martes, 24 de enero de 2017

'El telón', de Milan Kundera

A veces, es conveniente no leer novelas, sino reflexionar sobre ellas. O, al menos, leer las reflexiones de los novelistas sobre su arte. Este es el caso, y esta es mi primera reseña (breve) sobre algo que no es una novela. Alguna vez tenía que ser. No se asusten: el ensayo de Milan Kundera vale mucho la pena. ¿Acaso no son también Literatura los Ensayos de Montaigne? O, para citar algo más moderno, ¿no lo es Zona, de Geoff Dyer, que no es sino una dilatada reflexión respecto de Tarkovski y su obra, partiendo de la película Stalker y volviendo una y otra vez a ella?

En todo caso, El telón no es un conjunto de ocurrencias aleatorias, sino que siguen un orden y tiene un propósito: mostrar el orden histórico de la génesis y desarrollo de la novela, y, sobre todo, su razón de ser: los sucesivos descubrimientos de la naturaleza del ser humano. Kundera, autor de sobra conocido, desarrolla, basándose en la lectura de sus novelas y autores favoritos (Henry Fielding, Laurence Sterne, Herman Broch, Kafka, Cervantes, Tolstói, Flaubert, Dostoievski, Gombrowicz, García Márquez), una incipiente teoría sobre la esencia de la novela.






No es este un asunto baladí. El de la razón de ser. Pensar que una novela es una historia con muchas páginas (una mera story) o una narración con personajes más o menos interesantes no da mucho de sí. A Kundera se le nota que le molesta la frivolidad a este respecto, porque la novela, para él, es un asunto serio, de naturaleza no solo estética, sino también, o sobre todo, epistémica.


La novela no es para mí un "género literario", una rama entre otras ramas de un único árbol. No se entendería nada de la novela si se le cuestiona su propia Musa, si no se ve en ella un arte sui géneris, un arte autónomo. Tiene su propia historia, marcada por periodos que le son propios (el paso tan importante del verso a la prosa en la evolución de la literatura dramática no tiene equivalente en la evolución de la novela; las historias de esas dos artes no son sincrónicas); tiene su propia moral (lo dijo Hermann Broch: la única moral de la novela es el conocimiento; es inmoral aquella novela que no descubre parcela alguna de la existencia hasta entonces desconocida.)

Quédemonos con Hermann Broch y la "moralidad" de la novela. Quizá nos sintamos más cómodos estableciendo una definición: una novela de calidad, una novela con pretensiones artísticas es aquella que descubre una parcela de la existencia "hasta entonces desconocida".

A este respecto, y esto lo digo yo, y no Kundera, la expresión "identificarse con un personaje" pierde su carácter de tópico o de frase manida para arrojar luz sobre esta definición. Nos "identificamos" cuando, de un modo u otro, la novela o los personajes de esta articulan, estructuran, dan nombre o nos "descubren" aspectos de nosotros mismos que o bien intuíamos o bien ignorábamos o para los que carecíamos de nombre alguno. No es un asunto meramente costumbrista o descriptivo o psicológico, sino, sobre todo, existencial.

Entendiendo la novela como lo hace Kundera, una novela mediocre no lo es tanto por la técnica, como por la ausencia no ya de descubrimiento sino tan siquiera de exploración de la existencia humana. Hay escritores que parten a rumbos lejanos y se aventuran en tierras ignotas y otros que se quedan en el quiosco de la prensa, qué le vamos a hacer. Sin embargo, el peso del estilo y de la estructura ideada para la novela son parte indisoluble de esa empresa descubridora, como se apresura a señalar Kundera. Eso no está reñido ni con el humor ni con la ironía, ni tampoco tiene que ver con dar sermones desde el púlpito del GRAN ESCRITOR. Mucho menos desde un programa cultureta de La 2 o desde las páginas de una revista cool (o lo que es peor, de un suplemento cultural). De hecho, si hay un rasgo característico del novelista mediocre es la tendencia a soltar, en la misma novela, parrafadas pseudofilosóficas que suelen provocar vergüenza ajena.

El mal novelista, el novelista mediocre, es el que se limita a escribir simples historias, o el que escribe de sí mismo sin trascendencia o bien el que, en realidad, no escribe de nada. En todo caso, la novela es un proyecto estético con aspiraciones de inmortalidad: si es descubrimiento, insiste Kundera, perdurará.


Toda novela creada con auténtica pasión aspira de un modo natural al valor estético duradero, lo cual quiere decir que aspira al valor capaz de sobrevivir a su autor. Escribir sin esta ambición es puro cinismo: porque mientras un fontanero mediano es útil a la gente, un novelista mediano, que produce a conciencia libros efímeros, corrientes, convencionales, por tanto inútiles, nocivos y que estorban sólo es digno de desprecio. Es la maldición del novelista: su honestidad está atada al potro infame de su megalomanía. 
(la cursiva es mía) 


Así pues, líbranos, Señor, de los escritores modestos, de los que sólo quieren hablar a su gente, y de aquellos que han suscrito contratos de a novela por año, pero también de los vanidosos que solo quieren hablar de sí mismos, y de los ansiosos de la fama que no quieren escribir novelas, sino que le hagan entrevistas. Líbranos, por favor, de todos esos escritores/as "dignos de desprecio".

Según parece, la novela es un asunto serio.
















3 comentarios:

  1. Me resulta llamativo que esta propuesta de caracterización de la novela guarda mucha similitud con la caracterización de los artículos científicos. A estos se les exige que sean una contribución original al conocimiento humano, que es lo mismo que parece exigirle H. Broch a la novela. Desde luego, la epistemología y el método de un artículo científico y una novela "brochiana" difieren, pero veo que la naturaleza de los resultados es la misma. Por tanto, la discusión expuesta para las novelas tiene un sorprendente parecido con la de la investigación científica, especialmente en las áreas llamadas sociales: no sirve una simple exposición de hechos; el resultado debe ser reproducible (en el caso de la novela, en la experiencia interna del lector). Y, sobre todo, que hay un umbral de calidad por debajo del cual es mejor no publicar, porque su nivel de contribución al conocimiento no es suficiente.
    Me lo apunto para futuras discusiones de cafetería :)

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  2. Joder, es que esto es inspirador. La poesía sería la expresión de unas emociones por vía lingüística, mientras que la novela sería la expresión de una **teoría** acerca de la experiencia humana.

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  3. Por eso me parece importante no leer sólo novelas, sino 'sobre' novelas. Un estudio, bastante ameno, sobre la crítica literaria es el ya clásico 'Introducción a la teoría literaria', de Terry Eagleton.

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