Como Vds., lectoras y lectores míos, se complacen en los prolegómenos, puedo contarles que, hace un par de semanas, me encontré a un conocido al que no veía desde hacía unos cuantos años. He aquí que me confesó que volvía de la feria del libro porque le habían presentado un poemario suyo. Además, venía "cargado" con un libro. Yo le contesté, a modo de reacción compensatoria, que yo también escribía... mi propio blog de crítica literaria. Además, le blandí en la cara los libros que "cargaba" yo. Nos quedamos mirando un poco desconcertados porque ninguno reconocía al otro en aquellas actividades ajenas que se nos antojaron clandestinas y algo embarazosas. Me quedo, como recuerdo, con aquella frase que soltó al despedirnos, poética, como no podía ser de otro modo: "Detrás de cada mato, salta un conejo".
Desde entonces, uso esa frase a cada ocasión. Por ejemplo:
-Hola, buenos días.
-Buenos días.
-¿Cómo estás?
-Bien. ¿Y tú?
-También.
-¡Si es que detrás de cada mato, salta un conejo!
O:
-¿Sabes que Juanito se ha comprado un coche?
-¡No me digas!
-¡Detrás de cada mato, salta un conejo!
Lo cierto es que el contexto, hasta ahora, no me ha importado demasiado. El placer radica, aparte del desconcierto del interlocutor de turno, en disfrutar de esas palabras en la boca, de esas 't' y de esas 'a', en plantar esa frase, una y otra vez, en el mundo, que ya no volverá a ser igual. Es así como imagino a nuestros escritores y escritoras: plantando en sus novelas fraseologismos y frases hechas por doquier, escribiendo fácil, muy fácil, hasta el amanecer. Menuda selva les queda después. Debería recompensarse su entusiasmo, mejor si es por una institución pública que se arrogue el papel de reconocer el mérito, vegetal y silvestre, en este caso.
Pero vamos a lo nuestro:
Esta novela, escrita por el francés Jean Giono, fue publicada en 1946. Si tenemos en cuenta que la mayor parte de la experimentación literaria moderna fue escrita en la primera mitad del siglo XX, no tenemos pues por qué temer que sea una novela antigua. Hoy en día, en cambio, se publican a diario como novedades novelas que han nacido antiguas, no solo desde que salen de la imprenta, sino que me, atrevería a afirmarlo, desde su concepción en la mente del autor. Así pues, se deduce que la mayoría de nuestros escritores y escritoras son antiguos, y de qué manera.
Un rey sin diversión cuenta las hazañas de un personaje, Langlois, desde el punto de vista de un narrador que lo recuerda un siglo después, y también desde el punto de vista de una coetánea, reproducida, asimismo, por otro narrador. Además, tomarán la palabra otros personajes, configurando distintas aproximaciones al mismo personaje, todas ellas con la tonalidad subjetiva de quien lo cuenta. Por no hablar de ciertos excursos en los que el narrador, sobre todo en la primera parte, impone su presencia.
La estructura de la novela, grosso modo, podría dividirse en tres partes, siempre relacionadas con las actividades de Langlois, quien acude por primera vez, en calidad de policía, a un pueblo perdido entre montañas y bosques por la alarma suscitada por varias desapariciones de personas. La segunda, como comandante de montería de lobos, por la aparición en un invierno especialmente crudo y oscuro, de un gran lobo. La tercera narración nos cuenta un asunto aparentemente más mundano: el deseo de Langlois de encontrar una mujer con la que desposarse.
Daría lugar al error lo anterior si se pensara que la novela podría dividirse limpiamente en tres partes, como si fueran tres cuentos. Por el contrario, diversos elementos temáticos y simbólicos ejercen de nexo de una historia a otra, y el desenlace de la última ejerce de elemento esclarecedor de toda la novela. En realidad, la narración de las aventuras de Langlois tiene un propósito abarcador: mostrar el lado oscuro y violento de la condición humana que convive con el sociable y cooperativo. Así, Langlois, bravo e inteligente, elevado a la condición de héroe, parece ser consciente de este conflicto en su interior (aunque nunca lo revela él mismo: todo nos llega de segunda mano, de esos narradores que he señalado) elevado a cotas difícilmente soportables.
Hablemos del lenguaje; por lo tanto, hablemos no solo de Jean Giono, sino de su traductora, Isabel Núñez, que es, además, quien ha escrito el prólogo, que me parece brillante, todo sea dicho. Pues bien, el autor no solo es capaz de enhebrar diversas tramas con un lenguaje brillante, sino que es capaz de combinar usos vulgares y elevados de él en el mismo párrafo, incluso en la misma frase. Se nota, además, a diferencia de otros escritores, que Giono moldea y malea el lenguaje según sus intenciones, no se deja llevar, qué digo, arrastrar por él, precipitándose en esa verborrea que nos resulta tan familiar en nuestra literatura.
La serrería está justo en la curva, en la horquilla, al borde de la carretera. Allí se yergue un haya; estoy convencido de que no existe ninguna tan bonita: es el Apolo citaredo de las hayas. No es posible encontrar en un haya, ni en ningún otro árbol, una piel tan lisa ni de color más bello, una anchura más exacta, proporciones más justas, ni más nobleza, gracia y eterna juventud. Es exactamente Apolo, piensa uno nada más verlo, y sigue pensándolo incansablemente al mirarlo. Lo más extraordinario es que pueda ser tan hermoso y al mismo tiempo tan sencillo. Está fuera de duda que ese árbol se conoce y se juzga. ¿Cómo tanta justicia podría ser inconsciente? Bastaría un escalofrío de cierzo, un mal uso de la luz del atardecer, un voladizo en la inclinación de las hojas para que la belleza, desmoronada, dejara de sorprenderme. (Pág. 19)
Si este es el segundo párrafo de la novela, ¿cómo no puede tenerme ya medio ganado? Hay en este párrafo más literatura que en los cientos de páginas de, por ejemplo, las dos últimas novelas reseñadas en el Polillas. Y unas pocas páginas más adelante:
Existe, evidentemente, un sistema de referencias comparable, por ejemplo, al conocimiento económico del mundo, en el cual la sangre de Langlois y la sangre de Bergues tienen el mismo valor que la sangre de Marie Chezottes, de Ravanel y de Delphin-Jules. Pero existe, englobando al primero, otro sistema de referencias en el cual Abraham e Isaac se desplazan lógicamente, uno siguiendo al otro, hacia las montañas del país de Moria; en el que los cuchillos de obsidiana de los sacerdotes de Quetzalcóatl se hunden lógicamente en los corazones elegidos. Nos lo dice la belleza. No se puede vivir en un mundo donde se crea que la exquisita elegancia del plumaje de la pintada es inútil. Esto es un discurso completamente aparte. Me apetecía decirlo y lo he dicho. (Pág. 52)
Para describir su estado, hay dos palabras; una monacal y la otra militar. La primera es austero. Langlois era como un monje arrancado a la fuerza del lugar al que pertenecía y obligado a vivir con nosotros; a imitar las risas y las palabras a las que nosotros estamos acostumbrados; a mostrar cortesía o desdén por no sorprendernos demasiado. La segunda palabra que describe cómo se había vuelto Langlois es tajante. Era tajante como quien no está obligado a explicarte el porqué y el cómo, y que tiene algo mejor que hacer que esperar que lo comprendas. (Pág. 87)
Y si les dijera que en aquel momento nos enderezamos como los caballos cuando les punzan la grupa. Y que nos lanzamos hacia delante y que, cuanto más ruido hacíamos, más queríamos actuar, y que habríamos sido capaces (quizás) de descuartizar un lobo con los dientes. En todo caso, ganas no nos faltaban. Y peor que las ganas: mientras el cuerno ululaba y las matracas crepitaban y acechábamos los matorrales de allí delante para ver si no surgía de algún arbusto el huso negro y rojo del lobo, las fauces abiertas, nos mirábamos furtivamente unos a otros y, si no sé cuál sería la calidad de mi mirada sobre los demás, sí sé de qué calidad era la mirada que los demás posaban sobre mí. Sí, sobre mí. Que no había hecho nunca daño a nadie. (Pág. 120)
Como en todas las buenas novelas, casi resulta ocioso hablar de los diálogos ajustados a la historia y a las personalidades, la brillantez de las descripciones tanto de escenas o paisajes como de los personajes, etc. Está todo bien hilvanado, en el tono adecuado, con el ritmo preciso. El uso del lenguaje es sobresaliente, como hemos visto. Pero eso no sería suficiente si, como he señalado en otras ocasiones, la novela no escarbara en la naturaleza humana, si no suscitara preguntas pertinentes e inquietantes sobre nosotros. Esa es la grandeza de la buena literatura: el vértigo que nos provoca al confrontarnos con nuestras miserias y con nuestras grandezas.
El otro día descubrí por qué eran tan buenos los cuentos de George Saunders. Era algo tan simple que tenía que ser verdad. A su vez, explicaba por qué cierta prosa resulta tan banal y aburrida, como mucha que hemos comentado aquí. Pues bien, me di cuenta no de que cada palabra o frase fuese necesaria, como suele decirse, no. Bien podría el autor haber elegido otras, otras expresiones, otros giros. De lo que me di cuenta fue que nada de lo que escribía era previsible, lo que no significa que fuera imprevisible.
Sigo abundando en el asunto: las novelas que he vituperado aquí tienen como característica no solo el tópico, la frase hecha, tipo "la amaba con locura", "era una caja de sorpresas", "el café sabía horrible", "tenía los ojos de color miel", "la natación es un deporte muy completo", "caen tres gotas y se pone todo verde", etc, sino la previsibilidad de las acciones y de los sentimientos que transmite el autor/a, por un lado; y la anticipación por parte del lector de la palabra, de la frase e incluso de la reflexión siguiente, por otro. Funesta conjunción de forma y contenido. Conclusión: el tedio.
Más allá de la supuesta experimentación con el lenguaje de Saunders y de tantos otros, la revelación que experimenté al leer por segunda vez sus cuentos estaba en concordancia además con esa máxima cognitiva que hemos apuntado durante toda la vida de este blog: una buena novela nos enseña aspectos nuevos del ser humano, ilumina áreas apenas vislumbradas, nos conduce por túneles excavados sobre la marcha hacia quién sabe qué nuevas zonas de nosotros mismos. Es el resplandor del rayo en la noche oscura. Esa es una de las características fundamentales del buen novelista (y del buen poeta, por descontado).
Esto viene a cuento por la siguiente novela:

Caídos del suelo, de Ramón Betancor, me fue sugerida por un seguidor de Twitter, quien, con cierto tono indignado, se preguntaba y me preguntaba que cómo era posible que se me hubiera "escapado" (que no la hubiera reseñado, entiendo), dado que pertenecía a la "famosa trilogía Reino del Suelo", "y encima editada por Baile del Sol". Dado que no revelo su identidad, espero que no le molesten las citas literales. Saben quienes se atreven a pasar por el Facebook o el Twitter del Polillas que soy proclive a solicitar consejos y sugerencias. Pues bien, de aquellos polvos, estos lodos.
En cualquier caso, ignoraba que esta trilogía fuera tan famosa ni que la editorial gozara de tanto prestigio. Aunque dado el nivel de la crítica literaria en estas tierras, en la que todo es "necesario", "maravilloso", "excelente" y "prestigioso", no es de extrañar que, entre tanto deslumbramiento, este libro, esta trilogía y esta editorial no figurasen en el primer lugar de mis desvelos. Aun así hay que señalar que todo un Juan Cruz (alias el omnipresente) fue el encargado de presentar esta novela en la capital del Reino y el no menos ubicuo Santiago Gil, en Las Palmas de Gran Canaria.
Caídos del suelo es pues la primera novela de la trilogía mencionada, publicada en 2013. Según leo, comenzó siendo un relato interactivo por Internet y parece ser que después Ramón Betancor se animó a escribir la novela (o era un truco publicitario para venderla que le salió bien), y de ahí para arriba, lo que se ha sustanciado en dos obras más, como se ha dicho, y le ha granjeado el status de escritor en el mundillo literario. Pretende ser esta novela un relato mefistofélico sobre el ascenso a estrella literaria nacional y parte del extranjero de un joven, Mario Rojas, el Fausto local, que bien podría imaginarse sin mucho esfuerzo como el trasunto del autor. Y si no lo es, carece de importancia.
Para ir al grano: esta novela tiene un gran problema (y a eso se debe el excurso de hoy): la superfluosidad. Le sobran páginas, le sobran palabras, le sobran tópicos y frases hechas. Le sobra, en definitiva, la mentada previsibilidad. Se podría hacer una lista inmensa de lo anterior si me poseyera el ánimo exhaustivo, pero a estas alturas del Polillas ya pueden hacerse una idea. Vayamos entonces solo con una pequeña muestra:
a) Frases hechas y topicazos:
"Jugar con las cartas marcadas", pág. 13; "brillar por su ausencia", "puñado de sensaciones encontradas", "guardaban celosamente" "por encima del bien y del mal", pág. 17; "contados con los dedos de una mano", "sumaba puntos", pág. 18; "imagen cuidadosamente desaliñada", "perfectamente despeinado", pág. 22, "magnetismo irresistible", pág. 24; "devorar mi novela", pág. 53, "nos fundimos en un abrazo", pág. 90 etc., etc.
b) Las descripciones de los personajes son en variada proporción manidas, rebuscadas y cursis, tipo:
Su dueño era un hombre tranquilo, amable e irónico, oculto detrás de una barriga orgullosa y una frente despoblada de todo menos de ideas. Tendría unos cincuenta años. Tras su oscuro bigote vikingo se escondía una boca capaz de sorprender al más ingenioso y, sobre todo, al más presuntamente ingenioso. Era lo que se dice, un tipo grande, listo y feliz. (Pág. 17)
Nuestra chica se llamaba Lucía Oliver y era preciosa por dentro y por fuera. Estilizada, elegante y con los ojos de un color sorprendentemente indefinido a medio camino entre el verde y el azul. Su piel, transparente durante el largo invierno de La Laguna, se teñía esos primeros días estivales de un leve bronceado que embellecía las suaves formas de su rostro, resaltando una melena rubia que casi siempre llevaba amordazada en una coleta a medio hacer. (Pág. 21)
El tercer vértice de ese triángulo era yo: Mario Rojas. Un tipo normal, de una estatura normal y con un color de ojos normal. De esos que ves y no miras o que miras y no ves. Ni alto ni bajo ni gordo ni flaco ni triste ni entero... Lo más característico de mi físico era una eterna barba de tres días que achacaba a la pereza que me producía afeitarme, pero que en realidad formaba parte de una imagen cuidadosamente desaliñada que, junto a mi pelo perfectamente despeinado, buscaba tener esa pinta de escritor progre y maldito que me encantaba aparentar. (Pág. 22)
Miguel era sólo un par de años más joven que yo. Aunque nos parecíamos físicamente, él era un poco más bajo de estatura e infinitamente más alto de energía. Además, poseía ese magnetismo irresistible que sólo tienen quienes saben tenerlo... y mantenerlo. Por esa época, mi hermano menor había desarrollado una inagotable habilidad para viajar en el tiempo sin apenas despeinarse. Compaginaba sus estudios con un trabajo de media jornada en una pequeña agencia de viajes del centro de la ciudad. Durante mi estancia en Tenerife, ayudaba a mi madre con la casa y la comida. Y, por si fuera poco, aún tenía tiempo para refrescarse, buceando habitualmente bajo las faldas de sus innumerables novias de media noche y media cama. (Pág. 25).
Irene era desconexión y paz, pero también deseo e intriga. Morena y dueña de un cuerpo pequeño en el que cabían todas las curvas en las que deseaba estrellarme cada noche, tenía el pelo largo, lacio y tan negro como el alquitrán recién vertido en una nueva autopista. Una melena que le partía la frente en dos en la frontera del flequillo más simétrico que he visto en mi vida y que, al mismo tiempo, se escurría a cada lado de una cara tan redonda como el mundo. Un rostro seductor iluminado por unos ojos verdes en los que podría haberme pasado siglos buceando para encontrar la fuente de tanta vida. (Pág. 26)
Ella, por su parte, recopilaba en su imagen sobriedad, distinción y sexualidad a partes iguales. Llevaba una americana negra por debajo de la cintura y una minifalda ajustada, del mismo color, que te invitaba a soñar con unas piernas perfectas e interminables. Kilométricas. Unas extremidades inferiores muy superiores a la media. Sugerentes. Seductoras. Unas piernas infinitas que cruzaba y descruzaba con la desenvoltura de quien sabe que camina sobre dos armas de destrucción masiva. Dos reclamos para el amor y la guerra capaces de hipnotizar a un ejército entero y hacerle saltar desde un precipicio con sólo insinuarle que ése es el precio que hay que pagar para llegar hasta ella. Transmitía tanta seguridad como certidumbre. Tanta intriga como deseo. Lo curioso, es que me resultaba extrañamente familiar. (Págs. 76-77)
c) Diálogos impostados, sin naturalidad alguna, con frecuencia demasiado explicados, y con esa manía de citar el nombre del interlocutor, como en la ficción anglosajona:
-¿Qué ha pasado antes, Ray? -le pregunté de repente mirándolo a los ojos, sin preámbulos-. ¿Qué coño ha pasado antes y quién cojones era ese tipo?
-No quieras saberlo, Mario. En serio. Son cosas mías. Nada importante o que no pueda arreglar yo solo -lo dijo en un tono tan neutro que lo único que logró fue incrementar mi curiosidad.
-¿En serio? -insistí-. ¿Estás seguro de que es algo que puedas arreglar tú solo? Porque a mí no me ha dado esa impresión. Que yo sepa, ese viejo amigo, como tú lo llamas, no es de los que suelen pasar por El Traste.
-Escucha, Mario. Lamento la escena y lamento que te pudieras llevar una impresión extraña o equivocada de la situación... -me dijo con la voz apagada.
-No me he llevado ninguna impresión, Ray -lo interrumpí-. Ni equivocada ni cierta. De hecho, estoy esperando a que me expliques lo que ha pasado antes para saber de qué coño va todo esto. Llámame entrometido, pero tengo la mala costumbre de preocuparme por mis amigos.
-Entiendo que te preocupes porque eres escritor y en tu cabeza se permiten ciertas paranoias e irrealidades -me dijo en tono de burla, sonriendo de una forma en la que dejaba claro que ni a él mismo le parecía gracioso ese comentario-. Pero olvida lo que viste y no les des más vueltas. Sólo era una persona a la que hacía una vida que no veía. Nada más. (Págs 32-33)
-Bueno, pues eso -continuó-. Resulta que esta mañana, mientras desayunaba, no me podía creer lo que estaba leyendo en el maldito periódico. El cabrón de Mario está en Madrid...
-Vivo en Madrid, Jotas -interrumpí-. Nos hemos escrito al menos veinte o treinta cartas estos últimos años.
-Lo sé, Mario -pareció molestarse-. Pero sólo tenía el número de un apartado postal que me facilitó tu madre después de que la pobre mujer se rindiera tras mi insistencia enfermiza. No sé si sabes que estuve dándole el coñazo durante un año entero, día sí y día también. Antes, lo recordarás, cuando estuviste viviendo en París y en no sé cuántos sitios más, para escribirte tenía que darle las cartas a ella. Creo que ni los presos políticos pasan tantos trámites y filtros para recibir su correspondencia.
-No estoy orgulloso de eso, Jotas -le dije resignado-. Pero créeme, tenía mis motivos.
-Bueno, eso ahora da igual -volvió a cambiar el tono como por arte de magia, restándole importancia a los reproches guardados durante tanto tiempo en los bolsillos de su memoria-. El caso es que esta ciudad es demasiado grande como para buscarte puerta por puerta. Además, tú tampoco querías que lo hiciéramos, ¿no es así? Me refiero a Lucía y a mí. Y lo hemos respetado.
-Y yo lo agradezco -le confesé-. Ya te he dicho que tenía mis razones. Quizá algún día pueda contártelas. Sólo te digo que sé que me entenderías.
-Entre amigos, las explicaciones sobran -me dijo como con ganas de cerrar ese capitulo-. Ni yo te las he pedido ni pretendo que tú me las des. No te he llamado por eso. (Pág. 87).
El estilo en general es plano, una prosa verborreica, que cuando aspira a ser sentimental se vuelve cursi y relamida, y cuando quiere ser filosófica no es sino pretenciosa y banal. Se empeña Betancor en explicar cuando solo debería mostrar, y en ocultar todo lo que valdría la pena leer. Uno se aburre y se vuelve a aburrir cuando la historia pretende estar llena de sueños, ambiciones, misterios y peligros. No hay mundo tras las frases y los párrafos, no hay vida ni color. No hay, triste es escribirlo, literatura con sentido artístico.
Con ánimo generoso, se la puede considerar una novela de principiante, que quizá case bien con lo que es, una primera novela. Es de desear (y de esperar) que el autor haya enmendado sus numerosos errores y, sobre todo, su enfoque en las otras dos novelas de "la famosa trilogía". Yo, en esta, me he rendido en la página 107 porque la vida se escapa y a estas alturas hay que saber administrar los esfuerzos. Mejores novelas aguardan sobre la mesa, sin duda.
P.D. He encontrado estas dos reseñas, por si quieren leer otros puntos de vista: Aquí, aquí. Y la presentación de Santiago Gil, aquí.
Este año, la feria del libro de Las Palmas GC volvió a ser tan anodina como siempre. Feria, al fin y al cabo, no es más que el lugar y la actividad en la que se exponen productos para su venta y su compra. Una feria del libro puede inducirnos a pensar que está destinada a propósitos más nobles, pero caeríamos en un error categorial. En una feria del libro se promocionan unos objetos denominados libros, que es la mercadería con la que trabaja parte de la denominada industria cultural, las editoriales, y sus distribuidores, las librerías. No esperen, pues, nada demasiado espiritual, estético o estético-espiritual. No es el lugar adecuado para gozar de momentos de éxtasis artístico. Quizá para paliar este flanco débil, a veces leer no es leer, sino una experiencia lectora, según los departamentos de marketing. Ya saben que estamos en una época que hasta las experiencias se venden y se compran.
Así pues, salvo que convirtamos una feria en un circo, lo que quizá resultaría más ameno, el espectáculo de estos eventos consiste en ver y, tal vez, compadecer a muchos escritores/as desconocidos sentados con cara de pena frente a unos cuantos ejemplares de su libro en una mesita, esperando que alguien se decida a adquirir alguno. Esto no reza para los escritores/as famosos/as, que tienen espacio para ellos solos y ante los cuales suele tenderse una cola de fetichistas de la firma y adoradores del contacto personal. No obstante, tanto el año anterior como este las estrellas son, sin comparación posible, las influencers. ¿Por qué? Porque venden más que cualquier escritor consagrado. De eso se trata, por mucho que, por ejemplo, poetas airados nieguen la categoría de poesía a lo que escriben esos booktubers o cantautores reciclados. OPA literaria, llamaría yo a ese fenómeno.
También vi a mucho periodista presentando a escritor con novela nueva. Más allá de la destreza comunicativa de cada uno de estos presentadores, lo cierto es que, youtubers aparte, la literatura en España sí que está estrechamente vinculada con los periodistas, al menos en los últimos tiempos. Como si literatura y periodismo fueran vasos comunicantes por naturaleza, como si cada periodista fuese un García Márquez en potencia. En fin, es bastante posible, viendo el nivel general de los periódicos y del periodismo en nuestro país, que el daño sea ya irreparable.
¿Quién dijo pesimismo?
De Alexis Ravelo podrán decirse muchas cosas, o quizá no tantas, pero lo que no puede negarse es su capacidad de trabajo, que da como resultado una fertilidad novelesca a prueba de desaliento. En Canarias, solo me viene a la memoria otro escritor que publique más que él, lo que no es sencillo. Respecto de la cantidad, al menos, no hay peligro de que la literatura perpetrada por canarios languidezca. Son los Tàpies de la literatura canaria.
El caso es que, aprovechando el momento cumbre en ventas y promoción que suponen estas fechas a causa de las ferias del libro, la editorial Siruela (colección Siruela policiaca) ha publicado la última novela de Ravelo, La ceguera del cangrejo, ambientada en Lanzarote y con la vida y obra del artista César Manrique de trasfondo ecológico-moral. Después de la lamentable La otra vida de Ned Blackbird y de la más o menos afamada Los Milagros prohibidos, nuestro autor ha vuelto al género que le ha dado fama, premios y muchos fans (tal vez, hardcore), estos últimos indiferentes a toda crítica; primero, con El peor de los tiempos y, ahora, con la novela que nos ocupa. En este caso, se parte de la muerte de una mujer, Olga, historiadora, como desencadenante de la trama y una investigación, aunque sea sobrevenida, a cargo de su pareja sentimental, un militar en activo, que la relaciona con una red de corrupción urbanística y especulación inmobiliaria tejida en la era del desarrollismo turístico de Lanzarote.
Me habían comentado, en este sentido, que el punto fuerte de Alexis Ravelo es el género negro y que, por lo tanto, la reseña negativa que yo había escrito respecto de La otra vida podría no ser representativa de la calidad literaria de este autor. Soy de la opinión de que aquella trasciende los géneros, y que no queda circunscrita por estos. Más bien, la calidad se manifiesta en la obra de un autor y son luego los críticos y los periodistas de suplemento los que endosan etiquetas. Ya saben, los nichos de mercado y la consideración del lector medio como lerdo y abúlico.
Pues bien: es cierto que La ceguera del cangrejo es mejor que La otra vida de Ned Blackbird. No obstante, no nos alegremos tanto: era tarea harto sencilla. El autor de La ceguera ha superado las contradicciones lógicas de aquella, que en determinado momento se le fue de de las manos de forma irremisible: sostener de manera verosímil la trama de La otra vida era una labor para la que quizá entonces no estaba pertrechado técnicamente. Ravelo ha conseguido podar, si no eliminar (sería mucho pedir), aquella profusión de frases hechas y topicazos que hacían la lectura insoportable. Ahora, se contiene ante la cursilería y ante la necesidad de demostrar sus lecturas y demás bagaje cultural y no les da rienda suelta. Siguen estando presentes, pero mejor incardinadas.
Además, y eso es elogiable, escribe una novela molesta: para los urbanistas, constructores, funcionarios prevaricadores, comisionistas y políticos empeñados en arrasar con todo lo bueno que pueda tener esta tierra por su codicia sin límites. Y, yendo más allá, también para nosotros, las personas normales, que vivimos en esa alucinación fetichista del resort, del todo incluido, del espejismo del lujo al alcance de todos, del low cost en hoteles, líneas aéreas, ropa y comida, sin saber ni querer saber la explotación y la injusticia sobre la que se erigen. En este sentido, no es una novela escapista más, sino que estructura una ficción enraizada en la historia local, de denuncia, en la que se pueden poner nombres y apellidos a los/las responsables de estas tropelías. Otros más podrían tener la decencia de sentirse avergonzados.
Pero siempre hay sin embargos, y esta novela contiene varios. Comencemos, recordando que los ejemplos son acumulativos:
a) Alexis Ravelo no es Virginia Woolf ni Henry James. Me explico: la novela está contada por un narrador externo, en tercera persona, pero la mayor parte del tiempo está entremezclada con la voz (pensamientos) del protagonista, Ángel Fuentes, un militar sin demasiada cultura (por lo que se nos cuenta). Así pues, está presente el estilo indirecto libre. Woolf y James eran maestros en esta técnica, y su estilo, certero y preciso, delicado y elegante, en fin, lo que todos sabemos. Si somos generosos, podemos pensar que en La ceguera la voz del personaje principal tiñe la narración con su forma de hablar: un estilo coloquial y, a veces, vulgar. Esto puede estar bien en algunos pasajes, no digo que no, a lo largo de la novela para conseguir determinados efectos. El problema consiste, a mi entender, que, más allá del punto de vista, casi toda la prosa de la novela es así, lo que la perjudica gravemente (recordemos, a propósito, LaLaZ). Estilísticamente, utilizando símiles aeronáuticos, la obra no coge altura, se limita a planear a ras de suelo. Así, en ese sentido, sí que me parece una novela difícil. No encuentro voluntad de estilo o interés por la frase. No percibo preocupación o esfuerzo estéticos.
Recordó cómo se le había helado la sangre la primera vez que la vio, hacía ahora un par de semanas, en la soledad de la casa de La Minilla. Quién carajo era aquel elemento y qué cojones hacía con Olga; eso fue lo primero que se propuso averiguar. Pero luego decidió no comportarse como el energúmeno que se sabía capaz de ser, no llamar inmediatamente a Sonia para preguntarle, no conectar el móvil de Olga para buscar mensajes comprometedores ni ponerse a rebuscar como un loco entre sus cosas hasta encontrar las pruebas de una traición que, de momento, solo estaba en su cabeza. Y en este instante, al sentir de nuevo aquellos celos, volvió a dominarse: si el tipo debía aparecer, lo haría; si no, se lo tomaría como una anécdota. No había venido para reclamar unos derechos de macho lastimadito que ya no tenían sentido. (Págs 18-19)
Ángel escuchó con gesto comprensivo mientras Blas le contaba que no se podían quejar, que les iba bien en sus trabajos, que su empresa, por ejemplo, hacía el mantenimiento y la supervisión de varias instituciones, aparte de las empresas privadas. Pero que eso tenía el coste personal de no poder disfrutar de los mejores años de sus niños, de llevar una vida de familia solo el fin de semana. Y no siempre, porque a veces había que llevarse trabajo a casa. A Ángel le interesaban tres pepinos los pormenores de la conciliación familiar de Blas y Julia. Su mente estaba ocupada en sus propios asuntos (Pág. 162)
b) No es amigo nuestro autor de la frase corta ni del párrafo breve, lo que de por sí no es una virtud ni un defecto. Estoy con ustedes en que cada autor/a tiene su forma de escribir, y el talento se demuestra en todos los estilos posibles. Ravelo no escribe de forma embarullada, ni retorcida, qué va. Si algo tiene su prosa es que resulta accesible para cualquier lector. El problema no es ese, sino que Ravelo no corta ni borra. Y si lo hace, no se aplica cabalmente. Quizá sea su sello personal, o es que el género tiene sus convenciones y necesita, por ejemplo, que se nos informe con detalle de todo lo que come y bebe el protagonista. Es posible que el detective Carvalho haya hecho mucho daño a los escritores noir españoles, pero los traumas no eximen del delito a su perpetrador. Además, la acumulación de nimiedades, si no son significativas por alguna razón, se convierten en ruido para la comunicación y constituyen, por tanto, un lastre para cualquier novela. Es como si las descripciones le resultaran tediosas y las resolviera de modo rutinario, pero aun así creyese que la prolijidad es la mejor opción. Algo de lo que se contaminan también los diálogos, por cierto.
El bufé estaba situado en la azotea y disponía de una amplia terraza donde se permitía fumar. Sin embargo, desayunó en el comedor, para que no le jodiera el viento. Coincidió con pocos huéspedes: un matrimonio de jubilados peninsulares, una familia joven con un niño menos ruidoso de lo que él había temido en principio y tres solitarios de mediana edad con pinta de representantes comerciales que atendían la provincia. Uno de ellos era una mujer que no apartaba la vista de su teléfono móvil. Los otros dos eran tipos grises que estaban pendientes de sus tablets, cada uno en un extremo del comedor. Seguramente adelantaban el trabajo de esa jornada. Él, por su parte, hizo algo similar con ayuda de un mapa de la isla y de uno de los cuadernos de Olga, mientras mojaba churros en el café. Cuando se los terminó, dobló el mapa y lo introdujo en el cuaderno. Siempre tendría tiempo, por el camino, de parar a repasarlos tomando algo.
Se sirvió otro café y salió a tomárselo a la terraza. El viento amainó un poco y le permitió disfrutar de un cigarrillo, en pie, junto a la barandilla. (Pág. 35)
Como era sábado, el piberío comenzó a llegar pronto a la calita y el puente, armando un escándalo de mil demonios que se sumó a los ruidos de la calle. Ya se había despertado varias veces durante la madrugada (para mear, para vomitar, para intentar refrescarse, para apagar los apliques) e interpretó aquel concierto para testosterona y orquestina como la señal de que tocaba arrastrarse fuera de la cama. En el bufé se sirvió un café doble, un zumo de naranja y un vaso de agua y se los llevó a la terraza. No se imaginaba capaz de tragar algo sólido aún. Le extrañó ver allí a la mujer del vestido fucsia: era de esperar que en fin de semana los comerciales estuvieran en su casa y no en los hoteles de las islas a las que iban a trabajar. Quizá él se había equivocado y la mujer se dedicaba a otra cosa. En todo caso, ahí estaba, esta vez con unos shorts y una camiseta blanca, tomando café con leche y fumando mientras leía el periódico. Se dieron los buenos días y él se puso en la mesita de al lado, se endulzó el café, encendió un cigarrillo e intentó beberse el zumo, que le bajó por el gaznate como vitriolo. Debió de arrugar mucho la cara, porque enseguida oyó decir a la mujer:
-¿Una noche dura?
La miró. Ella tenía una gran sonrisa burlona en medio de su rostro carnoso plagado de pecas. Ángel le devolvió la sonrisa, meneando la cabeza.
-Llega un momento en el que uno, en vez de resacas, tiene convalecencias -dijo. (Pág. 103)
c) La caracterización de los personajes es convencional y, a veces, banal. Tras la descripción física o moral, salvo excepciones, nos quedan personajes borrosos, cuando no desleídos, sin consistencia, cuando son precisamente ellos los que en muchos casos sostienen las novelas del género. Si a una novela pobre en lo estilístico y con demasiada paja textual le sumamos personajes acartonados en diverso grado de rigidez y previsibilidad, nos encontramos con demasiados obstáculos para una lectura satisfactoria.
Sonia se retrasó. Desde la terraza del hotel, la vio cruzar la avenida sin reconocerla hasta que la tuvo a unos metros. Fue a causa de su peinado, porque ahora llevaba el pelo cortado por los hombros y teñido de violeta; quizá también de los kilos que había ganado en los dos años que llevaban sin verse. Por lo demás, seguía siendo la profe de Lengua Y literatura que había parado de envejecer a los treinta y pocos, la mujer de rostro redondo y risueño y grandes ojos escrutadores ocultos tras unas gafas de montura de color naranja. La misma Sonia de siempre. La feminista. La roja. La que él siempre sospechó que que no era demasiado feliz con la idea de que la pareja de su mejor amiga fuese un militar. (Pág. 22)
El matrimonio lo saludó más cariñosamente de lo que nunca lo había hecho. Hasta el tímido Blas se levantó para darle un abrazo. Durante los primeros minutos, se dedicaron a preguntarle lo mismo que todos (si había llegado bien, dónde se alojaba, hasta cuándo se quedaría) y que fue contestando como pudo, intentando preguntarles también a ellos qué tal le iba a Julia con el bufete y a Blas en el trabajo (aunque nunca había sabido exactamente a qué se dedicaban ni él ni su empresa), cómo estaban los niños. Esta última pregunta provocó encendido de teléfonos móviles y profusión de fotografías de los churumbeles, niño y niña, en distintas situaciones, atmósferas y grados de gracia, acompañados de chascarrillos de los orgullosos padres que fingían ser sufridos aguantadores de mataperrerías.
Julia y Blas eran la i y el punto. Y ella era la i: casi un metro ochenta de mujer delgada, con el pelo rizado y abundante que dejaba encanecer sin preocuparse. Sin embargo, su rostro, lavado y terso, continuaba en los treinta años que había dejado atrás hacía ya nueve. Como siempre que no estaba trabajando, llevaba un vestido suelto y se comportaba de manera extrovertida y tolerante, con un sentido del humor un tanto maligno pero siempre generosa, intentando volver a ser la hippie que en realidad nunca fue, dedicada a los estudios y el derecho laboral, defendiendo a quienes no habían tenido la suerte de contar con unos padres que pudiesen darles carrera. Blas, que le sacaba quince años, era más del modelo oficinista: bajito y rechoncho, intentaba disimular sus lorzas llevando las camisas por fuera del pantalón, pero apenas lo conseguía. Sus ojos miopes, siempre tras unas gafas de montura al aire, tendían a orientarse hacia abajo, como herencia de una timidez juvenil que jamás había superado del todo. Tenía cara de luna y una frente que le acababa casi en el cogote, aunque nunca se había decidido a afeitarse los cuatro pelos que aún le crecían en torno a la coronilla. Por lo demás, era un hombre amable, llevaba siempre la sonrisa puesta y no se negaba a la conversación, aunque jamás era él quien la iniciaba, probablemente por miedo a decir algo inconveniente. (Págs. 80-81)
d) La trama. Después de terminar la novela, después de tanta ida y venida del protagonista, de tantos datos introducidos para la "geolocalización" de este sitio o de aquel, me pregunto si ha valido la pena tanto esfuerzo, si gran parte de la acción no resulta, simplemente, innecesaria, y que conduce a un recargamiento injustificado de escenas y episodios. Una trama anabolizada cuya prosa, como he señalado, no nos alivia. Respecto del contenido, pero relacionado con lo anterior, no puedo dejar de considerar dudosa la verosimilitud de las circunstancias que disparan el interés investigador del protagonista, por no hablar de que ese prolegómeno acapara más de la mitad de la novela y resulta desproporcionado en relación con la investigación que conduce al descubrimiento de la verdad. Una vez superado, la lectura adquiere mayor velocidad y desemboca en un clímax funesto aceptablemente resuelto.
La ceguera del cangrejo, en fin, a pesar de contar con momentos de interés, no resulta satisfactoria por los defectos que he expuesto en el nivel del discurso. Una novela menor y olvidable, que tal vez satisfaga las expectativas de los incondicionales del autor y de aquellos (cuyo número no es escaso) que pretendan pasar el rato sin mayores aspiraciones ni exigencias. Como siempre, quedan en el aire las mismas cuestiones: para qué se escribe, para qué se lee.
Creo que el mayor defecto, siendo conmovedor, de una feria del libro es la ingenuidad. La de los visitantes que, aunque no compren ninguna novela, ensayo o poemario, acuden a las casetas y a las carpas con sincera devoción, como la de esos peregrinos que creen que entrando en contacto con la reliquia de algún modo se verán bendecidos o curados. Ese fenómeno, ya estudiado por Durkheim, se transmuta en nuestra edad, a ratos posmoderna, a ratos demasiado poco posmoderna, en la cercanía a la estrella mediática o artística, en un contacto como un beso o un apretón de manos, o en la más modesta, pero quizá más tangible, prueba caligráfica en forma de firma.
Con el advenimiento de Internet y de las redes sociales como Facebook o Twitter, ese admiración y el consiguiente deseo de aproximación se ha transubstanciado en aspiración de amistad en diverso grado y en fidelidad más o menos impertinente. Los escritores famosos (también en diversa escala), al igual que los deportistas y antaño los músicos son también, aparte de admirados, objeto de emulación. En un mundo en el que cada vez sobreviven menos certezas, el discurrir biográfico de la persona que ha disfrutado de algún tipo de éxito, se convierte en modelo a seguir, en ejemplo de vida. Ya no es tanto lo que escribe o cómo lo escribe, lo que importa más ahora es cómo consiguió tener éxito. Y no me refiero al esfuerzo en escribir, a su reflexión sobre el arte, la literatura, etc., sino que tipo de bolígrafo usa, si lo usa, qué horario tiene para escribir, si gusta de la vida bohemia o se encierra en un búnker, si prefiere garrapatear sus notas en una cafetería o toma apuntes mientras viaja, con qué música se relaja o emociona, si usa gel cuando se ducha o le vale con el champú y cosas por el estilo. Lo importante hoy es que suban al podio "los escritores que arrastran legiones de hardcore-fans", como se resaltaba con equivocado acierto en un lamentable artículo. Fan es el acortamiento de fan-ático/a, y los fanáticos no se suelen caracterizar por su racionalidad ni, por tanto, por su sutileza en la argumentación.
Sin llegar a ese extremo, que ya no lo es tanto pues está adquiriendo normalidad, los visitantes a las ferias de libros son, sin ánimo exhaustivo lo escribo, gente a la que, dejando de lado Internet, le gusta leer moderadamente (¿5-10 obras al año?), pero que, quizá por eso mismo, se acerca a los libros con ánimo reverencial, como consternada ante la santidad de la literatura, cuyos sacerdotes y sacerdotisas son, los escritores y escritoras que administran, por encargo editorial, la fe en la cultura.
Así pues, por un lado, la ingenuidad logra sostener, aun a duras penas, la noción del mundo como maravilloso o como encantado, en el que la belleza, la verdad y la justicia brillan inmaculados como referentes a los que es posible acercarse, qué digo, de los que es posible empaparse entero. Por el contrario, y dado que a la industria cultural ninguno de esos tres conceptos le importa un bledo si no genera beneficios, lo más probable es que a los ingenuos les toque en suerte la mayor parte del tiempo una cantidad extraordinaria de mediocridades y decepciones que jamás se merecieron. De hecho, el panorama cultural español y canario se abastece de un surtido constante de banalidades y estupideces, por mucha necesariedad e imprescindibilidad que intenten colarnos en los medios de comunicación y en las redes.
Por último, y no menos importante, hay que recordar que Canarias, en concordancia con su nivel de vida, desigualdad, paro y abandono escolar, está a la cola, entre Andalucía y Extremadura, en índice de lectura. Después querremos milagros.
Y tras el sermón, la novela:
Hay novelas que le llegan a uno como el resultado de una pequeña labor de investigación: estás leyendo un libro, una revista o un blog y una cita singularmente oportuna te lleva a indagar sobre ella y su autor/a. O también puede ser una referencia que te lleva a otra, y a otra, y finalmente, te encuentras deseando leer esa novela, un antojo casi inexplicable que quizá solo pueda justificarse por mera codicia, aun intelectual. En otras, la lectura de la reseña de un blog como el de Joan Flores Constans es suficiente. Tal fue mi caso respecto de La noche fenomenal.
La noche fenomenal tiene como protagonistas a esos miembros de la especie humana denominados amantes de lo oculto. Y no me refiero al creyente habitual de las religiones institucionalizadas sino a aquellos creyentes en lo paranormal. Sí, esa gente que, pese a toda prueba o razonamiento científico, incluso pese a su prosaico deambular cotidiano, está convencida de la existencia de realidades paralelas, abducciones extraterrestres, fantasmas de ectoplasma variable, Yetis de distinto pelaje o maldiciones apocalípticas relacionadas con las pirámides guatemaltecas, entre otros misterios.
Algunos miembros de esta tipología humana aciertan a reunirse en Barcelona y consiguen producir un programa de televisión llamado (de ahí el título) La noche fenomenal. No deja de ser, dentro de su común fijación, variopinta el conjunto de personajes que Javier Pérez Andújar introduce en la novela. Sin embargo, ahora me gustaría resaltar el uso del lenguaje del autor por el que figuras corrientes como la metáfora, la comparación o la aliteración se alternan con un enfoque en el detalle, cuando no en la nimiedad, que se encarna en esa manera de desvalijar el repertorio de frases hechas de nuestro idioma y en los monólogos y pensamientos de los personajes, lo que se corresponde de manera óptima con el planteamiento general de los discursos paranormales: atención casi obsesiva por el detalle, extrapolamientos insólitos y desquicie en la teoría general. Lo que también forma parte de ese sentido del humor del que está impregnada La noche fenomenal. Me recuerda a esa novela de Antonio Orejudo (al que, por cierto, se cita) que reseñé en este blog: Ventajas de viajar en tren, sobre todo en el deleite por las palabras.
Asimismo, la novela está plagada de intertextualidades y referencias a personajes históricos, artistas y obras varias, que son literalmente una enormidad, pero consigue sortear con gracia la pedantería e impertinencia en la que tan fácil es caer. Aquí, aparte de atinadas, contribuyen a la atmósfera de irrealidad, en muchas ocasiones hilarante, que atraviesa la trama.
Bastaron pocos programas para que el bar Ski se constituyese en nuestro centro neurálgico. Su dueño, el señor Dimas, era gallego, y Gómez, el camarero, era filipino. Ambos iban de uniforme, camisa blanca y pantalones negros. El dueño no atendía las mesas, se quedaba como un icono ruso, allí en la barra.
-Mirad, ¿conocéis wikileaks? Pues olvidaos, porque wikileaks está manipulado. Pero esto otro va a misa, esto de aquí viene de la deep web.
A J.L. Hermosilla se le electrizaba el lunar de la mejilla siempre que descubría un caso de conspiración. Esa noche nos explicaba que la CIA ya había estado en Marte. Sacó un folio de una carpeta, pero como no era ese, lo guardó, sacó otro y volvió a cerrarla con las gomas. Gómez nos trajo otra ronda de piñas de cerveza, así se llamaba ese tipo de copa, y también trajo otro platito de almendritas saladas. El plato era pequeño, como de servicio de café, de modo que resultaba lógico llamarlo con el diminutivo; sin embargo las almendras eran normales. J.L. cogió un puñado y lo contempló sobre la palma de la mano antes de seguir contándonos lo que había descubierto. (Pág. 37)
Volvió a sonar el teléfono. Esta vez descolgué y habló una mujer:-Sí, señora, está usted llamando a La noche fenomenal. Pero ¿de qué tipo de fenómeno se trata? No, yo soy Javier. Sí, el que sale al final del programa. Pero no es de payaso de lo que hago, es de mago. Lo que hago es ilusionismo. No pasa nada. No, no, ese no es De Diego, el que dice usted es De Oña, el especialista en criaturas en la sombra. Y para las apariciones tiene que hablar con Socorro. Si quiere le tomo el recado; porque Socorro no va a venir hasta la tarde. ¡Ah! ¡Desapariciones! Una desaparición misteriosa. Pero ¿de una persona? Supongo que habrá hablado con la policía. Bueno, claro, si entró en el lavabo y no ha vuelto a salir, y dentro no hay nadie, sí que podría considerarse un fenómeno paranormal. Desde ayer tarde... Entiendo que se refiere al lavabo de su casa. ¿Y no oyó ruidos ni nada? Ya, me refería a ruidos misteriosos. Claro, en el lavabo de un restaurante sería diferente. No se preocupe, iré yo mismo a verla. También formo parte del equipo, señora. Muchas gracias por su llamada. Y por favor acuda sin falta a la policía. No la van a creer, pero todo apunta que esta vez van a tener que acabar dándonos la razón. Sí,para comprender, primero hay que creer, ese es nuestro lema. Claro, al revés también vale. (Págs. 50-51)
Mi madre había preparado de cena la pescadilla que se muerde la cola lo mismo que una serpiente ouroboros. Pero ella no estaba pensando en el samsara al freírla sino en comer. Era un plato que había hecho toda la vida. El eterno retorno, lo que no conoce ni principio ni fin, me miraba desde mi niñez con sus ojos muertos, blanquecinos, duros. Al ouroboros volvería a encontrármelo más tarde, en los días todavía malos, llenando la portada de un disco de Los Enemigos.
-Te he puesto tres, ¿vas a querer más? -me dijo.
-El tres es un número prudente.
-¿A que no te imaginas quién me ha llamado esta tarde?
-Dame una pista.
-Cuando te lo diga te vas a quedar con las patas colgando.
Llevaba la bata de estar por casa. Era violeta, como sus ojos, y tenía pinta de abrigar mucho. Se la había hecho ella y le puso botones grandes y ademas se anudaba a la cintura. Nunca se la ponía antes de la hora de la cena.
-Bueno, pero dame una pista.
-¡El señor Moreno!
-¿Cecilio, el vecino que se murió el otro día?
-¡El mismo!
-¿Y qué quería? ¿Ha llegado bien?
-Me ha tenido más de una hora al teléfono. Cómo se enrolla el tío. Es peor aún que cuando estaba vivo. (Pág. 172)
Reconozco que habría preferido que la novela discurriera en este ambiente de Cuarto Milenio dentro de cauces más realistas y haber propuesto así una reflexión o análisis de las credulidades varias del siglo XXI, unas ya antiguas, otras muy nuevas. Sin embargo, tras el giro fantástico que acontece tras no demasiadas páginas, uno termina por aceptar las nuevas reglas del juego y simplemente se relaja y disfruta, como en las fiestas en las que ya se entra con buen pie y se acaba sin camisa haciendo flexiones en la calle o en la otra punta de la ciudad con gente estrafalaria que resulta, solo en esos momentos, fascinante. En una fiesta de esas, de las que nos acordaremos toda la vida, la virtud más alabada no es la coherencia.
También es cierto que la trama se desquicia y termina por desleírse, como si sufriera el impacto de esa lluvia casi perenne que cae durante toda la historia. Además, llegado cierto momento, todos los personajes parecen expresarse del mismo modo, aun conservando sus personalidades, lo que no termina de resultar satisfactorio, aunque es posible que esta tremenda y bulliciosa fantasmagoría no precise de individualidades cortadas a cuchillo sino de un quehacer y un quepensar común que refleje una actitud, entre valerosa y desesperada, ante la vida y la muerte. Como dice uno de los protagonistas: "Por fin tenía la esperanza de pertenecer a algo y dejar de ser un solitario".
Entiendo la tentación que supone para muchas personas el cálido refugio de cierto arte y, más en concreto, de cierta literatura. En las sociedades opulentas como las nuestras -aunque la opulencia se concentre en un par de decenas de miles de familias- en las que nadie se muere de hambre, el sufrimiento de vivir se materializa en vidas desdichadas, por otras razones más allá de la mera supervivencia.
No es raro, entonces, que los psicólogos trabajen a destajo y que nuestro país esté a la cabeza de la ingesta de antidepresivos. Recordemos lo que dijo Freud: lo que más trastorna a las personas no es la furia de la naturaleza, ni la certeza de la muerte, sino las relaciones sociales. Si a eso le añadimos una vida en constante precarización y con escasas perspectivas de mejorar en el futuro para gran parte de la población -indefensión inherente a un sistema de dominación tanto más pertinaz cuanto invisible la mayor parte del tiempo- y la escasa posibilidad que se tiene de imaginar siquiera la posibilidad de cambios políticos que modifiquen las condiciones actuales de subordinación, es fácil imaginar que todo tipo de propuestas escapistas se vuelven tentadoras en grado sumo: desde el consumo compulsivo de pornografía y sexo, pasando por el fanatismo deportivo en grado variable; el juego, con o sin apuestas de por medio, hasta las drogas en su amplio muestrario. Y, cómo no, el arte. Y la literatura. Sobre todo para aquellos que se los pueden permitir. Es la sociedad de las adicciones y de los narcóticos.
Así pues, el arte y la literatura han servido, entre otras funciones, de medio de evasión y de negación. A estas alturas, resulta evidente que el arte no es el catalizador de la transformación social o política. Puede, en cambio, aspirar a desarrollar conceptos que amplíen nuestra perspectiva sobre las cosas, o a expandir nuestro horizonte cognitivo; puede también expresar un espíritu turbulento de los tiempos, o señalar con agudeza las miserias de todo tipo de la sociedad que las genera (todo esto bastante político); o, finalmente, puede limitarse a no ser más que un modo que tiene una parte satisfecha de la sociedad de contemplarse a sí misma. No es poco, ni mucho menos, pero lo que nunca se ha visto es que una ópera haya tomado un Palacio de Invierno, que una novela tumbase algún apartheid o, en última instancia, que es lo que nos interesa, se convirtiera en un búnker a prueba de tiranías. A estas alturas, es difícil sostener que la poesía sea un "arma cargada de futuro" o que sin arte no es posible transformar la sociedad. Más bien, en la actualidad, el arte suele quedar fetichizado y comercializado, y su intención crítica (cuando la tiene), desactivada. No será por falta de arte transgresor de pacotilla.
Al fin y al cabo, lo que quiero decir es que el propósito de estetizar la propia vida o atiborrarse con cultura a costa de la acción y manifestación políticas no resulta suficiente para protegerse de los efectos deletéreos de una sociedad que se escora hacia la injusticia y la desigualdad, salvo, quizá, que uno se encuentre en una situación privilegiada para paliar sus efectos, y no siempre.
Esto, por otro lado, no desmerece el arte y la literatura. Sólo que la cosa, la de ambos, no va de eso. Política y arte son campos contiguos, que pueden solaparse, sin duda, pero autónomos. Los regímenes políticos más sofisticados no censuran, sino que subvencionan, incluso aquello que supuestamente los critica, no lo olvidemos. Yo comparto la idea de que la literatura re-crea como ninguna otra actividad humana la compleja textura de la vida humana, en su urdimbre con los valores, instituciones y sucesos de una época determinada, que es capaz de captar ese espíritu de los tiempos que es difícilmente aprehensible de ningún otro modo. Al menos, con tanto matiz. Hay algo que a las monografías sociológicas y antropológicas se les escapa. Claro que tampoco podríamos conocer una época solo mediante la lectura de las novelas o por su arte. Habría, también, algo (o mucho) que nos faltaría. El arte y la literatura no solo beben de la sociedad en la que está insertos sino también, o sobre todo, del arte y de la literatura que los preceden. Gran parte es pues autorreferencial y no se entienden sin esa mirada especular.
Sin embargo, y no creo que resulte contradictorio, el arte político me parece más necesario que nunca (o tan necesario como siempre), así como considero que las actividades artísticas ensimismadas son las ideales para hacer carrera en la industria cultural.
Vamos ya con la novela, Momentos de la vida de un fauno:
La lectura de esta novela procede de la sugerencia de un lector, Riforfo Rex, a raíz de la reseña de La muerte de mi hermano Abel, de Gregor von Rezzori. Para que luego digan que escribir un blog de reseñas literarias o de impresiones de lectura no sirve para nada. No solo se consigue suscitar el odio de buena parte del mundillo literario sino también leer novelas cuya existencia se ignoraba por completo. Lo doy por bueno en ambos casos.
Pues esta novela, Momentos de la vida de un fauno, pertenece a la trilogía reunida bajo el título Los hijos de Nobodaddy. Arno Schmidt, el autor, escribió y publicó estas novelas en diferentes fechas y solo con posterioridad pensó que sería una buena idea que convivieran entre portada y contraportada, que es como están llegando a nosotros en las últimas ediciones. Las otras dos novelas, por si le quieren seguir la pista al autor, son El brezal de Brand y Espejos negros. Ya les contaré, llegado el momento.
La escritura, como he leído en algún sitio, es fragmentaria. Esto quiere decir que no hay una trama lineal de principio a fin, sino destellos con un fondo unitario, eso sí, a base de párrafos no demasiado extensos, muchos de los cuales son literariamente brillantes. Característica que habrá que agradecer al traductor, Luis Alberto Bixio. El contexto general es la Alemania de 1939 (las dos primeras partes) y la de 1944 (última parte), con sus funcionarios, sus juventudes hitlerianas y su abotargamiento intelectual y social:
SA, SS, militares, Juventud Hitleriana, etcétera: los hombres nunca son tan pesados como cuando juegan a los soldaditos. (Y esta es una enfermedad que se da en ellos periódicamente más o menos cada veinte años, como el paludismo, aunque parecería que ahora hay tendencia a que se repita más frecuentemente). Al fin de cuentas son siempre los peores quienes ocupan los puestos de mando, es decir, los superiores jerárquicos, los jefes, los directores, los presidentes; los generales, los ministros, los cancilleres. ¡Un hombre decente se avergonzaría de ser el superior de alguien! (Pág. 33)
Todo escritor debería recoger a manos llenas las ortigas de la realidad y mostrárnoslo todo: las raíces negras y viscosas, los tallos verdes y venenosos, las flores insolentes. Y en cuanto a los críticos, esos sempiternos aguafiestas, parásitos del espíritu, deberían dejar de dar alfilerazos a los poetas y dar a luz a su vez una obra "distinguida": ¡Entonces el mundo se extasiaría y exhalaría gritos de gozo! Claro es que la poesía, como cualquier otra beldad, está siempre rodeada de eunucos; pero únicamente los moros verdaderos pueden apreciar las negras manchas del sol. (Que los críticos se lo tengan, pues, por dicho y lo inscriban en su álbum!) (Pág. 55)
De todas las paredes colgaban sabiamente dispuestos todos los mamarrachos del Tercer Reich: campos de cereales con gavillas inverosímilmente enormes y fecundas, tal vez para acallar la sospecha sobre la total esterilidad espiritual de sus autores; hombres llenos de carácter y muy próximos al pueblo oteaban a lo lejos una invisible Gran Alemania. Unas muchachas estaban metidas dentro de sus galas regionales como dentro de urnas y el pintor las había coronado con enormes guirnaldas de rubias trenzas, tan pesadas que uno sentía el compasivo deseo de ofrecerles aspirinas a las pobrecillas. En cuanto a los escultores, habían tallado robustas desnudeces con cuerpos que respondían a los cánones del Partido y perfiles invariablemente orgullosos, todos ellos con un notable aire de familia; no faltaba tampoco el inevitable y popular "domador de caballos" que con una mano dominaba a un enorme potro (yo que cumplí mi servicio militar en caballería, sé muy bien lo que son esas cosas en la realidad); y todo era uniforme, monocorde, inexpresivo, sujeto a reglas fijas, desesperadamente chato; campeaba allí la satisfacción de pertenecer a la raza superior que arrastraba su adiposo espíritu de esfinge por las salas. (Pág. 116)
El protagonista, Düring, funcionario del Estado y que vive en un pequeño pueblo, sobrevive como puede en este erial moral mientras lleva a cabo una investigación histórica de recopilación de archivos de la época de la ocupación napoleónica por orden de su superior. A su modo, ejemplifica esa concepción del arte y de la cultura como refugio que señalaba al principio. La alternativa ante un Estado como el nazi no parece otra que la mimetización o indiferenciación con sus conciudadanos o el castigo.
Así, sin llegar a la asfixia existencial de Winston Smith, con un considerable grado de libertad deambulatoria, Düring logra con bastante éxito conservar su autonomía personal y de pensamiento. En la jerga justificatoria de los intelectuales que permanecieron en España bajo la dictadura de Franco, podríamos denominarlo "exilio interior". Esta es la excusa para que el protagonista desarrolle a su modo una veta anarquista, de tintes thoreaunianos, con frecuentes descripciones de la naturaleza, cabaña incluida, que cuadran, digamos románticamente, con su personalidad. La última parte, en el contexto de una Alemania en retroceso militar, o como decían los propagandistas, "en repliegue estratégico", explota en pleno sentido del verbo el derrumbamiento del régimen.
Así pues, junto con los experimentos estilísticos y una prosa rica en figuras, esa "exuberancia verbal" de la que escribe Harold Bloom, nos encontramos penetrantes reflexiones de índole moral (¿Qué haríamos nosotros? ¿Cuál sería nuestra capacidad de disenso, cuál nuestro grado de cinismo?) que, no deja de ser llamativo, vuelven a ponerse de actualidad en este retorno del pensamiento autoritario. Pensamiento que, quizá, nunca desapareció del todo. Huelga decir que cada generación tiene que aprender las lecciones de la libertad y de la insubordinación por sí misma.
Una novela excelente, por si no les ha quedado claro.
Hace poco se publicó una noticia en la que se informaba que una escuela de Barcelona había decidido retirar de su biblioteca destinada al parvulario unos 200 libros, muchos de ellos cuentos populares que casi todos/as hemos leído en alguna ocasión, como Caperucita Roja, Blancanieves, etc. Como era de esperar, numerosas voces justamente indignadas se alzaron en contra de esa decisión, porque, como todos sabemos, la dirección de un colegio público, con el apoyo de los padres/madres de los niños, no puede tomar iniciativas de este tipo sin contar con el beneplácito de los columnistas de los periódicos, de los tertulianos de las radios o de los responsables de las editoriales. También es una característica universal de los progenitores dejar que los niños lean o vean cualquier cosa que caiga ante sus ojos sin reparo alguno. Si lo hicieran, serían dignos de reproche por ejercer control ideológico, cosa que, como sabemos, solo se perpetra en regímenes democráticos, en especial cuando están gobernados por partidos de izquierdas.
Es de sentido común, además, que toda biblioteca, incluyendo las de parvularios, debe contar de manera obligatoria con un canon de libros dictados por la tradición, libros que alguien consideró alguna vez que se les denominaría clásicos. Que estos clásicos prosperaran y se publicaran una y otra vez bajo el régimen dictatorial de Franco y que solo se hayan problematizado hoy no hace más que reforzar la idea de que su calidad y sus valores son a prueba de cualquier reflexión argumentada sobre ellos. Ponerlos en cuestión sería, como no dejan de evidenciar muchas opiniones sobre la decisión de la escuela, la antesala de un escenario bradburiano con hoguera nazi o, más bien, estalinista, incluida.
Así pues, la derecha del espectro político, que, como bien sabemos, siempre vela por la pureza desideologizada de los libros de texto y la prensa de izquierda de los días alternos ha llegado a un consenso al respecto: los libros infantiles clásicos carecen de ideología alguna y sólo es ideológico pretender que sí la tienen. Por tanto, el culmen de la falta de ideología y, por tanto, de la normalidad democrática es dejar las cosas tal como están, porque, por si no lo sabían, estamos actualmente en la zona cero de la ideología. ¿Se lo creen? Yo tampoco.
En fin, una vez proclamada la neutralidad axiológica de este blog, pasemos a una novela que, según me han dicho fuentes bien informadas, ha disfrutado de cierto éxito local gracias al boca en boca.

Pacheco, novela del escritor grancanario Christian Santana Hernández, es un thriller policíaco-familiar condensado en una línea temporal que no llega a las 24 horas. Una muchacha aparece muerta en un pequeño pueblo andaluz, descubierta por el protagonista, Pacheco, un maduro guardia civil, viudo y a cargo de un hijo, Colacho. Para añadirle interés al asunto, ya que la novelística está llena de cadáveres encontrados de mala manera, Pacheco sospecha que es su hijo el asesino.
Los breves capítulos de esta novela (182 páginas) están titulados cada una por la hora en que se narran los acontecimientos. Narrador, por cierto, observador, con ramalazos de estilo indirecto libre, que se encarga de revelarnos cada uno de los pensamientos y sensaciones de la ordalía que sufre Pacheco y de su hijo, el sospechoso. Además, al asesinato se añade otra muerte por ahorcamiento de otro vecino del pueblo. A este escenario tremebundo le corresponde una narración acorde: ritmo rápido, creado a base de frases cortas y diálogos de frases breves; vocabulario sencillo y una estructura simple: las escenas se suceden una después de la otra en el tiempo, salvo en alguna ocasión en la que se intenta mezclar dos escenas espaciales diferentes con sus diálogos mezclados. O cuando a unos hechos del presente, sin ninguna marca que lo atestigüe, les sucede alguna corta retrospección.
A decir verdad, el autor le va mejor cuando no se complica. Es decir, cuando narra yendo al grano sin desviarse ni gustarse. Entonces es cuando la historia tiene sus mejores momentos y la lectura se desliza fácil y con cierto interés. Lo malo ocurre cuando el autor se da cuenta y pretende adornarse con alguna elucubración sobre el mundo interior de los personajes o con alguna complicación técnica. También incurre en los típicos defectos de la frase hecha, de la escena típica o del sentimentalismo empalagoso, tan apreciados por nuestros talentos locales.
-Pacheco, ¿puede venir? -le pidió Sergio Villegas, de la Policía Judicial.
-Dígame, Villegas.
-Hemos encontrado estas latas de cerveza. Seguro que hay ADN.
-Sin duda, pero es como buscar una aguja en un pajar, porque aquí vienen todos los jóvenes de la zona cada fin de semana, y lo más normal es que quien haya bebido en ellas no tenga nada que ver con el crimen.
-Quizá, pero ha estado en un lugar que ahora es el escenario de un salvaje asesinato.
-Cierto, pero entonces tendremos que detener a media comarca.-Posiblemente. (Pág. 42)
Más de un habitante de Almanzor era fruto de aquellos encuentros a la luz de la luna, tanto que los vecinos habían rebautizado el monte como el Materno. Para Pacheco y Julia era su paraíso. Habían pasado allí horas y horas charlando, escuchando música o simplemente contemplando el cielo con las manos entrelazadas y una sonrisa tonta. Tal vez por eso, él no había reunido fuerzas para regresar desde el accidente. (Pág. 92)
Era una bomba de relojería a punto de estallar. El más mínimo movimiento y todo volaría por los aires. Se convertiría en añicos, en pequeñas moléculas, átomos que pululan por la galaxia. Abandonó la cocina, sin preocuparse por cerrar el frigorífico, y volvió a por la pala. La cargó sobre su espalda y la dejó donde la había encontrado. (Pág. 102).
En realidad, se ocupaba de los dos Pacheco. Adoraba a su suegro. Jamás iba a olvidar que la cuidó como a una hija cuando su madre falleció. No tenía noticia alguna de su padre biológico, aunque no le importaba, porque quien la abandonó siendo bebé no merecía su interés, ni siquiera que llevara su apellido. Era, simplemente, Ana Belén Caballero, y nunca se sintió diferente. Tuvo en su madre el ejemplo de mujer coraje, una buena persona que se las valía de sobra por sí misma para cuidar de su hija. Hasta que una fría mañana de noviembre desapareció por culpa de una enfermedad que ocultó y por la que transitó con la misma dignidad y valentía con la que había afrontado toda su vida. (Pág. 133)
Por otro lado, la psicología de los personajes es torpe, por ser benévolo: no acabo de entender bien, por mucho que la describa, el desdén y el odio de Colacho respecto de su padre, Pacheco, por ser este el conductor en un accidente de coche que acabó con la muerte de su mujer y de otro hijo (madre y hermano de Colacho). De la lectura de la novela no se deduce tal responsabilidad, al menos hasta ese punto, y menos con lo que se nos informa más adelante.
En esta línea, la actitud de Pacheco resulta no solo ilógica a ratos, sino de profunda irracionalidad en su manera de enfrentarse a los hechos y de procesar los conocimientos que va adquiriendo a medida que se suceden los acontecimientos. Existen contradicciones en ambos personajes que no pueden excusarse o justificarse con la afirmación de que los seres humanos somos contradictorios: lo somos, pero los personajes de las novelas, de ser contradictorios, tendrían que serlo, valga la paradoja, coherentemente. Si no, caeríamos en la arbitrariedad, que no suele ser la mejor característica en una obra literaria. Hay alguna escena que roza lo inverosímil. Son defectos que se van pronunciando a medida que avanza la obra.
Así pues, además del perfilado deficiente de los personajes principales, tengo la sensación, quizá por ello, de ser una novela forzada a concluir con un desenlace que el lector es capaz de anticipar con facilidad. Una fatalidad anunciada profundamente insatisfactoria, amén de una suerte de Deus ex Machina final que tampoco añade nada a la trama por mucho que el autor pretenda de este modo cerrar el círculo de la historia.
Es Pacheco, en definitiva, una novela lineal, con fallos en la construcción psicológica de los personajes y con una trama simple que sufre del defecto capital de la arbitrariedad. Asimismo, hay ciertos intentos fallidos en algunos capítulos que nos hace pensar en una serie cualquiera de televisión, como si hubiera querido trasplantar una narración visual a la novela. No obstante, se lee bien y entretiene lo suficiente para no detestarla por completo. En cambio, carece de trascendencia moral alguna que nos incite a reflexionar acerca de su contenido o de nosotros mismos. Una novela, pues, insuficiente.