martes, 25 de agosto de 2020

'El valle del Issa', de Czeslaw Milosz

 Que el rebrote estaba anunciado, nos acordamos todos (si no, hagan un esfuerzo de memoria). Que pensáramos que le iba a afectar a otros, en otros lugares, también, quizá para reconfortarnos, pues a veces pensamos que es suficiente desear algo para que ese algo se produzca, entregándonos pues al pensamiento desiderativo. Maduramos, pero de manera irregular, en algunos ámbitos más que en otros, de esa vulgar materia con conciencia de sí misma que llamamos yo. Los laboratorios médicos están a tope, las colas se hacen en la calle; las playas están llenas y hace un calor del carajo. El grajo vuela bajo: agosto en Las Palmas City.

Si estamos ociosos, y algo abrumados por imágenes apocalípticas de coronavirus, por un lado, y, por otro, por la inminente aparición de especímenes humanos pertenecientes a una nueva juventud dorada, los libros siempre constituyen un refugio, cuando no una huida. Por ello, no deberían enfadarse conmigo cuando señalo que la librofilia a veces es mero escapismo. No deberían molestarse, claro, salvo que constaten su propio quietismo y carezcan de otra visión de futuro que la de la resignación. Además, sabemos que la mejor clasificación que puede hacerse sobre los libros, en general, y sobre los pertenecientes a la egregia esfera literaria, en particular, es aquella que los divide entre los que sirven para nivelar una mesa y los que no. En el primer caso, la utilidad salta a la vista y calma los nervios. En el segundo, es asunto discutido que no termina de resolverse. Claro que, cuando hablamos de arte, cuando hablamos de literatura, solemos dejar de lado la utilidad, sobre todo en lo que respecta al autonomizado arte moderno. 

A este respecto, no deja de tener gracia cómo hablamos de literatura: hay una conversación enorme entre lectores/as sobre esta cosa tan inútil. Quién iba a decir que esta inutilidad, leer ficción, iba a constituir una afición para tanta gente, y que además se iba a hacer negocio con ello. Muchos lo vieron claro desde un principio, que escribir iba a servir para pagar facturas (escritores y editores). Después, en una posición oblicua, digamos desde un ángulo excéntrico, algunos/as lo denominan parasitario, están los críticos literarios, que salmodian desde el espacio legitimado para nombrarlos como tales (el suplemento cultural) y los reseñadores/as, que proliferan, desde que Internet es 2.0, como un virus contagioso (tal vez, esta referencia sea de mal gusto, por no decir también previsible: previsible y de mal gusto, que así sea). Los críticos literarios pueden ser confundidos con los guardianes del campo cultural/literario dado que vivimos en una época de crisis económica permanente y hay que ahorrar, así que unos y otros son en la práctica indistinguibles. ¿Cómo distinguir a un guardián cultural? Sencillo: define qué entra o no en el campo de la Cultura, en un medio de comunicación tradicional (prensa, radio y TV: lo cual no obsta para que su discurso no se encuentre también en la Red).

Además, según cierta opinión extendida, no hay críticos literarios en España, y mucho menos en Canarias, por lo que aquellos guardianes (de añeja actividad, tal vez sean eternos), con la aureola de prestigio que les hemos concedido (de un modo algo frívolo, por pereza) por el mentado acceso directo a los medios de comunicación, elevan, con su saludo, las nuevas obras literarias/artísticas (que, por su gusto o por otras razones, hayan elegido) a la categoría de conocidas, de dignas de tenerse en cuenta. El efecto previsible y previsto es que su circulación en el mundillo de suplementos, programas culturales de radio y TV y blogs con otras reseñas y entrevistas se intensifique de manera notable. Tal es el poder e influencia de los guardianes.  

No obstante, dicho poder, el poder de nominar, no está exento de contestación. Sus definiciones se discuten. Como diría Bourdieu ("Todo está en Bourdieu"), hay una lucha simbólica para disputar ese poder, o al menos, su monopolio. Así, es habitual oír o leer frases cómo «ese no es un crítico literario de verdad», o «X no es una artista/poeta/escritora», o «eso no es arte/literatura», etc. Existe una pugna constante por la legitimidad de los juicios y de las definiciones, y sobre todo de quien los emite. Quién tiene autoridad y por qué, quién la concede.

Volviendo al escapismo: en algún momento, por alguna razón, pedí la siguiente novela a mi librería de referencia. Fuese una entrevista, una cita, una búsqueda en la wikipedia o la puta casualidad, el caso es que he leído Valle del Issa, de Czeslaw Milosz, versión de Anna Rodón Klemensiewich.




No es una novela para leer en una sola sesión. Al menos, esa no es mi experiencia. Es posible también que mis hábitos lectores (es una manera pedante de decir "mi costumbre", pero, bueno, me acabo de dar cuenta) sean diferentes a los del lector/a común, entendiendo por ello nada más que el acto de leer solo un libro hasta acabarlo. Yo lo he leído en breves periodos de lectura, de quince a treinta minutos. Ayuda a este ritmo la parcelación del libro en capítulos cortos, de tres a 7 páginas, generalmente. Ya me contarán.

Valle del Issa ejerce en mí ese efecto de lo antiguo reciente. Es decir, me suscita la añoranza de lo que nunca viví, pero por poco. Intento explicarme: el mundo medieval, por ejemplo, me resulta ajeno (aunque me interese): demasiados siglos han pasado y salvo alguna institución salvaguardada por la Constitución y algunos edificios, no siento que algo me ligue a esa época. En cambio, ese "mundo de ayer", entre las dos guerras mundiales, que ya retrataran Stefan Zweig o Von Rezzori, sin tampoco conocerlo (a lo tonto, ya hace más de un siglo) me suscita otro tipo de emociones. Ese mundo rural, de señores y campesinos, a punto de volver a vivir convulsiones revolucionarias, nacionalistas y bélicas, parece despedirse en estas páginas sabedor de su definitiva desaparición, y yo siento algo parecido a la tristeza. Tan cerca y tan lejos, puedo imaginar un tránsito, más o menos zigzagueante, más o menos guadianesco, desde la Gran Canaria de Inquietudes del Hall de Alonso Quesada hasta nuestros días, por mostrar un ejemplo.

Qué sé yo por qué siento algo parecido a la melancolía por las experiencias del protagonista, el niño Tomás, que en esa Lituania polaca (o Polonia lituana) vive su crecimiento en relación con sus familiares y con la naturaleza, con esos pájaros que clasifica con minuciosidad, como si así pretendiese también organizar y comprender los derroteros por los que se desarrolla su vida y de las personas de su alrededor. No hace falta ser muy agudo para advertir que aquella tristeza y melancolía solo puede suscitarlas una prosa de gran intensidad lírica (el autor es sobre todo conocido por su condición de poeta, pero les aseguro que habría escrito el adjetivo lírico aunque hubiese ignorado el dato) y una sobresaliente capacidad para escrutar el interior de sus personajes. O hablando con más propiedad: su capacidad para construirlos de tal modo que resulten naturales y sus experiencias, vívidas, ya sean del mismo Tomás, como las de José, Bartolomé, Romualdo, la abuela Misia, el abuelo Surkont, etc.


Tomás nació en Ginie, sobre el Issa, en la época en que la manzana madura se estrella contra el suelo en el silencio de la tarde, y en los vestíbulos de las casas aparecen barriles de esa cerveza oscura que se obtiene después de la siega. Ginie es, ante todo, una montaña cubierta de robles. El que hayan construido una iglesia de madera en la cumbre es como una muestra de malevolencia hacia la antigua religión, o quizá también como el deseo de pasar de la antigua a la nueva sin sobresaltos: en ese mismo lugar, hace tiempo, practicaban sus ritos los adoradores del dios del trueno. (Pág. 15)


Romualdo merecía entrar en el Reino vedado a las personas corrientes. La presencia del animal lo excitaba, el músculo de su mejilla se contraía, todo él se transformaba en una tensa vigilancia, y era evidente que, en aquel momento, nada en el mundo le importaba más que aquello. Su sirvienta, Barbarka, era ya otra cosa: pertenecía al mundo de los adultos, ¡lástima, tan bonita y con un aspecto tan infantil! Debería entristecernos el ver cómo viven las personas, indiferentes a lo que es realmente importante; no se sabe, a decir verdad, con qué llenan sus vidas. Seguramente se aburren. De todos modos, Barbarka dedicaba mucho tiempo a cuidar el jardín: había llegado a cultivar flores hermosísimas, cuadros enteros de reseda, esbeltas malvas y ruda, cuyo olor verde sabía conservar durante todo el invierno. Para ir a la iglesia, se adornaba el pelo con ella, como todas las jóvenes. Pero aquellas miradas suyas, tan tápidas (sic), llenas de curiosidad, como si ponderara los hechos siguiendo un pensamiento secreto, pertenecían a una persona extraña y adulta. (Pág. 154)


La exaltación que se apoderaba de Tomás cada vez que aprendía algo nuevo sobre los urogallos y, en general, sobre todo lo que tenía relación con la naturaleza planteaba una duda: lo que le excitaba ¿era la imagen de un pájaro, grande como un pavo, con el cuello tendido hacia delante y la cola en forma de abanico, o más bien el imaginarse a sí mismo acechándolo en la semioscuridad? ¿No sería también el que, al hundirse en el espesor del bosque, mudo y cauteloso, o al escuchar el concierto de los perros, se extrañara de sentirse un cazador de verdad? No sólo miraba los detalles a su alrededor, sino que se veía a sí mismo observando esos detalles: es decir, se extasiaba ante el papel que estaba representando. Por ejemplo, el gesto curvo de su pie al acercarse a la presa: con ese gesto expresaba la conciencia, quizás un poco exagerada, de su propia habilidad. De hecho, los mayores no tienen razón si creen que no se divierten de la misma manera. Y si no, que confiesen que su curiosidad por saber cómo se siente uno en su papel de amante es a veces más importante que el mismo objeto de su amor. (Pág. 189)

Narrada en tercera persona, a veces confundiéndose con la conciencia del niño o con la de otros personajes, esta novela bien podría haber sido unas memorias de una infancia lejana, aún más remota por las vicisitudes históricas de la región y por los enormes cambios civilizatorios experimentados por la humanidad desde entonces. Claro que no son meros recuerdos, más o menos ficcionalizados, aderezados con técnica narrativa. Son también, por encima de todo, indagaciones sobre la naturaleza humana, sobre el amor, sobre el sexo, sobre la dominación de unas personas sobre otras, sobre el tránsito de la niñez a la vida adulta, sobre la naturaleza en su exuberante variedad de vida arbórea y animal, sobre la vida. Sobre la muerte. No es poco, ni mucho menos.

Resulta, a fin de cuentas, una lectura que produce una impresión extra-ordinaria, pese a no narrar más que escenas sin importancia aparente. Ese extenso mosaico de personajes y de escenas conforma una novela que, si fuera algo más pedante, si tuviera yo en mis manos el poder de imponer mis definiciones y mis juicios, diría que es digna de entrar en una biblioteca que caracterizaría a una persona dotada de gusto. Como mis pretensiones distan mucho de querer imponer nada, me limito a recomendarla y a esperar sus opiniones.



P.D. Me había olvidado comentar que he contado al menos 8 erratas en la edición de bolsillo de Tusquets, que es la que he manejado.





viernes, 14 de agosto de 2020

Lecturas imprescindibles porque la cultura nos eleva y bla, bla.

 Mientras sigo leyendo al polaco (en pequeñas dosis) me he preguntado si no sería mejor escribir un post, antes de la futura reseña, que calmara las ansias de mis lectores por descubrir algo nuevo de mi alforja mágica de ocurrencias, un artículo que, metafóricamente hablando, saciara su hambre de alimento espiritual. Algo, en definitiva, que hiciera este mes de agosto menos un páramo solo ocupado por el virus maléfico y más un vergel cultural que nos hiciera mejores y más fuertes. Y muy cohesionaditos, como les gustaría a nuestra clase política. A este respecto, es ejemplarizante la reciente entrevista a Marco González, alcalde de Puerto de la Cruz (Tenerife).

En estas, pues, estoy, por lo que a continuación les presento una lista de mis lecturas actuales, completadas o no. Son, como dirían nuestris queridis amiguis de los medios de comunicación, "imprescindibles", "fundamentales", "necesarios", "de obligada lectura", etc. Bueno, en serio, muchos son títulos clásicos de su ámbito de conocimiento (y del conocimiento en general). Otros, si no lo son, valen la pena igual, tal y como puedo calificarlos a la luz de mi magra inteligencia, ya natural, ya cristalizada por años de lectura. Esta es, vale la pena señalarlo, una lista heterogénea, heteróclita, transversal e interdisciplinar, tal vez poliédrica, sin ánimo exhaustivo y es probable que caprichosa, producto tanto de la memoria como del estado de ánimo de estos días (muy bueno, en general). No espero que me la agradezcan de antemano; tan solo si algún libro les complace.


-Conversaciones sobre la escritura. Ursula K. Le guin. Con David Naimon (Alpha Decay, con traducción de Núria Molines). Libro de fino grosor, uno se pregunta antes de comenzar a leer si valen la pena los 15 euros por las menos de cien páginas de texto, que es la transcripción de tres entrevistas hechas a la escritora (fallecida hace poco más de dos años-2018). No sé cómo se mide esa relación euros/contenido, pero lo que sí sé es que está muy bien la segunda parte de este binomio. Consideraciones sobre literatura en general y la ciencia ficción en concreto, sobre el feminismo, la poesía y el ensayo y otros asuntos se articulan respecto de preguntas, en general, inteligentes. Es posible, incluso, que los aspirantes a escribir aprendan algo con las reflexiones de la Sra. K. Le Guin porque cada cosa que dice es importante. Por ejemplo, sobre el uso del punto de vista en la narración. Por cierto, a estas alturas me vengo a enterar de que tanto su madre como su padre eran antropólogos reconocidos. 


-El mundo de Atenas, de Luciano Canfora (Anagrama, traducción de Edgardo Dobry). Libro sobre la Atenas clásica con algunas tesis de intención polémica, al que cita J.L. Moreno Pestaña en su libro Retorno a Atenas, en especial por el papel desempeñado por Tucídides en las conjuras oligárquicas en Atenas. Ameno, interesante, minucioso y cargado de bibliografía, esta monografía  reconstruye la democracia ateniense, la guerra del Peloponeso, prestando especial atención al suceso de Milo, y la insatisfacción de parte de la oligarquía por el, a su parecer, injusto papel político al que ha sido relegada. Un papel que podría estar encarnado por Calicles, en el diálogo Gorgias de Platón: Los más poderosos, los más fuertes son los que deben gobernar. Tras un último intento oligarca, el golpe de 404 (régimen de los Treinta Tiranos), Atenas no dejará de ser gobernada democráticamente hasta su derrota a manos de Macedonia.


-Antes o después que el anterior, propongo que lean  El gobierno de sí y de los otros, de Michel Foucault (Akal, traducción de Horacio Pons) que se centra sobre todo en el hablar franco y veraz, la parresía, en democracia (que es la parte que más nos puede interesar) y en monarquías o imperios. Foucault estudia las tragedias Edipo Rey (Sófocles), Ion, Orestes (Eurípides), junto con otros textos de Platón como el Gorgias. Si leen estas tragedias al mismo tiempo, ganarán en claridad. Aunque, como dice JL Moreno Pestaña, la visión que da Foucault de la democracia está muy vinculada a la de Hannah Arendt, sobre todo en su concepción de un régimen de competencia aristocrática por el poder, sin tener en cuenta los mecanismos institucionales que prevenían con bastante eficacia el excesivo poder personal, no deja de ser un estudio brillante y sugerente sobre el poder de la palabra en el espacio público. Como también señala Moreno Pestaña, mejor leerlo teniendo al lado la obra de Castoriadis y de Rancière.


-Como complemento a la obra de Foucault (que son sus lecciones en el Collège de France), en especial respecto de Edipo Rey, les recomendaría (muy vivamente) lo que he hecho yo: hacerme con el libro Oedipus At Thebes, de Bernard M.W. Knox para comprender gracias a un reputado especialista las múltiples posibilidades de interpretación de esta obra, y no quedarnos con la más o menos canónica de la "tragedia del destino", o la imposibilidad de escapar a este, que es como se suele entender normalmente. Si no la habían leído antes, es una buena oportunidad para hacerlo. Si ya la habían leído o visto representada, la monografía de Bernard Knox les dará que pensar, y mucho, porque las propuestas de interpretación de este autor amplían nuestra capacidad de entender la obra desde múltiples perspectivas, que se exponen con tal naturalidad que uno no entiende cómo no cayó en la cuenta antes. Y es que la democracia ateniense no se entiende sin las tragedias.

Ya que estamos metidos de lleno con los griegos, hay dos libros que les irían bien para desterrar la idea de que los atenienses podían permitirse la democracia porque tenían un montón de esclavos de los que se servían para no tener que trabajar y así cotillear en el ágora y votar en el Pnyx: Peasant-Citizen & Slave. The Foundation of Athenian Democracy, de Ellen Meiksins Wood y El nacimiento de la política, de Moses I. Finley (Crítica, traducción de Teresa Sempere), entre otros. 

                                                                                

                                                            

Dejando de lado a los atenienses, tengo sin terminar (pero muy avanzados) tres libros sobre distintos asuntos como son la legitimidad en democracia (Legitimidad. Los cimientos del Estado social, democrático y de derecho, en Akal), qué entendemos por caridad y si es algo que admirar (Contra la caridad. En defensa de la renta básica, en Icaria (traducción de Daniel Escribano)), y una colección de artículos antropológicos sobre la sociedad, el poder y el Estado (La sociedad contra el Estado (Virus Editorial, traducción de Paco Madrid)). Este, escrito por Pierre Clastres, ya es un libro canónico, por cierto. Quizá comenzaría primero por él. Después, probablemente, con el de Luis Alegre y Clara Serrano. Y terminaría con el de Daniel Raventós y Julie Wark. Por cierto, pueden acompañar este último con el de Linsey McGoey: There is no such thing as a free gift. ¡Tiembla, Amancio!

 

                 


  

                             


¡Y eso es todo, amiguis!


domingo, 26 de julio de 2020

'Panza de burro', de Andrea Abreu

Aquí estamos de nuevo con lo que más nos gusta en este blog: la promoción en los medios de una novela. Ya saben Vds. la hermosa sensación, tal vez plenitud vital, tal vez mero placer físico, que nos proporciona leer a reseñadores/as, editores/as y autores/as en cuasi divina armonía al glosar virtudes, bondades y maravillas varias de la obra de que se trate.

En este caso, aupada por una reseña-elogio en La Provincia, otra en el diario.es/canariasahora, sendas entrevistas en La Provincia y en El Día, y otra en eldiario.es, precedido todo por otra reseña en Zenda y una extensa entrevista en Radio 3 ha llegado a conocimiento del mundillo literario Panza de burro, una de esas novelas de las que todo el mundo, a la fuerza ahorcan, habla y lee. Es, valga el símil, como saber quién es Belén Esteban aunque uno perjure que solo ve documentales de National Geographic. Es imposible, si uno está en el mundo, ignorar la existencia de determinados entes. Toda una fricción ontológica. 

Los medios de comunicación siempre ganan. No tanto por el contenido de lo que dicen, sino porque encuadran y enfocan, como es bien sabido. Se habla de lo que ellos elijan que se hable porque, salvo que vivamos en un pueblo pequeño, no hay otra manera de que la mayoría sepa de algo si no es bebiendo de una fuente común. Esta fuente común son los medios. Idealmente, son imprescindibles para una democracia sólida. La mayor parte del tiempo, empero, son sus principales corruptoras. Igual que la parresía es el hablar franco y verdadero que la democracia necesita, y que de ella brota, pero que puede corromperse en retórica como arte de adular y halagar la opinión de la mayoría, la función de filtrado y selección de los medios de comunicación puede desvirtuarse en manipulación y propaganda, como bien sabemos. Lo ideal sería que los medios de comunicación ejercieran una permanente serie de actos de parresía, pero a lo que asistimos es al despliegue faccioso de pseudoeventos, medias verdades y mentiras por doquier.

Los dos ejes en los que se basa la promoción de la novela son a) el idioma: la transcripción del habla popular canaria; y b) el cariz político que tal decisión implica. Ahí es nada, tanto porque son asuntos un tanto viejunos como por su actualidad, aunque parezca paradójico. Viejuno porque seguimos dándole vueltas al habla canaria y a las añejas pretensiones normativas emanadas desde Madrid de lo que es español correcto o incorrecto, el hablar "bien" o el hablar "mal", pero el asunto está zanjado académica y políticamente desde hace décadas. Otra cosa, y esta es su actualidad, que la percepción de diferentes calidades del idioma español/castellano y de los acentos haya pervivido en una concepción, digamos folk, tanto en la Península como entre nosotros mismos. 

Además, en nuestra Comunidad, un supuesto partido nacionalista ha estado en el poder más de 20 años, desarrollando diferentes políticas públicas de ensalzamiento de lo autóctono y de lo nuestro. Un conocido independentista, también académico, ha ocupado la Consejería de Educación, Cultura y Deportes. La TV Canaria, además de emitir westerns, produce algunos contenidos canarios, y sólo cuenta con locutores o conductores de programas que hablan en nuestra variante del español. Además, existe una Academia Canaria de la Lengua, se han editado varias colecciones de autores y autoras canarias patrocinadas por diferentes administraciones públicas , etc. No sé si podría hacer más y mejor, no sé si hay razón para seguir haciéndolo o no. Ignoro si la mayoría de la población ha hecho suyo o internalizado la cultura canaria, tal como la puedan entender y proyectar los políticos de turno, pero parece difícil afirmar que hay "una realidad que niega nuestra cultura". Defínanme "realidad" o, al menos, me gustaría que la autora hubiera sido más concreta. Si hay que ser subversivas, seámoslo a fondo.

Quizá hable de una cultura canaria dominada. Es decir, que dentro de nuestra misma Comunidad, exista una cultura popular que no permea el discurso oficial de la cultura, de la cultura canaria. Si es así, no puedo estar más de acuerdo con Andrea Abreu, puesto que el concepto de cultura emanado de las administraciones públicas, peninsulares o canarias, es uno que orilla el conflicto y la división, uno en el que imaginan, dulce desvarío, la feliz unión interclasista de la sociedad, dejando de lado desigualdades de todo tipo y una pobreza enquistada, que parece formar parte también de nuestra singularidad.

Es por ello que el concepto "nuestra cultura" está abierto a la discusión, porque a estas alturas puede considerarse tan nuestro el gofio como la pizzería de la esquina, el grupo folclórico como el centro comercial con su McDonald's dentro, el plato de carne de cabra y el sancocho como las piscinas cubiertas o Internet, las luchadas como el surf, los melodramáticos discursos de Ana Oramas en el parlamento nacional como las luchas sindicales de todos los días. Por no hablar de lo que Abreu entiende por "canario" (idioma canario), que puede ser las palabras que se usan en Tenerife, que no son todas las mismas que se emplean en otras islas, o ciertos usos fónicos como la aspiración de las -s finales en Gran Canaria, que no es propio de todo el archipiélago, o el mismo acento que varía de una isla a otra, de un municipio de una misma isla a otra, incluso dependiendo del barrio. Y qué ocurre con las 'h' aspiradas, díganme. 

En cambio, si lo que Abreu quiere poner de manifiesto es la distancia entre una cultura canaria oficial, reificada e hipostasiada por los partidos políticos que han ocupado el poder y su intelectualidad apoltronada, y una multiplicidad de formas culturales de expresión y de vida populares, estoy con ella.

 A fin de cuentas, puede ocurrir que todo este tosco análisis no sea más que la consecuencia de un clickbait, de un cebo, para que el titular nos indigne, excite, complazca o enfade y ejecutemos el supremo acto de conformismo posible, que es comprar el producto que se nos ofrece.

Aquí estamos todos, a fin de cuentas, a ver qué es Panza de burro.






Panza de burro, de Andrea Abreu, es la historia de una relación de amistad infantil, preadolescente, entre la narradora y su amiga Isora. Es decir, una narradora presente, y por tanto de visión y conocimiento imperfectos. Es de resaltar, algo que ya ha hecho desde el comentarista peninsular, pasando por su editora, hasta nuestros periodistas culturales locales, el lenguaje en la que está escrita la narración, que es una especie de transcripción del habla canaria con que se comunican en el pueblo donde viven los personajes. Claro está, modificada por las intenciones estilísticas de la autora. A este respecto, no tengo nada que objetar: ni soy fan de la RAE, con sus irritantes pretensiones normativas, ni estoy en contra de que cada uno se exprese como pueda o quiera, y más aún si lo que se pretende es crear una obra artística, como una novela. Que una escritora tenga voluntad de estilo me parece elogiable. Que sitúe su historia en el terruño propio, también.

Podríamos señalar cierta falta de coherencia en la elaboración de ese lenguaje, porque si el personaje, por ejemplo, no emplea el fonema /z/ como es propio del habla canaria, y la autora lo quiere indicar, lo lógico sería pensar que no lo empleará nunca. Así, en un par de ocasiones escribe "costrusión" o "dosientos", pero el resto del tiempo, no. Podríamos no ser tan radicales y pensar que la autora solo ha querido ofrecer aquí y allá pinceladas del 'habla', marcadores de la lengua que se imagina, pero que no quiere volver ininteligible el texto. De acuerdo, pero entonces cabría pensar que su propuesta no es tan radical como deja entrever en las entrevistas.

En todo caso, la intención de Abreu de forzar el lenguaje, digamos estándar, ya sea el español normativo, ya el habla canaria también normativizada, de estirarlo y extenderlo, de martillearlo y de onomatopeyizarlo me parece loable, qué digo, admirable, y propio de una escritora con ambición, que es lo menos que podemos pedir a alguien con pretensiones artístico-literarias con algo de calado. No obstante, en ciertos pasajes, el coloquialismo se transforma en algo parecido a un argot, que debe resultar incomprensible para muchos lectores. Por ese mismo motivo, es posible que llegue a fatigar.


Nos sentamos en la mesa y comenzamos a comer a la velocidad a la que se tiraban los chicos con las tablas de San Andrés. No había gomas al final de la cuesta. Los chorros de mojo deslizándose por nuestras barbillas, las trenzas aceitosas de meter los pelos dentro del plato, los dientes llenos de trozos de millo y orégano, cagadas de paloma blanca, como llamaba Isora a la comida de los dientes. Y mientras tragábamos yo ya sentía una tristeza como un estampido, una agonía en la boca del estómago, la boca seca como después de haber comido leche en polvo mesturada con gofio y azúcar. En verano no íbamos a poder salir del barrio, la playa estaba lejos. No éramos como las otras niñas que vivían en el centro del pueblo, nosotras vivíamos en medio del monte.
Isora se levantó de la silla y me dijo shit, vamos pal baño. (Pág. 24)

Nos pasamos toda la mañana preguntándole a la gente si nos llevaba pa San Marcos, pero nadie podía. Las viejas eran las únicas que parecía que querían acompañarnos porque estaban que no cagaban con Isora, pero ellas no tenían coche ni sabían conducir y la verdad no nos iban a acompañar caminando por la carretera porque eran casi tres horas de camino y la vereda era muy estrecha, los coches pasaban muy pegado. Pensamos en ir solas. Isora cogió las cosas y las metió dentro de una maleta: la tualla, la crema, los bañadores y unos bocadillos de chorizo revilla y queso. Desde el mostrador Chela nos escuchó los escorrozos en la parte de abajo de la venta porque Isora estaba buscando los tenis viejos y vino corriendo pabajo. Pa dónde carajos van ustedes quisiera saber yo. Pa la playa, bitch, le dijo Isora. Y Chela se quitó la chola de levantar pa lanzársela a la cabeza gritando pa la playa te voy a mandar yo volando, cachopuuuta! Yo me pegué a una de las estanterías donde estaban colocados los jugos lybis llenos de polvo y telas de araña. Isora se escondió detrás de las neveras de los congelados corriendo y empezó a repetir por lo bajito foquin bitch, foquin bitch, ojalás te mueras. Cheee, que está aquí esperando el hombre los duuulces, muchaaacha!, gritó una voz de vieja desde la puerta de la venta. Chela salió escopetada parriba con la chola todavía en la mano. (Págs. 47-48)

Y al terminar de estregarnos Isora me mandaba a rezar y yo bisebisebisé con los pantalones del chándal todos pintorriados de colores, como un arcoíris dentro de las piernas, un arcoíris que se elevaba por encima del límite del mar, allá abajo, donde las nubes se juntaban con el agua y ya todo era gris, y ya solo quedaban nuestros pepes latiendo como un corazón de mirlo debajo de la tierra, como una mata a punto de reventar el centro de la Tierra. (Págs 94-95)

Con la cara toda llena de churretones llegué corriendo a la altura de Isora. Se quedó mirándome y me dijo ojalá me hubiesen pintado a mí por el día de Candelaria. Parecía más calmada, rara, triste tal vez. Tenía los ojos en el sitio. La cadenita apoyada en el labio de abajo, tan apretada contra el cuello que casi le rajaba la piel. Miraba el piche todo el tiempo, le daba pataditas a las piedras del suelo y suspiraba. Se sacaba las bragas del culo y suspiraba. Llegamos hasta la puerta de abuela y se quedó quieta, con los brazos pegaditos al cuerpo, con los brazos rígidos como dos palos. Shit, tú eres mi amiga?, me  preguntó. Claro, tú eres mi amiga más jarrapa que tengo, le respondí. No, no, ahora en serio. Tú eres mi amiga de verdá?, siguió. Eeeeh, sí, yo soy tu amiga. Pasaron unos gatos amarillos corriendo por la carretera y los miramos, Suspiró de nuevo y se sacó las bragas. Tú crees que mi madre era guapa?, me dijo de repente. Sí, tu madre era muy guapa. En la foto de la mesilla de noche está superguapa. Sí, tenía el pelo como una baba, más liso que yo, me respondió. Y se dio la vuelta y se fue caminando por la calle pabajo. Y yo la observé descender en sisá, con esa especie de cojera que le daba rascarse el culo cada tres pasos. Ya a la altura del cruce se dio la vuelta, despacio, se dio la vuelta despacito como un hombre viejo con bastón y gorra de la ferretería Los Dos Caminos. Shit, acompáñame hasta cas Melva, por fa, que yo siempre te acompaño. (Pág. 124)


Más allá del uso del habla más o menos vernácula, no es desdeñable en absoluto el uso de metáforas y símiles trabajados, con capacidad incluso con ese lenguaje coloquial o vulgar de crear imágenes de gran belleza. Además, la literatura siempre implica transformación, por lo que comporta de eliminación y selección. Así que más allá de la fidelidad a un uso del lenguaje, más allá de la transcripción más o menos realista del habla, lo importante es si esas decisiones lingüísticas cumplen una función literaria y que sea la forma necesaria para que la historia cuaje. En ese sentido, creo que Abreu lo hace bien. La narración en primera persona nos sumerge en un mundo rural de gente de nivel socioeconómico modesto, indicado por los coloquialismos y vulgarismos que dotan la historia de una vivacidad a la que estoy poco acostumbrado con nuestros/as literatos/as locales, más dados a devaneos líricos-existenciales y a yoísmos de poca monta que a literatura con un pizco de calidad. 

Son estos personajes lo que dotan de un atractivo especial a Panza de burro, como Isora, la amiga de la narradora, depositaria de sus afectos y de sus anhelos, con esa incipiente sexualidad tan significativa a lo largo de toda la novela, y los numerosos personajes secundarios que salpican la historia, como Juanita Banana. Es, en este sentido, como Panza de burro más que re-crear, construye un mundo propio, autónomo y autorreferencial, por más que esté basado en las vivencias de la autora. Es, por tanto, un triunfo de su escritura que haya logrado crear ese ecosistema tan singular, esos personajes con esas visiones del mundo tan ligadas a unos patrones socioculturales de las que no son conscientes (como no lo suelen ser las personas en el mundo real). Es en ese sentido en el que puedo apreciar una labor política: la visibilización de aquellos de los que apenas leemos y casi nunca escuchamos, y que cuando se les enfoca es para resaltar el pintoresquismo que tendemos a atribuirles. Son aquellos/as que no cuentan, esa parte que, como dice Rancière, no tiene parte, que no cuenta para la asignación de puestos, para la distribución del poder social, siempre a la sombra, siempre bajo el mando, de los que sí cuentan.

En cuanto a la historia en sí, es más bien una sucesión de escenas. No es una historia en tres actos convencional de planteamiento-nudo-desenlace, con unidad de acción. Así, la novela puede interesar más a unos/as que a otros/as ya que a las dificultades de la lectura se le suma la dispersión argumental. Quizá la intención de la autora ha sido precisamente esta, la de hilar escenas dispares pero que apunten a uno o varios sentidos unificadores: la amistad, el sexo femenino preadolescente, la percepción del propio cuerpo, las relaciones familiares con los adultos, etc. Así, la escritora apunta a asuntos que, por la propia estructura de la novela, no alcanza a desarrollar. Es difícil, entiendo, señalar matices y desarrollar posibilidades latentes y al mismo tiempo mantener el vigor de la cadencia narrativa de Panza de burro.

PARA TERMINAR: olvidándonos de las reseñas palmeras por las que parece que cualquier novela, incluida esta, es un hallazgo artístico de resonancias interplanetarias constitutivo de hitos históricos, vale la pena leer Panza de burro. Una novela notable, que sin ser original en cuanto a la forma y al uso del lenguaje popular, sí demuestra una reflexión acerca de él y un trabajo de elaboración que se materializa en un convincente desafío lector. Además, ofrece un punto de vista singular con sus personajes, absolutamente convincentes, no exento de crítica social. En mi opinión, Abreu es una autora con personalidad literaria propia cuyo itinerario novelístico habrá que tener en cuenta a partir de ahora.





P.D. Otras reseñas, aquí y aquí. 
P.D. (2) aquí













miércoles, 15 de julio de 2020

'Quédate este día y esa noche conmigo', de Belén Gopegui

Leyendo los artículos de Nora Navarro en la hojilla cultural de La Provincia, uno se da cuenta de las inmensas dificultades del ejercicio de su profesión. Dificultades de deslinde, precisaría yo, entre la actividad por la que cobra, periodista del medio en cuestión, especializada en eso que suele llamarse Cultura (pero que mañana mismo puede pasar a Deportes o a Sociedad), y su afición por escribir artículos en los que plasma sus impresiones de lectura de una obra determinada. Podríamos señalar que el trabajo de periodista cultural no incluye, ni mucho menos, la actividad de reseñadora, más bien la repele, porque los intereses son divergentes.

Me explico: como periodista (cultural), Navarro puede y debe conocer a escritoras/es, artistas, editores/as, galeristas, agentes, representantes, concejales/as y consejeras/es, gerentes de instituciones culturales y demás gente del mundillo artístico-cultural de mejor o peor vivir. En ese sentido, unas buenas relaciones en las que además de empatía y simpatía pueden intercambiarse favores veniales conforman la actividad cotidiana de cualquier periodista. En cambio, como reseñadora, Navarro podría encontrarse ante una obra que considerara detestable, o que le gustase regular (lo mismo podría aplicarse a un/a crítico de arte). Es aquí cuando su opinión como reseñadora-crítica podría entrar en colisión con su actividad como periodista cultural. ¿No le importará molestar a la autora? ¿Y a la editora? ¿O con la consejería/concejalía que subvenciona la obra o que le ha concedido un premio? ¿Y si dentro de un tiempo tiene que entrevistar a alguna de las partes implicadas? ¿O pedirle un favor porque alguna de ellas conoce a alguien que le interesa? Menudo dilema: su opinión de lectura puede perjudicar el ejercicio de su profesión. ¿Qué hará, entonces, "luchar contra un piélago de calamidades" y emitir su opinión sincera e informada o, siendo "más descansado para el ánimo", escribirá lo que sabe que le beneficiará o que, al menos, no le ocasionará contrariedades?

Ignoro cuál es la respuesta particular de esta periodista y de aquellos/as en posición similar a la suya, pero sí que parece que es general, y hasta cierto punto lógico, que la mayoría se decante por "no cerrarse puertas". Dicho de otra manera: una manera de esquivar el dilema es reseñar sólo aquello que les gusta. O decir(se) que es eso lo que hacen. Además, no es descabellado pensar que, aun siendo socialmente casi irrelevante, esta posición en un medio consolidado como un periódico local otorga cierto status de "conseguidor(a)". Es decir, dentro de ciertos límites, puede ejercer el poder de decidir qué obra se visibiliza para el mundillo lector. Aunque en cuanto a número de lectores, su influencia social sea reducida, su prestigio dentro del mundillo artístico es consistente por ser esa especie de portero/a del campo cultural al que, sobra decirlo, no todos/as tienen acceso. Quizá sea poca cosa para nosotros, pero para algunas personas eso no tiene precio.

Estos dilemas son extrapolables, claro está, a la crítica teatral, musical, pictórica, escultórica, cinematográfica, etc. Al fin y al cabo, no deja de constituir un conflicto de intereses, pues se corresponde con actividades diferentes que concurren en la misma persona o profesión. Problema grave que sólo puede ser resuelto mediante la necesaria división de funciones entre el/la periodista cultural y el reseñador/a, además de un plus ético que vamos a dar por supuesto. El medio de comunicación, en consecuencia, tendría que contratar a una persona específica o, por el contrario, evitar publicar reseñas en absoluto. Pero, ¿cómo resistirse a ser influyente?









En otro orden de cosas, la novela que hoy traigo aquí tiene el hermoso título de Quédate este día y esa noche conmigo, de Belén Gopegui. Novela de historias enmarcadas cuya singularidad es que toma como forma principal una carta de solicitud de empleo a Google, (es decir, a Alphabet, que es la corporación matriz).  Pero es una solicitud peculiar en todos los aspectos por ser obra de dos personas (los protagonistas, Olga, que es una especie de mentora, y Mateo, joven y, por tanto, novicio), por el formato (una narración en el que se combinan la segunda y la tercera persona) y por la extensión (más de cincuenta mil palabras: la novela, en sí, casi en su totalidad). 

Como es evidente, todo este artificio metodológico es la forma en que la autora construye esta novela dividida en dos partes, con una introducción, ambas, por el receptor de la solicitud en Google, y con la que pretende darnos cuenta de un montón de asuntos de relevancia moral y social, que es lo que la convierte en estimable. Gopegui sabe ir más allá de los lugares comunes gracias a un conocimiento bastante profundo de las repercusiones del dominio de las grandes compañías especializadas en big data y en el control de los usuarios. Resulta un signo de los tiempos que esa carta, esa solicitud con carácter de manifiesto, vaya dirigida a una gran empresa, como antes era dirigida al césar o al rey. O como dice en la reseña a la que enlazo más abajo (*), a Dios. También podemos pensar que en un mundo en el que la opinión de los individuos no cuenta nada (si es que alguna vez contó) solo es relevante su huella digital o sus hábitos mensurables para poder comerciar con ellos o convertirlo en target de alguna campaña de marketing. Según algunos autores, esta reconducción del capital desde las manufactura a los datos, igual que a las finanzas, es un signo de la veracidad de la teoría de la caída tendencial de la tasa de ganancia del capital (véase, por ejemplo, La tragedia de nuestro tiempo, de Andrés Piqueras). En cualquier caso, el demos solo es tomado en cuenta como objeto de manipulación y de extracción de renta.

No obstante, Gopegui va más allá de la novela de tesis, de la mera ejemplificación en clave literaria de una teoría o de una visión. En la novela se encarnan problemas y dilemas morales y vitales que experimentan (o podrían experimentar) los seres humanos en unas circunstancias específicas. En este caso, una sociedad de capitalismo posfordista, casi inmaterial, de disolución de lazos humanos y de fulgurante atomización social. O sea, la nuestra. La injusticia de fondo que acompaña y es causa de la desigualdad social en ascenso y la permanencia del vínculo entre empleo y valía junto con la cada vez mayor dificultad para acceder a lo primero ocasiona innumerables problemas psicológicos y sociales que encuentran su reflejo en las trayectorias personales erráticas y precarias, por no decir algo peor, de innumerables individuos. Hasta qué punto podemos identificarnos o no con los personajes es cuestión de cada uno, es evidente, pero me atrevo a señalar que las reflexiones de los protagonistas enlazarán en un punto u otro con las nuestras, a poco que hayamos sido capaces de hacerlas y no nos hayamos suicidado después. Esto, que considero virtud, puede hacer que algunos abandonen la lectura. 

No obstante, contra el cálculo y el determinismo logaritmizado, los personajes se preguntan y reflexionan sobre qué nos hace humanos, específicamente humanos, y no máquinas o robots. En qué medida somos programados o moldeados por los genes y la cultura o en cuál es posible que triunfe la voluntad. Cuál es, en definitiva, la capacidad de tener libre albedrío, con su casi infinita serie de consecuencias. En este sentido, Olga y Mateo, pese a su proyecto común plantean preguntas y formulan objeciones desde posiciones vitales y morales diferentes y, a veces, opuestas. Un debate ante el que el público lector tiene difícil mantenerse al margen, pese a la posibilidad de ir decantándose en momentos distintos por opciones contradictorias.

En este contexto de densas implicaciones sociales y morales, Gopegui es capaz, a pesar de todo, de sacar brillo a la lengua. Consigue, al mismo tiempo, evitar la mayor parte del tiempo que la literatura ceda terreno a la moralina. En mi opinión, un mérito nada desdeñable pues este error de modo simultáneo restaría verosimilitud a la historia y credibilidad a las reflexiones subyacentes. Solo podría señalar como objetable el tono de algunos diálogos, que comienzan un tanto acartonados. Es decir, no surgen (no dan la impresión de surgir), digamos, de manera natural, sino que se notan creados ex profeso, de manera artificiosa.


Mateo tiene veintidós años y vive una moderada vida secreta desde hace tres. Claro, vas a decir que descrees del secreto. Es casi imposible ahora que tanto tú como las nuevas plataformas etiquetan, ubican y terminan por fraguar un mismo perfil para la familia, amigos y amigas, jefes. Sin embargo, los seres humanos se encienden en secreto, florecen en la oscuridad, maduran en secreto. (Pág. 27)

El estudio, en cambio, ha producido la siguiente conclusión: el paro hace que se rompa algo; eso que se rompe provoca en la persona parada una incapacidad para comprender tanto el valor del mérito como la retribución según el mérito. Los autores del estudio dicen que las personas en paro se han vuelto incapaces de comprender algo que es real. Olga y Mateo le dan la vuelta: no se les estropea la capacidad de comprensión: más bien se les enmienda. Como una operación o unas gafas, el paro corrige la visión borrosa de los parados. Esa silueta que de lejos tenía forma de meritocracia, ahora es simplemente una mancha en la pared, Superman no va a venir y soñar cansa. (Pág. 49)

Cuando Mateo mira a la chica haciendo como que mira su móvil, piensa en toda esa monotonía, ese cansancio, ese no estar en otra parte y no tener ni un sombrero ni un caballo ni una nube, ese abrir el puesto antes de que sus horas de trabajo empiecen a estar remuneradas, cerrarlo, limpiar y echar las cuentas y colocar las cosas cuando ya su jornada supuestamente ha terminado, el insecticida, el servicio sin espacio para cerrar la puerta, el desinfectante, soportar las bromas pesadas del jefe, su presión los días en que se ha vendido poco, esas mañana cuando, pese a no haber dormido apenas pues algo le ha sentado mal y aún tiene el estómago revuelto, debe sin embargo volver al mismo olor, reprimir la náusea si no quiere perder el trabajo; y el miedo, y el desconsuelo de saber que siente miedo de que puedan echarla de un sitio así. Mateo se pregunta si eso que es padecimiento o dolor podría ser también una especie de entrenamiento. Entrenarse para evitar que vuelva a suceder. Entrenarse como si cada día al salir de casa la chica o él se toparan de frente con la pintada que conocen aun sin haberla visto nunca: "No tienes la menor oportunidad, pero aprovéchala". (Pág. 57)
 
¿Qué dicen los seres humanos, Google, cuando dicen "yo"? ¿Quién les dio sus recuerdos? Nadie gobierna sus naves. Hojas mecidas por el viento, el rumor de la sangre, el latido, el golpe de la ola, lamer la arena e irse una y otra vez. (Pág. 88) 

 
En definitiva, una novela seria, una novela moral (¿hay acaso novela digna de ese nombre si no lo es?) que nos sale al encuentro a cada paso (qué hemos sido, qué seremos, qué hemos hecho y qué haremos), vestida con una prosa eficaz, brillante en momentos puntuales. 

Aun habiendo escrito todo esto, quedando claro que la recomiendo, siento que algo importante se me queda atrás. Léanla, entablemos un diálogo y quizá así le pidamos trabajo a Microsoft.






































lunes, 29 de junio de 2020

Crítica literaria en Canarias: dos perspectivas

Estado de la crítica literaria en Canarias


Podríamos comenzar y terminar este artículo con la respuesta al titular: la crítica literaria en Canarias no existe. Cuando hablamos de ella, precisamos, nos referimos a la crítica considerada de modo tradicional. Es decir, la crítica publicada en la sección de Cultura (o similar) y en el suplemento de lo mismo en los periódicos del archipiélago. Dejaremos para otra ocasión los espacios reservados para la cultura, en concreto para la literatura, en cadenas de televisión y emisoras de radio, aunque no se alejan demasiado de las conclusiones de este análisis.

La crítica consta de su haz y de su envés. Esto significa que el juicio sobre una obra literaria puede terminar con un veredicto positivo u otro negativo. Lo que se publica en Canarias en los medios de comunicación no es crítica nunca, sino elogio, halago o agasajo hiperbolizados. Ya sea por ignorancia, por no herir sensibilidades, por amistad o por conformarse en ser mero soporte promocional, los juicios que se vierten carecen, por lo general, de valor crítico alguno. Por tanto, rompen el pacto de credibilidad que suscriben de manera implícita el autor o autora de la crítica o reseña y su público lector. Su intención nunca se hizo explícita.

Hay otra variedad que no aspira a ser crítica en absoluto, sino que de entrada proclama su derecho a hacerse eco de o a saludar las novedades hechas en Canarias o por residentes. Esto quiere decir que, por lo general, el autor del artículo celebra con cierto alborozo la publicación de la obra de un miembro de la República Canaria de las Letras. Sin embargo, eso tiene trampa. Aun sin elogiarla de manera explícita, la comunicación al gran público de que un libro (o estreno de película, de teatro, la actuación de un artista, etc.) ha salido a la venta, que es una manera de seleccionar ese libro entre muchos otros, no viene a ser otra cosa que un elogio más o menos abierto. En estos tiempos en el que los mismos medios de comunicación ya no luchan por atraer lectores/as sino a captar su atención el mayor tiempo posible, no nos podemos llevar a engaño de las verdaderas implicaciones de aquel saludo.

Es posible que surjan excepciones, y que con ellas sea injusto. No obstante, la generalidad de la crítica literaria, y no creo que arriesgue demasiado si digo de arte, en general, se basa en el presupuesto de que la cultura canaria (o hecha en Canarias) es frágil y necesita de apoyo, fomento y promoción, por lo que no está madura para recibir crítica alguna. Este presupuesto paternalista es a veces sincero, pero lo considero desencaminado, y en otras ocasiones sirve de mero disfraz del amiguismo en distinto grado o de la devolución de compromisos adquiridos, lo que resulta lamentable, como todo engaño.

Quien considere que la cultura canaria sufre de tal debilidad que hay evitar toda crítica, debería tener en cuenta que, al menos en el terreno literario, la emulación forma parte del recorrido de cualquier escritora o escritor. Así pues, entronizar obras mediocres, por no decir espantosas, como la quintaesencia de la literatura supone confundir, aparte de mentir, no solo al público lector que acabará comprando lo que no querría si hubiera estado bien aconsejado, sino a la/el aspirante a literata/o, que acabará tomando como modelos a autoras/es sin talento y copiando modos de escribir que mejor haría en rechazar como enfermedad contagiosa. La supuesta protección no haría sino minar la cultura que se pretende proteger.

Una consecuencia de lo anterior es que visión que se tiene del fomento de la creación literaria consiste en subvenciones, premios y ofrendas florales. Subvenciones a las editoriales, premios para los escritores (supongámoslos concedidos con honradez) y ofrendas florales a los autores muertos. Así, las editoriales publican lo que sea, mientras cobren. Publican, pero no editan, que debería ser también su trabajo: el resultado se plasma en obras con errores groseros de estilo, por no hablar de la proliferación de erratas. Los autores, siguiendo el patrón de la mediocridad reinante, escriben obras igual de mediocres. Entre ellos, algunos ganan premios: es su vía a la tertulia radiofónica, a la entrevista en el suplemento, quizás a otro premio, esta vez en la Península, una mención en Babelia o en El Cultural. Lo que de ninguna manera les asegura es un salto en su talento, el progreso en su arte. Las ofrendas florales, junto a los días del libro o de las letras dedicados a un autor o autora, manifiestan simbólicamente el prestigio que aún se les concede a los escritores. Pueden venir bien para que una sociedad que de forma mayoritaria apenas lee literatura se sienta bien consigo misma, para que los políticos hablan de cohesión e identidad, concedamos eso. Sin embargo, sin crítica sincera y razonada, todo se reduce a mera apariencia sin sustancia. Llevamos décadas así.

 

¿Hay vida en Internet?

En Internet, en especial desde el advenimiento de la web 2.0 y las plataformas digitales correspondientes, cualquier puede escribir y publicar. Por un lado, se facilita la expresión de las propias ideas y opiniones, ya que, en teoría, cualquier puede leerlas ahora. Por otro lado, si el mercado está saturado de libros, la web está saturada de blogs, medios, revistas, diarios, páginas, etc., por lo que el problema ya no es publicar, sino que alguien lea lo publicado.

Internet ahorra costes con respecto a la impresión, sin duda, y respecto a la distribución. Sin embargo, gran parte del coste del primer ejemplar se mantiene inalterada: cuesta dinero la formación del crítico, cuesta dinero comprar las obras objeto de la crítica, cuesta dinero y tiempo, en definitiva, crear una página que logre suscitar el interés del público lector.

Por otro lado, la publicación de la propia página tampoco está exenta de influencias ajenas a la crítica. Son legión los blogueros que reseñan libros regalados por las editoriales. Esto significa no solo la posibilidad de que el bloguero mantenga buenas relaciones con la editorial, sino que esté directamente a sueldo. En otros casos, reseñar los libros que le regalan a uno disminuye de manera drástica el radio de atención de lo que es posible leer y luego criticar. Otro fenómeno, que no siempre se evitaba en los medios de papel, es que cualquiera puede erigirse en experto literario, y que ni siquiera tenga las destrezas y cualidades mínimas para llevar a cabo la crítica.

En definitiva, las publicaciones en la red no están exentas de los sesgos y distorsiones de la prensa. Permite, eso sí, que se amplíe la posibilidad de expresión de crítica seria, antes vedada, lo que no es desdeñable. 

 

Conclusión

Sin crítica, no hay mejora ni progreso. Sin selección, no hay canon que valga. Sin crítica sobre la misma crítica estamos condenados a repetir hasta el asco los mismos artículos pseudointelectuales que solo contribuyen a perfilar un remedo banal y huero de lo que es cultura, la literatura, la crítica y el público, pues la emulación no solo afecta a los escritores, sino a los mismos periodistas culturales y a toda aquella persona que por devoción o encargo se apreste a escribir de esta materia en un periódico u otro medio de comunicación. De manera implícita, ciertas formas y ciertos contenidos vienen a considerarse aceptables. La crítica, y sobre todo la crítica que concluye en valoración negativa, se considera en general de mal gusto. No hay que incomodar al público, tampoco a los autores, mucho menos a las editoriales anunciantes.

A la vista de todo este fingimiento, y salvo que cambien mucho las cosas, la crítica literaria en Canarias está desmantelada, lleva mucho tiempo así y no hay visos de que deje de estarlo. Quien se dedique a la crítica y el medio que la aloje deberían tener en cuenta que la independencia de juicio, por lo general, cuesta dinero y no sirve para ganarlo. El prestigio es un premio que en todo caso solo se recibe de soslayo y tras un largo recorrido. Qué medio de comunicación tradicional corre esos riesgos, y esta es una pregunta que afecta al periodismo en su conjunto, no solo al cultural, como bien se sabe.

En definitiva, si en algo valoramos la literatura y el arte, si en algo valoramos la belleza y la verdad, si en algo valoramos la creación humana, tomar conciencia del estado de la crítica en Canarias se revela como un paso necesario para cambiar su actual situación. Vds., como lectores, tienen la palabra. Sean críticos, comenzando por este artículo.


Para leer otra perspectiva, esta de Javier Hernández, aquí.


sábado, 20 de junio de 2020

'La felicidad de los ogros', de Daniel Pennac

Hay periodos que uno los vive como una travesía. O como un descenso. En apariencia, nada ha cambiado. Los demás nos ven como siempre, y deseamos que así sea. Sin embargo, hemos entrado en una fase: no pensamos lo mismo que ayer, y las certezas que nos servían de repente se han revelado ilusorias. Lo sentimos como una convalecencia, e intuimos que tenemos que bucear muy hondo, tocar el fondo como un buscador de perlas, vislumbrar los pecios, desde aquellos recientes en los que podemos imaginar las celebrities en bikini hasta los que se han coralizado casi por completo y son espectros inmóviles, posibles visiones del futuro aunque provengan del pasado. Es posible que nos sintamos cómodos ahí, que anhelemos quedarnos sumergidos para siempre. El regocijo submarino dejaría de serlo si así fuera. Emergemos, pues.

Otra manera de imaginarlo es que salimos de una zona, a la manera que Tarkovsky interpretó el relato de los hermanos Strugatsky (Un picnic junto al camino). Entramos buscando una fórmula, el apaciguamiento de un deseo, tal vez las indicaciones de un destino, y salimos transformados sin obtener nada de lo anterior. Algo nos llevamos, no obstante, aunque no sepamos precisar qué. El planeta, mientras tanto, sigue girando impasible sobre su eje y el cosmos sigue expandiéndose, pese al recibo de la luz. Hay una ineluctabilidad en la existencia que, bien mirada, resulta tranquilizadora. Nuestra mirada nunca es olímpica, sino formícida, que es otra forma de decir que estamos situados en el tiempo y en el espacio. Solemos decir que el mundo se derrumba bajo nuestros pies cuando en realidad eso solo significa que es nuestra existencia personal la que se ve alterada, lo que no suele ser causa de progreso de la ciencia ni hito de la historia.

Por eso, cierta literatura parece estar hecha para nosotros en ese momento que lo necesitábamos. También podemos pensar que somos los lectores que esa literatura requería.

Al final, solo queda morirnos con algo de dignidad. Lo importante es lo que hacemos mientras tanto. "... como polvo al viento/así se deshará nuestra fatiga".






La felicidad de los ogros, de Daniel Pennac (traducción de Manuel Serrat Crespo), es una de esas obras que logran sacarnos del marasmo existencial, casi cualquiera que sea este. No tendrá, tal vez, la potencia ni la sutileza de los grandes clásicos, pero no es menester subestimarlo. Pennac logra, virtud no tan frecuente, crear personajes verosímiles. Es más, personajes entrañables, dignos de ser amados por el lector. El protagonista y sus hermanos forman una familia de lo más disparatada e increíble, pero, a su manera, absolutamente verosímil. Algunos autores y autoras deberían dejar de buscar la excelsitud y aprender de autores como Pennac, que sin abrumarnos con verborrea de saldo, nos vende una familia, un perro, varios amigos, una comisaría de policía, unos grandes almacenes y un barrio entero (multicultural, por cierto, pero sin necesidad de justificarlo, sólo lo expone) sin despeinarse.


Tengo una concesión de contrato renovable en el Père-Lachaise, en el número 78 de la calle de la Folie-Règnault. Cuando llego, el teléfono está insistiendo. Siempre me doy prisa cuando me llaman. 
-Ben, ¿estás bien? 
Es Louna, mi hermana. 
-¿Cómo si estoy bien? 
-La bomba, en el Almacén... 
-Todo el mundo ha palmado, soy el único superviviente. 
Se ríe. Calla. Y luego dice: 
-Hablando de palmar, he tomado una decisión. 
-¿De qué tipo? 
-Del tipo bombazo. Voy a hacer que palme mi inquilino. Aborto, Ben. Prefiero quedarme con Laurent. 
Nuevo silencio. La oigo llorar. Pero de muy lejos. De hecho, hace lo posible por ocultármelo. 
-Escúchame, Louna... 
¿Qué va a escuchar? Historia clásica. Ella, la gentil enfermera, y él, el apuesto doctor, el flechazo, la decisión de mirarse a los ojos hasta la muerte, ella y él, y nadie más. Pero, con el paso de los años, las ganas del tercero empiezan a apuntar. La femenina comezón del duplicado: la Vida. (Pág. 21)

El tipo que refunfuña en lo de Lehmann tiene unos hombros tan anchos que obstruyen la puerta cristalera. Una espalda capaz de eclipsar el sol. Así pues, no veo la cara de Lehmann. A juzgar por el estremecimiento de los músculos, bajo la chaqueta del cliente, y por la vena que palpita en la piel enrojecida de su cuello, a Lehmann no le debe llegar la camisa al cuerpo. Quien está de pie ante él no es, precisamente, del tipo coloso bonachón. Un sanguíneo que no levanta la voz. Los peores. No ha dado ni un solo paso en el despacho. Ha cerrado la puerta a sus espaldas y murmura sus quejas, apuntando con el dedo a Lehmann. Doy tres golpecitos discretos. Apenas toc, toc, toc. 
-¡Adelante! 
¡Carajo! Hay angustia en la voz de Lehmann. El propio mastodonte abre la puerta, sin volverse. Me escurro entre su brazo y la jamba con la temerosa agilidad de un perro apaleado. (Págs. 37-38)

Precisamente vamos a hablar del oficio en la torreta de Lehmann. Sainclair en persona me aguarda allí. Se ha sentado tras la mesa de mi jefe jerárquico directo, que se mantiene de pie a su lado, con los talones a escuadra, hinchando el pecho, las manos cruzadas a la espalda, la mirada franca. No hay cliente. No hay silla para que me siente. Todo neón. Y la dulce mirada de Sainclair, el jefe de todos nosotros. 
-Señor Malaussène, la casualidad me permitió conocer al comisario Coudrier en casa de unos amigos comunes, ¿y sabe usted lo que me dijo? 
Advierto lo de la "casualidad", lo de los "amigos comunes"; pienso: mientes, simplemente te ha llamado, y respondo: 
-Coño, yo no recibí la invitación. 
-Y sin embargo fue usted el centro de nuestra conversación, señor Malaussène. 
-¡Ah! ¡Eso lo explica todo! -digo. 
-¿Qué? 
-Mi sueño de esta noche: eructaba Moët et Chandon. 
-Esta noche no estaba usted soñando, señor Malaussène, estaba perturbando la buena marcha de esta casa al impedir que la policía y el vigilante nocturno realizaran su trabajo de centinela. 
(Las noticias corren como los olores.) Lehmann frunce las cejas. Sainclair se confecciona un aspecto francamente desolado (Págs. 80-81)

Cuando paseo por Belleville, sea cual sea la hora del día siempre tengo la sensación de haberme perdido en uno de los álbumes de Clara. Ha fotografiado el jodido barrio desde todos los ángulos. De las viejas fachadas a los jóvenes camellos pasando por las montañas de dátiles y pimientos, lo ha captado todo. Es como si paseara ya en plena nostalgia. (¿Cuántos días de novillos puede representar semejante proeza?) Incluso ha grabado la voz del muecín de enfrente de lo de Amar. Este anohecer, mientras dicho muecín recita una azora más larga que el Nilo una pandilla de árabes y senegaleses echa una partida a la puerta del restaurante. Los dados tamborilean en los cubiletes y saltan sobre una caja de cartón boca abajo. La atmósfera me parece algo más tensa que de costumbre. Y, en efecto, apenas me he hecho esta reflexión, cuando brota una hoja al extremo de un puño tendido, mientras la otra mano arrambla con las apuestas. La hoja vibra junto a la panza de un negro monumental que se pone gris, como en los libros. Pero Hadouch (masticaba indolentemente un pedazo de regaliz apoyado en la pared del figón), Hadouch ha dado un salto. El canto de su mano cae sobre la muñeca del árabe, que suelta el cuchillo con un aullido. Si no le ha roto la muñeca, está hecho de acero templado. Hadouch mete la mano en el bolsillo del árabe y la saca con el objeto de litigio: una moneda de cinco francos que entrega al senegales. Luego, puesto que me he acercado, dice: 
-¿Te das cuenta, Ben? Meterse con un enorme negro por una perra chica es realmente la crisis. (Págs. 88-89)

Además, Pennac logra hilvanar la existencia de esta familia, cada uno de cuyos miembros tiene una personalidad bien diferenciada, con una trama policíaca que tiene como epicentro el Almacén, donde el protagonista trabaja de "Chivo Expiatorio" (o en lo que en nuestro castellano imperial suele llamarse cabeza de turco) y como hipocentro histórico, la Francia ocupada. Todo tratado con un sentido del humor al que toca denominar peculiar, pero como aquí no somos de adjetivos pintiparados, lo dejaremos así, pelado. Nuestro autor disfruta y nos hace disfrutar con su ironía (¿suave?) combinando la narración en presente histórico (generalmente) en primera persona con pequeñas anotaciones en monólogo interior.


EXCURSO: Desde de un punto de vista, digamos, sociológico, leemos en esta novela la existencia de una sociedad en la que conviven ideologías encontradas, junto a una obvia variedad étnica y cultural. Además, podemos observar que el sistema económico en que se encuentran insertas las relaciones entre empresario (o directivo) y trabajador son de tipo paternalistas, propias de un régimen de acumulación fordista, y no posfordista o financiero. Valga esto para decir que, aun siendo materia quizá para otro tipo de blogs o de artículos de otra índole, la literatura no debe leerse solo como emanación de un sujeto individual que produce, a partir de su sensibilidad, un discurso que llamaremos literario, sino que sin quererlo, los autores/as plasman con sus obras la sociedad de su momento. Es más, incluso la misma idea de autor/escritor y la de novela o literatura tiene su fecha de inicio y es producto de unas circunstancias históricas y sociales concretas. Nada nuevo, pero vale la pena recordarlo. ¿Con qué lente analizamos el texto?
(Fin del excurso.)


Dado que no podemos abarcar todos los libros publicados ni conocer a todos los autores, y más si uno tiene una gama de lecturas que no se reduzcan a la ficción, estamos a cada rato descubriendo a unos y a otros. Lo que no me parece nada mal, y proporciona incentivos para agudizar el oído, pescar en caladeros ajenos (siempre que no sean de suplemento cultural: "maravilla", "prodigio", "orfebre", "maestro", "talentoso", etc) y con humildad estar siempre dispuesto a recibir la sugerencia en cualquier recodo. 

Así, La felicidad de los ogros ha supuesto tal descubrimiento, y si digo que me la he leído en dos tardes, comprenderán mi reconciliación con el mero placer de leer una historia interesante, hecha interesante, repito, por la galería de personajes que Pennac nos muestra, por una trama bien construida que nos introduce en ciertos horrores que bien podrían ser ciertos (¿qué horrores quedan por asombrarnos?), y por unos diálogos vivaces y bien armados que en ningún momento nos abotargan ni nos hacen poner los ojos en blanco como acostumbran a hacer nuestros ya no tan jóvenes valores locales. 

El placer de leer, sin duda.




P.D. La lectura de este libro es un homenaje, pequeño, modesto, irrisorio, mísero, a una persona que murió el pasado marzo. Era profesor de instituto. Por lo que dicen, un docente comprometido con sus alumnos y con la enseñanza. A pesar de no ser amigos, sí que éramos, al menos eso quiero creer yo, lo que los rusos dicen "buenos conocidos" (joróshie znakomie). Nos encontrábamos en la calle y podíamos pasarnos una buena media hora charlando cada vez. En la facultad de Traductores, donde nos conocimos, era una de las mentes más brillantes, y como todas las mentes brillantes de aquella generación de Traductores, acabó asegurándose el pan aprobando las oposiciones a profesor de Bachillerato. En Facebook, me enteré de su muerte. Al indagar, leí que había recomendado la obra de Daniel Pennac a una amiga suya. Así llegó este autor a mí. Así se lo hago llegar a Vds.








lunes, 15 de junio de 2020

'Cien años después', de Alberto Vázquez-Figueroa

Tengo la impresión de que la mayoría de los escritores que se arrastran sobre la faz de nuestras islas querrían ser Alberto Vázquez-Figueroa. Que cualquier cosa que escribieran se vendiera, y mucho (según dicen de este autor), y así, por fin, ser capaz de ser libres, muy libres, LIBRES CON MAYÚSCULAS. Quizá, entonces, poder escribir lo que les diera la gana; también, decir muchas tonterías sabiendo que la recepción de esas tonterías no minaría su aura, sino que acrecentaría su figura pública. Sí, esa persona a la que, independientemente de su campo de actuación, se le pregunta de cualquier caso, desde ósmosis inversa de agua de mar hasta el origen del covid-19 pasando por la clonación o cualquier cosa que le echen delante.

De hecho, tenemos numerosos aprendices de brujo en el mundillo literario (y artístico) que parecen tener una opinión para cualquier momento y de cualquier asunto. Un día están en la radio, un par de horas después graban un programa de televisión y al día siguiente conceden una entrevista. No nos confundamos: no son intelectuales. Más bien, charlatanes. Pero hasta los charlatanes tienen una función. Ser un charlatán con ínfulas literarias y sin éxito de público produce una impresión bastante desconsoladora, la verdad. Cada uno arrastra su sombra por este mundo como puede y como lo dejen, por lo que hasta cierto punto hay que mirarles más con lástima que con desprecio. Escribir bien es difícil, pero conscientes de esa dificultad, muchos se conformarían con ser Vázquez-Figueroa.


No dejo de recordar ese párrafo que le dedica Vicente Luis Mora a la crítica de la promoción de los escritores. Escribe que dicha crítica está basada en la falsa asunción del escritor como profeta, que no podría manchar su mensaje con los reclamos de la publicidad de su obra. Es posible que, en parte, tenga razón. Sin embargo, como ya he dicho en alguna ocasión, en numerosas ocasiones parece que el escritor o escritora se dedican a promocionarse, mientras la editorial le elige asunto o le escribe la obra, cuando debería ser a la inversa: el escritor escribe, la editorial promociona. El loco empeño de la promoción personal tiene que ver con el status, con la ocupación de lugares en la jerarquía social o social-literaria, y menos con la capacidad creativa o artística, aunque esté relacionada con ella. No es la época para el rapsoda, tampoco para el sacerdote literario, pero tampoco debería serlo para el publicista a tiempo completo.





Toda evaluación siempre arrastra una o varias comparaciones. En Cien años después, una novela sobre la pandemia inspirada en el/la covid-19 y cuyo título nos retrotrae explícitamente en las primeras páginas a la gripe española, Alberto Vázquez-Figueroa nos dibuja un escenario visto, leído y oído un millón de veces: el aislamiento de un grupo humano (en este caso, una familia) ante un acontecimiento catastrófico que arrasa el mundo. Aislamiento que se debe, en este caso, a la evitación del contagio y a la prevención de la violencia de otros supervivientes. Como vemos, el autor no hace alarde de originalidad. "Ni falta que me importa", diría alguien. Lo que le importa es que enganche.

¿Engancha, acaso esta novela? Los best-sellers, para funcionar, tienen que contar con la asunción por el público lector de un estado de cosas. Tal estado, digamos, puede ser el sentido común o las expectativas generalizadas sobre algo. En este caso, con buen sentido, el autor rehúye una originalidad situacional. Eso, además, ahorra esfuerzo, que puede dedicar a desarrollar la trama. Esta la construye sobre diálogos, muchos diálogos, con los que puede ir repartiendo perlas informativas sobre historia o ciencia que, para un público que acostumbra a aprender historia leyendo novela histórica, servirá para presumir de nuevos conocimientos frente a la paella y con un botellín en la mano.

Entonces, ¿engancha o no engancha? Los personajes principales son los miembros de una familia: un padre, una madre, el hermano del padre, la hermana de la madre y dos hijos. De estos dos, una hija vive con ellos y puede decirse que es el eje a partir del cual se cuenta la historia, al menos la mitad de ella. La otra mitad corre a cargo del hijo, que estaba fuera estudiando cuando la epidemia convirtió el planeta en una distopía. Aunque los diálogos, a veces, tienen un aire a antiguo, que, por pretender parecer moderno, suena extraño, los personajes tienen cierto perfil propio que evita que se conviertan en meros nombres sobre el papel. Suele decirse de escritores como Vázquez-Figueroa que tienen oficio. Si por ello se entiende construir una historia sobre cimientos tan básicos, sin duda que este autor no carece de él. Otra cosa es que esperemos prosa cervantina, una trama a lo Chirbes o un ingenio como el de Orejudo.

Sin embargo, Vázquez-Figueroa se muestra imperturbable. El mundo le ha dado A y él quiere llegar a B, y recorre ese camino, o más bien lo escribe, sin titubeos. Un poco de violencia por aquí, mucho amor por allá, un personaje pintoresco por el otro lado, otros famosos fácilmente reconocibles como estrellas invitadas a este lado, una hermosa amistad en escorzo por otro... También, un par de dilemas éticos que despacha con desparpajo y campechanía. Sin que apenas nos demos cuenta, a pesar de algún extrañamiento estilístico que otro, este texto. construido a base de párrafos cortos y con una prosa sencilla, nos conduce con facilidad a su desenlace. Muy cuico, este escritor.

Tenía buen ojo y buen pulso pero un pésimo oído. 
Consciente de sus limitaciones pero inasequible al desaliento, solía alejarse cada mañana y cada tarde con el fin de practicar en un bosque del que hasta las ardillas se apresuraban a huir.
Curiosamente, su cuñada, a la que le encantaba ordeñar, aseguraba que cuando Anabel tocaba las vacas daban más leche y se tiraban menos pedos, detalles dignos de agradecer. 
Era cosa sabida que a los animales les encantaba la música pero no que las vacas tuvieran tan mal gusto, aunque quizás el hecho de pasarse el día rumiando les permitiera captar ciertos matices negados al tímpano humano. (Pág. 18)

Cuando comenzaron a correr rumores sobre una extraña enfermedad que se había iniciado en una remota región de la China más profunda, habían surgido voces que negaban a los cirus que se suponía que la trasmitían el derecho a denominarse seres vivos, dado que no podían reproducirse por sí mismos y tan solo infectaban células extrañas sin poseer metabolismo propio. 
No obstante, dos biólogos americanos habían comparado las estructuras de las proteínas de varias células y virus, encontrando tipos relacionados entre sí pero separados desde hacía siglos. Según ellos, las familias virales que pertenecían al mismo orden se habían ido distanciando de un virus ancestral común. 
Parte de la confusión se debía a la abundancia y diversidad de virus puesto que aunque tan solo se hubieran identificado unos cinco mil, algunos expertos aseguraban que podían existir casi un millón.
Los que causaban las enfermedades imitaban el sistema de fabricación de proteínas de la célula que habían invadido y hacían copias de sí mismos que de inmediato se extendían a otras células hasta apoderarse del individuo. (Págs. 29-30)

-¿A qué se debe el placer de su visita, encantadora señorita? 
-Me aburría. 
-Si le respondieras eso a un pretendiente te mandaría a la mierda y con razón. 
-¿Qué pretendiente? Si algún día tengo un pretendiente lo único que pretenderá será robarme un cerdo. 
-Más vale que te robe un cerdo que la virginidad. 
-¿Estás seguro...? 
-Bien mirado, no. Criar un buen cerdo lleva su tiempo. 
Permanecieron un rato balanceándose hasta que pidió: 
-Cuéntame algo. 
-¿Sobre qué? 
-Sobre algo que no sepa. 
-Pues podría pasarme diez años hablando. 
-¡Cretino! 
-¡A que te doy un sopapo! 
-Por favor. 
-¡De acuerdo! Vamos a ver... ¿Sabías que la teoría de la evolución de las especies tiene su origen en otra epidemia? 
-No, pero lo considero absurdo. ¿Qué tienen que ver una cosa con la otra? (Págs. 47-48)

Tras haber realizado un minucioso estudio sobre su rentabilidad teniendo en cuenta que andaban escasos de abono, pese a que se recogían cuidadosamente excrementos, cosa harto desagradable y fastidiosa, casi una tercera parte de la granja permanecía semi abandonada y sus muros parecían cada vez más débiles. 
No es que estuvieran a punto de derrumbarse como los de Jericó, pero Aurelia tenía la desagradable sensación de que estaba soportando una presión excesiva pese a que hasta el momento nadie hubiera tocado trompetas o se hubiera atrevido a escalarlos. 
Al fin una noche se atrevió. 
Los perros ladraron colocándose justo en el lugar del muro por el que los intrusos pretendían acceder por lo que su padre corrió hacia allí y disparó a bocajarro a un hombre que luchaba por librarse de la alambrada de espinos. 
Se quedó allí colgado y desangrándose no solo por la herida, sino por los incontables cortes que le habían producido las concertinas. (Pág. 81)


 No resulta, pues, una tortura como algunas de las novelas que he reseñado en el blog. Tampoco es que resulte un placer. Es, ¿cómo decirlo?, un pasatiempo para tener ocupada la mente, como una sopa de letras o una partida blitz de ajedrez entre amiguetes. Ahora que estamos en un periodo de normalidad, puede leerse en una hamaca junto a una piscina, o en la playa, con un refresco y un bocadillo. Si no disponen de esas posibilidades, pues justo antes de la siesta, para abandonarse con placidez al subconsciente.

Dicho todo lo cual, insisto: muchos autores quisieran ser Vázquez-Figueroa. Digo más: ojalá lo fueran para no sufrirlos como son ahora.










P.D. Una entrevista: