viernes, 10 de abril de 2020

El gran apagón cultural

Estos días, ha venido circulando por las redes un mensaje o convocatoria para que todos aquellos que tengan algo que ver con la cultura dejaran de verter contenido en la red o que dejaran de aparecer en ella. Supongo que se refería al contenido gratuito que durante esta época de cuarentena supuestamente es, como les gusta decir a los representantes de la industria cultural, "consumida", por el resto de la plebe, tan aburrida y alelada en casa que no sabe qué hacer con su vida. 

En fin, el caso es que, al parecer, más de 40 asociaciones culturales acusan al Ministro del ramo de no querer diseñar un plan específico de ayuda al sector de la cultura. Sector que, en un abarcamiento contraintuitivo, no se refiere únicamente a los artistas como tales, sino a todos aquellos que trabajen en la organización y producción de los actos, instalaciones, montajes, etc., relacionados, como tramoyistas, decoradores, guionistas, maquilladores, ingenieras de sonido, instaladores, y, por qué no, contables, administradores, vendedores y relaciones públicas de las empresas culturales, etc., etc. Así, según algunas estimaciones, el sector comprendería a más de 600.000 personas en España. 

Parece normal que cualquier colectivo que se sienta injustamente tratado, proteste por su situación, y desde aquí, uno no puede por menos que apoyar cualquier iniciativa razonable que evite o mitigue el sufrimiento de los seres humanos, en especial en circunstancias que, como la presente, aumentan su fragilidad existencial. Esto incluye a los trabajadores del sector cultural como de cualquier otro. Si hay que tener especial atención a los trabajadores culturales por su "labor intermitente", será por esa especial característica, la intermitencia, que parece que no tiene fácil acomodo en la legislación vigente, según este artículo, no por ser labor "cultural". Una sociedad bien ordenada no debe dejar fuera de su solidaridad y mutualidad a nadie. 

Lo que parece más dudoso es que se aduzcan razones esencialistas de tipo "sin la cultura no se puede vivir" o una cita que se ha puesta de modo en las redes sociales, que dice algo así como: "La vida sin cultura carece de sentido y es muy poco humana", atizando al ministro Uribes, que había declarado: "Primero la vida y luego el cine". Yo me uno a aquellos afirman: "Primero comer y, después, filosofar". Que se lo digan, sobre todo desde hace un mes, a los supermercados.

Pero no, la industria cultural en peso, que si algo tiene es acceso a los medios de comunicación, y es especialista en montar saraos, festivales, conciertazos, óperas, y también libros y películas y demás divertimentos a costa del erario en una sociedad tremendamente desigual como la nuestra, considera que para la defensa de su sector es preciso aludir al carácter trascendente y redentor de la Cultura. Preciso que su definición de Cultura es estrecha, no antropológica (que consideraría producto cultural a cualquier objeto, ritual o institución creada por una cultura determinada, desde los microondas hasta el Satisfyer, pasando por la Universidad o la división de poderes). Es decir, para la industria, Cultura es lo que esas y otras asociaciones organizan y producen, que suele tener un fin recreativo-artístico-espectacular y es, por sistema, subvencionado por los poderes públicos en todos los niveles de la Administración: desde la verbena de barrio y los fuegos artificiales fundacionales, hasta la cúpula de la ONU, de Miquel Barceló. La Cultura, claro, no como emanada de las personas ni de la sociedad en su conjunto, sino como producto de consumo, como mercadería, lo que resulta una contradicción según sus propios términos. La Cultura como asunto de especialistas, de profesionales. La confusión resultante se encarna en la convicción que acaban adquiriendo muchas ciudadanos/as de que es el Estado el que debe satisfacer sus gustos de ocio y fiesta, por ser -consideran- un "derecho".

Como suelen ser los malos patriotas, que aman a su patria, pero odian a sus compatriotas, o los malos progresistas, que aman tanto a la humanidad que no tienen tiempo para ser buenas personas, las asociaciones culturales dicen defender la Cultura y se erigen en sus paladines, pero resulta más controvertido confirmar que defienden a los trabajadores culturales sin caché. Sí, a esos músicos, cantantes y personal recreativo de todo tipo que trabajan en hoteles, bares, complejos de bungalows, resorts, cruceros, etc. cuyas condiciones no suelen ser idílicas y cuya precariedad se ha puesto de relieve de forma dramática con la pandemia. Además, obvio es decirlo, no es el sector de la cultura el único que sufre las consecuencias de la actual crisis económica y humanitaria, por no hablar de las mujeres y hombres que trabajan en la economía sumergida. Solo en Canarias, han perdido su empleo temporal o definitivamente alrededor de 200.000 personas.

Si de verdad estuviéramos al borde de un cambio político-económico-sistémico de envergadura histórica; si, perdonen que sea ingenuo, tuviéramos la oportunidad de reformar nuestro país a fondo para que ni un día más tanta gente sufriera de pobreza y de marginación, que las futuras generaciones tuvieran una Educación pública para que, independientemente de la riqueza de la familia de la que procedan, eligieran con libertad qué querrían ser y cómo serlo, que cada uno de nosotros pudiera ser atendido en igualdad de condiciones, sin atender a su capacidad de pago, por una Sanidad pública en condiciones, que se atendiera a las necesidades de las personas, en especial a las más desfavorecidas por la lotería social o la genética... Si, como digo, estuviéramos a punto de realizar este cambio civilizatorio, estas demandas sectoriales se podrían dejar de lado sin más, como una muestra más del egoísmo al que tan propensos somos cuando carecemos de un mínimo desarrollo moral y que tan bien promueve el sistema económico capitalista, por ser un rasgo consustancial a este. 

Sin embargo, a fuer de ser realistas, como lo más probable es que sigamos viviendo de forma parecida, pero con más deuda estatal y privada, el sector cultural/industria cultural solo consigue volverse un poco más odioso. Tarea en la que lleva empeñándose desde hace mucho tiempo, SGAE de por medio, por cierto. Porque cuando uno los oye hablar o lee sus demandas, siempre aparece el supuesto "derecho a la cultura" del ciudadano, pero no por la vía de una educación pública de calidad, sino como consumidor de una cultura de la que ellos son los encargados y administradores. Y para no incurrir en el riesgo empresarial propio de cualquier tipo de ofrecimiento al público, que puede ser reticente, asedian a las administraciones para que abarate el producto. Estas, que tienden a amortiguar las tensiones propias de cualquier sociedad desigual como la nuestra a base de espectáculos que pretenden ser cohesionadores, se prestan al truco, en general, con liberalidad. La cultura, así entendida, es tanto negocio sin riesgo como propaganda política y anestesiadora del conflicto social. No insistiré hoy en la habilidad que tienen nuestras clases altas para que todos los demás paguemos sus gustos culturales caros.

En definitiva, el apagón cultural no solo ha demostrado ser irrelevante e impertinente. También, que los voceros de la industria carecen de nuevos argumentos con los que intentar justificar un trato preferente ya sea en esta crisis, ya en tiempos de bonanza.






P.D. A este respecto, https://www3.gobiernodecanarias.org/noticias/cultura-del-gobierno-de-canarias-inyecta-26-millones-de-euros-al-sector-como-respuesta-inmediata-ante-la-crisis/?fbclid=IwAR2dgJYVcDtyEgYZHegb5rOpFNWEDh0T-ty8SqQ2YGWor5nkSNpE8sgk5UQ




viernes, 27 de marzo de 2020

'Nefando', de Mónica Ojeda

Son malos tiempos para casi todo, así que al menos seguir leyendo y escribiendo reseñas resultará tan inocuo como cualquier otra actividad recreativa. Si fuera un artista, de esos que abundan por aquí, dentro de poco reuniría el suficiente atrevimiento para afirmar que el conjunto de mis reseñas no es más ni menos que patrimonio cultural, y que tendría yo, el autor, derecho a recibir una paguita del presupuesto público por ellas. O una sinecura. Porque hay que apoyar la cultura, es decir, que los demás me paguen por hacer lo que me gusta o por disfrutar de lo que me gusta sin mayor razonamiento. 

Es muy posible que esta sea una imagen distorsionada del carácter y condición de nuestros artistas, la mayoría de los cuales viven con lo justo, sin paguitas ni sinecuras y trabajando a destajo. Son los artistas consagrados (¿por quién?) los que suelen disfrutar de la atención preferente de los partidos en el gobierno, y así los tenemos hasta en la sopa, o en la televisión autonómica todo el tiempo. Hay artistas (y eventos) preferidos de un partido político, con lo que alternan periodos de esplendor con otros de hibernación, según quién esté en el poder o no. Otros, en cambio, más espabilados y flexibles, gozan siempre de aquella atención. Ni con agua caliente nos los podemos quitar de encima.

Así hemos tenido y tenemos Chirinos (qepd), Dámasos, Padrones, Cerpas, etc., encantados/as de que la dichosa Cultura sea el punto de encuentro ideológico de izquierdas, derechas, extremos centros, nacionalismos progresistas o plutócratas. Al final, siempre que la cultura sea disipación y neutralización del conflicto y ocultación de la desigualdad social, una especie de sindicato vertical de la creatividad, y que no cuestione (salvo de manera inocua y mejor con algo de humor) el poder que lo financia, será celebrada por todos y todas, incluidos Vds., almas de cántaro, que creen que pagan poco por un concierto subvencionado sin recordar que pagan hasta el último euro vía impuestos (y en proporción pagan Vds. más que los ricos). La ópera, la música clásica, el Womad, el concierto de Ricky Martin, de Sting o de Maná, qué más da, los fuegos artificiales, el premio literario, el poemario de X o la novelita de Y: todos bienes de primera necesidad, por supuesto, ante los cuales palidecen las demandas sociales para paliar la pobreza y la desigualdad, acabar con el abandono escolar o conseguir una sanidad pública con medios para que la buena salud no sea privilegio de los que ya gozan de privilegios. Qué les voy a contar en estos tiempos de pandemia.

Oh, qué haríamos sin la Cultura ahora que estamos confinados, dirán muchos. Oh, qué necesidad tendríamos de estar encerrados tanto tiempo si no se hubiera recortado la Sanidad pública, servicio esencial, respondo. Es tal el prestigio de la Cultura que tras su escudo siempre hay destinada alguna partida para festejos para el pueblo y de Cultura con mayúsculas para estas clases altas nuestras tan amantes de que todos admiremos y paguemos su exquisitez en el gusto, mientras evaden impuestos.

Por otro lado, es cierto que es difícil escapar a la monetización de todo en la sociedad en la que vivimos. Y al aprovechamiento por terceros de lo común o de lo privado, como por ejemplo la extracción y recopilación de los datos personales. Sí, esos mismos que desperdigamos cada vez que tenemos un reloj inteligente, un televisor inteligente, un ordenador con el que navegamos por internet, una app para el móvil, etc. No nos pagan, pero alguien saca beneficio de ello. ¿Otro ejemplo? Este blog se escribe en una plataforma de Gmail, que es propiedad de Alphabet. Es gratis, lo que quiere decir que no pago nada por él, pero con este y todos los demás blogs, esa empresa recopila datos: de sus autores y del público lector.  Con un medio de comunicación tradicional u online privado y con ánimo de lucro en el que se pide nuestra colaboración, podemos -y creo que debemos- exigir un pago, ya que les estamos proporcionando contenido (gracias a nuestra formación, que ha costado dinero y esfuerzo) y, eventualmente, audiencia, destino de los anunciantes que pagarán por colocar su publicidad. En cambio, ¿qué hacemos con Blogger, con WordPress, con Facebook, YouTube o Twitter? ¿Nos están haciendo un favor, nos están dando gratis un servicio importante o les estamos proporcionando el material para que obtengan beneficios millonarios? ¿Dejamos de publicar en sus plataformas por estricta coherencia? 

Siempre es posible gastarse el dinero y crear nuestra propia página web, o resignarnos a la mudez. 







Los caminos del Señor son inescrutables, así como la elección de la novela para el blog. Soy pescador de caladeros habituales, pero ya saben, si son lectores/as curiosos/as, que las lecturas de unos libros te llevan a otros, y, por extrapolar, unos comentarios te llevan a ciertos juicios, unas opiniones te llevan a determinados sesgos, y una mala siesta te lleva a cambiar de pijama a media tarde. Así son las cosas y así he acabado leyendo Nefando, de Mónica Ojeda, publicada en 2016.

En esta novela, cada capítulo se corresponde, de manera alterna, con las voces de distintos personajes, también se intercalan entrevistas y narración en tercera persona. La autora tiene como núcleo la creación de un videojuego gore en torno al cual, o confluyendo en él, sirve para contarnos la biografía, pensamientos y sentimientos de los personajes, todos con un pasado traumático, por ser suaves. Violencia, pederastia, abusos y agresiones sexuales conforman el tuétano vital de la mayoría de ellos, cuando no un exceso de pathos existencial en otros.

La autora se propone dotar a cada uno de los protagonistas de una voz propia y reconocible. En muchos momentos, consigue dotarlos de fuerza expresiva y de un mundo interior atormentado y salvaje, una vorágine confusa de sentimientos que pugnan por salir al exterior mediante el lenguaje, que demuestra su impotencia para dar cuenta de ellos por completo. A este respecto, sus reflexiones sobre el lenguaje no dejan de ser interesantes, aunque en ocasiones se transforma casi en el discurso de la autora, más que en el del personaje en cuestión. A este respecto, un defecto que he encontrado consiste en que no logra mantener el tono en las voces de los personajes, que comienzan hablando jerga para pasar en cierto momento a un estilo elevado que, concediendo que sea premeditado, extraña y no resulta convincente. Como si la voz del personaje fuera suplantada por otra, de repente (pienso, en particular, en el personaje de Iván Herrera).


-¿Y qué te pareció a ti? 
-Una culerada. 
-¿Podrías ser más descriptivo? 
-Pos, es que era un juego en el que no jugabas. 
-No te entiendo. 
-Es que explicarlo bien está de la chingada. Ni siquiera estoy seguro de que se le pueda llamar juego a algo que no entretiene. Nefando atrapaba a sus jugadores pero no porque los divirtiera, sino porque tenía el poder de despertar una curiosidad... ¿cómo te diría?, morbosa, que se iba agigantando adentro de uno, ¿sabes?, como una mancha latiéndote encima del ombligo. Al rato terminabas hecho una cebra, pero con las rayas negras mucho más anchas de lo normal, cubriéndote el alma blanca de borrego. Era parecido a tener la piel llena de guadañas: cuando te dabas cuenta ya estabas cortado y ennegrecido. (...) Por eso digo que no era un juego, aunque simulara serlo: porque trascendía todos los géneros conocidos y se situaba en una especie de limbo de la impostura. Además, como ya te dije, Nefando iba contra la ley no escrita que dice que los juegos deben ser recreativos. Eso no se jugaba: se leía, se escarbaba, se espiaba, se temía. (Pág. 97)


La historia, por otro lado, tiene su interés. Se aleja del naturalismo redivivo y juega con la pluralidad de voces, de distintos puntos de vista al narrar, la metaliteratura, el uso constante de jerga especializada como la informática y de extranjerismos. Además, el tema resulta a priori interesante, incluso, me atreveré a decirlo, actual. Al menos, no es el desamor y sus infinitas variedades egocéntricas o las anécdotas ombliguistas de un viaje de estudios, etc. Sí que cabe señalar que, en ciertos momentos, amparada en la intertextualidad y en su afán de relacionar asuntos, me parece detectar cierta ansiedad por demostrar y por experimentar teniéndonos como rehenes. Esta necesidad de esparcir por la obra referencias artísticas resulta innecesaria, al igual que ciertas maneras de relatar (pienso, sobre todo, en los capítulos dedicados a Kiki), que se vuelven cargantes.



Diego solía decirle a Eduardo que a una biblioteca había que mirarla con educación, no como si se la inspeccionara (la inspección es siempre una especie de disección), sino como si ya se la conociera, como si uno estuviera mirando un paisaje y disfrutando del conjunto y no de cada una de sus partes. De otro modo, decía, la biblioteca no se te mostrará y nunca verás su verdadero rostro. Pero era difícil ver los libros fuera de su individualidad; era difícil verlos a todos igual que un solo organismo y entender que no daba lo mismo que Psychopathia Sexualis de Krafft-Ebing estuviera junto a La venus de las pieles de Sacher-Masoch y no junto a Amatista de Alicia Steimberg. (Pág. 63)

Me late que no va a poner la denuncia, dijo Iván después del portazo. Los ladrones no denuncian a otros ladrones, pero esto no puedo decirlo en voz alta: esto debo callar. ¿Qué hacemos?, preguntó Cecilia. Nadie miraba el trapo enrojecido sobre la mesa, sólo Kiki. Se pondrá bien, dijo Irene, no es grave. Grave es que nadie vaya a limpiar el trapo de cocina y que se vaya a quedar ahí con los fluidos corporales de un bato al que le vale madres que le hayan destrozado la cara. Neta, yo creí que aquí no pasaban estas cosas porque es el primer mundo y todos son felices, dijo Iván. Cecilia caminó por el pasillo siendo una sombra que se achicaba contra la pared. ¿Son Felices? Este piso es un basurero y yo no tengo tiempo de chachear porque debo escribir y limpiarme y salvarme para tenderme en una playa de piedras húmedas. Son felices, ¿no?, insistió Iván. Irene sonrió y se le cavaron dos pozuelos en las mejillas ámbar rosa rubendarianas. Para acostarme sobre un montón de piedras mojadas por la baba de Dios. Alguien debería meter eso a la lavadora, dijo Emilio señalando el paño manchado sobre la mesa. Es mejor que no tengan voces: Ni Eduardo, ni Diego, ni Nella. Es mejor que no digan nada. (Pág. 92) 

EN DEFINITIVA, una novela irregular, con una trama discontinua que no llega a cuajar del todo, con un uso del lenguaje apreciable, a veces exuberante, pero sin conformar un estilo (o pluralidad de estilos) convincente. Además, cierto regodeo en los símiles y en las metáforas hace que estos den la impresión de estar demasiado forzados. Los personajes funcionan a ráfagas y no terminan de apuntalar una historia que tenía trazas prometedoras, pero que al cabo de unos cuantos capítulos se vuelve tibia. Pues eso, que podía haber sido, pero no terminó de ser.







lunes, 16 de marzo de 2020

'Qualityland', de Marc-Uwe Kling

Aun teniendo en cuenta la lista de novelas y de ensayos que compartí con Vds., el jueves pasado, en la última visita a mi librería de referencia, adquirí dos libros más. Uno de ellos, el que nos ocupará hoy, me lo encontré expuesto como novedad. No suelo hacerles mucho caso a las novedades, porque son los libros que se empeñan en que compremos a toda costa. Llámenme noísta, si quieren. Sin embargo, y esto es algo que hay que apreciar como positivo de las redes sociales, uno puede conocer, al menos de esta manera digital, a personas que son grandes proveedoras de bibliografía. Algún día haré una lista de los excelentes libros que han llegado a mis manos gracias a individuos como, por ejemplo, Joan Flores Constans, en Literatura, o Fernando Broncano, en Filosofía y Ciencias Sociales. Fue precisamente un comentario de Joan el que me suscitó la curiosidad suficiente como para decidirme por la novela de hoy.

Insisto: la generosidad es una de las mejores virtudes de los seres humanos. Que muchos no se atrincheren en sus conocimientos o en su formación de expertos y que los compartan con los demás arroja siempre un poco más de esperanza sobre nuestra capacidad para superar nuestro egoísmo, aun estando formados "de madera tan torcida". Como escribió Pico della Mirandola podemos elegir tanto descender al nivel de las bestias como ascender al de los dioses. Creo, con sinceridad, que en la mayoría de las situaciones podemos aspirar a ser, al menos, mejores personas. Apliquémonos en estos tiempos.





Aquellos/as que, como yo, que por sus estudios y por la azarosa concatenación de causas y efectos, han tenido que leer y estudiar sobre la democracia y los medios de comunicación, amén de la repercusión de Internet sobre ellos, encontrarán en este libro la plasmación literaria de muchos de los planteamientos que alertan sobre los peligros del neoliberalismo de última hornada, la de los datos personales.

Todos estamos al tanto, con mayor o menor grado de zozobra o (des)preocupación, de que la gratuidad de las redes sociales tiene como contrapartida el uso tanto de los datos personales como de nuestra actividad en aquellas por parte de la empresa dueña de la plataforma en cuestión. También, los buscadores y los programas gratuitos que se ofrecen aquí y allá, incluyendo los correos electrónicos. Si quieren saber algo más tienen, entre otros/as, toda la bibliografía de Evgeny Morozov (al español está traducido, que yo sepa, al menos Capitalismo big tech). Un apóstol patrio, más preocupado por la repercusión de las grandes empresas de Sillicon Valley en los medios de comunicación (control y manipulación) es Ekaitz Cancela, con su Despertar del sueño tecnológico y numerosos artículos al respecto en medios como La Marea o El Salto.

Asimismo, la posibilidad que tienen las empresas de ofrecer las noticias y productos que, a tenor de algoritmos secretos, más atractivos para el usuario, y la capacidad que tiene este de personalizar también las noticias que recibe pueden contribuir a modelar una burbuja informativa. Esta burbuja estaría formada por aquellas noticias e informaciones que solo confirmaran la visión del mundo que tiene el usuario. Esto es algo que se puede apreciar en Twitter o Facebook, donde lo normal es que uno se rodee de amigos o followers coincidentes ideológicamente. De esto han escrito muchos, pero me viene a la memoria un autor norteamericano al que podrían leer con provecho, Cass Sunstein (por ejemplo, su libro República.com).

¿Hasta que punto los perfiles que tienen las grandes compañías solo recogen las preferencias y los gustos de los usuarios/consumidores, y hasta que punto no son una especie de profecía autocumplida al ofrecer lo que cree que ellos desearían? ¿En qué medida la vida privada de aquellos deja de serlo o, mejor, cuándo deja de tener importancia cuando se trata de obtener beneficios?

Estas y otras preguntas se responden literariamente en esta distopía llena de ingenio y humor que es Qualityland. No diré que la prosa me haya fascinado, en la traducción de Carlos Andreu, pero la historia se lee bien, sin defectos. En todo caso, el autor la conduce con firmeza, sin bajones ni distracciones que no vienen a cuento, al servicio del contenido. En este sentido, es una novela ideológica, por cuanto me resulta evidente que lo que le interesa a Kling por encima de todo es mostrarnos las contradicciones sociales que comporta la apropiación sin control de nuestros datos por las grandes empresas tecnológicas, apurando un poco las tendencias ya presentes. Además, la aplicación de las leyes económicas a la política, contribuye a crear una sociedad de exacerbado desarrollo tecnológico, pero también de suma desigualdad.


-¿Por qué el problema es más grave de lo que creo? 
-Porque la red cambia. 
-¿Y eso que quiere decir? 
-Quiere decir que cada individuo vive en un mundo digital propio. La personalización no termina en los resultados de búsquedas, anuncios, noticias, películas y música. También las ofertas, los precios e incluso el diseño y la estructura de la red varían en función de quien contemple este espejito mágico, e incluso en función de cómo se sienta quien mira. Si estás caliente, tal vez te aparezcan sin parar anuncios de ladybots con un alto contenido erótico; si estás deprimido, querrán que te intereses por los psicofármacos; si tienes miedo, te ofrecerá los planos de una pistola de autoimpresión. Seguro que has oído el viejo dicho: "Cada cual vive su propio mundo". En el ámbito digital esto no es una simple figura retórica: hoy es literalmente cierto. Vives en tu propio mundo, un mundo que se adapta constantemente a ti. (Pág. 246).

Tony se lleva a Aisha a un lado. 
-Esto es una catástrofe -susurra-. El sector económico nos va a retirar su apoyo en masa. Yo siempre creía que su postura era un simple coqueteo. Claro que hay que coquetear con la redistribución de la riqueza, es lo que han hecho los partidos socialdemócratas desde siempre. ¡Pero nadie tenía intención de aplicar realmente esas medidas! ¡Esto es una locura! 
25,6 minutos más tarde, el último invitado se ha marchado ya. Aisha y un desesperado Tony están sentados a una mesa en un rincón. 
¡Esta ha sido seguramente la cena para recaudar fondos más corta de la historia" -exclama Tony. 
John se acerca a ellos. 
-¿Y bien? -pregunta-. Un éxito total, diría yo. 
-Ay, John -dice Tony, levantándose-. ¿Qué idiota te dio la directiva de actuar pensando en el bien común? ¿Fui yo? A lo mejor, ahora que te conozco, no fue una buena idea... -añade, y se marcha compungido. (Pág. 300)

La aparición de un androide superinteligente como aspirante presidencial ofrece el contrapunto lógico-cibernético a la irracionalidad humana. El autor muestra cómo la lógica emanada de una inteligencia artificial puede ser más humana que la lógica de aquellos destinada a dominar y a explotar a sus congéneres. Asimismo, muestra que en ese mundo, tal como el nuestro, la cooperación entre los muchos débiles puede triunfar, aunque sea momentáneamente, contra el poder, ya sea corporativo o gubernamental.

EN DEFINITIVA, una novela ágil, amena, con su gotita Black Mirror, divertida y cargada de significado (se nota -sin que se note- que el autor se ha documentado muy bien). Cuatrocientas cincuenta páginas que se leen en un par de sentadas, pero que dan para pensar mucho más. Las señales están por todos lados, solo hay que prestar atención.





jueves, 12 de marzo de 2020

'Tener una vida', de Daniel Jándula

Quién nos iba a decir que acabaríamos experimentando una pandemia de serie de televisión, aunque sea sin zombis. El caso es que se está llevando a muchas personas por delante y aunque la mayoría podríamos jactarnos de nuestra capacidad de resistencia física, lo que se dice asustar, asusta un poco, sobre todo para aquellos/as con padres o madres mayores, o abuelos. Esta tarde estaba el supermercado a reventar, con largas colas de carros llenos de todo tipo de productos en previsión del próximo desabastecimiento que seguirá a la inminente guerra nuclear total y a la inevitable invasión alienígena.

En estos momentos, sería interesante saber qué fondo de armario libresco disponen Vds. para estos 2-4 meses que nos esperan. También, por qué no, cuántas garrafas de agua están acumulando en el piso y cuántas latas de fabada. En lo que a mí respecta, y ya que estamos en esa parte de la película en la que los protagonistas confiesan sus miserias ante la inminencia de una muerte atroz, les puedo decir que tengo empezada, y esta novela da para varias cuarentenas, Antagonía, de Luis Goytisolo. Por la mitad, llevo Stoner, de John Williams, y un poco cuesta arriba se me está haciendo Fragmenta, de Javier Pastor. Títulos de una sola palabra, por cierto. Ya avanzada, La vida, instrucciones de uso, de Georges Perec. Acabando estoy La herida se mueve, de Luis Rodríguez. Además, tengo en boxes a Herzog, de Saul Bellow, y Hormigón y Extinción, de Thomas Bernhard. Algún/a escritor/a local caerá pronto, a buen seguro, si me dejan llegar a la librería (*).

En lo que respecta a ensayos de ciencias sociales y humanidades, tengo entre manos Peasant-Citizen and Slave, de Ellen Meiksins Wood, La conciencia y la novela, de David Lodge, una entrevista a Rancière, El litigio de las palabras, a cargo de Javier Bassas, Las dimensiones morales, de Thomas Scanlon. Sigo, con parones, con La teoría del lenguaje literario, de José María Pozuelo Yvancos, y tengo en espera El valor de las cosas, de Mariana Mazzucato. Recientemente, he acabado, por cierto, la magnífica El nacimiento de la política, de Moses I. Finley y la no menos impactante La tragedia de nuestro tiempo, de Andrés Piqueras.

En todo caso, si este no es el momento de las grandes plataformas de series y películas para hacerse con la supremacía del ocio, no sé cuándo será.

Vamos a lo nuestro. Hoy tenemos:





Esta es una obra que, cómo decirlo, estando bien escrita, con los puntos y comas en su sitio, evitando casi siempre bien las frases hechas y expresiones manidas, resulta insatisfactoria. En otras palabras, me ha resultado un coñazo. Salvando las distancias, se parece a aquella novela perpetrada por Manuel Almeida, Evanescente, en situar un acontecimiento insólito como arranque y motor de la novela. Si en aquella, los objetos comenzaban a desaparecer uno tras otros en una escalada que acabaría afectando a la humanidad entera haciéndola caer en un estado de barbarie, en esta es la aparición de un agujero tragalotodo, cada vez mayor, en la pared de la vivienda del narrador lo que se le ocurre al autor para desplegar su artificio literario.

Entiendo que es complicado escribir una novela de calidad a partir de excusa tan endeble, aunque la historia de la literatura se empeña en contradecirme si lo elevara a categoría de axioma. Después de un comienzo prometedor o, al menos estimulante, lo habitual es que la trama se desinfle o se vuelva absurda. Al menos, Jándula, a diferencia de Almeida, tiene voluntad de estilo. En las primeras páginas, encuentro frases hermosas, frases de escritor:


Compongo un mosaico de lo que no podrá ser. La fauna austral, la memoria de extraños naufragios, de faros escondidos. Los lagos a los que los alemanes llamaban "el infierno verde". Hojas de pangue y hornos de piedra. Algas rojas en el mar. Ríos de hielo desplazándose con extrema lentitud, su espuma afilada derramando cuchillos. (Pág. 16)

En los inviernos en que el vino vuelve a la tierra, el aire huele a humedad. El verano siguiente al entierro de las copas se elevan los vapores dulzones del suelo sediento y el cielo se tiñe de violeta. Es un ciclo bien calculado. (Pág. 29)


Sin embargo, esta ocasional brillantez se difumina pronto, lo que es una pena, en un lenguaje simplemente correcto. Sin la motivación del estilo, el resto no da para sostener la obra, lo que es de lamentar.

En lo que se refiere a la historia, no puedo dejar de señalar que, en mi opinión, las reflexiones del narrador, no requerían, para empezar, de ningún agujero cuarto milenio. Perfectamente podían haberse elucubrado en circunstancias menos misteriosas. Se me ocurre, simplemente, el hecho de que el avión que pierde haya desaparecido sin dejar rastro. Puede interpretarse el agujero como se quiera, símbolo de esto, metáfora de lo otro, pero más allá de ese ejercicio lúdico-filosófico, nos queda una historia sin interés de un personaje sin interés que nos mueve al absoluto desinterés. No es porque se aleje de una historia más o menos convencional con su presentación-nudo-desenlace: a estas alturas, hemos visto y leído casi de todo, y la transgresión de ciertas convenciones (casi las que sean) forman otra tradición nada desdeñable. En este blog, además, se las suele acoger con cariño, liberalidad y altura de miras. Es, más bien, porque la descripción que hace de sí mismo, de sus sensaciones y pensamientos están muy lejos tanto de los personajes de Albert Camus en El Extranjero o de Dostoievsky, en Memorias del subsuelo, por citar obras conocidas y con las que se la ha comparado, con los que no hace falta empatizar ni sentirnos identificados para que ejerzan gran impresión sobre nosotros, los lectores. 


El sonido de la casa está cambiando. Han desaparecido los utensilios que encontré ayer en la cocina y que dejé sobre la  mesa del salón. Creo que mi piso está más vacío que nunca, aunque puede que sea solo una sensación para mí, pues no percibo el sonido hueco y molesto propio de los espacios vacíos. Cubro el agujero, para el que he utilizado alrededor de tres cuartas partes de la masilla, pongo la mano cerca, acariciando la pared como si pudiera detectar un latido en el interior de la pasta. Después pego el oído a la pared. Está fría. Es agradable ver los muros de una casa como si fuesen sábanas, y a la vez resulta desconcertante el hecho de apoyarme contra algo inerte sumido en la certeza de que esta división entre espacios nos parezca cada vez más imprescindible. 
Hay ocasiones en las que la compartimentación tiene sus ventajas. Me gustaría poder meter cada etapa de mi vida en una caja, guardarla en un lugar apropiado y poder avanzar sin que una etapa invada la otra. Especialmente me sucede en lo que respecta a las relaciones personales. (Págs 37-38)

Mi padre y yo hemos discutido a menudo acerca de cómo veíamos el trabajo cada uno. No eran diferencias insalvables, pero entre hombres delante de un vino los cambios de opinión cuentan bastante poco. Mi posición es que para que un trabajo sea considerado como tal, debe rendir alguna clase de beneficio; todo lo demás es esclavitud, o voluntariado. Mi padre decía que en su casa nunca hubo oportunidad de analizar las cosas: o trabajas o mueres. Repetía lo que había visto desde pequeño: su padre cambió cualquier filosofía del trabajo por más trabajo. Yo no lograba entender esa indisoluble relación entre trabajar y vivir, pues para mí el trabajo se hizo para el hombre y no al revés. Mi padre decía que yo confundía trabajo con esfuerzo. Ahora veo lo que quería decir, aunque sigo sin estar de acuerdo. (Pág. 63)


A veces, a fuerza de pretender ser profundo o trascendente, el escritor o escritora puede caer en la trampa de la banalidad. Trampa honda, sin duda, no tan fácil de evitar. Los riesgos de contar la propia mediocridad deben contar con algún elemento de aprendizaje o descubrimiento para el lector para que suscite el interés de la que esta obra carece, en mi opinión. En Tener una vida hay algo de regodeo en el yo de este narrador que me repele, aunque no se trate de vanidad en este caso: su soledad, su ruptura sentimental, sus problemas físicos, etc., no logran suscitar en mí más que indiferencia, aburrimiento y algo de desesperación por este tiempo perdido nada proustiano. Saqué bandera blanca en la página 67. Tienen derecho a reprochar tal flaqueza.




(*) Finalmente, fui a la librería. Me chocó que no hubiera colas ni gente ansiosa por llevarse las novedades para soportar la caída de la civilización. Dos novelas más para la saca, pero ninguna local. 

















domingo, 23 de febrero de 2020

'Liberty Bar', de Georges Simenon

Soy de la opinión de que la gran ventaja de la literatura respecto de la mayoría de las demás posibilidades creativas y artísticas de las que es capaz el ser humano -y lo que motivará su supervivencia a pesar de crisis, desastres y un futuro probablemente marcado para la mayoría de la humanidad por la escasez, por no hablar de conflictos externos e internos, dado que es bastante difícil pensar en un progreso moral de aquella a corto plazo- es su simpleza tecnológica y la casi completa ausencia de necesidad de capital en el ámbito creativo (que no en el de la distribución y en el de dar a conocer).

Esto se ve con facilidad cuando asistimos al desfile de series de televisión cuyos planos, argumentos, personajes y diálogos parecen sacados todos de un mismo patrón. La necesidad del retorno ampliado del enorme capital invertido en una serie ambiciosa incentiva la búsqueda a toda costa del éxito del público, que es el que paga directamente o por ellas o por su suscripción al canal, llámense HBO, Netflix, etc., y eso se hace mediante -no digo nada nuevo- la repetición de  fórmulas que en un momento u otro han supuesto ese éxito. Lo mismo ocurre con el cine o con los programas de televisión. Hasta cierto punto es normal imitar las claves del éxito de otros, pero para el que se toma en serio el arte, los reclamos, ansiedades y desafíos económicos del capital solo nos interesan en la medida que perjudica (o beneficia) a aquel. 

La literatura, bien lo sabemos, no está exenta de esa búsqueda desaforada del beneficio por las empresas editoriales, exacerbada en nuestros días, por el creciente número de ellas absorbidas por corporaciones de tamaño internacional y de alcance global, cuya relación con la literatura es la de mera mercancía. De ahí, la búsqueda incesante del siguiente best-seller, de los premios de cartón piedra y de todas esas miserias que de vez en cuando salen a la luz. Sin embargo, al fin y al cabo, para escribir solo se necesita, en principio, una persona, un instrumento con el que trazar letras y una base material sobre la que trazarlas. Casi lo mismo podría decirse de la pintura, nos susurran las cuevas del Paleolítico.

Un asunto sencillo, en definitiva. Luego, comienza a complicarse.




Liberty Bar (traducción de Núria Petit), como otras obras del prolífico Georges Simenon, bien puede leerse en una tarde. Además, sin que sea necesaria una cláusula adversativa, su influencia puede durar para siempre. Que alguien, negros (o asistentes en la escritura no explicitados) aparte, sea capaz de escribir más de 2 novelas al año durante su vida como escritor debería inducir a la sospecha. ¡En Canarias, tenemos un par de escritores con la afición a publicar una obra cada año y ya nos parece excesivo! 

Es posible, y esto prefiero dejarlo para los académicos, que Simenon trabaje con un marco más o menos fijo. Esto le evita tener que estructurar cada obra suya de nuevo, además de contar, como en las novelas del comisario Maigret, con un personaje bien definido: esto, como en todas las sagas, le evita tener que dar demasiadas explicaciones a sus lectores habituales. Aun así, y fijándonos solo en esta novela, el contenido y el estilo desbordan el marco.

¿Por qué? Aparte de lo llamativo que me resultan algunos pasajes de la novela, de gran altura literaria, destacaría la economía de medios. No es Liberty Bar una novela de párrafos extensos, de largas listas e inventarios abultados, de exhibición de verborrea. Por el contrario, la elipsis y lo implícito en la narración son tan importantes o más que el argumento, que, al fin y al cabo, nada tiene de extraordinario. 

¿Novela policiaca, negra? Simenon decepcionará a quien busque psicópatas, asesinos en serie o truculencias en diversos grados de aberración a las que nos hemos acostumbrado desde hace ya demasiado tiempo. Un rico venido a menos, William Brown, muere en su villa, donde convive con su amante y la madre de esta, tras haber sido apuñalado por la espalda. Maigret es enviado allí para, con "discreción", investigar el caso. Antibes y Cannes son las localidades donde se desarrolla la acción. La brillante descripción de esos lugares, con sus terrazas, sus yates y sus millonarios, nos recuerda al mundo de los ricos descrito, por ejemplo, en La muerte de mi hermano Abel, que se contrapone a lugares más sórdidos, tan solo a unos metros, tras doblar una esquina. No hay luz sin oscuridad, ni riqueza sin miseria, etc. Que creamos o no que un autor no debe limitarse a contraponer mundos como máxima exhibición de denuncia y esperemos o queramos (o no) que se faje en este aspecto es asunto para otro debate, que no solo concierne en este caso a Simenon y a otros/as muchos, sino al papel de la literatura y del arte, en general.

En lo que se refiere a las capacidades del autor, fijémonos en cómo cuenta Georges Simenon, vía Núria Petit:


La primera sensación de Maigret al bajar del tren fue que estaba de vacaciones: el sol que bañaba la mitad de la estación de Antibes era tan deslumbrante que sólo era posible ver a la gente como sombras en movimientos. Eran sombras con sombrero de paja, pantalón blanco y raqueta de tenis. Había un zumbido en el aire, palmeras y cactus bordeando el andén, y un jirón de mar azul más allá de la lamparería. (Pág. 7)


Maigret tomó el autobús. Al cabo de media hora estaba en Cannes y se dirigió al garaje que le habían indicado, cerca de la Croisette. Todo era blanco: ¡inmensos hoteles blancos!, tiendas blancas, pantalones blancos y vestidos blancos. Y en el mar, velas blancas. 
Era como si la vida no fuese más que un espectáculo de revista, un cuadro blanco y azul. (Pág. 28)

¡Siempre lo mismo! Ya eran más de las doce. Caía un sol de justicia en las calles. Maigret tenía ganas de abordar a un guardia municipal como un turista con ganas de juerga, y preguntarle:  
-¿Dónde está el barrio donde uno se divierte? 
De haber estado allí, la señora Maigret habría notado que le brillaban demasiado los ojos: llevaba unos cuantos vermuts. 
Dobló una esquina, luego otra. Y de pronto aquello dejó de ser Cannes, con sus grandes edificios blancos brillando al sol; era un mundo nuevo, callejuelas de un metro de ancho, ropa tendida en alambres que iban de una casa a otra. (Pág. 31)

Los diálogos no tienen la contundencia de un puño americano como los de Raymond Chandler. Pero nadie más que el estadounidense podría haberlos escrito y, además, Simenon es más de guante de seda. Las conversaciones de los personajes nos hablan de ellos, esclarecen situaciones y hacen avanzar la trama. ¿Qué más podemos pedir?


-¿Hace mucho que regenta este bar? 
-Unos quince años. Estaba casada con un inglés que había sido acróbata, y por eso teníamos como clientela a todos los marineros ingleses y también a los artistas de music hall. Mi marido se ahogó hace nueve años durante unas regatas. Competía por una baronesa que tiene tres barcos y a la que usted debe conocer. 
-¿Y desde entonces? 
-¡Nada! Conservo la casa. 
-¿Tiene muchos clientes? 
-No me interesan demasiado, son más bien amigos, como Yan, como William. Saben que estoy sola y que me gusta la compañía. Vienen a beberse una botella, o me traen rascacio o un pollo, y yo cocino. Llenó los vasos y observó que Maigret no tenía. 
-Deberías traer un vaso para el comisario, Sylvie. 
Ésta se levantó sin decir palabra y se dirigió hacia el bar. Debajo de la bata, iba desnuda, y en los pies sólo llevaba unas sandalias. Al pasar, rozó a Maigret y no se disculpó. La otra aprovechó que Sylvie estaba en el bar para murmurar: 
-No se lo tenga en cuenta, ella adoraba a Will, ha sido un golpe muy duro. 
-¿Duerme aquí? 
-A veces sí y a veces no. 
-¿A qué se dedica? 
Entonces la mujer miró a Maigret con aire de reproche, como diciendo: "Y usted, un comisario de la Policía Judicial, me lo pregunta?". 
Y enseguida respondió: 
-Es una chica muy tranquila, nada viciosa. 
-¿William lo sabía? 
De nuevo la misma mirada. ¿Acaso se había equivocado al juzgar a Maigret? ¿Es que no entendía nada? ¿Había que decírselo todo con pelos y señales? (Págs. 36-37)

Este diálogo, además, podría servir para comunicarles la idea anterior de la economía lingüística del autor. Nosotros somos, pues, como Maigret, y debemos estar concentrados para no perdernos detalle. Además, la novela, narrada en tercera persona, troca todo el tiempo en estilo indirecto libre, tanto con el comisario como con otros personajes, lo que permite una fina penetración en su subjetividad que no es baladí: comprendemos mejor las razones que motivan sus acciones que, quizá, con un narrador omnisciente. Aun así, toda la trama se desarrolla teniendo como referencia a Maigret, por lo que solo tenemos acceso a la información a través de él. 

EN DEFINITIVA, una novela amena y fácil de leer, con estilo propio, personajes fuertes y frases brillantes. Literatura, qué más quieren. Liberty Bar está tan bien hecha que parece fácil de escribir, lo que quizá resulte cierto solo para su autor.









martes, 11 de febrero de 2020

'Amores ciegos', de Marcos Rivero Mentado

Lo mejor que puede hacer uno en una tertulia, sobre todo si tiene que ver con el arte, es ser el disidente. Igual que lo que se dice sobre las timbas de póquer: "Hay un tonto al que se le despluma, y si no lo identificas significa que eres tú", lo mismo podría afirmarse de las tertulias de este tipo, pero con un ligero matiz: si no identificas al disidente, apresúrense a serlo Vds. Con eso se consiguen dos cosas: a) no les invitarán más, con lo que b) se ahorrarán la obligación de escuchar tonterías con pretensiones normativas.

Porque si hay un ámbito que se aleje de la situación ideal del habla es el de la tertulia cultural o artística o literaria. Sobre todo, por más que uno lo advierta, cada uno/a de los participantes lleva consigo su propia definición de cultura, de arte, de literatura, etc., con lo que suele ocurrir que mientras uno cree que está hablando de arte, otro está entendiendo economía política, y un tercero el éxtasis místico teresiano. Además, al igual que la literatura común suele estar anclada en el naturalismo decimonónico, la comunicación sobre los/las creadores en cualquier género artístico está hundida en el romanticismo más corriente, con sus trilladas ideas sobre el genio, la rebeldía, la naturaleza, etc.

"A menudas tertulias habrá asistido", podrán acusarme, con razón. Ignoro si hay otras mejores, espero que sí. Pero uno no sabe a qué atenerse cuando figuras públicas no tienen el menor reparo en hacer demostración de su ignorancia. Así, por ejemplo, el simpático y popular James Rhodes ha afirmado hace poco: "Bach y Mozart tenían dones que venían directamente de Dios. No soy creyente, pero simplemente no hay otra explicación posible de la profundidad del genio que mostraron", lo que no deja de ser una estupidez. Por el contrario, a las personas que escriben cosas originales sobre la creación artística, rara vez se les puede ver en los medios. 

Esto que describo, además, es común a todos los partidos políticos: en clave local, solo hay que oír al actual Viceconsejero de Cultura, Juan Márquez, con toda su buena intención; o, en general, a cualquier político sobre las virtudes civilizadoras del arte. Recordemos también al exministro, expresidente del Cabildo y exalcalde José Manuel Soria y su admiración (expresada con voz campanuda) por la "alta cultura". O a la concejala de cultura de turno del Ayuntamiento (el que sea), o a nuestro presidente del Cabildo, Antonio Morales, y sus periódicas exhortaciones a la cohesión social, ora por la vía de la cultura, ora por la del deporte profesional. O por la vía que venga bien en ese momento. Qué les voy a contar, pero no sigamos por ahí.





Marcos Rivero Mentado, según se nos advierte en una solapa de la portada, ha hecho de todo en el mundillo de la cultura: licenciado en Historia del Arte, gestor cultural, archivero, documentalista, museógrafo, catalogador de bienes culturales, comisario de exposiciones de artes visuales, amén de fotógrafo artístico. Además, "ha asistido a talleres de escritura creativa con algunos de los más destacados escritores y poetas canarios", cuyos nombres se omiten, quizá por pudor. Esto es, el artista Marcos Rivero es poliédrico, transversal y polifacético. Vamos, que le da a todo, lo mismo un pito que una pelota. Como ya se habrán imaginado, Rivero expande su imperio creativo a la literatura con esta colección de relatos, cuentos cortos o pasajes vitales denominada Amores ciegos. Recordemos que, tal vez como paso previo o ensayo, se había estrenado en la difunta Dragaria como ditirámbico reseñador de aquella infame novela de Mayte Martín, La espiral del silencio.

Pues bien, aunque no era difícil, el autor es mejor escribiendo que reseñando. Al menos, porque sus cuentos rezuman sinceridad. No obstante, parafraseando a Oscar Wilde, en literatura sinceridad significa poco, mientras que el estilo, casi todo. Tienen los relatos un punto de emoción que no es desdeñable, y en ese sentido, por momentos parece que Rivero está a punto de contarnos algo importante, algo valioso. Eros está presente de manera implícita en los primeros relatos: no es mera evocación o refocilamiento sexual, sino conocimiento. O mejor aún, descubrimiento, quizá anamnesis, de uno mismo. Esto es lo más interesante que puedo destacar de estos cuentos.

Lo peor, todo lo demás. Con esto quiero decir que, con pocas excepciones, los diálogos resultan impostados y artificiales, y la narración tiene menos de trabajo ficcional que de testimonio... construido a base de materiales muy poco nobles. Trabajo de primerizo que se derrumba bajo el peso de la propia ineptitud, por mucho fervor que le imprima y mucha empatía que sintamos. Volveré a repetirlo otra vez: desconfíen de la escritura fácil, duden de sí mismos/as cuando escriban y los folios salgan como si nada, uno tras otro: es muy probable que hayan escrito trivialidades. 

Además, me acucia la sensación de que el autor no domina el vocabulario que emplea, como si quisiera decir una cosa empleando la palabra equivocada. No solo "escuchar" por "oír", sino frases como "En aquellas dos semanas, el agotamiento era perpetuo" (pág. 25)  ¿Querría decir continuo? ¿Que no menguaba?, "nada presagiaba que estaba hasta el culo de drogas" ("¿presagiaba?" pág. 21) o "deambulaban pocas personas por allí" (pág. 49): ¿estaba pensando en pasaban?

Amores ciegos adolece de tantas frases cliché, de tanto sentimiento previsible, de tanto nombre con su adjetivo evidente, de tanto verbo con su adverbio rutinario que el verbo exasperar se que me queda pequeño. 

Un par de ejemplos:


Esteban se volvió misántropo, esquivo, intangible, se escondía del mundo por miedo, desarrolló un desmesurado papel de embaucador mentiroso, proclive al abandono, desaliñado, sucio y desmelenado. A veces, se metía en algún antro y acababa quien sabe dónde, ciego de anfetaminas, cerveza, speed o coca. Cada quince días iba al psiquiatra y le contaba lo que quería, nada presagiaba que estaba hasta el culo de drogas, algo le había comentado a su loquero, lo controlaba todo, siempre parecía mantener el control. Durante unos años fue cambiando de trabajo en Lanzarote, y en ninguno se le notaba su adicción. (Pág. 21)

-¿Has escuchado lo mismo que yo? ¿De dónde ha salido esa voz tan apabullante y marchita? -le pregunté a Pablo que todavía tenía la tez pálida, los ojos ensombrecidos y las manos temblorosas. 
-Sí, la he escuchado. Llegó del fondo de la habitación pero yo no vi nada que testimoniara una presencia. Créeme, es la primera vez que he sentido algo así. No sé si ha sido producto de algún fenómeno acústico extraño o estábamos tan concentrados en localizar las tomas que dimensionamos nuestro miedo oculto. Estos sitios siempre me dan pavor y al mismo tiempo me llenan de curiosidad -me espetó Pablo como si yo también hubiera ido a aquella casa con el miedo metido en el cuerpo, cuando en temas parapsicólogos siempre he sido muy escéptico. 
-Bueno, Pablo. No saquemos conclusiones de donde no las hay. Seguro que tiene una explicación racional o fenomenológica. Aún estoy asustado, te lo aseguro, pero lo que nos ha pasado tiene una base científica o quien sabe, alguien nos ha gastado una broma macabra. Sin lugar a dudas, escuchamos lo mismo y era la voz de una mujer, desencajada y alocada. 
-Mario, si no te importa, recojamos nuestro equipo y vámonos de aquí. Tengo mal cuerpo, la boca seca, necesito beber un vaso de agua. Gracias a que lo dejamos en la entrada pues si vuelvo a entrar en esa habitación, te juro que me da un síncope. 
-No te preocupes. Voy yo. Tú quédate aquí tranquilo. No tardo nada. Solo será un instante. Mientras tanto siéntate en ese muro de piedra y respira. (Pág. 46)

 Dejemos para otro día cuestiones básicas como el uso de las comas, el empleo de las tildes o las conjugaciones de los verbos. Del apartado de las erratas y solecismos debería encargarse la editorial, al menos una competente.

Estamos confinados dentro de nuestra propia humanidad, somos conscientes de que no podemos sentir el hambre como un león, ni ver nuestro entorno como una libélula. A veces, incluso nos cuesta ponernos en el lugar de otro ser humano. El artista-escritor se distingue, al menos en nuestra época, por la originalidad de su enfoque y por la singularidad de su estilo a la hora de tejer la urdimbre de las pasiones humanas, en su trabajo de iluminar nuestras virtudes y miserias. En este sentido, Amores ciegos constituye un fracaso rotundo, por mucho que pudiera haber servido de catarsis a su autor.





sábado, 1 de febrero de 2020

'Monte a través', de Peter Stamm

Tiene que ser complicado que te consideren una persona adecuada para presentar libros, así, en general. No digo "un libro", porque podría parecer entonces que esa elección estaría fundada por la biografía vital, profesional, artística o académica. Digamos que eres abogado o juez y te piden que presentes el libro de un jurista sobre legislación mercantil: parece correcto. Lo mismo, si uno es ingeniero civil y un colega quiere que le presentes su libro sobre puentes colgantes. En fin, que cada cual saque un ejemplo. Digo que es complicado porque, en rigor, el presentador debería haber leído el libro y juzgado que es bueno. Se supone que su experiencia profesional y su prestigio tienen algo que ver con ello. El asunto tiene sus matices, no obstante.

En el ámbito literario, suele ser común que un escritor o escritora presente la nueva novela de otro autor. Es lo normal. Sin embargo, el problema surge cuando ese escritor (o escritora) se desdobla como presentador habitual. Ya no nos encontramos con que acuda a arropar con su presencia y sus palabras a un colega amigo o a un antiguo alumno de taller de escritura (gracias al cual paga Netflix o la conexión a la fibra óptica) estimulado por la calidad de la obra. No: se transforma él mismo en una categoría sociológica, y donde quiera que se presente un libro, tenemos un elevado índice de probabilidad de encontrárnoslo en el foro destinado a la ocasión: museo, casa-museo, salón de actos, hotel, librería, biblioteca, carpa, terraza, bar, buhardilla o sótano.

Tales presentaciones, cuyo convencionalismo, entre otros, reside en esa presentación a cargo de escritor conocido, no son sino un ritual de paso por el que, si el escritor presentado es novel, se le franquea la entrada a un estadio superior de desarrollo, en este caso el artístico. No es la escritura de la novela en sí, tampoco, al menos del todo, su publicación: el acceso a la categoría de literato culmina en el acto de la unción. Con otras palabras: cuando X presenta la novela de Y ante el público (merecería este otro artículo) se ejecuta un acto simbólico-performativo por el que Y, a partir de ese momento, se convierte en escritor.

En mi ociosidad sin límites, me he preguntado cuándo se convierte en necesaria la presentación y cuándo se disocia la presentación del presentador, fenómeno por el cual, dentro de unos límites más o menos laxos, cualquier presentador vale para presentar cualquier novela o poemario. Y cuándo ciertas personas normalmente escritores, resultan las elegidas de manera recurrente para ejercer tal función. Me pregunto, en fin, cuáles son las características que debe reunir tal persona para ejercer esa labor, casi sin desmayo. Estas preguntas adquieren un relieve más afilado, sin duda, cuando en vez de un escritor o escritora, esa función es asumida por un/a periodista, cultural o no.

Dicho lo cual, espero que para escándalo de propios y extraños, sugiero que pasemos a la novela de hoy:





Monte a través, de un escritor reseñado ya en este blog, Peter Stamm, es la historia de un hombre, Thomas ("un tipo normal y corriente") que una noche se marcha de su casa sin razón aparente o explícita. Atrás, en la casa familiar, quedan su mujer, Astrid, una hija, Elle, y un hijo, Konrad. Thomas trabaja de contable y lleva una vida tranquila, sin estridencias ni vicios conspicuos. Justo él y su familia acaban de volver de unas vacaciones en España, lo que precisamente acentúa la normalidad, por no decir el convencionalismo, de su vida.

Esa misma noche, tras la vuelta al hogar, una vez que Astrid entra en la casa después de haber tomado una copa de vino en el porche, Thomas, como Lázaro, se levanta y anda... Con una frase extraordinaria, Stamm (o, también, el traductor, José Aníbal Campos, quien es el encargado de verter a un excelente español el original en alemán) describe ese momento en que el protagonista sale de su vida habitual para comenzar otra sin nada más que lo que lleva en los bolsillos.


Thomas se puso de pie y recorrió el estrecho camino de grava que discurría en paralelo a la casa. Al llegar a la esquina, vaciló un instante, antes de doblar y poner rumbo a la puerta del jardín con una sonrisa de perplejidad de la que apenas era consciente. (Pág. 9)

No contaré la novela, que para eso están Vds. Sólo quiero compartir mis impresiones, y ya decidirán. Pienso que Thomas no es un hombre que se marcha, frente a una mujer cuidadora de la casa y de la familia. Yo lo interpreto como la posibilidad de cierto instinto primigenio de nomadismo y exploración nacido con el ser humano desde su origen hace 200.000 años en el sur de África, quizá enmohecido, tal vez sepultado bajo generaciones de arraigo, de nomadismo, pero siempre latente, que se actualiza con la convicción de que hay un mundo enorme del que solo ocupamos una millonésima parte. Además, cada hombre o mujer tiene ante sí, aunque la mayoría no lo consideremos el lapso de tiempo suficiente para considerarlo una reflexión seria, una nueva vida con solo desearlo (coacciones y encarcelamientos aparte). Con solo atreverse a salir por la puerta.Tiene su momento de vértigo, a poco que nos imaginemos.

Thomas deja atrás mujer, hijos, padres y hermana, empleo y su lugar en la sociedad sin mayor propósito consciente que caminar y seguir caminando hacia las montañas. Por su lado, Astrid, tras acudir a la policía y rastrearlo, llega, si no a comprender, sí a empatizar con él. El espacio vacío que deja Thomas no puede dejar de influir en ella y en sus hijos, pero todos continúan con su vida, de una manera u otra. 

¿Es la, me resisto a emplear la palabra "huida", marcha de Thomas una metáfora del ansia de escapar de una vida convencional, entendiendo por tal una de clase media europea? ¿Es, como escribí antes, un instinto atávico que se despierta sin saber sus causas? ¿Es un trasunto neoliberal de la frase "libertad para elegir", el mundo como un supermercado? ¿Es posible hacer un restart como si nada hubiera pasado? Antes de la crisis, era común oír y leer que era bueno cambiar de trabajo (sobre todo refiriéndose a los ejecutivos) cada dos años, máximo cinco. De moda estaba la "flexibilización" en todos los órdenes de la vida: residencia, empleo, pareja... Hoy en día, parece inimaginable aquella suficiencia vital inspirada por el desorbitado crecimiento económico, fundado a su vez en la burbuja de la construcción, la financiarización y el crédito. Las preguntas remiten, en fin, a qué podemos considerar como una vida digna de ser vivida, qué una vida lograda.

Quizá, nada de lo anterior:


En todos esos años, sin embargo, no volvió a cruzar la frontera de Suiza, pero tampoco eso había sido el resultado de una decisión firme, sino algo que surgió sin más, del mismo modo que surgía todo lo demás. No todo lo que uno hacía tenía un motivo. (Pág. 158)

Al menos consciente, claro.

En lo que se refiere al lenguaje, parece ser que en el idioma alemán, Peter Stamm se caracteriza por un estilo seco, casi árido. Sin embargo, la versión de José Aníbal Campos no me lo parece en absoluto. Eso sí, predomina la frase corta, sin abrumarnos con un laconismo extremo. Frases, en su mayoría, sin excesivo adorno adjetival, pero precisas, que esconden connotaciones no siempre fáciles de captar si uno lee distraído.


Hacía rato que el último tren había partido. Thomas se sentó en un banco delante del edificio de la estación y comió y bebió la cerveza helada. Mientras tanto, estuvo hojeando un periódico gratuito que alguien había dejado olvidado. Pero las breves noticias sobre el salvamento de tres cachalotes varados, una estatua satánica desnuda que alguien había expuesto en Vancouver o el hombre con la lengua más larga del mundo sólo consiguieron deprimirlo, así que acabó arrojando el periódico a la basura. A continuación, se quitó los zapatos y los calcetines y se examinó los pies bajo la chillona luz de una farola. Los tenía enrojecidos, con rozaduras en los talones, pero por suerte no encontró ninguna ampolla. (Pág 69)


Por primera vez desde que se marchó, Thomas despertó descansado y lleno de energía. La lluvia había cesado, pero el sol aún no había asomado detrás de los altos flancos de los montes. El aire era húmedo y frío. Bajo la luz matutina, las superficies verde claras del paisaje parecían pintadas sobre un lienzo. Tras un breve desayuno, con pan y algunos frutos secos, recogió sus cosas y partió. El camino era todavía más vertical que el día anterior, y Thomas empezó pronto a andar con el lento paso pendular que había aprendido en las montañas y que podía mantener durante horas. El bosque se acababa y la flora empezaba a ser más escasa y áspera. Los prados se llenaban de ortigas, al borde del camino crecían el ruiponce y la genciana de otoño, y también pequeños helechos entre las grietas de la roca. (Pág. 97)


 A veces, sin embargo, nos regala frases como esta: 
Los prados de color pardo estaban llenos de gibas y hondonadas, y en algunos de esos bajíos crecían los erióforos sobre un suelo lodoso, en otros se habían formado pequeños pantanos en cuyas aguas los haces de unas hojas muy estrechas y largas flotaban como cabelleras de personas ahogadas. (Pág. 110)

En todo caso, la sensación que me produce la escritura de Stamm (y la versión del traductor) es la de un autor que expresa con exactitud lo que pretende. No hay un adjetivo, un adverbio fuera de lugar. Precisión, justeza, finura. Además, al menos en Monte a través, no exenta, ni mucho menos, de la capacidad de transmitir tanto la belleza de la naturaleza como la sutileza de las emociones de los personajes, que no se encarnan en los convencionalismos habituales basados en pares de opuestos. Stamm, además, no juzga, aunque el narrador en tercera persona nos introduce en sus pensamientos, ora en Thomas, ora en Astrid. Los personajes actúan, hablan y piensan de tal modo que emergen de la narración como las montañas que recorre aquel: fáciles de ver, difíciles de recorrer. Vidas complejas bajo una pátina de sencilla cotidianidad que vuelven a traer a colación el poema de Emily Dickinson: 

Our lives are Swiss— 
So still—so Cool— 
Till some odd afternoon 
The Alps neglect their Curtains 
And we look farther on! 
Italy stands the other side! 
While like a guard between— 
The solemn Alps— 
The siren Alps 
Forever intervene!

Una buena novela para pensar.