viernes, 4 de marzo de 2022

'Maestros antiguos', de Thomas Bernhard

Es posible que me haya ganado cierta fama de provocador. También, tal vez, de injusto, en especial para aquellos que consideran que lo justo es considerar que escribir y publicar merecen siempre alabanza, cuando no reverencia. Sin embargo, y como suele decirse, la realidad es más asombrosa que la ficción, o, al menos, avanza a marchas forzadas para igualarse a las elaboraciones más trastornadas de nuestra imaginación. Así, en lo que al mundillo literario se refiere, he leído reseñas empalagosas hasta el asco escritas por amigas/os del autor o autora, encumbramientos de supuestos maestros/as que carecían de la menor habilidad narrativa, entrevistas en las que un editor entrevistaba a un escritor que publicaba en la editorial del primero (sin que, por supuesto, jamás se informara al público lector de estos detalles), y cosas de este jaez.

Lo que no había visto, hasta el pasado sábado 26 de febrero, es que un autor reseñara su propia obra en un suplemento cultural. En este caso (por ahora único, pero que imagino que, una vez franqueado este límite, lo que representa una tragedia se repetirá, tal vez, como farsa), se trata, lo que no es casualidad, del actual decano de los reseñadores-golosina, Victoriano Santana Sanjurjo. El hombre se esfuerza durante dos páginas, que graciosamente le ha regalado el suplemento de La Provincia/El Día, en glosar su última obra, que parece ser una colección de reflexiones y pensamientos sobre asuntos varios que le han interesado y tal.

Este fenómeno tiene su enjundia porque, desde un punto de vista empresarial, advierto que el sombrío presente de los suplementos culturales se caracteriza por asegurar el abaratamiento de sus contenidos. Sabiendo que los periódicos de papel no reportan beneficios monetarios directos, sino influencia en otros ámbitos, salta a la vista la lógica de incurrir en los menores costes posibles. Si en tiempos ya antiguos se pagaba al reseñador o reseñadora de turno para que analizara una obra, más tarde, sobre todo a partir de la crisis surgida en el periodo 2008-2010 en adelante, se pasó a que se sobreentendiera que el pago se materializaba en capital simbólico. Es decir, que los individuos interesados solicitaban al periódico que publicara sus reseñas gratis, dándose por recompensados con la lectura de su nombre y apellidos. También, se aprovechó a los periodistas de la casa, más o menos especializados en Cultura, o simplemente que estaban en el lugar inadecuado en el peor momento, para que ampliaran sus funciones habituales y se convirtieran en sobrevenidos analistas de literatura y arte en general. El último paso, lógico como ya he dicho, es que los/as mismos/as autores/as se reseñen a sí mismos. Así, no solo se ahorra dinero, sino esfuerzo y tiempo. Al parecer, todo el mundo sale ganando. Menos el público lector, claro, pero qué más da.

Desde un punto de vista cultural, recalco, lo significativo no es que el Sr. Santana Sanjurjo haya perpetrado su propia reseña, sino por lo que representa: lo que antes venía haciéndose en la sombra, entrevistador/a, reseñador/a o pseudónimo mediante, se exhibirá ahora en toda su crudeza. Sin duda, todo este montaje reseñador se volverá todavía más insufrible. Al menos, ya nadie se llevará a engaño. Todo tiene su lado bueno.




Como lenitivo a la desvergüenza del mundillo cultural canario, si tal cosa, en realidad, puede denominarse como refiriéndonos a algo consistente, no ya objetivo (me refiero al mundillo literario, pero también a la industria cultural canaria), hoy comparto con Vds. la lectura de Maestros antiguos, de Thomas Bernard, un autor al que he reseñado alguna vez y que siempre me proporciona un refugio literario sin par.

Algo tiene el estilo del escritor austriaco que a pesar de su regodeo en la repetición, en el martilleo constante de los mismos conceptos y términos, no podemos dejar de prestarle atención y sentir un placer que quizás raye en lo masoquista. Para un/a lector/a novato/a o acostumbrado solo a las narraciones de estilo naturalista con su división en presentación-nudo-desenlace, la mayor parte de las obras de Bernhard deben resultarle incomprensibles y tediosas en distinta y subjetiva proporción.

Aun así, para el público lector reticente, intento buscar una metáfora o un símil para explicar el método del escritor austriaco: como una melodía que sonara igual una y otra vez, o casi, y así, lentamente, nos llevara hasta otra nueva o hasta su finalización. O como las fotografías de un satélite artificial que hiciera miles de fotografías en cuestión de minutos de una misma zona, de todo su giro alrededor del cuerpo celeste. Así, cada una sería casi exactamente igual que la anterior. No obstante, y a semejanza de una teoría inductiva, sacaríamos una conclusión, o llegaríamos a una revelación, después del relato repetitivo (¡pero cómo son esas repeticiones!) de un concepto, idea o visión.

En cuanto al contenido, Bernhard no decepciona, si es que esas eran nuestras expectativas, en cargar contra todo y contra todos: Austria, Viena, lo que no es Viena en Austria, los austriacos, los historiadores del arte, la cultura, los políticos, la Iglesia Católica, los pintores... ¡hasta los retretes y las costumbres higiénicas de Austria! Para mí, me resulta todo muy divertido, aunque no creo que fuera la diversión lo que motivara a este escritor. Su iconoclastia, real o fingida, es un rasgo característico de casi todas sus obras.


Los historiadores del arte son los verdaderos aniquiladores del arte, dijo Reger. Los historiadores del arte parlotean de arte hasta que, a fuerza de parlotear, lo matan. Los historiadores de arte matan el arte a fuerza de parlotear. Dios mío, pienso a menudo, sentado aquí en el banco, cuando los historiadores del arte pasan empujando a sus desvalidos rebaños, qué pena todos esos seres humanos, a los que precisamente esos historiadores del arte apartarán del arte, los apartarán para siempre, dijo Reger. La ocupación de los historiadores de arte es la peor ocupación que existe, y un historiador de arte charlatán, y al fin y al cabo sólo hay historiadores de arte charlatanes, debiera ser expulsado a latigazos, expulsado del mundo del arte a latigazos, dijo Reger, debieran ser expulsados del mundo del arte todos los historiadores de arte, porque los historiadores de arte son los verdaderos aniquiladores del arte y no debiéramos dejar que los historiadores de arte aniquilasen el arte en calidad de historiadores de arte. (Pág. 28)


Los llamados Maestros Antiguos sólo sirvieron siempre al Estado o a la Iglesia, lo que viene a ser lo mismo, así Reger una y otra vez, a un emperador o a un papa, a un duque o a un arzobispo. Así como el llamado hombre libre es una utopía, el llamado artista libre ha sido siempre una utopía, una locura, así Reger a menudo. Los artistas, los llamados grandes artistas, así Reger, pienso, son además los más faltos de escrúpulos de los hombres, mucho más faltos de escrúpulos aún que los políticos. Los artistas son los más hipócritas, todavía mucho más hipócritas que los políticos, así pues, los artistas del arte son todavía mucho más hipócritas que los artistas del Estado, vuelvo a oír ahora a Reger. Ese arte, al fin y al cabo, se dirige siempre al todopoderoso y al poderoso y se aparta del mundo, así Reger a menudo, ésa es su abyección. Miserable es ese arte y nada más, oigo decir ahora a Reger ayer, mientras lo observo hoy desde la Sala Sebastiano. (Págs 47-48)


(...) sabe, eso es en Viena, donde realmente todos los lavabos están más descuidados que en ninguna otra gran ciudad de Europa, una rareza, encontrar unos lavabos en los que no se le revuelva a uno el estómago y en los que no haya que taparse todo el tiempo, mientras se está en ellos, los ojos y las narices; los lavabos vieneses son en conjunto un escándalo, ni siquiera en la parte baja de los Balcanes se encuentran lavabos tan descuidados, dijo, Viena no es más que un escándalo de lavabos, hasta en los hoteles más famosos de la ciudad se encuentran lavabos escandalosos, los retretes más asquerosos se encuentran en Viena, más asquerosos que en cualquier otra ciudad, cuando uno tiene necesidad de hacer aguas se lleva la gran sorpresa. Viena es muy superficialmente famosa por su ópera, pero realmente temida y execrada por sus escandalosos lavabos. Los vieneses, incluso los austriacos en general, no tienen una cultura de lavabos, en todo el mundo no se encuentran unos retretes tan sucios y malolientes, dijo Reger. Tener que ir a los lavabos en Viena es la mayoría de las veces una catástrofe, en ellos, si no se es acróbata, se mancha uno, y el hedor que hay en ellos es tan grande que a menudo se queda en la ropa durante semanas. En general, dijo Reger, los austriacos son sucios, no hay habitantes de gran ciudad europea que sean más sucios, lo mismo que es sabido también que las viviendas europeas más sucias son las viviendas vienesas, las viviendas vienesas son todavía mucho más sucias que los lavabos vieneses. (Págs. 116-117)

 

Y los escritores austriacos en conjuto no tienen absolutamente nada que decir y ni siquiera saben escribir lo que no tienen que decir. Ninguno de esos escritores austriacos de hoy sabe escribir, todos se sacan de la manga una literatura de epógonos repulsivosentimental, dijo Reger, y escriben, escriban donde escriban, únicamente basura, escriben basura estiria y salzburguesa y carintia y burguenlandesa y bajoaustriaca y altoaustriaca y tirolesa y voralberguiana, y amontonan esa basura desvergonzadamente y con avidez de gloria entre las tapas de sus libros, así Reger. Están en sus viviendas municipales de Viena o cabañas de ocasión y confusión de Carintia o en los patios interiores de Estiria y escriben basura, la basura epigonal, apestosa y sin cabeza ni espíritu de los escritores austriacos, dijo Reger, en la que la patética tontería de esa gente apesta al cielo, así Reger. Sus libros no son más que la basura de dos y hasta de tres generaciones, que nunca aprendieron a escribir porque nunca aprendieron a pensar, una basura epigonal totalmente sin espíritu y que finge la filosofía y el terruño es lo que todos esos escritores escriben, dijo Reger. Todos esos libros de esos escritores más o menos asquerosamente oportunistas oficiales no son otra cosa que libros plagiados, dijo Reger, cada una de sus líneas es una línea robada, cada palabra una palabra arrebatada. (Págs. 155-156)

 

Aun así, en algún momento, aunque solo sea en una frase, nos sugiere que ni Austria, ni las demás personas son tan terribles. Como si hubiera necesitado una purga que lo eliminara todo salvo lo valioso, lo único realmente valioso.


Aborrecemos a los hombres y, sin embargo, queremos estar con ellos, porque sólo con los hombres y entre ellos tenemos una oportunidad de seguir viviendo y no volvernos locos. La verdad es que la soledad no la soportamos tanto tiempo, así Reger, creemos que podemos estar solos, creemos que podemos estar abandonados, nos convencemos de que podemos seguir adelante solos, así Reger, pero es una quimera. Creemos poder arreglárnoslas sin los hombres, en efecto, creemos incluso poder arreglárnoslas sin nadie y al fin y al cabo nos imaginamos que sólo tenemos una oportunidad si estamos solos con nosotros mismos, pero eso es una quimera. Sin hombres no tenemos la menor oportunidad de sobrevivir, dijo Reger, por muchos que sean los Grandes Ingenios y por muchos los Maestros Antiguos que hayamos tomado por compañeros, no sustituyen a nadie, así Reger, al final nos dejan solos todos esos, así llamados, Grandes Ingenios y esos, así llamados, Maestros Antiguos y vemos por añadidura que esos Grandes Ingenios y Maestros Antiguos se burlan de nosotros de la forma más innoble y comprobamos que con todos esos Grandes Ingenios y con todos esos Grandes Maestros sólo hemos existido siempre en una relación de burla. (Págs. 204-205)


En fin, puede que Vds. no tengan el ánimo para literatura atrabiliaria, aunque tampoco afirmaría que la novela les vaya a suscitar violentas pasiones en el ánimo. A estas alturas, seguro que habrán leído cosas más terribles. No obstante, este conjunto de imprecaciones valen menos, quizá, por a quiénes van dirigidas como por el modo (el estilo) en que se han escrito. Al final, Bernhard convence aunque no se esté de acuerdo con él. Yo les aconsejaría que se hicieran con la novela, al igual que con las otras obras de este escritor y de las que he escrito en el blog. 





martes, 1 de marzo de 2022

'Nevada', de Claire Vaye Watkins

Una vez que hemos confirmado gracias a Berlinale que ser artista multidisciplinar y poliédrico no le coloca a uno de manera automática en "la dimensión de la genialidad" (curiosa manera de evitar calificar a alguien de manera directa como genio, que da la impresión de ser un concepto algo trasnochado, pero sin descartarlo del todo), ni siquiera que sea bueno en algo, nos damos en esta ocasión un respiro. Digo esto porque después de un comienzo de 2022 bastante regular, lo que habrá suscitado el delirio de las masas ávidas de sensaciones fuertes, hoy toca una colección de cuentos, publicados en el lejano 2012, de una escritora norteamericana llamada Claire Vaye Watkins. Aunque solo sea por fastidiar, están bastante bien.

Para no olvidarme, escribo ya que la bondad de la literatura de esta escritora viene mediada por la versión al español escrita por el traductor Ce Santiago. Qué haríamos sin los/as traductores/as.



Me pregunto, para empezar (no hay artículo en que no toque las narices un poco) por qué el título original, Battleborn, fue cambiado por la editorial en la versión al español por Nevada. Me temo que, para la inmensa mayoría de los españoles, leer "Nevada", asumiendo que sepamos de antemano que se refiere a un estado de los Estados Unidos no significa nada. Un mero nombre. Como si en vez titular Nevada, hubiesen titulado Wyoming o Sacramento o Tuscany. Cero valor significativo, cero valor informativo. Sería diferente, quizá, para un hispanohablante ciudadano de ese país, o para los hispanoamericanos que, quizá por proximidad querida o impuesta, tuviesen conocimiento cabal al respecto. En cambio, algo así como Nacido de la batalla o cualquier cosa algo ingeniosa relacionada con la palabra inglesa habría sido mejor. Quisquilloso que es uno.

Una vez expresada esta disconformidad, la impresión de conjunto que me ofrecen los relatos es la de una prosa trabajada, concentrada y enérgica. Es decir, lo narrado se muestra con dureza, sin circunloquios, lo que no quiere decir sin sutileza. La amistad, el amor, la obsesión, la fantasía, la soledad, la crueldad, etc., etc. se muestran por estas páginas de manera más que convincente. No digo que impresione hasta el arrebato, pero sí muestran a una escritora ya hecha que se expresa de manera harto convincente, con una capacidad para seleccionar esos pequeños detalles, gestos y palabras a los que solo un/a buen/a escritor/a está atento/a.


Tras formar la fila, Manny regresa a la barra con Amy Armada. Michele se les une, Amy planta sobre la barra sus tetitas bronceadas en exceso, y ahí reposan como dos orbes en un zurrón. 

-Necesito un puñetero cliente -dice. 

Michele le dedica una amplia sonrisa: la sonrisa grande y boquiabierta del extranjero que finge saber lo que pasa. 

Con el dedo, Amy recorre arriba y abajo el antebrazo del muchacho. 

-¿Por qué no sirves al chico una birra de verdad, Manny? 

Manny le pone a Michele una pinta de Boddingtons. Ligeramente perplejo, el chico contempla cómo una nube de espuma se hincha en la superficie de su nueva cerveza. 

-La Budweiser es meado dice Amy-. Es una broma de por aquí. 

Michele le da un trago largo a su nueva cerveza. 

-¿Cuándo, eh..., volverá? 

-¿Darla? Depende -dice Manny. Grita hacia el despacho de atrás-. Gladys, ¿cuánto tiempo ha puesto?

En sus primeros días, Manny le preguntó a Gladys si a veces escuchaba las suites a escondidas. "Ya sabes, por diversión." Gladys bufó sin más. "¿Diversión? -dijo-. Cielo, a mí no me queda nada por ver. Mi mejor cliente era un delegado del condado. Se hacía en su Buick todo el trayecto desde Tonopah una vez al mes solo para que me pusiera a dar golpecitos en el suelo con la pata de palo de su esposa muerta. Tú ni siquiera habías nacido". (Pág. 92, de Pasado perfecto...) 


Regresó a la cocina. De alguna manera, la chica parecía distinta a las demás chavalas. Era guapa, o habría podido serlo. Tenía unos rasgos demasiado extenuados para su edad. 

Magda hizo un gesto hacia la perra, echada delante del enfriador portátil. 

-¿Y ese quién es? 

-Milo -dijo-. Ella te encontró. Seguramente te dio un golpe de calor. 

Le trajo un tazón de sopa de tomate y le rellenó el agua. 

Ella se llevó un poco de sopa a los labios y con cortesía inclinó la cabeza hacia la perra. 

-Gracias, Milo. -Miró a su alrededor, sin comer, escarbando en la sopa con la cuchara como si esperase encontrar algún secreto en el fondo del tazón-. Eres todo un coleccionista de piedras, ¿no? 

-Trabajo un poco de lapidario -dijo él. 

-¿Estás en la mina? 

-Estaba. Me jubilé. 

Magda dejó el tazón de sopa en la mesita. De la balda que tenía a su lado cogió un trozo polvoriento de cuarzo ahumado del tamaño de una  bujía y se lo puso en la palma de la mano. 

-¿Y qué haces por aquí? -preguntó. 

-Cosas mías -dijo él-. Tengo algunas concesiones. 

-¿Oro? 

Asintió y ella rio hasta mostrar los empastes de metal y una muela de plata maciza. 

-Este sitio está exprimido- dijo ella, y rio otra vez. Reía con fuerza, con la boca totalmente abierta y mostrando todos los dientes-. Ya no queda oro, abuelo. (Pág. 128, de Carabela portuguesa) 


No obstante, por señalar algún defecto, creo notar cierta predisposición a acabar los relatos de una manera literaria. Y me da por pensar que es la manera en que se lo habrán enseñado (o aprendido por su cuenta) en talleres literarios, cursos en la Universidad y cosas así. Una manera de acabar como simbólica que parece querer decir mucho, pero, tal vez, no signifique nada, ni siquiera para la escritora. Habría que preguntárselo, pero como eso no es posible por el momento, comparto con ustedes mi sospecha.

Hay narraciones que quedan en la memoria, otras que se olvidan; hay fragmentos que se conservan, escenas luminosas o sombrías que brillan con intensidad superior a la del relato al que pertenecen. Es posible, no obstante, que eso ocurra en cualquier colección con algo de valor. En este blog tenemos experiencias de libros olvidables y olvidados por completo, hasta su mismo título, y a su autor/a, también. 

En lo que a Nevada se refiere, recuerdo en especial los relatos Pasado perfecto, pasado continuo, pasado simple, Carabela portuguesa y Las excavaciones, que son también los más extensos. Es posible que para el estilo de la autora le convenga mejor la amplitud que la brevedad, aunque ningún relato me parece desdeñable. Todo lo contrario.

EN DEFINITIVA, una colección de relatos que vale la pena leer.


P.D. Para los más interesados/as, la autora escribió años más tarde un ensayo sobre las motivaciones que le llevaron a escribir, y a escribir de determinado modo, estos relatos. Véase aquí.






jueves, 24 de febrero de 2022

'Pánico al amanecer', de Kenneth Cook

Coincide aproximadamente la lectura de la novela objeto de la reseña con una de esas conmemoraciones artístico-pastoriles tan del gusto de nuestra clase política. A la sazón, se llama Día de las Letras Canarias y, en esta ocasión, no sé si con grupos de presión mediante o meramente amigos interesados, se celebró en honor a la, sobre todo, periodista y también prolífica escritora, Dolores Campos-Herrero.

Parece evidente que homenajes, conmemoraciones, tributos y potlatchs varios rendidos en honor a un autor o autora en nada añaden valor a la literatura, en general, ni a la calidad (siempre algo discutible) del/la homenajeado/a, en particular. Dudoso es también su efecto de irradiación a la ciudadanía. El asunto más bien radica, a mi entender, en la supuesta necesidad de esa visualización pública, como si se siguiera creyendo que un escritor/a necesita de la canonización gubernamental para su definitiva ascensión al Parnaso o a la inmortalidad literaria. Hay algo de burocratización ubicua, de dependencia permanente de la sociedad civil de las instancias administrativas de poder de la que España, y más aún Canarias, no puede desprenderse:rae una ósmosis viscosa e implacable. Por lo que parece, hay que seguir besando el anillo del príncipe para que algo sea considerado algo. Tampoco terminamos de entender que el poder de que se trate, el que concede tal honor, lo que busca, ante todo, es la promoción de sí mismo. 

Desde otro punto de vista, digamos, estético-moral, leer las consideraciones que le dedican el presidente de Canarias (*) o su viceconsejero de Cultura, famosos ambos por sus amplias lecturas y sesudos análisis literarios (con los que atormentan a sus compañeros/as de gabinete), a la homenajeada de este año suscitan esa impresión de vacuidad y pasteleo, tan propia de juegos florales similares. También me he enterado de que ya hay una especialista en su obra. Imagino que, a partir de ahora, dedicará todos sus esfuerzos intelectuales, hasta el último hálito, en demostrar a quien quiera oírla la valía superlativa de Campos-Herrero y en que se traduzca su obra a otros idiomas, como al rumano. 

Quizá Vds. piensen de otro modo, convencidos como pueden estarlo de la categoría literaria de esta mujer (lo que es legítimo), pero afirmar, al menos a estas alturas, que Dolores Campos-Herrero, como autora, es "imprescindible", "necesaria" o que ha ejercido una influencia decisiva en la literatura canaria me parece descabellado. O sólo una tontería. Quizá no sea más que esa manera de hablar tan nuestra, la de la hipérbole, que eleva lo que sea y a quien sea a categoría universal para olvidarlos inmediatamente después. No me extrañaría que lo mismo volviera a ocurrir en este caso.

 

En otro orden de cosas, y de calidades, esta semana les participo de mis pensamientos respecto de la novela Pánico al amanecer, del australiano Kenneth Cook, traducida por Pedro Donoso. Es una primera novela, pero, dado lo que acostumbro a leer con demasiada frecuencia, muy bien tramada y narrada, desde el punto de vista de un narrador en tercera persona, muy pegado al personaje principal, Grant. 

Desde tal punto de vista, limitado por sus pensamientos y sensaciones, se nos cuenta el accidentado periplo de este maestro rural tras el periodo escolar, en su intento de dejar atrás cuanto antes Tiboonda, pueblo donde ejerce, y de cuyos habitantes abomina, y volver a Sidney, que, en comparación, le parece el paraíso. Diálogos cortos e intensos y un dibujo de escenas agrestes, polvorientas y crueles crean una atmósfera singular que, en algunos momentos, me recuerda vivamente a esas novelas de narraciones fronterizas tan norteamericanas. 

El mar, a dos mil kilómetros en dirección Este, con sus mareas subiendo y bajando, un día tras otro, y él todo un año sin verlo. Durante doce meses había sido el director de esa escuela en Tiboonda en la que él era el único profesor; doce meses en los que solo había tenido el dinero de la paga vacacional para costearse los días de descanso de mitad de curso. Así que no le quedó otra que pasarlas en Bundanyabba, la ciudad minera de sesenta mil almas que concentraba buena parte de la vida en el territorio cercano a la frontera. Para el profesor, ese pueblo no era más que una versión a gran escala de Tiboonda. Y Tiboonda no era otra cosa que una versión del infierno (Pág. 23)

Echó una mirada a su dinero, depositado ante él, un puñado de billetes verdes y arrugados, y se inclinó para recogerlo. Pero en el instante en que alargaba el brazo para hacerse con él, lo invadió la tercera sensación extraña de aquella noche: el misticismo de los jugadores. Sabía que las monedas volverían a caer en cruz. Lo sabía con la misma certeza con la que sabía que estaba vivo. Lo único que tenía que hacer era dejarse llevar por esa convicción; a la cual no puso ninguna resistencia. 
Volvió, pues, a tomar asiento con la espalda recta y, sin tocar su capital, vociferó: 
-Cien libras a la cruz. 
Tres jugadores se unieron para cubrir el monto de Grant. Él permaneció sentado en su sitio y se limitó a echar un vistazo alrededor mientras se completaban el resto de apuestas. No pensaba en nada: estaba poseído por cierta intuición. Y mientras ese extraño demonio le hablase, Grant ni siquiera dudaría de sus propias acciones. 
-¡Cruz otra vez! 
La reacción golpeó a Grant en el estómago con dureza. Por un momento tuvo la sensación de que iba a caer desmayado sobre sus propias ganancias. Pero acto seguido se agachó y comenzó a meterse los billetes en los bolsillos. (Pag. 57)

Curioso rasgo de la gente de por aquí, pensó Grant: puedes dormir con sus mujeres, aprovecharte de sus hijas, gorronearles, estafarlos, hacer casi cualquier cosa que en una sociedad normal te llevaría, cuando menos, a sufrir el ostracismo. Aquí, en cambio, casi ni se dan por enterados. Ahora, basta con que te niegues a beber con ellos para que pases de inmediato a convertirte en su enemigo mortal. ¿Cómo demonios era posible? Pero no tenía ganas de seguir pensando en la región ni en las peculiaridades de su gente. Que hicieran lo que quisieran. Una vez que estuviese en Sydney, quién sabe, tal vez nunca regresaría a esa parte del mundo. (Págs. 162-163)


Como ya pueden intuir, todo tipo de contratiempos dificultan su viaje. Diversas circunstancias y acciones como una repentina fiebre de ludopatía que le dejará sin un chavo una noche aciaga y su caída, casi a empujones, en borracheras permanentes solo espaciadas por breves y dolorosos lapsos de resaca, se lo impedirán de un modo casi fatídico. Además, para darle una nota sangrienta, se verá arrastrado a una injustificada e innecesaria cacería nocturna de canguros (y de lo que se pusiera por delante) en el desierto. La acción transcurre fácil, de manera casi vertiginosa, con la que pronto dejamos de preguntarnos, como le ocurre al protagonista, el porqué de lo que acontece y sus propias reacciones. 

Por lo anterior, podría imaginarse uno que esta novela se narra, si no el descenso a los infiernos o un etílico viaje iniciático, sí la transformación de un maestro de clase media anhelante de la gran ciudad en un individuo profundamente cambiado en su interior, no a mejor, y que se ha mimetizado casi por completo con aquellos a los que detestaba. Un proceso de asilvestramiento, por qué no, de embrutecimiento físico y mental, de entumecimiento espiritual. Una manera de recordarnos que bajo la educación y el título universitario (en su caso), en el ser humano siempre late, con diapasón ancestral, una violencia que no encuentra parangón en la naturaleza. 

El desarraigo, la irracionalidad y la pulsión de destrucción y de muerte están solo a una capa de distancia de la civilización, por lo que con un pequeño pinchazo puede revelársenos enseguida lo que la cultura tarda tanto tiempo y esfuerzo en ocultar. Saberlo quizá nos nos haga mejores, pero sí más avisados/as. Pánico al amanecer es de esas novelas que se lo hacen pasar a uno tan bien haciéndolo pasar tan mal.


(*) Me informan de que el presidente ha sido profesor de Lengua en institutos (licenciado en Filología) y que en su momento montó talleres de lectura. Que conste.





jueves, 17 de febrero de 2022

'Mira que eres', de Luis Rodríguez

Estoy muy a favor de la crítica a la crítica. Con esto debería bastar para zanjar el asunto. 

Venga, va, desarrollo el tema:

Deberían Vds. saber, y sobre todo aquellos/as que detestan el blog, que me conformo con que haya debate. Ignoro si lo hay ahora. Ignoro si lo hubo antes, quizá en tiempos remotos. Sé que hasta que comenzó el blog, no lo había, al menos en la esfera pública. Siempre me podrán hablar de alguna tertulia recóndita de estetas masones, de alguna reunión de prohombres sita en Vegueta, o en La Laguna, de algún club de lectura al que se accedía solo por invitación, etc. Pero en el espacio público, entendiendo por él los medios de comunicación en sus diversas modalidades o en foros públicos más o menos accesibles, discúlpenme si me he olvidado de alguno, no.

Así que, les aseguro que soy sincero, me resulta indiferente que duden de la calidad del blog, de los argumentos que empleo, de mis intenciones o de mi catadura moral. Incluso, de mi misma existencia. El que haya suscitado esa interacción, quejas amargas incluidas, pero que haya motivado a muchos/as a leer acerca de la literatura que se escribe en Canarias (también en España y parte del extranjero) y a expresar en público y en privado su opiniones, resulta para mí reconfortante: con ello cumplo uno de los objetivos que me indujeron a crear Polillas al anochecer.

Algunos, como Miguel Aguerralde, dirán que en Canarias "nunca se ha hecho más y mejor literatura que ahora". Quizá, pero no deja de ser un contrafáctico. En todo caso, si estuviéramos de acuerdo, no creo que constituyera, en definitiva, un gran elogio para la literatura en/de Canarias. Creo que no es bueno levitar encantados, atragantándonos con la crema del elogio a nosotros mismos. Mejor es, en mi opinión, que se geste un movimiento de voces encontradas y divergentes, que contribuyan, a elevar el nivel del debate, de la crítica y de la literatura. Así, podremos ahorrarnos de una vez las jeremiadas por la falta de apoyo de las instituciones públicas y por la falta de verdadera crítica literaria.

Por lo primero, no sé si el Estado en cualquiera de sus manifestaciones ayuda poco o mucho; ni siquiera, si hay que ayudar o por qué. De lo segundo, mantengo que hay que ser un poco filisteo para quejarse de la falta de crítica en Canarias y, al mismo, teniendo posibilidad de contribuir a que exista, limitarse a "saludar" las novedades sin implicarse en el juicio.

Como logré demostrar de manera convincente en la reseña correspondiente, la novela anterior de José Luis Rodríguez, 8.38, me pareció extraordinaria. La siguiente, esta cuya portada aparece más arriba, se titula Mira que eres, y sigue la senda pedregosa, con riscos a ambos lados, de la metaliteratura, los juegos del lenguaje y la superposición de personajes, que tienden a desvanecerse en cuanto creemos que los tenemos calados. Es una novela, como la anterior, que carece de argumento convencional. Podemos imaginar intenciones y objetivos, aunque no logremos discernirlos con claridad. 

Mucho de lo que escribí entonces puede aplicarse ahora. Podría añadir que lecturas como estas acarreen el peligro de la imitación. Al ser un estilo, una forma de dirigirse al lector, tan singular y me atrevería decir que fascinante (aunque este adjetivo, de tanto usarlo, posea ya poca carga semántica), los/as aspirantes a escritor podrían caer en la tentación de escribir del mismo modo. "Maten a Borges", dicen que dijo Gombrowicz. No sé si hay que matar a Luis Rodríguez, pero al menos hay que traérselas tiesas con él.

Mira que eres apunta, si tal cosa existiera y pudiera definírsela sin ambigüedades, a la esencia de la literariedad: una autorreferencialidad creadora y juguetona en la que sin pudor se intercalan citas y referencias literarias. Personajes que se cuestionan a sí mismos y que cuestionan la misma literatura. La literatura como búsqueda de conocimiento por ese continuo indagar sobre sí misma, que es el indagar también, claro, respecto de la naturaleza humana. Un palimpsesto que a veces parece un espejo.

Además, un rasgo que a estas alturas de posmodernidad me atrae es que la novela no es visual. Es decir: la palabra lo domina todo, y no la imagen. Esto podría parecer obvio, al tratarse de literatura, pero no lo es tanto cuando pensamos en tanta novela que parece hecha ex profeso para su fácil conversión a una serie o película: novelas pensadas para el ojo, y no para la mente. En este sentido, a uno le cuesta imaginarse en la obra los personajes o los ambientes en los que estos dialogan y, sobre todo, piensan. En Mira que eres, no se describen ambientes ni acciones; se piensa. Si la literatura son frases, esta novela está llena de ellas. Una prosa que no parece exigir en principio demasiado del lector pero cuyo desenvolvimiento en las minitramas sí requieren de atención extrema, cuando no de relectura.


Ves en la pared una mancha con forma de rostro. A medida que te vas fijando, que concentras la mirada, descubres detalles que confirman esa impresión: es un rostro nítido. A mí me pasa lo contrario. Observo a alguien, cuanto más me fijo en él más se me desdibuja. Lo he juzgado mal, me digo, no es esto ni lo otro. Me alejo del juicio inicial, regreso, lo rozo, vuelvo a distanciarme, y termino casi siempre amarrado al primer pálpito. Me pasa con las personas lo que a un amigo con la escritura. Dice que escribe una frase, la corrige, la suprime, vuelve a escribirla y a corregirla, muchas veces. Al final la frase es, palabra por palabra, idéntica a la primera que escribió. Pero ya no es solo la primera frase: es una frase con mundo. Así deben ser mis opiniones de todo, parecen espontáneas, pero han viajado. Tienen mundo. (Pág. 19)

 

 Hay una pregunta previa a cómo se debe escribir: ¿para quién se escribe, para uno mismo, o para los demás? 

Bertrand Russell era consciente de que él podía emplear un inglés sencillo porque todo el mundo sabía que, si lo prefiriese, podría utilizar la lógica matemática. Se le permitía escribir: Algunas personas se casan con las hermanas de sus mujeres muertas, porque podía expresarlo en forma que únicamente llegara a ser inteligible después de años de estudio. 

Mi escritura lidia con el humo de su frase; la claridad, la elección de una palabra u otra, suposición dentro de la oración, la misma oración, los puntos, párrafos, el latido, nos cuentan con el lector. Tienen más que ver con el efecto del humo en mis ojos. (Págs. 68-69)


 Esto no es una novela, es la contemplación de un rescoldo. (Pág. 82)


Que la literatura suscite perplejidad, que plantee dificultades al lector, y que al mismo tiempo resulte estéticamente apreciable constituye gran parte de su atractivo. El desciframiento del símbolo encapsulado en las palabras sigue, a pesar de sus rivales narrativos como el cine o, incluso, los videojuegos, manteniendo su pegada. Es posible que narrar historias a la manera tradicional, es decir, lo que vendríamos a llamar novela realista, a la manera, por ejemplo, de Jonathan Franzen (recordemos, al respecto, la oposición que señalaba Eduardo Lago en Walt Whitman ya no vive aquí en la literatura de EEUU entre el polo realista encarnado por Franzen y la experimentalista de, por ejemplo, de Foster Wallace) o aquí, digamos, Vázquez-Figueroa o Pérez-Reverte, juegue en desventaja contra otros medios artísticos y lúdicos como los ya citados, mucho más espectaculares y que sumergen de manera más efectiva al público en la trama. Es decir, el mero contar de cosas que pasan y de personas que hacen esto y lo otro no es suficiente, al menos para mí.

EN DEFINITIVA, si está cansado/a del leer por leer porque, total, se escribe por escribir. Si están Vds. harto de que los/las quieran entretener, verbo sagrado en nuestra civilización, acérquense a Mira que eres, porque la literatura todavía importa.





P.D. Otro análisis, por supuesto que más atinado que el mío, de Vicente Luis Mora, aquí.


POLILLAS AL ANOCHECER EN RADIO GUINIGUADA





sábado, 12 de febrero de 2022

'Traficante de historias', de Juan R. Tramunt

Supongo que no les importará demasiado que me salte el orden de lecturas y que anteponga la novela Traficante de historias, de Juan R. Tramunt a Nevada, de Claire Vaye Watkins. Las diversas ocupaciones de la vida y la indolencia que asalta a veces como una lluvia inesperada me han llevado a posponer la publicación de los artículos del blog. También, es cierto, la oralidad que supone la radio y la obligación de producir un programa cada semana han influido. Lo primero, porque de algún modo tiendo a pensar que el trabajo ya está hecho al comentar la obra en el programa; lo segundo, porque el ritmo, aunque pudiera no parecerlo, no admite apenas interrupciones o dilaciones. Si estas surgen, retomar la actividad siempre se hace con demora y lentitud.

Además, y volviendo a la decisión inicial de priorizar la reseña de Traficante de historias, la historia que cuenta Juan R. Tramunt tiene que ver con nosotros de una manera más directa y cotidiana, mientras que los relatos de Claire Vaya Watkins son, pese al título, de naturaleza más general. Relatos notables, les adelanto, y que bien merecerán su atención.




Esta novela cuenta una historia de inmigración, una de tantas miles que se gestan cada año, cada mes. Lo singular, si se puede denominar así, es que es vivida y narrada, fundamentalmente, a través de un personaje canario, de clase media, profesor de instituto, por más señas: Tobías Arencibia..

A raíz de la muerte de su novia, Tobías experimenta una suerte de crisis vital por la que decide que sus conocimientos serían mejor aprovechados si abandonara su plaza en el instituto y comenzar a dar clases de español en un centro de internamiento de inmigrantes. Es entonces cuando comienza esta aventura, que le llevará de Canarias a diversos países de África, motivado por su amistad con uno de los integrantes del centro, Seydú Mahamane Keita. Seydú le había ayudado de modo inestimable en la puesta en escena de una obra de teatro que pretendía retratar el momento en que unos inmigrantes intentaban cruzar la frontera para entrar en territorio español.

A partir de la representación, se forja aquella amistad entre Tobías y Seydú. El segundo le relata al primero su odisea personal, las motivaciones que le llevaron, como a Tobías, a abandonar una vida más o menos cómoda y embarcarse por su país con una furgoneta llena de libros. Pretendía que la gente los leyera y, si no eran capaces, él se ofrecía a contar las historias que contenían, si no a contar otras nuevas. Un cruce entre propagandista cultural moderno y rapsoda antiguo. 

Tiempo después del retorno de Seydú a su país, a Tobías le llega una larga carta de éste que le pone al tanto de su situación. Una dolencia cardiaca le impide seguir con sus viajes y le ha obligado a dejar su furgoneta en un lugar remoto. Tobías decide visitar a su amigo y traerle de vuelta el vehículo con sus libros.

Ya el resto lo leen Vds. de primera mano.

Vayamos al desmenuzamiento. Para comenzar, la obra es más que digna. En este país, en este archipiélago canario, decir que algo "es bueno" o "está bien" significa, a efectos prácticos, que algo es malo. Peripecias de la lengua y de su sentido. Si realmente algo está bien, uno tiene que usar el superlativo. No hay espacio para apreciaciones intermedias. Lo explico en la siguiente tabla:


                                Ámbito íntimo          Ámbito público

Valoración                 Muy deficiente    Subvencionable/Autor, joven promesa

                                     Malo                 Elogiable/Autor de primera línea

                                     Regular             Notable/Autor es un maestro                                                                                     traducido al rumano y al albanés

                                     Bueno                    Sobresaliente/Autor genial

                                 Muy bueno          Obra maestra/Autor universal-¡Premio                                                                        Canarias ya! Casa Museo, efigies. 


Abundando en esto, a la inversa, si uno en el ámbito público utiliza un adjetivo queriendo expresar su significado recto, se traducirá así por los receptores del mensaje:

"Buena"---se traducirá, se entenderá como mediocre.

"Notable"----se traducirá por un quiero y no puedo

"Sobresaliente"---se traducirá por buena

"Obra Maestra---se traducirá por habrá que leerla.

Así, si digo que Traficante de historias es una buena novela, lo más probable es que entiendan Vds. que me ha parecido regular. Es lo que tiene la inflación de adjetivos, la hiperbolización del elogio, la sacralización de lo mediano. Se ve de manera visual y auditiva en el teatro, por ejemplo: si al público le ha gustado la obra, no hay que quedarse en silencio. Admitamos que hay que aplaudir para que los actores, aparte de cobrar por la entrada, sientan el gustirrinín del reconocimiento público; pero en España no basta con aplaudir cinco segundos de manera discreta, no. Hay que partirse las manos hasta que sangren y se quiebren las falanges, y hacer salir a los actores siete veces; mejor si se les jalea con gritos de "¡Bravo, bravo!". Y eso para una obra normalita. No les digo nada de la ópera: si sale Plácido Domingo, hay que, además, quedarse en pie un cuarto de hora y abjurar a voces del feminismo castrador.

Lo que quiero decir es que esta obra, con sus defectos, está bien, que merece ser leída. Es mucho más de lo que puedo decir de la mayoría de las novelas que por aquí he analizado, y que en muchísimas ocasiones han sido ensalzadas hasta el empalago más denigrante..

Ya que estamos, vayamos con los defectos:

La editorial se jacta/enorgullece de tener un equipo de "cuatro profesoras de Literatura" en cuyas manos está aceptar los manuscritos. También cuenta con "dos correctores distintos". Ya vimos en La ternura del caníbal, del ínclito Víctor Álamo de la Rosa, que ese orgullo carecía de fundamento, al menos en ese caso (espero que no vuelvan a pedirme el curriculum vitae para que puedan "valorar mi formación y experiencia").

 En Traficante de historias, lo que se echa de menos, en varias ocasiones, es la presencia, siempre necesaria, de la correctora (aunque figure en la segunda página del interior del libro). He apreciado, al menos una vez, una coma entre el sujeto de la oración y el verbo, construcciones en las que una oración subordinada aparece como complento del nobmre cuando lo correcto era el relativo "cuyo". Además, hay ciertas repeticiones, algunas elecciones de adjetivos, varios sintagmas prescindibles o esa práctica tan periodística de eliminar los adjetivos ordinales a partir del décimo. El mismo estilo de estas primeras decenas de páginas se corresponde más bien con uno alicaído y rutinario, propio de los periódicos. Fenómenos y prácticas que no deberían haber escapado a la atención de una correctora profesional. O, al menos, atenta.

Además, sobre todo en las primeras veinte páginas, el estilo de la novela vuela bajo, como el grajo y el frío del carajo. Como si al autor le costara calentar la muñeca, pero, en frío, tuviera ganas de llegar al meollo de la historia. Un editor atento tendría que habérselo hecho notar. ¿Para qué conformarnos?, me pregunto.

Lista de ejemplos:

Cuando su novia, Silvia, con sus padres y su hermano, de regreso de su útimo viaje de soltera en familia, embarcó en aquel fatídico vuelo de Madrid a Gran Canaria, de un plumazo la vida que Tobías veía enfilada cambió, y el esperado auncio de boca concidiendo con su treinta cumpleaños se trastocó en pedir la excedencia como funcionario y aceptar el puesto de docente en un centro de emigrantes, lejos de compañeros y alumnos condescendientes. (Pág. 18)

Lo que aquellos pergaminos contuvieran, podría ser tan importante o más que cualquiera de los libros que se apilaban en la biblioteca ambulante (...) (Pág. 48)

Además, a excepción de Seydú, aquella gente era bastante joven, y una vez más Tobías tenía que hacerse el reproche personal de no conocer la realidad de buena parte de la juventud africana. (Pág. 53)

Esa isla es un hermoso lugar del que conviene no olvidar nunca lo que significó. (Pág. 109)

Como suele ocurrir, sus clases dirigentes, peleles de lo que se decida en el Palacio del Elíseo, disfrutan de grandes privilegios que el pueblo llano ni siquiera puede pensar en ellos. (Pág. 113)

 Siento algo vergüenza de haber nacido en unas islas africanas (...) (Pág. 128)

A medida que avanzaba el día, perdía la esperanza de que apareciera alguien. Se intentaba sobreponer buscándole alguna lógica a su situación, a la de las otras personas que, supuestamente, paraban por allí. A medida que avanzaba el día podría aparecer alguien, pero esa posibilidad desaparecería totalmente al oscurecer porque nadie -suponía- se aventuraría a circular en aquel terreno carente de toda señalización, y con el riesgo de meter el vehículo en una zanja o algo peor. (Pág. 141)

Nadie mencionó los secuestros, y Tobías no quiso añadir más "condecoraciones" a aquel personaje del que volvía a precisar sus servicios. (Pág. 167)

Supuso que se turnaban en vigilar las pocas pertenecías con que viajaban. (Pág. 168)

Le venían sensaciones parecidas a las vividas en su primera juventud, donde más de una vez pernoctó en solitario en el pinar de Tamadaba y otros lugares de la isla. (Pág. 186)

Solamente, Silvia había mostrada interés por esas experiencias y quiso compartir las sensaciones que un Tobías algo escéptico le contaba cuando la conoció. (Págs. 186-187)


Quizá sea pedir demasiado, pero hay conceptos que hace tiempo que ya no se utilizan, al menos en las ciencias, como el de "raza" referido a los seres humanos. Que haya variadades fenotípicas motivadas por la relativa separación entre grupos humanos a lo largo del tiempo junto con su aclimatación a las distintas zonas geográficas del planeta no califica para establecer una separación genética que vendría dada por aquellas características físicas externas. También, decir "hombre blanco" o "negro" aclara poco, salvo, tal vez, para los supremacistas anglosajones. Por otro lado, se prefiere utilizar etnias para distinguir comunidades culturales o sociedades. Al igual que hablar de África, en general, como si las realidades de todo tipo de, digamos Argelia, pudieran corresponderse con las de Egipto, Chad, Congo, Mali, Etiopía, o Lesoto. Diría que utilizar estos términos de alguna manera contradice la intención de Tramunt, que, me atrevo a suponer, pretende quitar el velo que cubre la visión simplista, cuando no directamente xenófoba, de muchos/as canarios/as (y españoles/as, en general) sobre la arribada de inmigrantes a nuestras costas.

Quiero añadir que me resulta débil el intento de explicar la inmigración con ese repetido "no hay trabajo", que soslaya la integración relativamente reciente de numerosas comunidades al sistema capitalista, cuando no la explotación colonial y su esquilmante herencia. Asimismo, una vez integrados en la economía mundial, muchos de estos países africanos desempeñan un papel subordinado, limitado a permitir la extracción de materias primas destinados a los países del denominado primer mundo. En ocasiones, incluso, se elabora toda una estrategia destinada a socavar la instauración efectiva de estados fuertes y consolidados, porque es más sencillo y más barato lidiar con los denominados estados fallidos o con cualquiera de las facciones que se disputan el poder en esas regiones. Como digo, un asunto que dispone de una bibliografía enorme, y que no se puede solventar literariamente con trazo tan grueso.

Aunque hay numerosas obras en la denominada literatura poscolonial en las que se aborda la migración desde el punto de vista del/la viajero/a, con autores/as distinguidos/as ya por el reconocimiento occidental, no deja de tener interés esta novela, vista desde el punto de vista de un occidental, aun su periférica situación. Juan R. Tramunt, a pesar de los titubeos iniciales y quizá falto de una justificación psicológica más convincente para las motivaciones de Tobías, elabora una aventura que a cada página que pasa se vuelve más emocionante, trágica e, incluso, bella. Las andanzas de Tobías narradas en tercera persona no omnisciente, centrada en él, despliega un buen número de relaciones que se complejizan, ya desde su primer encuentro con Seydú. A estas alturas, el lenguaje ya ha adquirido vigor. El autor se mueve con firmeza y confianza adentrándonos con él en la historia.

Además, el mismo Tobías cambia, lo que convierte a esta aventura en una especie de novela de formación. Algo, que si no me equivoco, ocurría también con las andanzas del protagonista principal de Anturios en el salón. Su creciente comprensión del sufrimiento de las personas que se ven obligadas a emigrar en circunstancias arriesgadas y en condiciones penosas es también la nuestra. Esos padecimientos, que acaba sintiendo en primera persona, amplían su visión de este fenómeno de un modo singular, de un modo que jamás podría haber alcanzado antes. Algo de esa comprensión, vendría bien a muchos cuando ante el lamentable espectáculo hace unos meses del puerto de Arguineguín, hablan de "invasión", de "inseguridad", etc. En este sentido, la novela de Tramunt me parece eficaz, aparte de bien estructurada y bien narrada.


Anotó en su cuaderno de viaje: "Siento algo (de) vergüenza de haber nacido en unas islas africanas, disponer de ciertas condiciones que me permitieron en el pasado viajar a países lejanos, y, sin embargo, desconocer estas tierras maravillosas que se extienden a pocos kilómetros de nuestro hogar, saber tan poco de sus gentes, afanadas en sobrevivir. he vivido toda la vida de espaldas a su realidad y la estoy descubriendo casi por puro azar, a la vez que hago firme mi compromiso de conocerla mejor". (Pág. 128)

 

También hay que resaltar que, a pesar de su insistencia en el concepto hombre blanco, no establece una división maniquea entre blancos y negros o entre europeos (incluyendo a los canarios) y africanos. Hay una gama de grises que resulta verosímil y convincente en la caracterización en los personajes. Los diálogos, así mismo, no son abundantes pero cumplen bien su función de resaltar las acciones y la moralidad de quienes hablan. 

Por último, quizá el autor podría haberse detenido más en la descripción física del paisaje y de los entornos urbanos que atraviesa el protagonista. Salvo la vívida escena del ferrocarril, los parajes que describe son un tanto evanescentes, opacios. Sin suponer un menoscabo a la novela, creo que podría haberse detenido un poco en el ambiente para resaltar la inmersión de Tobías en su aventura, para perfilar aún más esas vidas llevadas al límite.

Conclusíón: A veces, hay que detenerse en los defectos de una novela para apreciar mejor su alcance y, sobre todo, sus posibilidades. Repito que, con algunas correciones, Traficante de historias podría haber sido todavía mejor. Aun así, destaca en el panorama literario, repleto de obras tan autocomplacientes como carentes de interés alguno. Como en su novela anterior o en los relatos de Nunca más la noche, Tramunt nos proporciona buenos motivos para leer y para pensar. Recomendable.


POLILLAS AL ANOCHECER EN RADIO GUINIGUADA

jueves, 27 de enero de 2022

'Berlinale', de Elio Quiroga

Aun después de estos más de cinco años, después de todo lo que hemos pasado juntos, hay escritores que piensan que escribo para ellos, que pienso en ellos como receptores de estos artículos. Sugieren, de manera más o menos sutil, que el ánimo que me embarga cuando escribo mis críticas es el de ofender, humillar o castigar. Recordarán Vds., público lector al que me dirijo (que no es ni más ni menos que a todas esas personas a las que engañan semana sí y semana también en los suplementos culturales, en los espacios de radio y tv, y en las páginas de Internet apenas disfrazadas de espacios de promoción o de "colaboración"), que este blog surge como un intento de dar una opinión no mediada por intereses editoriales ni amicales, una sincera y argumentada opinión, lo más informada posible, respecto de novelas y cuentos que se publican en el ámbito local y nacional.

Creo que algo hay de drama, de tintes patéticos, en el enfado del escritor o escritora que no soporta la crítica negativa, por leve que sea. Que piensa que esta es siempre causada por la envidia o el resentimiento. Que no la acepta salvo que sea elogio. Que siempre pide explicaciones y acreditaciones cuando es negativa, pero que la acepta encantado, sin suspicacia alguna, cuando es positiva. Que la crítica en Canarias no existe o carece de calidad salvo si le ensalza. 

Este panorama resulta todavía más grotesco cuando observamos que el mundillo está poblado de escritores y escritoras quizá esforzados/as, pero en absoluto (salvo las escasas excepciones) poseedores/as de talento ni brillantez especiales. Creo que harían bien en dejar de patalear y de gruñir; tal vez les sería más útil reflexionar acerca de su obra, en analizar retrospectivamente su carrera y preguntarse si no ha sido un espejismo fabricado por intereses y necesidades que quizá poco tenían que ver con la literatura misma.

Es fácil despreciar al crítico, pero más fácil es vivir engañado.




Elio Quiroga, en quien no he pensando en ningún momento (que conste) cuando escribí los párrafos del introito, es conocido (corríjanme si me equivoco) por haber dirigido películas y documentales. No obstante lo cual, también ganó un premio de la editorial Minotauro, especializada en ciencia ficción. Así pues, Quiroga es un artista multidisciplinar (un escritor un tanto resabiado lo ha situado incluso en la dimensión de los genios) a quien la especialización en un solo género artístico debe de parecerle insuficiente. Lo que me parece muy bien.

Ciñéndonos a la literatura, Quiroga cuenta ya con una carrera literaria: es decir, ya ha escrito y le han publicado varias novelas, y en los últimos años no ha parado de escribir. En 2021, el ritmo de publicación fue comparable al de Georges Simenon. Algo de pausa puede que le sentara bien, no obstante, ya que con Berlinale perpetra una novela que posiblemente caiga en todos los errores y defectos posibles, salvo faltas de ortografía y anacolutos.

Esta obra pretende ser un thriller (con su asesinato y su mujer hermosa de rigor) con crítica social y política, cargada de ironía y humor. Supongo que Quiroga pretendía armar una novela cosmopolita y trepidante basada en las peripecias de un intermediario cinematográfico, Delfino Almeida, con nómina en el ministerio y en el CNI. Este personaje nos explica lo mal que está España, lo mal que ha sido siempre y lo mal que será en el futuro. Quizá esto satisfaga los instintos más masoquistas de muchos de nosotros, pero, en todo caso, echo en falta algo más de finura en el análisis. Que yo sepa, España no se compone únicamente de listillos/as y aprovechados/as, de seres atrabiliarios y mezquinos. Estoy muy a favor de novelas con mensaje, que no devengan en huero esteticismo o mera experimentación, que, en numerosas ocasiones sólo consiguen la ilegibilidad, pero si se quiere dotar a una obra de ficción de complejidad histórica, sociológica o política hay que sortear tanto una visión maniquea, simplificadora del mundo, como un reduccionismo estéril que lo explique todo por un único factor (en este caso, el ser histórico español).

También nos explica (supongo que el autor tiene experiencia de campo, en su calidad de director de cine que ha debido de asistir a este tipo de eventos) todas las movidas que se traen gobiernos, ministerios, comunidades autónomas, consejerías, etc. en lo que al sarao cultural-cinematográfico respecta. En este sentido, sus revelaciones deberían movernos a empatizar con él, pero la manera de contarlo es a la vez tan vulgar y tan pretenciosa que resulta antipático este Delfino hasta el extremo. A lo que unimos sus capacidades, venidas del cielo (o por lo menos no se explican) de agente secreto todoterreno y sabelotodo. Si la intención del autor fuera ésta, la de hacernos sentir desagrado por el personaje o, incluso, armándole como un narrador poco fiable, tendría que reconocer que lo ha logrado. Sin embargo, me temo que su objetivo era más bien el contrario, lo que revela falta de pericia a la hora de construir personajes.

Por otro lado, detecto que el escritor ha querido contarnos una historia que, aunque la consideraba ingeniosa, a la vez le resultaba tan magra que tuvo que rellenarla con capítulos biográficos e históricos, junto con fotos alusivas, del todo innecesarios. Parece que pretende convencernos de sus conocimientos y, sobre todo, de su experiencia vital, a base de descripciones que en ocasiones resultan redundantes y en otras, banales. Es una historia que podría haberse reducido, sin problema alguno, y quizá con mejor resultado, a la mitad. 

Además, el lenguaje es corriente, sin voluntad de estilo, sin voz propia, sin el menor asomo de originalidad o singularidad. Como tantos otros antes que él, el autor escribe como si la historia casi se contara sola, sin demostrar cuidado alguno por la frase, por el párrafo, como si no hubiera necesidad de reflexionar sobre las palabras. Ese escribir fácil para el autor que resulta para el lector una recepción insoportable: esas frases hechas, esos fraseologismos resobados, esas expresiones de andar por casa... No digo yo que a Elio Quiroga no le guste escribir historias (que se ve que sí, a tenor de su obra publicada), pero lo que no veo por ningún lado es que le interese el lenguaje. Por tanto, no veo a un escritor. Tal vez, como les gusta llamar a los informáticos, proveedor de contenidos. Mi opinión es que la literatura con pretensiones artísticas está hecha de otro material. 


España es un país de pícaros. Siempre lo ha sido, porque es la única manera de la que dispone el pueblo para sobrevivir cuando sus élites están perpetuamente saltando por encima de la ley a capricho. A cambio, esas élites hacen la vista gorda, las leyes no se cumplen a rajatabla para el populacho que se mantiene dócil, y solo cuando hace falta recordar los límites porque alguien se ha pasado de la raya en términos de corruptelas (o resulta incómodo), entonces y solo entonces se hace caer todo el peso de la ley sobre él, estando siempre en la recámara los indultos, que son prerrogativa de los gobiernos y que se conservan como bello recuerdo medieval, sobre todo aquellos relacionados con las cofradías religiosas, y que son concedidos anualmente, al borde de la Semana Santa. (Pág. 22)


Con el paso del tiempo he hecho buenos amigos en la industria del cine; siempre las (sic) he cultivado, pues soy un mitómano, qué le voy a hacer. Y mis contactos me han permitido hacerme un pequeño sitio en el organigrama. Procuro echar una mano a los que me lo solicitan con buenas intenciones, ya que es parte de mi trabajo, y con el paso de los años los favores prestados me han abierto el camino de una cartera de contactos bastante nutrida e interesante. Y desde que en Canarias se han puesto a hacer cine de Hollywood, contribuyo a poner en contacto a inversores y productores, lo que ha hecho a mucha gente rica, y a otra la ha vuelto muy agradecida para con mi persona. Sí, lo que he formado es la típica red clientelar española. Pero no os hagáis los longuis. Así funciona este país.

Así que decidí aprovechar todo aquello, mis contactos y amistades, y convertirme en una especie de nómada que iba y venía a festivales de cine, o a encuentros profesionales audiovisuales y eventos de similar pelaje. Era un híbrido de conseguidor y conferenciante, a la vez que simultaneaba todo aquello con mi labor de asesor de un nuevo ministro (un tipo infinitamente más predecible que el anterior, y es que en cultura poco puedes hacer), y posteriormente de varios secretarios de estado y otros altos cargos de la administración. (Pág. 32)


(...) Me arrastré hacia la puerta de la habitación. Cuado la abrí, me encontré con una deliciosa mujer de unos 30 años, ojos azules y formas rotundas. 

-Hola -fue lo que me dijo. 

-Hola -fue mi imaginativa respuesta. Aunque lo de ella tampoco había sido para echar voladores. 

-¿Delfino Almeida? 

-¿Y usted? 

-Vanessa Forta. Soy actriz. 

-Me alegro por usted -no me sonaba la cara de aquella chica de ninguna película o serie, así que me extrañó la rotunda afirmación. Veo casi todo lo que se hace en España al cabo del año, incluyendo cortometrajes, así que una mujerona de aquella talla no se me podía pasar por alto. Ni de coña. 

-Me han dicho en el EFM que podría encontrarle aquí. Me envía Juan Chiloé. 

-¿Juan? ¿Qué tal le va? -Juan era un amigo que trabajaba en la Comunidad de Madrid, sección de Cultura. Me había hecho un par de favores desde su puesto de funcionario de confianza, y yo le debía cosas. Al parecer me estaba pidiendo un favor a través de aquella mujer. Chiloé nunca pide nada, así que cuando lo hace, es importante. (Págs 50-51)


El edificio de la sede de la soberanía española en Berlín está en Tiergarten, en un edificio neoclásico construido en los tiempos del nacional socialismo que ocupa casi toda la manzana, y está rodeado del impresionante jardín del Grosser Tiergarten. Es de las embajadas más impresionantes de nuestro país en el extranjero, tiene ese estilo ciclópeo y totalitario de los años del nazismo, y ese sabor, que parece salido de la mesa de un diseñador de producción de una película de Marvel, ciertamente no es fácil de olvidar: opresivo, muy efectista y aplastante. Bueno, no soy crítico de arquitectura. Para gustos, colores.

Este tipo de encuentros se suelen organizar en todos estos eventos internacionales, y están destinados, se supone, a que los invitados españoles al festival se conozcan entre ellos, sean presentados al embajador, y se tomen unas copas de fino y coman unos canapés carísimos, todo ello a la salud del erario público. Lo de siempre, vamos. (Pág. 57)


-Sé quién es -le dije a la diosa. Aquella revelación pareció calmarla. Era como si le hubiera quitado un peso de encima. 

-Me alegro. 

-¿Se alegra? 

-Quiero decir... que sepa quién es... 

-¿Entonces, no lo había visto nunca antes de hoy? 

-No... 

-¿Y quién le habló de el (sic)? ¿En qué corrillo fue? 

-Una gente a la que conocía mi marido. Expertos en cine antiguo. 

-¿Sabría sus nombres? 

-Lo lamento, no. 

-Bueno, no se preocupe. Me ha sido usted muy útil. Se lo agradezco. 

-¿Me puedo ir? Tengo cosas que hacer, hay... preparativos... 

-Sí, no se preocupe. Gracias por su tiempo. 

La diosa se alejó moviendo (bamboleando, mejor) aquel glorioso culo que tantas alegrías debía de darle a ella misma y al embajador. Disculpadme la grosería, pero esta es de esas mujeres que, no sé si lo saben, estoy seguro de que causan erecciones espontáneas a los adultos sanos. Madre mía. Si es que lo que diga es poco. Gloria bendita de mujer. (Págs. 71-72)


Desde luego que aquellos dos tipos eran lo que yo me esperaba: los típicos españoles en el EFM, recién llegados y perdidos. Se les notaba a la legua. No dominaban otro idioma que el castellano, no conocían el lugar ni las formas, y soltaban entre ellos chistes soeces para, supongo, darse ánimos. Yo en cuanto me identifiqué como nacional fui recibido con los ojos abiertos como platos, amplias sonrisas, y una invitación a cañas. Dos pipiolos, vamos. Hicieron chistes bastante desagradables sobre una de las azafatas que custodiaban el stand de Cine Español. (Pág. 125)


Así pues, a la página número 150 decidí que mi aventura con Delfino Almeida en la Berlinale debía darla por concluida. Quedaba sin resolver un asesinato y una trama paralela, pero me dio igual. La mezcla de cinefilia nostálgica y cosmopolitismo patán del narrador resultó demasiado cargante para que siguiera gastando el tiempo en aquellas páginas.

Esto no quiere decir que la novela (al menos, no del todo) no pueda entretener a lectores/as poco exigentes, sobre todo en no-lugares como aeropuertos, complejos de bungalows, recepciones de hotel o en salas de espera de podólogos. Tampoco, que a alguien, relativamente ingenuo/a, las revelaciones del protagonista sobre los manejos, trapicheos y demás asuntos anejos al mundo de la cultura le resulten fascinantes o indignantes. Algo es algo. 

A veces, quizá solo a veces, hay escritores/as que no son reconocidos/as por la crítica ni por el público simplemente porque no escriben obras valiosas.


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jueves, 20 de enero de 2022

'Cautiva del tiempo', de Silvia R. Court

Permítanme que saque a colación, sin preámbulos y a falta de asuntos de mayor enjundia, la lluvia de felicitaciones que leo en las redes sociales cada vez que alguien anuncia que la editorial de turno le publica su libro. A ver: entiendo que si uno/a es escritor/a novel, y este es su estreno en la República de las Letras, el esfuerzo y la consecución del objetivo sean reconocidos por deudos y familiares como un asunto extraordinario. No es sencillo compatibilizar las obligaciones personales y familiares con la actividad literaria o artística, aparte de las complicaciones de la propia redacción, las dudas respecto de la propia valía, etc.

Lo que me resulta un tanto desconcertante es que esas felicitaciones se sigan prodigando aun cuando el autor o autora ya sean de sobra conocidos y publiquen vez que quieren. Una vez consolidado en el mundillo, me parece que lo propio no es felicitarle porque haya publicado la vigésima novela, por mucho esfuerzo que se haya empleado en ella, sino, en todo caso, por la calidad, emoción, originalidad, satisfacción etc. de ésta (en el caso de que así fuera). En tal sentido, la inflación rebaja el número e intensidad de las felicitaciones. El primer hijo deseado de una pareja hace que la madre y el padre reciban numerosas felicitaciones. Su octavo, alguna menos, como parece lógico. La primera vez que uno se casa, llueven los parabienes y sirve de excusa para reunir a amigos/as de antaño para una fiesta que siempre se pretenderá histórica. La tercera, pues casi mejor un simple mensaje de whatssap, y mejor que nos olvidemos de facilitar la cuenta corriente para los regalos de boda: sería una una grosería. Un grado universitario o un doctorado merecen felicitaciones y alguna comida. Al cuarto título, ya hay que preguntarse si esta persona ha conseguido sobrecualificarse para cualquier cosa.

En todo caso, felicitar es gratis, y en esta  época de Internet, donde escritores/as y lectores/as acostumbran a interactúar en las redes (la precariedad conlleva la casi obligada autopromoción), para muchos/as constituye una satisfacción saber que su mensaje se recibe personalmente por su escritor/a admirado/a. Una recompensa en sí misma la que proporciona sentirse parte, aunque sea de modo mínimo, de la vida del artista. Un signo de los tiempos.





Para entrar directamente en materia, les señalo que la lectura de la novela Cautiva del tiempo, de Silvia R. Court me produce la impresión de ser una variante de lo que señalé respecto al libro anterior, Sin comienzo ni final, de Alberto Omar Walls. Parece otro de esos libros cuya autora quería escribir, pero el público lector quizá no tanto leer, al menos así. En este caso, además tengo la impresión, quizá reforzada por las declaraciones de la escritora, de que la novela parte de una idea que la entusiasmó: poner, en la medida de sus posibilidades, donde se merecía a una mujer artista, (escultora, entre otras cosas) que, a pesar de su brillantez, fue denostada y ninguneada por su sexo, por el hecho de ser mujer, en la Francia de la segunda mitad del siglo XIX. El género, como expectativas culturales de conducta en función del sexo biológico, siempre hace de las suyas. 

Cautiva del tiempo nos narra, sobre todo en dos planos temporales, la vida de Camille Claudel: uno en su época de actividad artística, donde se centra sobre todo en su difícil relación con su madre y con el resto de su familia (a excepción de su padre, quien, al parecer, apoyó su desarrollo artístico desde el principio) y en su también doble papel de discípula y amante/compañera en relación con Auguste Rodin. El otro, desde la pespectiva de su cuidadora y acompañante, Annette, en el manicomio. En ambos planos, insisto, se describe sucintamente el transcurso vital de Camille, en vez de que la historia se despliegue y se muestre. 

No obstante, creo que el entusiasmo se quedó en la idea, en el proyecto. Un objetivo encomiable no hace buena por sí solo la novela de que se trate. Sin ir más lejos, en el Polillas he reseñado otras novelas cuyo argumento era igual de elogiable en sentido moral, pero cuyos resultados fueron, en algún caso, lamentables por su escasa o nula calidad. Corrigiéndome, creo que es una novela que la escritora no quería tanto escribir como tener escrita.

Así pues, repito, la tarea de Silvia R. Court me parece digna de elogio: los esfuerzos por incorporar al conocimiento general y al canon artístico (o del ámbito humano que sea) autoras olvidadas u opacadas por su condición de mujer creo que sí son necesarias, sobre todo, como suele ser, cuando se intenta restablecer algo de justicia en este mundo, aunque sea de modo retrospectivo. Como también lo sería ese mismo esfuerzo por cualquier persona que hubiera sido relegada por aspectos o características que no tuvieran que ver con sus capacidades, talento, sabiduría o conocimiento, sino por atributos físicos, fenotípicos u étnicos o de preferencias sexuales que sirvieran de coartada para su arrumbamiento u olvido.

No obstante, el problema estriba en su ejecución. Cautiva del tiempo falla, diría que con estrépito, en que casi se olvida de ser novela. Me explico: parece estar escrita con prisa, como si esta obra no fuera más que una sucesión de resúmenes de los momentos vitales, más o menos interesantes, más o menos significativos de Camille. Es por eso que señalé que tal vez Silvia R. Court quería ver la novela escrita, pero escribirla le pareció una tarea bastante fastidiosa. Además, se supone, por lo menos se dice así al comienzo, que la parte de Camille en el manicomio se va a contar por medio de un diario escrito por Annette, pero me causa perplejidad que a veces se hable de ella, de Annette, en tercera persona. Hay así una pluralidad de narradores o puntos de vista bastante confusa.

Asimismo, la autora recae en el error común de explicar, en vez de mostrar. Tiene, por tanto, algo de biografía hecha a base de notas breves y sentenciosas, que casa mal con la autorreferencialidad propia del género. En este sentido, en mi opinión, la novela no está trabajada, como si Silvia R. Court hubiera tenido en mente el mentado objetivo y quisiera explicitarlo lo antes posible aun a base de repeticiones, que solo evidencian falta de desarrollo de los personajes y de la escasa trama que con cierta torpeza hila ante nosotros/as. 

Podría haber sido, con un poco más de cuidado, de paciencia y, sobre todo, de imaginación (calculando que una obra de este cariz podría haber triplicado el número de páginas) una novela interesantísima. También, haber ahondado mucho más en las relaciones familiares, que parecen la clave de las contradicciones y desgarros de la artista: todo lo que se escribe en esta novela es germen, potencia de una complejidad que no se analiza con detalle, sino de manera, a mi parecer, insuficiente. Como consecuencia, su madre, su padre, su hermano, su hermana, el mismo Rodin resultan demasiado planos, sin apenas dimensiones que los hagan humanos: se quedan en accidentes o causas, pero no en seres complejos. También, saber de antemano que está en un manicomio en la (larga) parte final de su vida (uno de esos dos planos narrativos) nos predispone a anticipar fatídicamente este desenlace, lo que acentúa que el otro plano narrativo se convierta en mero prolegómeno. Tampoco ayuda la acumulación de frases cortas, que crean, en este caso, la sensación de apresuramiento y superficialidad. Sensación que va in crescendo a lo largo de la obra, lamento destacar.

Puede añadirse a lo expuesto que la autora, en algunas ocasiones no atina a afinar el lenguaje, lo que se manifiesta en frases poco pulidas, en un estilo un tanto de folleto publicitario o en significados implícitos discutibles, tal y como si los hubiese recogido apresuradamente de un manual escolar de Historia. Por si fuera poco, resultan irritantes las notas a pie de página, que no añaden nada a la historia y podrían haberse evitado (sobre todo porque, en realidad, son solo dos, pero repetidas) con una mención al principio.


Camille transita las calles parisinas entre una multitud y una avalancha de cabezas. (Pág. 28)


En Francia, una mayoría de hombres respira miedo, inseguridad ante los cambios que experimentan la sociedad y las mujeres. (Pág. 40)


La actividad cultural parisina se concentra en las calles, los salones, plazas y cafés. En todos los rincones de la capital. Coexisten el academicismo y la innovación. Un antagonismo entre los defensores del presente y los que se anclan en el pasado. Una oferta artística diversificada y, en muchos casos, artistas en la búsqueda de la originalidad y de nuevos patrones. 

En París los habitantes acogen las modificaciones urbanas con gran emoción. (...) (Pág.63)


Atrás ha quedado la inauguración de la Exposición Universal de París (1889). Esta despierta el interés de millones de visitantes franceses y extranjeros. Le devuelve a Francia su rango entre las grandes potencias. Conmemora el centenario de la Revolución y afianza la República. (Pág. 77)


Elude el trato con Rodin. Procura no coincidir con él. En la nueva etapa se propone encainar sin él su trabajo y las esculturas. Toma iniciativas para conseguir encargos, para exponer y vender obras. Establece contactos. Sobre todo, correspondencia con críticos de arte, coleccionistas y pintores. Con el ministro de Bellas Artes y periodistas. Sus esfuerzos resultan a veces infructuosos, pero muchos fructíferos. A menudo, por el apoyo indirecto de Rodin. 

Camille aviva su relación con Paul. Media y gestiona sus asuntos en París. Su hermano es diplomático y reside en Estados Unidos. 

En verano viaja a Shanklin, a la Isla de Wight. Visita a su amiga Florence. Planifica un reencuentro con su amiga Amy. 

Concentra sus energías en empezar y culminar obras importantes. Con dedicación intensa y constancia. (Pág. 94)


Otros aliados de Camille, como Henry Asselin, Geffroy o Mathias Morhardt, enfatizan la magniud y excelencia de su obra. 

Los visitantes que acuden a la exposición se debaten entre la admiración y la indecencia de unos cuerpos desnudos; las parejas destilan abiertamente apetito carnal y sexo. 

La actitud de Camille en la inauguración favorece la censura. Llega con retraso a la exposición. Ha tomado la palabra E. Blot. Se adentra de manera brusca en la sala. patosa. Muestra signos de cansancio: ojeras y bolsas oscurecen su mirada. Su risa estruendosa resuena en medio de la gente. Emite comentarios desafortunados. En voz alta. Casi a grito pelado. Vigila a su alrededor como si acechara a alguien o algo. Invita a los concurrentes a comprar sus esculturas. De forma compulsiva y con excesivo desparpajo. (Pág. 119)


Así, las posibles lecturas, como la evidente feminista, o incluso una psicoanalítica o estructuralista quedan mermadas ante las evidentes deficiencias del texto, lo que es una pena. 

Dicho lo cual, Cautiva del tiempo se puede leer sin demasiado daño, dependiendo, también, de las expectativas de cada uno/a. Tengo la sensación de que, al menos, he aprendido algo, aunque la lectura se vea lastrada por este lenguaje telegráfico y por un argumento desmañado. Me parece un noble intento de crear algo de valor literario con su aparejada resonancia moral. Sin embargo, y es de lamentar, ni mucho menos la autora logra su propósito. Se queda más bien como una declaración de intenciones: habría requerido mucha mayor profundidad y sutileza, mucha más pericia, en definitiva, de lo que nos demuestra aquí Silvia R. Court.



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