jueves, 30 de agosto de 2018

'Pasenow o el romanticismo', de Hermann Broch

Agosto es un mes extraño. Aunque, bien mirado, mes es un concepto y no una cosa. Es decir, no hay ningún objeto en la naturaleza que se corresponda con él. Llamamos mes de agosto, en realidad, a un periodo determinado de rotación de nuestro planeta sobre su propio eje y de su inclinación respecto del Sol. Dicho lo cual, en ese periodo terrestre, en el hemisferio norte, también es época de cosecha. Lo que hoy en día es llamativo, porque estoy convencido de que mucha gente cree firmemente en que los alimentos parecen brotar de manera espontánea de los estantes y de los frigoríficos de los supermercados, al igual que otros muchos creen que para ser escritor basta con decirlo, pues todo el mundo sabe que las novelas se escriben solas.

Es también un mes de crisis: conyugales, artísticas, laborales... También de cambios de rumbo vitales, si uno se lo puede permitir. Tantas horas libres para pensar tienen como efecto, casi no podría de ser de otro modo, por no decir que debería ser obligatorio, un replanteamiento de nuestras actitudes y el tambaleo de algunas certezas. Por ejemplo, la de considerar necesario escribir novelas o la de publicarlas. O la de escribir columnas de opinión. Tengo una lista de opinadores en los medios a los que creo que les vendría bien que alguien les dijera, por fin: "Déjalo, no es lo tuyo. Haz otra cosa: seguro que lo haces mejor". Agosto: madura o revienta. 

Mi solipsismo pertinaz me lleva a pensar que Vds. compartirán lo que les escribo. Es por ello por lo que comencé de esa manera este artículo. Agosto es un mes extraño porque a mí me lo parece: lo urbano se vuelve deshabitado, desierto de hormigón y de metales, paisaje de silencios inconcebibles en el que funambulan ideas extravagantes. Habría que volver a ser niño para que el azul caliginoso de nuestra tierra recuperara su encanto. A esta edad, tardía para muchas cosas, ya que la felicidad es difícil, al menos la dignidad hay que blandirla. Si yo hubiera de comenzar una revolución, prendería la chispa en agosto.

Y, contra todo pronóstico, Pasenow o el romanticismo:





Como todos ustedes saben, esta obra es una de las tres que conforman la Trilogía de Los sonámbulos, de Hermann Broch, que además era coetáneo de Robert Musil. Les contaré algo personal: conocí esta obra a raíz de un ensayo de Milan Kundera. Si no me equivoco, era en El arte de la novela. En este ensayo, Kundera no ahorraba elogios para Los sonámbulos, además de someterla a un amplio e interesante análisis de la obra. Así que decidí, no demasiado impulsivamente, leerla yo mismo. Y tuvo que ser en agosto, unos veinte años después.

Por decirlo suavemente, esta novela debería avergonzar a la mayoría de los autores cuya obra he reseñado en este blog. Tampoco es que sea demasiado difícil. No es la vívida presentación de los personajes, el ritmo de la obra, la brillantez y el ingenio de la prosa, la justeza de los diálogos... No, no es solo eso, sino también la capacidad de Broch, sobre la base de todo lo anterior, de realizar una reflexión inteligente y elocuente sobre el ser humano, en este caso sobre la caducidad de los valores, la emergencia de otros nuevos y la irremediable sensación de pérdida que se experimenta por ello. Los personajes, además, no se limitan a ser arquetipos, sino que con sus propias acciones y pensamientos -esa es la maestría del autor- despliegan ante nosotros las distintas actitudes con las que se afronta el hundimiento de la autoridad tradicional y la fosilización de una cultura que se resiste a morir. El lector o lectora piensa con ellos y gracias a ellos. No tenemos la sensación, como ocurre con las novelas mediocres, de encontrarnos frente a meros nombres sobre el papel, simples excusas para la verborrea del autor/a de turno.

Resulta evidente que una novela que fue escrita entre, según leo, 1931 y 1932 (aunque la acción se sitúa en 1888), la discusión de la decadencia de los valores y de las tradiciones y su sustitución (aun a medias) era, por decirlo así, permanente: una industrialización que avanzaba a paso de gigante y un capitalismo rampante que coexistían con la agricultura terrateniente y aristocrática. Nuestra época no le queda a la zaga a la de entreguerras en cuanto al cuestionamiento de toda narrativa, incluso al cuestionamiento del cuestionamiento de toda narrativa, y en la que conviven ideologías y microculturas de lo más variado y opuesto, sin que ninguna logre asentarse en la supremacía. Salvo, quizá, la neoliberal, entendiendo por ella el individualismo neodarwinista que se basa en la competencia extrema, la asunción de la propia responsabilidad (y la ajena) en detrimento de la solidaridad y la aceptación de la desigualdad como elementos constitutivos del ser humano. Además, hoy más que nunca, surgen por doquier grupos que reivindican un tipo u otro de identidad. Es más, cualquier individuo puede adscribirse a múltiples identidades y doctrinas, ninguna completamente comprehensiva (aunque se pretenda). Hasta tal punto hemos llegado que las demandas clásicas de redistribución de la riqueza han quedado, si no anuladas del todo, si solapadas y opacadas por las del reconocimiento grupal. Es una discusión recurrente, al menos entre los intelectuales de izquierda, y que se trata de manera reiterada en uno de los últimos libros de no ficción que he leído: El gran retroceso. Asimismo, La trampa de la diversidad (obra que aún no he leído) ha agitado, digamos intelectualmente, el avispero ideológico de la izquierda patria (Alberto Garzón, entre otros, ha publicado una crítica). Ya veremos.


Por otro lado, y más allá de la moralidad de la obra, que se perfila por la contraposición de los caracteres de los personajes, la lectura es un goce por sí mismo. La narración está a cargo de un autor omnisciente que no duda, por otro lado, en mezclar sus propios juicios y opiniones con las descripciones, y que a veces se transforma en estilo indirecto libre. Y qué frases:


Y aunque el señor Von Pasenow no estaba en ese aspecto descontento de sí mismo, hay no obstante personas a las que les desagrada el aspecto de este anciano y que tampoco comprenden que haya existido una mujer que lo haya mirado con ojos anhelantes, que lo haya abrazado con deseo, y le atribuyen como mucho algunas criadas polacas de su hacienda, a las que se habrá podido acercar con esta agresividad algo histérica y sin embargo imperiosa que es a menudo propia de los hombres bajitos. Fuera esto cierto o no, era en cualquier caso la opinión de sus dos hijos, y se comprende que él no la haya compartido. La opinión de los hijos es, por otra parte, con frecuencia subjetiva, y sería fácil acusarlos de injusticia y parcialidad, pese a la sensación un poco desagradable que uno mismo experimentaba al ver al señor Von Pasenow, un raro desagrado que va todavía en aumento cuando el señor Von Pasenow ha pasado ya y uno lo sigue casualmente con la mirada. (Pág. 9)


También al atardecer piensa aún en Ruzena. Hay tardes primaverales cuyo crepúsculo se prolonga mucho más de lo que está prescrito por la astronomía. Entonces cae sobre la ciudad una humosa, delgada niebla y le da esa opacidad un tanto tensa de las tardes sin trabajo que preceden a los días festivos. Y es también como si la luz hubiera quedado prendida de tal modo en esta niebla opaca y luminosamente gris que persisten en ella hilos de claridad incluso cuando ya se ha tornado negra y aterciopelada. Y así este crepúsculo dura mucho tiempo, tanto tiempo que los dueños de los comercios se olvidan de cerrar las tiendas; se quedan charlando con las clientas ante las puertas, hasta que pasa el guardia y les recuerda sonriente que han rebasado la hora de cierre. (Pág. 29)


Elizabeth no lo sabía, pero rodeada de todos aquellos objetos bellos y muertos, que se amontonaban a su alrededor, rodeada de tantos hermosos cuadros, intuía sin embargo que los cuadros colgaban de las paredes como para reforzar los muros, y le parecía que todas las cosas muertas salvaguardaban algo muy vivo, algo que tal vez encubrían y protegían, algo a lo que ella misma estaba tan unida que a veces pensaba, al ver un cuadro nuevo, que se trataba de un hermano pequeño, de algo que buscaba protección y que los padres protegían, como si de ello dependiera su existencia en común: presentía el miedo que había detrás y que pretendía acallar lo cotidiano, el envejecer, a base de festejos, miedo que necesitaba convencerse continuamente -sorpresa siempre nueva- de que seguían vivos, de que habían nacido, de que estaban definitivamente unidos y su círculo para siempre cerrado. (Pág. 87)


La Trilogía de Los sonámbulos continúa con Esch o la anarquía y con Huguenau o el realismo, de las que daré cuenta en su momento. Bástenos por ahora con Joachim Pastenow y la divergencia entre lo que piensa y lo que hace, su apego a las costumbres, incluso al quebrantamiento de los convencionalismos (que tiene su propio convencionalismo), la necesidad de la previsibilidad del comportamiento humano y cómo intenta encajar en un esquema preestablecido lo que está bien y lo que no, lo que es y lo que debe ser. Una novela moral que, como toda buena novela, interroga con agudeza un mundo social y nos interroga a nosotros. Excelente.





domingo, 12 de agosto de 2018

'Abismo', de Leandro Pinto

Tras mi desastroso, por tedioso, encuentro con el penúltimo clásico de la literatura canaria, Los puercos de Circe, de Luis Alemany, decidí cambiar de género de un modo extremo. Así soy yo, un tarambana literario sin oficio ni beneficio. Lo cierto es que mis experiencias con esa literatura setentera canaria han sido paupérrimas, profundamente decepcionantes. Recordemos, si no, Malaquita o, en menor medida, Las espiritistas de Telde

¿Por qué en unos casos decidí escribir reseñas y en el último, no? Quizá porque en los dos primeros casos consideré que era necesario escribirlas, en ese momento concreto, y ya, no. Y la menguante paciencia, claro está, que es un factor que no hay que minimizar. A fin de cuentas, estoy muy a favor de desacralizar. Oigan, ¿por qué demonios hay que leer El Quijote todos los años públicamente en actos institucionales? ¿Por qué nos tiene que gustar? ¿Quién dicta el gusto? Imagínense, no es mucho imaginar, que ocurriera algo parecido, por iniciativa del Gobierno de Canarias o del Cabildo, con, por ejemplo, la Comedia del Recibimiento Y lo mismo con Benito Pérez Galdós. No sé qué pensaría este buen señor y prolífico novelista de que lo hubieran institucionalizado en su ciudad natal, de tal modo que casi parece un santo ante el que ofrecer exvotos. En vez de estudios galdosianos, parecen hagiografías galdosianas. Solo señalo que es muy posible que no todas sus novelas fueran magníficas. Tal vez solo unas cuantas. Que como dramaturgo no era sobresaliente. Ni siquiera Electra, por mucho escándalo y conmoción política que ocasionase en su tiempo. Que también es posible que si no hubiera tanta gente viviendo de Galdós para "perpetuar su legado" quizá se le leería de otro modo. Es posible que hasta más, porque, al menos en mi caso, no hay nada como que un autor reciba la bendición oficial para considerarlo sospechoso. 

Al menos, Galdós no es culpable: ya estaba bastante muerto cuando comenzó el proceso de momificación. En cambio, tenemos otros artistas que no esperan a morirse: ellos mismos negocian con las instituciones políticas todos los detalles del embalsamamiento, y mejor si reciben algún dinerillo público mientras tanto, cuando no una fundación y un castillo en La Isleta o la restauración de su propia casa en Agaete.

Luego está, merece una entrada aparte, el político cuyo nivel más alto de abstracción consiste en intuir el concepto de cohesión social, que a su modo se resume en que por apoyar a la luminaria local, por gracia de birlibirloque se unirá a la población sentimentalmente de algún modo u otro. No hay nada como la cohesión. Puede ser que el paro, la pobreza, la desigualdad la degradación de la escuela y sanidad públicas, la contaminación y otras menudencias hagan estragos en la población, pero nada como un equipo de fútbol o de baloncesto y un poco de cultura y festejos para que alejemos el espectro de la anomia social, para que todos hagamos piña, para que nos sintamos cohesionados. 

No pueden ser sino estúpidos o malvados. 

Pues con la literatura setentera canaria tengo la misma impresión que la de encontrarme ante una hornacina: aquellos jóvenes autores, merced a sus posiciones de poder y prestigio, tanto en la política oficial como en los medios de comunicación, no han dejado de tutelar la opinión pública literaria para ocupar aquella. Es posible, y solo digo posible, que su autopromoción mediante recursos que no estaban a disposición de otros menos afortunados o astutos haya sido la causa de que hoy en día sigamos hablando y escribiendo de ellos y de su obra. Es posible, y solo digo posible, que la producción novelesca canaria haya sido en general bastante mediocre, al menos la de estos autores, pues de la invisible no puedo hablar. ¿Quién lee hoy a Juan-Manuel García Ramos? ¿Quién, a Luis León Barreto? ¿Quién, a J.J. Armas Marcelo? ¿Quién, a Emilio González Déniz? ¿A quién importa lo que escriba Juan Cruz? Por citar unos cuantos, quizá los más preocupados por sí mismos. La pregunta no es solo si han dejado huella literaria, si abrieron el campo literario con su perspicaz observación, con su originalidad narrativa o con su insólito ángulo de visión, sino también si aportaron algo a la comprensión del ser humano, que parece que es lo más importante que puede aportar la literatura.

En fin, vayamos a lo nuestro:






En esta ocasión, tenemos Abismo, de Leandro Pinto. Se anuncia como una novela de horror o terror o algo parecido. Sin embargo, salvo un truculento, desagradable y pormenorizado relato de una relación de muy malos tratos, que bien podría considerarse terrorífica, nada parece sobrenaturalmente escalofriante al principio. Dado que la contraportada del libro comenta algo de "locura y horror absolutos", es legítimo que considerara que hasta el primer tercio del libro (que no es muy largo, unas 150 páginas) mis expectativas se estaban viendo frustradas.

Esta primera parte es, digamos, de corte realista. Dentro de los parámetros de todo simulacro de la vida, la protagonista piensa, come, bebe y habla como una persona normal que, en determinado momento, conoce a otro protagonista: un policía que la seduce y luego la viola, la folla y la apalea con variable intensidad y frecuencia. La protagonista se excita, según ella misma, por este tipo de ritual sexual. A continuación, tras el previsible suceso luctuoso, comienza lo macabro de verdad: hay muertos en proceso de descomposición que actúan como si estuvieran muy vivos en el manicomio a donde la envían. O parece que la envían. Después pasan cosas, todas muy desagradables, sin duda.

Sin embargo, Leandro Pinto tenía la intención de escribir una novela de terror, no simplemente una novela desagradable por los litros de sangre derramada o los kilos de carne putrefacta. Ese es el problema: miedo, miedo, lo que se dice miedo, no causa. Apunto una razón para ese fracaso: los hechos se narran no solo en su crudeza, sino, digamos, de frente, sin dejar espacio, resquicio siquiera, para la duda, para la inquietud ni la zozobra. El argumento en sí, aunque tampoco sea la cumbre de la originalidad, habría valido, pero quizá la ausencia de ambigüedad (y eso que el punto de vista de la narración, en primera persona, podría haber contribuido fácilmente a esa bifurcación entre, digamos, la realidad y el punto de vista del personaje) sea uno de los motivos. Con una construcción psicológica más fina, la narración podría haberse beneficiado de ella. Sin embargo, la protagonista no para de contar y contar con todo tipo de detalle lo que ocurre. Pasan cosas, luego otras, y así hasta el final. A veces, incluso, aburre, aunque la mayor parte del tiempo se lee sin demasiado esfuerzo.

Asimismo, en cuanto a la construcción del personaje principal, dado que la narradora, Cristina Villar, es una joven de lo más común, me pregunto cómo puede describir o comparar cosas de las que difícilmente tendría experiencia alguna. Al menos, que concuerde con lo que nos cuenta de ella. Por ejemplo:


Otra cosa era el olor: una peste viciada que hacía pensar en osarios seculares, en criptas abiertas a los ojos humanos tras un conjunto maléfico, en bóvedas mortuorias profanadas por la avidez necrófaga, en tumbas removidas con palas y picos, en ataúdes rotos que desprenden su pestilencia gaseosa en un espacio cerrado. Olía a cementerio y a crisantemos podridos. A coronas de flores carcomidas por la intemperie y el paso del tiempo. A pétalos resecos y crujientes. A mortajas humedecidas por los fluidos de la muerte. A cirios a medio derretir. (pág. 81)

Salvo que, repito, la protagonista se dedicara a algo así como profanadora de tumbas, fuera Bram Stoker o alguien parecido, es dudoso que hubiera podido escribir ese párrafo. Aquí, en cambio, un narrador en tercera persona, exterior al personaje, sí que hubiera podido escribirlo, sin extrañeza para el lector. Esta extrañeza provoca, claro está, un distanciamiento que tampoco contribuye al clima que se pretende crear.

Por otro lado, aunque el autor hace gala de un vocabulario amplio, a veces incurre en imprecisiones semánticas, como, por ejemplo, denominar "fechoría" a un crimen o asesinato, o "psíquico" por "psicológico". O considerar sinónimos "observar" y "contemplar", y más. También choca que denomine a un centro psiquiátrico "manicomio", pero en la misma frase utilice "centro penitenciario" en vez de cárcel, o que escriba "la típica lluvia de invierno", o el uso profuso de "cierto", que hace que llegue a odiar el adjetivo. También, cómo no, algunos latiguillos en la expresión tipo "la tragedia nos golpeó con dureza", "lobo con piel de cordero", "pozo de sufrimiento", "piernas como columnas dóricas" (¿por qué no jónicas o corintias, o románicas?), "estampido ensordecedor", "silencio sepulcral", etc. También el tópico encuentra su topos al describir el manicomio:


"Era una casa de tres plantas con altillo, amplia y antigua, de aspecto casi amenazador. Se erguía firme y orgullosa bajo la lluvia torrencial, como un castillo medieval en medio de una colina. Sus ventanas enrejadas parecían ojos amenazadores, con unos aleros de teja gruesa que semejaban unas cejas pobladas, de talante opresor. Era, en cualquier caso, una construcción señorial, una de esas casas que inspiran respeto por su aspecto de edificación encantada, y en cuyas habitaciones una imagina oscuras liturgias, ritos satánicos, suicidios sangrientos, infortunados accidentes mortales". (pág. 74) 

Aparte de esta descripción, que habremos leído y visto dos millones de veces, uno vuelve a sentir extrañeza por cómo Cristina Villar podría tener experiencia alguna de "oscuras liturgias" y de "ritos satánicos", como ya señalé antes. Finalmente, la conclusión moral al término de la novela tampoco me resulta convincente. Después de todos los avatares de la protagonista, el lector se queda huérfano de emociones, vacío de interpretaciones. Quizá es lo peor que se pueda decir, si uno aspira a que la literatura sea más que entretenimiento. Creo que no basta con sentir el impulso, las ganas o la pasión de escribir. Hay que responder también a la pregunta de para qué.

Como conclusión, me da la impresión de que el autor, de un modo u otro, quizá sin ni siquiera ser consciente, rinde homenaje a la literatura (y cinematografía) de terror que le precede, pero sin ser capaz de añadir nada nuevo: una trama o una perspectiva original que fuera capaz de tocar esos resortes de la mente humana capaces de sumirnos en el miedo o, ya que hablamos de literatura, de gozar en el miedo. Su ritmo narrativo se mantiene firme y no desfallece, lo que está bien, pero sin duda no es suficiente. Tiene ante sí un proceso de depuración estilística que no debería demorar y un afinamiento en el punto de vista narrativo que también considero urgente si es que quiere que sus historias adquieran mayor solidez y también mayor sutileza. Energía no le falta, desde luego.












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miércoles, 1 de agosto de 2018

'Cuentos escogidos', de Shirley Jackson

El redescubrimiento de la ignorada autora X, el lanzamiento de una renovada traducción de Y, o la nueva edición de las obras completas del poeta Z, muerto prematuramente, que aparecen como fenómenos literarios de primer nivel, podrían no ser más que, o también, el modo de volvernos a vender el mismo producto. Algo muy típico, por cierto, en esta era capitalista de mercados saturados. Es la función que en otras áreas, como la de los productos tecnológicos, cumple la obsolescencia programada o, en general, el recambio por el mero desgaste. Como en los libros la primera no se cumple y la segunda tarda demasiado (incluso en los de bolsillo), no hay mejor estrategia que volver a vendernos aquel producto por el que sentimos predilección en su momento aunque haciéndolo pasar  sustancialmente mejorado o como otro diferente. El caso es vender, claro.

De manera análoga, cuando parte del público (lo suficiente para que se considere un éxito) ha mostrado su satisfacción por un producto determinado, el mercado suele engendrar sucedáneos con prontitud. También se crean modas para activar unas ventas estancadas. Así como en la música se fomentó desde los despachos de las discográficas el fenómeno de lo étnico, en la literatura hemos asistido a la eclosión de la novela histórica, o, cada cierto tiempo, al resurgir de la novela negra. O la intermitente aparición de clones de El Señor de los Anillos, el manoseado género postapocalíptico, especialmente si es zombi, o, en las últimas fechas, la biografía inventada de escritor/a más o menos atormentado/a. Cosas así. También, ya sea por estrategia consciente o por incapacidad para escribir otra cosa, un escritor o escritora que haya tenido éxito con un esquema narrativo o con un personaje carismático (por ejemplo, un detective mal hablado y cínico, o un policía que haya jugueteado con el suicidio con su arma reglamentaria, también cínico en lucha contra, digamos, un asesino en serie, o encargado de desbaratar una conjura político-sexual) tenderá a repetirla. Normalmente, ad nauseam. Las fórmulas del éxito, según parece. Luego se quejarán del encasillamiento.

Estas estrategias de marketing, estas campañas publicitarias, al copar el espacio público por su inserción en suplementos culturales o en la sección de Cultura con entrevistas al autor de turno en prensa, radio y televisión, unidas a la promoción en las redes sociales, son de una visibilidad omnipresente de la que es difícil, si no imposible, escapar. Casi habría que ser ciego y sordo. O dejar de interesarse por la Literatura. Otro día hablaremos de los booktubers, que vaya tela: a ninguno le gusta un libro, sino que es fan de él. Hardcore-fans, como decía una periodista en un rapto de emoción peloteril.

Lo cierto es que a causa probablemente de mis malas elecciones en Twitter, me llegaban casi a diario numerosas recomendaciones sobre esta escritora o sobre aquel autor provenientes de la editorial de turno (que no tiende, por lo general, a vituperar a sus escritores/as) o, peor aún, de supuestos lectores espontáneos (ya uno no sabe de qué son capaces de hacer algunos/as por un retweet). Mi reacción fue borrar casi todas las editoriales a las que seguía, pero, ya ven, dejé dos o tres: intuición, simpatía, yo qué sé. Por tanto, estas promociones perseguidoras se vieron reducidas al mínimo, pero no por completo. En una época baldía, sin títulos atractivos a priori, una escritora norteamericana muerta suscitó por fin mi curiosidad.

Así que:





Ha habido, con posterioridad a esta edición, otros intentos de la editorial por convertir a la autora en popular, animándose a recoger otros relatos y un par de novelas. De repente, o al menos a mí me lo parece, ha logrado convertir en "imprescindible", en "lectura obligada", y demás quincalla lingüística a una autora que, a decir verdad, no era muy conocida para el gran público español. Es decir, para el público de 3 novelas al año y todas concentradas en vacaciones. Ni para mí tampoco, confieso, y eso que leo algunas más. Pero quién está al día de todo.

Cargado solo de prejuicios y del nombre de un relato (el más popular) que me recordaba a otro de ciencia ficción con el que no está emparentado en absoluto, inicié la lectura. Tras superar unos cuantos adverbios terminados en -mente (aversión que padezco desde que adquirí cierta conciencia lingüística) en las dos primeras páginas, pronto quedé convencido. Los escasos cuentos escogidos que recogen estos Cuentos escogidos están atravesados todos por un sesgo siniestro latente en la normalidad, un átomo de singularidad que acaba contagiando a la narración y finalmente recubriéndola por completo. Como si de repente estuviéramos en otra dimensión, como si el plano de la cotidianidad se hubiese deslizado, sumergiéndose, en una niebla crepuscular. En lo que se refiere al estilo, tanto el ritmo de la narración, a base de frases sencillas sin gran ropaje adjetival, pero de gran densidad simbólica, a cargo de un narrador en tercera persona, como los diálogos funcionan en ajustada sintonía con ese desencajamiento ambiental en el que se van hundiendo los protagonistas. Sean conscientes de que estoy evitando con todas mis fuerzas escribir "kafkiano" o "surrealista".

Son un total de siete cuentos, cada uno de los cuales es más interesante e inquietante que el anterior, dotados de agilidad, tensión y, finalmente, conmoción. Historias que demuestran que la mano que las escribió dominaba el género, que sabe narrar a base de detalles. Economía lingüística, descripciones apropiadas, diálogos vivaces y significativos, personajes bien marcados (esos niños escalofriantes) y ausencia de solipsismo huero. Para mí, sobresaliente, lo que no desentona dentro de la tradición cuentística, también sobresaliente, de los Estados Unidos. Habría que ver qué tal son sus novelas.

No incluiré citas porque podrían arrebatar parte del interés a quien, animado por esta entrada, se animara a leer los breves relatos de esta magnífica escritora. Y habrá también que nombrar a la traductora, Paula Kuffer, que algo habrá tenido que ver en el placer lector.

A este respecto, el libro, una vez concluida la parte de los relatos, incluye una sección titulada Tres conferencias y un cuento, en la que la autora reflexiona sobre el arte/oficio de escribir y que le vendría muy bien a unos cuantos que solo saben hablar de sí mismos y de sus experiencias, como si escribir fuera transcribir, como si novelar fuera exponernos sin escrúpulos su doxa  o enumerarnos con desvergüenza sus gustos literario-musicales. Consejos claros y sencillos de Shirley Jackson que sonrojarían a más de un divo:


Ser escritor de ficción es de lo más agradable por varias razones: una de las más destacadas, por supuesto, es que puedes persuadir a la gente de que se trata de un trabajo de verdad, si tienes un aspecto lo bastante demacrado. (pág. 103)


La pura descripción de un hecho difícilmente puede considerarse ficción, pero el mismo incidente, después de desmontarlo con esmero, de haber examinado su estructura emocional y su equilibrio, y luego haberlo vuelto a ensamblar con cuidado del modo más efectivo, sesgado y pulido y sopesado, muy bien podría ser una historia. (pág. 104)


Sobra decir que nadie leerá una historia que no le interese. Sin embargo, muchos escritores lo olvidan. Escriben una historia que les interesa a ellos, olvidando que la inversión emocional concreta que supuso el acontecimiento no llegó hasta el lector porque, al redactar la historia, solo contaron lo que sucedió y no lo que sintieron. (pág. 107)


El único modo de convertir algo que sucedió realmente en algo que sucede en el papel es atacarlo desde el comienzo del mismo modo que un cachorro ataca un zapato viejo. Hay que sacudirlo, gruñirle, abalanzarse sobre ello desde distintos ángulos. (pág. 110)


No cabe duda de que las conversaciones son una de las partes más difíciles de una historia. No basta con hacer que tus personajes hablen como suele hablar la gente, porque esta suele hablar de un modo extremadamente aburrido. (pág. 155).

Hay material aquí para un cursillo de escritura creativa, pensarán los saqueadores del talento ajeno. Ignoro si Shirley Jackson asistió a alguno, pero si aparte de disfrutar, quieren aprender técnica literaria, tengo la impresión de que la lectura de estos cuentos y de estas conferencias les resultaran de lo más placentero y de lo más útil. Ese "enseñar deleitando" que hacía las delicias de los pensadores ilustrados del siglo XVIII. Yo quiero más.




P.D. Para ahorrarles trabajo, otras reseñas: aquí, aquí o aquí. O sobre la autora, aquí y aquí.


domingo, 22 de julio de 2018

'Naves en el cielo', de Luis Junco

Lo normal es que uno intente leer artículos de opinión bien informados en los diarios locales y, salvo excepciones (dos, quizá tres), se espante ante ese revoltillo de opiniones sin fundamento, prejuicios y sesgos de lo más pintoresco, afirmaciones tajantes sin comprobar y recuerdos senilizados de nulo valor y menor interés. Como si los medios compitieran por publicar al peor. También es cierto que la mayoría de ellos/as no cobran por esa tarea, sino que en un ejercicio de voluntarismo y quién sabe de qué insospechadas motivaciones lo hacen gratis. Como un regalo a sus lectores/as. Es posible que la gratuidad y la calidad del trabajo vayan hermanados. Yo adelanto esa hipótesis. Si tuvieran que pagar, ya se mirarían la calidad del perpetrador/a, dado que el prestigio les importa menos.

Por mi parte, no me importaría hacer una lista de los/as susodichos/as, pero como tendría que leérmelos con asiduidad, mejor lo dejamos así, con una crítica a la generalidad. Sin embargo, si algunos de estos/as columnistas cae por casualidad en este blog y en esta entrada, que sepa que me dirijo precisamente a él/ella.

Lo mismo podría decirse para otros medios locales, como la radio. Salvo una excepción que conozca, la mayoría de las opiniones y argumentos de opinadores/as locales que he oído no valen nada. El problema, aparte del servicio gratuito que he señalado, es que muchos lo hacen a diario. Como en el caso de los columnistas de periódico, es imposible tener una opinión fundada sobre muchos asuntos, en numerosas ocasiones, dispares. Uno puede tener una matriz de pensamiento, unos principios filosóficos, unas ideas básicas con las cuales puede hacer frente a numerosas asuntos vitales: brújula heurística con los que guiarse, pero de ahí a una reflexión seria y ponderada sobre una miríada de temas como hace un todólogo profesional queda mucho trecho, aparte de generosa desvergüenza.

Una posible refutación de todo lo dicho es que los opinadores de la tele sí cobran, aunque sea poco. Y son igualmente, en su mayoría, deplorables. Ya me señalan Vds. alguna excepción, por favor.

Ah, y por ser escritor no se tiene una mejor opinión sobre nada. Y por ser periodista, mucho menos.

La reseña de hoy es de:




Esta es la segunda reseña en la que repito autor. Tras la extraordinaria Tala, de Thomas Bernhard, el dudoso honor de la repetición recae en esta ocasión en Luis Junco (recuerden, si quieren, Entrelazamientos) con su Naves en el cielo.

Antes de leerla, si yo fuera de leer contraportadas, el argumento me desanimaría siempre: la huida de un pobre pastor de una isla canaria en 1947 de la Guardia Civil por no presentarse para cumplir el servicio militar. Solo me hubiera faltado un detective y un lenguaje supuestamente coloquial para haberme tirado por un barranco. 

SIN EMBARGO, Luis Junco consigue, con su escritura, claro está, que me ponga a leer y me quede; que el lápiz se me caiga de la mano y me pase la tarde leyendo. Esta historia, de argumento en principio mísero, consigue eso que los filólogos gustan mucho de escribir: que lo local se vuelva universal. Es decir, esta historia del pastor que en su huida carga a sus espaldas a la madre ciega, y se acompaña de una cabra y de su perro se convierte en un peregrinaje a las oscuras simas del corazón humano. Más allá de la dicotomía bueno/malo, justo/injusto, los escondidos laberintos por los que discurre la existencia de unos y otros, incluyendo la de los guardias civiles que le persiguen, se despliegan ante nosotros por sus tortuosos pasadizos de un modo fascinante.

Y fue como si de improviso alguien lo hubiera atrapado bajo una campana de cristal que dejaba fuera el aire circundante, el canto de los pájaros, los habituales sonidos del mundo. Y dentro, en un silencio más vasto y extraño que el de la noche más callada, lo hubiera dejado a él, a solas con aquellos dos extraños seres también allí colocados con un claro propósito. (pág. 53)

Tres sombras risueñas y despreocupadas. Tres sombras con ese tipo de liviandad que no distingue entre la vida y la muerte. Recorrían los pagos de la zona a bordo de un Damlier negro modelo de 1935, con sus uniformes y banderoas, alardeando de una rudeza sin límites. Si durante días solo llegó el rumor de sus sombras moviéndose de acá para allá, una mañana aparecieron por el pueblo y buscaron al alcalde. (pág. 73)


De repente, nos encontramos en territorio pagano, lleno de misterio y de magia, en donde la Naturaleza es fuente de prodigios y apariciones. Con un dominio del lenguaje que es difícil encontrar por estos pagos, Luis Junco supera, a mi entender, su ya notable novela anterior. Está feo comparar a un escritor con otros, pero si digo que esa fantasmagoría me recuerda a García Márquez (aun siendo un tópico en sí mismo) y que con su prosa logra ciertos momentos de una intensidad épica a lo Cormac McCarthy, espero que se entienda el logro narrativo de este autor, con un lenguaje trufado de canarismos que se adecuan perfectamente a la historia. No solo se adecuan: no la imagino sin ellos, y ese es su éxito. 

A veces podía pasarse así más de una hora, literalmente abrazada a un ancho tronco que no abarcaba con los dos brazos. Lejos de considerarlo un desvarío, el muchacho respetaba aquella larga confidencia porque imaginaba que entre las arrugas de una y los surcos del otro se producía algo que no entendía, pero que era genuino, una cierta y emotiva comunicación. Se sentaba entonces contra el tronco de otro pino cercano y, armado de paciencia, se sumía en el silencio del bosque tan solo roto por los murmullos de su madre y el súbito canto con eco de unos pájaros que no conocía. (págs. 92-93)


Ignorante de que con su gesto repetía allí un viejo rito dedicado a dioses desconocidos y anteriores al mundo, a horcajadas del animal le alzó el hocico con la mano izquierda y con la derecha y un rápido movimiento del cuchillo le abrió la garganta. Una lenta lengua de sangre resbaló por el pecho de la víctima igualando el manchado pelaje. Tal vez entonces el muchacho sintió que era aquella una ofrenda propicia que conjuraba al menos por un tiempo al negro Tibicenas que los perseguía sin descanso. Quizás por eso y por los años de fidelidad acompañó con los brazos el pesado derrumbe del cuerpo hasta dejarlo con mimo sobre el suelo y se dejó empapar las dos manos con la sangre tibia del animal.(pág. 121)

Llegó a las proximidades de la gruta montado en la yegua, con la cogotera prendida al tricornio y el largo y ancho impermeable chorreando agua. Su silueta contra el extraño cielo amarillo era la de un sol negro o la de un enorme quiróptero hambriento y anheloso. Pero menospreció la sangre. Los cascos de la yegua eludieron el gran charco sanguinoso en el que el cuerpo de la cabra parecía estar hirviendo bajo el aguacero y él apenas torció el gesto para mirar el cadáver mientras pasaba sin detenerse. No tuvo fe y no impidió el conjuro. (pág. 137)

En el campo lunado y a unos metros a su izquierda, una de las tres mujeres estaba sentada en el suelo, enfrentada al otro gemelo, el que vestía de negro. Ambos jugaban echando los  dados. De vez en cuando miraban hacia donde él estaba y sonreían. En ese instante supo sin el menor género de dudas que el objeto de aquel juego no era otro sino  su propia vida. (pág. 157)

Pero no solo es eso: es también la historia de un poder ciego que es indiferente a las vicisitudes de las existencias particulares. Un poder que en aquella España, en aquellas Islas, se encarnaba en la figura del guardia civil y el máuser. Es también, como consecuencia, la historia de los proscritos.

Luis Junco, de cuya intensidad lingüística ya había dado esporádicas muestras en Entrelazamientos, consigue en Naves en el cielo mantenerla durante toda la novela. Lo mágico pagano y la fe católica tradicional se entremezclan contra un fondo de crueldad implacable, pero dulcificado por un sentido de la trascendencia cósmica que otorga esa perspectiva que va de lo más grande a lo más pequeño. Cada personaje es un micromundo propio, con sus grandezas y con sus miserias; incluso los apenas esbozados y recordados sorprenden por su fuerza. Además, los diálogos fluyen como nacidos del mismo río de la narración, tan adecuados como necesarios. El resultado final demuestra que en muchas ocasiones la trama es menos importante que la densidad lingüística y la imaginación que la puebla. En manos de otros/as, el resultado podría haber sido un sermón conmiserativo o una exaltación maniquea y folclórica. En cambio, aquí lo que tenemos es el retorno de la magia y del mito disfrazados como una anécdota trágica de la posguerra civil. Hemos salido ganando.
















jueves, 12 de julio de 2018

'Historias de amor y crueldad', de Eduardo González Ascanio

Las lectoras y lectores habituales de este blog están acostumbrados a que, en más ocasiones de lo que un manual de reseñas aconsejaría, exponga mis puntos de vista sobre cualquier asunto y relegue el análisis sesudo o el comentario impresionista sobre la obra en cuestión a un segundo plano.

Esto es así porque creo que nunca he escondido (al menos, no demasiado) una intención política junto a la estrictamente literaria. Recuerden que lo que me motivó a crear el Polillas no era tanto compartir mis impresiones sobre tal o cual novela, de las cuales podrían prescindir sin gran merma personal, como denunciar unos usos y costumbres en el mundillo literario que se habían impuesto casi como por naturaleza.

Pero no, no era tanto la naturaleza propia de las cosas sino, en unos casos, la promoción personal a destajo y, en otros, la ubicación privilegiada en un medio de comunicación y, como consecuencia, en el espacio público. A partir de ahí, y dada la indigencia numérica del mercado, muchos de los literatos/as locales consideraron que era mejor formar un frente literario, convirtiéndose en ocasiones auténticos guardianes del campo cultural. Este frente se transmutaba en la conocida operación reseñadora por la cual todas las obras escritas por unas y otros eran prodigios artísticos, lecturas imprescindibles o representaciones excelsas de la literatura canaria, cuando no magníficas potencialidades a punto de convertirse en acto irradiador cultural que impregnaría a todos los ciudadanos, por muy ignorantes que fueran. Era un trasunto del viva lo nuestro o qué bueno es vivir aquí, como esas campañas publicitarias que vuelven a endilgarle a uno por enésima vez el Roque Nublo, el Teide, las playas, las estrellas, las piscinas, muchas sonrisas y un camarero a tu servicio, y no cuentan, claro está, las listas de espera en la menguante Sanidad pública, el deterioro de la Educación pública, la precariedad de los camareros,  el paro, la pobreza, y la marginalidad, etc., etc. Lo mismo, en un ámbito mucho menos importante, ha ocurrido con la Literatura. Mistificación y fetichismo, que diría Marx, y no se me asusten tan pronto.

Escritores/as de calidad más que discutible saltan una y otra vez a los medios de comunicación locales ensalzados como talentos descomunales, que si no han adquirido fama mundial o nacional -se nos dice- es por la posición excéntrica del archipiélago, su lejanía de los polos urbanos culturales, el complejo de inferioridad del colonizado, la envidia de los escritores de más renombre que sí han saltado a Madrid/Barcelona o la ceguera inverosímil de las editoriales más importantes, incapaces de reconocer el talento. No se puede dejar de señalar que, junto a estas medianías, otros/as autores/as han escrito una obra más seria y más estimable, pero son aún más periféricos por su resistencia o incapacidad de introducirse y medrar en esa vorágine de egolatría codiciosa, impotente y estéril. 

Claro está que todo artista, todo/a escritor/a puede albergar la legítima aspiración a profesionalizarse, es decir, a vivir de la venta de su obra, por lo que significa de concentración en su creatividad y por ser, en definitiva, más libre (aspiración no solo propia del artista, sino de la inmensa mayoría de las personas). Otra cosa es que considere que sea un derecho que la sociedad debe otorgarle, pues está por demostrar que su aportación al bien común sea más importante que la actividad de cualquier trabajador o ser humano en general. Digamos que es inconmensurable y que cualquier manifestación pública con la que pretenda elevarse por encima del común de la ciudadanía está destinada al fracaso. Donde medra esa ideología del arte como irradiación benéfica es, como puede esperarse, en las parrafadas pseudoculturales y pseudoaristocráticas, a nivel local, de García-Alcalde, o en los llamamientos resentidos a su propia elevación a los altares, de Chirino o de Dámaso, por citar algunos ejemplos. De ahí, de esa protesta y también, supongo, de demasiada lectura sobre el malditismo, las jeremiadas recurrentes respecto del desprecio de la sociedad a los artistas/literatos, de su ignorancia, de la pérdida de valores culturales, de aquello de que si la sociedad desprecia su cultura (representada por ellos) acaba por enriscarse, etc., como si antes, en esa época dorada de la que no se tiene constancia documental, se paseara a los escritores/artistas a lomos de elefantes en medio de multitudes enardecidas. 

Así pues, guerra a los suplementos culturales, a los columnistas ciclotímicos y también guerra (aunque no tenga que ver con este post) al columnista político generalmente ignorante que cuando se aburre nos cuenta su opinión sobre el fútbol.

Dicho lo cual, vamos a la reseña de:


Foto sacada por mí en situación y lugar subóptimos.

Historias de amor y crueldad es una colección de relatos que está francamente bien. Eso para empezar, aun cuando algunos rozan peligrosamente la frontera que va del relato al microrrelato, ese género tan postposmoderno que ha servido para que se propaguen ínfulas literarias de todo tipo, jaez y condición; otros, la mayoría, son literatura de verdad, no meras transcripciones yoístas, tan propias de veinteañeros y treintañeras conformistas la mayor parte del tiempo y antisistema los días de fiesta. Alba Sabina Pérez y Pablo Fajardo, por no hablar de Yolanda Delgado Batista, harían bien en leer estos cuentos y aprender, a pesar de que tengan algún relato nada desdeñable. Consejos gratis doy.

Ese singular relato que es La conversión de Múriel es uno de los destacados: la obsesión por un suceso que bien pudiera ser casual o producto de su imaginación provoca una transformación enfermiza en la protagonista. El final es lo bastante abierto como replantearnos todo lo leído desde un principio.


Se notó a sí misma odiando como nunca pensó que lo hiciera. A mitad de la noche, le tenía miedo a su odio. Y ya estaban aquí las arcadas. Intendó dormir un poco. El sueño frágil estuvo lleno de rostros, máscaras caprichosas de aqella voluntad que se escondía tras el portero automático: un curioso sereno, un compañero de trabajo, el fantasmón que hace años detenía su descapotable esperando infructuosamente a que ella aceptara subir... La colcha, las mantas, ovilladas a sus pies, cunado recuperaba el estado de vigilia, eran testigos de la excitación que la podía embargar. Al final, truculentos y curiosos, los fantas creados tan febrilmente eran ma´s soportable que aquella incógnita real, rodeada de una sórdida cercanía (...). (pág. 73)

Reconozco que otro relato, Los indiferentes, consiguió lo que mi detestado Antonio Muñoz Molina expresa tan bien en un artículo, por otro lado tan petardo, sobre Henry James: "He terminado de leer The Other House y me he quedado un rato con el libro en las manos, sin hacer nada, dejando que la novela cale en mí (...)". Eso no es fácil amigos, no tanto por mi subjetividad versátil sino porque hace falta tener talento y algo de oficio para arrancar de tan grosera materia, como lo que en principio solo parece un desorden psicólogico, conocimiento sobre la condición humana. Un relato a ratos triste, a ratos espeluznante, que lo deja a uno frente a ese abismo al que solo se accede así, con la mirada perdida y los pensamientos, ausentes.



En realidad todo esto había empezado antes, una mañana después de aplicarme la loción sobre la cara y devolver a su sitio los útiles del afeitado; en lo que me giraba para alcanzar la toalla, en uno de tantos barridos involuntarios de la vista sobre mi propia imagen, me vi inmovilizado y atraído por el fulgor en mis ojos de otra inteligencia, más poderosa y penetrante que yo, que me vigilaba y escrutaba por entero. "Te conozco, te veo y estás en mis planes", parecía decirme. (pág. 107)


Como suele decirse de los relatos de las colecciones como la que nos ocupa, "no todos rayan al mismo nivel". No estoy yo muy a favor de que me cuenten la misma historia ni espero que todas tengan el mismo alcance y profundidad. Mucho menos que la recepción sea la misma. Lo que sí valoro es la intención y la capacidad que se encarne en inconformismo: es mi particular idea de lo que hace valiosa la creación literaria, entre otras características, al menos eso. Y la ejecución, salvo alguna expresión que por las particularidades de mi propio idiolecto rechazo, es, en mi opinión, notable. 

Dicho esto, hay algo de los cuentos de González Ascanio que me molesta con frecuencia: su prosa, que dista de ser barroca y que logra comunicar con eficacia, tiene el defecto de que se emborrona con términos y expresiones que no concuerdan bien con el tono general de la narración. Puede ser ese adverbio terminado en -mente, o ese palabra como "microclima", o esa expresión como "acabar entre rejas". Cosillas que van molestando, como si tuviera en mi cabeza un sismógrafo que me alertara de esas irregularidades tectónico-estilísticas.

Además, en algunos cuentos ultracortos, me asalta la duda no solo de que no sea esa extensión lo que necesite el relato, sino de algo peor, como la pereza o la inconsistencia, o como el estímulo fulgurante que pronto se agota cuando se transcribe. Cierta incompletitud que, a veces, me resulta frustrante y, otras veces, decepcionante.

Resulta evidente que para escribir bien, hay que leer bien. Y ese leer bien comporta no solo cierto orden mental y predisposición al aprendizaje sino también saber escoger buenas lecturas. Historias de amor y  crueldad ejemplifica cómo un autor marginal (en cuanto a su popularidad) aúna la técnica y la originalidad en el enfoque, a pesar de los defectos señalados, para escribir historias que inquietan y amenazan, que empujan al lector/a fuera de la convención, de la frase hecha y de la historia habitual, incluso fuera de lo que se puede esperar de una historia corta con final sorprendente, ese típico golpe de efecto final que se supone que le tiene que impactar a uno. Como si fuera así de sencillo.

Esto vuelve a traernos al asunto ese de la promoción personal, de la presencia en la esfera pública vía relación privilegiada con los medios de comunicación y el otorgamiento de premios literarios institucionales, cuya utilidad y justificación están por demostrar. Eduardo González Ascanio merece un respeto literario por este conjunto de cuentos (que según se lee son recopilación de publicaciones en blogs, revistas y donde aquí te pillo aquí te mato). Se lo merece mucho más que otros más populares que nos atormentan día sí y día también en los medios. Lo digo incluso en contra de su opinión, en la que ensalza a escritores que no están a su altura. Ni mucho menos. 








lunes, 2 de julio de 2018

'Al fondo hay ruido', de Pablo Fajardo

Voy a compartir con Vds. una impresión que se ha ido solidificando como certeza desde hace un tiempo, sólo puesta en duda por determinadas, escasas, lecturas. Una certeza que, imagino, no habré sido el primero en alcanzar, sobre todo en esta época de "industria cultural" y de "cultura de masas" y desde aquellas vanguardias del siglo pasado y posteriormente del posmodernismo. De todos modos, no se preocupen, que este post no reivindica el elitismo vargasllosista de la cultura ni de la enésima muerte de la novela. De lo que vengo a hablar no es de otra cosa que del agotamiento del lenguaje. Una hartura hofmannsthalsiana, pero en sentido inverso.

No me refiero a las variedades de neolengua de regímenes traslúcidamente dictatoriales o de los democráticos más impostados, no hablo aquí de lo que se ha venido en llamar "posverdad", que es más o menos lo de siempre: engaños y mistificaciones, fetichismos y manipulaciones. Pretendo ceñirme al ámbito literario, más específicamente al género novelesco. Cierto es que todo permea y al final todo lo recoge la literatura, pues los/as escritoras/es viven situadas en el espacio y el tiempo, y sus cabezas recogen desde la inteligentísima y costosísima campaña del departamento de marketing de Apple en TV y en las redes sociales hasta la publicidad en la camiseta de Mecánicos Pérez; desde la última soflama del líder (?) de Vox hasta la estudiadísima puesta en escena del ahora presidente del Gobierno, por ejemplo. La literatura es la letrina donde va a parar todo lo que excretamos. El talento del escritor radica, entre otros elementos, en que crezcan verduras y hortalizas de tanto excremento social. Si es que no podemos escapar de las metáforas...

Sin embargo, y aquí volvemos a esta impresión mía vuelta certeza, no puedo dejar de percibir (no deja de molestarme) la constante, la ubicua, presencia de frases hechas, de párrafos hechos, de escenas hechas, incluso de cuentos, de novelas enteras hechas, productos previsibles de principio a fin: trama, diálogos, personajes, estructura. No es mera copia, no, pues siempre podríamos recurrir al talento, a la originalidad, o incluso al palimpsesto o al collage más o menos ingenioso o lúcido, en fin, a cualquier cosa que lo mejorara. No es mera copia, insisto. Ni siquiera, aunque abunde, el problema se encuentra solo en la pereza mental, en el relajamiento egocéntrico, en la creencia en el relato de la genialidad hecha a medida o en la simple falta de capacidad. 

Creo que la crisis es más profunda, y tiene que ver con un pensamiento conformista, un pensamiento que considera al lenguaje como una herramienta innata, en fin, como algo dado, no como un generador de realidad, no como apertura al y del mundo. Un pensamiento, además, tan maleabilizado, tan machacado que logra no expresar nada salvo sumisión y mansedumbre, por mucho que vista ropajes de rebeldía más o menos oportunista, más o menos banal. Estamos vapuleados y no nos damos cuenta. De ahí la escritura fácil, de ahí la consideración de las palabras como simples piezas con las que se pretende erigir historias "que interesen", de ahí, también, los empalagosos "descubrimientos" líricos que encontramos en la prosa, de la verborrea, en definitiva. Es lógico, hasta diría que natural. Pero creo que el español que se escribe en España y en Canarias, sobre todo en Canarias, ganaría más si se esgrimiera como un cuchillo o se utilizara como una perforadora. Tengo la impresión de que, en realidad, no se escribe, sino que se fotocopia o se manda a imprimir; son las escritoras/es tan autoconscientes, tan obsesionados/as consigo mismos, que no hurgan, ni hieren, ni ofenden, ni rajan, ni rasgan, ni rompen, sino que se fotografían, se vanaglorian, se masturban y, en fin, se dejan llevar, acariciados/as por la brisa. Una actividad que es posible que en momentos idóneos los/as haga felices, pero a mí, concluyo, no me interesa. Parafraseando a Bourdieu, diría no que escriben, sino que les escriben.

Es más, diría que hay que mirar el mundo de otra manera e inventar palabras. No solo: también de plantar la mirada, hablando cinematográficamente, desde otro ángulo. También pienso: si se trata de inventar mundos, si se trata de aportar (lo que implica novedad), ¿por qué usamos palabras gastadas? ¿Por qué seguimos contando, además, las mismas historias, la misma manera de contar historias? No nos limitemos a jugar con las palabras, creyéndonos malabaristas del lenguaje, vayamos más allá y, como los niños exploradores, veamos que tienen dentro las palabras. Cojamos la realidad y estrujémosla. Lo que sea, menos este aburrimiento lingüístico, menos esta apatía vital.

Vamos a lo nuestro:






Este libro escrito por Pablo Fajardo cuenta con el dudoso honor de haber ganado un premio institucional (convocado y premiado por la Viceconsejería del Gobierno de Canarias), sin duda como respuesta al creciente clamor social por la falta de premios literarios en Canarias. Premio que está destinado a menores de 35 años, que es otra manera de calificar a la juventud y de identificar a esta con el concepto de potencial "autor emergente".

Además, este conjunto de relatos denominado Al fondo hay ruido comienza sobresaltándome por dos motivos: a) Lo prologa Alexis Ravelo. Esto, en sí, no tendría nada de malo (ni de bueno), si no fuera porque, como establece ese tipo de consensos no escritos en ningún lado pero que funcionan como leyes grabadas en piedra, está repleto de naderías y de buenas intenciones que nos podríamos haber ahorrado sin pérdida cognitiva ni añoranza emocional alguna; b) Después de una primera línea de diálogo, el párrafo siguiente comienza así: "Aquellas palabras suenan como música celestial". Siguiente frase: "Malena chasqueó los dedos y marcó el número del anuncio con determinación" (la cursiva es mía). Pues comenzamos bastante mal.

Si seguimos con las frases hechas, tenemos luego, en la página 17: "Es lo que me repito a mí mismo como un mantra mientras lucho por hacerme un hueco en el metro de las 7.25". Un poco más abajo, algo que no me atrevo aún a calificar de tópico, pero que tiene que ser uno de esos hallazgos lírico-pastoriles más que dudosos: "Merezco una justificación que me ayude a sobrellevar esta yincana emocional". Otro hallazgo de esos: "Un fuego abrasador me invade por dentro mientras una gota de sudor recorre mi frente como un funambulista".

También están los adjetivos en función adverbial que acompañan a los verbos dicendi en las únicas páginas de diálogo, como "afirma sombría" (pág. 18), "reacciona enojada" (pág. 18), "afirmo convencido" (pág. 19). Gracias por ahorrarnos el trabajo de deducir.

Todo lo anterior pertenece al primer relato, titulado La grieta, que es una historia  onírico-festiva con fragmentos de filosofía política de bar de la esquina y ramalazos de sumisión conyugal que creo que pretende ser chistoso. A mí, ideológicamente me parece una historia deplorable, y además sobrellevo mal los defectos de estilo que he señalado. También, la conclusión, o si se quiere, la enseñanza, es una tontería pseudorromántica.

La segunda historia, El último viaje, tiene algo más de gracia. Se permite un vuelo de la imaginación respecto de un conductor de guaguas que no es desdeñable, aunque Fajardo se empeñe en afear el relato con sus hallazgos poético-filosóficos, que imagino son consecuencia de quien se juzga a sí mismo con demasiada benevolencia. Podría haber dado bastante más de sí.

El tercer relato es La gran evasión, y va de sombras que huyen. Nada que señalar que sea positivo. El cuarto, Al otro lado de la luna, es una versión 2.0 de Un ramito de violetas. Como se dice, o debería decirse, en las guías turísticas de alguna ciudad: "Pase de largo sin detenerse". Por decir algo de estos dos relatos, la originalidad del contenido es nula, y el autor emergente incide en expresiones como "se propagó como un virus", "precisión cartesiana", "montaña rusa", "encajado como piezas de un Meccano"o "enganchado hasta las trancas". Vamos, para morirse.

El quinto se titula Solo una vez. Y que uno pueda leerlo sin nerviosismo ya dice algo. Sin embargo, se intuye el final y, bueno, comparándolo con los anteriores pues hasta parece aceptable aunque predecible. O predecible aunque aceptable, como prefieran.

El sexto es Éxodo: demasiadas páginas para algo tan nimio y soporífero. El séptimo es Amor en tecnicolor. La historia mejora los anteriores, pero no deja de ser un relato apresurado del envejecimiento del amor, sin nada nuevo que añadir. Aparte, una pregunta: ¿Les resulta el título tan espantoso como a mí?

Octavo: La espera. En mi opinión, el mejor relato de todos. A pesar de empeñarse en introducir, diría que de un modo exasperante, el humor para mostrar el papel sumiso del cónyuge masculino en las relaciones heterosexuales, Fajardo logra un relato que resuena. Un trastero como metáfora, sin profundidades de pacotilla ni melancolías cursis. Un relato que, aun así, comienza vacilante, pero que se robustece a medida que vamos leyendo.

Noveno y último: el cuento cuyo título da nombre a este conjunto de historias: Al fondo hay ruido. El segundo mejor relato. Este y el anterior justifican, al menos en parte, la compra del libro. Tiene momentos que trascienden, que justifican la historia, porque nos revelan algo de las personas, de nosotros mismos. Se realiza una indagación moral que aspira a comprender, más que a explicar. Muy bien los dos, salvo esos defectos pulibles como las frasecitas hechas a los que ya he aludido ("cabezas enterradas cual avestruces", (pág. 99), por ejemplo). Fajardo es mejor cuando no quiere ser gracioso o irónico, cuanto más desnuda es su escritura. 

Mi conclusión es que siendo en general bastante flojos los primeros relatos, al menos tengo la impresión de que el autor se empeña en ir más allá de sí mismo, intenta descentrarse: es decir, imagina la literatura como algo más que hablar de sí mismo, lo que, visto el material último que he reseñado, es algo destacable. Como si Fajardo hubiera jugado a escribir a ratos sus cosillas, a las que, sin duda, debería haberles prestado más tiempo y dedicación.

Las dos últimas historias, en cambio ya muestran a un escritor. En ciernes, si se quiere, pero tangible. En mi opinión, Fajardo debe asentarse sobre la base de estos dos relatos y a partir de ahí desarrollar su estilo y sus historias, si es que tiene la intención de continuar escribiendo literatura.






P.D. Por si les interesan las opiniones del joven autor, aquí tienen una entrevista amable.






sábado, 23 de junio de 2018

Siete lecturas no literarias

Para variar un poco el contenido de este blog, para dotarlo de cierta heterogeneidad, en fin, por aquello del pluralismo intelectual, voy a dedicar esta entrada a reseñar con brevedad, quizá más de la debida, algunas de las lecturas de no ficción más interesantes que han pasado por mis ojos estos últimos meses. Que no todo va a ser novela, por mucho Thomas Bernhard que me pongan delante, ni, mucho menos, por muchos cuentos del yo en sus diversas manifestaciones que se vendan como pináculos de la literatura. Además, la lectura canario-española  que he leído me está resultando en estos dos años, con demasiada frecuencia, algo peor que decepcionante, lo que me me motiva a buscar nuevos horizontes. A colación, les adelanto que estoy ahora con uno de esos clásicos canarios que me están resultando toda una lata. Que no se diga que no es por empeño...

En fin, la siguiente lista no está escrita en orden de importancia o de valoración, sino que es solo consecuencia de mi mente desordenada y de los estímulos que me suscita esta mesa caótica, en la que el portátil está rodeado de torres de libros y de papeles por todos los lados menos por uno. 

Allá van estos siete magníficos:


1) Ibex35, de Rubén Juste. 

Un libro muy podemita, dicen, porque lo recomendaba (o le gustaba o yo qué sé) Pablo Iglesias, el amante de los plebiscitos. Prejuicios o simpatías aparte, el libro traza la historia de las privatizaciones de las empresas públicas en nuestro país desde la época de Felipe González hasta la actualidad, la continuidad del poder  de los cuadros franquistas en varidos consejos de administración, amén de la inserción generacional de altos cargos del PSOE de Solchaga y compañía, primero, y de Aznar, después en las grandes empresas de nuestro país. Además, también forman parte del cuadro la alta burguesía catalana y la vasca, que han pintado mucho en nuestra plutocracia patria. Quizá, como decía un reseñador de El Mundo, no diga nada que no se supiera, pero leerlo en su despliegue histórico, asombra y desalienta al mismo tiempo. ¡En manos de quiénes hemos estado y seguimos estando!


2) Nueva ilustración radical, de Marina Garcés.


Un ensayo cortito (no llega a las 70 páginas), pero potente, en el que se diagnostica el estado enfermizo de nuestra época, dominada por un pensamiento que la autora califica de "póstumo", caracterizado por la inminencia del desastre ecológico, social y personal como consecuencia del abandono del proyecto de emancipación ilustrado. Marina Garcés propone retomar los valores de la Ilustración y radicalizarlos, lo que parece más sencillo decirlo que hacerlo. Sobre todo, eso lo digo yo, cuando la ensalzada clase media sigue teniendo como aspiraciones el consumo y el entretenimiento, las clases depauperadas bastante tienen con llegar a fin de mes, y como fondo social tenemos una industria del entretenimiento que aborta el pensamiento reivindicativo en su misma concepción justo en aquellos sectores sociales que más se beneficiarían de la protesta. 


3) La doctrina del shock, de Naomi Klein.


Es un libro ya con mucho recorrido, y muy citado en monografías de todo género y condición. No importa: es un trabajo periodístico impresionante en el que se relacionan de manera harto convincente el uso de la violencia militar y policial con la imposición del neoliberalismo en distintos países del globo. Los casos de Chile, Bolivia, China, Rusia, etc., ejemplifican la 'doctrina del shock', por la que se logra imponer medidas de liberalización económica (y el enriquecimiento súbito de una minoría cercana a los gobiernos de turno) a una población a la que se le ha conmocionado de un modo tan intenso (shock) que es incapaz de oponerse a aquellas. Uno se queda, literalmente asombrado y aturdido. Deje Vd. por favor esa novela insustancial y hágase con este libro para no seguir en la inopia.



4) Clase cultural. Arte y gentrificación, de Martha Rosler.


La imbricación del arte moderno con las diversas formas de capitalismo, la ubicación de las artistas en las ciudades y el fenómeno de la gentrificación, el papel del artista como avivador de conciencas y/o soporte de la ideología capitalista aun en su trabajo artístico de pretensiones críticas: Martha Rosler, artista feminista (por etiquetarla de algún modo) expone con convicción y erudición su visión del papel del arte y del artista: contradictorio, a la vez reivindicativo y conformista, en estos ensayos y conferencias.
Echo de menos, exigente que es uno, esa capacidad reflexiva y ese acervo teórico en nuestros artistas locales, y nacionales, salvo excepciones. Lo nuestro consiste más bien en hacerle la pelota a los periodistas y comer en reservados con los políticos para que destinen dinero público a castillos y fundaciones artísticasOtro nivel, amigas y amigos.


5) El pueblo sin atributos, de Wendy Brown.



Partiendo de Foucault, pero ejerciendo la crítica también respecto de él, especialmente El nacimiento de la biopolítica (libro básico, por cierto, para todos aquellos que quieran comprender la dirección que han tomado los gobiernos y las sociedades en los últimos 40 años), la autora analiza el fenómeno ideológico del neoliberalismo y su encarnación en políticas económicas y en la configuración de un nuevo sentido común en la sociedad. Hegemonía creciente a partir de los años 70 del siglo pasado hasta la actualidad, en una evolución cuya última actualización es la financiarización de la economía y en la conformación de un nuevo modelo ciudadano constituido en responsable de sí mismo pero sin los medios (para la mayoría) para ejercer esa responsabilidad; empresario de uno mismo, y por tanto sometido a la justicia del mercado, en ausencia de solidaridad.


6) The Athenian Democracy in the Age of Demosthenes, de Mogens Herman Hansen. 


Qué quieren que les diga: un clásico moderno (1991) de un danés especializado en la Atenas clásica y posclásica. La obra de Mogens Herman Hansen es fuente de citas en toda bibliografía académica que directa o tangencialmente tenga como referencia a la democracia ateniense. En este libro se relacionan y analizan todas y cada una de las instituciones de la Atenas democrática después de Pericles (sí, de ahí lo de Age of Demosthenes) y no se olvida, además, de realizar sus propias valoraciones sobre ellas y compararlas con las instituciones de las democracias de nuestra era. Se lo pongo en inglés sencillamente porque no está traducido (que yo sepa). Me cuesta mucho lo de poner eso de lectura obligada, pero creo que para todo aquel estudioso (o curioso) tanto de la Atenas de esa época como de la democracia en general podría aplicársele.


7) Democracia participativa epistémica, de Sebastián Linares.


Este es, probablemente, uno de los libros más importantes de filosofía política de los últimos tiempos en el ámbito hispano. Su materia es, como su título nos hace sospechar, la participación ciudadana y la mejora epistémica de las decisiones colectivas que se deriva de ella y sus inconvenientes. Linares defiende su propio modelo participativo frente a otras teorías de la democracia, como la deliberativa, y también frente a la epistocracia, o gobierno de los expertos, además de analizar otras posibilidades en la elección de cargos como la del sorteo. Asimismo, aborda en profundidad el voto como elemento constitutivo de la democracia, la aportación epistémica de la abstención y la posibilidad o no de la inclusión (para votar) de menores, adultos tutelados, expatriados y extranjeros entre otros asuntos del máximo interés.