y dos, mejor que tres. No digo que tengamos que ser avaros con la palabras como un accionista del Santander con sus dividendos, pero sí que usar, y aun menos abusar, del típico adjetivo con el típico nombre o el típico adverbio con cierto verbo ("amar perdidamente", sin ir más lejos) no solo no aporta nada, sino que empobrece. Es cierto que no es un rasgo definitorio de Azulmadre, ni esta mácula que señalo "la rebaja al nivel de su propia degradación", sí que no la deja descollar, no la deja elevarse hasta donde podría haber llegado con un poco más de cuidado, con un poco menos de prosa fácil o tal vez en este caso, prosa emocionadaTambién, con un corrector o correctora profesional, pero ya sabemos que en nuestras editoriales estos detalles son cosas de finolis, de gente pudiente.

Pongo aquí un ejemplo:

(...) Ella sufrió, que duda cabe, pero estoy seguro de que si Lita le encontró sentido a su vida nunca fue a través del dolor, sino tal vez del compromiso con su realidad, en la coherencia como forma de vida y en la fidelidad irrenunciable a sus principios. No era una mujer pesimista ni tampoco optimista. Durante las no pocas conversaciones que tuve con ella, jamás me habló del sufrimiento. Pero tampoco del bienestar o de la felicidad. No se lamía las heridas. Eso no iba con ella. Me gustaba su silenciosa trascendencia, que ella llamaba conversaciones con Dios. Adoraba oírla bisbisear las cuentas mientras rezaba el rosario o su concentración casi budista cuando tejía aquellas rebecas y abrigos de los que yo presumía con visible orgullo. Admiro su pragmático sacrificio y agradezco en los (sic) más profundo de mi ser la generosidad ilimitada que mostró, primero, con sus hijos y, luego, con nosotros, sus nietos. Confieso que Lita, mi abuela, a la que tanto quise, es de las personas que más admiración me han despertado en mi vida. Por su perenne humildad. Y su amor incondicional. (Págs. 50-51)


En todo caso, Azulmadre es una novela notable, de intensidad in crescendo, que emociona en ciertos momentos. Una novela, al fin y al cabo, de saga familiar, de linaje que se entremezcla, aunque esa no sea su intención ni lo subraya, con las distintas Españas y Canarias a lo largo del tiempo. No deja de ser también, una historia de superación personal en cada uno de los niveles genealógicos, en especial de las mujeres de la familia. Asimismo, es la crónica de la relación con la madre, admirada y amada; y, finalmente, una suerte de bildungsroman. Algo digno de aprecio es que logra ser sensible sin ser sensiblero.


En aquella isla que era la vieja casa, levantada en las estribaciones de un barranco amplio y profundo y rodeada de un platanar prodigioso, la vida transcurría envuelta en una especie de felicidad simple, de alegría, de satisfacción física y, en cierto modo, espiritual. Sólo nos teníamos a nosotros, así que no había más posibilidad que la vida en familia. Compartíamos cama para dormir, comíamos siempre juntos, íbamos y regresábamos juntos de la playa, jugábamos juntos en la única mesa que había en el comedor. Todo era colectivo. Plural. Y muy primario porque allí lo que más abundaba era el tiempo. Había tiempo de sobra para todo. Quizá eso explique ese recuerdo de libertad y felicidad que tengo de aquel confín, de aquel apéndice de la isla donde nunca ocurría nada. (Pág. 82)


La música era ella. Las horas de estudio, el tic tac del metrónomo, de aquel dedo de acero implacable, obsesivo. Ella me hacía parar, repetir fragmentos, volver a ellos con paciencia, con humildad, primero, con las manos separadas, me recordaba la técnica de la tecla hundida, lentitud. Me hacía repetirlo una y otra vez. Ella, siempre presente, sentada en el sofá, en la cocina. Escuchaba con atención y celebraba sin reparos mis progresos. Qué alegría sentía cuando me pedía que tocara una pieza, un fragmento, porque le gustaba. Y yo, tocaba, por supuesto. Para ella, cuantas veces hiciera falta. (Pág. 99)


Todo está bien contado e interesa, que no es poco, y, como digo, está salpicada la historia de momentos particularmente vibrantes. Eso sí, no esperen experimentalismo literario ni literatura posmoderna. En este sentido, Javier Estévez es un escritor realista, y me da la impresión de que nunca se ha planteado no serlo ni escribir de otra manera.

EN DEFINITIVA: una novela que merece el tiempo empleado en su lectura, y Javier Estévez, un autor digno de tener en cuenta.


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lunes, 6 de junio de 2022

Día de Canarias y Feria del Libro o viceversa

El calendario laboral y el sentido de la oportunidad de la Asociación de Libreros de Las Palmas han hecho que coincidieran este año el fin de la feria del libro, que duró del 25 al 30 de mayo con la celebración, por decirlo de este modo, del Día de Canarias. La festividad del lunes 30 se sumaba, así pues, a la del 29, domingo, y para muchos/as, la del sábado, 28. Una orgía de tiempo libre, ocio y vagabundeos tanto físicos como mentales en la que a la habitual exaltación del libro y de la lectura como bien en sí mismo se sumaron las menos exaltadas muestras de amor patrio, en forma de columnas de opinión, cantos regionales y algún que otro disfraz conmemorativo.

En el apartado "Tengo que escribir algo poco arriesgado y que me asegure una palmadita" tenemos, por ejemplo, a Alicia Llarena, Paco Javier Pérez Montesdeoca, Anselmo Pestana y el inefable Juan Manuel García Ramos. Todos ellos tienen en común el resaltar las supuestas peculiaridades culturales y lingüísticas del pueblo canario que los distinguen de los miembros de otras culturas y otras variedades del español. Ustedes se preguntarán si es posible pasar por el día oficial de la Comunidad  sin que haya que leer estos artículos. También, sin que haya que escribirlos. La respuesta es, en ambos casos, negativa. Las jeremiadas sobre las medidas institucionales que hay que adoptar para que no se eternice nuestro secular acomplejamiento identitario, de tipo psicológico y educativo, sobre todo, soslayan casi siempre las de tipo económico (acciones redistributivas, niveladoras, igualitarias) y político (participación política ciudadana, por ejemplo).

Es coherente, si uno/a considera que ese es un rasgo fundamental identitario, alentar el uso del "ustedes" para la segunda persona del plural y deplorar el "vosotros", como rasgo distintivo que se cree que tiene valor intrínseco. Se establece así una línea lingüística entre nosotros/as y ellos/as, con el correspondiente reproche a quien siendo de nosotros no respeta esa línea y utiliza formas lingüísticas ajenas, extranjeras. Se les tilda además de "acomplejados" y de sufrir algún tipo de complejo de inferioridad. Es curioso que no se tenga en cuenta que nosotros/as y ellos/as conviven incluso en el mismo núcleo familiar, y que sus hijos/as utilizan el idioma de las maneras más curiosas: los hay quienes hablan el español peninsular, entendiendo por él la pronunciación del fonema /z/ y el uso del vosotros, otros que mezclan lo anterior con la aspiración de las vocales finales, sobre todo en Gran Canaria; otros que teniendo un padre/madre peninsular y otro/a canario eligen la forma de hablar de uno de los dos; otros que teniendo padre y madre peninsulares eligen la forma, digamos, canaria; otros que con los anteriores hablan la forma peninsular y con sus amigos, la canaria, etc., etc. Condenar el uso que uno considera ajeno, en este caso el vosotros, me parece una acción voluntariosa... e inútil.

Entiendo que el amor a esa comunidad imaginada puede encarnarse de diversas maneras. La mía consiste en imaginarla plenamente democrática, plenamente igualitaria, plenamente justa y plenamente compasiva. Esa sería la comunidad de la que me gustaría formar parte, de la que me sentiría orgulloso, más allá de que sus miembros dijéramos "ustedes" o "vosotros", o "fechillo" por "cerrojo", más allá de que fuéramos plataforma continental de primavera perpetua, viviésemos en una primavera eterna o fuéramos los/as primeros/as en inventar el fuego. Por no hablar de las chocolatinas. Todo eso me da más o menos igual, aun cuando uno pueda sentir cariño por esas manifestaciones culturales con las que está más íntimamente ligado por haberle acompañado a lo largo de la vida que otras cuyo uso, disfrute o padecimiento resultan ajenas. Por no hablar de que se puede cuestionar la autoridad de quien se arroga la facultad de dictar qué es lo nuestro o lo suyo (o lo vuestro o lo de ustedes) en sociedades tan poco homogéneas como las modernas, y, sin ningún ánimo irónico, como las siete sociedades insulares canarias. Sociedades plurales, con lo que conlleva de diversidad étnica, religiosa, lingüística, repleta de cosmovisiones diferentes. Sociedades democráticas en las que el eje vital mayoritario es, además, desde hace mucho tiempo, individualista y no comunitarista. Cómo no, lo que caracteriza a las sociedades modernas, plurales y complejas es el conflicto permanente y nunca resuelto entre valores. 

Fijémonos, además, que cuando se hace el canto interesado a cualquier manifestación cultural, siempre se focaliza en que sea distintiva, es decir, que no la posea (o en el mismo grado) otra agrupación social, en una suerte de puesta en valor del producto propio en el mercado de las idiosincracias, que siempre viene bien para el turismo, etc. Porque salvo que me demuestren lo contrario, tanto forma parte de la cultura canaria determinados deportes minoritarios y vernáculos, (la lucha canaria, sin ir más lejos) como otros populares en casi todos los países (fútbol, baloncesto, etc.). Tan canario puede ser el silbo gomero como las reuniones juveniles en torno a un McDonald's. Así son las culturas modernas, una mezcla de lo viejo y de lo nuevo, de lo considerado tradicional y propio y de lo extranjero, que así deja de serlo. ¿Hay acaso alguna costumbre o tradición que no tenga fecha de nacimiento? ¿Hay alguna que se pueda imponer por decreto? 




Por otro lado, a falta de conclusiones oficiales y cifras, la impresión que tengo de la Feria del Libro es que, por el lado de la asistencia de público, ha sido un éxito. La arribada de presentadores de telediario, influencers y modelos de pasarela, entre otras personalidades del sistema de medios de comunicación y redes sociales digitales, animaron a mucha gente a formar largas y serpenteantes colas para conseguir esa foto y esa firma, todavía objetos fetiche. Habría que ver si efectivamente se incrementaron las ventas de libros con respecto al año pasado o a ferias pre-pandemia. 

En cambio, por el lado, digamos, de la opinión de gran parte del mundillo literario, la feria fue bastante decepcionante, por el poco realce concedido a nuestros/as escritores/as locales, que apenas les dejaron lucirse en la programación y, por extensión, a la literatura en general. No sé si a los libreros/as la preocupación por la literatura les quita el sueño. Tampoco, si a los/as gobernantes de las instituciones públicas las cuentas les importan algo mientras figure el escudo. En cuanto a Saramago, icono del sarao, no parece que haya ganado en popularidad entre la ciudadanía lectora, pero reconozco que esa es mera impresión mía.

En todo caso, lanzo la idea de organizar otro tipo de evento, tal vez paralelo a la susodicha feria. En un primer momento podría parecer que se guetoíza la literatura, claro, al desmembrarla del festejo consumista. En un segundo, podría servir de fomento y regocijo, no solo para los/as autores/as locales o foráneos/as, sino para ese sector, creo que todavía importante numéricamente, interesado menos en likes follows que en disfrutar de las posibilidades morales y estéticas de la narrativa y de la poesía. Un festival que sin soslayar la venta de libros (que es de lo que viven las librerías) seduzca  a aquellos/as ciudadanos/as susceptibles de disfrutar de la literatura. No estoy pensando, por cierto, en el método, tan empleado por las instituciones públicas en otros ámbitos artísticos de traer, cueste lo que cueste, a figuras de talla mundial, galáctica o universal, para que disfruten de ellas nuestros/as patricios/as sino en organizar actividades que permitan vislumbrar el milagro de la creación artística tanto desde el punto de vista lector como creador. 

Se abre el concurso de ideas.


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jueves, 19 de mayo de 2022

'Veneno en el paraíso', de Domingo-Luis Hernández

Me fio de los conocidos que me dicen que el escritor Domingo Villar era un buen tipo. De sus novelas, poco tengo que decir. Leí aquella titulada El último barco, a la que propiné una crítica poco complaciente, sin duda, aun siendo más que correcta. Me cuentan que, antes de una entrevista, rechazó conocer de antemano las preguntas, lo que me indica que se veía con argumentos para defender su obra sin tapujos. Como saben, Domingo Villar estuvo en la feria del libro de Las Palmas en 2019, y recibió un premio por la novela aludida en Santa Cruz de Tenerife al año siguiente. No somos nadie, aunque nos empeñemos en olvidarlo.

En otro orden de cosas menos luctuosas, visto el programa de la Feria del Libro de LPGC de este año, la impresión puede ser, sin duda, peor, pero sería difícil. Entiendo que no siempre es posible traer a escritores/as reconocidos/as de nivel galáctico, pero quizá es que el planteamiento de traer a estos figurines o figuritas conlleva un grado de competitividad al que no siempre se puede hacer frente. Como dije en el programa de radio homónimo, quizá habría que hacer más esfuerzo por que la Feria del Libro fuera menos feria y más fiesta del libro. En ese sentido, el subrayado no consistiría en traer al Pérez-Reverte de turno o al presentador de telediario premiado por su última nimiedad en forma de libro que en organizar actividades que entusiasmaran al público. Público, comprenderán, proclive a disfrutar de las actividades relacionadas con la literatura, que no solo son hacer una cola kilométrica para lograr un autógrafo, compadecerse un pizco de los/as escritores/as primerizos/as, o pasearse por los puestos de librerías a las que, dicho sea de paso, pueden ir durante todo el año.

Entiendo que, tal y como están concebidas, estas ferias son mera promoción de la venta de libros y de las librerías, pero así como estas últimas se han empeñado, con mayor o menor fortuna, en no limitarse en ser puntos de venta (con actividades varias como presentaciones de libros, mesas redondas, debates públicos, etc.), así la Feria del Libro de Las Palmas de Gran Canaria (que es la que padezco) podría intentar convertirse en un evento atractivo no solo para los/as masoquistas habituales de la Literatura, familias sin plan de fin de semana o en una disrupción del paisaje habitual del Parque de San Telmo para el/la paseante ocasional. Imagino que, para eso, hace falta gente con conocimientos, ideas y energías.



Como si lo anterior no fuera suficiente, la novela que traigo hoy para Vds., Veneno en el paraíso, de Domingo-Luis Hernández, es un ejemplo de lo fácil que es hoy publicar en cualquier imprenta/editorial del archipiélago. Sin ser una novela vergonzante, como otras que recordarán por las reseñas que les he dedicado, sí que es evidentemente fallida, necesitada de una profunda reconfiguración en su trama y objetivos.

Antes de entrar en materia, por mucho que se haya consolidado la costumbre, me parece de dudoso gusto publicar la foto del escritor o escritora en la solapa, a veces con el listado de sus obras y premios. Lo que sí se vuelve insoportable es que en la foto aparezca un fular, una pipa o una máquina de escribir. Que yo sepa, la ciencia no ha descubierto un fenotipo específico de escritor/a, así que por qué insistir en el lugar común estético del artista. Esto, independientemente de que al Sr. Hernández de verdad le guste llevar un fular los días impares, los pares, los fines de semana o solo cuando posa.

Dicha esta frivolidad, sigamos: la novela parte de una premisa que no carece de interés: la transformación de una persona al perpetrar un asesinato que se revela como no-asesinato. El protagonista, Teodoro Raúl Sosnowsky, dispara una bala a la cabeza de su hermano mientras duerme, para, no se explica cómo, quedarse con la mujer de éste, a la que le une, según parece, una ardiente pasión erótico-amorosa. Pasa un tiempo en la cárcel hasta que se descubre que su hermano ya estaba muerto, y no de parranda onírica, cuando Teodoro apretó el gatillo. 

Las consecuencias de su acción y su transformación física y psicológica constituyen, como digo, el motor de la acción. A pesar del intrigante comienzo, tales efectos se encarnan en una trama de poca monta, casi banal, en un pueblo de la isla de El Hierro. Lo que iba a constituir una novela de inspiración beckettiana se queda en las divagaciones de corte apodíctico de cura rural de Teodoro o, tras su operación de cambio de rostro y de DNI, de Juan Pedro Quirós Castañeda. Los receptores de sus sentencias son los miembros de una cuadrilla y su líder, a los que más tarde se unirá la hijastra de éste, con la que, claro, había tenido relaciones incestuosastras (pérdonenme la licencia). Como tampoco podía ser de otro modo, nuestro protagonista mantendrá una breve relación sexual-existencial con ella, etc. 


El asunto es que maté porque quise matar. Luego, si tú estabas detrás del matar porque te convenía, la punta de mi revólver apunta a tu cabeza. ¿Qué ocurre? Que antes del disparo definitivo habría de destrozar, llevar a esta pútrida familia hasta el mismísimo infierno, sentarla cerca del trono de Satanás. Confirma satisfacción por la culpa y encontrarás un abismo aterrador. Las palabras significan lo que significan y lo que tú decides que signifiquen. Es decir, a medida que la devastación me rodeaba, el sentido verdadero de la satisfacción cobraba cuerpo y mi maniobra se escapaba por entre los dedos de las manos como la arena. (Pág. 14)


El camarero se acercó con un bote de vino. Dije que no había pedido semejante servicio, y que no me convenía. 

-Perdón, señor; es una invitación, y aquí las invitaciones se aceptan. 

Tuve una intuición y hube de confirmarla. Miré al fondo del salón y descubrí a Miguel Gómez sacarse el sombrero en señal de respeto. Inclinó la cabeza para saludarme. Recordé la frase del muchacho en la pasada noche. Mientras alzaba el recipiente en señal de aceptación, pregunté al camarero: 

-¿Qué he de hacer? 

-Compartir la botella con quien la paga y usted pagar otra. Eso es lo mínimo. El resto es cosa suya... 

-Dígale a Miguel Gómez que acepto el regalo. 

El vino no era agradable. Tenía un cuerpo y una personalidad poco comunes. No recordé un néctar igual de cuantos probara antes. Era blanco y dulce. Sin denominación de origen, su calidad la garantizaba la palabra del que lo consechó. (Pág. 66) 


-Lo siento -se apresuró a disculparse Ana-. No sabía que durmiera usted en el salón de la casa. 

Alcé la cabeza e hice un esfuerzo para verla. Era un ser extraordinario al que algún amigo de Gómez llamó fatal, para encono de Ángel. Vestía un suéter azul de mangas largas y un pantalón estrecho y blanco. No hacía ostentación en su belleza; más bien se afanaba en ocultar su atractivo y lo que en realidad era: una mujer sensible con una personalidad decidida. 

Alcé el cuerpo con decisión, y con un gesto simpático caí de nuevo sobre el asiento. 

Ana rio y tendió el brazo en mi ayuda. 

La examiné con viveza, tomé la mano y me alcé hasta ella. Acaricié suavemente su rostro y besé con ternura sus labios. Ana Gómez había cerrado los ojos. Su expresión era dulce. No soltó mi mano, tiró de ella y me condujo hasta la cocina. 

-Su vida es un misterio. 

-Siempre ocurre así con los extranjeros, amiga, ¿no es cierto? Ese comentario es propio de Zával y Zával sabe muchas cosas de mí, repuse. (Pág. 88)


Por otro lado, ya que la historia no me da para más, el uso del idioma es correcto, sin graves errores, salvo dos lamentables "infringir" por "infligir" (véase, por ejemplo, página 108: "Gómez se alzó. Infringió un ruido sospechoso al asiento"). Tampoco tiene ninguna frase estéticamente apreciable: por mucha reflexión profunda que pretenda colarnos, su plasmación carece de valor literario, al menos en mi opinión. Cierta minuciosidad en cosas sin importancia, irrita, no obstante. Como la novela es corta, unas 130 páginas medianas, si se tiene esa intención, puede apurarse en dos o tres sesiones de lectura, a cuyo término uno podrá dedicarse a asuntos de mayor enjundia y, tal vez, mejor aprovechamiento.

Uno se pregunta, en definitiva, para qué. Para qué molestarse en montar esta historia que cae tan bajo como alto apuntaba. La dualidad psicológica nunca se manifiesta, no hay transición alguna, al menos apreciable en la novela, de un Teodoro a un Juan Pedro. No se aprecia una escisión moral que, a su vez, nos haga interrogarnos a nosotros mismos sobre las consecuencias de nuestros actos o de las veleidades de la fortuna. En realidad, permanecemos impávidos mientras leemos como se despliega una trama de naderías en este diario agónico e insustancial que es, al fin y al cabo, Veneno en el paraíso.



P.D. Como cada vez que puedo y me acuerdo, les añado material complementario: aquí, una entrevista respecto de la novela en cuestión; y aquí, una reseña espumosa, pero sin el entusiasmo de otras que le han hecho justamente célebre.

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