martes, 24 de enero de 2017

'El telón', de Milan Kundera

A veces, es conveniente no leer novelas, sino reflexionar sobre ellas. O, al menos, leer las reflexiones de los novelistas sobre su arte. Este es el caso, y esta es mi primera reseña (breve) sobre algo que no es una novela. Alguna vez tenía que ser. No se asusten: el ensayo de Milan Kundera vale mucho la pena. ¿Acaso no son también Literatura los Ensayos de Montaigne? O, para citar algo más moderno, ¿no lo es Zona, de Geoff Dyer, que no es sino una dilatada reflexión respecto de Tarkovski y su obra, partiendo de la película Stalker y volviendo una y otra vez a ella?

En todo caso, El telón no es un conjunto de ocurrencias aleatorias, sino que siguen un orden y tiene un propósito: mostrar el orden histórico de la génesis y desarrollo de la novela, y, sobre todo, su razón de ser: los sucesivos descubrimientos de la naturaleza del ser humano. Kundera, autor de sobra conocido, desarrolla, basándose en la lectura de sus novelas y autores favoritos (Henry Fielding, Laurence Sterne, Herman Broch, Kafka, Cervantes, Tolstói, Flaubert, Dostoievski, Gombrowicz, García Márquez), una incipiente teoría sobre la esencia de la novela.






No es este un asunto baladí. El de la razón de ser. Pensar que una novela es una historia con muchas páginas (una mera story) o una narración con personajes más o menos interesantes no da mucho de sí. A Kundera se le nota que le molesta la frivolidad a este respecto, porque la novela, para él, es un asunto serio, de naturaleza no solo estética, sino también, o sobre todo, epistémica.


La novela no es para mí un "género literario", una rama entre otras ramas de un único árbol. No se entendería nada de la novela si se le cuestiona su propia Musa, si no se ve en ella un arte sui géneris, un arte autónomo. Tiene su propia historia, marcada por periodos que le son propios (el paso tan importante del verso a la prosa en la evolución de la literatura dramática no tiene equivalente en la evolución de la novela; las historias de esas dos artes no son sincrónicas); tiene su propia moral (lo dijo Hermann Broch: la única moral de la novela es el conocimiento; es inmoral aquella novela que no descubre parcela alguna de la existencia hasta entonces desconocida.)

Quédemonos con Hermann Broch y la "moralidad" de la novela. Quizá nos sintamos más cómodos estableciendo una definición: una novela de calidad, una novela con pretensiones artísticas es aquella que descubre una parcela de la existencia "hasta entonces desconocida".

A este respecto, y esto lo digo yo, y no Kundera, la expresión "identificarse con un personaje" pierde su carácter de tópico o de frase manida para arrojar luz sobre esta definición. Nos "identificamos" cuando, de un modo u otro, la novela o los personajes de esta articulan, estructuran, dan nombre o nos "descubren" aspectos de nosotros mismos que o bien intuíamos o bien ignorábamos o para los que carecíamos de nombre alguno. No es un asunto meramente costumbrista o descriptivo o psicológico, sino, sobre todo, existencial.

Entendiendo la novela como lo hace Kundera, una novela mediocre no lo es tanto por la técnica, como por la ausencia no ya de descubrimiento sino tan siquiera de exploración de la existencia humana. Hay escritores que parten a rumbos lejanos y se aventuran en tierras ignotas y otros que se quedan en el quiosco de la prensa, qué le vamos a hacer. Sin embargo, el peso del estilo y de la estructura ideada para la novela son parte indisoluble de esa empresa descubridora, como se apresura a señalar Kundera. Eso no está reñido ni con el humor ni con la ironía, ni tampoco tiene que ver con dar sermones desde el púlpito del GRAN ESCRITOR. Mucho menos desde un programa cultureta de La 2 o desde las páginas de una revista cool (o lo que es peor, de un suplemento cultural). De hecho, si hay un rasgo característico del novelista mediocre es la tendencia a soltar, en la misma novela, parrafadas pseudofilosóficas que suelen provocar vergüenza ajena.

El mal novelista, el novelista mediocre, es el que se limita a escribir simples historias, o el que escribe de sí mismo sin trascendencia o bien el que, en realidad, no escribe de nada. En todo caso, la novela es un proyecto estético con aspiraciones de inmortalidad: si es descubrimiento, insiste Kundera, perdurará.


Toda novela creada con auténtica pasión aspira de un modo natural al valor estético duradero, lo cual quiere decir que aspira al valor capaz de sobrevivir a su autor. Escribir sin esta ambición es puro cinismo: porque mientras un fontanero mediano es útil a la gente, un novelista mediano, que produce a conciencia libros efímeros, corrientes, convencionales, por tanto inútiles, nocivos y que estorban sólo es digno de desprecio. Es la maldición del novelista: su honestidad está atada al potro infame de su megalomanía. 
(la cursiva es mía) 


Así pues, líbranos, Señor, de los escritores modestos, de los que sólo quieren hablar a su gente, y de aquellos que han suscrito contratos de a novela por año, pero también de los vanidosos que solo quieren hablar de sí mismos, y de los ansiosos de la fama que no quieren escribir novelas, sino que le hagan entrevistas. Líbranos, por favor, de todos esos escritores/as "dignos de desprecio".

Según parece, la novela es un asunto serio.
















martes, 17 de enero de 2017

'El sepulcro vacío', de Cecilia Domínguez

¿Qué nos recuerda el título de esta novela? Si han seguido la estela de mis reseñas, la respuesta la encontrarán rápidamente: sí, Entrelazamientosla novela de Luis Junco, nos narraba las pesquisas de un investigador aficionado cuyo biografía se encontraba entrelazada con los marqueses de la Quinta Roja. El sepulcro vacío se refiere al sepulcro que la marquesa mandó construir para su hijo, el marqués, a quien por masón la Iglesia le había negado entierro en el camposanto. No obstante lo cual, al final los restos del marqués nunca encontraron acomodo en el sepulcro de la Quinta Roja sino en el panteón familiar.

Casualidades al margen (algo que Luis Junco negaría con vehemencia), me resulta curioso que haya acabado leyendo dos novelas que, en parte, tratan sobre el mismo asunto y que se publicaran con escaso margen (la novela de esta reseña en 2015 y Entrelazamientos en 2016). Por esa razón, me pregunto cuál será el lugar y la influencia en el imaginario colectivo tinerfeño de estos marqueses tan novelados cuya existencia resulta tan ignorada, sin aparentes consecuencias, para el resto del mundo.






La escritora, Cecilia Domínguez, es poeta y novelista. Parece una constante entre los escritores/as de Canarias el pluriempleo literario. Pues aunque pudiera parecer lo contrario, poesía y novela apenas tienen que ver, salvo que se utilizan palabras. Pero, en fin, supongo que otros verán perfectamente natural pasar del verso a la frase y del mundo interior personal al descubrimiento de nuevas regiones de la naturaleza humana (que es mi concepción de lo que debe conseguir una novela). Tengo la impresión, llámenme mala persona, de que parece que lo que pretenden estos poetas metidos a novelistas (no significa que sea el caso de la autora) es ampliar su nicho de mercado. O, quizá, y no es incompatible con lo anterior, que su genialidad no se puede contener en poemarios que solo leen unos pocos escogidos (por la poesía, se entiende).

En cuanto al ego, Cecilia Domínguez debe de tenerlo colmado, pues le otorgaron el mismo año de publicación de esta novela, 2015, el premio Canarias de Literatura (30.000 euracos de nada, sin contar con Hacienda), aparte de ser miembro de la Academia Canaria de la Lengua desde 2011 (sí, hay una Academia Canaria de la Lengua). Le dejo a ustedes la consideración sobre el valor y el prestigio de dicho premio. Una nota curiosa es que desde su creación en 1984 hasta 1991 se concedía de forma anual. Posteriormente, de 1991 a 1997, cada dos. Por último, a partir de ese último año se da cada 3. La posibilidad de que se acabasen las/los autoras/es dignas/os de recibir tal galardón parece haber sido una razón importante para esta ampliación de los lapsos, lo que ha motivado furibundas protestas como esta. Canarias es un rico e inagotable vergel, en todo caso. Por otro lado, y como se lee aquí, la concesión del premio a veces suscita bonitas anécdotas de solidaridad isleña. 

 Lo que no parece haberse planteado nunca, por muy raro que parezca, es la necesidad de un premio institucional de estas características. Como suele plantearse en numerosas ocasiones, tanto los premios provenientes de instituciones públicas como privadas tienen como velado objetivo otorgar prestigio no a quienes reciben el premio (que también) sino a quien lo concede. No nos sorprendería que en relación con este fin volvieran a ampliar el interregno interpremios para que coincidiera con el ciclo electoral. Siempre he pensado que el mayor premio que puede recibir un novelista es el reconocimiento de sus lectores, que a veces se materializa en ventas, a veces, no. Puede que esté equivocado.

Dicho lo cual, El sepulcro vacío muestra, de nuevo, esa escritura plana que no crea personajes de verdad. Todos sabemos que la novela es ficción, pero no estaría mal que se esforzaran por crear la ilusión de que existen los personajes que la pueblan, al menos mientras leemos. La diferencia entre una novela tremenda como Las correcciones (por citar una moderna) y una novela que no lo es como El sepulcro vacío no consiste en el interés intrínseco de las historias de una y otra sino, sobre todo, en la presencia de los personajes. Exagerando, podemos decir que en una hay personajes y, en la otra, meros nombres.  En una se nos habla de todos nosotros y en otra, de cosas que pasan.

Sin embargo, el problema mayor de la novela es que aburre. Eso sí, no es pretenciosa. Aunque uno no sabe bien si es por falta de recursos o por falta de ganas. Ciertas transiciones temporales son abruptas y evidencian cierta prisa por llegar a lo que la autora tiene interés en contar. No obstante, y aunque la novela requiere de elipsis (como el teatro o el cine) también es cierto que, como decía Nabokov, el arte está "en los divinos detalles". 

Todas le parecían hermosas, y, sobre todo, una de ellas llamó su atención. Era una muchacha morena, de ojos grises y vivos que a él se le antojó diferente a las demás. Y esta es Andrea de Alfaro. Ella le sonrió y, al estrechar su mano Pablo creyó notar un ligero temblor que luego quiso achacar al aire de otoño que ya empezaba a hacerse sentir. 
La mansión seguía esperándolo. 
Se encontraban bajo una marquesina que había en el centro de una plaza frente a la casa donde Andrea recibía clases de francés. No eran encuentros furtivos, pero los dos sabían que era un buen lugar, sobre todo porque no estaba cerca de donde vivía cada uno.


Pim, pam, ya son novios, para qué molestarse, que hay prisa por llegar a la acción principal. Por no hablar, también, de cierta pobreza expresiva y que es nota predominante en toda la novela. De una frase a otra pasan meses, de repente. Además, hay saltos al pasado en mitad de la narración que quizá pretenden aclarar algún punto del presente de la novela, pero que resultan innecesarios y que dan la impresión de que están mal colocados. Así, por ejemplo, cuando se nos cuenta que Matías, el jardinero, huye para escapar de las preguntas de Pablo, el joven marqués. Capítulos más tarde, aparece en el sur de Tenerife, en una zafra en la finca de un amigo.  Inmediatamente a continuación, todo el proceso de su huida. A estas alturas, no se puede ser un fanático de la unidad de tiempo y lugar y volver a Aristóteles. Pero todo tiene que tener una intención, que contribuya al desenvolvimiento de la narración o a determinada finalidad expresiva. En esta novela, sospecho que algo no anda bien en la estructura narrativa.

Además, y esto es ya manía personal, comienza a irritarme en estas lecturas la constante de que los personajes femeninos nunca tienen los ojos marrones: suelen ser de color miel (como si no hubiera tonalidades en la miel), azules o grises. Pero nunca marrones. Los ojos marrones están prohibidos, por favor. Si son marrones no se les nombra, para qué, son ojos normales. Pero ¿qué importancia tiene que sean grises como las nubes de lluvia, azules como el mar o rojos como el pimentón? Me da que nada. 

Tampoco me importa que los diálogos se sucedan en el mismo párrafo sin que nada distinga una voz de otra. Al fin y al cabo, son licencias literarias. No es que se pretenda castigar al lector, por Dios, sino que le exige atención para que no se le vaya el hilo. O bien, es una modernez que prescinde de rígidos convencionalismos y tal. ¿No lo hizo Saramago? Pues adelante. Eso sí, para salvarnos del caos total, coloca entre comillas bajas los pensamientos. Lo que molesta de verdad, en cualquier caso, es que los diálogos sean anodinos y la narración, banal:

Se dio cuenta de que, al menos, las plantas y la pintura eran para su madre un alivio para la carga de sus días, una fuente de equilibrio y hasta de cierto placer, aparte de que le transmitía la seguridad de que aún podía controlar ciertas cosas de su vida. Tú siempre has tenido buena mano para las plantas, igual que para la pintura. Ya me lo aseguraban abuela Eulalia y Matías. A propósito de tu abuela, dentro de poco cumplirás veinte años y, aparte de que tendrás que empezar la carrera e ir a la ciudad de Aguere a estudiar, lo que no creas que no me preocupa, tendrás que prepararte porque cuando menos lo esperes, serás dueño y señor de la casona ¿Y qué piensas hacer? La voz sonó tan ansiosa que Pablo hubiera querido prometerle que se quedaría allí con ella. No lo hizo, aunque deseó mitigar sus temores. Aún no lo sé, madre, pero no pienses que te voy a dejar sola. No sé, Pablo, los hijos ya se sabe, cuando se hacen mayores. Además yo no volveré a vivir en esa casa, lo sabes muy bien.

La llegada de Pablo, acompañado de Andrea la salvó de nuevos comentarios. «Seguro que me iba a hablar de lo demasiado liberal y poco religiosa que es esa familia y no sé cuántas cosas más». Buenas tardes, sobrino, precisamente estábamos hablando de ti y de tu viaje. Imagino que esta señorita es Andrea. Encantada, soy Berta, la tía de Pablo. Isabel me ha estado hablando muy bien de ti. Pablo miró a su madre que lo reprendía por no haber presentado a su novia con mayor premura. Déjalo, mujer. Si apenas le ha dado tiempo. Fueron unos instantes embarazosos que él pretendió aliviar preguntando por su primo. Seguía con el mismo problema con los idiomas, por lo que este año le habían prometido un viaje a Londres si conseguía aprobarlos. Si hubiéramos sabido que te ibas a París... El estaría encantado de acompañarte. me imagino que dominas el francés ¿no? Andrea notó que Pablo hacía verdaderos esfuerzos para no responderle una impertinencia, e intervino. Londres es una ciudad preciosa, seguro que a su hijo le gustará y le vendrá muy bien para reforzar su inglés. Sí, desde luego, querida, y espero que tengas razón y David regrese hablando un inglés perfecto.


Quizá todo lo anterior sean tonterías, minucias que no desmerezcan la novela en su conjunto. En todo caso, está por demostrar que aporten algo.

En fin, en mi vida anterior, y siendo liberal en el derroche de tiempo, habría abandonado el libro sobre la página 20. Ahora que cargo con la responsabilidad que supone un público, me he esforzado por continuar, buscando algo notable que comentarles. 

En la página 112, desistí, que una cosa es paciencia, y otra, temeridad en el aburrimiento.



miércoles, 11 de enero de 2017

'Las calmas aparentes', de Federico J. Silva

Haciendo un recorrido por las reseñas de otros escritores metidos a reseñadores, me he encontrado, respecto de esta novela, descripciones fascinantes tales como "novela caleidoscópica", "libro para leer rápido y pensar despacio", "libro canalla, poético y rayuelo" o "una de esas novelas que se quedan cuando todo se va apagando". 
Lo de "rayuelo" y "caleidoscópica" se entiende porque la novelita (76 páginas) está compuesta de LIX pasajes o fragmentos o escenas o monólogos interiores y que se puede leer de dos maneras, de principio a fin o en plan piezas que se ensamblan por aquí y un poco de metaliteratura por allá. En principio, estos juegos arquitectónicos no me llaman la atención, pero tampoco es que vaya a quemar el libro por eso. Si lo hizo Cortázar...





Dejemos la arquitectura de lado, por un momento y centrémonos en la historia y en el estilo. Respecto de lo primero, lo que nos cuenta no es demasiado original, pero tampoco aburre: un periodista amargado que añora días mejores y que despotrica contra el curso que ha tomado el periodismo de ahora (todos sabemos que hubo una Edad de Oro en el periodismo, lo que ocurre es que nadie sabe muy bien cuándo fue ni cómo acabó). Este señor tiene una relación amatoria con una señora, que fue muy roja en su juventud y que, al parecer, es una leona en la cama y que engancha a los hombres con el sexo, como al periodista. Además, al rato aparece otro periodista, Manu, que se vuelve un Caballo de Troya en la redacción, y un personaje (creo que es político), Fernan, que le da por el cruising, y otra periodista más, Maica, que acabará por ser la preferida del protagonista (por lo que el arma del sexo no es tan definitiva como parecía) y escribe una novela que.... Algún personaje más hay y alguna cosa más pasa, pero es que soy muy bueno resumiendo y Las calmas aparentes se acaba pronto. Así pues, aparte de la(s) historia(s) de los personajes, hay crítica social, reflexión sobre el capitalismo de los últimos tiempos, el servil papel del periodismo y tal. 

Lo que no está nada mal. Lo de la crítica, digo.


PERO respecto del estilo: es probable que los seguidores de la obra poética del autor hayan quedado embelesados por las vueltas de tuerca creativas de las que, según dicen, hace gala ("transgresor y juguetón", señala Alexis Ravelo). En mi opinión, si de algo carece esta novela, lamentablemente, es de Literatura. Apenas alguna frase, algún adjetivo se salvan del estilo periodístico que impregna la novela, y que no emana de la personalidad de algún protagonista. No. Estilo periodístico que, se entiende, no es ningún elogio, sino un defecto grave. Me refiero a esa forma plana y estereotipada de contar las cosas, ese uso típico de unir sustantivos con adjetivos, de verbos con adverbios y, sobre todo, ausente de ideas. Lo dicho, apenas un átomo de Literatura, apenas una gota de escritor, por mucha denuncia que exprese.


Él me gusta y yo le gusto cuando callo y parezco como ausente aunque me rehúye y no me saluda con un beso como los demás de la redacción. Fue a consolarme cuando el director me echó la bronca. Mi primer trabajo después de terminada la carrera puesto que las prácticas en la televisión autonómica no cuentan. Empecé haciendo Cultura porque puse en el currículo que me fascina leer y quiero ser escritora y es el vía crucis habitual para ir soltándose en esto. No me creo mejor que nadie y na más que presumo de lo que he leído. Con el tiempo aprendí que era la sección de menor importancia en los medios y en el país y si la cagaba no pasaba nada.


En esta profesión por desgracia el intrusismo está generalizado, que a mí no me inquieta, aunque suele ser esa gente la que no dura mucho en esto. Cuando llega empieza a dejarse querer por los políticos y los prebostes empresariales para ir trabajándose un gabinete de prensa en el que vegetar y montarse. (...) Me la pela si no tiene el título porque tengo compañeros que tampoco lo tienen y me darían clases de periodismo hasta hartarse. Lo que sí me jode es que esté con lo de que esto se aprende en el primer día de clase y en la cafetería si leyeran El libro de estilo eso hay que saberlo como el Padrenuestro y el himno del Madrid, como si él lo hubiera escrito, el capullo.


Yo siempre he necesitado sentirme deseada. Estoy acostumbrada a llevarme al actor principal de la obra. Me hace sentir bien. No soporto que me rechacen. Mataría si eso ocurriese. No paré hasta que me levanté a mi antiguo jefe de negociado. Lo marqué desde que dijo que era hombre de una sola mujer. Se equivocaba. No te preocupes te guardaré el secreto. En esta ocasión es diferente. Asun dice que vivo en un mundo de espejos y que mis relaciones se hacen añicos cuando te cansas de las imágenes que reflejan. Ella es la mujer de las frases ingeniosas y de los libros de autoayuda. Y no estoy para sus sentencias de perfecta casada.


Hay algo que he venido notando, una especie de característica común, en las novelas de los autores canarios que he venido reseñando: cuanto más se esfuerzan por transcribir un habla coloquial o un idiolecto particular, más forzado parece el estilo. O eso, o se pasan al estilo folleto de Ayuntamiento. Les falta, a falta de otro término más preciso, naturalidad. Así, a los personajes les falta color, sustancia, corporeidad; uno tiene, a veces, que indagar quién está hablando/pensando en un momento determinado porque no están bien delineados. Les falta personalidad. En algún sitio leí que los poetas se ocupan de las palabras y los novelistas, de personajes. En esta novela, faltan ambos.

Algo bueno: no aburre. Bueno, no aburre demasiado. Tanto por la estructura (LIX pasajes) como por la extensión (76 páginas), no me sentí animado por ideas de aniquilación personal. A esta edad ya nota uno cómo la percepción del tiempo ha cambiado. ¿Qué es una hora leyendo? He perdido el tiempo con cosas peores, para ser sinceros, pero le falta poco.

No obstante lo anterior, uno se pregunta para qué escribir esta novela y para qué leerla. ¿Qué animó a un poeta laureado a embarcarse en la escritura de una novela o algo parecido? ¿Exploración? ¿Convertirse en un literato polivalente? ¿Vanidad? ¿Le convenció también una amiga reseñadora?

Algún día conoceremos la verdad.






lunes, 2 de enero de 2017

'El malogrado', de Thomas Bernhard

En mi afán por presentarles y reseñarles las últimas novedades, en esta ocasión me he decidido, por razones de motivación y oportunidad, por El malogrado, una novela de Thomas Bernhard, publicada en 1983. Es una novela, pues, que lleva de actualidad 33 años, lo que no está nada mal. Nuestro autor murió en 1989, por lo que esta obra no puede calificarse, con propiedad, de obra de juventud. El libro ha padecido numerosas reseñas (incluida esta), pese a lo cual no tengo la impresión de que jamás haya sido un libro popular, al menos en España, al menos en Canarias. Nadie te aborda por la calle y te suelta: "¡Oye, que he leído El malogrado!" o, "¡Menudo cabronazo, el Bernhard!"; ni cuando dos pedantes se encuentran y comienzan a enumerar los libros que los/las han marcado suelen citar esta novela ni al autor. Sin embargo, puede que esté equivocado; nunca hay que subestimar la propia ignorancia.

Así son las cosas.




Sin embargo, la novela da mucho de sí. No sé si es fácil de leer o no. Diría que no, en un principio. Cuando la compré a cargo del presupuesto familiar en El Círculo de Lectores, hace ya 27 años, no pude con ella. Les advierto que he sido de maduración tardía, pero de excelentes frutos, así que no hagan caso a aquel muchacho y sí a este hombre pletórico que les escribe. Debe de ser que me regocijo con la mala baba de un escritor, pasada por el tamiz del talento literario (qué es el talento, dime, mientras clavo mi dedo en tu pupila azul). Así que cómo no emocionarme cuando leo fragmentos como los siguientes:

La ciudad de Salzburgo misma, que hoy, recién pintada hasta el último rincón, es todavía mucho más horrible aún de lo que era entonces, hace veintiocho años, era y es contraria a todo lo que hay en un ser humano y lo aniquila con el tiempo, de eso nos dimos cuenta enseguida y nos fuimos de ella a Leopoldskron. Los salzburgueses fueron siempre horrendos, como su clima, y si hoy llego a esa ciudad no sólo se confirma mi opinión, sino que todo es todavía mucho más horrendo.

 Todos los años, decenas de millares de alumnos de escuelas superiores de música recorrían el camino del embrutecimiento de las escuelas superiores de música y perecían a causa de sus incompetentes profesores, pensé. Hasta llegan a hacerse famosos y, sin embargo, no han comprendido nada, pensé al entrar en el mesón. 

Aborrecía a los hombres que decían lo que no habían pensado hasta el fin, es decir, aborrecía a casi toda la humanidad. Y de esa humanidad aborrecida se apartó finalmente hace ya más de veinte años. Era el único virtuoso del piano de importancia mundial que aborrecía a su público y que, real y definitivamente, se apartó de ese público aborrecido. No lo necesitaba.

Odiaba aquellas habitaciones y odiaba el contenido de aquellas habitaciones y, cuando salía de la casa, odiaba a las personas que había ante la casa, era de repente injusto con todas aquellas personas, que sólo querían mi bien, pero precisamente eso, con el tiempo, me atacó los nervios, su altruismo ininterrumpido, que de pronto me repelió profundamente.

Le había hecho que tocara para él, para poder volver a dormirse, dijo Franz, porque la verdad era que el señor Wertheimer padecía siempre de insomnio, y luego le decía por la mañana que tocaba como un cerdo

Salzburgo: la patria de todos los melómanos, incluidos los de provincias de ultramar con ínfulas artísticas (y que en sus ciudades apoyan con vesania la organización de festivales internacionales de música clásica a cargo de los presupuestos públicos), queda desmitificada en un solo párrafo. ¿A cuento de qué viene todo esto? Pues de que la novela cuenta las trayectorias vitales de tres pianistas y de su destino, todo pensado por uno de ellos, que ejerce de narrador, o, más bien, de pensador. De hecho, "pensar" es el verbo más utilizado, y casi seguro que "odiar" es el segundo, no por casualidad. Los tres se conocen como estudiantes precisamente en Salzburgo, en el Mozarteum /una escuela superior de música) y ahí perfeccionan su técnica con la intención de labrarse un nombre como pianistas.

Como hemos señalado, la novela se cuenta desde el punto de vista de uno de los tres virtuosos (aunque hablando con propiedad, sólo uno, Glenn Gould, se convirtió en tal). El torrente de pensamientos, ordenados, eso sí, del protagonista nos relata las relaciones entres los tres personajes, el devenir de sus respectivas vidas y sus finales. Esta forma de narrar es un verdadero peligro en escritores más torpes y más pretenciosos, pero a Bernhard, a mi parecer, no se le puede aplicar ninguno de esos adjetivos. No es una novela de acción, precisamente. De hecho, más de la mitad de la novela transcurre entre el momento en que va a entrar a una posada y en el que, ya dentro, espera a la posadera. Digamos que, en el tiempo del narrador, cinco minutos; en el nuestro, lo que se tarde en leer ciento cincuenta páginas. Después va todo un poco más rápido.

Es, además, una obra sombría, de pensamientos oscuros, de fracaso, de rechazo, de suicidio, de muerte, en definitiva. De los tres estudiantes, sólo uno, Glenn Gould llegará a ser famoso mundialmente. Los otros dos, Wertheimer y el narrador, más tarde que temprano, renunciarán a la música. La razón es que frente al genio de Gould, nada pueden ni el talento ni el trabajo. Aunque puedas ser mejor que el resto, siempre estarás por debajo (aunque sea un escaloncito de nada) de Gould. Eso, claro, resulta insoportable:

Wertheimer había puesto todas sus aspiraciones en la carrera de virtuoso pianistico, como tengo que decir, yo no había puesto ninguna aspiración en esa carrera de virtuoso, ésa era la diferencia. Por eso, él se sintió mortalmente afectado por los compases de Goldberg de Glenn, no yo. Ser el mejor o no ser nada había sido siempre para mí mi pretensión, en todos los aspectos. Por eso acabé finalmente también en la calle del Prado, en un anonimato total, ocupado en mi insensatez de escritor. El objetivo de Wertheimer había sido el virtuoso pianístico, que demuestra al mundo musical su maestría año tras año, hasta derrumbarse, por lo que sé de Wertheimer, hasta la senilidad avanzada. Ese objetivo se lo quitó Glenn del anzuelo, pensé, cuando Glenn se sentó y tocó los primeros compases de las variaciones Goldberg. Wertheimer había tenido que oírlo, pensé, había tenido que ser aniquilado por Glenn. Si no hubiera ido yo entonces a Salzburgo y no hubiera querido estudiar sin falta con Horowitz, habría continuado y habría logrado lo que quería, decía Wertheimer a menudo.

La novela, es, grosso modo, una reflexión sobre el arte, no circunscrito a la música, y sobre la justificación de la propia existencia. Sobre la autoexclusión de la vida, sobre la amistad. Sobre el narcisismo y el maltrato a los demás. De la soledad. El lector poco avezado, por la estructura de la novela puede sentirse, en algunos momentos, arrastrado por la corriente del pensamiento del narrador. Incluso sobrepasado, confundido, atribulado (pero no arrebolado, salvo que tenga pretensiones artísticas). A veces, es bueno dejarse llevar. Y el estilo (aunque sea una traducción) lo es casi todo.

Supongo que podría pensarse que esta es una novela no apta para melómanos/as por su contenido brutalmente desmitificador del arte y de la música. No obstante, quizá es también la novela indicada para ellos/as. El reverso del genio es el malogrado; del éxito, el fracaso, etc. Las historias que nos presentan los medios de comunicación y los tomos académicos son las del triunfo de la voluntad, cómo no.

El noventa y ocho por ciento de todos los estudiantes de las escuelas superiores de música ingresan en nuestras academias con las más altas pretensiones y, tras terminar la escuela superior, pasan los decenios de la vida como lo que se llama profesores de música, de la forma más ridícula, pensé. Esa existencia se me evitó a mí y se le evitó también a Wertheimer, pensé, pero también aquella que nunca he odiado menos, y que lleva a nuestros pianistas conocidos y famosos de una gran ciudad a otra y, finalmente de un balneario a otro, y finalmente de un poblacho de provincia a otro hasta que los dedos se les paralizan y la senilidad del intérprete se ha apoderado de ellos totalmente. Si llegamos a algún pequeño poblacho, veremos con seguridad, en un cartel clavado en un árbol, el nombre de nuestros antiguos compañeros de estudios, que, en la única sala del lugar, la mayoría de las veces una posada degenerada, tocan Mozart, Beethoven y Bartók, pensé, y se nos retuerce el estómago.

Diríamos, sobre todo tras la penúltima polémica del Festival de Música de Canarias (guiño local), esa reflexión sigue siendo de actualidad. Oyendo a algunos, la música (sobre todo la clásica) cohesiona la sociedad, la unifica porque trasciende las clases, la eleva por encima de su vil materialidad y nos hace mejores, lo que es coherente con una visión despolitizada del mundo. Como dice un amigo mío, sólo les falta levitar: Sin embargo, por mucha Música, por mucho Arte, por mucha Cultura que se irradie desde los Auditorios, museos, salas de exposiciones y demás, la desigualdad, la pobreza y demás lacras creadas por nosotros mismos siguen estando ahí.

Por no hablar del público, con esa mentalidad de consumidor de supermercado. Por no hablar de la reificación del artista...

Nuestra existencia consiste en estar continuamente contra la Naturaleza y actuar contra la Naturaleza, decía Glenn, en actuar contra la Naturaleza es más fuerte que nosotros, que, por altanería, nos hemos convertido en un producto artístico. Al fin y al cabo no somos seres humanos, somos productos artísticos, el pianista es un producto artístico, un producto repulsivo, decía de forma concluyente. (...) En el fondo, queremos ser un piano, dijo, no un ser humano, sino un piano, durante toda la vida queremos ser piano y no ser humano, huimos del ser humano que somos, para ser totalmente piano, lo que, sin embargo, tiene que fracasar, pero en lo que, sin embargo, no queremos creer, según él.

Bernhard nos habla, en definitiva, del reverso de la genialidad, pero sobre todo de sus víctimas: los malogrados. Añadiría que sobre el coste de alcanzar el virtuosismo en cualquier especialidad. Ese sentimiento de pesar que atenaza cuando le cuentan a uno todo lo que ha sufrido tal o cual deportista para llegar a la cima. Hoy en día, la genialidad ha mutado del músico al deportista de élite. La pregunta es: ¿les valió la pena a todos esos cientos, miles de individuos que se quedaron atrapados en la sombra? ¿Les valió la pena incluso a los que obtuvieron el éxito? Esto también nos sirve para cuestionar el énfasis exagerado en la denominada cultura del esfuerzo o de la meritocracia. No es demasiado discutible que cierto nivel de competencia en ciertos ámbitos es útil. Y que sin esfuerzo, nada se consigue. Todos de acuerdo. Sin embargo, con la precaución de no caer en esa filosofía del aforismo que tanto detestaba Bernhard, también deberíamos cuestionarnos si en muchos ámbitos no deberíamos sustituir la competencia por la colaboración, la rivalidad por la solidaridad, y el mérito por la compasión.

Comenzamos bien 2017.






miércoles, 28 de diciembre de 2016

'El lamento del perezoso', de Savage

Como no todo va a ser canariedad ni rusofilia, hoy toca una novela traducida del inglés. Como viene siendo habitual, no conocía a este señor, Sam Savage, de nada, lo que, al no ser un clásico ruso, creo que es algo bueno: a veces, salgo indemne de la publicidad y las campañas de promoción de libros, películas y demás mercancías culturales. A la sazón, el autor ya es talludito (nació, al parecer, en 1940) y cría canas desde hace mucho tiempo. Su anterior novela, Firmin, publicada en 2006 alcanzó mucho éxito, pero, ya ven, yo estaba en Babia por aquel entonces. El caso es que el hombre es doctor por Filosofía, lo que ya merece un enarcamiento de ceja, al menos.





Además, Savage, además de sus pinitos filosóficos, tuvo una vida antes de publicar su primera novela en 2005 (¡escrita en verso!) y luego el éxito en 2006. No todo van a ser jóvenes revelaciones, estrellas rutilantes en el firmamento y promesas que ya son una realidad. Hay también escritores viejos que escriben muy bien y que tienen algo que decir. Con muy mala leche, añadiría. 


Apreciada señora Lipsocket:   Lleva usted cuatro años enviándome regularmente sus poemas. Durante los tres primeros me esforcé en comentarlos, en ofrecerle a usted el consuelo de unas cuantas trivialidades, no sin darle a entender, taimadamente, que me dejara en paz de una pajolera vez. Y, sin embargo, ha persistido usted en el empeño, contra viento y marea. Me ha escrito cartas lastimeras. Me ha estrujado el corazón con el relato de sus sinsabores literarios, de los cuales me he ido compadeciendo; sus ambiciones desmesuradas, tan parecidas a las mías; sus problemas ováricos; la crueldad del comité de su biblioteca; y los devaneos de su marido, que no considero de mi competencia. Ha sido usted causa de que durmiera mal, soñando que apaleaba animales pequeños. Ante todo ello, me rindo. No conservo copia de sus intentos anteriores, y los de ahora me parecen peores que nunca, de modo que lo dejo a su elección: dígame que seis versos quiere que le publique. Luego, no volveré a abrir ningún sobre que proceda de usted.  
                                                                    Atentamente,                                                                                               Andy Whittaker


La novela tiene forma epistolar en sentido amplio: no es que el protagonista escriba cartas: a su exmujer, a su hermana, a su madre, a la enfermera que cuida de su madre, al director de la residencia para ancianos, a un antiguo amor, a sus antiguos amigos (algunos de los cuales sí han descollado en el mundillo literario), al periódico (habitualmente, firmado con un anagrama de su nombre), a los colaboradores de su revista, al banco; sino también anuncios de alquiler de pisos, listas de la compra, fragmentos de su primera novela, reclamaciones a la compañía eléctrica, reclamaciones a la compañía de teléfonos, notas a la asistenta circunstancial, notas a los inquilinos, etc. Así pues, leemos todo lo que escribe el protagonista, que se nos presenta como el único editor de una revista literaria en trance de desaparecer (después de que su mujer lo abandonara) llamada Soap y casero de pisos pobres cuyos inquilinos muestran la fastidiosa tendencia a no pagar. Todo esas notas y cartas constituyen los fragmentos de una narración mayor: las insignificantes aventuras y desventuras de Andy Whittaker, cuyos delirios de grandeza literaria y comercial, su mala leche en el trato social y su proceso de desintegración personal rayan todos a la misma altura lamentable.


(...) Pobre Harold, con lo maravilloso que siempre has sido escuchando. Yo, en la facultad, hacía chistes a costa del "ingeniero agrícola" que tenía por compañero de cuarto, divirtiendo a mis amigos con el relato de tu ineptitud y de tu bucólica ignorancia, sin olvidar tu cómica manera de pronunciar algunas palabras poco corrientes. Aún me viene una sonrisa a los labios al recordarte diciendo "pletora" y "áchares". Marcus Quiller y yo solíamos competir a ver quién lograba que introdujeras algunas de esas palabras en la conversación.


   Querida Peg: Gracias por tu nota. Ya estaba al corriente: yo fui el peor disgusto de papá, y tú eras una princesita. Eres tan desagradable que me arrepiento de haberte escrito. Antes de que leyera tu encantadora nota, con sus referencias a mis capacidades físicas e intelectivas, existía en el mundo una gran cantidad de deliciosas fotos tuyas en todas las fases de la niñez, incluida una a lomos de un poni. Si quieres que te mande una caja con los pedacitos, no dejes de decírmelo.                                                                            
                                                                                          Tu hermano,                                                                                                          Andy


   Apreciado Dahlberg: Primero me acusa usted de rechazar su trabajo por algún prejuicio mío anticanadiense y ahora me dice que gracias a haber publicado en Soap ha conseguido por fin echar un polvo. ¿Qué espera que haga con semejante información?                                                                                                                                                                                     Andy

Es el mundo de Andrew Whittaker uno sin ordenadores ni teléfonos móviles. Un mundo sin emails, por tanto, pero con televisión. Así que sólo quedan la máquina de escribir, la pluma o el bolígrafo, el papel, el sobre y el sello. Qué mundo tan complicado. Y qué distante parece. Sin embargo, no siempre hubo blogs ni Internet. Hubo un tiempo, incluso, en el que los literatos locales manifestaban fuertes enfados y sostenían agrias discusiones (que llegaban incluso a los periódicos) cuando no se les incluía en las Antologías, que, por alguna conmemoración, celebración o subvención (¡ay!) algún académico de más o menos lustre tenía a bien escribir. Era una forma de ingresar, según creían, en la memoria colectiva, una forma de evitar el olvido. Algunos autores/as todavía no se han recuperado del disgusto. Hoy, en cambio, hasta un Soap tiene su sitio en la red.

Por otro lado, y volviendo a El lamento del perezoso, es difícil, a medida que transcurre la novela, identificarnos con un personaje tan minucioso en el recuento y en el recuerdo de las afrentas recibidas (reales o imaginadas), tan prolijo en la descripción de su estado existencial, tan cercano al colapso mental y físico, tan ofensivo en el trato (memorable es la escena en la consulta del médico a donde acude a curarse un dedo), y, al mismo tiempo, tan liberal en el derroche de su energía en su condición de exigente editor de su revista, novelista a tiempo parcial, de casero (o, como prefiere denominarse, director de la Whittaker Company) y, sobre todo, de buscador de afecto. Afecto que, ya lo comprobarán, se le niega de manera inapelable. 

No obstante, aunque descritos de manera hiperbólica, hay rasgos de la personalidad del personaje que, sin duda, están latentes en nosotros: la vanidad, el egoísmo, los sueños de grandeza sin fundamento, y el presentimiento, cuando no la certeza, de haber llevado una vida desperdiciada. El estancamiento, la incapacidad o la desgana en avanzar, en salir de los propios vicios y rutinas que no nos ayudan a vivir mejor,tienen su metáfora en el perezoso, de cuya vida y hábitos se vuelve casi un experto el personaje. 


Lejos de ser como unos solitarios siempre de mal humor como los retratan en los libros ilustrados sobre la fauna, los perezosos son, en el fondo, unos seres la mar de sociables (he estado a punto de escribir "unos pequeños seres", a pesar de lo grandes que son: es que se acostumbra uno a quererlos, y "pequeños seres" recoge bien este sentimiento). De hecho, por naturaleza son bastante más gregarios que los perros. Pero quién ha oído hablar nunca de una manada de perezosos. Y aunque arden en deseos de mover el rabo, el caso es que no pueden hacerlo, porque no tienen rabo, carencia que viene a ser, en gran medida, un compendio de todas sus dificultades. En vez de andar por ahí retozando en pandilla, están condenados (ahí la trampa) a pasar sus días en la más completa soledad, invirtiendo las poquitas horas de vigilia que natura les concede cada día a arrastrarse con glacial lentitud entre las ramas de un solo árbol de buen tamaño, hasta el punto de que algunos observadores se vuelven locos de aburrimiento, o casi, sólo por estar mirándolos. En ese único árbol consisten su casa, su ciudad, su mundo.

Cierta incomodidad, les advierto, les acompañará durante la lectura de la novela, a pesar de la comicidad amarga de muchas de las situaciones. Como suele decirse, Andrew es un personaje tragicómico. Yo creo que tiene más grandeza que ese mero apelativo: una mediocridad tan inmensa y ambiciosa no se la puede meter, sin más, en una caja y arrojarla al camión de la basura.

Merece un sitio en nuestra biblioteca.








viernes, 23 de diciembre de 2016

'Los nuestros', de Dovlatov

A pesar del título, no vayan a pensar de manera precipitada que he escogido esta novela como trasunto irónico de esa expresión tan canaria, tan nuestra, que es, precisamente, lo nuestro (la válvula sigmoidea del corazón de la esencia de nuestro ser intemporal atlántico): las papas con mojo son lo nuestro, el carnaval es lo nuestro, el seseo es lo nuestro, decir "mi niño/a" al final de cada frase es lo nuestro, la lucha canaria (el deporte vernáculo por excelencia) es lo nuestro, el palo canario es lo nuestro, el silbido gomero es lo nuestro, el Teide es lo nuestro, la playa de Las Canteras es lo nuestro (la mejor playa del mundo según todos aquellos que han tumbado sus canarios cuerpos en todas las playas del mundo), los trajes típicos son lo nuestro, el tipismo mismo es lo nuestro, la Virgen de la Candelaria y la Virgen del Pino son lo nuestro, los guanches son (un rato) lo nuestro, el sentirnos europeos (el otro rato) es lo nuestro, los alisios son lo nuestro, los microclimas son lo nuestro... Sin embargo, nunca se habla de que lo nuestro sea también la corrupción política y empresarial, el clientelismo político, la evasión fiscal, las oligarquías isleñas, el desprecio feroz por los pobres, la desigualdad económica, los barrios desasistidos y azotados por la miseria, la superstición rampante, la ignorancia, las tasas impresionantes de paro, de abandono escolar, de violencia de género... No, eso no es lo nuestro.

No, qué va.

Bueno, que descarrilo y se van a creer que están en el otro blog.



Vayamos, ahora sí, a lo nuestro: este libro cayó en mis manos por casualidad. Mejor diríamos re-cayó. Recuerdo haberlo leído hace como quince años, y que me gustara.Por decirlo así, en plan soso. El resto es silencio. Quince años después, tras encontrarlo huroneando en la biblioteca de la casa familiar, lo he vuelto a leer y la impresión es inmejorable: que se te escape un principio de carcajada a cada rato es buena muestra (para mí, al menos): ahuyenta la pesadumbre de vivir entre tanto/a miserable.

También es cierto que en una lectura influye la anterior. Por ejemplo, después de leer El tren delantero, cualquier cosa me habría parecido excelente. Así, comencé con Entrelazamientos, que la juzgué de una manera muy positiva. Creo que con justicia. Es probable, no obstante, que saliera muy reforzada por comparación con aquella cosa perpetrada con malos modos y, según parece, casi por encargo, aunque fuera un encargo amical. De la misma mala manera, después de sufrir Vs., y dando tumbos en la vida y sin poder darme al alcohol, rescaté Los nuestros del pozo del olvido.

Claro, me pareció genial.

No obstante lo cual, creo honradamente que a Dovlatov deberíamos quererlo todas/os (para su biografía, cúrrenselo un poco y lean el prólogo o la wikipedia, que no estoy yo hoy para semblanzas): 


En cierta ocasión, su batallón participó en un asalto. Mi abuelo se lanzó al ataque. Las piezas debían cubrir con su fuego a los atacantes. Pero los cañones callaban. Como se supo más tarde, la espalda de mi abuelo impedía ver las fortificaciones del enemigo.


Con la vejez, su carácter se estropeó definitivamente. No se separaba de su pesado bastón. Los últimos años de su vida, el abuelo ya no se levantaba. Se quedaba sentado en su hondo sillón junto a la ventana. Y si alguien pasaba junto a él, el abuelo exclamaba:
-¡Largo, ladrón!
Y estrujaba el pomo de bronce de su bastón.


Antes de la guerra mi tío decidió ingresar en la universidad y hacerse filósofo. Una decisión más que natural en una persona carente de un objetivo concreto en la vida. Toda la gente con una percepción confusa y nebulosa de la vida sueña con dedicarse a la filosofía


Me han ofendido pocas veces, la verdad. En tres ocasiones en toda mi vida. Y las tres veces fue mi tío.
-¡Intelectual! -me gritaba-. ¡Carroña! Más que un hombre pareces un trapo...


Qué quieren que les diga, esto último suena tan grato en una época como la nuestra en la que todo o es promoción o es pretenciosidad o las dos cosas a la vez...


Me dirigí al parque Udelni. Varios edificios iguales de color marrón aparecían rodeados de arbustos ralos y algunos árboles. Por los caminitos paseaban los enfermos vestidos con idénticas batas grises. Las batas eran o demasiado grandes o pequeñas en exceso. Parecía como si obligaran ex profeso a las personas altas a llevar las tallas pequeñas, y a los pacientes de menor estatura y más escuálidos, las más grandes.


Mijaíl crecía hosco y reservado. Escribía versos. Organizó un grupo futurista en el Lejano Oriente. El propio Mayakovski le escribió una carta moderadamente insultante y amistosa.

(Un capón para el -ya añejo, distante- traductor y, también, para el corrector, en el caso de que lo hubiera. En el libro escribe "osco" cuando en realidad debería decir "hosco". Eso lo sabemos todos sin necesidad de acudir al original ruso)

El libro es así todo el tiempo. Como si nos encontrásemos en un bajío extenso y bajo nuestros pies crujiesen perlas de colores. O como si nos surtiesen de cucharaditas de un mousse casero de verdad. O como jugosos trozos de un queque de manzana preparado por la abuela materna. Una de-li-cia.

Estas horas de la mañana son así de gástricas y no tenemos cerca un familiar jocoso. Luego, pasa lo que pasa.


-Tu padre es un romántico. De niño leía mucho. Yo, en cambio, al revés, crecí completamente sano... Menos mal que te pareces a tu madre. he visto sus fotos. Os parecéis mucho.
-A veces, hasta nos confunden -dije.

A estas alturas ya se habrán dado cuenta de que sobre los rasgos sobresalientes de la escritura de Dovlátov se yerguen, a más altura aún (pero no por encima del Teide, por favor), sus diálogos. No es amigo el ruso de largas y prolijas descripciones. Frases cortas, tono irónico, y vuelta al diálogo. No se puede parar de disfrutar, aunque lo que cuente sea amargo. A veces, terrible. Así es este hombre.

¿Recuerdan que unos párrafos atrás les había dicho que no recordaba nada del libro?

Error. No es así. 

El siguiente párrafo me asalta cada vez que voy al baño. Creía que pertenecía a alguna novela de Kundera. Pero no. Era Dovlátov. Se me había metido en lo más íntimo, casi de manera literal.


Si un amigo mío se dirigía al baño, mi madre se quedaba en vilo. Según las tonalidades de los chorros del agua, determinaba si se lavaba las manos o no. Mi madre esperaba atenta. Primero no se oía nada. Le seguía el poderoso retumbar del agua de la cisterna. Y acto seguido se abría la puerta: de modo que no se las había lavado... 
Entonces mi madre se tornaba solícita y nerviosa. 
-¿Se ha acabado el jabón?¿Quiere una toalla limpia? 
Hacía preguntas insinuantes. Se esforzaba insistentemente en que mi amigo se preocupara de su higiene. 
Pero éste contestaba: 
-No se preocupe. Todo en orden... 
Otros sólo la miraban con cara de asombro.

Y cuando seguí adelante con la lectura, me topé con esta frase que había hecho mía:


Como todos los hombres frívolos, mi padre era un ser benevolente.

Porque mi padre, un hombre rígido, infeliz, de confusa moral católica, no era frívolo. De ahí que no fuera, casi nunca, benevolente. 

Terminemos. Como se infiere, Dovlátov escribe sobre los miembros de su familia, a cual más pintoresco. También habla de él, pero casi siempre a modo de acotación. No como nuestros escritores, cuyo ego se infla tanto que todos los demás personajes salen despedidos de las páginas, cuando no aplastados por discursos pomposos y filosofía de retales. ¿Quieren un taller literario? ¿Quieren estilo? Lean a Dovlátov. Aunque si lo que quieren es socializarse, no voy a ser yo quien se interponga.

Dicho queda.












lunes, 19 de diciembre de 2016

'Vs.', de Sergio Barreto

Antes de comenzar con esta reseña, creo que es obligado hacer un reconocimiento a la gente que se dedica a escribir: el esfuerzo de darle a las teclas para formar palabras y frases durante cientos (miles) de páginas con la voluntad de crear una historia. Hasta al peor de los escritores/as debería concedérsele el mérito que supone ese desempeño, cuyo resultado carece, en muchas ocasiones, de valor artístico alguno. Digamos que esa es la base de cualquier blog de reseñas, y a partir de ahí, de ese reconocimiento, puede comenzar la crítica. 

Esta novela, Vs., ganó el premio Benito Pérez Armas (de la Fundación Cajacanarias), de rancia raigambre en Santa Cruz de Tenerife, sobre todo por el premio, que es de 12.000 euros. El jurado estaba compuesto por Juan José Delgado, Juan Cruz Ruiz, Juan-Manuel García Ramos, Nilo Palenzuela y Cecilia Domínguez. Casi nada.




Bien. Comencemos señalando que en Vs., al menos, hay una historia. Podría no haberla. Ojo, que no desdeñaría que el virtuosismo o la singularidad de la forma nos absorbiera de tal forma que la trama fuera lo de menos. No es este el caso. Alabemos al menos como una virtud que el autor tiene algo que contarnos.

Pues bien, en la novela se narra que, a la muerte de su antiguo jefe, Viejo Araña, cuatro ex-empleados, que también eran amigos entre sí, se reúnen después de siete años para meterle mano a sus pertenencias. Según se infiere, era un individuo detestable. Como prueba de ello se cuenta que mató a su caballo, Obsidiana, por capricho, en un acto de brutalidad irracional. Este grupo salvaje no encuentra nada a lo que echar mano en esa casucha ruinosa llena de basura. Eso sí, se llevan su coche y unos uniformes que encuentran en unos cajas en el cobertizo. Así se pasan 29 páginas de las 200 que tiene la novela, y buena parte de mi paciencia. Esos cuatro personajes son el propio narrador, Mediacara, Marcelo y Octavio. El narrador no tiene nombre, pero tampoco nos importa; Mediacara es un tipo con la mitad de la cara quemada (lo pillan, ¿verdad?) y en los estertores de la novela también se dirigen a él por su verdadero nombre, Aldo; Marcelo es, también, "nuestro indio" (un nativo de esa llanura muy polvorienta, desolada y tal, llamada Cicatuac de pretensiones míticas) cuando el narrador se cansa del nombre, aunque a partir de la pág. 70 les sirve Polaco o Polaquito; y luego está el líder carismático weberiano, el tal Octavio, al que el narrador, al parecer, le profesa una secreta admiración, ya que no para de denominarle como "nuestro tipo duro", "nuestro cowboy" o "nuestro vaquero". A veces, incluso, por su apellido, Vargas. Cuando digo que no para, es que no lo hace. Se ve que el simple nombre "Octavio" no caracterizaba al personaje, así que Sergio Barreto decidió transferir al narrador-participante de la historia la pesada tarea de la connotación. ¿Cargante? Pues sí.

Sigamos. Como no encuentran nada de valor, salvo el coche (un Mercedes, dato vital) al que llaman Obsidiana (como el caballo), y cuatro uniformes militares, se plantean dudas existenciales. Sin embargo, como Marcelo ha creído recordar que en un puticlub (el Cráter) el dueño invita a los soldados, pues nada, deciden marcharse a ese lugar a aliviar sus frustración de ladrones sobrevenidos. Sergio Barreto, que también (o sobre todo) es poeta, debe de ser admirador de Kavafis, pues como ese lugar está donde Jesús perdió la sandalia, la tropa siempre está en camino y les pasan cosas terribles durante el viaje, que les recuerdan cosas del pasado, les revelan dimensiones hasta ahora ocultas de su personalidad y tal. Un bildungsroman breve, un On the road cortito sin Dean Moriarty, que todo no puede ser.

La novela, sin embargo, salvo ocasionales destellos, aquí y allá, normalmente relacionados con algún estallido de violencia (uno sospecha que precisamente esa violencia se inserta para que uno no se rinda al tedio e ice la bandera blanca), va aburriendo cada vez más, cada vez más deprisa. Porque hay algo de impostado en toda ella: la llanura, de telón de fondo telúrico en plan es un personaje más, los protagonistas que pululan por ella, los diálogos y el monólogo interior del narrador... Hasta la trama misma nos parece sucedánea, como el trasunto de otras tramas ya leídas. Como la colonia vieja de la que nunca decidimos desprendernos. Así, uno parece oler un poco de Meridiano de Sangre, otro poco de Viaje al fin de la noche, otro poco más de Bailaré sobre vuestras tumbas, y ya, si nos entusiasmamos, El corazón de las tinieblas. Pero no se exciten demasiado, es un olor desleído, fermentado, que no atrae sino que repele.

Lo peor de todo, propio de las novelas quiero y no puedo, ocurre cuando el autor se pone filosófico y les hace decir a sus personajes (en este caso, el narrador) tonterías de adolescentes en camino hacia su primer coma etílico:


El bourbon formó un pequeño charco bajo la lengua que, una vez en descenso por el esófago, ardió para inundar el estómago como si fuera napalm. ¿Vale la pena morir por esto?, pensé, pensando, a su vez, en Viejo Araña y su alcoholismo irredento. Por supuesto que vale, siempre vale la pena morir por algo, aunque se trate de una gilipollez, me dije, sí, sí que vale la pena, confirmé para mí, al fin y al cabo hay gente que la diña por nada, que desaparece y se funde a lo que son, a esa niebla contra la que han luchado a lo largo de su vida.


Aunque mi forma de pensar contradiga a la todopoderosa sabiduría de los anuncios nunca me ha gustado conducir. Además soy un borracho. Ir trompa y tener el poder de varias toneladas de chatarra que circulan a toda hostia y con cuatro tíos dentro cuyas vidas dependen de la destreza de un trompa, aunque pueda transmitir, en un  primer momento, sensación de poder; luego eso, la sensación de poder, se va al garete y queda algo así como vacío y miedo y una idea de responsabilidad demasiado grande para un borracho. Uno se funde con el coche. Forma parte del cacharro y, de algún modo, pierde un poco de humanidad. Se convierte en la única pieza verdaderamente frágil.

Otra cosa que saca de quicio es que este narrador innominado expresa esos pensamientos de soledad de fin de año con un lenguaje que a veces es lírico-pastoril y otras propio de un empleado de matadero (su actual oficio). Por qué, hombre, por qué.


Se trata, el Cráter, de uno de esos locales con rótulos de neón en la fachada y enormes gorilas con cara de gilipollas en la puerta. (...) Las rameras que desfilan por el Cráter son capaces de hacer lo que sea por dinero. Desde dejarse prolapsar el recto con succionadores hasta montárselo con un equipo de fútbol. Por un puñado de billetes llevan a los clientes de la mano hasta habitaciones forradas de terciopelo rojo.

Además, dispone, porque sí, de un vocabulario y de conocimientos superiores a los de sus compañeros. Incluso, en repetidas (demasiadas) ocasiones, se disculpa por ello, no fuera a ser que lo tomáramos por un mindundi pretencioso. Sin embargo, algo no cuadra: ¿Terminó la EGB? ¿Se matriculó en la Universidad en Ingeniería de Minas? ¿Era lector autodidacta? ¿Veía Saber y Ganar? ¿O era la vida salvaje del llano que le había otorgado infinita sabiduría y las respuestas del Trivial? El llano llanea, seguro. Nada se explica, sin embargo, sólo se nos dice que fue empleado del muerto (al que odiaban mucho) y que ahora trabaja matando vacas, lo que le embrutece, y tal. 

Bueno, la novela avanza o lo que sea y tras algún episodio gore, surgen más reflexiones sobre la vida, la muerte, sigue pasando alguna cosa que otra, después algún giro inesperado, más sangre, luego el sexo, más consejos prudenciales por si los echábamos de menos, tampoco falta la crítica al capitalismo, venga el llano otra vez, etc. 

¿Que si hay cosas buenas? A veces, alguna descripción no nos hace bostezar y, en cambio, nos permite entrever ese mundo eternamente salvaje y polvoriento. También, cuando el autor (o su alter ego) se olvida de sí mismo, la narración se vuelve, incluso, interesante. Dura poco, pero son bosquejos de algo que, a pesar de no ser nada original ni profundo, podría haber sido una historia pasable con un poco más de estilo, con personajes mejor delineados, con algo más de concentración

No todo tiene que ser original ni profundo.

Conclusión: no digo yo que no haya lectores a quienes les pueda entretener (lo que no es poco), pero, a un servidor, los descansos en la lectura se le hacían cada vez más largos y urgentes. Me pregunté, lo confieso, en este temprano estadio de mi ejercicio como reseñador, qué necesidad tenía yo de leer novelas así, si no me estaba "devanando a mí mismo en loco empeño". Esa debe ser, a buen seguro, la periódica ordalía de los críticos profesionales, quienes a partir de ahora me suscitan genuinos sentimientos de compasión (solo un poco). Me planteé en serio dejar la novela a algo menos de la mitad y darla por terminada, porque, ¿qué más podría pedírseme? A pesar de todo, tozudo como un llanero de Cicatuac, decidí continuar porque creí que sería más honrado publicar esta reseña si me la leía entera.

 No tiene por qué volver a ocurrir.

El jurado del premio Benito Pérez Armas declaró en la concesión: "Ha nacido un narrador". Mi conclusión de Vs., sin embargo, es otra: una novela con evidentes fallos de estilo, cuya trama se sostiene a duras penas, con lagunas, y que, en todo caso, parece hecha por alguien que está orgulloso de los muchos libros que ha leído y de toda la música que ha escuchado, y quiere que los demás lo sepan. 

Si este es el parto de Sergio Barreto como narrador, muy prematuro nos ha salido.