jueves, 17 de junio de 2021

'Doramas', de Armando Ravelo

Me gustaría saber si Vds. perciben lo mismo que yo respecto de las normas de etiqueta en el mundillo de la cultura en Canarias: no solo que no hay libro, cuadro, exposición o conferencia mala o simplemente regular, sino que no se nombra nunca al que le lleva la contraria al pope de turno, ya sea este escritor, periodista o jefe de Cultura del medio de comunicación que sea. Al disidente (o a la disidente) ni agua, entendiendo por "agua" su nombre. 

Es una manera, más o menos sutil, de mantener en la invisibilidad los discursos que atenten contra la forma establecida de hacer las cosas y, sobre todo, contra los detentadores de posiciones de relevancia (ya sea por prestigio, ya sea por ubicuidad, ya sea por nodo en la red de contactos). Así, los que están al tanto de lo que ocurre, los situados dentro del campo cultural conocen el significado y los/as destinatarios de las alusiones. Los que están fuera, es decir, el público lector se queda despistado.

Por ejemplo, en su blog El Escobillón, Eduardo García Rojas escribe, en tangencial relación con unas obras de Lázaro Santana:


 En unos tiempos en los que ya aburre el lamento de que Canarias carece de críticos pero no de artistas, artistas que según estas voces necesitarían de al menos la recomendación de esos críticos que no existen, encontrarse con Reembolsos quizá obligue a más de uno y una a que cambie esta cantinela o mantra que aparece y desaparece como el Guadiana y contribuya, bien al contrario, a ayudarlo a razonar que más bien en este archipiélago abandonado de la mano de los dioses si carece precisamente de críticos quizá sea porque la mayoría lo que quiere es escribir literatura y no leer lo que escriben otros. 

 De hecho y hasta que no se tenga muy claro que es eso de ejercer la crítica, me parece a mi que los intentos de practicar cierto comentario de demolición o de reivindicación con o sin argumentos será una constante entre los que se autodenominan críticos sin que se les caigan los anillos.

 

A ver: ni puta idea de qué escribe. Si Vds. están la misma situación que yo, es decir, periférica respecto de los mentideros de la Cultura, tampoco. Estoy un poco viejo para este tipo de sutilezas, la verdad. Como ya adelanté en otro lugar, dudo que que este comentario vaya dirigido a mí, dada mi irrelevancia intelectual, crítica, lectora, humana y mineral, por lo que me gustaría saber de qué está escribiendo este señor. Qué no le gusta de quién y por qué. Si García Rojas atendiera menos a las normas de etiqueta cultural, podría surgir, incluso, un intercambio de opiniones, y por soñar, que éstas fueran de cierto nivel. Si seguimos así, habrá que pedir que nos impartan un curso de iniciación a esta secta mistérica. 

En esta línea, aunque se trata de una polémica que me resulta muy ajena, los recados en forma de artículos que se han ido sucediendo en la prensa a cuenta de la última novela de García-Ramos, El delator, me han parecido saludables. Ojalá cundiera más el ejemplo porque de lo contrario, no hay manera de enterarse de qué ocurre y a quién le ocurre. No olvidemos que casi cualquier ámbito se beneficia, y, en especial, en el cultural, del debate libre e informado.


                                                                

Hay relatos épicos, y no tienen que ser la Ilíada ni el Cantar del Mío Cid. En un periodo más moderno, las novelas pueden, o aspiran a tener rasgos épicos, ya sea tipo Guerra y Paz o la seminal en la literatura de fantasía El Señor de los Anillos. O cualquier novela o relato de Jack London, sin ir más lejos. Seguro que Vds. tendrán sus propios ejemplos. Doramas, de Armando Ravelo (cineasta, aparte de escritor), aspira a ello, pero se queda en un esforzado trabajo que, a diferencia de los anteriores títulos, no perdurará en la memoria colectiva.

Esto es así porque Doramas no logra cuajar del todo. El personaje principal, Doramas, es rebelde, valiente, se alza contra la injusticia, ejerce de gran guerrero, etc., pero da la impresión de ser personaje de teatro escolar, de esos a los que el actor o actriz infantil interpreta alzando mucho la voz y haciendo aspavientos con las manos. Carece de transformación durante el desarrollo de los acontecimientos, casi como si su personalidad fuera evidente por sí misma y, por tanto, resultase innecesario mostrar gradación alguna. Bien es cierto que Doramas no solo guerrea, sino que parlamenta e incluso se enamora, pero a mí al menos me produce la impresión de cierto monolitismo moral que no le favorece.

Puede aducirse a favor que la novela se lee con facilidad, y que Ravelo no comete los errores propios de otros engolados escritores locales que aspiran a ser cultos, qué digo, cultísimos, y como no suelen serlo tanto, se empeñan demasiado en parecerlo. Eso sí, hay unas cuantas erratas, por no llamarlos errores, como no acentuar algunas verbos en su conjugación monosilábica en los que sí debería haberse empleado la tilde y un uso errático de las comas.

Ejemplo:


-Si vive puede que le de muerte yo. (Pág. 71)

 

Además, las descripciones tienden a ser un poco tópicas, recurriendo a ese arsenal archisabido de expresiones como "ojos color miel", " ojos enigmáticos", etc., que tan poco dicen, por mucho que se crea lo contrario. "Ojos color miel", así como "pechos turgentes", "caderas cimbreantes", "culo respingón" o "hígado graso" son descripciones que deberían evitarse a toda costa. Quizá fuera necesaria, con efectos preventivos y ejemplarizantes, alguna medida disciplinaria: tal vez, cortar un dedo al autor, obligarle a leer entero un artículo de Antonio Morales o soportar a un taxista de derechas. Cosas, en fin, que dejen huella.

En cambio, los diálogos son aceptablemente ágiles y vivaces, y gracias a ellos trabamos conocimiento convincente de los manejos, usos y costumbres de la nobleza gobernante en la Gran Canaria de la época de la conquista castellana. Ahí Ravelo se maneja bien. Yo habría cambiado 3/4 de las descripciones (cuanto más líricas, peor) por más diálogo, y la novela habría salido ganando. Eso sí, echo también en falta una recreación o escenificación más desarrollada de las costumbres de ese pueblo humilde, dominado por la élite gobernante, desde y por el que se alza Doramas, el forajido.

Por otro lado, quizá es que me haya vuelto demasiado quisquilloso, no puedo dejar de reparar en que el autor emplea expresiones y palabras que no se adecuan bien ni a la época ni a la cultura de los indígenas. Ejemplos: "pueblo", "calles", "bizarro", "melancolía", "carismático", "oasis", "institución", "alcalde" o el mismo adjetivo "canario". Tampoco "tío" o "sobrino" son necesariamente conceptos nativos. Podría pensarse que como el relato está narrado en tercera persona, salvo en el capítulo XXIX, en el que se pasa a la primera persona, no es una voz del siglo XV las que nos habla, sino una moderna. Aun así, la extrañeza se produce igual. Es posible que el problema no consista en el mero descuido o la inadvertida negligencia, sino en la falta de finura lingüística y de reflexión histórica. También es cierto que si nos ponemos demasiado exquisitos, etnográficamente hablando, el texto podría volverse mucho más difícil y habría que explicar demasiadas cosas. Ahí está el reto.


Pero a Doramas había algo que le seducía más que el debate de estos nobles. Sahar, ojos de miel derramada, pelo de cielo nocturno, piel de brillante cerámica. Esa sonrisa. Desde su llegada a aquel lugar ella fue un oasis agradable ante tanto hombre altivo. La mirada de Doramas se distrajo aventurera observando a la joven hermana de Maninidra. Ella respondió con miradas furtivas y esquivas. ¿Qué escondían esos ojos-enigma? (Pág. 79)


Pocos días después el faycán de la zona anunció una visita al poblado. Que ellos recordaran, jamás alguien tan importante había visitado el lugar. En alguna ocasión recibían visita de ayudantes de una u otra institución. A modo de alcalde tenían una especie de jefe del poblado que a veces bajaba a Telde a reunirse con el guanarteme. La visita de aquel faycán fue una noticia impactante. Hacía muy poco que ejercía como tal, pero se había ganado el respeto y la admiración de todos por su vuelta a los orígenes, dando especial importancia a las tradiciones. Según decían, aquel hombre poseía un amplio conocimiento del mundo visible e invisible. Su nombre era Faya. (Pág. 126)


Comienza a llover sobre las cabezas de los teldenses. Es un buen augurio. Doramas cincela en su memoria cada rincón, cada elemento, cada gesto merecedor de ser recordado. De pronto comienza a suceder. Al principio es apenas un murmullo, pero al poco, se oye con nitidez. ¡Doramas el liberado!, esa es la frase que las gentes de Telde vociferan para el trasquilado de pelo largo que observa con sorpresa y emoción aquella súbita muestra de aliento por parte del pueblo de Telde. Los más humildes están con el alzado y sus hombres. La piel se eriza, las pupilas se dilatan dentro del ojo húmedo, pleno de humanidad. La frase es grito y las voces agitan las almas de los rebeldes. Doramas se gira un instante para alcanzar con la vista a Nenedán, que mira a un lado y a otro de reojo, visiblemente contrariado. (Pág. 139)


Me atrevo a señalar la posibilidad de que Armando Ravelo estuviese menos preocupado por las sutilezas del lenguaje y del argumento que por dar a conocer el funcionamiento de la sociedad indígena de la isla y por construir un relato que engrandeciera la lucha de los indígenas contra los invasores. En este sentido, Doramas se presta de manera magnífica a encarnar la figura del líder, del caudillo, aquejado también por la hibris, depositario de la voluntad de resistencia contra aquellos. Voluntad que, a su vez, queda engrandecida de manera trágica por su futura derrota, conocimiento de lo cual, es evidente, tiene todo el público lector.

 Asimismo, y esto es algo digno de elogio, Ravelo no cae en el error de glorificar la sociedad indígena in toto, es decir, como si fuese una especie de Arcadia, Jardín de las Hespérides, etc., que vivía en una Edad de Oro, etc. Más bien, resalta los rasgos más mezquinos y opresores de una nobleza empeñada en mantener sus privilegios de clase/estamento a costa de un pueblo empobrecido y sufriente. A este respecto, es más completa que Datana, que se reseñó en este blog hace un tiempo. Como aún me queda memoria, me permito traer a colación aquella infame ópera titulada La Hija del Cielo, de Guillermo García-Alcalde, pagada con el dinero de los contribuyentes, cuya falsificación del relato histórico entre los castellanos y los indígenas se saldaba con un canto a la colaboración entre culturas o algo parecido igual de vomitivo. Por cierto, un presidente nacionalista del Gobierno de Canarias, Paulino Rivero, acudió sin falta al estreno en el Teatro Pérez Galdós.

CONCLUSIÓN: Doramas es una novela un tanto simple, a pesar de los saltos temporales y de cambios de perspectiva, cuyo personaje central posee características del héroe trágico, pero sin la hondura ni la expresividad de, por ejemplo, un Edipo. Sería mucho pedir, claro. Puede pensarse, en esta línea, que este Doramas es más bien un personaje trágico de la Modernidad, un hombre común que, por cierta fuerza de carácter y tal vez la casualidad de vivir en aquella época terrible, se yergue sobre lo que parecía ser una vida y un destino comunes, pero solo para encontrar el fracaso y la muerte, inevitables frente a la fuerza de un Estado en auge, imperio en ciernes. Fracaso enaltecedor e inspirador, sin duda. Aún está por escribirse la novela que le haga justicia.




sábado, 5 de junio de 2021

'Un amor', de Sara Mesa

 A mí no deja de fascinarme ese amor de ciertos seres humanos por los conceptos. Así, mucha gente ama la nación, o la religión, o el comunismo o la libertad con toda fuerza y con toda sinceridad. Hasta tal punto que, por ejemplo, muchos nacionalistas aman tanto España, o Cataluña, o Canarias que no dudan en aniquilar a quien se le ponga por delante, ya sean españoles, catalanes o canarios, respectivamente. Asimismo, hay gente tan religiosa, tan empeñada en seguir el ejemplo de Cristo, digamos, que no dudan en condenar a todo cristiano, o persona, en general, que disienta de su visión. No hace falta recordar a los estalinistas y a sus seguidores de cualquier latitud y época, dispuestos a apuntar con la pistola a todos los que se negaban a seguir el curso de la historia, tal y como lo entendían aquellos. O esa gente tan liberal que, en nombre de la libertad, deja que se mueran los ancianos en las residencias y te desmantela la sanidad o la escuela pública para que se conviertan en meros guetos para los más pobres, o te cierran albergues, etc. O esas personas tan progres, tan ocupadas en aparentar su compromiso con los valores éticos más elevados que no les queda tiempo para ejercerlos en el día a día.

Capítulo aparte son los que hipostasian la Cultura hasta el punto que no les importa sacrificar a la gente de carne y hueso para que aquella nazca, germine, crezca, se desarrolle y alcance algún tipo de plenitud fantaseada, mientras recibe alguna comisión en el proceso, monetaria o de prestigio.

En fin, estamos rodeados de gentuza en una época en la que ni siquiera hace falta la hipocresía. La mala voluntad se exhibe a pecho descubierto, con gallardía, como si la nacionalidad, la clase social, la ideología o la cultura sirvieran de excusa para perpetrar todo tipo de crímenes, tanto el orden legal como en el moral. Además, nuestro mundo es digital, y todo tipo de mensajes nos asaetean desde lugares inimaginables hasta solo hace una generación. En el momento de peor crisis de su historia, los medios de comunicación son más influyentes que nunca, y a la cabeza se me viene esta frase de Bourdieu, que dice algo así: "Muchas personas creen que hablan, pero en realidad, les hablan". Es decir, sostenemos con firmeza, incluso con fiereza, opiniones y puntos de vista que creemos nuestros, hasta el tuétano, cuando, en realidad, distan mucho de serlo. Conforman la ideología dominante de una sociedad, de una época, el sentido común que todo lo impregna y en todo nos impregna.




A ver, para comenzar con el argumento: es la historia de una mujer, Natalia (Nat) que se va al campo porque resulta que ha robado en su trabajo (no se dice qué, igual un cenicero, igual un Picasso, qué más da) y quiere comenzar una nueva etapa en su vida. Para eso, como se ha convertido en una nómada digital (se dedica a traducir ahora) no se le ocurre nada mejor que marcharse al campo, donde la vida es más barata, alquilar una casa a un señor sumamente antipático y machista y comenzar a establecer relaciones neuróticas con sus vecinos y vecinas. También, para añadirle complejidad a la cosa, se folla a un tipo para que le arregle las tejas y dejen de caer goteras. Esto le causa un gran dilema moral al principio, lo del folleteo, pero pronto le comienza a gustar (quizá no es gustar, sino otra cosa) y sigue follando con ese señor que no tiene de atractivo, al menos, al principio, ni una miajita.

Va bien esta novela porque, para quien no lo sepa, estamos en medio de una polémica muy agria, en Madrid y alrededores (y lo que pasa allí es un debate que por lo visto nos afecta a todos/as), a cuenta de la famosa España vacía. Claro que aquí, en Canarias, todo está lleno de gente, y si alguien mencionara algún lugar vacío iríamos todos de cabeza (porque la mayoría somos bastante snobs, por no decir noveleros) para que dejara de estarlo. Pero al menos podríamos contar una historia de cuando fuimos a un sitio vacío de verdad, sin casas ni gente. Vamos, ciencia-ficción; al menos, en Canarias. Como digo, parece que grandes zonas de la Península se despueblan y todo el mundo se marcha a las capitales, y de entre todas las capitales, a Barcelona y, sobre todo, a Madrid. Eso entronca, en un debate más o menos alambicado, acerca del enésimo análisis y diagnóstico de la izquierda sobre sus derrotas electorales y su relación con los valores comunitarios/comunitaristas e identitarios. 

En todo caso, Un amor, si reivindica algo a este respecto es la huida a toda prisa y sin mirar atrás de la España rural. O de la España de los pueblos, que no es exactamente la misma. 

Creo que es un debate al que Sara Mesa no prestaba atención, al menos en el momento de la gestación de la novela. Cada cual elige sus temas, y por lo que se lee, la autora estaba más pendiente de la supervivencia de una mujer en medio de un entorno hostil y denso, por lo pequeño y apretado, como el de un pueblo, rodeado de hombres, de los cuales sospecha sin descanso.

En algunos casos, no es la actitud o las acciones de los hombres en sí mismas lo sospechoso, sino que nos induce a ello las sensaciones de la protagonista, que intuye que algo no cuadra. En este sentido, es significativo que la protagonista acabe teniendo relaciones íntimas con el hombre con menor característica marcada de género, entendiendo por esto las actitudes sociales que más o menos se esperan de un espécimen humano varón, especialmente a la hora del acercamiento sexual.

 Además, no me parece descabellado que pueda leerse a la protagonista como encarnación de una clase media que se ve abocada a la precarización o a la proletarización, lo que entra en conflicto con su cosmovisión, que era la del progreso, la de la marcha ininterrumpida en la propia vida y en las generaciones hacia lo mejor, y que ante el inesperado y decepcionante estado de cosas, entra en crisis.

En cuanto a la prosa, he leído todo tipo de encomios imaginables (en plan Santana Sanjurjo), empalagosos hasta el vómito. En la faja misma, citando a un reseñador del suplemento El Cultural, se dice que su prosa "es de una limpieza desconcertante". Es "limpia", de acuerdo, pero lo que sí me desconcierta es lo de "desconcertante". Dicen que fue "mejor libro del año 2020", etc. En fin, la verdad es que no creo que sea para tanto, ni de lejos. Abunda la frase corta, sí, y el vocabulario no es que sea de un barroquismo inaguantable, sino todo lo contrario, tendiendo a lo sencillo. Pero lo que se dice desconcertar, no desconcierta nada.

Un amor se cuenta en primera persona, y en presente, con esa consecuencia de acercamiento a la acción, que la distingue, por ejemplo, de un tipo de narración más clásico, como la que se ejecuta en pretérito perfecto simple ("comí", "hablé", "me dijo", "se columpió"). Y bueno, uno se pregunta si no habrá algo de minuciosidad de más en la transcripción de ese mundo interior que siendo pródigo en sensaciones me resulta sobreestimulado si atendemos a lo que le ocurre. La narración está a punto de caer en la trivialidad, pero se sostiene a duras penas. Quizá es esa proximidad a la nimiedad que se pasa por contrabando como novela por lo que se me hizo antipática la lectura, como antipática me resulta la protagonista que se cuestiona cada paso dado o no dado con febrilidad adolescente.

Porque, al fin y al cabo, saber que un pueblo chico puede, en determinadas circunstancias, convertirse en un infierno grande es harto sabido, y que denunciar, una vez más, la indefensión o la dependencia de una mujer por haber asumido ciertos roles, o su cosificación, está muy bien, pero solo por sí mismo no le añade valor a la literatura. Tampoco, constatar una vez más lo mucho que se sufre en las rupturas sentimentales.


¿Cuál es el sentido de presentarse en su casa sin avisar? ¿Con qué derecho aparece? En los pueblos lo hace todo el mundo, sí, pero ¡qué costumbre tan maleducada! Ella estaba tranquila -o tratando de tranquilizarse-, no quería ver a nadie, y mucho menos verlo a él. Pero de pronto apareció y ella -con el pelo sin lavar, la cara sin lavar, en pijama-, ella debía comportarse como si todo fuera de lo más normal, venciendo su orgullo, simulando una convivencia vecinal de lo más amigable tras haber realizado el truque básico -¿sexo a cambio de que le arreglaran el tejado?, ¿qué disparate es ese?-. El acuerdo, la tolerancia, qué tal todo, cómo ha ido con la lluvia, si hay algún problema me avisas. Ni siquiera es consciente de mi enfado, piensa Nat. Ni siquiera eso. La metió en su dormitorio hace dos días y ahora la ha mirado con completa frialdad, como miraría a una cabra o a un perro. Puede que hasta él se arrepienta de lo que le hizo, al verla ahora, a la luz del día. Tanto tiempo sin una mujer para llegar a ella, a esa bazofia. (Pág. 89)


Así, llegados más o menos los 2/3, me asaltó un deseo incontenible por leer en diagonal que no venía suscitado por la curiosidad o el afán por conocer el desenlace, sino por comprobar que el resto era igual de mustio. Esa fue la impresión que recibí y así se los transmito. En definitiva: Un amor no es una novela despreciable, pero sí prescindible. O viceversa.



P.D. Otras reseñas, aquí, aquíaquí o aquí








sábado, 29 de mayo de 2021

Actualizaciones librescas

Ya saben que soy un ser humano tendente a la amabilidad y, sobre todo, a la generosidad (con esto, intento asegurarme de que dejen de sospechar que soy una Inteligencia Artificial que funciona sobre la base de un algoritmo de Alphabet, la dueña de la plataforma en que se alberga este blog) y es por eso por lo que, de vez en cuando, me gusta anotar aquí mis últimas lecturas, por si fuera de su interés o, tal vez, motivo para el escarnio.

A veces, ya saben, es bueno retirarse un poco de la actualidad, del presente apremiante, de la lectura de los periódicos y de la discusión político-moral con el taxista de turno. Tal vez, incluso, someterse uno a escrutinio, revisar el propio comportamiento con los demás y, por encima de todo, dejar de ser, a toda costa, productivo.

En fin, después de aquel artículo sobre la literatura clásica, he seguido en esa línea con las comedias de Aristófanes, al que todo los enterados conocen y, por supuesto, han leído con delectación. Esto ha sido así tras interesarme por un libro de Luciano Cánfora, La crisis de la utopía, en el que constata y desarrolla la rivalidad y el mutuo zaherimiento entre comediógrafos y filósofos, entre Aristófanes y Platón, que se revela de modo especialmente lacerante en Las Asambleístas, que es una respuesta al proyecto de construcción de una sociedad utópica de inspiración espartana presente en La República, de Platón. Canfora, al igual que en El mundo de Atenas, es minucioso siempre y sarcástico cuando encuentra la ocasión.

De paso, claro, he seguido con Los pájaros y Las ranas. Aristófanes, como verdadero demócrata, no ocultaba, ni mucho menos, lo que de criticable tenía la democracia de su tiempo. Más bien, se ensañaba.


                                                                                                                      
                             


No es nada fácil ser culto para destacar en el mundo de las letras: habría que leer mucho, no solo leerse a uno mismo y a los amiguis. No vale, tampoco, leer a un solo autor, mejor si no lo conoce casi nadie, hasta volverse casi un especialista con el objetivo de introducirlo en cualquier conversación, venga a cuento o no, para que aquella gire en torno a lo que uno sabe. No pasa nada por revelar nuestra ignorancia: con suerte, aprenderemos algo, aparte de humildad.

Creo que es importante no leer sólo literatura. Me resulta lastimosamente habitual aburrirme con ensayos de escritores cuyas referencias son solo literarias o, a lo sumo, anécdotas de la vida de otros escritores. Un círculo vicioso exasperante y tedioso, un muermo. 

Sigamos: no puedo dejar de recomendarles La norma literaria, de Juan Carlos Rodríguez. Un libro (que me ha parecido extraordinario) que, abominando de la concepción de la Literatura como un campo autónomo, si no independiente, no cesa de suministrar contexto social, políticos y filosófico, tanto a las sucesivas escuelas lingüísticas "desde Saussure a Chomsky" como a los fenómenos literarios como el teatro burgués, las vanguardias o la Generación del 27, entre otros. No sé si será "necesario" este libro para cualquier persona interesado en profundizar en la literatura (con atención especial a la española), pero está cerca de serlo. Librazo.

     

                                                                                                                           
Por otro lado, estoy comenzando (llevo tres capítulos) un libro sobre lo que nosotros, en nuestra época, llamamos "arte" griego de la época arcaica y clásica, del famoso historiador Robin Osborne, que se titula precisamente así: Archaic and Classical Greek Art. Un arte que, como ya sabrán, era inseparable de su función, ya fuera religiosa, funeraria, política o social. La contemplación, aunque no sea directa, sino por fotografía, de los objetos de aquellas sociedad son un complemento delicioso (al menos en mi caso, ese es el adjetivo que me ha venido a la cabeza) a toda la literatura histórica y política sobre aquella civilización. 


 


Asimismo, y preparando ya la transición hacia otras épocas, que no todo va a ser Atenas, tengo en mi poder ya, con solo algunas páginas leídas, tres libros cuyo comentario espero hacer en no lejana fecha, como son Sabios y necios. Una aproximación a la filosofía helenística, de Salvador Mas; Pensamiento romano, del mismo autor; y
 La razón de Roma, de Claudia Moatti.


            


                                                                                                                                                     
Ya me gustaría leer más, leer durante más tiempo, pero a veces, simplemente, no me apetece. Uno no querría ser Funes, pero sí que deja cierta amargura constatar, una y otra vez, que tras tanta lectura solo un residuo permanece, y de modo inconstante, en la memoria. "Ubaldo, el de ágiles ojos, pero corta memoria", podría satirizarse. Es lo que hay.                                                                                                     




domingo, 23 de mayo de 2021

'Alma reglamentaria', de Alexis HB

Por alguna razón algunos seres humanos creen que albergan la ilusión de escribir una novela, uno de tantos supuestos objetivos vitales que, a diferencia del coito y de la procreación, está lejos, pero muy lejos, de ser natural. Es decir, alguien nos ha enseñado que escribir una novela no sólo es guay sino que te convierte en otra cosa, no sé, en un artista, ese ser, ya se sabe, tocado por lo divino, fulgente y esplendoroso que te permite llevar guayabera aunque no seas García Márquez y vivas en Torrelodones.

Y así, ocurre lo que ocurre, que uno (o una) no escribe porque crea que tiene algo importante que decir a la comunidad de la que forma parte, ya sea local, nacional, mundial o cósmica, sino porque quiere ser. ¿Qué es el ser y cuáles son sus atributos?, nos preguntaríamos aristotélicamente. Ya he escrito de ello en otras ocasiones, así que no insistiré. Eso sí, tal ilusión distrae a muchas personas de hacer otras cosas que podrían serles más útiles, provechosas o simplemente divertidas. A ver: ¿Qué añade otra novela romántica, otra novela negra, otra novela de vampiros o zombis, otra novela histórica a la literatura? ¿Qué le aporta a su público? Por no hablar de que estoy harto de los/as escritores/as que quieran enseñarme su mundo interior, que por lo general es el mismo que el de la mayoría de la gente. No me interesa, para decirlo claro. Vilas, fuera, eres un ñoño. Cercas, exíliate interiormente: eres un pesado. No me apetece leer los sermones de escritores/as que, además, no suelen saber mucho de casi nada. Pérez-Reverte, no te levantes del sillón de orejas, enfádate con tu perros; Vargas Llosa, cada columna de opinión que escribes es una afrenta a algo o a alguien valioso. 

Escritoras y escritores noveles o no tanto, déjenlo ya. O si sienten una vocación auténtica (vayan Vds. a saber en qué consistirá eso) busquen al amigo o amiga inteligente que no le ríe la gracia. Al que sepa más que Vds, el que le señale cada error y cada tontería de su manuscrito. Después, vayan a un/a editor/a que sepa lo que se hace y no a un empresario/a que tiene una imprenta y mantiene una bonita relación con las consejerías/concejalías de Cultura de la miríada de administraciones públicas: esa persona amante de su oficio que no permitirá que una mediocridad se añada a las millones que se han publicado antes. Finalmente, si nada bueno ha ocurrido y su libro ha salido al mundo a pesar de todo, busquen a los/as críticos honrados/as. A aquellos/as que con mayor o menor conocimiento se permiten criticar con sinceridad, sin buscar su amistad ni la de la editora ni la del dueño del medio de comunicación. Lean sus críticas, sopesen los defectos que señalan. Enfádense, si quieren, injúrienlos/as, tal vez, pero reflexionen un rato: tal vez hayan acertado, ya sea por casualidad.

 Ni caso a los elogios, ni caso a esos escritores veteranos, tal vez algo famosos, y muy resabiados, con los que comparten de vez en cuando un almuerzo o una cena y por lo que se sienten honrados/as. Algunos parecen alimentarse de la admiración de los poco avisados.

Ni caso a los/las periodistas culturales que nunca dirán que su libro (sí, el de Vds.) es una porquería. No les interesan los artistas, lo que buscan es una red de contactos, tal vez una inversión simbólica a medio plazo.

Ni caso a los filólogos reconvertidos en apologetas con ganas de currículo. En el ámbito local, huyan como de la peste de los elogios de Victoriano Santana Sanjurjo, por ejemplo, y de especímenes similares. Sus ditirambos son el camino seguro a la inanidad literaria.




Todo esto viene a colación por la novela Alma reglamentaria, de Alexis Hernández Benítez, sufragada por crowdfunding. O sea, algo así como la autoedición pero sin que se la pague el propio autor/a, como ha sido costumbre hasta hace poco. Puede interpretarse el dichoso crowdfunding como un anticipo de futuros lectores que, sin haber leído la novela, otorgan confianza al autor. Más bien, creo, han pasado por caja amigos/as, deudos y allegados/as en diversas líneas de consanguinidad y afinidad, ya por solidaridad, ya por algún tipo de deuda moral.

No querría explayarme en una novela de un autor primerizo, pero las cien páginas que he leído están marcadas por un estilo deplorable, en el que la verborrea se hace pasar por vocabulario, y un abotargamiento de símiles y metáforas por creatividad o ingenio. Mucho adjetivo, mucha minuciosidad irritante, mucho tópico. Los diálogos son increíbles y resultan impostados y el protagonista narrador es uno por el que no se puede sentir sino repulsión. Además, cómo no, alguna reflexión sociológica falta de lecturas y sobrada de prejuicios. Nada que no hayamos visto antes en autores con muchas ganas de escribir y gritar a los cuatro vientos: "¡Mamá, soy escritor!" Eso sí, la portada mola.

Puede ser que haya crítica social, pero no la he visto en estas páginas. Puede que haya un develamiento de la profunda corrupción moral de las élites, para empezar, y del resto de la sociedad, pero no la he detectado. Puede que haya una radiografía nítida de nuestras miserias, pero no he leído nada que no haya visto en cualquier serie de TV. Puede que la novela posea una arquitectura de episodios y escenas magnífica, pero no he tenido paciencia de pasar de la página número cien. Es lo que ocurre en estos tiempos veleidosos, más aún cuando uno ya ronda la cincuentena y percibe que cada vez queda menos tiempo para desperdiciar.

Lo que voy a hacer, para que no me acusen de ensañamiento es ofrecer algunos extractos y ya deciden Vds:

 

El uso de dicha información se antojó un precio ridículo cuando la Jane callejera se dejó caer a mis brazos desde el árbol. Entonces nos presentamos en silencio; primero, las miradas, después, las mejillas. La posé en el suelo a desgana, me dio las gracias, nos reímos un poco de lo sucedido y se despidió al trote inquieto y lleno de vida que debía caracterizarla desde niña. "¿Y eso es todo?", le grité a su atractiva silueta de espalda. Se viró y contestó: "¿Qué más quieres, espantapolis? ¿Sientes que te debo algo?". "No se trata de mí. Se trata de nosotros y de la deuda que tenemos con esta noche. Acabamos de contraerla y si no la pagamos antes de que amanezca, puede que ya nunca podamos saldarla". Ella entornó sus enormes ojos, contuvo la sonrisa, y dijo: "Lo siento. Has malentendido las cosas". "Lo mejor que se puede hacer con las cosas es malentenderlas", repliqué. "Es la única forma de vivir de verdad. La única forma de salirse por la tangente, de romper con lo que se espera Es la única forma de disfrutar y divertirse. Las cosas bien entendidas son una mierda". 

Tras liberar la sonrisa de agrado, se encaminó hacia mí. Por millonésima vez, habían sido las palabras justas para la persona adecuada. (Pág. 18)


 Parecía un fumadero de opio y no debía oler muy distinto. En el ambiente había una mezcla provocativa de especias y nervio rancio, como el tufo que desprendería un mercado marroquí si ardiera entre las llamas de cócteles molotov fabricado con telas recortadas de sobaco de chilabas bereber y botellas usadas para hidratar los camellos mimados de algún jeque. La luz, casi ocre, era opresiva, y el mobiliario, en especial las cabinas, parecía hecho por algún niño que creyese jugar a indios y vaqueros y se hubiese construido un fuerte usando palés y tachas oxidadas. Un fuerte que hubiese resultado más inexpugnable si lo hubiese levantado con piezas de Lego y plastilina. (Pág. 33)


Entré a un persa y pedí algo barato para comer. Fuese lo que fuese aquello, lo empecé y lo terminé de pie en la acera opuesta al locutorio. Observaba la calle mientras me limpiaba salsas desconocidas de las comisuras de los labios. 

Se trataba de una calle activa y multirracial, característica de una zona portuaria y de una capital incapaz de albergar físicamente un barrio delimitado para cada etnia. Una mora vestida de rosa chillón dialogaba con una mujer ghanesa de traje amarillo que sostenía en equilibrio sobre la cabeza un bulto del tamaño de mi sofá. Dos vietnamitas varones, jóvenes e imberbes, se ofrecían bajo el sol de sobremesa, quizás por la falta de oportunidades o quizás por el sentimiento de culpabilidad que provocaba el exceso de ellas, siempre en comparación con las que había en Saigón donde sus madres y sus abuelas empezaron por necesidad la tradición familiar. Un verdulero griego chapurreaba a gritos el castellano para compensar la atención acaparada por el frutero andaluz y su verborrea simpática y más traducible (solo un poco más). Un indio lakota daba órdenes a unos yanquis que descargaban en su tienda un camión lleno de radiocasetes y otras antiguallas. Un cartero canario metía las cartas por debajo de la puerta de un edificio, sabedor de que era una molestia inútil tratar de acertar con la correspondencia de un bloque de vecinos sudamericanos en constante desahucio. Una pandilla de judíos adolescentes parapetada en un portal se mofaba de un crío árabe que corría delante de un pastor alemán sin la correa. La calle sufría el estrés de la auténtica globalización, la que germina de forma espontánea y sin opción el crisol de los suburbios, disolutos refractarios en un disolvente ácido; no la que nos quieren vender al mostrarnos un yuppie sueco cenando sonriente junto a una negra de facciones suaves y sajonas y traje de confección milanesa, arrodillados en un japonés de doscientos euros el palillo. (Págs. 47-48)


-Oye, hablando de perder el tiempo -dijo la mujer cuando la conversación ya era un fósil-. ¿Qué tal el otro día con Vane? ¿Cumpliste? 

-Por supuesto -contestó con esa desgana suya-. Tranquila, no sufrió. Todo acabó muy rápido. 

-¿Ah, sí? ¿Eres un eyaculador precoz de esos? 

-De los más precoces. Que yo sepa, me corro desde los seis años. 

La mujer soltó una carcajada que sonó como un remolque. Él se quedó tan ancho. Dejó la última mordida del dulce sobre la mesa y se limpió en la manga. Se marchó con el detalle alienígena de decirle que le llamase por si necesitaba algo. 

La mujer mantuvo la sonrisa. Tenía la boca de un rape escorbútico. 

-Qué hijo de puta -acabó por decir-. No es mal tío, ¿sabe? Parece aburrido pero es un cachondo de la hostia. Hace años hasta tenía su no sé qué. 

Puso la vista en el televisor y la atención en algún lugar muy lejano. Me pregunté si alguna vez había habido algo entre los dos y me convencí en el acto de que era imposible. Juntos en un colchón encontraría la misma química que una llanta de tractor y un yorkshire. 

Nos presentamos en condiciones, estrechamiento varonil de manos incluido. Se llamaba Linda. A todas luces, sus padres se precipitaron al ponerle el nombre y llevaban treinta años gastándonos una broma de mal gusto. (Págs. 49-50)


 Sobre la calle había caído la noche adulta como una bolsa de basura negra y arrugada. Viejos neones a media vela, varias prostitutas en la preferente sesión nocturna, olores a cenas baratas de sartén mezclándose al salir de las ventanas, gritos de matrimonios deshaciéndose a los pies de una cama o empezando a hacerse sobre ella, ofertas drogadictas de camellos que nunca hacían sus deberes de sexto de primaria, gente de mala vida susurrando trapicheos o trapicheando susurros. (Pág. 56)

 

Me sirvió otra birra sin que la pidiese y se fue a atender a la extranjera desconocida. Mi atención la siguió como un perrito faldero. Sentía una curiosidad insana por aquella clienta. 

Su cabello rubio pilsen caía momio hasta los hombros, una suavidad algo revuelta y descuidada que mantenía delante del rostro sin que pareciese molestarla. En el perfil facial que dejaba a la vista no había marca de expresión alguna, lo que se consigue siendo desde pequeña más dura que las piedras del camino o cicatrizándolas de adulta durante una huelga de sentimientos prolongada, protesta ante una vida trágica o trágicamente vacía. Su piel tenía las tonalidades albaricoque de la gente blanca que trabaja al sol, seguramente un sol de altura. Por el contrario, las pecas pálidas que tenía espolvoreadas alrededor de las ojeras eran genéticas. La mano que sujetaba su absenta seguía hablando de trabajo al sol, dureza y piedras. La otra estaba semioculta con una venda blanca y decía tanto o más por lo que callaba. Llevaba unas gafas de pasta transparente y sombras vainilla, con cristales grandes y circulares, un modelo sobre el que la moda había defecado hacía lustros (Pag. 60) 


En fin, para qué más, si yo ya no puedo.



P.D. En una adenda, Alexis HB agradece mucho y a todo dios, y escribe, entre otras cosas: "Gracias por la valentía de apostar por la creatividad, por la literatura sin especulaciones".

 



jueves, 13 de mayo de 2021

'Cuentos de otoño', de Agustín Díaz Pacheco

A mí, esto de las votaciones populares para la mejor novela (negra, policiaca, histórica y qué sé yo más), me recuerda aquellos momentos de euforia democrática en los partidos políticos hace no tanto tiempo (sin embargo, parece que fue hace un siglo: la política en España ha envejecido tan mal...) cuando se suponía que la democracia se sobrepujaba, y más fuerte que nunca, si el militante, simpatizante o mero ciudadano/a que pasaba por ahí votaba por uno de los 40 programas que se presentaban y por cada uno de los integrantes del comité, consejo o lista electoral de otros tropecientos miembros. Al final, qué remedio, uno/a votaba primero al más conocido o conocida (es decir, al que salía más por la tele) y, en consecuencia, al programa que apoyaba. Después, seguía votando un poco al tuntún y que fuera lo que Dios quisiera. Eso, si no se estaba dentro de las redes militantes. Si uno era el candidato, movilizaba a amigos, familiares, simpatizantes y fans por lo civil o por lo social. Es decir, el resultado estaba asegurado, ya por razones de economía y esfuerzo, ya por sobreabundancia y saturación. En resumen: siempre ganaba Pablo Iglesias y su equipo (por no hablar de los esperpentos escenificados en los otros grandes partidos).

Con las novelas, es algo parecido, y discúlpenme el paralelismo. Si, digamos, 15 novelas optan a tal premio que se decide por voto popular, ¿cabe en alguna cabeza que todos los votantes hayan leído las 15 novelas? No, claro. Así que si uno es un lector-fan, votará a quien conozca personalmente, a quien conozca, aunque no sea personalmente, a aquel que le caiga bien o, en el mejor de los casos, al autor o autora cuya novela sí ha leído. A veces confundimos democratización con el número de votos, y nos olvidamos del debate, de los argumentos o del uso de la razón. Y así nos va, con Ana Rosa como lideresa de opinión. 

Este fenómeno de concurso literario por voto popular, también lo he visto en otras áreas como en cortos cinematográficos, pintura, etc. Al final, la impresión que uno obtiene de todo esto es que los organizadores o cuentan con escasos recursos para promocionarlo o son unos vagos, y apelan a la red amical, familiar o de fans de los/as escritores/as (o artistas, en general) para hacerse publicidad gratis. Entonces, ganará quien haya sido capaz de dar más el coñazo, lo cual parece que no tiene mucho que ver con criterios artísticos, literarios, etc.

Sirva como contraejemplo la Atenas clásica, donde cada tribu de las diez que componían la polis elegía por sorteo a un miembro del jurado que se encargaría de ver todas las tragedias (o comedias, en otra festividad). Así, este panel de diez miembros, ciudadanos normales (no era preciso que demostraran ningún conocimiento específico), elegirían la obra ganadora. Esto, parece evidente, dificultaba de manera considerable la movilización de afectos o de favores que pudiera influir en la decisión final. Ya Aristóteles escribió: 


Pues los muchos, cada uno de los cuales es en sí un hombre mediocre, pueden sin embargo, al reunirse, ser mejores que aquéllos; no individualmente, sino en conjunto; igual que, por ejemplo, los banquetes colectivos son mejores que los costeados a expensas de uno solo; pues, al ser muchos, cada uno aporta una parte de virtud y de prudencia y, al juntarse, la masa se convierte en un solo hombre de muchos pies, de muchas manos y con muchos sentidos; y lo mismo ocurre con los caracteres y la inteligencia. Ésa es la razón por la que la masa juzga mejor las obras musicales y las de los poetas; pues unos aprecian una parte, otros otra, y el conjunto, todos. 
(Aristóteles, Política)

 

Es en este sentido como debería interpretarse la democratización del arte, por mucho que le pese a Ortega y Gasset y a aquellos poetas laureados que aún a estas alturas imaginan una masa embrutecida desdeñosa de los placeres espirituales que solo algunos son capaces de apreciar. Menos mal que contamos con ellos como vanguardia del gusto.




Este volumen de cuentos, Cuentos de otoño, de Agustín Díaz Pacheco, lo valoro de manera desigual. Los dos primeros cuentos, Relieves del silencio y Retorno de las preguntas, y el cuarto, Cruel intemperie son, a mi entender, los mejores. Curiosamente, también los más largos.

 Por ejemplo, el primero, Relieves del silencio, está atravesado por una atmósfera singular, creada por esa densidad verbal que parece ser señal distintiva de Díaz Pacheco. Además, aprecio la destreza con la que entremezcla diversos planos temporales. La narración se corona con la figura del doppelgänger, que sorprende e inquieta simultáneamente. Advierto que no es de lectura fácil, como ninguno de los demás relatos, porque Díaz Pacheco gusta de la profusa encadenación de adjetivos, además de la inserción del diálogo y del pensamiento sin separación dentro del mismo párrafo. Es por ello por lo que no es posible, utilizando la terminología de Constantino Bértolo, hacer de ella una "lectura inocente" (1).  Al contrario: una lectura exigente, sin duda, lo que me parece muy bien.


Era el término, se imponía la altivez y el desdén, temores a los que deseaban poner en huida mediante cánticos y promesas, Nos disuaden con el presente, y Pedro, otra vez de nuevo lacrados los labios, recordaba. Hombres y mujeres se arremolinaban  y en ocasiones no dudaban en adoptar genuflexas posturas. Cerraban los ojos y movían los labios, mientras los dedos de las manos se juntaban unos con otros, ¿Para qué tanto esfuerzo, si imaginamos cómo será la condena?, y apostado en su silencio depositaba la mirada en el suelo. El transcurso del tiempo reclamaría ávidamente carne y los gusanos repetirían su interminable apetito. Diminutas fauces sin piedad. Quedaría, en todo caso, mover los labios, la ceremonia de la ofrenda, el gesto de colocar escogidas flores, y otra vez las musitaciones entre el enorme silencio de las Ciudades Dormidas. (Pág. 34)

 

El segundo, Retorno de las preguntas, incide en ese sumergirse del protagonista en sí mismo. Aunque parezca que viaja físicamente, en realidad el personaje realiza un periplo interior. Pacheco logra, con su exuberante despliegue verbal, teñir el cuento (casi paradójicamente) de un ambiente crepuscular en el que una conclusión definitiva se nos sugiere inminente, que se cierne sobre aquél como una tormenta a punto de reventar. Esa conclusión, sin embargo, se deja siempre fuera de los textos, lista para madurar en la mente del público lector. No es este autor, tampoco, amigo de la frase corta y del balón al pie.

Meditó en la infancia y se recreó en los sueños acunados por la ilusión, horizonte quedado atrás pero que regresa con el vaivén del recuerdo, siempre prendido de la memoria y que lo mismo sonríe que gruñe sin contemplaciones. Pero él estaba próximo a la satisfacción. Trataba de alcanzar determinada serenidad, por el hecho de volver a viajar. Dormir serenamente en su coy, y casi siempre recordando a su noble perra, vilmente asesinada por dos mal nacidos, levantarse y prestar denuedo en plegar y desplegar velas, hacer guardias de prima, de media y del alba, otear como un vigía bien situado en las cofas y también intuir soplos terrales, atreverse en caminar igual que un equilibrista sobre el palo de bauprés, participar en los zafarranchos de baldeo, tensar la musculatura para ayudar, junto a los demás marineros, a que el navío pudiera capear temporales, eludir el acecho de amenazantes icebergs, escondidos  en espesas nieblas, recibir vientos pamperos, orzar a babor o estribor para no ser atrapados por los sargazos, y después observar el horizonte cuando tras la borrasca se abonaba el tiempo que invitaba a degustar limones y limas para precaverse del escorbuto, sin olvido en elevar la mirada, contemplar el sol y preguntarse acerca de su dorada inmovilidad. (Pág. 61)


El tercero, Retorno de las preguntas, profundiza en la peculiar misantropía de los personajes de estos relatos, suscitada por una sociedad de allegados y familiares en los que se encarna el materialismo codicioso pequeñoburgués. A pesar de ello, el protagonista es constante en la devoción a su madre, Alba, a la que visita sin importarle el quebranto físico y la estrechez en sus recursos. En este, como en los dos relatos anteriores, no importa tanto la trama como el enfoque, ese estilo indirecto libre, que tanto nos describe desde fuera la escena como se funde con los pensamientos y sensaciones del personaje.


Coraje trocado en fiereza. Es más, se ha cerciorado de que algunos se han esforzado inútilmente para lograrlo. Pero desde niño estaba habituado a la soledad, a la cual ahora tenía que hacerle frente decididamente, con el máximo coraje, porque la soledad que han impuesto no es más que hostilidad. Lo habían educado para resistir, algo bien diferente es que él no deseara despojarse de una siempre necesaria sensibilidad. La estima del todo imprescindible, porque no podía como tampoco deseaba tomar tan equívoca decisión, volverse una bestia parda, un bruto, ya que siempre se puede conciliar la sensibilidad y la firmeza. Se consideraba un resistente, de ahí su consciente rebeldía. Al crecer había escogido dos lemas; el primero, endurecerse pero sin olvidar jamás la flexibilidad, como un bambú o un junco, y el segundo, una sentencia derivada del latín: Aunque los demás lo consientan, yo no. (Pág. 86)

 

Como contraste digno de lamento, hay que señalar que en los demás relatos, Díaz Pacheco no está a la misma altura, al agudizarse aquellos defectos que ya latían en los anteriores (pero que no llegaban al punto de distorsionar su valía), como una adjetivación a veces demasiado obvia, cayendo en el lugar común, alguna redundancia como "convivir juntos", o también con un empeño, digamos anglófilo, en situar un adverbio antes de un adjetivo antes de un nombre que, salvo en fórmulas protocolarias, se utiliza poco en nuestro idioma y resulta, que es lo que importa, artificial y pesado; o en algún cambio brusco del estilo, nítidamente marcado en el relato El burócrata perverso, donde tras un magnífico comienzo, el autor acaba desviándose hacia una soflama antifranquista amparada por un excurso histórico sin valor literario, en mi opinión.

EN TODO CASO, si nos atenemos a aquellos tres relatos, Agustín Díaz Pacheco, que no es en absoluto un desconocido en las letras isleñas aunque no se prodigue en los saraos mediáticos ni en el autobombo mendicante, se yergue como un autor extraordinario, gracias a su voluntad de estilo y a su reconcentrado esfuerzo (y éxito) en penetrar en el mundo interior de sus personajes, mónadas aisladas en un mundo hostil, refinado trasunto del nuestro.





(1) BÉRTOLO, Constantino. La cena de los notables. Cáceres: Periférica, 2008 (2021).


domingo, 25 de abril de 2021

Leña al mono

 

El crítico se siente fascinado por el presente y sólo habla en su nombre, su eco es lo único que le importa; no aspira a permanecer en la memoria de las generaciones venideras 

                                                                                     Marcel Reich-Ranicki


Algo tiene Tenerife, aparte de ser un marco incomparable, que cada vez que escribo una reseña de la obra de alguien radicado allí, las visitas al blog suben como la espuma. Como si todos estuvieran interconectados y lo que afectara a uno/a, afectara a todos/as, como en una especie de paraíso -o pesadilla- comunitarista. O, sin llegar tan lejos, que son -nature or nurture?- más curiosos/as, y les va más el morbo, también. ¡Ay, esa íntima y no confesada satisfacción que comporta contemplar el desollamiento ajeno! Cada isla es un mundo, y dentro de cada una de ellas, el mundillo artístico debe de ser peculiar, con identidad propia. No quiero imaginar cómo será el submundo literario, con su red de amigas/os, favores, antologías, volúmenes colectivos, premios literarios, subvenciones, genuflexiones y posiciones en decúbito prono

Resulta curioso constatar, por otro lado, pero relacionado con lo anterior, que las críticas más acerbas a las reseñas de este blog no suelen provenir casi nunca de los escritores cuya obra se ha analizado, salvo alguna llamativa excepción de prolijo contenido, sino de sus amigas/os, seguidores/as o hardcore fans. Lo habitual, por lo que ya ha dejado de sorprenderme, es que los autores/as acepten, incluso con cierta humildad, las objeciones que he dejado por escrito, que ya no mis encomios. En cambio, sus lectores parecen haber sido heridos en lo más íntimo, ultrajados, como si me hubiese marcado como propósito irles ofendiendo uno por uno en mi tiempo libre. Singular, como poco, este fenómeno.

Por supuesto, nada les obliga a los/as autores ni a sus fans a aceptar las críticas, ni mucho menos a estimar el modo en que las redacto. Eso es un asunto particular que no me compete. El blog sirve, ya lo he señalado en numerosas ocasiones, como manual para desavisados/as o como guía para despistados/as, en especial para aquellos/as lectores/as que acuden a los suplementos culturales o a las fajas de los libros como el/la creyente católico a la misa dominical. Y como tales guías o manuales, el público les hará el caso que le dé la gana. Al fin y al cabo, no es sino la opinión razonada de un lector que, además, compra los libros objeto de los artículos, para variar respecto de la costumbre reseñadora por estos pagos.

En este sentido, España, en general, y Canarias, en particular, es, ya lo saben, una orgía permanente de tráfico de elogios y de campañas de maravillosismo, donde cualquier cosa que se publica es imprescindible, fundamental y necesaria: una forma de eticidad cultural que lo anega todo, y que ni el mismo Hegel podría soportar.

Un lugar común, llamémosle queja, abundando en este asunto, suele ser la de tildar a las reseñas negativas de "injustas", "superficiales" o "insultantes". Si son positivas, en cambio, resulta curioso que nadie reclame que sean más justas, más profundas o que lamente su propensión al ditiramboen lo que, al fin y al cabo, no es nada más -ni nada menos- que un conjunto ordenado de impresiones de lectura, si bien argumentadas, y no un artículo académico. Intuyo que, en tal caso, se quejarían de lo pedantesco del análisis y de la pesadez del texto, cuando no de los aires que se da el reseñador. Al fin y al cabo, me temo, cuando el gusto de cualquiera se erige como supremo valor, si no único, ya se sea lector ocasional, ya poeta laureado, cualquier razón que se le oponga será descalificada por principio. A falta de contraargumentación, de crítica de la crítica, la actitud típica del supporter es negar toda razón, toda autoridad y todo crédito al que se manifiesta -en clara violación de las buenas maneras reseñadoras- contra su opinión.



Lo bueno de todo este asunto es que la irascibilidad despertada se revela como signo de una relación con la obra de los artistas que, por lo general, se daba por supuesta y era, por tanto, incuestionada. En el campo de la producción artística, la famosa frase "Si no tienes nada bueno que decir, cállate" se revela como un error trágico que no hace sino perpetuar la cadena de errores que ha llevado a crear esa obra insulsa y prolongar la desidia tanto del artista como del público, además de ser profundamente conservadora, pues se limita a sancionar lo que hay, sin posibilidad de enmienda razonada. Buena parte de culpa de toda esta situación recae en los medios de comunicación y sus periodistas culturales, que, en el mejor de los casos, se limitan a reproducir aquella eticidad a la que aludía y, en el peor, son partes interesadas, de un modo u otro, en la difusión del elogio sin fundamento.

Otra parte, sin duda, habría que atribuírsela a ese subconjunto de los/las artistas que, bien situados en el mundillo, han prosperado tanto por su capital artístico como social, y que no desean, en buena lógica, que esas reglas tácitas de comportamiento se alteren en demasía, por cuanto pudieran repercutir en la seguridad de su posición dentro del campo literario. Finalmente, el público lector ha sido víctima de la ideología del genio, -figura a la que no se puede sino admirar- por un lado, y de la democratización del gusto, por otro, entendiendo por este concepto la creencia de lo que le gusta a uno es bueno, y lo que gusta a muchos es mejor aún, sin plantearse que el gusto está también socialmente mediado, y que uno aprende a que le gusten ciertas cosas o a que le gusten de determinada manera. O a decir que le gustan. No estamos libres de mediaciones, por mucho que el liberalismo haya impregnado nuestro pensamiento de la fantasía de la autarquía.

Creo que con esto he disparado al pianista, al apuntador y al mono del título.















lunes, 19 de abril de 2021

'Las estribaciones occidentales de Cydonia', de Sergio Barreto

Permítanme, estimado público lector, una introducción ad hominem, para variar y por mero jugueteo:

 Cuando veo una fotografía de Sergio Barreto, el autor de este libro de tan hermoso título, Las estribaciones occidentales de Cydonia, no puedo sino sentir que estoy ante la presencia de un artista CON MAYÚSCULAS, al menos como nuestro imaginario lo representa: incómodo con la vestimenta (la que sea), desgreñado, con anteojos, delgado hasta parecer escuálido, pero con ese brillo en los ojos, tal vez chispa divina de Eros, de la que parece deducirse un universo creativo, un torrente nilótico de inspiración, una aprehensión de ese instante en el que el artista se funde con instancias superiores intelectivas y creativas de todo tipo, género y condición.

Además, es poeta, y su figura nos trae a colación, de inmediato, a Baudelaire, a Verlaine, a Rimbaud, a Panero, a Bukowski... A todo ese malditismo al que, al menos por su estética, debería ingresar de inmediato. No obstante, el malditismo se queda ahí, pues Barreto es un literato apreciado en el mundillo artístico local, además de ganador, entre otros, de un premio tan arraigado y considerado en Tenerife como es el Benito Pérez Armas (novela Vs.), con su consiguiente recompensa económica. Muy atrás ha quedado, enterrado para siempre, aquel rechazo de la aprobación burguesa, cuando el reconocimiento deseado era el de los pares, tan malditos como él, embarcados en la misma odisea creativa. 

Sea como fuere, lo cierto es que, por otro lado, ya estamos hartos de novelistas que parecen empleados/as jubilados de la Caja de Ahorros o de otros/as que uno confundiría con el/la jefe de departamento de, digamos, la compañía municipal de aguas (si existiera); o de aquellos/as que se diría que acabaran de terminar de corregir exámenes de primaria y se dispusieran a sacar al chucho. Tampoco queremos más Cercas o más Vilas, medio humildes, medio soberbios. Ni siquiera, más Pérez-Revertes o Javier Marías, eternamente enfadados en su sillón de orejas, calzados con pantuflas. ¡Queremos genialidad, queremos mística, queremos levitaciones en distintas alturas y ángulos, queremos poses que nos eleven sobre la vil mundanidad!

En este sentido, Barreto se convierte en un fetiche útil, pues prorroga con su figura y su obra el mito (o la ilusión) del artista como genio solitario y multidisciplinar, que surge con el Romanticismo, y que a pesar de las sucesivas deconstrucciones y posteriores refutaciones, amenaza con no abandonarnos nunca, porque, idealismos aparte, es ideal para los departamentos de marketing de las empresas de la industria cultural. Es comprensible: un poeta maldito, un genio provocador, un transgresor (todo lo anterior debe también escribirse en femenino) resulta atractivo como mecanismo atractor y diferenciador para el potencial público consumidor de estos abalorios artísticos. Lo de menos es que, efectivamente, sea rebelde, provocador o transgresor de verdad. Si estos adjetivos pueden aplicarse o no a Sergio Barreto, lo ignoro, dicho sea de paso.

Eso, si el/la artista es importante. Para la inmensa mayoría de los/las que intentan hacerse un nombre en el campo artístico, la apariencia de genialidad o de distinción se construye a base de filtros de Instagram, ocurrencias tuiteras y fotos que te hace un amigo mirando al mar o bajo un árbol. Y todos los likes que se puedan, aunque se consigan mendigándolos. No olvidemos que estamos en la era de la autoexplotación y del háztelo tú mismo.

En fin, vayamos a los cuentos que componen este volumen.



Mi impresión general de los relatos aquí publicados, ya se lo adelanto, es, en general, buena. Como diría un amigo, al menos "tiene frases", como la que inaugura el primer relato: 


Mi oficio consiste en preservar la oscuridad.

 

Así, nada más comenzar, este conjunto de relatos ya tiene mucho ganado: un título evocador y una primera frase magnífica. Lo difícil, claro, es mantener el nivel. En este primer relato, La pata superior izquierda del reptil, no lo consigue, aunque no deja de ser aceptable. Le sobra un alarde de minuciosidad por aquí, un adjetivo por allá, un adverbio en -mente acullá... El caso es que la idea del relato, un guardián de la oscuridad atento a cualquier disrupción lumínica en la noche, aunque sugerente y original no fragua en un relato redondo. También, termina de manera un tanto impaciente. Pero es apreciable.

El segundo, que da título al volumen, Las estribaciones occidentales de Cydonia, me pareció estupendo. Me recuerda por su atmósfera a aquella novela suya, Vs., aunque más reconcentrada y firme. Quizá por ser un relato corto, no se pierde en las tonterías que critiqué entonces. Logra una acción ajustada, una atmósfera polvorienta que, aquí sí, puedo leer como metáfora de las almas, con un personaje duro e insondable, y otro, iluminado como un profeta, pero, como tal, rayano con la locura. Muy bien.

El tercero, La ruta de las montañas, el más largo de todos, se lee con interés. Quizá lo que puede criticársele es que la indulgencia consigo mismo del autor se traduce en cierto preciosismo verbal innecesario (combinado con alguna expresión tópica) y la habitual recaída en las referencias artísticas tipo "vean qué culto soy, que se trasluce en mi escritura". Esto amenaza con desprestigiar el relato, pero es un peligro que no termina de ser mortal. Me gustan sus personajes, sobre todo el de Alexandre von Waskërber, tan impertinente e impaciente. No obstante, aunque el final sorprende y redondea el relato, también puede acusársele de inverosímil en su inopinada resolución. Yo soy más bien partidario de votar a favor, pero ya verán Vds.


-Veo que le interesa mucho la historia de este país.

-No, no me interesa en absoluto. Esa es mi colección de señores de guerra.

-¿Y la cabeza de jabalí también pertenece a la colección?

-Eso a usted no le incumbe, caballero.

Se encontraba tendido boca arriba, con el albornoz alrededor del cuerpo, una sábana blanca encima y las botas de miliciano descubiertas. Miraba el techo. Eché un vistazo hacia arriba, pero allí sólo había una grieta y manchas de humedad. Al poco Waskërber se incorporó y habló con la sábana blanca entre las manos.

-Tenemos que preparar la ruta. (...)

 

El cuarto, El próximo personaje, me deja indiferente. Un relato que se queda en mero bosquejo de algo que quizá podría haber sido, pero que, sin duda, no es. No digo que Barreto fuera dominado en esta ocasión por la pereza, pero la alternativa es que fue demasiado estricto en su propósito de condensar la trama. Unas cuantas páginas más nos habrían sentado bien a todos, si es que sabía a dónde se dirigía.

Con un aire, en algunos momentos, a El perfume, de Patrick Süskind, Según Illiana no deja de ser un relato curioso, con momento onanista de la protagonista, una mujer que roza la sesentena, que pone en el foco las cuestiones de la sexualidad madura e insatisfecha y de la soledad. A mí me produce la impresión de un ejercicio de estilo estimable pero con el que tampoco sabía muy bien qué hacer.


El olor a incienso, vainilla y pan recién hecho se expande por la habitación, mueve las cortinas y escapa por las ventanas hasta invadir las pituitarias de vecinos y transeúntes que, hechizados, dejan lo que están haciendo, miran al aire y esponjan la nariz para exclamar: "Qué rico huele, por Dios! Ummm, ese olor abre el estómago de los muertos. ¿No te huele a la panadería de Tito Peppino?"

 

Ni se te ocurra pensar en Vicky me recuerda, a alguno de los cuentos de Cortázar. Carece, sin embargo, de la profundidad y rotundidad de estos porque a Barreto vuelve a urgirle la prisa. Acaso porque temiera que se apagara sin aviso la chispa original, no desarrolla un asunto que, bien mirado, acaso tampoco mereciera una novela, sino, tal vez, cuatro o cinco páginas más.

Por último, El diván asiático, retoma de manera tangencial el asunto del primer cuento, el peligro de la luz y la oscuridad. Aunque tiene fallos estilísticos como añadir el prefijo auto- a un verbo como "imponer" (cuando ya se dispone de los pronombres átonos), la prosa del autor logra el tono y ritmo adecuados. Es, con el segundo, el relato que más me ha convencido.


Por eso, no pienses en ella cuando llegues y abras la verja y te reciban las cuadras, los graneros, la casa de madera que levantó la familia Cosme hace dos siglos... Ni se te ocurra pensar cómo la encontramos derrumbada en aquella habitación de la casa, con el cuerpo grande, inmóvil en el albornoz rosa, y la mirada fija (...).

 

EN DEFINITIVA, no se le puede negar al autor un estilo propio, la creación de atmósferas particulares y la construcción de personajes con carácter singular. Son la marca de un escritor que, si eliminara esa complacencia consigo mismo que creo detectar y trabajara más los textos, podría crear una obra verdaderamente poderosa.

A este respecto, soy de la opinión que una editorial que sea merecedora de ese nombre no puede, sin más, recoger los textos de un autor, quizá corregir alguna errata, y mandarlos a imprimir. Editar no debería consistir solo en saber diseñar portadas y pagar a los empleados/as, sino en mantener un pulso con el escritor o escritora para pulir los textos o, en su caso, eliminarlos. 

En este sentido, Las estribaciones occidentales de Cydonia, que suponen un avance respecto de su novela laureada, habrían ganado si alguien hubiera mantenido una conversación, tal vez difícil, con el autor para que éste se hubiera sentido desafiado, e incitado a exigirse más. Todos habríamos salido beneficiados. En fin, un libro de relatos estimable.