miércoles, 21 de julio de 2021

Más libros, que no falten

Compartiré con Vds. que después de la reseña de La paja en el ojo de Dios, pero no por su causa, creo, las visualizaciones del Polillas se han multiplicado. Así, el número de visitas, cuando aún no ha terminado julio, es el máximo en la historia del blog, nacido en noviembre del ya lejano, antiquísimo, 2016. De todos modos, imagino que será algo puntual y que luego el blog volverá a unos niveles más normales, que, como dirían los economistas, son "de crecimiento lento, pero sostenido".

Debido a circunstancias varias, entre las cuales la no menos importante ha sido mi indecisión, no he podido leer, ya que ni siquiera escoger, otra obra este mes para reseñar, analizar y meter un poco el dedo en el ojo. No obstante, dado este pequeño impasse de lecturas específicas para el blog, he considerado conveniente actualizar mi lista de lecturas para que Vds., ávidos de curiosear bibliotecas ajenas, le echen un vistazo, por si fuera de su interés. 

Sin embargo, pronto retomaré las lecturas de ficción cuyo análisis suscita sumo placer a mi público lector, con especial atención a las obras patrias que tanto patrimonio crean y tantos beneficios intangibles nos procuran. 

Capítulo aparte merecería nuestro viceconsejero de Cultura, Juan Márquez, porque, entre otros asuntos, su concepción de la cultura y del arte es indistinguible de sus predecesores, con los que imagino que está políticamente confrontado, así como, si ese concepto ha llegado a conocerlo, del arte público, o simplemente de una visión democrática de la cultura que no signifique solo regar con subvenciones a todo aquel que agite la bandera del arte. Para Juan Márquez, cultura es también cohesión social, apaciguamiento del conflicto social, digan lo que digan Maquiavelo, Gluckmann, Bourdieu y quienes se le pongan por delante, y construir palacios de congresos en todas las islas del archipiélago canario. Digo yo que por qué no, si de verdad queremos extender la cultura al máximo, en cada municipio: ¿es que acaso es un elitista cultural

También el buen hombre ha tenido a bien, desde su viceconsejería, convocar un ¿concurso? ¿premio? para que aquellos que lo estimen adecuado envíen sus manuscritos para que los elegidos/as reciban a cambio unos euritos (atención a los criterios de valoración en las bases). Así, crearán colecciones de forma espontánea, ex nihilo. Donde antes había un solar, ahora crecerá un vergel: adanismo cultural del bueno. Lo hace, además, para "fomentar la actividad literaria", que, como todo el mundo sabe, es buena en sí y para sí y para todo lo que le rodea. Es posible que a Juan Márquez en Podemos lo consideraran experto en Cultura y Espectáculos porque es licenciado en Música, y lo primero, naturalmente, se deduce de lo segundo.

Volvamos a lo que de verdad es tangible. Aquí va la pequeña lista:


1) La política contra el EstadoSobre la política de parte, de Emmanuel Rodríguez López

Una obra de filosofía e historia política que se interroga sobre la génesis, desarrollo y vigencia de conceptos tales como "autodeterminación", "revolución", "socialismo", "política" o "Estado" en el marco de sociedades profundamente divididas y bajo un régimen económico capitalista. Autores como Marx, Lenin, Kelsen, Gramsci, Althusser, Poulantzas, Kropotkin o Rancière salpican las discusiones téoricas y los análisis de la praxis revolucionaria o reformista que se han venido desarrollando en la izquierda a lo largo de los dos últimos siglos, que son precisamente los del advenimiento del capitalismo y de la sociedad burguesa. Erudición, agudeza y crítica se combinan, a mi entender, con brillantez en este tratado.


La razón del desastre estaba ya en la consigna de 1917: "Todo el poder para los soviets", pero solo hasta que el partido se hubiera hecho con los órganos del Estado, hasta que el partido se hubiera hecho con el control de los instrumentos de coordinación de los propios soviets. Entonces, finalmente, el poder de los soviets y el poder del partido coincidirían; y entonces los primeros se volverían completamente prescindibles. La transición se produjo muy rápido. Tras la progresiva eliminación de los otros partidos de la democracia soviética (mencheviques, social-revolucionarios, anarquistas), los soviets, dominados exclusivamente por los bolcheviques, quedaron como organismos inanes frente a la rápida expansión de los órganos políticos del Estado. (Pág. 36)



2) La literatura del pobre, de Juan Carlos Rodríguez.

Este autor, que ya me había dejado patidifuso con su obra La norma literaria, vuelve a ejercer un análisis penetrante, estimulante y erudito, en esta ocasión con la figura del pobre en la literatura del Siglo de Oro, en especial, de La Celestina, el Lazarillo de Tormes, el Guzmán de AlfaracheEl Quijote. No diré que sea todo el tiempo una lectura fácil, pues uno debe, como en toda obra escrita con cierta sistematicidad, aprehender los principales conceptos -a veces creados ex profeso- para poder avanzar -y aprender- en la comprensión de la tesis del autor. No solo la reverberación del abandono del feudalismo en el siglo XVI y el surgimiento del incipiente capitalismo, sino su profunda imbricación con los cambios sociales y de mentalidad son la base argumental de Rodríguez respecto de la literatura de aquella época, en especial en la figura del pobre: sirviente, criado, etc., y su relación con las clases detentadoras del poder y de la riqueza. Un gustazo y un montón de conocimientos. Quién puede pedir más.


Lo espinoso del asunto consiste en esta cuestión clave: ¿dónde y cómo acaba la pobreza como enunciación social y dónde y cómo comienza la pobreza como enunciación literaria? Hay que partir de la base de que en el ámbito de la pobreza entra todo: desde la renuncia al mundo a la miseria real en el mundo; desde la distorsión moral ya desde niños a la añagaza o el fingimiento absoluto; desde el crimen o la delincuencia a la patada en el trasero que recibe Mozart por no querer someterse a su señor; desde el ladrón que no cree en el pecado hasta el arrepentido que cree en él; desde la explotación al explotado; desde el niño, de nuevo, al adulto ya herido para siempre... Cuando la pobreza se empieza a convertir no en una cuestión humana o religiosa sino en una cuestión social, empiezan a desaparecer sus límites. Y de ahí la diversidad de sentido.

Pues no olvidemos que el sentido es el límite. (Pág. 39)





3) Las nubes, de Aristófanes

Siguiendo con los clásicos, Aristófanes ha vuelto a ser objeto de lectura de un servidor con Las nubes, de la que he disfrutado no solo como interesado (ávidamente) en la Atenas clásica, sino como mero lector. Una comedia cuyo humor salta por encima de los siglos con total impunidad. A mí me encanta ese:


ESTREPSÍADES. ¡Sócrates! ¡Socratito! 

SÓCRATES: ¿Por qué me reclamas, oh ser efímero?

 

O aquel:


CORIFEO. (...) se suele decir que las malas decisiones 

son lo propio de esta ciudad, pero que siempre que cometéis 

una equivocación los dioses la vuelven a vuestro favor.

 

En una historia en la que un hombre, Estrepsíades, acosado por los acreedores, cree que aprendiendo el arte de la retórica de los sofistas logrará librarse de aquellos, con consecuencias lastimosas. Léanla, no se arrepentirán.




4) Historia de una novela, de Thomas Wolfe (traducción de Juan Cárdenas).

Esta es el relato en primera persona del proceso de escritura de las novelas de Thomas Wolfe, autor de obras como el Ángel que nos mira y, sobre todo, La feria de octubre. Para aquellos que no las han leído, como es mi caso, es difícil reprimir la urgencia de lanzarse a la calle y asaltar la librería más cercana (o la de referencia). Es tal la pasión con la que Wolfe describe su proceso creativo, o, mejor, llamémosle obsesión o compulsión, que durante algunos instantes se contagia tal febril actividad, aunque solo sea en los vaivenes del pensamiento. Para las/los escritoras/es en ciernes, les aviso de que guarda en su interior varias reflexiones que podrían considerarse lecciones de vida en lo que respecta al oficio, tal vez desde una perspectiva romántica, casi herderiana, pero nada desdeñables. Son apenas 90 páginas muy bien empleadas.

No puedo decir realmente que el libro estuviera ya escrito. Fue algo que se apoderó de mí, que tomó posesión de mí, y antes de que pudiera acabarlo -esto es, antes de que finalmente emergiera de esa experiencia con la primera parte terminada-, tuve la impresión de que el libro casi había acabado conmigo. Fue exactamente como si esta gran tormenta negra de la que he hablado antes hubiera descargado y, entre el resplandor de los relámpagos, hubiera vomitado desde sus profundidades una inundación torrencial, ingobernable. A su paso, la riada lo había arrasado todo, lo había arrastrado todo, como sucede cuando un caudaloso río se desborda. Todo, incluido yo mismo. (Pág. 43)





5) La fuerza de los débiles, de Amador Fernández-Savater

Es posible que este libro, junto con el de Emmanuel Rodríguez López y los de José Luis Moreno Pestaña (Los pocos y los mejores y Retorno a Atenas) sean de lo mejor que he leído de filosofía política por autores españoles en los últimos tiempos. Una singular mirada, la de Fernández-Savater, que analiza el poder y el conflicto desde la perspectiva de los débiles, esto es, desde una perspectiva que debe ser guerrillera. Con este prisma, analiza el 15M, el surgimiento de Podemos y el marco político contra el que se rebelan. Las virtudes y errores de un movimiento popular y asambleario que cambió los usos y costumbres de la política española desde la modélica Transición y la creación del denominado régimen del 78, que no tardó en aplicar, no obstante, sus anticuerpos políticos y mediáticos. Un libro importante.


La democracia y la paz civil no son "lo otro" de la guerra, sino una tregua. En esa tregua no desaparecen las violencias y las amenazas que aseguran diariamente el orden de la propiedad y los privilegios, sino que se reacomodan y funcionan distinto. La ilusión de una política sin fuerza lleva a respetar el consenso como marco de juego exclusivo donde moverse. La ilusión de una fuerza sin política lleva a pensar que hay que oponer a la fuerza de los fuertes una fuerza idéntica en respuesta. Por un lado se pierde de vista el problema de la fuerza, por otro se piensa solo en clave de la fuerza de los fuertes. (Pág. 63)





sábado, 10 de julio de 2021

'La paja en el ojo de Dios', de Larry Niven y Jerry Pournelle

Es tal la cantidad de obras de todo tipo que se escriben, publican y ponen a la venta en las sociedades capitalistas (en un significativo porcentaje, la llamada literatura de ficción) que se diría que la riqueza de aquellas (al menos del denominado sector cultural) se presenta como un enorme cúmulo de libros-mercancías. En este caudal, hay, por supuesto, volúmenes de todo tipo, desde la literatura más revolucionaria hasta la más opiácea, mero entretenimiento que contribuye, como gran parte del arte y de la cultura (entendida esta como manifestaciones artísticas y del espectáculo) a la disolución del conflicto o, por lo menos, a la anestesia del sufrimiento de los sujetos, ya sean individuales o colectivos, con miras a que las instituciones permanezcan incólumes. Esta literatura, este arte, es el menos interesante, pero es el predominante. Qué le vamos a hacer. Eso le ocurre por haberse convertido en mercancía.

En este sentido, y ya refiriéndonos de manera exclusiva a las obras de ficción, resulta falso que todos los libros aporten un valor cognitivo o moral. Es más, no sería desacertado suponer que mucho de lo que se publica no vale nada en ninguno de los dos sentidos. En este blog he dado cuenta de muchas de esas obras, productos quizá de la vanidad y de la intemperancia y no de un proyecto artístico serio. Esa es la tarea del crítico honrado: calibrar, a la luz de sus conocimientos y experiencia, el valor de una obra, no con vistas a obtener un beneficio propio, tangible o intangible, sino a contribuir a sostener un espacio público de intercambio de opiniones y argumentos, en este caso, artísticos y literarios. Espacio que, dicho sea de paso, en modo alguno se configura como un compartimento estanco del resto de la sociedad, en cualquiera de sus vertientes.

Así, es posible, criticar al crítico, ya sea por la pertinencia de sus juicios, ya sea (y diría que sobre todo) por su honradez e independencia, o falta de ellas. De todo esto hemos hablado en otras ocasiones, por lo que no me extiendo. Solo añadiré que, al menos en mi caso, no he sido en absoluto inmune a las críticas que he podido recoger aquí y allá. Sinceramente, creo que me han servido para reflexionar mejor, tanto respecto de las obras que analizo como de mi función crítica. En cuanto a los creadores y al público, no espero que el escritor o escritora en cuestión sean capaces de acoger la crítica de un modo que repercuta en su oficio, pero sí que el público lector encuentre a alguien de confianza que le ayude a guiarse entre tanta novela cutre, alguien que no esté regido o sesgado por intereses espurios: carrera, amistad, regalos, favores o cualquier otra posibilidad que se les ocurra. Espero haberme ganado la confianza de algunos/as de Vds.

En todo caso, sigo en la brecha, y es posible que después de verano les anuncie alguna novedad.

Una vez escrito esto, hoy damos un giro copernicano en cuanto a la temática se refiere, y nos metemos de lleno a comentar La paja en el ojo de Dios, de Larry Niven y Jerry Pournelle (traducción de José M. Álvarez Flórez), que, para despejar dudas, no tiene que ver ni con la religión (quizá solo tangencialmente) ni con el sexo extremo.




Es esta una novela extensa, 497 páginas, que narra uno de los temas favoritos de la ciencia ficción, como es el primer encuentro entre una civilización humana y otra alienígena. Los miembros de esta civilización son denominados "pajeños", por vivir en un planeta que, por su posición respecto a una estrella, los humanos llaman la paja en el ojo de Dios. Al contrario de lo que ocurre en otra novela comentada aquí, Embassytown, de China Miéville, donde la ininteligibilidad era casi total y solo se resuelve casi al final de la novela, los problemas de comunicación se solventan con bastante rapidez y facilidad, en plan Star Trek o cualquier space opera. A mi entender, ese es el problema de cualquier novela que pretenda narrar un contacto alienígena, que puede requerir tanta imaginación y documentación que si se aborda sin mesura puede absorber toda la obra (recordemos, al respecto, la celebrada película La llegada). La otra opción, claro, es solventarlo desde el principio de un modo más o menos convincente para pasar a otros asuntos que son los que le importan al autor.

En este sentido, La paja en el ojo de Dios no es en absoluto original pues los alienígenas, los pajeños, a pesar de sus diferencias físicas muestran una forma de pensar bastante homologable a la de los humanos o, al menos, comprensible por ellos. Por otro lado, aunque no sea yo un experto ni mucho menos en física, astronomía, etc., la novela tiene un aire antiguo en cuanto a las descripciones de las naves, los métodos de propulsión, etc., por no hablar de los interfaces y los sistemas de comunicación. Un poco a lo 2001, una odisea en el espacio cuyos ordenadores, por ejemplo, nos hacen sonreír desde hace décadas.


El jefe de comunicaciones, Lud Shattuck, atisbó por su punto de mira, realizando ajustes increíblemente precisos con sus nudosos dedos, increíblemente precisos para aquellos torpes apéndices. Fuera del casco de la MacArthur, un telescopio se movió bajo la dirección de Shattuck hasta dar con un pequeño punto de luz. Se movió luego hasta centrar perfectamente el punto. Shattuck lanzó un gruñido de satisfacción y accionó una palanca. Una antena de máster se ajustó al telescopio mientras la computadora de la nave deducía dónde debía estar el punto de luz cuando llegase el mensaje. Un mensaje codificado brotó del carrete de su cinta, mientras los motores posteriores de la MacArthur fundían hidrógeno en helio. La energía recorrió las antenas, energía modulada por la pequeña cinta del cubículo de Shattuck, dirigiéndose hacia Nueva Escocia. (Pág. 48)


No obstante lo cual, la novela se lee con interés: tras una primera parte en la que se nos explica la composición, jerarquías e instituciones de la civilización humana del 3017 d.C., se procede al descubrimiento y posterior primer contacto con los pajeños. El ritmo es pausado, con intervenciones de varios personajes, algunos de los cuales no logran, a pesar de todo, adquirir relieve significativo con una intención de crear una atmósfera pausada, un espejismo de orden y control que, a mitad de la novela, salta por los aires. No esperen una prosa aquilatada, pero tampoco es desmañada. Eso sí, diálogo, mucho diálogo, bien construido, cada personaje con su voz.

La sociedad pajeña puede leerse como una desfiguración de la utopía platónica bosquejada en La República (obra que, por cierto, se menciona en la página 389) y en Las leyes, así como se toma la concepción del tiempo cíclico de los antiguos griegos. Fuertemente jerarquizada, con una delimitación estricta de, digamos, etnias y subespecies con sus respectivas funciones. Están, de una manera más o menos soterrada, los gobernantes, los guardianes y el resto de los ciudadanos, aunque, curiosamente, sin ese margen de movilidad entre clases que sí se encuentra en Platón, aunque con más matices. Los humanos que logran penetrar el secreto de la sociedad pajeña descubrirán que su verdadera historia muestra algo definitorio y fatídico. Este descubrimiento no es algo que los pajeños querrían compartir con los humanos. De qué se trata, no se lo revelaré aquí, ni cómo se resuelve, faltaría más.

Por otro lado, la civilización humana es un imperio. Regido, por tanto, por un emperador y rodeado de una aristocracia, virreyes planetarios inclusive. Es pues claro que los autores no han imaginado una civilización humana que no fuera extraída del antiquísimo molde de la concepción piramidal de jefes y servidores, por extensa que sean sus dimensiones y su población. Al menos, es coherente que la historia de este imperio, así como de los anteriores, esté jalonada y plagada de rebeliones, secesiones y revoluciones, en una especie de ciclo de creación y destrucción al que, por otro lado, no es ajeno otras formas de vida inteligente. También en cuanto a las relaciones entre los sexos (teniendo en cuenta solo una concepción binaria hombre-mujer) es quizá deudora de su tiempo o de su concepción de esa sociedad interplanetaria, de esencia aristocrática y moralmente conservadora.


El infante de marina indicó a Rod un asiento. Justo frente a él había un alto estrado para el Consejo, y encima el trono del virrey que dominaba completamente la estancia; sin embargo, hasta el trono quedaba eclipsado por un inmenso sólido de su soberana e imperial alteza y majestad, Leónidas IX, emperador de la Humanidad por la gracia de Dios. Cuando llegaba un mensaje del trono del mundo, la imagen revivía, pero ahora mostraba a un hombre de no más de cuarenta años que vestía el negro medianoche de almirante de la flota, sin adorno de condecoraciones o medallas. Unos ojos oscuros miraban fijamente a todas las personas que había allí. 

La estancia se llenó enseguida. Había miembros del Parlamento del sector, oficiales de la Marina y del Ejército, civiles asistidos por angustiados funcionarios. Rod no sabía lo que le aguardaba, pero percibió miradas celosas de los que había tras de él. Era, con mucho, el oficial más joven de la primera fila de asientos. El almirante Cranston ocupaba uno situado dos más a la izquierda del de Blaine y saludó protocolariamente a su subordinado.  

Se oyó un gong. El mayordomo de Palacio, negro carbón, látigo simbólico en la correa de su uniforme blanco, se acercó al estrado que había sobre ellos y golpeó el suelo con el cetro de su cargo (...). (Págs. 80-81)

 

El ritmo, a partir de la mitad de la novela, se acelera como consecuencia de un repunte de la acción. Como debe ser, añadiría, en una novela de estas características. No obstante lo cual, no puedo evitar la sensación de que los personajes aparecen un poco acartonados, un tanto rígidos, como si hubiesen sido elaborados con un ficha tipo y no se les hubiese permitido ser contradictorios. Por el contrario, y hasta cierto punto resulta una paradoja, algunos personajes pajeños son más reales (iba a escribir, más humanos) porque es posible apreciar evolución moral y psicológica en ellos. Por tanto, se perfilan mejor contra ese fondo de palabras y frases que los autores han desplegado en una historia que no deja de intrigar al lector. Tanto las hipótesis que ofrece como perspectivas de futuro, como sus vestigios del momento en que fue escrita merecen, al menos, una reflexión, como la que me ha llevado a escribir esta reseña.

A partir del último tercio, los escritores ofrecen algo así como una teoría política del Imperio, tanto desde la perspectiva humana como de la pajeña. Al adoptarse este último punto de vista, se provoca un extrañamiento en el lector, extrañamiento que, sin ser irónico, pone en cuestión numerosas asunciones sobre la civilización humana de ese tercer milenio d.C  (cuyo comportamiento dista muy poco de la actual). Además, el juego político de engaños y mentiras se desarrolla entre los representantes de ambas civilizaciones de un modo eficaz y emocionante, donde la carta definitiva, como en las novelas de detectives, se muestra en el último momento.

EN DEFINITIVA, una obra notable, sin la exquisitez, por citar a alguien, de un Ray Bradbury ni la imaginación lúgubre y distópica de un J.G. Ballard, pero, de cualquier modo, muy estimable y entretenida, y no solo para los seguidores del género.












martes, 22 de junio de 2021

'Paraguas rotos', de Luis Alberto Henríquez Hernández

No sé si es buena noticia, pero el ritmo de las publicaciones y presentaciones literarias está adquiriendo vigor pre-pandemia. Hace unos meses, nuestro añorado Emilio González Déniz publicó una novela que ya han elevado a los altares y más arriba, y unos días atrás, nuestra estrella local, Alexis Ravelo, sacó la número tropecientas de su personaje favorito (también le han hecho la oportuna entrevista jabonosa, a cargo de un hombre experto en esos menesteres espumosos). Las/os seguidores/as de ambos estarán contentos, consumirán sus novelas y harán loas a su maestría, a su bonhomía, a su pedagogía y a cualquier cosa que termine en -ía, etc. Hasta aquel buen hombre cuyas dotes de reseñador hagiográfico dimos cumplida cuenta como Jesús Ibrahim Chamali ha roto aguas con un libro de relatos. A buen seguro, por otro lado, que Santiago Gil estará preparando alguna cosa lírico-existencial de las suyas en la intimidad de su gabinete, indignado porque todo el mundo publica y él ya hace más de un mes que no. 

Como dicen algunos amantes de la Cultura con mayúsculas, que se publique mucho es positivo porque se crea patrimonio. Así, todo lo que tenga que ver con la Cultura es bueno porque es bueno si es Cultura, y viva la tautología; además, se ponen en valor la creatividad, la diversidad, la intertextualidad y demás conceptos fetiche. Ya saben que, para muchos, la Cultura, entendida como el disfrute de lo que les guste, nos hace mejores (en sentido moral e intelectual) y nos diferencia, por ejemplo, del plancton. 

Si a uno le gusta el teatro, pues entonces el teatro es la quintaesencia de la humanidad y el escenario es un espejo de las pasiones, crítica de la sociedad y venga con la catarsis; si a uno le gusta la ópera, pues nada a repantingarse en la butaca disfrutando de formar parte de una minoría selecta y exquisita, amante de los gorgoritos y de ponerse en pie a aplaudir, como si no hubiera mañana, a quienes se les acuse de abusar de mujeres; si a uno, en fin, gusta de leer versos o, peor aún, de escribirlos, no solo se regocijará al punto de la excitación por integrar la minoría de las minorías (lo cual proporciona el summum de la distinción) sino proclamará a los cuatro vientos la necesidad de la poesía para el feliz desenvolvimiento y progreso de la especie humana a pesar de estar formada de madera tan retorcida. Lo mismo puede aducirse para el ballet, los cuartetos de cuerda, la pintura, las instalaciones, los vídeos por ordenador, los grafiti o cualquier cosa que quepa imaginarse que se le etiquete como arte, y, mejor, si ha logrado ser aceptada en un museo o alguna institución de prestigio que la legitime. La que sea.

En realidad, resulta habitual proclamar como lo mejor o lo necesario a lo que uno se dedique o aquello por lo que uno sienta pasión o vicio. Cuando leemos, o lo intentamos, a Dulce Xerach, nos resulta meridiano que Xerach hipostasia la arquitectura: todo tiene que ver con la arquitectura, a los/las arquitectos/as no se le escucha bastante y la sociedad debería comprender su importancia, so pena de hundirse en la abyección. Cuando leemos la entrevista (casi a diario) en cualquier periódico local a un/a empresario/a o dirigente patronal, diríase que la humanidad carecería de sentido sin el liderazgo y la clarividencia de las personas empeñadas en sacarle partido a su capital y la plusvalía a sus trabajadores/as. Si uno/a es periodista, pues qué sería de la democracia, de la sociedad, y de la capa de ozono sin el periodismo, ya sea de investigación, ya de corta y pega. Y así con todo.

Lo señalo porque es un sesgo este que deberíamos tener en cuenta a la hora de blandir juicios y exhibir dogmatismos, a lo que somos tan dados los seres humanos y, dado el espacio del que nos ocupamos aquí, los aficionados y malvividores en distinto grado de la Literatura, del Arte y de todas esas cosas por las cuales hasta los más acendrados defensores del libre mercado piden hasta el hartazgo subvenciones a los poderes públicos.

Dicho lo cual, pasamos a una colección de cuentos publicada y presentada hará escasamente un mes o así: 


Ediciones Garoé, que conste.

Paraguas rotos es un conjunto de relatos de Luis Alberto Henríquez Hernández cuyo leitmotiv es la idea de aniquilación, pero, por encima de todo, de la aniquilación propia. La mayoría de los relatos acaba con el protagonista, narrador en primera persona, enterrado o encerrado. Todo muy mal. Esto en sí no es ni positivo ni negativo: el autor tiene una concepción pesimista de la existencia que lo lleva a concluir sus historias de modo funesto. Lo que es negativo a mi entender es el tremendismo verbal que le lleva a decir en cinco frases lo que se puede en decir en una, sobre todo si tiene que ver con la corrupción o el desmembramiento. En cierto sentido (muy tangencial), me recuerda a Thomas Bernhard, aunque sólo en el concepto. Si uno lee al escritor austriaco, la misma palabra "aniquilación" está presente en casi todas las novelas, y, en muchas, escrita con profusión. Esa idea de acabamiento, de castigo de uno mismo, de llevarse al límite me parece que también está en los relatos de Luis Alberto Henríquez Hernández, aunque en este caso, más como un acto de contrición de consecuencias físicas. Las similitudes acaban ahí, claro.

La estructura de los relatos es lineal: algo mueve al protagonista a iniciar un viaje (más corto o más largo), se envuelto envuelto en la bruma, la confusión y las alucinaciones fantasmagóricas y, finalmente acaba, por lo general de modo bastante abrupto, por no decir precipitado, de la peor manera. En este sentido, el lector a partir del segundo relato comienza a esperar que algo fatídico va a ocurrir de forma inevitable, pero ese sentimiento no logra generar más que cierta impaciencia, fomentada, además, por la tendencia del autor, como hemos dicho, al relleno verbal de naturaleza redundante. 

Por otro lado, en numerosas ocasiones, los símiles que emplea el autor si no son tópicos, se me antojan impertinentes, en los que semejanza entre los objetos comparados es tan lejana o arbitraria que la lectura se ve sacudida por la extrañeza, en el mejor de los casos, y por el rechazo, en el peor.

Pero esa noche el descanso me fue negado. Los remordimientos y el horror se lanzaron sobre mis sueños como una jauría de lobos negros sobre un cordero abandonado, sumiéndome en una vorágine de oscuras alucinaciones de las que no fui capaz de despertar. Asistí con pavor al proceso de descomposición del cuerpo de mi padre. Le vi hincharse como un sapo en celo. La expresión de su cara se deformó hasta el límite de sus tejidos y, a continuación, se abrió en canal y soltó una marabunta de gusanos y la larvas de insectos variados que se retorcieron unos sobre otros mientras luchaban por un pedazo de carne muerta de mi padre. La arcada ascendió hasta mi garganta sin náusea previa, una contracción espasmódica del estómago producida por aquella nauseabunda visión. Notaba cómo el azufre se combinaba con el hidrógeno y saturaba mi centro olfativo de un olor putrefacto y vomitivo. Acto seguido, el viejo fue licuándose. Tomó un aspecto húmedo, ambarino, absolutamente repulsivo. Sus labios aparecían inflados y retraídos, mostraban una sonrisa siniestra a través de la cual asomaban lombrices blancas y voraces (...). (Págs. 16-17, relato Los muertos también lloran)

 También, algún error causado por la homofonía como "desecha en lágrimas" (en vez de deshecha) (Pág. 49, del relato Que Dios me perdone), que un/a corrector/a atento debería haber corregido (en el caso de que esta novela haya contado con un profesional así). Seguimos:

Divagaba, conversando conmigo mismo, cuando me di cuenta de que a mi alrededor solo había árboles. Los troncos se cerraban unos al lado de los otros, como si fueran una legión de dacios a las órdenes de un emperador cruel. Mantuve la calma. Agucé el oído intentando localizar los sonidos humanos del pueblo para así poder orientarme en el bosque. 

Nada. 

Una brisa ligera movía las ramas y las hojas, y arriba, entre las copas de los árboles, los cuervos graznaban a la montaña avisando de la presencia de un extraño. No me atreví a dar un paso más. Tuve la sensación de que el bosque se estrechaba en torno a mí y me susurraba palabras que no comprendía. La niebla, escasa hasta hacía un rato, comenzó a arremolinarse a mi alrededor. Densa. Una violencia pasiva que me puso alerta. (Págs 53-54, relato Que Dios me perdone)

 

La ciudad me había recibido sin ninguna emoción particular y dándome una cachetada helada en la cara. Corría el mes de noviembre y en esa latitud del planeta, la metrópoli se comportaba conmigo tal y como haría una amante despechada que se viera traicionada por la presencia de una segunda amante. Aun así, sus encantos eran evidentes y destacaban incluso bajo el manto oscuro de la noche de mi llegada. Antes de irme a dormir, una vez alojado en el hotel, había repasado mis escasas notas preliminares y puesto en orden la secuencia de trasbordos que realizar en el transporte público subterráneo para llegar, a primera hora de la mañana siguiente, a la cita con Jacques. (Pág. 61, relato Sofocado)

 

En este mismo relato, el autor compara en apenas una páginas a los vagones del metro como "un pulmón de metal herrumbroso y agotado, insuficiente y disneico (pág. 66), "El tren me recordaba a un buceador" (misma página), "En lo que el tren se llenaba de nuevo y arrancaba, la mayoría de la corriente humana de la que formaba parte se había salido del apeadero. Como si hubieran vaciado la cisterna de un baño público" (misma página). Asimismo, los seres humanos que se desplazan por el subterráneo son "magma humano" (pág. 66), otras como "una familia de hámsteres" (pág. 67), o "una masa informe de individuos" (Pág. 68), "Hormigas atareadas" (misma página) o "cucarachas guiadas por antenas invisibles" (pág. 70). También, más adelante: "Atravesé la marabunta de gente que había en el mercadillo. Gusanos atareados que se acumulaban en torno a un cadáver en descomposición" (pág. 214, en el relato Reflejos macabros). Aparte del exceso de símiles y metáforas, la impresión que obtiene el lector (o lectora) de la visión de los seres humanos del autor es desconsoladora, y también un poco antigua, es decir, esa visión de la masa descerebrada, de reacciones animales, tan en boga en las primeras décadas del siglo XX en autores, entre otros, como Le Bon y Ortega y Gasset, y que, de cuando en cuando, asoma entre aristócratas del gusto, poetas laureados y políticos mezquinos por la que se niega humanidad a la humanidad.

Asimismo, aun a riesgo de ofrecer una interpretación también un tanto extrema, ese protagonista narrador en primera persona de los relatos, que apenas se relaciona con los demás, como una mónada encerrada en sí misma y la mayor parte del tiempo hostil con otras mónadas que aparecen en su discurrir, podría considerarse una metáfora del ser humano de nuestro tiempo, arrastrándose penosamente bajo el peso de un capitalismo de última hornada que sigue presionando con fuerza para destruir todo lo comunitario con el fin de apropiárselo y convertirlo en objeto de compraventa. También, para transformar a la sociedad en una constelación de individuos que solo se relacionen con los demás a través del mercado. Individuos aislados, fácilmente mensurables y etiquetados, en un entorno social degradado y en un contexto laboral cada vez más precarizado. Frente a ello, una consecuencia posible es la angustia de ese ser humano solitario y desamparado y, como dijimos, las fantasías de aniquilación propias y de los demás, algo que en el plano político suele venir entroncado con la aparición de movimientos de extrema derecha que se nutren del resentimiento, sobre todo, de lo que antes se llamaba pequeña burguesía y hoy, clase media.

En en estos relatos, la angustia está travestida con el ropaje de lo fantasmal y con el de la psicopatía y la locura. Sigamos con las citas:

Creo que me estoy volviendo loco. No es algo progresivo que hubiera estado gestándose como una enfermedad bacteriana. Ni poco a poco, como dice la canción o como ocurre cuando se tiene una erección por cortesía. No. Ha sido de repente. De sopetón he sabido, tan lúcida y cristalinamente como se refleja el sol en las pupilas dilatadas tras una noche de excesos, que mi cerebro no es como lo recordaba. (Pág. 79, del relato Rompecabezas, comecocos y otros juegos de la mente)

Como si mi cerebro estuviera hecho de piezas, miles de pequeñas piezas que encajan delicadamente para formar un complejo rompecabezas en tres dimensiones. (Pág. 84, del mismo relato)

 

Podríamos seguir con esos símiles fallidos: "como un panal fabricado por abejas obreras asalariadas por la parca" (pág.109, en Luto), o "le hice un aspaviento con la mano libre, como quien espanta las moscas que se alimentan de un trozo de carne podrida" o "la oscuridad se adueñó poco a poco del entorno, como el metal que se estrecha en torno al cuello de un condenado a morir a garrote vil" (pág. 174, en Copilul bisericii negre) o tópicos como "radiante como la luz al final del túnel" (pág. 109, Luto) o "Plana como la línea de un encefalograma plano en una sala de autopsias" (pág. 143, en Conciencia expandida). Dejémoslo ya.

En fin, estos relatos no pueden leerse como si su intención fuera causar miedo. No son cuentos de terror, propiamente dichos. La sangre a borbotones y los desmembramientos, así como los escalofríos y la lividez y el sudor frío no bastan. Recordemos, a este respecto, aquella novela de Leandro Pinto, Abismo, que adolecía del mismo defecto. El miedo que puede causar la lectura de Drácula, de Bram Stoker (objeto, por cierto, de una aguda lectura sociológica por Juan Carlos Rodríguez en La norma literaria) o en algunas de las mejores novelas de Stephen King no está al alcance de cualquiera, me temo. Más bien, repito, me parecen el trasunto de una necesidad de expiación o, al menos, de válvula de escape de las inquietudes del autor, cualesquiera que sean éstas.

EN DEFINITIVA, la impresión general de este volumen es la de un desahogo verbal, con algún relato que apunta maneras, a pesar de sus evidentes defectos, como, sobre todo, Sofocado, con su particular versión del flâneur, o también Luto y Reflejos macabros. Hay algo de literatura envejecida, de temática resobada, incluso fosilizada, no solo en los temas sino también en el estilo que hacen desdeñable este conjunto de narraciones. 

Resulta evidente que el autor ha querido escribir, y lo ha hecho con pasión, pero es dudoso que lo escrito es algo que él mismo hubiese deseado leer. Más bien, resulta una especie de terapia que si no hubiese tomado la forma literaria, habría sido darle puñetazos a un saco de boxeo o tirarle piedras a una galería de cristales para provocar el mayor estrépito posible. No dudo que Luis Alberto Henríquez se haya quedado a gusto. El problema es que el público lector, quizá, no. 

No obstante, y llámenme soñador si les apetece, creo que Luis Alberto Henríquez tiene algo, que limado, pulido y trabajado, podría transmutarse en historias dignas de atención. En principio, le aconsejaría abandonar la truculencia, quizá el género del horror; contenerse en el flujo verbal, estructurar mejor sus narraciones sin dejarse dominar por la impaciencia, y no cejar en el refinamiento del estilo. 

Ahí queda eso.



P.D. Otra reseña, más elogiosa que la mía, pero, eso sí, un tanto desganada, aquí.










jueves, 17 de junio de 2021

'Doramas', de Armando Ravelo

Me gustaría saber si Vds. perciben lo mismo que yo respecto de las normas de etiqueta en el mundillo de la cultura en Canarias: no solo que no hay libro, cuadro, exposición o conferencia mala o simplemente regular, sino que no se nombra nunca al que le lleva la contraria al pope de turno, ya sea este escritor, periodista o jefe de Cultura del medio de comunicación que sea. Al disidente (o a la disidente) ni agua, entendiendo por "agua" su nombre. 

Es una manera, más o menos sutil, de mantener en la invisibilidad los discursos que atenten contra la forma establecida de hacer las cosas y, sobre todo, contra los detentadores de posiciones de relevancia (ya sea por prestigio, ya sea por ubicuidad, ya sea por nodo en la red de contactos). Así, los que están al tanto de lo que ocurre, los situados dentro del campo cultural conocen el significado y los/as destinatarios de las alusiones. Los que están fuera, es decir, el público lector se queda despistado.

Por ejemplo, en su blog El Escobillón, Eduardo García Rojas escribe, en tangencial relación con unas obras de Lázaro Santana:


 En unos tiempos en los que ya aburre el lamento de que Canarias carece de críticos pero no de artistas, artistas que según estas voces necesitarían de al menos la recomendación de esos críticos que no existen, encontrarse con Reembolsos quizá obligue a más de uno y una a que cambie esta cantinela o mantra que aparece y desaparece como el Guadiana y contribuya, bien al contrario, a ayudarlo a razonar que más bien en este archipiélago abandonado de la mano de los dioses si carece precisamente de críticos quizá sea porque la mayoría lo que quiere es escribir literatura y no leer lo que escriben otros. 

 De hecho y hasta que no se tenga muy claro que es eso de ejercer la crítica, me parece a mi que los intentos de practicar cierto comentario de demolición o de reivindicación con o sin argumentos será una constante entre los que se autodenominan críticos sin que se les caigan los anillos.

 

A ver: ni puta idea de qué escribe. Si Vds. están la misma situación que yo, es decir, periférica respecto de los mentideros de la Cultura, tampoco. Estoy un poco viejo para este tipo de sutilezas, la verdad. Como ya adelanté en otro lugar, dudo que que este comentario vaya dirigido a mí, dada mi irrelevancia intelectual, crítica, lectora, humana y mineral, por lo que me gustaría saber de qué está escribiendo este señor. Qué no le gusta de quién y por qué. Si García Rojas atendiera menos a las normas de etiqueta cultural, podría surgir, incluso, un intercambio de opiniones, y por soñar, que éstas fueran de cierto nivel. Si seguimos así, habrá que pedir que nos impartan un curso de iniciación a esta secta mistérica. 

En esta línea, aunque se trata de una polémica que me resulta muy ajena, los recados en forma de artículos que se han ido sucediendo en la prensa a cuenta de la última novela de García-Ramos, El delator, me han parecido saludables. Ojalá cundiera más el ejemplo porque de lo contrario, no hay manera de enterarse de qué ocurre y a quién le ocurre. No olvidemos que casi cualquier ámbito se beneficia, y, en especial, en el cultural, del debate libre e informado.


                                                                

Hay relatos épicos, y no tienen que ser la Ilíada ni el Cantar del Mío Cid. En un periodo más moderno, las novelas pueden, o aspiran a tener rasgos épicos, ya sea tipo Guerra y Paz o la seminal en la literatura de fantasía El Señor de los Anillos. O cualquier novela o relato de Jack London, sin ir más lejos. Seguro que Vds. tendrán sus propios ejemplos. Doramas, de Armando Ravelo (cineasta, aparte de escritor), aspira a ello, pero se queda en un esforzado trabajo que, a diferencia de los anteriores títulos, no perdurará en la memoria colectiva.

Esto es así porque Doramas no logra cuajar del todo. El personaje principal, Doramas, es rebelde, valiente, se alza contra la injusticia, ejerce de gran guerrero, etc., pero da la impresión de ser personaje de teatro escolar, de esos a los que el actor o actriz infantil interpreta alzando mucho la voz y haciendo aspavientos con las manos. Carece de transformación durante el desarrollo de los acontecimientos, casi como si su personalidad fuera evidente por sí misma y, por tanto, resultase innecesario mostrar gradación alguna. Bien es cierto que Doramas no solo guerrea, sino que parlamenta e incluso se enamora, pero a mí al menos me produce la impresión de cierto monolitismo moral que no le favorece.

Puede aducirse a favor que la novela se lee con facilidad, y que Ravelo no comete los errores propios de otros engolados escritores locales que aspiran a ser cultos, qué digo, cultísimos, y como no suelen serlo tanto, se empeñan demasiado en parecerlo. Eso sí, hay unas cuantas erratas, por no llamarlos errores, como no acentuar algunas verbos en su conjugación monosilábica en los que sí debería haberse empleado la tilde y un uso errático de las comas.

Ejemplo:


-Si vive puede que le de muerte yo. (Pág. 71)

 

Además, las descripciones tienden a ser un poco tópicas, recurriendo a ese arsenal archisabido de expresiones como "ojos color miel", " ojos enigmáticos", etc., que tan poco dicen, por mucho que se crea lo contrario. "Ojos color miel", así como "pechos turgentes", "caderas cimbreantes", "culo respingón" o "hígado graso" son descripciones que deberían evitarse a toda costa. Quizá fuera necesaria, con efectos preventivos y ejemplarizantes, alguna medida disciplinaria: tal vez, cortar un dedo al autor, obligarle a leer entero un artículo de Antonio Morales o soportar a un taxista de derechas. Cosas, en fin, que dejen huella.

En cambio, los diálogos son aceptablemente ágiles y vivaces, y gracias a ellos trabamos conocimiento convincente de los manejos, usos y costumbres de la nobleza gobernante en la Gran Canaria de la época de la conquista castellana. Ahí Ravelo se maneja bien. Yo habría cambiado 3/4 de las descripciones (cuanto más líricas, peor) por más diálogo, y la novela habría salido ganando. Eso sí, echo también en falta una recreación o escenificación más desarrollada de las costumbres de ese pueblo humilde, dominado por la élite gobernante, desde y por el que se alza Doramas, el forajido.

Por otro lado, quizá es que me haya vuelto demasiado quisquilloso, no puedo dejar de reparar en que el autor emplea expresiones y palabras que no se adecuan bien ni a la época ni a la cultura de los indígenas. Ejemplos: "pueblo", "calles", "bizarro", "melancolía", "carismático", "oasis", "institución", "alcalde" o el mismo adjetivo "canario". Tampoco "tío" o "sobrino" son necesariamente conceptos nativos. Podría pensarse que como el relato está narrado en tercera persona, salvo en el capítulo XXIX, en el que se pasa a la primera persona, no es una voz del siglo XV las que nos habla, sino una moderna. Aun así, la extrañeza se produce igual. Es posible que el problema no consista en el mero descuido o la inadvertida negligencia, sino en la falta de finura lingüística y de reflexión histórica. También es cierto que si nos ponemos demasiado exquisitos, etnográficamente hablando, el texto podría volverse mucho más difícil y habría que explicar demasiadas cosas. Ahí está el reto.


Pero a Doramas había algo que le seducía más que el debate de estos nobles. Sahar, ojos de miel derramada, pelo de cielo nocturno, piel de brillante cerámica. Esa sonrisa. Desde su llegada a aquel lugar ella fue un oasis agradable ante tanto hombre altivo. La mirada de Doramas se distrajo aventurera observando a la joven hermana de Maninidra. Ella respondió con miradas furtivas y esquivas. ¿Qué escondían esos ojos-enigma? (Pág. 79)


Pocos días después el faycán de la zona anunció una visita al poblado. Que ellos recordaran, jamás alguien tan importante había visitado el lugar. En alguna ocasión recibían visita de ayudantes de una u otra institución. A modo de alcalde tenían una especie de jefe del poblado que a veces bajaba a Telde a reunirse con el guanarteme. La visita de aquel faycán fue una noticia impactante. Hacía muy poco que ejercía como tal, pero se había ganado el respeto y la admiración de todos por su vuelta a los orígenes, dando especial importancia a las tradiciones. Según decían, aquel hombre poseía un amplio conocimiento del mundo visible e invisible. Su nombre era Faya. (Pág. 126)


Comienza a llover sobre las cabezas de los teldenses. Es un buen augurio. Doramas cincela en su memoria cada rincón, cada elemento, cada gesto merecedor de ser recordado. De pronto comienza a suceder. Al principio es apenas un murmullo, pero al poco, se oye con nitidez. ¡Doramas el liberado!, esa es la frase que las gentes de Telde vociferan para el trasquilado de pelo largo que observa con sorpresa y emoción aquella súbita muestra de aliento por parte del pueblo de Telde. Los más humildes están con el alzado y sus hombres. La piel se eriza, las pupilas se dilatan dentro del ojo húmedo, pleno de humanidad. La frase es grito y las voces agitan las almas de los rebeldes. Doramas se gira un instante para alcanzar con la vista a Nenedán, que mira a un lado y a otro de reojo, visiblemente contrariado. (Pág. 139)


Me atrevo a señalar la posibilidad de que Armando Ravelo estuviese menos preocupado por las sutilezas del lenguaje y del argumento que por dar a conocer el funcionamiento de la sociedad indígena de la isla y por construir un relato que engrandeciera la lucha de los indígenas contra los invasores. En este sentido, Doramas se presta de manera magnífica a encarnar la figura del líder, del caudillo, aquejado también por la hibris, depositario de la voluntad de resistencia contra aquellos. Voluntad que, a su vez, queda engrandecida de manera trágica por su futura derrota, conocimiento de lo cual, es evidente, tiene todo el público lector.

 Asimismo, y esto es algo digno de elogio, Ravelo no cae en el error de glorificar la sociedad indígena in toto, es decir, como si fuese una especie de Arcadia, Jardín de las Hespérides, etc., que vivía en una Edad de Oro, etc. Más bien, resalta los rasgos más mezquinos y opresores de una nobleza empeñada en mantener sus privilegios de clase/estamento a costa de un pueblo empobrecido y sufriente. A este respecto, es más completa que Datana, que se reseñó en este blog hace un tiempo. Como aún me queda memoria, me permito traer a colación aquella infame ópera titulada La Hija del Cielo, de Guillermo García-Alcalde, pagada con el dinero de los contribuyentes, cuya falsificación del relato histórico entre los castellanos y los indígenas se saldaba con un canto a la colaboración entre culturas o algo parecido igual de vomitivo. Por cierto, un presidente nacionalista del Gobierno de Canarias, Paulino Rivero, acudió sin falta al estreno en el Teatro Pérez Galdós.

CONCLUSIÓN: Doramas es una novela un tanto simple, a pesar de los saltos temporales y de cambios de perspectiva, cuyo personaje central posee características del héroe trágico, pero sin la hondura ni la expresividad de, por ejemplo, un Edipo. Sería mucho pedir, claro. Puede pensarse, en esta línea, que este Doramas es más bien un personaje trágico de la Modernidad, un hombre común que, por cierta fuerza de carácter y tal vez la casualidad de vivir en aquella época terrible, se yergue sobre lo que parecía ser una vida y un destino comunes, pero solo para encontrar el fracaso y la muerte, inevitables frente a la fuerza de un Estado en auge, imperio en ciernes. Fracaso enaltecedor e inspirador, sin duda. Aún está por escribirse la novela que le haga justicia.




sábado, 5 de junio de 2021

'Un amor', de Sara Mesa

 A mí no deja de fascinarme ese amor de ciertos seres humanos por los conceptos. Así, mucha gente ama la nación, o la religión, o el comunismo o la libertad con toda fuerza y con toda sinceridad. Hasta tal punto que, por ejemplo, muchos nacionalistas aman tanto España, o Cataluña, o Canarias que no dudan en aniquilar a quien se le ponga por delante, ya sean españoles, catalanes o canarios, respectivamente. Asimismo, hay gente tan religiosa, tan empeñada en seguir el ejemplo de Cristo, digamos, que no dudan en condenar a todo cristiano, o persona, en general, que disienta de su visión. No hace falta recordar a los estalinistas y a sus seguidores de cualquier latitud y época, dispuestos a apuntar con la pistola a todos los que se negaban a seguir el curso de la historia, tal y como lo entendían aquellos. O esa gente tan liberal que, en nombre de la libertad, deja que se mueran los ancianos en las residencias y te desmantela la sanidad o la escuela pública para que se conviertan en meros guetos para los más pobres, o te cierran albergues, etc. O esas personas tan progres, tan ocupadas en aparentar su compromiso con los valores éticos más elevados que no les queda tiempo para ejercerlos en el día a día.

Capítulo aparte son los que hipostasian la Cultura hasta el punto que no les importa sacrificar a la gente de carne y hueso para que aquella nazca, germine, crezca, se desarrolle y alcance algún tipo de plenitud fantaseada, mientras recibe alguna comisión en el proceso, monetaria o de prestigio.

En fin, estamos rodeados de gentuza en una época en la que ni siquiera hace falta la hipocresía. La mala voluntad se exhibe a pecho descubierto, con gallardía, como si la nacionalidad, la clase social, la ideología o la cultura sirvieran de excusa para perpetrar todo tipo de crímenes, tanto el orden legal como en el moral. Además, nuestro mundo es digital, y todo tipo de mensajes nos asaetean desde lugares inimaginables hasta solo hace una generación. En el momento de peor crisis de su historia, los medios de comunicación son más influyentes que nunca, y a la cabeza se me viene esta frase de Bourdieu, que dice algo así: "Muchas personas creen que hablan, pero en realidad, les hablan". Es decir, sostenemos con firmeza, incluso con fiereza, opiniones y puntos de vista que creemos nuestros, hasta el tuétano, cuando, en realidad, distan mucho de serlo. Conforman la ideología dominante de una sociedad, de una época, el sentido común que todo lo impregna y en todo nos impregna.




A ver, para comenzar con el argumento: es la historia de una mujer, Natalia (Nat) que se va al campo porque resulta que ha robado en su trabajo (no se dice qué, igual un cenicero, igual un Picasso, qué más da) y quiere comenzar una nueva etapa en su vida. Para eso, como se ha convertido en una nómada digital (se dedica a traducir ahora) no se le ocurre nada mejor que marcharse al campo, donde la vida es más barata, alquilar una casa a un señor sumamente antipático y machista y comenzar a establecer relaciones neuróticas con sus vecinos y vecinas. También, para añadirle complejidad a la cosa, se folla a un tipo para que le arregle las tejas y dejen de caer goteras. Esto le causa un gran dilema moral al principio, lo del folleteo, pero pronto le comienza a gustar (quizá no es gustar, sino otra cosa) y sigue follando con ese señor que no tiene de atractivo, al menos, al principio, ni una miajita.

Va bien esta novela porque, para quien no lo sepa, estamos en medio de una polémica muy agria, en Madrid y alrededores (y lo que pasa allí es un debate que por lo visto nos afecta a todos/as), a cuenta de la famosa España vacía. Claro que aquí, en Canarias, todo está lleno de gente, y si alguien mencionara algún lugar vacío iríamos todos de cabeza (porque la mayoría somos bastante snobs, por no decir noveleros) para que dejara de estarlo. Pero al menos podríamos contar una historia de cuando fuimos a un sitio vacío de verdad, sin casas ni gente. Vamos, ciencia-ficción; al menos, en Canarias. Como digo, parece que grandes zonas de la Península se despueblan y todo el mundo se marcha a las capitales, y de entre todas las capitales, a Barcelona y, sobre todo, a Madrid. Eso entronca, en un debate más o menos alambicado, acerca del enésimo análisis y diagnóstico de la izquierda sobre sus derrotas electorales y su relación con los valores comunitarios/comunitaristas e identitarios. 

En todo caso, Un amor, si reivindica algo a este respecto es la huida a toda prisa y sin mirar atrás de la España rural. O de la España de los pueblos, que no es exactamente la misma. 

Creo que es un debate al que Sara Mesa no prestaba atención, al menos en el momento de la gestación de la novela. Cada cual elige sus temas, y por lo que se lee, la autora estaba más pendiente de la supervivencia de una mujer en medio de un entorno hostil y denso, por lo pequeño y apretado, como el de un pueblo, rodeado de hombres, de los cuales sospecha sin descanso.

En algunos casos, no es la actitud o las acciones de los hombres en sí mismas lo sospechoso, sino que nos induce a ello las sensaciones de la protagonista, que intuye que algo no cuadra. En este sentido, es significativo que la protagonista acabe teniendo relaciones íntimas con el hombre con menor característica marcada de género, entendiendo por esto las actitudes sociales que más o menos se esperan de un espécimen humano varón, especialmente a la hora del acercamiento sexual.

 Además, no me parece descabellado que pueda leerse a la protagonista como encarnación de una clase media que se ve abocada a la precarización o a la proletarización, lo que entra en conflicto con su cosmovisión, que era la del progreso, la de la marcha ininterrumpida en la propia vida y en las generaciones hacia lo mejor, y que ante el inesperado y decepcionante estado de cosas, entra en crisis.

En cuanto a la prosa, he leído todo tipo de encomios imaginables (en plan Santana Sanjurjo), empalagosos hasta el vómito. En la faja misma, citando a un reseñador del suplemento El Cultural, se dice que su prosa "es de una limpieza desconcertante". Es "limpia", de acuerdo, pero lo que sí me desconcierta es lo de "desconcertante". Dicen que fue "mejor libro del año 2020", etc. En fin, la verdad es que no creo que sea para tanto, ni de lejos. Abunda la frase corta, sí, y el vocabulario no es que sea de un barroquismo inaguantable, sino todo lo contrario, tendiendo a lo sencillo. Pero lo que se dice desconcertar, no desconcierta nada.

Un amor se cuenta en primera persona, y en presente, con esa consecuencia de acercamiento a la acción, que la distingue, por ejemplo, de un tipo de narración más clásico, como la que se ejecuta en pretérito perfecto simple ("comí", "hablé", "me dijo", "se columpió"). Y bueno, uno se pregunta si no habrá algo de minuciosidad de más en la transcripción de ese mundo interior que siendo pródigo en sensaciones me resulta sobreestimulado si atendemos a lo que le ocurre. La narración está a punto de caer en la trivialidad, pero se sostiene a duras penas. Quizá es esa proximidad a la nimiedad que se pasa por contrabando como novela por lo que se me hizo antipática la lectura, como antipática me resulta la protagonista que se cuestiona cada paso dado o no dado con febrilidad adolescente.

Porque, al fin y al cabo, saber que un pueblo chico puede, en determinadas circunstancias, convertirse en un infierno grande es harto sabido, y que denunciar, una vez más, la indefensión o la dependencia de una mujer por haber asumido ciertos roles, o su cosificación, está muy bien, pero solo por sí mismo no le añade valor a la literatura. Tampoco, constatar una vez más lo mucho que se sufre en las rupturas sentimentales.


¿Cuál es el sentido de presentarse en su casa sin avisar? ¿Con qué derecho aparece? En los pueblos lo hace todo el mundo, sí, pero ¡qué costumbre tan maleducada! Ella estaba tranquila -o tratando de tranquilizarse-, no quería ver a nadie, y mucho menos verlo a él. Pero de pronto apareció y ella -con el pelo sin lavar, la cara sin lavar, en pijama-, ella debía comportarse como si todo fuera de lo más normal, venciendo su orgullo, simulando una convivencia vecinal de lo más amigable tras haber realizado el truque básico -¿sexo a cambio de que le arreglaran el tejado?, ¿qué disparate es ese?-. El acuerdo, la tolerancia, qué tal todo, cómo ha ido con la lluvia, si hay algún problema me avisas. Ni siquiera es consciente de mi enfado, piensa Nat. Ni siquiera eso. La metió en su dormitorio hace dos días y ahora la ha mirado con completa frialdad, como miraría a una cabra o a un perro. Puede que hasta él se arrepienta de lo que le hizo, al verla ahora, a la luz del día. Tanto tiempo sin una mujer para llegar a ella, a esa bazofia. (Pág. 89)


Así, llegados más o menos los 2/3, me asaltó un deseo incontenible por leer en diagonal que no venía suscitado por la curiosidad o el afán por conocer el desenlace, sino por comprobar que el resto era igual de mustio. Esa fue la impresión que recibí y así se los transmito. En definitiva: Un amor no es una novela despreciable, pero sí prescindible. O viceversa.



P.D. Otras reseñas, aquí, aquíaquí o aquí








sábado, 29 de mayo de 2021

Actualizaciones librescas

Ya saben que soy un ser humano tendente a la amabilidad y, sobre todo, a la generosidad (con esto, intento asegurarme de que dejen de sospechar que soy una Inteligencia Artificial que funciona sobre la base de un algoritmo de Alphabet, la dueña de la plataforma en que se alberga este blog) y es por eso por lo que, de vez en cuando, me gusta anotar aquí mis últimas lecturas, por si fuera de su interés o, tal vez, motivo para el escarnio.

A veces, ya saben, es bueno retirarse un poco de la actualidad, del presente apremiante, de la lectura de los periódicos y de la discusión político-moral con el taxista de turno. Tal vez, incluso, someterse uno a escrutinio, revisar el propio comportamiento con los demás y, por encima de todo, dejar de ser, a toda costa, productivo.

En fin, después de aquel artículo sobre la literatura clásica, he seguido en esa línea con las comedias de Aristófanes, al que todo los enterados conocen y, por supuesto, han leído con delectación. Esto ha sido así tras interesarme por un libro de Luciano Cánfora, La crisis de la utopía, en el que constata y desarrolla la rivalidad y el mutuo zaherimiento entre comediógrafos y filósofos, entre Aristófanes y Platón, que se revela de modo especialmente lacerante en Las Asambleístas, que es una respuesta al proyecto de construcción de una sociedad utópica de inspiración espartana presente en La República, de Platón. Canfora, al igual que en El mundo de Atenas, es minucioso siempre y sarcástico cuando encuentra la ocasión.

De paso, claro, he seguido con Los pájaros y Las ranas. Aristófanes, como verdadero demócrata, no ocultaba, ni mucho menos, lo que de criticable tenía la democracia de su tiempo. Más bien, se ensañaba.


                                                                                                                      
                             


No es nada fácil ser culto para destacar en el mundo de las letras: habría que leer mucho, no solo leerse a uno mismo y a los amiguis. No vale, tampoco, leer a un solo autor, mejor si no lo conoce casi nadie, hasta volverse casi un especialista con el objetivo de introducirlo en cualquier conversación, venga a cuento o no, para que aquella gire en torno a lo que uno sabe. No pasa nada por revelar nuestra ignorancia: con suerte, aprenderemos algo, aparte de humildad.

Creo que es importante no leer sólo literatura. Me resulta lastimosamente habitual aburrirme con ensayos de escritores cuyas referencias son solo literarias o, a lo sumo, anécdotas de la vida de otros escritores. Un círculo vicioso exasperante y tedioso, un muermo. 

Sigamos: no puedo dejar de recomendarles La norma literaria, de Juan Carlos Rodríguez. Un libro (que me ha parecido extraordinario) que, abominando de la concepción de la Literatura como un campo autónomo, si no independiente, no cesa de suministrar contexto social, políticos y filosófico, tanto a las sucesivas escuelas lingüísticas "desde Saussure a Chomsky" como a los fenómenos literarios como el teatro burgués, las vanguardias o la Generación del 27, entre otros. No sé si será "necesario" este libro para cualquier persona interesado en profundizar en la literatura (con atención especial a la española), pero está cerca de serlo. Librazo.

     

                                                                                                                           
Por otro lado, estoy comenzando (llevo tres capítulos) un libro sobre lo que nosotros, en nuestra época, llamamos "arte" griego de la época arcaica y clásica, del famoso historiador Robin Osborne, que se titula precisamente así: Archaic and Classical Greek Art. Un arte que, como ya sabrán, era inseparable de su función, ya fuera religiosa, funeraria, política o social. La contemplación, aunque no sea directa, sino por fotografía, de los objetos de aquellas sociedad son un complemento delicioso (al menos en mi caso, ese es el adjetivo que me ha venido a la cabeza) a toda la literatura histórica y política sobre aquella civilización. 


 


Asimismo, y preparando ya la transición hacia otras épocas, que no todo va a ser Atenas, tengo en mi poder ya, con solo algunas páginas leídas, tres libros cuyo comentario espero hacer en no lejana fecha, como son Sabios y necios. Una aproximación a la filosofía helenística, de Salvador Mas; Pensamiento romano, del mismo autor; y
 La razón de Roma, de Claudia Moatti.


            


                                                                                                                                                     
Ya me gustaría leer más, leer durante más tiempo, pero a veces, simplemente, no me apetece. Uno no querría ser Funes, pero sí que deja cierta amargura constatar, una y otra vez, que tras tanta lectura solo un residuo permanece, y de modo inconstante, en la memoria. "Ubaldo, el de ágiles ojos, pero corta memoria", podría satirizarse. Es lo que hay.                                                                                                     




domingo, 23 de mayo de 2021

'Alma reglamentaria', de Alexis HB

Por alguna razón algunos seres humanos creen que albergan la ilusión de escribir una novela, uno de tantos supuestos objetivos vitales que, a diferencia del coito y de la procreación, está lejos, pero muy lejos, de ser natural. Es decir, alguien nos ha enseñado que escribir una novela no sólo es guay sino que te convierte en otra cosa, no sé, en un artista, ese ser, ya se sabe, tocado por lo divino, fulgente y esplendoroso que te permite llevar guayabera aunque no seas García Márquez y vivas en Torrelodones.

Y así, ocurre lo que ocurre, que uno (o una) no escribe porque crea que tiene algo importante que decir a la comunidad de la que forma parte, ya sea local, nacional, mundial o cósmica, sino porque quiere ser. ¿Qué es el ser y cuáles son sus atributos?, nos preguntaríamos aristotélicamente. Ya he escrito de ello en otras ocasiones, así que no insistiré. Eso sí, tal ilusión distrae a muchas personas de hacer otras cosas que podrían serles más útiles, provechosas o simplemente divertidas. A ver: ¿Qué añade otra novela romántica, otra novela negra, otra novela de vampiros o zombis, otra novela histórica a la literatura? ¿Qué le aporta a su público? Por no hablar de que estoy harto de los/as escritores/as que quieran enseñarme su mundo interior, que por lo general es el mismo que el de la mayoría de la gente. No me interesa, para decirlo claro. Vilas, fuera, eres un ñoño. Cercas, exíliate interiormente: eres un pesado. No me apetece leer los sermones de escritores/as que, además, no suelen saber mucho de casi nada. Pérez-Reverte, no te levantes del sillón de orejas, enfádate con tu perros; Vargas Llosa, cada columna de opinión que escribes es una afrenta a algo o a alguien valioso. 

Escritoras y escritores noveles o no tanto, déjenlo ya. O si sienten una vocación auténtica (vayan Vds. a saber en qué consistirá eso) busquen al amigo o amiga inteligente que no le ríe la gracia. Al que sepa más que Vds, el que le señale cada error y cada tontería de su manuscrito. Después, vayan a un/a editor/a que sepa lo que se hace y no a un empresario/a que tiene una imprenta y mantiene una bonita relación con las consejerías/concejalías de Cultura de la miríada de administraciones públicas: esa persona amante de su oficio que no permitirá que una mediocridad se añada a las millones que se han publicado antes. Finalmente, si nada bueno ha ocurrido y su libro ha salido al mundo a pesar de todo, busquen a los/as críticos honrados/as. A aquellos/as que con mayor o menor conocimiento se permiten criticar con sinceridad, sin buscar su amistad ni la de la editora ni la del dueño del medio de comunicación. Lean sus críticas, sopesen los defectos que señalan. Enfádense, si quieren, injúrienlos/as, tal vez, pero reflexionen un rato: tal vez hayan acertado, ya sea por casualidad.

 Ni caso a los elogios, ni caso a esos escritores veteranos, tal vez algo famosos, y muy resabiados, con los que comparten de vez en cuando un almuerzo o una cena y por lo que se sienten honrados/as. Algunos parecen alimentarse de la admiración de los poco avisados.

Ni caso a los/las periodistas culturales que nunca dirán que su libro (sí, el de Vds.) es una porquería. No les interesan los artistas, lo que buscan es una red de contactos, tal vez una inversión simbólica a medio plazo.

Ni caso a los filólogos reconvertidos en apologetas con ganas de currículo. En el ámbito local, huyan como de la peste de los elogios de Victoriano Santana Sanjurjo, por ejemplo, y de especímenes similares. Sus ditirambos son el camino seguro a la inanidad literaria.




Todo esto viene a colación por la novela Alma reglamentaria, de Alexis Hernández Benítez, sufragada por crowdfunding. O sea, algo así como la autoedición pero sin que se la pague el propio autor/a, como ha sido costumbre hasta hace poco. Puede interpretarse el dichoso crowdfunding como un anticipo de futuros lectores que, sin haber leído la novela, otorgan confianza al autor. Más bien, creo, han pasado por caja amigos/as, deudos y allegados/as en diversas líneas de consanguinidad y afinidad, ya por solidaridad, ya por algún tipo de deuda moral.

No querría explayarme en una novela de un autor primerizo, pero las cien páginas que he leído están marcadas por un estilo deplorable, en el que la verborrea se hace pasar por vocabulario, y un abotargamiento de símiles y metáforas por creatividad o ingenio. Mucho adjetivo, mucha minuciosidad irritante, mucho tópico. Los diálogos son increíbles y resultan impostados y el protagonista narrador es uno por el que no se puede sentir sino repulsión. Además, cómo no, alguna reflexión sociológica falta de lecturas y sobrada de prejuicios. Nada que no hayamos visto antes en autores con muchas ganas de escribir y gritar a los cuatro vientos: "¡Mamá, soy escritor!" Eso sí, la portada mola.

Puede ser que haya crítica social, pero no la he visto en estas páginas. Puede que haya un develamiento de la profunda corrupción moral de las élites, para empezar, y del resto de la sociedad, pero no la he detectado. Puede que haya una radiografía nítida de nuestras miserias, pero no he leído nada que no haya visto en cualquier serie de TV. Puede que la novela posea una arquitectura de episodios y escenas magnífica, pero no he tenido paciencia de pasar de la página número cien. Es lo que ocurre en estos tiempos veleidosos, más aún cuando uno ya ronda la cincuentena y percibe que cada vez queda menos tiempo para desperdiciar.

Lo que voy a hacer, para que no me acusen de ensañamiento es ofrecer algunos extractos y ya deciden Vds:

 

El uso de dicha información se antojó un precio ridículo cuando la Jane callejera se dejó caer a mis brazos desde el árbol. Entonces nos presentamos en silencio; primero, las miradas, después, las mejillas. La posé en el suelo a desgana, me dio las gracias, nos reímos un poco de lo sucedido y se despidió al trote inquieto y lleno de vida que debía caracterizarla desde niña. "¿Y eso es todo?", le grité a su atractiva silueta de espalda. Se viró y contestó: "¿Qué más quieres, espantapolis? ¿Sientes que te debo algo?". "No se trata de mí. Se trata de nosotros y de la deuda que tenemos con esta noche. Acabamos de contraerla y si no la pagamos antes de que amanezca, puede que ya nunca podamos saldarla". Ella entornó sus enormes ojos, contuvo la sonrisa, y dijo: "Lo siento. Has malentendido las cosas". "Lo mejor que se puede hacer con las cosas es malentenderlas", repliqué. "Es la única forma de vivir de verdad. La única forma de salirse por la tangente, de romper con lo que se espera Es la única forma de disfrutar y divertirse. Las cosas bien entendidas son una mierda". 

Tras liberar la sonrisa de agrado, se encaminó hacia mí. Por millonésima vez, habían sido las palabras justas para la persona adecuada. (Pág. 18)


 Parecía un fumadero de opio y no debía oler muy distinto. En el ambiente había una mezcla provocativa de especias y nervio rancio, como el tufo que desprendería un mercado marroquí si ardiera entre las llamas de cócteles molotov fabricado con telas recortadas de sobaco de chilabas bereber y botellas usadas para hidratar los camellos mimados de algún jeque. La luz, casi ocre, era opresiva, y el mobiliario, en especial las cabinas, parecía hecho por algún niño que creyese jugar a indios y vaqueros y se hubiese construido un fuerte usando palés y tachas oxidadas. Un fuerte que hubiese resultado más inexpugnable si lo hubiese levantado con piezas de Lego y plastilina. (Pág. 33)


Entré a un persa y pedí algo barato para comer. Fuese lo que fuese aquello, lo empecé y lo terminé de pie en la acera opuesta al locutorio. Observaba la calle mientras me limpiaba salsas desconocidas de las comisuras de los labios. 

Se trataba de una calle activa y multirracial, característica de una zona portuaria y de una capital incapaz de albergar físicamente un barrio delimitado para cada etnia. Una mora vestida de rosa chillón dialogaba con una mujer ghanesa de traje amarillo que sostenía en equilibrio sobre la cabeza un bulto del tamaño de mi sofá. Dos vietnamitas varones, jóvenes e imberbes, se ofrecían bajo el sol de sobremesa, quizás por la falta de oportunidades o quizás por el sentimiento de culpabilidad que provocaba el exceso de ellas, siempre en comparación con las que había en Saigón donde sus madres y sus abuelas empezaron por necesidad la tradición familiar. Un verdulero griego chapurreaba a gritos el castellano para compensar la atención acaparada por el frutero andaluz y su verborrea simpática y más traducible (solo un poco más). Un indio lakota daba órdenes a unos yanquis que descargaban en su tienda un camión lleno de radiocasetes y otras antiguallas. Un cartero canario metía las cartas por debajo de la puerta de un edificio, sabedor de que era una molestia inútil tratar de acertar con la correspondencia de un bloque de vecinos sudamericanos en constante desahucio. Una pandilla de judíos adolescentes parapetada en un portal se mofaba de un crío árabe que corría delante de un pastor alemán sin la correa. La calle sufría el estrés de la auténtica globalización, la que germina de forma espontánea y sin opción el crisol de los suburbios, disolutos refractarios en un disolvente ácido; no la que nos quieren vender al mostrarnos un yuppie sueco cenando sonriente junto a una negra de facciones suaves y sajonas y traje de confección milanesa, arrodillados en un japonés de doscientos euros el palillo. (Págs. 47-48)


-Oye, hablando de perder el tiempo -dijo la mujer cuando la conversación ya era un fósil-. ¿Qué tal el otro día con Vane? ¿Cumpliste? 

-Por supuesto -contestó con esa desgana suya-. Tranquila, no sufrió. Todo acabó muy rápido. 

-¿Ah, sí? ¿Eres un eyaculador precoz de esos? 

-De los más precoces. Que yo sepa, me corro desde los seis años. 

La mujer soltó una carcajada que sonó como un remolque. Él se quedó tan ancho. Dejó la última mordida del dulce sobre la mesa y se limpió en la manga. Se marchó con el detalle alienígena de decirle que le llamase por si necesitaba algo. 

La mujer mantuvo la sonrisa. Tenía la boca de un rape escorbútico. 

-Qué hijo de puta -acabó por decir-. No es mal tío, ¿sabe? Parece aburrido pero es un cachondo de la hostia. Hace años hasta tenía su no sé qué. 

Puso la vista en el televisor y la atención en algún lugar muy lejano. Me pregunté si alguna vez había habido algo entre los dos y me convencí en el acto de que era imposible. Juntos en un colchón encontraría la misma química que una llanta de tractor y un yorkshire. 

Nos presentamos en condiciones, estrechamiento varonil de manos incluido. Se llamaba Linda. A todas luces, sus padres se precipitaron al ponerle el nombre y llevaban treinta años gastándonos una broma de mal gusto. (Págs. 49-50)


 Sobre la calle había caído la noche adulta como una bolsa de basura negra y arrugada. Viejos neones a media vela, varias prostitutas en la preferente sesión nocturna, olores a cenas baratas de sartén mezclándose al salir de las ventanas, gritos de matrimonios deshaciéndose a los pies de una cama o empezando a hacerse sobre ella, ofertas drogadictas de camellos que nunca hacían sus deberes de sexto de primaria, gente de mala vida susurrando trapicheos o trapicheando susurros. (Pág. 56)

 

Me sirvió otra birra sin que la pidiese y se fue a atender a la extranjera desconocida. Mi atención la siguió como un perrito faldero. Sentía una curiosidad insana por aquella clienta. 

Su cabello rubio pilsen caía momio hasta los hombros, una suavidad algo revuelta y descuidada que mantenía delante del rostro sin que pareciese molestarla. En el perfil facial que dejaba a la vista no había marca de expresión alguna, lo que se consigue siendo desde pequeña más dura que las piedras del camino o cicatrizándolas de adulta durante una huelga de sentimientos prolongada, protesta ante una vida trágica o trágicamente vacía. Su piel tenía las tonalidades albaricoque de la gente blanca que trabaja al sol, seguramente un sol de altura. Por el contrario, las pecas pálidas que tenía espolvoreadas alrededor de las ojeras eran genéticas. La mano que sujetaba su absenta seguía hablando de trabajo al sol, dureza y piedras. La otra estaba semioculta con una venda blanca y decía tanto o más por lo que callaba. Llevaba unas gafas de pasta transparente y sombras vainilla, con cristales grandes y circulares, un modelo sobre el que la moda había defecado hacía lustros (Pag. 60) 


En fin, para qué más, si yo ya no puedo.



P.D. En una adenda, Alexis HB agradece mucho y a todo dios, y escribe, entre otras cosas: "Gracias por la valentía de apostar por la creatividad, por la literatura sin especulaciones".