domingo, 8 de mayo de 2022

'Cazadores de beatniks', de Dani Ortiz

Así es el Polillas y yo: estamos dos, casi tres semanas sin reseña, preñando de inquietud y angustia el mundillo literario cuando, sin previo aviso, henos aquí de nuevo con otra. Qué desenfreno y qué desparrame de talento, digo yo. Si la semana pasada nos metimos de lleno con una notable novela, Mimoun, del primer Rafael Chirbes, en esta ocasión le toca a una creación peculiar, sobre todo para el empalago autorreferencial que se estila por estos pagos, del autor y editor Dani Ortiz.

Autor y editor cuya obra y editorial desconocía yo por completo. Lo que, más allá de mi ignorancia, me hace preguntar sobre el eterno asunto este de la visibilidad mediática, por la que algunos/as autores/as parecen estar eternamente presentes, atosigándonos con su ubicua presencia, por muchas obviedades o insensateces profieran, y otros, como en este caso mucho más interesantes, apenas llegan al gran público. Quizá, ni siquiera al pequeño público, más selectivo o más despistado. Como ya hemos hablado y escrito hasta el hartazgo del papelón de los suplementos culturales y de esa especie -el/la periodista cultural-, antaño prestigiosa, hoy más devaluada que la moneda de Zimbabue, con esa aniquiladora capacidad de producir artículos que oscilan entre el elogio más vergonzoso y el sopor más aplastante, no incidiré en el asunto.

Eso sí, nosotros algo de culpa tenemos en esta situación. Como el cilicio ya no está de moda, y no todo va a ser mortificar la carne, estaría bien, por lo menos, no aceptar las monedas falsas de la cultura que provienen del entramado empresarial predominante o de la clase política, cuyos representantes siempre quieren rescatarnos de nosotros mismos, cuando no regenerar los barrios o situarnos en el mapa mundial de la última gilipollez. Siempre digo lo mismo, desconfíen de todo y de todos, acepten solo sus propios juicios, y reflexionen críticamente, incluyéndoles a ustedes mismos. 



Volviendo a esta novela, titulada Cazadores de beatniks... Ahora bien, no sé si es una novela o más bien una sucesión fulgurante, un flujo ininterrumpido, de pensamientos que narran los viajes de una pareja de editores/asesinos o lo que sea que atraviesan los Estados Unidos de parte a parte y luego cruzan México y llegan hasta Guatemala. Y no paran, claro. La verdad es que, a estas alturas, cualquiera se va a poner a ahora a definir la literatura en cualquiera de sus manifestaciones, y menos la novela, tan proteica. Baste decir, al menos eso es lo que yo me digo, que hay personajes, hay diálogos y mucha descripción. Añadan a eso que la exuberancia verbal que muestra Dani Ortiz es sobresaliente, a veces, simplemente asombrosa.

A este respecto, casi no hay párrafo sin referencias literarias o musicales, tanto de forma expresa como en guiños solo apreciados por quienes conozcan aquellas. Lo bueno es que no suscita esa impresión penosa de otros/as autores/as, ansiosos/as por un reconocimiento de cultura que no deberían necesitar y, menos, mendigar. Aquí estas referencias (no solo sobre el fenómeno beatnik) vienen a cuento, están bien insertadas, y aunque sesgadas, porque no hay visión subjetiva que no lo sea, las estampas norteamericanas (o mexicanas, argentinas, etc.) son potentes, a veces desoladoras, a veces coloridas, con comparaciones y metáforas brillantes en muchos casos.


Jazz, Demon Piquer pululando en los prostíbulos de Storyville, su historia contada por él, luego Willy de Ville: remembranzas de los alrededores de la Hamburg Hauptbanhoff bailando Demasiado Corazon con una prostituta que me doblaba la edad, albercas al caer el sol, canciones de Fleetwook Mac en Canal, Tony, nuestro hobo angelical durmiendo la mona en un portal oscuro, misión cumplida. El bullicio de Bourbon Street, el espectáculo de ver la estatua de Louis Armstrong atada con cuerdas en Congo Square, las tardes estrelladas en las terrazas del Marigny, gringas enseñando las tetas por un par de collares fuera de fecha. Dixieland, la falta de respeto a Dixieland, la luna llena sobre Algiers, ojos brillando en las aguas al llegar la medianoche, el Laffayette, y un último bloody mary en Esplanade, donde el cuarto oscuro con vídeos de Paula Abdul. ¿Pero qué habéis hecho con el jazz, insensatos? (Pág. 47)


Nopales a los lados, serpiente asfaltada hacia el Atlántico, un bus mitológico, como a mí me gusta, leyendo cosas que ese enorme editor tuvo a bien decir de uno de nuestros héroes submundiales, R.B., no cuesta imaginarlo a bordo de uno de estos camiones camino a Sonora, escribiendo al tiro poemas en un cuaderno cuántico de tapas mohosas. Ondea la tricolor en el peaje, un federal con la mano en automático invita a seguir derecho a Guanajuanato. Luca enfrascada en su crisálida de tricora, emocionada, tarareando sabinadas. Recuperadas las alas, rodamos junto a cunetas de cementerios despoblados, fábricas de cemento bajo los cielos de México, dolientes de dicha, en pos de más leyenda, reverenciando calzadas y cruces: León, Aguas Calientes, Puerto Vallarta, saludando camiones de cabinas en llamas, todos esos carros de fuego rumbo a la frontera. Vuelvo la cabeza para conocer los rostros de los viajeros, ancianas soñadoras tejiendo frazadas para nietas que duermen en lechos de pasta base, mujeres que tejen una mortaja gigante donde cobijar a toda Juárez para que después amanuenses oficiales se presten a manchar con letras encendidas esas tumbas olvidadas juanto a un lamentable muro. Viejas de maíz; alguien la vio, dicen, volver de entre los muertos con un morral repleto de salvación, María Sabina, the one and lonely, chamana de los cerros meridionales. (Pág. 111)


Vinimos a Comala para descubrir que Nelson Mandela se había apagado en su casa de Johannesburgo. Oscurece sobre la plaza, media luna en el firme celeste y los muertos salen a bailar para honrar a la Virgencita mientras Luca y yo lloramos incrédulos de esta primera noche en el mundo sin Mandela. Orfandad, viajeros sin padre, por eso tal vez recalamos aquí, en las tierras calientes de Juan Rulfo, donde los volcanes escupen para refrigerar el infierno bajo nuestros pies. Comala, diciembre largo como las calles de este pueblo blanco encajonado en un pasado fantasmal, puede que llorando con un incómodo feeling bipolar por razones que no vienen del todo a cuento. Otro volcán de fuego a lo lejos nos arroja a la cara el humo de sus caladas telúricas. (Pág. 151)


Podría decir que es el estilo, esa forma de contar lo que eleva a esta novela por encima de lo normal. No hay una historia perfectamente delimitada, sino un vagabundeo planetario sostenido por intenciones más o menos nebulosas de los protagonistas, esta pareja tan loca. Hay que añadir que es de esas historias cuyo transcurrir no me lo imagino de otra manera que la plasmada por Dani Ortiz. Esta indisolubilidad entre forma y contenido (por hablar así) es para mí muestra de su calidad.

Si hay algo que me sobra, por escribir algo negativo, es la episódica caracterización de esta pareja como killers, en plan Asesinos natos. No solo me sobra, sino que me parece del todo desacertada la mención a acabar con la vida de tal objetivo a recordar el perpetramiento de tal asesinato porque tal persona les caía mal, etc. Si solo fueran fantasías de aniquilamiento o destrucción con el fin de encuadrar mentalmente a los personajes, me parecerían hasta correctas, pero... En fin, creo que ahí le falta un poco de esa imaginación de la que está sobrada el resto de esta obra. También puede llegar a fatigar el torrente de información y el ritmo de la narración, que casi no ofrecen descanso al lector. En este sentido, no es una obra para leer del tirón. Esto no es negativo, per se.

No obstante este último párrafo, me parece una obra muy por encima de la media, no solo canaria, sino española, en general. Si esto no quiere decir mucho, añadiría que es lo más singular que he leído en la literatura últimamente, y que bien merece que le echen un vistazo. Ya me contarán.


POLILLAS AL ANOCHECER-RADIO GUINIGUADA


jueves, 5 de mayo de 2022

'Mimoun', de Rafael Chirbes

No hace falta que me reprochen mi retraso bloguero, sobre todo respecto de los libros que comento, aun con brevedad, en el programa de radio homónimo. Ya me fustigo yo, regocijándome, al mismo tiempo, de ese lado un tanto masoquista de autocrítica que suelo practicar con demasiada frecuencia. 

En cualquier caso, hay un silencio clamoroso, o un clamor silencioso, en el panorama literario canario, lapso desértico singular antes de la feria del libro anual, que se celebrará (es un decir) en la última semana de este mes de mayo. Es posible que las editoriales/imprentas de Canarias están reservando esfuerzos para las presentaciones bajo carpa. Que habrá carpas de primera división, otras de segunda, y para la mayoría de los/as escritores/as en ciernes, una silla en la que descansen de sus falsas esperanzas, mientras ven pasar de largo (oh, esa mesa con sus libros boca arriba, como recién rescatados) a la gente con ojitos melancólicos. He visto documentales de animales en vías de extinción menos conmovedores.

Dado lo raro que soy, aunque siempre he sido lector (aun con variable intensidad), nunca me había interesado demasiado por estos eventos consuetudinarios de la rúa. Solo ahora, a partir del momento (quizá aciago para muchos/as) en que comencé a escribir las reseñas para el blog, me obligo a curiosear por los puestos y a sufrir las presentaciones y promociones varias de estos productos singulares que se venden en forma de libro.

Ya hablé en otro artículo de la problemática organización del año pasado y de la discutida capacidad organizativa del director de la feria, Jorge Balbás. Veremos hasta qué punto es capaz de igualar la ineptitud del año pasado o, incluso, de superarla. No duden, tampoco, de que si la feria logra entusiasmar a alguien, o hacer que alguien compre un libro de manera espontánea, lo señalaremos. Sobre todo, hay que ser justos.




La novela de hoy es la primera de las publicadas del ya difunto Rafael Chirbes, famoso, sobre todo, a partir de su Crematorio (y de la posterior serie de televisión) y últimamente por sus memorias, en las que pone a parir, entre otros, a Arturo Pérez-Reverte. Debería ser obligatorio, en cualesquiera memorias que se publicaran, poner a parir a la gente, en general y en concreto. Y más, si se sabe que dichas memorias se van a publicar póstumamente. 

Sin más dilaciones: la novela es notable, y más aún siendo la primera. Como señala, creo que con acierto, su prologuista, Carmen Martín Gaite, puede que fuera la primera novela publicada, pero sin duda no la primera escrita. En eso, aprovecho aquí para lanzar un dardo jíbaro, se nota la diferencia, al menos en nuestro ámbito canario, con tanta primera novela, o tanta primera colección de cuentos, en las que se nota que coinciden el escribir con el publicar, ávidas como están no sé qué instancias malignas en descubrir al nuevo gran autor, a la nueva escritora sensacional, mejor si son jóvenes, qué digo, incluso impúberes, descubrimientos fugaces y efímeros, que con seguridad, en años posteriores, cuando hayan alcanzado algo de madurez intelectual, solo acarrearán vergüenza a los prematuros talentos.

Mimoun narra, a grandes rasgos, la llegada y estancia en Marruecos de un joven aspirante a escritor, que ha conseguido una plaza de profesor. No sabemos muy bien qué aspiraba a encontrar en ese país: quizá exotismo, quizá sexo suburbano gender fluid, quizá encontrar al fantasma de Paul Bowles o de Juan Goytisolo... El caso es que las que fueran se ven truncadas. Ya sea por el ritmo de vida de ese país, por los escasos estímulos intelectuales, ya por una sangría interior que lo va debilitando según pasan los días, nuestro protagonista vive su estancia en la ciudad de Mimoun como una sucesión de momentos de estupor, aburrimiento, progresivo alcoholismo y sexo cada vez más insustancial, solo salpicado de breves momentos de lucidez o de afecto.

No obstante lo cual, la lectura no resulta triste, deprimente o aburrida. Se lee con interés esta inmersión en el estancamiento, cuando no en la degradación y decadencia, de un personaje que, ya perdido, se interna en un laberinto extranjero del que solo a duras penas, y muerte siniestra de por medio, logra escapar. Quizá no por una salida natural, sino, digámoslo así, escalando la pared. Ignoro si hay moraleja o conclusión moral definitiva: en la vida, no suele haberla. Al menos, carece de esas escenas con música de fondo. Las cosas pasan, nos pasan y, a veces, somos nosotros quienes las perpetramos. He oído que hay gente que reflexiona sobre lo que les ocurre y experimentan algún tipo de epifanía moral que les hace mejorar.


Los imprevistos encuentros con Ahmed terminaban en alguna de las habitaciones del Jeanne d'Arc. Hoy recuerdo con melancolía el grifo que llenaba con agua tibia la bañera descomunal y el vaho que crecía sobre el agua hasta ocupar toda la habitación. Entre la niebla surgía el cuerpo desnudo de Ahmed como, en primavera, en la Plaza del Atlas, brotaron meses más tarde las flores azules de la jacaranda.  

Ciertos atardeceres, ya en Mimoun, y antes de iniciar el ascenso a pie hasta la creuse, me detenía en alguno de los bares del pueblo para beber. Mi presencia en aquella ciudad apartada causaba una mezcla de curiosidad, simpatía y desconfianza. Mimoun había sido, años antes, un importante centro comercial que se fue desmoronando poco a poco. Los franceses se habían marchado al día siguiente de la independencia, y los últimos judíos abandonaron la ciudad cuando estalló la guerra del Yon Kipur. Quedaba sólo un par de hebreos, propietarios de despachos de alcohol, y denostados. (Págs. 38-39).


Cada día me hacía el propósito de no volver a pisar los bares de Mimoun, donde me rodeaba de gente que no me gustaba y que incluso empezaba a provocarme un sentimiento que se parecía mucho al miedo. Sin embargo, al atardecer, no soportaba quedarme en casa, mientras las sombras de la ventana se iban alargando sobre las paredes y la luz se volvía más frágil, como de vidrio. pensaba, entonces, que acababa de perder un nuevo día. No hubiese sabido explicarle a nadie en qué habían de distinguirse esos días perdidos de otros que podrían ganarse, pero allí, en la Creuse, una vez que Rachida se había ido, empezaba a sentirme acobardado. (Págs. 62-63)


También la ciudad parecía dormir el letargo de una larga borrachera. El polvo y el calor lo cubrían todo en aquellos últimos días del estío. Las plantas del jardín se habían agostado, y todo estaba seco y amarillo. Era como si el desierto hubiese ido cayendo imperceptiblemente sobre nosotros, traído por el aire ardiente, y hubiera acabado por ocuparlo todo sin que nos diésemos cuenta. Una niebla sucia cubría la mole del Bou Iblan, que ya no era azul y acuática como en la pasada primavera, sino rojiza y de fuego, en los interminables atardeceres. Cuando estalló la primera tormenta, aquel polvo que había estado flotando por todas partes se endureció y recubrió como un maquillaje las plantas enfermas y las casas. (Pág. 123)


Esta obra, narrada en primera persona, así pues, con la consiguiente visión subjetiva y limitada, nos conduce por un Marruecos agreste, semirrural, alcohólico, en el que el extranjero no puede sino sobrevivir entre la doblez y la mezquindad de los nativos, que parecen que solo emplean su tiempo en la bebida y en el folleteo clandestino, y clandestino y de pago cuando es con una mujer. En resumen, un cuadro desolador de una ciudad de provincias marroquí, una atmósfera más que sofocante que empapa de angustia toda actividad humana. Los diálogos están bien insertos en las escenas y el idiolecto de Chirbes, en el que mezcla extranjerismos con párrafos en francés sin traducir, resulta natural, sin florituras pero sin aridez, y con momentos de indudable brillantez.

Para terminar, Mimoun es de esas obras que suscitan el mejor elogio que podría hacerse a un escritor primerizo, como es el caso de este Chirbes de 1988: te animan a leer sus siguientes novelas.


POLILLAS AL ANOCHECER-RADIO GUINIGUADA



sábado, 23 de abril de 2022

'El tercer brazo', de Larry Niven y Jerry Pournelle

Tras esta semana de pío reposo, tanto físico como espiritual, vuelvo a la carga literaria recordándoles que pronto comienza la discutida Feria del Libro de Las Palmas de Gran Canaria, esta vez en honor a un autor oscuro y apenas conocido, llamado, si no me equivoco, José de Sousa Saramago, gran parte de cuyo oscuro legado va a pasar de Lanzarote a Madrid, donde a buen seguro estará mejor guardado que en la lejana isla de Lanzarote.

De esta feria, sobre todo, siento curiosidad por ver si volverán a establecerse los puestos de quincallería, artesanía y pirámides de energía, tan caros a nuestras costumbres. Daré cuenta de estas y más cosas tanto en el blog como en el Polillas de Radio Guiniguada, a poder ser con el ingenio y agudeza que me caracteriza, y que constituye la piedra de toque para poder medir los suyos, queridos/as lectores/as.

Por otro lado, en el mundillo literario local se ha puesto de moda, por hablar así de frívolo, el asunto ese de la cancelación, que en el resto del mundo eclosionó hace meses. Es lo que tiene ser periféricos, que nos tragamos las mierdas de Javier Marías o Pérez Reverte y las reivindicaciones retro de Alberto Olmos y las sintetizamos como nuestras mucho tiempo después. Qué quieren que les diga, cuando oigo las vargallosadas de turno, me acuerdo de la frase de Nick Hornby, que ya les comenté en alguna ocasión. Traduzco a la vista (sobre la expresión "políticamente incorrecto"): «Uno se la encuentra aquí (en Gran Bretaña) todo el rato, y normalmente eso significa, sobre todo, que un libro, una película o un programa de TV es racista, sexista o homófobo; existe una clase de opinadores culturales que misteriosamente asocian estos prejuicios con una época dorada en la que se permitían muchas cosas que ahora están vedadas (lo cierto es que nadie les prohíbe hacer nada; lo que les molesta es que se les reconozca como los cerdos antisociales que son)». Nick Hornby, en Ten years in the tub.

En relación con esos autores supuestamente cancelados, es curioso que muchos de los que ondean con mucho aspaviento esa bandera, agraviados por una repentina falta de libertad de la turba vocinglera, son precisamente aquellos que disfrutan de tribunas privilegiadas frente a la opinión pública para vocear a los cuatro vientos todas sus jeremiadas sobre la continua decadencia de los valores, la masa ignara, etc.

Resulta curioso que algunos hablen de "pérdida de los valores", pero al mismo tiempo fantasean con un arte y una literatura libres de valores, al menos, morales. Tengo la impresión de que esta reivindicación se anula a sí misma, aparte de que esa idea del arte como espacio autónomo es una concepción burguesa ya caducada. Además, casi cualquier reivindicación de cariz igualitario, en sus diferentes grados de acierto, se percibe desde estos sectores como "ideológica" o sesgada, como si se viviera en una especie de zona cero de valores, en un espacio neutro a-moral. Es evidente que no es así. Hasta los ahora cuestionados cuentos infantiles de Perrault o Grimm eclosionaron en una determinada época, y vehiculan visiones del mundo decimonónicas de sociedades fuertemente jerarquizadas y valores que hoy en día en cualquier país democrático se revelan caducos y discriminatorios.

En una sociedad libre (al menos, la mayor parte del tiempo), resulta difícil imaginar que alguien pensase seriamente en prohibir la publicación de estos cuentos supuestamente infantiles, pero también en una sociedad libre unos/as ciudadanos/as preocupados por la transmisión de valores sexistas, discriminatorios y jerárquicos podrían mostrar su oposición a que el colegio de sus hijos promoviese la lectura de aquellos. No hay sociedad sin valores, pero seguramente debemos elegir democráticamente los que queremos promover y aquellos que no compartamos pero respetemos, o incluso los que meramente toleremos. Y seguro que hay muchos que queríamos erradicar.




Cambiando de asunto, la novela que traemos aquí hoy a colación es El tercer brazo, escrita por Larry Niven y Jerry Pournelle (traducción al español de Elías Sarhan). Vds. los recordarán bien por la reseña a La paja en el ojo de Dios en este blog, obra cuyo título resultará un tanto confuso a según qué mentes hispanohablantes. 

Pues bien, El tercer brazo es la continuación de La Paja, pero lo curioso del caso es que fue escrita por los mismos autores 19 años después. Dando por hecho que los/as lectores/as habrán leído la primera novela, Niven y Pournelle ya no se centran en la descripción de la sociedad alienígena (alienígena para el Imperio Humano, claro) sino en la posibilidad de evitar que la inevitable expansión de aquella, sobre todo porque los pajeños se hallan dividido en una miríada de federaciones, alianzas y clanes que hacen casi imposible la posibilidad de encontrar un interlocutor único. Como apunte antropológico, la idea de la demografía aparece como problema, en relación con la formación de sociedad no igualitarias y la conformación del Estado en la obra de Pierre Clastres La sociedad contra el Estado. 

Este reencuentro de los humanos y los lectores con los pajeños se hace más ameno que en la primera ocasión: me parece notar una prosa más ágil, menos complicada en lo que se refiere a los aspectos científicos y técnicos de equipos, naves, fenómenos cosmológicos, etc. También corre pareja una aventura más de tipo convencional con persecuciones espaciales, batallas y una división más maniquea de los bandos en conflicto. Los personajes más carismáticos son, sin duda, los masculinos, en especial Renner y Bury, viejos conocidos. 

Lo que vuelven a evidenciar los autores es su visión del futuro, si no del presente; aquella en la que la evolución política humana se sustancia en un Imperio, con su emperador al frente, y una aristocracia que gobierna. No hay cuestionamiento de dichas jerarquías, las rebeliones son por escasez de alimentos, y rara vez las mujeres llegan a posiciones de mando realmente decisivas. Los personajes femeninos, además, van perdiendo brillo a medida que se desarrolla la novela. Implícita está la subordinación general de la mujer al hombre, por no hablar de cierta mención a la prostitución en un planeta, cuya normalización (la del comercio sexual), hoy en día al menos, resulta más que cuestionable, y a mi parecer, con razón.


Podía ver mesas vacías. La observó pasar delante de él conduciendo a otra pareja. ¿Rango social superior? Aunque no caminaban de esa manera. Trataban de mantener el nivel y aun mirar las caras sin que les descubrieran. Buscadores de famosos. 

-¿Kevin? 

-¡Capitán! 

Cziller le estrujó la mano. Parecía viejo, la cara ablandándosele, pero su mano todavía era una prensa. La voz se le había puesto ronca. 

-Llámeme Bruno. Nunca le había visto con ropas de civil. ¡Vaya, sí que le gustan los colores! 

-¿Es..? 

-No, tiene un aspecto estupendo. Eh, estudié su informe sobre Paja Uno, ese con el título gracioso. ¿Pensó alguna vez que jugaría a los turistas con otra especie? 

-Jamás. Todo se lo debo a usted. 

La maître escultural los llevó junto a una mesa con un ventanal que iba desde el suelo hasta el techo, y que ofrecía una vista espectacular del puerto. Renner esperó a que se fuera, luego comentó: 

-Dio algunas mesas antes de dejarnos disponer de esta. Me preguntaba por qué. 

-El rango. 

-Bueno, eso es lo que creí, pero... 

-Le está bien merecido, por recibir el título de caballero. Debía disfrutar de una ventana. No estaría bien sentarle con los plebeyos. Esparta es muy respetuosa con los rangos sociales, Kevin. (Pág. 117)


Kevin miró alrededor de la sala. Un sitio típico y aristocrático de almuerzos. Mujeres caras y hombres muy ocupados. En realidad, no se fijó en ellos. Apartó la vista de la mesa para que no diera la impresión de que miraba a la chica con la que estaba, y la verdad era que deseaba mucho observarla. Era de lejos la mujer más atractiva de la sala. Probablemente la más cara, pensó Kevin. Sus ropas eran bastante sencillas, un vestido de tarde de lana oscura que encajaba a la perfección, recalcando su femineidad sin ser sexy de manera manifiesta. La falda llegaba a la rodilla, algo conservadora para la moda actual, aunque tendía a resaltar las pantorrillas y los tobillos. Las joyas que llevaba eran sencillas también, pero incluían un par de pendientes a juego de piedras refractarias de Xanadú que valían lo suficiente como para comprar una casa en el planeta natal de Renner. (Pág. 133).

 

-Ah, ah -dijo Rawlins-. Y, por supuesto, Bury sabía esto. 

-Por supuesto. Hay otra cosa. Los Amos pajeños en realidad no forman sociedades como lo hacemos nosotros. Las clases subordinadas por lo general obedecen a los Amos, pero estos no poseen ningún instinto para obedecerse entre sí, y sea lo que fuere que tengamos los humanos que nos hace formar una sociedad, se encuentra casi ausente en los Amos. Los Amos pajeños cooperarán, y uno establecerá una posición subordinada hacia otro, pero hasta donde yo soy capaz de comprender, las únicas fidelidades son a la línea genética. No existe lealtad a ninguna abstracción como Imperio, o ciudad. Se parece más a una civilización árabe que a un Imperio, lo cual quizás explica la popularidad de los Mediadores Bury. Es muy factible que el señor Bury comprenda mejor las cosas aquí que cualquiera de nosotros. (Pág. 260).


En el orden político, lo que priman son los valores castrenses, que se asocian a eficiencia y efectividad, aderezados y confirmados con el conformismo social que es el trasunto de la estabilidad, al menos como aquí se entiende. En este sentido, también, la unidad conseguida a base de ímprobos esfuerzos, del Imperio se contrapone a la anarquía y bandidaje que caracterizan a los nuevos pajeños con los que se encuentran.

En todo caso, esta novela tiene un ritmo más ágil, más cinematografiable, si puede usarse este neologismo, por si eso le importara a alguien. Posee rasgos de humor en algunas conversaciones, de lo que carecía La Paja en el Ojo de Dios, y se agradece. En cuanto a la trama, no resulta muy complicada, pero sí los avatares de las persecuciones y batallas de cuya lógica y coherencia yo, al menos, no me he preocupado demasiado.

Haciendo un balance global, es decir, comprendiendo las dos novelas, yo diría que literariamente no aportan nada significativo. No obstante, dentro del género de la ciencia ficción, aporta otro relato de contacto entre especies que, aunque carece de las sutilezas respecto de la posibilidad de comunicación entre ellas, sí aporta elementos interesantes, aunque no precisamente novedosos, como la jerarquización de la sociedad alienígena y las funciones de cada estamento/especie en relación con las demás y sus capacidades, y el problema de la demografía y la expansión desbocada. Por tanto, de interés solo para los que disfrutan, sobre todo, de las aventuras que proporciona la ciencia ficción.


POLILLAS AL ANOCHECER-RADIO GUINIGUADA

lunes, 11 de abril de 2022

La Feria del Libro de Las Palmas de Gran Canaria

Este año, el celebérrimo Parque de San Telmo acogerá de nuevo (por decirlo así) la Feria del Libro de Las Palmas de Gran Canaria. También, la dirección de la organización ha vuelto a recaer en Jorge Balbás, encargado de las últimas ediciones, que, por cierto, han adolecido de numerosos errores de programación, y no solo en la elección de escritores/as (concepto que se ha diluido en el más amplio de famosos/as, que comprende desde los/as referidos/as escritores/as, hasta influencers, youtubers, presentadores/as de telediario, pasando por todólogos/as de la más variada jaez y , en realidad, cualquiera que haya disfrutado de sus momentos de gloria y escrito algo al respecto). Como digo, no solo se trata del cartel de las sucesivas ediciones, cada vez más espurio, desnaturalizado y sesgado (esto, por supuesto, puede no ser un inconveniente para el programador, que busca, sobre todo, que la feria se llene de público, ni para muchas personas cuyo encuentro con los libros y ebooks es tangencial, solo propiciado por la admiración del personaje de turno), sino algo más básico y, por lo tanto, más grave.

Más allá o más acá de quien se trajera allende los mares, y aquí radica el quid de la cuestión, se formularon muchas quejas el año pasado respecto de la falta de fiabilidad del calendario. Baste decir que en muchas ocasiones no se comunicaba al público por ninguna vía, exotérica o esotérica, las cancelaciones o retrasos de los/as intervinientes o los cambios de ubicación de las presentaciones y promociones. Por no hablar de la elección de los escenarios más nobles para determinados/as famosos/as y otros más humildes para quienes no lo eran tanto. Por otro lado, en cuanto a imagen y exposición en las redes sociales, al menos en la edición de 2021, la estrategia comunicativa consistía en una foto del autor/autora con un libro promocional del Cabildo y la inserción de una frase tipo "X se ha quedado prendado de Gran Canaria y volverá para disfrutar de su gastronomía/paisajes/hospitalidad, etc." en diversas combinaciones, a cual más tonta y pueril. 

La respuesta a las críticas en las redes sociales, cuando los/as usuarios/as señalaban errores como los anteriores era, por lo habitual, el borrado de dichos comentarios, y ningún propósito de enmienda. Este año, en una clarividente muestra de anticipación, el/la administrador/a de las redes sociales ha intentado prevenir la eclosión de comentarios desfavorables bloqueando a los críticos. Como en Facebook a este que les escribe.

Así es el mundo, así funciona la organización de eventos culturales, podríamos sentirnos tentados a pensar, aun cuando estén patrocinados en parte por instituciones públicas como el Ayuntamiento de Las Palmas, el Cabildo de Gran Canaria y el Gobierno de Canarias, cuyo erario se nutre en buena medida de los impuestos de los/as ciudadanos/as, como yo mismo. Me imagino que el comportamiento censurador y bloqueador de la organización, de llegar a sus oídos, debería de resultarles, como mínimo, rechazable. 

¡Pero qué no aguantamos los/as amantes de los libros, o como se dice últimamente en plan cursi, los letraheridos/as..! Me pregunto si la Feria del Libro, ésta o cualquiera, puede soportar tal trato a medio plazo a los que, en rigor, serían sus visitantes o, más bien, dado el sesgo economicista que todo lo impregna, sus clientes.

Al menos, según me cuentan, la decisión de elegir de nuevo a Jorge Balbás en la dirección no fue unánime en el seno de la Asociación de Libreros. Siempre queda un hálito de esperanza en que las cosas puedan ir a mejor. En todo caso, habría que preguntarse si los/as libreros/as no son capaces, aunque solo sea por sus intereses (es decir, no solo la mera venta de libros sino el de crear un ambiente libresco que fomente la lectura y el aprecio del arte literario), de idear una feria más imaginativa que la haga protagonista de acontecimientos memorables para la ciudadanía. Quizá el continuismo no sea la mejor idea si no satisface a casi nadie, salvo a algún/a paniaguado/a.



jueves, 7 de abril de 2022

'Cuadernos del Subtrópico Norte', de Marcos Dosantos

La semana ha sido pródiga con la cultura. Hablando con propiedad, el pródigo ha sido el Gobierno de Canarias, que con su vicepresidente Román Rodríguez en labores de captador de patrimonio, ha tenido a bien comprar 26 cuadros del artista canario conocido como Pepe Dámaso. Pepe Dámaso es conocido por su largo recorrido artístico, más o menos admirado, y, sobre todo, por su empeño en que alguna institución pública hiciera de una casa suya una casa-museo. Una casa-museo dedicada a él y a su obra, claro, porque la mayoría de sus paisanos somos culpables de no haber experimentado lo suficiente los espirituales placeres que debe suscitar su obra artística. En todo caso, objetivo conseguido, finalmente, con un acuerdo de Dámaso con el Cabildo y el Ayuntamiento de Agaete: ¿Quién es el más listo de la clase? 

El gobierno canario gastará, al parecer, un total de 227.000 euros del erario en engrosar "patrimonio". Quién ha decidido qué es patrimonio, qué obra merece encuadrarse bajo ese concepto, y por qué es necesario que el gasto público se dedique a acumularlo son preguntas que siempre parecen impertinentes, así que la mayor parte del tiempo carecen de respuesta explícita, salvo cierta mención a aquellos "beneficios intangibles" de gobierne quien gobierne, a derecha o a izquierda. La mera mención del concepto de patrimonio bastaría para despejar dudas y eliminar inquietudes.

Según se lee en la noticia, han sido unos anónimos y diligentes "técnicos" los encargados de que se haya tramitado con éxito este movimiento irradiador de cultura. Irradiación que, al fin y al cabo, beneficiará hasta al último de los/las canarios/as, sea de Ciudad Jardín, sea de La Paterna, sea Gran Canaria, sea de La Gomera, pasando por La Graciosa, pero en especial, y sobre todo, a Pepe Dámaso. De cuya obra se dice en esta noticia no firmada (por lo que imagino que será la transcripción de la nota de prensa del Gobierno): "ahonda en las raíces más profundas de la identidad canaria". Solo con esta frase podrían escribirse varias tesis doctorales que polemizarían unas con otras hasta el enconamiento más cruento, pero aquí, en este paraíso de la Cultura, todo es autoevidente y cristalino.

Ya que comentamos esta hazaña político-artística, cómo no recordar una operación parecida, aunque bastante más onerosa, que fue la realizada con Martín Chirino, el Castillo de La Luz y la compra por el Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria, dirigido entonces por Juan José Cardona, de parte del legado de este artista. Primero a él mismo y luego, a sus herederos, no se fuera a perder algo por el camino. No obstante, la decisión final no corresponde nunca a técnico alguno, sino a los representantes políticos en las instituciones. Ya hemos hablado bastante en otros artículos del uso del arte y de la cultura como herramientas de pacificación y de cohesión sociales, de la concepción de la cultura como un espacio supuestamente a-politizado y des-clasado, o con la potencialidad de construirlo así.

En fin, podremos seguir a la cola de todos los indicadores y a la cabeza de las peores lacras sociales, pero a los canarios no les faltará cultura, aunque ni la quieran ni la pidan y, probablemente, no les haga falta. Al menos, tal y como se concibe desde las consejerías, viceconsejerías y concejalías de turno. Ya les digo, da igual que el alcalde de LPGC sea Cardona o Saavedra (póngase cualquier alcalde o alcaldesa de cualquier ciudad o pueblo de Canarias); da igual que en el Gobierno esté Paulino Rivero, Román Rodríguez, José Soria, Dulce Xerach o Juan Márquez: su concepción de la cultura es exactamente la misma e idéntico su dirigismo. El Gobierno decide qué es cultura, quién es artista, qué debe gustarle a la ciudadanía, y cómo se recompensa a los/as cooperadores/as necesarios/as.



Hay otro personaje canario singular, residente en Madrid, de cierto renombre y, sobre todo, ubicuidad, al que habría que dedicarle otra casa-museo, castillo o palacete en vida: Juan Cruz. Este mentor de almas literarias, sobre todo si son de la provincia de Santa Cruz de Tenerife, concita la aprobación generalizada de todo el mundillo (o mercado) de las Letras, al menos el que vocea en los medios de comunicación. No hay sarao literario de cierta importancia, no hay iniciativa cultural de algún vuelo, no hay talento poético-narrativo emergente que no goce, de algún modo u otro, con su participación o aprobación. Cando no está en ello, tiene a bien compartir por escrito su nostalgia edénica y sus recuerdos dorados de juventud periodística, por si a alguien le interesara. 

En esta ocasión, actúa de apoderado de Marcos Dosantos, autor de la colección de cuentos titulada Cuadernos del Subtrópico Norte. Lo hace mediante una introducción a medio camino entre el almíbar y el empalago, o quizá el camino esté de sobra completado, finalizando en una inmensa bola de algodón de azúcar. Sea como fuere, es bastante posible que Juan Cruz sea sincero en su apreciación sobre esta obra, lo que, en definitiva, nos sitúa ante un escenario dulcemente escalofriante. 

Digo esto porque, pese a Juan Cruz, Cuadernos del Subtrópico Norte (que no son cuadernos, sino uno solo lleno de cuartillas a veces a medio rellenar) es una obra evidentemente de autor primerizo en la que se aprecia a partes iguales entusiasmo y verborrea. Me hace recordar a la figura de un niño relamido y sabelotodo, ese que al principio nos hace gracia pero que a los cinco minutos queremos mandarlo a paseo por vía de urgencia. 

Aquí y allá, es cierto, hay alguna frase, algún diálogo, que sí da pistas de la posibilidad de un escritor, pero no es suficiente para sofocar el creciente tedio, y la consiguiente irritación, que embarga y oprime tras leer algunos de estos cuentos, a veces minicuentos, a veces yo qué sé. Es posible que haya algún relato que valga la pena, pero la mayoría son tan insustanciales que le quitan a uno las ganas de descubrirlo. Para elevar a categoría artística escenas de la vida cotidiana o hacer significativos momentos que, en principio, no lo parecen se precisa de un uso del lenguaje y de una hondura del pensamiento de los que carece, al menos de momento, Dosantos.

Así, nuestro autor de hoy a veces parece seguir la estrecha senda de Andrea Abreu que nos interna por el coloquialismo y el vulgarismo canario como seña de identidad, pero en otras ocasiones lo abandona y plantea un uso del lenguaje más estándar. Supongo que, como sostengo, la primera opción conduce a un callejón sin salida literario, y que la experimentación en la literatura canaria no debe consistir solo en la glorificación de la falta de matices del hablante corriente al expresarse. Al fin y al cabo, la literatura implica una estilización (o una profundización) del idioma y la transcripción del habla supone una limitación consciente de aquél. Puede tener valiosos efectos expresivos en determinados momentos, pero me resulta difícil imaginar una literatura basada en ella.


Soy conejera, pero mi abuela Candelaria me llamaba Gran Canaria porque "fuertes muslos tiene la niña pal fisco tetas". 

Fue el insulto más poético con el que crecí, eso se lo concedo. 

Sebosa, bocanegra, cachalote, y un sinfín de cumplidos no pedidos por cercanos y desconocidos fueron la banda sonora de mi crianza. 

Yo quería ser periodista, como mi primo Nauzet, pero las niñas de mi clase decidieron por consenso que sería la foca del Loro Parque pa mojar a los guiris con mis aletas. 

La peor era la Yésica, perfecta niña Profident cuando las monjas dominicanas entraban en la clase, pero tremenda hija de puta entre mates y plástica. Se me acercaba, me tiraba el estuche al suelo y me gritaba "agáchate si puedes, gorda jedionda". (Pág. 27, Manifiesto de la gorda jedionda) 


¿Qué papel juega el aguacate en el transfeminismo postcolonial? No lo sé, pero alguien debería poner el aguacate encima de la mesa. Poner el aguacate encima de la mesa como acto político-gastronómico. Política pop agroalimentaria. Andy Warhol en Masterchef - La Gomera machacando el mortero bajo la atenta mirada de doña Efigenia. 

¿Qué habría sido de la humanidad si quienes tomaban las grandes decisiones lo hubieran hecho después de haberse comido un aguacate? ¿Sería nuestro mundo más justo, menos desigual, más próspero? Tengo cero unidades de evidencia que respalden este dilema contrafáctico. También creo que todo el mundo está de acuerdo en que tengo razón. (Pág. 61, Elogio del aguacate)


-Me fascina tu cuerpo, tu olor, me atrapa tu feminidad mística -le decía Matías mientras le daba tímidos besos en el hombro y en el cuello. 

-Eres un encantador de serpientes. 

-Y tú eres mi cobra favorita -le suspiró al oído, antes de hacerle el amor por primera vez. Al principio fue muy delicado. Se dio cuenta de que Victoria era un animal herido. Pero algo en ella decidió que era el momento de entregarse. Y entonces la pasión la desbordó. Su dolor se unió con el placer y sus lágrimas se mezclaron con su piel hasta que el amanecer despidió la noche más corta de su vida. 

-¿Y qué pasó? ¿Qué fue de Matías? 

-Como en toda historia de amor verdadero, lo nuestro se acabó. Llevábamos dos años queriéndonos entregadamente y sin separarnos ni un momento. Recuerdo con especial cariño un viaje que hicimos juntos a Casablanca, donde yo tenía que resolver algunos asuntos y él se comportó como un auténtico galán. El tiempo fue pasando y la llama de la pasión, sencillamente se apagó. Fue una muerte natural. (Pág. 110, A cambio de chocolate) 


Frases hechas, expresiones manidas, tópicos anodinos del lenguaje aparecen aquí y allá, como otra muestra más de unas capacidades literarias aún por formar. También los relatos muestran una oscilación entre el apunte potencialmente interesante y la banalidad más exhibicionista. Falta desarrollo en los personajes y tensión en las escenas. Carencias que se intentan evitar mediante el recurso de una galería de imágenes descritas con supuesto ingenio y de la escritura de tramas breves. Dicho sea de paso, la eclosión de minicuentos, microrrelatos y de libros de aforismos me parece un síntoma revelador del panorama literario actual, en que el muchos/as quieren ser fenómenos de manera natural, como si fueran el producto más acabado del espíritu de los tiempos, pero sin molestarse demasiado.

Se corre, pues, el peligro de agostar aún antes de que llegue a su maduración la posibilidad de que un/a escritor/a cree algo digno de ser leído. En nada favorece a un autor bisoño que se califique su obra, todavía impúber, de "deslumbrante" o de cualquier otra majadería por el estilo. Si se quiere ser mentor, si se quiere ayudar, la crítica, aun inmisericorde, ayuda más al desarrollo del talento en ciernes que el elogio inmerecido, que solo contribuye a la autocomplacencia, a la consiguiente pereza y, finalmente, al entumecimiento de las facultades.



P.D. Una reseña en la que la poeta Elsa López nos insta a emocionarnos con esta obra, aquí. Otra, en la que Eduardo García Rojas nos dice que el autor "pisa fuerte", aquí.


sábado, 26 de marzo de 2022

'El loro de Flaubert', de Julian Barnes

No sé Vds., pero, salvo las esporádicas y espasmódicas apariciones de nuestro reseñador-golosina favorito, parece que la calma se ha adueñado del mundillo literario local. Por no haber, no hay siquiera la queja indignada de algún escritor por no haber sido invitado por la concejalía o consejería de turno a alguna recepción o charla en honor, conmemoración, homenaje, tributo o cualquier otra fanfarria lúdico-poética. Estamos muy sosos, me digo. Quizá los sosos no sean Vds., sino yo.

Tal vez sólo sea el efecto de contraste con el mundo en que llevábamos viviendo, desde, primero, la crisis de 2008-2010 y luego a partir de la pandemia en 2020, las periódicas arribadas de migrantes africanos y asiáticos y finalmente la guerra en Ucrania. Por cierto, con la guerra en este país, tal vez por eurocentrismo (por muy macaronésico que se sea), uno siente que una sombra, impenetrable, se va agrandando, cerniéndose sobre nosotros (Grita "¡Devastación!" y suelta los perros de la guerra). Qué solidaridad y cuánta banderita cuando la desgracia se nos viste con ropajes europeos. Cuánta carne de cañón, cuánta víctima de primera categoría. Hasta ahora mismo, el mundo entero podía arder en llamas, mientras fuera el tercero.

Ahora que varias calamidades se han concatenado para causarnos, por fin, temor, nos queda el arte como escapismo para los más sibaritas, y para todos/as los/as demás, la industria televisiva y cinematográfica. En este sentido, de vez en cuando podemos acudir a la literatura como amortiguador de la ansiedad, como aliviador de fatídicas sensaciones, como bálsamo de la impotencia y de la mezquindad, como lenitivo de la mala conciencia. Sí, en definitiva: escapismo. Al menos, eso, cuando el mundo nos amenaza con un puño de hierro y mierda del que, en definitiva, no podremos escapar.

A veces, uno querría arrebujarse con una manta y limitarse a dejar pasar el tiempo.




Aún recuerdo la eclosión de esta novela, allá por el año 84, aquella época añorada por lo que ahora se llama izquierda rojiparda, cuando leía el Babelia y otras cosas parecidas como si fueran el catecismo de la literatura moderna y sus articulistas, los apóstoles de la religión del arte. Aquí, al menos en Las Palmas, la referencia inexcusable era el suplemento de La Provincia. Cuánta ingenuidad desperdiciada desde entonces, cuánto prestigio, aunque fuera vicario, se ha tirado por el sumidero, qué poco nivel entonces y ahora. 

Quizá sea mejor así, sin tanta tutela, sin tanto/a ensayista resabiado/a. 

Bueno, el caso es que esta novela lleva persiguiéndome desde entonces, como la bala al personaje de Mira que eres, de Luis Rodríguez, o como en aquel relato de Borges cuyo título no recuerdo en el que un personaje muere finalmente atropellado por un carro "que llevaba persiguiéndolo cincuenta años". Finalmente, como regalo navideño, El loro de Flaubert, de Julian Barnes (traducción de Antonio Mauri), llegó a mí. No sé si fue despecho o qué, pero aun así, tardé un par de meses en decidirme a leerla.

Pues bien, me ha parecido una novela magnífica, llena de esas cosas que tan mal se le dan habitualmente a los autores españoles y canarios: técnicas narrativas heteróclitas, metaliteratura, collage narrativo, etc. En esta novela, Barnes las utiliza bien, siempre de manera pertinente, de tal modo que no puede imaginarse la novela de otra manera a como fue escrita. Además, la fuerza descriptiva, los diálogos bien trenzados, así como la ironía coinciden en dotar a El loro de Flaubert de una singularidad artística sobresaliente ante la que no puedo, al igual que me ha ocurrido recientemente con Austerlitz, de W.G. Sebald, sino maravillarme. Así, igual uno se topa con un cuestionario de preguntas sobre Flaubert, como un bestiario o un diccionario de tópicos (a la manera del escritor francés). Y todo suma.

En fin, diferentes puntos de vista, distintos ángulos narrativos, variedad de estilos que conforman una novela singular que no solo, como podrían sospechar (y quizá temer), trata de Flaubert y de sus manías. Ya les he manifestado alguna vez que a mí estos juegos (del lenguaje, del narrar) me gustan por sí mismas. Revelan distintas tonalidades del ingenio y de la inteligencia en las que me deleito. Quizá cierto esteticismo me traiciona. Leyendo a Xaviert Rubert de Ventós en La estética y sus herejías me veo (veremos hasta cuándo) justificado, lo que me reconcilia con mis tendencias veleidosas.


Empiezo por la estatua debido a que fue ahí donde empezó el proyecto en su conjunto. ¿Por qué la escritura hace que sigamos la pista del escritor? ¿Por qué no podemos dejarle en paz? ¿Por qué no nos basta con los libros? Flaubert quería que bastasen: pocos escritores han creído con tanta firmeza en la objetividad del texto escrito y la insignificancia de la personalidad del escritor; y aun así, seguimos desobedientemente a nuestro aire. La imagen, el rostro, la firma; la estatua con un noventa y tres por ciento de cobre y la fotografía de Nadar; el pedacito de ropa y el rizo. ¿Cómo es que las reliquias nos ponen tan cachondos? ¿No tenemos la fe suficiente en las palabras? (Págs. 14-15)


(...) Pero Ed Winterton quiso retratarse luego a sí mismo como un fracasado. Tenía cuarenta y pocos años, una calvicie más que incipiente, la tez rosada y glabra, y llevaba gafas cuadradas sin montura: el catedrático con imagen de banquero, circunspecto y honorable. Llevaba ropa inglesa y no tenía en absoluto aspecto de inglés. Era de esos norteamericanos que cuando llegan a Londres se compran una trenca porque saben que en esa ciudad llueve hasta con el cielo despejado. En el bar del Hotel Europa seguía llevando la trenca puesta. 

Sus aires de fracasado no tenían connotaciones desesperadas; parecían más bien ser el producto de una aceptación sin resentimientos de que no estaba hecho para triunfar, y en consecuencia su deber consistía en asegurarse de que fracasaba de una forma correcta y aceptable. En un momento de la conversación, cuando estábamos hablando lo poco probable que era que llegase no ya a publicar su biografía de Gosse sino incluso a terminarla, hizo una pausa, y en voz baja, me dijo: 

-En cualquier caso, a veces me pregunto si Mr. Gosse hubiera aprobado mis actividades. (Págs. 46)


En los sectores más librescos de la clase media inglesa, cada vez que ocurre alguna coincidencia, siempre aparece alguien que comenta:

-Igual que en Anthony Powell.

A menudo ocurre que la coincidencia, por poco que se la analice, no tiene nada de notable: es muy típico, por ejemplo, que no sea más que el reencuentro, después de varios años, de dos antiguos compañeros de colegio o de universidad. De todos modos, suele invocarse el nombre de Powell para dar legitimidad al acontecimiento; es algo así como pedirle al cura que te bendiga el coche. (Pág. 78)

 

Después de todo, si los novelistas quisieran realmente simular el delta de las posibilidades que ofrece la vida, harían precisamente eso. Al final del libro habría una serie de sobres sellados, cada uno de un color. En todos ellos estaría claramente marcado: Final feliz tradicional; Final infeliz tradicional; Final semitradicional; Deus ex Machina; Final arbitrario moderno; Final Apocalíptico; final de suspense; Final con sueño; Final opaco; Final surrealista; y así sucesivamente. Al lector se le permitiría elegir solamente uno de los sobres, y tendría que destruir los demás; pero es posible que mi actitud parezca demasiado insensatamente literal. (Págs. 107-108)


Pero si no desean la muerte del escritor, muchos críticos querrían al menos ser dictadores de la literatura, regular el pasado, y establecer con serena autoridad la futura dirección del arte. Este mes todo el mundo ha de escribir acerca de tal cosa; el mes siguiente, queda prohibido escribir sobre esa otra. Fulano no será reeditado hasta que nosotros lo digamos. Todos los ejemplares de esta novela seductoramente mala deben ser destruidos de inmediato. (¿Cree que bromeo? En marzo de 1983, el periódico Liberation exigió que la ministra francesa de los Derechos de la Mujer pusiera en el índice, acusadas de "provocación pública del odio sexista" las siguientes obras: Pantagruel, Jude the Obscure, lospoemas de Baudelaire, todo Kafka, The Snows of Kilimanjaro..., y Madame Bovary.) (Págs 118-119)

 

Julian Barnes, como se deduce de lo escrito, no  se limita a escribir sobre el escritor francés o acerca de Madame Bovary. Habla de literatura, de la crítica literaria, de la política en la literatura, de la academia, del patriotismo... Fantasea acerca de los libros no escritos y de las reglas del arte y de muchas cosas más. A su manera, me recuerda a Austerlitz, de Sebald (quizá es solo la sucesión de las lecturas, pienso, porque las he leído consecutivamente) los personajes viajan mucho tanto físicamente como con la mente. Qué si no es un/a novelista, claro, y qué si no es un personaje que nos interese. Pero es sobre todo un viaje al interior del ser humano, preguntándose sobre su identidad: qué es lo que lo forma y lo compone, y de qué manera reacciona ante las vicisitudes de la existencia. Por qué buscamos lo que buscamos y por qué sufrimos tanto. Quizá con estas disquisiciones me contradiga con respecto a la consideración de la literatura y del arte como mero juego... 

En fin, una novela posmoderna en el mejor sentido y, para lo que Vds. les importa, legible y placentera. Al menos a mí me hace valorar la experimentación literaria que se hace con talento y fundamento. Un despliegue del narrar con gusto.



 

lunes, 21 de marzo de 2022

'Gog', de Giovanni Papini

Antes de la era de Internet y del posterior volcado masivo de datos: textos, fotos, vídeos y sonidos, lo habitual era que el articulista ejerciese de erudito enseñando a sus lectores/as todo aquello que era díficil de conocer, o que, como se dice en sociología, implicaba grandes costes de adquisición. Así, como él mismo lo ha señalado en varias ocasiones, Carlos Pumares, cuando se le preguntaba por la posibilidad de volver a presentar un programa de cine en la radio o en la tv como su famoso Polvo de estrellas (en el que presentaba a sus oyentes cortes de sonido de película en versión original, canciones que solo se encontraban en discos muy antiguos, etc., aparte de su conocimiento-cotilleo de las estrellas del cine) afirmaba que eso ya no era posible, porque su conocimiento del cine, el que le proporcionaba material para sus programas, ya estaba disponible para todo el mundo.

Hoy en día, casi cualquier materia cultural es accesible (palabra clave) en Internet, incluyendo la piratería. Esto no significa que aprovechar la información sea lo mismo que obtenerla o meramente leerla. Implica una reflexión, una captación e interiorización de conceptos que solo es posible tras el estudio. En este sentido, trabajar sobre los textos, por ejemplo, en una carrera universitaria, o en el mejor de los casos, en un máster, no es lo mismo que simplemente leer los mismos libros y textos que se encuentren en la bibliografía. 

Digo todo lo anterior para no extenderme en la biografía, obra y milagros de Giovanni Papini, el autor de la novela Gog, objeto de la reflexión de hoy. No es pereza, sino falta de necesidad. En ciertos casos, uno podía escribir un artículo solo a base de biografía y de haber consultado un par de artículos en otro idioma cuya existencias pocos conocerían. En la actualidad, Vds. pueden buscar en la wikipedia o en otros lugares información sobre cualquier autor/a o personaje de la historia con no demasiado esfuerzo, y con un poco de persistencia, conocer más detalles que cualquier articulista. 




Sirva lo anterior, para limitarme a exponer un par de características de Giovanni Papini. Nacido en 1881, su vida madura osciló del belicismo previo a la I Guerra Mundial a su arrepentimiento después; de su conversión al catolicismo a, sin que eso supusiera una ruptura de su fe, la admiración por Mussolini. Qué tendrán estos artistas como Papini o Knut Hamsen, por ejemplo, que a medida que envejecen se vuelven cada vez admiradores de la fuerza y del poder, siempre aborreciendo el mundo y despreciando todo lo que les huela a "las masas".

Papini escribe, al menos en la versión que manejo de Mario Verdaguer de 1964, una prosa potente, en la que se intercalan con facilidad, sin sensación de forcejeo, pensamientos, descripciones y diálogos. Gog consta de 70 minirrelatos, más bien reflexiones o narraciones de breves encuentros con algún personaje o lugar, más una introducción en la que un primer narrador nos explica su encuentro con Gog y el posterior hallazgo de los legajos de este. Así, no nos encontramos ante una novela. Tampoco los relatos producen la sensación de formar una unidad superior que de algún modo nos describiera algún tipo de progreso o decadencia de Gog, algún tipo de transformación. Más bien, es la repetición del hastío ante la vida y ante los hombres, ante un mundo corrompido y sucio. 

En cuanto al estilo de la prosa, y respecto de algunas de las ideas que se plasman en Gog, nos encontramos ante un escritor de gran nivel. En particular, el relato sobre una ciudad perdida me recuerda a Borges (¡y a H.P. Lovecraft!), titulado, precisamente La ciudad abandonada. También interesantes conceptualmente son El homicida inocente, La industria de la poesía o Cadáveres de ciudades, entre otros.


No se oía en la ciudad desierta más que el eco de las cansadas pisadas de mi caballo. Todas las calles estaban embaldosadas, pero, según me pareció, crecía muy poca hierba entre piedra y piedra. La ciudad parecía abandonada desde hacía pocas semanas, o, todo lo más, desde pocos meses. Las construcciones se hallaban intactas; las ventanas, de postigos barnizados de rojo, cuidadosamente cerradas; las puertas, apuntaladas y atrancadas. No se podía pensar en un incendio, en un terremoto, en una matanza. Todo aparecía intacto, pulido, ordenado, como si todos los habitantes se hubiesen marchado juntos, por una decisión unánime, con calma, a la misma hora. Deserción en masa, no destrucción ni fuga. Encontré de pronto en el suelo un jubón de mujer y un saquito con algunas prendas de cobre. Si me detenía de pronto para escuchar, no oía más que el roer de las carcomas o el escarbar de los topos. (Pág. 39. La ciudad abandonada)


(...) ¡Yo también soy escultor! Pero no al modo grosero de todos. La antigua escultura, maciza y pesada, herencia de los egipcios y de los asirios, ha perdido ya toda su actualidad. Correspondía a una civilización religiosa, monárquica, lenta, primitiva. Ahora somos ascetas, anárquicos, dinámicos, cinemáticos. La escultura debe cambiar también. Fabricar estatuas en mármol, en piedra, en bronce -aunque no sea más que en plata o en madera- sería, ahora, como viajar en los carros de los faraones o vestirse con la armadura de Bayardo. Es necesario, ante todo, cambiar la materia. Modelar estatuas de nieve, como hizo Miguel Ángel en el patio del Palacio de los Médicies, o de cera, como ha hecho Medardo Rosso, era ya un progreso, pero demasiado tímido. ¿No ha observado nunca a los niños, en las playas del mar, cuando construyen figuras de arena? ¿No se le ha ocurrido nunca observar a un artista vendedor de helados que esculpe en la crema y en el hielo? Éstos han sido mis maestros. (Págs. 91-92. La nueva escultura)


Pero cuando uno se ha entregado al vicio de los negocios durante tantos años, es casi imposible conseguir que éste no vuelva a recrudecer. El año pasado me vino el deseo de crear una pequeña industria con objeto de poder sustraerme a la tentación de volver a ocuparme de las grandes y pesadas. Quería que fuese absolutamente "nueva", y que no exigiese demasiado capital. 

Se me ocurrió entonces la poesía. Esta especie de opio verbal, suministrado en pequeñas dosis de líneas numeradas, no es ciertamente una substancia de primera necesidad, pero lo cierto es que algunos hombres no pueden prescindir de ella. Ninguno ha pensado, sin embargo, en "organizar" de un modo racional la fabricación de versos. Ha sido siempre dejado al capricho de la anarquía personal. La razón de esta negligencia se halla, probablemente, en el hecho de que una industria poética, aunque floreciente, daría beneficios bastante modestos, bien sea por la dificultad -no digo imposibilidad- de adoptar máquinas, bien por la escasez de consumo de los productos. (Pág. 137. La industria de la poesía)


Las ciudades desiertas o desenterradas son incomparablemente más bellas que las vivas. La imaginación reconstruye, completa y obtiene un conjunto más gigantesco y perfecto. No hay nada tan verdaderamente maravilloso para mí como lo que no ha sido acabado o lo que está casi destruido. Y el olor de la muerte es un elixir potente para quien sabe que debe morir. (Pág. 156. Cadáveres de ciudades)


En los demás sentidos, sencillamente mal, porque uno no puede sentir sino extrañeza, cuando no rechazo, al racismo, machismo y exacerbado elitismo sin disimular que destilan gran parte de las páginas. Me parece detectar ese habitual exhibicionismo propio de quien cree formar parte de una aristocracia espiritual o de otro tipo.

Para terminar este pequeño repaso, creo que Gog es una lectura interesante desde muchos puntos de vista, no todos estrictamente literarios o estéticos: proporciona el paisaje moral de cierta intelectualidad conservadora de aquella época. Solo por ese apunte antropológico, sazonado además con la capacidad manifestada por el autor de elaborar una prosa contundente, vale la pena.


Satán será liberado de su cárcel 

y saldrá para reducir a las naciones,  

Gog y Magog (Apocalipsis, XX, 7.)