viernes, 2 de diciembre de 2022

'Reparación del horizonte', de Víctor Álamo de la Rosa

Uno tiene la impresión, y me perdonarán (qué remedio les queda) la próxima vanagloria, que se hace más por la cultura en un blog de crítica como este o en el programa de radio homónimo que toda la panoplia institucional de actos, presentaciones y jornadas. Digo "más" porque no quiero decir que esos actos institucionales no sirvan para nada, que sí, sino que aquellos espacios que fomentan la crítica y la reflexión son más fértiles culturalmente que aquellos en los que la ciudadanía se limita a consumir.

Aun así, resulta fatigoso en algunas ocasiones y desalentador en otras tantas, comprobar cómo en los turnos de preguntas o en los debates en los que a la ciudadanía se le deja participar algunas personas son incapaces de sostener un diálogo educado y con vocación de aprendizaje. No debería sorprendernos: tan acostumbrados y resignados estamos a nuestro pasivo papel de consumidores y de subordinados políticos que la ocasión de participar de algún modo o de expresarnos en la esfera pública a veces se considera solo como posibilidad de lucimiento y tiene como consecuencia la ebriedad (para quien no sea tímido) del solipsismo. 

En el mundillo de la cultura, al menos en el caso de Canarias, la aportación del público se limita casi siempre a la de ser fan, más o menos entregado/a, a la causa de mostrar su admiración sin límites por el escritor o escritora, músico/a, actor/actriz, artista en general. Esta situación se agrava con las redes sociales, donde ese público tiene la posibilidad, casi inédita en otros momentos civilizatorios, de dirigirse a y ser respondido por el/la artista. Podría pensarse que esta posibilidad podría utilizarse no solo para el elogio, pero ya sabemos de sobra que cualquier tipo de crítica, objeción o sugerencia se suele considerar por sistema de mal gusto o algo parecido.

Sólo a regañadientes la crítica pública se acepta públicamente, sólo cuando se considera al crítico como guardián del campo cultural, sólo cuando se piensa que su aceptación o desaprobación puede comportar consecuencias en cuanto al prestigio del autor o promoción de su obra. En los demás casos, la crítica negativa es una falta de respeto, una falta de educación, un lamentable ejercicio de vanidad, la expresión de maldad congénita, etc.

Es el caso, sin ir más lejos, de la crítica de Eduardo García Rojas a la colección de cuentos de Nicolás Melini que lleva el título de Talón. Como deben saber, este crítico publica en el periódico provincial Diario de Avisos y coordina su suplemento cultural. Melini, al considerar que esta crítica negativa (entre nosotros, no demasiado) hace a García Rojas "valiente" por escribirla, no hace sino invertir, de modo ladino, los polos de la relación de fuerzas en cuanto influencia (al menos provincial) se refiere. 

Melini tiene en cuenta que García Rojas es un guardián del campo literario en Santa Cruz de Tenerife y, por lo tanto, se ve en la tesitura de elogiarlo dulcemente aunque le atice. Además, este elogio de la crítica negativa ("la única crítica negativa seria en Canarias") del crítico tinerfeño también se puede leer en comparación con el silencio de Melini respecto de la crítica de este blog, publicada quince días antes y de la que tenía conocimiento cierto. Así pues, por lo que se deduce, no la considera "seria".

Todo esto viene a cuento no a causa de que que Melini, líbreme Dios, sea para mí un escritor cuyo respeto anhele, o de que se comparta mi artículo o no, de que se me nombre o no, sino de lo que ejemplifica de secular desprecio por la crítica artística/literaria en la composición integral de la cultura, por no hablar de la asunción de jerarquías no cuestionadas y del papel del artista y de su relación con el/la crítico/a. A ver cuándo nos damos cuenta de que, sin crítica, no hay cultura, sino batiburrillo informe; de que la crítica la ejercemos queramos o no, nos demos cuenta o no. De que no hay juicio, selección, filtrado o discernimiento sin crítica. Que es rotundamente falso que la crítica de la obra artística, que de por sí tiene dimensión pública, haya que manifestarla en privado si es negativa mientras que solo el elogio debe expresarse en público. Asimismo, más les valdría a los/as artistas (y a sus fans) respetar la función de esta y el papel de los críticos/as por sí mismos y no estar besando siempre la mano del poderoso.




Y como de crítica literaria va este blog, hoy tenemos la colección de relatos (y alguna mini-cosa) titulada Reparación del horizonte, de Víctor Álamo de la Rosa, a quien ya tuvimos por aquí con aquella novela execrable titulada La ternura del caníbal. Di buena cuenta de ella porque no se puede publicar una novela como esta: imposible de leer y menos de terminar, por si no la recuerdan. 

En fin, con esta colección de relatos, aun siendo mejor que la novela (cualquier cosa es mejor que ella) confirma lo que el mismo Álamo de la Rosa señala en una entrevista: "Por ahora, siento que me he quedado sordo" (respecto de la literatura). Y no porque estos relatos sean extremadamente malos, sino porque denotan cansancio, si no hastío; a veces, incluso, me transmiten aburrimiento, eso sí, con espasmos de algo que podría haber sido y no llegó a ser. Cuentos de temática variada, de interés oscilante y con la peculiaridad de que casi todos los finales podían haber sido mejor resueltos. Siquiera con algo de oficio y no de modo tan negligente.

Aparte, el estilo. Tiene sus momentos apreciables, sí, pero molestan los habituales resabios, tan típicos por otro lado de nuestra fauna local autoril, y también la insistencia en escribir clichés (que incluso reconoce varias veces a lo largo de estos cuentos), que conducen a que la prosa se desplome en demasiadas ocasiones. Clichés no solo de expresión, sino también de pensamiento. Digamos que expresan la pereza del pensamiento, por resumir. No sé si puede decir algo peor de un escritor. Creo adivinar aquí y allá, una chispa: una chispa que no prende, es de lamentar, un deseo que no se plasma en un relato no digo ya redondo sino estimable. Un solo cuento me habría bastado (como es el caso de otros/as escritores que han pasado por aquí) para considerar que me encontraba frente a literatura y no ante un ejercicio expresivo, ante un pasatiempo o ante otra línea de currículum.


Y observar, dentro de esa panorámica surrealista que es la imaginación de un niño, esa isla desierta que, sin embargo, estaba multitudinariamente habitada por piratas con espadas y pistolas, pero también por superhéroes voladores y, siempre en caso de apuros, por el lobo feroz (el lobo siempre era feroz), calamares gigantes (¿de dónde habrá sacado eso?), un tigre, una cebra y una serpiente y, sobre todo, siempre amenazantes, siempre poderosos, los tiburones, hordas de escualos siempre dispuestos al juego. 

Y no y no y no. 

Esto, me di cuenta rápido, era mucho más peligroso de lo que parecía. Mucho. Corté de raíz todos los juegos que implicaran cuentos, narraciones, elipsis, prolepsis, analepsis, personajes, tramas y, además, para lograr que los repudiaras, te puse en el iPad el vídeo que narra cómo Don Quijote acabó flaco y loco, feo y arrugado, pobre diablo, un hazmerreír aupado a un caballo de madera, donnadie de los donnadies a ojos de todo el mundo (Pág. 15)


El oído de Clara, por su parte, cobró vida propia. Desde que nació, debió dar un paso al frente para convertirse en el principal de sus sentidos porque, cuando abandonó el orfanato, ya se manejaba a la perfección en español, inglés, alemán, francés e italiano, con esa prodigiosa facilidad para los idiomas que casi sin querer le regalaron las monjas. Desde que era un bebé, se acostumbró a oír a sor Simone en francés y a sor Gerta, quien le habló siempre en ese alemán suyo del centro de Berlín; también a sor Candelaria, con quien conversaba en el español atlántico y dulzón de Tenerife. El italiano cantarín de la Lombardía se lo inculcó sor Isotta, quien le hablaba a menudo de los hermosos lagos de su región, mientras que el más puro inglés lo escuchó de sor Angelica, quien, rígida como solo saben ser los ingleses, siempre le recriminaba su tendencia a la pronunciación norteamericana por culpa de las películas de Hollywood que la televisión brasileña pasaba una y otra vez solo con subtítulos, ignorando las ortodoxas prudencias lingüísticas de la hermana, una monja con larga cara de institutriz británica, pero más buena que el pan, que había salido del centro de la aristocracia londinense para enterrar sus días en aquel orfanato en torno al que crecía la descomunal favela de la Baixada. (Pág. 41)


Se desabrocha el cielo y ya no llueve, sino que el mundo entero parece desplomarse con prisa, diluyéndose, haciéndose solo agua que corre y corre anegando la ciudad porque ha olvidado su memoria, porque no reconoce alcantarillas ni desagües ni presas ni cauces ni barrancos. Solo piensa en correr. Correr y escuchar el mundo porque ha venido a desordenarlo, a recordarnos que todo está al revés. 

Me aburro. 

Aquí dentro. 

Más solo que la una. 

Y, sin embargo, de pronto suena la campanilla de la farmacia. Alguien ha entrado. Y me llevo un susto de mil pares porque habría apostado mi brazo derecho a que hoy no vendría nadie, ni el Tato, que todo el mundo en su sano juicio haría caso a las recomendaciones gubernamentales. Mejor en casita, viendo la tele, porque ya nadie se acuerda de leer. (Pág. 89)


Ni por la forma ni por el fondo, ni por el estilo ni por el asunto, estos cuentos merecen gran análisis, infectados como están por tamaña mezcla de languidez y desidia, también por la negligencia propia de quien es demasiado complaciente consigo mismo y no tiene quien le corrija. Quizá por la falta de estímulos que le induzcan a esforzarse por escribir algo valioso.

Por último, según parece, esta mediocre colección de relatos ha sido merecedora, por mor de esta prodigalidad institucional tan nuestra, de un galardón del Gobierno de Canarias en 2021 y de figurar en la colección Agustín Espinosa de Narrativa. No sé para qué sirve pertenecer a esa colección, salvo para presumir (y si es con obras así, tampoco). En cualquier caso, imagino que los criterios de inclusión de las obras deben de ser bastante relajados.

P.D. He encontrado una reseña elogiosa de Jorge Fonte, pero no está en la red. No se la pierdan (Canarias7, página 61, del 16/10/22) porque es abominable. Y otra aquí más normalita, pero siempre con la admiración incondicional por principio. 


POLILLAS AL ANOCHECER EN RADIO GUINIGUADA


P.D. Una reseña posterior, de enero de 2023, aquí.

martes, 15 de noviembre de 2022

'Tierras muertas', de Núria Bendiche Giró

Estaba por escribir mi opinión acerca del activismo ecológico que últimamente se ha introducido en los museos para fastidiar la conciencia (tan proclive a elevarse sobre la vil materialidad y las meros seres humanos) de los/las amantes del arte, pero como los sospechosos habituales ya se han retratado con su rasgamiento de vestiduras y aspavientos por el ultraje sobrevenido (desde los representantes de la ultraderecha más grosera hasta los de la izquierda más exquisita), me remito a lo dicho en el Polillas de Radio Guiniguada.

Menudo espectáculo lamentable, y no me refiero al protagonizado por las ecologistas. 

En otro orden de cosas, pocas novedades se "saludan" estos días en los medios de comunicación. Lo que no deja de ser una muestra de alivio espiritual y de ahorro energético, dada la enorme cantidad de baba que suele gastarse y que podría destinarse a otras actividades más lúbricas y, tal vez, más placenteras. A veces parece que, si no publica Alexis Ravelo (al que le deseamos una pronta recuperación) el mundillo literario/editorial canario parece como manso, quieto, estancado, incluso afectado por una profunda acedia. 

Para paliar esta situación, tal vez un síntoma, como suelen decir los pesados profesionales, "siempre nos quedarán los clásicos". Por lo que a mí respecta, me he hecho con el doble ejemplar de bolsillo de El hombre sin atributos, de Musil. Uno de esos tantos libros (lista casi infinita) que sirven para que nos sintamos culpables por no haberlos leído, ya que pertenecen sin duda (y sin respiro) a la conversación culta, a la cita de autoridad, a los juegos de distinción, etc. Ahora solo queda arrimarse, lo que no es baladí. Alguna otra novela tengo por ahí a la espera de un poco de calma.

De todos modos, no se mesen los cabellos como señal de desesperación. Como conocen ya la preocupación que siento por establecer un criterio reseñador que se aparte de la directriz hagiográfica imperante en los medios de comunicación en Canarias y entre los filólogos ansiosos por caer bien y ser aceptados en sociedad, pronto volveré a leer y a escribir acerca de la obra de nuestros/as escritores/as.

Hoy, respiremos un poco, y dirijamos nuestra mirada más allá de este archipiélago (que ya está bien). En concreto, a Cataluña.



Tierras muertas (Editorial Sajalín) es por lo que tengo entendido, la primera novela de esta joven escritora, Núria Bendiche Giró. Ambas características, juventud y primeriza, no son rémoras para esta obra que me resulta potente y convincente. Un aire a William Faulkner, sin duda. En concreto, con aquella novela que reseñé en el blog hace algún tiempo: Mientras agonizo: la miseria sin redención, la brutalidad sin justificación, la naturaleza humana como una tierra muerta. No obstante, la autora logra marcar su propio paso. Su estilo no es tan difícil (por calificarlo así) como el del autor estadounidense, y la escenificación de la tragedia familiar aun a pesar de no utilizar fechas ni topónimos (solo algunas palabras, como los nombres propios de los personajes y escudella y masía) es inequívocamente catalana (recordemos que está escrita en catalán, traducción al español de Ana Crespo). Eso sí, es bastante más truculenta que aquella, y Faulkner no era precisamente pudoroso.  Ante todo, tenemos una historia muy potente contada con firmeza, sin pretenciosidades juveniles ni caídas de estilo descorazonadoras. 

La muerte, la violencia y la corrupción son la tríada siniestra y, sobre todo, fatídica de esta novela, que se narra en tercera persona por un personaje diferente cada capítulo. Este entrecruzamiento de perspectivas no solo muestra el punto de vista particular, sino que hace progresar la trama. En este sentido, la estructura dista de ser tan simple como sería la simple suma de narraciones, sino que contribuye, con analepsis y prolepsis, a los consiguientes descubrimientos y reconocimientos.

Tenemos una familia nuclear numerosa: el padre, la madre, tres hijos y una hija; de ellos, un hijo tullido. Tenemos un cura, tenemos un mentecato, tenemos una prostituta, tenemos asesinos, tenemos violencia, malos tratos e incesto; tenemos miseria y mezquindad. Tenemos, por si aún no se han dado cuenta, a una familia condenada también a cien años de soledad, con sus propios estigmas, que no dejan de sangrar, sin esperanza de cauterización. Caínes y Abeles. Aquí y allá se deja traslucir una nota de comprensión o de bondad, pero son raras, y es dudoso que semillas escasas germinen en tierras tan áridas como el corazón de sus poseedores. Pecado y sufrimiento sin redención.

A pesar del aire de familia, como digo, de Faulkner (y ciertos momentos, al tremendismo como el que se etiquetó a La familia de Pascual Duarte), Bendiche escribe una novela con voz propia (perdónenme el cliché): es decir, logra que el lector (yo) no solo lea una historia, sino que habite una atmósfera familiar sin apenas oxígeno: se hace difícil pensar que algún organismo sano pueda prosperar en ella. Eso sí, la dificultad de que personajes pobres, a veces analfabetos, se expresen con naturalidad se solventa aquí utilizando un lenguaje digamos no marcado, sin giros coloquiales, vulgares o con expresiones dialectales que yo pueda apreciar, al menos en la versión en español. No estoy seguro de que sea la mejor manera de resolverla, aunque también es cierto de que existen riesgos de otro modo.


Pero no fue hasta que se acabó el vaso de vino que le había dejado sobre la barra cuando me atreví a preguntarle qué había pasado. Entonces él, sin contestarme, me cogió de la mano, como cuando me acariciaba para darme a entender que necesitaba acostarse conmigo, a mi lado, y yo me levanté y eché el pestillo de la puerta de entrada para que nadie intentara ensuciarme el local sin estar yo presente y él me guio hasta mi cuarto. Me desnudó, y yo me dejé penetrar por esas cosas que tiene el amor, por culpa del cual, pese a saber que pasa algo y que seguramente ese algo no te va a gustar, te dejas llevar e intentas que el momento de gloria se alargue al máximo como si tuvieses miedo de despertarte. Y cuando él terminó -y yo no, mi cerebro no se podía concentrar porque sabía que Jaume traía una fatalidad metida en la boca-, se puso a manosearme y mientras me sobaba los pechos me dijo: Me caso. (Págs. 58-59)


Te puedes quedar hoy y mañana y todos los días que necesites, si quieres, le dije. No, me iré mañana. Y al día siguiente se fue, sin llevarse nada, pensando que ya acumularía cosas más adelante, como si todavía le quedase mucha vida por tejer, como cuando eres joven y crees que todo está por hacer sin darte cuenta de que todo lo que has hecho ya ha empezado a entrelazarse, de que todo lo que has pensado ya te ha definido y difícilmente nada nuevo te definirá más adelante. Pero el periplo solo le duró tres años. Nunca acabó de huir del todo, y cuando cayó en la cuenta de que se trataba de una desbandada inocua y de que nunca llegaría a salir del lugar donde la vida le había puesto, regresó a la masía y una vez allí lo sorprendió la muerte. Ahora volvía a estar en el pasado, entre la sangre que lo había engendrado y al mismo tiempo destrozado, habiendo nacido solamente para oxidarse, para expulsar cualquier pensamiento tierno y todo el esfuerzo que en aquella familia se tenía que hacer para resistirse a vivir como un desgraciado. (Pág. 79)


Le quedaban pocos dientes. Con la saliva iba ablandando el pan y con la lengua garrapiñaba pedacitos que se desprendía húmedos y que no masticaba y se tragaba de golpe. Cuando acabó de engullirlo todo, insistió: Ha sido él. ¿Quién es él, señora? ¿De quién habla? La bestia. Lo ha matado la bestia. Y entonces, de pronto, las palabras de la vieja dejaron de salir de sus labios y empezaron a salir de la boca de mi madre, que en paz descanse, primero trémulas, arrugadas como un recuerdo clausurado, y luego más clarividentes; palabras que cada año, cuando celebrábamos mi cumpleaños, contaban la misma historia. (Pág.110)


Una novela tan dura que parece mentira que pudiera albergarla una autora tan joven, pero qué sé yo de sus circunstancias vitales y de su imaginación. Al fin y al cabo, juzgamos las obras por sí mismas (como los argumentos en una discusión), y no por quien las escribe (ni por quien blanda aquellos). Yo me acerco a la literatura en busca de emociones fuertes: los resabiados como Marías o Cercas o los blanditos como Vilas no me dicen nada. Bendicho, sí.


P.D. Como suelo hacer, las reseñas de la obra en cuestión que ofrezco las leo después de haber escrito la mía. Una crítica, que me ha parecido muy interesante, aquí. Otra, aquí. Y una última, aquí. Eso sí, me ha quedado claro que no fui muy original (quizá tampoco errado) en mi comparación con Faulkner...




viernes, 21 de octubre de 2022

'Doble cristal', de Nicolás Dorta

Hay mil razones para quejarse de la vida, del mundo, de la sociedad, del sistema capitalista, de la compañía eléctrica, de la sopa de sobre, de la cuñada pija, del suegro de extrema derecha, de las malas hierbas, de los insectos, del presidente de la comunidad de vecinos, de los premios Nobel, de los premios Canarias, de los premios en general, y de la mediocridad de todos y todas menos de la de uno mismo, pero la queja más habitual entre nuestros/as literatos/as no es ninguna de las anteriores sino la de la degradación social, que se encarna, cómo no, en la incapacidad de "las masas" o, simplemente, de la gente común de apreciar las obras que escriben aquellos/as. O, en su versión nostálgica, en afirmar que antes (fecha indeterminada) sí se sabía apreciar la calidad literario-artística y ahora, no.

Es posible que dichas voces y su mensaje, cantinela que amenaza con convertirse en plañidera música de fondo cultural, se tornen en algo así como sentido común. A mí, la verdad, no me parece que ningún momento del pasado constituyera una edad de oro: ni de la cultura, ni de la literatura, ni siquiera del periodismo. Mucho menos, de los valores morales. Quizá, al fin y al cabo, en el caso de nuestros escritores, sobre todo, hombres, lo que se evidencia es la percepción de una disminución de estatus: tal vez personal, pero, en especial, de la figura del hombre de letras, del escritor, tal vez del periodista con aspiraciones de intelectual. Estatus que se ha visto desafiado por los cambios culturales, en especial por los movimientos sociales (nuevos y viejos) democratizadores, y también por los tecnológicos (digitalización, Internet) y económicos (concentración empresarial, desaparición de intermediarios, precarización de los empleos). Ya esas figuras del escritor/artista intelectual, normalmente cercano al PSOE o al PP (en nuestro ecosistema, también CC), que sentaban cátedra desde su columna en el periódico o en el suplemento cultural de turno han desaparecido. Y sentaban cátedra sin discusión porque, salvo que uno fuera otra estrellita, otro guardián cultural, no había posibilidad de impugnar el discurso, de esgrimir contraargumentos, de plantear objeciones o de vocear reproches.

Hoy en día, sin embargo, uno puede, con diversa fortuna, escribir y hablar desde una multiplicidad de lugares desde los cuales, hasta cierto punto, puede hacerse oír. Incluso plantear escenarios de acción colectiva contra discursos de dominación como, sin ir más lejos, el machista o el clasista. Esto inaugura escenarios de contrarréplicas e impugnaciones que han dejado confundidos e indignados, en muchos casos, no solo a aquellos literatos-intelectuales que pontificaban a salvo de reproches (digamos los Javier Cercas, Pérez-Reverte o Javier Marías) sino gente más joven (digamos Alberto Olmos, Soto Ivars o Víctor Lenore: más jóvenes, pero ya talluditos). La última incorporación a este grupo, y lo cito por su cercanía al contexto cultural canario, más que por su relevancia social o cultural, es Nicolás Melini.

Esta es la segunda ocasión, y espero que la última, en que nombre a este escritor en cuanto crítica de la crítica, porque sería cansino para todos nosotros insistir en un asunto cuya importancia, no obstante, no es baladí. Vayamos al grano: si en algo se empeña Melini en sus escritos es en focalizar como enemigo de la cultura, de la libertad y, esto lo interpreto yo, de la Humanidad, a los colectivos feministas. Cualquier lector o lectora algo avisado/a sabe que la corriente filosófica y social más importante a la hora de abrir espacios sociales y de luchar contra la dominación política y económica ha sido el movimiento feminista. También, que la libertad se conquista y no se concede. No obstante, Melini no lo sabe, o tal vez no le parece relevante. A él lo que le pone nervioso es que en un recóndito pueblo de EE.UU. (Wisconsin, Missouri, tal vez en Columbia) alguien feminista consiguió que no se incluyera en el catálogo de una biblioteca un libro determinado o que en nuestro país se boicoteen conferencias en el paraninfo de una universidad. Puede ser: como ya señalé en el artículo anterior, cualquier idea, cualquier movimiento, cualquier reivindicación, por loables que puedan ser sus objetivos, siempre cuenta con personas cuyos actos pueden ser censurables. Esto, debería ser obvio, no desacredita el movimiento ni los objetivos. 

Melini parte de que las protestas feministas son moralistas, como si hubiera una zona cero, libre de moralidad: la suya, por ejemplo. O como si hubiera una moral buena, la que había, por poner una fecha, en los años 70 (por no remontarnos a la etapa franquista) y desde entonces solo ha habido subversión y degradación. Parece obvio señalar que con sus mismos planteamientos es posible acusar a Melini de lo mismo que acusa a los movimientos sociales feministas: de ser un moralista recalcitrante.

En fin, al interactuar en la esfera pública, muchos/as se construyen un personaje, y el personaje que suelen elegir estos literatos es el de aquel que se eleva sobre las abominables masas, sobre el vulgo adocenado, sobre esa inmensa mayoría de gente que carece del menor sentido ético y estético, que solo vive para refocilarse en su mediocridad y en su día a día, preocupada por el mero alimentarse, vivir bajo techo y quizá socializarse un poco. Y aquellos/as que protestan contra el orden que estos columnistas añoran y rechazan su discurso son tildados de enemigos de la libertad. Huelga escribir que muchos de los seguidores de estos columnistas-literatos son otros literatos, literatos en ciernes o simplemente lectores/as, que tal vez para sentirse por encima de su medianía habitual creen pertenecer al menos a un club selecto, dígase el club de las letras. Así aspiran a salvarse de la desesperación que les causa un mundo ciertamente doloroso. Qué lástima que sea despreciando a sus congéneres.



Nicolás Dorta es el autor de esta colección de cuentos titulada Doble cristal. Como recordarán, laminé a este escritor con la agudeza que me caracteriza en la reseña de su anterior libro de cuentos, Las zonas comunes. También tuvo mala suerte, el pobre, de coincidir en su publicación (y presentaciones) con el fenómeno literario y mediático en que se convirtió Panza de burro, de Andrea Abreu. De todos modos, en mi opinión, aquellos relatos eran tan sosos como el título que los recogía. 

En esta ocasión, con Doble cristal, percibo un progreso significativo. Para empezar, los relatos no aburren de entrada como muchos de aquellos. Aunque podamos objetar la trascendencia de las experiencias de vida o las anécdotas materia de ellos, se leen bien. Se nota además, una voluntad de estilo. No es que yo sea un fan de la frase corta y el punto seguido, el pase corto y el balón al pie: en este sentido soy más afín a la prosa de Sánchez Ferlosio que el modelo escolar de Azorín (que tanto daño ha hecho), soy más de Rubén Martín Giráldez y de David Foster Wallace, de George Saunders o, cómo no, Thomas Bernhard, qué le vamos a hacer, más que de Jonathan Franzen o Peter Stamm (siendo como son escritores valiosos). No obstante, nos guste o no, Dorta escribe con su estilo propio, y lo mantiene hasta el final. Yo quitaría muchos puntos y seguidos, subordinaría más oraciones, pero, claro, yo soy yo y Dorta es Dorta.

Volviendo a Doble cristal, diría que por momentos es literatura de la buena: tiene frases. Con esto quiero decir que a veces conmueven, otras hacen vibrar estéticamente. Lo malo es que a veces se pierden entre otras banales o innecesarias por evidentes o predecibles. Incluso en el mismo párrafo. En mi opinión, esto muestra que, aunque está en el camino, a Nicolás Dorta todavía le falta algo para terminar de asentar su prosa. Quizá no demasiado. En ese momento, y si (y sobre todo) tiene algo interesante que decir, algo que a nosotros nos interese leer (y no necesariamente a él escribir), puede ser que asistamos al surgimiento de un escritor digno de ese nombre. 


Y hay un instante, milagroso, cuando todo lo que tenías en la cabeza, luego en la libreta, va tomando orden, sentido. Y entonces la tensión en la nuca empieza (sic) disminuir. Los dedos van bajando la velocidad. Ya lo tienes. Quién, cómo, dónde. No importa el por qué (sic). No importa tanto. Acabas. Lo revisas, lo ajustas, lo envías, cierras la libreta. Y el cuerpo se desinfla. Tus anotaciones ya no sirven. El día ya no sirve. La noche frena la velocidad de las cosas. Calla a las voces de tu mente. El decapitador también oía voces, y les hizo caso. Los coches ya no pasan, como si hubiesen llegado todos a sus casas. Lo has enviado. Puedes ver la estela de fuego cómo se aleja. La noche te deja en suspenso. Y queda la inquietud de no haberlo contado todo. (Pág. 46- El incendio)


Al día siguiente, el sol dejaba en las nubes una luz plateada. Corrí la cortina. Pude ver otras casas separadas por una llanura de hierba. Cerca de aquí aterrizaban cada año los globos aerostáticos. Cruzaban el puente desde arriba entre aplausos. Todos esperaban el momento en que surgían detrás de la colina y caían como algodones en una llanura mucho mayor, con un escenario donde daban premios a los héroes de la travesía: al primer globo que tomaba tierra, al mejor decorado, al piloto más veterano. Eso lo leí en un folleto que una mujer amable me entregó en el aeropuerto. En grandes mesas servían comida de todo tipo. Imaginé carne, salchichas y cerveza. Los grupos locales tocando en directo. Más de mil personas se juntaban aquel día. Siempre era un éxito. Eso también lo leí. Los globos de colores, como peras flotantes, sobrevolaban el vecindario por el lado oeste. Las llamas creaban una burbuja de aire caliente capaz de levantarlos. Pensé en aquello y sonreí. (Pág. 53-El incendio)


La hermana de Alina llevaba la contabilidad del negocio y parecía estar siempre de buen humor. Karla Müller no se reía, sino que sonreía. Tenía una discreción que la hacía invisible. Vivía en silencio. La oficina de los Müller estaba dentro de la casa. Un enorme cuarto más. A veces veía a Karla tecleando como si tomara declaraciones. Giraba la cabeza un instante y subía las cejas. Luego seguía en lo suyo. La madre, en las noches cálidas, cuando su marido, el señor Walter Müller, dormía, pasaba horas sentada en el porche con una botella de vino. Allí la veíamos, al llegar. Se frotaba las manos hasta la obsesión. Parecía que iba a desvelar un secreto, pero nunca lo hacía. Nos invitaba a una copa e insistía en que todavía era temprano para irse a dormir. Sofía Müller ponía nombres a los grillos. "Oh..., ahí está otra vez el señor McIntyre, ¡justo donde lo dejé el verano pasado! ¡Anda! ¡Alina, escucha cómo frota sus alas el viejo McIntyre!", decía. La noche estaba limpia. No dejaba de mostrar más estrellas. La bruma apenas llegaba a la cintura. Surgía del mismo suelo. (Pág. 75-La pequeña Sammy)


La política era también la muerte y los muertos, el Día del Pilar, el domingo de la Fiesta, los fuegos artificiales, la familia que venía de Santa Cruz. La ensaladilla y la carne mechada. La política estaba en los carteles con la cara de mi padre en el coche del Partido. En la sintonía que salía por el megáfono de ese coche y que nos erizaba los pelos. En la caravana del primero de mayo, que acababa en el monte. Los chicos daban golpes al balón en aquel campo de tierra infinito, entre los pinos. Las porterías estaban hechas de troncos de pinos. Los columpios estaban hechos de troncos de pinos. El baño estaba hecho de troncos de pinos. La política se oía por los altavoces, cerca de donde se asaba la carne. La política estaba en la comida y en el vino. También estaba hecha de troncos de pinos, pero sobre todo de cemento, de bloques de cemento. De todo eso estaba hecho la política. (Pág. 102-Líbranos del mal)


Quiero señalar, además, para que no piensen que me estoy ablandando, que a veces he notado cierta complacencia en la repetición, que enlaza con ese gusto por la frase corta y simple: resulta monótono y sólo por poco no lleva al aburrimiento. En ocasiones, tanto nombre sin verbo me recuerda a las acotaciones de las obras de teatro. También, y esto debería ser preocupante si no se corrige, un deslizamiento, para mí de tintes fatídicos, hacia la afirmación apodíctica, a la frase sentenciosa. En ese sentido, percibo el riesgo de santiagogilización: esa pretenciosidad que pretende pasar por sabiduría y ese empalagamiento que pretende pasar por exquisitez. Obviedades esculpidas en mármol. 

¡Escritoras, escritores, huyan como de la peste de esta tentación! Ese es el problema que he reiterado en el blog: si nos empeñamos en calificar como obra genial a cualquier cosa publicada, sobre todo si el autor o autora tienen buena mano con los medios de comunicación, ¿cuáles van a ser las obras de referencia para los/as autores/as en ciernes, para los novatos? ¿Qué va a ser una buena manera de escribir? Aquí, claro, el problema no radica en el autor encumbrado de mala manera, sino de quienes lo encumbran: reseñadoras/es de ocasión sin ética y medios informativos que hacen dejación de funciones, por no decir algo peor.

Por eso, Nicolás Dorta aparte de evitar este riesgo, debería superar el problema de otros/as escritores/as que, más o menos establecidos, ya no saben de qué escribir, y se limitan a gestionar, de manera más o menos decente o vergonzosa, su capital cultural publicando naderías, recopilaciones de artículos periodísticos, novelas infames o cuentos sin aspiración a trascendencia alguna. Ese buscar o encontrar asuntos forma parte también del oficio/arte de los/as literatos/as y artistas, en general. El puro esteticismo ya lo dejamos para otro día, por favor, y solo para los excepcionalmente dotados/as. Recuerden, sobre todo, que al final de la cadena está el público lector que gasta su dinero y su tiempo en leerlos/as. Un poco de respeto, por favor.

En definitiva, para los que somos de maduración tardía, Nicolás Dorta suscita nuestra interés porque, ya cuarentón, está a un paso de consolidarse como un escritor serio e interesante. Eso es siempre una buena noticia.


P.D. Una reseña de García Rojas, aquí. Otra, de Ricardo Pérez, aquí.


POLILLAS AL ANOCHECER, EN RADIO GUINIGUADA






miércoles, 12 de octubre de 2022

'Talón', de Nicolás Melini

Esta es, como ya habrán advertido, la primera reseña de una obra de ficción después de dos meses y pico. La razón de esta demora, por si les interesara hurgar en la cuestión, es la necesidad de descansar después de tantos meses polilleros (este blog y el programa homónimo de la radio) intensos y exigentes. Digamos que la temporada 2022-2023 ha comenzado, a todos los efectos (laborales, incluidos) y que, por tanto, estaré a pleno rendimiento hasta el próximo julio, al menos. Espero que no sea frívolo pensamiento desiderativo.

Intuyo un año bullicioso, para lo bueno y para lo malo, no solo literariamente hablando, aunque esta sea nuestra principal preocupación en el blog. El año 2023 estará cargado de electoralismo y votaciones, con sus prolegómenos de debates, tertulias, programas, candidatas/os, promesas ilusionantes y crudas mentiras. Nada nuevo, claro. A veces, solo a veces, me llama la atención cómo la literatura canaria parece apresada en su solipsismo de menudencias sin prestar atención a los cambios, a veces civilizatorios, que nos van sacudiendo. No hablo solo de, digamos, literatura comprometida o algo así, sino de la capacidad de apresar los cambios en las mentalidades, en las formas de pensar, en nuestra relación con las cosas, con las personas y con la muerte, sin ir más lejos. Los/as escritores/as están para detectar esos cambios, a veces sutiles, que operan en los humanos y en las sociedades que construyen. A veces, los anticipan o prevén las posibilidades de su maduración. Por eso son artistas, no solo para meramente contar historias más o menos entretenidas, o fútilmente nostálgicas, por enternecedoras que puedan parecernos.

Asimismo, nuestro mundillo de intereses pequeños y mezquinos, como es el cultural, y que no interesa a nadie, como bien me señalaron el otro día, amenaza con perpetuar su miseria moral y en seguir manteniendo con la ciudadanía una relación basada en el consumo por esta de productos culturales y, con la clase política gobernante, en la sumisión de artistas y literatos/as, basada en la subvención, la beca y la invitación, cuando no en su absorción (es decir, la cooptación de la cultura por los intereses del poder político y económico). A veces, lo que lo hace particularmente patético, es el interés por algunos/as artistas en la pacificación cultural (recordemos, sin ir más lejos, el desgraciado manifiesto de la revista Trasdemar), estigmatizando la crítica artística y literaria, supongo que teniendo en mente que para estos personajes la cultura debe servir tanto para la cohesión social como, en clave individual, para el ascenso en su carrera. 

En otras ocasiones, y este no es un fenómeno solo canario, el disenso político y cultural se traduce en una crítica a la totalidad a los movimientos reivindicativos basados no en la clase sino en la identidad (movimientos feministas, lgtbqia+, etc.) y en jeremiadas por la supuesta pérdida de valores sacrosantos (imaginamos que los valores que se consideran dignos de conservar) dando lugar así al fenómeno del escritor-columnista resabiado y malhumorado, aunque casi siempre privilegiado o bien situado, con una gran plataforma mediática a su disposición, que, no de manera paradójica, suele atraer a gran número de lectores/as, a pesar de quejarse de manera periódica de "cancelación" (entiéndase: que ya no exista respeto debido): léanse al difunto Javier Marías, a Arturo Pérez-Reverte o, en clave menos influyente y garbosa, al autor palmero radicado en Madrid, Nicolás Melini. 

A este respecto, ya que estamos, alguien debería decirle a Melini, quizá mediante un susurro cariñoso y empático, que escribir muchas veces "woke" no le hace sociólogo, ni siquiera competente analista de la sociedad, y creer que a los escritores hombres las editoriales no les publican por la presión de un fantasmagórico lobby feminista resulta francamente descabellado. Entiendo que ridiculizar ciertas posturas es sencillo, porque en todo movimiento o reivindicación, por muy virtuosos que sean sus objetivos, siempre hay gente que se pasa de rosca, pero utilizar esa parte por el todo para descalificar a los movimientos emancipatorios no es solo falaz y reduccionista: también suele ser indicio de mala fe.  

En otro orden de cosas que no tienen que ver con su trabajo como opinador centrado en la lucha contra el feminismo totalitario o el wokismo supremacista, recordemos que Nicolás Melini escribió una notable novela allá en su juventud, El futbolista asesino, a la que dediqué una reseña (en líneas generales, elogiosa). En su momento, debió parecer una novela y un escritor diferentes, lo que en el contexto artístico de los últimos doscientos años suele ser algo bueno. Veintidos años después, la literatura que despliega Nicolás Melini en esta colección de relatos ha perdido esa singularidad, al menos en comparación con aquella novela. No conozco el resto de sus obras para apreciar si ha habido altibajos, progresión, decadencia o espirales. Tampoco sé si tuvo éxito; si, en caso de que lo tuviera, colmó sus expectativas o si le pareció que aquello era el fin de un camino y tenía que escribir cosas más serias.

En cualquier caso, en cuanto a Talón, no podemos decir que, salvo algún momento de prosa predecible, no esté escrita con corrección. Eso sí, no es una prosa reconocible o distintiva: tanto los asuntos (o la ausencia de ellos) como el estilo podrían ser el de cualquier otro escritor correcto de prosa correcta. Además, si el estilo no resulta distinguible ni vigoroso (como sí poseía la novela de El futbolista asesino), tampoco los asuntos sobre los que versan los relatos resultan especialmente interesantes o llamativos. Están impregnados, abundando en esto último, de una especie de pesimismo vital, a veces de tintes oníricos, con el que podríamos haber simpatizado, pero ya sea por los finales abruptos, ya por las magras implicaciones morales o estéticas subyacentes, nos dejan, no con ganas de haber sabido algo más, sino con escepticismo, porque intuimos que el escritor tal vez solo quiso reflejar un vago estado de ánimo o unas sensaciones brumosas, o, peor aún, no sabía a dónde dirigir el relato y prefirió dejarlo así, como con misterio. No digo que no haya momentos aquí o allá que captan la atención, algunas frases, que apuntan a algo más; tampoco, que los cuentos aburran, aunque sospecho que fue más mi voluntad reseñadora que mi interés como lector lo que me indujera a terminarlos todos.

Hay que decir, no obstante, que Melini se atreve a explorar diversos enfoques narrativos, desplegando los relatos en primera, segunda y tercera persona: se ofrecen como voces que pretenden proporcionarnos una visión peculiar, a veces demasiado breve, en mi opinión, de determinados sucesos o de aspectos del mundo. La temática, también, es variada, aunque en algún relato tengo la impresión de que eso es lo de menos.


No podía permitírselo, tenía que llegar, se dijo, y se dejó llevar cuesta abajo, más rápido, con el freno de los cuádriceps bien tenso, echado el cuerpo hacia atrás y solventando la tirantez en los muslos y las ingles con leves saltitos. Entre fachada y fachada podía ver, en algunos casos, el puerto con los barcos atracados allí, pero su lugar de destino, allá abajo, permaneció extrañamente distante. La propia distancia se había convertido en extrañeza: era una distancia enrarecida por la incertidumbre de si realmente estaba consiguiendo descender, aproximándose a su destino, o no. (Pág. 15)

Me encontraba tendido, solo en el sótano. Así había permanecido la última hora. Sin presentaciones... Él no se presentó. Llegó -apareció por un lateral, desde atrás, no lo vi hasta que lo tuve encima-, metió sus dedos en mi nariz y tiró hacia arriba. Su único comentario había sido "a ver...", y entonces sentí el látex de sus guantes por dentro del orificio nasal, enganchándome, tirando hasta deformar mi nariz como si fuera una goma, un chicle. Me quedé como suspendido en el aire, casi podía ver mi nariz entera por el rabillo del ojo, mi ojo desorbitado ante la violencia del tirón, él tirando hacia arriba, levantándome en peso... creí que mi cara iba a estallar, pero no, él tiraba más fuerte y manipuló hacia un lado y hacia otro varias veces, a un lado y a otro, a un lado y a otro (...). (Págs. 29-30)

Fuiste urgente. Desfigurado. Dirías que le gustaste. Sobre todo cuando dijiste "África".
Era una dermatóloga joven. Le enseñaste la mano, también. Esa mañana no te habías reconocido en el espejo.
Todo había empezado un día antes.
La doctora no parecía preocupada, pero sí interesada.
Tu mujer no te había acompañado porque te negaste a que lo hiciera.
Cuándo habías regresado de África, te preguntó la doctora.
Antes le dijiste que habías estado jugando al fútbol en la calle, con unos niños. Aquello la enamoró. Te lo explicaste pensando que la doctora había tenido que estudiar demasiado y apenas había podido salir del país alguna vez (Pág. 79)


Por si la impresión que puede extraerse de esta reseña hasta ahora ha sido demasiado severa, debería precisar que Melini, en la línea de esa corrección a la que aludía, no incurre en los errores habituales de escritores/as menos experimentados/as, salvo en alguna ocasión, como frases hechas o combinaciones gastadas de nombre+adjetivo o verbo+adverbio. Es lo que se suele llamar oficio. Es muy posible que otro tipo de lectores puedan, si no experimentar una orgía de emociones (este conjunto de narraciones difícilmente las suscitarán por su estilo singular o por su exuberante vocabulario) sí apreciar alguna de las páginas de Talón

Como en otros casos de autores/as reseñados/as, me parece claro que Melini tiene mimbres lingüísticos para escribir bien, pero ignoro si tiene asuntos en su bagaje de escritor que hagan que merezca la pena ese esfuerzo. Me pregunto si la imaginación y la vitalidad literarias que desplegó en aquella novela continúan existiendo. Tengo la impresión, arriesgándome a exponerles una teoría de la mente sin fundamento, de que Nicolás Melini ha acometido la redacción de estos cuentos más como una obligación que como un desafío, más como un deber que como una necesidad. Me acomete la desagradable sensación de que se han escrito sin sentimiento: no percibo dolor o regocijo, angustia, extrañamiento o éxtasis, solo, repito, cierto pesimismo vital, lo que no deja de ser previsible.

Por tanto, y para finalizar, estoy convencido de que estos relatos no constituirán ni un antes ni un después, como dirían tantos entusiastas, ni marcarán un jalón o un hito en la historia de la literatura. Tampoco tienen por qué, claro.






P.D. Una reseña muy diferente de la mía, aquí. Otra, del entusiasta amigo de todo lo que se mueva o de lo que se quede quieto, Felipe García Landín, aquí.


lunes, 26 de septiembre de 2022

Las bien merecidas vacaciones

Es bastante probable, cuando escriba estas líneas, que lleven Vds. tiempo embruteciéndose en su puesto de trabajo, que es de lo que trata la explotación y la captación de la plusvalía por el empresariado. Si Vd. es funcionario/a, no se preocupe, igual no le explotan, pero es posible que se embrutezca de todos modos. Salvo, quizá, si pertenece a la llamada nobleza de Estado. Bórrese todo lo anterior si está Vd. sin trabajo y no vive de rentas, que no está la cosa para frivolidades.

En todo caso, siempre imaginamos escenarios más felices, más acordes con nuestros deseos y pasiones, que no sabemos de dónde vienen si no es de una psique zarandeada por los imprevistos, avatares y ordalías de la vida. Puede que seamos como esa gente que dice haber sentido una vocación y no pudo cumplirla o hacer carrera de ella, o esa otra que nunca tuvo la menor oportunidad para llevar una vida digna, ni mucho menos lograda. Hay otra que muestra un semblante de puro aplomo, que nos asegura que no se ha visto zarandeada jamás, que el curso de su vida siempre ha sido rectilíneo, según un plan previsto desde la concepción. Hagamos lo que podamos y, sobre todo, intentemos ser compasivos con el prójimo.

Divago, pero, para resumir, debo reconocerles que sigo aún disfrutando de mis bien merecidas vacaciones, y en esta ocasión apenas he leído nada de ficción, por lo que poco puedo aconsejarles como suelo hacer en el trimestre veraniego. No obstante, ya me estoy pertrechando de material literario autóctono y extranjero (por establecer una dualidad que no es sino una fruslería en la mayoría de los contextos) para comenzar con fuerza la temporada 2022/2023, ya aquí, ya en el Polillas de Radio Guiniguada. Más allá de esto, soy incapaz de prever o predecir nada.


 

                                                                                                                  

Por otro lado, en el poco tiempo de que he podido disponer este agosto-septiembre, sí que he estado leyendo ensayos de variado pelaje y textura, como Talar madera. Naturaleza y límite en el pensamiento griego antiguo, de Aida Míguez Barciela, de la editorial LaOficina, y que, contra lo que pudiera parecer, es de lo más denso, pero al mismo tiempo (y no es una paradoja, ni siquiera una aporía), de lo más interesante. Y esto lo dice uno que no tiene conocimientos de griego clásico. Un aire a Felipe Martínez Marzoa, creo yo, y que en general impregna a toda la academia de nuestro país respecto del mundo griego y romano. Hablando de epígonos de este filósofo, hace poco leí también Metateoría de la política moderna (también, de LaOficina), de Guillermo Villaverde, creo que con provecho: un análisis filosófico de la teoría del contrato social desde Hobbes hasta la actualidad y su confrontación con el derecho natural medieval y su resurrección en la actualidad con la Carta de los Derechos Humanos.


   

                                                                                                              

También, y directamente relacionados entre sí, la colección de ensayos editada por José Luis Moreno Pestaña que versan sobre las clases que impartió Michel Foucault en el Collège de France (un auténtico lujazo), titulada Ir a clase con Foucault (Siglo XXI) y, acuciado por este libro, porque saben que soy muy envidioso bibliográficamente hablando, Lecciones sobre la voluntad de saber y El saber de Edipo (Akal, traducción de Horacio Pons), del ínclito filósofo francés. Precisamente es Moreno Pestaña en el primer libro quien se encarga de glosar este volumen con su correspondiente ensayo. Su mérito estriba en explicarnos y, lo que no es de menor valía, hacer interesante, los apuntes, un tanto áridos, de Foucault. Lo peor de Ir a clase con Foucault es que, así a ojo, hacernos con todos los volúmenes del Collège y algo de bibliografía secundaria puede abocarnos a la bancarrota y al concurso personal en el juzgado de Primera Instancia.

   


                                                                                                        
Asimismo, sigo leyendo pasito a pasito, un tanto suavecito, Homo Faber. Historia intelectual del trabajo 1675-1945, una monografía de más de 700 páginas, de Fernando Díez Rodríguez, una historia de los pensadores que reflexionaron acerca del concepto trabajo. También en Siglo XXI. Tarea hercúlea, sin duda, pero aprender, aprendo, que es de lo que se trata. De esos libros que un estudiante de la UNED podría aprender a temer, dado su tamaño y prolijidad, pero que ahorra tiempo al lector no tan especialista al reunir en un volumen a tantos pensadores y corrientes económicas, siempre en relación con el trabajo.

También en el terreno histórico, una obra, algo más ligera, es 1491, de Charles C. Mann. Una historia de las Américas antes de Colón, de Charles C. Mann (Capitán Swing, traducción de Miguel Martínez-Lage y Federico Corriente). Aquí el autor intenta narrarnos la historia de los pueblos, naciones e imperios que habitaban, peleaban y se expandían, junto con sus costumbres sociales, políticas y alimentarias (con su repercusión en el ecosistema), en América antes de la llegada de Cristóbal Colón y la posterior horda de aventureros europeos y los virus que trajeron con ellos y con sus animales. Más de un lugar común se pone en entredicho. Imagino que a los/las españolistas nostálgicos de imperios y supuestas glorias conquistadoras no les hará demasiada gracia.




Por último, les confieso que, para afianzar conceptos, he vuelto a leer esa obra magnífica que es Los mecanismos de la ficción, de James Wood (Taurus, traducción de Ana Herrera). Oigan: aún mejor que la primera vez (hubo prolegómenos). He conseguido subrayar y anotar más y mejor, lo que parecía difícil. Un libro indispensable para el/la aspirante a novelista, para el crítico y, no les quepa duda, para el público lector, que además podrá apuntar unas cuantas novelas más que podrían habérsele escapado. Hasta ahora, he sido poco de releer, pero dada la experiencia, creo que practicaré más esa costumbre (que siempre había leído de gente sabia, por lo que no me sentía aludido).

Esto es todo, que no es poco. 



miércoles, 17 de agosto de 2022

Trasdemar o el espíritu del mundillo cultural

Este iba a ser un artículo de recomendaciones heteróclitas, un popurrí de lecturas que, al igual que habían caído en mis manos del modo más azaroso, así iban a saltar a sus ojos, que para eso se pasan por aquí de vez en cuando, pequeños/as viciosos/as (que somos todos, y yo el primero).

He aquí, sin embargo, que la vida me ha llevado por otros derroteros. A pesar de ser agosto y de que forma parte de una provincia tricontinental; más aún con la abulia que caracteriza la sospecha de un futuro ominoso (o, al menos, incierto) algo se mueve y refunfuña, se despereza al sol y resopla. Es la poesía, sí, la poesía CANARIA.

A este respecto, nuestro (según sus propias declaraciones) ex-poeta local Iván Cabrera Cartaya, a ratos atrabiliario y a ratos acedo, nostálgico de ese mundo que nunca existió en que a cada uno/a se le calificaba por su verdadero mérito y los premios literarios se concedieran a quienes él considerara dignos de tal merecimiento (lleva una lista de injusticias y de agraviados en el bolsillo), se dignó a escribir mi nombre en su muro de Facebook criticando algo que yo nunca había afirmado: que a una obra literaria había que valorarla por el esfuerzo que suponía escribirla y no por el resultado artístico. Es llamativo que un literato (por mucha ínfulas que pudiéramos atribuirle), lector confeso de los clásicos griegos y latinos, que sabe diferenciar perfectamente a un poeta maldito de uno que no lo es, que gusta de llamar "mierda de perro" a las obras que no le gustan, es llamativo, repito, que sufra graves problemas de comprensión lectora. Eso si aplicamos el principio de caridad, porque no querría atribuirle yo mala fe.

En todo caso, celebro que alguien del mundillo literario nombre claramente a quien se critica. Si se quiere un debate de lo que sea, al menos hay que comenzar por identificar a aquel cuyas tesis se discute.

Por otro lado, y siguiendo con el club de los poetas vivos, la revista macaronésico-caribeña y un pizco sandunguera Trasdemar tuvo la gentileza de bloquearme en Twitter en fecha sin determinar. Al día siguiente de darme cuenta de esta singularidad al querer leer un tweet de Pablo Alemán (estamos hablando del 16 de agosto) ya me había desbloqueado, después de que un servidor hubiese denunciado este bloqueo en las redes sociales con mensajes a la Consejería que se ocupa de esto que han venido en llamar Cultura (que no se sabe si es igual a Arte, que no se sabe si es igual a Espectáculo o qué más da todo si sirve para lo mismo). Es posible que su enfado proviniera de un artículo de este blog de allá por el lejano año 2020. Vayan Vds. a saber cuándo se tomó la decisión de bloquear al Polillas en Twitter, porque, la verdad sea dicha, nunca había intentado leer nada suyo en esa red social.

Dicho lo anterior, Trasdemar es el enésimo intento de crear una revista literaria en Canarias, pero, qué le vamos a hacer, carece de cuajo, como otras antes. Se descuelga de vez en cuando con algo que llaman Manifiesto, que suele consistir en declaraciones altisonantes y vagas en cuanto a sus intenciones, que más o menos pueden aplaudirse desde lejos sin sentir ningún tipo de compromiso o vínculación. Como también suele ser habitual, abusan de una jerga pomposa con la que supongo que quieren que trasluzca tanto su capacidad literaria (que a nadie le importa) como su altura de miras (que a nada compromete).

El último ejemplo es esta nota editorial: aparte de su retórica hinchada repleta de tópicos (la revista es un "espacio diáfano y confluyente", "sigue fomentando el diálogo entre culturas", "espacio de encuentro", la literatura es "forma esencial de progreso y de fraternidad", encuentro dos párrafos especialmente inquietantes, no por su novedad sino por su continuismo, un continuismo descorazonador y desasosegante.

Veamos:

Con el nuevo aniversario, desde Trasdemar revalidamos nuestro compromiso de ofrecer contenidos de calidad y de actualidad, asumiendo la aspiración de unanimidad inclusiva y la participación literaria como un objetivo esencial de nuestra Revista.

 

A ver, ya sería extraño que una revista literaria asumiera el compromiso de no ofrecer contenidos de calidad: "¡Señoras y señores, vamos a ofrecerles un contenido pésimo, sin ningún interés (o como diría Iván Cabrera, "mierda de perro")!". Por otro lado, ¿me podría explicar alguien el concepto de "unanimidad inclusiva"? A mí me suena siniestro, casi goebbeliano. Un poco más adelante intentaré aclararlo.

Sigamos, el siguiente párrafo resulta demoledor:

Ante la existencia de polémicas en redes sociales y de contenidos que fomentan la confrontación y que desvalorizan la calidad de obras de autores y autoras de nuestras islas, mantenemos nuestra absoluta autonomía de criterio para no participar en discusiones virtuales que deterioran la convivencia y generan malestar público, apelando al sentido común y a la educación cívica y siguiendo como premisa el distanciamiento de aquellas conductas que faltan al respeto y que no aportan nada en el plano cultural. Esperamos que la concordia y la colaboración prevalezcan en la actualidad cultural y literaria de las islas. 


Creo que es aquí, apunto sin certeza, donde podemos entender aquel concepto de "unanimidad inclusiva". La inclusividad de la producción artística se lleva a cabo mediante una labor de reunión acrítica de todo lo publicado, todo vale si está hecho por canarios/as (imagino que también caribeños/as y macaronésicos/as en general). Unanimidad significa que todos los críticos han de mostrar su admiración y su consideración de obras valiosas. Pero, se preguntarán, ¿una obra valiosa no ha de atender a ciertos criterios artísticos, literarios? Sí, pero la evaluación final ha de ser positiva porque, de lo contrario, se está "desvalorizando" no solo las obras sino también a sus autores/as. Como lúcidamente señala un amigo mío: "La idea será abortar el debate, no sea que empiecen a decirse unos a otros lo que de verdad piensan". No encuentro mejor manera de plasmar el espíritu del mundillo cultural.

No sé qué qué piensan Vds., pero a mí me parece un criterio equivocado con algún matiz de delirio. Y si seguimos es peor, pues señalan, como si hubiese surgido un clamor social al respecto, que no van a "participar en discusiones virtuales". Muy bien, pero creer que esas "discusiones virtuales" (me imagino que se refieren a las que pueden mantenerse en Internet) "deterioran la convivencia" me parece exagerar, como mínimo, la capacidad del mundillo literario-artístico del archipiélago de generar conmociones sociales. De verdad, ¿se imaginan a la ciudadanía rompiendo escaparates, asaltando comercios, quemando coches y lanzando cócteles molotov a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado a causa de la valoración negativa de una novela de Víctor Álamo de la Rosa, un relato de Iván Cabrera o de un poemario de Samir Delgado?  Con estos mimbres, no sé qué podemos pensar ya de ese canto a "la concordia y a la colaboración"...

Es precisamente este tipo de discursos hueros y faltos de tino conceptual lo que, una y otra vez, ya sea en discursos oficiales, ya en artículos de periodismo cultural, ya en revistas literario-artísticas, aparte de dar grima, hace huir a cualquiera con dos dedos de frente de todo lo que huela a cultura. Trasdemar, me temo, no hace sino transitar, como tantas otras iniciativas culturales, por esa senda que no conduce sino a la irrelevancia, cuando no al desprecio.



domingo, 31 de julio de 2022

'Literatura fantasma', de Bruno Mesa

Iba a escribir (más bien, ya lo tenía escrito) unas cuantas banalidades sobre los reality-shows, como síntoma de las sociedades capitalistas tardías y del espectáculo, en las que hasta el ocio no es ocio si no es competitivo, coronados por esa lógica tan anglosajona de un/a único/a ganador/a después de las sucesivas purgas. No esperaba que fuera nada demasiado original, pero me apetecía compartir mis reflexiones al respecto.

Sin embargo, he aquí que cuando ya las tenía preparadas, leí una entrevista a Domingo Luis Hernández (cuya novela Veneno en el paraíso fue objeto de reseña en este blog). Ya saben que en esta querida tierra nuestra (así, en abstracto) se ha perdido toda timidez, todo pudor, en nuestros/as artistas en cuanto a glosar la propia obra. Tenemos incluso hasta reseñadores, como el inefable Sr. Santana Sanjurjo, que reseñan su propia obra. En este caso, nuestro bienamado Hernández, respondiendo a una pregunta del ínclito, meditabundo y casi siempre críptico García Rojas, acerca de su próximo libro de relatos, afirma, mediante la figura del narrador interpuesto, lo siguiente: "Un amigo leyó el manuscrito en su punto y final y me dijo que había obrado por maravilla, que cada una de las sesenta y seis narraciones del libro es un prodigio. Exagera. Pero si puedo dar esa sensación por lo logrado, mi alma se reconforta".

Por si eso fuera poco, el entrevistador, seguramente azuzado por esa respuesta, le pregunta por otro próximo libro de Hernández, este no de ficción, sino de esa cosa tan contestada que es la literatura canaria. Transcribo:

- Está a punto de presentar ‘Una literatura vertebrada’. ¿Qué pretende contarnos con este libro?

“Sí. Espero que para octubre próximo ya esté impreso. Una literatura vertebrada es no solo un libro singular para Canarias, por lo que el libro es y encara por primera vez aquí, sino absolutamente necesario para dar a entender y razonar eso que se llama, y con razón, Literatura Canaria

Necesario. Un libro "necesario" no estimado así por el público, ni por sus pares académicos, ya que todavía no se ha publicado, sino por él mismo. ¿Cuántos libros necesarios no necesitados se publican cada año en Canarias, en España? A mí me daría vergüenza decir algo así, ni siquiera pensarlo, pero ya no me sorprende encontrarme con estas vanaglorias a cada paso.

Hay más perlas, así que les paso el enlace y ya se maravillan Vds. mismos, que no es cuestión de dárselo todo masticado. 

A lo nuestro:




El libro que hoy traigo para el manoseo público e impúdico es Literatura fantasma, de Bruno Mesa. De este escritor ya analicé su libro No guardes nada en tus bolsillos, allá por 2019, año I antes de confinamiento, cuando mucho de lo que ocurre hoy no parecía posible. Es un libro de relatos, así que quienes esperaban aforismos, apotegmas o cosas parecidas, o tal vez, y yéndonos al otro extremo, la novela canaria definitiva, se sentirán decepcionados. 

En fin, tras la lectura, uno se queda con la sensación peculiar de que, junto a escenas, párrafos o momentos de gran brillantez lingüística, hay otros, tal vez demasiados, en que al autor parece sobrarle siempre un adjetivo (suele agruparlos en tres o cuatro), o un complemento del nombre o una frase. Un poco de refilado, de pulimentado no habría venido mal. De todos modos, el problema no radica ahí.

Por otro lado, leer estos cuentos supone enfrentarse a literatura seria, literatura que no pretende el ensalzamiento vacuo del propio autor, sino hacernos pensar a partir de la reflexión e imaginación de aquel. Un bosquejo de sociedades futuras o alternativas a partir de las posibilidades latentes o de las realidades que ya estamos viviendo. No obstante, el juicio que se puede hacer uno por uno es dispar:

Respecto del primero, El sendero, es la historia de un secuestro y programación de una mujer por una organización maléfica que pretende infiltrarse en todos los Estados del mundo para hacerse con el poder. Es una organización, llamada así, la Orden, y que lava el cerebro a sus acólitos y los convierte en meras herramientas de su propagación. La historia carece absolutamente de originalidad, y forma parte de esa moda distópica -moda que aparece y reaparece en ciclos como el de los pantalones de campana- en la que todo es terrible, opresivo y desesperanzado. Ya Zamiatin y Orwell parecen lejanos, demasiado lejanos, para volver a citarlos. Eso sí, el estilo de Bruno Mesa, su manera de conformar frases, su elección de las palabras muestran inteligencia y originalidad. Pero poco puede hacerse con un contenido visto mil veces y, por tanto, predecible a cada paso. Es posible que con esta historia Mesa no pretendiera en absoluto mostrar algo nuevo sino librarse, vía escritura, de una insoportable sensación de opresión mental o espiritual que le atosiga o la manera de exorcizar una historia como esa que tenía ocupándole espacio en la cabeza. No obstante, por mucho que uno pueda empatizar, creo que no hacía falta publicarla. Leerla, desde luego que no.


Lui no estaba dispuesto a seguir un minuto más con aquella farsa de los buenos misioneros, los axiomas delirantes y ese espantajo al que llamaban verdad, esa palabra con la que se llenaban la boca y que debía ser transmitida con precisión absoluta, una verdad que debería extenderse por el mundo como una medicina. No, Lui se sabía muerto y enterrado, se sentía lejos, y no estaba dispuesto a vender sus últimas horas en aquel vodevil. No era complejo imaginarse la escena. A un lado un hombre desesperado de sesenta y tres años, ahogado en aquel encierro, hastiado de repetir las necedades megalómanas de Ducicki, aquella apología del odio en nombre de una fantasía de esplendores uniformados y jerarquías, de algo que solo era un primitivo engaño envuelto con el papel de regalo de la pureza, apenas una trampa para ciervos en mitad del bosque. Al otro lado estaba el buen y honesto tribunal, los cuatro cazadores, Carla, Tonia y los dos blanquecinos evaluadores recién llegados, tan severos en su labor (Págs. 24-25)


El segundo relato, Literatura fantasma, me parece una sátira solo ligeramente inventada (con respecto a nuestra época) de la literatura como mero producto para la venta en el mercado. Producto que ya no necesita, he aquí lo singular, ni su soporte lingüístico, su contenido, porque bastan unas reseñas ampulosas y unas cuantas entrevistas para que, a quien se designe como autor/a, disfrute de una fama efímera, que sirve, a su vez, para alimentar el espectáculo mediático, que es de donde la empresa extrae sus beneficios. Aquí la ironía, por no escribir sarcasmo, está más trabajada, más amplificadas sus consecuencias en la trayectoria moral del protagonista (que escribe esas reseñas sobre libros inexistentes e imposibles). Tiene este relato un toque borgiano no solo por la relación con las reseñas inventadas sino por una adjetivación paradójica, casi siempre acertada, aunque, como ya escribí antes, a veces le sobre alguna palabra. No obstante, me parece un relato brillante porque en esta especie de parábola se expresa de manera sobresaliente una potencialidad demasiado cercana de nuestra sociedad, y plantea bien el dilema moral que supone para el protagonista reseñador. Para mí, el mejor cuento con diferencia.


Theo Gignac fue digerido por la Organización y aplaudido por su Departamento de Promoción. Esa facilidad para convertir mi crítica en espectáculo, para fagocitarlo todo, me desesperó. La maquinaria de la publicidad se puso en marcha y no falló en su objetivo. A veces se distrae, pero nunca falla. Theo Gignac se convirtió pronto en un joven y prometedor escritor, la nueva esperanza de la novela total, el enojado revolucionario estético, otro muñeco en el escaparate, otro autor de un solo libro que parece propietario del futuro, un genio más en el omnipresente bazar de la literatura fantasma. 

Todo comenzó hace veinte años, antes de conocer a Lidia, en el año 2041. Nadie desconoce que un libro que no existe será siempre, en cualquier orden crítico, muy superior a un libro vulgarmente real. Cuando un libro no existe no es posible derribarlo, no hay ningún batallón de críticos que pueda siquiera hacerle el más mínimo rasguño: el vacío es su perfección. (Pág. 46)


El tercero, La última invención de Gabriel Domin, quizá podría considerarse como un ajuste de cuentas o algo parecido, dedicado a los encuentros de escritores/as, aquí en La Palma (recordemos aquel ridículo manifiesto con ocasión de su cancelación por la erupción del volcán). Quizá sea el menos logrado porque, salvo la idea de la suplantación del protagonista, no deja de repetir lo que ya se ha convertido en todo un tópico: la execración contra este tipo de eventos literarios y los personajes que lo pueblan. Creo que ciertos temas, por resobados, solo admiten ya una mirada punki o navajera, a la par que inteligente (lo que me recuerda en lo que fracasó aquella pésima novela de Elio Quiroga, Berlinale): tarea nada sencilla, claro. Todos sabemos que de los encuentros literarios no puede sacarse nada bueno, salvo algunos cotilleos, y a la inutilidad se le añade el oprobio cuando están financiados con dinero de las instituciones públicas. No creo que ningún/a escritor/a haya experimentado una epifanía literaria tras la obligada ingesta de canapés en estos eventos o en mitad de una ponencia acerca de las dificultades de traducir la literatura macaronésica a un idioma continental. Alguna vez leí, en clave pragmática, que era bueno que los escritores asistieran a estas cosas con el fin de hacer contactos. No hace tanto tiempo, el artista tenía un agente, tal vez un representante si se le multiplicaban los deberes. En esta época, y por razones de la digitalización, la fusión de las grandes editoriales, etc., es posible que para la mayoría de los/as que aspiran a vivir de la escritura (o de cualquier arte) no haya otra salida que la de convertirse en personas-orquesta. Al final, quiérase o no, lo que no puede calcularse o subvencionarse es el talento, por mucha red amical/profesional de que se disponga, aunque, en ocasiones, el artificio y la impostura pueden disimularse un tiempo.

En todo caso, creo que el autor no acierta con el tono ni logra proporcionarles carnalidad a los personajes, en especial al protagonista. Quizá una narración menos vitriólica, algo más fina, y también más extensa, porque las motivaciones no están demasiado claras, habrían desembocado en un relato estimable.


El segundo día de festival se empezaron a formar grupos, corrillos herméticos, cápsulas de seguridad, pandillas etílicas y pelotones de fusilamiento estético. Por un lado estaban los latinos exiliados en España, que hacían piña, afilaban el colmillo y se reconocían el heroísmo; el gallináceo club de los provincianos iba como descuajeringado, atravesado por discusiones lingüísticas y fábulas de capirote; la trinidad oficialista despachaba gestos abaciales, recogía agradecimientos y devolvía consejos paternales; en el cogollo de los novelistas castellanos se hablaba un idioma testicular y se deploraban los exotismos gastronómicos; no faltaba el departamento de los profesores universitarios, amarillento como un cuaderno de notas nunca actualizado, donde crecían las enredaderas más robustas; estaba la descompuesta familia de los periodistas que cubrían el festival, solo unificada por los lazos de la urgencia, la precariedad y la socarronería; y luego existía media docena de ramas con seres sin brújula, poetas con producción espontánea de salmos urbanos y mohosos, tímidos aforistas, principiantes solitarios, traductores del iraní, cirróticas glorias olvidadas a las que nadie saluda, espectros que acompañan a otros espectros que alguna vez escribieron algo que mereció un premio más o menos irreal. En una de esas ramas estaba él, increíble y cierto, posado como un pájaro orgulloso, casi Gabriel, casi Domin. (Págs. 79-80)


En cuanto al cuarto, El arte del espacio, tengo opiniones encontradas. Por un lado, el comienzo me resulta prometedor y muestra el germen de una idea que, sin ser la cima de la originalidad, sí que podría haber dado lugar a algo interesante: la progresión o deriva del arte moderno y su imbricación con la sociedad que la ha generado, el papel del/la artista y su influencia transformadora, la connivencia del mecenazgo político con una determinada función del arte, etc. Por otro, el desarrollo del relato no resulta satisfactorio: lleva a situaciones no solo que resultan inverosímiles, sino desquiciadas. Pero no es un desquiciamiento fértil, sino, digamos, nihilista, que malogra aquella idea llevándola a un callejón sin salida.


El arte del espacio resultó ser una representación teatral que tenía por objeto revelar la brutal naturaleza humana. Todos estuvieron de acuerdo en que no hacía falta esa fanfarria de prohibiciones para demostrar semejante afirmación, y que hubiera bastado con repasar muy levemente un libro sobre la reciente historia de Europa para llegar a esa misma conclusión. Quizá sea pedir demasiado. La exposición de Galina Salnikov era una tautología, y estaba claro que con ella no pretendía iluminar nuestra inteligencia, sino erizar nuestra desesperación. 

Podría haberse dedicado a otra labor, pensaron muchos moscovitas. Podría abandonar el ingrato campo del arte y utilizar sus habilidades proféticas dirigiendo una comisaría o vegetando en una embajada caribeña. Se elevaron súplicas. (Pág. 99)


Del quinto, Taxon, de podría decir lo mismo que del primero, lo que resulta fatídico. En este caso, es una corporación gigante, Taxon, convertida en Estado, o un Estado absorbido por esta corporación, que controla a todos sus súbditos, etc. Ya de recordarlo, me sumo en el tedio, a pesar de que ocasionalmente muestra destellos de estilo: el contenido, salvo alegoría sutil que se me haya escapado, no ofrece absolutamente nada novedoso, por visto, leído u oído en tantas ocasiones: a esto ya aludimos antes, sí, Nosotros, sí, 1984, tal vez Minority Report, o Ready Player One, por citar lo primero que se me viene a la mente. En definitiva, un relato, este sí, innecesario.


Es probable que esta noche sea la última. Eso me aterra y me alivia a la vez. Los dos hombres vestidos con el mono gris de los funcionarios se han marchado de la cafetería en la que escribo, pero pocos minutos más tarde han entrado dos mujeres pequeñas, serias, duras, con un gesto de agotamiento en el cuerpo que la cara se empeña en corregir. También ellas podrían ser vigilantes. Cualquiera podría serlo. La cafetería misma debe estar salpicada de microcámaras. Todos los dispositivos, también este en el que escribo, están monitorizados. Las dos mujeres se han sentado no muy lejos de mi mesa, quizá para evitar, por un absurdo instinto humano que aún no hemos conseguido extirpar, la desolación que producen estas cafeterías sobreiluminadas de carretera, inmensas y huecas. Antes de pedir un café una de ellas, la más despierta y temible, ha levantado la vista y me ha mirado, no sé si reconociéndome o si pidiendo perdón antes de que llegue mi hora. 

Este año ha sido plácido en Taxon. Las pequeñas guerras se han sucedido lejos, más allá de las zonas de seguridad, allí donde las explosiones y los bombardeos nos llegan como bulbosidades luminosas que llamean en la noche de las pantallas, hongos de fuego que cruzan ante los ojos insensibles, incapaces de entender lo que ese apocalipsis remoto significa. 

La guerra se ha transformado en el gran espectáculo nacional, en la diversión para toda la familia. Los invisibles dirigentes de Taxon (ese Consejo de Sabios del que lo sabemos todo y no conocemos nada) comprendió hace muchos años que una sociedad gobernable necesita una narración adecuada que la mantenga en un estado de emergencia permanente, y la presencia de una guerra perpetua contra los salvajes y las ciudades nómadas es una excusa perfecta. (Págs. 142-143)


Para abreviar, ya que estos son los cuentos de mayor extensión, y el resto tampoco me suscitan tampoco un interés particular, creo que la prosa de Bruno Mesa está muy por encima, con excepción del segundo, del contenido o, al menos, del desarrollo final de lo planteado. Le faltan, me temo, temas, lo que no deja de ser singular, pues lo que suele ocurrir es que los escritores estén sobrados de ideas que luego malbaratan con un estilo deplorable, ausentes cualquier atisbo artístico o de voluntad de estilo. A mi entender, a este escritor solo le hace falta un verdadero desafío para que saque, de una vez para siempre, todo ese talento que considero que atesora, a juzgar por su forma de escribir. Un desafío requiere un asunto complicado, del que no sea sencillo escribir, que no tenga casi precedente, para forzar al escritor a pensar y a sufrir.