miércoles, 28 de diciembre de 2016

'El lamento del perezoso', de Savage

Como no todo va a ser canariedad ni rusofilia, hoy toca una novela traducida del inglés. Como viene siendo habitual, no conocía a este señor, Sam Savage, de nada, lo que, al no ser un clásico ruso, creo que es algo bueno: a veces, salgo indemne de la publicidad y las campañas de promoción de libros, películas y demás mercancías culturales. A la sazón, el autor ya es talludito (nació, al parecer, en 1940) y cría canas desde hace mucho tiempo. Su anterior novela, Firmin, publicada en 2006 alcanzó mucho éxito, pero, ya ven, yo estaba en Babia por aquel entonces. El caso es que el hombre es doctor por Filosofía, lo que ya merece un enarcamiento de ceja, al menos.





Además, Savage, además de sus pinitos filosóficos, tuvo una vida antes de publicar su primera novela en 2005 (¡escrita en verso!) y luego el éxito en 2006. No todo van a ser jóvenes revelaciones, estrellas rutilantes en el firmamento y promesas que ya son una realidad. Hay también escritores viejos que escriben muy bien y que tienen algo que decir. Con muy mala leche, añadiría. 


Apreciada señora Lipsocket:   Lleva usted cuatro años enviándome regularmente sus poemas. Durante los tres primeros me esforcé en comentarlos, en ofrecerle a usted el consuelo de unas cuantas trivialidades, no sin darle a entender, taimadamente, que me dejara en paz de una pajolera vez. Y, sin embargo, ha persistido usted en el empeño, contra viento y marea. Me ha escrito cartas lastimeras. Me ha estrujado el corazón con el relato de sus sinsabores literarios, de los cuales me he ido compadeciendo; sus ambiciones desmesuradas, tan parecidas a las mías; sus problemas ováricos; la crueldad del comité de su biblioteca; y los devaneos de su marido, que no considero de mi competencia. Ha sido usted causa de que durmiera mal, soñando que apaleaba animales pequeños. Ante todo ello, me rindo. No conservo copia de sus intentos anteriores, y los de ahora me parecen peores que nunca, de modo que lo dejo a su elección: dígame que seis versos quiere que le publique. Luego, no volveré a abrir ningún sobre que proceda de usted.  
                                                                    Atentamente,                                                                                               Andy Whittaker


La novela tiene forma epistolar en sentido amplio: no es que el protagonista escriba cartas: a su exmujer, a su hermana, a su madre, a la enfermera que cuida de su madre, al director de la residencia para ancianos, a un antiguo amor, a sus antiguos amigos (algunos de los cuales sí han descollado en el mundillo literario), al periódico (habitualmente, firmado con un anagrama de su nombre), a los colaboradores de su revista, al banco; sino también anuncios de alquiler de pisos, listas de la compra, fragmentos de su primera novela, reclamaciones a la compañía eléctrica, reclamaciones a la compañía de teléfonos, notas a la asistenta circunstancial, notas a los inquilinos, etc. Así pues, leemos todo lo que escribe el protagonista, que se nos presenta como el único editor de una revista literaria en trance de desaparecer (después de que su mujer lo abandonara) llamada Soap y casero de pisos pobres cuyos inquilinos muestran la fastidiosa tendencia a no pagar. Todo esas notas y cartas constituyen los fragmentos de una narración mayor: las insignificantes aventuras y desventuras de Andy Whittaker, cuyos delirios de grandeza literaria y comercial, su mala leche en el trato social y su proceso de desintegración personal rayan todos a la misma altura lamentable.


(...) Pobre Harold, con lo maravilloso que siempre has sido escuchando. Yo, en la facultad, hacía chistes a costa del "ingeniero agrícola" que tenía por compañero de cuarto, divirtiendo a mis amigos con el relato de tu ineptitud y de tu bucólica ignorancia, sin olvidar tu cómica manera de pronunciar algunas palabras poco corrientes. Aún me viene una sonrisa a los labios al recordarte diciendo "pletora" y "áchares". Marcus Quiller y yo solíamos competir a ver quién lograba que introdujeras algunas de esas palabras en la conversación.


   Querida Peg: Gracias por tu nota. Ya estaba al corriente: yo fui el peor disgusto de papá, y tú eras una princesita. Eres tan desagradable que me arrepiento de haberte escrito. Antes de que leyera tu encantadora nota, con sus referencias a mis capacidades físicas e intelectivas, existía en el mundo una gran cantidad de deliciosas fotos tuyas en todas las fases de la niñez, incluida una a lomos de un poni. Si quieres que te mande una caja con los pedacitos, no dejes de decírmelo.                                                                            
                                                                                          Tu hermano,                                                                                                          Andy


   Apreciado Dahlberg: Primero me acusa usted de rechazar su trabajo por algún prejuicio mío anticanadiense y ahora me dice que gracias a haber publicado en Soap ha conseguido por fin echar un polvo. ¿Qué espera que haga con semejante información?                                                                                                                                                                                     Andy

Es el mundo de Andrew Whittaker uno sin ordenadores ni teléfonos móviles. Un mundo sin emails, por tanto, pero con televisión. Así que sólo quedan la máquina de escribir, la pluma o el bolígrafo, el papel, el sobre y el sello. Qué mundo tan complicado. Y qué distante parece. Sin embargo, no siempre hubo blogs ni Internet. Hubo un tiempo, incluso, en el que los literatos locales manifestaban fuertes enfados y sostenían agrias discusiones (que llegaban incluso a los periódicos) cuando no se les incluía en las Antologías, que, por alguna conmemoración, celebración o subvención (¡ay!) algún académico de más o menos lustre tenía a bien escribir. Era una forma de ingresar, según creían, en la memoria colectiva, una forma de evitar el olvido. Algunos autores/as todavía no se han recuperado del disgusto. Hoy, en cambio, hasta un Soap tiene su sitio en la red.

Por otro lado, y volviendo a El lamento del perezoso, es difícil, a medida que transcurre la novela, identificarnos con un personaje tan minucioso en el recuento y en el recuerdo de las afrentas recibidas (reales o imaginadas), tan prolijo en la descripción de su estado existencial, tan cercano al colapso mental y físico, tan ofensivo en el trato (memorable es la escena en la consulta del médico a donde acude a curarse un dedo), y, al mismo tiempo, tan liberal en el derroche de su energía en su condición de exigente editor de su revista, novelista a tiempo parcial, de casero (o, como prefiere denominarse, director de la Whittaker Company) y, sobre todo, de buscador de afecto. Afecto que, ya lo comprobarán, se le niega de manera inapelable. 

No obstante, aunque descritos de manera hiperbólica, hay rasgos de la personalidad del personaje que, sin duda, están latentes en nosotros: la vanidad, el egoísmo, los sueños de grandeza sin fundamento, y el presentimiento, cuando no la certeza, de haber llevado una vida desperdiciada. El estancamiento, la incapacidad o la desgana en avanzar, en salir de los propios vicios y rutinas que no nos ayudan a vivir mejor,tienen su metáfora en el perezoso, de cuya vida y hábitos se vuelve casi un experto el personaje. 


Lejos de ser como unos solitarios siempre de mal humor como los retratan en los libros ilustrados sobre la fauna, los perezosos son, en el fondo, unos seres la mar de sociables (he estado a punto de escribir "unos pequeños seres", a pesar de lo grandes que son: es que se acostumbra uno a quererlos, y "pequeños seres" recoge bien este sentimiento). De hecho, por naturaleza son bastante más gregarios que los perros. Pero quién ha oído hablar nunca de una manada de perezosos. Y aunque arden en deseos de mover el rabo, el caso es que no pueden hacerlo, porque no tienen rabo, carencia que viene a ser, en gran medida, un compendio de todas sus dificultades. En vez de andar por ahí retozando en pandilla, están condenados (ahí la trampa) a pasar sus días en la más completa soledad, invirtiendo las poquitas horas de vigilia que natura les concede cada día a arrastrarse con glacial lentitud entre las ramas de un solo árbol de buen tamaño, hasta el punto de que algunos observadores se vuelven locos de aburrimiento, o casi, sólo por estar mirándolos. En ese único árbol consisten su casa, su ciudad, su mundo.

Cierta incomodidad, les advierto, les acompañará durante la lectura de la novela, a pesar de la comicidad amarga de muchas de las situaciones. Como suele decirse, Andrew es un personaje tragicómico. Yo creo que tiene más grandeza que ese mero apelativo: una mediocridad tan inmensa y ambiciosa no se la puede meter, sin más, en una caja y arrojarla al camión de la basura.

Merece un sitio en nuestra biblioteca.








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