Casi un mes sin reseñar y, de pronto, dos reseñas en una semana. Así es la caprichosa disposición del tiempo del reseñador altruista a tiempo parcial, siempre a merced de los caprichos de la fortuna, de las servidumbres de la cotidianidad y del atractivo de otras lecturas no tan fácilmente comentables. A veces, es mera pereza y pocas ganas de mortificarme. Así de sencillo.
Por otro lado, como ya he señalado, son estas las fechas en las que eclosionan las presentaciones de novelas como huevos podridos, y los fans hardcore juran que las comprarán aun tengan que pasar hambre, dejar de pagar la hipoteca y quitar de la guardería al niño. Asimismo, los escritores expuestos a la mirada fervorosa de su grey se dejan arrobar por los elogios de los maestros de ceremonias -útiles por una tarde- y desde las alturas literarias sonríen convencidos de que esta vez sí, por fin.
A la industria literaria (ese conjunto de editoriales, distribuidoras, grandes almacenes y librerías), le interesa la continua renovación del surtido: la aparición de fenómenos literarios, de jóvenes promesas, de viejas glorias que reverdecen laureles, etc. Y mucha reedición, por si los lectores se habían despistado cinco años o una generación antes. A mí, la verdad, solo me interesan las novelas con hondura filosófica, de descubrimiento moral, que indaguen en las virtudes, miserias y misterios del ser humano, acompañadas de técnica y estética. Y que no me aburran, desde luego.
Claro está, es difícil que cada novedad editorial cumpla esos requisitos. Luego llegan las críticas elogiosas de novelas insoportables y todos se creen Galdós o Yourcenar, por citar a alguien, y van por ahí sembrando la semilla de la mediocridad a base de entrevistas en los medios de comunicación y talleres de escritura. En ocasiones, con algún premio a cuestas, lo que los hace aún más inaccesibles a la lucidez.

De este libro, como objeto, como producto final de una industria denominada cultural, como mercadería, en definitiva, lo que más me gusta es la portada. Una portada preciosa, con un ángulo submarino, a contrapicado, que ya me habría gustado que se hubiese aplicado a los relatos que integran el libro. De esto no hay que deducir, necesariamente, alguna conclusión sobre los cuentos. Podría haber ocurrido que estos hubiesen sido aún mejores. El infierno está pavimentado con cubiertas espantosas empastadas sobre grandes novelas.
Para ir al núcleo del asunto, David Galloway nos ofrece en este volumen de relatos (publicado inicialmente en 2003 y luego reeditado en 2012) una muestra más de la verborrea tan habitual por estos pagos, que conjuga a ratos un estilo indirecto libre mal asimilado con una minuciosidad inútil que acaba por desalentar al lector más entusiasta (incluso a los miembros de ese público cautivo del que todo autor parece disponer), y disquisiciones existenciales de lo más inane.
Cuesta encontrar en estos relatos una frase bella, un párrafo literario digno de ese adjetivo. El habla cotidiana en la que parece refocilarse nuestro cuentista se transcribe de la manera más real posible, es decir, del modo más insulso en que se puede hacer. Es ya un tópico mío hablar de los tópicos y las frases hechas, de las que, precisamente, está lleno este libro. Incluso cuando se pretendiera que sirven para caracterizar a los personajes mediante el lenguaje. Si es así, el resultado es el fracaso.
Hay algún argumento que con trabajo y dedicación podría haber dado más juego, buenas ideas que se marchitan con esta prosa tan banal y huera. A veces, algún final sorprende, lo que puede considerarse positivo, pero el camino está repleto de naderías. La sensación que me producen estos cuentos, al igual que con la obra de otros autores reseñados en este espacio, es la de ser el resultado de una escritura automática en la que el escritor ha alcanzado éxtasis de satisfacción al confundir fluidez con inspiración, rapidez con genialidad, espontaneidad con arte.
Al ser de dimensiones reducidas, las dos mujeres hicieron al menos cuarenta piscinas. Mientras nadaban a brazas despacio, muy despacio, a ritmo de caracol narraron a grandes rasgos anécdotas puntuales, algunas recientemente vividas, otras no tanto y otras ni muchísimo menos. A ratos banalizaron. A ratos filosofaban de aquella manera. Y a ratos lloraron, bien de risa bien de pensar, según y cómo. Sólo al descubrir lo arrugada que tenían la piel tras permanecer tanto tiempo metidas en el agua, salieron a tomar un a solearse. María, toalla en mano y secándose el pelo, acudió al bar en busca de dos copas de oporto y algo de picar, el largo baño les había abierto el apetito. (Pág. 41)
Absorto en sus recuerdos, Arturito no se dio cuenta de la presencia de Gerardo hasta que el camarero le puso sobre un hombro su mano y sobre la mesa el carajillo. Agradecido por el detalle, Arturito aceptó con un gesto de cortesía que llevaba implícito el convite a sentarse cinco minutos frente a él, y su intención de mostrarle la foto. Gerardo echó un vistazo alrededor, quedaban pocos clientes y atendidos todos; el jefe no regresaba hasta las cinco de su pertinente siestita, y entonces estimó oportuno tomarse un respiro porque sin cesar desde las siete de la mañana no había parado de servir platos de churros y tazas de chocolate y cafés y barraquitos y cervezas y menús y bocatas y cervezas y una tras otra... Ni tiempo tuve de desayunar tranquilo, y todo, de verdad se lo digo, por un sueldo que tampoco es para tirar cohetes. (Págs, 71-72)
Apetito voraz. Con su bata por única prenda cubriéndole los hombros abre la nevera y mira su interior con detenimiento, por suerte Alba era de esas personas que se sienten más seguras si el avituallamiento está controlado. Mientras decide qué le apetece comer de segundo, mete en el microondas un paquete de verduras congeladas. Descorcha una botella de vino, escancia una cantidad generosa y se deleita mientras contempla deslizarse sobre el cristal un par de lágrimas. A continuación, copa en mano y sonriente, entra en el dormitorio, abre el armario y un penetrante olor a naftalina provoca que retroceda un paso. Ante sus ojos, uno de sus uniformes de las Líneas Aéreas cuestiona ahora esa firme voluntad de hacer borrón y cuenta nueva. Se impone un momento de debilidad y, gacha la cabeza, respira profundo antes de volver a erguirla. Sabe que no debe consentirse el lujo de una recaída en el mismo desánimo del que pretende emigrar. (Págs. 135-136)
Puedo estar equivocado, claro. Sin embargo, este nivel de literatura comienza a suscitarme indignación, aparte de ese hastío tan peculiar que termina en trocarse en melancolía. Supongo que un escritor que se pasa el tiempo escribiendo estas cosas debe de estar convencido de que tiene algo que comunicar, pero no debería olvidar que debería esforzarse en demostrar al lector que vale la pena leerlo. Creo que es en este último punto donde el proyecto se tuerce, de manera irremisible. Incluso la lectura más difícil se convierte en ocasión para el regocijo y para el conocimiento con una buena historia y cierta técnica. Lo que no puede ser es que la lectura se convierta en un potro de tortura.
Es correcto aducir que el Sr. Galloway, al menos, tiene pretensiones. Hay muchos otros que simplemente se limitan a escribir esas novelas negras o de acción sin ningún otro motivo que vender o que entretener para vender. Dicho lo cual, no afirmo que todos los cuentos sean igual de soporíferos y carentes de interés. Hay alguno pasable, sin duda, pero es la atmósfera general de tedio que impregna cada pase de página la que encuentro insoportable y, sobre todo, injusta: soy lector, no sufridor.
Se acercan las Navidades y los regalos concomitantes. Como es de esperar, las editoriales anuncian, con mayor urgencia aún, nuevos títulos imprescindibles y necesarios que no podemos dejar de leer si queremos ser cultos. Ya se sabe, sentido común mediante, que la Cultura es una cosa muy buena, que a nadie molesta y con la que todo el mundo está de acuerdo, aunque no se tenga ni idea de su manifestación concreta ni mucho menos sentido del ridículo.
Es el cajón de sastre, la cultura, en donde podemos meter lo que queramos y de donde sacar el dinero que sea menester porque criticarla supone arriesgarse a que caiga sobre uno el estigma social de ser "anticultura" o, de modo más general, "noísta". A continuación, cómo no, se saca a pasear a Göring y a Millán Astray o a quien haga falta, porque si hay un consenso político es el que se refiere a la cultura, como elemento no conflictivo y cohesionador (me refiero a las manifestaciones artístico-espectaculares, no a las étnicas, que ya son otro cantar). Sin embargo, en otro contexto, y como escribió en un famoso artículo Rafael Sánchez Ferlosio , a veces dan ganas de llevarse la mano a la pistola. O a otras herramientas menos mortíferas, pero igual de simbólicas.
Cuando, con esa intención, se llevan a cabo campañas o se construyen instalaciones culturales (de Alta Cultura) y se constata que no interesan a casi nadie (salvo a los políticos y funcionarios de turno, a los gestores culturales, a los agentes e intermediarios y a los artistas, estos últimos encantados siempre de institucionalizarse), se carga entonces contra el público ausente y su falta de educación (musical, pictórica, visual, literaria, etc.) que hay urgentemente que resolver. No faltan abogados entusiastas y algo engolados a este respecto, por supuesto. Claro que no resulta contradictorio ni complicado defender aquello que te da de comer. En la mayoría de las ocasiones, la ofensiva cultural tiene pretensiones totalizadoras: el frente político, el mediático y los proveedores de contenidos culturales acríticos se conjugan y ensamblan con una armonía artística digna de encomio. Al fin y al cabo, todos salen ganando. Suele ser común el concepto de irradiación cultural (se supone que desde un centro culto hacia una periferia ignara).
Es posible, y esta es mi opinión, que la sociedad saldría ganando con algo más sencillo que lo anterior, mediante una crítica del concepto de cultura, un análisis de la actividad de la industria cultural y el desvelamiento de la ideología subyacente que se oculta bajo el mando de la cultura. Un bonito ejercicio de esto podría aplicarse aquí, donde se afirma que las sociedades pobres lo son por falta de cultura, faltaría más.
En fin, hora de volver a lo nuestro:
Quién me iba decir, doppelgängers aparte, que esta novela, comprada casi al azar en la librería y despreciada por mí -debo reconocerlo- durante largos años, iba a acabar en el Polillas. Después he sabido que Leo Perutz, nacido en Praga, era un escritor en lengua alemana de éxito en las primeras décadas del siglo XX, y admirado, entre otros, por Borges, lo cual tiene la importancia que uno le quiera dar (ya se sabe que el difunto escritor argentino es sagrado para casi todo el mundo). Sufrió, asimismo, el régimen nazi y las tribulaciones propias del exilio. Esta versión de la novela está a cargo de Jordi Ibáñez, al que a primera vista y a falta de explicaciones solo podría cuestionarle el ceceísmo de un personaje secundario (un taxista).
Pues bien, es una obra de tintes detectivescos, con varias muertes y una resolución. Dicho así, no tiene nada de particular. Sin embargo, y aunque la novela comienza de un modo un tanto vacilante, pronto adquiere la firmeza del hierro y no decae hasta un final un tanto sorprendente. Además, el epílogo resitúa la acción y proporciona un punto de vista diferente porque quien lo escribe es diferente del narrador-personaje principal.
Como digo, la novela está contada en primera persona por un personaje, el barón Gottfried Adalbert von Yosch, que, sin embargo, permanece, curiosamente, subordinado a las actividades de Waldemar Solgrub, quien lleva el peso de la investigación y que, aparte de intentar descubrir al asesino, pretende exonerar al narrador. Este punto de vista, al evitar la omnisciencia, por ejemplo, del relato en tercera persona, contribuye a la atmósfera de pesadilla de la narración, en la que las muertes aparentemente inexplicables parecen el fruto sangriento de una mente atrabiliaria. Además, dichas las muertes, en principio, representan el misterio de la habitación cerrada, presente ya, por ejemplo, en Los crímenes de la calle Morgue, de Poe, y en tantas otras obras del género.
Ya es bastante, aunque trivial, que la lectura sea amena y fácil; que los personajes, aunque no extraordinarios, sirvan bien como canalizadores de la acción, así como unos diálogos correctos, inscritos de manera óptima en la historia. El narrador es un personaje, digámoslo así, turbio, sin clara conciencia de sus acciones, envueltas la mayor parte del tiempo en una bruma psicológica que se transforma en ambivalencia moral si quisiéramos juzgarlo en ese sentido. Al contrario, por ejemplo, que Solgrub, nuestro Dupin o Holmes, o que el doctor Gorski, un Watson que tiene un escena falstaffiana brillante y sorprendente. Tengo la impresión de que el autor después de ese momento lo mantiene a raya, pues bien podría haber eclipsado a los demás personajes. Da espacio, sin embargo a Solgrub, quizá demasiado sobrio para un shakesperiano.
Mi primera reacción fue de sorpresa y de pánico. ¿Qué es lo que ha ocurrido? ¿Qué locura se ha apoderado de mí? Luego me invadió un sentimiento de angustia. ¿Cómo ha podido sucederme una cosa así? ¿Cómo ha podido ser posible?, me preguntaba lleno de asombro y de miedo. ¿Acaso me he visto realmente entrar aquí y susurrar palabras que nunca han salido de mis labios? ¡Yo mismo he creído por un momento en mi propia culpa! ¿Cómo es posible? Sin duda se ha tratado de una fuerte perturbación de mis sentidos, una alucinación que se ha burlado de mí, una voluntad ajena a la mía que me ha forzado a asumir algo que yo no he hecho. No, evidentemente yo no he estado aquí antes, no he hablado para nada con Eugen Bischoff y no soy ningún asesino. Un sueño, una locura que se ha escapado de los infiernos y que ahora ha vuelto a hundirse en aquel lugar de donde nunca debería haber salido. (Págs. 82-83)
Por otro lado, la lectura, más allá del desenvolvimiento de la trama, puede interpretarse, sin duda, desde diferentes puntos de vista. Yo no puedo dejar de pensar la novela como una reflexión sobre la enorme capacidad autoaniquiladora del ser humano, que necesita de periódicas dosis de heroísmo para sobrevivir. O quizá no tanto del ser humano en general como de las clases sociales acomodadas (el elenco de la novela lo forman en su mayoría aristócratas, burgueses, profesionales liberales e, incluso, los artistas, aunque sean, como diría Bourdieu, una clase subordinada dentro de la clase dominante), cuya existencia parasitaria (como diría un marxista antiguo) acaba por sumirles en un sopor vital del que solo pueden emerger recurriendo a métodos extraordinarios y mortales.
Aunque no lo parezca, el Polillas está en plena efervescencia lectora: seis libros sobre la mesa (o sobre el sofá, a veces en el suelo) que van desde una reinterpretación de El capital, pasando por una monografía sobre el poder constituyente, además de un relato de la transición de la época clásica al feudalismo, la pugna filosófica-política entre redistribución y reconocimiento, hasta acabar en la explicación histórica-sociológica-filológica de por qué Platón quería expulsar a los poetas de la polis. Y solo una novela. De aquí la tardanza en escribir esta última reseña.
Es posible que muchos piensen que para ser aspirante a crítico literario o reseñador lo único que debería leerse sería Literatura. Otros pueden añadir, quizá, la exhibición del diploma de licenciado/graduado en Filología. Yo, por el contrario, tiendo a pensar que lo menos que debe leer uno son novelas, y lo que más, todo lo que las rodea: sociología, historia, economía, filosofía y no paren de contar. Hay en esa pulsión por leer ficción un refocilamiento que creo huero, una complacencia redundante que si no se contrarresta con otro tipo de conocimiento puede llevar a caer en un esteticismo vacío que se complace a sí mismo y que fácilmente conduce a la sublimación por excelencia de este género artístico. Esto tiene como consecuencia que gran parte de la crítica literaria y de los suplementos culturales sean empalagosos hasta extremos ridículos.
La literatura, claro está, debe ser también un placer en sí misma, pero no es la culminación de la vida ni la excusa para el ensimismamiento. La literatura, quizá, puede "agitar conciencias". Un tiempo, al menos, pero poco más. Como fresco de una sociedad, de una época, de un "espíritu" tiene pocos rivales, pero, sin duda, el lector y el escritor deben poseer esos conocimientos que le permitan reflexionar sobre el contexto y los detalles que le permiten reflejar ese Zeitgeist.
Vamos a lo nuestro:
Esta es, en principio una novela de formación, una bildungsroman, de corte clásico: un joven irlandés parte de su país, entre otras razones, por la tiranía inglesa, pero también por ver mundo, por salir del destino prefigurado por su padre y, vayan ustedes a saber por qué, por la obsesión que siente por la isla de Brandán, es decir, de San Borondón. Así pues, entre medias, asistimos a la súbita madurez del joven Andian Fitzwater que hace amigos en la mar y en la tierra, conoce, cómo no, el amor y el sexo, vive alguna aventura que otra y finalmente llega a Canarias.
La historia está narrada por el protagonista, al final de su periplo, tan solo unos meses después, tras una sucesión de momentos más o menos significativos que, esa es mi impresión, no provocan una verdadera transformación del protagonista. Por otro lado, llama la atención que, pese a vivir en un régimen de opresión en su patria, el protagonista está educado de un modo excelente, pues no solo habla cinco idiomas sino que además juega al ajedrez y toca el violín. Aunque lo demos por bueno, sorprende también su erudición en cuanto a las vicisitudes del comercio de esclavos y de la situación política internacional. Como es un tanto idealista, algunos de sus interlocutores tildan sus pensamientos de "quijotescos" y él, a su vez, los adjetiva de un modo u otro, pero sin que ninguno de los personajes adquiera consistencia.
Resulta evidente que la autora es poseedora de un enorme vocabulario, y que siendo consciente de ello, se empeña en no ocultárnoslo, nombrando, por ejemplo, todas las partes y elementos del barco en el que navega el protagonista o llevando a cabo enumeraciones y haciendo listas de plantas, objetos o personas que van encontrando en el viaje y que le dan un sabor de literatura naturalista que, aun teniendo sus seguidores, resulta algo anticuado a estas alturas. Sobre todo porque, a veces, da la impresión de ser un libro de viajes: produce esa misma sensación de neutralidad emocional respecto de quien lo cuenta, aunque su relato pretenda suscitarnos curiosidad o, incluso, una sensación de maravilla. Una uniformidad en este caso respecto del narrador que contradice, pues, el propósito de una novela de formación.
Efectivamente, el narrador cuenta cosas que le pasaron, y aunque se empeñe en mostrarnos, y de manera prolija, todo lo que vio y con quienes charló, él no parece cambiar. Un día estoy aquí, otro allí, aquello me resultó bello, esto más aún o todo lo contrario, etc. Ocasionalmente, la autora muestra su lado más lírico, especialmente en los pasajes de amor o de descripción de paisajes, con resultados algo cursis. Y también hay que hacer mención, aunque no sean demasiadas, esas combinaciones nombre+adjetivo o verbo+adverbio que de tan vistas resultan banales: "crujían sordamente", "voz ronca, cavernosa", "ojos francos, directos, incisivos", "risa contagiosa", entre otras.
Recorrimos la crujía desde el tambucho de popa, con su pañol de luces, hasta el castillo de proa, con el rancho de marineros, la cocina y el fogón, poblado de calderos y almireces. Vimos la gambuza, el pañol del velamen, el tomo del cabrestante y el bauprés con sus foques, mientras Ewan me hablaba sobre los detalles del aparejo y las utilidades de cada una de las velas, cuadras en el palo trinquete y de cuchillo en el mayor y el de mesana. Después descendimos por el tambucho de la escala hasta el entrepuente, donde se alojaba también una parte de la marinería, con los coys de lona y las mesas del comedor colgados de los baos. Por último, alumbrados con una lámpara de aceite, descendimos hasta la bodega, donde me sorprendió el lastre de piedra y arena. Algo así de elemental era la solución perfecta para prevenir que la nave zozobrara. Allí estaban la leñera y los cables, y la mercancía, cuidadosamente arrumada, y también el depósito de víveres, con los barriles de agua, vino, cerveza y carne salada, y los pañoles con el bizcocho. Y mil cosas más: fardos, útiles de carpintería, cubas de alquitrán, toneles de grasa, cubetas de carbón... (Págs. 24-25)
Habías sembrado de pétalos y flores silvestres las sábanas y la almohada: para que no me olvides, decías, para que no olvides esta noche. Cómo iba yo a olvidar esa ni ninguna noche, con sus madrugadas. Ni las más dulces, cuando jugabas a escribir sobre tu cuerpo con melaza y me invitabas a empezar ahí el desayuno, ni las más violentas, aquellas veces que subíamos a tu cuarto un par de botellas de vino y las bebíamos lentamente, sintiendo cómo se nos iban nublando los sentidos, y de pronto todo era la noche y el rumor del mar, y nosotros ya ebrios, riendo o amándonos. Tú decidías recorrer mi piel con los dientes como en un ritual caníbal, como un animal que señala su territorio, y me sembrabas aquellas señales para que fuera solamente tuyo, y hasta llegaste a escribir con una improvisada tinta menstrual tu nombre sobre mi pecho. Tenías miedo a perderme, a que me fuera con una mujer más joven, a que te olvidara, o incluso a que me tragara el mar como ya habías visto que ocurriera a tantos marinos. Yo contigo lo aprendía todo: el significado de la palabra infinito, de la palabra muerte, de la palabra renacer, en ese jardín de pétalos rosados y rocío que tu cuerpo me ofrecía, lluvioso y ardiente. Tú eras mi mar y yo quería hundirme en ti, en tus labios, en tu olor a melaza, para siempre. A veces en cambio eras tú el barco que me navegaba, y me dominabas impúdica, quemante, con el vaivén de una tormenta violenta, hasta rendirte extenuada. (Pág. 77)
El camino, que era muy pedregoso, lo hice en mula, guiado por un mozo bastante parlanchín y risueño, que me fue contando detalles del lugar. Yo apenas lo escuchaba, aún tenía los oídos ensordecidos por el efecto del mar. Además estaba deslumbrado por aquel paisaje selvático de jara y mirto, de robles y laureles, de viñedos y frutales. En la exuberancia de aquella vegetación convivían las tabaibas y cardones con las camelias y buganvillas, en un fastuoso manto vegetal. A medida que nos adentrábamos en la isla, el aire se iba inundando de trinos de canarios y tórtolas, currucas y jilgueros. Y alrededor se alzaba la belleza violenta y volcánica de los riscos, con su cataclismo de cenizas rojas y negras, vetas de basalto y murallas imponentes frente a las olas. (pás. 150-151).
Asimismo, las desventuras que precipitan el desenlace de la novela también están contadas de manera aislada, sin que se haya trabajado de manera efectiva la urdimbre entre los sucesos y la trama general. La atmósfera de la novela casa mal con los repentinos infortunios: un Deux ex machina maligno, por lo que parece. Es el principal defecto que le veo a esta novela, que adolece de la falta de un objetivo vertebrador, a pesar de que hay una línea temporal única y un itinerario preciso. Sí, la autora nos escribe sobre la dominación y la opresión inglesas, la Inquisición española, la guerra, etc., así como de la amistad y el amor, pero no son suficientes para dotar de un armazón consistente a la novela. Su viaje, en definitiva, no resulta tan interesante, y el capítulo final resulta apresurado y caprichoso. Los destellos narrativos en torno al contrabando de libros prohibidos podrían haber dado mucho más de sí, pero la autora prefiere centrarse en las vivencias del protagonista. Una prolijidad innecesaria convive con una despreocupación por los personajes secundarios y por los diálogos, un tanto artificiosos, y esto hace que todo el foco se centre en Andian, pero este foco tan intenso lo desdibuja y no lo realza.
Tengo la impresión de que la autora posee herramientas para haber construido mejor esta historia. La novela, aunque no termina de naufragar, embarranca y los lectores nos vemos obligados a saltar por la borda.
Desde la última entrega de mis lecturas de no ficción han pasado poco más de dos meses. Sin embargo, he tenido tiempo de leer varios ensayos críticos que tocan la filosofía, la sociología y la economía. También es cierto que esto he podido hacerlo en detrimento de la lectura estrictamente literaria, salvo la segunda parte de La trilogía de los sonámbulos, de Ernst Broch. Que no es poco, si lo miramos bien.
La escritura de ensayos bien documentados, buenos para pensar y para discutir contrasta con la proliferación de una literatura chata, roma y huera, que no aporta nada al mundo salvo más vanidad y más escritores y escritoras de probada ineptitud cuya máxima aspiración es conseguir que les inviten a ferias y festivales y "hacer contactos". La literatura es un ámbito muy sensible a las miserias y deficiencias del pensamiento, y a muchos se les ve el plumero desde lejos.
Por tanto, échenle un vistazo a estos títulos:
1) La fábrica del hombre endeudado, de Maurizio Lazzarato

Se acabó el homo economicus, señoras y señores. Para el capitalismo clásico y el fordista, las personas se regían por el interés propio y se guiaban por la lógica medios-fines. En esta era de neoliberalismo, lo que prima es el hombre endeudado, entendiendo por este la concepción del individuo como ser en permanente deuda: desde la que se tiene con una institución financiera (vía hipotecas, créditos y tarjetas) hasta con las públicas, si es perceptor de algún tipo de ayuda (por la que tiene que responder de algún modo). El universo del hombre endeudado se despliega a base de crédito, intereses y más deuda, de tal forma que no solo es una relación económica de dependencia la que se crea, sino una forma de control social más sutil e insidiosa. La deuda domina la vida económica de Estados, empresas y ciudadanos. A este respecto, recuerdo una frase de un columnista del Canarias7 que escribía, en los peores años de la crisis: "Las deudas hay que honrarlas". Ni puta idea el hombre, claro.
2) El rechazo del trabajo. Teoría y práctica de la resistencia al trabajo, de David Frayne

Aun en esta época de desempleo generalizado, extensión del precariado y proletarización de las clases medias, subsiste una ética del trabajo que ensalza las ocupaciones que reciben retribución y desprecia o subestima las que no. Además, se produce una moralización del trabajo asalariado por la que aquellos que no trabajan son estigmatizados ya sea como vagos, ineptos o, simplemente, parásitos. En este contexto, el autor de este ensayo, en el que se combina análisis sociológico con entrevistas (método común en la investigación antropológica, utilizado también, por ejemplo, por Richard Sennet en La corrosión del carácter) propone problematizar el concepto del trabajo e indagar en las posibilidades reales de que las sociedades fuertemente tecnologizadas como las occidentales requieran mucho menos trabajo así como las posibilidades de realización personal fuera de él. Hace pensar, y mucho. Sin embargo, ya se sabe que cuando se inventa una nueva tecnología que hace la producción más eficiente, no se trabaja menos, sino más.
3) Poder y sacrificio. Los nuevos discursos de la empresa, de Luis Enrique Alonso y Carlos J. Fernández Rodríguez

Aunque ahora no estamos en el pico del fenómeno coach y los nauseabundos consejos de vida provenientes de gurús más o menos sinvergüenzas, durante muchos años se ha publicado y vendido con gran éxito una miríada de títulos que defendían y proclamaban los valores del capitalismo neoliberal. Desde la flexibilidad, innovación y creatividad continuas (conceptos vaciados de todo sema crítico y, por tanto, despolitizados), la búsqueda de una supuesta excelencia en todos los ámbitos hasta los famosos ya conceptos de "capital humano", "marca personal" o "empresario de sí mismo", toda una insidiosa ideología de la empresa neoliberal ha dejado una profunda huella en un renovado sentido común. Los autores se embarcan en una historia del discurso empresarial en el cambiante capitalismo que no tiene desperdicio, aunque a veces se vuelvan un poco repetitivos.
4) El gran retroceso. Un debate internacional sobre el reto urgente de reconducir la democracia , VV.AA.

La democracia corre el riesgo de irse al carajo. Más o menos es lo que vienen a decir los autores de este trabajo colectivo. Un neoliberalismo rampante, una financiarización de la economía, una precarización masiva de gran número de empleos, una pauperización general de las clases medias y una agudización de la desigualdad social provocan la aparición o reforzamiento de la extrema derecha política, que aborda los problemas de la ciudadanía empobrecida, sobre todo de la clase obrera y de las clases medias en proceso de proletarización. La socialdemocracia, al confluir con los sectores políticos conservadores en la creación del proyecto capitalista neoliberal, ha carecido de discurso económico propio, por lo que se ha centrado, sobre todo, en políticas identitarias que, no por menos justas, no dejaban de ignorar las graves fracturas surgidas a causa de una economía que ha abandonado a su suerte a gran parte de la población. Problema que se agudiza por la paulatina retirada del Estado de áreas reservadas anteriormente a su gestión.
5) No such thing as a free gift. The Gates Foundation and the price of philanthrophy, de Linsey McGoey

El problema es que si las grandes fortunas no pagan impuestos y luego se dedican a donar (ahorrándose más impuestos), por muy altruistas que parezcan sus prácticas, el beneficio social es más que dudoso. Aparte, serán ellas o sus fundaciones las que que decidan en qué gastar y cuándo. Todo lo contrario a lo que se supone que es una gestión pública, que responde a los ciudadanos y que persigue el interés general. La autora le da un buen repaso a las instituciones filantrópicas más importantes de Estados Unidos, centrándose, sobre todo, en la Fundación Gates. Para explicarlo en clave nacional: puede que Amancio Ortega considere oportuno regalar equipos oncológicos por valor de 310 millones de euros, pero que sepamos dicho empresario no es un especialista en distribución de recursos sanitarios. Más allá de este o aquel caso concreto, quién sabe si el dinero que se ahorran los superricos en impuestos de un modo u otro podrían haber sido utilizados de una manera más sabia o más racional. Por no hablar de si tal o cual donación está enmarcada en una estrategia empresarial que busca algún tipo de retorno de lo invertido. En el mundo de la filantropía, no es oro -ni caridad- todo lo que reluce.
6) En los límites de lo posible. Política, cultura y capitalismo afectivo, de Alberto Santamaría

El neoliberalismo no es solo un conjunto de políticas económicas sino una ideología totalizadora que busca no solo aplicar la lógica del mercado a todas las facetas de la vida sino también "conquistar las mentes y los corazones de las personas". Para ello, entre otras estrategias, se apropia de los conceptos e imágenes usados para criticar el capitalismo para generar adhesión y aumentar la productividad, como creatividad, imaginación, innovación e incluso la misma crítica. Eso sí, esta apropiación implica su neutralización, evidentemente. Las mismas emociones que podrían ser factor de desestabilización se insertan en un relato empresarial que las alienta siempre y cuando beneficien al sistema productivo, lo que implica su despolitización. El neoliberalismo aspira no solo a la conquista de la dirección económica, sino a la supremacía cultural, instaurando límites a lo que se puede decir y a lo que se puede pensar. No tenemos más que mirar a nuestro alrededor y ver no sólo lo que nos cuelan los medios de comunicación a diario sino esas opiniones tan firmes de familiares, amigos y conocidos basadas en un sentido común más nuevo de lo que parece.
Que conste que yo estoy muy a favor de que la gente lo pase bien. Fiesta, diversión, risas y todo eso. Lo que me preocupa un poco es que ese buen rollo se genere a costa del presupuesto público, sobre todo cuando vemos que el Estado retrocede, entre otros ámbitos, en la gestión de la salud y la educación, que son los pilares sobre los que se asienta cualquier sociedad que tenga aspiración a mejorar su nivel de vida respecto de las generaciones precedentes.
Por eso, porque me preocupa la disminución de la implicación estatal en las áreas básicas de la reproducción social, me llama la atención que la Cultura, que suele entenderse por arte y, sobre todo, espectáculos, no solo siga recibiendo dinero público a fondo perdido sino que sus receptores sigan, de manera incansable, reclamando esa aportación, no solo por interés propio que aún queda feo, sino en aras del interés general. Interés general que por intangible no deja constancia en una relación pormenorizada de gastos y beneficios, lo que tiene tela.
Así, recientemente hemos tenido el placer de constatar que el Cabildo de Gran Canaria y el Ayuntamiento de Las Palmas GC apuestan por subvencionar un festival musical como el WOMAD (quejándose incluso de que el Gobierno de Canarias discrimina a Gran Canaria por no dar nada) o que la misma institución destina casi 4 millones de euros a su club de baloncesto profesional, club este que, según escribe en algún artículo delirante el presidente de la corporación, promueve "la cohesión social".
La Cultura institucionalizada (artes+espectáculos), no nos engañemos, jamás ha irradiado nada a la ciudadanía salvo propaganda. Ya está bien que músicos, escritores, pintores, escultores y funambulistas varios se den golpes en el pecho por su importante labor subvencionada. Jamás, que yo sepa, se ha conseguido un avance o un derecho para los trabajadores o para los ciudadanos en general a base de performances, conciertos clásicos o multiétnicos o exposiciones vanguardistas. Pueden ser, en ciertos casos, expresiones de protesta o de incitación a la toma de conciencia, sin duda, pero su capacidad de transformar el ordenamiento jurídico o de cambiar la mentalidad de la ciudadanía es harto discutible. Además, ¿qué tipo de arte de pretensiones revolucionarias puede estar subvencionado por las administraciones públicas? Los movimientos estéticos antisistema no hacen sino lubricar el sistema, como es bien conocido, tanto desde un punto de vista mercantil como político.
A este respecto, hace poco terminó el penúltimo festival de escritores, esta vez en La Palma. Como es habitual, el evento estaba subvencionado: por el Ayuntamiento de Los Llanos de Aridane (donde se celebraba la fiesta), por Acción Cultural Española (otro organismo público) y la Cátedra Vargas Llosa, que depende de la Fundación Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes (entre cuyos mecenas está el Banco de Santander y a la que pertenecen varias universidades). Ustedes se preguntarán para qué sirve un festival de escritores: según unos, para promover la cultura, lo que parece que es muy bueno; según otros, para poner a La Palma en el mapa (siempre hay un mapa a mano para la ocasión), por lo que lloverá el maná del turismo; para otra, "para hacer contactos entre copa y copa" o para que los mentados escritores "se lleven el latido de alguna historia palmera": conmovedor. Lo que seguro que no va a conseguir un festival de escritores o sucedáneos es que estos escriban mejor, sobre todo cuando muchos/as de ellos/as han demostrado de forma reiterada, tal vez contumaz, su ineptitud literaria. Repito que no me parece mal que un grupo de gente con aficiones comunes se reúna y se entretenga intercambiando conferencias, y luego para quitarse la modorra se pongan ciegos a comer y a beber, si no es con dinero público.
Y hoy, Esch o la anarquía, segunda parte de:
Esch o el anarquismo no continúa con la narración de la primera parte. Sólo un personaje de esta aparece de manera breve, aunque su presencia permanece latente, como contrapunto simbólico de la figura de Esch, el nuevo personaje principal.
En primer lugar, si en Pasenow o el romanticismo la cuestión principal era el choque de valores, los validados por la costumbre (aristocráticos, jerárquicos, tradicionales) frente a los nuevos (promovidos por la industrialización y el auge del comercio) que se encarnan en los personajes de Bertrand, el empresario que ha abandonado el Ejército, y Pasenow, militar y terrateniente, en Esch o la anarquía la fricción entre ellos, que no son tanto la tradición frente a la modernidad como la búsqueda de un absoluto, de una plenitud, imposible de alcanzar por las servidumbres y exigencias de la condición humana, se fragua en el interior de Esch, que combina una mentalidad tradicional (que se materializa en su profesión de contable) con una pulsión por hacer tabla rasa con todo: con su profesión, con su vida, con el mundo que le rodea... Su combate interior se expresa, por ejemmplo, en que al mismo tiempo que simpatiza con Martin, un sindicalista, desprecia a los trabajadores que protestan y realza la necesidad del orden, como quiera que lo entienda. Al mismo tiempo que desprecia a las mujeres como mamá Hentjen (la propietaria de la taberna a la que acude con asiduidad) o Erna (la hermana soltera de un compañero de trabajo en los astilleros), no puede evitar sentir atracción por ellas e imaginar una vida juntos. Además, Esch deja su trabajo de contable para dedicarse a promotor de lucha libre femenina, y como culmen de sus sueños planea trasladarse a una América idealizada.
En esta segunda parte, Broch da un paso más, algo que ya se comenzaba a perfilarse en la primera, en mezclar los razonamientos del protagonista principal con divagaciones que rozan lo irracional, dotándolas, sin embargo, de una lógica que concuerda con ese campo de batalla que es la interioridad atormentada. Esa forma de pensar minuciosa y fantasiosa a la vez se refleja en la figura del insomne, que no puede parar de imaginar y de buscar trabazones lógicas entre ideas, por muy absurdas que puedan ser. Asimismo, no obstante la extensión de la historia, nada parece sobrar: las reflexiones de Esch, la intrusión del narrador, ese estilo indirecto libre tan provocador, las descripciones, los diálogos...
El comerciante al que August Esch solía comprar sus cigarros a buen precio se llamaba Fritz Lohberg. Era un hombre joven, más o menos de la misma edad que Esch, y tal vez por esta razón Esch, que de ordinario trataba con gente mayor, le hablaba como si el otro fuera idiota. No obstante, este idiota estaba adquiriendo importancia en su vida, una importancia no decisiva, pero en realidad al propio Esch le habría tenido que sorprender la facilidad con que se había acostumbrado a aquella tienda y se había convertido en cliente de Lohberg. La tienda le cogía de camino, cierto, pero no era motivo suficiente para que se sintiera en ella como en su casa. Desde luego era una tienda muy pulcra en la que daba gusto detenerse: el claro y puro aroma de tabaco que flotaba en la estancia proporcionaba al olfato una agradable sensación y resultaba grato pasar la mano por el pulido mostrador, en uno de cuyos extremos había siempre algunas cajas de cigarros de muestra y una cajita de cerillas junto a la caja automática, bellamente niquelada. Si uno compraba algo recibía gratis un paquete de cerillas, lo cual demostraba una delicada generosidad. (pág. 238)
Y si no había orden en la contabilidad, tampoco podía haber orden en el mundo, y mientras no hubiera orden, seguiría Ilona a merced de los cuchillos, seguiría Nentwig escapando al castigo con descaro y engaños, y Martin seguiría consumiéndose eternamente en la cárcel. Reflexionó intensamente y, en el momento en que dejó caer al suelo los calzoncillos, salió de dudas: los otros habían puesto su dinero a disposición de la idea de los combates, y él, que no tenía dinero, tenía que pagar con su persona, no precisamente casándose, pero sí poniéndose a disposición de la nueva empresa. Y como esto, lamentándolo mucho, no podía conciliarse con su empleo en Mannheim, tenía que dejarlo. Así era como él podía pagar. Y como si tuviera que buscar una prueba convincente, se dio cuenta en este momento de que no hubiera debido permanecer más tiempo en una sociedad que había llevado a Martin a la cárcel. Y nadie tendría derecho a tacharle de desleal por ello; incluso el señor presidente habría de reconocer que Esch era un muchacho cabal. (págs. 275 y 276)
Cuando ahora volvía a ver semejante porquería y se tragaba las náuseas que le provocaba la visión de estos homosexuales, pensaba que mamá Hentjen, aquella zorra, podría realmente comprender cuán poca diversión le proporcionaban sus gestiones comerciales. Dios sabía que él hubiera preferido mil veces refugiarse junto a ella, antes de andar por ahí teniendo que buscar algo parecido a la inocencia perdida. Era totalmente ridículo que uno pudiera encontrar en esa sociedad al presidente de una compañía naviera, teniendo en cuenta que tales maricones no son en manera alguna una mercancía apta para todo un presidente. (págs. 335 y 336)
Por otro lado, y como análisis social, podemos señalar que mientras la primera parte los personajes principales de la trama eran de clase alta, en esta segunda todos son empleados, sindicalistas, periodistas o artistas de variedades. La acción se complica, en algunas ocasiones con visos de enredo. Las preocupaciones y los dilemas de los personajes son, pues, otros que los que afectaban al romántico Pasenow o a Bertrand. No es baladí señalar que las dos partes comienzan con la indicación de la fecha de la historia. Si la primera se sitúa en 1888, esta lo hace en 1903. Una época de capitalismo entremezclado con imperialismo y colonialismo ejercido por todas las grandes potencias europeas de la época. En Alemania, un periodo de paternalismo político y de agitación obrera, que alcanzaría su paroxismo revolucionario tras la I Guerra Mundial.
En estas dos partes de la trilogía, ya estoy seguro de unas cuantas cosas: que es una novela sobria y efectiva, no sin humor, no sin mala leche. Que es una novela profunda, que nos interpela y respondemos, porque a veces somos un poco Pasenow; muchas, un poco Esch. Que a veces nos entusiasmamos por lo nuevo añorando sin saberlo lo viejo. Que la vida a veces no parece nada más que anarquía, a la que pretendemos dotarla de un orden, sin el cual nos sentimos confusos, dolidos y solos.
Agosto es un mes extraño. Aunque, bien mirado, mes es un concepto y no una cosa. Es decir, no hay ningún objeto en la naturaleza que se corresponda con él. Llamamos mes de agosto, en realidad, a un periodo determinado de rotación de nuestro planeta sobre su propio eje y de su inclinación respecto del Sol. Dicho lo cual, en ese periodo terrestre, en el hemisferio norte, también es época de cosecha. Lo que hoy en día es llamativo, porque estoy convencido de que mucha gente cree firmemente en que los alimentos parecen brotar de manera espontánea de los estantes y de los frigoríficos de los supermercados, al igual que otros muchos creen que para ser escritor basta con decirlo, pues todo el mundo sabe que las novelas se escriben solas.
Es también un mes de crisis: conyugales, artísticas, laborales... También de cambios de rumbo vitales, si uno se lo puede permitir. Tantas horas libres para pensar tienen como efecto, casi no podría de ser de otro modo, por no decir que debería ser obligatorio, un replanteamiento de nuestras actitudes y el tambaleo de algunas certezas. Por ejemplo, la de considerar necesario escribir novelas o la de publicarlas. O la de escribir columnas de opinión. Tengo una lista de opinadores en los medios a los que creo que les vendría bien que alguien les dijera, por fin: "Déjalo, no es lo tuyo. Haz otra cosa: seguro que lo haces mejor". Agosto: madura o revienta.
Mi solipsismo pertinaz me lleva a pensar que Vds. compartirán lo que les escribo. Es por ello por lo que comencé de esa manera este artículo. Agosto es un mes extraño porque a mí me lo parece: lo urbano se vuelve deshabitado, desierto de hormigón y de metales, paisaje de silencios inconcebibles en el que funambulan ideas extravagantes. Habría que volver a ser niño para que el azul caliginoso de nuestra tierra recuperara su encanto. A esta edad, tardía para muchas cosas, ya que la felicidad es difícil, al menos la dignidad hay que blandirla. Si yo hubiera de comenzar una revolución, prendería la chispa en agosto.
Y, contra todo pronóstico, Pasenow o el romanticismo:
Como todos ustedes saben, esta obra es una de las tres que conforman la Trilogía de Los sonámbulos, de Hermann Broch, que además era coetáneo de Robert Musil. Les contaré algo personal: conocí esta obra a raíz de un ensayo de Milan Kundera. Si no me equivoco, era en El arte de la novela. En este ensayo, Kundera no ahorraba elogios para Los sonámbulos, además de someterla a un amplio e interesante análisis de la obra. Así que decidí, no demasiado impulsivamente, leerla yo mismo. Y tuvo que ser en agosto, unos veinte años después.
Por decirlo suavemente, esta novela debería avergonzar a la mayoría de los autores cuya obra he reseñado en este blog. Tampoco es que sea demasiado difícil. No es la vívida presentación de los personajes, el ritmo de la obra, la brillantez y el ingenio de la prosa, la justeza de los diálogos... No, no es solo eso, sino también la capacidad de Broch, sobre la base de todo lo anterior, de realizar una reflexión inteligente y elocuente sobre el ser humano, en este caso sobre la caducidad de los valores, la emergencia de otros nuevos y la irremediable sensación de pérdida que se experimenta por ello. Los personajes, además, no se limitan a ser arquetipos, sino que con sus propias acciones y pensamientos -esa es la maestría del autor- despliegan ante nosotros las distintas actitudes con las que se afronta el hundimiento de la autoridad tradicional y la fosilización de una cultura que se resiste a morir. El lector o lectora piensa con ellos y gracias a ellos. No tenemos la sensación, como ocurre con las novelas mediocres, de encontrarnos frente a meros nombres sobre el papel, simples excusas para la verborrea del autor/a de turno.
Resulta evidente que una novela que fue escrita entre, según leo, 1931 y 1932 (aunque la acción se sitúa en 1888), la discusión de la decadencia de los valores y de las tradiciones y su sustitución (aun a medias) era, por decirlo así, permanente: una industrialización que avanzaba a paso de gigante y un capitalismo rampante que coexistían con la agricultura terrateniente y aristocrática. Nuestra época no le queda a la zaga a la de entreguerras en cuanto al cuestionamiento de toda narrativa, incluso al cuestionamiento del cuestionamiento de toda narrativa, y en la que conviven ideologías y microculturas de lo más variado y opuesto, sin que ninguna logre asentarse en la supremacía. Salvo, quizá, la neoliberal, entendiendo por ella el individualismo neodarwinista que se basa en la competencia extrema, la asunción de la propia responsabilidad (y la ajena) en detrimento de la solidaridad y la aceptación de la desigualdad como elementos constitutivos del ser humano. Además, hoy más que nunca, surgen por doquier grupos que reivindican un tipo u otro de identidad. Es más, cualquier individuo puede adscribirse a múltiples identidades y doctrinas, ninguna completamente comprehensiva (aunque se pretenda). Hasta tal punto hemos llegado que las demandas clásicas de redistribución de la riqueza han quedado, si no anuladas del todo, si solapadas y opacadas por las del reconocimiento grupal. Es una discusión recurrente, al menos entre los intelectuales de izquierda, y que se trata de manera reiterada en uno de los últimos libros de no ficción que he leído: El gran retroceso. Asimismo, La trampa de la diversidad (obra que aún no he leído) ha agitado, digamos intelectualmente, el avispero ideológico de la izquierda patria (Alberto Garzón, entre otros, ha publicado una crítica). Ya veremos.
Por otro lado, y más allá de la moralidad de la obra, que se perfila por la contraposición de los caracteres de los personajes, la lectura es un goce por sí mismo. La narración está a cargo de un autor omnisciente que no duda, por otro lado, en mezclar sus propios juicios y opiniones con las descripciones, y que a veces se transforma en estilo indirecto libre. Y qué frases:
Y aunque el señor Von Pasenow no estaba en ese aspecto descontento de sí mismo, hay no obstante personas a las que les desagrada el aspecto de este anciano y que tampoco comprenden que haya existido una mujer que lo haya mirado con ojos anhelantes, que lo haya abrazado con deseo, y le atribuyen como mucho algunas criadas polacas de su hacienda, a las que se habrá podido acercar con esta agresividad algo histérica y sin embargo imperiosa que es a menudo propia de los hombres bajitos. Fuera esto cierto o no, era en cualquier caso la opinión de sus dos hijos, y se comprende que él no la haya compartido. La opinión de los hijos es, por otra parte, con frecuencia subjetiva, y sería fácil acusarlos de injusticia y parcialidad, pese a la sensación un poco desagradable que uno mismo experimentaba al ver al señor Von Pasenow, un raro desagrado que va todavía en aumento cuando el señor Von Pasenow ha pasado ya y uno lo sigue casualmente con la mirada. (Pág. 9)
También al atardecer piensa aún en Ruzena. Hay tardes primaverales cuyo crepúsculo se prolonga mucho más de lo que está prescrito por la astronomía. Entonces cae sobre la ciudad una humosa, delgada niebla y le da esa opacidad un tanto tensa de las tardes sin trabajo que preceden a los días festivos. Y es también como si la luz hubiera quedado prendida de tal modo en esta niebla opaca y luminosamente gris que persisten en ella hilos de claridad incluso cuando ya se ha tornado negra y aterciopelada. Y así este crepúsculo dura mucho tiempo, tanto tiempo que los dueños de los comercios se olvidan de cerrar las tiendas; se quedan charlando con las clientas ante las puertas, hasta que pasa el guardia y les recuerda sonriente que han rebasado la hora de cierre. (Pág. 29)
Elizabeth no lo sabía, pero rodeada de todos aquellos objetos bellos y muertos, que se amontonaban a su alrededor, rodeada de tantos hermosos cuadros, intuía sin embargo que los cuadros colgaban de las paredes como para reforzar los muros, y le parecía que todas las cosas muertas salvaguardaban algo muy vivo, algo que tal vez encubrían y protegían, algo a lo que ella misma estaba tan unida que a veces pensaba, al ver un cuadro nuevo, que se trataba de un hermano pequeño, de algo que buscaba protección y que los padres protegían, como si de ello dependiera su existencia en común: presentía el miedo que había detrás y que pretendía acallar lo cotidiano, el envejecer, a base de festejos, miedo que necesitaba convencerse continuamente -sorpresa siempre nueva- de que seguían vivos, de que habían nacido, de que estaban definitivamente unidos y su círculo para siempre cerrado. (Pág. 87)
La Trilogía de Los sonámbulos continúa con Esch o la anarquía y con Huguenau o el realismo, de las que daré cuenta en su momento. Bástenos por ahora con Joachim Pastenow y la divergencia entre lo que piensa y lo que hace, su apego a las costumbres, incluso al quebrantamiento de los convencionalismos (que tiene su propio convencionalismo), la necesidad de la previsibilidad del comportamiento humano y cómo intenta encajar en un esquema preestablecido lo que está bien y lo que no, lo que es y lo que debe ser. Una novela moral que, como toda buena novela, interroga con agudeza un mundo social y nos interroga a nosotros. Excelente.
Tras mi desastroso, por tedioso, encuentro con el penúltimo clásico de la literatura canaria, Los puercos de Circe, de Luis Alemany, decidí cambiar de género de un modo extremo. Así soy yo, un tarambana literario sin oficio ni beneficio. Lo cierto es que mis experiencias con esa literatura setentera canaria han sido paupérrimas, profundamente decepcionantes. Recordemos, si no, Malaquita o, en menor medida, Las espiritistas de Telde.
¿Por qué en unos casos decidí escribir reseñas y en el último, no? Quizá porque en los dos primeros casos consideré que era necesario escribirlas, en ese momento concreto, y ya, no. Y la menguante paciencia, claro está, que es un factor que no hay que minimizar. A fin de cuentas, estoy muy a favor de desacralizar. Oigan, ¿por qué demonios hay que leer El Quijote todos los años públicamente en actos institucionales? ¿Por qué nos tiene que gustar? ¿Quién dicta el gusto? Imagínense, no es mucho imaginar, que ocurriera algo parecido, por iniciativa del Gobierno de Canarias o del Cabildo, con, por ejemplo, la Comedia del Recibimiento Y lo mismo con Benito Pérez Galdós. No sé qué pensaría este buen señor y prolífico novelista de que lo hubieran institucionalizado en su ciudad natal, de tal modo que casi parece un santo ante el que ofrecer exvotos. En vez de estudios galdosianos, parecen hagiografías galdosianas. Solo señalo que es muy posible que no todas sus novelas fueran magníficas. Tal vez solo unas cuantas. Que como dramaturgo no era sobresaliente. Ni siquiera Electra, por mucho escándalo y conmoción política que ocasionase en su tiempo. Que también es posible que si no hubiera tanta gente viviendo de Galdós para "perpetuar su legado" quizá se le leería de otro modo. Es posible que hasta más, porque, al menos en mi caso, no hay nada como que un autor reciba la bendición oficial para considerarlo sospechoso.
Al menos, Galdós no es culpable: ya estaba bastante muerto cuando comenzó el proceso de momificación. En cambio, tenemos otros artistas que no esperan a morirse: ellos mismos negocian con las instituciones políticas todos los detalles del embalsamamiento, y mejor si reciben algún dinerillo público mientras tanto, cuando no una fundación y un castillo en La Isleta o la restauración de su propia casa en Agaete.
Luego está, merece una entrada aparte, el político cuyo nivel más alto de abstracción consiste en intuir el concepto de cohesión social, que a su modo se resume en que por apoyar a la luminaria local, por gracia de birlibirloque se unirá a la población sentimentalmente de algún modo u otro. No hay nada como la cohesión. Puede ser que el paro, la pobreza, la desigualdad la degradación de la escuela y sanidad públicas, la contaminación y otras menudencias hagan estragos en la población, pero nada como un equipo de fútbol o de baloncesto y un poco de cultura y festejos para que alejemos el espectro de la anomia social, para que todos hagamos piña, para que nos sintamos cohesionados.
No pueden ser sino estúpidos o malvados.
Pues con la literatura setentera canaria tengo la misma impresión que la de encontrarme ante una hornacina: aquellos jóvenes autores, merced a sus posiciones de poder y prestigio, tanto en la política oficial como en los medios de comunicación, no han dejado de tutelar la opinión pública literaria para ocupar aquella. Es posible, y solo digo posible, que su autopromoción mediante recursos que no estaban a disposición de otros menos afortunados o astutos haya sido la causa de que hoy en día sigamos hablando y escribiendo de ellos y de su obra. Es posible, y solo digo posible, que la producción novelesca canaria haya sido en general bastante mediocre, al menos la de estos autores, pues de la invisible no puedo hablar. ¿Quién lee hoy a Juan-Manuel García Ramos? ¿Quién, a Luis León Barreto? ¿Quién, a J.J. Armas Marcelo? ¿Quién, a Emilio González Déniz? ¿A quién importa lo que escriba Juan Cruz? Por citar unos cuantos, quizá los más preocupados por sí mismos. La pregunta no es solo si han dejado huella literaria, si abrieron el campo literario con su perspicaz observación, con su originalidad narrativa o con su insólito ángulo de visión, sino también si aportaron algo a la comprensión del ser humano, que parece que es lo más importante que puede aportar la literatura.
En fin, vayamos a lo nuestro:

En esta ocasión, tenemos Abismo, de Leandro Pinto. Se anuncia como una novela de horror o terror o algo parecido. Sin embargo, salvo un truculento, desagradable y pormenorizado relato de una relación de muy malos tratos, que bien podría considerarse terrorífica, nada parece sobrenaturalmente escalofriante al principio. Dado que la contraportada del libro comenta algo de "locura y horror absolutos", es legítimo que considerara que hasta el primer tercio del libro (que no es muy largo, unas 150 páginas) mis expectativas se estaban viendo frustradas.
Esta primera parte es, digamos, de corte realista. Dentro de los parámetros de todo simulacro de la vida, la protagonista piensa, come, bebe y habla como una persona normal que, en determinado momento, conoce a otro protagonista: un policía que la seduce y luego la viola, la folla y la apalea con variable intensidad y frecuencia. La protagonista se excita, según ella misma, por este tipo de ritual sexual. A continuación, tras el previsible suceso luctuoso, comienza lo macabro de verdad: hay muertos en proceso de descomposición que actúan como si estuvieran muy vivos en el manicomio a donde la envían. O parece que la envían. Después pasan cosas, todas muy desagradables, sin duda.
Sin embargo, Leandro Pinto tenía la intención de escribir una novela de terror, no simplemente una novela desagradable por los litros de sangre derramada o los kilos de carne putrefacta. Ese es el problema: miedo, miedo, lo que se dice miedo, no causa. Apunto una razón para ese fracaso: los hechos se narran no solo en su crudeza, sino, digamos, de frente, sin dejar espacio, resquicio siquiera, para la duda, para la inquietud ni la zozobra. El argumento en sí, aunque tampoco sea la cumbre de la originalidad, habría valido, pero quizá la ausencia de ambigüedad (y eso que el punto de vista de la narración, en primera persona, podría haber contribuido fácilmente a esa bifurcación entre, digamos, la realidad y el punto de vista del personaje) sea uno de los motivos. Con una construcción psicológica más fina, la narración podría haberse beneficiado de ella. Sin embargo, la protagonista no para de contar y contar con todo tipo de detalle lo que ocurre. Pasan cosas, luego otras, y así hasta el final. A veces, incluso, aburre, aunque la mayor parte del tiempo se lee sin demasiado esfuerzo.
Asimismo, en cuanto a la construcción del personaje principal, dado que la narradora, Cristina Villar, es una joven de lo más común, me pregunto cómo puede describir o comparar cosas de las que difícilmente tendría experiencia alguna. Al menos, que concuerde con lo que nos cuenta de ella. Por ejemplo:
Otra cosa era el olor: una peste viciada que hacía pensar en osarios seculares, en criptas abiertas a los ojos humanos tras un conjunto maléfico, en bóvedas mortuorias profanadas por la avidez necrófaga, en tumbas removidas con palas y picos, en ataúdes rotos que desprenden su pestilencia gaseosa en un espacio cerrado. Olía a cementerio y a crisantemos podridos. A coronas de flores carcomidas por la intemperie y el paso del tiempo. A pétalos resecos y crujientes. A mortajas humedecidas por los fluidos de la muerte. A cirios a medio derretir. (pág. 81)
Salvo que, repito, la protagonista se dedicara a algo así como profanadora de tumbas, fuera Bram Stoker o alguien parecido, es dudoso que hubiera podido escribir ese párrafo. Aquí, en cambio, un narrador en tercera persona, exterior al personaje, sí que hubiera podido escribirlo, sin extrañeza para el lector. Esta extrañeza provoca, claro está, un distanciamiento que tampoco contribuye al clima que se pretende crear.
Por otro lado, aunque el autor hace gala de un vocabulario amplio, a veces incurre en imprecisiones semánticas, como, por ejemplo, denominar "fechoría" a un crimen o asesinato, o "psíquico" por "psicológico". O considerar sinónimos "observar" y "contemplar", y más. También choca que denomine a un centro psiquiátrico "manicomio", pero en la misma frase utilice "centro penitenciario" en vez de cárcel, o que escriba "la típica lluvia de invierno", o el uso profuso de "cierto", que hace que llegue a odiar el adjetivo. También, cómo no, algunos latiguillos en la expresión tipo "la tragedia nos golpeó con dureza", "lobo con piel de cordero", "pozo de sufrimiento", "piernas como columnas dóricas" (¿por qué no jónicas o corintias, o románicas?), "estampido ensordecedor", "silencio sepulcral", etc. También el tópico encuentra su topos al describir el manicomio:
"Era una casa de tres plantas con altillo, amplia y antigua, de aspecto casi amenazador. Se erguía firme y orgullosa bajo la lluvia torrencial, como un castillo medieval en medio de una colina. Sus ventanas enrejadas parecían ojos amenazadores, con unos aleros de teja gruesa que semejaban unas cejas pobladas, de talante opresor. Era, en cualquier caso, una construcción señorial, una de esas casas que inspiran respeto por su aspecto de edificación encantada, y en cuyas habitaciones una imagina oscuras liturgias, ritos satánicos, suicidios sangrientos, infortunados accidentes mortales". (pág. 74)
Aparte de esta descripción, que habremos leído y visto dos millones de veces, uno vuelve a sentir extrañeza por cómo Cristina Villar podría tener experiencia alguna de "oscuras liturgias" y de "ritos satánicos", como ya señalé antes. Finalmente, la conclusión moral al término de la novela tampoco me resulta convincente. Después de todos los avatares de la protagonista, el lector se queda huérfano de emociones, vacío de interpretaciones. Quizá es lo peor que se pueda decir, si uno aspira a que la literatura sea más que entretenimiento. Creo que no basta con sentir el impulso, las ganas o la pasión de escribir. Hay que responder también a la pregunta de para qué.
Como conclusión, me da la impresión de que el autor, de un modo u otro, quizá sin ni siquiera ser consciente, rinde homenaje a la literatura (y cinematografía) de terror que le precede, pero sin ser capaz de añadir nada nuevo: una trama o una perspectiva original que fuera capaz de tocar esos resortes de la mente humana capaces de sumirnos en el miedo o, ya que hablamos de literatura, de gozar en el miedo. Su ritmo narrativo se mantiene firme y no desfallece, lo que está bien, pero sin duda no es suficiente. Tiene ante sí un proceso de depuración estilística que no debería demorar y un afinamiento en el punto de vista narrativo que también considero urgente si es que quiere que sus historias adquieran mayor solidez y también mayor sutileza. Energía no le falta, desde luego.
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