domingo, 22 de julio de 2018

'Naves en el cielo', de Luis Junco

Lo normal es que uno intente leer artículos de opinión bien informados en los diarios locales y, salvo excepciones (dos, quizá tres), se espante ante ese revoltillo de opiniones sin fundamento, prejuicios y sesgos de lo más pintoresco, afirmaciones tajantes sin comprobar y recuerdos senilizados de nulo valor y menor interés. Como si los medios compitieran por publicar al peor. También es cierto que la mayoría de ellos/as no cobran por esa tarea, sino que en un ejercicio de voluntarismo y quién sabe de qué insospechadas motivaciones lo hacen gratis. Como un regalo a sus lectores/as. Es posible que la gratuidad y la calidad del trabajo vayan hermanados. Yo adelanto esa hipótesis. Si tuvieran que pagar, ya se mirarían la calidad del perpetrador/a, dado que el prestigio les importa menos.

Por mi parte, no me importaría hacer una lista de los/as susodichos/as, pero como tendría que leérmelos con asiduidad, mejor lo dejamos así, con una crítica a la generalidad. Sin embargo, si algunos de estos/as columnistas cae por casualidad en este blog y en esta entrada, que sepa que me dirijo precisamente a él/ella.

Lo mismo podría decirse para otros medios locales, como la radio. Salvo una excepción que conozca, la mayoría de las opiniones y argumentos de opinadores/as locales que he oído no valen nada. El problema, aparte del servicio gratuito que he señalado, es que muchos lo hacen a diario. Como en el caso de los columnistas de periódico, es imposible tener una opinión fundada sobre muchos asuntos, en numerosas ocasiones, dispares. Uno puede tener una matriz de pensamiento, unos principios filosóficos, unas ideas básicas con las cuales puede hacer frente a numerosas asuntos vitales: brújula heurística con los que guiarse, pero de ahí a una reflexión seria y ponderada sobre una miríada de temas como hace un todólogo profesional queda mucho trecho, aparte de generosa desvergüenza.

Una posible refutación de todo lo dicho es que los opinadores de la tele sí cobran, aunque sea poco. Y son igualmente, en su mayoría, deplorables. Ya me señalan Vds. alguna excepción, por favor.

Ah, y por ser escritor no se tiene una mejor opinión sobre nada. Y por ser periodista, mucho menos.

La reseña de hoy es de:




Esta es la segunda reseña en la que repito autor. Tras la extraordinaria Tala, de Thomas Bernhard, el dudoso honor de la repetición recae en esta ocasión en Luis Junco (recuerden, si quieren, Entrelazamientos) con su Naves en el cielo.

Antes de leerla, si yo fuera de leer contraportadas, el argumento me desanimaría siempre: la huida de un pobre pastor de una isla canaria en 1947 de la Guardia Civil por no presentarse para cumplir el servicio militar. Solo me hubiera faltado un detective y un lenguaje supuestamente coloquial para haberme tirado por un barranco. 

SIN EMBARGO, Luis Junco consigue, con su escritura, claro está, que me ponga a leer y me quede; que el lápiz se me caiga de la mano y me pase la tarde leyendo. Esta historia, de argumento en principio mísero, consigue eso que los filólogos gustan mucho de escribir: que lo local se vuelva universal. Es decir, esta historia del pastor que en su huida carga a sus espaldas a la madre ciega, y se acompaña de una cabra y de su perro se convierte en un peregrinaje a las oscuras simas del corazón humano. Más allá de la dicotomía bueno/malo, justo/injusto, los escondidos laberintos por los que discurre la existencia de unos y otros, incluyendo la de los guardias civiles que le persiguen, se despliegan ante nosotros por sus tortuosos pasadizos de un modo fascinante.

Y fue como si de improviso alguien lo hubiera atrapado bajo una campana de cristal que dejaba fuera el aire circundante, el canto de los pájaros, los habituales sonidos del mundo. Y dentro, en un silencio más vasto y extraño que el de la noche más callada, lo hubiera dejado a él, a solas con aquellos dos extraños seres también allí colocados con un claro propósito. (pág. 53)

Tres sombras risueñas y despreocupadas. Tres sombras con ese tipo de liviandad que no distingue entre la vida y la muerte. Recorrían los pagos de la zona a bordo de un Damlier negro modelo de 1935, con sus uniformes y banderoas, alardeando de una rudeza sin límites. Si durante días solo llegó el rumor de sus sombras moviéndose de acá para allá, una mañana aparecieron por el pueblo y buscaron al alcalde. (pág. 73)


De repente, nos encontramos en territorio pagano, lleno de misterio y de magia, en donde la Naturaleza es fuente de prodigios y apariciones. Con un dominio del lenguaje que es difícil encontrar por estos pagos, Luis Junco supera, a mi entender, su ya notable novela anterior. Está feo comparar a un escritor con otros, pero si digo que esa fantasmagoría me recuerda a García Márquez (aun siendo un tópico en sí mismo) y que con su prosa logra ciertos momentos de una intensidad épica a lo Cormac McCarthy, espero que se entienda el logro narrativo de este autor, con un lenguaje trufado de canarismos que se adecuan perfectamente a la historia. No solo se adecuan: no la imagino sin ellos, y ese es su éxito. 

A veces podía pasarse así más de una hora, literalmente abrazada a un ancho tronco que no abarcaba con los dos brazos. Lejos de considerarlo un desvarío, el muchacho respetaba aquella larga confidencia porque imaginaba que entre las arrugas de una y los surcos del otro se producía algo que no entendía, pero que era genuino, una cierta y emotiva comunicación. Se sentaba entonces contra el tronco de otro pino cercano y, armado de paciencia, se sumía en el silencio del bosque tan solo roto por los murmullos de su madre y el súbito canto con eco de unos pájaros que no conocía. (págs. 92-93)


Ignorante de que con su gesto repetía allí un viejo rito dedicado a dioses desconocidos y anteriores al mundo, a horcajadas del animal le alzó el hocico con la mano izquierda y con la derecha y un rápido movimiento del cuchillo le abrió la garganta. Una lenta lengua de sangre resbaló por el pecho de la víctima igualando el manchado pelaje. Tal vez entonces el muchacho sintió que era aquella una ofrenda propicia que conjuraba al menos por un tiempo al negro Tibicenas que los perseguía sin descanso. Quizás por eso y por los años de fidelidad acompañó con los brazos el pesado derrumbe del cuerpo hasta dejarlo con mimo sobre el suelo y se dejó empapar las dos manos con la sangre tibia del animal.(pág. 121)

Llegó a las proximidades de la gruta montado en la yegua, con la cogotera prendida al tricornio y el largo y ancho impermeable chorreando agua. Su silueta contra el extraño cielo amarillo era la de un sol negro o la de un enorme quiróptero hambriento y anheloso. Pero menospreció la sangre. Los cascos de la yegua eludieron el gran charco sanguinoso en el que el cuerpo de la cabra parecía estar hirviendo bajo el aguacero y él apenas torció el gesto para mirar el cadáver mientras pasaba sin detenerse. No tuvo fe y no impidió el conjuro. (pág. 137)

En el campo lunado y a unos metros a su izquierda, una de las tres mujeres estaba sentada en el suelo, enfrentada al otro gemelo, el que vestía de negro. Ambos jugaban echando los  dados. De vez en cuando miraban hacia donde él estaba y sonreían. En ese instante supo sin el menor género de dudas que el objeto de aquel juego no era otro sino  su propia vida. (pág. 157)

Pero no solo es eso: es también la historia de un poder ciego que es indiferente a las vicisitudes de las existencias particulares. Un poder que en aquella España, en aquellas Islas, se encarnaba en la figura del guardia civil y el máuser. Es también, como consecuencia, la historia de los proscritos.

Luis Junco, de cuya intensidad lingüística ya había dado esporádicas muestras en Entrelazamientos, consigue en Naves en el cielo mantenerla durante toda la novela. Lo mágico pagano y la fe católica tradicional se entremezclan contra un fondo de crueldad implacable, pero dulcificado por un sentido de la trascendencia cósmica que otorga esa perspectiva que va de lo más grande a lo más pequeño. Cada personaje es un micromundo propio, con sus grandezas y con sus miserias; incluso los apenas esbozados y recordados sorprenden por su fuerza. Además, los diálogos fluyen como nacidos del mismo río de la narración, tan adecuados como necesarios. El resultado final demuestra que en muchas ocasiones la trama es menos importante que la densidad lingüística y la imaginación que la puebla. En manos de otros/as, el resultado podría haber sido un sermón conmiserativo o una exaltación maniquea y folclórica. En cambio, aquí lo que tenemos es el retorno de la magia y del mito disfrazados como una anécdota trágica de la posguerra civil. Hemos salido ganando.
















jueves, 12 de julio de 2018

'Historias de amor y crueldad', de Eduardo González Ascanio

Las lectoras y lectores habituales de este blog están acostumbrados a que, en más ocasiones de lo que un manual de reseñas aconsejaría, exponga mis puntos de vista sobre cualquier asunto y relegue el análisis sesudo o el comentario impresionista sobre la obra en cuestión a un segundo plano.

Esto es así porque creo que nunca he escondido (al menos, no demasiado) una intención política junto a la estrictamente literaria. Recuerden que lo que me motivó a crear el Polillas no era tanto compartir mis impresiones sobre tal o cual novela, de las cuales podrían prescindir sin gran merma personal, como denunciar unos usos y costumbres en el mundillo literario que se habían impuesto casi como por naturaleza.

Pero no, no era tanto la naturaleza propia de las cosas sino, en unos casos, la promoción personal a destajo y, en otros, la ubicación privilegiada en un medio de comunicación y, como consecuencia, en el espacio público. A partir de ahí, y dada la indigencia numérica del mercado, muchos de los literatos/as locales consideraron que era mejor formar un frente literario, convirtiéndose en ocasiones auténticos guardianes del campo cultural. Este frente se transmutaba en la conocida operación reseñadora por la cual todas las obras escritas por unas y otros eran prodigios artísticos, lecturas imprescindibles o representaciones excelsas de la literatura canaria, cuando no magníficas potencialidades a punto de convertirse en acto irradiador cultural que impregnaría a todos los ciudadanos, por muy ignorantes que fueran. Era un trasunto del viva lo nuestro o qué bueno es vivir aquí, como esas campañas publicitarias que vuelven a endilgarle a uno por enésima vez el Roque Nublo, el Teide, las playas, las estrellas, las piscinas, muchas sonrisas y un camarero a tu servicio, y no cuentan, claro está, las listas de espera en la menguante Sanidad pública, el deterioro de la Educación pública, la precariedad de los camareros,  el paro, la pobreza, y la marginalidad, etc., etc. Lo mismo, en un ámbito mucho menos importante, ha ocurrido con la Literatura. Mistificación y fetichismo, que diría Marx, y no se me asusten tan pronto.

Escritores/as de calidad más que discutible saltan una y otra vez a los medios de comunicación locales ensalzados como talentos descomunales, que si no han adquirido fama mundial o nacional -se nos dice- es por la posición excéntrica del archipiélago, su lejanía de los polos urbanos culturales, el complejo de inferioridad del colonizado, la envidia de los escritores de más renombre que sí han saltado a Madrid/Barcelona o la ceguera inverosímil de las editoriales más importantes, incapaces de reconocer el talento. No se puede dejar de señalar que, junto a estas medianías, otros/as autores/as han escrito una obra más seria y más estimable, pero son aún más periféricos por su resistencia o incapacidad de introducirse y medrar en esa vorágine de egolatría codiciosa, impotente y estéril. 

Claro está que todo artista, todo/a escritor/a puede albergar la legítima aspiración a profesionalizarse, es decir, a vivir de la venta de su obra, por lo que significa de concentración en su creatividad y por ser, en definitiva, más libre (aspiración no solo propia del artista, sino de la inmensa mayoría de las personas). Otra cosa es que considere que sea un derecho que la sociedad debe otorgarle, pues está por demostrar que su aportación al bien común sea más importante que la actividad de cualquier trabajador o ser humano en general. Digamos que es inconmensurable y que cualquier manifestación pública con la que pretenda elevarse por encima del común de la ciudadanía está destinada al fracaso. Donde medra esa ideología del arte como irradiación benéfica es, como puede esperarse, en las parrafadas pseudoculturales y pseudoaristocráticas, a nivel local, de García-Alcalde, o en los llamamientos resentidos a su propia elevación a los altares, de Chirino o de Dámaso, por citar algunos ejemplos. De ahí, de esa protesta y también, supongo, de demasiada lectura sobre el malditismo, las jeremiadas recurrentes respecto del desprecio de la sociedad a los artistas/literatos, de su ignorancia, de la pérdida de valores culturales, de aquello de que si la sociedad desprecia su cultura (representada por ellos) acaba por enriscarse, etc., como si antes, en esa época dorada de la que no se tiene constancia documental, se paseara a los escritores/artistas a lomos de elefantes en medio de multitudes enardecidas. 

Así pues, guerra a los suplementos culturales, a los columnistas ciclotímicos y también guerra (aunque no tenga que ver con este post) al columnista político generalmente ignorante que cuando se aburre nos cuenta su opinión sobre el fútbol.

Dicho lo cual, vamos a la reseña de:


Foto sacada por mí en situación y lugar subóptimos.

Historias de amor y crueldad es una colección de relatos que está francamente bien. Eso para empezar, aun cuando algunos rozan peligrosamente la frontera que va del relato al microrrelato, ese género tan postposmoderno que ha servido para que se propaguen ínfulas literarias de todo tipo, jaez y condición; otros, la mayoría, son literatura de verdad, no meras transcripciones yoístas, tan propias de veinteañeros y treintañeras conformistas la mayor parte del tiempo y antisistema los días de fiesta. Alba Sabina Pérez y Pablo Fajardo, por no hablar de Yolanda Delgado Batista, harían bien en leer estos cuentos y aprender, a pesar de que tengan algún relato nada desdeñable. Consejos gratis doy.

Ese singular relato que es La conversión de Múriel es uno de los destacados: la obsesión por un suceso que bien pudiera ser casual o producto de su imaginación provoca una transformación enfermiza en la protagonista. El final es lo bastante abierto como replantearnos todo lo leído desde un principio.


Se notó a sí misma odiando como nunca pensó que lo hiciera. A mitad de la noche, le tenía miedo a su odio. Y ya estaban aquí las arcadas. Intendó dormir un poco. El sueño frágil estuvo lleno de rostros, máscaras caprichosas de aqella voluntad que se escondía tras el portero automático: un curioso sereno, un compañero de trabajo, el fantasmón que hace años detenía su descapotable esperando infructuosamente a que ella aceptara subir... La colcha, las mantas, ovilladas a sus pies, cunado recuperaba el estado de vigilia, eran testigos de la excitación que la podía embargar. Al final, truculentos y curiosos, los fantas creados tan febrilmente eran ma´s soportable que aquella incógnita real, rodeada de una sórdida cercanía (...). (pág. 73)

Reconozco que otro relato, Los indiferentes, consiguió lo que mi detestado Antonio Muñoz Molina expresa tan bien en un artículo, por otro lado tan petardo, sobre Henry James: "He terminado de leer The Other House y me he quedado un rato con el libro en las manos, sin hacer nada, dejando que la novela cale en mí (...)". Eso no es fácil amigos, no tanto por mi subjetividad versátil sino porque hace falta tener talento y algo de oficio para arrancar de tan grosera materia, como lo que en principio solo parece un desorden psicólogico, conocimiento sobre la condición humana. Un relato a ratos triste, a ratos espeluznante, que lo deja a uno frente a ese abismo al que solo se accede así, con la mirada perdida y los pensamientos, ausentes.



En realidad todo esto había empezado antes, una mañana después de aplicarme la loción sobre la cara y devolver a su sitio los útiles del afeitado; en lo que me giraba para alcanzar la toalla, en uno de tantos barridos involuntarios de la vista sobre mi propia imagen, me vi inmovilizado y atraído por el fulgor en mis ojos de otra inteligencia, más poderosa y penetrante que yo, que me vigilaba y escrutaba por entero. "Te conozco, te veo y estás en mis planes", parecía decirme. (pág. 107)


Como suele decirse de los relatos de las colecciones como la que nos ocupa, "no todos rayan al mismo nivel". No estoy yo muy a favor de que me cuenten la misma historia ni espero que todas tengan el mismo alcance y profundidad. Mucho menos que la recepción sea la misma. Lo que sí valoro es la intención y la capacidad que se encarne en inconformismo: es mi particular idea de lo que hace valiosa la creación literaria, entre otras características, al menos eso. Y la ejecución, salvo alguna expresión que por las particularidades de mi propio idiolecto rechazo, es, en mi opinión, notable. 

Dicho esto, hay algo de los cuentos de González Ascanio que me molesta con frecuencia: su prosa, que dista de ser barroca y que logra comunicar con eficacia, tiene el defecto de que se emborrona con términos y expresiones que no concuerdan bien con el tono general de la narración. Puede ser ese adverbio terminado en -mente, o ese palabra como "microclima", o esa expresión como "acabar entre rejas". Cosillas que van molestando, como si tuviera en mi cabeza un sismógrafo que me alertara de esas irregularidades tectónico-estilísticas.

Además, en algunos cuentos ultracortos, me asalta la duda no solo de que no sea esa extensión lo que necesite el relato, sino de algo peor, como la pereza o la inconsistencia, o como el estímulo fulgurante que pronto se agota cuando se transcribe. Cierta incompletitud que, a veces, me resulta frustrante y, otras veces, decepcionante.

Resulta evidente que para escribir bien, hay que leer bien. Y ese leer bien comporta no solo cierto orden mental y predisposición al aprendizaje sino también saber escoger buenas lecturas. Historias de amor y  crueldad ejemplifica cómo un autor marginal (en cuanto a su popularidad) aúna la técnica y la originalidad en el enfoque, a pesar de los defectos señalados, para escribir historias que inquietan y amenazan, que empujan al lector/a fuera de la convención, de la frase hecha y de la historia habitual, incluso fuera de lo que se puede esperar de una historia corta con final sorprendente, ese típico golpe de efecto final que se supone que le tiene que impactar a uno. Como si fuera así de sencillo.

Esto vuelve a traernos al asunto ese de la promoción personal, de la presencia en la esfera pública vía relación privilegiada con los medios de comunicación y el otorgamiento de premios literarios institucionales, cuya utilidad y justificación están por demostrar. Eduardo González Ascanio merece un respeto literario por este conjunto de cuentos (que según se lee son recopilación de publicaciones en blogs, revistas y donde aquí te pillo aquí te mato). Se lo merece mucho más que otros más populares que nos atormentan día sí y día también en los medios. Lo digo incluso en contra de su opinión, en la que ensalza a escritores que no están a su altura. Ni mucho menos. 








lunes, 2 de julio de 2018

'Al fondo hay ruido', de Pablo Fajardo

Voy a compartir con Vds. una impresión que se ha ido solidificando como certeza desde hace un tiempo, sólo puesta en duda por determinadas, escasas, lecturas. Una certeza que, imagino, no habré sido el primero en alcanzar, sobre todo en esta época de "industria cultural" y de "cultura de masas" y desde aquellas vanguardias del siglo pasado y posteriormente del posmodernismo. De todos modos, no se preocupen, que este post no reivindica el elitismo vargasllosista de la cultura ni de la enésima muerte de la novela. De lo que vengo a hablar no es de otra cosa que del agotamiento del lenguaje. Una hartura hofmannsthalsiana, pero en sentido inverso.

No me refiero a las variedades de neolengua de regímenes traslúcidamente dictatoriales o de los democráticos más impostados, no hablo aquí de lo que se ha venido en llamar "posverdad", que es más o menos lo de siempre: engaños y mistificaciones, fetichismos y manipulaciones. Pretendo ceñirme al ámbito literario, más específicamente al género novelesco. Cierto es que todo permea y al final todo lo recoge la literatura, pues los/as escritoras/es viven situadas en el espacio y el tiempo, y sus cabezas recogen desde la inteligentísima y costosísima campaña del departamento de marketing de Apple en TV y en las redes sociales hasta la publicidad en la camiseta de Mecánicos Pérez; desde la última soflama del líder (?) de Vox hasta la estudiadísima puesta en escena del ahora presidente del Gobierno, por ejemplo. La literatura es la letrina donde va a parar todo lo que excretamos. El talento del escritor radica, entre otros elementos, en que crezcan verduras y hortalizas de tanto excremento social. Si es que no podemos escapar de las metáforas...

Sin embargo, y aquí volvemos a esta impresión mía vuelta certeza, no puedo dejar de percibir (no deja de molestarme) la constante, la ubicua, presencia de frases hechas, de párrafos hechos, de escenas hechas, incluso de cuentos, de novelas enteras hechas, productos previsibles de principio a fin: trama, diálogos, personajes, estructura. No es mera copia, no, pues siempre podríamos recurrir al talento, a la originalidad, o incluso al palimpsesto o al collage más o menos ingenioso o lúcido, en fin, a cualquier cosa que lo mejorara. No es mera copia, insisto. Ni siquiera, aunque abunde, el problema se encuentra solo en la pereza mental, en el relajamiento egocéntrico, en la creencia en el relato de la genialidad hecha a medida o en la simple falta de capacidad. 

Creo que la crisis es más profunda, y tiene que ver con un pensamiento conformista, un pensamiento que considera al lenguaje como una herramienta innata, en fin, como algo dado, no como un generador de realidad, no como apertura al y del mundo. Un pensamiento, además, tan maleabilizado, tan machacado que logra no expresar nada salvo sumisión y mansedumbre, por mucho que vista ropajes de rebeldía más o menos oportunista, más o menos banal. Estamos vapuleados y no nos damos cuenta. De ahí la escritura fácil, de ahí la consideración de las palabras como simples piezas con las que se pretende erigir historias "que interesen", de ahí, también, los empalagosos "descubrimientos" líricos que encontramos en la prosa, de la verborrea, en definitiva. Es lógico, hasta diría que natural. Pero creo que el español que se escribe en España y en Canarias, sobre todo en Canarias, ganaría más si se esgrimiera como un cuchillo o se utilizara como una perforadora. Tengo la impresión de que, en realidad, no se escribe, sino que se fotocopia o se manda a imprimir; son las escritoras/es tan autoconscientes, tan obsesionados/as consigo mismos, que no hurgan, ni hieren, ni ofenden, ni rajan, ni rasgan, ni rompen, sino que se fotografían, se vanaglorian, se masturban y, en fin, se dejan llevar, acariciados/as por la brisa. Una actividad que es posible que en momentos idóneos los/as haga felices, pero a mí, concluyo, no me interesa. Parafraseando a Bourdieu, diría no que escriben, sino que les escriben.

Es más, diría que hay que mirar el mundo de otra manera e inventar palabras. No solo: también de plantar la mirada, hablando cinematográficamente, desde otro ángulo. También pienso: si se trata de inventar mundos, si se trata de aportar (lo que implica novedad), ¿por qué usamos palabras gastadas? ¿Por qué seguimos contando, además, las mismas historias, la misma manera de contar historias? No nos limitemos a jugar con las palabras, creyéndonos malabaristas del lenguaje, vayamos más allá y, como los niños exploradores, veamos que tienen dentro las palabras. Cojamos la realidad y estrujémosla. Lo que sea, menos este aburrimiento lingüístico, menos esta apatía vital.

Vamos a lo nuestro:






Este libro escrito por Pablo Fajardo cuenta con el dudoso honor de haber ganado un premio institucional (convocado y premiado por la Viceconsejería del Gobierno de Canarias), sin duda como respuesta al creciente clamor social por la falta de premios literarios en Canarias. Premio que está destinado a menores de 35 años, que es otra manera de calificar a la juventud y de identificar a esta con el concepto de potencial "autor emergente".

Además, este conjunto de relatos denominado Al fondo hay ruido comienza sobresaltándome por dos motivos: a) Lo prologa Alexis Ravelo. Esto, en sí, no tendría nada de malo (ni de bueno), si no fuera porque, como establece ese tipo de consensos no escritos en ningún lado pero que funcionan como leyes grabadas en piedra, está repleto de naderías y de buenas intenciones que nos podríamos haber ahorrado sin pérdida cognitiva ni añoranza emocional alguna; b) Después de una primera línea de diálogo, el párrafo siguiente comienza así: "Aquellas palabras suenan como música celestial". Siguiente frase: "Malena chasqueó los dedos y marcó el número del anuncio con determinación" (la cursiva es mía). Pues comenzamos bastante mal.

Si seguimos con las frases hechas, tenemos luego, en la página 17: "Es lo que me repito a mí mismo como un mantra mientras lucho por hacerme un hueco en el metro de las 7.25". Un poco más abajo, algo que no me atrevo aún a calificar de tópico, pero que tiene que ser uno de esos hallazgos lírico-pastoriles más que dudosos: "Merezco una justificación que me ayude a sobrellevar esta yincana emocional". Otro hallazgo de esos: "Un fuego abrasador me invade por dentro mientras una gota de sudor recorre mi frente como un funambulista".

También están los adjetivos en función adverbial que acompañan a los verbos dicendi en las únicas páginas de diálogo, como "afirma sombría" (pág. 18), "reacciona enojada" (pág. 18), "afirmo convencido" (pág. 19). Gracias por ahorrarnos el trabajo de deducir.

Todo lo anterior pertenece al primer relato, titulado La grieta, que es una historia  onírico-festiva con fragmentos de filosofía política de bar de la esquina y ramalazos de sumisión conyugal que creo que pretende ser chistoso. A mí, ideológicamente me parece una historia deplorable, y además sobrellevo mal los defectos de estilo que he señalado. También, la conclusión, o si se quiere, la enseñanza, es una tontería pseudorromántica.

La segunda historia, El último viaje, tiene algo más de gracia. Se permite un vuelo de la imaginación respecto de un conductor de guaguas que no es desdeñable, aunque Fajardo se empeñe en afear el relato con sus hallazgos poético-filosóficos, que imagino son consecuencia de quien se juzga a sí mismo con demasiada benevolencia. Podría haber dado bastante más de sí.

El tercer relato es La gran evasión, y va de sombras que huyen. Nada que señalar que sea positivo. El cuarto, Al otro lado de la luna, es una versión 2.0 de Un ramito de violetas. Como se dice, o debería decirse, en las guías turísticas de alguna ciudad: "Pase de largo sin detenerse". Por decir algo de estos dos relatos, la originalidad del contenido es nula, y el autor emergente incide en expresiones como "se propagó como un virus", "precisión cartesiana", "montaña rusa", "encajado como piezas de un Meccano"o "enganchado hasta las trancas". Vamos, para morirse.

El quinto se titula Solo una vez. Y que uno pueda leerlo sin nerviosismo ya dice algo. Sin embargo, se intuye el final y, bueno, comparándolo con los anteriores pues hasta parece aceptable aunque predecible. O predecible aunque aceptable, como prefieran.

El sexto es Éxodo: demasiadas páginas para algo tan nimio y soporífero. El séptimo es Amor en tecnicolor. La historia mejora los anteriores, pero no deja de ser un relato apresurado del envejecimiento del amor, sin nada nuevo que añadir. Aparte, una pregunta: ¿Les resulta el título tan espantoso como a mí?

Octavo: La espera. En mi opinión, el mejor relato de todos. A pesar de empeñarse en introducir, diría que de un modo exasperante, el humor para mostrar el papel sumiso del cónyuge masculino en las relaciones heterosexuales, Fajardo logra un relato que resuena. Un trastero como metáfora, sin profundidades de pacotilla ni melancolías cursis. Un relato que, aun así, comienza vacilante, pero que se robustece a medida que vamos leyendo.

Noveno y último: el cuento cuyo título da nombre a este conjunto de historias: Al fondo hay ruido. El segundo mejor relato. Este y el anterior justifican, al menos en parte, la compra del libro. Tiene momentos que trascienden, que justifican la historia, porque nos revelan algo de las personas, de nosotros mismos. Se realiza una indagación moral que aspira a comprender, más que a explicar. Muy bien los dos, salvo esos defectos pulibles como las frasecitas hechas a los que ya he aludido ("cabezas enterradas cual avestruces", (pág. 99), por ejemplo). Fajardo es mejor cuando no quiere ser gracioso o irónico, cuanto más desnuda es su escritura. 

Mi conclusión es que siendo en general bastante flojos los primeros relatos, al menos tengo la impresión de que el autor se empeña en ir más allá de sí mismo, intenta descentrarse: es decir, imagina la literatura como algo más que hablar de sí mismo, lo que, visto el material último que he reseñado, es algo destacable. Como si Fajardo hubiera jugado a escribir a ratos sus cosillas, a las que, sin duda, debería haberles prestado más tiempo y dedicación.

Las dos últimas historias, en cambio ya muestran a un escritor. En ciernes, si se quiere, pero tangible. En mi opinión, Fajardo debe asentarse sobre la base de estos dos relatos y a partir de ahí desarrollar su estilo y sus historias, si es que tiene la intención de continuar escribiendo literatura.






P.D. Por si les interesan las opiniones del joven autor, aquí tienen una entrevista amable.






sábado, 23 de junio de 2018

Siete lecturas no literarias

Para variar un poco el contenido de este blog, para dotarlo de cierta heterogeneidad, en fin, por aquello del pluralismo intelectual, voy a dedicar esta entrada a reseñar con brevedad, quizá más de la debida, algunas de las lecturas de no ficción más interesantes que han pasado por mis ojos estos últimos meses. Que no todo va a ser novela, por mucho Thomas Bernhard que me pongan delante, ni, mucho menos, por muchos cuentos del yo en sus diversas manifestaciones que se vendan como pináculos de la literatura. Además, la lectura canario-española  que he leído me está resultando en estos dos años, con demasiada frecuencia, algo peor que decepcionante, lo que me me motiva a buscar nuevos horizontes. A colación, les adelanto que estoy ahora con uno de esos clásicos canarios que me están resultando toda una lata. Que no se diga que no es por empeño...

En fin, la siguiente lista no está escrita en orden de importancia o de valoración, sino que es solo consecuencia de mi mente desordenada y de los estímulos que me suscita esta mesa caótica, en la que el portátil está rodeado de torres de libros y de papeles por todos los lados menos por uno. 

Allá van estos siete magníficos:


1) Ibex35, de Rubén Juste. 

Un libro muy podemita, dicen, porque lo recomendaba (o le gustaba o yo qué sé) Pablo Iglesias, el amante de los plebiscitos. Prejuicios o simpatías aparte, el libro traza la historia de las privatizaciones de las empresas públicas en nuestro país desde la época de Felipe González hasta la actualidad, la continuidad del poder  de los cuadros franquistas en varidos consejos de administración, amén de la inserción generacional de altos cargos del PSOE de Solchaga y compañía, primero, y de Aznar, después en las grandes empresas de nuestro país. Además, también forman parte del cuadro la alta burguesía catalana y la vasca, que han pintado mucho en nuestra plutocracia patria. Quizá, como decía un reseñador de El Mundo, no diga nada que no se supiera, pero leerlo en su despliegue histórico, asombra y desalienta al mismo tiempo. ¡En manos de quiénes hemos estado y seguimos estando!


2) Nueva ilustración radical, de Marina Garcés.


Un ensayo cortito (no llega a las 70 páginas), pero potente, en el que se diagnostica el estado enfermizo de nuestra época, dominada por un pensamiento que la autora califica de "póstumo", caracterizado por la inminencia del desastre ecológico, social y personal como consecuencia del abandono del proyecto de emancipación ilustrado. Marina Garcés propone retomar los valores de la Ilustración y radicalizarlos, lo que parece más sencillo decirlo que hacerlo. Sobre todo, eso lo digo yo, cuando la ensalzada clase media sigue teniendo como aspiraciones el consumo y el entretenimiento, las clases depauperadas bastante tienen con llegar a fin de mes, y como fondo social tenemos una industria del entretenimiento que aborta el pensamiento reivindicativo en su misma concepción justo en aquellos sectores sociales que más se beneficiarían de la protesta. 


3) La doctrina del shock, de Naomi Klein.


Es un libro ya con mucho recorrido, y muy citado en monografías de todo género y condición. No importa: es un trabajo periodístico impresionante en el que se relacionan de manera harto convincente el uso de la violencia militar y policial con la imposición del neoliberalismo en distintos países del globo. Los casos de Chile, Bolivia, China, Rusia, etc., ejemplifican la 'doctrina del shock', por la que se logra imponer medidas de liberalización económica (y el enriquecimiento súbito de una minoría cercana a los gobiernos de turno) a una población a la que se le ha conmocionado de un modo tan intenso (shock) que es incapaz de oponerse a aquellas. Uno se queda, literalmente asombrado y aturdido. Deje Vd. por favor esa novela insustancial y hágase con este libro para no seguir en la inopia.



4) Clase cultural. Arte y gentrificación, de Martha Rosler.


La imbricación del arte moderno con las diversas formas de capitalismo, la ubicación de las artistas en las ciudades y el fenómeno de la gentrificación, el papel del artista como avivador de conciencas y/o soporte de la ideología capitalista aun en su trabajo artístico de pretensiones críticas: Martha Rosler, artista feminista (por etiquetarla de algún modo) expone con convicción y erudición su visión del papel del arte y del artista: contradictorio, a la vez reivindicativo y conformista, en estos ensayos y conferencias.
Echo de menos, exigente que es uno, esa capacidad reflexiva y ese acervo teórico en nuestros artistas locales, y nacionales, salvo excepciones. Lo nuestro consiste más bien en hacerle la pelota a los periodistas y comer en reservados con los políticos para que destinen dinero público a castillos y fundaciones artísticasOtro nivel, amigas y amigos.


5) El pueblo sin atributos, de Wendy Brown.



Partiendo de Foucault, pero ejerciendo la crítica también respecto de él, especialmente El nacimiento de la biopolítica (libro básico, por cierto, para todos aquellos que quieran comprender la dirección que han tomado los gobiernos y las sociedades en los últimos 40 años), la autora analiza el fenómeno ideológico del neoliberalismo y su encarnación en políticas económicas y en la configuración de un nuevo sentido común en la sociedad. Hegemonía creciente a partir de los años 70 del siglo pasado hasta la actualidad, en una evolución cuya última actualización es la financiarización de la economía y en la conformación de un nuevo modelo ciudadano constituido en responsable de sí mismo pero sin los medios (para la mayoría) para ejercer esa responsabilidad; empresario de uno mismo, y por tanto sometido a la justicia del mercado, en ausencia de solidaridad.


6) The Athenian Democracy in the Age of Demosthenes, de Mogens Herman Hansen. 


Qué quieren que les diga: un clásico moderno (1991) de un danés especializado en la Atenas clásica y posclásica. La obra de Mogens Herman Hansen es fuente de citas en toda bibliografía académica que directa o tangencialmente tenga como referencia a la democracia ateniense. En este libro se relacionan y analizan todas y cada una de las instituciones de la Atenas democrática después de Pericles (sí, de ahí lo de Age of Demosthenes) y no se olvida, además, de realizar sus propias valoraciones sobre ellas y compararlas con las instituciones de las democracias de nuestra era. Se lo pongo en inglés sencillamente porque no está traducido (que yo sepa). Me cuesta mucho lo de poner eso de lectura obligada, pero creo que para todo aquel estudioso (o curioso) tanto de la Atenas de esa época como de la democracia en general podría aplicársele.


7) Democracia participativa epistémica, de Sebastián Linares.


Este es, probablemente, uno de los libros más importantes de filosofía política de los últimos tiempos en el ámbito hispano. Su materia es, como su título nos hace sospechar, la participación ciudadana y la mejora epistémica de las decisiones colectivas que se deriva de ella y sus inconvenientes. Linares defiende su propio modelo participativo frente a otras teorías de la democracia, como la deliberativa, y también frente a la epistocracia, o gobierno de los expertos, además de analizar otras posibilidades en la elección de cargos como la del sorteo. Asimismo, aborda en profundidad el voto como elemento constitutivo de la democracia, la aportación epistémica de la abstención y la posibilidad o no de la inclusión (para votar) de menores, adultos tutelados, expatriados y extranjeros entre otros asuntos del máximo interés. 


  










sábado, 9 de junio de 2018

La crítica, la perseverancia y Màxim Huerta

Leyendo en un periódico local, el pasado viernes las declaraciones de un dramaturgo, me encontré con estas palabras: "Antes, era crítico el que escribía en un periódico, hoy con Internet lo es cualquiera". Entiendo que era la expresión de una queja, un lamento no mera descripción de la actualidad. Era, quizá, la nostalgia por un tiempo en que todo estaba un poco mejor ordenado: la creación, la producción, la distribución y la crítica. Esos tiempos han pasado, para lo bueno y para lo malo.

Es cierto que la posibilidad que ofrece Internet de publicar lo que uno desee efectivamente democratiza la esfera pública. De eso no se puede dudar: hasta su advenimiento, los medios de comunicación eran los exclusivos guardianes de dicho espacio y propagadores por excelencia de la opinión pública, a cuya formación contribuían desde una posición de fuerza. Medios, no olvidemos, que solo eran posible con una aportación intensiva de capital: instalaciones, máquinas, materias primas, además de trabajadores en distintos ámbitos: impresores, linotipistas, teclistas, fotógrafos, periodistas, etc.

Hoy en día, aunque solo hasta cierto punto, no es así. Internet democratiza, es cierto, pero solo en la posibilidad de presentar al público, sin necesidad de grandes inversiones de capital, por ejemplo, un blog con opiniones propias sobre cualquier asunto. Por otro lado, también es cierto que unos cuantos blogs (de la temática que sea) reciben más visitas que todo el resto junto. Además, los medios de comunicación tradicionales tienen casi sin excepción su propia página web, con lo que el lector habitual de la prensa de papel puede encontrar sus cabeceras favoritas en la red. Asimismo, esos cuantos blogs/páginas que disfrutan de prestigio y esos medios de comunicación ya conocidos, por la propia arquitectura de la red y de los buscadores retroalimentan su posición de liderazgo. Es decir: una página que recibe miles/cientos de miles/millones de visitas aparecerá en las primeras páginas del buscador y tendrá más enlaces, lo que provocará que más nuevas visitas se unan a las anteriores. Además, hay que señalar que tampoco el capital ha desaparecido: cuantos más medios se disponga para elaborar una página web o un blog más atractivo será para el público potencial: el llamado coste del primer ejemplar, que antes, obviamente, solo se aplicaba a productos físicos.



En los regímenes comunistas, las sufridas ciudadanas hacen largas colas para proveerse de los alimentos básicos.


El lado positivo, teniendo claro lo expuesto, es que, en cualquier caso, el monopolio se ha visto desafiado, aunque mantiene la posición de privilegio. Algo es algo. Así, por ejemplo, en el ámbito local, y en lo que nos interesa, que es la literatura, habría sido casi imposible encontrarse con críticas u opiniones como las que llevo exponiendo en este blog desde hace año y medio. Vendettas aisladas aparte o riñas insólitas entre escritores (recuerdo una entre un poeta ahora muy popular y una catedrática de Filología de la ULPGC, aunque antes de Internet, y esta protesta, que casi enternece, de Luis León Barreto, publicada en su propio blog), lo habitual, lo sistémico haya sido la oda a la riqueza literaria archipielágica, el ditirambo a cualquier cosa que se publique en las Islas y el buenrollismo bucólico-pastoril de puertas hacia afuera entre escritoras y escritores de segunda, tercera o última fila. Si fuéramos a hacer caso a la TV Canaria (también a su radio o a cualquier emisora de las Islas) o a la prensa local, Canarias estaría poblada por gigantes de la Literatura, cuando no de promesas rutilantes a la que les aguardaría un no menos brillante porvenir. Rodeados, eso sí, de hardcore-fans o de lectores rendidos a su genio. En un plano cultural general, es lo que Javier Moreno Barreto ha acuñado como maravillosismo, fenómeno omniabarcador y sumamente incluyente: lo incluye todo y a todos y viva la canariedad y lo nuestro, y si de paso cae alguna subvención, mejor. Pero de eso ya se ha hablado en este blog (y en este) de modo reiterado.

Tradicionalmente, y tal como han señalado, entre otros, Pierre Bourdieu, la función del crítico en el campo cultural estaba bien delineada, y no era precisamente negativa. El crítico, tanto literario como de arte, protegía, cuidaba, patrocinaba y, en definitiva, actuaba de mentor de artistas y escritores a los que el gusto predominante de la época solía marginar. Así, el crítico de arte/literario/editor/marchante contribuía a modelar esa esfera pública, fomentando nuevas expresiones y perspectivas artísticas a las que no estaba acostumbrado el público de la época. Esa crítica se hacía, como es obvio, desde revistas especializadas, suplementos de los grandes medios o desde su propia columna de opinión. Es curioso cómo en España, con las consabidas excepciones, lo que ha predominado es la promoción descarada de los autores que publican en una editorial perteneciente al mismo conglomerado mediático propietario del medio de comunicación o el interesado apoyo mutuo de escritores/as-reseñadores/as en su esforzado deambular hacia la esquiva gloria. En el ámbito local, sencillamente, a estas alturas y hablando con franqueza, doy por sentado que la crítica desde un medio de comunicación tradicional deviene imposible o, en el mejor de los casos, efímera. Demasiados intereses entrecruzados, demasiados favores y demasiadas deudas. No es por nada que, como reacción defensiva, estos medios se pasen día sí y día también escribiendo sobre la pérdida de calidad periodística que suponen los medios alternativos (es decir, todos los que no sean ellos en Internet).


Un mundo sin rostro. Si amplían la foto, hay sorpresa.


Es por eso por lo que, por pura indignación y por intentar que la esfera pública fuera algo diferente, por intentar cambiar un poco las cosas, creé el Polillas. Nadie podrá llamar a un director para quejarse de la crítica ni para intentar expulsarme del medio, y como no pertenezco al mundillo literario, nadie tendrá la posibilidad de seducirme con favores ni chantajearme con amenazas. Como máximo, me escribirán para reprocharme de mejor o peor manera la crítica recibida, lo que, por otro lado, me parece bien. Lo cierto es que en este año y medio, las comunicaciones directas que he recibido  (incluidos algunas/os autoras/es reseñados) han sido casi siempre corteses, cuando no elogiosas. Otra cosa es que lo hagan público, pero entiendo que tampoco está el mundo para heroicidades en lo cotidiano, aunque soy dado a pensar que, en numerosos casos, el peligro proviene del exceso de imaginación y de las aspiraciones sin fundamento.

Podrán preguntarse qué tiene de extraordinario este blog, qué de talentoso. Les adelanto que nada: lo realmente extraordinario es que sea extraordinario, es decir: raro, insólito, que incluso sea original... Lo que de verdad debería extrañarles es cómo toda esa gente extraordinaria con extraordinario talento para la escritura, con extraordinaria capacidad para la crítica, cómo todas esas generaciones de extraordinarios filólogos criados en nuestras dos extraordinarias universidades hayan sido incapaces o no hayan tenido la voluntad de gestar un solo medio crítico de verdad, una sola plataforma que arramblara con todo y con todos, que develara la profunda y pegajosa podredumbre literaria y moral que anida en esta república de las letras y de la industria cultural en general (excepción que yo conozca: el mentado Javier Moreno en su columna de crítica de música clásica en el Canarias7, fulminada hace ya años).

Por supuesto, que la crítica debe aplicarse a todo. Un blog de crítica literaria, o, si quieren considerarlo así, de impresiones subjetivas de lectura, es tan merecedor de crítica y de reproches en cuanto a su contenido como el libro objeto de las reseñas. Lo importante, creo yo, es que nos acostumbremos a ella, a la crítica, por muy acerba que nos parezca.

Está por ver que los/as escritores/as de cierta relevancia, proyección o reconocimiento, tan acostumbrados al almíbar, al intercambio de favores (qué bonita es la amistad) y a un ambiente periodístico-cultural exageradamente condescendiente, y también los diletantes, los/as jóvenes, los treintañeros/as que comienzan a angustiarse, y en general todos los aspirantes a suceder a los primeros sean capaces de aceptarla. ¿O acaso son tan débiles, tan frágiles, su literatura tan pobre, tan escuálida, tan mediocre que no soporta la mínima inspección, la menor revisión? 

No duden de mi perseverancia.



P.D. Gran parte del mundillo artístico-literario y del opinador de la cultura, en general, ha reaccionado de modo un tanto agreste contra el nombramiento de Màxim Huerta como Ministro de Cultura. Varias cosas, al respecto: a) Escribir buenas novelas, o muy malas, no le capacita o incapacita a uno/a para un cargo público, salvo que entre los requisitos del cargo conste la obligación de haber escrito un par de obras maestras. Tampoco creo que hasta ahora sea excluyente haber estado en un programa de TV infame ni da puntos haber presentado un telediario; b) Dado que no es abogado del Estado, notario o haya pasado alguna oposición de esas, ni tampoco ha ganado el Nobel, parece que el Sr. Huerta no suscita demasiado respeto, por lo que intuyo que muchas personas del mundillo cultural, más o menos progres o cercanas al PSOE, habrán pensado: "¿Por qué él y no yo?", con el consiguiente resentimiento; c) Ignoramos todos los grandes planes para la cultura que tienen el PSOE y el Sr. Huerta, así que será mejor juzgar su labor durante o después. Al pobrecillo no le ha dado tiempo ni a elegir ambientador para el despacho; d) La gran pregunta, por muy escandalosa que pueda parecer, es si en realidad necesitamos Ministerio de Cultura. Otra buena pregunta es para qué

Respecto de d), cada día que pasa se refuerza mi convicción de que a eso que llaman cultura se le crea un ministerio y se le destinan fondos del erario cuando el Estado y la sociedad se dan por vencidos, por derrotados definitivamente, me atrevería a decir, respecto a asuntos de la máxima importancia en un país que se dice democrático: 1ª) La pobreza; 2º) La desigualdad. En ellos están subsumidas las diferencias respecto del acceso a la Educación y a la Sanidad, sin ir más lejos; y la existencia del paro y de la precariedad laboral. Así, una gran parte de la población está marginada y excluida, sin perspectivas de futuro y con un presente miserable. Frente a eso, frente a las condiciones de vida de nuestros compatriotas, de nuestros paisanos y de nuestros vecinos (por no hablar de la posibilidad de llevar a cabo planes de futuro que vayan más allá de la mera subsistencia), todas esas preocupaciones sobre gestión cultural, industrias culturales, red de museos, estado de la ópera y de los festivales de música, etc. (así también podríamos criticar del mismo modo todo ese gasto militar opaco  y exagerado, por ejemplo), dan la impresión de ser nimiedades, bagatelas, asuntos que tienen más de vergonzosa propaganda institucional y política (que se plasman en ese vocabulario de marketing tipo marca España, marca Canarias, marca Gran Canaria, etc.) que de genuina preocupación por las necesidades de los ciudadanos/as (y de los no ciudadanos/as). Ya está bien de preocuparnos por que Gran Canaria (o Tenerife, o cualquier ínsula Barataria) se sitúe en el mapa mundial del nosequé o creernos que esa otra fundación cultural chirinesca o aquel lírico zoológico de peces será "tractor de la economía" y del más allá. Cultura va a haber siempre, se quiera o no, lo apoye el gobierno de turno o no, haya suplementos en los periódicos oligárquicos o no. Lo que no tiene por qué haber son ministerios de cultura, secretarías de estados de cultura, funcionarios de la cultura, propagandistas de la cultura, gestores de la cultura, ni paniaguados de la cultura. Un escándalo, ese sí cultural, al que nos hemos acostumbrado.

Es evidente que el asunto no se resuelve en un par de párrafos. Respecto del asunto de la cultura, de la industria cultural, del papel del artista, etc., por no hablar del papel económico del arte en la generación de valor en el mercado, en el planeamiento urbanístico y la gentrificación, etc., se han escrito cientos de monografías desde diversos puntos de vista de distintas disciplinas. Yo me limito a hacerles partícipes de un extrañamiento que practico con frecuencia, ese cuestionar la existencia de lo existente, de lo que damos por sentado. En ese sentido, el papel simbólico de la cultura es redundantemente significativo.


lunes, 4 de junio de 2018

'Tala', de Thomas Bernhard

Como ya escribí en su momento, mi intención es la de dejar al menos un año entre reseñas dedicadas a la obra de un mismo autor, aunque mi intención apuntaba a las reseñas de autores vivos, especialmente los locales. No obstante, y dada la superlativa cantidad de títulos que se publican, no hubo ocasión, aunque lo hubiese querido, para repetir ni siquiera con los muertos. Pero he aquí que, azuzado por críticas que leía por estos mundos de Internet y por el extraordinario recuerdo de El malogrado (que se engrandece con el tiempo), he considerado que quién mejor que Thomas Bernhard para ser el primer autor con el que repita análisis, reflexión o impresión superficial de lector.

En todo caso, y para mal de aquellas/os que quieran ir directamente al asunto y no demorarse con prolegómenos, hay también motivos para elegir a Bernhard aparte del azar y de la oportunidad. El escritor austríaco debería ser un ejemplo, al igual que lo son todos los grandes escritores, por la fuerza de su estilo propio, por la huella cognitiva que genera y por la impresión estética que produce a todo aquel que se acerca a la lectura de sus obras.

Es bueno leer a las/os grandes: por citar algunas/os, aparte de Bernhard: Woolf, Yourcenar, Proust, Foster Wallace, y cada cual que aporte sus favoritas/os. Leer su obra debería, aunque me temo que no es tan automático, descentrar a las/os autoras/es en ciernes, a los aspirantes a afilar su talento y ayudarles a escribir algo más que sean sus naderías de adolescente o de veinteañero/a o sus ilusiones de plasmar líricamente la idea que tengan de lo excelso. Es un defecto recurrente, ya lo he señalado muchas veces, la manía que tienen muchas/os en convencernos, a través de sus personajes (normalmente el narrador o narradora) de la gran cultura que poseen o de las numerosas experiencias que han atesorado. Como me dijo un amigo con sabiduría una vez: "Hay que escribir lo que nos gustaría leer, no lo que nos gustaría escribir". Porque si se elige lo segundo, tenemos toda ese conjunto de superfluosidades y cantos al yo que nada añaden al acervo literario y solo sirven para engrandecer una vanidad ya hipertrofiada, jaleada además por amigos y familiares.





Por qué es bueno leer a Bernhard, especialmente, por qué leer Tala: porque no deja, usando la frase hecha, títere con cabeza. Esa crítica a la sociedad austriaca, a la vienesa en particular, al mundillo literario y artístico; todo lo que está al alcance de su visión es objeto de su crítica furibunda, presa de una observación meticulosa y ácida, incluido, claro está, él mismo. Y la universalidad de la literatura del Bernhard consiste en que podemos aplicar esa crítica, esa rabia, por qué no, ese odio, a nuestra ciudad favorita, al mundillo literario y artístico local que escojamos, a la humanidad en general. Difícilmente nos equivocaremos, raro será que no encontremos homólogos cercanos.


Realmente yo había visto una vez, hacía muchos años, en el Burgtheater, al esperado actor, en una de esas asquerosas farsas de sociedad inglesas en las que la tontería sólo es tolerable porque es inglesa y no alemana o austriaca, y que en el Burgtheater, en el último cuarto de siglo, se representan una y otra vez con espantosa regularidad, porque el Burgtheater, en este último cuarto de siglo, se ha especializado sobre todo en la tontería inglesa y el público vienés del Burgtheater se ha acostumbrado a esa especialización, y realmente a él lo recuerdo como actor del Burgtheater, como un actor, por lo tanto, lo que se llama un favorito del público vienés y pisaverde del Burgtheater, que tiene una villa en Grinzing o en Hietzing y hace el bufón en el Burgtheater para esa tontería teatral austriaca que, desde hace ya un cuarto de siglo, tiene en el Burgtheater su asiento, como uno de esos berreadores sin espíritu que, en el último cuarto de siglo, con la colaboración de todos los directores por él contratados, han hecho del llamado Burg una institución teatral de aniquilación de autores y del vocerío de una falta total de cerebro. El Burgtheater ha entrado artísticamente en bancarrota desde hace ya tanto tiempo, pensaba en mi sillón de orejas, que ya no puede determinarse cuándo se produjo esa bancarrota, y los actores que actúan en el Burgtheater son bancarrotistas que todas las tardes actúan en el Burgtheater (...). (págs. 13-14)

Y sí, salta a la vista que tiene estilo propio: frases largas, aposiciones, repeticiones de palabras, expresiones e ideas. Estilo que, a falta de un estudio pormenorizado de la obra del autor, no ha surgido de golpe, por pura genialidad o como el resultado de la mera improvisación. Siempre hay una materia prima, una forma de escribir originaria, una forma de ser en el mundo, pero se adivina un trabajo sistemático, una voluntad de estilo que, cuando se logra, se puede aspirar a ser un Bernhard, o una Woolf, o un Foster Wallace, o una Yourcenar, o un Borges o, venga, un Pérez Galdós, pero no ... (añadan cualquier autor/a local) por muchos seguidores de Facebook de que disponga.

Tala consiste en el cúmulo de reflexiones suscitadas en el protagonista-narrador a raíz de la muerte de una antigua amiga y de su asistencia a una cena artística, mientras está sentado "en un sillón de orejas", observando a los demás comensales y a los anfitriones. Las reflexiones se suceden con cadencia hipnótica, con las mencionadas repeticiones, con periódicos sobresaltos suscitados en el lector por los comentarios vitriólicos del narrador, y por la ausencia de puntos y aparte, entre otros detalles: un torrente de la conciencia bien ordenado, calculado, milimetrado, y algunos adjetivos más que dejo a su elección cuando lean la novela, que arrastran al lector al interior de la propia conciencia, que no siempre es el mejor lugar donde habitar.


 Al fin y al cabo, todas esas personas fueron realmente un día artistas o, por lo menos, talentos artísticos, pensaba ahora en mi sillón de orejas, y ahora todos no son más que una chusma artística, que precisamente no tienen en común con el arte y con lo artístico más que la cena del matrimonio Auersberger. Todas esas gentes que un día fueron realmente artistas o, por lo menos, artísticas, no son ahora más que las máscaras y las cáscaras de lo que un día fueron; sólo tengo que mirarlas, sólo tengo que entrar en contacto con sus creaciones para sentir lo mismo que siento ahora en relación con este banquete, con esta insulsa cena artística. Qué ha sido de todas estas gentes en estos treinta años, pensaba, qué han hecho todos estos seres de mí mismos en estos treinta años. Y qué he hecho yo de mí mismo en estos treinta años, pensaba. En cualquier caso, es deprimente ver lo que estas gentes han hecho de sí mismas en estos treinta años, qué he hecho yo de mí, de todas esas condiciones y circunstancias en otro tiempo felices, todas esas gentes han hecho condiciones deprimentes y circunstancias deprimentes, pensaba en mi sillón de orejas, lo han convertido todo en algo totalmente deprimente, toda su felicidad en nada más que depresión, lo mismo que yo he convertido mi felicidad nada más que en depresión. Porque indudablemente todas esas personas fueron un día, es decir, en aquella época, hace treinta, incluso sólo veinte años, seres felices, fueron felices, y ahora no son más que seres deprimentes, deprimentes como yo, en fin de cuentas, no soy más que deprimente y no soy feliz, pensaba en mi sillón de orejas (...). (págs. 66-67)

Indudablemente, Bernhard plasma (crea) los pensamientos de su personaje sin misericordia, un personaje que observa y critica devastadoramente. Pero es una devastación creativa (perdónenme este préstamo que remeda el vocabulario schumpeteriano-capitalista), de la cual emerge para el/la lector/a una visión más aguda de sí mismo/a y de su entorno, de sus miserias y servidumbres. Es, a su curiosa forma, una novela moral. El arte del escritor es, a la manera de Proust o de Foster Wallace, meticuloso (recojo estos paralelismos gracias a un comentario de Iván Cabrera, en su comentario a Extinción), obsesivamente atento a los matices del pensamiento y de la observación que, como ya he señalado, no lo aplica solo a los demás, sino, quizá más que a nadie, a sí mismo.

En fin, como la obra de todos las/los grandes, Bernhard no se limita a una contar una historia. Esta en realidad, es lo de menos: las reflexiones de un personaje a raíz del suicidio de una artista fracasada abandonada por su marido. Lo importante es la indagación y la descripción de nuestra miserable humanidad, del arribismo y de la vulgaridad, de la grosería y de la doblez. Es el dedo en la llaga, el alcohol en la herida; es la destrucción literaria del buenrollismo artístico, la radiografía radioactiva de la sociedad. Entre otras cosas, para esto sirve la literatura.

A ver si aprendemos.








domingo, 27 de mayo de 2018

'¿Quién cuidará de mis guardianes?', de Alba Sabina Pérez


Cuando, al cabo del tiempo, uno ya le ha dado cera a los representantes más conspicuos de una novelística, a grandes rasgos, deplorable, en el ámbito local (y a unos cuantos en el nacional), dado que estos personajes ejemplares campan a sus anchas en suplementos culturales, artículos y otras tribunas escribiendo todo tipo de maravillosismos y buenrollismos ajenos y propios sin enmiendas ni rectificaciones, se encuentra con que tiene libertad para lanzar otra mirada a la creatividad. O más bien, una mirada a otra creatividad, es decir, puede comenzar a indagar en la obra de escritoras/es de exposición más discreta con la esperanza de encontrar una fuente de luz, aun vacilante (me conformo con eso) que ilumine estas tinieblas literarias. Y disculpen la metáfora, pero guardo otras más escatológicas.

Es por eso por lo que uno recoge pistas aquí y allá, lee esas obras que unas y otros a veces valoran como "injustamente tratadas", "insuficientemente reconocidas", etc., o que, sin que sea incompatible con lo anterior, pertenecen a jóvenes autoras/es, digamos en sus primeros pasos, pero que se atreven a publicar (lo cierto es que hoy las editoriales no editan, solo publican) sin demasiado pudor ni vergüenza anticipada. En el pecado está la penitencia, y llegados a este punto, son tan merecedoras/es de reconvención o de elogio como otros autores más populares y dicharacheros, aunque no disfruten de la mención del mentor habitual ni impartan cursos de escritura creativa. En todo caso, mi intención no es cercenadora sino más bien lo contrario, aunque parezca difícil de creer.

El propósito no es otro, al fin y al cabo, que experimentar, recogiendo palabras de Rafael-José Díaz, una "epifanía" artística, estética, literaria... Es encontrarse ante esa experiencia de asombro, aprendizaje y reconocimiento que solo algunas manifestaciones artísticas son capaces de suscitar. Me conformaría con una sola de las tres, no soy tan exigente. Sin embargo, y como parece lógico, esos momentos de epifanía son raros, qué le vamos a hacer. 

Por otro lado, no puedo sino apreciar el esfuerzo, como he reconocido en otras ocasiones, con el que unas y otros se empeñan en contar historias, por muy lamentables que terminen siendo los resultados. Esto no quita para que la crítica horade la superficie de la obra y saque a la luz defectos y virtudes, para que imagine otras posibilidades, para que devele lo innombrado o latente, para que reflexione a partir de ella. Es en este sentido que la actividad reseñadora consistente en elogiar sin tino, favorecer sin tapujo o glosar sin vergüenza resulta no solo una estafa informativa y un ultraje intelectual sino también una inmoralidad. Sus razones tendrán aquellas/os que la perpetran.






Así que entre otros autores más o menos jóvenes y relativamente desconocidos, aunque obtengan su elogio aquí o su mención allá, escogí por razones que van desde lo azaroso hasta la curiosidad por repetición una colección de cuentos con cuya reseña me tropecé en un par de ocasiones. Claro que es posible que casi nada de lo anterior sea cierto, y Alba Sabina Pérez sea un fenómeno literario sin parangón y yo sólo esté revelando, una vez más, mi ignorancia. 

Pero vayamos a los cuentos.

¿Quién cuidará de mis guardianes? comienza con dos cuentos yoístas: las tribulaciones de una joven allende los mares que comienza a vivir una vida adulta que no le agrada demasiado. Sí, la materia no parece que pudiera interesar a nadie más que a la escritora, y, todo hay que decirlo, la forma, el estilo tampoco ayudan. En el primero, dos amigas van en tren y conocen a otros viajeros más o menos singulares, y en el segundo, la narradora nos cuenta retazos de su juventud en Madrid. 


Siguió contando su relato, muy a nuestro pesar, aunque también con no cierta dosis de odiosa curiosidad por nuestra parte; aunque se negase a compartir con nosotras el secreto de sobrevivir a base de pipas de sandía. Y resulta que en el tiempo en el que tenían que compartir su guarida con el Matador, Nicole se empezó a hacer mujer, y él no podía más que admirar como cada mes sus pechos iban creciendo y su cuerpo adoptaba "formas de Venus". Entonces, él, que por aquel entonces también era muy joven, sintió la necesidad imperiosa de quitarle él mismo el virgo, porque, según su propio razonamiento: "¿Quién mejor?" Así que un día, no sin antes pedirle permiso, le quitó la ropa con cuidado y le hizo el amor con la precisión de un experto; aunque, según nos dijo, "también era casto hasta ese día". De todas formas sacamos nuestras propias conclusiones de hasta qué punto aquellos escabrosos detalles eran verídicos." (págs. 26-27)

Había bares nuevos llenos de diversos elementos hypsters de la recién llegada manada de cervatillos prisioneros del séptimo arte, solo que éstos no habían crecido con Garci ni con su Puro humo y quedaba poco para la maldita ley que cambió mi vida y mi forma de ver y de oler a los demás, sobre todo darme cuenta de que el tabaco disimulaba bastante bien el terrible aroma de algunos. Pronto llegó Laura, con su bellísimo rostro de inocencia que espero que aún conserve; aunque temo que la inocencia ya la habíamos perdido hacía algún tiempo, y poco quedaba de aquellas tres hippies de instituto que pensaban que en segundo de carrera sus vidas estarían encaminadas, al menos, hacia alguna parte. Entramos en uno de esos nuevos locales, ellas pidieron otro café y yo un cóctel. Necesitaba alcohol, amigas y tabaco, todo eso que no tomaba en Barcelona porque el hastío, la pereza, y el maldito cielo naranja no me dejaban. Y las tres, que nos leíamos las caras y las almas más deprisa que yo El guardián entre el centeno cuando estoy triste, por primera vez no sabíamos qué decir. Laura traía el pelo mojado de lluvia sin paraguas, y un folleto del cine con las películas que podíamos ver. (págs 32-33)


Sin embargo, el tercer cuento, . El reloj de mi padre está evidentemente más estudiado, más estructurado. Está pensado. Es probable que eso pueda parecer menos arriesgado, menos apasionado, menos romántico o cualquier otro adjetivo insensato, pero aquí ya nos encontramos con algo valioso. Ya no son las divagaciones bostezantes de una intelectualoide en ciernes, sino el relato preciso y evocador de una anécdota que trasciende. De repente, los personajes, un objeto (un reloj) y hasta un país adquieren fuerza simbólica, de tal modo que se quedan con nosotros después de leído el relato: un padre que vincula su felicidad a su reloj irrompible que se rompe, la niña que no juzga a su padre como un mentecato, sino que considera necesario intervenir, a su infantil manera, para ayudarlo; una Suiza de relojeros tal que ni evocada por Emily Dickinson... Las líneas de diálogos son las que tienen que ser. En la narración, los párrafos se engranan como si no pudiesen existir de manera independiente. Surge esa síntesis entre forma y contenido por la que la literatura cobra sentido. Un cuento corto, sencillo, que se agradece como una brisa de verano. Esto es literatura, algo que a veces ocurre cuando se dejan a un lado la pretenciosidad y el yoísmo.


Mi padre tenía los ojos aguados y la expresión muy triste. Traía su reloj fracturado en una bolsita de terciopelo que había en casa desde hacía tiempo. Era la bolsa de las joyas rotas. mi padre había sacado las joyas y las había dejado sobre el joyero de madera, y había puesto el reloj con mucho cuidado dentro. Ahora lo sacaba de su bolsa y yo tenía ganas de llorar porque nunca había visto a mi padre tan triste, ni siquiera cuando se murió mi pez. Le pasó el reloj al relojero, con mucho cuidado. El relojero lo cogió con sus manazas y miró el cristal. 
-No sé si el cristal tiene garantía, tengo que mirarlo; pero es muy raro, debe ser que vino defectuoso... 
Tenía en la frente una lupa, pero se ve que lo que le sucedía al reloj de mi padre no era tan importante como para usarla. (pág. 42)


Empecé a estar muy triste. Mi padre seguía llamando al arregla-relojes del barrio, el señor gordo, moreno y alto que no hacía nada por nosotros, y que siempre le decía lo mismo. Yo no paraba de mirar el buzón pero nunca llegaba nada. Todos los días pedía que llegase el reloj y pedía que mi mente me dejase olvidar el asunto y volver a ser feliz porque, de pronto, todas las cosas me daban igual: las notas, las vacaciones a la vuelta de la esquina, las tardes en el parque con mis amigas, las poesías en las libretas y los libros. Solo me importaba el reloj, y volver a ver cómo mi padre se lo ponía en la muñeca y nos contaba cómo aquel era el reloj que llevaban los galanes en las películas de los cincuenta, cuando la gente tenía clase de verdad, y solo quería que me dijese que siempre iba a estar brillante y que era un reloj que duraría toda la vida. Pensé incluso en coger un tren hacia Suiza, pararme en la fábrica de BlanHorloge y decirle al dueño: "¿Qué pasa con el reloj de mi padre?" (pág. 48)


Es de lamentar que la autora no siguiera por esa vía. Para mí, sólo con este cuento demuestra que tiene hechuras de escritora. Bien podría habernos ahorrado los demás.

El cuarto relato recae en la enfermedad del yo misma en la facultad y mira cuánto cine he visto, el siguiente va de cómo llenar 10 páginas con insustancialidades, y el sexto, titulado como una advertencia Ociosas banalidades consiste en las reflexiones de unos personajes contadas por un narrador omnisciente. Van de personaje a personaje cuando salta su nombre. Y uno y otro, y después el de más allá... ¿Interesante? No, banalidades. Que digo yo que para qué. El sexto, pues más divagaciones o recuerdos, qué sé yo, contadas en primera persona de cuando la protagonista tenía menos de cuatro años. Y paro de contar, que las historias no mejoran.

A mi entender, lo que otros comentaristas señalan como virtudes, como las tan traídas intertextualidades o las referencias filosófico-cinematográfico-literario-artísticas, si no se manejan bien no hacen más que convertirse en autorreferencias expresivistas que no interesan a nadie más que a la autora. A veces me da por pensar que, en realidad, uno habla de sí mismo cuando no tiene nada que contar. A pesar de las mil excepciones, supongo.

En fin, cinco años han pasado desde entonces, y Sabina Pérez ha tenido tiempo para escribir una novela y un poemario, que yo sepa. Me pregunto si habrá seguido la escondida senda que comienza (o quizá lo hace en otro lado, en algún relato olvidado, en algún párrafo escrito en una libreta perdida) con El reloj de mi padre, o está recorriendo esa autopista hacia la nada que consiste en hablar sobre sí misma y lo mucho que ha leído, lo mucho que ha visto, lo mucho que ha oído y las experiencias que ha sufrido/disfrutado y en empeñarse en contárnoslas porque, al fin y al cabo, siente esa necesidad. Me resulta llamativo que el prologuista de esta colección de cuentos sea Sergio Barreto Hernández, paisano de Sabina y autor de una novela (también reseñada en este blog) que adolecía, hasta el hastío y más allá, de esos defectos aludidos, defectos que estropean cualquier novela y que asesinan, por cierto, cualquier conversación. 







P.D. Como reseña, digamos, meliflua, por no decir algo peor, aquí.