miércoles, 6 de octubre de 2021

'Mediodía eterno', de Santiago Gil

Antes de entrar a escribir la reseña de la novela objeto de este artículo, no puedo evitar comentar con Vds. la tontería en forma de manifiesto que han firmado "escritores y periodistas" en relación con la erupción del volcán en la isla de La Palma y sus consecuencias. Lo he leído en la página de Eduardo García Rojas que, por lo habitual, se presta de manera ejemplar a dar espacio a este tipo de eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa. 

Aunque por lo general no me sorprende el surgimiento y proliferación de manifiestos a cuenta de cualquier cosa en la que, salvo excepciones, no haya que mancharse las manos ni ponerse en riesgo (cosa comprensible, pero no enaltecedora), en esta ocasión me llamaron la atención varias de sus características. Para empezar, la íntima mezcolanza, que por lo general casi nadie pone en cuestión, de los gremios firmantes ("escritores y periodistas"). Uno podría pensar en parejas o binomios más interesantes o exóticos (timplistas y escritores, escritoras y juezas, periodistas y futbolistas, zapateros y ópticos, corredores de seguros y atletas, patronas de yate y actores, etc.). Pero no, ya sabemos, y ejemplos tenemos a diario, de la casi pornográfica unidad de destino de periodistas y escritores. Todo periodista tiene un escritor dentro, y todo escritor, como García Márquez, lleva un periodista a hombros. Habría que hacer una estadística, algún estudio psicológico, pero no creo que nada en el oficio de periodista deba conducir a quien lo ejerza a escribir literatura. Otra cosa es que muchos periodistas culturales ansíen la fama, aunque sea por irradiación, del mundillo cultural que cubren con sus noticias y reportajes. 

El segundo asunto es la necesidad del manifiesto mismo. En principio, en nada ayuda a los que han sufrido la pérdida de enseres, casas, tierras y negocios la solidaridad discursiva de "escritores y periodistas". Lo ideal y lo esperable es que las administraciones públicas proporcionen cobijo, alimentos e indemnizaciones a las personas afectadas. Al fin y al cabo, para eso están, entre otras cosas. Es posible que me equivoque, pero me da la impresión de que la mejor muestra de solidaridad es vigilar al Estado para que cumpla con su deber en este trance con las personas afectadas. Sin que sirva de precedente, parece que así es. No obstante, este manifiesto de apoyo se clarifica por sí mismo, cuando nos damos cuenta de que este lamento en realidad se suscita por la suspensión del evento festivo-literario-sentimental que lleva celebrándose hace unos cuantos años en Los Llanos de Aridane. Pues muy bien, pienso: es natural lamentarse por lo que se nos ha quitado, y más aún cuando de esa enajenación sólo puede culparse a la Naturaleza.

El tercero es el vocabulario empleado: no bastaba decir que "escritores y periodistas" que han asistido o pensaban asistir a estas jornadas lamentan el desastre y la cancelación del evento, no: tenían que escribir literariamente porque, al fin y al cabo, quienes firman el manifiesto son "escritores y periodistas" y algo parecido a mi sugerencia sería árido, si no yermo, prueba indiciaria de burocratización mental y pensar rutinario. Así que, manos a la obra, se sacan frases como, para empezar: "El volcán ha estallado en nuestros ojos". En el tercer párrafo, se lisonjea a la población local con: "Es difícil explicar la hospitalidad de Los Llanos de Aridane: una hospitalidad tintada en las piedras de las plazas, en la fronda de las plataneras, en la mirada y en la sonrisa de tantas personas que nos llevan acogiendo estos años". A ver, ¿qué eso de "hospitalidad tintada en las piedras y en la fronda de las plataneras"? ¿Por qué no en el tronco de los árboles o en los goznes de las puertas? ¿O en los frontispicios y en el marco de las ventanas? Resulta de una cursilería tintada de literaturidad, para usar un palabro. Y claro que quien te acoge te sonríe, y más si vas a dejar dinero. En todo el complejo vacacional en que se ha convertido nuestra Comunidad, no es costumbre acoger a los turistas a base de gruñidos e imprecaciones. A los clientes se les sonríe y se les saluda siempre porque así funciona el negocio. No seré yo quien diga que hay que dejar sin sonrisas a los escritores y periodistas que dejen sus dineros, sea o no subvenciones públicas mediante, en Los Llanos de Aridane con la excusa de un festival, encuentro, evento, jornada, circo o rodeo. A este respecto, recuerdo cuando Las Palmas de GC optaba, de la mano del alcalde Saavedra y sus subordinados del partido, con la complacencia de la oposición, a un invento que se denomina Capital Cultural de la Unión Europea, o algo así. Al leer una noticia en un periódico local, no daba crédito a mis ojos cuando el periodista afirmaba que los vecinos del risco de San Nicolás "espontáneamente" habían salido a la calle para agasajar a los jueces provenientes de la lejana Europa con productos de la gastronomía canaria. Cosas de la promoción y de la espontaneidad del pueblo, que es un concepto este (el de pueblo) muy de usar y tirar.

Seguimos. El volcán, claro, no es solo un volcán, sino "un titán indomable" y la lava no solo destruye lo que se encuentra a su paso, sino que "también se arrastra sobre el eco de nuestros pasos en la isla". ¿Para qué escribir con naturalidad cuando se puede de manera ridícula? Además, no van a expresar, simplemente, su "solidaridad", valga lo que valga, sino que la "claman". No vaya a ser que no se les note comprometidos con la causa.

En fin, podrán acusarme de puntilloso y de improcedentemente susceptible, algo comprensible, pero es que me da por preguntarme por qué las cosas son como son y sobre todo por qué se hacen como se hacen. En cualquier caso, espero que no se enfaden demasiado los/las tropecientos firmantes, cuya sinceridad y compasión doy por supuestas, y sí, y mucho, a los redactores de este manifiesto.

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Escrito lo cual, pasamos, para endulzar el ambiente, con la siguiente novela, Mediodía eterno premio del guiniguadesco "Premio Internacional De Novela Benito Pérez Galdós", organizado y sufragado por el Cabildo Insular de Gran Canaria y su dependienta Casa Museo Pérez Galdós. Lo importante, claro, no es la inflación de mayúsculas, sino la dotación del premio, 15.000 euros y el compromiso de publicación y difusión de la novela premiada.




Grosso modo, en la novela se narra con voz en primera persona del pintor Jorge Oramas los últimos meses de su vida. Éste aprovecha para hacernos un resumen de toda su existencia: su niñez, la gente que conoció, la enfermedad que le aquejaba y, sobre todo, su vocación pictórica. En este sentido, es notable el esfuerzo del escritor por rellenar toda una vida (aunque fuera corta, pues Oramas murió a los 24 años) dados los escasos datos con los que podría haber contado. Puede apreciarse que el autor sabe colocar bien los signos ortográficos. En la edición tampoco se aprecian erratas ni anacolutos.

No obstante, por si disponen de poco tiempo y así se lo ahorro, quiero cortar de raíz las expectativas que tenga el público lector de esta reseña asegurándoles que lo que más me ha impresionado de Mediodía eterno es el trampantojo de la portada.

Así es. Santiago Gil García, su autor, después de haber sitiado y derribado nuestra paciencia en la última obra que reseñamos en el Polillas (El gran amor de Galdós) perfecciona su arte guerrero con esta novela premiada, asimismo, como señalé antes, en el Premio Benito Pérez Galdós. Todo empieza y acaba en Galdós, podríamos decir, parafraseando la canción de Ismael Serrano. Si en aquella, Gil decidió, y proclamó a quien quisiera oírle, que utilizar el punto de vista de la tercera persona era una gran idea, aquí toma, o mejor, suplanta, la voz de Jorge Oramas para ofrecernos su particular visión (la de Gil) de la vida, del amor, del arte y de lo que le caiga a las mientes. 

El peligro de usar la primera persona consiste en que, como creo que es el caso, la particular concepción de la vida, del arte, etc. del autor acaba siendo demasiado visible, opacando la del personaje histórico ficcionado. Ignoramos casi todo sobre el pintor canario, autor de pinturas emblemáticas del paisaje grancanario, pero sí conocemos algo más, y qué remedio, a Santiago Gil. Este autor se empeña a fondo, como ya hemos señalado en otras ocasiones, en perpetrar de manera solapada aforismos que pasa de contrabando como literatura, pero que solo consiguen irritar por el tono inevitablemente sentencioso y apodíctico resultante. Podría uno pensar que Gil pretende, a la manera de Baudelaire, al que cita, precisamente en las páginas 35 y 36, que su literatura sea todo el tiempo sublime, pero lo que logra es que sea, casi todo el tiempo, soporífera.

Como muestra, ya desde el inicio, las primeras líneas de la novela:


Los locos tienen alma. Me miran fijamente, también los que llegaron al mundo con las cabezas deformes y desproporcionadas, arrastrando silencios que nadie entiende, o dando gritos como si buscaran a alguien que los salvara en medio de la nada que habitan.

 

Me pregunto: ¿Quién había puesto en duda que los locos tienen alma? ¿O quién no? ¿Qué más da y por qué debería importar? ¿Tiene alguna significación para el desarrollo de la novela? NO. Mal comenzamos.


(...) pero intento que ese brillo sea sutil, porque lo bello es siempre sutil, sencillo, límpido sin alardes, como eran los ojos de Pepita cuando la veía venir a buscar a su hermano Felo a la Escuela Luján Pérez (...). (Pág. 15)


Otra afirmación, nada más comenzar, carente de sutileza. Es cuestionable que lo bello sea siempre "sutil" o "sencillo" o "límpido". Pueden defenderlo argumentando que no es Gil quien habla, sino Oramas. Sin duda, pero no es tanto el contenido de las afirmaciones o de las supuestas opiniones ficcionadas del pintor lo que me irrita sobremanera, sino el tono que es tan de Gil que casi no puede pertenecer, literariamente hablando, a nadie más. Además, esa manía en la que incurrirá de equiparar arte con belleza no es contemporánea de Oramas, tras las vanguardias de principio del siglo XX. Entre otros, Arthur C. Danto escribió sobre el retorno de la belleza en arte allá por 1993. Otro asunto es que sea la concepción personal del autor, que la ha injertado en su personaje. Ese quizá sea el problema de fondo: lo que nos ofrece Gil con su particular visión de Jorge Oramas es una visión del arte, de la vida y de la muerte que no amplía las fronteras de nuestro conocimiento ni de nuestra sensibilidad. No es sugerente, ni sugestiva ni estimulante.

Esto es solo el principio. Más aforismos:

"Quien escribe también se queda aunque se pudran sus huesos" (pág. 24). "(...) cuando uno persigue la belleza no hay dolor que detenga sus pasos" (pág. 25). "Ella no sabía que los niños que pierden a quienes más aman construyen cementerios dentro de su alma" (pág. 30). "(...) las islas son como venenos silenciosos, te matan con dulzura, con el rumor de las olas y con los espejismos de los horizontes, pero si no te vas lejos no te descubres a ti mismo." (pág. 37). "Los locos siempre se están escapando aun sabiendo que por muy lejos que vayan ya están encerrados dentro de sí mismos, condenados a su propio aislamiento." (pag.40). "La noche es la muerte, el final de la luz, y también el anticipo de lo que viene." (pág. 40). "Nosotros también somos seres de color que nos movemos en un gran lienzo blanco que acabará borrándose igual que los cuadros cuando pasen los años" (pág. 53). "La muerte nos vuelve igual que esos brillos que quedan en el fondo de la orilla o de los charcos" (pág. 87). "Mis cuadros tienen el mismo misterio que mi existencia" (pág. 92). "Nadie conoce nunca los pensamientos que no se escriben y que no se cuentan" (pág. 94)."El arte es otra cosa. El arte es la cercanía de los dioses, donde quizá somos esos dioses que no se reconocen en ninguna otra parte" (págs. 105-106). "Los otros humanos, los que morimos antes de los treinta años, casi somos fantasmas para los otros. Solo los niños son ángeles cuando mueren antes de seguir el vuelo de las mariposas que se alejan hacia la nada" (pág. 126).

Podría seguir ad aeternum, pero sería tedioso. Baste decir que con estas afirmaciones el escritor demuestra ser temerario porque dibuja a un Oramas absolutamente santiagogilizado. Es decir: temerario en sus afirmaciones, a veces de una obviedad de Perogrullo, y cursi en sus ensoñaciones. Sólo con este tipo de prosa, subrayada por la insistencia en la frase corta (esa sintaxis paratáctica que diría Sánchez Ferlosio) que en muchas ocasiones oscila entre un lirismo inapropiado y una banalidad exasperante, y que propicia un ritmo sincopado, valdría la pena mandar esta novela al cementerio de los libros olvidables que nunca debieron ser publicados.

Por otro lado, ya que estamos en faena, pueden señalarse más defectos. Por ejemplo, que el narrador se contradice, a veces en la misma página, como en la 12 cuando recordando a un profesor del colegio escribe: "Él no creía en ninguno de nosotros". Bien, pero ocho líneas más abajo: 


Él fue quien primero me dio un pincel. Vio que pintaba muy bien con plumilla y un día trajo pinturas y un pequeño lienzo y me dijo que pintara lo que quisiera. (...) Desde entonces no dejaba de traerme libros con láminas de la historia del arte. Fue él quien primero habló con Domingo Doreste mucho antes de que entrara en la Escuela Luján Pérez. (pags.12 y 13)


O, más adelante, afirma que él no pinta los ojos de una tal Pepita (de la que estaba secretamente o perdidamente enamorado; tal vez, locamente) como no pinta nada que esté en movimiento. Pero sí termina pintándolos transcurridas unas cuantas páginas. Asimismo, Oramas no deja de recordarnos que nació pobre y siguió siendo pobre toda la vida, apenas sin instrucción, pero aparte de nombrar a todos los artistas del momento, sin duda por el contacto con sus mecenas y amigos artistas, escucha a Mahler y a Brahms, emplea la palabra nasciturus (pág. 88), habla del budismo y llega a evocar la concepción del mundo panteísta de Spinoza, que como todos sabemos es un filósofo que se cita de continuo en la sobremesa. A mitad de la obra, Oramas nos narra varios episodios amorosos con una tal Cecilia, adicta al opio y acostumbrada a mezclarse con artistas, como los del grupo de Bloombury, lo queda muy fino y cosmopolita. Aquí, además, Gil vuelve a poner de manifiesto su escasa capacidad de convicción a la hora de construir relaciones entre personajes. Recuerdo a este respecto, de manera lacerante, su Gracias por el tiempo, de la que ya di cuenta.

También, el narrador tiene la tendencia a repetirse. Querría pensar que es un recurso retórico, pero lo cierto es que al principio resulta cargante y acaba siendo ridículo, sobre todo con la palabra "eterno". En la novela, parece que todo es eterno, no solo el mediodía. Agárrense: "Él dice que el arte cura y que nos vuelve eternos mientras creamos" (pág. 9). "Los colores de mis cuadros son los colores que aprendí a ver en aquel viaje, los llevo en mis genes y en los recuerdos que heredé de mis antepasados, ese mediodía eterno en donde la belleza jamás se acaba" (pág. 10). "Buscaba el dominio del color, necesitaba encontrar ese mediodía eterno de la isla de mis ancestros (...)." (pág. 11). "Quizá aquí también estoy loco, pero los enajenados viven siempre como si fueran napoleones o como si fueran eternos" (pág. 21). "(...) y entonces me acuerdo de aquel pintor francés que vivía en las calles del Puerto, de lo que me contaba cuando me decía que fuera siempre eterno en cada trazo, que siguiera la estela del poeta francés Baudelaire, y que fuera siempre sublime sin interrupción en todo lo que emprendiera (...) (pags. 35-36). "Si creo belleza, me eternizo, me siento dios (...) (pág. 47). "Miro mis propios cuadros y soy capaz de soñarme eterno en todo lo que detuve para siempre en un lienzo" (págs. 51-52). Ahora, en curiosa contradicción: "Nadie es eterno, pero a mí me gustaría saber que no voy a morir en breve" (pág. 53). Seguimos: "Me costó mucho subir aquellos senderos, pero creo que pocas veces he dado unos pasos tan importantes y tan eternos" (pág. 100). "El dice que ese amor es eterno porque se bañaron juntos en la poceta de los enamorados de Cienfuegos (...)" (pág. 108). "No tiene prisa esa tierra de volcanes, los volcanes se saben eternos" (pág. 114). "Realmente todos estamos condenados, pero como repito siempre esa condena parece de otro, parece que el que se va a morir es otro, que yo soy eterno, que es imposible que me muera (...)" (pág. 116). "Las personas sanas se creen siempre eternas" (pág. 126). "Nadie asume un final definitivo, un olvido sin retorno, una podredumbre eterna (...)" (pág. 133). "Una mañana azul es solo el anticipo de un mediodía eterno, tan eterno como la luz que ya vislumbro más allá de las negruras de la muerte" (pág. 144). 

No descarto que se me hayan escapado más eternidades. Entiendo que la intención del autor es mostrarnos el ansia del personaje por fijar los momentos que considera importantes, dada su previsible y próximo final por la tisis. Así, obviamente, se contrapone la eternidad a la muerte. Eso es una cosa y otra es evidenciar su escasa capacidad para ofrecernos un pensamiento más profundo, con más matices sobre una idea tan antigua como es la consciencia de la fugacidad de la vida, la inevitabilidad de la muerte, la aspiración a la inmortalidad, etc. Por no hablar de las cuatro o cinco ocasiones en las que se nos recuerda que la madre y hermana del pintor murieron de la misma enfermedad. O de que gracias a que sus mentores le proveyeron de pinceles y de lienzos pudo pintar porque era pobre; de que iba para barbero para traer dinero a su casa para el arte y la belleza se cruzaron en su camino, y qué bien la Escuela Luján Pérez, o de que el arte cura/sana a sus practicantes y receptores, etc. Durante muchas páginas tengo la sensación de que Mediodía eterno consiste meramente en una sucesión de bucles de diferente duración.

Añadamos a esta lista de reproches, el uso de expresiones manidas como "querer con locura" (págs. 93 y110), ofrecer "la mejor de las sonrisas", "jugar sus cartas" o "un artista tiene que estar un poco loco" (pág. 136). También, redundancias como "piélago marino" (pág. 26). Además, me he fijado que a partir de cierto momento cambia "tisis" por "bicho" lo que resulta en un bajón de estilo bastante incoherente. Son elementos negativos que si bien son aislados no contribuyen a enaltecer la prosa.

Siguiendo con el estilo, podríamos apostillar que Thomas Bernhard hacía de la repetición un elemento estético singular y característico de su obra. En cambio, Santiago Gil no hace de la repetición más que una exhibición de su falta de pulso artístico y quizá de imaginación. Una y otra vez vuelve sobre lo mismo, rueda que rueda en el aire, sin avanzar un centímetro salvo en acabar con nuestra paciencia.

Resumiendo, podríamos decir que el personaje de Jorge Oramas resulta poco creíble, que en la construcción del personaje histórico, aunque ficcionado, se exacerba la tendencia a suplantarlo (ya evidenciado, aunque no de modo tan flagrante, en su obra sobre Benito Pérez Galdós). Oramas parece un pelele aburrido, soso, repetitivo y lacrimógeno sin nada interesante que decir aunque emplee 135 páginas para ello. El resto, otras 43 páginas, se narra en tercera persona parte de la vida de Cecilia, en especial tras su marcha del sanatorio en el que había conocido a Oramas. Si algo puede decirse de esta parte es que consigue hacer soportable a la primera, lo que desafía toda lógica y abate cualquier esperanza. Por último (sí, parece que la novela se nos hace eterna), Gil añade una coda en la que nos informa de las experiencias vitales que le hicieron considerarse escritor y que finalmente le llevaron a publicar Mediodía eterno. Nada que añadir, salvo que la distancia, por mucho esfuerzo que se ponga, entre el deseo y la realidad es a veces gigantesca.

Hay algo más que me molesta: tengo la sensación de que el arte se presenta en esta novela (tal creo que es la concepción del autor) como solución de naturaleza redentora no solo a la angustia existencial y el temor a la muerte, sino también como una suerte de escape de carácter sociológico a las cuestiones de la pobreza o la desigualdad extremas. Hay, de vez en cuando, algún lamento de carácter social, alguna mención a ciertos segmentos sociales que abominaban del carácter igualitario que pretendía imprimir el gobierno republicano de aquella época. Pero, en general, tengo la sensación de que Santiago Gil considera más importante la salvación individual de carácter salvífico que cree que ofrece el arte o, lo que para él es lo mismo, la belleza. Considero que esta solución, por llamarla así, no solo traiciona un carácter romántico bastante desfasado, sino que evidencia también una característica de la pequeña burguesía, o clase media, que es la de aspirar a mejorar, o a ascender socialmente, o a conseguir la distinción cultural de las clases altas. Que esto fuera la concepción de Jorge Oramas es difícil de saber; que es la de Gil, lo tengo por más seguro.

Es una posibilidad nada descabellada, además, que el intento fallido de Santiago Gil de literaturizar las biografías de Pérez Galdós y de Oramas desanime a otras escritoras/es más dotadas/os de emprender tareas semejantes. No por el inalcanzable nivel de calidad, evidentemente, ni por el, a pesar de todo, encomiable esfuerzo de este escritor, sino más bien por la confusión que genera la recepción en los medios de comunicación: elogiar lo malo, el ensalzar lo fallido. Dado el nivel del "saludo" que autores entrañables en función de patriarcas como González Deniz o elogiadores avezados como Felipe Landín expelen a cada cosa que pare Gil (y también casi a cualquier otro/a consagrado), cualquier aspirante a escribir sentirá algo parecido al desánimo al intentar emular a este "titán indomable" de las letras canarias. Sobre todo (es lo que ocurre con las reseñas jabonosas), porque lo que se ensalza tiende a convertirse en modelo para las nuevas generaciones de potenciales escritores/as. Se olvidan, o nunca se les ha pasado por la mente, la responsabilidad que tienen con la comunidad de la que forman parte quienes tienen la posibilidad de hablar o escribir desde una tribuna pública. La aparición de Internet, con todas sus cosas negativas, ha abierto la posibilidad, junto con toda la morralla, de que surjan otros espacios que permitan otras voces, otros ámbitos donde se pueda desarrollar una crítica con vocación de serla.

CONCLUSIÓN: Otra obra inane, aburrida y superflua, además premiada en un certamen literario de una institución pública, y cuyo destino será llenar cajas de ejemplares en el fondo de un almacén. Ya que estamos, podríamos mandar ahí también a premios literarios como este que no tienen arraigo, interés ni utilidad, y que solo sirven para confundir.


P.D. (1) Otra reseña, con valoración muy distinta, aquí.

P.D. (2) Una entrevista con el autor en el que habla de la novela, la belleza, etc., aquí.


POLILLAS AL ANOCHECER EN RADIO GUINIGUADA






lunes, 27 de septiembre de 2021

Literatura despolitizada

 Hace unos días, en ese muro de las lamentaciones individualizado que es Facebook (como lo es también Twitter), dos poetas laureados de Canarias, ante la calificación de una poeta como feminista, se llevaron, metafóricamente, las manos a la cabeza, bastante indignados por la adición del adjetivo al glorioso, sacro y solemne sustantivo de poeta. Lo cierto es que a estas alturas proclamar que el verdadero arte no es político o no tiene necesidad de la política es al mismo tiempo torpe y miope, por no decir que, sencillamente, representa una estupidez viejuna y,  ya lo digo, profundamente reaccionaria. Deberían saber que abogar por la despolitización o el apolitismo artístico no es ni más ni menos que una postura política, y que escribir versos al amor romántico o a la playa de Las Canteras puede implicar una toma de postura política aunque sea por ensimismamiento. También, por qué no, es posible que no encontremos nada evidentemente político en una poema, o lo que sea, de Marwan o en la novela de una presentadora de televisión. No por eso son mejores esas obras, ni más auténticas, ni más puras: no son más artísticas por ello.

Por otro lado, la crítica tampoco es apolítica, ni siquiera cuando se refugia en la crítica de la técnica literaria o en la forma. En este sentido, y como todos Vds. sabrán, existen la crítica feminista, la marxista, la conservadora, la multicultural, la psicoanalítica, la estructural, la de género, la queer, la étnica, la postcolonial, laposestructuralista, la historicista, etc. Es posible que uno/a pretenda escudarse en algo así como una crítica objetiva, al igual que otros/as en el arte por el arte. También, que refugiarse en la misantropía gruñona sirve de consuelo ante las continuas frustraciones de una vida no lograda o del escaso reconocimiento que nuestros conciudadanos (más allá del reducido círculo amical) nos profesan. Todo es posible, pero no estamos aquí para hacer teorías de la mente.

En fin, como este crítico que les habla ("El crítico más crítico de todos los críticos inexistentes en Canarias", un tal Ivan Cabrera dixit) no tiene la menor intención de ser crítico "a secas" ni objetivo ni nada que se le parezca, sino que tiene bien claras sus veleidades izquierdistas, paso a comentarles brevemente las últimas obras de no ficción leídas en este volcánico mes de vacaciones de un servidor.


El autor, el difunto Erik Olin Wright, referente del marxismo analítico, señala que este libro es a la vez resumen y ampliación de su anterior libro Construyendo utopías reales, en el que se desgranaba con minuciosidad y razonabilidad cómo debería ser el diseño de un plan encaminado a sustituir el capitalismo por un sistema económico y social más democrático, más igualitario, más justo y más ecológico. Tarea que, resulta palmario, se tacha de antemano desde cualquier foro político y mediático como utópica, irreal y cualquier otro adjetivo descalificador cada vez que alguien se le ocurre plantear en público tal posibilidad. Es perfectamente posible, y en algunos casos, recomendable, leer primero Cómo ser anticapitalista en el siglo XXI y después Construyendo utopías reales. El caso es no perder el ánimo ni la esperanza en la posibilidad de construir una sociedad mejor. Otra cosa es que crean que vivimos en un mundo imperfectible.


Aunque el título invite a uno a pasarse de listo, lo cierto es que no todos los autores coinciden en un pronóstico negativo. No obstante, este volumen escrito en forma de varios ensayos que se responden unos a otros, quizá no sea la mejor lectura para los que no sean capaces de imaginarse otro mundo que no sea el capitalista. Cierta propensión a la angustia puede manifestarse en determinados momentos, lo que, quiéranlo o no, puede no ser enteramente malo. En todo caso, estos sociólogos de primer nivel, auténticos autores canónicos (Immanuel Wallerstein, Randall Collins o Michael Mann, entre otros) ofrecen una lectura aguda y amena respecto de los defectos y virtudes del capitalismo tanto por sí mismos como, en algún caso, en comparación con el que fue su gran rival en el siglo XXI, la economía centralizada soviética. Leído antes o después (o como en mi caso, al mismo tiempo) que la obra de Olin Wright puede aportar una nueva comprensión (un tanto desoladora) del mundo en el que vivimos.


Podría decir que es simplemente un libro bellamente escrito por un filósofo de aguda sensibilidad. Eso sería quedarme corto, sin embargo, ya que también es este un libro político en el que se pasa revista a la visión pasoliniana de la luciérnaga y su confrontación con otros autores como Benjamin, Bataille y, sobre todo, con Agamben. La contraposición entre esperanza y escepticismo, entre fe y derrotismo sustanciada mediante el par de conceptos imagen/horizonte se destila en una argumentación lúcida y un estilo literario simplemente arrebatador. En algún sitio dije que me había vuelto lector de Didi-Huberman solo por este libro: sus libros me parecen promesas en este camino, eminentemente político de imaginar posibilidades al margen del ser humano como consumidor y de las cosas como mera mercancía. 


Para los que aún piensan que la crítica artística no tiene nada que ver con la política y para aquellos artistas o poetas que lo son, según ellos, "a secas", en esta entrevista a uno de los pensadores más leídos y citados en la reflexión académica sobre el arte contemporáneo vemos como Paul Virilio lo conecta  con el capitalismo y la sociedad de consumo: la tecnología y los accidentes asociados a cada avance tecnológico son el objeto preferido de estas reflexiones a dos voces. También, se muestra acerbamente crítico respecto de la palabrería de moda en el mundillo del arte, los museos tipo Guggenheim y las Bienales. Aquí aparecen también conceptos importantes, como la dromología (ciencia de la velocidad), la encarnación o la estética de la desaparición. Corto, intenso y, como con Didi-Huberman, uno quiere más. Un autor citado por doquier.


Aunque a estas alturas cualquier aficionado/amante, si no creador/a, del arte debería estar ya sobre aviso, por si no lo está, lecturas como esta de La domesticación del arte, de Laurent Cauwet, nos muestran de manera descarnada los numerosos y firmes vínculos entre el patrocinio privado del arte y su utilización y manipulación para la acumulación de prestigio y otros propósitos sospechosos. Lo mismo puede decirse de las instituciones públicas, pero estas ya están bastante bajo sospecha por lo que una mirada al mundo empresarial no viene mal para no perder perspectiva. Este libro habla del mundillo artístico francés, pero salvo quizá en el nivel de desarrollo podría trasladarse sin problemas al español. En nuestro ámbito local, sin embargo, la omnipotencia de las instituciones públicas (Cabildos y ayuntamientos de turno, Gobierno de Canarias) en el arte es casi total, con sus consiguientes problemas de clientelismo y, asimismo, la utilitaria concepción del arte como apaciguador social o encubridor de las desigualdades sociales (algo que también se proyecta a los espectáculos de todo tipo, incluyendo los deportivos). Algo que debería plantearse cualquiera que acude a premios literarios públicos o privados es por qué se convoca ese premio, qué objetivo tiene y a quién beneficia en realidad. Pero claro, los poetas (los/las novelistas, los/las artistas) no quieren etiquetas... 





















lunes, 30 de agosto de 2021

Aforismos

Existe un peligro para el que todos/as los/as amantes de la literatura deberían de estar apercibidos: los aforismos. Pueden venir solos, o como la degradación natural del cuento ultracorto o microrrelato. También puede llamárseles machangadas aunque alguno de ellos tenga su golpe de efecto. Hay que odiar a Monterroso, es evidente, pero con todas las fuerzas, no con el remante vespertino después de la explotación de un día de trabajo. No, hay que odiarlo por la mañana, bien temprano.

Es curioso como ha proliferado, y parece que esa tendencia no va a disminuir, el género, por llamarlo así, del aforismo. Esas frases cortas, sentenciosas, apodícticas, tan pretenciosas como inútiles. Además, esa manía no solo existe como producto acabado y separado, es decir, como un volumen de aforismos, sino que recorre, más bien pulula por páginas novelescas, hasta un punto que estas parecerían infestadas por un hormiguero enloquecido 

 Me parece imaginarme ese escritor (o escritora), no sé, digamos de Telde o de La Laguna, con su sombrero de paja, su máquina de escribir en un rincón, su libreta de notas, tal vez una pluma, una reproducción de un cuadro de Antonio López y una estantería en la que cohabitan en heteróclita sucesión los clásicos de ayer y de hoy; en resumen, todo el atrezzo y el disfraz correspondiente a la de sacerdote de las letras (aunque su secta se componga de él mismo y de nadie más) concentrado sobre la hoja de papel o ante la pantalla del ordenador. Sobre su cabeza, una lámpara que emite una luz amarillenta que más confunde que alumbra. Pero eso son minucias, así que sigamos. El escritor, tal vez autor, está decidido a escribir genialidades, esas que intuye cuando está a punto de quedarse dormido: grandes tragedias, quizá (no, eso de hablar de los grandes personajes se le queda muy lejos); mejor, conmovedores dramas humanos que hablen sobre la vacuidad del ser y de la chaflamejada de la masa aborregada que compra libros de poemas que no son los suyos: "¡Masa, masa, incultos asquerosos, infantes descerebrados, ah, ah!", piensa mientras flexiona sus muñecas, se prepara para el aporreo sobre las teclas, oh, sutil danza digital, ballet de las musas, con sus dedos gordezuelos, o delgados, qué más da. 

Escribe una frase, piensa, luego escribe otra, un párrafo. Al rato, ha escrito un par de páginas, pero se le ha acabado el resuello. Las lee y relee, se enamora de ellas, sonríe embelesado, sueña en la gran novela española del siglo XXI, la suya, que podría quizá superar (tal vez sea mucho imaginar) a Ordesa. Nuestro escritor refunfuña porque aunque ahora es antisistema, a menudo se plantea en su interior interesantes dilemas éticos sobre aceptar o no premios. Secretamente, él (ella) lo que más desea es el reconocimiento, salir en la tele, si no en ese programa de La 2, cualquiera de la autonómica le sirve. Mientras, abjura de los medios de comunicación, de las instituciones públicas y de los demás escritores/as que no hayan elogiado sus poemas.





Al día siguiente, tras pasarse la tarde anterior leyendo, o, tal vez, viendo Netflix (qué puede haber más inspirador que una plataforma repleta de historias?) retoma su historia, pero no puede soportarla: sus ocurrencias, los diálogos, la idea misma: todo suena impostado, falso y banal. Es el enésimo fracaso. ¿Qué va a hacer con su vida? ¿Trabajar de lo mismo (maestro, funcionario, abogado, obrero siderometalúrgico, empleado de banca, médico, etc.) el resto de la existencia? Oh, Dios...

No obstante, los amigos le alaban mucho las cosas que escribe, y cuando decide aparecer en Facebook obtiene asegurado muchos likes y corazoncitos. ¿Qué es lo que falla? Quizá es que no domina el género. los poemas, en cambio, se le daban más o menos bien: una vez ganó un premio municipal (que aceptó, la verdad, muy contento) y adquirió algo de fama entre los pares del reino. Pero está cansado de escribir siempre de lo mismo: la soledad, el desamor, el sexo, las calles de Madrid/La Laguna/Telde, etc. Escribió también unos cuentitos, los autoeditó y se vendieron bien. Al menos, no perdió dinero, lo que ya es bastante. Gustaron mucho, según deudos y allegados. Pero ningún periodista cultural se ha fijado en ellos, ¿tendría que llamar a X, que conoce a F. a ver si le hacen una entrevista? ¿Una reseña elogiosa? Hay que explorar esa posibilidad, los medios son terribles, son EL MAL, pero hay que transigir de vez en cuando, uno no puede convertirse en un héroe cotidiano... ¿Cómo, un "héroe cotidiano"? Qué bien, eso da para algo. 

¿Y si escribiera frases cortas, como versos de un poema pero sin que sean un poema? ¿Cómo se llama eso? Ah, sí, AFORISMOS.

"Un héroe cotidiano se descalza en presencia de Nadie". Mmm, esa referencia a la Odisea está muy bien traída. No sabe aún que significa, pero puede significar. Sigamos, pensemos, tú puedes, se dice, ya hay gente más joven que yo haciéndose un nombre, pero esto pinta bien:

"La vida es como un pantalla de ordenador". Mmm, le falta algo, mejor: "La vida es una animación de ordenador". Está floja la cosa. A ver: "Su corazón latía como una CPU  sin actualizar"...

Sigamos:

"Su mano era un globo sin aire en su interior", "Una casa es un perchero del que colgamos la vida", " Una sonrisa es una sanguijuela del otro", "El prójimo no tiene por qué ser Jeremías, ni falta que me importa", "Sus zapatos eran el furgón blindado de mi fetichismo", "Una testa capitalista decapitada es el diente de leche de una sociedad joven", etc.

Y así nuestro protagonista logra, por fin, escribir horas y horas, y, lo que es mejor, logra ilusionarse, sentimiento ese de la ilusión que había perdido hacía tiempo porque "la poesía es una amante bipolar" y, también: "la literatura es un faro que atrae a la costa a los bucaneros del sentido". ¡Mamá, soy escritor (o escritora)!

BASTA. Que alguien escriba una novela YA sobre los/as que escriben libros de aforismos.




jueves, 19 de agosto de 2021

Agosto

Para quienes, afortunados nosotros, no percibimos amenazas inmediatas que pongan en peligro nuestra acomodada existencia, quizá sea agosto un buen mes para pensar. Tengo un amigo que suele aprovecharlo para viajar solo, mochila a cuestas, y si es posible a sitios sin demasiada seguridad jurídica y menos social. Once meses trabajando de abogado le llevan a tomar este tipo de decisiones existenciales gracias a las cuales una vez te cuenta de Kenia, otra de Guatemala, esta de Kazajistán, aquella de La India, etc., etc. Un tipo admirable, sin duda, aunque no puedo evitar preguntarme cuál es la búsqueda final de ese laborioso peregrinar, cuál es la naturaleza del crepitar de esa zarza ardiente (bajo un continente parsimonioso) que, llegado agosto, le induce a arrostrar peligros ciertos e imaginarios.

Otros, más perezosos, y seguramente mucho más medrosos, también menos exigentes, nos conformamos con intuir maneras de pensar que alejen la angustia de este vivir sin sentido que compartimos todos los seres humanos. La literatura ofrece, entre otras muchas posibilidades, algunos remedios. Mal tomados, pueden fomentar el escapismo e inducir a fantasías solipsistas que resultan un callejón sin salida. La mejor manera  de aprovechar la literatura en el sentido en el que hablamos es, quizá, la de esforzarnos por comprender sus diagnósticos de los padecimientos y alegrías de mujeres y hombres en las sociedades en que fue engendrada, diversas tanto en el espacio como en el tiempo, algunas ya casi ininteligibles. 

Imagino que incluso para los ricos muy ricos, para sus hijas e hijos, incluso, que ni siquiera han tenido que esforzarse para serlo, la vida tiene, en el fondo, que limitarse a salvar el día y esperar que llegue otro porque la desesperanza por la falta de significado de todo lo que uno mire (salvo, tal vez, la compasión por nuestros semejantes) impregna cada uno de los actos humanos. Claro está que el sufrimiento físico y las necesidades corporales más inmediatas pueden hacernos olvidar este desgarramiento de la semántica de la vida, pero si se salvan, surge de inmediato, como ¿castigo? ¿recompensa? por poder dedicarnos a pensar.



Quizá sea agosto un buen mes para que un crítico literario, o, como escribe un poeta local (a ratos furibundo, devenido los otros ratos en cuentista), para que un servidor, "el crítico más crítico de todos los críticos inexistentes de Canarias", no reseñe, sino piense. Escribir las reflexiones a las que uno se ve inducido por la lectura literaria merece, asimismo, otras reflexiones periódicas. No sólo sobre qué es y comporta la crítica literaria, sino qué es eso que es leer, qué es eso que se piensa sobre qué es leer.

Porque uno puede sentirse inclinado a pensar que la literatura en Canarias es tierra baldía, dado el nivel de mucho de lo que se publica y de los premios literarios y florales. Que ese nivel es directamente proporcional al intelectual que se muestra en las pocas tribunas que se muestran aquí y allá. Que nuestra intelectualidad y nuestra artistidad, probablemente influida de manera directa por la escasez de recursos y la falta de proyección, debidas, asimismo, por nuestra excéntrica posición, alejada de los nodos centrales de poder económico, cultural y artístico, se revela en sus mejores momentos como mezquina y miserable, y, en los peores, como sierva y mendicante de otros. Los casos aislados, las excepciones, de las que intento dar cuenta, nos permiten albergar esperanzas, al menos.

Ahondando en esto: lo que echo en falta, de manera palmaria, incluso flagrante, en el mundillo artístico-literario-cultureta es esa falta de reflexividad de los que se consideran intelectuales o artistas. Faltan la purga y la herida, faltan el acero afilado y el fuego; sobran la complacencia y la vanidad, sobran el orgullo infundado y el arribismo degradante. Nombran como gigantes y maestros/as a cualquier cretino/a y aspiran a que se les considere lo mismo, siendo también, y sólo, lo segundo. Siempre en torno a las migas que les arroja el político o la institución de turno. Lógico, por otra parte, cuando todos se consideran plenos de individualidad y autonomía, escritores y escritoras libres arrojados a un mundo al parecer neutro en el que la ideología se elige como de un menú de bar.

En fin, el crítico, por modesta que sea su valía, tiene que intentar leer las obras en clave filosófica y sociológica, leer más allá de ellas y de sus autores/as, pero, al mismo tiempo, conectarlos/as con la política y la cultura (en sentido amplio) del tiempo que le ha tocado vivir. La labor del crítico, a ver si nos entendemos de una vez, no tiene que ver "con poner nota" ni con certificar que uno está "en la onda" de los gustos de los/as lectores/as sino comprobar y en su caso poner de relieve lo que determinada obra tiene de valor para el ser humano, estética, moral y cognitivamente hablando. Al menos, para el ser de humano de nuestro tiempo. No está para influir en que un libro se venda más o menos (cuestiones y peculiaridades del mercado en las que no entra, aunque esto también sea imposible) ni para caer en gracia a nadie, y menos al público o a los periodistas culturales. Al crítico no le erigirán estatuas ni bustos, ni pondrán su nombre a una avenida. Pero, ¿quién puede, de verdad, desear eso? Lo que quiere el crítico es cambiar el mundo.

martes, 10 de agosto de 2021

Mierda de perro y crítica de calidad

El otro día, leí un comentario en Facebook en el que un individuo, poeta por más señas, calificaba un libro de cuentos de "mierda de perro", que no mierda de artista. Además, se llevaba las manos a la cabeza (figuradamente) por el exceso de elogios que ese volumen había suscitado en el mundillo literario y en los medios. Escribía, también: "La gente cree que la calidad de un texto literario es algo totalmente subjetivo y emocional, y no es así". El Facebook en modo abierto tiene estas cosas. En todo caso, me alegra que esa persona, activa integrante de la moderna república de las letras, esté de acuerdo conmigo al menos en eso.

En numerosas ocasiones, me han criticado por la acidez de mis comentarios respecto de las obras que aquí analizo. Entiendo que muchos de los/las autores/as se hayan sentido ofendidos en lo más íntimo, como asimismo (lo que es de lo más simpático) muchos de sus amigos y fans. Es curioso también comprobar cómo muchas de las críticas son ad hominem o caigan en lo mismo que se me reprocha, viniendo a decir: "Qué sabe este, que el que sí sabe de esto soy yo". Al crítico se le niegan credenciales que, sin embargo,  estos críticos del crítico se atribuyen a sí mismos con bastante desparpajo. 

En fin, esta persona, experta al parecer en malditismo poético, bien aconsejada o tras un insólito ejercicio de introspección, acabó borrando la entrada. Tal vez, por arrepentimiento (que si no de la opinión, sí de la expresión); tal vez, por la misma razón por la que no nombraba el título del libro de relatos ni a su autor ("porque me podría perjudicar"). Esto nos lleva, por otro lado, a la extrema dificultad, ya expuesta y razonada aquí en decenas de ocasiones, de que un/a escritor/a ejerza la crítica de manera honrada: demasiados intereses, demasiadas conexiones. 

Es por ello por lo que reconozco sin ambages que me encuentro en una posición privilegiada: no necesito favores, menciones ni elogios, no necesito que me inviten a conferencias, charlas, estudios, jornadas, congresos ni ferias. Tampoco, que reúnan en un libro mis ocurrencias del desayuno o mis aforismos de dominguero. Así, puedo escribir con sinceridad. Podrán gustar o no mis artículos, los podrán criticar por sesudos o por no serlo, por ser superficiales o subjetivos, por ser cortos o por ser largos. Lo que se les ocurra. Pero nadie podrá afirmar que he falseado o disfrazado mi opinión para obtener o creer que puedo obtener algo a cambio. Aunque sea para caer bien.

No obstante, a pesar de tal libertad, nunca me permitiría escribir que una determinada obra, y miren que las he leído malas, incluso espantosas, es "mierda de perro". No solo porque el análisis debe ser más fino, a base de desgranamiento de razones y no de coprolitos sino también por respeto al esfuerzo de la autora o autor. Por muy deplorable que haya sido el resultado, igualarlo a las heces del querido animal doméstico es de pésimo gusto y revela cierta indigencia moral. 

Es también singular que este poeta (al que no nombro porque, repito, ya ha borrado el comentario) forme parte de la larga lista de personajes de la literatura canaria que abogan, una y otra vez, para que haya, por fin, crítica en Canarias, crítica de verdad. Debe de ser no sólo porque desconfían de críticas como las que, por ejemplo, yo ejerzo, sino de las suyas propias, dadas las circunstancias.




En otro orden de cosas, debo comentar con Vds. parte de la penúltima entrevista al poeta Antonio Arroyo Silva en el suplemento cultural de Diario de Avisos de 16 de mayo. Después de las preguntas de rigor (¿Cómo definiría la poesía?, ¿Qué autores le han influido?, etc.), surge una cuya respuesta me parece característica de buena parte de la supuesta intelligentsia local: Pregunta: "-¿Qué medidas deberían implementarse para divulgar la obra de los escritores canarios?". La respuesta se divide en varias partes: a) "Hay actualmente muchos autores que publican demasiado" porque "no hay conciencia crítica ni siquiera autocrítica", lo que lleva a: b) "Tampoco existe una crítica especializada que valore estas obras". Finalmente, a pesar de toda esta abundancia, c) "los lectores rechazan a unos" (la literatura universal) "y a otros" (la literatura canaria de calidad). POR TANTO, la solución de Arroyo Silva es: "(...) de alguna manera las corporaciones locales deberían comprar libros para hacérselos llegar a los más jovenes. Claro está, dentro de un proyecto adecuado de lectura que implique formación".

O sea, la gente, en especial la juventud, no lee nada, ni la literatura mala ni la buena, quizá porque se publica demasiado. Entonces, una manera de que lea (la literatura canaria buena) es que las instituciones públicas "compren libros". Gran solución. Sin embargo, todo esto me genera muchas dudas: a) Si no hay crítica seria, crítica que discrimine entre literatura de calidad y de la otra, ¿cómo una institución pública va a disponer de criterios sólidos para escoger libro alguno salvo que sea uno de esos clásicos que todo el mundo conoce y tampoco lee?; b) si los lectores jóvenes rechazan los libros, ¿cómo piensa hacérselos llegar? ¿Qué es ese invento de "un proyecto adecuado de lectura?" No parece sino, una vez más, el repetido voluntarismo, la cansina fe en la acción omnímoda de las "corporaciones locales", la enésima sugerencia de la reforma desde arriba. No importa que fracasen una y otra vez porque lo que distingue a este tipo de personas es su pretensión de inocular su concepción de cultura a las díscolas masas ya lo quieran éstas o no.



jueves, 5 de agosto de 2021

'Motivo de ruptura', de Harlan Coben

Dado que es agosto y que, como todo el mundo sabe, no es época de lecturas sesudas y complicadas sino ligeras y frescas (lo mismo ocurre en los medios de comunicación, que rivalizan por traer a sus redacciones las noticias más pintorescas e insignificantes), opté por dedicarme de lleno a la novela de Harlan Coben Motivo de ruptura (traducción de Xavier Llobet), la primera de una larga saga (once hasta hoy) en la que el protagonismo recae en un tal Myron Bolitar, agente de deportistas a tiempo parcial e investigador privado casi todo el rato restante. Esta primera novela data de 1995 y la última, según leo en la Wikipedia, es de 2016. Puede deducirse que el escritor ha disfrutado de las mieles del éxito lector, al menos en su país. Además, se han hecho series de televisión basadas en su obra.

Yendo al grano: literariamente, la novela no vale nada. Es la enésima repetición de los esquemas conocidos en la novela policiaca/negra, en esta ocasión con la variante de introducirnos en el más o menos glamouroso mundillo del deporte de alto nivel. Hay un protagonista principal de afilado verbo, con impresionantes virtudes físicas y mentales; tiene un amigo que es aún más listo y más impresionante, y, lo más importante, con clase, que hace las veces de Deus ex machina cuando conviene. También hay una historia de amor secundaria con una mujer que le rompió el corazón unos años ha, etc. Son clichés dentro de un gran cliché, sin duda.

Otro asunto es el punto de vista: al principio es el habitual de la tercera persona del singular, exterior al personaje, e indirecto libre. Parecería que sería un narrador limitado a lo que ve el protagonista, pero en un par de ocasiones, el autor considera necesario contarnos las sensaciones y pensamientos de otros personajes secundarios, lo que extraña un poco. Nos da la información parcial de un solo personaje, pero ¿por qué no nos las da de todos? ¿Por qué sólo de algunos y por qué sólo en esos momentos concretos? Hay algo de trampa, de manipulación algo basta, quizá por falta de pericia, en esas episódicas alternancias sin demasiada justificación.




Sin embargo, la novela funciona como producto de consumo de manera extraordinaria ¿Por qué digo esto? Los diálogos de intercambios verbales cortos y rotundos, a veces ingeniosos, a veces exagerados, el diseño del argumento, los vaivenes y complicaciones de la trama y el ritmo de la narración contribuyen a cincelar una novela que se lee sin cansar, con un punto notable de divertimento y satisfacción que a veces echo de menos en novelas más serias. Baste decir que la leí en unas escasas horas, casi de corrido, con gran placer e interés.

Es quizá por esto por lo que el llamado género negro o el policiaco o el detectivesco, en sus diversas solapamientos, son tan socorridos, y, en especial, por autores primerizos. Son géneros muy esquematizados, con una panoplia de personajes, situaciones y argumentos repetidos hasta la extenuación, tanto en la literatura como en el cine o en las series de televisión. Literatura de fórmula. Casi no hay que tener imaginación, o no demasiada, lo que no viene mal, en especial si el escritor o escritora no cuenta con demasiado talento.

No obstante, no toda la literatura de masas es despreciable por ser un mero producto industrial. Como material de relajación y distensión, productos como este suponen una suerte de vacaciones del intelecto que no vienen mal de vez en cuando, y aquí parafraseo a Umberto Eco en Apocalípticos e integrados. El error sería considerarla como modelo o referencia literaria, o como única literatura posible o deseable. ¿Por qué? En este caso, la respuesta es sencilla: no innova en ningún sentido, ni lingüista, ni estilística ni narrativamente; y está cargada de tópicos. Además, es elitista ("Aquel barrio apestaba a clase media", piensa el protagonista en cierto momento) y conservadora, aunque haya algún discreto reproche a la discriminación étnica. 

A esta conclusión se llega cuando uno se da cuenta de que, pese a la corrupción en el mundo de los deportes y de las instituciones públicas, pese al poder del hampa, pese a que se nos muestra parte del submundo de la prostitución y de la pornografía, jamás se desliza una crítica sistémica: todo está bien, son las personas las que son malas. Estas personas se tratan a golpes, físicos y verbales. Nunca se gana "por la coacción sin coacciones del mejor argumento", como diría Habermas, sino por la coacción de la violencia, del músculo o de la pistola. A veces, la astucia también desempeña su papel como complemento a los anteriores.


Myron cogió al tipo por el cogote y le endiñó un codazo en la nuez que estuvo a punto de aplastarle la tráquea. El hombre hizo un ruido gorgoteante de asfixia y dolor y luego calló. Myron lo acompañó con un golpe con la parte estrecha de la mano contra el cogote, justo por debajo del cráneo, que hizo que el hombretón se desplomara al suelo como un saco de arena. 

-¡De acuerdo, ya basta! 

El tipo del sombrero de ala curva dio un paso hacia delante apuntando una pistola contra el pecho de Myron. 

-Apártate de él. ¡Vamos! 

Myron le echó una mirada rápida y dijo: 

-¿Ese sombrero es de verdad? 

-¡He dicho que te apartes! 

-Muy bien, muy bien, me aparto. 

-No hacía falta que hicieras eso -le amonestó el hombre más bajo casi con pena-, sólo estaba haciendo su trabajo. 

-Un joven incomprendido -añadió Myron-. Ahora me siento fatal. 

-Limítate a no acercarte a Chaz Landreaux, ¿de acuerdo? 

-No, no estoy de acuerdo. Dile a Roy O'Connor que no estoy de acuerdo. 

-Oye, que a mí no me pagan para dar una respuesta. Yo sólo doy el mensaje. (Pág. 21)

  

Ver a Aaron fue como pasar por el túnel del tiempo. Seguía siendo tan inmenso como Myron lo recordaba, tan grande como un armario ropero. Iba vestido con un traje blanco perfectamente planchado, pero no llevaba camisa, lo que dejaba ver gran parte de sus pectorales bronceados. Tampoco llevaba calcetines. Iba bien peinado y con el pelo hacia atrás al estilo de Pat Riley, el famoso entrenador de la NBA. Andaba con aire despreocupado. Llevaba gafas de sol de diseño y colonia también de diseño que olía sospechosamente a repelente de insectos. Aaron era la viva imagen de la palabra "superelegancia". Sólo tenías que preguntárselo y el mismo te lo diría. 

-Me alegro de verte, Myron -dijo con una amplia sonrisa.  

Los dos se estrecharon la mano. Myron no se la apretó porque ya era un poco mayorcito para eso. Y también porque lo mas probable era que Aaron pudiera apretársela más fuerte. 

-Siéntate. 

-Fenomenal. 

Aaron convirtió aquel momento en todo un espectáculo, pues extendió los brazos de golpe como si llevara una capa y luego se quitó las gafas de sol haciendo chasquear las varillas. 

-Me gusta tu despacho -dijo-. Es realmente impresionante. 

-Gracias. 

-Es un despacho impresionante y además tienes una vista impresionante. 

La palabra clave parecía ser "impresionante". 

-¿Estás buscando un despacho de alquiler? 

Aaron rió (sic) como si hubiera sido el mejor chiste que hubiera oído nunca. 

-No -contestó-. No me gusta pasarme el día encerrado en un despacho. No va conmigo. A mí me gusta la libertad. me gusta ir por libre, en la calle. No disfrutaría estando encadenado a una mesa. 

-Vaya, eso es fascinante, Aaron. De veras. 

El tipo volvió a reír. 

-Ay, Myron, no has cambiado nada. Y me alegro de que sea así. (Págs. 128-129)


Ignoro cómo se habrán desarrollado o evolucionado los argumentos y la moralidad de los personajes en las siguientes novelas de esta serie del personaje Myron Bolitar, si es que esto ha sucedido, pero la conclusión a la que llego es que este escritor (me atrevería a pensar que sin quererlo) nos revela una concepción del mundo testosterónica, de todos contra todos, dentro de una sociedad civil deshilachada y salvaje sin otra esperanza que la acción individual. Que los personajes cuenten con amigos o aliados no le resta un ápice de desesperanza a esta visión de conjunto, aunque Coben, es probable, sólo pretendiera entretener.


P.D. Me he encontrado esta entrevista por ahí, por si interesa.




miércoles, 21 de julio de 2021

Más libros, que no falten

Compartiré con Vds. que después de la reseña de La paja en el ojo de Dios, pero no por su causa, creo, las visualizaciones del Polillas se han multiplicado. Así, el número de visitas, cuando aún no ha terminado julio, es el máximo en la historia del blog, nacido en noviembre del ya lejano, antiquísimo, 2016. De todos modos, imagino que será algo puntual y que luego el blog volverá a unos niveles más normales, que, como dirían los economistas, son "de crecimiento lento, pero sostenido".

Debido a circunstancias varias, entre las cuales la no menos importante ha sido mi indecisión, no he podido leer, ya que ni siquiera escoger, otra obra este mes para reseñar, analizar y meter un poco el dedo en el ojo. No obstante, dado este pequeño impasse de lecturas específicas para el blog, he considerado conveniente actualizar mi lista de lecturas para que Vds., ávidos de curiosear bibliotecas ajenas, le echen un vistazo, por si fuera de su interés. 

Sin embargo, pronto retomaré las lecturas de ficción cuyo análisis suscita sumo placer a mi público lector, con especial atención a las obras patrias que tanto patrimonio crean y tantos beneficios intangibles nos procuran. 

Capítulo aparte merecería nuestro viceconsejero de Cultura, Juan Márquez, porque, entre otros asuntos, su concepción de la cultura y del arte es indistinguible de sus predecesores, con los que imagino que está políticamente confrontado, así como, si ese concepto ha llegado a conocerlo, del arte público, o simplemente de una visión democrática de la cultura que no signifique solo regar con subvenciones a todo aquel que agite la bandera del arte. Para Juan Márquez, cultura es también cohesión social, apaciguamiento del conflicto social, digan lo que digan Maquiavelo, Gluckmann, Bourdieu y quienes se le pongan por delante, y construir palacios de congresos en todas las islas del archipiélago canario. Digo yo que por qué no, si de verdad queremos extender la cultura al máximo, en cada municipio: ¿es que acaso es un elitista cultural

También el buen hombre ha tenido a bien, desde su viceconsejería, convocar un ¿concurso? ¿premio? para que aquellos que lo estimen adecuado envíen sus manuscritos para que los elegidos/as reciban a cambio unos euritos (atención a los criterios de valoración en las bases). Así, crearán colecciones de forma espontánea, ex nihilo. Donde antes había un solar, ahora crecerá un vergel: adanismo cultural del bueno. Lo hace, además, para "fomentar la actividad literaria", que, como todo el mundo sabe, es buena en sí y para sí y para todo lo que le rodea. Es posible que a Juan Márquez en Podemos lo consideraran experto en Cultura y Espectáculos porque es licenciado en Música, y lo primero, naturalmente, se deduce de lo segundo.

Volvamos a lo que de verdad es tangible. Aquí va la pequeña lista:


1) La política contra el EstadoSobre la política de parte, de Emmanuel Rodríguez López

Una obra de filosofía e historia política que se interroga sobre la génesis, desarrollo y vigencia de conceptos tales como "autodeterminación", "revolución", "socialismo", "política" o "Estado" en el marco de sociedades profundamente divididas y bajo un régimen económico capitalista. Autores como Marx, Lenin, Kelsen, Gramsci, Althusser, Poulantzas, Kropotkin o Rancière salpican las discusiones téoricas y los análisis de la praxis revolucionaria o reformista que se han venido desarrollando en la izquierda a lo largo de los dos últimos siglos, que son precisamente los del advenimiento del capitalismo y de la sociedad burguesa. Erudición, agudeza y crítica se combinan, a mi entender, con brillantez en este tratado.


La razón del desastre estaba ya en la consigna de 1917: "Todo el poder para los soviets", pero solo hasta que el partido se hubiera hecho con los órganos del Estado, hasta que el partido se hubiera hecho con el control de los instrumentos de coordinación de los propios soviets. Entonces, finalmente, el poder de los soviets y el poder del partido coincidirían; y entonces los primeros se volverían completamente prescindibles. La transición se produjo muy rápido. Tras la progresiva eliminación de los otros partidos de la democracia soviética (mencheviques, social-revolucionarios, anarquistas), los soviets, dominados exclusivamente por los bolcheviques, quedaron como organismos inanes frente a la rápida expansión de los órganos políticos del Estado. (Pág. 36)



2) La literatura del pobre, de Juan Carlos Rodríguez.

Este autor, que ya me había dejado patidifuso con su obra La norma literaria, vuelve a ejercer un análisis penetrante, estimulante y erudito, en esta ocasión con la figura del pobre en la literatura del Siglo de Oro, en especial, de La Celestina, el Lazarillo de Tormes, el Guzmán de AlfaracheEl Quijote. No diré que sea todo el tiempo una lectura fácil, pues uno debe, como en toda obra escrita con cierta sistematicidad, aprehender los principales conceptos -a veces creados ex profeso- para poder avanzar -y aprender- en la comprensión de la tesis del autor. No solo la reverberación del abandono del feudalismo en el siglo XVI y el surgimiento del incipiente capitalismo, sino su profunda imbricación con los cambios sociales y de mentalidad son la base argumental de Rodríguez respecto de la literatura de aquella época, en especial en la figura del pobre: sirviente, criado, etc., y su relación con las clases detentadoras del poder y de la riqueza. Un gustazo y un montón de conocimientos. Quién puede pedir más.


Lo espinoso del asunto consiste en esta cuestión clave: ¿dónde y cómo acaba la pobreza como enunciación social y dónde y cómo comienza la pobreza como enunciación literaria? Hay que partir de la base de que en el ámbito de la pobreza entra todo: desde la renuncia al mundo a la miseria real en el mundo; desde la distorsión moral ya desde niños a la añagaza o el fingimiento absoluto; desde el crimen o la delincuencia a la patada en el trasero que recibe Mozart por no querer someterse a su señor; desde el ladrón que no cree en el pecado hasta el arrepentido que cree en él; desde la explotación al explotado; desde el niño, de nuevo, al adulto ya herido para siempre... Cuando la pobreza se empieza a convertir no en una cuestión humana o religiosa sino en una cuestión social, empiezan a desaparecer sus límites. Y de ahí la diversidad de sentido.

Pues no olvidemos que el sentido es el límite. (Pág. 39)





3) Las nubes, de Aristófanes

Siguiendo con los clásicos, Aristófanes ha vuelto a ser objeto de lectura de un servidor con Las nubes, de la que he disfrutado no solo como interesado (ávidamente) en la Atenas clásica, sino como mero lector. Una comedia cuyo humor salta por encima de los siglos con total impunidad. A mí me encanta ese:


ESTREPSÍADES. ¡Sócrates! ¡Socratito! 

SÓCRATES: ¿Por qué me reclamas, oh ser efímero?

 

O aquel:


CORIFEO. (...) se suele decir que las malas decisiones 

son lo propio de esta ciudad, pero que siempre que cometéis 

una equivocación los dioses la vuelven a vuestro favor.

 

En una historia en la que un hombre, Estrepsíades, acosado por los acreedores, cree que aprendiendo el arte de la retórica de los sofistas logrará librarse de aquellos, con consecuencias lastimosas. Léanla, no se arrepentirán.




4) Historia de una novela, de Thomas Wolfe (traducción de Juan Cárdenas).

Esta es el relato en primera persona del proceso de escritura de las novelas de Thomas Wolfe, autor de obras como el Ángel que nos mira y, sobre todo, La feria de octubre. Para aquellos que no las han leído, como es mi caso, es difícil reprimir la urgencia de lanzarse a la calle y asaltar la librería más cercana (o la de referencia). Es tal la pasión con la que Wolfe describe su proceso creativo, o, mejor, llamémosle obsesión o compulsión, que durante algunos instantes se contagia tal febril actividad, aunque solo sea en los vaivenes del pensamiento. Para las/los escritoras/es en ciernes, les aviso de que guarda en su interior varias reflexiones que podrían considerarse lecciones de vida en lo que respecta al oficio, tal vez desde una perspectiva romántica, casi herderiana, pero nada desdeñables. Son apenas 90 páginas muy bien empleadas.

No puedo decir realmente que el libro estuviera ya escrito. Fue algo que se apoderó de mí, que tomó posesión de mí, y antes de que pudiera acabarlo -esto es, antes de que finalmente emergiera de esa experiencia con la primera parte terminada-, tuve la impresión de que el libro casi había acabado conmigo. Fue exactamente como si esta gran tormenta negra de la que he hablado antes hubiera descargado y, entre el resplandor de los relámpagos, hubiera vomitado desde sus profundidades una inundación torrencial, ingobernable. A su paso, la riada lo había arrasado todo, lo había arrastrado todo, como sucede cuando un caudaloso río se desborda. Todo, incluido yo mismo. (Pág. 43)





5) La fuerza de los débiles, de Amador Fernández-Savater

Es posible que este libro, junto con el de Emmanuel Rodríguez López y los de José Luis Moreno Pestaña (Los pocos y los mejores y Retorno a Atenas) sean de lo mejor que he leído de filosofía política por autores españoles en los últimos tiempos. Una singular mirada, la de Fernández-Savater, que analiza el poder y el conflicto desde la perspectiva de los débiles, esto es, desde una perspectiva que debe ser guerrillera. Con este prisma, analiza el 15M, el surgimiento de Podemos y el marco político contra el que se rebelan. Las virtudes y errores de un movimiento popular y asambleario que cambió los usos y costumbres de la política española desde la modélica Transición y la creación del denominado régimen del 78, que no tardó en aplicar, no obstante, sus anticuerpos políticos y mediáticos. Un libro importante.


La democracia y la paz civil no son "lo otro" de la guerra, sino una tregua. En esa tregua no desaparecen las violencias y las amenazas que aseguran diariamente el orden de la propiedad y los privilegios, sino que se reacomodan y funcionan distinto. La ilusión de una política sin fuerza lleva a respetar el consenso como marco de juego exclusivo donde moverse. La ilusión de una fuerza sin política lleva a pensar que hay que oponer a la fuerza de los fuertes una fuerza idéntica en respuesta. Por un lado se pierde de vista el problema de la fuerza, por otro se piensa solo en clave de la fuerza de los fuertes. (Pág. 63)