lunes, 2 de julio de 2018

'Al fondo hay ruido', de Pablo Fajardo

Voy a compartir con Vds. una impresión que se ha ido solidificando como certeza desde hace un tiempo, sólo puesta en duda por determinadas, escasas, lecturas. Una certeza que, imagino, no habré sido el primero en alcanzar, sobre todo en esta época de "industria cultural" y de "cultura de masas" y desde aquellas vanguardias del siglo pasado y posteriormente del posmodernismo. De todos modos, no se preocupen, que este post no reivindica el elitismo vargasllosista de la cultura ni de la enésima muerte de la novela. De lo que vengo a hablar no es de otra cosa que del agotamiento del lenguaje. Una hartura hofmannsthalsiana, pero en sentido inverso.

No me refiero a las variedades de neolengua de regímenes traslúcidamente dictatoriales o de los democráticos más impostados, no hablo aquí de lo que se ha venido en llamar "posverdad", que es más o menos lo de siempre: engaños y mistificaciones, fetichismos y manipulaciones. Pretendo ceñirme al ámbito literario, más específicamente al género novelesco. Cierto es que todo permea y al final todo lo recoge la literatura, pues los/as escritoras/es viven situadas en el espacio y el tiempo, y sus cabezas recogen desde la inteligentísima y costosísima campaña del departamento de marketing de Apple en TV y en las redes sociales hasta la publicidad en la camiseta de Mecánicos Pérez; desde la última soflama del líder (?) de Vox hasta la estudiadísima puesta en escena del ahora presidente del Gobierno, por ejemplo. La literatura es la letrina donde va a parar todo lo que excretamos. El talento del escritor radica, entre otros elementos, en que crezcan verduras y hortalizas de tanto excremento social. Si es que no podemos escapar de las metáforas...

Sin embargo, y aquí volvemos a esta impresión mía vuelta certeza, no puedo dejar de percibir (no deja de molestarme) la constante, la ubicua, presencia de frases hechas, de párrafos hechos, de escenas hechas, incluso de cuentos, de novelas enteras hechas, productos previsibles de principio a fin: trama, diálogos, personajes, estructura. No es mera copia, no, pues siempre podríamos recurrir al talento, a la originalidad, o incluso al palimpsesto o al collage más o menos ingenioso o lúcido, en fin, a cualquier cosa que lo mejorara. No es mera copia, insisto. Ni siquiera, aunque abunde, el problema se encuentra solo en la pereza mental, en el relajamiento egocéntrico, en la creencia en el relato de la genialidad hecha a medida o en la simple falta de capacidad. 

Creo que la crisis es más profunda, y tiene que ver con un pensamiento conformista, un pensamiento que considera al lenguaje como una herramienta innata, en fin, como algo dado, no como un generador de realidad, no como apertura al y del mundo. Un pensamiento, además, tan maleabilizado, tan machacado que logra no expresar nada salvo sumisión y mansedumbre, por mucho que vista ropajes de rebeldía más o menos oportunista, más o menos banal. Estamos vapuleados y no nos damos cuenta. De ahí la escritura fácil, de ahí la consideración de las palabras como simples piezas con las que se pretende erigir historias "que interesen", de ahí, también, los empalagosos "descubrimientos" líricos que encontramos en la prosa, de la verborrea, en definitiva. Es lógico, hasta diría que natural. Pero creo que el español que se escribe en España y en Canarias, sobre todo en Canarias, ganaría más si se esgrimiera como un cuchillo o se utilizara como una perforadora. Tengo la impresión de que, en realidad, no se escribe, sino que se fotocopia o se manda a imprimir; son las escritoras/es tan autoconscientes, tan obsesionados/as consigo mismos, que no hurgan, ni hieren, ni ofenden, ni rajan, ni rasgan, ni rompen, sino que se fotografían, se vanaglorian, se masturban y, en fin, se dejan llevar, acariciados/as por la brisa. Una actividad que es posible que en momentos idóneos los/as haga felices, pero a mí, concluyo, no me interesa. Parafraseando a Bourdieu, diría no que escriben, sino que les escriben.

Es más, diría que hay que mirar el mundo de otra manera e inventar palabras. No solo: también de plantar la mirada, hablando cinematográficamente, desde otro ángulo. También pienso: si se trata de inventar mundos, si se trata de aportar (lo que implica novedad), ¿por qué usamos palabras gastadas? ¿Por qué seguimos contando, además, las mismas historias, la misma manera de contar historias? No nos limitemos a jugar con las palabras, creyéndonos malabaristas del lenguaje, vayamos más allá y, como los niños exploradores, veamos que tienen dentro las palabras. Cojamos la realidad y estrujémosla. Lo que sea, menos este aburrimiento lingüístico, menos esta apatía vital.

Vamos a lo nuestro:






Este libro escrito por Pablo Fajardo cuenta con el dudoso honor de haber ganado un premio institucional (convocado y premiado por la Viceconsejería del Gobierno de Canarias), sin duda como respuesta al creciente clamor social por la falta de premios literarios en Canarias. Premio que está destinado a menores de 35 años, que es otra manera de calificar a la juventud y de identificar a esta con el concepto de potencial "autor emergente".

Además, este conjunto de relatos denominado Al fondo hay ruido comienza sobresaltándome por dos motivos: a) Lo prologa Alexis Ravelo. Esto, en sí, no tendría nada de malo (ni de bueno), si no fuera porque, como establece ese tipo de consensos no escritos en ningún lado pero que funcionan como leyes grabadas en piedra, está repleto de naderías y de buenas intenciones que nos podríamos haber ahorrado sin pérdida cognitiva ni añoranza emocional alguna; b) Después de una primera línea de diálogo, el párrafo siguiente comienza así: "Aquellas palabras suenan como música celestial". Siguiente frase: "Malena chasqueó los dedos y marcó el número del anuncio con determinación" (la cursiva es mía). Pues comenzamos bastante mal.

Si seguimos con las frases hechas, tenemos luego, en la página 17: "Es lo que me repito a mí mismo como un mantra mientras lucho por hacerme un hueco en el metro de las 7.25". Un poco más abajo, algo que no me atrevo aún a calificar de tópico, pero que tiene que ser uno de esos hallazgos lírico-pastoriles más que dudosos: "Merezco una justificación que me ayude a sobrellevar esta yincana emocional". Otro hallazgo de esos: "Un fuego abrasador me invade por dentro mientras una gota de sudor recorre mi frente como un funambulista".

También están los adjetivos en función adverbial que acompañan a los verbos dicendi en las únicas páginas de diálogo, como "afirma sombría" (pág. 18), "reacciona enojada" (pág. 18), "afirmo convencido" (pág. 19). Gracias por ahorrarnos el trabajo de deducir.

Todo lo anterior pertenece al primer relato, titulado La grieta, que es una historia  onírico-festiva con fragmentos de filosofía política de bar de la esquina y ramalazos de sumisión conyugal que creo que pretende ser chistoso. A mí, ideológicamente me parece una historia deplorable, y además sobrellevo mal los defectos de estilo que he señalado. También, la conclusión, o si se quiere, la enseñanza, es una tontería pseudorromántica.

La segunda historia, El último viaje, tiene algo más de gracia. Se permite un vuelo de la imaginación respecto de un conductor de guaguas que no es desdeñable, aunque Fajardo se empeñe en afear el relato con sus hallazgos poético-filosóficos, que imagino son consecuencia de quien se juzga a sí mismo con demasiada benevolencia. Podría haber dado bastante más de sí.

El tercer relato es La gran evasión, y va de sombras que huyen. Nada que señalar que sea positivo. El cuarto, Al otro lado de la luna, es una versión 2.0 de Un ramito de violetas. Como se dice, o debería decirse, en las guías turísticas de alguna ciudad: "Pase de largo sin detenerse". Por decir algo de estos dos relatos, la originalidad del contenido es nula, y el autor emergente incide en expresiones como "se propagó como un virus", "precisión cartesiana", "montaña rusa", "encajado como piezas de un Meccano"o "enganchado hasta las trancas". Vamos, para morirse.

El quinto se titula Solo una vez. Y que uno pueda leerlo sin nerviosismo ya dice algo. Sin embargo, se intuye el final y, bueno, comparándolo con los anteriores pues hasta parece aceptable aunque predecible. O predecible aunque aceptable, como prefieran.

El sexto es Éxodo: demasiadas páginas para algo tan nimio y soporífero. El séptimo es Amor en tecnicolor. La historia mejora los anteriores, pero no deja de ser un relato apresurado del envejecimiento del amor, sin nada nuevo que añadir. Aparte, una pregunta: ¿Les resulta el título tan espantoso como a mí?

Octavo: La espera. En mi opinión, el mejor relato de todos. A pesar de empeñarse en introducir, diría que de un modo exasperante, el humor para mostrar el papel sumiso del cónyuge masculino en las relaciones heterosexuales, Fajardo logra un relato que resuena. Un trastero como metáfora, sin profundidades de pacotilla ni melancolías cursis. Un relato que, aun así, comienza vacilante, pero que se robustece a medida que vamos leyendo.

Noveno y último: el cuento cuyo título da nombre a este conjunto de historias: Al fondo hay ruido. El segundo mejor relato. Este y el anterior justifican, al menos en parte, la compra del libro. Tiene momentos que trascienden, que justifican la historia, porque nos revelan algo de las personas, de nosotros mismos. Se realiza una indagación moral que aspira a comprender, más que a explicar. Muy bien los dos, salvo esos defectos pulibles como las frasecitas hechas a los que ya he aludido ("cabezas enterradas cual avestruces", (pág. 99), por ejemplo). Fajardo es mejor cuando no quiere ser gracioso o irónico, cuanto más desnuda es su escritura. 

Mi conclusión es que siendo en general bastante flojos los primeros relatos, al menos tengo la impresión de que el autor se empeña en ir más allá de sí mismo, intenta descentrarse: es decir, imagina la literatura como algo más que hablar de sí mismo, lo que, visto el material último que he reseñado, es algo destacable. Como si Fajardo hubiera jugado a escribir a ratos sus cosillas, a las que, sin duda, debería haberles prestado más tiempo y dedicación.

Las dos últimas historias, en cambio ya muestran a un escritor. En ciernes, si se quiere, pero tangible. En mi opinión, Fajardo debe asentarse sobre la base de estos dos relatos y a partir de ahí desarrollar su estilo y sus historias, si es que tiene la intención de continuar escribiendo literatura.






P.D. Por si les interesan las opiniones del joven autor, aquí tienen una entrevista amable.






sábado, 23 de junio de 2018

Siete lecturas no literarias

Para variar un poco el contenido de este blog, para dotarlo de cierta heterogeneidad, en fin, por aquello del pluralismo intelectual, voy a dedicar esta entrada a reseñar con brevedad, quizá más de la debida, algunas de las lecturas de no ficción más interesantes que han pasado por mis ojos estos últimos meses. Que no todo va a ser novela, por mucho Thomas Bernhard que me pongan delante, ni, mucho menos, por muchos cuentos del yo en sus diversas manifestaciones que se vendan como pináculos de la literatura. Además, la lectura canario-española  que he leído me está resultando en estos dos años, con demasiada frecuencia, algo peor que decepcionante, lo que me me motiva a buscar nuevos horizontes. A colación, les adelanto que estoy ahora con uno de esos clásicos canarios que me están resultando toda una lata. Que no se diga que no es por empeño...

En fin, la siguiente lista no está escrita en orden de importancia o de valoración, sino que es solo consecuencia de mi mente desordenada y de los estímulos que me suscita esta mesa caótica, en la que el portátil está rodeado de torres de libros y de papeles por todos los lados menos por uno. 

Allá van estos siete magníficos:


1) Ibex35, de Rubén Juste. 

Un libro muy podemita, dicen, porque lo recomendaba (o le gustaba o yo qué sé) Pablo Iglesias, el amante de los plebiscitos. Prejuicios o simpatías aparte, el libro traza la historia de las privatizaciones de las empresas públicas en nuestro país desde la época de Felipe González hasta la actualidad, la continuidad del poder  de los cuadros franquistas en varidos consejos de administración, amén de la inserción generacional de altos cargos del PSOE de Solchaga y compañía, primero, y de Aznar, después en las grandes empresas de nuestro país. Además, también forman parte del cuadro la alta burguesía catalana y la vasca, que han pintado mucho en nuestra plutocracia patria. Quizá, como decía un reseñador de El Mundo, no diga nada que no se supiera, pero leerlo en su despliegue histórico, asombra y desalienta al mismo tiempo. ¡En manos de quiénes hemos estado y seguimos estando!


2) Nueva ilustración radical, de Marina Garcés.


Un ensayo cortito (no llega a las 70 páginas), pero potente, en el que se diagnostica el estado enfermizo de nuestra época, dominada por un pensamiento que la autora califica de "póstumo", caracterizado por la inminencia del desastre ecológico, social y personal como consecuencia del abandono del proyecto de emancipación ilustrado. Marina Garcés propone retomar los valores de la Ilustración y radicalizarlos, lo que parece más sencillo decirlo que hacerlo. Sobre todo, eso lo digo yo, cuando la ensalzada clase media sigue teniendo como aspiraciones el consumo y el entretenimiento, las clases depauperadas bastante tienen con llegar a fin de mes, y como fondo social tenemos una industria del entretenimiento que aborta el pensamiento reivindicativo en su misma concepción justo en aquellos sectores sociales que más se beneficiarían de la protesta. 


3) La doctrina del shock, de Naomi Klein.


Es un libro ya con mucho recorrido, y muy citado en monografías de todo género y condición. No importa: es un trabajo periodístico impresionante en el que se relacionan de manera harto convincente el uso de la violencia militar y policial con la imposición del neoliberalismo en distintos países del globo. Los casos de Chile, Bolivia, China, Rusia, etc., ejemplifican la 'doctrina del shock', por la que se logra imponer medidas de liberalización económica (y el enriquecimiento súbito de una minoría cercana a los gobiernos de turno) a una población a la que se le ha conmocionado de un modo tan intenso (shock) que es incapaz de oponerse a aquellas. Uno se queda, literalmente asombrado y aturdido. Deje Vd. por favor esa novela insustancial y hágase con este libro para no seguir en la inopia.



4) Clase cultural. Arte y gentrificación, de Martha Rosler.


La imbricación del arte moderno con las diversas formas de capitalismo, la ubicación de las artistas en las ciudades y el fenómeno de la gentrificación, el papel del artista como avivador de conciencas y/o soporte de la ideología capitalista aun en su trabajo artístico de pretensiones críticas: Martha Rosler, artista feminista (por etiquetarla de algún modo) expone con convicción y erudición su visión del papel del arte y del artista: contradictorio, a la vez reivindicativo y conformista, en estos ensayos y conferencias.
Echo de menos, exigente que es uno, esa capacidad reflexiva y ese acervo teórico en nuestros artistas locales, y nacionales, salvo excepciones. Lo nuestro consiste más bien en hacerle la pelota a los periodistas y comer en reservados con los políticos para que destinen dinero público a castillos y fundaciones artísticasOtro nivel, amigas y amigos.


5) El pueblo sin atributos, de Wendy Brown.



Partiendo de Foucault, pero ejerciendo la crítica también respecto de él, especialmente El nacimiento de la biopolítica (libro básico, por cierto, para todos aquellos que quieran comprender la dirección que han tomado los gobiernos y las sociedades en los últimos 40 años), la autora analiza el fenómeno ideológico del neoliberalismo y su encarnación en políticas económicas y en la configuración de un nuevo sentido común en la sociedad. Hegemonía creciente a partir de los años 70 del siglo pasado hasta la actualidad, en una evolución cuya última actualización es la financiarización de la economía y en la conformación de un nuevo modelo ciudadano constituido en responsable de sí mismo pero sin los medios (para la mayoría) para ejercer esa responsabilidad; empresario de uno mismo, y por tanto sometido a la justicia del mercado, en ausencia de solidaridad.


6) The Athenian Democracy in the Age of Demosthenes, de Mogens Herman Hansen. 


Qué quieren que les diga: un clásico moderno (1991) de un danés especializado en la Atenas clásica y posclásica. La obra de Mogens Herman Hansen es fuente de citas en toda bibliografía académica que directa o tangencialmente tenga como referencia a la democracia ateniense. En este libro se relacionan y analizan todas y cada una de las instituciones de la Atenas democrática después de Pericles (sí, de ahí lo de Age of Demosthenes) y no se olvida, además, de realizar sus propias valoraciones sobre ellas y compararlas con las instituciones de las democracias de nuestra era. Se lo pongo en inglés sencillamente porque no está traducido (que yo sepa). Me cuesta mucho lo de poner eso de lectura obligada, pero creo que para todo aquel estudioso (o curioso) tanto de la Atenas de esa época como de la democracia en general podría aplicársele.


7) Democracia participativa epistémica, de Sebastián Linares.


Este es, probablemente, uno de los libros más importantes de filosofía política de los últimos tiempos en el ámbito hispano. Su materia es, como su título nos hace sospechar, la participación ciudadana y la mejora epistémica de las decisiones colectivas que se deriva de ella y sus inconvenientes. Linares defiende su propio modelo participativo frente a otras teorías de la democracia, como la deliberativa, y también frente a la epistocracia, o gobierno de los expertos, además de analizar otras posibilidades en la elección de cargos como la del sorteo. Asimismo, aborda en profundidad el voto como elemento constitutivo de la democracia, la aportación epistémica de la abstención y la posibilidad o no de la inclusión (para votar) de menores, adultos tutelados, expatriados y extranjeros entre otros asuntos del máximo interés. 


  










sábado, 9 de junio de 2018

La crítica, la perseverancia y Màxim Huerta

Leyendo en un periódico local, el pasado viernes las declaraciones de un dramaturgo, me encontré con estas palabras: "Antes, era crítico el que escribía en un periódico, hoy con Internet lo es cualquiera". Entiendo que era la expresión de una queja, un lamento no mera descripción de la actualidad. Era, quizá, la nostalgia por un tiempo en que todo estaba un poco mejor ordenado: la creación, la producción, la distribución y la crítica. Esos tiempos han pasado, para lo bueno y para lo malo.

Es cierto que la posibilidad que ofrece Internet de publicar lo que uno desee efectivamente democratiza la esfera pública. De eso no se puede dudar: hasta su advenimiento, los medios de comunicación eran los exclusivos guardianes de dicho espacio y propagadores por excelencia de la opinión pública, a cuya formación contribuían desde una posición de fuerza. Medios, no olvidemos, que solo eran posible con una aportación intensiva de capital: instalaciones, máquinas, materias primas, además de trabajadores en distintos ámbitos: impresores, linotipistas, teclistas, fotógrafos, periodistas, etc.

Hoy en día, aunque solo hasta cierto punto, no es así. Internet democratiza, es cierto, pero solo en la posibilidad de presentar al público, sin necesidad de grandes inversiones de capital, por ejemplo, un blog con opiniones propias sobre cualquier asunto. Por otro lado, también es cierto que unos cuantos blogs (de la temática que sea) reciben más visitas que todo el resto junto. Además, los medios de comunicación tradicionales tienen casi sin excepción su propia página web, con lo que el lector habitual de la prensa de papel puede encontrar sus cabeceras favoritas en la red. Asimismo, esos cuantos blogs/páginas que disfrutan de prestigio y esos medios de comunicación ya conocidos, por la propia arquitectura de la red y de los buscadores retroalimentan su posición de liderazgo. Es decir: una página que recibe miles/cientos de miles/millones de visitas aparecerá en las primeras páginas del buscador y tendrá más enlaces, lo que provocará que más nuevas visitas se unan a las anteriores. Además, hay que señalar que tampoco el capital ha desaparecido: cuantos más medios se disponga para elaborar una página web o un blog más atractivo será para el público potencial: el llamado coste del primer ejemplar, que antes, obviamente, solo se aplicaba a productos físicos.



En los regímenes comunistas, las sufridas ciudadanas hacen largas colas para proveerse de los alimentos básicos.


El lado positivo, teniendo claro lo expuesto, es que, en cualquier caso, el monopolio se ha visto desafiado, aunque mantiene la posición de privilegio. Algo es algo. Así, por ejemplo, en el ámbito local, y en lo que nos interesa, que es la literatura, habría sido casi imposible encontrarse con críticas u opiniones como las que llevo exponiendo en este blog desde hace año y medio. Vendettas aisladas aparte o riñas insólitas entre escritores (recuerdo una entre un poeta ahora muy popular y una catedrática de Filología de la ULPGC, aunque antes de Internet, y esta protesta, que casi enternece, de Luis León Barreto, publicada en su propio blog), lo habitual, lo sistémico haya sido la oda a la riqueza literaria archipielágica, el ditirambo a cualquier cosa que se publique en las Islas y el buenrollismo bucólico-pastoril de puertas hacia afuera entre escritoras y escritores de segunda, tercera o última fila. Si fuéramos a hacer caso a la TV Canaria (también a su radio o a cualquier emisora de las Islas) o a la prensa local, Canarias estaría poblada por gigantes de la Literatura, cuando no de promesas rutilantes a la que les aguardaría un no menos brillante porvenir. Rodeados, eso sí, de hardcore-fans o de lectores rendidos a su genio. En un plano cultural general, es lo que Javier Moreno Barreto ha acuñado como maravillosismo, fenómeno omniabarcador y sumamente incluyente: lo incluye todo y a todos y viva la canariedad y lo nuestro, y si de paso cae alguna subvención, mejor. Pero de eso ya se ha hablado en este blog (y en este) de modo reiterado.

Tradicionalmente, y tal como han señalado, entre otros, Pierre Bourdieu, la función del crítico en el campo cultural estaba bien delineada, y no era precisamente negativa. El crítico, tanto literario como de arte, protegía, cuidaba, patrocinaba y, en definitiva, actuaba de mentor de artistas y escritores a los que el gusto predominante de la época solía marginar. Así, el crítico de arte/literario/editor/marchante contribuía a modelar esa esfera pública, fomentando nuevas expresiones y perspectivas artísticas a las que no estaba acostumbrado el público de la época. Esa crítica se hacía, como es obvio, desde revistas especializadas, suplementos de los grandes medios o desde su propia columna de opinión. Es curioso cómo en España, con las consabidas excepciones, lo que ha predominado es la promoción descarada de los autores que publican en una editorial perteneciente al mismo conglomerado mediático propietario del medio de comunicación o el interesado apoyo mutuo de escritores/as-reseñadores/as en su esforzado deambular hacia la esquiva gloria. En el ámbito local, sencillamente, a estas alturas y hablando con franqueza, doy por sentado que la crítica desde un medio de comunicación tradicional deviene imposible o, en el mejor de los casos, efímera. Demasiados intereses entrecruzados, demasiados favores y demasiadas deudas. No es por nada que, como reacción defensiva, estos medios se pasen día sí y día también escribiendo sobre la pérdida de calidad periodística que suponen los medios alternativos (es decir, todos los que no sean ellos en Internet).


Un mundo sin rostro. Si amplían la foto, hay sorpresa.


Es por eso por lo que, por pura indignación y por intentar que la esfera pública fuera algo diferente, por intentar cambiar un poco las cosas, creé el Polillas. Nadie podrá llamar a un director para quejarse de la crítica ni para intentar expulsarme del medio, y como no pertenezco al mundillo literario, nadie tendrá la posibilidad de seducirme con favores ni chantajearme con amenazas. Como máximo, me escribirán para reprocharme de mejor o peor manera la crítica recibida, lo que, por otro lado, me parece bien. Lo cierto es que en este año y medio, las comunicaciones directas que he recibido  (incluidos algunas/os autoras/es reseñados) han sido casi siempre corteses, cuando no elogiosas. Otra cosa es que lo hagan público, pero entiendo que tampoco está el mundo para heroicidades en lo cotidiano, aunque soy dado a pensar que, en numerosos casos, el peligro proviene del exceso de imaginación y de las aspiraciones sin fundamento.

Podrán preguntarse qué tiene de extraordinario este blog, qué de talentoso. Les adelanto que nada: lo realmente extraordinario es que sea extraordinario, es decir: raro, insólito, que incluso sea original... Lo que de verdad debería extrañarles es cómo toda esa gente extraordinaria con extraordinario talento para la escritura, con extraordinaria capacidad para la crítica, cómo todas esas generaciones de extraordinarios filólogos criados en nuestras dos extraordinarias universidades hayan sido incapaces o no hayan tenido la voluntad de gestar un solo medio crítico de verdad, una sola plataforma que arramblara con todo y con todos, que develara la profunda y pegajosa podredumbre literaria y moral que anida en esta república de las letras y de la industria cultural en general (excepción que yo conozca: el mentado Javier Moreno en su columna de crítica de música clásica en el Canarias7, fulminada hace ya años).

Por supuesto, que la crítica debe aplicarse a todo. Un blog de crítica literaria, o, si quieren considerarlo así, de impresiones subjetivas de lectura, es tan merecedor de crítica y de reproches en cuanto a su contenido como el libro objeto de las reseñas. Lo importante, creo yo, es que nos acostumbremos a ella, a la crítica, por muy acerba que nos parezca.

Está por ver que los/as escritores/as de cierta relevancia, proyección o reconocimiento, tan acostumbrados al almíbar, al intercambio de favores (qué bonita es la amistad) y a un ambiente periodístico-cultural exageradamente condescendiente, y también los diletantes, los/as jóvenes, los treintañeros/as que comienzan a angustiarse, y en general todos los aspirantes a suceder a los primeros sean capaces de aceptarla. ¿O acaso son tan débiles, tan frágiles, su literatura tan pobre, tan escuálida, tan mediocre que no soporta la mínima inspección, la menor revisión? 

No duden de mi perseverancia.



P.D. Gran parte del mundillo artístico-literario y del opinador de la cultura, en general, ha reaccionado de modo un tanto agreste contra el nombramiento de Màxim Huerta como Ministro de Cultura. Varias cosas, al respecto: a) Escribir buenas novelas, o muy malas, no le capacita o incapacita a uno/a para un cargo público, salvo que entre los requisitos del cargo conste la obligación de haber escrito un par de obras maestras. Tampoco creo que hasta ahora sea excluyente haber estado en un programa de TV infame ni da puntos haber presentado un telediario; b) Dado que no es abogado del Estado, notario o haya pasado alguna oposición de esas, ni tampoco ha ganado el Nobel, parece que el Sr. Huerta no suscita demasiado respeto, por lo que intuyo que muchas personas del mundillo cultural, más o menos progres o cercanas al PSOE, habrán pensado: "¿Por qué él y no yo?", con el consiguiente resentimiento; c) Ignoramos todos los grandes planes para la cultura que tienen el PSOE y el Sr. Huerta, así que será mejor juzgar su labor durante o después. Al pobrecillo no le ha dado tiempo ni a elegir ambientador para el despacho; d) La gran pregunta, por muy escandalosa que pueda parecer, es si en realidad necesitamos Ministerio de Cultura. Otra buena pregunta es para qué

Respecto de d), cada día que pasa se refuerza mi convicción de que a eso que llaman cultura se le crea un ministerio y se le destinan fondos del erario cuando el Estado y la sociedad se dan por vencidos, por derrotados definitivamente, me atrevería a decir, respecto a asuntos de la máxima importancia en un país que se dice democrático: 1ª) La pobreza; 2º) La desigualdad. En ellos están subsumidas las diferencias respecto del acceso a la Educación y a la Sanidad, sin ir más lejos; y la existencia del paro y de la precariedad laboral. Así, una gran parte de la población está marginada y excluida, sin perspectivas de futuro y con un presente miserable. Frente a eso, frente a las condiciones de vida de nuestros compatriotas, de nuestros paisanos y de nuestros vecinos (por no hablar de la posibilidad de llevar a cabo planes de futuro que vayan más allá de la mera subsistencia), todas esas preocupaciones sobre gestión cultural, industrias culturales, red de museos, estado de la ópera y de los festivales de música, etc. (así también podríamos criticar del mismo modo todo ese gasto militar opaco  y exagerado, por ejemplo), dan la impresión de ser nimiedades, bagatelas, asuntos que tienen más de vergonzosa propaganda institucional y política (que se plasman en ese vocabulario de marketing tipo marca España, marca Canarias, marca Gran Canaria, etc.) que de genuina preocupación por las necesidades de los ciudadanos/as (y de los no ciudadanos/as). Ya está bien de preocuparnos por que Gran Canaria (o Tenerife, o cualquier ínsula Barataria) se sitúe en el mapa mundial del nosequé o creernos que esa otra fundación cultural chirinesca o aquel lírico zoológico de peces será "tractor de la economía" y del más allá. Cultura va a haber siempre, se quiera o no, lo apoye el gobierno de turno o no, haya suplementos en los periódicos oligárquicos o no. Lo que no tiene por qué haber son ministerios de cultura, secretarías de estados de cultura, funcionarios de la cultura, propagandistas de la cultura, gestores de la cultura, ni paniaguados de la cultura. Un escándalo, ese sí cultural, al que nos hemos acostumbrado.

Es evidente que el asunto no se resuelve en un par de párrafos. Respecto del asunto de la cultura, de la industria cultural, del papel del artista, etc., por no hablar del papel económico del arte en la generación de valor en el mercado, en el planeamiento urbanístico y la gentrificación, etc., se han escrito cientos de monografías desde diversos puntos de vista de distintas disciplinas. Yo me limito a hacerles partícipes de un extrañamiento que practico con frecuencia, ese cuestionar la existencia de lo existente, de lo que damos por sentado. En ese sentido, el papel simbólico de la cultura es redundantemente significativo.


lunes, 4 de junio de 2018

'Tala', de Thomas Bernhard

Como ya escribí en su momento, mi intención es la de dejar al menos un año entre reseñas dedicadas a la obra de un mismo autor, aunque mi intención apuntaba a las reseñas de autores vivos, especialmente los locales. No obstante, y dada la superlativa cantidad de títulos que se publican, no hubo ocasión, aunque lo hubiese querido, para repetir ni siquiera con los muertos. Pero he aquí que, azuzado por críticas que leía por estos mundos de Internet y por el extraordinario recuerdo de El malogrado (que se engrandece con el tiempo), he considerado que quién mejor que Thomas Bernhard para ser el primer autor con el que repita análisis, reflexión o impresión superficial de lector.

En todo caso, y para mal de aquellas/os que quieran ir directamente al asunto y no demorarse con prolegómenos, hay también motivos para elegir a Bernhard aparte del azar y de la oportunidad. El escritor austríaco debería ser un ejemplo, al igual que lo son todos los grandes escritores, por la fuerza de su estilo propio, por la huella cognitiva que genera y por la impresión estética que produce a todo aquel que se acerca a la lectura de sus obras.

Es bueno leer a las/os grandes: por citar algunas/os, aparte de Bernhard: Woolf, Yourcenar, Proust, Foster Wallace, y cada cual que aporte sus favoritas/os. Leer su obra debería, aunque me temo que no es tan automático, descentrar a las/os autoras/es en ciernes, a los aspirantes a afilar su talento y ayudarles a escribir algo más que sean sus naderías de adolescente o de veinteañero/a o sus ilusiones de plasmar líricamente la idea que tengan de lo excelso. Es un defecto recurrente, ya lo he señalado muchas veces, la manía que tienen muchas/os en convencernos, a través de sus personajes (normalmente el narrador o narradora) de la gran cultura que poseen o de las numerosas experiencias que han atesorado. Como me dijo un amigo con sabiduría una vez: "Hay que escribir lo que nos gustaría leer, no lo que nos gustaría escribir". Porque si se elige lo segundo, tenemos toda ese conjunto de superfluosidades y cantos al yo que nada añaden al acervo literario y solo sirven para engrandecer una vanidad ya hipertrofiada, jaleada además por amigos y familiares.





Por qué es bueno leer a Bernhard, especialmente, por qué leer Tala: porque no deja, usando la frase hecha, títere con cabeza. Esa crítica a la sociedad austriaca, a la vienesa en particular, al mundillo literario y artístico; todo lo que está al alcance de su visión es objeto de su crítica furibunda, presa de una observación meticulosa y ácida, incluido, claro está, él mismo. Y la universalidad de la literatura del Bernhard consiste en que podemos aplicar esa crítica, esa rabia, por qué no, ese odio, a nuestra ciudad favorita, al mundillo literario y artístico local que escojamos, a la humanidad en general. Difícilmente nos equivocaremos, raro será que no encontremos homólogos cercanos.


Realmente yo había visto una vez, hacía muchos años, en el Burgtheater, al esperado actor, en una de esas asquerosas farsas de sociedad inglesas en las que la tontería sólo es tolerable porque es inglesa y no alemana o austriaca, y que en el Burgtheater, en el último cuarto de siglo, se representan una y otra vez con espantosa regularidad, porque el Burgtheater, en este último cuarto de siglo, se ha especializado sobre todo en la tontería inglesa y el público vienés del Burgtheater se ha acostumbrado a esa especialización, y realmente a él lo recuerdo como actor del Burgtheater, como un actor, por lo tanto, lo que se llama un favorito del público vienés y pisaverde del Burgtheater, que tiene una villa en Grinzing o en Hietzing y hace el bufón en el Burgtheater para esa tontería teatral austriaca que, desde hace ya un cuarto de siglo, tiene en el Burgtheater su asiento, como uno de esos berreadores sin espíritu que, en el último cuarto de siglo, con la colaboración de todos los directores por él contratados, han hecho del llamado Burg una institución teatral de aniquilación de autores y del vocerío de una falta total de cerebro. El Burgtheater ha entrado artísticamente en bancarrota desde hace ya tanto tiempo, pensaba en mi sillón de orejas, que ya no puede determinarse cuándo se produjo esa bancarrota, y los actores que actúan en el Burgtheater son bancarrotistas que todas las tardes actúan en el Burgtheater (...). (págs. 13-14)

Y sí, salta a la vista que tiene estilo propio: frases largas, aposiciones, repeticiones de palabras, expresiones e ideas. Estilo que, a falta de un estudio pormenorizado de la obra del autor, no ha surgido de golpe, por pura genialidad o como el resultado de la mera improvisación. Siempre hay una materia prima, una forma de escribir originaria, una forma de ser en el mundo, pero se adivina un trabajo sistemático, una voluntad de estilo que, cuando se logra, se puede aspirar a ser un Bernhard, o una Woolf, o un Foster Wallace, o una Yourcenar, o un Borges o, venga, un Pérez Galdós, pero no ... (añadan cualquier autor/a local) por muchos seguidores de Facebook de que disponga.

Tala consiste en el cúmulo de reflexiones suscitadas en el protagonista-narrador a raíz de la muerte de una antigua amiga y de su asistencia a una cena artística, mientras está sentado "en un sillón de orejas", observando a los demás comensales y a los anfitriones. Las reflexiones se suceden con cadencia hipnótica, con las mencionadas repeticiones, con periódicos sobresaltos suscitados en el lector por los comentarios vitriólicos del narrador, y por la ausencia de puntos y aparte, entre otros detalles: un torrente de la conciencia bien ordenado, calculado, milimetrado, y algunos adjetivos más que dejo a su elección cuando lean la novela, que arrastran al lector al interior de la propia conciencia, que no siempre es el mejor lugar donde habitar.


 Al fin y al cabo, todas esas personas fueron realmente un día artistas o, por lo menos, talentos artísticos, pensaba ahora en mi sillón de orejas, y ahora todos no son más que una chusma artística, que precisamente no tienen en común con el arte y con lo artístico más que la cena del matrimonio Auersberger. Todas esas gentes que un día fueron realmente artistas o, por lo menos, artísticas, no son ahora más que las máscaras y las cáscaras de lo que un día fueron; sólo tengo que mirarlas, sólo tengo que entrar en contacto con sus creaciones para sentir lo mismo que siento ahora en relación con este banquete, con esta insulsa cena artística. Qué ha sido de todas estas gentes en estos treinta años, pensaba, qué han hecho todos estos seres de mí mismos en estos treinta años. Y qué he hecho yo de mí mismo en estos treinta años, pensaba. En cualquier caso, es deprimente ver lo que estas gentes han hecho de sí mismas en estos treinta años, qué he hecho yo de mí, de todas esas condiciones y circunstancias en otro tiempo felices, todas esas gentes han hecho condiciones deprimentes y circunstancias deprimentes, pensaba en mi sillón de orejas, lo han convertido todo en algo totalmente deprimente, toda su felicidad en nada más que depresión, lo mismo que yo he convertido mi felicidad nada más que en depresión. Porque indudablemente todas esas personas fueron un día, es decir, en aquella época, hace treinta, incluso sólo veinte años, seres felices, fueron felices, y ahora no son más que seres deprimentes, deprimentes como yo, en fin de cuentas, no soy más que deprimente y no soy feliz, pensaba en mi sillón de orejas (...). (págs. 66-67)

Indudablemente, Bernhard plasma (crea) los pensamientos de su personaje sin misericordia, un personaje que observa y critica devastadoramente. Pero es una devastación creativa (perdónenme este préstamo que remeda el vocabulario schumpeteriano-capitalista), de la cual emerge para el/la lector/a una visión más aguda de sí mismo/a y de su entorno, de sus miserias y servidumbres. Es, a su curiosa forma, una novela moral. El arte del escritor es, a la manera de Proust o de Foster Wallace, meticuloso (recojo estos paralelismos gracias a un comentario de Iván Cabrera, en su comentario a Extinción), obsesivamente atento a los matices del pensamiento y de la observación que, como ya he señalado, no lo aplica solo a los demás, sino, quizá más que a nadie, a sí mismo.

En fin, como la obra de todos las/los grandes, Bernhard no se limita a una contar una historia. Esta en realidad, es lo de menos: las reflexiones de un personaje a raíz del suicidio de una artista fracasada abandonada por su marido. Lo importante es la indagación y la descripción de nuestra miserable humanidad, del arribismo y de la vulgaridad, de la grosería y de la doblez. Es el dedo en la llaga, el alcohol en la herida; es la destrucción literaria del buenrollismo artístico, la radiografía radioactiva de la sociedad. Entre otras cosas, para esto sirve la literatura.

A ver si aprendemos.








domingo, 27 de mayo de 2018

'¿Quién cuidará de mis guardianes?', de Alba Sabina Pérez


Cuando, al cabo del tiempo, uno ya le ha dado cera a los representantes más conspicuos de una novelística, a grandes rasgos, deplorable, en el ámbito local (y a unos cuantos en el nacional), dado que estos personajes ejemplares campan a sus anchas en suplementos culturales, artículos y otras tribunas escribiendo todo tipo de maravillosismos y buenrollismos ajenos y propios sin enmiendas ni rectificaciones, se encuentra con que tiene libertad para lanzar otra mirada a la creatividad. O más bien, una mirada a otra creatividad, es decir, puede comenzar a indagar en la obra de escritoras/es de exposición más discreta con la esperanza de encontrar una fuente de luz, aun vacilante (me conformo con eso) que ilumine estas tinieblas literarias. Y disculpen la metáfora, pero guardo otras más escatológicas.

Es por eso por lo que uno recoge pistas aquí y allá, lee esas obras que unas y otros a veces valoran como "injustamente tratadas", "insuficientemente reconocidas", etc., o que, sin que sea incompatible con lo anterior, pertenecen a jóvenes autoras/es, digamos en sus primeros pasos, pero que se atreven a publicar (lo cierto es que hoy las editoriales no editan, solo publican) sin demasiado pudor ni vergüenza anticipada. En el pecado está la penitencia, y llegados a este punto, son tan merecedoras/es de reconvención o de elogio como otros autores más populares y dicharacheros, aunque no disfruten de la mención del mentor habitual ni impartan cursos de escritura creativa. En todo caso, mi intención no es cercenadora sino más bien lo contrario, aunque parezca difícil de creer.

El propósito no es otro, al fin y al cabo, que experimentar, recogiendo palabras de Rafael-José Díaz, una "epifanía" artística, estética, literaria... Es encontrarse ante esa experiencia de asombro, aprendizaje y reconocimiento que solo algunas manifestaciones artísticas son capaces de suscitar. Me conformaría con una sola de las tres, no soy tan exigente. Sin embargo, y como parece lógico, esos momentos de epifanía son raros, qué le vamos a hacer. 

Por otro lado, no puedo sino apreciar el esfuerzo, como he reconocido en otras ocasiones, con el que unas y otros se empeñan en contar historias, por muy lamentables que terminen siendo los resultados. Esto no quita para que la crítica horade la superficie de la obra y saque a la luz defectos y virtudes, para que imagine otras posibilidades, para que devele lo innombrado o latente, para que reflexione a partir de ella. Es en este sentido que la actividad reseñadora consistente en elogiar sin tino, favorecer sin tapujo o glosar sin vergüenza resulta no solo una estafa informativa y un ultraje intelectual sino también una inmoralidad. Sus razones tendrán aquellas/os que la perpetran.






Así que entre otros autores más o menos jóvenes y relativamente desconocidos, aunque obtengan su elogio aquí o su mención allá, escogí por razones que van desde lo azaroso hasta la curiosidad por repetición una colección de cuentos con cuya reseña me tropecé en un par de ocasiones. Claro que es posible que casi nada de lo anterior sea cierto, y Alba Sabina Pérez sea un fenómeno literario sin parangón y yo sólo esté revelando, una vez más, mi ignorancia. 

Pero vayamos a los cuentos.

¿Quién cuidará de mis guardianes? comienza con dos cuentos yoístas: las tribulaciones de una joven allende los mares que comienza a vivir una vida adulta que no le agrada demasiado. Sí, la materia no parece que pudiera interesar a nadie más que a la escritora, y, todo hay que decirlo, la forma, el estilo tampoco ayudan. En el primero, dos amigas van en tren y conocen a otros viajeros más o menos singulares, y en el segundo, la narradora nos cuenta retazos de su juventud en Madrid. 


Siguió contando su relato, muy a nuestro pesar, aunque también con no cierta dosis de odiosa curiosidad por nuestra parte; aunque se negase a compartir con nosotras el secreto de sobrevivir a base de pipas de sandía. Y resulta que en el tiempo en el que tenían que compartir su guarida con el Matador, Nicole se empezó a hacer mujer, y él no podía más que admirar como cada mes sus pechos iban creciendo y su cuerpo adoptaba "formas de Venus". Entonces, él, que por aquel entonces también era muy joven, sintió la necesidad imperiosa de quitarle él mismo el virgo, porque, según su propio razonamiento: "¿Quién mejor?" Así que un día, no sin antes pedirle permiso, le quitó la ropa con cuidado y le hizo el amor con la precisión de un experto; aunque, según nos dijo, "también era casto hasta ese día". De todas formas sacamos nuestras propias conclusiones de hasta qué punto aquellos escabrosos detalles eran verídicos." (págs. 26-27)

Había bares nuevos llenos de diversos elementos hypsters de la recién llegada manada de cervatillos prisioneros del séptimo arte, solo que éstos no habían crecido con Garci ni con su Puro humo y quedaba poco para la maldita ley que cambió mi vida y mi forma de ver y de oler a los demás, sobre todo darme cuenta de que el tabaco disimulaba bastante bien el terrible aroma de algunos. Pronto llegó Laura, con su bellísimo rostro de inocencia que espero que aún conserve; aunque temo que la inocencia ya la habíamos perdido hacía algún tiempo, y poco quedaba de aquellas tres hippies de instituto que pensaban que en segundo de carrera sus vidas estarían encaminadas, al menos, hacia alguna parte. Entramos en uno de esos nuevos locales, ellas pidieron otro café y yo un cóctel. Necesitaba alcohol, amigas y tabaco, todo eso que no tomaba en Barcelona porque el hastío, la pereza, y el maldito cielo naranja no me dejaban. Y las tres, que nos leíamos las caras y las almas más deprisa que yo El guardián entre el centeno cuando estoy triste, por primera vez no sabíamos qué decir. Laura traía el pelo mojado de lluvia sin paraguas, y un folleto del cine con las películas que podíamos ver. (págs 32-33)


Sin embargo, el tercer cuento, . El reloj de mi padre está evidentemente más estudiado, más estructurado. Está pensado. Es probable que eso pueda parecer menos arriesgado, menos apasionado, menos romántico o cualquier otro adjetivo insensato, pero aquí ya nos encontramos con algo valioso. Ya no son las divagaciones bostezantes de una intelectualoide en ciernes, sino el relato preciso y evocador de una anécdota que trasciende. De repente, los personajes, un objeto (un reloj) y hasta un país adquieren fuerza simbólica, de tal modo que se quedan con nosotros después de leído el relato: un padre que vincula su felicidad a su reloj irrompible que se rompe, la niña que no juzga a su padre como un mentecato, sino que considera necesario intervenir, a su infantil manera, para ayudarlo; una Suiza de relojeros tal que ni evocada por Emily Dickinson... Las líneas de diálogos son las que tienen que ser. En la narración, los párrafos se engranan como si no pudiesen existir de manera independiente. Surge esa síntesis entre forma y contenido por la que la literatura cobra sentido. Un cuento corto, sencillo, que se agradece como una brisa de verano. Esto es literatura, algo que a veces ocurre cuando se dejan a un lado la pretenciosidad y el yoísmo.


Mi padre tenía los ojos aguados y la expresión muy triste. Traía su reloj fracturado en una bolsita de terciopelo que había en casa desde hacía tiempo. Era la bolsa de las joyas rotas. mi padre había sacado las joyas y las había dejado sobre el joyero de madera, y había puesto el reloj con mucho cuidado dentro. Ahora lo sacaba de su bolsa y yo tenía ganas de llorar porque nunca había visto a mi padre tan triste, ni siquiera cuando se murió mi pez. Le pasó el reloj al relojero, con mucho cuidado. El relojero lo cogió con sus manazas y miró el cristal. 
-No sé si el cristal tiene garantía, tengo que mirarlo; pero es muy raro, debe ser que vino defectuoso... 
Tenía en la frente una lupa, pero se ve que lo que le sucedía al reloj de mi padre no era tan importante como para usarla. (pág. 42)


Empecé a estar muy triste. Mi padre seguía llamando al arregla-relojes del barrio, el señor gordo, moreno y alto que no hacía nada por nosotros, y que siempre le decía lo mismo. Yo no paraba de mirar el buzón pero nunca llegaba nada. Todos los días pedía que llegase el reloj y pedía que mi mente me dejase olvidar el asunto y volver a ser feliz porque, de pronto, todas las cosas me daban igual: las notas, las vacaciones a la vuelta de la esquina, las tardes en el parque con mis amigas, las poesías en las libretas y los libros. Solo me importaba el reloj, y volver a ver cómo mi padre se lo ponía en la muñeca y nos contaba cómo aquel era el reloj que llevaban los galanes en las películas de los cincuenta, cuando la gente tenía clase de verdad, y solo quería que me dijese que siempre iba a estar brillante y que era un reloj que duraría toda la vida. Pensé incluso en coger un tren hacia Suiza, pararme en la fábrica de BlanHorloge y decirle al dueño: "¿Qué pasa con el reloj de mi padre?" (pág. 48)


Es de lamentar que la autora no siguiera por esa vía. Para mí, sólo con este cuento demuestra que tiene hechuras de escritora. Bien podría habernos ahorrado los demás.

El cuarto relato recae en la enfermedad del yo misma en la facultad y mira cuánto cine he visto, el siguiente va de cómo llenar 10 páginas con insustancialidades, y el sexto, titulado como una advertencia Ociosas banalidades consiste en las reflexiones de unos personajes contadas por un narrador omnisciente. Van de personaje a personaje cuando salta su nombre. Y uno y otro, y después el de más allá... ¿Interesante? No, banalidades. Que digo yo que para qué. El sexto, pues más divagaciones o recuerdos, qué sé yo, contadas en primera persona de cuando la protagonista tenía menos de cuatro años. Y paro de contar, que las historias no mejoran.

A mi entender, lo que otros comentaristas señalan como virtudes, como las tan traídas intertextualidades o las referencias filosófico-cinematográfico-literario-artísticas, si no se manejan bien no hacen más que convertirse en autorreferencias expresivistas que no interesan a nadie más que a la autora. A veces me da por pensar que, en realidad, uno habla de sí mismo cuando no tiene nada que contar. A pesar de las mil excepciones, supongo.

En fin, cinco años han pasado desde entonces, y Sabina Pérez ha tenido tiempo para escribir una novela y un poemario, que yo sepa. Me pregunto si habrá seguido la escondida senda que comienza (o quizá lo hace en otro lado, en algún relato olvidado, en algún párrafo escrito en una libreta perdida) con El reloj de mi padre, o está recorriendo esa autopista hacia la nada que consiste en hablar sobre sí misma y lo mucho que ha leído, lo mucho que ha visto, lo mucho que ha oído y las experiencias que ha sufrido/disfrutado y en empeñarse en contárnoslas porque, al fin y al cabo, siente esa necesidad. Me resulta llamativo que el prologuista de esta colección de cuentos sea Sergio Barreto Hernández, paisano de Sabina y autor de una novela (también reseñada en este blog) que adolecía, hasta el hastío y más allá, de esos defectos aludidos, defectos que estropean cualquier novela y que asesinan, por cierto, cualquier conversación. 







P.D. Como reseña, digamos, meliflua, por no decir algo peor, aquí.
















sábado, 12 de mayo de 2018

'Los perros duros no bailan', de Arturo Pérez-Reverte

Cada día es la efeméride del óbito o del nacimiento de alguien. Especialmente celebrados son los de escritores/as, porque salvo en casos muy determinados, y tras haber pasado un periodo prudencial tras su fallecimiento, concejales y ex concejalas de cultura, presidentes, alcaldes y líderes de la oposición pueden arrimarse al recuerdo del fallecido (o frotarse con él) sin sonrojo ni lecturas previas, que ni falta hacen. 

Así, hace poco, el pasado 10 de mayo se celebraron algunos actos en recuerdo del nacimiento de Benito Pérez Galdós, el 175º aniversario. Dentro de dos años, como nos recuerda el ubicuo presidente del Cabildo, el 100º aniversario de su muerte. Así, políticos de izquierda, derecha y transversales se hacen selfies con bustos, retratos o libros de Galdós, algunos organizan lecturas de su libro al estilo de lo que se hace con la lectura de El Quijote (El Libro Sagrado) y todos expresan públicamente su admiración por su vida y obra, hasta la extenuación y el asco.

Esa apropiación de Galdós, un literato al que no se le daba mal fustigar a la clase política, a la Iglesia y a la sociedad de su época, no es ingenua. El halo de un/a escritora/a cuya crítica pertenece a otro tiempo, y que, por lo tanto y salvo lecturas más profundas, puede considerarse ahora inocua, bien puede iluminar, orear y dorar a nuestros representantes tan faltos de fundamentos éticos e intelectuales que uno se los imagina correteando aquí y allá para pedirlos prestados (en el mejor de los casos) de donde sea. Suele citarse, para glosar su figura, la campaña de infundios y descrédito que sufrió el mentado Galdós por sus posiciones políticas y morales que, según se dice, le costó el Nobel. Mucho me temo que gran parte de esos políticos y demás próceres actúan o actuarían igual contra aquellos artistas que se atrevieran a criticarles a ellos o a sus actos. Creo que ejemplos hay unos cuantos de presiones, prohibiciones, censuras y condenas.

Es por ello por lo que dichos homenajes, que en nada importan a los/as difuntos/as, se celebran, al igual que los premios de toda clase y condición, no tanto para honrar y reconocer al/la escritor/a o como para que la institución que los concede u organice adquiera notoriedad en la esfera pública y se dote de una aura cultural para diversos fines, entre otros para que, por un tiempo, olvidemos que están pobladas y a veces dirigidas por sospechosos habituales. Lo cierto es que esta estrategia parece haber rendido rédito, y así, con el paso del tiempo, se ha fundido tanto con los usos y costumbres de la sociedad que si las instituciones públicas se olvidan de honrar a alguien apreciado por algún sector social, se considera una afrenta y una injusticia casi inadmisibles.

Hay que señalar, además, que en esta nueva época de gobernanza y creciente importancia de las empresas privadas en la esfera pública, éstas también se animan a reivindicar u homenajear a quien se les cruce por delante si consideran que sirve para realzar su imagen corporativa. Aquí, por ejemplo. Viva el oportunismo.

Por si fuera poco, y para hacer más risible la cosa (y no se diga que me olvido del/la ciudadano/a de a pie), en estos tiempos de redes sociales, casi cualquier individuo/a, por más justamente anónimo/a que sea, no pierde la oportunidad para mostrar sus condolencias por la muerte del/la cantante o escritor/a de turno o para expresar su alegría o "felicitación" al/la artista homenajeado/a en su efemérides. ¿Y a nosotros qué nos importan los sentimientos de esa persona al respecto? Pues ya ven.

Por cierto, el pasado 5 de mayo, los suplementos culturales nos atosigaron con toda clase de tonterías, llamados análisis o artículos, sobre Marx, aprovechando que la fecha de su nacimiento.

En fin, vayamos a lo nuestro:




Esta es una historia de perros. Quiero decir, los protagonistas son perros, que piensan y hablan con lenguaje humano. Claro está, porque, de lo contrario, ¿cómo podríamos leer la historia? Aquí radica la primera dificultad en lo tocante a la verosimilitud, digamos de carácter metalingüístico. Si un perro cuenta su historia, pero ni entiende a los humanos, ni ellos a él (ni a los demás perros), ¿cómo es posible si quiera concebir una historia desde el punto de vista de un animal? Para posibilitar esa narración habría que crear un nuevo lenguaje, con su diccionario, su gramática, etc. Eso si pensáramos que ese lenguaje es posible concebirlo al estilo de los lenguajes humanos, por muy extraños o exóticos que nos resulten muchos de ellos. Así que, ¿cómo es posible imaginar un lenguaje inimaginable para un ser humano? Cuestiones parecidas se dejaban ver en la novela de Stanislaw Lem o en la de China Miéville que hemos reseñado.

Sin embargo, creo que Pérez-Reverte no se plantea estos dilemas, que por sí solos podrían haber abortado este proyecto literario. Más bien, una posibilidad es que sus referentes sea El coloquio de los perros, de Cervantes, en el que unos perros, asombrados, adquieren el don de la palabra y comienzan a dialogar entre sí. Eso, o las películas de Disney, por ejemplo, en el que todo ese problema de la verosimilitud se deja a un lado sin mayor problema humanizando a los animales, y así vienen Kimba, los amigos acuáticos de la Sirenita, Nemo, Bambi, etc. Eso, en cuanto al problema (yo lo considero tal) lingüístico. De fondo, y de manera no muy disimulada se hace referencia a La llamada de la selva/lo salvaje, de Jack London, con sus raptos de perros, peleas, lucha por la supervivencia, la nobleza y la crueldad de animales y humanos, la lucha por la vida, etc. Sin embargo, mientras en la novela de London, la narración era en tercera persona, a cargo de un narrador omnisciente, en Los perros duros no bailan (referencia a la novela de Norman Mailer, Los tipos duros no bailan, que tenía su punto macarra y cómico), la narración corre a cargo del personaje principal, Negro, en primera persona.

Ya les voy adelantando que la novela se lee rápido y fácil, sin mayores complejidades en cuanto a su estructura, lineal. Es el relato de unos hechos situados en el pasado, con un vocabulario coloquial o vulgar, y que no representa desafío alguno al lector; unos personajes que representan ciertas virtudes o tipos sociales, eso sí, muy humanos; y unas escenas cortas e intensas, bien resueltas, que no llegan a aburrir, aunque la historia, en su conjunto, no ofrece mayores sorpresas ni reflexiones originales, precisamente. Los diálogos también están bien perfilados y ágiles, aunque queda claro que ni los juegos de palabras ni los guiños literarios representan las mayores virtudes literarias del autor.

Lo malo es todo lo demás. Me explico: hay inconsistencias lógicas insoslayables. Si los perros sólo entienden a los humanos por el tono, no entienden las letras ni las palabras en los periódicos, etc., ¿cómo es posible que no sólo que entre ellos hablen de personajes humanos como Espartaco o Hitler, sino que además manejen conceptos como el nazismo, comprendan el mismo devenir histórico pues conocen sus ancestros y las razas de los sucesivos cruces, distinguen nacionalidades (que no son sino divisiones culturales y físicas humanas), etc.? Albergo la impresión de que a Pérez-Reverte esos problemas son naderías, que lo que de verdad le importaba era crear algo parecido a una alegoría, en que la sociedad perruna fuera un trasunto simplificado o, algo peor, purificado, de la sociedad humana. ¿Qué quiero decir con purificado? Arriesgándome a hacer una teoría de la mente revertiana, pienso que el autor buscaba aislar los elementos básicos que motivan las acciones de las personas: valor, cobardía, venganza, lealtad, falsedad, por ejemplo, sustrayéndolos de la compleja maraña de relaciones, valores, constricciones, etc. de las sociedades modernas.

Sin embargo, en esa purificación, en ese destilamiento, lo que le queda, a fin de cuentas, es la violencia y el machismo. El perro-héroe tiende a minimizar su inteligencia y a valorar su capacidad para la violencia. Asimismo, uno de los perros que va a rescatar (ahí reside el motor de la trama: el rescate de amigos en apuros) se convertirá en un asesino, producto de su brutalización a manos de los humanos. El otro perro, que no tiene las cualidades para ser un perro de pelea, sin embargo logrará sobrevivir gracias a que lo convierten en un semental, cómo no. Por otro lado, las hembras apenas disfrutan de protagonismo, salvo para ser montadas placenteramente, dejándose ver apenas algún atisbo sentimental. La única perra con carácter, y que no deja montar, es, claro, una feminista resentida. Por supuesto, en esa minisociedad perruna, también hay una "putilla" (pág. 33) y un "maricón".


Margot era, y lo sigue siendo, una perra resentida, áspera, feminista -ninguno de nosotros podía alardear de haberla montado nunca- y con muy mala leche. (pág. 17)


Una de las ventajas que los animales poseemos sobre los humanos es que nadie nos exige ser políticamente correctos. Ahí jugamos en casa. Miren los monos: todo el día dale que te pego al manubrio o la coyunda, a su rollo, con los niños encantados en los zoológicos y los padres riendo la gracia. O sea, que los animales estamos a salvo de esa clase de gilipolleces. De momento, al menos. Nadie anda fiscalizándonos, y cuando se impone nuestra naturaleza tenemos la excusa de que somos, dicen, irracionales. (...) Si lo que le dijimos aquel día se lo dice un humano a una humana, el fulano acaba en comisaría a la media hora. Pero por suerte no éramos humanos. Los perros somos machistas, oigan. Faltaría más. Y a mucha honra. (págs. 26-27)

Rudi, o Perlita, como prefería que lo llamaran, era un caniche gris perla de pelo rizado que iba siempre muy de peluquería, recortado en las patas y cardado en el rabo y la cabeza. Divino de la muerte, osea. Maricón de concurso. Su lado canalla lo llevaba a escapar con frecuencia de su casa -vivía con dos humanas que eran hermanas, solteronas y mayores- y a dejarse caer por el Abrevadero en busca de emociones fuertes. Lo volvían loco los perros callejeros sin raza ni escrúpulos, a los que pedía que lo azotaran con el rabo y lo llamaran perra. (pág. 58)

Supongo que algunos serán capaces de denominar a esto crítica social o, sin ir tan lejos, valentía o incorrección política. Habrá que ver dónde está la valentía en denostar a personas o grupos que han sido históricamente dominados, vejados y apaleados. Y lo siguen siendo. Se me podría acusar de injusto por establecer una igualdad entre el personaje Negro, el perro protagonista, y el escritor Pérez-Reverte. Uno no tiene por qué comulgar ideológicamente con el otro. Sin embargo, la lectura de algunos artículos del escritor y sus manifestaciones públicas sí que establecen las bases para afirmar, al menos, cierta conjunción. Ya lo valorarán Vds., por supuesto.

En fin, mi conclusión es que, si uno supera el tufo masculinista y el tópico del tío duro pero con corazón, se lee bien, con ritmo y vívidas escenas de acción, lucha y muerte. Incluso con sabor épico. Pero le queda a uno un regusto desagradable: es mucho superar.

Este tipo de escritores que también escriben artículos de opinión, intervienen en tertulias, etc., y a los que, por tanto, se les califica a menudo de intelectuales, tienen su público, y numeroso. Un público antiguo para un autor antiguo, sin embargo. Representa Pérez-Reverte, a pesar de sus diatribas contra los políticos y la política, o por eso mismo, una vuelta a los valores de verdad, los buenos, sin tanta corrección política. En un mundo donde los usos y costumbres se han trastocado de tal modo que no es posible saber cómo desenvolverse, cómo ser sin ambigüedades, algunas personas piensan que lo ideal es volver a una época de certezas (que quizá nunca ha existido, salvo en su mente) cuando los hombres eran hombres y las mujeres, mujeres, cuando los conflictos se resolvían con un par de buenas hostias, mancillar el honor se pagaba con sangre y cosas así. 

Es evidente que no todos los problemas se resuelven a base de deliberación democrática y empatía, que en muchas ocasiones hay conflictos de intereses, de suma cero, en los que el consenso es imposible. Para eso están las negociaciones, las soluciones de compromiso, etc. A veces, claro está, contra un régimen opresor, contra grupos que pretenden la dominación por la fuerza y la esclavitud, solo queda el legítimo recurso a la insurrección, pero de ahí a exaltar la violencia como un valor masculino y natural queda un trecho. Un trecho moral que, para muchos, por lo visto, es insalvable.







P.D. Reseñas positivas, que ven otras cosas y no ven lo que yo veo. Aquí y aquí. Otra, más cercana a la mía, aquí.











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sábado, 5 de mayo de 2018

'Conjunto vacío', de Verónica Gerber Bicecci

Hay reseñas que le dejan a uno agotado, como la última, la de Calibán, de Ángel Sánchez, pero con las que al mismo tiempo se experimenta algo parecido a la satisfacción (momentánea, modesta). Ello se debe, me explico, no tanto al texto final, más o menos memorable, como al trabajo de lecturas previo a su escritura. Se produce, entonces, una ampliación del acervo propio, un ensanchamiento del horizonte literario (y político, en este caso) que compensa con creces el esfuerzo. Con independencia de que la reseña haya gustado más o menos (uno siempre aspira al texto perfecto, aunque es evidente que tal cosa es un ideal contrafáctico).

Recuerdo, en mi formación como traductor, y en mi escasa experiencia profesional posterior, algo parecido: todo ese trabajo previo de acumulación de referencias, datos, lecturas y conversaciones que al final se encarnaban en un texto. Casi que lo de menos era el resultado, aunque uno bien podía, con la debida cautela, enorgullecerse de haberlo creado. Lo de más era ese bagaje recién incorporado, que en muchas cosas no era mera acumulación de conocimientos, sino también en ciertos casos transformación de uno mismo. Un trabajo intelectual sutil, de precisión cuyo valor en Literatura (y en todos los campos del saber) es y ha sido crucial.

Algo parecido podría aplicarse al oficio de escribir: ese acto creativo donde no hay nada físico a lo que agarrarse, solo el recordar, el imaginar y el pensar. Es en el acto del plasmarlo con signos, en la materialización de nuestra imaginación cuando se evidencia el trabajo previo vital e intelectual, el esfuerzo contumaz por desovillar esa idea escondida y el talento pulido por la experiencia.

Bueno, amigas y amigos, no sigo por ese camino, que parece que estoy a punto de venderles la inscripción a un curso de escritura creativa, apresúrense que quedan pocas plazas y todo el mundo termina muy contento y nos hacemos foto para el Face, todos tenemos un escritor dentro...








Al lector, digamos, convencional, esta obra le llamará la atención porque está constituida por escenas (¿capítulos?) de tamaño irregular, que en ocasiones llegan a las 3 páginas y otras son una mera frase. Además, junto a ellas, la escritora inserta círculos que se entrecruzan, solapan, etc.: los famosos y familiares diagramas de Venn que todos recordamos de la EGB (o Primaria, en la actualidad). Estos diagramas tienen, a mi parecer, una función necesaria en la comprensión del texto, y la narradora se refiere a ellos expresamente, por lo que no son los típicos anexos que casi nadie mira. Aunque no es la primera vez, ni será la última, que se insertan símbolos matemáticos, lógicos, etc., en una obra literaria, al menos en este caso no me resultan demostrativos de la pretenciosidad ni vanidad de la autora, no son artificiosos, en definitiva, sino que consigue que se integren la historia con naturalidad. Mejor: que forman parte de ella. 





Por otro lado, la historia en sí no es nada del otro mundo: la narradora, Verónica Gerber, inicia el relato con el regreso de la protagonista a Argentina, tras el exilio de la familia en México. La historia gira en torno al recuerdo de la repentina desaparición de su madre (o abandono) y a los fracasos amorosos de la protagonista. Tiene un hermano, viven en una casa a la que denominan "búnker", la abandona un novio, luego otro, la soledad, etc. Tengo la impresión de que la historia, que no llega a aburrir, pero por poco, es más bien un soporte sobre el que la autora se propone indagar en la propia sensibilidad, que a veces la deja, si no atónita, si desconcertada por la complejidad del mundo y por el sufrimiento que este, de modo inesperado, causa. Esas reflexiones cristalizan, como he señalado, en una expresión simbólica singular. No obstante, no puedo evitar el pensar si la exposición y categorización de las, por ejemplo, relaciones humanas por los diagramas de Venn esclarecen ideas, develan conclusiones reveladoras o son, por otro lado, una muestra de la incapacidad de la autora en desgranar con palabras, en tamizar con finura lingüística todo el aluvión de pensamientos y sentimientos que alberga y con el que no llegamos a empatizar del todo.

Esto último viene reforzado por algunas frases banales o de tipo sentencioso, que rebajan el nivel de la prosa, como "Tenía que ponerme a hacer algo, lo que fuera. O eso, o volverme loca" (pág. 29), "En el diálogo interior todas las palabras vuelven como boomerangs" (pág. 39), "Supongo que me produjo empatía solamente porque Yo(Y) me había convertido en el personaje secundario de mi propia vida" (pág. 96). Sin embargo, no logran destruir la atmósfera general de fascinante síntesis entre geometría y vida, aunque la circularidad de la historia pueda parecer algo forzada.

Por otro lado, a la trama, o a la sucesión de escenas, le falta consistencia, a los personajes algo de cuajo, de solidez, de corporeidad, salvo a la narradora-protagonista. Quizá es esa autorreferencialidad, o ensimismamiento, lo que le aporta valor y, de manera simultánea, lo que le resta vuelo.







Para terminar: Conjunto vacío es una obra cuya intención estética está plenamente lograda, entendiendo por ella la feliz conjunción entre signo y símbolo, en la síntesis entre esos elementos con la que se expresa una historia que, tras su lectura, no puede ser imaginada de otra manera. A mi parecer, es un logro nada desdeñable. Sin embargo, la historia podría haber tenido más ambición, haber aspirado a mayor grandeza. Llámenme inconformista.








PD: Las fotos son mías, ante la imposibilidad evidente de citar de otro modo. Si la editorial o la autora lo piden, las quitaré.