sábado, 26 de marzo de 2022

'El loro de Flaubert', de Julian Barnes

No sé Vds., pero, salvo las esporádicas y espasmódicas apariciones de nuestro reseñador-golosina favorito, parece que la calma se ha adueñado del mundillo literario local. Por no haber, no hay siquiera la queja indignada de algún escritor por no haber sido invitado por la concejalía o consejería de turno a alguna recepción o charla en honor, conmemoración, homenaje, tributo o cualquier otra fanfarria lúdico-poética. Estamos muy sosos, me digo. Quizá los sosos no sean Vds., sino yo.

Tal vez sólo sea el efecto de contraste con el mundo en que llevábamos viviendo, desde, primero, la crisis de 2008-2010 y luego a partir de la pandemia en 2020, las periódicas arribadas de migrantes africanos y asiáticos y finalmente la guerra en Ucrania. Por cierto, con la guerra en este país, tal vez por eurocentrismo (por muy macaronésico que se sea), uno siente que una sombra, impenetrable, se va agrandando, cerniéndose sobre nosotros (Grita "¡Devastación!" y suelta los perros de la guerra). Qué solidaridad y cuánta banderita cuando la desgracia se nos viste con ropajes europeos. Cuánta carne de cañón, cuánta víctima de primera categoría. Hasta ahora mismo, el mundo entero podía arder en llamas, mientras fuera el tercero.

Ahora que varias calamidades se han concatenado para causarnos, por fin, temor, nos queda el arte como escapismo para los más sibaritas, y para todos/as los/as demás, la industria televisiva y cinematográfica. En este sentido, de vez en cuando podemos acudir a la literatura como amortiguador de la ansiedad, como aliviador de fatídicas sensaciones, como bálsamo de la impotencia y de la mezquindad, como lenitivo de la mala conciencia. Sí, en definitiva: escapismo. Al menos, eso, cuando el mundo nos amenaza con un puño de hierro y mierda del que, en definitiva, no podremos escapar.

A veces, uno querría arrebujarse con una manta y limitarse a dejar pasar el tiempo.




Aún recuerdo la eclosión de esta novela, allá por el año 84, aquella época añorada por lo que ahora se llama izquierda rojiparda, cuando leía el Babelia y otras cosas parecidas como si fueran el catecismo de la literatura moderna y sus articulistas, los apóstoles de la religión del arte. Aquí, al menos en Las Palmas, la referencia inexcusable era el suplemento de La Provincia. Cuánta ingenuidad desperdiciada desde entonces, cuánto prestigio, aunque fuera vicario, se ha tirado por el sumidero, qué poco nivel entonces y ahora. 

Quizá sea mejor así, sin tanta tutela, sin tanto/a ensayista resabiado/a. 

Bueno, el caso es que esta novela lleva persiguiéndome desde entonces, como la bala al personaje de Mira que eres, de Luis Rodríguez, o como en aquel relato de Borges cuyo título no recuerdo en el que un personaje muere finalmente atropellado por un carro "que llevaba persiguiéndolo cincuenta años". Finalmente, como regalo navideño, El loro de Flaubert, de Julian Barnes (traducción de Antonio Mauri), llegó a mí. No sé si fue despecho o qué, pero aun así, tardé un par de meses en decidirme a leerla.

Pues bien, me ha parecido una novela magnífica, llena de esas cosas que tan mal se le dan habitualmente a los autores españoles y canarios: técnicas narrativas heteróclitas, metaliteratura, collage narrativo, etc. En esta novela, Barnes las utiliza bien, siempre de manera pertinente, de tal modo que no puede imaginarse la novela de otra manera a como fue escrita. Además, la fuerza descriptiva, los diálogos bien trenzados, así como la ironía coinciden en dotar a El loro de Flaubert de una singularidad artística sobresaliente ante la que no puedo, al igual que me ha ocurrido recientemente con Austerlitz, de W.G. Sebald, sino maravillarme. Así, igual uno se topa con un cuestionario de preguntas sobre Flaubert, como un bestiario o un diccionario de tópicos (a la manera del escritor francés). Y todo suma.

En fin, diferentes puntos de vista, distintos ángulos narrativos, variedad de estilos que conforman una novela singular que no solo, como podrían sospechar (y quizá temer), trata de Flaubert y de sus manías. Ya les he manifestado alguna vez que a mí estos juegos (del lenguaje, del narrar) me gustan por sí mismas. Revelan distintas tonalidades del ingenio y de la inteligencia en las que me deleito. Quizá cierto esteticismo me traiciona. Leyendo a Xaviert Rubert de Ventós en La estética y sus herejías me veo (veremos hasta cuándo) justificado, lo que me reconcilia con mis tendencias veleidosas.


Empiezo por la estatua debido a que fue ahí donde empezó el proyecto en su conjunto. ¿Por qué la escritura hace que sigamos la pista del escritor? ¿Por qué no podemos dejarle en paz? ¿Por qué no nos basta con los libros? Flaubert quería que bastasen: pocos escritores han creído con tanta firmeza en la objetividad del texto escrito y la insignificancia de la personalidad del escritor; y aun así, seguimos desobedientemente a nuestro aire. La imagen, el rostro, la firma; la estatua con un noventa y tres por ciento de cobre y la fotografía de Nadar; el pedacito de ropa y el rizo. ¿Cómo es que las reliquias nos ponen tan cachondos? ¿No tenemos la fe suficiente en las palabras? (Págs. 14-15)


(...) Pero Ed Winterton quiso retratarse luego a sí mismo como un fracasado. Tenía cuarenta y pocos años, una calvicie más que incipiente, la tez rosada y glabra, y llevaba gafas cuadradas sin montura: el catedrático con imagen de banquero, circunspecto y honorable. Llevaba ropa inglesa y no tenía en absoluto aspecto de inglés. Era de esos norteamericanos que cuando llegan a Londres se compran una trenca porque saben que en esa ciudad llueve hasta con el cielo despejado. En el bar del Hotel Europa seguía llevando la trenca puesta. 

Sus aires de fracasado no tenían connotaciones desesperadas; parecían más bien ser el producto de una aceptación sin resentimientos de que no estaba hecho para triunfar, y en consecuencia su deber consistía en asegurarse de que fracasaba de una forma correcta y aceptable. En un momento de la conversación, cuando estábamos hablando lo poco probable que era que llegase no ya a publicar su biografía de Gosse sino incluso a terminarla, hizo una pausa, y en voz baja, me dijo: 

-En cualquier caso, a veces me pregunto si Mr. Gosse hubiera aprobado mis actividades. (Págs. 46)


En los sectores más librescos de la clase media inglesa, cada vez que ocurre alguna coincidencia, siempre aparece alguien que comenta:

-Igual que en Anthony Powell.

A menudo ocurre que la coincidencia, por poco que se la analice, no tiene nada de notable: es muy típico, por ejemplo, que no sea más que el reencuentro, después de varios años, de dos antiguos compañeros de colegio o de universidad. De todos modos, suele invocarse el nombre de Powell para dar legitimidad al acontecimiento; es algo así como pedirle al cura que te bendiga el coche. (Pág. 78)

 

Después de todo, si los novelistas quisieran realmente simular el delta de las posibilidades que ofrece la vida, harían precisamente eso. Al final del libro habría una serie de sobres sellados, cada uno de un color. En todos ellos estaría claramente marcado: Final feliz tradicional; Final infeliz tradicional; Final semitradicional; Deus ex Machina; Final arbitrario moderno; Final Apocalíptico; final de suspense; Final con sueño; Final opaco; Final surrealista; y así sucesivamente. Al lector se le permitiría elegir solamente uno de los sobres, y tendría que destruir los demás; pero es posible que mi actitud parezca demasiado insensatamente literal. (Págs. 107-108)


Pero si no desean la muerte del escritor, muchos críticos querrían al menos ser dictadores de la literatura, regular el pasado, y establecer con serena autoridad la futura dirección del arte. Este mes todo el mundo ha de escribir acerca de tal cosa; el mes siguiente, queda prohibido escribir sobre esa otra. Fulano no será reeditado hasta que nosotros lo digamos. Todos los ejemplares de esta novela seductoramente mala deben ser destruidos de inmediato. (¿Cree que bromeo? En marzo de 1983, el periódico Liberation exigió que la ministra francesa de los Derechos de la Mujer pusiera en el índice, acusadas de "provocación pública del odio sexista" las siguientes obras: Pantagruel, Jude the Obscure, lospoemas de Baudelaire, todo Kafka, The Snows of Kilimanjaro..., y Madame Bovary.) (Págs 118-119)

 

Julian Barnes, como se deduce de lo escrito, no  se limita a escribir sobre el escritor francés o acerca de Madame Bovary. Habla de literatura, de la crítica literaria, de la política en la literatura, de la academia, del patriotismo... Fantasea acerca de los libros no escritos y de las reglas del arte y de muchas cosas más. A su manera, me recuerda a Austerlitz, de Sebald (quizá es solo la sucesión de las lecturas, pienso, porque las he leído consecutivamente) los personajes viajan mucho tanto físicamente como con la mente. Qué si no es un/a novelista, claro, y qué si no es un personaje que nos interese. Pero es sobre todo un viaje al interior del ser humano, preguntándose sobre su identidad: qué es lo que lo forma y lo compone, y de qué manera reacciona ante las vicisitudes de la existencia. Por qué buscamos lo que buscamos y por qué sufrimos tanto. Quizá con estas disquisiciones me contradiga con respecto a la consideración de la literatura y del arte como mero juego... 

En fin, una novela posmoderna en el mejor sentido y, para lo que Vds. les importa, legible y placentera. Al menos a mí me hace valorar la experimentación literaria que se hace con talento y fundamento. Un despliegue del narrar con gusto.



 

lunes, 21 de marzo de 2022

'Gog', de Giovanni Papini

Antes de la era de Internet y del posterior volcado masivo de datos: textos, fotos, vídeos y sonidos, lo habitual era que el articulista ejerciese de erudito enseñando a sus lectores/as todo aquello que era díficil de conocer, o que, como se dice en sociología, implicaba grandes costes de adquisición. Así, como él mismo lo ha señalado en varias ocasiones, Carlos Pumares, cuando se le preguntaba por la posibilidad de volver a presentar un programa de cine en la radio o en la tv como su famoso Polvo de estrellas (en el que presentaba a sus oyentes cortes de sonido de película en versión original, canciones que solo se encontraban en discos muy antiguos, etc., aparte de su conocimiento-cotilleo de las estrellas del cine) afirmaba que eso ya no era posible, porque su conocimiento del cine, el que le proporcionaba material para sus programas, ya estaba disponible para todo el mundo.

Hoy en día, casi cualquier materia cultural es accesible (palabra clave) en Internet, incluyendo la piratería. Esto no significa que aprovechar la información sea lo mismo que obtenerla o meramente leerla. Implica una reflexión, una captación e interiorización de conceptos que solo es posible tras el estudio. En este sentido, trabajar sobre los textos, por ejemplo, en una carrera universitaria, o en el mejor de los casos, en un máster, no es lo mismo que simplemente leer los mismos libros y textos que se encuentren en la bibliografía. 

Digo todo lo anterior para no extenderme en la biografía, obra y milagros de Giovanni Papini, el autor de la novela Gog, objeto de la reflexión de hoy. No es pereza, sino falta de necesidad. En ciertos casos, uno podía escribir un artículo solo a base de biografía y de haber consultado un par de artículos en otro idioma cuya existencias pocos conocerían. En la actualidad, Vds. pueden buscar en la wikipedia o en otros lugares información sobre cualquier autor/a o personaje de la historia con no demasiado esfuerzo, y con un poco de persistencia, conocer más detalles que cualquier articulista. 




Sirva lo anterior, para limitarme a exponer un par de características de Giovanni Papini. Nacido en 1881, su vida madura osciló del belicismo previo a la I Guerra Mundial a su arrepentimiento después; de su conversión al catolicismo a, sin que eso supusiera una ruptura de su fe, la admiración por Mussolini. Qué tendrán estos artistas como Papini o Knut Hamsen, por ejemplo, que a medida que envejecen se vuelven cada vez admiradores de la fuerza y del poder, siempre aborreciendo el mundo y despreciando todo lo que les huela a "las masas".

Papini escribe, al menos en la versión que manejo de Mario Verdaguer de 1964, una prosa potente, en la que se intercalan con facilidad, sin sensación de forcejeo, pensamientos, descripciones y diálogos. Gog consta de 70 minirrelatos, más bien reflexiones o narraciones de breves encuentros con algún personaje o lugar, más una introducción en la que un primer narrador nos explica su encuentro con Gog y el posterior hallazgo de los legajos de este. Así, no nos encontramos ante una novela. Tampoco los relatos producen la sensación de formar una unidad superior que de algún modo nos describiera algún tipo de progreso o decadencia de Gog, algún tipo de transformación. Más bien, es la repetición del hastío ante la vida y ante los hombres, ante un mundo corrompido y sucio. 

En cuanto al estilo de la prosa, y respecto de algunas de las ideas que se plasman en Gog, nos encontramos ante un escritor de gran nivel. En particular, el relato sobre una ciudad perdida me recuerda a Borges (¡y a H.P. Lovecraft!), titulado, precisamente La ciudad abandonada. También interesantes conceptualmente son El homicida inocente, La industria de la poesía o Cadáveres de ciudades, entre otros.


No se oía en la ciudad desierta más que el eco de las cansadas pisadas de mi caballo. Todas las calles estaban embaldosadas, pero, según me pareció, crecía muy poca hierba entre piedra y piedra. La ciudad parecía abandonada desde hacía pocas semanas, o, todo lo más, desde pocos meses. Las construcciones se hallaban intactas; las ventanas, de postigos barnizados de rojo, cuidadosamente cerradas; las puertas, apuntaladas y atrancadas. No se podía pensar en un incendio, en un terremoto, en una matanza. Todo aparecía intacto, pulido, ordenado, como si todos los habitantes se hubiesen marchado juntos, por una decisión unánime, con calma, a la misma hora. Deserción en masa, no destrucción ni fuga. Encontré de pronto en el suelo un jubón de mujer y un saquito con algunas prendas de cobre. Si me detenía de pronto para escuchar, no oía más que el roer de las carcomas o el escarbar de los topos. (Pág. 39. La ciudad abandonada)


(...) ¡Yo también soy escultor! Pero no al modo grosero de todos. La antigua escultura, maciza y pesada, herencia de los egipcios y de los asirios, ha perdido ya toda su actualidad. Correspondía a una civilización religiosa, monárquica, lenta, primitiva. Ahora somos ascetas, anárquicos, dinámicos, cinemáticos. La escultura debe cambiar también. Fabricar estatuas en mármol, en piedra, en bronce -aunque no sea más que en plata o en madera- sería, ahora, como viajar en los carros de los faraones o vestirse con la armadura de Bayardo. Es necesario, ante todo, cambiar la materia. Modelar estatuas de nieve, como hizo Miguel Ángel en el patio del Palacio de los Médicies, o de cera, como ha hecho Medardo Rosso, era ya un progreso, pero demasiado tímido. ¿No ha observado nunca a los niños, en las playas del mar, cuando construyen figuras de arena? ¿No se le ha ocurrido nunca observar a un artista vendedor de helados que esculpe en la crema y en el hielo? Éstos han sido mis maestros. (Págs. 91-92. La nueva escultura)


Pero cuando uno se ha entregado al vicio de los negocios durante tantos años, es casi imposible conseguir que éste no vuelva a recrudecer. El año pasado me vino el deseo de crear una pequeña industria con objeto de poder sustraerme a la tentación de volver a ocuparme de las grandes y pesadas. Quería que fuese absolutamente "nueva", y que no exigiese demasiado capital. 

Se me ocurrió entonces la poesía. Esta especie de opio verbal, suministrado en pequeñas dosis de líneas numeradas, no es ciertamente una substancia de primera necesidad, pero lo cierto es que algunos hombres no pueden prescindir de ella. Ninguno ha pensado, sin embargo, en "organizar" de un modo racional la fabricación de versos. Ha sido siempre dejado al capricho de la anarquía personal. La razón de esta negligencia se halla, probablemente, en el hecho de que una industria poética, aunque floreciente, daría beneficios bastante modestos, bien sea por la dificultad -no digo imposibilidad- de adoptar máquinas, bien por la escasez de consumo de los productos. (Pág. 137. La industria de la poesía)


Las ciudades desiertas o desenterradas son incomparablemente más bellas que las vivas. La imaginación reconstruye, completa y obtiene un conjunto más gigantesco y perfecto. No hay nada tan verdaderamente maravilloso para mí como lo que no ha sido acabado o lo que está casi destruido. Y el olor de la muerte es un elixir potente para quien sabe que debe morir. (Pág. 156. Cadáveres de ciudades)


En los demás sentidos, sencillamente mal, porque uno no puede sentir sino extrañeza, cuando no rechazo, al racismo, machismo y exacerbado elitismo sin disimular que destilan gran parte de las páginas. Me parece detectar ese habitual exhibicionismo propio de quien cree formar parte de una aristocracia espiritual o de otro tipo.

Para terminar este pequeño repaso, creo que Gog es una lectura interesante desde muchos puntos de vista, no todos estrictamente literarios o estéticos: proporciona el paisaje moral de cierta intelectualidad conservadora de aquella época. Solo por ese apunte antropológico, sazonado además con la capacidad manifestada por el autor de elaborar una prosa contundente, vale la pena.


Satán será liberado de su cárcel 

y saldrá para reducir a las naciones,  

Gog y Magog (Apocalipsis, XX, 7.)


viernes, 4 de marzo de 2022

'Maestros antiguos', de Thomas Bernhard

Es posible que me haya ganado cierta fama de provocador. También, tal vez, de injusto, en especial para aquellos que consideran que lo justo es considerar que escribir y publicar merecen siempre alabanza, cuando no reverencia. Sin embargo, y como suele decirse, la realidad es más asombrosa que la ficción, o, al menos, avanza a marchas forzadas para igualarse a las elaboraciones más trastornadas de nuestra imaginación. Así, en lo que al mundillo literario se refiere, he leído reseñas empalagosas hasta el asco escritas por amigas/os del autor o autora, encumbramientos de supuestos maestros/as que carecían de la menor habilidad narrativa, entrevistas en las que un editor entrevistaba a un escritor que publicaba en la editorial del primero (sin que, por supuesto, jamás se informara al público lector de estos detalles), y cosas de este jaez.

Lo que no había visto, hasta el pasado sábado 26 de febrero, es que un autor reseñara su propia obra en un suplemento cultural. En este caso (por ahora único, pero que imagino que, una vez franqueado este límite, lo que representa una tragedia se repetirá, tal vez, como farsa), se trata, lo que no es casualidad, del actual decano de los reseñadores-golosina, Victoriano Santana Sanjurjo. El hombre se esfuerza durante dos páginas, que graciosamente le ha regalado el suplemento de La Provincia/El Día, en glosar su última obra, que parece ser una colección de reflexiones y pensamientos sobre asuntos varios que le han interesado y tal.

Este fenómeno tiene su enjundia porque, desde un punto de vista empresarial, advierto que el sombrío presente de los suplementos culturales se caracteriza por asegurar el abaratamiento de sus contenidos. Sabiendo que los periódicos de papel no reportan beneficios monetarios directos, sino influencia en otros ámbitos, salta a la vista la lógica de incurrir en los menores costes posibles. Si en tiempos ya antiguos se pagaba al reseñador o reseñadora de turno para que analizara una obra, más tarde, sobre todo a partir de la crisis surgida en el periodo 2008-2010 en adelante, se pasó a que se sobreentendiera que el pago se materializaba en capital simbólico. Es decir, que los individuos interesados solicitaban al periódico que publicara sus reseñas gratis, dándose por recompensados con la lectura de su nombre y apellidos. También, se aprovechó a los periodistas de la casa, más o menos especializados en Cultura, o simplemente que estaban en el lugar inadecuado en el peor momento, para que ampliaran sus funciones habituales y se convirtieran en sobrevenidos analistas de literatura y arte en general. El último paso, lógico como ya he dicho, es que los/as mismos/as autores/as se reseñen a sí mismos. Así, no solo se ahorra dinero, sino esfuerzo y tiempo. Al parecer, todo el mundo sale ganando. Menos el público lector, claro, pero qué más da.

Desde un punto de vista cultural, recalco, lo significativo no es que el Sr. Santana Sanjurjo haya perpetrado su propia reseña, sino por lo que representa: lo que antes venía haciéndose en la sombra, entrevistador/a, reseñador/a o pseudónimo mediante, se exhibirá ahora en toda su crudeza. Sin duda, todo este montaje reseñador se volverá todavía más insufrible. Al menos, ya nadie se llevará a engaño. Todo tiene su lado bueno.




Como lenitivo a la desvergüenza del mundillo cultural canario, si tal cosa, en realidad, puede denominarse como refiriéndonos a algo consistente, no ya objetivo (me refiero al mundillo literario, pero también a la industria cultural canaria), hoy comparto con Vds. la lectura de Maestros antiguos, de Thomas Bernard, un autor al que he reseñado alguna vez y que siempre me proporciona un refugio literario sin par.

Algo tiene el estilo del escritor austriaco que a pesar de su regodeo en la repetición, en el martilleo constante de los mismos conceptos y términos, no podemos dejar de prestarle atención y sentir un placer que quizás raye en lo masoquista. Para un/a lector/a novato/a o acostumbrado solo a las narraciones de estilo naturalista con su división en presentación-nudo-desenlace, la mayor parte de las obras de Bernhard deben resultarle incomprensibles y tediosas en distinta y subjetiva proporción.

Aun así, para el público lector reticente, intento buscar una metáfora o un símil para explicar el método del escritor austriaco: como una melodía que sonara igual una y otra vez, o casi, y así, lentamente, nos llevara hasta otra nueva o hasta su finalización. O como las fotografías de un satélite artificial que hiciera miles de fotografías en cuestión de minutos de una misma zona, de todo su giro alrededor del cuerpo celeste. Así, cada una sería casi exactamente igual que la anterior. No obstante, y a semejanza de una teoría inductiva, sacaríamos una conclusión, o llegaríamos a una revelación, después del relato repetitivo (¡pero cómo son esas repeticiones!) de un concepto, idea o visión.

En cuanto al contenido, Bernhard no decepciona, si es que esas eran nuestras expectativas, en cargar contra todo y contra todos: Austria, Viena, lo que no es Viena en Austria, los austriacos, los historiadores del arte, la cultura, los políticos, la Iglesia Católica, los pintores... ¡hasta los retretes y las costumbres higiénicas de Austria! Para mí, me resulta todo muy divertido, aunque no creo que fuera la diversión lo que motivara a este escritor. Su iconoclastia, real o fingida, es un rasgo característico de casi todas sus obras.


Los historiadores del arte son los verdaderos aniquiladores del arte, dijo Reger. Los historiadores del arte parlotean de arte hasta que, a fuerza de parlotear, lo matan. Los historiadores de arte matan el arte a fuerza de parlotear. Dios mío, pienso a menudo, sentado aquí en el banco, cuando los historiadores del arte pasan empujando a sus desvalidos rebaños, qué pena todos esos seres humanos, a los que precisamente esos historiadores del arte apartarán del arte, los apartarán para siempre, dijo Reger. La ocupación de los historiadores de arte es la peor ocupación que existe, y un historiador de arte charlatán, y al fin y al cabo sólo hay historiadores de arte charlatanes, debiera ser expulsado a latigazos, expulsado del mundo del arte a latigazos, dijo Reger, debieran ser expulsados del mundo del arte todos los historiadores de arte, porque los historiadores de arte son los verdaderos aniquiladores del arte y no debiéramos dejar que los historiadores de arte aniquilasen el arte en calidad de historiadores de arte. (Pág. 28)


Los llamados Maestros Antiguos sólo sirvieron siempre al Estado o a la Iglesia, lo que viene a ser lo mismo, así Reger una y otra vez, a un emperador o a un papa, a un duque o a un arzobispo. Así como el llamado hombre libre es una utopía, el llamado artista libre ha sido siempre una utopía, una locura, así Reger a menudo. Los artistas, los llamados grandes artistas, así Reger, pienso, son además los más faltos de escrúpulos de los hombres, mucho más faltos de escrúpulos aún que los políticos. Los artistas son los más hipócritas, todavía mucho más hipócritas que los políticos, así pues, los artistas del arte son todavía mucho más hipócritas que los artistas del Estado, vuelvo a oír ahora a Reger. Ese arte, al fin y al cabo, se dirige siempre al todopoderoso y al poderoso y se aparta del mundo, así Reger a menudo, ésa es su abyección. Miserable es ese arte y nada más, oigo decir ahora a Reger ayer, mientras lo observo hoy desde la Sala Sebastiano. (Págs 47-48)


(...) sabe, eso es en Viena, donde realmente todos los lavabos están más descuidados que en ninguna otra gran ciudad de Europa, una rareza, encontrar unos lavabos en los que no se le revuelva a uno el estómago y en los que no haya que taparse todo el tiempo, mientras se está en ellos, los ojos y las narices; los lavabos vieneses son en conjunto un escándalo, ni siquiera en la parte baja de los Balcanes se encuentran lavabos tan descuidados, dijo, Viena no es más que un escándalo de lavabos, hasta en los hoteles más famosos de la ciudad se encuentran lavabos escandalosos, los retretes más asquerosos se encuentran en Viena, más asquerosos que en cualquier otra ciudad, cuando uno tiene necesidad de hacer aguas se lleva la gran sorpresa. Viena es muy superficialmente famosa por su ópera, pero realmente temida y execrada por sus escandalosos lavabos. Los vieneses, incluso los austriacos en general, no tienen una cultura de lavabos, en todo el mundo no se encuentran unos retretes tan sucios y malolientes, dijo Reger. Tener que ir a los lavabos en Viena es la mayoría de las veces una catástrofe, en ellos, si no se es acróbata, se mancha uno, y el hedor que hay en ellos es tan grande que a menudo se queda en la ropa durante semanas. En general, dijo Reger, los austriacos son sucios, no hay habitantes de gran ciudad europea que sean más sucios, lo mismo que es sabido también que las viviendas europeas más sucias son las viviendas vienesas, las viviendas vienesas son todavía mucho más sucias que los lavabos vieneses. (Págs. 116-117)

 

Y los escritores austriacos en conjuto no tienen absolutamente nada que decir y ni siquiera saben escribir lo que no tienen que decir. Ninguno de esos escritores austriacos de hoy sabe escribir, todos se sacan de la manga una literatura de epógonos repulsivosentimental, dijo Reger, y escriben, escriban donde escriban, únicamente basura, escriben basura estiria y salzburguesa y carintia y burguenlandesa y bajoaustriaca y altoaustriaca y tirolesa y voralberguiana, y amontonan esa basura desvergonzadamente y con avidez de gloria entre las tapas de sus libros, así Reger. Están en sus viviendas municipales de Viena o cabañas de ocasión y confusión de Carintia o en los patios interiores de Estiria y escriben basura, la basura epigonal, apestosa y sin cabeza ni espíritu de los escritores austriacos, dijo Reger, en la que la patética tontería de esa gente apesta al cielo, así Reger. Sus libros no son más que la basura de dos y hasta de tres generaciones, que nunca aprendieron a escribir porque nunca aprendieron a pensar, una basura epigonal totalmente sin espíritu y que finge la filosofía y el terruño es lo que todos esos escritores escriben, dijo Reger. Todos esos libros de esos escritores más o menos asquerosamente oportunistas oficiales no son otra cosa que libros plagiados, dijo Reger, cada una de sus líneas es una línea robada, cada palabra una palabra arrebatada. (Págs. 155-156)

 

Aun así, en algún momento, aunque solo sea en una frase, nos sugiere que ni Austria, ni las demás personas son tan terribles. Como si hubiera necesitado una purga que lo eliminara todo salvo lo valioso, lo único realmente valioso.


Aborrecemos a los hombres y, sin embargo, queremos estar con ellos, porque sólo con los hombres y entre ellos tenemos una oportunidad de seguir viviendo y no volvernos locos. La verdad es que la soledad no la soportamos tanto tiempo, así Reger, creemos que podemos estar solos, creemos que podemos estar abandonados, nos convencemos de que podemos seguir adelante solos, así Reger, pero es una quimera. Creemos poder arreglárnoslas sin los hombres, en efecto, creemos incluso poder arreglárnoslas sin nadie y al fin y al cabo nos imaginamos que sólo tenemos una oportunidad si estamos solos con nosotros mismos, pero eso es una quimera. Sin hombres no tenemos la menor oportunidad de sobrevivir, dijo Reger, por muchos que sean los Grandes Ingenios y por muchos los Maestros Antiguos que hayamos tomado por compañeros, no sustituyen a nadie, así Reger, al final nos dejan solos todos esos, así llamados, Grandes Ingenios y esos, así llamados, Maestros Antiguos y vemos por añadidura que esos Grandes Ingenios y Maestros Antiguos se burlan de nosotros de la forma más innoble y comprobamos que con todos esos Grandes Ingenios y con todos esos Grandes Maestros sólo hemos existido siempre en una relación de burla. (Págs. 204-205)


En fin, puede que Vds. no tengan el ánimo para literatura atrabiliaria, aunque tampoco afirmaría que la novela les vaya a suscitar violentas pasiones en el ánimo. A estas alturas, seguro que habrán leído cosas más terribles. No obstante, este conjunto de imprecaciones valen menos, quizá, por a quiénes van dirigidas como por el modo (el estilo) en que se han escrito. Al final, Bernhard convence aunque no se esté de acuerdo con él. Yo les aconsejaría que se hicieran con la novela, al igual que con las otras obras de este escritor y de las que he escrito en el blog. 





martes, 1 de marzo de 2022

'Nevada', de Claire Vaye Watkins

Una vez que hemos confirmado gracias a Berlinale que ser artista multidisciplinar y poliédrico no le coloca a uno de manera automática en "la dimensión de la genialidad" (curiosa manera de evitar calificar a alguien de manera directa como genio, que da la impresión de ser un concepto algo trasnochado, pero sin descartarlo del todo), ni siquiera que sea bueno en algo, nos damos en esta ocasión un respiro. Digo esto porque después de un comienzo de 2022 bastante regular, lo que habrá suscitado el delirio de las masas ávidas de sensaciones fuertes, hoy toca una colección de cuentos, publicados en el lejano 2012, de una escritora norteamericana llamada Claire Vaye Watkins. Aunque solo sea por fastidiar, están bastante bien.

Para no olvidarme, escribo ya que la bondad de la literatura de esta escritora viene mediada por la versión al español escrita por el traductor Ce Santiago. Qué haríamos sin los/as traductores/as.



Me pregunto, para empezar (no hay artículo en que no toque las narices un poco) por qué el título original, Battleborn, fue cambiado por la editorial en la versión al español por Nevada. Me temo que, para la inmensa mayoría de los españoles, leer "Nevada", asumiendo que sepamos de antemano que se refiere a un estado de los Estados Unidos no significa nada. Un mero nombre. Como si en vez titular Nevada, hubiesen titulado Wyoming o Sacramento o Tuscany. Cero valor significativo, cero valor informativo. Sería diferente, quizá, para un hispanohablante ciudadano de ese país, o para los hispanoamericanos que, quizá por proximidad querida o impuesta, tuviesen conocimiento cabal al respecto. En cambio, algo así como Nacido de la batalla o cualquier cosa algo ingeniosa relacionada con la palabra inglesa habría sido mejor. Quisquilloso que es uno.

Una vez expresada esta disconformidad, la impresión de conjunto que me ofrecen los relatos es la de una prosa trabajada, concentrada y enérgica. Es decir, lo narrado se muestra con dureza, sin circunloquios, lo que no quiere decir sin sutileza. La amistad, el amor, la obsesión, la fantasía, la soledad, la crueldad, etc., etc. se muestran por estas páginas de manera más que convincente. No digo que impresione hasta el arrebato, pero sí muestran a una escritora ya hecha que se expresa de manera harto convincente, con una capacidad para seleccionar esos pequeños detalles, gestos y palabras a los que solo un/a buen/a escritor/a está atento/a.


Tras formar la fila, Manny regresa a la barra con Amy Armada. Michele se les une, Amy planta sobre la barra sus tetitas bronceadas en exceso, y ahí reposan como dos orbes en un zurrón. 

-Necesito un puñetero cliente -dice. 

Michele le dedica una amplia sonrisa: la sonrisa grande y boquiabierta del extranjero que finge saber lo que pasa. 

Con el dedo, Amy recorre arriba y abajo el antebrazo del muchacho. 

-¿Por qué no sirves al chico una birra de verdad, Manny? 

Manny le pone a Michele una pinta de Boddingtons. Ligeramente perplejo, el chico contempla cómo una nube de espuma se hincha en la superficie de su nueva cerveza. 

-La Budweiser es meado dice Amy-. Es una broma de por aquí. 

Michele le da un trago largo a su nueva cerveza. 

-¿Cuándo, eh..., volverá? 

-¿Darla? Depende -dice Manny. Grita hacia el despacho de atrás-. Gladys, ¿cuánto tiempo ha puesto?

En sus primeros días, Manny le preguntó a Gladys si a veces escuchaba las suites a escondidas. "Ya sabes, por diversión." Gladys bufó sin más. "¿Diversión? -dijo-. Cielo, a mí no me queda nada por ver. Mi mejor cliente era un delegado del condado. Se hacía en su Buick todo el trayecto desde Tonopah una vez al mes solo para que me pusiera a dar golpecitos en el suelo con la pata de palo de su esposa muerta. Tú ni siquiera habías nacido". (Pág. 92, de Pasado perfecto...) 


Regresó a la cocina. De alguna manera, la chica parecía distinta a las demás chavalas. Era guapa, o habría podido serlo. Tenía unos rasgos demasiado extenuados para su edad. 

Magda hizo un gesto hacia la perra, echada delante del enfriador portátil. 

-¿Y ese quién es? 

-Milo -dijo-. Ella te encontró. Seguramente te dio un golpe de calor. 

Le trajo un tazón de sopa de tomate y le rellenó el agua. 

Ella se llevó un poco de sopa a los labios y con cortesía inclinó la cabeza hacia la perra. 

-Gracias, Milo. -Miró a su alrededor, sin comer, escarbando en la sopa con la cuchara como si esperase encontrar algún secreto en el fondo del tazón-. Eres todo un coleccionista de piedras, ¿no? 

-Trabajo un poco de lapidario -dijo él. 

-¿Estás en la mina? 

-Estaba. Me jubilé. 

Magda dejó el tazón de sopa en la mesita. De la balda que tenía a su lado cogió un trozo polvoriento de cuarzo ahumado del tamaño de una  bujía y se lo puso en la palma de la mano. 

-¿Y qué haces por aquí? -preguntó. 

-Cosas mías -dijo él-. Tengo algunas concesiones. 

-¿Oro? 

Asintió y ella rio hasta mostrar los empastes de metal y una muela de plata maciza. 

-Este sitio está exprimido- dijo ella, y rio otra vez. Reía con fuerza, con la boca totalmente abierta y mostrando todos los dientes-. Ya no queda oro, abuelo. (Pág. 128, de Carabela portuguesa) 


No obstante, por señalar algún defecto, creo notar cierta predisposición a acabar los relatos de una manera literaria. Y me da por pensar que es la manera en que se lo habrán enseñado (o aprendido por su cuenta) en talleres literarios, cursos en la Universidad y cosas así. Una manera de acabar como simbólica que parece querer decir mucho, pero, tal vez, no signifique nada, ni siquiera para la escritora. Habría que preguntárselo, pero como eso no es posible por el momento, comparto con ustedes mi sospecha.

Hay narraciones que quedan en la memoria, otras que se olvidan; hay fragmentos que se conservan, escenas luminosas o sombrías que brillan con intensidad superior a la del relato al que pertenecen. Es posible, no obstante, que eso ocurra en cualquier colección con algo de valor. En este blog tenemos experiencias de libros olvidables y olvidados por completo, hasta su mismo título, y a su autor/a, también. 

En lo que a Nevada se refiere, recuerdo en especial los relatos Pasado perfecto, pasado continuo, pasado simple, Carabela portuguesa y Las excavaciones, que son también los más extensos. Es posible que para el estilo de la autora le convenga mejor la amplitud que la brevedad, aunque ningún relato me parece desdeñable. Todo lo contrario.

EN DEFINITIVA, una colección de relatos que vale la pena leer.


P.D. Para los más interesados/as, la autora escribió años más tarde un ensayo sobre las motivaciones que le llevaron a escribir, y a escribir de determinado modo, estos relatos. Véase aquí.






jueves, 24 de febrero de 2022

'Pánico al amanecer', de Kenneth Cook

Coincide aproximadamente la lectura de la novela objeto de la reseña con una de esas conmemoraciones artístico-pastoriles tan del gusto de nuestra clase política. A la sazón, se llama Día de las Letras Canarias y, en esta ocasión, no sé si con grupos de presión mediante o meramente amigos interesados, se celebró en honor a la, sobre todo, periodista y también prolífica escritora, Dolores Campos-Herrero.

Parece evidente que homenajes, conmemoraciones, tributos y potlatchs varios rendidos en honor a un autor o autora en nada añaden valor a la literatura, en general, ni a la calidad (siempre algo discutible) del/la homenajeado/a, en particular. Dudoso es también su efecto de irradiación a la ciudadanía. El asunto más bien radica, a mi entender, en la supuesta necesidad de esa visualización pública, como si se siguiera creyendo que un escritor/a necesita de la canonización gubernamental para su definitiva ascensión al Parnaso o a la inmortalidad literaria. Hay algo de burocratización ubicua, de dependencia permanente de la sociedad civil de las instancias administrativas de poder de la que España, y más aún Canarias, no puede desprenderse:rae una ósmosis viscosa e implacable. Por lo que parece, hay que seguir besando el anillo del príncipe para que algo sea considerado algo. Tampoco terminamos de entender que el poder de que se trate, el que concede tal honor, lo que busca, ante todo, es la promoción de sí mismo. 

Desde otro punto de vista, digamos, estético-moral, leer las consideraciones que le dedican el presidente de Canarias (*) o su viceconsejero de Cultura, famosos ambos por sus amplias lecturas y sesudos análisis literarios (con los que atormentan a sus compañeros/as de gabinete), a la homenajeada de este año suscitan esa impresión de vacuidad y pasteleo, tan propia de juegos florales similares. También me he enterado de que ya hay una especialista en su obra. Imagino que, a partir de ahora, dedicará todos sus esfuerzos intelectuales, hasta el último hálito, en demostrar a quien quiera oírla la valía superlativa de Campos-Herrero y en que se traduzca su obra a otros idiomas, como al rumano. 

Quizá Vds. piensen de otro modo, convencidos como pueden estarlo de la categoría literaria de esta mujer (lo que es legítimo), pero afirmar, al menos a estas alturas, que Dolores Campos-Herrero, como autora, es "imprescindible", "necesaria" o que ha ejercido una influencia decisiva en la literatura canaria me parece descabellado. O sólo una tontería. Quizá no sea más que esa manera de hablar tan nuestra, la de la hipérbole, que eleva lo que sea y a quien sea a categoría universal para olvidarlos inmediatamente después. No me extrañaría que lo mismo volviera a ocurrir en este caso.

 

En otro orden de cosas, y de calidades, esta semana les participo de mis pensamientos respecto de la novela Pánico al amanecer, del australiano Kenneth Cook, traducida por Pedro Donoso. Es una primera novela, pero, dado lo que acostumbro a leer con demasiada frecuencia, muy bien tramada y narrada, desde el punto de vista de un narrador en tercera persona, muy pegado al personaje principal, Grant. 

Desde tal punto de vista, limitado por sus pensamientos y sensaciones, se nos cuenta el accidentado periplo de este maestro rural tras el periodo escolar, en su intento de dejar atrás cuanto antes Tiboonda, pueblo donde ejerce, y de cuyos habitantes abomina, y volver a Sidney, que, en comparación, le parece el paraíso. Diálogos cortos e intensos y un dibujo de escenas agrestes, polvorientas y crueles crean una atmósfera singular que, en algunos momentos, me recuerda vivamente a esas novelas de narraciones fronterizas tan norteamericanas. 

El mar, a dos mil kilómetros en dirección Este, con sus mareas subiendo y bajando, un día tras otro, y él todo un año sin verlo. Durante doce meses había sido el director de esa escuela en Tiboonda en la que él era el único profesor; doce meses en los que solo había tenido el dinero de la paga vacacional para costearse los días de descanso de mitad de curso. Así que no le quedó otra que pasarlas en Bundanyabba, la ciudad minera de sesenta mil almas que concentraba buena parte de la vida en el territorio cercano a la frontera. Para el profesor, ese pueblo no era más que una versión a gran escala de Tiboonda. Y Tiboonda no era otra cosa que una versión del infierno (Pág. 23)

Echó una mirada a su dinero, depositado ante él, un puñado de billetes verdes y arrugados, y se inclinó para recogerlo. Pero en el instante en que alargaba el brazo para hacerse con él, lo invadió la tercera sensación extraña de aquella noche: el misticismo de los jugadores. Sabía que las monedas volverían a caer en cruz. Lo sabía con la misma certeza con la que sabía que estaba vivo. Lo único que tenía que hacer era dejarse llevar por esa convicción; a la cual no puso ninguna resistencia. 
Volvió, pues, a tomar asiento con la espalda recta y, sin tocar su capital, vociferó: 
-Cien libras a la cruz. 
Tres jugadores se unieron para cubrir el monto de Grant. Él permaneció sentado en su sitio y se limitó a echar un vistazo alrededor mientras se completaban el resto de apuestas. No pensaba en nada: estaba poseído por cierta intuición. Y mientras ese extraño demonio le hablase, Grant ni siquiera dudaría de sus propias acciones. 
-¡Cruz otra vez! 
La reacción golpeó a Grant en el estómago con dureza. Por un momento tuvo la sensación de que iba a caer desmayado sobre sus propias ganancias. Pero acto seguido se agachó y comenzó a meterse los billetes en los bolsillos. (Pag. 57)

Curioso rasgo de la gente de por aquí, pensó Grant: puedes dormir con sus mujeres, aprovecharte de sus hijas, gorronearles, estafarlos, hacer casi cualquier cosa que en una sociedad normal te llevaría, cuando menos, a sufrir el ostracismo. Aquí, en cambio, casi ni se dan por enterados. Ahora, basta con que te niegues a beber con ellos para que pases de inmediato a convertirte en su enemigo mortal. ¿Cómo demonios era posible? Pero no tenía ganas de seguir pensando en la región ni en las peculiaridades de su gente. Que hicieran lo que quisieran. Una vez que estuviese en Sydney, quién sabe, tal vez nunca regresaría a esa parte del mundo. (Págs. 162-163)


Como ya pueden intuir, todo tipo de contratiempos dificultan su viaje. Diversas circunstancias y acciones como una repentina fiebre de ludopatía que le dejará sin un chavo una noche aciaga y su caída, casi a empujones, en borracheras permanentes solo espaciadas por breves y dolorosos lapsos de resaca, se lo impedirán de un modo casi fatídico. Además, para darle una nota sangrienta, se verá arrastrado a una injustificada e innecesaria cacería nocturna de canguros (y de lo que se pusiera por delante) en el desierto. La acción transcurre fácil, de manera casi vertiginosa, con la que pronto dejamos de preguntarnos, como le ocurre al protagonista, el porqué de lo que acontece y sus propias reacciones. 

Por lo anterior, podría imaginarse uno que esta novela se narra, si no el descenso a los infiernos o un etílico viaje iniciático, sí la transformación de un maestro de clase media anhelante de la gran ciudad en un individuo profundamente cambiado en su interior, no a mejor, y que se ha mimetizado casi por completo con aquellos a los que detestaba. Un proceso de asilvestramiento, por qué no, de embrutecimiento físico y mental, de entumecimiento espiritual. Una manera de recordarnos que bajo la educación y el título universitario (en su caso), en el ser humano siempre late, con diapasón ancestral, una violencia que no encuentra parangón en la naturaleza. 

El desarraigo, la irracionalidad y la pulsión de destrucción y de muerte están solo a una capa de distancia de la civilización, por lo que con un pequeño pinchazo puede revelársenos enseguida lo que la cultura tarda tanto tiempo y esfuerzo en ocultar. Saberlo quizá nos nos haga mejores, pero sí más avisados/as. Pánico al amanecer es de esas novelas que se lo hacen pasar a uno tan bien haciéndolo pasar tan mal.


(*) Me informan de que el presidente ha sido profesor de Lengua en institutos (licenciado en Filología) y que en su momento montó talleres de lectura. Que conste.





jueves, 17 de febrero de 2022

'Mira que eres', de Luis Rodríguez

Estoy muy a favor de la crítica a la crítica. Con esto debería bastar para zanjar el asunto. 

Venga, va, desarrollo el tema:

Deberían Vds. saber, y sobre todo aquellos/as que detestan el blog, que me conformo con que haya debate. Ignoro si lo hay ahora. Ignoro si lo hubo antes, quizá en tiempos remotos. Sé que hasta que comenzó el blog, no lo había, al menos en la esfera pública. Siempre me podrán hablar de alguna tertulia recóndita de estetas masones, de alguna reunión de prohombres sita en Vegueta, o en La Laguna, de algún club de lectura al que se accedía solo por invitación, etc. Pero en el espacio público, entendiendo por él los medios de comunicación en sus diversas modalidades o en foros públicos más o menos accesibles, discúlpenme si me he olvidado de alguno, no.

Así que, les aseguro que soy sincero, me resulta indiferente que duden de la calidad del blog, de los argumentos que empleo, de mis intenciones o de mi catadura moral. Incluso, de mi misma existencia. El que haya suscitado esa interacción, quejas amargas incluidas, pero que haya motivado a muchos/as a leer acerca de la literatura que se escribe en Canarias (también en España y parte del extranjero) y a expresar en público y en privado su opiniones, resulta para mí reconfortante: con ello cumplo uno de los objetivos que me indujeron a crear Polillas al anochecer.

Algunos, como Miguel Aguerralde, dirán que en Canarias "nunca se ha hecho más y mejor literatura que ahora". Quizá, pero no deja de ser un contrafáctico. En todo caso, si estuviéramos de acuerdo, no creo que constituyera, en definitiva, un gran elogio para la literatura en/de Canarias. Creo que no es bueno levitar encantados, atragantándonos con la crema del elogio a nosotros mismos. Mejor es, en mi opinión, que se geste un movimiento de voces encontradas y divergentes, que contribuyan, a elevar el nivel del debate, de la crítica y de la literatura. Así, podremos ahorrarnos de una vez las jeremiadas por la falta de apoyo de las instituciones públicas y por la falta de verdadera crítica literaria.

Por lo primero, no sé si el Estado en cualquiera de sus manifestaciones ayuda poco o mucho; ni siquiera, si hay que ayudar o por qué. De lo segundo, mantengo que hay que ser un poco filisteo para quejarse de la falta de crítica en Canarias y, al mismo, teniendo posibilidad de contribuir a que exista, limitarse a "saludar" las novedades sin implicarse en el juicio.

Como logré demostrar de manera convincente en la reseña correspondiente, la novela anterior de José Luis Rodríguez, 8.38, me pareció extraordinaria. La siguiente, esta cuya portada aparece más arriba, se titula Mira que eres, y sigue la senda pedregosa, con riscos a ambos lados, de la metaliteratura, los juegos del lenguaje y la superposición de personajes, que tienden a desvanecerse en cuanto creemos que los tenemos calados. Es una novela, como la anterior, que carece de argumento convencional. Podemos imaginar intenciones y objetivos, aunque no logremos discernirlos con claridad. 

Mucho de lo que escribí entonces puede aplicarse ahora. Podría añadir que lecturas como estas acarreen el peligro de la imitación. Al ser un estilo, una forma de dirigirse al lector, tan singular y me atrevería decir que fascinante (aunque este adjetivo, de tanto usarlo, posea ya poca carga semántica), los/as aspirantes a escritor podrían caer en la tentación de escribir del mismo modo. "Maten a Borges", dicen que dijo Gombrowicz. No sé si hay que matar a Luis Rodríguez, pero al menos hay que traérselas tiesas con él.

Mira que eres apunta, si tal cosa existiera y pudiera definírsela sin ambigüedades, a la esencia de la literariedad: una autorreferencialidad creadora y juguetona en la que sin pudor se intercalan citas y referencias literarias. Personajes que se cuestionan a sí mismos y que cuestionan la misma literatura. La literatura como búsqueda de conocimiento por ese continuo indagar sobre sí misma, que es el indagar también, claro, respecto de la naturaleza humana. Un palimpsesto que a veces parece un espejo.

Además, un rasgo que a estas alturas de posmodernidad me atrae es que la novela no es visual. Es decir: la palabra lo domina todo, y no la imagen. Esto podría parecer obvio, al tratarse de literatura, pero no lo es tanto cuando pensamos en tanta novela que parece hecha ex profeso para su fácil conversión a una serie o película: novelas pensadas para el ojo, y no para la mente. En este sentido, a uno le cuesta imaginarse en la obra los personajes o los ambientes en los que estos dialogan y, sobre todo, piensan. En Mira que eres, no se describen ambientes ni acciones; se piensa. Si la literatura son frases, esta novela está llena de ellas. Una prosa que no parece exigir en principio demasiado del lector pero cuyo desenvolvimiento en las minitramas sí requieren de atención extrema, cuando no de relectura.


Ves en la pared una mancha con forma de rostro. A medida que te vas fijando, que concentras la mirada, descubres detalles que confirman esa impresión: es un rostro nítido. A mí me pasa lo contrario. Observo a alguien, cuanto más me fijo en él más se me desdibuja. Lo he juzgado mal, me digo, no es esto ni lo otro. Me alejo del juicio inicial, regreso, lo rozo, vuelvo a distanciarme, y termino casi siempre amarrado al primer pálpito. Me pasa con las personas lo que a un amigo con la escritura. Dice que escribe una frase, la corrige, la suprime, vuelve a escribirla y a corregirla, muchas veces. Al final la frase es, palabra por palabra, idéntica a la primera que escribió. Pero ya no es solo la primera frase: es una frase con mundo. Así deben ser mis opiniones de todo, parecen espontáneas, pero han viajado. Tienen mundo. (Pág. 19)

 

 Hay una pregunta previa a cómo se debe escribir: ¿para quién se escribe, para uno mismo, o para los demás? 

Bertrand Russell era consciente de que él podía emplear un inglés sencillo porque todo el mundo sabía que, si lo prefiriese, podría utilizar la lógica matemática. Se le permitía escribir: Algunas personas se casan con las hermanas de sus mujeres muertas, porque podía expresarlo en forma que únicamente llegara a ser inteligible después de años de estudio. 

Mi escritura lidia con el humo de su frase; la claridad, la elección de una palabra u otra, suposición dentro de la oración, la misma oración, los puntos, párrafos, el latido, nos cuentan con el lector. Tienen más que ver con el efecto del humo en mis ojos. (Págs. 68-69)


 Esto no es una novela, es la contemplación de un rescoldo. (Pág. 82)


Que la literatura suscite perplejidad, que plantee dificultades al lector, y que al mismo tiempo resulte estéticamente apreciable constituye gran parte de su atractivo. El desciframiento del símbolo encapsulado en las palabras sigue, a pesar de sus rivales narrativos como el cine o, incluso, los videojuegos, manteniendo su pegada. Es posible que narrar historias a la manera tradicional, es decir, lo que vendríamos a llamar novela realista, a la manera, por ejemplo, de Jonathan Franzen (recordemos, al respecto, la oposición que señalaba Eduardo Lago en Walt Whitman ya no vive aquí en la literatura de EEUU entre el polo realista encarnado por Franzen y la experimentalista de, por ejemplo, de Foster Wallace) o aquí, digamos, Vázquez-Figueroa o Pérez-Reverte, juegue en desventaja contra otros medios artísticos y lúdicos como los ya citados, mucho más espectaculares y que sumergen de manera más efectiva al público en la trama. Es decir, el mero contar de cosas que pasan y de personas que hacen esto y lo otro no es suficiente, al menos para mí.

EN DEFINITIVA, si está cansado/a del leer por leer porque, total, se escribe por escribir. Si están Vds. harto de que los/las quieran entretener, verbo sagrado en nuestra civilización, acérquense a Mira que eres, porque la literatura todavía importa.





P.D. Otro análisis, por supuesto que más atinado que el mío, de Vicente Luis Mora, aquí.


POLILLAS AL ANOCHECER EN RADIO GUINIGUADA





sábado, 12 de febrero de 2022

'Traficante de historias', de Juan R. Tramunt

Supongo que no les importará demasiado que me salte el orden de lecturas y que anteponga la novela Traficante de historias, de Juan R. Tramunt a Nevada, de Claire Vaye Watkins. Las diversas ocupaciones de la vida y la indolencia que asalta a veces como una lluvia inesperada me han llevado a posponer la publicación de los artículos del blog. También, es cierto, la oralidad que supone la radio y la obligación de producir un programa cada semana han influido. Lo primero, porque de algún modo tiendo a pensar que el trabajo ya está hecho al comentar la obra en el programa; lo segundo, porque el ritmo, aunque pudiera no parecerlo, no admite apenas interrupciones o dilaciones. Si estas surgen, retomar la actividad siempre se hace con demora y lentitud.

Además, y volviendo a la decisión inicial de priorizar la reseña de Traficante de historias, la historia que cuenta Juan R. Tramunt tiene que ver con nosotros de una manera más directa y cotidiana, mientras que los relatos de Claire Vaya Watkins son, pese al título, de naturaleza más general. Relatos notables, les adelanto, y que bien merecerán su atención.




Esta novela cuenta una historia de inmigración, una de tantas miles que se gestan cada año, cada mes. Lo singular, si se puede denominar así, es que es vivida y narrada, fundamentalmente, a través de un personaje canario, de clase media, profesor de instituto, por más señas: Tobías Arencibia..

A raíz de la muerte de su novia, Tobías experimenta una suerte de crisis vital por la que decide que sus conocimientos serían mejor aprovechados si abandonara su plaza en el instituto y comenzar a dar clases de español en un centro de internamiento de inmigrantes. Es entonces cuando comienza esta aventura, que le llevará de Canarias a diversos países de África, motivado por su amistad con uno de los integrantes del centro, Seydú Mahamane Keita. Seydú le había ayudado de modo inestimable en la puesta en escena de una obra de teatro que pretendía retratar el momento en que unos inmigrantes intentaban cruzar la frontera para entrar en territorio español.

A partir de la representación, se forja aquella amistad entre Tobías y Seydú. El segundo le relata al primero su odisea personal, las motivaciones que le llevaron, como a Tobías, a abandonar una vida más o menos cómoda y embarcarse por su país con una furgoneta llena de libros. Pretendía que la gente los leyera y, si no eran capaces, él se ofrecía a contar las historias que contenían, si no a contar otras nuevas. Un cruce entre propagandista cultural moderno y rapsoda antiguo. 

Tiempo después del retorno de Seydú a su país, a Tobías le llega una larga carta de éste que le pone al tanto de su situación. Una dolencia cardiaca le impide seguir con sus viajes y le ha obligado a dejar su furgoneta en un lugar remoto. Tobías decide visitar a su amigo y traerle de vuelta el vehículo con sus libros.

Ya el resto lo leen Vds. de primera mano.

Vayamos al desmenuzamiento. Para comenzar, la obra es más que digna. En este país, en este archipiélago canario, decir que algo "es bueno" o "está bien" significa, a efectos prácticos, que algo es malo. Peripecias de la lengua y de su sentido. Si realmente algo está bien, uno tiene que usar el superlativo. No hay espacio para apreciaciones intermedias. Lo explico en la siguiente tabla:


                                Ámbito íntimo          Ámbito público

Valoración                 Muy deficiente    Subvencionable/Autor, joven promesa

                                     Malo                 Elogiable/Autor de primera línea

                                     Regular             Notable/Autor es un maestro                                                                                     traducido al rumano y al albanés

                                     Bueno                    Sobresaliente/Autor genial

                                 Muy bueno          Obra maestra/Autor universal-¡Premio                                                                        Canarias ya! Casa Museo, efigies. 


Abundando en esto, a la inversa, si uno en el ámbito público utiliza un adjetivo queriendo expresar su significado recto, se traducirá así por los receptores del mensaje:

"Buena"---se traducirá, se entenderá como mediocre.

"Notable"----se traducirá por un quiero y no puedo

"Sobresaliente"---se traducirá por buena

"Obra Maestra---se traducirá por habrá que leerla.

Así, si digo que Traficante de historias es una buena novela, lo más probable es que entiendan Vds. que me ha parecido regular. Es lo que tiene la inflación de adjetivos, la hiperbolización del elogio, la sacralización de lo mediano. Se ve de manera visual y auditiva en el teatro, por ejemplo: si al público le ha gustado la obra, no hay que quedarse en silencio. Admitamos que hay que aplaudir para que los actores, aparte de cobrar por la entrada, sientan el gustirrinín del reconocimiento público; pero en España no basta con aplaudir cinco segundos de manera discreta, no. Hay que partirse las manos hasta que sangren y se quiebren las falanges, y hacer salir a los actores siete veces; mejor si se les jalea con gritos de "¡Bravo, bravo!". Y eso para una obra normalita. No les digo nada de la ópera: si sale Plácido Domingo, hay que, además, quedarse en pie un cuarto de hora y abjurar a voces del feminismo castrador.

Lo que quiero decir es que esta obra, con sus defectos, está bien, que merece ser leída. Es mucho más de lo que puedo decir de la mayoría de las novelas que por aquí he analizado, y que en muchísimas ocasiones han sido ensalzadas hasta el empalago más denigrante..

Ya que estamos, vayamos con los defectos:

La editorial se jacta/enorgullece de tener un equipo de "cuatro profesoras de Literatura" en cuyas manos está aceptar los manuscritos. También cuenta con "dos correctores distintos". Ya vimos en La ternura del caníbal, del ínclito Víctor Álamo de la Rosa, que ese orgullo carecía de fundamento, al menos en ese caso (espero que no vuelvan a pedirme el curriculum vitae para que puedan "valorar mi formación y experiencia").

 En Traficante de historias, lo que se echa de menos, en varias ocasiones, es la presencia, siempre necesaria, de la correctora (aunque figure en la segunda página del interior del libro). He apreciado, al menos una vez, una coma entre el sujeto de la oración y el verbo, construcciones en las que una oración subordinada aparece como complento del nobmre cuando lo correcto era el relativo "cuyo". Además, hay ciertas repeticiones, algunas elecciones de adjetivos, varios sintagmas prescindibles o esa práctica tan periodística de eliminar los adjetivos ordinales a partir del décimo. El mismo estilo de estas primeras decenas de páginas se corresponde más bien con uno alicaído y rutinario, propio de los periódicos. Fenómenos y prácticas que no deberían haber escapado a la atención de una correctora profesional. O, al menos, atenta.

Además, sobre todo en las primeras veinte páginas, el estilo de la novela vuela bajo, como el grajo y el frío del carajo. Como si al autor le costara calentar la muñeca, pero, en frío, tuviera ganas de llegar al meollo de la historia. Un editor atento tendría que habérselo hecho notar. ¿Para qué conformarnos?, me pregunto.

Lista de ejemplos:

Cuando su novia, Silvia, con sus padres y su hermano, de regreso de su útimo viaje de soltera en familia, embarcó en aquel fatídico vuelo de Madrid a Gran Canaria, de un plumazo la vida que Tobías veía enfilada cambió, y el esperado auncio de boca concidiendo con su treinta cumpleaños se trastocó en pedir la excedencia como funcionario y aceptar el puesto de docente en un centro de emigrantes, lejos de compañeros y alumnos condescendientes. (Pág. 18)

Lo que aquellos pergaminos contuvieran, podría ser tan importante o más que cualquiera de los libros que se apilaban en la biblioteca ambulante (...) (Pág. 48)

Además, a excepción de Seydú, aquella gente era bastante joven, y una vez más Tobías tenía que hacerse el reproche personal de no conocer la realidad de buena parte de la juventud africana. (Pág. 53)

Esa isla es un hermoso lugar del que conviene no olvidar nunca lo que significó. (Pág. 109)

Como suele ocurrir, sus clases dirigentes, peleles de lo que se decida en el Palacio del Elíseo, disfrutan de grandes privilegios que el pueblo llano ni siquiera puede pensar en ellos. (Pág. 113)

 Siento algo vergüenza de haber nacido en unas islas africanas (...) (Pág. 128)

A medida que avanzaba el día, perdía la esperanza de que apareciera alguien. Se intentaba sobreponer buscándole alguna lógica a su situación, a la de las otras personas que, supuestamente, paraban por allí. A medida que avanzaba el día podría aparecer alguien, pero esa posibilidad desaparecería totalmente al oscurecer porque nadie -suponía- se aventuraría a circular en aquel terreno carente de toda señalización, y con el riesgo de meter el vehículo en una zanja o algo peor. (Pág. 141)

Nadie mencionó los secuestros, y Tobías no quiso añadir más "condecoraciones" a aquel personaje del que volvía a precisar sus servicios. (Pág. 167)

Supuso que se turnaban en vigilar las pocas pertenecías con que viajaban. (Pág. 168)

Le venían sensaciones parecidas a las vividas en su primera juventud, donde más de una vez pernoctó en solitario en el pinar de Tamadaba y otros lugares de la isla. (Pág. 186)

Solamente, Silvia había mostrada interés por esas experiencias y quiso compartir las sensaciones que un Tobías algo escéptico le contaba cuando la conoció. (Págs. 186-187)


Quizá sea pedir demasiado, pero hay conceptos que hace tiempo que ya no se utilizan, al menos en las ciencias, como el de "raza" referido a los seres humanos. Que haya variadades fenotípicas motivadas por la relativa separación entre grupos humanos a lo largo del tiempo junto con su aclimatación a las distintas zonas geográficas del planeta no califica para establecer una separación genética que vendría dada por aquellas características físicas externas. También, decir "hombre blanco" o "negro" aclara poco, salvo, tal vez, para los supremacistas anglosajones. Por otro lado, se prefiere utilizar etnias para distinguir comunidades culturales o sociedades. Al igual que hablar de África, en general, como si las realidades de todo tipo de, digamos Argelia, pudieran corresponderse con las de Egipto, Chad, Congo, Mali, Etiopía, o Lesoto. Diría que utilizar estos términos de alguna manera contradice la intención de Tramunt, que, me atrevo a suponer, pretende quitar el velo que cubre la visión simplista, cuando no directamente xenófoba, de muchos/as canarios/as (y españoles/as, en general) sobre la arribada de inmigrantes a nuestras costas.

Quiero añadir que me resulta débil el intento de explicar la inmigración con ese repetido "no hay trabajo", que soslaya la integración relativamente reciente de numerosas comunidades al sistema capitalista, cuando no la explotación colonial y su esquilmante herencia. Asimismo, una vez integrados en la economía mundial, muchos de estos países africanos desempeñan un papel subordinado, limitado a permitir la extracción de materias primas destinados a los países del denominado primer mundo. En ocasiones, incluso, se elabora toda una estrategia destinada a socavar la instauración efectiva de estados fuertes y consolidados, porque es más sencillo y más barato lidiar con los denominados estados fallidos o con cualquiera de las facciones que se disputan el poder en esas regiones. Como digo, un asunto que dispone de una bibliografía enorme, y que no se puede solventar literariamente con trazo tan grueso.

Aunque hay numerosas obras en la denominada literatura poscolonial en las que se aborda la migración desde el punto de vista del/la viajero/a, con autores/as distinguidos/as ya por el reconocimiento occidental, no deja de tener interés esta novela, vista desde el punto de vista de un occidental, aun su periférica situación. Juan R. Tramunt, a pesar de los titubeos iniciales y quizá falto de una justificación psicológica más convincente para las motivaciones de Tobías, elabora una aventura que a cada página que pasa se vuelve más emocionante, trágica e, incluso, bella. Las andanzas de Tobías narradas en tercera persona no omnisciente, centrada en él, despliega un buen número de relaciones que se complejizan, ya desde su primer encuentro con Seydú. A estas alturas, el lenguaje ya ha adquirido vigor. El autor se mueve con firmeza y confianza adentrándonos con él en la historia.

Además, el mismo Tobías cambia, lo que convierte a esta aventura en una especie de novela de formación. Algo, que si no me equivoco, ocurría también con las andanzas del protagonista principal de Anturios en el salón. Su creciente comprensión del sufrimiento de las personas que se ven obligadas a emigrar en circunstancias arriesgadas y en condiciones penosas es también la nuestra. Esos padecimientos, que acaba sintiendo en primera persona, amplían su visión de este fenómeno de un modo singular, de un modo que jamás podría haber alcanzado antes. Algo de esa comprensión, vendría bien a muchos cuando ante el lamentable espectáculo hace unos meses del puerto de Arguineguín, hablan de "invasión", de "inseguridad", etc. En este sentido, la novela de Tramunt me parece eficaz, aparte de bien estructurada y bien narrada.


Anotó en su cuaderno de viaje: "Siento algo (de) vergüenza de haber nacido en unas islas africanas, disponer de ciertas condiciones que me permitieron en el pasado viajar a países lejanos, y, sin embargo, desconocer estas tierras maravillosas que se extienden a pocos kilómetros de nuestro hogar, saber tan poco de sus gentes, afanadas en sobrevivir. he vivido toda la vida de espaldas a su realidad y la estoy descubriendo casi por puro azar, a la vez que hago firme mi compromiso de conocerla mejor". (Pág. 128)

 

También hay que resaltar que, a pesar de su insistencia en el concepto hombre blanco, no establece una división maniquea entre blancos y negros o entre europeos (incluyendo a los canarios) y africanos. Hay una gama de grises que resulta verosímil y convincente en la caracterización en los personajes. Los diálogos, así mismo, no son abundantes pero cumplen bien su función de resaltar las acciones y la moralidad de quienes hablan. 

Por último, quizá el autor podría haberse detenido más en la descripción física del paisaje y de los entornos urbanos que atraviesa el protagonista. Salvo la vívida escena del ferrocarril, los parajes que describe son un tanto evanescentes, opacios. Sin suponer un menoscabo a la novela, creo que podría haberse detenido un poco en el ambiente para resaltar la inmersión de Tobías en su aventura, para perfilar aún más esas vidas llevadas al límite.

Conclusíón: A veces, hay que detenerse en los defectos de una novela para apreciar mejor su alcance y, sobre todo, sus posibilidades. Repito que, con algunas correciones, Traficante de historias podría haber sido todavía mejor. Aun así, destaca en el panorama literario, repleto de obras tan autocomplacientes como carentes de interés alguno. Como en su novela anterior o en los relatos de Nunca más la noche, Tramunt nos proporciona buenos motivos para leer y para pensar. Recomendable.


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