viernes, 11 de agosto de 2023

'Salón de África', de Ignacio Gaspar

Como ya se habrán dado cuenta, en este blog no dedico mucha atención a la política, en general, ni mucho menos a la literatura de corte político o social. Sabido es que a Tolstoi, Dostoievski, Cervantes, Shakespeare, Zola, García Márquez o Vargas Llosa, por citar algunos canónicos, no les interesaba demasiado y se dedicaban a escribir por mera estética y así levitar los domingos, planear los lunes y rasear en general el resto de los días. A nuestros escritores y escritoras de eximia categoría les gusta pensar que la literatura es escribir cosas bonitas o asuntos que en general no molesten al público lector. De lo contrario, piensan ellos/as, caerían, oh, horror, en literatura panfletaria, cuando no en escritos bolivarianos-woke o feminazis-comunistoides. ¡Que nada manche la sagrada tarea de la Literatura! (que no se sabe nunca muy bien cuál es). ¡Que nada nos empuje a colocarnos en el lado equivocado de la Historia!

En fin, y solo por contradecirme, y ya que esta es mi tribuna en la que gratis escribo y gratis me leen por cortesía, hasta que le dé la gana, de la empresa matriz de Gmail, Alphabet, les propino mi opinión en lo que atañe al ámbito canario de la coalición Sumar en las últimas elecciones generales:

Me pregunto, en primer lugar, que cómo es posible, y lo escribe alguien (yo) que votó a Sumar el pasado 23 de julio, que una dirigente política que estaba al frente de Podemos Canarias en las anteriores elecciones locales y autonómicas (recordarán perfectamente el desastre absoluto que sufrió este partido, perdiendo toda la representación en la cámara autonómica y obteniendo solo 10 concejales en todo el archipiélago) fuera designada como cabeza de lista de Sumar en la provincia de Las Palmas para el Congreso. Parece ser que no se le pasó por la cabeza dimitir, imagino que planeando la nueva rampa de lanzamiento que desplegaba la coalición liderada por Yolanda Díez. 

Esto lo escribe alguien (yo) que también votó a Podemos al Ayuntamiento de LPGC, al Cabildo de Gran Canaria y al Parlamento de Canarias en esas elecciones. 

Esta política, que en circunstancias normales ya se hubiera dado por amortizada, no hizo crítica alguna a su partido ni a ella misma por la debacle. Lejanas ya aquellos solemnes proclamas acerca de que no iba a hacer política más de dos legislaturas, justificó los lamentables resultados debido a una "oleada reaccionaria", como si detrás de la pérdida de votos no estuviera la voluntad de cada uno/a de los/as ciudadanos/as que dejaron de apoyar a Podemos, sino un fenómeno natural como una tormenta con aparato eléctrico, desviando así cualquier tipo de responsabilidad a la coyuntura histórica.

En segundo lugar, como antecedentes, recordemos, cómo no, a su antecesora, a la que, en los días de vino y rosas, le oí decir en un multitudinaria asamblea postelectoral en el salón de actos de Magisterio, en Las Palmas de Gran Canaria, que el éxito electoral (allá, en 2014) de Podemos en los primeros comicios a los que se presentaba en Canarias se debía a su patrullar los barrios con un megáfono, y no, claro, a la ubicua presencia de Pablo Iglesias (y también Errejón y Monedero) por tierra, mar y aire y en los medios de comunicación. Poco tiempo más tarde, al igual que en el resto de España, todos aquellos que no comulgaran con ruedas de molino dentro de Podemos, es decir, disintieran de las directrices del grupo de Pablo Iglesias, transmitidas capilarmente al resto de los territorios, acabaron en la marginalidad política o expulsados/as. Al final, solo quedaron facciones ocupapuestos.

Había gente que votó a Podemos al Congreso aun detestando la figura política de la primera secretaria general de Podemos en Canarias porque decían: "Estamos votando al partido". Unos años más tarde, esta representante se marchó del partido, pero se llevó el escaño porque aseguraba que los votantes no habían seleccionado una lista (la de Podemos) o, por delegación, al líder de entonces, Pablo Iglesias, sino a ella, seguramente (esto lo digo yo) por su carisma y su finura política. También, en las elecciones autonómicas de hace cuatro años, un grupo sospechoso de ser simpatizante de la anterior, los llamados pitistas, dimitió 24 horas antes del cierre de candidaturas. Fíjense cómo es la cosa que este sector, pitista o no pitista, prefería que los electores y electoras no pudieran votar al partido al que todavía pertenecían por su enfado con la sucesora en la secretaría general. Así es la historia, amigos. 

En fin, imagino que poco queda de Podemos ya, y que, salvo milagro, quedará absorbido por Sumar, si este consigue convertirse en un partido que no sólo reúna siglas, sino que profundice y desarrolle estructuras propias. En Canarias, supongo que aprovechando la falta de cuadros de otros partidos, lo que queda de Podemos intentará cooptar Sumar y seguir empeñándose en esa tarea tan sacrificada que es representar a la ciudadanía y no volver a trabajar, por ejemplo, de administrativa. 

Esta es mi reflexión amateur, como simple espectador y, eso sí, eterno votante de izquierdas, de lo que ha acontecido en los últimos meses en Canarias. Uno critica lo que más le duele. Es posible que aquella oleada de ilusión y de posibilidades surgida a raíz del 15-M (que algún resabiado columnista de batín y zapatillas calificó hace poco como "chatarra utópica") y que más tarde cristalizó en Podemos haya sido malbaratada y quemada por este partido hasta la raíz, tanto en Canarias como en el resto de España. Veremos qué ocurre a partir de ahora.

Ya les digo, no me gusta escribir de política. A mí, que me pongan delante un poco de esa literatura de no molestar, de buen rollito.




No estoy muy seguro de que Salón de África, de Ignacio Gaspar pueda leerse en clave política alguna. No obstante, a tenor de los cuentos que conforman esta colección, me resulta evidente que, al menos en el plano formal, no es en absoluto conformista. Ya sea en tercera o en primera persona, el estilo del escritor en muchos tramos de esta obra cumpliría las exigencias de hipotaxis de Sánchez Ferlosio: frases largas, encabalgamientos de subordinaciones y sucesión de aposiciones en largos párrafos que desafían la capacidad de asimilación de los lectores. Hagan el esfuerzo porque de lo contrario es posible que abandonen la lectura de modo prematuro. En otros, la escritura, aun con frases largas, descansa en párrafos cortos, en cualquier caso, con una capacidad nada impostada de insertar palabras vernáculas y poco usadas ya.

Añadamos que Ignacio Gaspar escribe difícil no solo por la forma. Los textos, a pesar de la exuberancia verbal que demuestra aquel, tienden al hermetismo. En alguna parte he leído "simbolismo" y conceptos así. Puede ser. Sin entrar en los posibles significados que haya imaginado el autor y puedan o no ser descifrados por el público, me basta con señalar que, como toda prosa rica en matices, una multiplicidad de aquellos es posibile, sin que necesariamente el autor tenga la prerrogativa de delimitarlos. 

Asimismo, hay una cadencia, un tono particular en los cuentos, ya en los escritos en su juventud o en los de ahora. Una impronta que es la marca de los artistas con estilo propio.


DESDE EL AMANECER DEL DÍA, doña Encarnación Frías corría la cortina de la ventana, permitiendo que la claridad del sol de la mañana invadiera la totalidad de la cabida del cuarto, y quedaba distraída, observando, con sonrisa cómplice y conciliadora la muda de pilitas de tierra cernida que habían construido los remolinos insistentes de vientito, de media noche para el día, en el abrigo de la vuelta de la esquina de la pared del cuarto de Teodoro Gómez, que borraban poco a poco de su cabeza, la imagen insistente de Isidoro Tacoronte, que la buscaba con porfía, en una obsesión desesperada de madrugada, como si la hubiese perdido definitivamente hacía años, porque para el sueño no contaba el tiempo. (Pág. 31-La mujer y el pájaro)


EN AQUELLA CUMBRE de incertidumbre, suspendida del cielo y abrigada en el valle de un frontón de la montaña colorada, Inagua lo constituían cuatro casas, aisladas en el tiempo, aparentes para habitar, disimuladas unas de otras, que para encontrarlas donde las habían levantado criaturas que huyen o que se ocultan con seguridad para largo tiempo por temor a persecuciones y a cautiverio, hacía falta otra particularidad que los ojos y astucia de reconocimiento, y pudieron ser el enclave anhelado que hombres de fundamento soñaron porfiados, (sic) alcanzar en vida, siguiendo las señales del sol de los vivos, para firmar en sus asientos el acuerdo público más importante de toda la historia de los territorios, y no hallaron hasta la muerte, resistiendo ataques de todas clases. (Pág. 63-Se acabaron las noticias)


La tarde transcurrió incómoda y pegajosa, como todas las tardes ocupadas en aquella clase de trabajo lento. Para distraer el dolor de huesos, a cada palada que echaba dentro de la carretilla, Valentín le ponía un nombre y se la dedicaba, una a una, hasta llenar la carretilla, a mucha gente. En catorce carretillas le había dedicado paladas seleccionadas, a todo el pueblo conocido. Y seguía con los animales, con los pedazos de tierra, con los manchones verdes, con las fuentes de aguas azules, con los zapatos a medida, con sombreros abrigados, hasta que se aburría, y continuaba pensando en los altibajos de la existencia, y en el beneficio que le reportaba a Amadeo Reverón el descombro de aquel huerto. (Pág. 102-La carta de Narciso Reverón)


Se acercó al bernegal y bebió agua despacio, mirando para el fondo del jarro y para la unión de la esquina de las dos paredes, a un lado. Disfrutaba de la reacción de un cuerpo a la corriente de agua, recorriéndole el interior, refrescándole los órganos. Le sabía a almíbar, y se lamió los labios húmedos que podía volverse a lamer cuando los tuviera secos, y recordarse de la cabida de aquel bernegal mediado que era una garantía.

Isolina Mesa era consciente de que estaba muerta de hambre, con las tripas lavadas y el estómago frío, y se le hacía imposible resistir más tiempo de duda, debatiendo si se atrevía o no a entrar, por lo menos, a comprobar el resto de caldo que podía quedar en el caldero, la mezcla del barrunto de fuego, ceniza y guiso mezclados que le hacían la boca agua.

La confianza de la intimidad la invitaba a empujar la puerta, sin prejuicio. No tenía porqué (sic) sentir desconfianza, tenía todas las condiciones a favor para realizar su pretensión. Al fin y al cabo se trataba de una casa admirada desde lejos, y daba la impresión de que en aquel momento se hallaba al servicio de ella, toda completa. (Págs. 119-120-Dama de Jama)


No obstante lo anterior, al menos en cuanto a los temas de los que son objeto en Salón de África, tengo para mí que Ignacio Gaspar se empeña en desplegar un imaginario literario en exceso tendente a un costumbrismo rural un tanto anacrónico, por muchos cantos a la España no urbana que se hagan en los últimos tiempos. No digo yo que no tenga su interés ni que el autor no pueda situar la acción donde y cuando le venga en gana, pero mi impresión como lector es, en algunos momentos, de estar leyendo asuntos antiguos que, en definitiva, poco tienen que ver con uno. Claro está que muchos de sus relatos tienen fecha de los años 70 o comenzó a escribirlos entonces, cuando lo turístico no lo había conquistado casi todo y lo rural no estaba distante. Un mundo de ayer.

También, alguno que otro parece dominado por la anécdota, o por alguna circunstancia que a duras penas lo justifica, sostenido eso sí, por esa prosa musculosa y, a la vez, minuciosa, del autor. 

Además, en varios cuentos se evidencia que la editorial Baile del Sol no se ha empleado a fondo (o en absoluto) en la edición del libro. Lo digo por las numerosas erratas, o errores gramaticales, que estropean los textos, en especial la de la coma entre sujeto y verbo. Esto no solo constituye un defecto de por sí, sino que desconcentra al lector, continuamente interrumpido por la presencia de ese signo ortográfico que, como buen petimetre, siempre se exhibe más donde menos debe. También, separando el verbo del objeto, etc. Por no hablar de algún "deshecho" por desecho, la presencia del adjetivo "inalterable" cuando querría escribir inalterado o tildes que convierten que de introductor de oración subordinada en interrogativa indirecta o en un como comparativo en ídem. No me cabe en la cabeza que una editorial publique un libro sin haberlo revisado antes, salvo que sea una acción filológico-anarquista que pretenda pulverizar la gramática y, ya que estamos, desmembrar a la comunidad lingüística.

Algunos ejemplos, sin ánimo de exhaustividad:

 

La consolidación de la fuerza completa del sol sobre la cuenca nevada del valle, (sic) alteró la respiración de la naturaleza oculta que se rebelaba inconformista y menesterosa, con crujidos estremecedores de dolor y resistencia, prisionera de una quietud tensa bajo el espesor de hielo. (Pág. 51-Museo de agua)


En la cabecera norte del valle, a pie de Teide, a la orilla del camino del hambre, la chimenea humeante con un chorro de humo quedo y volador de leña racionada, (sic) descubría el enclave del refugio, con tejado de escamas de laja trenzadas, a dos aguas, que permanecía medio enterrado por montantes de medias lunas de nieve y difundía una memoria personal de lo que había sido la nevada, (sic) (Pág. 51-Museo de agua)


¿Podía ser posible qué (sic) el pasaje de aquella galera por coincidencia, al principio de la nevada hubiera podido alcanzar el refugio desocupado sin fogal activo, y aguardaba regocijado, entregado a la risa y al sueño que el calor revoltoso del sol derritiera una parte de la tonga de nieve que impedía abrir de la ventana y asomar para fuera? (Pág. 52-Museo de agua)

 

¿En qué vidriero corriente y desapercibido de interior reflexivo o de duda, pretendió aquel hombre aislado, (sic) depositar la clave de memoria de un olvido cautivador que transformara el mundo de un alma personal con el hechizo de dos palabras corrientes? (Pág. 53-Museo de agua)


En una posición, que no estaba ni acostado, ni sentado, sino con media espalda arrimada, (sic) a una piedra un poco inclinada que se prolonga en almohada, a la altura de la cabeza, en la misma entrada de la boca de la cueva de Dionisio Torres, con el sombrero hundido hacia delante sobre la frente, y la punta de cigarro medio encendida y media (sic) apagada, en el labio, Fidel Herrera, a media voz, aventuraba lúcido, soñando despierto, que sentía los pasos hábiles de un rancho de mujeres libres, que salían de Chajama, a escondidas, por el barrero de Rosa Frías, y se dirigían a un sitio improbable, no muy distante de aquella cueva. (Pág. 79-El fuego en la boca de la cueva)


Aquel engaño de enajenación y bienestar al mismo tiempo, (sic) era de agradecer. (Pág. 79-El fuego en la boca de la cueva)


Poco antes de tocar el portillo del rellano de Petra Alonso, el rancho de mujeres desbocado, (sic) se encontró por sorpresa, de repente, con una talenquera infranqueable, levantada delante, y detrás de una amenaza provocadora que era mejor evitar. No se entretuvieron en idear una alternativa improvisada, sobre la marcha, giraron y volvieron para atrás por dónde (sic) mismo habían ido, y se instalaron debajo de la pared, en el paredón de Gregorio Toledo, a medio camino entre la cueva de Dionisio Torres y la era de Argelia Perdomo. (Pág. 81-El fuego en la boca de la cueva)


Sentado en la misma posición, Amadeo permanecía inalterable (sic), sin decir una palabra, atento a cada palada que Valentín Marrero paleaba. (Pág. 103-La carta de Narciso Reverón)


Aun así, insisto que vale la pena hacer el esfuerzo y leer los relatos. Hay cuatro que me han llamado la atención: La mujer y el pájaro, Se acabaron las noticias, La carta de Narciso Reverón (que me recuerda un cuento de Faulkner) y Dama de Jama. Son cuentos muy intensos, cada uno a su manera, en que la escritura minuciosa y reconcentrada del autor (con un corte, digamos más realista, en La carta, y más de tintes surrealistas en Dama de Jama) nos mete de lleno con firmeza en el mundo particular extraordinariamente bien dibujado.

Para finalizar, considero que Ignacio Gaspar, y estos cuentos lo muestran, es un escritor notable, con voluntad de estilo, algo ciertamente extraño por estas tierras, donde nuestras plumas más conspicuas son expertos en la literatura de cliché y de formatos predefinidos, fáciles de rellenar los domingos antes del fútbol. A mí, qué quieren que les diga, estos escritores que reflexionan y trabajan el lenguaje me atraen como crítico. Si a esto le suman la ignorancia que tengo de su recorrido literario, no puedo sino reconocer que me interesa leer su obra anterior.



P.D. Otra reseña, del apasionado Ricardo Pérez, aquí.



domingo, 30 de julio de 2023

'El problema de los tres cuerpos', de Cixin Liu

Estoy convencido de que uno de los principales problemas de la crítica literaria del Polillas podría encuadrarse dentro de la imagen mitológica del lecho de Procusto: escriba lo que escriba, valore como valore, a unos/as les parecerá exagerado y a otros/as, insuficiente. Como en todas las disciplinas humanísticas, no hay patrón inmutable ni unánime.

En general, la crítica literaria, que es positiva por sistema, mayoritaria en este campo social, traspasa los límites de un análisis que se pretenda objetivo y honrado: va más allá del comentario cordial y se convierte en estirado ditirambo o entusiasta hagiografía. Ya sea que se reseñe lo que el reseñador considera "bueno", ya sea por estrategia editorial y amalgamiento espurio de intereses, la crítica se vuelve edéntula, como mínimo, y contraproducente en el peor de los casos.

Si la crítica que redacto en este espacio es negativa en la valoración de una obra, con frecuencia los/as lectores/as favoritos del autor o autora se mesarán los cabellos, se desgarrarán las vestiduras y proclamarán la escasa valía de la crítica y la falta de legitimidad del autor. A unos les parecerá que no se argumenta lo suficiente; a otros, al contrario, que presto excesiva atención a los detalles. A unos, que me anima una vesania de origen turbio adornada por una prosa excesivamente culta; a otras, que mi falta de rigor se debe a la ignorancia más palmaria. 

Así las cosas, no resulta extraño que la crítica literaria que se pretenda seria no se ajuste nunca a las expectativas y a los intereses del público, mucho menos a los de la industria cultural, para la que aquella es mera herramienta publicitaria. Es más, diría que el proporcionar puntos de vista novedosos o inesperados que trastornen la perspectiva de aquél es uno de sus objetivos, como, en curioso paralelismo, también lo es de la literatura y el arte, en general. No digo esto para pretender que la crítica literaria sea también literatura (algo que solo el futuro podrá dictaminar en casos concretos) supuestamente dignificándola de este modo, sino para compartir con Vds. la idea de la crítica como aportadora de conceptos y enfoques que enriquezcan desde un punto de vista cognitivo al lector o lectora. Es en este sentido en el que la metáfora del lecho de Procusto a la crítica literaria se ajusta, por su exigencia permanente, por su insatisfacción por lo conseguido y por la incomodidad que genera, a mi concepción de la crítica literaria (y artística). También, porque a muchos/as les gustaría cortar las manos del crítico para que no escribiera reseñas negativas: sólo entonces el crítico sería crítico, un crítico al gusto de todos, que encajaría, por fin, en el lecho de Procusto construido en medio de la maledicencia y el rencor.

Entre la Escila del halago injustificado y de la actitud complaciente y la Caribdis del ensañamiento baldío y del resentimiento, debe navegar el análisis crítico.




Bien, como ya saben que la autonomía de la literatura sólo se ensalza como valor supremo en las mentes más conservadoras de nuestra sociedad (que uno no sabe si pensar si son ciegas o torpes), propongo, sin ánimo de ser original en la materia, que lo más interesante de la ciencia ficción no son los valores estéticos (en los que se basa aquella autonomía) en sus mejores obras, que también, sino, sobre todo, los relacionados con la exploración sociológica o política, con la coartada del diseño de mundos posibles por venir o, al menos, de argumentos situadas en ambientes futuristas.

Esto viene al caso por la novela de hoy, El problema de los tres cuerpos, de Cixin Liu, obra que al parecer ha sido un gran éxito all over the world. Lo cierto es que aunque a ratos podría encuadrarse dentro de la ciencia ficción dura, con detalles que insisten en la verosimilitud científica de los fenómenos, técnicas y objetos es accesible, con un lenguaje sencillo aunque no exento de estilo, con mucho diálogo y narrada desde el punto de vista de la tercera persona.

Además, ese vislumbre en la China comunista que va desde los años 60, en plena Revolución Cultural, hasta actualidad, no carece de interés, digamos que visto desde dentro y abordando asuntos que quizás, hasta hace poco, podrían haber sido considerados tabú en ese país.

Ya les digo que dentro del adjetivo ágil caben muchas cosas y sirve para justificar la más absoluta nadería. No es el caso de la novela de Cixin Li, en la que, a la vez que se desarrolla en varios saltos temporales una trama cada vez más acelerada, pone en la menta de los/as lectores/as asuntos como la colisión entre desarrollo económico y social y del daño ecológico, la noción de progreso vinculada al avance científico, una reflexión sobre la naturaleza humana y su capacidad para la autodestrucción que hacen que esta novela no sea un simple pasatiempo trepidante que consista en pasar páginas con rapidez: tiene un trasfondo que considero sólido y que, por lo que parece, se desarrollará en los dos siguientes volúmenes de la trilogía de la que forma parte. 

(Qué haríamos los seres humanos, cómo sobreviviría nuestra civilización sin las dichosas trilogías.) 

El tema de la novela es el contacto entre terrestres y extraterrestres y sus repercusiones, sobre todo, en la vida de los humanos. No obstante, y dado el aldabonazo que supuso, al menos para mí, la obra ya reseñada en este blog de China Miéville, Embassytown, la descripción de los extraterrestres representados en El problema de los tres cuerpos me resulta insuficiente, no porque sus conceptos científicos sean los mismos que los terrícolas (podríamos estar de acuerdo que las leyes de la física son independientes de la civilización que las conozca) sino porque su manera de pensar y de contemplar la existencia es plenamente humana, algo que me parece inverosímil (por no hablar de una mención peyorativa a "sociedades democráticas libres" que huele bastante). Lo que se gana en comprensión e inteligibilidad se pierde en sutileza y en el desafío que implica indagar la manera de pensar otra criatura pensante no humana. Incluso en una obra como La Paja en el ojo de Dios, de bastante menor peso filosófico que la de Miéville, también la civilización extraterrestre resulta, al menos hasta ahora, más compleja y extraña que la de la presente novela.

Asimismo, el problema de la inteligibilidad de la comunicación entre especies distantes entre sí en varios años luz se solventa sobre la marcha con un "sistema de descodificación". Y santas pascuas. En estos sentidos, la novela pierde fuelle en el sentido exploratorio al que hice mención al principio para allanar el camino al desenvolvimiento de una trama amena pero que no deja de tener un aire de familia, al menos en este primer volumen, con otras novelas sobre conspiraciones, no necesariamente de ciencia ficción.


Una de las chicas se quitó el cinturón y lo fustigó. La hebilla de latón le dejó una profunda marca en la frente, que enseguida quedó cubierta de sangre. El profesor se tambaleó unos instantes para después volver a incorporarse. 

-También introdujiste muchas ideas reaccionarias cuando enseñabas mecánica cuántica -anunció uno de los dos chicos, haciendo un gesto con la cabeza para que Shaolin prosiguiera. 

Esta, ansiosa por continuar, no tardó ni un segundo en reaccionar. Sabía que debía seguir hablando o, de lo contrario, su débil mente perdería la poca cordura que le quedaba. 

-¡Ye Zhetai, de esta acusación no puedes eximirte! ¿Cuántas veces has adoctrinado a tus estudiantes con la reaccionaria interpretación de Copenhague de la mecánica cuántica? 

-No es más que la explicación más coherente con los resultados experimentales que hay hasta la fecha. 

El tono calmado con que respondía, pese a ser el blanco de tan furibundos ataques, la desconcertaba. Empezaba a sentir pánico. 

-Según la misma -continuó ella-, la mera observación externa conduce al colapso de la función de onda. ¡No es más que otra muestra de idealismo reaccionario, y de las más descaradas! 

-¿Es la filosofía la que debe guiar los experimentos o son los experimentos los que deben guiar la filosofía? 

La súbita réplica del profesor consternó a los perpetradores de la sesión de castigo. Durante unos instantes no supieron qué hacer. 

-¡Pues claro que la correcta filosofía marxista debe guiar los experimentos! -espetó finalmente uno de los chicos. 

-Eso equivale a decir que la filosofía correcta viene dada del cielo. Se contradice con la idea de que la verdad emerge de la experiencia. Niega los principios con los que el mismo marxismo busca entender la naturaleza. (Págs.19-20) 


Echando por tierra las esperanzas más románticas e ingenuas, los académicos concluyeron que , al contrario de lo que pensaba una optimista mayoría, no era buena idea que la raza humano en su conjunto entrara en contacto con extraterrestres. Según ellos, su impacto dividiría a la sociedad; más que resolverlos, exacerbaría los conflictos ya existentes entre culturas diferentes. En resumen, en caso de producirse el contacto, la magnificación de las divisiones internas entre la civilización de la Tierra conduciría a un desastre seguro.

Sorprendentemente, el impacto sería siempre el mismo, ya fuera unidireccional o bidireccional, y con independencia de lo avanzada que estuviera la civilización alienígena. Esa era la teoría del contacto como símbolo, formulada por el sociólogos Bill Mathers, de la corporación RAND, en su libro El telón de acero de cien mil años luz: Sociología de la búsqueda de inteligencia extraterrestre. Mathers creía que el contacto con una civilización alienígena no supondría más que un hecho simbólico y que, fuera cual fuera su naturaleza, actuaría de simple catalizador y provocaría siempre el mismo efecto. (Pág. 178)


El alcance de la desquiciada irracionalidad del hombre llegaba incluso hasta Pico Radar, aquel oasis suyo tan alejado de todo. Ye había descubierto que el bosque que se hallaba al pide del precipicio estaba siendo arrasado por quienes en su día fueron sus compañeros. A diario veía aparecer nuevas parcelas de tierra desnuda; parecía como si a las montañas del Gran Khingan les estuvieran arrancando la piel. Más tarde, cuando las parcelas se extendieron y comenzaron a conectarse hasta que formaron un todo, fueron los pocos árboles supervivientes los que resultaron anómalos. Además, los fuegos que se encendían en los campos desnudos, como parte de las técnicas de tala y quema, convirtieron Pico Radar en un refugio para los pájaros, que huían de las llamas con las alas chamuscadas. Sus chillidos se oían por toda la base.

A nivel global, la locura de la raza humana alcanzó su cenit histórico. La guerra fría estaba en su apogeo. Los misiles nucleares con capacidad de destruir la Tierra diez veces esperaba a que les llegara el turno, en silos repartidos por dos continentes o en las entrañas de submarinos fantasmales que patrullaban el fondo de los mares. Un solo sumergible de la clase Lafayette o Yankee almacenaba suficientes para destruir cientos de ciudades y matar a cientos de millones de personas. Pero la gente normal seguía con su vida como si nada ocurriera. (Pág. 281).


Las reconoció desde lejos porque seguían vistiendo de color verde militar, un atuendo que para entonces había caído en desuso. Cuando las tuvo cerca, cayó en la cuenta de que muy probablemente llevaban los mismos uniformes que en aquella infame sesión de castigo: a fuerza de lavarlos habían quedado descoloridos y, además, estaban cubiertos de parches y remiendos. Aparte de la vestimenta, ninguna de aquellas mujeres, ya en la treintena, guardaba parecido alguno con las tres aguerridas guardias rojas que una vez habían sido. Saltaba a la vista que no solo habían perdido la juventud, sino mucho más. La primera impresión de Ye fue que, aunque en su día habían parecido estar hechas de un mismo molde, ahora eran totalmente distintas. (Pág. 312)

 

En fin, a la espera de que me decida a leer los siguientes volúmenes, El problema de los tres cuerpos es una novela con muchos vectores de significación interesantes, con la notable excepción de la configuración psicológica de los extraterrestres y de la comunicación con ellos, con un lenguaje (en la versión de Javier Altayó, el traductor) que se ciñe bien a la trama y al ámbito científico, sin grandes aportes estéticos, pero en absoluto pobre. 


P.D. Otra reseña, aquí, de Ricardo Pérez.


viernes, 21 de julio de 2023

Bisutería auténtica, de Daniel María

Ante la emergencia (y consolidación) de partidos políticos, movimientos y corrientes de opinión antifeministas y antitransgénero, es decir, antiigualitarias, y que suma a la falta de empatía la ausencia de compasión con los grupos humanos que más han sufrido en nuestras sociedad liberal-burguesas, la literatura puede desempeñar un papel reivindicativo no sólo desde reclamos estéticos sino también cognitivos de primer orden.

Dejando de lado genotipos, cromosomas y fenotipos, la persistencia en infligir sufrimiento de las personas trans y lgtbiq+ en general nos enseña que no pertenecer al grupo canónico de una sociedad se castiga cuanto más intolerante sea esta y más rígida su manera de establecer identidades, que se presuponen fijas, y censurar comportamientos heterodoxos o desviados. A este respecto, deberían avergonzarse aquellos/as que, en el seno de una sociedad como la nuestra, que se dice democrática, se empeñan en no respetar la autonomía de los demás. No hay mérito alguno en convivir con los semejantes a nosotros. Nuestro desarrollo ético se perfila en el contacto con otros diferentes, que, a su vez, respetan nuestra identidad y libertad. 

Es por ello asombroso  y revelador a la vez que el vector antifeminista y tránsfobo haya contribuido a la relevancia política de un partido como Vox en España, que no se esconde en su propósito de recortar derechos a los sectores sociales más vulnerables, además de favorecer a los más privilegiados. Es evidente que no ha surgido de la nada, sino que ha arraigado en un suelo nutricio favorable a él: tal vez, la nostalgia de muchos hombres resentidos con un tiempo y un mundo que ha dejado de ser comprensible y previsible. Aquel en que incluso siendo uno un explotado don nadie, siempre quedaba ser el rey de la casa, mantenedor de mujer e hijos/as, autoridad indiscutida. En muchos casos, con la seguridad de la continuidad laboral dentro de una misma empresa a lo largo de toda la vida. 

Los que ya acumulamos peso en el carnet de identidad y tenemos algo de memoria recordamos los 70 y los 80, cuando la violencia de género en el seno de la familia no era infrecuente y cuando si se recurría a la policía, se te decía que eso era "un asunto familiar"; cuando los chistes vejatorios -siempre a los discriminados: putas, maricones, sarasas, bolleras, marimachos, travelos, etc., amén de negros, moros y gitanos por no hablar de los piropos asquerosos y el menosprecio público a las mujeres- eran un pasatiempo habitual,  aplaudido con regocijo y levántense para la ovación. Siempre recuerdo el gran éxito de Martes y Trece en 1990 con su gag del "mi marido me peggggaa...". Nos partíamos la caja (que conste que Millán Salcedo ya se disculpó hace años).

Que digo yo que ya podríamos -todos y todas- mostrar compasión por los sufrientes, por los parias de este mundo, y no hacer restallar nuestro resentimiento -todos/as hemos sufrido también afrentas e injusticias, faltas de reconocimiento, pobreza en diverso grado de intensidad, etc.- en las personas que están aún peor que nosotros. Por qué apoyar a partidos y movimientos que hacen de la discriminación y del gueto su bandera, por qué sentir nostalgia por conquistas e imperios -ninguno se ha hecho sin guerra, sangre, muerte y explotación brutales-, por qué añorar edades de oro que nunca existieron ni existirán. 

Vergüenza debería darles, por la parte que toca en este blog, a esos escritores y artistas, casi siempre varones, odiadores y resabiados que hacen del menor desliz, de la menor equivocación -también las/os feministas y los/as bienintencionados/as se equivocan; sí, también los inmigrantes son capaces de cometer delitos y tomar decisiones erróneas- una causa general contra cualquier intento de hacer una sociedad mejor y más igualitaria, tal vez un mundo más acogedor o, por lo menos, no tan jodido. Tener a una mujer bajo el yugo no es un privilegio, es despotismo, y como todo despotismo, embrutecedor para las dos partes. Agredir a una persona por sentirse atraída por otra de su mismo sexo es síntoma de ruina moral. Claro que solo una de las dos es la que se lleva los golpes y humillaciones

Empujar a la marginación por razones étnicas, sexuales, religiosas o de cualquier otro tipo es colaborar con los explotadores, que, dicho sea de paso, tampoco dudarán en explotarles a ellos. El fracaso propio no debería servir de excusa para hacer sufrir a otros/as, tal vez sólo para reflexionar sobre las veleidades de la fortuna y, si se tiene algo de visión, para mostrar algo de grandeza: las ocasiones no abundan. 

Volviendo a lo que señalé al principio: la literatura puede no solo deleitar, sino también instruir:




Bisutería auténtica, de Daniel María (de quien ya hablamos por ser coautor de la novela gráfica Saritísima, en la pasada feria del libro de Las Palmas GC), es una colección de relatos que tienen como protagonistas principales a uno los grupos sociales más vilipendiados y pisoteados: las travestis. Lo destacable del asunto es que no se limita a poner el foco a personas secularmente invisibilizadas y marginadas, sino que lo hace de un modo literariamente digno de encomio. 

Ya he escrito en otras ocasiones que las buenas intenciones no bastan en al arte y la literatura. Puedes querer realzar el papel imprescindible de los periodistas o reivindicar la figura de mujeres eclipsadas y terminar escribiendo una tontería sin valor alguno. De esta tesitura, sale triunfante Daniel María, con una prosa exuberante, potente y brava. Aquí y allá pueden encontrarse pequeños fallos de estilo que bajan un poco el nivel, alguna frase corriente, algún adjetivo que me sobra, pero, en general, la forma de escribir del autor resulta más que convincente, llegando en algunos momentos a conmover, a pesar de cierta tendencia al histrionismo de sus personajes o del mismo relato. 

Aquellos me parecen creíbles, y los diálogos se adecuan sin rechinamiento a su manera de desenvolverse. La manera de contar consigue que cada uno de ellos, tanto el principal como los secundarios obren con naturalidad. No resultan impostados (ya se ha comentado aquí que algo, por ser real, no tiene por qué resultar verosímil en la ficción) sino que transmiten una viveza casi insólita, acostumbrado como está uno a leer prosa cadavérica.

Además, los relatos de Bisutería auténtica, contados todos menos uno en tercera persona, nos introducen en un mundo, al menos para mí, ajeno, mediado como ha estado siempre por estigmas y tabúes propios de una sociedad pacata y represiva, que nunca ha sabido qué hacer ni qué pensar con respecto a aquellos de sus miembros que no encajaban en la norma mayoritaria. Norma, por supuesto, producto de una convención, de cierto consenso si se quiere, pero nunca natural ni unánime y normalmente respaldada y fomentada por el poder. Además, injusta. No estemos tan seguro de ser una sociedad avanzada si todavía mantenemos en la marginalidad a tantos/as de nuestros semejantes.


Ellas, siempre ellas, aprendieron pronto a emprender solas el camino, ya fuera a la gloria o al penal. La ermita era un lugar seguro porque en ella mandaba, sí, mandaba con voz de mando, con espalda de mando, con manos de mando, mamá Gladis. La travesti veterana apenas tenía sesenta años, muy pocos para ser la mayor, la vieja, la anciana, la zorra, la osa, la pantera. 

Gladis, peluca siempre rubia, fuego en las pestañas. Gladis, apenas una melena canosa de sirena pretérita, luz de gas en los ojos, ojos como farolas del mar. Una vieja casi coja por un palizón del que se levantó con las rodillas peladas y la mano abierta. Le cruzó la cara a Antonio el Fiera y le rayó el cachete como un paso de cebra, le marcó de tan bruta que es. Fue como sobrevivir a la selva descalzo, desnudo y sin provisiones. "Un paso de cebra no -decía la Gladis-, un paso de Semana Santa, que no lo maté por no resucitarlo". (Pág. 26)


La Rubia venía una vez al mes y le cortaba el pelo a mi padre. "Igual que en la mili", le decía nada más ponerle la capa. Y la Rubia asentía, también como siempre, en cumplimiento de aquel ritual. Mi madre terminó por encariñarse de la Rubia, aunque al principio se confundía con el trato amable que mi padre le dispensaba. Aquella atención creo que llegó a provocarle celos. Pero es que se dejaba querer enseguida. Pensé siempre que sería muy difícil despreciarla. Hasta que un día me la encontré en la calle y escuché cómo la insultaban, con un odio visceral, festivo, un jolgorio violento que la obligaba a caminar cabizbaja y a paso ligero. No la dejaban respirar. (Pág. 56)


Hasta que daban las cinco de la mañana, que era la hora punta, la hora decisiva, y un silencio de catedral, de honor, se extendía por las calles. Entonces los cargadores sacaban a la Virgen del Carmen y la señora pisaba el barrio, porque era reina, soberana, emperatriz, dueña de todo. Y su niño en el brazo, que ese niño eran todas, que ese niño brillante, de pestañas como abanicos, de piel rosada, delicado, puro frágil y hermoso, con su manita de paloma, de pájara, de pichón consentido, las señalaba, las saludaba, las bendecía. 

Y ella, con su porte de estrella, de única, de perpetua, de primerísima, de inigualable, las tenía a todas a sus pies, ya arregladas, ya copias de su exceso, luciendo sus mismas pestañas de fuego, su mismo pelo impoluto, su mismo joyero de promesas, cargados los dedos, las muñecas, los cuellos, las orejas, con el destello de las piedras, de la bisutería desbocada, de las alhajas de amor y de deseo, porque su magisterio de belleza y de bondad las inspiraba, las impulsaba, las imantaba con su fuerza, su carga de luz, su poder indestructible. (Pág. 91)


Mundo clandestino, furtivo casi siempre, con ocasionales candilejas, el que se explicita en estos relatos, de estética kitsch o camp, según consideren. Eso sí, repleto de energía y pasión. El escritor, sin refocilarse, emplea, a veces, un lenguaje coloquial, o vulgar, con el que dota del tono adecuado a la trama. Tramas breves, que se desarrollan con celeridad en pocas páginas, con un argumento de base: el reconocimiento -el recordatorio- de la dignidad de unos seres humanos llamados travestis, de esas personas que, aún hoy, viven con la amenaza constante del insulto, del desprecio y de la agresión por el transgresor hecho de querer vivir su vida como quieren y de dotarse de la identidad que desean (o a la que se consideran abocadas). Eso, más allá de la pertinencia de un enunciado como "soy mujer en cuerpo de hombre" que, implicaría, paradójicamente, caer en un esencialismo de género por el que se asumiría que "ser hombre" implica tales o cuales maneras de comportarse, gustos, etc., así como "ser mujer", otros. Qué quieren que les diga, soy más butleriano que cortinista. Más constructivista que determinista.

Sea como fuere, Bisutería auténtica me parece una colección de relatos notable. Acostumbrado el público a leer que cualquier nadería sea obra maestra, marque un antes y un después y demás lamentable quincalla jabonosa, puede que le parezca poco. No, créanme, es mucho. Por supuesto, esta obra merece mayor atención que la de otros pesados que pululan por los medios de comunicación mendigando atención. Una obra diferente, como debe ser.


P.D. Otra reseña, aquí. Una entrevista al escritor, acá.



jueves, 13 de julio de 2023

Aurea mediocritas

 Todavía expectantes no solo por el futuro desenlace de las próximas elecciones generales sino, en lo que se refiere a nuestro terruño, por la composición de la jerarquía institucional en Cultura, los miembros del mundillo canario andan muditos, algunos cariacontecidos, otros esperanzados, quizá. De todos/as es conocido que al igual que la aspiración húmeda del periodista canario es formar parte del gabinete de una consejería o de un ayuntamiento, la de un miembro de la república canaria de las letras es la de disfrutar de algún tipo de sinecura, de un lugar en el Pritaneo local. Padezco la ominosa sensación de que el mundillo cultureta local está  aguardando los movimientos políticos a nivel nacional, para saber hacia dónde va la ola. Es decir, algo así como aquel que sintiera el prurito de manifestar crítica política a algún partido, hubiera decidido postergarla, no fuera a ser que aquel alcance poder el 23 de julio. Hay en juego subvenciones, ayudas, nombramientos, etc.

Por cierto, me resulta llamativo cómo aquellos hombres, que de repente se mostraron iracundos por la eclosión de una supuesta cultura de cancelación (iracundia que expelían desde grandes medios de comunicación, no lo olvidemos) se muestren tímidos y melifluos ante la censura institucional sin tapujos. Supongo que es otra de esas equidistancias que, en realidad, no son sino consentimiento de la barbarie.

No obstante, digo yo si no será una explicación de lo anterior, los indignados por el auge del feminismo y de la igualdad suelen ser escritores cuyo caudal creativo parece definitivamente agostado. Antiguas glorias, o que se quedaron en el camino, han apostado, por lo que se ve, por reconvertirse en opinadores malhumorados o en gestores culturales de lo que surja. Toda esta gente tiene todos los vicios y virtudes de la clase media, que podrían resumirse, a grandes rasgos en algo así como que mientras al individuo no le vaya del todo mal, se congratula en la aurea mediocritas; en la perenne siesta intelectual, que se confunde con tolerancia, incluso con generosidad; pero a poco que las cosas empeoren, o sienta que empeoran, encuentra dentro de sí mismo una infinita capacidad de resentimiento y hostilidad hacia los que considere sus inferiores, cabezas de turco.

En fin, ya hablaremos después de las elecciones y el panorama esté algo más despejado.

Por otro lado (ya saben que no me gusta escribir de política) podría compartir con Vds. mis nuevas adquisiciones:

-La originalidad de las vanguardias y otros mitos modernos, de Rosalind Krauss (traducción de Adolfo Gómez Cedillo).

-Todo lo que entró en crisis. Escenas de clase y crisis económica, editado por José Luis Moreno Pestaña y Jorge Costa.

-Historia falsa y otros escritos, de Luciano Canfora.

-Bisutería auténtica, de Daniel María.

-Teología política, de Carl Schmitt (traducción de Jorge Navarro Pérez, y epílogo de José Luis Villacañas).

Leído ya El 18 Brumario, de Karl Marx, con esa magnífica introducción de Clara Ramas. Por muy recurrente que sea lo de "actualidad" aquí se cumple. Léanlo y verán. Un libro clarividente y que se anticipa, entre otras virtudes, a los posteriores estudios sobre el populismo. A punto de acabar El hilo de oro, de David Hernández, puedo decir que, por un lado, impresiona la cantidad de bibliografía que uno puede sacar de este libro y la gran erudición de su autor. Por otro lado, su insistencia en el punto medio y de la moderación me irrita un poco, políticamente hablando. Es posible que la moderación no sea buena en todo momento y para todos, que solo lo sea para el que tiene mucho (o algo) que perder, pero no para los que no. En especial, para aquellos que luchan por reivindicar derechos, básicos, en muchas ocasiones. Como bien se sabe, estos se conquistan, se arrancan. Raro es que se concedan graciosamente por quien tenga la potestad o el poder. No ceder el asiento a una persona blanca en Alabama en 1955 tal vez no era un ejercicio de moderación en aquella época para protestar por la discriminación racial. Tal vez, Martin Luther King no era en absoluto un moderado. O, algo más cercano, los campesinos que en Agüimes se alzaron con violencia contra la pretensión de un noble de ocupar las tierras comunales tampoco lo eran. Citen su ejemplo preferido.

Por otro lado, y perdonen la superficialidad de mi impresión, las partes que dedica al papel de la mujer en la Antigüedad parecen congruentes con esa visión revisionista que les atribuye un papel destacado y en igualdad con los varones porque tal o cual mujer figuran en los mitos, en la literatura o porque una mujer tuvo un papel protagonista en la política, etc. Como si en la época de los Reyes Católicos, hubiese igualdad entre los sexos en Castilla porque reinaba Isabel. Asimismo, citar el 12 de octubre como la conmemoración de "una gesta indiscutible" tiene también un tufillo eurocentrista bastante decepcionante. Mi impresión es que esta obra termina por dejar a uno bastante escamado. Con lo bien que fue hasta los 3/4...




De los títulos referenciados, ya he entrado a empellones con el libro de Canfora (historiador del mundo antiguo, recuerden El mundo de Atenas, por ejemplo), que es, entre otros asuntos, una crítica al orden político italiano (y occidental) tras la crisis de 2008, y la referencia clásica a conceptos como poder, liderazgo, etc. Otro erudito. Asimismo, Todo lo que entró en crisis, con respecto a ese momento liminal histórico que fue 2008, pretende, a la manera de Bourdieu con La miseria del mundo, realizar una síntesis de análisis y entrevista de las consecuencias de la degradación de las condiciones laborales y de vida de muchos sectores de la población después de aquel fatídico año. Como también hiciera el sociólogo Richard Sennet en La corrosión del carácter. Ganas de comenzar con él.

Con respecto al libro de Krauss, llevo un par de capítulos, y lo cierto es que esta crítica de arte demuestra un nivel de análisis altísimo. De lo poco que sé del mundillo académico del arte, ella y Hal Foster son referencias inexcusables para quien quiera aprender algo de este ámbito del conocimiento y creatividad humanos. Una gozada, qué quieren que les diga. 

Poco llevo leído del libro de Daniel María, y pospongo, pues, los comentarios a una futura reseña (espero que pronto).

Teología política es donde se enuncia, creo que por primera vez: "Soberano es quien decide sobre el estado de excepción". De hecho, este libro comienza así. Es de esas lagunas que, por fin, uno se decide a rellenar y dejarse ya de referencias o glosas. Ya era hora. Para quien se interese por la política, esta obra de Schmitt y Sobre el parlamentarismo son muy importantes. Buenas críticas, pésimas soluciones. 

En fin, tengo como trescientos libros candidatos a destrozarme la cuenta corriente. Imagino que moriré sin haber leído gran parte de ellos. Pero de qué se compone la vida si no es de sueños. Pero sobre todas las demás, la gran duda que se me presenta es: ¿vale la pena a estas alturas de la vida estudiar griego clásico?


lunes, 26 de junio de 2023

Libros, veleidades y ferias

No debería sorprenderles que, así, sin previo aviso, les comunique que tengo avanzada la lectura del libro de Saul Bellow El legado de Humboldt. Comparte, por cierto, espacio en el suelo al lado de la cama con la difícil (para mí) obra de Blumenberg sobre el mito platónico de la caverna y sus alusiones filosóficas a lo largo de los tiempos (desde Aristóteles hasta... por ahora he llegado a Bacon), Salidas de caverna. Durante un tiempo estuvo también ahí la novela de Marlon James Leopardo negro, lobo rojo, pero no ha resistido la pujanza de Humboldt.

Asimismo, escribiendo las líneas anteriores, recordé que tengo iniciada la lectura de otra obra de Bellow, Herzog, pero debe de estar escondida en alguna caja de esta mudanza que nunca concluirá. No escribe nada mal este señor, obvio es. Por otro lado, tengo haciendo ejercicios de calentamiento la novela, que al parecer es la primera de una trilogía (si una novela no forma parte de una trilogía en esta época, el autor o autora no es nadie), titulada Los tres cuerpos, del autor chino Cixin Liu. Se va a poner de moda (de nuevo) porque Netflix va a estrenar una serie basada en ella. Hasta ahora he resistido la tentación. A duras penas: veleidoso que es uno.

Además de lo anterior, el otro día pasé por mi librería de referencia (trato amable: saben mi nombre, y cercanía al domicilio: básico) y compré un libro sobre arte; otro, de Marx, la novela de Liu, una monografía de análisis cultural y otro libro a cuenta de los clásicos griegos y latinos.

Libro de arte: La originalidad de la vanguardia y otros mitos modernos, de Rosalind Krauss (traducción de Adolfo Gómez Cedillo).

Libro de Marx: El 18 de Brumario de Luis Bonaparte. La novedad es el estudio previo (y la traducción) de Clara Ramas Sanmiguel, que ocupa sus buenas 50 páginas.

Libro de análisis cultural (o de lo que sea): Los antiguos y los posmodernos, de Fredric Jameson (traducción de Alcira Bixio).

Libro de inspiración clásica, sobre cuestiones políticas: El hilo de oro, de David Hernández de la Fuente.

Y Los tres cuerpos (traducción de Javier Altayó).

El martes, leyendo la Apología de Sócrates, caí en la cuenta de que había en la traducción de Gredos, a cargo de Julio Calonge, un latinajo que no venía a cuento en la boca de Sócrates ("in absentia"). Dichoso mundo este en el que encontré rápidamente a dos personas con las que pude comentar este asunto. También, en el Legado de Humboldt, el protagonista cuenta en cierto momento cómo su novia y él pasaban las tardes traduciendo a Plauto. ¿Es posible leer los Diálogos de Platón sin sentirse exquisito ni nada parecido? ¿Que sea una actividad tan cotidiana como cualquier otra en la que emplear el tiempo? Con frecuencia, en estas charlas melancólicas con personas de mi generación, afirmo que si pudiera volver a tener 17 años, con todos los medios necesarios a mi disposición, estudiaría Clásicas. Fantaseo con que estudiar estas lenguas debe suponer el ingreso en un club muy discreto, donde se habla griego antiguo con soltura y se bebe vino aguado en copas anchas proveniente de ánforas con motivos mitológicos. Cuando los miembros de este club se aburren, fornican o se postulan a dirigir el Estado. No olvidemos a Boris Johnson.

No descarto que otros/as piensen algo semejante respecto de Ingeniería o de Biología. 

Otro asunto: Javier Doreste ex-concejal de Urbanismo de LPGC que ha ido transubstanciándose en reseñador durante el último año y pico, a fin, supongo, de invertir su capital político en cultural ha proclamado que La otra vida de Ned Blackbird, de Alexis Ravelo es una "obra maestra de la literatura fantástica española". Entiendo, ya lo dije en alguna ocasión, que Ravelo sea un escritor querido, añorado y llorado, incluso que su legado literario sea leído con delectación por parte del público, pero de ahí a calificar sus novelas de "joyas literarias" (como escribió una periodista cultural en La Provincia) y, en concreto, La otra vida con ese "obra maestra" no es sólo exagerado, sino también inútil y no le hace ningún favor ni al fallecido escritor ni a los futuros lectores (también es verdad que los adjetivos que le añade Doreste a obra maestra pueden entenderse más como reductores que como intensificadores). Otro reseñador al que despreciar, por si andábamos escasos. 


Actualización del domingo, 25 de de junio

Por cierto, desde que escribí los primeros párrafos hasta este en el que estoy ahora han pasado unos cuantos días. Los bastantes para apreciar que El hilo de oro realiza un recorrido político por la Antigüedad como inspiración para, si no solucionar, al menos enmarcar muchos de los problemas de naturaleza política que padecemos hoy: la demagogia, el populismo y la crisis de la democracia, entre otros. Además, proporciona abundante bibliografía para quien quiera saber más, sobre todo, de historia antigua. Buena manera de empobrecerse monetariamente, sin duda. Debe de haber algún paraíso para los lectores que anhelan lo infinito que les queda por conocer, aun a costa de su patrimonio.

Feria del libro: finalmente estuve en el parque de San Telmo. Me dio la impresión de un evento algo desangelado. Quizá con menos casetas (tal vez, no, pero parecía que faltaban), mucha menos gente que otros años. Tampoco estaban los puestos de abalorios diversos (que tanto le gustan a mi media naranja y a los cuales, indefectiblemente, me veía arrastrado) ni los de artesanía. Ni siquiera, el de los triángulos de energía. Sí que había un grupo numeroso de adolescentes congregados dentro y frente a la carpa de la juventud. Algo es algo. 

El parque está medio en obras, por lo que la impresión general era de provisionalidad, lo que es acorde con el estado mismo del proyecto ferial. Vi por ahí a Santiago Gil, impasible el ademán, al siempre cordial Leandro Pinto y al cada vez más joven Miguel Aguerralde. Todo sea dicho, no fallan nunca en personarse. También, en un alarde de reconocimiento facial, vi a dos escritores más, de esos a los que les tengo echado el ojo, pero ya se sabe que la literatura es un mar proceloso: uno se echa a él para volver a la patria y acaba en islas ignotas.

Por casualidad, me senté pasadas las seis de la tarde en la carpa Alexis Ravelo y estuve escuchando a los autores de Saritísima (una biografía ilustrada de Sara Montiel), Daniel María y Carlos Valdivia, que estaban acompañados por tres drags (lo siento, he olvidado los nombres, pero hay foto). Una presentación interesantísima, por cierto, y que me hizo ver la figura de la actriz y cantante española de otro modo. Sin duda, brillante y aleccionadora.



Conclusiones: salvo el detalle de que la editorial publicatodo Mercurio prohibió (quizá, no prohibió, tal vez, aconsejó negativamente) a sus escritores/as acudir como invitados/as a las carpas, no he oído mayores quejas. Tampoco, elogios. Dejando aparte la referencia rutinaria de los periódicos locales, llama la atención que esta feria haya resultado desapercibida, al menos en mi círculo más próximo. Quizá la indiferencia sea el mayor mal de este tipo de saraos mercantiles-librescos, por naturaleza minoritarios y cuyo éxito se mide por el volumen de las ventas. No sé si la abulia ha sido cosa de la asociación de los/as libreros/as, del público o mía. A fin de cuentas, si resulta que en la feria de este año se ha vendido más que el pasado, todo habrá estado bien.


                     



viernes, 16 de junio de 2023

'La casa de mi padre', de Pablo Acosta

A veces, se juntan demasiadas lecturas. Al menos en mi caso, suelen ser de lo más dispar en cuanto a género y temática. Por ejemplo: Salidas de caverna, de Hans Blumenberg, sobre el mito de la caverna en La República de Platón. O El legado de Humboldt, de Saul Bellow. O Rompiendo algo, de Belén Gopegui. Por qué no, Ciudad Mori, de Sergio Mayor. También, Leopardo negro, lobo rojo, de Marlon James. Finalmente, La casa de mi padre, de Pablo Acosta. Esto es lo que llevo leyendo desde nuestro último encuentro. Cuando termine de escribir este artículo, no sería de extrañar que hubiese incorporado algún otro título más o menos extravagante.

A este respecto, he acabado, al menos, la colección de artículos y ponencias de Gopegui, libro que para todo aquel que no se plantee sólo escribir sino para qué en nuestros tiempos debería ser lectura forzosa¡. No sería extraño que cambiara su punto de vista (si es que tenía alguno) sobre la función o funciones de la literatura y del arte en general. Si no es así, al menos, resultará zarandeado. Ante las tesis de Gopegui uno se siente obligado a tener una posición, ya sea a favor o en contra. Obligado a pensar: si uno no escribe contra, ¿escribe a favor? En todo caso, el libro resultará útil para todos aquellos habitantes de la República de las Letras que abogan por la estricta separación entre política (o, al menos, su concepción de la política) y arte (lo mismo: según lo que entiendan por ello). 


La escritora trató de aprender de cuanto había leído, visto y escuchado y llegó a una conclusión. Se dijo, y dijo también a los demás, que ella no escribía por qué sino para qué. Poco a poco fue elaborando una teoría que la calmaba. La teoría rezaba más o menos como sigue: "Escribir novelas es un modo de representar la realidad, es componer historias que podrían haber sucedido y componer a la vez el mundo en que podrían haber sucedido. Componer, en fin, una realidad paralela que, entre otras cosas, nos permita establecer una comparación. Para eso escribo, pretendo construir una posición que nos faculte para mirar nuestro mundo no sólo como algo dado, inamovible, inevitable, sino también como un proyecto que se realiza a través de cada acto, de cada elección". (Pág. 227)


Ese empeño por ser apolítico en términos artísticos es lo que convierte a los artistas (muchos de los cuales se califican a sí mismos de "progresistas", de "izquierdas", etc.), en palabras de Gopegui, en "vanguardia flotante". "Prefieren ser la vanguardia de nada antes que la retaguardia de algo imperfecto, pero real" (pág. 285). Aquí lo dejo.

En otro orden de cosas, permítanme que les recuerde que dentro de nada volverá a abrir la feria de libros de Las Palmas de G.C. No por nada especial, sino porque es esta ciudad donde vivo, y desplazarme a otros lugares como Agaete o Telde, mucho menos a otra isla, para eventos similares se me antoja tarea imposible, un ocho mil sin oxígeno. Me imagino como Sócrates, que apenas salió de Atenas (para servir como hoplita). En realidad, sólo soy muy gandul.

En fin, acabada la deplorada regencia de Jorge Balbás, por fin han revelado la identidad de los miembros del nuevo equipo. También, los escritores y escritoras (o gente famosilla, en general) que vendrán, firmarán, hablarán, decepcionarán o cancelarán a última hora. Habrá que ver a quién se le otorgará tratamiento VIP (carpa Alexis Ravelo) y quién el de común. La mayoría, claro, se limitará a poner morritos frente a los ejemplares de su novela sentado en una silla. Por lo menos, acarícienles el lomo. Salúdenles, denles una galletita.

A la sazón, sería injusto afirmar que las ferias de libros (en realidad, solo me refiero a la feria del libro de Las Palmas GC) me decepcionan, porque, de entrada, nada espero. Cuando voy, encuentro lo que ya me imaginaba: casetas con los mismos libros, presentaciones entusiastas y predecibles, gente paseando con ligero desinterés, el parque de los perros en San Telmo lleno de esas bestias, etc. En las ciudades de provincias cualquier cosa que sea gratis reúne a muchas personas ociosas o que encuentran una oportunidad para salir, mas brevemente, de su marasmo vital. Por otro lado, sé que hay letraheridos (Juan Cruz, un saludo) entre Vds. que se vuelven locos por saludar al escritor o escritora de turno, ya sea por genuina admiración, ya sea por ver si se pega el aura de la fama, el fetichismo de conseguir la firma del ejemplar de su último libro... Recuerdo que una vez vino Vargas Llosa a nuestra ciudad y hasta los más izquierdistas de nuestros periodistas le llamaban, con empalagosa devoción, "maestro". 

No olviden, empero, que es una feria de libros, no una feria de la literatura. Así que podemos ser breves y comedidos en la indignación si un/a youtuber viene a promocionar su libro de consejos sobre maquillaje o un presentador de la tele quiera contarnos también en ese formato cómo superó la enfermedad X (elija la que quiera) o cualquier variación delirante sobre asuntos triviales. Eso sí, ojalá esas birrias sirvieran, como compensación, para que la organización se animara a traer a escritores/as interesantes. Claro, aquí está el problema: defínanme "interesante".

En mis fantasías, el dueño de mi librería también lee a Proust, a McCarthy y a Coetzee cuando no tiene clientes, lee a Hierro en el retrete y los fines de semana se dedica a repasar a Foucault y Bourdieu.




En lo que al libro de hoy respecta, La casa de mi padre, del tinerfeño, bien que residente en Barcelona, Pablo Acosta, viene precedida por una reseña entusiasta del voraz y omnívoro Eduardo García Rojas. Sabemos que García Rojas, salvo alguna excepción llamativa, tiende a la acritud crítica sólo cuando se dirige a los cargos políticos culturales, en especial, a Juan Márquez (de quien alguien pensó que valía para el cargo porque era músico, ya ven), lo que me parece muy bien. En lo que se refiere a las obras literarias, suele ser más blandito. Cada uno es como es.

Pues bien, La casa de mi padre no es una novela, ya nos advierte el autor. Más bien, es un viaje literario introspectivo para, como se solía decir durante un tiempo con esa expresión tremebunda, exorcizar sus demonios interiores, o, también, algo más laica, lidiar/ajustar cuentas con su pasado. En este caso, representado sobre todo por su padre. Esto no debería hacer retroceder al crítico o empujarle a caer en la tentación de utilizar el cuchillo de la margarina en vez del de la carne. Por mucho desgarramiento sentimental que se muestre, por mucha empatía que uno pueda sentir por el sufrimiento ajeno, por las variadas ordalías espirituales que haya superado, el autor no ha escrito una obra para sí mismo y guardado en el cajón, ya más sereno de espíritu por haber expulsado a Belcebú, sino que la ha, fíjense, publicado.

Resonancias bíblicas tiene el título, no obstante (Juan 14:1-3), pero lo que nos importa es que no se puede negar que el autor posee un estilo propio, un idiolecto concentrado, rítmico y, por momentos, repetitivo, lo que viene bien a ese intimismo por momentos ligeramente opresivo. Salvo alguna expresión, la prosa tiene altura, sin ser compleja, y es de lectura sencilla.

Por otro lado, el narrador en primera persona se dirige, en principio, a nosotros, como guía de un recorrido doméstico corto en extensión, largo en duración. A veces, nos sustituye por su padre, que es añorado y vituperado. Su muerte es un hito vital que propicia esta narración o, más bien, recapitulación.


Quiero extraerla de mi mente, montarla como un juguete recio, sin resquicios, tabla a tabla del parqué, esquina a esquina manchada, en estas páginas. Si esto no es un libro, es decir una novela, es porque no conozco la trama (no hay una trama), ni las motivaciones de los personajes (no hay personajes), y todo esto no son tan solo trucos de un narrador en primera persona. Así, muchas de las historias que contendrá nos llevará a callejones sin salida, porque en ellos me encuentro yo tantas veces, y mi vida no es un videojuego en el que tengas que mover un ladrillo del muro para que una puerta se abra (Págs. 11-12)


Hace años se inundó la casa de mi padre. Sin avisar, un día, cayó una tromba impensable sobre la isla y por fin la gente, al reventar de las alcantarillas, pudo echarse a la calle como tantas veces habían visto en los reportajes. Sacaron los botes hinchables del trastero para ir al rescate de viejas que venían de la compra, se habían quedado de agua hasta los sobacos y esperaban atascadas en rotondas. Los coches flotaron y se dejaron bogar hacia el mar; primero suaves nenúfares por las carreteras, después kayaks embravecidos rodando por los barrancos... (Pág. 17)


Hagamos algo. Mostraré dos imágenes del estudio que me vinieron en sueños. Primero, como en un juego, saldremos y volveremos a entrar. Miraremos lo que soñé un día, volveremos a salir y al entrar por segunda vez ya nos quedaremos allí, buscando objetos para fijar la memoria. ¿Estamos preparados? Mantendremos los ojos abiertos o no, da igual, porque mi padre aparecerá y tendremos que mirarlo con unos ojos o con otros pues mi padre en el estudio es. Y tenemos que mirarlo. Cogemos la manilla dorada, la presionamos hacia abajo. (Pág. 41).

 

El estudio queda atrás, enfilamos el pasillo. Es de día: a mitad de recorrido hay una ventana. Entra una luz inconcreta de patio de luces que se extiende como una mancha por la pared de la izquierda. Esa pared se divide en dos aglomeraciones colgadas: desde el recibidor hasta la mitad del chorro de luz, la colección de mariposas disecadas de mi padre (siempre fue un coleccionista a rachas: todo durante unos años y nada en adelante). Alas brillantes o ya cuarteadas, con el eje de extraterrestre seco, con la careta de gas del gusano microscópica, invisible, pero que imaginamos agujereada, deshaciéndose polvorosa. (Pág. 55)


Pero la lectura de La casa de mi padre no tarda en cansar. Ese recorrido habitación por habitación, que suscita recuerdos de momentos vividos con su padre y sueños, que provoca emociones y reflexiones, pronto se vuelve letárgico porque el interés decae tras unas cuantas páginas. Es posible que esto se deba, a que carece de la densidad y riqueza verbal de, por ejemplo, Georges Perec en su novela, también topográfica, La vida instrucciones de uso (y las mil y una historias que despliega el escritor francés, que toma como referencia las estancias de un edificio de viviendas). Además, esta historia es tan autocontenida, tan firme y sólida en su desarrollo (lo que debería ser una virtud) que, de modo paradójico, tiene como consecuencia la falta de capacidad de salir de sí misma, de relacionarse con nosotros, los lectores.

Me explico: creo que la razón principal de que, a medida que se avanza, uno se pregunte por qué debería interesar este asunto personal, los problemas del narrador con su padre, su obsesión por él, consiste en que estos no adquieren grandeza ni trascendencia más allá de la vida privada del escritor-narrador. No aprecio ni en la figura del padre ni en la del hijo elementos para admirar, asombrarme o detestar, nada ejemplificador, nada que me suscite una reflexión especial. 

Ya digo que tanto el dolor, el gozo como las buenas intenciones no bastan para conformar una novela aceptable (o unas memorias, si se quiere), ni mucho menos para que la crítica deba soslayar las imperfecciones. Aun así, podría haberme sentido conmovido por esta relación paterno-filial, lo cual ya habría sido algo valioso, pero tal sentimiento, lamentablemente, no llega nunca. 

Además, y es algo que se explicita dentro de la obra, a veces da la impresión de haberse construido con retales: un texto de aquí, otro texto de allá (esa rememoración de los sueños) y qué bien encaja todo, lo que ahonda, a mi juicio, en ese distanciamiento emocional:


Al principio, cuando me fui de las islas dolorido por tantas cosas (un amor obsesionante dejado allá, mi padre aún caliente en el cementerio y yo usando su dinero para continuar mis estudios en Barcelona), me compré mi primer portátil y creé un archivo que se llamaba La casa de mi padre. En él fui escribiendo durante más de diez años mis recuerdos, los sueños relacionados con él que iba teniendo, conversaciones ficticias que se iban por un sumidero. Esas páginas estaban llenas de ira y de una incomprensión que solo deseaba saber. (Pág. 88)

 

Aun así, esta obra merece consideración. Percibo una voluntad seria de creación literaria, por no hablar del mentado estilo propio del que hablé al principio una voz singular, sin duda. Es posible que mi falta de empatía no se corresponda con la de otros lectores y que lo que a mí me resulta indiferente, hasta el punto del aburrimiento, a otros/as les suscite grados variables de interés.


P.D. Otra reseña más, aparte de la de García Rojas, aquí.


jueves, 1 de junio de 2023

'La isla de los muchachos hermosos', de Pedro Flores

Para algunos, un mundo ideal sería aquel en el que cada cual recibiría según sus necesidades y daría según sus capacidades. Quizá no tan ideal para muchos, que prefieren creer que cada uno de nosotros ya recibe lo que se merece y da lo que le da la gana. Normalmente, esto último lo piensan aquellos/as a quienes les va bien, y en gran parte les va bien porque han heredado una posición en la que es más fácil que vaya bien. Qué triste resulta cuando esa visión del mundo la hace suya un paria que no tiene dónde caerse muerto.

En fin, debe de ser que tengo el ánimo un poco sombrío, a la par que reivindicativo, por el resultado de las elecciones. Me pregunto claro, cómo imaginar una sociedad futura donde la democracia tuviera un valor sustantivo y no meramente procedimental. En el caso de nuestra democracia representativa, el voto condensa muchas aspiraciones y deseos, prejuicios y resentimientos, a veces no pensados, si no irracionales. Cuando la participación de la ciudadanía se reduce normalmente sólo al acto de votar, puede ocurrir de todo, claro. Por eso, tal vez no sea del todo justo reprochar a los más pobres y marginados entre nosotros que hayan votado a un partido de derechas, conservadores del statu quo. O por qué aquellos y también la clase media se identifica antes con las cuitas o iniciativas de Juan Roig o de Amancio Ortega que con los problemas de sus conciudadanos/as. 

Claro está que la izquierda a la izquierda del PSOE se ha esforzado al máximo por destruirse a sí misma, de derrota en derrota hasta la derrota final. Hablo de los/las dirigentes y de su séquito, porque supongo que al electorado potencial poco lo importaba que Alberto Rodríguez fuera primero o segundo en la lista, o las rencillas que Noemí Santana mantuviera con los denominados pitistas (seguidores de Mery Pita, la anterior jefa del partido en Canarias, que posteriormente abandonó, pero sin renunciar a su escaño en el Congreso), etc.

Hace tiempo, además, que el declive de Podemos era visible, electoralmente hablando. La desintegración de los cuadros, por no hablar de los círculos, es anterior, y, al final, hasta parte de los dirigentes de mano de hierro (o de genuflexión férrea) se han ido marchando o les han ido largando. Los que tenemos memoria recordamos, por ejemplo, la dimisión de casi todos los miembros de la lista de Podemos al parlamento canario hace cuatro años, veinticuatro horas antes del cierre de candidaturas. Por otro lado, es posible, como factor añadido, que a Podemos sólo se le haya oído en los últimos meses por sus reivindicaciones feministas. No se confundan, estoy de acuerdo con esas políticas, pero a parte del electorado de izquierdas o de esos indecisos del nebuloso centro político le podría haber parecido que los beneficios en tales derechos ya estaban amortizados y la insistencia en ellos, por mucho que la realidad le diera la razón al partido, suscitara más irritación que simpatía, más cansancio que entusiasmo. Esto podría haber dado la razón, aunque indirectamente a los defensores de la "trampa de la diversidad", izquierdistas (al menos, se proclaman) que piensan que la única clase verdaderamente oprimida es la obrera, y que toda actividad política debe dirigirse por y para esa clase, desdeñando otros tipos de opresión como la femenina, étnica, etc., porque sus demandas -aseguran- solo le hacen el juego al capitalismo. Es decir, que son funcionales a él. Mi opinión, parafraseando a Axel Honneth, es que la izquierda debe hacer suyas todas las luchas contra la dominación y la explotación ya sean económicas, sexuales, étnicas o cualesquiera otras que menoscaben la autonomía y la dignidad de las personas.

También es cierto, que los medios de comunicación han estado más atentos a los desacuerdos en el Gobierno que a otra cosa, mostrando a Podemos casi siempre como el aguafiestas, como el elemento díscolo, discordante, problemático y poco fiable, sin capacidad de tener altura de Estado.

Se me ocurre pensar, en momentos de máxima melancolía, que, si la mayoría del pueblo votara lo que le conviene, hace tiempo que habrían dejado de organizarse elecciones.





La novela, grosso modo, cuenta la investigación de Jesús Arévalo acerca de la vida y obra de un tal Bebo Ríos, que murió en la carretera a los dieciocho años de edad, justo tras ganar un premio de poesía. El hallazgo por casualidad del poemario de Ríos motiva a Arévalo a comenzar una indagación que espera que resulte compensatoria tras su fracaso académico (consistente en no haber sido capaz de acabar la carrera de Filología) y que le suponga el reconocimiento del mundillo de las letras.

Bien podríamos comenzar, y casi acabarla, la reseña citando a un personaje, el poeta brasileño Paulo de Souza, quien, hablando de una obra en prosa de Bebo Ríos, titulada La isla de los muchachos hermosos, en un juego de espejos o de novela dentro de novela, afirmó: "(...) nada demasiado interesante, para ser sinceros". No obstante, y aunque no me considere prolijo en detalles por lo general, considero que hay dar las explicaciones pertinentes.

La novela no es demasiado interesante comenzando por el mismo argumento, que resulta un tanto visto, no solo de escritores/as, sino de artistas en general, ya sea por la investigación y develamiento de facetas ocultas de la vida del personaje de turno, ya como, en este caso, de su temprana, prematura muerte. O, quizá más interesante: el tema de cuantos Sócrates hay criando cerdos: es decir, cuánta gente no podrá o no ha podido desplegar sus capacidades por ser pobres, por estar explotados, por haber nacido en un contexto social en el que las oportunidades apenas existen. Esto podría perdonarse, claro, si el despliegue de la novela fuera brillante en sus aspectos lingüísticos (exuberancia verbal, estilo, etc.) como en los técnicos (construcción de la obra) o por un contenido fértil en ideas y sugerencias que desbordara ese estrecho cauce y consintiera en hablarnos de asuntos que nos conmovieran y, además, nos estimularan cognitivamente. 

Asimismo, los diálogos, sobre todo los que mantiene Bebo Ríos con su maestra Isabel, que es quien detecta la chispa de artista en él, me resultan tremendamente impostados. Me atrevo a sugerir que la insistencia del autor por adjetivar con "puto" y "cabrón/a" todo lo que piense el personaje Bebo resulta un factor importante. Pedro Flores señala, de manera iluminadora, en una entrevista, que las personas en las que se inspiró para esta novela "hablaban así". Quizá habría que recordar que transcribir el habla popular tal cual es, como si estuviera recogida en una grabadora, no suele dar buenos resultados. Por lo mismo, transcribir los hechos tal cual sucedieron suele acabar por convertirse en un ejercicio plúmbeo de naderías en su mayor parte. Siempre hay un proceso de recorte, selección y, por supuesto, de artificio para que, paradójicamente (o no tanto), lo que se cuente resulte verosímil y, sobre todo, convincente. Entiendo, pues, que el habla de los personajes carece en muchas ocasiones del necesario trabajo de invención para hacerlos naturales.

Puedo añadir que hay unos cuantos pasajes en que apenas hay sustantivo sin adjetivo, lo que resulta cargante, excesivo, como si Flores hubiera dado rienda suelta a su espíritu creador, pero en mal momento. A este respecto, he anotado numerosas metáforas bastante forzadas, que suelen corresponder a la voz de Bebo Ríos. Podríamos aceptar a regañadientes que no es Flores quien escribe así, sino Bebo, pero, de todos modos, irrita y desconcentra; también, los cambios de estilo en su relato, de coloquial-vulgar a elevado. La excusa no puede aplicarse de ningún modo al narrador de las pesquisas de Arévalo. Por cierto, a veces se habla de que tal o cual expresión es un tópico, pero aun así insiste en ella. No entiendo la razón. Si se es consciente, ¿para qué escribirlo?


Cuántas veces habría repasado ya, fatigado, que diría Borges, cada texto, cada uno de los versos como un dardo lanzado al pozo sin fondo del olvido (...) (Pág. 27)

En la calle, nos descojonamos, dentro de nuestros zapatos desgastados y sucios, como ogros rencorosos que hubieran cercenado las alas de un dragón volador. (Pág. 44)

Arrastrándose como un ciempiés gangoso (Pág. 46)

 El crepúsculo llameante y las dunas de arena casi blanca, que se mueven como paquidermos líquidos con el suave viento del mar son un mundo prístino, qué lindo adjetivo este, y abundante, tan distinto al nuestro de pisos diminutos y húmedos, escaleras con olor a meados y perros sarnosos tomando la sombra, espantando con el rabo tábanos del color del carbón, grandes como helicópteros. (Págs. 47-48)

Y le vino a la cabeza a Arévalo la piel de un tigre, un brutal animal dormido en la espesura de naftalina y abandono de una anciana avariciosa, un tigre que él volvería a la vida pasando sus dedos por la dormida piel, abriendo al mundo las fauces anquilosadas de sus carniceras páginas. Se recreó el hombre en el vértigo de su excesiva metáfora, y se relamió, si no como un tigre, al menos como un gato. (Pág. 51).

 Pero la de don José fue la primera, la que lo puso sobre el rastro, como un sabueso filológico que olisquea la ropa siempre usada, el sudor reincidente de la poesía. (Pág. 52) 

Para mí pedían siempre un refresco de naranja que yo me sentaba a beber fuera, en la acera, a la hora en que las chicharras llenan el aire del verano endémicos de esos andurriales con su letanía de violín herido. (Pág. 56)

A mí me gusta ir caminando, voy pensando en la escritura, en la poesía, este paisaje me resulta, como diría la vieja, inspirador, y no porque yo escriba poemitas sobre el paisaje, el sol o los cabrones lagartos grandes como hipopótamos que toman el calor de las piedras lisas, con las garras y los buches amarillos expuestos a la canícula, como la ofrenda antediluviana para un dios abrasador (Págs. 91-92) 

Después de su breve pero fructífera conversación telefónica con Paulo de Souza, una febrilidad mayor si cabe se apoderó de Jesús Arévalo en su tan tenaz como probablemente irrelevante empresa. Pero he aquí que se ha convertido ya nuestro hombre en siervo de su inercia investigadora, de su fantasía filológica, de su tendencia a la mitomanía, de sus ínfulas de free lance de la literatura. (Pág. 99) 

Ella bucea entonces por el intrincado y vibrante arrecife de su biblioteca, con sus patitas de rana, su arrugado cuello de tortuga, su talle de hipocampo, sus ojos de pejesapo. Busca por entre los libros, cuyos lomos desgastados por el uso son como los cascos oxidados de los pecios mortificados por las olas cuchilleras del bajío (...) (Pág. 129)

Yo soy una bicha lerda que repta por el fango sinuoso de su manglar recóndito y engulle un pajarraco zancudo y altanero, y el sabor de ese pájaro, trasegado sin conciencia a su insensato estómago tubular, acudirá a su lengua bífida muchos años más tarde, cuando, sin piel ya que mudar, casi no pueda arrastrarse por su pantano de mierda. (Pág. 143)

(...) y eran todavía las tres de la madrugada y la mañana era una anciana paquiderma que nunca llegaba al abrevadero del día. (Pág. 148)

 

Por otro lado, me produce perplejidad el narrador en tercera persona: no es solo que a veces hable en primera y otras en tercera del plural, porque podría entenderse que es un plural de modestia o aquel que se usa para incluir a los lectores, sino el tono. No es el neutral más corriente, con sus matices, sino que a veces toma partido, juzga. No se sabe quién es ni qué pretende, por qué nos cuenta la historia de Jesús Arévalo y de un poeta muerto hace tanto tiempo. Me pregunto, en definitiva, por qué he reparado en este narrador cuando en muchas otras novelas, haciendo lo mismo, la voz que cuenta pasa inadvertida. 

Por ejemplo:

Jesús Arévalo rememora los modestos sucesos de su búsqueda, que él pretende quijotesca, mientras que la guagua semivacía enfila la carretera paralela a la costa. (Pág. 51)

Recostado esa mañana en el cómodo asiento de la guagua, miraba, medio adormilado por el sol de octubre, aún cálido en la isla, el lomo de cocodrilo plateado y descomunal del mar, que, dicho sea de paso, a Jesús Arévalo nunca le había gustado demasiado, el mar, digo. (Pág. 85)

No hemos dado muchas noticias sobre la historia, características físicas o morales de Jesús Arévalo, ni lo haremos en demasía, pues poco importan, pero sí que dejaremos caer, cómo no, alguna anécdota, algún rasgo, que nos lleve a conocer, aunque solo sea someramente, al hombre que se ha embarcado en esta dudosa misión de rescate de un poeta furtivo y remoto. (Pág. 85)

Después de su breve pero fructífera conversación telefónica con Paulo de Souza, una febrilidad mayor si cabe se apoderó de Jesús Arévalo en su tan tenaz como probablemente irrelevante empresa. (Pág. 99) 

 

Los personajes secundarios están escasamente perfilados, apenas sombras. Los amigos de Bebo son casi todos parecidos, y uno tiene que revisar quién era quién cuando Arévalo los visita al cabo de los años. También, el juvenil amor de Bebo, Julia, no puede estar descrito de manera más negligente, con esos ojos "color verde gato", etc., repetidos en un par de ocasiones, por si nos hubiéramos olvidado. La maestra, doña Isabelita, caracterizada sobre todo a través del diálogo que mantiene con Ríos, no suscita apenas simpatía: resulta difícil describirla más envarada. Quizá sea Souza, el poeta brasileño, el que más se hace carne. Hasta Arévalo, el otro personaje central no genera más que una tibia empatía, de esas que no comprometen, como la que le profesamos al vecino al que le damos los buenos días, y a otra cosa.

Por otro lado, las breves menciones de aquel al mundillo literario no aportan tampoco nada apreciable ni escandaloso, y las reflexiones sobre la creación literaria, un esperable punto fuerte por ser Pedro Flores un conocido y laureado poeta, tal vez interesen a alguien. Preséntenmelo si llegan a conocerlo.

No es descartable que el escritor de La isla de los muchachos hermosos haya pecado de indolencia, de cierta laxitud en cuanto a su propia exigencia literaria en el caso que nos ocupa. Tal vez, algo se dice en la entrevista señalada, escribirla fuera más bien una tarea pendiente, y que poder publicarla le quitaría ese enojo. Señala: "No soy un novelista ni un narrador ni un escritor, sino un tipo al que en un momento dado le interesó contar la historia de un poeta ficticio". Le creo.

En otro orden de cosas, me interesa que se novelicen las disparidades sociales, la lamentable desigualdad en los puntos de partida vitales de las personas, la literatura (como cualquier otra cosa en la que se destaque) como primer peldaño para mejorar en la vida, el contentarnos con lo anterior y primar el talento y la excelencia en vez de la justicia, la dignidad y la redistribución, cosas así, entre otras. Flores escribe un par de apuntes al respecto, como, por ejemplo, en la página 43: "Nos habla de nuevo, como siempre, de los setenta, de las suecas ávidas de sol y de hombres oscuros y rudimentarios, tan distintos a aquellos suyos civilizados y correctísimos, de un mundo donde lo escabroso y lo miserable son un río subterráneo bajo el asfalto de la abundancia, tras el barniz de la opulencia". Me habría interesado mucho más esta novela si el autor se hubiese decidido a seguir por esa senda, eso sí, tras un profundo y minucioso pulimentado del estilo. No digo que todos los escritores en todas sus obras deban abogar por la emancipación de las clases oprimidas (que hay unas cuantas), pero sí constato que soy tendente a aburrirme con historias que meramente se empeñen en cartografiar el espacio sentimental personal. Hay que preguntarse por qué las cosas son como son, y no dar las cosas por sentado. Despertar del espejismo que supone creer que el mundo está dado así, y no construido. Injustamente construido.

En fin, que me desvío. Para mí, La isla de los muchachos hermosos es una novela mejorable en tantos aspectos que me pregunto si no habría sido mejor haberla reescrito por completo.



P.D. Por cierto, habría que prohibir la palabra rompecabezas a la hora de comentar la obra de que se trate, aun en el caso de que, efectivamente, fuese un libro de rompecabezas. También, que el entrevistador parafrasee la contraportada. Es triste o algo peor. También, como ya comentamos en aquella lejana reseña dedicada a aquel bodrio de El tren delantero del sin par Emilio González Déniz, decir que la obra de uno (o la del vecino, la de tu escritora favorita, etc.) es una "caja china" o un "collage" es una invitación al desprecio, porque uno (yo, al menos) tiende a pensar de inmediato que el autor se está excusando por su vagancia o por su incapacidad de estructurar con algo de lógica, si no con inteligencia, el material de que consta la obra.


P.D. Mes y medio después, Eduardo García Rojas hace una crítica casi entusiasta.