jueves, 13 de mayo de 2021

'Cuentos de otoño', de Agustín Díaz Pacheco

A mí, esto de las votaciones populares para la mejor novela (negra, policiaca, histórica y qué sé yo más), me recuerda aquellos momentos de euforia democrática en los partidos políticos hace no tanto tiempo (sin embargo, parece que fue hace un siglo: la política en España ha envejecido tan mal...) cuando se suponía que la democracia se sobrepujaba, y más fuerte que nunca, si el militante, simpatizante o mero ciudadano/a que pasaba por ahí votaba por uno de los 40 programas que se presentaban y por cada uno de los integrantes del comité, consejo o lista electoral de otros tropecientos miembros. Al final, qué remedio, uno/a votaba primero al más conocido o conocida (es decir, al que salía más por la tele) y, en consecuencia, al programa que apoyaba. Después, seguía votando un poco al tuntún y que fuera lo que Dios quisiera. Eso, si no se estaba dentro de las redes militantes. Si uno era el candidato, movilizaba a amigos, familiares, simpatizantes y fans por lo civil o por lo social. Es decir, el resultado estaba asegurado, ya por razones de economía y esfuerzo, ya por sobreabundancia y saturación. En resumen: siempre ganaba Pablo Iglesias y su equipo (por no hablar de los esperpentos escenificados en los otros grandes partidos).

Con las novelas, es algo parecido, y discúlpenme el paralelismo. Si, digamos, 15 novelas optan a tal premio que se decide por voto popular, ¿cabe en alguna cabeza que todos los votantes hayan leído las 15 novelas? No, claro. Así que si uno es un lector-fan, votará a quien conozca personalmente, a quien conozca, aunque no sea personalmente, a aquel que le caiga bien o, en el mejor de los casos, al autor o autora cuya novela sí ha leído. A veces confundimos democratización con el número de votos, y nos olvidamos del debate, de los argumentos o del uso de la razón. Y así nos va, con Ana Rosa como lideresa de opinión. 

Este fenómeno de concurso literario por voto popular, también lo he visto en otras áreas como en cortos cinematográficos, pintura, etc. Al final, la impresión que uno obtiene de todo esto es que los organizadores o cuentan con escasos recursos para promocionarlo o son unos vagos, y apelan a la red amical, familiar o de fans de los/as escritores/as (o artistas, en general) para hacerse publicidad gratis. Entonces, ganará quien haya sido capaz de dar más el coñazo, lo cual parece que no tiene mucho que ver con criterios artísticos, literarios, etc.

Sirva como contraejemplo la Atenas clásica, donde cada tribu de las diez que componían la polis elegía por sorteo a un miembro del jurado que se encargaría de ver todas las tragedias (o comedias, en otra festividad). Así, este panel de diez miembros, ciudadanos normales (no era preciso que demostraran ningún conocimiento específico), elegirían la obra ganadora. Esto, parece evidente, dificultaba de manera considerable la movilización de afectos o de favores que pudiera influir en la decisión final. Ya Aristóteles escribió: 


Pues los muchos, cada uno de los cuales es en sí un hombre mediocre, pueden sin embargo, al reunirse, ser mejores que aquéllos; no individualmente, sino en conjunto; igual que, por ejemplo, los banquetes colectivos son mejores que los costeados a expensas de uno solo; pues, al ser muchos, cada uno aporta una parte de virtud y de prudencia y, al juntarse, la masa se convierte en un solo hombre de muchos pies, de muchas manos y con muchos sentidos; y lo mismo ocurre con los caracteres y la inteligencia. Ésa es la razón por la que la masa juzga mejor las obras musicales y las de los poetas; pues unos aprecian una parte, otros otra, y el conjunto, todos. 
(Aristóteles, Política)

 

Es en este sentido como debería interpretarse la democratización del arte, por mucho que le pese a Ortega y Gasset y a aquellos poetas laureados que aún a estas alturas imaginan una masa embrutecida desdeñosa de los placeres espirituales que solo algunos son capaces de apreciar. Menos mal que contamos con ellos como vanguardia del gusto.




Este volumen de cuentos, Cuentos de otoño, de Agustín Díaz Pacheco, lo valoro de manera desigual. Los dos primeros cuentos, Relieves del silencio y Retorno de las preguntas, y el cuarto, Cruel intemperie son, a mi entender, los mejores. Curiosamente, también los más largos.

 Por ejemplo, el primero, Relieves del silencio, está atravesado por una atmósfera singular, creada por esa densidad verbal que parece ser señal distintiva de Díaz Pacheco. Además, aprecio la destreza con la que entremezcla diversos planos temporales. La narración se corona con la figura del doppelgänger, que sorprende e inquieta simultáneamente. Advierto que no es de lectura fácil, como ninguno de los demás relatos, porque Díaz Pacheco gusta de la profusa encadenación de adjetivos, además de la inserción del diálogo y del pensamiento sin separación dentro del mismo párrafo. Es por ello por lo que no es posible, utilizando la terminología de Constantino Bértolo, hacer de ella una "lectura inocente" (1).  Al contrario: una lectura exigente, sin duda, lo que me parece muy bien.


Era el término, se imponía la altivez y el desdén, temores a los que deseaban poner en huida mediante cánticos y promesas, Nos disuaden con el presente, y Pedro, otra vez de nuevo lacrados los labios, recordaba. Hombres y mujeres se arremolinaban  y en ocasiones no dudaban en adoptar genuflexas posturas. Cerraban los ojos y movían los labios, mientras los dedos de las manos se juntaban unos con otros, ¿Para qué tanto esfuerzo, si imaginamos cómo será la condena?, y apostado en su silencio depositaba la mirada en el suelo. El transcurso del tiempo reclamaría ávidamente carne y los gusanos repetirían su interminable apetito. Diminutas fauces sin piedad. Quedaría, en todo caso, mover los labios, la ceremonia de la ofrenda, el gesto de colocar escogidas flores, y otra vez las musitaciones entre el enorme silencio de las Ciudades Dormidas. (Pág. 34)

 

El segundo, Retorno de las preguntas, incide en ese sumergirse del protagonista en sí mismo. Aunque parezca que viaja físicamente, en realidad el personaje realiza un periplo interior. Pacheco logra, con su exuberante despliegue verbal, teñir el cuento (casi paradójicamente) de un ambiente crepuscular en el que una conclusión definitiva se nos sugiere inminente, que se cierne sobre aquél como una tormenta a punto de reventar. Esa conclusión, sin embargo, se deja siempre fuera de los textos, lista para madurar en la mente del público lector. No es este autor, tampoco, amigo de la frase corta y del balón al pie.

Meditó en la infancia y se recreó en los sueños acunados por la ilusión, horizonte quedado atrás pero que regresa con el vaivén del recuerdo, siempre prendido de la memoria y que lo mismo sonríe que gruñe sin contemplaciones. Pero él estaba próximo a la satisfacción. Trataba de alcanzar determinada serenidad, por el hecho de volver a viajar. Dormir serenamente en su coy, y casi siempre recordando a su noble perra, vilmente asesinada por dos mal nacidos, levantarse y prestar denuedo en plegar y desplegar velas, hacer guardias de prima, de media y del alba, otear como un vigía bien situado en las cofas y también intuir soplos terrales, atreverse en caminar igual que un equilibrista sobre el palo de bauprés, participar en los zafarranchos de baldeo, tensar la musculatura para ayudar, junto a los demás marineros, a que el navío pudiera capear temporales, eludir el acecho de amenazantes icebergs, escondidos  en espesas nieblas, recibir vientos pamperos, orzar a babor o estribor para no ser atrapados por los sargazos, y después observar el horizonte cuando tras la borrasca se abonaba el tiempo que invitaba a degustar limones y limas para precaverse del escorbuto, sin olvido en elevar la mirada, contemplar el sol y preguntarse acerca de su dorada inmovilidad. (Pág. 61)


El tercero, Retorno de las preguntas, profundiza en la peculiar misantropía de los personajes de estos relatos, suscitada por una sociedad de allegados y familiares en los que se encarna el materialismo codicioso pequeñoburgués. A pesar de ello, el protagonista es constante en la devoción a su madre, Alba, a la que visita sin importarle el quebranto físico y la estrechez en sus recursos. En este, como en los dos relatos anteriores, no importa tanto la trama como el enfoque, ese estilo indirecto libre, que tanto nos describe desde fuera la escena como se funde con los pensamientos y sensaciones del personaje.


Coraje trocado en fiereza. Es más, se ha cerciorado de que algunos se han esforzado inútilmente para lograrlo. Pero desde niño estaba habituado a la soledad, a la cual ahora tenía que hacerle frente decididamente, con el máximo coraje, porque la soledad que han impuesto no es más que hostilidad. Lo habían educado para resistir, algo bien diferente es que él no deseara despojarse de una siempre necesaria sensibilidad. La estima del todo imprescindible, porque no podía como tampoco deseaba tomar tan equívoca decisión, volverse una bestia parda, un bruto, ya que siempre se puede conciliar la sensibilidad y la firmeza. Se consideraba un resistente, de ahí su consciente rebeldía. Al crecer había escogido dos lemas; el primero, endurecerse pero sin olvidar jamás la flexibilidad, como un bambú o un junco, y el segundo, una sentencia derivada del latín: Aunque los demás lo consientan, yo no. (Pág. 86)

 

Como contraste digno de lamento, hay que señalar que en los demás relatos, Díaz Pacheco no está a la misma altura, al agudizarse aquellos defectos que ya latían en los anteriores (pero que no llegaban al punto de distorsionar su valía), como una adjetivación a veces demasiado obvia, cayendo en el lugar común, alguna redundancia como "convivir juntos", o también con un empeño, digamos anglófilo, en situar un adverbio antes de un adjetivo antes de un nombre que, salvo en fórmulas protocolarias, se utiliza poco en nuestro idioma y resulta, que es lo que importa, artificial y pesado; o en algún cambio brusco del estilo, nítidamente marcado en el relato El burócrata perverso, donde tras un magnífico comienzo, el autor acaba desviándose hacia una soflama antifranquista amparada por un excurso histórico sin valor literario, en mi opinión.

EN TODO CASO, si nos atenemos a aquellos tres relatos, Agustín Díaz Pacheco, que no es en absoluto un desconocido en las letras isleñas aunque no se prodigue en los saraos mediáticos ni en el autobombo mendicante, se yergue como un autor extraordinario, gracias a su voluntad de estilo y a su reconcentrado esfuerzo (y éxito) en penetrar en el mundo interior de sus personajes, mónadas aisladas en un mundo hostil, refinado trasunto del nuestro.





(1) BÉRTOLO, Constantino. La cena de los notables. Cáceres: Periférica, 2008 (2021).


domingo, 25 de abril de 2021

Leña al mono

 

El crítico se siente fascinado por el presente y sólo habla en su nombre, su eco es lo único que le importa; no aspira a permanecer en la memoria de las generaciones venideras 

                                                                                     Marcel Reich-Ranicki


Algo tiene Tenerife, aparte de ser un marco incomparable, que cada vez que escribo una reseña de la obra de alguien radicado allí, las visitas al blog suben como la espuma. Como si todos estuvieran interconectados y lo que afectara a uno/a, afectara a todos/as, como en una especie de paraíso -o pesadilla- comunitarista. O, sin llegar tan lejos, que son -nature or nurture?- más curiosos/as, y les va más el morbo, también. ¡Ay, esa íntima y no confesada satisfacción que comporta contemplar el desollamiento ajeno! Cada isla es un mundo, y dentro de cada una de ellas, el mundillo artístico debe de ser peculiar, con identidad propia. No quiero imaginar cómo será el submundo literario, con su red de amigas/os, favores, antologías, volúmenes colectivos, premios literarios, subvenciones, genuflexiones y posiciones en decúbito prono

Resulta curioso constatar, por otro lado, pero relacionado con lo anterior, que las críticas más acerbas a las reseñas de este blog no suelen provenir casi nunca de los escritores cuya obra se ha analizado, salvo alguna llamativa excepción de prolijo contenido, sino de sus amigas/os, seguidores/as o hardcore fans. Lo habitual, por lo que ya ha dejado de sorprenderme, es que los autores/as acepten, incluso con cierta humildad, las objeciones que he dejado por escrito, que ya no mis encomios. En cambio, sus lectores parecen haber sido heridos en lo más íntimo, ultrajados, como si me hubiese marcado como propósito irles ofendiendo uno por uno en mi tiempo libre. Singular, como poco, este fenómeno.

Por supuesto, nada les obliga a los/as autores ni a sus fans a aceptar las críticas, ni mucho menos a estimar el modo en que las redacto. Eso es un asunto particular que no me compete. El blog sirve, ya lo he señalado en numerosas ocasiones, como manual para desavisados/as o como guía para despistados/as, en especial para aquellos/as lectores/as que acuden a los suplementos culturales o a las fajas de los libros como el/la creyente católico a la misa dominical. Y como tales guías o manuales, el público les hará el caso que le dé la gana. Al fin y al cabo, no es sino la opinión razonada de un lector que, además, compra los libros objeto de los artículos, para variar respecto de la costumbre reseñadora por estos pagos.

En este sentido, España, en general, y Canarias, en particular, es, ya lo saben, una orgía permanente de tráfico de elogios y de campañas de maravillosismo, donde cualquier cosa que se publica es imprescindible, fundamental y necesaria: una forma de eticidad cultural que lo anega todo, y que ni el mismo Hegel podría soportar.

Un lugar común, llamémosle queja, abundando en este asunto, suele ser la de tildar a las reseñas negativas de "injustas", "superficiales" o "insultantes". Si son positivas, en cambio, resulta curioso que nadie reclame que sean más justas, más profundas o que lamente su propensión al ditiramboen lo que, al fin y al cabo, no es nada más -ni nada menos- que un conjunto ordenado de impresiones de lectura, si bien argumentadas, y no un artículo académico. Intuyo que, en tal caso, se quejarían de lo pedantesco del análisis y de la pesadez del texto, cuando no de los aires que se da el reseñador. Al fin y al cabo, me temo, cuando el gusto de cualquiera se erige como supremo valor, si no único, ya se sea lector ocasional, ya poeta laureado, cualquier razón que se le oponga será descalificada por principio. A falta de contraargumentación, de crítica de la crítica, la actitud típica del supporter es negar toda razón, toda autoridad y todo crédito al que se manifiesta -en clara violación de las buenas maneras reseñadoras- contra su opinión.



Lo bueno de todo este asunto es que la irascibilidad despertada se revela como signo de una relación con la obra de los artistas que, por lo general, se daba por supuesta y era, por tanto, incuestionada. En el campo de la producción artística, la famosa frase "Si no tienes nada bueno que decir, cállate" se revela como un error trágico que no hace sino perpetuar la cadena de errores que ha llevado a crear esa obra insulsa y prolongar la desidia tanto del artista como del público, además de ser profundamente conservadora, pues se limita a sancionar lo que hay, sin posibilidad de enmienda razonada. Buena parte de culpa de toda esta situación recae en los medios de comunicación y sus periodistas culturales, que, en el mejor de los casos, se limitan a reproducir aquella eticidad a la que aludía y, en el peor, son partes interesadas, de un modo u otro, en la difusión del elogio sin fundamento.

Otra parte, sin duda, habría que atribuírsela a ese subconjunto de los/las artistas que, bien situados en el mundillo, han prosperado tanto por su capital artístico como social, y que no desean, en buena lógica, que esas reglas tácitas de comportamiento se alteren en demasía, por cuanto pudieran repercutir en la seguridad de su posición dentro del campo literario. Finalmente, el público lector ha sido víctima de la ideología del genio, -figura a la que no se puede sino admirar- por un lado, y de la democratización del gusto, por otro, entendiendo por este concepto la creencia de lo que le gusta a uno es bueno, y lo que gusta a muchos es mejor aún, sin plantearse que el gusto está también socialmente mediado, y que uno aprende a que le gusten ciertas cosas o a que le gusten de determinada manera. O a decir que le gustan. No estamos libres de mediaciones, por mucho que el liberalismo haya impregnado nuestro pensamiento de la fantasía de la autarquía.

Creo que con esto he disparado al pianista, al apuntador y al mono del título.















lunes, 19 de abril de 2021

'Las estribaciones occidentales de Cydonia', de Sergio Barreto

Permítanme, estimado público lector, una introducción ad hominem, para variar y por mero jugueteo:

 Cuando veo una fotografía de Sergio Barreto, el autor de este libro de tan hermoso título, Las estribaciones occidentales de Cydonia, no puedo sino sentir que estoy ante la presencia de un artista CON MAYÚSCULAS, al menos como nuestro imaginario lo representa: incómodo con la vestimenta (la que sea), desgreñado, con anteojos, delgado hasta parecer escuálido, pero con ese brillo en los ojos, tal vez chispa divina de Eros, de la que parece deducirse un universo creativo, un torrente nilótico de inspiración, una aprehensión de ese instante en el que el artista se funde con instancias superiores intelectivas y creativas de todo tipo, género y condición.

Además, es poeta, y su figura nos trae a colación, de inmediato, a Baudelaire, a Verlaine, a Rimbaud, a Panero, a Bukowski... A todo ese malditismo al que, al menos por su estética, debería ingresar de inmediato. No obstante, el malditismo se queda ahí, pues Barreto es un literato apreciado en el mundillo artístico local, además de ganador, entre otros, de un premio tan arraigado y considerado en Tenerife como es el Benito Pérez Armas (novela Vs.), con su consiguiente recompensa económica. Muy atrás ha quedado, enterrado para siempre, aquel rechazo de la aprobación burguesa, cuando el reconocimiento deseado era el de los pares, tan malditos como él, embarcados en la misma odisea creativa. 

Sea como fuere, lo cierto es que, por otro lado, ya estamos hartos de novelistas que parecen empleados/as jubilados de la Caja de Ahorros o de otros/as que uno confundiría con el/la jefe de departamento de, digamos, la compañía municipal de aguas (si existiera); o de aquellos/as que se diría que acabaran de terminar de corregir exámenes de primaria y se dispusieran a sacar al chucho. Tampoco queremos más Cercas o más Vilas, medio humildes, medio soberbios. Ni siquiera, más Pérez-Revertes o Javier Marías, eternamente enfadados en su sillón de orejas, calzados con pantuflas. ¡Queremos genialidad, queremos mística, queremos levitaciones en distintas alturas y ángulos, queremos poses que nos eleven sobre la vil mundanidad!

En este sentido, Barreto se convierte en un fetiche útil, pues prorroga con su figura y su obra el mito (o la ilusión) del artista como genio solitario y multidisciplinar, que surge con el Romanticismo, y que a pesar de las sucesivas deconstrucciones y posteriores refutaciones, amenaza con no abandonarnos nunca, porque, idealismos aparte, es ideal para los departamentos de marketing de las empresas de la industria cultural. Es comprensible: un poeta maldito, un genio provocador, un transgresor (todo lo anterior debe también escribirse en femenino) resulta atractivo como mecanismo atractor y diferenciador para el potencial público consumidor de estos abalorios artísticos. Lo de menos es que, efectivamente, sea rebelde, provocador o transgresor de verdad. Si estos adjetivos pueden aplicarse o no a Sergio Barreto, lo ignoro, dicho sea de paso.

Eso, si el/la artista es importante. Para la inmensa mayoría de los/las que intentan hacerse un nombre en el campo artístico, la apariencia de genialidad o de distinción se construye a base de filtros de Instagram, ocurrencias tuiteras y fotos que te hace un amigo mirando al mar o bajo un árbol. Y todos los likes que se puedan, aunque se consigan mendigándolos. No olvidemos que estamos en la era de la autoexplotación y del háztelo tú mismo.

En fin, vayamos a los cuentos que componen este volumen.



Mi impresión general de los relatos aquí publicados, ya se lo adelanto, es, en general, buena. Como diría un amigo, al menos "tiene frases", como la que inaugura el primer relato: 


Mi oficio consiste en preservar la oscuridad.

 

Así, nada más comenzar, este conjunto de relatos ya tiene mucho ganado: un título evocador y una primera frase magnífica. Lo difícil, claro, es mantener el nivel. En este primer relato, La pata superior izquierda del reptil, no lo consigue, aunque no deja de ser aceptable. Le sobra un alarde de minuciosidad por aquí, un adjetivo por allá, un adverbio en -mente acullá... El caso es que la idea del relato, un guardián de la oscuridad atento a cualquier disrupción lumínica en la noche, aunque sugerente y original no fragua en un relato redondo. También, termina de manera un tanto impaciente. Pero es apreciable.

El segundo, que da título al volumen, Las estribaciones occidentales de Cydonia, me pareció estupendo. Me recuerda por su atmósfera a aquella novela suya, Vs., aunque más reconcentrada y firme. Quizá por ser un relato corto, no se pierde en las tonterías que critiqué entonces. Logra una acción ajustada, una atmósfera polvorienta que, aquí sí, puedo leer como metáfora de las almas, con un personaje duro e insondable, y otro, iluminado como un profeta, pero, como tal, rayano con la locura. Muy bien.

El tercero, La ruta de las montañas, el más largo de todos, se lee con interés. Quizá lo que puede criticársele es que la indulgencia consigo mismo del autor se traduce en cierto preciosismo verbal innecesario (combinado con alguna expresión tópica) y la habitual recaída en las referencias artísticas tipo "vean qué culto soy, que se trasluce en mi escritura". Esto amenaza con desprestigiar el relato, pero es un peligro que no termina de ser mortal. Me gustan sus personajes, sobre todo el de Alexandre von Waskërber, tan impertinente e impaciente. No obstante, aunque el final sorprende y redondea el relato, también puede acusársele de inverosímil en su inopinada resolución. Yo soy más bien partidario de votar a favor, pero ya verán Vds.


-Veo que le interesa mucho la historia de este país.

-No, no me interesa en absoluto. Esa es mi colección de señores de guerra.

-¿Y la cabeza de jabalí también pertenece a la colección?

-Eso a usted no le incumbe, caballero.

Se encontraba tendido boca arriba, con el albornoz alrededor del cuerpo, una sábana blanca encima y las botas de miliciano descubiertas. Miraba el techo. Eché un vistazo hacia arriba, pero allí sólo había una grieta y manchas de humedad. Al poco Waskërber se incorporó y habló con la sábana blanca entre las manos.

-Tenemos que preparar la ruta. (...)

 

El cuarto, El próximo personaje, me deja indiferente. Un relato que se queda en mero bosquejo de algo que quizá podría haber sido, pero que, sin duda, no es. No digo que Barreto fuera dominado en esta ocasión por la pereza, pero la alternativa es que fue demasiado estricto en su propósito de condensar la trama. Unas cuantas páginas más nos habrían sentado bien a todos, si es que sabía a dónde se dirigía.

Con un aire, en algunos momentos, a El perfume, de Patrick Süskind, Según Illiana no deja de ser un relato curioso, con momento onanista de la protagonista, una mujer que roza la sesentena, que pone en el foco las cuestiones de la sexualidad madura e insatisfecha y de la soledad. A mí me produce la impresión de un ejercicio de estilo estimable pero con el que tampoco sabía muy bien qué hacer.


El olor a incienso, vainilla y pan recién hecho se expande por la habitación, mueve las cortinas y escapa por las ventanas hasta invadir las pituitarias de vecinos y transeúntes que, hechizados, dejan lo que están haciendo, miran al aire y esponjan la nariz para exclamar: "Qué rico huele, por Dios! Ummm, ese olor abre el estómago de los muertos. ¿No te huele a la panadería de Tito Peppino?"

 

Ni se te ocurra pensar en Vicky me recuerda, a alguno de los cuentos de Cortázar. Carece, sin embargo, de la profundidad y rotundidad de estos porque a Barreto vuelve a urgirle la prisa. Acaso porque temiera que se apagara sin aviso la chispa original, no desarrolla un asunto que, bien mirado, acaso tampoco mereciera una novela, sino, tal vez, cuatro o cinco páginas más.

Por último, El diván asiático, retoma de manera tangencial el asunto del primer cuento, el peligro de la luz y la oscuridad. Aunque tiene fallos estilísticos como añadir el prefijo auto- a un verbo como "imponer" (cuando ya se dispone de los pronombres átonos), la prosa del autor logra el tono y ritmo adecuados. Es, con el segundo, el relato que más me ha convencido.


Por eso, no pienses en ella cuando llegues y abras la verja y te reciban las cuadras, los graneros, la casa de madera que levantó la familia Cosme hace dos siglos... Ni se te ocurra pensar cómo la encontramos derrumbada en aquella habitación de la casa, con el cuerpo grande, inmóvil en el albornoz rosa, y la mirada fija (...).

 

EN DEFINITIVA, no se le puede negar al autor un estilo propio, la creación de atmósferas particulares y la construcción de personajes con carácter singular. Son la marca de un escritor que, si eliminara esa complacencia consigo mismo que creo detectar y trabajara más los textos, podría crear una obra verdaderamente poderosa.

A este respecto, soy de la opinión que una editorial que sea merecedora de ese nombre no puede, sin más, recoger los textos de un autor, quizá corregir alguna errata, y mandarlos a imprimir. Editar no debería consistir solo en saber diseñar portadas y pagar a los empleados/as, sino en mantener un pulso con el escritor o escritora para pulir los textos o, en su caso, eliminarlos. 

En este sentido, Las estribaciones occidentales de Cydonia, que suponen un avance respecto de su novela laureada, habrían ganado si alguien hubiera mantenido una conversación, tal vez difícil, con el autor para que éste se hubiera sentido desafiado, e incitado a exigirse más. Todos habríamos salido beneficiados. En fin, un libro de relatos estimable.

















 



















lunes, 5 de abril de 2021

'Por los buenos tiempos', de David Keenan

Justo el lunes después de la semana santa de los cristianos escribo este artículo. Y de sangre, muerte y traición va el libro que paso a comentar: Por los buenos tiempos, de David Keenan, con la versión al español de Francisco González López. La novela es la narración ficticia de un preso del IRA activo en los años 70 y comienzos de los 80 en Irlanda del Norte. Es decir, la narración de los asesinatos, venganzas por los asesinatos, palizas, torturas y secuestros de un bando y otro a lo largo de aquellos años.

Por un lado, la novela, como casi todas aquellas que abordan asuntos similares, nos hace reflexionar sobre la pertinencia, efectividad y moralidad de emplear la violencia extrema contra un Estado al que se considera agresor, ilegítimo o injusto, o todas esas características a la vez. Claro que ese Estado se encarna en personas concretas, en funcionarios de la administración, en políticos, en policías, militares, etc., cuya vida se trunca de repente. Lo terrible no es solo esa violencia, sino que para hacerlo más terrible, sea cierto que ese Estado contra el que se dirigen los ataques sea efectivamente ilegítimo, invasor y violento. ¿Es posible ser pacifista en ese caso? ¿Es posible no ser violento? Y en este último caso, ¿esa violencia sirve? ¿Y hasta qué punto? ¿Es posible juzgar la moralidad de una acción sólo por sus resultados?

A veces, la diferencia entre ser denominado terrorista o no depende de que el adjetivado así haya obtenido éxito. Los israelíes que pusieron una bomba en el hotel Rey David durante el Mandato Británico en Palestina, con el resultado de 91 muertos. En 2006, el primer ministro de Israel y otros miembros del gobierno conmemoraron el atentado. O el Vietcong, en su momento; Nelson Mandela mismo, etc., etc. La guerra de independencia de la actual República de Irlanda difícilmente puede calificarse de guerra entre ejércitos regulares... ¿Cuándo se es terrorista y cuándo, guerrillero? Retrospectivamente, se les puede denominar "revolucionarios", pero en el momento eran, sin duda, "terroristas". Quien tiene el poder de definir el concepto y difundirlo, se asegura de que todo lo que se le oponga sea calificado de "radical", "extremista" o "terrorista". 

En sentido genérico, de manera tentativa, podría conceptualizarse como "terrorista" el que busca inspirar terror en la población, en la sociedad, o tenerla como blanco de los ataques con objetivos políticos. También, si los actos violentos se ejecutan dentro de una sociedad democrática, que lo que entendemos hoy consiste en una democracia representativa, es decir, con elecciones libres y periódicas mediante sufragio universal y dentro del marco de los derechos humanos recogidos en la Carta Universal. Así, las demandas de cualquier tipo deberían realizarse dentro de los cauces institucionales diseñados para tal fin. 

Vamos, un temazo (*) que permite minuciosas gradaciones para abordarlas desde la literatura. En España, además, sabemos algo al respecto.




Solo por eso, el libro vale la pena, aunque, claro, podemos estar de acuerdo en que no es un aspecto estrictamente literario. Por lo que respecta al lenguaje, aunque el narrador, al igual que el resto de sus compañeros de armas, se declara cuasi analfabeto, el texto no podría considerarse vulgar: el autor no puede evitar que se cuelen figuras y referencias que en absoluto podrían pertenecer a alguien iletrado o casi. No obstante, si el lenguaje caracteriza a un personaje, el del narrador, Sammy, en este caso cumple su cometido.

Además, el resto de los personajes están bien caracterizados, distintivos, con carne, tanto los masculinos como los femeninos, aunque salvo una excepción importante, estos últimos están menos delineados y son menos importantes para la trama. Podría decir también que retrata bien el ambiente de Belfast y de otros condados de aquella Irlanda, pero no tengo ni idea de cómo eran: eso sí, recuerdo leer sobre el IRA en los periódicos, y el Sinn Feinn, pero también leía sobre Bréznev y Andrópov, y tampoco soy un experto en primeros ministros soviéticos. Eso sí, que el ambiente de pubs, de música en vivo y de salvajismo urbano a la vista sí que se exprime y se muestra con vigor.


Atamos a Kathy a una silla en el centro de la habitación con una mordaza y una funda de almohada en la cabeza pero cada vez que la desatábamos para que se comiera el puto menú que le pedíamos del restaurante chino, ella nos tiraba la comida a la cara y nos daba patadas con esos tacones tan altos que tenía, así que le quitamos los tacones e intentamos darle de comer con una cuchara. Entonces nos escupe la comida a la cara. Y no veas todo lo que suelta la señora por la boquita. A Como le habría sacado los colores. Que se muera de hambre y a tomar por culo, nos dice Tommy. Cariño, esto no es un hotel, le dice. En cuanto le quitamos la mordaza empieza a poner a parir al IRA. Se supone que tenéis que cuidar de gente como yo, valiente panda de inútiles; no deja de gritar cosas así. Hasta me sentí mal y todo. ¿Qué sentido tiene torturar a uno de los vuestros? Pero Tommy le dice: Tu marido pidió dinero prestado a los Chicos, ¿no? Pues ahora que tenga la decencia de devolverlo. (Pág. 49)


No te imaginas cuánta sangre. Me puse a dar vueltas por la habitación como un artista, embadurnando todas las paredes de rojo chillón, como el colega ese que hace pinturas caóticas. No me preguntes por qué lo hice. Luego me senté y abrí esa botella de Bushmills que llevaba mi nombre. Los ángeles habían decidido. Y estaban de mi lado. Por ahora. 
Al día siguiente salió en todos los periódicos. Es raro de cojones cuando tú eres el único testigo de algo sobre lo que todo el mundo conjetura. Guardas en tus manos un gran secreto. Tienes el privilegio de estar entre bastidores y de ver cómo se crea la historia. Los putos engranajes, a la vista, girando. Y tienes que añadir tu propia distorsión, tu propia deformación arbitraria, y eso es lo más cerca que un hombre puede estar de ser Jesucristo en la Tierra. Porque tú eres la respuesta a la pregunta que está en boca de todos. Pero no te atreves a dar la cara. Porque sabes que te crucificarían por ello. (Pág. 89)


Y luego están los gilipollas que salen por la tele preguntándose cómo es posible que alguien pueda proteger a asesinos que matan y mutilan, cómo es posible que incluso los traten como a héroes en sus comunidades. Y todos, por supuesto, ponen la puta voz esa de "mira qué penita doy". Me gustaría decirles: Es algo elemental, queridos mentecatos, ¿habéis oído hablar alguna vez de la lealtad? ¿Sabéis lo que es la amistad? ¿No habéis tenido nunca una familia que protegeríais con vuestra vida? ¿No creéis que la valentía es algo digno de admiración? ¿Nunca habéis sentido la llamada de vuestra propia sangre? 

La cuestión es que todos lo sabemos. Todos lo entendemos perfectamente. Pero sólo cuando es de nuestro bando del que hablamos. Pues bien, yo soy del otro bando y estoy aquí para decirte que somos exactamente iguales. Bueno, iguales del todo, no; nosotros somos más valientes. (Pág. 130)


No obstante lo escrito, alrededor de la mitad de la novela mi interés comenzó a decaer. No sé si me saturó la acumulación de violencia o si el autor pretendió enriquecer al narrador con fantasías que intentaban describir la deriva psicológica que comenzaba a afectarle o que, simplemente, la historia comenzaba a dar vueltas sobre sí misma, encadenando anécdotas, hasta que en determinado momento encontró una salida que le permitió finalizarla de esa manera. En este sentido, la novela, en mi opinión, no desarrolla de manera óptima lo que parece que promete, una reflexión no solo sobre la violencia "terrorista" sino también sobre el determinismo social que condena a incontables personas a ser carne de cañón, a no tener más futuro que plata o plomo, a no tener jamás la menor posibilidad de llevar una vida normal, incluso en un país democrático y de Derecho. Y la opción de la violencia política, o meramente criminal como alternativa viable.

En esas circunstancias, reconducir políticamente escenarios de violencia enquistados durante décadas es harto difícil, pues el diálogo, la deliberación y el mismo lenguaje son posibilidades casi inimaginadas, si no despreciadas. Conseguirlo debería suscitar elogios infinitos.

Para terminar, pues, la potencia de los personajes no resulta suficiente para mantener firme el espinazo de una historia que si bien se deja leer, no desarrolla sus potencialidades. Al menos, las que yo hubiera deseado. En definitiva: gusta, pero no regocija.



P.D. Aquí, una reseña entusiasta, que parece sincera, o esta, también.

(*) Creo recordar que Albert Wellmer abordaba el terrorismo en la República Federal de Alemania de un modo bastante convincente en Finales de partida: la modernidad irreconciliable. Imagino que habrá una ingente literatura sociológica sobre el asunto

martes, 16 de marzo de 2021

'Desde la línea', de Joseph Ponthus

Después de aquella polémica por la premio Nobel de Literatura cuyo agente la cambió de editorial española (Pre-textos)porque, según parece, esta no pagaba a tiempo, ahora ha surgido otra, también con una mujer como protagonista, por los requisitos que debía poseer su traductora a otros idiomas. En un caso me parece bien, en otro quizás posee matices que me impiden establecer una opinión terminante al respecto. En todo caso, no nos engañemos, no importa nada. A mí no me importa demasiado, y al mundo editorial y al mundo en general no le importa que a mí me importe o me deje de importar. El caso es que sin polémicas de este tipo, que antes permanecían sin conocimiento del público porque en definitiva no son sino relaciones contractuales entre autores y editoriales, los medios de comunicación tendrían menos material para rellenar sus programas y páginas, y sus sitios web. Lo cierto es que también estas polémicas suscitan interés (y tal vez, ventas, que es de lo que se trata) por esa materia tan aburrida que es para el profano la poesía y, ya que estamos, la literatura en general.

Dicho lo cual, echo de menos alguna trifulca en el mundillo literario local, para divertirnos un poco. El único que lo intenta de manera periódica soy yo, así que ya ven la repercusión que pueden tener mis impertinencias. Escaso éxito, sin duda. No sé, esa sensación de buen rollo entre novelistas, cuentistas y poetas, que sé que no es sino pura impostura, resulta tan empalagosa que dan ganas de quitar a golpe de BOC todas las subvenciones para animarlos/as a que salten a la arena y se quiten las sinecuras e invitaciones a festivales unos/as a otras/os. Se me hace difícil imaginarme tamaña carnicería.

En fin, ensoñaciones aparte, llevo un tiempo con la novela de un canario ya fallecido, que, por ahora, no está nada mal. Pero, no sé, a veces si la literatura no me maravilla un poco, una pizca de exotismo, si no me hace salir de mí mismo, de mi entorno, de mi cultura, de mi cotidianidad, me aburre. No mucho, quizá, pero resucita mi peor vicio, que es la pereza. Y así busco cualquier cosa para no leer la novela: hacer café y tostadas, comer, ir al baño, mirar aquella palabra en Internet que de repente me resulta urgentísima, poner la tele, apagar la tele, ya no tengo tiempo y me voy al trabajo, después vuelvo y como, la siesta, ese recado a las cinco de la tarde, por la noche ya estoy cansado y prefiero leer, no sé, cualquier otra cosa, etc. Ya se me pasará, pero para otra ocasión.

Así que, hoy, con Vds.:



En una primera impresión, fugaz momento, Desde la línea, de Joseph Ponthus, un francés recientemente muerto, podría excitar a la chiquillería influencer y cantautoril devenida en poeta en los últimos años. Han descubierto la piedra filosofal del verso, que no es sino escribir una frase en prosa, llevar el cursor hasta la mitad, más o menos, y darle al ENTER. ¡Plim, poesía! Poesía soy yo y lo que me salga por ahí. 

Digo esto porque la novela está escrita en frases muy cortas, a veces solo una palabra o dos, que se asemejan, en mi opinión, sin serlo, a versos. Y sin signos de puntuación. Es una prosa, como consecuencia, fragmentada, pero quizá por lo mismo, vertiginosa y muy fácil de leer, en primera instancia. Según señaló el mismo autor, quería plasmar el ritmo vertiginoso de la línea, de la cadena de producción de las fábricas alimentarias en las que trabajó. Además, ofrece un vocabulario salpicado de vulgarismos, pero en cuyo interior se insertan multitud de citas y referencias musicales y literarias tanto cultas como populares, de manera natural, no como los arranques de pedantería en las novelas de los que tenemos por escritores/as en estas ínsulas baratarias. Baste decir esto para no confundir a nuestro autor con los/as poetas recién horneados por la industria. 

Es, como Ponthus menciona en el texto, literatura obrera, de la que tantos ejemplos magníficos se han escrito (me saltan, ahora mismo, a la mente, Las uvas de la ira, de John Steinbeck, o La parcela de Dios, de Erskine Caldwell) y mil más, que sin duda tienen Vds. mejor bagaje de esta literatura que yo. Así que a los que apenas hemos rozado una fábrica, ese relato embrutecedor y alienante, unido a la temporalización del trabajo asalariado y su precarización, ofrece un panorama desolador, inquietante y deprimente, por decir algo de estas sociedades del bienestar en que vivimos. Imagínense el trabajo proletario en las sociedades de los países que no son del bienestar. Puede que no haya palabras aunque haya imágenes y documentales y películas.


Entre varias toneladas de sables granaderos y abadejos

Hoy he descargado trescientos cincuenta kilos de quimeras

Ignoraba hasta esta mañana que existiera un pescado con

ese nombre


Mis quimeras llegaron después de la pausa

Curioso pez con dos hermosas aletas en la parte baja

del vientre que podrían semejar alas

Quizá de ahí provenga el nombre

O no


Ha bastado para alegrarme la mañana

Decirme que había descargado quimeras


Es 31 y por la tarde me paso por la ETT para recoger mi

anticipo porque nos pagan reglamentariamente el 11

del mes siguiente

El anticipo asciende como máximo al setenta y cinco por ciento del tiempo trabajado

Los de recursos humanos de la fábrica no han validado

aún las horas de mi última semana de trabajo

O sea que cobro el cincuenta por ciento de lo que me 

corresponde


Una quimera más (Pág. 29)

 


Hay que leer el Diario de un obrero de Thierry Metz

Es una obra maestra

Publicada en la colección L'Arpenteur de Gallimard

en los años noventa

El libro

Me lo recomendó Isabelle Bertin por Facebook

Lo encargué inmediatamente como cualquier libro obrero

que encuentro ahora mismo 

Lo recibí ese mismo día

Un bofetón (Pág. 67)


Vuelvo

Empujo reses

Sudo como un cerdo

Tanto que el efecto del antiinflamatorio empieza a atenuarse

Dos horas más y luego picar billete

A casa

Una hora y media más

Lo que dura un partido de fútbol

Y mañana ya veremos

Una hora solamente

La cosa se pone interesante

Ya no empujo con los brazos con el cuerpo con la espalda

Es mi todo mi nada quien empuja

Sí para pasar el rato canto

Llega el final


Antes de salir

Me llego al supermercado del matadero a comprar carne

a bajo coste

Carne de caerse de espaldas de lo buena que está

De follarle el culo a la Santísima Virgen

Una falda un entrecot una entraña una babilla qué sé yo

que me comeré nada más volver a casa con unas patatitas

Es como si necesitara alimentarme de esta carne que 

empujo a diario (Pág. 139)


Eso se relaciona, les guste o no, con el fetichismo de la mercancía marxista: ignoramos el trabajo que hay detrás de cualquier producto que se ofrece en el mercado, desde un balón de fútbol a una caja de gambas. Casi creeríamos que se cultivan en los estantes de la tienda o del supermercado: magia. O, ya que estamos en este blog, el trabajo que hay detrás de un libro: la industria del papel (extremadamente contaminante), la de la tinta, los trabajos del editor, del revisor, del creativo de marketing, del periodista cultural, del autor/a. Si no, ¿cómo habría llegado este mismo libro a mis manos?

Escrito lo anterior, Desde la línea me parece un trabajo apreciable. Sobre todo a partir de la segunda parte del libro, me recuerda a De ganados y hombres, de Ana Paula Maia. A veces roza, que no cae, en la verborrea, con ese empeño en las enumeraciones y en la descripción sentimental, pero a mi juicio se contiene justo a tiempo. A esto se añade que soy muy amigo, llámenme travieso, de las transgresiones formales. Así pues, esta obra ¿es novela, poesía, poesía novelada, novela poética, chirimbolo o jorflainder? En este sentido, recuerdo, ahora mismo, la curiosa Conjunto vacío, de Verónica Gerber Bicecci. Por lo demás, por las razones ya mencionadas, el libro se lee fácil. Además, algunas referencias de la cultura francesa se explican en unas notas al final del libro, junto a un valioso texto de la traductora, Regina López Muñoz (ojalá siempre se acompañara una traducción de un pequeño dossier del traductor/a explicándola). Oigan, porque si un artista muestra su voluntad de desquiciar los tiempos, aunque sean los de la literatura, me interesa un poquito más, qué le voy a hacer.

EN DEFINITIVA, Desde la línea es una obra que no gustará a todos/as, ya por su estilo, su forma o su temática. Lo contrario, para quien sí. Muestra un lado de la existencia que a veces no queremos ver, que de manera egoísta pensábamos que no nos iba a tocar, pero a la que ahora cada vez más personas en movilidad social descendente se ven abocadas. La clase media siempre ha obviado, cuando no despreciado, a las clases bajas porque pensaba que el esfuerzo, el mérito y la educación, por una especie de justicia social o natural, tenía como consecuencia ineluctable vivir mejor, conllevaba progresar. Si alguien no salía de la pobreza o, peor, caía en ella, sin duda se debía a sus pocas ganas de trabajar, a una indolencia culpable. El sueño se ha truncado, aunque a esa racionalización de la pobreza y de las desigualdades (ese famoso "culpar a la víctima") sigue adherida a la visión del mundo de gran parte de nuestra sociedad. Importa poco: la creciente proletarización y precarización de gran parte de la clase media obligará a muchos/as a cuestionar ese relato que, como todos los hegemónicos, proviene de unas élites solo preocupadas por que la distribución del poder y de la riqueza siga en sus manos. 










martes, 9 de marzo de 2021

El blog, cuatro años después

   Al cabo de un período, como quiera que lo definamos o consideremos, por ejemplo, los cuatro años y pico de existencia de este blog, uno debe preguntarse qué ha hecho y replantearse por qué. No les oculto que, de manera periódica, he puesto en duda la continuidad, no digo la necesidad, del blog porque, en definitiva, su razón de ser ya se ha demostrado. ¿Es posible seguir escribiendo cuando la denuncia que motivaba dicha escritura ya se ha formulado una y otra vez? Si contestamos negativamente, es decir, si consideramos que repetirla es inoportuno por cuanto consideramos que los lectores ya están avisados, entonces cabe preguntarse por el sentido de un blog que nunca ha sido sólo de reseñas, sino, sobre todo, de crítica de la cultura.

Tomarse el blog como divertimento, como hobby, nunca ha sido una opción real que haya manejado este quien les escribe: la intención ha sido poner en cuestión una forma de ser y de actuar generalizada en los medios de comunicación e Internet. No obstante, también he tenido claro que influir de manera decisiva en la percepción general sobre el mundillo literario y cultural está, siempre lo ha estado, fuera del alcance de un blog de este tipo. Por otro lado, no podía dejar de escribirlo desde el momento en que se toma conciencia de la desfachatez que se exhibía -y se sigue exhibiendo- en todos los eslabones de la cadena de producción cultural en la que incluimos también a los políticos y mecenas privados de turno.

Así, insisto, este blog nunca ha sido, en realidad, mero espacio para hablar de lecturas favoritas, ni para aspirar a recibir el elogio del escritor o escritora famosos del momento. Ha sido más bien un lugar de crítica de la complacencia infundada en la literatura y del espejismo de la cohesión social atribuido a la cultura, porque no podemos dejar de considerar que engañar a las personas no está bien casi nunca, y estoy pensando en la política, y que ese escaso margen que deja el "casi" debe ser, con posterioridad, sometido a la rendición de cuentas más escrupulosa e implacable que pueda imaginarse. 

No, la literatura ni el arte progresan a base de halagar al artista, al editor, al galerista o, ya que nos ponemos serios, al público. Todo perfeccionamiento, todo refinamiento o avance, o si no queremos hablar en esos términos respecto de la creación artística, toda nueva forma de encarar los asuntos humanos y profundizar en ellos, no puede provenir sino mediante la crítica de lo existente y de lo heredado. El halago y el elogio son, por lo general, conservadores, pues si uno está satisfecho con lo que tiene, ¿para qué cambiarlo? De hecho, como ejemplo, hasta antes de la pandemia, los políticos de la derecha (y de parte de la izquierda) española no dejaban de considerar a la sanidad patria como "de las mejores del mundo", en su modelo mixto público-privado que significaba aumento de los beneficios de la sanidad privada a costa de la pública. Cuando se vio que no era así a raíz de la extensión del Covid19 y las decenas de miles de muertos, se ha comenzado a criticarla con profusión. Es solo entonces cuando comienzan a imaginarse posibilidades de mejora que antes eran invislumbrables.

Tampoco, no lo olvidemos, la literatura nos hace necesariamente mejores, entendiendo por mejores que seamos más virtuosos en algún sentido moral. La literatura puede hacernos ver, quizá, que somos capaces de ser más compasivos, pero, por qué no, también más malvados. Puede iluminarnos, pero, no es ninguna sorpresa, también corrompernos. La opinión generalizada es de otro signo, claro. Por ejemplo, en una reciente conversación, por decirlo así, en Twitter, el escritor Gonzalo Torné afirmaba: "La lectura mejora a las personas en un porcentaje altísimo. Esa es su función, madurarnos".

Imagínense, no lo habría sospechado nunca, que la lectura tenía una función concreta y que esa era, por qué íbamos a pensar otra cosa, "madurarnos", sin que su significado sea autoevidente. Por no hablar del verbo "mejorar". Cuando lo interpelé al respecto (*), salió a relucir el recurso del porque sí, con estas palabras: "es evidente e incuestionable que nos mejora". Eso yo lo entiendo como "A mí me gusta escribir, tengo cierto reconocimiento por eso que hago que me gusta, que es escribir, luego lo que hago es bueno para la humanidad". En otros campos de la acción humana, como en la música (o en el ajedrez, o el deporte, en general) ocurre lo mismo (recordemos, por ejemplo, a Ricardo Mutti y su defensa de la Cultura, sin ir más lejos, y, a la sazón, un artículo de Javier Moreno al respecto). Es posible que salgamos a la calle y nos encontremos con un numismático que nos asegure que el coleccionismo es una actividad harto recomendable para elevarnos sobre nuestra vulgar animalidad o que la cinegética desarrolla el amor por la naturaleza y los seres sintientes. En una ocasión asistí a una reunión multidisciplinar, poliédrica e isomórfica llamada Proa 2020, cuando era alcalde Juan José Cardona, en la que cada supuesto representante de una disciplina artística como la música, el cine, la danza, la cerámica, etc. consideraba que la suya era "imprescindible" para la formación integral del ser humano, que debía enseñarse en los colegios, y, sobre todo, que el Ayuntamiento (en este caso) debía subvencionarla. Una de las implicaciones, quizá no querida, era que todos los seres humanos éramos profundamente incompletos y bastante incultos, proclives a la inminente bestialización si no le poníamos remedio cantando, bailando y viendo películas a cargo del erario.

Son estos lugares comunes, estos tópicos irreflexivos, estos "porque yo lo valgo", a veces ingenuos, a veces hipócritas, cuya contestación no suele gozar de la misma popularidad ni muchos menos difusión, por lo que, en su momento, consideré que al menos un blog podía ejercer una suerte de contrapunto, aunque fuera simbólico, ya que no efectivo. 

En fin, toda esta reflexión viene a cuento de que, en ocasiones, a pesar de que lea mucho y variado, lo importante no es la reseña del libro X o reírnos de la última tontería de la reseñadora Y, sino, digamos, la crítica sociológica y política que dimana de toda la alharaca comercial e institucional respecto de la cultura, el arte y la literatura.



(*) Enlace a la conversación pública en Twitter:  https://twitter.com/gonzalotorne/status/1366461016113090563



jueves, 18 de febrero de 2021

'Memorias de un antisemita', de Gregor von Rezzori

 En ocasiones, un alma atribulada busca consuelo entre las páginas de una novela. Puede darse la feliz coincidencia de que encuentre el alivio y el solaz que anhelaba. A veces, incluso, obtiene algo parecido a conocimiento, que incorporará a su vida mundana aun de modo no absolutamente consciente. Es posible que los nombres que perduran en la historia de la literatura sean los de aquellas/os creadoras/es que insuflaron en su obra lo que necesitábamos. Repito: consuelo, alivio, motivación y explicación. Tal vez, la constancia de que otra alma semejante a la nuestra existía o existió, que no estamos, del todo, solos. No es poco.

Tampoco mucho, si la literatura (y el arte, en general) se conciben como mero refugio. Es entonces cuando su consuelo se troca en escapismo, y en pretendida esencia de la vida. La literatura no sustituye a esta sino que la utiliza como material, no lo olvidemos. Ni la hipostasiemos: no se lo merece. Por eso, repugnan tanto esos cantos a la lectura y a la cultura, esos empalagosos himnos a lo que de otro modo, como seres simbólicos que somos, no podemos dejar de hacer, subvencionados/patrocinados o no. Es emocionante, por escalofriante, cuando oímos a un políticos pronunciar su sarta de loas a la literatura/cultura: si quiere que miremos allí, ¿a qué allá no desea que miremos? Lo mismo, pero por otras razones, podemos colegir del banco X o de la aseguradora Y.

Además, a la literatura se va por propia elección. Me siguen suscitando curiosidad, mezclada con algo de asombro, los periódicos planes (del gobierno, cabildo o ayuntamiento que sea) de incentivación a la lectura. Sobre todo, porque no son campañas de alfabetización, sino que de manera literal pretenden que el que ya sepa leer lea lo que, por las razones que fuere, no le interesa. "¡Lea Vd. a Galdós, patán ignorante!" Ese paternalismo ridículo, de transformación social nula, inocuas sus consecuencias e irritantes sus métodos, es otra manera de utilizar lo que se entiende como cultura para caracterizar a las instituciones como benefactoras. Una capa de pintura barata con la que cubrir las vergüenzas y miserias de la acción política que, año tras año, generación tras generación, y sin distinción de ideología explicitada, sigue empeñada en conservar un statu quo que solo se entendería si hubiéramos conseguido una sociedad compuesta de ciudadanos/as plenamente libres e iguales, capaces de llevar una vida digna con el potencial para que sea lograda.

De sobra sabemos que no es así, y mientras que somos conscientes de las desigualdades lamentables al acceso a la educación, a la salud y al ejercicio de los derechos políticos, nos distraemos con las campañas publicitarias de las instituciones públicas y privadas: las primeras empeñadas en convencernos en que no podemos aspirar a nada mejor salvo peligro de caer en stasis, y las segundas, en que la libertad es elegir una serie de TV o en que te lleven una hamburguesa a casa. El arte, la cultura y los espectáculos deportivos son las armas elegidas de manera más visible para ejercer de disolvente del conflicto social. Desengáñense, y no miren siempre a donde se les indique.




Todos/as llevamos un antisemita dentro, en sentido general. Me explico: es posible que hoy en día el estigma del "judío" no sea importante en las sociedades occidentales (¿seguro?). Pero sí el del "moro", el del "inmigrante" o, vaya por Dios, el del "pobre" o el de la "gentuza". Siempre parece haber una parte de nuestros congéneres a los que íntimamente deseamos excluir, aunque preferiríamos que nos partieran un brazo a reconocerlo, sobre todo si nos consideramos de izquierda y votamos socialista. Necesitamos rechazar, tal vez odiar, como necesitamos que nos acepten, tal vez que nos quieran. Recordemos que los conceptos suelen necesitar del opuesto: somos ciudadanos frente a los no ciudadanos, como los turistas o los migrantes. Somos miembros de un club de tenis o de un grupo masón frente a los que no lo son y frente a los que nunca se les aceptaría, etc. Al menos antes de la II Guerra Mundial, en Europa, ser judío implicaba ser siempre la parte no aceptada, despreciada, sospechosa: la bestia sacrificable. Quizá como hasta no hace mucho, un gitano en España. O un negro (o como quieran que entienda eso un norteamericano, en las casi infinitas y sutiles gradaciones étnicas en las que se han enfrascado históricamente las culturas anglosajonas) en los Estados Unidos.

De esto nos escribe, entre otras cosas, Gregor von Rezzori, en Memorias de un antisemita (traducción de Juan Villoro). Su personaje, Arnulf, el narrador, que no es otro sino él mismo, resulta en muchas ocasiones despreciable o, al menos, nos avergüenza su comportamiento, por mucho -o quizás por eso- que su conducta nos resulte tan familiar, tan nuestra, entendiendo por ello, prejuiciosa, caprichosa y pretenciosa en numerosas ocasiones. Sin que ello suponga que carece de buen corazón, de un alma noble, si queremos ponernos cursis. Por otro lado, este mismo narrador puede tomarse como el trasunto de una Europa convulsa, espasmódica, capaz de lo mejor y de lo peor.

Aparte de sus prejuicios respecto de los judíos/as, Arnulf/Gregor solo parece tener otro asunto en la cabeza: las mujeres. En realidad, la novela puede dividirse en tantas partes como relaciones significativas mantiene con mujeres, todas judías, por supuesto. Es como si ese desprecio y prejuicio respecto de los/as judíos/as se desarrollase a la par que la fascinación que siente por ellos/as. Sobre todo, por las mujeres judías, a las que disecciona con la precisión y el entusiasmo de un entomólogo con síndrome de abstinencia. 


Entonces ya se empezaba a generalizar la idea de que el trabajo no siempre es vergonzoso (algo que mi familia aún estaba lejos de entender). Esto dependía, por supuesto, del tipo de trabajo del que se hablara. El simple ingreso en el comercio era lamentable. Si uno vendía armas, artículos de cacería o complementos de equitación, se trataba de algo más o menos pasable. También la venta de alimentos suntuarios (vino, caviar o paté de ganso) al que se dedicaban tantos oficiales retirados podía, dadas las circunstancias, disculparse como una dolorosa necesidad impuesta por los nuevos tiempos y no significaba la pérdida de las amistades distinguidas. Pero todo lo que tuviera abiertamente que ver con el trabajo de tendero carecía de estimación social. Éste era el privilegio de los judío, y nadie deseaba disputarlo, en todo caso nadie que tuviera suficiente autoestima. Yo había sido educado para aparentar que no me sentía una persona especial y para tener, en secreto, una elevada opinión de mí mismo. En ningún momento se me hubiera ocurrido ponerme al nivel de los judíos. Y las mercancías que debía promocionar me colocaron justo en ese nivel. ¿Quién, si no un tendero judío, iba a vender jabón, pasta de dientes y champú? La conciencia de ser una especie de enlace comercial, e incluso de mandadero, al servicio de esos vendedores judíos era un navajazo a mi digno orgullo. (Págs. 105-106)

 

Pero sería falso decir que había pasado a una etapa de actividades vitales y definitivas. Al contrario, me dejaba arrastrar. El yeso en el cuello no era un impedimento serio. En el peor de los caos, me dificultaba anudarme los zapatos. No era esto lo que me impedía aprovechar el tiempo estudiando o haciendo alguna otra cosa inútil. Sin embargo, estaba convencido de que, después de un accidente que muy bien pudo costarme la vida, venía bien un poco de descanso. No tenía mayores apremios económicos; había ahorrado un poco de dinero para mis incumplidos planes abisinios y la vida en Bucarest era barata, sobre todo en la pensión Löwinger. No hacía nada y al mismo tiempo hacía mucho. Por ejemplo, acompañaba al señor Löwinger a los cafés, un poco por curiosidad y otro poco para matar el tiempo. Ahí era donde jugaba para mejorar sus ingresos. Los tipos y los episodios que vi en esos sitios me enseñaban más que los libros escolares. A veces también lo acompañaba a los pueblos cercanos, donde vendía sus plumas lacadas. Llevo en mí las imágenes de las calles polvorientas, bajo la luz naranja del atardecer, donde los bueyes regresan a sus establos como si nadaran en la brillante tolvanera; el aroma a resina de la madera recién cortada, las enormes pilas de leña frente al bosque oscuro; la cordillera de los Cárpatos que se alza al fondo, las cimas con un verdor de césped, como recortadas en papel de plata; un pastor con piel de oveja, las piernas cruzadas sobre un tronco caído, que corta ramas con su navaja, sin pensar en nada (...). (Págs. 173-174)


La actitud de los judíos resultaba comprensible: probablemente hubiéramos hecho lo mismo de haber estado en su lugar. Incluso los que eran cultos, si no se mostraban abiertamente avergonzados, sí reflejaban una reserva involuntaria o, como en el caso de los Raubitschek respecto a mi abuela, una jovialidad traicionera y distraída, que no pasaba de ser algo vago, incidental. Tal parecía que las buenas maneras inculcadas en ambas familias perdían su sentido después de un saludo espontáneo. Pero ¿había alguien que quisiera dar pie a relaciones más complejas? No, debía de ser penoso sentirse judío. Por fortuna nosotros no lo éramos. Cuando ellos cambiaban sus nombres por otros que se parecían a los nuestros, no hacían sino revelar sus pretensiones, su repugnante sentido de los negocios, su lamentable deseo de trepar en la sociedad. (Pág. 222)

 

Poldi y yo conocimos a un actor famoso que no era judío y trató a Poldi con especial amabilidad. Poldi Singer se volvió hacia mí, fastidiado y dijo: 

-Mi madre siempre decía: "Más que de los antisemitas, júngele, cuídate de los goyim que aparentan querer a los judíos". 

Éstas se convirtieron en palabras clave para mí. Poldí tenía mucha razón. El rechazo a los judíos no dependía de una idea que pudiera ser sustituida por otra mejor; era una reacción innata y natural hacia la otra raza, que no impedía que se les pudiera tener cierta simpatía. 

Quería a Minka, y de no haber sido judía me hubiera enamorado perdidamente de ella y le hubiera propuesto matrimonio, a pesar de mis diecinueve años, y de que le habría parecido bastante cómico. Pero aun cuando amanecía en sus brazos, el tabú antijudío estaba presente en mis sentimientos. Curiosamente, esto hacía que todo fuera más excitante, liviano, libre, desdramatizado. No sentía ninguna obligación hacia Minka. Reconocía que me gustaba con la misma naturalidad con que ella había dicho que me quería tener a su lado. Así como Minka no podía tomarme en serio como amante, tampoco yo podía tomarla en serio como compañera de toda la vida (...). (Pág. 269)

 

Por otro lado, Rezzori, con La muerte de mi hermano Abel, ya nos había convencido de la brillantez de su prosa, que no hace más que confirmar en esta novela. Esa brillantez se traduce en metáforas y símiles arriesgados y potentes, que rara vez incumplen su cometido, en frases y párrafos que son como corrientes submarinas que aun invisibles nos conducen a profundidades morales perturbadoras. Capaz de ironía y de humor, de hacernos sentir vergüenza (propia y ajena), el pensamiento de Rezzori se vehicula en las escenas de esta novela de manera poderosa, siendo Arnulf, una suerte de narrador indigno de confianza, el vórtice donde convergen las contradicciones morales y políticas de aquella época, tan distante y tan sobrecogedoramente cercana a la vez. El protagonista, un antisemita que acaba siempre rodeado de judíos y que tras el Anschluss, se reúne con ellos en la clandestinidad para idear cómo salir de Viena.

Para terminar, la novela concluye con un epílogo en el que el autor ya maduro reflexiona sobre la función de la memoria y la importancia de la verdad y de la invención a la hora de narrar. Gregor von Rezzori: uno de esos escritores a los que el cliché de hombre de mundo no se ajusta tanto como el de hombre de mundos, de épocas abismalmente alejadas, aunque solo con escasos años entre sí.