viernes, 21 de julio de 2023

Bisutería auténtica, de Daniel María

Ante la emergencia (y consolidación) de partidos políticos, movimientos y corrientes de opinión antifeministas y antitransgénero, es decir, antiigualitarias, y que suma a la falta de empatía la ausencia de compasión con los grupos humanos que más han sufrido en nuestras sociedad liberal-burguesas, la literatura puede desempeñar un papel reivindicativo no sólo desde reclamos estéticos sino también cognitivos de primer orden.

Dejando de lado genotipos, cromosomas y fenotipos, la persistencia en infligir sufrimiento de las personas trans y lgtbiq+ en general nos enseña que no pertenecer al grupo canónico de una sociedad se castiga cuanto más intolerante sea esta y más rígida su manera de establecer identidades, que se presuponen fijas, y censurar comportamientos heterodoxos o desviados. A este respecto, deberían avergonzarse aquellos/as que, en el seno de una sociedad como la nuestra, que se dice democrática, se empeñan en no respetar la autonomía de los demás. No hay mérito alguno en convivir con los semejantes a nosotros. Nuestro desarrollo ético se perfila en el contacto con otros diferentes, que, a su vez, respetan nuestra identidad y libertad. 

Es por ello asombroso  y revelador a la vez que el vector antifeminista y tránsfobo haya contribuido a la relevancia política de un partido como Vox en España, que no se esconde en su propósito de recortar derechos a los sectores sociales más vulnerables, además de favorecer a los más privilegiados. Es evidente que no ha surgido de la nada, sino que ha arraigado en un suelo nutricio favorable a él: tal vez, la nostalgia de muchos hombres resentidos con un tiempo y un mundo que ha dejado de ser comprensible y previsible. Aquel en que incluso siendo uno un explotado don nadie, siempre quedaba ser el rey de la casa, mantenedor de mujer e hijos/as, autoridad indiscutida. En muchos casos, con la seguridad de la continuidad laboral dentro de una misma empresa a lo largo de toda la vida. 

Los que ya acumulamos peso en el carnet de identidad y tenemos algo de memoria recordamos los 70 y los 80, cuando la violencia de género en el seno de la familia no era infrecuente y cuando si se recurría a la policía, se te decía que eso era "un asunto familiar"; cuando los chistes vejatorios -siempre a los discriminados: putas, maricones, sarasas, bolleras, marimachos, travelos, etc., amén de negros, moros y gitanos por no hablar de los piropos asquerosos y el menosprecio público a las mujeres- eran un pasatiempo habitual,  aplaudido con regocijo y levántense para la ovación. Siempre recuerdo el gran éxito de Martes y Trece en 1990 con su gag del "mi marido me peggggaa...". Nos partíamos la caja (que conste que Millán Salcedo ya se disculpó hace años).

Que digo yo que ya podríamos -todos y todas- mostrar compasión por los sufrientes, por los parias de este mundo, y no hacer restallar nuestro resentimiento -todos/as hemos sufrido también afrentas e injusticias, faltas de reconocimiento, pobreza en diverso grado de intensidad, etc.- en las personas que están aún peor que nosotros. Por qué apoyar a partidos y movimientos que hacen de la discriminación y del gueto su bandera, por qué sentir nostalgia por conquistas e imperios -ninguno se ha hecho sin guerra, sangre, muerte y explotación brutales-, por qué añorar edades de oro que nunca existieron ni existirán. 

Vergüenza debería darles, por la parte que toca en este blog, a esos escritores y artistas, casi siempre varones, odiadores y resabiados que hacen del menor desliz, de la menor equivocación -también las/os feministas y los/as bienintencionados/as se equivocan; sí, también los inmigrantes son capaces de cometer delitos y tomar decisiones erróneas- una causa general contra cualquier intento de hacer una sociedad mejor y más igualitaria, tal vez un mundo más acogedor o, por lo menos, no tan jodido. Tener a una mujer bajo el yugo no es un privilegio, es despotismo, y como todo despotismo, embrutecedor para las dos partes. Agredir a una persona por sentirse atraída por otra de su mismo sexo es síntoma de ruina moral. Claro que solo una de las dos es la que se lleva los golpes y humillaciones

Empujar a la marginación por razones étnicas, sexuales, religiosas o de cualquier otro tipo es colaborar con los explotadores, que, dicho sea de paso, tampoco dudarán en explotarles a ellos. El fracaso propio no debería servir de excusa para hacer sufrir a otros/as, tal vez sólo para reflexionar sobre las veleidades de la fortuna y, si se tiene algo de visión, para mostrar algo de grandeza: las ocasiones no abundan. 

Volviendo a lo que señalé al principio: la literatura puede no solo deleitar, sino también instruir:




Bisutería auténtica, de Daniel María (de quien ya hablamos por ser coautor de la novela gráfica Saritísima, en la pasada feria del libro de Las Palmas GC), es una colección de relatos que tienen como protagonistas principales a uno los grupos sociales más vilipendiados y pisoteados: las travestis. Lo destacable del asunto es que no se limita a poner el foco a personas secularmente invisibilizadas y marginadas, sino que lo hace de un modo literariamente digno de encomio. 

Ya he escrito en otras ocasiones que las buenas intenciones no bastan en al arte y la literatura. Puedes querer realzar el papel imprescindible de los periodistas o reivindicar la figura de mujeres eclipsadas y terminar escribiendo una tontería sin valor alguno. De esta tesitura, sale triunfante Daniel María, con una prosa exuberante, potente y brava. Aquí y allá pueden encontrarse pequeños fallos de estilo que bajan un poco el nivel, alguna frase corriente, algún adjetivo que me sobra, pero, en general, la forma de escribir del autor resulta más que convincente, llegando en algunos momentos a conmover, a pesar de cierta tendencia al histrionismo de sus personajes o del mismo relato. 

Aquellos me parecen creíbles, y los diálogos se adecuan sin rechinamiento a su manera de desenvolverse. La manera de contar consigue que cada uno de ellos, tanto el principal como los secundarios obren con naturalidad. No resultan impostados (ya se ha comentado aquí que algo, por ser real, no tiene por qué resultar verosímil en la ficción) sino que transmiten una viveza casi insólita, acostumbrado como está uno a leer prosa cadavérica.

Además, los relatos de Bisutería auténtica, contados todos menos uno en tercera persona, nos introducen en un mundo, al menos para mí, ajeno, mediado como ha estado siempre por estigmas y tabúes propios de una sociedad pacata y represiva, que nunca ha sabido qué hacer ni qué pensar con respecto a aquellos de sus miembros que no encajaban en la norma mayoritaria. Norma, por supuesto, producto de una convención, de cierto consenso si se quiere, pero nunca natural ni unánime y normalmente respaldada y fomentada por el poder. Además, injusta. No estemos tan seguro de ser una sociedad avanzada si todavía mantenemos en la marginalidad a tantos/as de nuestros semejantes.


Ellas, siempre ellas, aprendieron pronto a emprender solas el camino, ya fuera a la gloria o al penal. La ermita era un lugar seguro porque en ella mandaba, sí, mandaba con voz de mando, con espalda de mando, con manos de mando, mamá Gladis. La travesti veterana apenas tenía sesenta años, muy pocos para ser la mayor, la vieja, la anciana, la zorra, la osa, la pantera. 

Gladis, peluca siempre rubia, fuego en las pestañas. Gladis, apenas una melena canosa de sirena pretérita, luz de gas en los ojos, ojos como farolas del mar. Una vieja casi coja por un palizón del que se levantó con las rodillas peladas y la mano abierta. Le cruzó la cara a Antonio el Fiera y le rayó el cachete como un paso de cebra, le marcó de tan bruta que es. Fue como sobrevivir a la selva descalzo, desnudo y sin provisiones. "Un paso de cebra no -decía la Gladis-, un paso de Semana Santa, que no lo maté por no resucitarlo". (Pág. 26)


La Rubia venía una vez al mes y le cortaba el pelo a mi padre. "Igual que en la mili", le decía nada más ponerle la capa. Y la Rubia asentía, también como siempre, en cumplimiento de aquel ritual. Mi madre terminó por encariñarse de la Rubia, aunque al principio se confundía con el trato amable que mi padre le dispensaba. Aquella atención creo que llegó a provocarle celos. Pero es que se dejaba querer enseguida. Pensé siempre que sería muy difícil despreciarla. Hasta que un día me la encontré en la calle y escuché cómo la insultaban, con un odio visceral, festivo, un jolgorio violento que la obligaba a caminar cabizbaja y a paso ligero. No la dejaban respirar. (Pág. 56)


Hasta que daban las cinco de la mañana, que era la hora punta, la hora decisiva, y un silencio de catedral, de honor, se extendía por las calles. Entonces los cargadores sacaban a la Virgen del Carmen y la señora pisaba el barrio, porque era reina, soberana, emperatriz, dueña de todo. Y su niño en el brazo, que ese niño eran todas, que ese niño brillante, de pestañas como abanicos, de piel rosada, delicado, puro frágil y hermoso, con su manita de paloma, de pájara, de pichón consentido, las señalaba, las saludaba, las bendecía. 

Y ella, con su porte de estrella, de única, de perpetua, de primerísima, de inigualable, las tenía a todas a sus pies, ya arregladas, ya copias de su exceso, luciendo sus mismas pestañas de fuego, su mismo pelo impoluto, su mismo joyero de promesas, cargados los dedos, las muñecas, los cuellos, las orejas, con el destello de las piedras, de la bisutería desbocada, de las alhajas de amor y de deseo, porque su magisterio de belleza y de bondad las inspiraba, las impulsaba, las imantaba con su fuerza, su carga de luz, su poder indestructible. (Pág. 91)


Mundo clandestino, furtivo casi siempre, con ocasionales candilejas, el que se explicita en estos relatos, de estética kitsch o camp, según consideren. Eso sí, repleto de energía y pasión. El escritor, sin refocilarse, emplea, a veces, un lenguaje coloquial, o vulgar, con el que dota del tono adecuado a la trama. Tramas breves, que se desarrollan con celeridad en pocas páginas, con un argumento de base: el reconocimiento -el recordatorio- de la dignidad de unos seres humanos llamados travestis, de esas personas que, aún hoy, viven con la amenaza constante del insulto, del desprecio y de la agresión por el transgresor hecho de querer vivir su vida como quieren y de dotarse de la identidad que desean (o a la que se consideran abocadas). Eso, más allá de la pertinencia de un enunciado como "soy mujer en cuerpo de hombre" que, implicaría, paradójicamente, caer en un esencialismo de género por el que se asumiría que "ser hombre" implica tales o cuales maneras de comportarse, gustos, etc., así como "ser mujer", otros. Qué quieren que les diga, soy más butleriano que cortinista. Más constructivista que determinista.

Sea como fuere, Bisutería auténtica me parece una colección de relatos notable. Acostumbrado el público a leer que cualquier nadería sea obra maestra, marque un antes y un después y demás lamentable quincalla jabonosa, puede que le parezca poco. No, créanme, es mucho. Por supuesto, esta obra merece mayor atención que la de otros pesados que pululan por los medios de comunicación mendigando atención. Una obra diferente, como debe ser.


P.D. Otra reseña, aquí. Una entrevista al escritor, acá.



jueves, 13 de julio de 2023

Aurea mediocritas

 Todavía expectantes no solo por el futuro desenlace de las próximas elecciones generales sino, en lo que se refiere a nuestro terruño, por la composición de la jerarquía institucional en Cultura, los miembros del mundillo canario andan muditos, algunos cariacontecidos, otros esperanzados, quizá. De todos/as es conocido que al igual que la aspiración húmeda del periodista canario es formar parte del gabinete de una consejería o de un ayuntamiento, la de un miembro de la república canaria de las letras es la de disfrutar de algún tipo de sinecura, de un lugar en el Pritaneo local. Padezco la ominosa sensación de que el mundillo cultureta local está  aguardando los movimientos políticos a nivel nacional, para saber hacia dónde va la ola. Es decir, algo así como aquel que sintiera el prurito de manifestar crítica política a algún partido, hubiera decidido postergarla, no fuera a ser que aquel alcance poder el 23 de julio. Hay en juego subvenciones, ayudas, nombramientos, etc.

Por cierto, me resulta llamativo cómo aquellos hombres, que de repente se mostraron iracundos por la eclosión de una supuesta cultura de cancelación (iracundia que expelían desde grandes medios de comunicación, no lo olvidemos) se muestren tímidos y melifluos ante la censura institucional sin tapujos. Supongo que es otra de esas equidistancias que, en realidad, no son sino consentimiento de la barbarie.

No obstante, digo yo si no será una explicación de lo anterior, los indignados por el auge del feminismo y de la igualdad suelen ser escritores cuyo caudal creativo parece definitivamente agostado. Antiguas glorias, o que se quedaron en el camino, han apostado, por lo que se ve, por reconvertirse en opinadores malhumorados o en gestores culturales de lo que surja. Toda esta gente tiene todos los vicios y virtudes de la clase media, que podrían resumirse, a grandes rasgos en algo así como que mientras al individuo no le vaya del todo mal, se congratula en la aurea mediocritas; en la perenne siesta intelectual, que se confunde con tolerancia, incluso con generosidad; pero a poco que las cosas empeoren, o sienta que empeoran, encuentra dentro de sí mismo una infinita capacidad de resentimiento y hostilidad hacia los que considere sus inferiores, cabezas de turco.

En fin, ya hablaremos después de las elecciones y el panorama esté algo más despejado.

Por otro lado (ya saben que no me gusta escribir de política) podría compartir con Vds. mis nuevas adquisiciones:

-La originalidad de las vanguardias y otros mitos modernos, de Rosalind Krauss (traducción de Adolfo Gómez Cedillo).

-Todo lo que entró en crisis. Escenas de clase y crisis económica, editado por José Luis Moreno Pestaña y Jorge Costa.

-Historia falsa y otros escritos, de Luciano Canfora.

-Bisutería auténtica, de Daniel María.

-Teología política, de Carl Schmitt (traducción de Jorge Navarro Pérez, y epílogo de José Luis Villacañas).

Leído ya El 18 Brumario, de Karl Marx, con esa magnífica introducción de Clara Ramas. Por muy recurrente que sea lo de "actualidad" aquí se cumple. Léanlo y verán. Un libro clarividente y que se anticipa, entre otras virtudes, a los posteriores estudios sobre el populismo. A punto de acabar El hilo de oro, de David Hernández, puedo decir que, por un lado, impresiona la cantidad de bibliografía que uno puede sacar de este libro y la gran erudición de su autor. Por otro lado, su insistencia en el punto medio y de la moderación me irrita un poco, políticamente hablando. Es posible que la moderación no sea buena en todo momento y para todos, que solo lo sea para el que tiene mucho (o algo) que perder, pero no para los que no. En especial, para aquellos que luchan por reivindicar derechos, básicos, en muchas ocasiones. Como bien se sabe, estos se conquistan, se arrancan. Raro es que se concedan graciosamente por quien tenga la potestad o el poder. No ceder el asiento a una persona blanca en Alabama en 1955 tal vez no era un ejercicio de moderación en aquella época para protestar por la discriminación racial. Tal vez, Martin Luther King no era en absoluto un moderado. O, algo más cercano, los campesinos que en Agüimes se alzaron con violencia contra la pretensión de un noble de ocupar las tierras comunales tampoco lo eran. Citen su ejemplo preferido.

Por otro lado, y perdonen la superficialidad de mi impresión, las partes que dedica al papel de la mujer en la Antigüedad parecen congruentes con esa visión revisionista que les atribuye un papel destacado y en igualdad con los varones porque tal o cual mujer figuran en los mitos, en la literatura o porque una mujer tuvo un papel protagonista en la política, etc. Como si en la época de los Reyes Católicos, hubiese igualdad entre los sexos en Castilla porque reinaba Isabel. Asimismo, citar el 12 de octubre como la conmemoración de "una gesta indiscutible" tiene también un tufillo eurocentrista bastante decepcionante. Mi impresión es que esta obra termina por dejar a uno bastante escamado. Con lo bien que fue hasta los 3/4...




De los títulos referenciados, ya he entrado a empellones con el libro de Canfora (historiador del mundo antiguo, recuerden El mundo de Atenas, por ejemplo), que es, entre otros asuntos, una crítica al orden político italiano (y occidental) tras la crisis de 2008, y la referencia clásica a conceptos como poder, liderazgo, etc. Otro erudito. Asimismo, Todo lo que entró en crisis, con respecto a ese momento liminal histórico que fue 2008, pretende, a la manera de Bourdieu con La miseria del mundo, realizar una síntesis de análisis y entrevista de las consecuencias de la degradación de las condiciones laborales y de vida de muchos sectores de la población después de aquel fatídico año. Como también hiciera el sociólogo Richard Sennet en La corrosión del carácter. Ganas de comenzar con él.

Con respecto al libro de Krauss, llevo un par de capítulos, y lo cierto es que esta crítica de arte demuestra un nivel de análisis altísimo. De lo poco que sé del mundillo académico del arte, ella y Hal Foster son referencias inexcusables para quien quiera aprender algo de este ámbito del conocimiento y creatividad humanos. Una gozada, qué quieren que les diga. 

Poco llevo leído del libro de Daniel María, y pospongo, pues, los comentarios a una futura reseña (espero que pronto).

Teología política es donde se enuncia, creo que por primera vez: "Soberano es quien decide sobre el estado de excepción". De hecho, este libro comienza así. Es de esas lagunas que, por fin, uno se decide a rellenar y dejarse ya de referencias o glosas. Ya era hora. Para quien se interese por la política, esta obra de Schmitt y Sobre el parlamentarismo son muy importantes. Buenas críticas, pésimas soluciones. 

En fin, tengo como trescientos libros candidatos a destrozarme la cuenta corriente. Imagino que moriré sin haber leído gran parte de ellos. Pero de qué se compone la vida si no es de sueños. Pero sobre todas las demás, la gran duda que se me presenta es: ¿vale la pena a estas alturas de la vida estudiar griego clásico?


lunes, 26 de junio de 2023

Libros, veleidades y ferias

No debería sorprenderles que, así, sin previo aviso, les comunique que tengo avanzada la lectura del libro de Saul Bellow El legado de Humboldt. Comparte, por cierto, espacio en el suelo al lado de la cama con la difícil (para mí) obra de Blumenberg sobre el mito platónico de la caverna y sus alusiones filosóficas a lo largo de los tiempos (desde Aristóteles hasta... por ahora he llegado a Bacon), Salidas de caverna. Durante un tiempo estuvo también ahí la novela de Marlon James Leopardo negro, lobo rojo, pero no ha resistido la pujanza de Humboldt.

Asimismo, escribiendo las líneas anteriores, recordé que tengo iniciada la lectura de otra obra de Bellow, Herzog, pero debe de estar escondida en alguna caja de esta mudanza que nunca concluirá. No escribe nada mal este señor, obvio es. Por otro lado, tengo haciendo ejercicios de calentamiento la novela, que al parecer es la primera de una trilogía (si una novela no forma parte de una trilogía en esta época, el autor o autora no es nadie), titulada Los tres cuerpos, del autor chino Cixin Liu. Se va a poner de moda (de nuevo) porque Netflix va a estrenar una serie basada en ella. Hasta ahora he resistido la tentación. A duras penas: veleidoso que es uno.

Además de lo anterior, el otro día pasé por mi librería de referencia (trato amable: saben mi nombre, y cercanía al domicilio: básico) y compré un libro sobre arte; otro, de Marx, la novela de Liu, una monografía de análisis cultural y otro libro a cuenta de los clásicos griegos y latinos.

Libro de arte: La originalidad de la vanguardia y otros mitos modernos, de Rosalind Krauss (traducción de Adolfo Gómez Cedillo).

Libro de Marx: El 18 de Brumario de Luis Bonaparte. La novedad es el estudio previo (y la traducción) de Clara Ramas Sanmiguel, que ocupa sus buenas 50 páginas.

Libro de análisis cultural (o de lo que sea): Los antiguos y los posmodernos, de Fredric Jameson (traducción de Alcira Bixio).

Libro de inspiración clásica, sobre cuestiones políticas: El hilo de oro, de David Hernández de la Fuente.

Y Los tres cuerpos (traducción de Javier Altayó).

El martes, leyendo la Apología de Sócrates, caí en la cuenta de que había en la traducción de Gredos, a cargo de Julio Calonge, un latinajo que no venía a cuento en la boca de Sócrates ("in absentia"). Dichoso mundo este en el que encontré rápidamente a dos personas con las que pude comentar este asunto. También, en el Legado de Humboldt, el protagonista cuenta en cierto momento cómo su novia y él pasaban las tardes traduciendo a Plauto. ¿Es posible leer los Diálogos de Platón sin sentirse exquisito ni nada parecido? ¿Que sea una actividad tan cotidiana como cualquier otra en la que emplear el tiempo? Con frecuencia, en estas charlas melancólicas con personas de mi generación, afirmo que si pudiera volver a tener 17 años, con todos los medios necesarios a mi disposición, estudiaría Clásicas. Fantaseo con que estudiar estas lenguas debe suponer el ingreso en un club muy discreto, donde se habla griego antiguo con soltura y se bebe vino aguado en copas anchas proveniente de ánforas con motivos mitológicos. Cuando los miembros de este club se aburren, fornican o se postulan a dirigir el Estado. No olvidemos a Boris Johnson.

No descarto que otros/as piensen algo semejante respecto de Ingeniería o de Biología. 

Otro asunto: Javier Doreste ex-concejal de Urbanismo de LPGC que ha ido transubstanciándose en reseñador durante el último año y pico, a fin, supongo, de invertir su capital político en cultural ha proclamado que La otra vida de Ned Blackbird, de Alexis Ravelo es una "obra maestra de la literatura fantástica española". Entiendo, ya lo dije en alguna ocasión, que Ravelo sea un escritor querido, añorado y llorado, incluso que su legado literario sea leído con delectación por parte del público, pero de ahí a calificar sus novelas de "joyas literarias" (como escribió una periodista cultural en La Provincia) y, en concreto, La otra vida con ese "obra maestra" no es sólo exagerado, sino también inútil y no le hace ningún favor ni al fallecido escritor ni a los futuros lectores (también es verdad que los adjetivos que le añade Doreste a obra maestra pueden entenderse más como reductores que como intensificadores). Otro reseñador al que despreciar, por si andábamos escasos. 


Actualización del domingo, 25 de de junio

Por cierto, desde que escribí los primeros párrafos hasta este en el que estoy ahora han pasado unos cuantos días. Los bastantes para apreciar que El hilo de oro realiza un recorrido político por la Antigüedad como inspiración para, si no solucionar, al menos enmarcar muchos de los problemas de naturaleza política que padecemos hoy: la demagogia, el populismo y la crisis de la democracia, entre otros. Además, proporciona abundante bibliografía para quien quiera saber más, sobre todo, de historia antigua. Buena manera de empobrecerse monetariamente, sin duda. Debe de haber algún paraíso para los lectores que anhelan lo infinito que les queda por conocer, aun a costa de su patrimonio.

Feria del libro: finalmente estuve en el parque de San Telmo. Me dio la impresión de un evento algo desangelado. Quizá con menos casetas (tal vez, no, pero parecía que faltaban), mucha menos gente que otros años. Tampoco estaban los puestos de abalorios diversos (que tanto le gustan a mi media naranja y a los cuales, indefectiblemente, me veía arrastrado) ni los de artesanía. Ni siquiera, el de los triángulos de energía. Sí que había un grupo numeroso de adolescentes congregados dentro y frente a la carpa de la juventud. Algo es algo. 

El parque está medio en obras, por lo que la impresión general era de provisionalidad, lo que es acorde con el estado mismo del proyecto ferial. Vi por ahí a Santiago Gil, impasible el ademán, al siempre cordial Leandro Pinto y al cada vez más joven Miguel Aguerralde. Todo sea dicho, no fallan nunca en personarse. También, en un alarde de reconocimiento facial, vi a dos escritores más, de esos a los que les tengo echado el ojo, pero ya se sabe que la literatura es un mar proceloso: uno se echa a él para volver a la patria y acaba en islas ignotas.

Por casualidad, me senté pasadas las seis de la tarde en la carpa Alexis Ravelo y estuve escuchando a los autores de Saritísima (una biografía ilustrada de Sara Montiel), Daniel María y Carlos Valdivia, que estaban acompañados por tres drags (lo siento, he olvidado los nombres, pero hay foto). Una presentación interesantísima, por cierto, y que me hizo ver la figura de la actriz y cantante española de otro modo. Sin duda, brillante y aleccionadora.



Conclusiones: salvo el detalle de que la editorial publicatodo Mercurio prohibió (quizá, no prohibió, tal vez, aconsejó negativamente) a sus escritores/as acudir como invitados/as a las carpas, no he oído mayores quejas. Tampoco, elogios. Dejando aparte la referencia rutinaria de los periódicos locales, llama la atención que esta feria haya resultado desapercibida, al menos en mi círculo más próximo. Quizá la indiferencia sea el mayor mal de este tipo de saraos mercantiles-librescos, por naturaleza minoritarios y cuyo éxito se mide por el volumen de las ventas. No sé si la abulia ha sido cosa de la asociación de los/as libreros/as, del público o mía. A fin de cuentas, si resulta que en la feria de este año se ha vendido más que el pasado, todo habrá estado bien.


                     



viernes, 16 de junio de 2023

'La casa de mi padre', de Pablo Acosta

A veces, se juntan demasiadas lecturas. Al menos en mi caso, suelen ser de lo más dispar en cuanto a género y temática. Por ejemplo: Salidas de caverna, de Hans Blumenberg, sobre el mito de la caverna en La República de Platón. O El legado de Humboldt, de Saul Bellow. O Rompiendo algo, de Belén Gopegui. Por qué no, Ciudad Mori, de Sergio Mayor. También, Leopardo negro, lobo rojo, de Marlon James. Finalmente, La casa de mi padre, de Pablo Acosta. Esto es lo que llevo leyendo desde nuestro último encuentro. Cuando termine de escribir este artículo, no sería de extrañar que hubiese incorporado algún otro título más o menos extravagante.

A este respecto, he acabado, al menos, la colección de artículos y ponencias de Gopegui, libro que para todo aquel que no se plantee sólo escribir sino para qué en nuestros tiempos debería ser lectura forzosa¡. No sería extraño que cambiara su punto de vista (si es que tenía alguno) sobre la función o funciones de la literatura y del arte en general. Si no es así, al menos, resultará zarandeado. Ante las tesis de Gopegui uno se siente obligado a tener una posición, ya sea a favor o en contra. Obligado a pensar: si uno no escribe contra, ¿escribe a favor? En todo caso, el libro resultará útil para todos aquellos habitantes de la República de las Letras que abogan por la estricta separación entre política (o, al menos, su concepción de la política) y arte (lo mismo: según lo que entiendan por ello). 


La escritora trató de aprender de cuanto había leído, visto y escuchado y llegó a una conclusión. Se dijo, y dijo también a los demás, que ella no escribía por qué sino para qué. Poco a poco fue elaborando una teoría que la calmaba. La teoría rezaba más o menos como sigue: "Escribir novelas es un modo de representar la realidad, es componer historias que podrían haber sucedido y componer a la vez el mundo en que podrían haber sucedido. Componer, en fin, una realidad paralela que, entre otras cosas, nos permita establecer una comparación. Para eso escribo, pretendo construir una posición que nos faculte para mirar nuestro mundo no sólo como algo dado, inamovible, inevitable, sino también como un proyecto que se realiza a través de cada acto, de cada elección". (Pág. 227)


Ese empeño por ser apolítico en términos artísticos es lo que convierte a los artistas (muchos de los cuales se califican a sí mismos de "progresistas", de "izquierdas", etc.), en palabras de Gopegui, en "vanguardia flotante". "Prefieren ser la vanguardia de nada antes que la retaguardia de algo imperfecto, pero real" (pág. 285). Aquí lo dejo.

En otro orden de cosas, permítanme que les recuerde que dentro de nada volverá a abrir la feria de libros de Las Palmas de G.C. No por nada especial, sino porque es esta ciudad donde vivo, y desplazarme a otros lugares como Agaete o Telde, mucho menos a otra isla, para eventos similares se me antoja tarea imposible, un ocho mil sin oxígeno. Me imagino como Sócrates, que apenas salió de Atenas (para servir como hoplita). En realidad, sólo soy muy gandul.

En fin, acabada la deplorada regencia de Jorge Balbás, por fin han revelado la identidad de los miembros del nuevo equipo. También, los escritores y escritoras (o gente famosilla, en general) que vendrán, firmarán, hablarán, decepcionarán o cancelarán a última hora. Habrá que ver a quién se le otorgará tratamiento VIP (carpa Alexis Ravelo) y quién el de común. La mayoría, claro, se limitará a poner morritos frente a los ejemplares de su novela sentado en una silla. Por lo menos, acarícienles el lomo. Salúdenles, denles una galletita.

A la sazón, sería injusto afirmar que las ferias de libros (en realidad, solo me refiero a la feria del libro de Las Palmas GC) me decepcionan, porque, de entrada, nada espero. Cuando voy, encuentro lo que ya me imaginaba: casetas con los mismos libros, presentaciones entusiastas y predecibles, gente paseando con ligero desinterés, el parque de los perros en San Telmo lleno de esas bestias, etc. En las ciudades de provincias cualquier cosa que sea gratis reúne a muchas personas ociosas o que encuentran una oportunidad para salir, mas brevemente, de su marasmo vital. Por otro lado, sé que hay letraheridos (Juan Cruz, un saludo) entre Vds. que se vuelven locos por saludar al escritor o escritora de turno, ya sea por genuina admiración, ya sea por ver si se pega el aura de la fama, el fetichismo de conseguir la firma del ejemplar de su último libro... Recuerdo que una vez vino Vargas Llosa a nuestra ciudad y hasta los más izquierdistas de nuestros periodistas le llamaban, con empalagosa devoción, "maestro". 

No olviden, empero, que es una feria de libros, no una feria de la literatura. Así que podemos ser breves y comedidos en la indignación si un/a youtuber viene a promocionar su libro de consejos sobre maquillaje o un presentador de la tele quiera contarnos también en ese formato cómo superó la enfermedad X (elija la que quiera) o cualquier variación delirante sobre asuntos triviales. Eso sí, ojalá esas birrias sirvieran, como compensación, para que la organización se animara a traer a escritores/as interesantes. Claro, aquí está el problema: defínanme "interesante".

En mis fantasías, el dueño de mi librería también lee a Proust, a McCarthy y a Coetzee cuando no tiene clientes, lee a Hierro en el retrete y los fines de semana se dedica a repasar a Foucault y Bourdieu.




En lo que al libro de hoy respecta, La casa de mi padre, del tinerfeño, bien que residente en Barcelona, Pablo Acosta, viene precedida por una reseña entusiasta del voraz y omnívoro Eduardo García Rojas. Sabemos que García Rojas, salvo alguna excepción llamativa, tiende a la acritud crítica sólo cuando se dirige a los cargos políticos culturales, en especial, a Juan Márquez (de quien alguien pensó que valía para el cargo porque era músico, ya ven), lo que me parece muy bien. En lo que se refiere a las obras literarias, suele ser más blandito. Cada uno es como es.

Pues bien, La casa de mi padre no es una novela, ya nos advierte el autor. Más bien, es un viaje literario introspectivo para, como se solía decir durante un tiempo con esa expresión tremebunda, exorcizar sus demonios interiores, o, también, algo más laica, lidiar/ajustar cuentas con su pasado. En este caso, representado sobre todo por su padre. Esto no debería hacer retroceder al crítico o empujarle a caer en la tentación de utilizar el cuchillo de la margarina en vez del de la carne. Por mucho desgarramiento sentimental que se muestre, por mucha empatía que uno pueda sentir por el sufrimiento ajeno, por las variadas ordalías espirituales que haya superado, el autor no ha escrito una obra para sí mismo y guardado en el cajón, ya más sereno de espíritu por haber expulsado a Belcebú, sino que la ha, fíjense, publicado.

Resonancias bíblicas tiene el título, no obstante (Juan 14:1-3), pero lo que nos importa es que no se puede negar que el autor posee un estilo propio, un idiolecto concentrado, rítmico y, por momentos, repetitivo, lo que viene bien a ese intimismo por momentos ligeramente opresivo. Salvo alguna expresión, la prosa tiene altura, sin ser compleja, y es de lectura sencilla.

Por otro lado, el narrador en primera persona se dirige, en principio, a nosotros, como guía de un recorrido doméstico corto en extensión, largo en duración. A veces, nos sustituye por su padre, que es añorado y vituperado. Su muerte es un hito vital que propicia esta narración o, más bien, recapitulación.


Quiero extraerla de mi mente, montarla como un juguete recio, sin resquicios, tabla a tabla del parqué, esquina a esquina manchada, en estas páginas. Si esto no es un libro, es decir una novela, es porque no conozco la trama (no hay una trama), ni las motivaciones de los personajes (no hay personajes), y todo esto no son tan solo trucos de un narrador en primera persona. Así, muchas de las historias que contendrá nos llevará a callejones sin salida, porque en ellos me encuentro yo tantas veces, y mi vida no es un videojuego en el que tengas que mover un ladrillo del muro para que una puerta se abra (Págs. 11-12)


Hace años se inundó la casa de mi padre. Sin avisar, un día, cayó una tromba impensable sobre la isla y por fin la gente, al reventar de las alcantarillas, pudo echarse a la calle como tantas veces habían visto en los reportajes. Sacaron los botes hinchables del trastero para ir al rescate de viejas que venían de la compra, se habían quedado de agua hasta los sobacos y esperaban atascadas en rotondas. Los coches flotaron y se dejaron bogar hacia el mar; primero suaves nenúfares por las carreteras, después kayaks embravecidos rodando por los barrancos... (Pág. 17)


Hagamos algo. Mostraré dos imágenes del estudio que me vinieron en sueños. Primero, como en un juego, saldremos y volveremos a entrar. Miraremos lo que soñé un día, volveremos a salir y al entrar por segunda vez ya nos quedaremos allí, buscando objetos para fijar la memoria. ¿Estamos preparados? Mantendremos los ojos abiertos o no, da igual, porque mi padre aparecerá y tendremos que mirarlo con unos ojos o con otros pues mi padre en el estudio es. Y tenemos que mirarlo. Cogemos la manilla dorada, la presionamos hacia abajo. (Pág. 41).

 

El estudio queda atrás, enfilamos el pasillo. Es de día: a mitad de recorrido hay una ventana. Entra una luz inconcreta de patio de luces que se extiende como una mancha por la pared de la izquierda. Esa pared se divide en dos aglomeraciones colgadas: desde el recibidor hasta la mitad del chorro de luz, la colección de mariposas disecadas de mi padre (siempre fue un coleccionista a rachas: todo durante unos años y nada en adelante). Alas brillantes o ya cuarteadas, con el eje de extraterrestre seco, con la careta de gas del gusano microscópica, invisible, pero que imaginamos agujereada, deshaciéndose polvorosa. (Pág. 55)


Pero la lectura de La casa de mi padre no tarda en cansar. Ese recorrido habitación por habitación, que suscita recuerdos de momentos vividos con su padre y sueños, que provoca emociones y reflexiones, pronto se vuelve letárgico porque el interés decae tras unas cuantas páginas. Es posible que esto se deba, a que carece de la densidad y riqueza verbal de, por ejemplo, Georges Perec en su novela, también topográfica, La vida instrucciones de uso (y las mil y una historias que despliega el escritor francés, que toma como referencia las estancias de un edificio de viviendas). Además, esta historia es tan autocontenida, tan firme y sólida en su desarrollo (lo que debería ser una virtud) que, de modo paradójico, tiene como consecuencia la falta de capacidad de salir de sí misma, de relacionarse con nosotros, los lectores.

Me explico: creo que la razón principal de que, a medida que se avanza, uno se pregunte por qué debería interesar este asunto personal, los problemas del narrador con su padre, su obsesión por él, consiste en que estos no adquieren grandeza ni trascendencia más allá de la vida privada del escritor-narrador. No aprecio ni en la figura del padre ni en la del hijo elementos para admirar, asombrarme o detestar, nada ejemplificador, nada que me suscite una reflexión especial. 

Ya digo que tanto el dolor, el gozo como las buenas intenciones no bastan para conformar una novela aceptable (o unas memorias, si se quiere), ni mucho menos para que la crítica deba soslayar las imperfecciones. Aun así, podría haberme sentido conmovido por esta relación paterno-filial, lo cual ya habría sido algo valioso, pero tal sentimiento, lamentablemente, no llega nunca. 

Además, y es algo que se explicita dentro de la obra, a veces da la impresión de haberse construido con retales: un texto de aquí, otro texto de allá (esa rememoración de los sueños) y qué bien encaja todo, lo que ahonda, a mi juicio, en ese distanciamiento emocional:


Al principio, cuando me fui de las islas dolorido por tantas cosas (un amor obsesionante dejado allá, mi padre aún caliente en el cementerio y yo usando su dinero para continuar mis estudios en Barcelona), me compré mi primer portátil y creé un archivo que se llamaba La casa de mi padre. En él fui escribiendo durante más de diez años mis recuerdos, los sueños relacionados con él que iba teniendo, conversaciones ficticias que se iban por un sumidero. Esas páginas estaban llenas de ira y de una incomprensión que solo deseaba saber. (Pág. 88)

 

Aun así, esta obra merece consideración. Percibo una voluntad seria de creación literaria, por no hablar del mentado estilo propio del que hablé al principio una voz singular, sin duda. Es posible que mi falta de empatía no se corresponda con la de otros lectores y que lo que a mí me resulta indiferente, hasta el punto del aburrimiento, a otros/as les suscite grados variables de interés.


P.D. Otra reseña más, aparte de la de García Rojas, aquí.


jueves, 1 de junio de 2023

'La isla de los muchachos hermosos', de Pedro Flores

Para algunos, un mundo ideal sería aquel en el que cada cual recibiría según sus necesidades y daría según sus capacidades. Quizá no tan ideal para muchos, que prefieren creer que cada uno de nosotros ya recibe lo que se merece y da lo que le da la gana. Normalmente, esto último lo piensan aquellos/as a quienes les va bien, y en gran parte les va bien porque han heredado una posición en la que es más fácil que vaya bien. Qué triste resulta cuando esa visión del mundo la hace suya un paria que no tiene dónde caerse muerto.

En fin, debe de ser que tengo el ánimo un poco sombrío, a la par que reivindicativo, por el resultado de las elecciones. Me pregunto claro, cómo imaginar una sociedad futura donde la democracia tuviera un valor sustantivo y no meramente procedimental. En el caso de nuestra democracia representativa, el voto condensa muchas aspiraciones y deseos, prejuicios y resentimientos, a veces no pensados, si no irracionales. Cuando la participación de la ciudadanía se reduce normalmente sólo al acto de votar, puede ocurrir de todo, claro. Por eso, tal vez no sea del todo justo reprochar a los más pobres y marginados entre nosotros que hayan votado a un partido de derechas, conservadores del statu quo. O por qué aquellos y también la clase media se identifica antes con las cuitas o iniciativas de Juan Roig o de Amancio Ortega que con los problemas de sus conciudadanos/as. 

Claro está que la izquierda a la izquierda del PSOE se ha esforzado al máximo por destruirse a sí misma, de derrota en derrota hasta la derrota final. Hablo de los/las dirigentes y de su séquito, porque supongo que al electorado potencial poco lo importaba que Alberto Rodríguez fuera primero o segundo en la lista, o las rencillas que Noemí Santana mantuviera con los denominados pitistas (seguidores de Mery Pita, la anterior jefa del partido en Canarias, que posteriormente abandonó, pero sin renunciar a su escaño en el Congreso), etc.

Hace tiempo, además, que el declive de Podemos era visible, electoralmente hablando. La desintegración de los cuadros, por no hablar de los círculos, es anterior, y, al final, hasta parte de los dirigentes de mano de hierro (o de genuflexión férrea) se han ido marchando o les han ido largando. Los que tenemos memoria recordamos, por ejemplo, la dimisión de casi todos los miembros de la lista de Podemos al parlamento canario hace cuatro años, veinticuatro horas antes del cierre de candidaturas. Por otro lado, es posible, como factor añadido, que a Podemos sólo se le haya oído en los últimos meses por sus reivindicaciones feministas. No se confundan, estoy de acuerdo con esas políticas, pero a parte del electorado de izquierdas o de esos indecisos del nebuloso centro político le podría haber parecido que los beneficios en tales derechos ya estaban amortizados y la insistencia en ellos, por mucho que la realidad le diera la razón al partido, suscitara más irritación que simpatía, más cansancio que entusiasmo. Esto podría haber dado la razón, aunque indirectamente a los defensores de la "trampa de la diversidad", izquierdistas (al menos, se proclaman) que piensan que la única clase verdaderamente oprimida es la obrera, y que toda actividad política debe dirigirse por y para esa clase, desdeñando otros tipos de opresión como la femenina, étnica, etc., porque sus demandas -aseguran- solo le hacen el juego al capitalismo. Es decir, que son funcionales a él. Mi opinión, parafraseando a Axel Honneth, es que la izquierda debe hacer suyas todas las luchas contra la dominación y la explotación ya sean económicas, sexuales, étnicas o cualesquiera otras que menoscaben la autonomía y la dignidad de las personas.

También es cierto, que los medios de comunicación han estado más atentos a los desacuerdos en el Gobierno que a otra cosa, mostrando a Podemos casi siempre como el aguafiestas, como el elemento díscolo, discordante, problemático y poco fiable, sin capacidad de tener altura de Estado.

Se me ocurre pensar, en momentos de máxima melancolía, que, si la mayoría del pueblo votara lo que le conviene, hace tiempo que habrían dejado de organizarse elecciones.





La novela, grosso modo, cuenta la investigación de Jesús Arévalo acerca de la vida y obra de un tal Bebo Ríos, que murió en la carretera a los dieciocho años de edad, justo tras ganar un premio de poesía. El hallazgo por casualidad del poemario de Ríos motiva a Arévalo a comenzar una indagación que espera que resulte compensatoria tras su fracaso académico (consistente en no haber sido capaz de acabar la carrera de Filología) y que le suponga el reconocimiento del mundillo de las letras.

Bien podríamos comenzar, y casi acabarla, la reseña citando a un personaje, el poeta brasileño Paulo de Souza, quien, hablando de una obra en prosa de Bebo Ríos, titulada La isla de los muchachos hermosos, en un juego de espejos o de novela dentro de novela, afirmó: "(...) nada demasiado interesante, para ser sinceros". No obstante, y aunque no me considere prolijo en detalles por lo general, considero que hay dar las explicaciones pertinentes.

La novela no es demasiado interesante comenzando por el mismo argumento, que resulta un tanto visto, no solo de escritores/as, sino de artistas en general, ya sea por la investigación y develamiento de facetas ocultas de la vida del personaje de turno, ya como, en este caso, de su temprana, prematura muerte. O, quizá más interesante: el tema de cuantos Sócrates hay criando cerdos: es decir, cuánta gente no podrá o no ha podido desplegar sus capacidades por ser pobres, por estar explotados, por haber nacido en un contexto social en el que las oportunidades apenas existen. Esto podría perdonarse, claro, si el despliegue de la novela fuera brillante en sus aspectos lingüísticos (exuberancia verbal, estilo, etc.) como en los técnicos (construcción de la obra) o por un contenido fértil en ideas y sugerencias que desbordara ese estrecho cauce y consintiera en hablarnos de asuntos que nos conmovieran y, además, nos estimularan cognitivamente. 

Asimismo, los diálogos, sobre todo los que mantiene Bebo Ríos con su maestra Isabel, que es quien detecta la chispa de artista en él, me resultan tremendamente impostados. Me atrevo a sugerir que la insistencia del autor por adjetivar con "puto" y "cabrón/a" todo lo que piense el personaje Bebo resulta un factor importante. Pedro Flores señala, de manera iluminadora, en una entrevista, que las personas en las que se inspiró para esta novela "hablaban así". Quizá habría que recordar que transcribir el habla popular tal cual es, como si estuviera recogida en una grabadora, no suele dar buenos resultados. Por lo mismo, transcribir los hechos tal cual sucedieron suele acabar por convertirse en un ejercicio plúmbeo de naderías en su mayor parte. Siempre hay un proceso de recorte, selección y, por supuesto, de artificio para que, paradójicamente (o no tanto), lo que se cuente resulte verosímil y, sobre todo, convincente. Entiendo, pues, que el habla de los personajes carece en muchas ocasiones del necesario trabajo de invención para hacerlos naturales.

Puedo añadir que hay unos cuantos pasajes en que apenas hay sustantivo sin adjetivo, lo que resulta cargante, excesivo, como si Flores hubiera dado rienda suelta a su espíritu creador, pero en mal momento. A este respecto, he anotado numerosas metáforas bastante forzadas, que suelen corresponder a la voz de Bebo Ríos. Podríamos aceptar a regañadientes que no es Flores quien escribe así, sino Bebo, pero, de todos modos, irrita y desconcentra; también, los cambios de estilo en su relato, de coloquial-vulgar a elevado. La excusa no puede aplicarse de ningún modo al narrador de las pesquisas de Arévalo. Por cierto, a veces se habla de que tal o cual expresión es un tópico, pero aun así insiste en ella. No entiendo la razón. Si se es consciente, ¿para qué escribirlo?


Cuántas veces habría repasado ya, fatigado, que diría Borges, cada texto, cada uno de los versos como un dardo lanzado al pozo sin fondo del olvido (...) (Pág. 27)

En la calle, nos descojonamos, dentro de nuestros zapatos desgastados y sucios, como ogros rencorosos que hubieran cercenado las alas de un dragón volador. (Pág. 44)

Arrastrándose como un ciempiés gangoso (Pág. 46)

 El crepúsculo llameante y las dunas de arena casi blanca, que se mueven como paquidermos líquidos con el suave viento del mar son un mundo prístino, qué lindo adjetivo este, y abundante, tan distinto al nuestro de pisos diminutos y húmedos, escaleras con olor a meados y perros sarnosos tomando la sombra, espantando con el rabo tábanos del color del carbón, grandes como helicópteros. (Págs. 47-48)

Y le vino a la cabeza a Arévalo la piel de un tigre, un brutal animal dormido en la espesura de naftalina y abandono de una anciana avariciosa, un tigre que él volvería a la vida pasando sus dedos por la dormida piel, abriendo al mundo las fauces anquilosadas de sus carniceras páginas. Se recreó el hombre en el vértigo de su excesiva metáfora, y se relamió, si no como un tigre, al menos como un gato. (Pág. 51).

 Pero la de don José fue la primera, la que lo puso sobre el rastro, como un sabueso filológico que olisquea la ropa siempre usada, el sudor reincidente de la poesía. (Pág. 52) 

Para mí pedían siempre un refresco de naranja que yo me sentaba a beber fuera, en la acera, a la hora en que las chicharras llenan el aire del verano endémicos de esos andurriales con su letanía de violín herido. (Pág. 56)

A mí me gusta ir caminando, voy pensando en la escritura, en la poesía, este paisaje me resulta, como diría la vieja, inspirador, y no porque yo escriba poemitas sobre el paisaje, el sol o los cabrones lagartos grandes como hipopótamos que toman el calor de las piedras lisas, con las garras y los buches amarillos expuestos a la canícula, como la ofrenda antediluviana para un dios abrasador (Págs. 91-92) 

Después de su breve pero fructífera conversación telefónica con Paulo de Souza, una febrilidad mayor si cabe se apoderó de Jesús Arévalo en su tan tenaz como probablemente irrelevante empresa. Pero he aquí que se ha convertido ya nuestro hombre en siervo de su inercia investigadora, de su fantasía filológica, de su tendencia a la mitomanía, de sus ínfulas de free lance de la literatura. (Pág. 99) 

Ella bucea entonces por el intrincado y vibrante arrecife de su biblioteca, con sus patitas de rana, su arrugado cuello de tortuga, su talle de hipocampo, sus ojos de pejesapo. Busca por entre los libros, cuyos lomos desgastados por el uso son como los cascos oxidados de los pecios mortificados por las olas cuchilleras del bajío (...) (Pág. 129)

Yo soy una bicha lerda que repta por el fango sinuoso de su manglar recóndito y engulle un pajarraco zancudo y altanero, y el sabor de ese pájaro, trasegado sin conciencia a su insensato estómago tubular, acudirá a su lengua bífida muchos años más tarde, cuando, sin piel ya que mudar, casi no pueda arrastrarse por su pantano de mierda. (Pág. 143)

(...) y eran todavía las tres de la madrugada y la mañana era una anciana paquiderma que nunca llegaba al abrevadero del día. (Pág. 148)

 

Por otro lado, me produce perplejidad el narrador en tercera persona: no es solo que a veces hable en primera y otras en tercera del plural, porque podría entenderse que es un plural de modestia o aquel que se usa para incluir a los lectores, sino el tono. No es el neutral más corriente, con sus matices, sino que a veces toma partido, juzga. No se sabe quién es ni qué pretende, por qué nos cuenta la historia de Jesús Arévalo y de un poeta muerto hace tanto tiempo. Me pregunto, en definitiva, por qué he reparado en este narrador cuando en muchas otras novelas, haciendo lo mismo, la voz que cuenta pasa inadvertida. 

Por ejemplo:

Jesús Arévalo rememora los modestos sucesos de su búsqueda, que él pretende quijotesca, mientras que la guagua semivacía enfila la carretera paralela a la costa. (Pág. 51)

Recostado esa mañana en el cómodo asiento de la guagua, miraba, medio adormilado por el sol de octubre, aún cálido en la isla, el lomo de cocodrilo plateado y descomunal del mar, que, dicho sea de paso, a Jesús Arévalo nunca le había gustado demasiado, el mar, digo. (Pág. 85)

No hemos dado muchas noticias sobre la historia, características físicas o morales de Jesús Arévalo, ni lo haremos en demasía, pues poco importan, pero sí que dejaremos caer, cómo no, alguna anécdota, algún rasgo, que nos lleve a conocer, aunque solo sea someramente, al hombre que se ha embarcado en esta dudosa misión de rescate de un poeta furtivo y remoto. (Pág. 85)

Después de su breve pero fructífera conversación telefónica con Paulo de Souza, una febrilidad mayor si cabe se apoderó de Jesús Arévalo en su tan tenaz como probablemente irrelevante empresa. (Pág. 99) 

 

Los personajes secundarios están escasamente perfilados, apenas sombras. Los amigos de Bebo son casi todos parecidos, y uno tiene que revisar quién era quién cuando Arévalo los visita al cabo de los años. También, el juvenil amor de Bebo, Julia, no puede estar descrito de manera más negligente, con esos ojos "color verde gato", etc., repetidos en un par de ocasiones, por si nos hubiéramos olvidado. La maestra, doña Isabelita, caracterizada sobre todo a través del diálogo que mantiene con Ríos, no suscita apenas simpatía: resulta difícil describirla más envarada. Quizá sea Souza, el poeta brasileño, el que más se hace carne. Hasta Arévalo, el otro personaje central no genera más que una tibia empatía, de esas que no comprometen, como la que le profesamos al vecino al que le damos los buenos días, y a otra cosa.

Por otro lado, las breves menciones de aquel al mundillo literario no aportan tampoco nada apreciable ni escandaloso, y las reflexiones sobre la creación literaria, un esperable punto fuerte por ser Pedro Flores un conocido y laureado poeta, tal vez interesen a alguien. Preséntenmelo si llegan a conocerlo.

No es descartable que el escritor de La isla de los muchachos hermosos haya pecado de indolencia, de cierta laxitud en cuanto a su propia exigencia literaria en el caso que nos ocupa. Tal vez, algo se dice en la entrevista señalada, escribirla fuera más bien una tarea pendiente, y que poder publicarla le quitaría ese enojo. Señala: "No soy un novelista ni un narrador ni un escritor, sino un tipo al que en un momento dado le interesó contar la historia de un poeta ficticio". Le creo.

En otro orden de cosas, me interesa que se novelicen las disparidades sociales, la lamentable desigualdad en los puntos de partida vitales de las personas, la literatura (como cualquier otra cosa en la que se destaque) como primer peldaño para mejorar en la vida, el contentarnos con lo anterior y primar el talento y la excelencia en vez de la justicia, la dignidad y la redistribución, cosas así, entre otras. Flores escribe un par de apuntes al respecto, como, por ejemplo, en la página 43: "Nos habla de nuevo, como siempre, de los setenta, de las suecas ávidas de sol y de hombres oscuros y rudimentarios, tan distintos a aquellos suyos civilizados y correctísimos, de un mundo donde lo escabroso y lo miserable son un río subterráneo bajo el asfalto de la abundancia, tras el barniz de la opulencia". Me habría interesado mucho más esta novela si el autor se hubiese decidido a seguir por esa senda, eso sí, tras un profundo y minucioso pulimentado del estilo. No digo que todos los escritores en todas sus obras deban abogar por la emancipación de las clases oprimidas (que hay unas cuantas), pero sí constato que soy tendente a aburrirme con historias que meramente se empeñen en cartografiar el espacio sentimental personal. Hay que preguntarse por qué las cosas son como son, y no dar las cosas por sentado. Despertar del espejismo que supone creer que el mundo está dado así, y no construido. Injustamente construido.

En fin, que me desvío. Para mí, La isla de los muchachos hermosos es una novela mejorable en tantos aspectos que me pregunto si no habría sido mejor haberla reescrito por completo.



P.D. Por cierto, habría que prohibir la palabra rompecabezas a la hora de comentar la obra de que se trate, aun en el caso de que, efectivamente, fuese un libro de rompecabezas. También, que el entrevistador parafrasee la contraportada. Es triste o algo peor. También, como ya comentamos en aquella lejana reseña dedicada a aquel bodrio de El tren delantero del sin par Emilio González Déniz, decir que la obra de uno (o la del vecino, la de tu escritora favorita, etc.) es una "caja china" o un "collage" es una invitación al desprecio, porque uno (yo, al menos) tiende a pensar de inmediato que el autor se está excusando por su vagancia o por su incapacidad de estructurar con algo de lógica, si no con inteligencia, el material de que consta la obra.


P.D. Mes y medio después, Eduardo García Rojas hace una crítica casi entusiasta. 

martes, 16 de mayo de 2023

Sic transit gloria mundi

Aprovecho esta deliciosa temporada (probablemente, próxima a su fin) en la que he conseguido evitar lecturas soporíferas (este año sólo he padecido Leche condensada, de Aida González) o ensayos banales sobre literatura (a la manera de Elisa R. Court, para que se hagan una idea), y, en cambio, he tenido la fortuna de decidirme por obras muy gratificantes, para compartir con Vds. algunas reflexiones o, si este término les parece demasiado presuntuoso, pensamientos variados que me han ido surgiendo respecto de nuestro mundillo cultural, que, como saben, es pequeño, peludo, esponjoso y un tanto aciago.




Por un lado, me resulta difícil reconciliarme con la idea de que la antigua viceconsejera de Cultura y Deportes del Gobierno de Canarias, Dulce Xerach, se haya convertido en nuestro André Malraux porque no sólo escribe novelas policiacas, sino que, además, forma parte de jurados de premios de literatura. Ignoro si la última circunstancia se debe a los méritos contraídos por su paso por la política o por su actividad escritoril. Como saben, además escribe artículos relacionados con la arquitectura (su especialidad académica) en el suplemento cultural (o lo que sea, porque ya hace tiempo que no se sabe qué propósito tiene este cuadernillo) de Prensa Ibérica. El mundo es la escritura de Dios, según se entendía antes, y hay que saber leerla para conocerlo.


                                                     A. Malraux


Por otro, el Sr. Arroyo Silva, poeta laureado, pero que tiende a farfullar en prosa, bloquea en sus redes sociales a los críticos. No tiene nada de particular esta prudente decisión en cuanto que otros/as, algo más ilustres, ya la habían tomado antes, pero choca un poco cuando le hemos leído en varias ocasiones manifestar su respeto por la crítica ("je je je"). Como suele ser habitual, la única opinión respetable que admiten escritores como él es la elogiosa, que no necesita fundamentación. Intuyo que el mundillo poético en Canarias es aún más cenagoso y falto de oxígeno que el de la narrativa, que ya es decir.

Asimismo, considero un error el permitir que los artículos periodísticos publicados durante años se transmuten en un libro, salvo que quien los escribió hubiese mostrado una prosa deslumbrante y desplegado ideas originales y potentes. Si no es el caso, parece, a primera vista, un ejercicio de vanidad que, como mucho, solo suscita piedad (además de la esperable indiferencia). Adelanto, en calidad de representante plenipotenciario, que el Polillas al anochecer jamás lo pretenderá ni lo aceptará, y que la sola idea le provoca dolor de estómago, así que estén tranquilos/as. Tenemos varios ejemplos recientes, como Antonio Morales, muy consciente de haber escrito una obra importante; o, hace unos meses, Víctor Álamo de la Rosa, también convencido de estar legando un tesoro a la posteridad. Recuerdo, a la sazón, aquel director de periódico, cuyo nombre no recuerdo a causa de su irrelevancia, que pretendía deslumbrarnos con sus análisis geopolíticos y lo que surgiera, etc. Esta prosa de artículo periódico hay que dejarla arder una vez leída, ya digo, salvo excepciones. 

Por si les interesa, en el hueco inolvidable e imborrable (un hito) que dejó el programa homónimo del Polillas en Radio Guiniguada ya hay desde hace unas semanas (sic transit gloria mundi) otro programa cultural. No sé si es bueno, malo o todo lo contrario, como la cerveza 0,0, pero dejo nota aquí para que lo oigan y opinen. Después de pensarlo (a ratos, de manera espasmódica), he postergado cualquier proyecto podcast o radiofónico para la temporada 23-24. Veremos cuáles son entonces los compromisos que me he impuesto y mi grado de motivación. En todo caso, pensemos juntos qué tipo de programa podríamos inventarnos. Echo de menos, sí, los intercambios de ideas en vivo: no era frecuente que estuviéramos de acuerdo en todo, ni mucho menos.

Ha sido llamativo leer estos días en la prensa local el cierre de un par de fundaciones culturales por los impagos del Ayuntamiento de Las Palmas G.C., ya que estamos en vísperas de elecciones y esto puede considerarse una negligencia político-administrativa por su supuesta resonancia pública. Puede ser, también, que, en realidad, el cierre (temporal) de la sede de la fundación de Chirino y la de Francis Naranjo (de forma permanente) no le importe a casi nadie y el Ayuntamiento sea consciente de ello. Esto nos recuerda el riesgo que supone que la financiación de cualquier iniciativa (cultural o de otro tipo) esté en manos de agentes externos, sea una administración pública o un mecenas privado, y de la impostura que suele acompañar a la cultura con mayúsculas. En todo caso, acerca de la Fundación Chirino, no recuerdo que nadie la deseara, salvo el propio Chirino, el alcalde de entonces, Juan José Cardona y los demás contactos o cómplices en la política municipal que, a pesar de las críticas iniciales, han seguido esa senda plagada de espejismos de pagar por ponernos, supuestamente, en el mapa mundial de algo. Tampoco es descaminado pensar que, si desapareciera, nadie la echaría de menos.

Por esas cosas de las redes sociales, y sea debido a su algoritmo o por predestinación, caí en el muro de un escritor que en medio de un comentario decía algo así: "Me tomo un café mientras escucho la Primera de Mahler", y me recordó que suelo imaginar conversaciones con personas muy serias en las que suelto inopinadamente: "Estaba yo leyendo el Canto IX de la Ilíada cuando...". Lo que causa honda impresión, por supuesto.

Las tertulias: depende de si hay cortesía en el uso de la palabra, de que nadie se erija en sumo sacerdote o sacerdotisa y de que se considere de mal gusto proferir falacias ad hominen. Los demás non sequitur pueden deberse a ignorancia o a fallos en el razonamiento, lo que no implica mala fe. En mi opinión, una periodicidad bisemanal sería la apropiada, para dar tiempo a leer, pensar y preparar los asuntos. Si no es así, es muy posible que se caiga en el debate de barra de bar con palillo en la boca. Deberían estar organizadas de tal modo que, aunque fueran privadas, pudieran transmitirse de modo inteligible a un público imaginario. Entiendo, al respecto, que las divisiones tajantes entre literatura/arte y política que se quieran blandir son siempre incorrectas.




A la manera de Nick Hornby, pero sin su gracia, y para rematar este artículo misceláneo, les anuncio que ya obran en mi poder La isla de los muchachos hermosos, de Pedro Flores; Salidas de caverna, de Hans Blumenberg; Rompiendo algo, de Belén Gopegui y La casa de mi padre, de Pablo Acosta. Como paradójico anticlímax, me he visto compelido irresistiblemente a leer, justo cuando he vuelto a casa con los libros anteriores, una novela de Richard Powers, The echo maker, que llevaba años aguardando su turno en uno de los anaqueles.

miércoles, 10 de mayo de 2023

Lujo comunal cultural

No puedo por menos de pensar que la penúltima polémica en nuestro miserable mundillo literario (una reseña que no era reseña escrita por una reseñadora que no se veía capaz de ejercer de reseñadora, y defendida a trompicones por el escritor cuya obra era objeto de la no-reseña) carece de importancia, no por la relevancia conceptual de la estafa cometida al público lector, sino porque las denuncias públicas en contra de esta forma de proceder no cambiarán en modo alguno su frecuencia en nuestra República Canaria de las Letras. Dicho de otro modo: la capacidad de influencia de los críticos como Javier Hernández Fernández y yo mismo es mínima, no solo porque disparamos desde posiciones marginales en el territorio literario-cultural y artístico sino porque, hablando a escala más general, el aparato mediático que promueve y confirma este tipo de actitudes hacia el fenómeno literario-cultural se alinea armónicamente con intereses económicos y políticos de instituciones privadas y públicas. Estos intereses pueden traducirse en un eventual beneficio económico, pero sobre todo en otros aspectos más intangibles y perdurables, como la capacidad de ejercer influencia mediante mensajes que se solidifican en recompensas y, sobre todo, en un determinado y predominante sentido común

A este respecto, la urdimbre público-privada no tiene tanto que ver con la propaganda con las que se nos aporrea desde voces interesadas en los medios de comunicación por la que las instituciones publicas deben apoyar las iniciativas privadas provenientes del empresariado haciéndose cargo de sus externalizaciones o subvencionando aquellas directamente. Es más bien una red de estrechas conexiones entre quienes ocupan puestos de poder en las administraciones públicas u organismos semidependientes como las universidades o fundaciones y asociaciones de diversa índole, y en empresas privadas, y que se benefician de la presente constelación de posiciones y de jerarquías en los diferentes campos sociales.

En este sentido, mi impresión es que cultura entendida como la capacidad de proporcionar espectáculo y entretenimiento a la ciudadanía mediante manifestaciones artísticas de distinta índole es, y aquí parafraseo a Alain Brossat, una herramienta más (aunque privilegiada) para la cohesión social, con la finalidad de reducir el conflicto social y amortiguar el posible resentimiento de clase: cultura anestética, como bien podría decir Susan Buck-Morss. Así, el espacio abrumador dedicado en los medios locales canarios (y españoles, en general) a las reseñas positivas, al elogio desmedido de todo lo que huela a cultura y al encumbramiento sistemático de "revelaciones", "genios" y "maestros" concuerdan perfectamente con aquella intención política. Cohesión y estabilidad social son objetivos explícitos de las clases dominantes, pero como señala Benjamin, la estabilidad es buena para quien ya vive bien, no tiene por qué ser agradable ni aceptable para otros ("miseria estabilizada").

No es de extrañar, entonces, que el arte como crítica, por no hablar del análisis crítico del arte, sólo se exhibe (y del que sólo entonces se presume) cuando está desactivado, cuando puede exponerse en escenarios acolchados, casi siempre controlados por las instituciones custodias, llámense concejalía, consejería, ministerio o departamento de marketing. En ese mismo proceso los artistas suelen convertirse, al mismo tiempo, en empleados y en cómplices (léanse, a este respecto, a Laurent Cauwet). El poder nunca ha sido receptivo a la crítica, sino que reacciona de manera hosca, incluso furibunda. Lo más habitual en las sociedades avanzadas, no obstante, es el soborno al artista. 

Tampoco pensemos que el reseñador de ocasión, que es el típico por estos lares, por la nula profesionalización de esta actividad en Canarias, es plenamente consciente de lo que he señalado. Le basta con intuir que la crítica negativa resulta negativa sobre todo para quien reseña, y que nunca se le acogerá tan bien, si es que se le acoge, como cuando la reseña o comentario es positivo, porque sólo entonces, al plegarse a la opinión generalizada (impresa en mentes y corazones, aparte de en las hojas de los diarios como deber ser) se fusionará espléndidamente con el espíritu de los tiempos, y es posible, aunque para esto hay que mostrarse insistente, que una condecoración le aguarde en algún recodo de su carrera hacia la indignidad.

No nos engañemos: la crítica literaria, o artística, o cultural está denostada como no lo está la crítica abiertamente política (salvo que se critique el sistema político en su totalidad: antisistema). Esto se debe al evidente valor simbólico y a su halo de prestigio: todos podemos disentir acerca de la política, pero ¿quién puede poner en duda el arte, la belleza, la cultura? Criticar a un político local se percibe como saludable, signo de respetabilidad estándar. Criticar, en cambio, públicamente una novela o poemario de un autor local o la exposición de la artista tal no solo es muestra de inadecuación social, sino que implica anatema para el atrevido. Aún peor es criticar a una institución cultural, digamos el CAAM, la Fundación Chirino, o al mismo Chirino, que era toda una institución por sí mismo (irradiadora pero, sobre todo, receptora) o, qué sé yo, el Festival de Música de Canarias, o un espectáculo de multiculturalidad musical confortable para clases medias como es el Womad. Al fin y a la postre, todas ellas no cumplen otra función que la de servir de escaparate de meros productos de consumo. Consumo cultural para todos, tal vez, pero en sintonía con un sistema de producción de mercancías, aun artísticas en el que los papeles de productor y consumidor están claramente delineados.

Abundemos en la crítica al arte. Fijémonos en las desmesuradas reacciones de las mentes bienpensantes (de todas las ideologías) hasta un punto, en ocasiones, grotesco, respecto de las protestas de grupos de jóvenes ecologistas (casi todas mujeres) en diferentes museos del mundo. Una crítica política que también era crítica al mundo del arte resultó insoportable para buena parte de la clase política y de la periodística-opinadora. ¿Qué se ponía en cuestión? Pues tanto la inadecuación de un sistema económico-político que nos llevará más tarde o más temprano al desastre como la desacreditación de la existencia de un mundo (el artístico-cultural) independiente y, atención, en principio libre de toda culpa. Un mundo cultural sin duda sacralizado, y de ahí gran parte de la indignación fariseica, pero sobre todo empleado como el gran bálsamo social, como el mágico ungüento que alivia las desigualdades (todos juntos en el concierto de rock, aunque haya zona VIP; las masas pueden ir a la ópera, si quieren, a cultivarse el gusto, pero siempre hay palcos). Se permite criticar el dolor, pero no el paliativo.

Cabría preguntarse cuáles son las condiciones de posibilidad de una cultura para todos, pero no en el sentido de cultura subvencionada, es decir, de entradas gratis (aparentemente) para el consumidor individual, pero pagadas por el ayuntamiento local, etc., sino en el de participación ciudadana integral y, por tanto, catalizadora y canalizadora de transformaciones sociales colectivas. La posibilidad de desjerarquizar la cultura, de la participación de todos en ella, ese "lujo comunal" cultural del que habla Kristin Ross en su obra homónima. Sin duda, los grupos políticos de izquierda canarios no tienen ni idea de lo que escribo aquí. Falta de imaginación y falta de lecturas, seguro, pero también una alarmante falta de voluntad por apostar por políticas democratizadoras en el frente cultural (y no solo en este).






Bibliografía explícita:

ROSS, Kristin. Lujo comunal. El imaginario político de la Comuna de París. Madrid: 2016 (2015), Ediciones Akal. Traducción de Juanmari Madariaga.

BROSSAT, Alain. El gran hartazgo cultural. Madrid: 2016 (2008), Ediciones Dado. Traducción de David. J. Domínguez González.

BUCK-MORSS, Susan. Mundo soñado y catástrofe. La desaparición de la utopía de masas en el Este y el Oeste. Madrid: 2004. Antonio Machado Libros. Traducción de Ramón Ibáñez Ibáñez.

BENJAMIN, Walter. Calle de dirección única. Madrid: 2014, Abada Editores. Traducción de Jorge Navarro Pérez.

CAUWET, Laurent. La domesticación del arte. Política y mecenazgo. Editorial Incorpore, 2019 (2017). Traducción de Juan-Francisco Silvente.