jueves, 17 de junio de 2021

'Doramas', de Armando Ravelo

Me gustaría saber si Vds. perciben lo mismo que yo respecto de las normas de etiqueta en el mundillo de la cultura en Canarias: no solo que no hay libro, cuadro, exposición o conferencia mala o simplemente regular, sino que no se nombra nunca al que le lleva la contraria al pope de turno, ya sea este escritor, periodista o jefe de Cultura del medio de comunicación que sea. Al disidente (o a la disidente) ni agua, entendiendo por "agua" su nombre. 

Es una manera, más o menos sutil, de mantener en la invisibilidad los discursos que atenten contra la forma establecida de hacer las cosas y, sobre todo, contra los detentadores de posiciones de relevancia (ya sea por prestigio, ya sea por ubicuidad, ya sea por nodo en la red de contactos). Así, los que están al tanto de lo que ocurre, los situados dentro del campo cultural conocen el significado y los/as destinatarios de las alusiones. Los que están fuera, es decir, el público lector se queda despistado.

Por ejemplo, en su blog El Escobillón, Eduardo García Rojas escribe, en tangencial relación con unas obras de Lázaro Santana:


 En unos tiempos en los que ya aburre el lamento de que Canarias carece de críticos pero no de artistas, artistas que según estas voces necesitarían de al menos la recomendación de esos críticos que no existen, encontrarse con Reembolsos quizá obligue a más de uno y una a que cambie esta cantinela o mantra que aparece y desaparece como el Guadiana y contribuya, bien al contrario, a ayudarlo a razonar que más bien en este archipiélago abandonado de la mano de los dioses si carece precisamente de críticos quizá sea porque la mayoría lo que quiere es escribir literatura y no leer lo que escriben otros. 

 De hecho y hasta que no se tenga muy claro que es eso de ejercer la crítica, me parece a mi que los intentos de practicar cierto comentario de demolición o de reivindicación con o sin argumentos será una constante entre los que se autodenominan críticos sin que se les caigan los anillos.

 

A ver: ni puta idea de qué escribe. Si Vds. están la misma situación que yo, es decir, periférica respecto de los mentideros de la Cultura, tampoco. Estoy un poco viejo para este tipo de sutilezas, la verdad. Como ya adelanté en otro lugar, dudo que que este comentario vaya dirigido a mí, dada mi irrelevancia intelectual, crítica, lectora, humana y mineral, por lo que me gustaría saber de qué está escribiendo este señor. Qué no le gusta de quién y por qué. Si García Rojas atendiera menos a las normas de etiqueta cultural, podría surgir, incluso, un intercambio de opiniones, y por soñar, que éstas fueran de cierto nivel. Si seguimos así, habrá que pedir que nos impartan un curso de iniciación a esta secta mistérica. 

En esta línea, aunque se trata de una polémica que me resulta muy ajena, los recados en forma de artículos que se han ido sucediendo en la prensa a cuenta de la última novela de García-Ramos, El delator, me han parecido saludables. Ojalá cundiera más el ejemplo porque de lo contrario, no hay manera de enterarse de qué ocurre y a quién le ocurre. No olvidemos que casi cualquier ámbito se beneficia, y, en especial, en el cultural, del debate libre e informado.


                                                                

Hay relatos épicos, y no tienen que ser la Ilíada ni el Cantar del Mío Cid. En un periodo más moderno, las novelas pueden, o aspiran a tener rasgos épicos, ya sea tipo Guerra y Paz o la seminal en la literatura de fantasía El Señor de los Anillos. O cualquier novela o relato de Jack London, sin ir más lejos. Seguro que Vds. tendrán sus propios ejemplos. Doramas, de Armando Ravelo (cineasta, aparte de escritor), aspira a ello, pero se queda en un esforzado trabajo que, a diferencia de los anteriores títulos, no perdurará en la memoria colectiva.

Esto es así porque Doramas no logra cuajar del todo. El personaje principal, Doramas, es rebelde, valiente, se alza contra la injusticia, ejerce de gran guerrero, etc., pero da la impresión de ser personaje de teatro escolar, de esos a los que el actor o actriz infantil interpreta alzando mucho la voz y haciendo aspavientos con las manos. Carece de transformación durante el desarrollo de los acontecimientos, casi como si su personalidad fuera evidente por sí misma y, por tanto, resultase innecesario mostrar gradación alguna. Bien es cierto que Doramas no solo guerrea, sino que parlamenta e incluso se enamora, pero a mí al menos me produce la impresión de cierto monolitismo moral que no le favorece.

Puede aducirse a favor que la novela se lee con facilidad, y que Ravelo no comete los errores propios de otros engolados escritores locales que aspiran a ser cultos, qué digo, cultísimos, y como no suelen serlo tanto, se empeñan demasiado en parecerlo. Eso sí, hay unas cuantas erratas, por no llamarlos errores, como no acentuar algunas verbos en su conjugación monosilábica en los que sí debería haberse empleado la tilde y un uso errático de las comas.

Ejemplo:


-Si vive puede que le de muerte yo. (Pág. 71)

 

Además, las descripciones tienden a ser un poco tópicas, recurriendo a ese arsenal archisabido de expresiones como "ojos color miel", " ojos enigmáticos", etc., que tan poco dicen, por mucho que se crea lo contrario. "Ojos color miel", así como "pechos turgentes", "caderas cimbreantes", "culo respingón" o "hígado graso" son descripciones que deberían evitarse a toda costa. Quizá fuera necesaria, con efectos preventivos y ejemplarizantes, alguna medida disciplinaria: tal vez, cortar un dedo al autor, obligarle a leer entero un artículo de Antonio Morales o soportar a un taxista de derechas. Cosas, en fin, que dejen huella.

En cambio, los diálogos son aceptablemente ágiles y vivaces, y gracias a ellos trabamos conocimiento convincente de los manejos, usos y costumbres de la nobleza gobernante en la Gran Canaria de la época de la conquista castellana. Ahí Ravelo se maneja bien. Yo habría cambiado 3/4 de las descripciones (cuanto más líricas, peor) por más diálogo, y la novela habría salido ganando. Eso sí, echo también en falta una recreación o escenificación más desarrollada de las costumbres de ese pueblo humilde, dominado por la élite gobernante, desde y por el que se alza Doramas, el forajido.

Por otro lado, quizá es que me haya vuelto demasiado quisquilloso, no puedo dejar de reparar en que el autor emplea expresiones y palabras que no se adecuan bien ni a la época ni a la cultura de los indígenas. Ejemplos: "pueblo", "calles", "bizarro", "melancolía", "carismático", "oasis", "institución", "alcalde" o el mismo adjetivo "canario". Tampoco "tío" o "sobrino" son necesariamente conceptos nativos. Podría pensarse que como el relato está narrado en tercera persona, salvo en el capítulo XXIX, en el que se pasa a la primera persona, no es una voz del siglo XV las que nos habla, sino una moderna. Aun así, la extrañeza se produce igual. Es posible que el problema no consista en el mero descuido o la inadvertida negligencia, sino en la falta de finura lingüística y de reflexión histórica. También es cierto que si nos ponemos demasiado exquisitos, etnográficamente hablando, el texto podría volverse mucho más difícil y habría que explicar demasiadas cosas. Ahí está el reto.


Pero a Doramas había algo que le seducía más que el debate de estos nobles. Sahar, ojos de miel derramada, pelo de cielo nocturno, piel de brillante cerámica. Esa sonrisa. Desde su llegada a aquel lugar ella fue un oasis agradable ante tanto hombre altivo. La mirada de Doramas se distrajo aventurera observando a la joven hermana de Maninidra. Ella respondió con miradas furtivas y esquivas. ¿Qué escondían esos ojos-enigma? (Pág. 79)


Pocos días después el faycán de la zona anunció una visita al poblado. Que ellos recordaran, jamás alguien tan importante había visitado el lugar. En alguna ocasión recibían visita de ayudantes de una u otra institución. A modo de alcalde tenían una especie de jefe del poblado que a veces bajaba a Telde a reunirse con el guanarteme. La visita de aquel faycán fue una noticia impactante. Hacía muy poco que ejercía como tal, pero se había ganado el respeto y la admiración de todos por su vuelta a los orígenes, dando especial importancia a las tradiciones. Según decían, aquel hombre poseía un amplio conocimiento del mundo visible e invisible. Su nombre era Faya. (Pág. 126)


Comienza a llover sobre las cabezas de los teldenses. Es un buen augurio. Doramas cincela en su memoria cada rincón, cada elemento, cada gesto merecedor de ser recordado. De pronto comienza a suceder. Al principio es apenas un murmullo, pero al poco, se oye con nitidez. ¡Doramas el liberado!, esa es la frase que las gentes de Telde vociferan para el trasquilado de pelo largo que observa con sorpresa y emoción aquella súbita muestra de aliento por parte del pueblo de Telde. Los más humildes están con el alzado y sus hombres. La piel se eriza, las pupilas se dilatan dentro del ojo húmedo, pleno de humanidad. La frase es grito y las voces agitan las almas de los rebeldes. Doramas se gira un instante para alcanzar con la vista a Nenedán, que mira a un lado y a otro de reojo, visiblemente contrariado. (Pág. 139)


Me atrevo a señalar la posibilidad de que Armando Ravelo estuviese menos preocupado por las sutilezas del lenguaje y del argumento que por dar a conocer el funcionamiento de la sociedad indígena de la isla y por construir un relato que engrandeciera la lucha de los indígenas contra los invasores. En este sentido, Doramas se presta de manera magnífica a encarnar la figura del líder, del caudillo, aquejado también por la hibris, depositario de la voluntad de resistencia contra aquellos. Voluntad que, a su vez, queda engrandecida de manera trágica por su futura derrota, conocimiento de lo cual, es evidente, tiene todo el público lector.

 Asimismo, y esto es algo digno de elogio, Ravelo no cae en el error de glorificar la sociedad indígena in toto, es decir, como si fuese una especie de Arcadia, Jardín de las Hespérides, etc., que vivía en una Edad de Oro, etc. Más bien, resalta los rasgos más mezquinos y opresores de una nobleza empeñada en mantener sus privilegios de clase/estamento a costa de un pueblo empobrecido y sufriente. A este respecto, es más completa que Datana, que se reseñó en este blog hace un tiempo. Como aún me queda memoria, me permito traer a colación aquella infame ópera titulada La Hija del Cielo, de Guillermo García-Alcalde, pagada con el dinero de los contribuyentes, cuya falsificación del relato histórico entre los castellanos y los indígenas se saldaba con un canto a la colaboración entre culturas o algo parecido igual de vomitivo. Por cierto, un presidente nacionalista del Gobierno de Canarias, Paulino Rivero, acudió sin falta al estreno en el Teatro Pérez Galdós.

CONCLUSIÓN: Doramas es una novela un tanto simple, a pesar de los saltos temporales y de cambios de perspectiva, cuyo personaje central posee características del héroe trágico, pero sin la hondura ni la expresividad de, por ejemplo, un Edipo. Sería mucho pedir, claro. Puede pensarse, en esta línea, que este Doramas es más bien un personaje trágico de la Modernidad, un hombre común que, por cierta fuerza de carácter y tal vez la casualidad de vivir en aquella época terrible, se yergue sobre lo que parecía ser una vida y un destino comunes, pero solo para encontrar el fracaso y la muerte, inevitables frente a la fuerza de un Estado en auge, imperio en ciernes. Fracaso enaltecedor e inspirador, sin duda. Aún está por escribirse la novela que le haga justicia.




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