A la espera de nuevas lecturas y sus correspondientes reseñas, he decidido compartir con Vds. una breve reflexión sobre la tarea del reseñador bloguero. Con estas trece primeras novelas, me he dado cuenta de que el trabajo del reseñador literario es más duro de lo que parecía en un principio. ¿Por qué? Pues porque me identifico con aquel personaje de Ampliación del campo de batalla que decía: "Ojalá se me hubiera dado una vida sólo para leer" (ya me perdonarán la tilde en sólo, pero soy de la generación del Spectrum 48k, y esta madurez se plasma en que hay pequeñas batallas que uno no deja de librar, aunque transija de vez en cuando). No sabía entonces, pero sí ahora, que el reseñador no sólo lee libros buenos, no sólo lee libros de los que se convence que son buenos so pena de caer en el ostracismo del mal gusto, sino que por fuerza lee libros mediocres, malos y aún peores a los que jamás se habría acercado de otro modo. Llámenle a eso olfato o, si quieren, pre-juicios.
En todo caso, estas trece reseñas dan cuenta de libros cuya calidad, a mi entender, es de lo más dispar. Eso sí, los autores masculinos son abrumadora mayoría (12 a 1). Espero compensar esa proporción en los próximos días. Haciendo otra división, esta vez étnico-comunitaria, se puede ver que 7 corresponden a autores canarios, 3 a rusos, y 1 a un canadiense, a un austriaco y a un checo. Esa era mi intención desde un principio: dedicarle especial atención, pero no exclusiva, a la literatura escrita por canarios.
El balance es desalentador. Si excluimos, por considerarlo ya un clásico a Alonso Quesada, nos queda que, de los autores canarios reseñados, sólo Luis Junco, con su Entrelazamientos, da la talla. Las razones ya las he explicado en su reseña correspondiente. Sin ser una obra maestra, que no lo es, sí es una novela digna de ser leída. No puede decirse lo mismo de El sepulcro vacío, de Cecilia Domínguez, que, además de adolecer de una estructura confusa y de errores de incardinación temporal de la trama, suscita un aburrimiento insuperable. De hecho, es la única que no he terminado, una vez que reconocí que constituía una tarea superior a mis fuerzas. Por otro lado, Las calmas aparentes, de Federico J. Silva y La otra vida de Ned Blackbird, de Alexis Ravelo aspiraban a ser algo. Sin embargo, no han entrado en el reino de la ontología, sino que se han quedado en la cuneta de la historia. Seguramente hay destinos peores. Vs, de Sergio Barreto es una historia que sabe a ya leída muchas veces, y su estilo irrita que da (dis)gusto. Por último, de El tren delantero, de Emilio González Déniz, ya he señalado que es una tomadura de pelo completa. Debería estudiarse en la Universidad como ejemplo de escritura torpe y pretenciosa. Ya la primera frase le pone a uno el corazón en un puño: "Mi manera de vivir se aleja mucho de lo que se acepta socialmente". Joder, que estamos en 2017 (2016 cuando se publicó la cosa).
Hago constar que estas reseñas no implican un juicio a su trayectoria. Son críticas a una obra concreta, y me he esforzado por señalar y argumentar tanto sus defectos como sus virtudes. Que en algunos casos la novela (o lo que sea) suponga una nueva cima literaria o un desgraciado baldón es responsabilidad casi exclusiva de ellos/as.
Todos estos autores disfrutan de (cierta) fama y han ganado/recibido numerosos premios, seguramente por su obra anterior. Alexis Ravelo, por ejemplo, goza de reconocimiento nacional por sus novelas negras. Emilio González Déniz posee premios de todo tipo y disfruta de la admiración de numerosos seguidores. Cecilia Domínguez Luis, que es Premio Canarias 2015; Federico J. Silva, que ha ganado el premio Tomás Morales y el Ciudad de las Palmas de poesía, por lo que he leído; y Sergio Barreto (premio de novela Benito Pérez Armas, entre otros) son reconocidos poetas que en sus ratos libres se dedican a la prosa. Quizá el autor menos popular es, curiosamente, Luis Junco, aunque también ha recibido premios, etc. Con sus más y sus menos, todos han disfrutado en una época u otra del calor institucional en forma de patrocinios, cursos, conferencias, ediciones, etc. Lo cual no es necesariamente malo.
Quizá es difícil ser un/a escritor/a rebelde y vivir de la escritura. Quizá es que las administraciones públicas son entes neutros que apoyan la Literatura por su valor intrínseco (cualquiera que sea). Quizá es que cuando arrecia la vanidad, desaparecen los escrúpulos. Sin premios, además, parece que no eres nadie. Soy de la opinión que depender de los caprichos del concejal/consejero de turno no puede ser bueno para el artista, pero quizá estoy equivocado. Al igual que tampoco me parece saludable carecer de amigos que te señalen cuándo escribes tonterías o de un familiar jocoso que te ridiculice cuando crees que eres la leche.
Insisto en que habría que preguntarse por la razón de ser de los premios. En especial,de los premios otorgados por las administraciones públicas. Nadie los cuestiona, y ahí están todos esos artistas que por la mañana levitan entregados a la creación y por la tarde se pegan hostias por conseguir el premio de marras. O esos que una vez que lo han ganado/recibido, suspiran y exclaman, entre aliviados y enfadados: "¡Me lo merecía!" o "Ya era hora".
Asimismo, creo que cualquier reseñador/a con un mínimo de honradez debería tomarse en serio su tarea. Debería darse cuenta de que si la gente lo/la lee es porque espera un guía: alguien que, con su sincera opinión, ya sea por tiempo, lecturas o estudios sea capaz de hacer juicios y de argumentarlos. Lo que no puede ser, lo que es escandaloso, lo que resulta indignante, es que el/la reseñador/a mienta. Que, además, hurte al lector la información de que es amiga del escritor o su primo hermano, o que pertenece al mismo sello editorial, o que le debe un favor, etc. O, simplemente, el miedo a quedar mal. Hacer que el lector acuda engañado a la librería a comprar el librito recomendado es, simplemente, de sinvergüenzas.
Qué triste todo.
jueves, 16 de febrero de 2017
viernes, 10 de febrero de 2017
'La otra vida de Ned Blackbird', de Alexis Ravelo
No deja de ser curiosa la insistencia con la que se resalta que uno de los escritores más populares de novela negra en Canarias y quizá de España, y asimismo gran defensor del género, se pase a otro, el "fantástico", según El País, o, de acuerdo con el mismo Alexis Ravelo, el del "terror metafísico".
Muchas reseñas también dan cuenta de este cambio, por lo que uno no es capaz de discernir si es mera descripción, sentido elogio o puro alivio. El caso es que en una se habla de "prosa depurada" y que la novela representa "un homenaje a una generación de escritores que llenaron el tiempo libre de un país en una época en la que la televisión aún no reinaba en los hogares. También a la lucha de las mujeres por tomar las riendas de su propio destino y encontrar su lugar en un mundo de hombres. Y al amor, un amor no necesitado de ataduras ni convencionalismos para ocupar un lugar central de la vida". Ahí es nada. En otra también se dice que el autor "cambia radicalmente de estilo", que construye "una matrioshka perfecta", que es "metaliteratura", también que es un homenaje "a los escritores que decidieron publicar su obra bajo un pseudónimo". En una última, se subraya el "tono original" y que esta novela hará que no se le encasille "como autor de género". Quizá los reseñadores han hecho caso a la contraportada, que nos señala que la novela "conjuga lo fantástico, lo metaliterario y lo intimista, en un juego de espejos que indaga en algunos de los temas clásicos de la literatura: la memoria, la creación artística, el amor, el erotismo o el poder de la palabra".
Por si fuera poco, en su momento el propio escritor decidió, ¡quién mejor que él!, explicar las motivaciones, orígenes y propósitos de esta novela. Eso sí, nos advierte de que volverá "a las novelas de semen y de sangre". No vaya a ser que por miedo a quedar encasillado, le desencasillemos demasiado. También ha aparecido en la tele para volver con el dichoso homenaje (segundo 29). Y aquí.
Es duro querer ser como Pynchon.
Siempre me ha parecido una estupidez, pero esto ya es una fobia particular, que se le pregunte en un medio de comunicación a un escritor sobre una novela suya. ¿Qué va a decir? "Hombre, me ha parecido flojita, porque los personajes no están bien delineados y tal, ya sabes, la editorial quería que sacara la novela y bueno..." O: "Bueno, la trama la copié de una de Harry Potter, pero cambiando los personajes". En fin. Además, normalmente, el periodista que pregunta no es nada incisivo, sino que, lastrado por su desinterés y amparado en los tópicos de su profesión pregunta cosas como "¿Qué hay de Vd. en la novela?" o "¿Es esta novela un homenaje a los escritores anónimos? ¿Una crítica al capitalismo?", y cosas igual de desalentadoras. Todo un personaje, el del/la periodista de Cultura.
En Literatura, y en la tan famosa industria cultural, todo pasa por la promoción, según parece. Si hay que salir por la TV hablando de la profundidad de la novela, pues se sale. Si hay que participar en tertulias insufribles hablando de lo que sea (y de la novela también), pues se habla. Si que hay conceder entrevistas hablando de metaliteratura y de la necesidad de la crítica literaria, pues qué coño, pa'lante. Visto lo anterior, debería presumirse que todo el mundo ha oído hablar de La otra vida de Ned Blackbird, y muchos incluso la habrán leído, en particular los/as reseñadores/as. Respecto de éstos, salvo que me indiquen alguna excepción, no he encontrado más que un consenso maravillado. Así pues, da la impresión de que esta novela debería haber convulsionado el panorama literario canario y español.
En realidad, no.
En fin, esta no es una reseña específica sobre reseñas ni sus perpetradores, que tampoco estaría mal. Por ejemplos anteriores, hemos visto que el mundillo reseñador en Canarias (y el de España, en general) es lamentable, por no decir algo peor. Ya lo hemos visto con El tren delantero, que ha proporcionado más baba y enseñado más morro de lo que parecería creíble. Como ya se ha señalado en otros lugares, el problema de reunir en una sola persona el ¿arte? de escribir novelas (o teatro o poesía, lo mismo da) y la ¿manía? de escribir reseñas de novelas como actividad (¿principal? ¿secundaria?) consiste en que uno sienta la tentación, no siempre de manera inconsciente, de no criticar demasiado al colega escritor, no vaya a ser que éste le critique a uno cuando toque. Así es la vida y así son los negocios. Y la amistad también, que es lo más precioso que hay en el mundo, junto con los gatitos, los pijamas de osos y la canariedad.
LA NOVELA
Confieso, y espero que no se me lapide por ello, que esta es la primera novela que leo completa de Alexis Ravelo. Una vez lo intenté con Noche de piedra, pero no pasé de la quinta página. Es probable que tuviera un mal día, porque las novelas de Ravelo cuentan con un nutrido grupo de fieles y entusiastas seguidores. A diferencia de los reseñadores, los lectores suelen ser sinceros, y extremistas en sus juicios. Así que, casi puro y virginal, acometí la lectura de La otra vida sin esperar trama detectivesca alguna, tampoco mujeres fatales, ni investigadores privados de voz quebrada por el alcohol, ni asesinos a sueldo, ni sexo sucio ni limpio. Ni falta que hacen, ¿verdad?
Pues bien, La otra vida de Ned Blackbird ha conseguido cabrearme. Y una novela me cabrea cuando abunda lo siguiente:
a) Frases manidas, expresiones tópicas, pasajes tediosos o banales.
b) Alusiones literarias o artísticas continuas para demostrar que el autor posee muchas lecturas y que tiene gusto musical.
c) Trama inverosímil o incoherente.
d) Tomaduras de pelo que desembocan en la Gran Tomadura de Pelo.
El mero aburrimiento no me enfada, aclaro. Sólo me hace abandonar el libro y dirigirme hacia el ocaso mientras silbo Del barco de Chanquete, no nos moverán.
Antes de proceder con a), b) y c), debo subrayar que La otra vida no cae en d). Eso, por ahora, sólo lo he sufrido con El tren delantero, que es una tomadura de pelo como no había leído antes, agrandada por sus reseñadores/as-amigos/as, que se han tomado tan en serio los panegíricos que pareciera que González Déniz ha mejorado a Yourcenar y a Woolf en estilo literario y en feminismo militante.
En fin, vayamos con a): No sé muy bien qué se quiere decir con "prosa depurada": ¿escribir como Hemingway? ¿Matar a Borges? Quizá se trate sencillamente de eliminar adjetivos que suelen ir adosados a nombres o de adverbios a verbos. En tal caso, no me arriesgaría yo a llamar "depurada" la prosa de Ravelo en esta novela.
Ejemplos:
(...) donde estaba instalado el Café Oriental, regentado por doña Paula, una mujer afable y sencilla, experta en el arte de fidelizar a la clientela sirviéndose de buena conversación, precios razonables y las mejores sopas de ajo de toda la comarca. Y, en el Oriental, tampoco tardó en descubrir a Lucía y sus costumbres de lavanda.
"Fidelizar", "precios razonables", "sopas de ajo" y "costumbres de lavanda" nos alertan de que algo muy aburrido está ocurriendo. Pero sigue:
Carlos no era un ligón de bar; creo que es importante aclarar este punto. Simplemente, Lucía le resultó agradable desde el principio, como una ventana abierta al sol en la pared de un lóbrego cobertizo. Por eso le gustaba tomar en el Oriental el café de media tarde o ir por las noches a cenar. Además, Lucía y doña Paula eran personas amables y hospitalarias, lo cual, para alguien solo y un tanto aburrido, representaba una ventaja inestimable.
Efectivamente, el tedio comienza a aplastarnos en este párrafo. Uno se pregunta por qué íbamos a pensar que Carlos era un "ligón de bar" (como si eso fuera necesariamente malo) cuando nada nos lo había indicado hasta el momento. Y la imagen de la ventana en el "lóbrego cobertizo" resulta forzada y no le va a la escena. Pero que nada. Por no hablar de que despacha a dos personajes con dos adjetivos. Lucía más tarde tendrá algún desarrollo, pero no demasiado.
Otro ejemplo de información banal:
Parecía estar incubando algo, como solía decir su madre, porque sentía escalofríos y cansancio, con ese dolor de huesos característico de la gripe. Aún no tenía fiebre, pero estaba seguro de que le subiría la temperatura dentro de poco. Al día siguiente debía impartir clases, así que, al atardecer, resolvió quedarse en cama, tomar mucho líquido, encomendarse al paracetamol y conjurar al sueño con una novela de Sándor Márai.
¿En serio que era necesario el párrafo? Me temo que Lo de "tomar mucho líquido" y "encomendarse al paracetamol" no figurará en los manuales como ejemplo de estilo depurado.
Disponía de una hora libre antes de la clase con primero de Historia de la Filosofía y, en lugar de venir al despacho a prepararla, bajó a la cafetería y tomó sitio en la barra atestada. Antes de perorar sobre filósofos presocráticos, necesitaba glucosa. Por entre el griterío, logró hacerle entender al camarero que quería un café y un cruasán. El cruasán estaba pasable, pero pronto descubrió algo que ya sabemos todos en la facultad: que el café de la cafetería es lo más parecido al agua sucia. Como hacía siempre que debía advertirse algo a sí mismo, colgó en su mente un cartel que rezaba: A LA UNIVERSIDAD, LLEVAR EL TERMO.
Ya no es sólo la "barra atestada" ni que "necesitaba glucosa", es que no me importa cómo estaba el cruasán ni que se me confirme que el café era horrible. En las películas policíacas y de detectives, el café siempre es malo. Siempre. Lo sabemos, lo admitimos y nos desagradaría incluso que, por una vez, fuera excelente. Pero ya nos habían advertido de que esta vez Alexis Ravelo no había escrito una novela negra. Entonces, ¿por qué insiste con estos tópicos-relleno?
Por otro lado, un poco más adelante, Carlos se encuentra "con la sonrisa de azahar de Lucía", mujer cuya melena "le lamía los hombros en una caricia de ébano". Al protagonista "le resultaba deliciosa la naturalidad de Lucía". Vamos con el empalago, ya que le gusta la chica. Y de repente:
-Joder, es como si tuviera una verbena en la boca -opinó. La risa de Lucía llenó el aire del local.
-Más que una verbena, una orgía -observó, sin dejar de reír-. Yo no los había probado hasta que me vine aquí a hacer la carrera. Pero ahora soy una maldita adicta.
Vamos, como que al menos hay dos estilos o dos niveles de lenguaje. Uno cursi hasta el sonrojo y otro tabernario o presuntamente veinteañero. Y no mezclan nada bien.
Un último párrafo:
Todas las mujeres con las que se cruzaba hoy se convertían en su madre. Deseó estar siempre constipado, para que lo cuidaran. Ana, acaso no sin razón, solía decirle que los hombres eran más quejicas que las mujeres; que su umbral del dolor, su capacidad de resistencia eran mucho más bajos; que se lamentaban enseguida y buscaban en la mujer más cercana a una madre que los cuidase.
Jamás había leído ni oído nada semejante. Me he quedado perplejo y he apuntado el comentario como "sabiduría popular". A veces, hacen falta segundas lecturas para reparar en que lo que se ha escrito fácil significa que se ha escrito mal.
Ahora con b): No hay ninguna ley que prohíba insertar en la novela todos los títulos de libros que uno ha leído y toda la música que uno ha escuchado (normalmente, clásica o jazz, que es lo más in o cool. Vamos, que es un must). Pero digo yo que deberían venir a cuento o, por lo menos, que no desentonaran. Pero en esta novela, de una manera similar a Vs., de Sergio Barreto, o en la infame El tren delantero, albergo la desagradable sospecha de que el autor no hace más que presumir. Y ya ven, me disgustan los presumidos, salvo que sean graciosos.
No es el caso.
De igual manera, procuraba que el piso fuera convirtiéndose en un lugar menos inhóspito. En esta tarea lo ayudaron su ordenador portátil, los libros que había podido traer consigo y un tablero de corcho que le hacía compañía desde sus tiempos de estudiante y donde fijó, con chinchetas, una cita de Pico della Mirandola, una postal que representaba os rabelos de Oporto, la tarjeta de una exposición de Óscar Domínguez y un folio en el que figuraba su cuadrante horario para ese año lectivo.
Unas semanas más tarde, cuando recibió por correo un libro obsequiado y firmado por Coltán, Ascanio lo entendió perfectamente, ya que muchos de los poemas eran caligramas. Tras recordar a Coltán, mientras el disco de Satie acababa y daba paso a las Escenas infantiles de Schumann, acompañadas, como aquel, por el incesante golpeteo de las teclas (...)
Mientras ella iba y venía entre la barra y el grupo de clientes, Ascanio pensó que era un gran necio. Se había comportado como un verdadero James Stewart, pero habría un Lubitsch -y mucho menos un Capra o un Ford- que le proporcionara una segunda oportunidad.
Me ahorraré la tortura de transcribir más párrafos, pero sí les apunto que tales referencias aparecen en, al menos, 10 páginas. Pico della Mirandola, Sándor Márai, Schumann, Milorad Pavic, Marguerite Yourcenar, Boris Vian, Marguerite Duras y otros desfilan como una horda de zombis de The Walking Dead: sólo sirven para que el autor (protagonista mediante) se luzca.
Finalmente, c):
Vamos al grano. No puede ser que el protagonista, Carlos Ascanio, se traiga objetos de los sueños y se quede tal cual. O, hablando con precisión, que, tras dormir, algo del sueño aparezca al lado, en la cama, y no le cause mayor preocupación. En mi caso, habría crujir de huesos y rechinar de dientes, y una bajada de tensión como poco. A continuación, buscaría a toda prisa a una mujer para que me cuidara porque, como hombre, soy de natural quejica.
Vale la pena leer el párrafo del hallazgo onírico:
Un reloj de leontina, un camafeo, un cochecito de latón o unos quevedos se materializaban, en ocasiones, junto a su almohada o en la mesilla de luz, tras haber soñado con ellos durante la noche. Así de increíble. Así de simple.
Le ocurría desde la adolescencia. Siempre en ocasiones en que dormía solo. Nunca cuando compartía lecho con Ana o con alguna de las pocas mujeres que hubo antes que ella. Naturalmente, al principio, con quince o dieciséis años, se hizo muchas preguntas acerca de ello. Dudó de su cordura, de sus sentidos, de la realidad. Pero con el tiempo fue asumiendo el asunto como una leve contrariedad que se daba de cuando en cuando, sin periodicidades ni mayores consecuencias.
Una "leve" contrariedad. Debe de ser lo de leve lo que me exaspera. Esto no obsta para que un poco antes se nos hubiera dicho que "no creía en la magia" y que "años de lectura (...) le habían confirmado en un ateísmo materialista que no dejaba de ser una fe como cualquier otra". El caso es que el hombre recibe regalos de los Reyes Magos del Sueño de vez en cuando: lo normal. Tranquilos, chicos, que lo bueno, lo incongruente, lo inverosímil no radica ahí.
Radica en que otra noche oye el tableteo de una máquina de escribir en el apartamento de al lado. Tras indagar un poquito, un par de días más tarde un vecino le sugiere que se ahorre el trabajo de fisgonear, que allí no vive nadie. También averigua que la única persona que tecleaba en una máquina de escribir en ese edificio (ya se habían pasado todos al portátil, según parece) era la anterior inquilina de su apartamento.
¡Tachán! Supermisterio. Ese sí, y no el de traerse una rosa de un sueño, no. ¿No se da cuenta el autor que es psicológicamente incongruente, narrativamente inverosímil? Habrá que esperar al final para que el autor pergeñe una solución.
Y esto solo en la primera parte.
En la segunda, nos encontramos con el mismo panorama, para qué cambiar. Las mismas expresiones manidas, ciertas descripciones banales, el mismo afán por presumir... Cierto es que se produce un avance en la narración. Se nos da a conocer la vida de Celia Andrade, la difunta, cuya presencia fantasmagórica tanto influye en el personaje, y que se dedicaba a escribir bajo pseudónimo (Ned Blackbird) novelas del Oeste. Y bueno, el narrador en cierto momento considera conveniente apuntar que el protagonista tuvo una erección imaginándose cómo tendría sexo esta mujer.
En la tercera parte, Carlos Ascanio sigue husmeando en el diario de Celia, quién sabe si esperando nuevas erecciones. La voz del narrador, que al parecer es la de un colega de Carlos, y que lee el diario de éste, se entremezcla con él de tal manera que tenemos acceso a los sentimientos del protagonista, que a su vez nos cuenta las andanzas de Celia y, sobre todo, una relación amante-epistolar con un hombre, lo que nos interesa lo justo.
Esto del diario del diario debe de ser lo que unos llaman matrioshkas. En este punto, uno llega a la conclusión de que, más allá de la irritación que produce un estilo tan poco trabajado, de las escenas ya vistas alguna vez y del presumir de la cultura, hay un problema con el tono. El autor no ha sabido encontrarlo. Al igual que un orador carraspea antes de hablar y aún así es posible que le salga un gallo, o como un cantante cuya voz no le da para los agudos y se queda en los graves, así Ravelo narra en una frecuencia distorsionada. Dicho de otro manera, la narración suena artificial, suena inadecuada.
En fin, para abreviar, que la reseña ha quedado larguísima: la novela sigue y en la cuarta parte se desencadenan crisis, pasan algunas cosas que deben parecernos terribles a la par que ingeniosas. O meta-ingeniosas. Al final, nada es lo que parece y todo se entiende, hasta lo que parecía más inverosímil, que aun así lo sigue siendo a pesar del terror meta-físico o lo que quiera que sea. Pero ya hace tiempo que el desenlace carece de importancia. Y esto es así porque el autor no ha logrado convencernos. A lo sumo ha intentado, sin éxito, imponernos una historia y ha fracasado.
La otra vida de Ned Blackbird resulta fallida, tanto en el estilo como en la construcción de una trama que apenas se mantiene en pie y finalmente se derrumba sin gloria. Estoy convencido, sin embargo, de que son estas aventuras creativas las que contribuyen al desarrollo de la novela, entendiendo éste, parafraseando a Kundera, como la investigación de la complejidad existencial del ser humano. Sólo por esto, el autor merece cierta consideración. Sin embargo, en mi opinión, el resultado final no llega a la altura de su propósito. Ni de lejos.
lunes, 6 de febrero de 2017
'Blanco sobre negro', de Rubén Gallego
Si comenzara esta reseña afirmando que la prosa de Gallego me recuerda en numerosos pasajes a la de Chéjov, podrían tildarme de exagerado. Especialmente, si han leído a Chéjov y, sobre todo, si, como yo, aprecian su prosa. Un Vanka tullido y aún más triste y desgraciado es lo que se me viene a la cabeza. A pesar de todo, aunque no lo hubiesen leído ni, todo es posible, tampoco les agradase su estilo, comprenderían que estaba elogiando Blanco sobre negro. Así es.
La novela de Rubén Gallego se compone de reflexiones y fragmentos de su vida en diferentes orfanatos de la Unión Soviética. El tránsito de la niñez a la adolescencia, su, llamémoslo así, proceso de formación en una condiciones físicas terribles (parálisis cerebral que se sustancia en su caso en la imposibilidad de caminar o utilizar las manos: sólo era capaz de reptar) y en un entorno institucional (orfanatos, hospitales, asilos) que pasaba de lo insuficiente a lo deplorable. Sin embargo, Gallego prefiere quedarse con el lado bueno de sus circunstancias: su capacidad de resistencia, las amistades que iba forjando a lo largo de su tortuosa vida, la bondad de algunas personas como las niñeras o maestras, de sus compañeros de tribulaciones o de una estudiante española). Aquí y allá, Gallego nos muestra destellos de humanidad en pequeños actos como el regalo de una ración de comida, el compartir un chorizo, el cuidado de un perro, también tullido, como otros de auténtico espanto como el deambular de una rata gigante por los pasillos de un asilo o la frialdad con que la maquinaria institucional envía a personas como él a morir con ancianos, también abandonados a su suerte.
La vileza humana carece de límites, pero en sus intersticios florece también la solidaridad, y junto a ella la esperanza. Gallego ha sido afortunado en sobrevivir, y su novela no sólo es testimonio de la hipocresía de una moral utilitarista disfrazada de hermandad socialista que despreciaba a los inútiles y en la práctica los condenaba a muerte. También lo es de la fuerza que puede albergar un ser humano. Él ha vivido para contarlo, cuando todas las apuestas estaban en su contra.
En cuanto a la prosa de Gallego se caracteriza por frases cortas, punzantes. Párrafos intensos, también, normalmente, de pocas frases. No es amigo de largas descripciones. La intensidad del sufrimiento y de la alegría la expresa con contundencia, pero con sobriedad. La lectura es sencilla, por si eso resulta valioso para quien lea esta reseña; la repercusión en la conciencia se mide por la reflexión que nos genere, y no creo que yo constituya una rareza si digo que es honda y duradera. De repente, volvemos a apreciar el valor de la bondad en las pequeñas cosas y a los más perjudicados en esta lotería trucada que es el mundo.
Eso sí, como objeción en el plano narrativo podría aducirse el abrupto paso de su adolescencia, justo cuando estaba en un asilo tenebroso, a su estancia en Estados Unidos con su mujer. Algo se ha omitido por el camino, se tiene la impresión de que algo importante se nos ha escamoteado. Lo cual quiere decir, por otro lado, que uno podría haber seguido leyendo sin tregua doscientas páginas más de sus aventuras y desventuras.
Toda una historia, sin duda.
La novela de Rubén Gallego se compone de reflexiones y fragmentos de su vida en diferentes orfanatos de la Unión Soviética. El tránsito de la niñez a la adolescencia, su, llamémoslo así, proceso de formación en una condiciones físicas terribles (parálisis cerebral que se sustancia en su caso en la imposibilidad de caminar o utilizar las manos: sólo era capaz de reptar) y en un entorno institucional (orfanatos, hospitales, asilos) que pasaba de lo insuficiente a lo deplorable. Sin embargo, Gallego prefiere quedarse con el lado bueno de sus circunstancias: su capacidad de resistencia, las amistades que iba forjando a lo largo de su tortuosa vida, la bondad de algunas personas como las niñeras o maestras, de sus compañeros de tribulaciones o de una estudiante española). Aquí y allá, Gallego nos muestra destellos de humanidad en pequeños actos como el regalo de una ración de comida, el compartir un chorizo, el cuidado de un perro, también tullido, como otros de auténtico espanto como el deambular de una rata gigante por los pasillos de un asilo o la frialdad con que la maquinaria institucional envía a personas como él a morir con ancianos, también abandonados a su suerte.
Cuando era muy pequeño soñaba con tener una mamá. Soñé con la idea hasta los seis años. Luego comprendí, o mejor dicho, me dijeron, que mi mamá era una puta de mierda y que me había abandonado. Me resulta desagradable escribir estas palabras, pero fueron los términos que emplearon.
Llegué a aquella casa de niños directamente de la clínica, donde durante dos años intentaron sin éxito ponerme en pie. El procedimiento era sencillo. Enyesaban mis piernas torcidas, luego cortaban el yeso periódicamente en determinados lugares, apretaban las articulaciones y fijaban las piernas en una nueva posición. Al medio año, las piernas quedaron rectas. Intentaron ponerme sobre muletas, vieron que era inútil y me dieron el alta. Durante el tratamiento, las piernas me dolían constantemente, yo no razonaba como es debido. Según la ley, todo escolar en la Unión Soviética tiene derecho a la enseñanza. Aquellos que podían asistían a las clases escolares de la clínica, el maestro visitaba al resto en su pabellón. A mí también me vino a ver un par de veces una maestra, pero al comprobar mi completo cretinismo me dejó en paz. A los maestros les daba pena aquella pobre criatura y en todas las asignaturas me ponían "suficiente". Así iba pasando de una clase a otra.
En el asilo lo colocaron en un pabellón con dos abuelos. Dos abuelos inofensivos. Uno, zapatero, hacía cola de pegar en un hornillo eléctrico; el otro, un terminal, casi no se enteraba de nada, de su cama caía la orina. A Seriozha no le dieron muda. Le dijeron que los pantalones se cambiaban cada diez días. Seriozha se pasó tres semanas en el pabellón sumergido en el olor a mierda y a cola de zapatero. Se pasó tres semanas sin comer nada, procurando beber lo menos posible. Atado a su bolsa de orina, no se atrevió a arrastrarse desnudo hasta el exterior para ver por última vez el sol. Murió a las tres semanas. Al cabo de un año a ese asilo me habían de llevar a mí. Serguéi tenía manos, yo no.
La vileza humana carece de límites, pero en sus intersticios florece también la solidaridad, y junto a ella la esperanza. Gallego ha sido afortunado en sobrevivir, y su novela no sólo es testimonio de la hipocresía de una moral utilitarista disfrazada de hermandad socialista que despreciaba a los inútiles y en la práctica los condenaba a muerte. También lo es de la fuerza que puede albergar un ser humano. Él ha vivido para contarlo, cuando todas las apuestas estaban en su contra.
Me sacaron del autobús con la silla. A pesar de todo, yo era un minusválido privilegiado. Los que abandonaban el orfanato no tenían derecho a tener una silla de ruedas. Los llevaban a los asilos de ancianos sin silla, los depositaban en la cama y allí los dejaban. Según la ley, el asilo estaba obligado a proporcionarle otra silla de ruedas en el curso de un año, pero eso era según la ley. En el asilo de ancianos al que me llevaron sólo había una silla de ruedas. Una para todos. Aquellos que podían montarse en ella desde la cama paseaban en la silla por turnos. El paseo se limitaba al porche del internado.
En cuanto a la prosa de Gallego se caracteriza por frases cortas, punzantes. Párrafos intensos, también, normalmente, de pocas frases. No es amigo de largas descripciones. La intensidad del sufrimiento y de la alegría la expresa con contundencia, pero con sobriedad. La lectura es sencilla, por si eso resulta valioso para quien lea esta reseña; la repercusión en la conciencia se mide por la reflexión que nos genere, y no creo que yo constituya una rareza si digo que es honda y duradera. De repente, volvemos a apreciar el valor de la bondad en las pequeñas cosas y a los más perjudicados en esta lotería trucada que es el mundo.
Eso sí, como objeción en el plano narrativo podría aducirse el abrupto paso de su adolescencia, justo cuando estaba en un asilo tenebroso, a su estancia en Estados Unidos con su mujer. Algo se ha omitido por el camino, se tiene la impresión de que algo importante se nos ha escamoteado. Lo cual quiere decir, por otro lado, que uno podría haber seguido leyendo sin tregua doscientas páginas más de sus aventuras y desventuras.
Toda una historia, sin duda.
martes, 24 de enero de 2017
'El telón', de Milan Kundera
A veces, es conveniente no leer novelas, sino reflexionar sobre ellas. O, al menos, leer las reflexiones de los novelistas sobre su arte. Este es el caso, y esta es mi primera reseña (breve) sobre algo que no es una novela. Alguna vez tenía que ser. No se asusten: el ensayo de Milan Kundera vale mucho la pena. ¿Acaso no son también Literatura los Ensayos de Montaigne? O, para citar algo más moderno, ¿no lo es Zona, de Geoff Dyer, que no es sino una dilatada reflexión respecto de Tarkovski y su obra, partiendo de la película Stalker y volviendo una y otra vez a ella?
En todo caso, El telón no es un conjunto de ocurrencias aleatorias, sino que siguen un orden y tiene un propósito: mostrar el orden histórico de la génesis y desarrollo de la novela, y, sobre todo, su razón de ser: los sucesivos descubrimientos de la naturaleza del ser humano. Kundera, autor de sobra conocido, desarrolla, basándose en la lectura de sus novelas y autores favoritos (Henry Fielding, Laurence Sterne, Herman Broch, Kafka, Cervantes, Tolstói, Flaubert, Dostoievski, Gombrowicz, García Márquez), una incipiente teoría sobre la esencia de la novela.
No es este un asunto baladí. El de la razón de ser. Pensar que una novela es una historia con muchas páginas (una mera story) o una narración con personajes más o menos interesantes no da mucho de sí. A Kundera se le nota que le molesta la frivolidad a este respecto, porque la novela, para él, es un asunto serio, de naturaleza no solo estética, sino también, o sobre todo, epistémica.
Quédemonos con Hermann Broch y la "moralidad" de la novela. Quizá nos sintamos más cómodos estableciendo una definición: una novela de calidad, una novela con pretensiones artísticas es aquella que descubre una parcela de la existencia "hasta entonces desconocida".
A este respecto, y esto lo digo yo, y no Kundera, la expresión "identificarse con un personaje" pierde su carácter de tópico o de frase manida para arrojar luz sobre esta definición. Nos "identificamos" cuando, de un modo u otro, la novela o los personajes de esta articulan, estructuran, dan nombre o nos "descubren" aspectos de nosotros mismos que o bien intuíamos o bien ignorábamos o para los que carecíamos de nombre alguno. No es un asunto meramente costumbrista o descriptivo o psicológico, sino, sobre todo, existencial.
Entendiendo la novela como lo hace Kundera, una novela mediocre no lo es tanto por la técnica, como por la ausencia no ya de descubrimiento sino tan siquiera de exploración de la existencia humana. Hay escritores que parten a rumbos lejanos y se aventuran en tierras ignotas y otros que se quedan en el quiosco de la prensa, qué le vamos a hacer. Sin embargo, el peso del estilo y de la estructura ideada para la novela son parte indisoluble de esa empresa descubridora, como se apresura a señalar Kundera. Eso no está reñido ni con el humor ni con la ironía, ni tampoco tiene que ver con dar sermones desde el púlpito del GRAN ESCRITOR. Mucho menos desde un programa cultureta de La 2 o desde las páginas de una revista cool (o lo que es peor, de un suplemento cultural). De hecho, si hay un rasgo característico del novelista mediocre es la tendencia a soltar, en la misma novela, parrafadas pseudofilosóficas que suelen provocar vergüenza ajena.
El mal novelista, el novelista mediocre, es el que se limita a escribir simples historias, o el que escribe de sí mismo sin trascendencia o bien el que, en realidad, no escribe de nada. En todo caso, la novela es un proyecto estético con aspiraciones de inmortalidad: si es descubrimiento, insiste Kundera, perdurará.
Así pues, líbranos, Señor, de los escritores modestos, de los que sólo quieren hablar a su gente, y de aquellos que han suscrito contratos de a novela por año, pero también de los vanidosos que solo quieren hablar de sí mismos, y de los ansiosos de la fama que no quieren escribir novelas, sino que le hagan entrevistas. Líbranos, por favor, de todos esos escritores/as "dignos de desprecio".
Según parece, la novela es un asunto serio.
En todo caso, El telón no es un conjunto de ocurrencias aleatorias, sino que siguen un orden y tiene un propósito: mostrar el orden histórico de la génesis y desarrollo de la novela, y, sobre todo, su razón de ser: los sucesivos descubrimientos de la naturaleza del ser humano. Kundera, autor de sobra conocido, desarrolla, basándose en la lectura de sus novelas y autores favoritos (Henry Fielding, Laurence Sterne, Herman Broch, Kafka, Cervantes, Tolstói, Flaubert, Dostoievski, Gombrowicz, García Márquez), una incipiente teoría sobre la esencia de la novela.
No es este un asunto baladí. El de la razón de ser. Pensar que una novela es una historia con muchas páginas (una mera story) o una narración con personajes más o menos interesantes no da mucho de sí. A Kundera se le nota que le molesta la frivolidad a este respecto, porque la novela, para él, es un asunto serio, de naturaleza no solo estética, sino también, o sobre todo, epistémica.
La novela no es para mí un "género literario", una rama entre otras ramas de un único árbol. No se entendería nada de la novela si se le cuestiona su propia Musa, si no se ve en ella un arte sui géneris, un arte autónomo. Tiene su propia historia, marcada por periodos que le son propios (el paso tan importante del verso a la prosa en la evolución de la literatura dramática no tiene equivalente en la evolución de la novela; las historias de esas dos artes no son sincrónicas); tiene su propia moral (lo dijo Hermann Broch: la única moral de la novela es el conocimiento; es inmoral aquella novela que no descubre parcela alguna de la existencia hasta entonces desconocida.)
Quédemonos con Hermann Broch y la "moralidad" de la novela. Quizá nos sintamos más cómodos estableciendo una definición: una novela de calidad, una novela con pretensiones artísticas es aquella que descubre una parcela de la existencia "hasta entonces desconocida".
A este respecto, y esto lo digo yo, y no Kundera, la expresión "identificarse con un personaje" pierde su carácter de tópico o de frase manida para arrojar luz sobre esta definición. Nos "identificamos" cuando, de un modo u otro, la novela o los personajes de esta articulan, estructuran, dan nombre o nos "descubren" aspectos de nosotros mismos que o bien intuíamos o bien ignorábamos o para los que carecíamos de nombre alguno. No es un asunto meramente costumbrista o descriptivo o psicológico, sino, sobre todo, existencial.
Entendiendo la novela como lo hace Kundera, una novela mediocre no lo es tanto por la técnica, como por la ausencia no ya de descubrimiento sino tan siquiera de exploración de la existencia humana. Hay escritores que parten a rumbos lejanos y se aventuran en tierras ignotas y otros que se quedan en el quiosco de la prensa, qué le vamos a hacer. Sin embargo, el peso del estilo y de la estructura ideada para la novela son parte indisoluble de esa empresa descubridora, como se apresura a señalar Kundera. Eso no está reñido ni con el humor ni con la ironía, ni tampoco tiene que ver con dar sermones desde el púlpito del GRAN ESCRITOR. Mucho menos desde un programa cultureta de La 2 o desde las páginas de una revista cool (o lo que es peor, de un suplemento cultural). De hecho, si hay un rasgo característico del novelista mediocre es la tendencia a soltar, en la misma novela, parrafadas pseudofilosóficas que suelen provocar vergüenza ajena.
El mal novelista, el novelista mediocre, es el que se limita a escribir simples historias, o el que escribe de sí mismo sin trascendencia o bien el que, en realidad, no escribe de nada. En todo caso, la novela es un proyecto estético con aspiraciones de inmortalidad: si es descubrimiento, insiste Kundera, perdurará.
Toda novela creada con auténtica pasión aspira de un modo natural al valor estético duradero, lo cual quiere decir que aspira al valor capaz de sobrevivir a su autor. Escribir sin esta ambición es puro cinismo: porque mientras un fontanero mediano es útil a la gente, un novelista mediano, que produce a conciencia libros efímeros, corrientes, convencionales, por tanto inútiles, nocivos y que estorban sólo es digno de desprecio. Es la maldición del novelista: su honestidad está atada al potro infame de su megalomanía.(la cursiva es mía)
Así pues, líbranos, Señor, de los escritores modestos, de los que sólo quieren hablar a su gente, y de aquellos que han suscrito contratos de a novela por año, pero también de los vanidosos que solo quieren hablar de sí mismos, y de los ansiosos de la fama que no quieren escribir novelas, sino que le hagan entrevistas. Líbranos, por favor, de todos esos escritores/as "dignos de desprecio".
Según parece, la novela es un asunto serio.
martes, 17 de enero de 2017
'El sepulcro vacío', de Cecilia Domínguez
¿Qué
nos recuerda el título de esta novela? Si han seguido la estela de
mis reseñas, la respuesta la encontrarán rápidamente:
sí, Entrelazamientos, la
novela de Luis Junco, nos narraba las pesquisas de un
investigador aficionado cuyo biografía se encontraba entrelazada con
los marqueses de la Quinta Roja. El
sepulcro vacío se
refiere al sepulcro que la marquesa mandó construir para su hijo, el
marqués, a quien por masón la Iglesia le había negado entierro en
el camposanto. No obstante lo cual, al final los restos del marqués
nunca encontraron acomodo en el sepulcro de la Quinta Roja sino en el
panteón familiar.
Casualidades
al margen (algo que Luis Junco negaría con vehemencia), me resulta
curioso que haya acabado leyendo dos novelas que, en parte, tratan
sobre el mismo asunto y que se publicaran con escaso margen (la
novela de esta reseña en 2015 y Entrelazamientos en
2016). Por esa razón, me pregunto cuál será el lugar y la
influencia en el imaginario colectivo tinerfeño de estos marqueses
tan novelados cuya existencia resulta tan ignorada, sin aparentes
consecuencias, para el resto del mundo.
La
escritora, Cecilia Domínguez, es poeta y novelista. Parece una
constante entre los escritores/as de Canarias el pluriempleo
literario. Pues aunque pudiera parecer lo contrario, poesía y novela
apenas tienen que ver, salvo que se utilizan palabras. Pero, en fin,
supongo que otros verán perfectamente natural pasar del verso a la
frase y del mundo interior personal al descubrimiento de nuevas
regiones de la naturaleza humana (que es mi concepción de lo que
debe conseguir una novela). Tengo la impresión, llámenme mala
persona, de que parece que lo que pretenden estos poetas metidos a novelistas (no significa que sea el caso de la autora) es ampliar su nicho de mercado. O, quizá, y no
es incompatible con lo anterior, que su genialidad no se puede
contener en poemarios que solo leen unos pocos escogidos (por la
poesía, se entiende).
En
cuanto al ego, Cecilia Domínguez debe de tenerlo colmado, pues le
otorgaron el mismo año de publicación de esta novela, 2015, el
premio Canarias de Literatura (30.000 euracos de nada, sin contar con
Hacienda), aparte de ser miembro de la Academia Canaria de la Lengua
desde 2011 (sí, hay una Academia
Canaria de la Lengua). Le dejo a ustedes la consideración sobre
el valor y el prestigio de dicho premio. Una nota curiosa es que
desde su creación en 1984 hasta 1991 se concedía de forma anual.
Posteriormente, de 1991 a 1997, cada dos. Por último, a partir de
ese último año se da cada 3. La posibilidad de que se acabasen
las/los autoras/es dignas/os de
recibir tal galardón parece haber sido una razón importante para
esta ampliación de los lapsos, lo que ha motivado furibundas
protestas como esta.
Canarias es un rico e inagotable vergel, en todo caso. Por otro lado,
y como se lee aquí,
la concesión del premio a veces suscita bonitas anécdotas de
solidaridad isleña.
Lo que no parece haberse planteado nunca, por muy raro que parezca, es la necesidad de un premio institucional de estas características. Como suele plantearse en numerosas ocasiones, tanto los premios provenientes de instituciones públicas como privadas tienen como velado objetivo otorgar prestigio no a quienes reciben el premio (que también) sino a quien lo concede. No nos sorprendería que en relación con este fin volvieran a ampliar el interregno interpremios para que coincidiera con el ciclo electoral. Siempre he pensado que el mayor premio que puede recibir un novelista es el reconocimiento de sus lectores, que a veces se materializa en ventas, a veces, no. Puede que esté equivocado.
Dicho
lo cual, El sepulcro vacío muestra, de nuevo, esa
escritura plana que no crea personajes de verdad. Todos
sabemos que la novela es ficción, pero no estaría mal que se
esforzaran por crear la ilusión de que existen los personajes que la
pueblan, al menos mientras leemos. La diferencia entre una novela tremenda como Las
correcciones (por citar una moderna) y una novela que no lo
es como El sepulcro vacío no consiste en el interés
intrínseco de las historias de una y otra sino, sobre todo, en la
presencia de los personajes. Exagerando, podemos decir que
en una hay personajes y, en la otra, meros nombres.
En una se nos habla de todos nosotros y en
otra, de cosas que pasan.
Sin
embargo, el problema mayor de la novela es que aburre. Eso sí, no es
pretenciosa. Aunque uno no sabe bien si es por falta de recursos o
por falta de ganas. Ciertas transiciones temporales son abruptas y
evidencian cierta prisa por llegar a lo que la autora tiene interés
en contar. No obstante, y aunque la novela requiere de elipsis (como
el teatro o el cine) también es cierto que, como decía Nabokov, el
arte está "en los divinos detalles".
Todas le parecían hermosas, y, sobre todo, una de ellas llamó su atención. Era una muchacha morena, de ojos grises y vivos que a él se le antojó diferente a las demás. Y esta es Andrea de Alfaro. Ella le sonrió y, al estrechar su mano Pablo creyó notar un ligero temblor que luego quiso achacar al aire de otoño que ya empezaba a hacerse sentir.
La mansión seguía esperándolo.
Se encontraban bajo una marquesina que había en el centro de una plaza frente a la casa donde Andrea recibía clases de francés. No eran encuentros furtivos, pero los dos sabían que era un buen lugar, sobre todo porque no estaba cerca de donde vivía cada uno.
Pim,
pam, ya son novios, para qué molestarse, que hay prisa por llegar a
la acción principal. Por no hablar, también, de cierta pobreza
expresiva y que es nota predominante en toda la novela. De una frase
a otra pasan meses, de repente. Además, hay saltos al pasado en
mitad de la narración que quizá pretenden aclarar algún punto del
presente de la novela, pero que resultan innecesarios y que dan la
impresión de que están mal colocados. Así, por
ejemplo, cuando se nos cuenta que Matías, el jardinero, huye para
escapar de las preguntas de Pablo, el joven marqués. Capítulos más
tarde, aparece en el sur de Tenerife, en una zafra en la finca de un
amigo. Inmediatamente a continuación, todo el proceso de su
huida. A estas alturas, no se puede ser un fanático de la
unidad de tiempo y lugar y volver a Aristóteles. Pero todo tiene que
tener una intención, que contribuya al desenvolvimiento de la
narración o a determinada finalidad expresiva. En esta novela,
sospecho que algo no anda bien en la estructura narrativa.
Además,
y esto es ya manía personal, comienza a irritarme en estas lecturas
la constante de que los personajes femeninos nunca tienen
los ojos marrones: suelen ser de color miel (como si no hubiera
tonalidades en la miel), azules o grises. Pero nunca marrones. Los
ojos marrones están prohibidos, por favor. Si son marrones no se les
nombra, para qué, son ojos normales. Pero ¿qué
importancia tiene que sean grises como las nubes de lluvia, azules
como el mar o rojos como el pimentón? Me da que nada.
Tampoco me importa que los diálogos se sucedan en el mismo párrafo sin que nada distinga una voz de otra. Al fin y al cabo, son licencias literarias. No es que se pretenda castigar al lector, por Dios, sino que le exige atención para que no se le vaya el hilo. O bien, es una modernez que prescinde de rígidos convencionalismos y tal. ¿No lo hizo Saramago? Pues adelante. Eso sí, para salvarnos del caos total, coloca entre comillas bajas los pensamientos. Lo que molesta de verdad, en cualquier caso, es que los diálogos sean anodinos y la narración, banal:
Se dio cuenta de que, al menos, las plantas y la pintura eran para su madre un alivio para la carga de sus días, una fuente de equilibrio y hasta de cierto placer, aparte de que le transmitía la seguridad de que aún podía controlar ciertas cosas de su vida. Tú siempre has tenido buena mano para las plantas, igual que para la pintura. Ya me lo aseguraban abuela Eulalia y Matías. A propósito de tu abuela, dentro de poco cumplirás veinte años y, aparte de que tendrás que empezar la carrera e ir a la ciudad de Aguere a estudiar, lo que no creas que no me preocupa, tendrás que prepararte porque cuando menos lo esperes, serás dueño y señor de la casona ¿Y qué piensas hacer? La voz sonó tan ansiosa que Pablo hubiera querido prometerle que se quedaría allí con ella. No lo hizo, aunque deseó mitigar sus temores. Aún no lo sé, madre, pero no pienses que te voy a dejar sola. No sé, Pablo, los hijos ya se sabe, cuando se hacen mayores. Además yo no volveré a vivir en esa casa, lo sabes muy bien.
La llegada de Pablo, acompañado de Andrea la salvó de nuevos comentarios. «Seguro que me iba a hablar de lo demasiado liberal y poco religiosa que es esa familia y no sé cuántas cosas más». Buenas tardes, sobrino, precisamente estábamos hablando de ti y de tu viaje. Imagino que esta señorita es Andrea. Encantada, soy Berta, la tía de Pablo. Isabel me ha estado hablando muy bien de ti. Pablo miró a su madre que lo reprendía por no haber presentado a su novia con mayor premura. Déjalo, mujer. Si apenas le ha dado tiempo. Fueron unos instantes embarazosos que él pretendió aliviar preguntando por su primo. Seguía con el mismo problema con los idiomas, por lo que este año le habían prometido un viaje a Londres si conseguía aprobarlos. Si hubiéramos sabido que te ibas a París... El estaría encantado de acompañarte. me imagino que dominas el francés ¿no? Andrea notó que Pablo hacía verdaderos esfuerzos para no responderle una impertinencia, e intervino. Londres es una ciudad preciosa, seguro que a su hijo le gustará y le vendrá muy bien para reforzar su inglés. Sí, desde luego, querida, y espero que tengas razón y David regrese hablando un inglés perfecto.
Quizá todo lo anterior sean tonterías, minucias que no desmerezcan la novela en su conjunto. En todo caso, está por demostrar que aporten algo.
En
fin, en mi vida anterior, y siendo liberal en el derroche de tiempo,
habría abandonado el libro sobre la página 20. Ahora que cargo con
la responsabilidad que supone un público, me he esforzado por
continuar, buscando algo notable que comentarles.
En la página 112, desistí, que una cosa es paciencia, y otra, temeridad en el aburrimiento.
miércoles, 11 de enero de 2017
'Las calmas aparentes', de Federico J. Silva
Haciendo un recorrido por las reseñas de otros escritores metidos a reseñadores, me he encontrado, respecto de esta novela, descripciones fascinantes tales como "novela caleidoscópica", "libro para leer rápido y pensar despacio", "libro canalla, poético y rayuelo" o "una de esas novelas que se quedan cuando todo se va apagando".
Lo de "rayuelo" y "caleidoscópica" se entiende porque la novelita (76 páginas) está compuesta de LIX pasajes o fragmentos o escenas o monólogos interiores y que se puede leer de dos maneras, de principio a fin o en plan piezas que se ensamblan por aquí y un poco de metaliteratura por allá. En principio, estos juegos arquitectónicos no me llaman la atención, pero tampoco es que vaya a quemar el libro por eso. Si lo hizo Cortázar...
Dejemos la arquitectura de lado, por un momento y centrémonos en la historia y en el estilo. Respecto de lo primero, lo que nos cuenta no es demasiado original, pero tampoco aburre: un periodista amargado que añora días mejores y que despotrica contra el curso que ha tomado el periodismo de ahora (todos sabemos que hubo una Edad de Oro en el periodismo, lo que ocurre es que nadie sabe muy bien cuándo fue ni cómo acabó). Este señor tiene una relación amatoria con una señora, que fue muy roja en su juventud y que, al parecer, es una leona en la cama y que engancha a los hombres con el sexo, como al periodista. Además, al rato aparece otro periodista, Manu, que se vuelve un Caballo de Troya en la redacción, y un personaje (creo que es político), Fernan, que le da por el cruising, y otra periodista más, Maica, que acabará por ser la preferida del protagonista (por lo que el arma del sexo no es tan definitiva como parecía) y escribe una novela que.... Algún personaje más hay y alguna cosa más pasa, pero es que soy muy bueno resumiendo y Las calmas aparentes se acaba pronto. Así pues, aparte de la(s) historia(s) de los personajes, hay crítica social, reflexión sobre el capitalismo de los últimos tiempos, el servil papel del periodismo y tal.
Lo que no está nada mal. Lo de la crítica, digo.
PERO respecto del estilo: es probable que los seguidores de la obra poética del autor hayan quedado embelesados por las vueltas de tuerca creativas de las que, según dicen, hace gala ("transgresor y juguetón", señala Alexis Ravelo). En mi opinión, si de algo carece esta novela, lamentablemente, es de Literatura. Apenas alguna frase, algún adjetivo se salvan del estilo periodístico que impregna la novela, y que no emana de la personalidad de algún protagonista. No. Estilo periodístico que, se entiende, no es ningún elogio, sino un defecto grave. Me refiero a esa forma plana y estereotipada de contar las cosas, ese uso típico de unir sustantivos con adjetivos, de verbos con adverbios y, sobre todo, ausente de ideas. Lo dicho, apenas un átomo de Literatura, apenas una gota de escritor, por mucha denuncia que exprese.
Hay algo que he venido notando, una especie de característica común, en las novelas de los autores canarios que he venido reseñando: cuanto más se esfuerzan por transcribir un habla coloquial o un idiolecto particular, más forzado parece el estilo. O eso, o se pasan al estilo folleto de Ayuntamiento. Les falta, a falta de otro término más preciso, naturalidad. Así, a los personajes les falta color, sustancia, corporeidad; uno tiene, a veces, que indagar quién está hablando/pensando en un momento determinado porque no están bien delineados. Les falta personalidad. En algún sitio leí que los poetas se ocupan de las palabras y los novelistas, de personajes. En esta novela, faltan ambos.
Algo bueno: no aburre. Bueno, no aburre demasiado. Tanto por la estructura (LIX pasajes) como por la extensión (76 páginas), no me sentí animado por ideas de aniquilación personal. A esta edad ya nota uno cómo la percepción del tiempo ha cambiado. ¿Qué es una hora leyendo? He perdido el tiempo con cosas peores, para ser sinceros, pero le falta poco.
No obstante lo anterior, uno se pregunta para qué escribir esta novela y para qué leerla. ¿Qué animó a un poeta laureado a embarcarse en la escritura de una novela o algo parecido? ¿Exploración? ¿Convertirse en un literato polivalente? ¿Vanidad? ¿Le convenció también una amiga reseñadora?
Algún día conoceremos la verdad.
Lo de "rayuelo" y "caleidoscópica" se entiende porque la novelita (76 páginas) está compuesta de LIX pasajes o fragmentos o escenas o monólogos interiores y que se puede leer de dos maneras, de principio a fin o en plan piezas que se ensamblan por aquí y un poco de metaliteratura por allá. En principio, estos juegos arquitectónicos no me llaman la atención, pero tampoco es que vaya a quemar el libro por eso. Si lo hizo Cortázar...
Dejemos la arquitectura de lado, por un momento y centrémonos en la historia y en el estilo. Respecto de lo primero, lo que nos cuenta no es demasiado original, pero tampoco aburre: un periodista amargado que añora días mejores y que despotrica contra el curso que ha tomado el periodismo de ahora (todos sabemos que hubo una Edad de Oro en el periodismo, lo que ocurre es que nadie sabe muy bien cuándo fue ni cómo acabó). Este señor tiene una relación amatoria con una señora, que fue muy roja en su juventud y que, al parecer, es una leona en la cama y que engancha a los hombres con el sexo, como al periodista. Además, al rato aparece otro periodista, Manu, que se vuelve un Caballo de Troya en la redacción, y un personaje (creo que es político), Fernan, que le da por el cruising, y otra periodista más, Maica, que acabará por ser la preferida del protagonista (por lo que el arma del sexo no es tan definitiva como parecía) y escribe una novela que.... Algún personaje más hay y alguna cosa más pasa, pero es que soy muy bueno resumiendo y Las calmas aparentes se acaba pronto. Así pues, aparte de la(s) historia(s) de los personajes, hay crítica social, reflexión sobre el capitalismo de los últimos tiempos, el servil papel del periodismo y tal.
Lo que no está nada mal. Lo de la crítica, digo.
PERO respecto del estilo: es probable que los seguidores de la obra poética del autor hayan quedado embelesados por las vueltas de tuerca creativas de las que, según dicen, hace gala ("transgresor y juguetón", señala Alexis Ravelo). En mi opinión, si de algo carece esta novela, lamentablemente, es de Literatura. Apenas alguna frase, algún adjetivo se salvan del estilo periodístico que impregna la novela, y que no emana de la personalidad de algún protagonista. No. Estilo periodístico que, se entiende, no es ningún elogio, sino un defecto grave. Me refiero a esa forma plana y estereotipada de contar las cosas, ese uso típico de unir sustantivos con adjetivos, de verbos con adverbios y, sobre todo, ausente de ideas. Lo dicho, apenas un átomo de Literatura, apenas una gota de escritor, por mucha denuncia que exprese.
Él me gusta y yo le gusto cuando callo y parezco como ausente aunque me rehúye y no me saluda con un beso como los demás de la redacción. Fue a consolarme cuando el director me echó la bronca. Mi primer trabajo después de terminada la carrera puesto que las prácticas en la televisión autonómica no cuentan. Empecé haciendo Cultura porque puse en el currículo que me fascina leer y quiero ser escritora y es el vía crucis habitual para ir soltándose en esto. No me creo mejor que nadie y na más que presumo de lo que he leído. Con el tiempo aprendí que era la sección de menor importancia en los medios y en el país y si la cagaba no pasaba nada.
En esta profesión por desgracia el intrusismo está generalizado, que a mí no me inquieta, aunque suele ser esa gente la que no dura mucho en esto. Cuando llega empieza a dejarse querer por los políticos y los prebostes empresariales para ir trabajándose un gabinete de prensa en el que vegetar y montarse. (...) Me la pela si no tiene el título porque tengo compañeros que tampoco lo tienen y me darían clases de periodismo hasta hartarse. Lo que sí me jode es que esté con lo de que esto se aprende en el primer día de clase y en la cafetería si leyeran El libro de estilo eso hay que saberlo como el Padrenuestro y el himno del Madrid, como si él lo hubiera escrito, el capullo.
Yo siempre he necesitado sentirme deseada. Estoy acostumbrada a llevarme al actor principal de la obra. Me hace sentir bien. No soporto que me rechacen. Mataría si eso ocurriese. No paré hasta que me levanté a mi antiguo jefe de negociado. Lo marqué desde que dijo que era hombre de una sola mujer. Se equivocaba. No te preocupes te guardaré el secreto. En esta ocasión es diferente. Asun dice que vivo en un mundo de espejos y que mis relaciones se hacen añicos cuando te cansas de las imágenes que reflejan. Ella es la mujer de las frases ingeniosas y de los libros de autoayuda. Y no estoy para sus sentencias de perfecta casada.
Hay algo que he venido notando, una especie de característica común, en las novelas de los autores canarios que he venido reseñando: cuanto más se esfuerzan por transcribir un habla coloquial o un idiolecto particular, más forzado parece el estilo. O eso, o se pasan al estilo folleto de Ayuntamiento. Les falta, a falta de otro término más preciso, naturalidad. Así, a los personajes les falta color, sustancia, corporeidad; uno tiene, a veces, que indagar quién está hablando/pensando en un momento determinado porque no están bien delineados. Les falta personalidad. En algún sitio leí que los poetas se ocupan de las palabras y los novelistas, de personajes. En esta novela, faltan ambos.
Algo bueno: no aburre. Bueno, no aburre demasiado. Tanto por la estructura (LIX pasajes) como por la extensión (76 páginas), no me sentí animado por ideas de aniquilación personal. A esta edad ya nota uno cómo la percepción del tiempo ha cambiado. ¿Qué es una hora leyendo? He perdido el tiempo con cosas peores, para ser sinceros, pero le falta poco.
No obstante lo anterior, uno se pregunta para qué escribir esta novela y para qué leerla. ¿Qué animó a un poeta laureado a embarcarse en la escritura de una novela o algo parecido? ¿Exploración? ¿Convertirse en un literato polivalente? ¿Vanidad? ¿Le convenció también una amiga reseñadora?
Algún día conoceremos la verdad.
lunes, 2 de enero de 2017
'El malogrado', de Thomas Bernhard
En mi afán por presentarles y reseñarles las últimas novedades, en esta ocasión me he decidido, por razones de motivación y oportunidad, por El malogrado, una novela de Thomas Bernhard, publicada en 1983. Es una novela, pues, que lleva de actualidad 33 años, lo que no está nada mal. Nuestro autor murió en 1989, por lo que esta obra no puede calificarse, con propiedad, de obra de juventud. El libro ha padecido numerosas reseñas (incluida esta), pese a lo cual no tengo la impresión de que jamás haya sido un libro popular, al menos en España, al menos en Canarias. Nadie te aborda por la calle y te suelta: "¡Oye, que he leído El malogrado!" o, "¡Menudo cabronazo, el Bernhard!"; ni cuando dos pedantes se encuentran y comienzan a enumerar los libros que los/las han marcado suelen citar esta novela ni al autor. Sin embargo, puede que esté equivocado; nunca hay que subestimar la propia ignorancia.
Así son las cosas.
Sin embargo, la novela da mucho de sí. No sé si es fácil de leer o no. Diría que no, en un principio. Cuando la compré a cargo del presupuesto familiar en El Círculo de Lectores, hace ya 27 años, no pude con ella. Les advierto que he sido de maduración tardía, pero de excelentes frutos, así que no hagan caso a aquel muchacho y sí a este hombre pletórico que les escribe. Debe de ser que me regocijo con la mala baba de un escritor, pasada por el tamiz del talento literario (qué es el talento, dime, mientras clavo mi dedo en tu pupila azul). Así que cómo no emocionarme cuando leo fragmentos como los siguientes:
Salzburgo: la patria de todos los melómanos, incluidos los de provincias de ultramar con ínfulas artísticas (y que en sus ciudades apoyan con vesania la organización de festivales internacionales de música clásica a cargo de los presupuestos públicos), queda desmitificada en un solo párrafo. ¿A cuento de qué viene todo esto? Pues de que la novela cuenta las trayectorias vitales de tres pianistas y de su destino, todo pensado por uno de ellos, que ejerce de narrador, o, más bien, de pensador. De hecho, "pensar" es el verbo más utilizado, y casi seguro que "odiar" es el segundo, no por casualidad. Los tres se conocen como estudiantes precisamente en Salzburgo, en el Mozarteum /una escuela superior de música) y ahí perfeccionan su técnica con la intención de labrarse un nombre como pianistas.
Como hemos señalado, la novela se cuenta desde el punto de vista de uno de los tres virtuosos (aunque hablando con propiedad, sólo uno, Glenn Gould, se convirtió en tal). El torrente de pensamientos, ordenados, eso sí, del protagonista nos relata las relaciones entres los tres personajes, el devenir de sus respectivas vidas y sus finales. Esta forma de narrar es un verdadero peligro en escritores más torpes y más pretenciosos, pero a Bernhard, a mi parecer, no se le puede aplicar ninguno de esos adjetivos. No es una novela de acción, precisamente. De hecho, más de la mitad de la novela transcurre entre el momento en que va a entrar a una posada y en el que, ya dentro, espera a la posadera. Digamos que, en el tiempo del narrador, cinco minutos; en el nuestro, lo que se tarde en leer ciento cincuenta páginas. Después va todo un poco más rápido.
Es, además, una obra sombría, de pensamientos oscuros, de fracaso, de rechazo, de suicidio, de muerte, en definitiva. De los tres estudiantes, sólo uno, Glenn Gould llegará a ser famoso mundialmente. Los otros dos, Wertheimer y el narrador, más tarde que temprano, renunciarán a la música. La razón es que frente al genio de Gould, nada pueden ni el talento ni el trabajo. Aunque puedas ser mejor que el resto, siempre estarás por debajo (aunque sea un escaloncito de nada) de Gould. Eso, claro, resulta insoportable:
La novela, es, grosso modo, una reflexión sobre el arte, no circunscrito a la música, y sobre la justificación de la propia existencia. Sobre la autoexclusión de la vida, sobre la amistad. Sobre el narcisismo y el maltrato a los demás. De la soledad. El lector poco avezado, por la estructura de la novela puede sentirse, en algunos momentos, arrastrado por la corriente del pensamiento del narrador. Incluso sobrepasado, confundido, atribulado (pero no arrebolado, salvo que tenga pretensiones artísticas). A veces, es bueno dejarse llevar. Y el estilo (aunque sea una traducción) lo es casi todo.
Supongo que podría pensarse que esta es una novela no apta para melómanos/as por su contenido brutalmente desmitificador del arte y de la música. No obstante, quizá es también la novela indicada para ellos/as. El reverso del genio es el malogrado; del éxito, el fracaso, etc. Las historias que nos presentan los medios de comunicación y los tomos académicos son las del triunfo de la voluntad, cómo no.
Diríamos, sobre todo tras la penúltima polémica del Festival de Música de Canarias (guiño local), esa reflexión sigue siendo de actualidad. Oyendo a algunos, la música (sobre todo la clásica) cohesiona la sociedad, la unifica porque trasciende las clases, la eleva por encima de su vil materialidad y nos hace mejores, lo que es coherente con una visión despolitizada del mundo. Como dice un amigo mío, sólo les falta levitar: Sin embargo, por mucha Música, por mucho Arte, por mucha Cultura que se irradie desde los Auditorios, museos, salas de exposiciones y demás, la desigualdad, la pobreza y demás lacras creadas por nosotros mismos siguen estando ahí.
Por no hablar del público, con esa mentalidad de consumidor de supermercado. Por no hablar de la reificación del artista...
Bernhard nos habla, en definitiva, del reverso de la genialidad, pero sobre todo de sus víctimas: los malogrados. Añadiría que sobre el coste de alcanzar el virtuosismo en cualquier especialidad. Ese sentimiento de pesar que atenaza cuando le cuentan a uno todo lo que ha sufrido tal o cual deportista para llegar a la cima. Hoy en día, la genialidad ha mutado del músico al deportista de élite. La pregunta es: ¿les valió la pena a todos esos cientos, miles de individuos que se quedaron atrapados en la sombra? ¿Les valió la pena incluso a los que obtuvieron el éxito? Esto también nos sirve para cuestionar el énfasis exagerado en la denominada cultura del esfuerzo o de la meritocracia. No es demasiado discutible que cierto nivel de competencia en ciertos ámbitos es útil. Y que sin esfuerzo, nada se consigue. Todos de acuerdo. Sin embargo, con la precaución de no caer en esa filosofía del aforismo que tanto detestaba Bernhard, también deberíamos cuestionarnos si en muchos ámbitos no deberíamos sustituir la competencia por la colaboración, la rivalidad por la solidaridad, y el mérito por la compasión.
Comenzamos bien 2017.
Así son las cosas.
Sin embargo, la novela da mucho de sí. No sé si es fácil de leer o no. Diría que no, en un principio. Cuando la compré a cargo del presupuesto familiar en El Círculo de Lectores, hace ya 27 años, no pude con ella. Les advierto que he sido de maduración tardía, pero de excelentes frutos, así que no hagan caso a aquel muchacho y sí a este hombre pletórico que les escribe. Debe de ser que me regocijo con la mala baba de un escritor, pasada por el tamiz del talento literario (qué es el talento, dime, mientras clavo mi dedo en tu pupila azul). Así que cómo no emocionarme cuando leo fragmentos como los siguientes:
La ciudad de Salzburgo misma, que hoy, recién pintada hasta el último rincón, es todavía mucho más horrible aún de lo que era entonces, hace veintiocho años, era y es contraria a todo lo que hay en un ser humano y lo aniquila con el tiempo, de eso nos dimos cuenta enseguida y nos fuimos de ella a Leopoldskron. Los salzburgueses fueron siempre horrendos, como su clima, y si hoy llego a esa ciudad no sólo se confirma mi opinión, sino que todo es todavía mucho más horrendo.
Todos los años, decenas de millares de alumnos de escuelas superiores de música recorrían el camino del embrutecimiento de las escuelas superiores de música y perecían a causa de sus incompetentes profesores, pensé. Hasta llegan a hacerse famosos y, sin embargo, no han comprendido nada, pensé al entrar en el mesón.
Aborrecía a los hombres que decían lo que no habían pensado hasta el fin, es decir, aborrecía a casi toda la humanidad. Y de esa humanidad aborrecida se apartó finalmente hace ya más de veinte años. Era el único virtuoso del piano de importancia mundial que aborrecía a su público y que, real y definitivamente, se apartó de ese público aborrecido. No lo necesitaba.
Odiaba aquellas habitaciones y odiaba el contenido de aquellas habitaciones y, cuando salía de la casa, odiaba a las personas que había ante la casa, era de repente injusto con todas aquellas personas, que sólo querían mi bien, pero precisamente eso, con el tiempo, me atacó los nervios, su altruismo ininterrumpido, que de pronto me repelió profundamente.
Le había hecho que tocara para él, para poder volver a dormirse, dijo Franz, porque la verdad era que el señor Wertheimer padecía siempre de insomnio, y luego le decía por la mañana que tocaba como un cerdo.
Salzburgo: la patria de todos los melómanos, incluidos los de provincias de ultramar con ínfulas artísticas (y que en sus ciudades apoyan con vesania la organización de festivales internacionales de música clásica a cargo de los presupuestos públicos), queda desmitificada en un solo párrafo. ¿A cuento de qué viene todo esto? Pues de que la novela cuenta las trayectorias vitales de tres pianistas y de su destino, todo pensado por uno de ellos, que ejerce de narrador, o, más bien, de pensador. De hecho, "pensar" es el verbo más utilizado, y casi seguro que "odiar" es el segundo, no por casualidad. Los tres se conocen como estudiantes precisamente en Salzburgo, en el Mozarteum /una escuela superior de música) y ahí perfeccionan su técnica con la intención de labrarse un nombre como pianistas.
Como hemos señalado, la novela se cuenta desde el punto de vista de uno de los tres virtuosos (aunque hablando con propiedad, sólo uno, Glenn Gould, se convirtió en tal). El torrente de pensamientos, ordenados, eso sí, del protagonista nos relata las relaciones entres los tres personajes, el devenir de sus respectivas vidas y sus finales. Esta forma de narrar es un verdadero peligro en escritores más torpes y más pretenciosos, pero a Bernhard, a mi parecer, no se le puede aplicar ninguno de esos adjetivos. No es una novela de acción, precisamente. De hecho, más de la mitad de la novela transcurre entre el momento en que va a entrar a una posada y en el que, ya dentro, espera a la posadera. Digamos que, en el tiempo del narrador, cinco minutos; en el nuestro, lo que se tarde en leer ciento cincuenta páginas. Después va todo un poco más rápido.
Es, además, una obra sombría, de pensamientos oscuros, de fracaso, de rechazo, de suicidio, de muerte, en definitiva. De los tres estudiantes, sólo uno, Glenn Gould llegará a ser famoso mundialmente. Los otros dos, Wertheimer y el narrador, más tarde que temprano, renunciarán a la música. La razón es que frente al genio de Gould, nada pueden ni el talento ni el trabajo. Aunque puedas ser mejor que el resto, siempre estarás por debajo (aunque sea un escaloncito de nada) de Gould. Eso, claro, resulta insoportable:
Wertheimer había puesto todas sus aspiraciones en la carrera de virtuoso pianistico, como tengo que decir, yo no había puesto ninguna aspiración en esa carrera de virtuoso, ésa era la diferencia. Por eso, él se sintió mortalmente afectado por los compases de Goldberg de Glenn, no yo. Ser el mejor o no ser nada había sido siempre para mí mi pretensión, en todos los aspectos. Por eso acabé finalmente también en la calle del Prado, en un anonimato total, ocupado en mi insensatez de escritor. El objetivo de Wertheimer había sido el virtuoso pianístico, que demuestra al mundo musical su maestría año tras año, hasta derrumbarse, por lo que sé de Wertheimer, hasta la senilidad avanzada. Ese objetivo se lo quitó Glenn del anzuelo, pensé, cuando Glenn se sentó y tocó los primeros compases de las variaciones Goldberg. Wertheimer había tenido que oírlo, pensé, había tenido que ser aniquilado por Glenn. Si no hubiera ido yo entonces a Salzburgo y no hubiera querido estudiar sin falta con Horowitz, habría continuado y habría logrado lo que quería, decía Wertheimer a menudo.
La novela, es, grosso modo, una reflexión sobre el arte, no circunscrito a la música, y sobre la justificación de la propia existencia. Sobre la autoexclusión de la vida, sobre la amistad. Sobre el narcisismo y el maltrato a los demás. De la soledad. El lector poco avezado, por la estructura de la novela puede sentirse, en algunos momentos, arrastrado por la corriente del pensamiento del narrador. Incluso sobrepasado, confundido, atribulado (pero no arrebolado, salvo que tenga pretensiones artísticas). A veces, es bueno dejarse llevar. Y el estilo (aunque sea una traducción) lo es casi todo.
Supongo que podría pensarse que esta es una novela no apta para melómanos/as por su contenido brutalmente desmitificador del arte y de la música. No obstante, quizá es también la novela indicada para ellos/as. El reverso del genio es el malogrado; del éxito, el fracaso, etc. Las historias que nos presentan los medios de comunicación y los tomos académicos son las del triunfo de la voluntad, cómo no.
El noventa y ocho por ciento de todos los estudiantes de las escuelas superiores de música ingresan en nuestras academias con las más altas pretensiones y, tras terminar la escuela superior, pasan los decenios de la vida como lo que se llama profesores de música, de la forma más ridícula, pensé. Esa existencia se me evitó a mí y se le evitó también a Wertheimer, pensé, pero también aquella que nunca he odiado menos, y que lleva a nuestros pianistas conocidos y famosos de una gran ciudad a otra y, finalmente de un balneario a otro, y finalmente de un poblacho de provincia a otro hasta que los dedos se les paralizan y la senilidad del intérprete se ha apoderado de ellos totalmente. Si llegamos a algún pequeño poblacho, veremos con seguridad, en un cartel clavado en un árbol, el nombre de nuestros antiguos compañeros de estudios, que, en la única sala del lugar, la mayoría de las veces una posada degenerada, tocan Mozart, Beethoven y Bartók, pensé, y se nos retuerce el estómago.
Diríamos, sobre todo tras la penúltima polémica del Festival de Música de Canarias (guiño local), esa reflexión sigue siendo de actualidad. Oyendo a algunos, la música (sobre todo la clásica) cohesiona la sociedad, la unifica porque trasciende las clases, la eleva por encima de su vil materialidad y nos hace mejores, lo que es coherente con una visión despolitizada del mundo. Como dice un amigo mío, sólo les falta levitar: Sin embargo, por mucha Música, por mucho Arte, por mucha Cultura que se irradie desde los Auditorios, museos, salas de exposiciones y demás, la desigualdad, la pobreza y demás lacras creadas por nosotros mismos siguen estando ahí.
Por no hablar del público, con esa mentalidad de consumidor de supermercado. Por no hablar de la reificación del artista...
Nuestra existencia consiste en estar continuamente contra la Naturaleza y actuar contra la Naturaleza, decía Glenn, en actuar contra la Naturaleza es más fuerte que nosotros, que, por altanería, nos hemos convertido en un producto artístico. Al fin y al cabo no somos seres humanos, somos productos artísticos, el pianista es un producto artístico, un producto repulsivo, decía de forma concluyente. (...) En el fondo, queremos ser un piano, dijo, no un ser humano, sino un piano, durante toda la vida queremos ser piano y no ser humano, huimos del ser humano que somos, para ser totalmente piano, lo que, sin embargo, tiene que fracasar, pero en lo que, sin embargo, no queremos creer, según él.
Bernhard nos habla, en definitiva, del reverso de la genialidad, pero sobre todo de sus víctimas: los malogrados. Añadiría que sobre el coste de alcanzar el virtuosismo en cualquier especialidad. Ese sentimiento de pesar que atenaza cuando le cuentan a uno todo lo que ha sufrido tal o cual deportista para llegar a la cima. Hoy en día, la genialidad ha mutado del músico al deportista de élite. La pregunta es: ¿les valió la pena a todos esos cientos, miles de individuos que se quedaron atrapados en la sombra? ¿Les valió la pena incluso a los que obtuvieron el éxito? Esto también nos sirve para cuestionar el énfasis exagerado en la denominada cultura del esfuerzo o de la meritocracia. No es demasiado discutible que cierto nivel de competencia en ciertos ámbitos es útil. Y que sin esfuerzo, nada se consigue. Todos de acuerdo. Sin embargo, con la precaución de no caer en esa filosofía del aforismo que tanto detestaba Bernhard, también deberíamos cuestionarnos si en muchos ámbitos no deberíamos sustituir la competencia por la colaboración, la rivalidad por la solidaridad, y el mérito por la compasión.
Comenzamos bien 2017.
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