miércoles, 28 de agosto de 2019

'Datana', de Carlos González Sosa

Alberto Olmos suele escribir artículos cultos con una prosa divertida, incluso frívola. Muchas veces, son también lúcidos. No obstante, y creo que es el problema del articulista profesional (o no profesional, pero habitual), da la impresión de que no quiere dejar resquicio a la duda, de que sus convicciones son inasaltables y de que estas han pasado todos los tests contra las falacias. 

En este artículo, Olmos carga contra la pretendida "superioridad moral" de aquellos que rechazan que un ayuntamiento pague, subvencione o se haga cargo del caché de artistas que cantan canciones supuestamente machistas. Aparte de hacer una teoría de la mente harto sesgada y ridiculizadora sobre estos opositores, que según él están todos aquejados de "infantilismo" o son unos "zumbados", Olmos tira del recurso a la Cultura Sacrosanta en lo que se refiere a la inconveniencia, o más bien, impertinencia de criticar cualquier tipo de creación artística por criterios no artísticos. A continuación, cita y enumera unas cuantas letras que vendrían a demostrar que no existe letra machista sino expresión artística libre, que no hay desprecio a la mujer porque el arte o la cultura es otra cosa, más relacionada con Lope de Vega que con los valores de una sociedad (ya sea para transgredirlos). Una cosa que, claro, los "zumbados" no entenderán jamás.

Es intuitivamente sencillo llegar a la conclusión, así, de que si a tal Ayuntamiento no le gustan las letras por ese motivo no solo estará incurriendo en un error de juicio al intentar juzgar en clave moral lo que solo puede valorarse por sus méritos artísticos, sino que si rechaza que se canten en un espectáculo pagado por él incurre en el nefando vicio de la censura. Oh, horror.

Sin embargo, Olmos no lleva esta argumentación hasta el final. Si no se puede juzgar una canción (o cualquier tipo de producción artística) por su contenido, entonces cualquier canción, cualquier letra de una canción podría ser admisible en un concierto o festival pagado con fondos públicos. Como leemos que Olmos también hace referencia a la calidad de la canción, introduzcamos ese factor. ¿Sería admisible que un Ayuntamiento, que como cualquier institución representativa democrática representa a todos los ciudadanos, fuera el organizador, subvencionador o colaborador de un concierto cuyas canciones, de exquisitos sonidos y rimas, promovieran el exterminio masivo de los musulmanes? ¿O de los judíos? ¿O de los católicos? ¿O de los ateos?

O imaginemos una película sufragada por el Cabildo de Gran Canaria que afirme, de modo muy kubrickiano, con esos puntos de fuga y esas divisiones de pantalla, que la conquista de la isla por los Reyes Católicos estuvo justificada por la conducta licenciosa de los aborígenes. Aborígenes que, además, habrían sido los responsables de su muerte por la espada y la ballesta por oponerse a la llegada de la civilización. 

Por último, en un desquiciado alarde de fantasía, pensemos en un Ayuntamiento que, por un lado, promueva políticas de igualdad de género y que colabore con otras administraciones en la lucha contra la discriminación y la violencia sobre la mujer. Por otro lado, comprobemos que, de manera simultánea, se hace cargo de un festival de música (o de ópera, por qué no) en el que diversas manifestaciones musicales insisten, artísticamente, eso sí, en perpetuar esos mismos roles y en fomentar esa misma actitud respecto de las mujeres contra las que ha actuado, hasta entonces, de forma coherente. ¿Sería lógico? ¿Sería deseable?

Es probable, y eso es algo que Olmos no tiene en cuenta, que la raíz del problema no se encuentre en que unos están empeñados en censurar, en cortar las manos a los guitarristas y la lengua a los cantantes, pues opiniones a favor y en contra de cualquier asunto, con mejores o peores argumentos, habrá casi siempre. El problema puede ser que hayamos naturalizado que sea el Ayuntamiento de turno, o el Cabildo, o el Gobierno de la Comunidad, incluso el Ministerio quienes deban hacerse cargo, por un lado, del ocio y de los pasatiempos de los ciudadanos, y, por otro, de la Cultura (entendida en el sentido artístico). A veces, claro, se confunden, pero esto no es óbice para que nos preguntemos el por qué de esa responsabilidades asumidas como propias. Hasta tal punto que parece a veces imposible pensar que existan ocio, cultura y arte fuera de las instituciones públicas. 

Si hay vecinos del barrio X, o de la ciudad Y que están convencidos de que necesitan el espectáculo o el divertimento que les proporciona Z, nada les impide que se unan para pagarlo. Si un promotor privado está convencido de que satisfará con éxito la picazón de un grupo de ciudadanos por tal o cual manifestación cultural es muy libre de traer a los artistas que considere adecuados, y que cobre entrada. Es posible que haya quienes piensen que tienen derecho a ver a U2 en una ciudad de provincias, pero hasta que cosas así no están reconocidos en un texto legal, las diversas administraciones públicas tienen que hacer frente, con un erario limitado, a un conjunto de necesidades más básicas de gran parte de la ciudadanía. Pensar que es el Ayuntamiento o el Cabildo el encargado por defecto de satisfacer las variadas ansias de diversión, me parece, a mí, un tanto infantil. Culparle, además, por actuar de forma coherente, es injusto.







De la conquista de Gran Canaria trata la reseña de hoy. Datana, una novela de Carlos González Sosa, aborda ese momento histórico. La segunda de una trilogía llamada Sangre, compuesta, además, por La madera contra el acero y por Hijos del sol. Hemos llegado a un punto que si uno no escribe trilogías no es nadie en el mundillo. 

Datana narra los avatares de la invasión y conquista castellana de Gran Canaria, la resistencia aborigen y la subyugación final. En este sentido, como en casi todas las novelas históricas, no hay sorpresa, pues el final es harto conocido. Su propósito debería ser otro: proporcionar materia para la reflexión, al situar los hechos acaecidos en ese pasado bajo un prisma diferente. Además, dada la persistencia política del nacionalismo canario, aunque haya sido de baja intensidad y de un propósito de cobertura para alcanzar el poder regional, como el de Coalición Canaria, la existencia de grupúsculos independentistas y la breve historia de un movimiento terrorista, una novela como esta podría dar pie a interesantes debates sobre las diferentes sociedades isleñas, como el supuesto "síndrome del colonizado", el malinchismo, las cuestiones identitarias que tienen que ver con que una parte significativa de la población desciende por vía materna de aquellos pobladores; también, en relación con lo anterior, cierta ambivalencia respecto del pasado, que se manifiesta en que se celebren tanto la fundación de, por ejemplo, la ciudad de LPGC, y también de lo que ha quedado del legado aborigen con esculturas, cuadros y parques; la secular sensación de diferenciación respecto de la España peninsular, y no por cuestiones geográficas, etc., que se encarna en, entre otras cosas, en el acento y el habla. Asimismo, qué significa y qué consecuencias produce una conquista, qué significa ese orgullo que algunos dicen sentir cuando se habla del imperio español (o de cualquier otro), tan de moda últimamente por la aparición como actor político nacional de un partido nostálgico como VOX.

Apenas nada de eso, me temo, se suscitará con la lectura de Datana. Aun siendo una novela amena, sencilla de leer, con una aceptable selección de escenas (algunas demasiado esquemáticas) que forman el espinazo de la obra, que al menos nunca aburre, y con una prosa aceptable (aunque aquejada con frecuencia por nuestras queridas expresiones y frases hechas tipo "gentil reverencia", "armados hasta los dientes", "ganarse a pulso", " inigualable arrojo", "encogerse el estómago", "perdidamente enamorado", "desde la más tierna infancia", y demás), Datana no consigue trascender el relato, ya asumido e interiorizado, de conquistadores y conquistados en una dualidad en la que apenas se introducen matices. González muestra un conjunto de personajes atribuyéndoles características que no los hacen muy complejos. Asi, Juan Rejón es cruel y colérico, Doramas es valiente, Pedro de Vera, ladino, etc. La humanidad literaria, la que hace que un escritor o escritora nos abra un espacio para que nos miremos a nosotros mismos y al mundo, está ausente. Es, como si dijerámos, historia con diálogos, con un tono, en varios momentos, grandilocuente en exceso.

El cabello de Doramas descansaba sobre sus hombros. Pese a haber nacido entre los trasquilados -una clase social baja a la que no se permitía llevar el cabello largo-, aquel guerrero aborigen se había ganado a pulso un puesto entre la nobleza de la isla. Sus magníficas dotes como estratega y su inigualable arrojo en la batalla habían conseguido que muchos canarios se uniesen a él en la defensa de Gran Canaria desde que Diego de Herrera comenzase sus incursiones desde Lanzarote. En todo aquel tiempo, había logrado crear una horda de guerreros tan poderosa que llegaba incluso a hacer sombra a las de los guayres que la isla había designado para su defensa. Aquel tesón y aquel carisma llevaron al Guanarteme Engoynaga a hacerlo llamar y nombrarlo guayre de Agáldar, la mitad norte de la isla. Aquello no hizo más que acrecentar su fama, y cada día más guerreros se unían a él. Desde entonces, lucía con orgullo una larga cabellera. Por vez primera, alguien había logrado doblegar los férreos dictámenes de la nobleza. (Págs 22-23)

La victoria de los conquistadores en la Batalla del Guiniguada había supuesto un durísimo golpe para los nativos. Sus ejércitos habían quedado desmembrados, y su moral, resquebrajada. A los invasores, sin embargo, les había servido para reforzar sus convicciones. A ninguno de ellos les cabía duda alguna de que aquella isla pronto iba a ser suya, sin el menor esfuerzo y, tal vez, sin más derramamiento de sangre. 
Nada más lejos de la realidad... (Pág. 60)

Cuatro días más tarde, cuando ya la mayoría de sus hombres se habían recuperado de las heridas, Juan Rejón ordenó formar a un nutrido grupo de mercenarios. 
El deán Bermúdez llegó justo a tiempo de oír las palabras del capitán. 
-Quemad las casas, el ganado, los cultivos. Talaremos todo lo que les pueda dar sustento. No quiero ni una sola higuera en pie -ordenó, paseándose entre ellos-. Tampoco quiero prisioneros. no voy a desperdiciar nuestra comida manteniendo a esos animales. Matad a todo el que veáis, no importa si es anciano, joven o niño -Sus hombres asentían con complacencia-. Se arrepentirán de haberse aliado con esos perros portugueses. 
-Dios se apiade de ellos -musitó Bermúdez, horrorizado con la arenga del capitán. 
Cuando las puertas del Real se abrieron, Rejón dio la señal, y partió al frente de sus huestes hacia el interior de la isla. (Pág. 85)


No se veía un alma. No había emboscadas, ni lanzamientos de piedras, ni gritos de guerra. Tan solo el viento parecía poblar aquel lugar. 
Poco después, los primeros hombres llegaron al roque. 
Un roque completamente desierto. 
Dos cabras balaron ausentes, trotando entre las piedras, al borde del acantilado, desafiando la ley de la gravedad. 
-¡Capitán, aquí no hay un alma! -gritó uno de los hombres de la avanzadilla, asomándose a los muros de piedra que los canarios habían levantado junto al roque. 
Pedro de Vera apoyó las manos en las rodillas para recuperar el aliento, clavando la mirada en la tierra, incapaz de creer cómo lo habían burlado. Luego apretó el paso hasta llegar a la pequeña meseta. 
Cuando miró a su alrededor y no vio más que a algunos de sus hombres, que inspeccionaban la zona, sintió una ira irreprimible. 
-¡Ahhhhhhhhhhhhhhhhh! -Su grito desesperado viajó con el viento. (Pág. 189)


Si no fuera por algunos pasajes sanguinolentos, podría pensarse que la novela está dedicada a un público juvenil, más proclive a pasar por alto, en general, las sutilezas de la literatura y de la historia y más centrado en relatos heroicos y desenlaces dramáticos. Es posible que González Sosa muestre una mejor versión de su creatividad en obras que no deban ceñirse tanto al guión prefijado de la Historia. Eso, si es capaz de desembarazarse de su tendencia al histrionismo y de concentrarse más en depurar su prosa de los clichés.

Así pues, Datana es una novela entretenida como relato, pero que decepciona porque no suscita reflexión, más allá de señalar lo que para algunos todavía no está claro: que fue conquista y no encuentro, invasión armada y no incorporación pacífica. Como dijimos, antes, todas las cuestiones identitarias y culturales han quedado orilladas y no plantea preguntas sobre quiénes somos, quiénes fuimos, quiénes queremos ser.















miércoles, 14 de agosto de 2019

'Nunca más la noche', de Juan R. Tramunt

Con 325.000 euros para las fiestas de San Ginés en Lanzarote y más de 400.000 euros (se estima) para el festival WOMAD en Las Palmas de Gran Canaria, así se estrenan nuestros gobiernos progresistas: viva la fiesta, a veces denominada también Cultura, porque eso genera consenso y cohesión social. ¿Qué puede haber menos político que una fiesta?, se preguntarán. 

Algo de razón pueden tener, si reparamos en que el enfoque cultural de todos los partidos que han estado en el poder en Canarias es similar. Ya sea por su presunto carácter apolítico, ya sea por no suscitar la posible ira de la opinión pública o publicada, no hay PP, PSOE, CC, NC o Podemos que no insista en sufragar con dinero público todo tipo de fiestas, festejos y festivales, amén de clubs deportivos profesionales y demás proyectos más o menos rimbombantes. Puede, sin embargo, que la razón sea más profunda, lo que no significa que ni siquiera los políticos en el cargo sean conscientes del todo: la cultura o, en nuestro caso, los festejos de diversa índole son amortiguadores del conflicto social: las líneas divisorias y los conflictos entre grupos y clases sociales parecen difuminarse cuando comparten pasiones y diversiones, y aunque sea solo por unos días la distancia entre gobernantes y gobernados, entre élites y pueblo, entre ricos y pobres se reduce al mínimo.

Que los partidos conservadores hagan de la cultura, las artes y las fiestas un foco de su acción política, sobre la base de ese carácter pacificador, parece lógico. Que los partidos de izquierda se limiten a mantener esa visión resulta perturbador. La izquierda que aspira a transformar la sociedad con el objetivo de ahondar en su democratización (nombren Vds. al partido que crean que mejor se adecua a lo que escribo) no pretende, en su acción política, saltar sobre los conflictos: donde haya injusticia, pretende que se instaure la justicia; donde hay desigualdad, lucha porque haya igualdad; donde existe marginación y pobreza, trabaja por que haya inclusión y mínimas condiciones para llevar una vida digna. Es dudoso que esto se consiga detrayendo dinero del erario para música, clásica, popular, folclórica o multicultural, para deporte profesional, para fundaciones de artistas con castillo incluido o para cualesquiera otras regalías, sinecuras, chiringuitos, pesebres o acuarios.

La derecha sabe, al menos sus representantes más doctos, que la instauración del sentido común se basa en gran parte en actuar sobre la cultura, pero no solo en contenidos o en el perfil de artistas que comulguen con su ideología, sino también en la configuración de la relación de la ciudadanía con ella: cliente y consumidor, y la creación de sentido común. Es decir, ciudadanía pasiva y atomizada, ideología de consumo. Que la izquierda comparta esas prácticas y esa concepción resulta llamativo, y más aún cuando acusa a los críticos de esta forma de proceder de "anarcoliberales". Al reino de las paradojas se llega por muchas vías.






Cualquier colección de cuentos, por su propia razón de ser, es dispar. A veces, podemos apreciar un hilo semántico que, por fino que sea, los recorre. También, cuando todos son obra del mismo autor, reconocemos un estilo y un tono propios. En Nunca más la noche, Juan R. Tramunt incide en la ruptura del orden vital de sus personajes. Dicha ruptura se origina a raíz de un error o mala praxis profesional como un encuentro perturbador con un extraño o por una fiesta de tres días y tres noches, el deterioro de la convivencia en un piso de estudiantes o la muerte del marido, que se corresponden con cada uno de los cuentos.

El primer cuento, más bien una novela corta, me resulta, sin duda, el más flojo de todos, con diferencia. Tramunt se empeña en llevarnos de la mano, o más bien nos agarra del antebrazo, por una historia en que una mala decisión médica ocasiona el quebranto emocional de un doctor de edad madura, y con él, el de su mujer. Escribo esto porque salvo en alguna ocasión, como en el pasaje de los bulbos cortados quirúrgicamente, Tramunt no nos enseña, sino que nos explica. Eso, que da la impresión de la poca confianza del autor en el arte de narrar la historia, se ve agravado por ciertos clichés que indican, también, pereza del pensamiento o fatiga en el escribir.

Amalia prefirió no insistir. Por experiencia sabía que la resolución de un duelo no se puede forzar. No hay atajos para recanalizar el estruendo emocional que se desboca en el alma de quien lo sufre. Hay que ser sutil, extremadamente paciente, cariñoso incluso, para ir permitiendo que esa tormenta amaine lentamente mientras discurre por cada centímetro de la piel, por cada segundo de la vida de quien ha recibido la embestida. Alguien como su marido, que vive entre la vida y la muerte de los demás, rara vez escapa de enfrentarse a estas vicisitudes y rara vez los numerosos éxitos clínicos aseguran mayor fortaleza ante cualquier fracaso, porque siempre será una vida humana perdida la que arrastrará indefectiblemente la balanza hacia el otro lado. (Pág. 20)

La charla fue bastante animada. Mateo conversaba con Ernesto sobre el error que había cometido al permitirles a sus hijos tanto acceso a la informática y otros dispositivos electrónicos, y aquel le recriminaba que si no hubiera sido por el despliegue de tecnología difícilmente se hubiera hecho con ellos tras su divorcio y desapego de la madre. Amalia participaba según pudiera, pero su mayor interés era observar a su marido, y pudo contrastar el estado de ánimo del momento con el de la legada unas horas antes. Parecía como si el agua de una alberca, momentáneamente alterada por la caída de una hoja, volviera a tranquilizarse. Amalia se sosegaba en su interior poco a poco, pero a su vez se daba cuenta de su propia vulnerabilidad. Había bastado una pequeña variación de la norma por parte de su marido, de quien estaba locamente enamorada, que algo se saliera del esquema que ella atesoraba en su corazón, para que una oleada de dudas demoníacas se le hubiera venido encima. (Pág. 28)

Salió de allí compungida, pero con la mejor sonrisa de que fue capaz en la cara. En recepción le confirmaron, una vez más, que su marido no había llegado. Llamó a casa para ver si había vuelto, pero nadie respondía. Cada minuto que pasaba su angustia iba creciendo, y la certeza de que a Mateo le hubiera ocurrido algo se desbocaba. Tenía miedo de perder la compostura y montar una escena en cualquier momento, así que prefirió refugiarse en su casa y esperar, esperar a que las aguas volvieran a su cauce, a que todo volviera a estar bien, como siempre, como siempre le gustó. Abominaba de los pensamientos de épocas horas antes referidos a librarse paulatinamente de esa dependencia del devenir previsible, conocido. Ahora lo que deseaba con todas sus fuerzas era zafarse del dogal que poco a poco se estaba cerrando en su cuello y que la estaba colocando al borde de una crisis nerviosa. Volvió a casa como cualquier animal herido busca la seguridad de su madriguera. (Págs. 43-44).

Es una escritura plúmbea, hecha a base de metáforas comunes y gastadas, con adjetivos y adverbios que no sorprenden, repetitiva y algo exasperante. La intención al narrar la historia se ve del todo contaminada por la forma. Estoy seguro de que con un corrector de estilo, un/a amigo/a leído/a, o quizá un sentido de la disciplina que no desdeñara la flagelación literaria, el autor no habría entregado así el relato. Es una pena, porque despojada de todos los defectos, podría haber sido una buena historia. Por mi parte, abandoné en la página 56. Si me perdí algo que me hubiese redimido del sufrimiento anterior, me disculpo.

SIN EMBARGO, y a pesar de haber comenzado de esta manera, reclamo su atención, porque los siguientes tres cuentos son, en sentido ascendente, muy buenos. Esa ruptura con lo cotidiano de la que escribía al principio logran materializarse de manera artística. Por fin, Tramunt nos ofrece literatura, y se despoja de esa manía por contar lo banal y omitir lo extraordinario. De repente, La habitación abuhardillada, La fiesta y Zapador, cada uno de estos cuentos aún mejor que el anterior, nos introducen en regiones perturbadoras. En el primero, una inquietante (aunque no del todo original, qué le vamos a hacer) reflexión sobre la propia identidad, y sobre la creación artística y sus productos, está escrita de una forma casi admirable. Y digo "casi" porque la catarsis que aparentemente experimentó tras acabar Betsabé no logró acabar con esos "dar los frutos esperados", "perfecta armonía", "hacer las delicias", etc. que tanto daño hacen. Propongo que a esas expresiones tópicas las sustituyamos por una letra del abecedario. Así nos ahorraremos el esfuerzo tanto quien escriba como quien lea. Por ejemplo: "Juan amaba locamente a María", por "Juan x María". O: "Decidió esperar a que las aguas volvieran a su cauce", por "Decidió z". Otro ejemplo: "Flanagan bebió un café. Era un café asqueroso", por "Flanagan r". Sin duda, haría la lectura más ágil y no perderíamos nada con el cambio.

Iba diciendo que, a pesar de esa manía, Tramunt hila una historia que se lee con interés y creciente inquietud en el que los dos protagonistas se encuentran, por decirlo así, a ambos lados del proceso creativo. En la tercera historia, la historia de una estudiante en Madrid que se muda no podría parecer, en principio, más anodina. Sin embargo, el autor logra insertar en la cotidianidad de esta estudiante una mota oscura, un grano de suciedad, que poco a poco acabará devorándolo todo. La historia adquiere una marcha aceleradamente angustiosa que demuestra que Tramunt cuando quiere, cuando se esfuerza y se libra de la verborrea cómoda como en Zapador logra una escritura tan fina y ajustada como la musculatura de un corredor de larga distancia, a pesar de esos latiguillos que no quiero volver a mencionar. 

El segundo de los relatos que he mencionado, La fiesta, tiene la particularidad de transmitir una atmósfera de paz, serenidad y alegría durante la celebración de un cumpleaños. Como la imagen especular en un lago de altas montañas y cielo despejado. Aquí, a diferencia de los relatos anteriores, la disrupción de la normalidad no aparece al principio, sino al final. Quizá pueda juzgarse su final de efectista, pero, aun concediendo esto, es de un extravagante que resulta convincente. Esa atmósfera onírica y ese ambiente nirvánico lo merecían.


Qué significaba mi nombre en aquella estantería, y por qué estaba vacío el espacio. No era la primera vez que encontraba mi nombre en espacios similares. El trabajo de escritor, y con algún reconocimiento además, comporta que su obra pueda aparecer en las estanterías y catálogos de muchas bibliotecas, pero aquello no era exactamente una biblioteca, o en todo caso yo no era autor de obras ilustradas, ni tan siquiera tenía idea de que mis relatos o novelas se hubieran ilustrado alguna vez pese a haber bromeado con Fabián al respecto. Tampoco era lugar para colocar libros propiamente dichos, con lo cual la posibilidad de que estuviera haciendo hueco para colocar algunas de mis novelas era poco probable, aunque no la descartaba del todo dada la peculiaridad de aquel individuo. (Págs 148-149, La habitación abuhardillada)

Es posible que alguien crea que estuvimos tres días hasta las cejas de alguna droga o combinado de ellas que nos hiciera perder la noción del tiempo  y de la realidad. Para serles franco yo mismo estaba convencido de eso hasta que, como les he dicho, me paré a reflexionar sobre lo que ocurrió ese día. Cierto es que hubo alcohol: la cerveza se servía en grifos desde varios puntos del perímetro, y las botellas de espirituosos estaban también cerca de cualquiera allá donde se encontrara; pero también es cierto que no se vio en ningún momento a nadie tirado en la hierba vomitando o simplemente tambaleándose. (...) No sé cómo se las arregló Leandro, pero los que allí estábamos, estábamos bien porque sí. (Pág. 172, Fiesta)

Posiblemente cuando quisiera darse cuenta Orlando habría desaparecido del piso como otros tantos. A lo sumo notaría durante unos días un cepillo de dientes nuevo en el baño, otra toalla, o alguna marca diferente de café en la cocina. Así había sido anteriormente y nada ameritaba que ella hiciera cambio alguno de planes a corto plazo. Como pasatiempo se planteó detectar qué elemento novedoso le daría información sobre su estancia, y después su ausencia indicaría su partida. 
Efectivamente, al día siguiente, en el baño, un nuevo cepillo de dientes se hacía notar en el recipiente al efecto. Estaba despeluzado. Como si se hubiera usado para limpiar los quemadores de la cocina, uno que en ocasiones recibían los suyos cuando los desechaba por viejos. Aquel lógicamente aún se usaba en la boca de su propietario, y atribuyó su estado al mal recibido apodo de "el furioso". Esta conclusión provocó la risa silenciosa de Adela mientras se preparaba para ir a clase. Lo mantendría vigilado. Tenía curiosidad por ver si se decidía a cambiarlo en el tiempo que estuviera allí. (Pág. 189, Zapador)

El quinto cuento, Aurora, la ruptura del orden ha venido por la muerte del marido del personaje. A pesar de ello, intenta preservar ese orden, incluso imaginando que sigue vivo, manteniendo cada cosa en su sitio, cada rutina en su momento. Un orden, un ámbito, que pretende legar. Un relato correcto con el que confirmo que Tramunt es mejor cuando cuenta que cuando explica, cuando da paso a la acción que cuando pretende resumir, con cierto apresuramiento, los antecedentes. En muchas ocasiones, estos son innecesarios. El sexto, Relato inconcluso, puede tener varias lecturas: un relato inacabado que se retocó para mandarlo a la editorial, una reflexión sobre la autoría y la creación, relacionado en estos aspectos con La habitación abuhardillada, o como otro experimento metaliterario sin mucho recorrido. Prefiero quedarme con la segunda posibilidad.

Nunca más la noche es, concluyo, un valioso conjunto de cuentos, salvo la excepción de Betsabé. Con sus errores, Tramunt intenta ir más allá del relato lineal y naturalista. Sus experimentos con la ficción, su reflexión literaria sobre la (im)predecibilidad de la vida, sobre la ruptura del orden, me parecen valiosas y dignas de leerse. Solo le reprocho ese descuido con los clichés, esa tendencia al adormecimiento sobre lechos lingüísticos más que sobados. Lo admiro, en cambio, cuando es atrevido en sus planteamientos y consigue hacer de lo nimio una aventura existencial.




















miércoles, 24 de julio de 2019

'La fiesta del tedio', de Elisa Rodríguez Court

En España, vivimos en un ecosistema político en el que parece que casi todo es posible: un partido que ayer se decía socialdemócrata, se considera hoy liberal y alcanza pactos de gobierno con un partido tradicionalista poco amigo de la democracia, y los dos partidos de izquierda con mayor representación electoral, aun a punto de formar un gobierno de coalición, se tratan como enemigos. Sin embargo, lo que parece no es. Lo que es apunta a un planteamiento político conservador. Es decir, el mantenimiento de las bases del sistema económico y político, cuando no su perfeccionamiento.

Más allá de qué  partido pacte con cualquier otro, más allá de los aspavientos de los nostálgicos franquistas de unos o de las ínfulas reformistas de otros, deberíamos recordar lo que no es materia de discusión política en ningún partido. Intentemos llevar a cabo ese acto de extrañamiento del que hablé en la pasada entrada y preguntémonos qué hace, qué acata, de qué forma parte nuestro país en el mundo. Preguntémonos qué no se debate nunca, sobre qué hay consenso. Parece evidente que el centro político se ha desplazado a la derecha, y el sentido común gira en torno a valores, costumbres e instituciones que hace unas décadas habrían sido (o fueron) motivo de agrias discusiones en la esfera pública y de realineamiento de posiciones políticas.

Mientras tanto, nuestros/as novelistas escribiendo novelas en las que plasman sus batiburrillos íntimos y espirituales, sus tramas de acción o de detectives más o menos mal encarados, o sus triángulos sentimental-sexuales. Repetición, repetición y aburrimiento: la transgresión ha dejado paso a la pose malhumorada, y los propósitos revolucionarios se han convertido en lemas pretendidamente incorrectos en el perfil de Twitter. 

No digo que las novelas tengan que hablar siempre de nuestro precariado local y nacional de todo tipo, o de toda esa gente que vive en la pobreza sin apenas esperanzas de un futuro mejor. Es más bien una cuestión de enfoque y, sobre todo, de actitud. El esfuerzo del o de la novelista, del o de la artista, debería ir enfocado a sacar las cosas de quicio, a forzarnos al extrañamiento, a hamletizarnos y quijotizarnos un poco, un rato, al menos. En un mundo que premia, en cambio, la ripleización de las mentes y la concepción de cada uno de nosotros como mónada económica y egoísta echo de menos, en este sentido, un poco de preocupación social.





A este respecto, La fiesta del tedio, de Elisa Rodríguez Court, no nos va a suponer un bálsamo. La historia es sobre todo una recapitulación de la última fase, decadente y agónica, de una relación amorosa. Aunque a estas alturas la perspectiva de leer algo así suele provocarme sudores de todo tipo, reconozco que existe una tradición literaria en la que estos monólogos, o este yo que se dirige a un privado de palabra (aunque se inserten diálogos), han dado notables resultados literarios, como, por ejemplo, Cinco horas con Mario o Alexis o el tratado del inútil combate, sin ir más lejos. Seguro que a Vds. se les ocurren más ejemplos.


No es el caso de la obra que nos ocupa. Aunque Rodríguez Court lo intenta, y creo que podría afirmar que lo intenta con dignidad, es decir, trabajando la expresión y el tono, el resultado no consigue superar la barrera del asunto personal (real o imaginario), por bien escrito que esté, y metamorfosearlo en algo de interés para los/las lectores/as. No logra traspasar la burbuja de la anécdota ni conectar de un modo singular con las preocupaciones amorosas y existenciales que puedan suscitársenos. Aparte de eso, la autora, a mi pesar, no logra evitar su buena ración de frases hechas y pensamiento convencional, y algún error básico como escribir infringir por infligir (pág. 55).

La novela nos sitúa ya en un momento poslibidinal, más bien posliminal, en el que la autora rememora el declive amoroso, que se transustancia en una progresiva irritación respecto del hombre. Un progresivo cogerle coraje que, al situarlo desde el inicio, nos preguntamos a dónde va a parar. Me atrevo a sugerir que si la autora hubiese situado la acción (o el recuerdo) antes, habría podido expresar mejor ese tránsito del enamoramiento que lleva al amor o al hastío. O a cosas peores.

Entiendo que no es fácil abordar un asunto tan trillado y hollado como una relación de pareja heterosexual en declive. Sin embargo, en eso radica la originalidad del artista literario: más allá de su capacidad de escribir con una gramática más o menos pulida y un vocabulario amplio, debe ser capaz de proporcionar un enfoque, una mirada distinta que redunde en una ampliación de nuestro conocimiento. Me temo que Rodríguez Court no ha sido capaz de lograr esa alquimia, y salvo en alguna escena, en alguna frase, esta obra transita por lugares comunes, por despechos habituales y por incomprensiones ya digeridas. Además, es como si se empeñase, una y otra vez, en explicar en vez de, sencillamente, mostrar, lo que resulta en una escritura sobrecargada que termina resultando plomiza.


Las palabras terminan pasando factura. Parece difícil, cuando no imposible, identificar el momento en que se produce un cambio. Ya no reía de repente con la inocencia de antes y manifestaba con precaución mis opiniones. Mostrarse prudente supone correr determinados riesgos. Se echa mano de semitonos, que se estrellan de inmediato contra un mar de rocas ocultas. ¡Cuántos equívocos en ese trayecto que va de la propia boca a los oídos del otro! También cuántas mentiras. 
Dejé de expresarle ciertas impresiones porque no coincidían con las suyas. Dije, además, cosas que, lejos de corresponderse con la fidelidad de mis pensamientos, se concentraban en mi mirada a la defensiva y en la comisura de mis labios fruncidos. 
No podré trotar de nuevo alegre junto a él, pienso hoy en esta habitación blanca. La alegría quedó pronto atrás. Al frente esperaba el desencanto. (Págs. 24-25).

Discutimos aquel día hasta la medianoche. Nada más levantarme por la mañana enfilé a la cocina. Pensé que estaría desayunando. Busqué por todos los rincones y salí al jardín, donde tampoco se encontraba. Lo descubrí arrebujado entre las sábanas en el cuarto oscuro, abajo. ¿Qué te pasa? Disculpa si te hice daño, anoche. No pienso, en realidad, lo que te solté, dije. Me había desahogado, arremetiendo en su contra. Pues cuando te da por atacarme, se quejó, no conoces límites, desde luego. Él tenía razón, aunque a medias. Chico, te he pedido perdón, pero eres injusto si me echas a mí toda la culpa, protesté. Me sacaba de quicio su sarcasmo. Era un experto en controlar el tono en que me hablaba y su capacidad de contenerse no lo eximía ante mis ojos de sus comentarios mordaces. Vamos de paseo. Anda, vístete, dije, y le besé en la mejilla. No, no, me siento fatal. Tengo fiebre, dolor de estómago y diarrea, se justificó. (Págs. 38-39)


Hay que escribir con una cabeza fría y deliberada, dijo. Nuestra conversación giraba en torno a la creación literaria. No te imagino de ninguna manera, me lanzó, escribiendo una novela. Eres demasiado pasional. No sabrías contener tus impulsos tampoco en la escritura. Se debe escribir, continuó diciendo, con el corazón endurecido, en lugar de derramar su espuma sobre la página en blanco. Ya ves, añadió, yo he renunciado para siempre a la escritura, pero por otras razones. En la actualidad cualquiera se autoproclama escritor. ¿Te has fijado en la cantidad de escritores que surge hasta de debajo de las piedras? Además, se consideran a sí mismos de categoría. O todos son hoy escritores o ya no hay escritores. ¿Tú qué crees? Asentí en silencio con la cabeza y prosiguió su discurso. Pagan a una editorial mediocre una pasta gansa y a cambio se les publica sus libros, dijo. Huyo del mercadeo y detesto también la búsqueda de fama. Triunfa la banalidad. Difícil encontrar diamantes, que los hay, en medio de este basurero donde comen los cerdos. Perseguir el éxito es malograrse sin motivo, perderse del todo. La fama parece que se sacia como la sed. ¿No es verdad que la sed repite siempre la primera sed? Pues de eso se trata. Los escritores, los buenos escritores, deberían temer la popularidad si no desean ser derrotados por el triunfo. ¡Qué paradoja! (Págs. 52-53)


A mí, por lo demás, que tenga como telón de fondo la obra de Lispector o que hable de Magris, de Kundera o de Hofmannsthal no me sirve de nada, porque no es cuestión de la virtud de aquellos autores como de la falta de esta en La fiesta del tedio. Da la impresión de que el tono intelectual que pretende ser cardinal quizá no sea más que travestir la desilusión o el aburrimiento, tratados de modo que no podría calificar de original; un intento de trascender otra historia más de desamor que, literariamente, zozobra.

Me pregunto en estos casos no por qué Rodríguez Court quiso escribir la novela, sino por qué debería leerla yo. Esta cuestión se soslaya por muchos autores y autoras que no se preguntan qué novela les gustaría leer, convencidos/as de que su impulso de escribir se explicará por sí solo.



jueves, 18 de julio de 2019

'El Doble Oscuro', de María Teresa de Vega

He estado leyendo de asuntos que poco o tangencialmente tienen que ver con Literatura: aun siendo un estimulante cognitivo, pienso que no podemos pedirle que nos provea de todo conocimiento. Ni tampoco que nos aplaque de toda otra curiosidad. Como habrán podido ver en mi entrada anterior y en la del quince de junio, a este crítico (o reseñador o anotador de impresiones de lectura) no le basta con la ficción (aunque no toda literatura es ficción). En realidad, creo que la especialización tiene el peligro de convertirse en un nicho, que, como sabemos, suele ser bastante estrecho.

Además, de vez en cuando hay que alejarse, coger aire, tomar perspectiva, olvidarse de ciertas cosas y, así, ser más proclive al extrañamiento: esa capacidad de interrogarnos por lo que consideramos natural o de sentido común, ese preguntarnos por lo que pocos se preguntan y suele darse por sentado. Así, en tal estado, me pregunto si la literatura actual, y pienso en la española y en la canaria en concreto, proporciona sentido o explicación a los tiempos actuales, si hay alguna obra en la que se transfigure nuestro Zeitgeist, o si no existe nada más que la lamentable repetición de una fórmula. Quizá haya que esperar décadas para volver la mirada y encontrarla. Quizá sea este vacío artístico que experimento nada más ni nada menos que lo que resume nuestra época.

Es por ello por lo que me interno en otras dimensiones del saber, y estoy tentado de considerar, tras la lectura de obras magníficas de historia, antropología, sociología o filosofía, que nuestra literatura se rezaga, se pierde en laberintos de banalidad y ensimismamiento, que es más mercadería que nunca y que parece atrapada en unas arenas movedizas de las que resultará casi imposible salir.







El Doble Oscuro es una novela que muestra sin pudor sus defectos desde el principio, lo que hace casi imposible acabarla. En estos tiempos de pluriempleo y de diversidad de tareas, hasta se agradece. María Teresa de Vega pretende, al menos con esta obra, ser lírica, elitista, intertextualista y sabia. No tengo nada en contra de dichas aspiraciones. Sin embargo, creo que en lo único en lo que consigue descollar es en escribir una novela tan aburrida que se vuelve insoportable enseguida.

Podrían pensar en que me solazo en la crítica despiadada, que me divierte zaherir a las/los escritoras/es. Nada más lejos del placer que la tortura que me supone leer algo que me disgusta y luego reflexionar sobre las causas del displacer, literariamente hablando. Digamos que me apresto a la actividad crítica con la mejor de las intenciones, con la expectativa de encontrarme con algo que mine mi creciente escepticismo. Sin embargo, una y otra vez me sale al paso el descuido, el amateurismo (entendiendo por tal una reflexión sobre la propia obra, una falta de criba respecto del pensamiento), las ínfulas, la falta de percepción de lo que constituye una obra artística.

En el caso que nos ocupa, los diálogos son impostados, la alegorización resulta antigua, por no escribir rancia, la narración en las distintas voces resulta confusa, espectral. Los monólogos interiores no consiguen ni una pizca que desarrolle mi empatía o suscite mi curiosidad. La trama, que emerge aquí y allá no resulta más que una excusa para divagar sobre el mundillo literario, la literatura y lo que le venga en gana a la autora. Para qué escribir más.


Después de revisar exhaustivamente sus datos, Higo Pico creyó encontrar al pérfido Caco. Tal vez no había podido acallar sus prejuicios, pero le pareció el candidato perfecto. Era un escritor mal encarado, egocéntrico y despótico, a él le caía mal, eso tenía que confesarlo, siempre poniendo pegas a los otros escritores, en parte o a la totalidad. El típico mandarín en el grupo de sus amistades. Escritor bien considerado por la crítica y un sector de los lectores, y de otras personas que no lo habían leído, porque eso suele pasar. Se apuntan a ese autor para estar en la onda y presumir de conocimiento. (Pág. 23)



Quizá algún olor delatara esa relativa paz, como dicen que exhalan los cadáveres de algunos santos, pensó Ariadna. Tal vez ya olvidara tantas cosas... como un día se le ocurriría a ella misma. Rut le había dicho: ¿cómo es posible que un día nos olvidemos de lo traspasado de belleza, por ejemplo, cómo es posible que lo oculte el olvido, que lo cierre como una roca a la cueva de Polifemo? Dentro de la cueva hay riquezas: quesos, pieles, corderos. También murciélagos que zumban y encarnan las obsesiones. Pero ahora, en su caso, ningún astuto Ulises, vilmente atrapado dentro, saldrá afuera por más que intente engañar con la piel de cordero sobre los hombros. El olvido no forma parte de ninguna aventura heroica, de ninguna victoria sobre la humillación que nos constituye como especie. (Pág. 27)


Pasifae se levanta, se atusa una especie de guayabera y dice:-¿Alguien sabe a quién pertenecen estos versos que desde esa mañana obstaculizan el transcurrir de mi inquieto cerebro -sí, es verdad, tantas veces acusado de disperso y excéntrico- y lo impiden ocuparse de asuntos de más enjundia y actualidad? -. Se adelantó unos pasos y declamó briosa: 

En lo profundo del mar 
Suspiraba un morrocoyo, 
Etcétera 

-Me suena que es de algún chino -dijo Zorba-. Pero no de hoy, sino de ayer, de aquellos de los aleros y los del trinar de oropéndolas. No de los actuales chinos polucionantes. 
-Es agradable este poemita. Sumamente. Tiene algo de oración -dice Pasifae-. Yo, confieso, quise ser el amorcillo rosa de la tacita enana de Verlaine. 
-¿Profesas en el convento del 'Sacro Vate'? 
-¿Dije eso? Mmm, tal vez. 
-Cuando hacemos u oímos poesía, nos instalamos en otra manera de vivir y respirar -dijo Ariadna con su voz suave y mesurada. 
-Vale -adujo Pasifae-. Es un ritual un tanto grotesco. Me refiero a cuando se los lee en voz alta. Esa exaltación un tanto estúpida y sonrojante, esas subidas que parece que se abalanzan hacia el público con el verso en la cresta de una ola amenazante... Quiero leer muda. Enroscarme en un silencio bien embridado. 
-Hay opiniones para todos los gustos, mijita. ¿Quién te proclamó portavoz de todos los paladares? -respondió, agrio, Perseo. 
-Bien -arguyó Zorba-, lo importante es que esta Casa, como Casa de la Poesía y como librería, quiere permanecer en su ser, que es la característica principal de todo Ser. 
-Sí, eso es de Spinoza -apuntó Perseo. (Págs. 30-31)

Y, bueno, el tono general es así, hasta donde he llegado. De Vega se gusta y le gusta gustarse. Imagino que habrá disfrutado inyectando su bagaje vital y cultural en El Doble Oscuro. Percibo que, sin demasiado soterramiento, se lee una crítica a la sociedad tinerfeña, al mundillo literario de allí y todo eso. Además, pronto resulta evidente que De Vega tiene muchas lecturas y que se siente cómoda con el lenguaje. A ese respecto, nada he de decir. Es su ejercicio literario lo que me resulta ajeno: no percibo apenas nada que me ancle a esta novela, ningún motivo por el que pueda apreciarla. Así que la abandoné sin remordimientos en la página 62. 

Para una reseña mucho más extensa, y diametralmente opuesta en su valoración, como suele ser habitual por estos pagos, aquí. Otra, de nuestra apreciada Cecilia Domínguez Luis, con alusión al puzle literario incluida, aquí.











viernes, 28 de junio de 2019

La revista literaria (y de arte)

Quizá les resulte inverosímil, pero es posible que exista una masa crítica lectora lo bastante numerosa en Canarias para sostener una revista literaria (y de arte). Cuando digo sostener, me entenderán, no me refiero a que dicha revista fuera capaz de financiarse con suscripciones o con la publicidad derivada de la certeza de un enorme número de lectores/as. Lo veo dudoso, en principio, salvo que peque de exceso de pesimismo. Lo que quiero decir es que sería una revista leída, y no solo ojeada; que se leería con expectación y quizá algo de asombro, y no como mero reflejo de vanidades varias.

El fracaso de Dragaria como revista literaria es un ejemplo excelente. Hace algo más de un par de años, se presentaba a bombo y platillo en la Casa Museo Benito Pérez Galdós, con amplio tratamiento en los medios de información. Casi todo el/la que era, estuvo. Durante un tiempo, creo que siempre de modo altruista, escritores y escritoras de cierto relumbre se aprestaron a colaborar con ella. Las plumas más destacadas (por decir algo) del mundillo literario local publicaron o se dejaron publicar en Dragaria. Hoy, aunque la revista no renueve sus contenidos salvo la lista mensual de (aproximadamente) los libros más vendidos en Canarias, sigue contando con más de 3000 seguidores en Facebook. No sé si son muchos o muy pocos.

Considero que el principal problema de Dragaria ha consistido, desde el principio, en que no ha ofrecido nada que pudiera interesar al lector de literatura. En realidad, da toda la impresión de que ha pretendido ser, quizá no de forma consciente, una revista para que unos escritores se leyesen a sí mismos y, quizá, a otros. 

Así, una parte fundamental de una revista literaria como las reseñas de cuentos, novelas o poemarios solo tuvo mereció una atención marginal en comparación con las noticias literarias o la agenda de actos. Además, estas reseñas merecían haberse agrupado, en líneas generales, dentro del concepto de panegírico. Salvo una de tono ecuánime-indiferente (que suscitó de inmediato una indignada protesta por el autor y allegados), el resto se ha caracterizado por el elogio en diverso grado de desmesura. Es evidente que el lector ingenuo o ignorante no iba a encontrar guía alguna para la lectura (y presumible compra). Sin conocer el grado de sinceridad de aquellas, es llamativo su tono general encomiástico. Como anécdota, en una ocasión, la encargada de escribirla fue la propia editorial que publicaba la obra.

¿Qué interés, además, pueden tener para las lectoras/es las entrevistas amables a autoras y autores? ¿Cuál el de artículos que, en muchos casos, no han sido sino otra manera de elogiar de manera más o menos encubierta al autor de turno? En definitiva, ¿para qué sirve el buenrollismo a ultranza sino para fomentar el aburrimiento, cuando no el tedio? Da la impresión de que incluso los mismos organizadores de la revista (que tuvieron buen cuidado, asimismo, de incluir reseñas positivísimas de sus propias novelas) han perdido el interés por continuar con un proyecto que nació inane y cuya larga agonía no ha suscitado la compasión de nadie.

Otro ejemplo es el de ACL (Revista literaria de la Academia Canaria de la Lengua) cuyo contenido se basa, de manera principal, en ensayos de variada densidad filológica y reseñas amables. A veces incluye alguna obra, como un poemario o un relato, e incluso (los alardes de la técnica) un vídeo de una representación teatral. Con su evidente aura institucional, su exigua periodicidad (tres números al año) y su escasa mordiente crítica, tampoco parece que se haya erigido como la revista literaria de referencia en Canarias.

En mi opinión, una revista literaria debe hacer, en su propio radio de acción y con sus propias características, lo que toda buena novela o poemario: remover conciencias, reflexionar acerca de uno mismo y de los demás, preguntarse por el lenguaje, ampliar nuestra visión del mundo, suponer un desafío cognitivo, criticar la moralidad y el sentido común reinantes. ¿Que es mucho trabajo? Sin duda, como toda buena labor crítica.

En este punto podemos plantearnos que, sin profesionalización, sin dedicación a tiempo completo, cualquier revista de este tipo parece abocada, superado el entusiasmo de los primeros meses, a una decadencia más o menos rápida, y más en el caso de las páginas digitales, que envejecen, dicho sea de paso, muy mal. Dicha profesionalización tiene su lado negativo: la dependencia de generar ingresos vía publicidad o subvención ocasiona, tarde o temprano, solapada o indisimuladamente, la posibilidad de una influencia indebida del anunciante o de la institución. Por el contrario, el amateurismo en la gestión de la revista, la falta de un horizonte de expectativas pecuaniarias, ofrece como aspecto positivo la independencia de juicio y la libertad de expresión. Quien no tiene miedo a perder, puede permitirse la libertad de juzgar.

 Lo ideal, como se deduce, sería unir ambos mundos, profesionalización e independencia, pero eso solo se lograría con un número lo bastante alto de suscriptores, lo que a su vez podría generar interés publicitario (en un horizonte optimista, a escala reducida para que no conduzca a la mentada dependencia). Ese es el camino que han tomado algunos diarios digitales generalistas. La duda que salta a la vista es si una revista literario-artística alcanzaría esa masa crítica de suscriptores/as suficiente para emprender y mantener un proyecto independiente que contara con el número suficiente de autoras/redactores/reseñadoras/creadores de contenidos de calidad de manera periódica. 

Por último, si esa revista lograra transformar, como cifra de partida, los tres mil seguidores de Dragaria en Facebook en suscriptores de 5€/mes, la cifra recaudada sería de 15.000€, lo que en principio sería un poderoso incentivo para gestionar la revista y recompensar a los colaboradores, algo casi insólito hoy en día en el mundillo de los medios de información. ¿Tenemos esas 3.000 personas?





sábado, 15 de junio de 2019

Siete lecturas para el disenso

Cada cierto tiempo, ya saben, me gusta colgar una entrada en el blog referente a lecturas de no ficción. Ensayos, por decirlo más corto, sobre materias de todo tipo: historia, economía, sociología, antropología y lo que surja. Digo yo que por qué solo hay que saber un poco de algo, cuando podemos aprender más de mucho, se dedique a uno a lo que se dedique. Además, se me ha ocurrido que, metáfora mediante, el blog (y quizá Vds.) se oxigenan. También yo, para qué negarlo.

Además, parece que la temporada de novedades literarias ha ralentizado su ritmo y ha entrado en una fase de remanso, a la espera de nuevos lanzamientos de lectura "necesaria" y "fundamental". Por ahora, lo único que ha agitado un poco las aguas de la literatura canaria ha sido el lanzamiento por una editorial canaria de una antología poética  de literatura escrita por mujeres en la que no figuraba ninguna poeta canaria. Ya le darán Vds. la importancia o la trascendencia que les merezca. En lo que a mí respecta, una rápida mirada al submundo poético, dentro del submundillo literario, me ha hecho estremecer, como poco. En comparación, el submundo de la novelística local me parece un escena bucólico-pastoril con sonido de caramillos de fondo. 

Así pues, y para no demorar más el asunto principal de este post, aquí les presento una lista de mis lecturas que considero más interesantes de los últimos meses y que, tal vez, puedan contribuir a ampliar su horizonte cognoscitivo, como en mi caso.


Democratic reason, de Hélène Landemore.


Si después del ascenso, estancamiento y declive vertiginosos de Podemos, partido que falsificó y maltrató los conceptos de democracia participativa y democracia deliberativa, aun tiene Vd. ánimos para apostar por ellos, este excelente ensayo será un gran punto de apoyo. La autora hace un recorrido histórico sobre la deliberación, desde la Atenas clásica hasta el día de hoy, contrastando sus puntos fuertes con los débiles. Asimismo, subraya su estrecha conexión con la democracia y lleva a cabo una convincente refutación de las críticas que apuestan por un sistema tecnocrático o un gobierno de expertos. Democracia y optimización epistémica no friccionan entre sí, sino más bien se complementan. En estos momentos de reflujo de la izquierda en España, la esperanza no debe perderse, y si es con buenos argumentos, mejor aún.


Prefacio a Platón, de Erick A. Havelock.

Platón no odiaba a los poetas porque escribían en verso, tampoco porque su lirismo le empalaba. No, Havelock nos enseña que Platón, en un tiempo en que la transmisión cultural escrita era todavía débil, sabía que frente al filósofo y al uso de la razón se encontraba el poeta y el mito. En la Atenas de la época, el método de adoctrinamiento cultural estaba basado en la memorización de los relatos épicos como la Ilíada o la Odisea, auténticos manuales de conducta, valores e historia para los ciudadanos de la polis, y el poeta era el transmisor por excelencia de esos valores, sobre todo por su capacidad mnemotécnica. Es por ello por lo que Platón, en su república ideal, expulsaría a los poetas y con ellos el mito y el dogma. Interesante y erudito a la vez, este Prefacio a Platón.


Igualdad, de Richard Wilkinson y Kate Pickett.

Continuación, si no lógica quizá consecuente, de su anterior libro Desigualdad: un análisis de la infelicidad colectiva, Wilkinson y Pickett dan una vuelta de tuerca más apretada para demostrar ya no la correlación sino la relación de causalidad entre desigualdad económica y criminalidad, falta de salud mental, ansiedad, estrés, depresión y enfermedades varias. Es decir, a mayor desigualdad económica en una región o país, mayor de lo siguiente. A la inversa, las sociedades más igualitarias sufren menos estas patologías sociales y personales y son, en general, más felices. La preocupación por el estatus como inevitable lacra de la desigualdad. Al parecer, toda esa ideología neoliberal de la competencia exacerbada y la meritocracia como camino al éxito medido en riqueza no le viene demasiado bien a los seres humanos ni a las sociedades que construyen.


Estética de la crueldad, de Fernando Castro Flórez.


Es posible que no quede títere con cabeza en este libro sobre el arte, el mundo del arte, los artistas, el público de arte y el capitalismo. Es realmente asombrosa la erudición del autor, con una bibliografía realmente interesante y sugerente. Castro Flórez analiza la evolución del arte moderno a partir de Duchamp, con especial hincapié en el pop y su máximo sacerdote, Andy Warhol, hasta el Nuevo Realismo y el neodadaísmo para criticar con furia lo que en su opinión es su deriva: pretenciosidad, exhibicionismo, fetichismo y falsificación. Una reflexión sombría contra un fondo de capitalismo atroz y deshumanizador. Sólo aviso que recorrer las referencias puede dar para varios meses de lectura y quizá un escepticismo saludable respecto de las nuevas luminarias artísticas que periódicamente salen en los medios de información.


Crítica de la razón precaria, de Javier López Alós.

En los últimos años se suceden los ensayos sobre el precariado como clase social (o sector social) y el tipo de economía que fomenta, por necesitarlos estructuralmente, los empleos precarios. En este ensayo, López Alós centra su análisis en ese subsector que es el académico en sus diversos grados de precariedad: becario, ayudante doctor, doctor, etc., sin plaza en la universidad y eternamente haciendo méritos en forma de artículos y ensayos mientras trabaja ya sea de profesor, ya sea de cualquier otra cosa. La mercantilización del trabajo intelectual, la perversión de las revistas donde eventualmente se publican sus artículos y la transformación de la misma universidad, por una visión político economicista, para que se adapta a las supuestas necesidades del mercado y de las empresas.


Crítica de la victima, de Danielle Giglioli.


Estamos en una época en la que desde hace tiempo las víctimas, y sobre todo el papel de las víctimas, ocupan un papel preponderante en la conformación de lo político. Un status en el que no se las puede someter a contradicción ni cuestionarlas. Algo que en España conocemos de primera mano, sobre todo, por la utilización de las víctimas del terrorismo de ETA y la ocupación de la escena informativa por algunos de ellos como conciencia de la nación. Esto es lo que somete a análisis y crítica el autor, que escribe de manera ácida, por no decir virulenta, respecto de la conformación de este escenario victimista y victimizador que, en su opinión, es profundamente reaccionario e inmovilista, y que impide una reflexión profunda sobre las causas que motivaron la existencia de ambos, verdugo y víctima, y de la tragedia en sí: una moralización muchas veces interesada que impide la cauterización de las heridas.


Democracy and Knowledge, de Josiah Ober



Para cerrar el círculo, o el rectángulo, una obra magnífica que estudia el ascenso de Atenas a su posición de liderazgo en la Grecia antigua en un entorno hipercompetitivo y con la amenaza cercana del Imperio Persa. Su éxito durante unas cuantas centurias se debió, según Ober, a la capacidad que tuvo esta polis de recoger el conocimiento de sus ciudadanos, extenderlo entre ellos y utilizarlo para tomar las mejores decisiones. O, al menos, mejores decisiones que las de sus vecinos y rivales. El abandono de los clanes por la división geográfica en demes y tribus, el fomento del conocimiento personal entre ciudadanos y la circulación de saberes entre ellos, la participación en el funcionamiento de las instituciones y la toma de decisiones de ciudadanos corrientes contribuyeron, entre otras razones, a este predominio. Esto era compatible, asimismo, y a diferencia de Esparta, por ejemplo, con un grado amplio de autonomía personal. La lectura de este ensayo, antes o después, de Democratic Reason, con el que se complementa de manera óptima, proporciona lustre y esplendor a los argumentos histórico-democráticos que uno pretenda blandir ante la caterva de impresentables de la extrema derecha que prolifera en los últimos tiempos.


sábado, 8 de junio de 2019

'El santo al cielo', de Carlos Ortega Vilas

Muchos de nosotros conocemos a aquellas personas con alma de artistas, pero con poca predisposición a convertirse en uno/a de ellos. Estas personas consideran que lo tienen todo para serlo, lo único que les molesta, lo que les irrita de verdad, es la necesidad del trabajo previo. Así, en nuestro ámbito literario, no es extraño que muchos aspiren a disfrutar del status de escritor convenciendo a la gente a su alrededor de que lo son. Es posible que no haya una obra convincente detrás, incluso que no haya ninguna. Porque ser escritor (o hacerse pasar por uno), aun en nuestros días, proporciona brillo, glamour y da oportunidades para convertirse en una figura pública. Esto se agrava cuando, además, se tiene acceso de manera regular a un medio de información. En cambio, escribir en la soledad del cuarto, romper y tirar papeles a la basura (o a la papelera de reciclaje de la computadora) y cargar con una grave y casi permanente sensación de incompetencia carece de todo lo anterior. A grandes rasgos, los que quieren ser sin los penosos prolegómenos del esfuerzo y de la reflexión (y añadamos algo de talento) son o unos farsantes o viven el efecto Dunning-Kruger; mientras que los que quizá no son (y probablemente no lo sean nunca) escritores, pero quieren escribir suelen estar afectados por el síndrome del impostor. 

Una derivación de este aparentar para ser, reflexiono, es la obsesión que tienen algunos por formar parte de un museo, aun metafórico. Quieren ser inmortalizados antes de tiempo: quieren toda la gloria en vida, y se multiplican por todo tipo de actos -presentaciones, entrevistas, tertulias radiofónicas-televisivas, pregones, conferencias y lo que haga falta, incluso compilan sus ocurrencias y las venden como libro, mientras que su escritura no es que se resienta sino que nunca ha sido nada del otro mundo, nada de la que pudiera deducirse que se convertirá en algo valioso literariamente. No desdeño la posibilidad de que una vez un/a autor/a de calidad consiga esas migajas de fama y transija con las imposiciones de la promoción publicitaria le resulte complicado salirse de esos raíles.

Tampoco nos sumamos en la tristeza o en la desesperación. Existe un amplio número de escritoras y escritores excelentes cuyas obras nos regocijarán en grado sumo, por un lado, y contribuirán a ampliar nuestra visión del mundo de maneras imprevistas, por otro. Tantos y tantas que, en realidad, no tendríamos tiempo para perderlo con todos esos postulantes a la fama y al reconocimiento que no tienen nada valioso que ofrecer. Pero si no queremos leer solo a los clásicos, si queremos leer también a los modernos y a los coetáneos, ¿como adentrarnos en la terra incognita de las novedades editoriales? 

La respuesta inmediata es la de buscar la opinión ajena y confrontarla con la propia: es aquí cuando entra en escena el crítico o el reseñador. El problema es encontrarlo con a) conocimientos suficientes; y que sea, además, b) independiente y c) honrado. Lo más sencillo es averiguar a): la lectura de sus textos nos indicará si sus opiniones nos resultan esclarecedoras, si de algún modo ofrece una imprevista y convincente apertura a la obra en cuestión y a la literatura, en general, etc. En cambio, descubrir b) y c) es algo más difícil. Aquí casi siempre se tratará de una cuestión de confianza, que no solo puede venir dada por a) y que, además, tiene una cualidad inconmensurable, que varía según la persona (la opción de concederla o retirarla). 





Para evitar circunloquios, les declaro ya cuál es mi opinión general sobre la novela de hoy, El santo al cielo: está muy por encima de la mayoría de las obras de los autores locales (y españoles) que he leído y reseñado en este blog. Sé que la nómina de escritores canarios que aprecio es bien reducida, pero existe. 

El santo al cielo, publicada en 2016, narra la investigación, en primer lugar, de una muerte que no llega a ser misteriosa. En efecto, en pocas páginas sabremos quién es el muerto y quién lo ha matado. Después, claro, el asunto se complica, como es de esperar. Así pues, esta novela detectivesca, con ribetes de negritud, no juega a la habitual diseminación de pistas y sospechosos/as para la resolución sorprendente final. Algo de sorpresa hay, pero no consiste en la averiguación del causante del primer óbito. A lo largo de sus más de 550 páginas, el autor, tras un narrador cuasi omnisciente con detalles de estilo indirecto libre nos relata los avatares y pormenores de la investigación a cargo de un inspector del cuerpo nacional de policía, Aldo Monteiro, y de un teniente de la guardia civil, Julio Mataró, quienes, junto con la sospechosa, Silvia Manzanares, serán los personajes principales a través de los cuales se vehicule la historia. 

Debo reseñar que, gracias a Dios o a cualquiera de sus sucedáneos, no encuentro en la novela (más allá de algunos ejemplos aislados) esos tópicos, esa pretenciosidad, esa impostura en el tono, ese reguero de frases hechas y de pensamiento común de desguace tan lamentablemente habituales en la producción literaria canaria y patria (si son lectores habituales del Polillas, ya se harán una idea), y no solo hablo de literatura negra. Es, por el contrario, una novela sólida, con un argumento bien estructurado, con personajes bien delimitados y diferenciados, que son sobre los que se construye una novela negra que se precie, y diálogos ágiles que contribuyen al desenvolvimiento de la trama. Aprecio una novela trabajada, en definitiva, lo que ya de por sí, y aunque solo sea por comparación, demuestra que Ortega Vilas es escritor, y no solo lo parece.


-Daniel Manzanares tenía quince años-explicó el inspector, tras darle un sorbo a su limonada-. No es que fuera el más popular del instituto, pero tampoco era un bicho excesivamente raro. Sus profesores le apreciaban, vagamente, porque era disciplinado, creo. Hoy en día lo que más valora un profesor en un alumno es que aguante sentado una hora seguida y, sobre todo, que no lo agreda. Por lo demás, debía de pasar bastante desapercibido: nadie tenía una opinión muy formada sobre él. Un buen chico, decían, como si estuvieran hablando del caniche del vecino. Sin embargo, en los meses anteriores a la desaparición su rendimiento escolar había caído en picado. Las últimas calificaciones no era como para tirar cohetes, precisamente... 
-Y lo llevaba mal -añadió Julio. 
-No sabemos cómo lo llevaba, teniente. En clase no hacía gran cosa por superarse, y en casa... En casa no creo que les importase demasiado que el niño no fuera una lumbrera. Papá tenía dinero de sobra como para ver un hándicap en eso. Que yo sepa, a los ricos y a los bellos no se les exige que encima saquen buenas notas. 
-No empiece a divagar o nos cierran el garito antes de que diga algo importante. 
-Importante lo es todo, Julio, porque solo disponemos de ese material: divagaciones y conjeturas (...). (Pág. 62)



-¿Lo huele? -dijo Julio cuando salieron a la calle. 
-¿Qué cosa, teniente? -contestó Aldo, con aire distraído. 
-Va a caer una buena nevada. Se respira en el aire. 
-Vaya... Es usted todo un sabueso. Y eso que fuma. 
-Fumo ocasionalmente. ¿Qué le dijo Linares? 
-Nada. Solo que Marcos quería verme. Parece que hay novedades. ¿Dónde dejó esa reliquia de coche? 
Julio hizo un mohín de disgusto. 
-¿Qué soy ahora? ¿Su chofer? 
-Detecto cierta animadversión en su tono, teniente. Si le molesto, puedo ir por mi cuenta. 
-No, no es eso. -Julio suspiró -.Es esa subinspectora... Me hace luz de gas. 
-¿Luz de gas? ¿A qué se refiere? -preguntó Monteiro, sorprendido. 
 -Actúa como si yo no existiera. 
-Entonces le hace vacío, teniente. Ande, abra el coche de una vez. -Aldo se detuvo ante la portezuela del cupé amarillo-. Se me están congelando las neuronas. Y creo que a usted también. (Pág. 79)


El Parador Nacional de Santa Marina ocupaba el solar de un palacio del siglo XVI en el que, según los cronistas, Carlos I había pernoctado al menos en una ocasión, allá por la revuelta de las comunidades. Desde el vestíbulo principal -decorado con armaduras y tapices que mostraban escenas de cetrería- se accedía a un patio interior, y desde allí, al restaurante, construido en las antiguas caballerizas. Julio se tranquilizó tras encontrar una máquina de tabaco y comprobar que había zona de fumadores. El comedor, abovedado en piedra vista, olía a leña y, tenía que reconocerlo, rezumaba encanto. Apenas quedaban clientes. El camarero le puso la carta delante de las narices, servicial y taxativo a partes iguales.  
-¿Qué desean beber los señores? -dijo con una sonrisa distante, las manos detrás de la espalda. Julio lo miró de reojo. No estaba mal. 
-¿Prefiere carne o pescado? -preguntó el inspector. 
-Carne -contestó, sonrojándose. Al leer la carta de vinos, el estómago se le encogió-. No quiero vino. Solo agua. 
-¿Agua? tonterías. Nos trae una botella de... ¿Le gustan los espumosos, Julio? (Pág. 255)


Habiendo despejado ya la incógnita respecto del primer nivel del análisis, el lenguaje (en el cual naufragan casi todos los escritores locales aquí reseñados) vayamos a lo que considero que son sus defectos. Defectos que, recuerdo, deben ser considerados a la luz de una exigencia respecto de una literatura que no solo se considere bien escrita, aspecto que El santo al cielo ha aprobado con nota, sino que aspire a la grandeza:

a) Echo en falta en esta novela más atmósfera. Salvo en escenas concretas, tengo la sensación de que falta, si me permiten el palabro, fisicidad. Como si el enfoque permanente en los pensamientos, sentimientos y sensaciones de los tres personajes principales coadyuvara al aligeramiento del entorno. No es que necesite la casa encantada, el callejón de la emboscada o el garito de la rubia que canta, pero sí que el entorno mueva, al menos, a cierta sensación, si no a un estado de ánimo concreto y no tan neutro, ya que no es esta, precisamente, una novela de ideas.

b) Los personajes arrancan muy bien, con unos caracteres principales con personalidad propia, así como algunos de los secundarios. Pero percibo que, ignoro si por incapacidad o por estar excesivamente absorto en el desarrollo de la acción, minuciosa, por otro lado, Ortega echa el freno de mano en la autonomización de los personajes, salvo, quizá, en el caso de la sospechosa. Esto se nota, sobre todo, en el caso del inspector Monteiro. Se vuelven, digamos, demasiado funcionales, demasiado subordinados a la trama.

c) Una novela perdurable de algún modo u otro nos presenta dilemas morales. No los resuelve, ¿porque quién puede resolverlos según qué situaciones? Algunos son insolubles. No estoy seguro de que los conflictos aquí expuestos (o tal vez la manera en que están planteados) le otorguen esa dimensión atemporal. 

d) Si bien, como he señalado, el narrador es cuasi omnisciente, es decir nos informa de la interioridad de los tres personajes señalados, me parece algo manipuladora la ocultación de datos, sobre todo en el caso de Silvia, la sospechosa, que solo a partir de cierto momento de la investigación (bien avanzada la novela) piensa con determinadas palabras. En este sentido, la sensación de trampa se evitaría con un narrador externo que nos indicara sus acciones, pero no que transcribiera sus pensamientos.

e) Una novela negra o detectivesca (en realidad, cualquier novela) no tiene por qué ajustarse a unas reglas determinadas, no tiene por qué seguir un canon, ya sea el inspirado por Hammett, Chandler o Thompson, o Poe, Christie, Conan Doyle o Highsmith, por citar los más conocidos por el gran público. Fíjense, si no, en Noir, de Coover, sin ir más lejos. La objeción que le planteo al autor es la de si no se ha preocupado en exceso por adecuarse al estándar del género, si no se circunscribió a lo conocido en su empeño por llevar a cabo un estreno sin mácula. En este sentido, y sé que es una exigencia quizá exagerada (una exigencia que, desde luego, sólo puede hacerse a quien ya ha demostrado un nivel notable), quizá habría hecho bien en sacudirse un poco las hechuras del oficio, en dar más cuerda a las posibilidades latentes en la historia y, cómo señalé antes, a los mismos personajes. Un poco de locura siempre viene bien, y más en nuestra modernidad, en la que en el Arte, al menos, ha saltado por los aires cualquier tipo de normatividad. En este sentido, la novela sí peca de convencional.

f) Lo mismo puede decirse del idiolecto. El estilo del autor es sobrio y correcto. El aspecto positivo es que así no se permite las cursilerías y memeces como las que he señalado mil veces en otras reseñas. En este sentido, no encuentro reproches. Sin embargo, y como en c), yo habría apreciado un estilo más personal, mayor exuberancia en el lenguaje; en definitiva, mayor riesgo. Descartando que nadie, y tampoco el autor, quiera ser Azorín, cualquier novela, incluso una de género, alberga posibilidades estilísticas inéditas que haría bien en desarrollar cualquiera con capacidades literarias, como parece ser el caso de Carlos Ortega Vilas.

EN DEFINITIVA, si es usted aficionado/a al género negro o al policíaco y también atento lector de las novedades, le señalaría que El santo al cielo está por encima de la producción habitual. Con toda la bazofia que habrá tenido que leer, esta novela le resultará pulcra, aseada y de calidad, si es que a estas alturas es capaz de apreciar esos rasgos, dado el nivel medio de la edición novelística canaria y española.