viernes, 9 de junio de 2017

'Puro cuento', de Yolanda Delgado Batista

Henos aquí de nuevo con los cuentos. O lo que quiera que se entienda últimamente por ellos: escenas, confesiones, reflexiones, microrrelatos, memes, y ocurrencias. No es el lugar ahora para discutir sobre la definición de cuento y sus diferencias, por ejemplo, con la agudeza que uno puede permitirse en 140 caracteres, pero lo que está claro que, bajo el rótulo genérico de cuentos, algunos/as escritores/as nos endilgan cualquier cosa que les salga de la narices. Eso sí, en un rapto de genialidad o algo peor.

Ya dice Juan R. Tramunt que todos somos libres de probar cosas y de estrellarnos al intentarlo. Él se refería, claro, al mundillo literario, en el que, aunque pocos sean los llamados y menos los elegidos, pareciera que escribir literatura es lo más sencillo del mundo y publicar, un trámite que se resuelve por sí solo, una vez que las/os editoras/es han abdicado de su labor y se limitan a llamar a la imprenta y luego a las librerías, montando, eso sí, coloquios con psicóloga incluida. Lo malo no es eso, sino que las/os reseñadoras/os se vuelcan en alabanzas, elogios y "éxtasis literarios" varios sin distinguir entre seda, lana, algodón, cuero, esparto o papel de fumar. Sólo nos es dado distinguir entre quién es maestro/a y quién más maestro/a aún, pero todos/as son de Antología, volumen II. La conclusión a la que se llega de modo casi necesario de esta labor editora y reseñadora es que Canarias ha sido tocada, sin duda, por la Gracia de la Literatura. Por ello, se deduce, es necesario el apoyo de las administraciones públicas para que se nos conozca en todo el mundo y más allá, y que se traduzca todo ese tesoro a todos los idiomas pasados y presentes, que eso viste mucho y nos permite presumir de que aquí no todo es turismo y surf, y pobreza y desigualdad social escandalosas. 

Todo esto viene a cuento, más o menos, de la heteróclita colección de escritos de Yolanda Delgado Batista que lleva como título Puro cuento.





Les confieso que mi actitud ante las obras de autores cuya existencia ignoraba hasta el momento de la lectura suele ser la de esperanzada expectación. La de, expresado con llaneza, poder exclamar: "Este/a, sí!". Sin embargo, lo habitual hasta ahora, en la mayoría de las reseñas de los autores/as locales es pensar lo siguiente: "Este/a, tampoco..."

Yolanda Delgado Batista, en una polifonía que en principio no tiene que provocarnos desconfianza, se atreve con personajes diversos, hombres, mujeres y niños; infieles y asesinos/as; curas y no curas. Sin embargo, en la mayoría de los casos, los cuentos carecen de singular ingenio o de creatividad, quedándose en ocasiones en trasunto de relatos o películas ya leídos o vistas como, sin ir más lejos, el primer cuento: "El forastero", con esa escena de vecinos portando antorchas en plan cabreo irracional contra quien no se lo merece. El segundo cuento es una versión corta del clásico "Qué hipócritas son los curas", sin nada más que llame la atención. En el tercero, la autora se atreve a darle voz a Dios en un diálogo más que banal con el protagonista, también cura. El cuarto, "La revolución" me parece que no está mal, con un estilo algo impostado, pero en el que el desenvolvimiento de la trama, en una cárcel, logra, por fin, que nos interese lo que va ocurriendo. Quizá el final sea previsible, pero a estas alturas ya nos conformamos. El quinto, "Yo Tarzán, tú Stalin" es el relato del entrecruzamiento histórico de estas dos figuras de desigual importancia en las que la autora parece haber recogido datos curiosos del mandatario soviético y de Johnny Weismuller, o se los ha inventado con verosimilitud, que lo mismo da. Sin embargo, tampoco da para mucho. "Hablar de más" es una anécdota bien contada, con cierta gracia. "Cambio de coche" es la típica historia de cuernos, que hace pasar por encrucijada vital profundísima lo que no es sino el engaño, llamémosle hastío, quizá calentón, de uno de los miembros de una pareja que ya lleva demasiados años juntos. Son once páginas (una enormidad para el estándar de este libro) de diálogos banales y pensamientos apolillados, pero que, con el ojo que tengo, imagino que será el más elogiado por deudos y allegados. "El último verano" nos recuerda a "Un día perfecto para el pez plátano" en que la autora y Salinger incluyen a un niño, a un adulto y a un pez en el relato. "La ensaladilla rusa" tiene algo de enjundia por la atención al detalle y el simbolismo representado por la ensaladilla. Consigue no aburrirnos al segundo párrafo, y, bueno, ya es algo. 


Algo que es poco.

¿Qué más? Cierta propensión a la frase hecha, a la expresión requeterrepetida, tales como: "llamar poderosamente la atención", "pantorrillas torneadas", "éxito rotundo", "persona de armas tomar", "era como un huracán", "frase antológica", "vasta geografía americana", "despertó pasiones encontradas", que en otros contextos, por ejemplo una novela, podrían molestar menos, pero en cuentos de 2 o 3 páginas... Además, se echa en falta a ese corrector que pasó por alto el pequeño detalle de que entre sujeto y verbo no se pone coma: "Frente a nosotros el edificio de cuatro plantas como el resto de la calle, pedía a gritos unas manos de pintura" o "Me pregunté si los escasos peatones que se movían a esas horas por el barrio, notaban como yo aquel olor persistente a tiempo gastado".


Dice la autora, en una de esas entrevistas amables que tanto se estilan: "Entre bromas y veras, he intentado acercarme a las dificultades que tenemos las personas que nos movemos en un mundo convulso, a veces esquinado, y las complicaciones que surgen a la hora de intentar comunicarnos con el otro, de romper el cristal de esa soledad que rodea nuestra individualidad". 
En esa línea van los reseñadores que he leído. Así, en esta reseña se dice que este libro "marca un antes y un después en la carrera literaria de Yolanda Delgado Batista" o en esta que "En Puro cuento la escritora y periodista Yolanda Delgado Batista se incorpora a los que creen que la mínima estructura del relato descubre una realidad enriquecida que se aliña con el onirismo y lo simbólico, que admite unos hilos de crítica social y propone sendas abiertas para que los itinerarios de la memoria se ensanchen con recorridos por explorar". Muy lírico-onírico, sin duda. En esta, además: "Cada una de sus historias, así tengan veinte renglones o veinte palabras, golpea certeramente en ese lugar exacto en el que las emociones se activan sobre la marcha". 

No digo yo que no lo piensen de verdad, no digo tampoco que la autora no lo intentara ni haya puesto voluntad, empeño y fe, además de horas frente al ordenador o escribiendo en una libretita mientras se tomaba un cortado en una terraza junto al mar y reflexionaba sobre las veleidades de la fortuna. En mi opinión, sin embargo, Puro cuento es un fracaso literario: el resultado de su escritura no ha acompañado a aquellas intenciones, quedándose en un aparente ejercicio de autocomplacencia sin profundidad moral ni estilo. No sé Vds., pero yo ando buscando otra cosa.









lunes, 5 de junio de 2017

'Interregno', de Roberto A. Cabrera

Después de un lapso algo más largo de lo habitual (aunque no mucho más), estamos aquí para constatar, una vez más, y ya van unas cuantas, la enorme distancia que separa el mundillo de los/as reseñadores/as de la experiencia literaria de un lector poco acostumbrado al engaño o al maravillosismo. Digamos un lector medio, que toca todos los palos, que no siente especial aversión por ningún género (llamémosle noir, llamémosle sci-fi) y que tiene entre sus lecturas una razonable proporción de cervantes, shakespeares, tolstois, dostoievskis, faulkners, hemingways, unamunos, mccarthys, chandlers, chéjovs, carvers, barojas, bradburis, ballards, philipkdicks, galdoses, chestertons, greenes, stevensons, austens, bröntes, yourcenars, íbsenes, stendhals, flauberts, paveses, zweigs, walzers, woolfs, borgeses, cortázares, etc., etc., por citar solo algunos/as de los/as novelistas, cuentistas o dramaturgos más canónicos. Este lector, de natural confiado, tiende a pensar que el reseñador ha disfrutado de un volumen de lecturas comparable, como mínimo. Sinceramente, espera que más. Espera también que, dado que no tiene mucho tiempo para estar al día de todas las novedades literarias y que tiene casi agotados los grandes nombres, el reseñador del suplemento cultural de su periódico favorito o el de ese programa de televisión en La2, o ese periodista que tiene una página en Internet, lo guíe con honradez, ya que con sabiduría sea quizá mucho pedir.

En esas estamos todavía. Sin embargo, mi experiencia como lector ha sido (y sigue siendo) nefasta tanto en lo que se refiere la literatura española, en general, como a la canaria, en particular. Casi cuarenta años dando por sentado que Almudena Grandes, Javier Cercas, Javier Marías o Muñoz Molina no sólo eran buenos, sino geniales y que yo, al aburrirme al leerlos, al no interesarme ni su estilo ni sus temas, era el singular. Busquen, busquen las reseñas y lean, lean. Ya me contarán.

Lo mismo ocurre en Canarias. No sé si por un confuso sentimiento de identidad pervertido en conformismo o por una constatación de que, como ha dicho Emilio González Déniz, "no tenemos ningún Vargas Llosa" ni lo tendremos, el caso es que, de modo paradójico, a juzgar por los/as reseñadores/as de literatura canaria, siempre tan amables con lo nuestro, las obras maestras invaden las estanterías, abarrotan las vitrinas, salen disparadas por la presión del número y la escasez del espacio de las librerías a la calle, golpeando, sin reparar en sexo, credo o filiación política, las testas de los transeúntes, en una singular encarnación del concepto "irradiación de cultura", muy a lo Chirino, por cierto.

Esto quizá vaya más allá del "sólo reseño cosas que me gustan", "no hay nada de malo en reseñar a un amigo cuya obra sinceramente admiro" o "reséñame bien que luego te reseño bien yo a ti". Es posible que tengamos instalado tanto en el módulo del gusto como en el de la honradez una actualización que nos impide detectar los defectos en la obra de los autores/as canarios/as y, por ende, escribir sobre ellos/as. Esa actualización, sobra decirlo, ejerce una influencia irresistible en el código de las buenas maneras así como en el estado de nuestra literatura, condenada a una mediocridad que espanta. Esta mediocridad se vuelve casi insuperable, ya que el canon que se ofrece como ejemplar es un batiburrillo de pretenciosidades y feria de las vanidades que aplastaría a cualquiera que no disponga de un talento excepcional.

Todo esto viene a cuento no sólo por la reseña de González Déniz sobre la última ¿novela?, ¿paño de lágrimas?, ¿sesudo análisis sociológico de las víctimas del capitalismo financiero? de Santiago Gil, que podríamos encuadrar con generosidad bajo el epígrafe "Es mi amigo y qué" (me temo que su capacidad de reseñador es la misma que la de escritor en El tren delantero) y que sigue, por cierto, la delirante estela de Ibrahim Chamali en Dragaria, sino que es una constante que se repite en cada lanzamiento (por decirlo así) de cada nueva cosa con páginas y portada que algunos llaman novela; otros, cuentos; y los de más allá, yoquesés.

El último menosprecio al lector ocupado e ingenuo lo constituyen las reseñas que se perpetran aquí y aquí. También, aunque es más bien un lavarse la manos, aquí. La novela en cuestión es Interregno. Pasión e instante en la vida de Humberto Laredo, fotógrafo, de Roberto A. Cabrera.








Esto va más allá del gusto personal, de la subjetividad, de la biografía particular de cada uno o de si soy zurdo o diestro. Si uno aborda una novela para reseñarla tiene que exponer sus virtudes y sus miserias, en caso de que se disponga de la capacidad crítica necesaria para ello. Si no, uno se vuelve en un mero propagandista, quizá en un amable vendedor, de esos que no dan mucho la lata, pero cuya tarjeta acaba en tu bolsillo. Lo más probable es que si uno persiste en esa actitud acabe siendo, como creo que es el caso en que nos ocupa, en un simple apuntador de la agenda comercial de editores y libreros. No digo que no sea una ocupación digna, pero que no ejerce la labor de reseñador, de eso no albergo la menor duda. Además, no se le hace ningún favor ni al escritor, en particular, que persistirá en sus errores creyéndolos grandes cimas estilísticas, ni a la literatura canaria (o hecha en Canarias) o española. Si encumbramos medianías como prodigios literarios y a obras mediocres como maestras, ¿qué ocurrirá cuando nos encontremos con algo realmente valioso? ¿Nos faltarán manos para aplaudir? ¿Tendrán que salir los actores no tres, sino treinta veces al escenario? ¿Habrá que inventar un nuevo término, tal como "súper-mega-obra requetemaestra? Volvamos al principio: ¿Por qué nos conformamos con lo mínimo sólo porque sea de aquí? ¿No nos merecemos nada mejor?

Interregno es una novela prescindible. Eso para empezar, y casi para acabar. Consiste en una sucesión de escenas deslavazadas, la mayoría de las cuales no suponen un avance argumental ni un desarrollo psicológico o existencial de los personajes. Prueben a intercambiar capítulos y verán que no tiene efecto alguno sobre la trama. Descripciones minuciosas que no nos aportan nada, irritantes a más no poder, que aparecen por capricho, como si el autor quisiera convencernos de su ingenio, de su capacidad de observación, de su clarividencia descriptiva. Aquí dos citas, y disculpen: son necesarias:


Humberto se dirigió a la pecera con el sobre de las fotos. El espacio que media entre el cuarto oscuro y la pecera puede recorrerse de diversas maneras. Una bien propia y no despreciada por Humberto consiste en salvar la distancia en línea recta sin distraer la mirada ni a izquierda ni a derecha. Otra forma de encaminar los pasos es ensayando una suerte de zigzag azaroso que consiste en desviarse cada vez que se tropieza o se cruza con alguien, bien a la izquierda bien a la derecha (esto último por turnos). Claro que esta manera de avanzar (la preferida por Humberto cuando sufre uno de esos días que él califica "de subsuelo") puede producir situaciones paradójicas (léase: desear llegar hasta una puerta y alejarse cada vez más, y no por decisión propia sino porque una cadena de encuentros con el personal deambulante desvía los pasos de acá para allá, dificultando la tarea de llegar adonde nos habíamos propuesto ir (¿se entiende?). Pero no crea el lector que nuestro héroe se atiene escrupulosamente a su sistema. Con frecuencia, sucede que los azares se vuelven insidiosos y hacen perder la esperanza de llegar alguna vez a la puerta de la pecera. Entonces, Humberto escoge entre dos salidas (ambas igualmente honorables): la primera, expedita, consiste en enfilar los pasos hacia la pecera, ensayando la línea más corta; la segunda, una versión desnaturalizada del modus operandi que limita la observancia a trechos. Así pone a salvo Humberto sus intereses profesionales y defiende, de paso, la salud de sus facultades mentales ante quien osara ponerla en duda, de palabra o mediante gesto circular ensayado por el índice ante unas sienes. (págs. 25-26) 


García frunce los labios y alza una ceja y luego la otra (y es admirable esa acrobacia, harto difícil según puede el lector comprobar por sí mismo.) El imberbe Aparicio, como corresponde a su juventud, que le impide emular la pose estoico-rumiante de su colega, ya da muestras de impaciencia. "Y qué mierda hacemos ahora?". "Probemos suerte arriba"., dice García. "Hay que consultar esto". Y Aparicio eleva los ojos, lentamente, hacia el techo mientras se pone en pie armonizando el movimiento ascendente del cuerpo con el de los ojos, que se acompasaban con el mismo tempo più lento. Y de pronto la pecera se inmoviliza y brota ante los ojos de nuestro héroe un cuadro místico del que cabría lamentar la penosa caída de los brazos de Aparicio, que estropea el conjunto. Es de obligado buen gusto, de rigor incluso, como se sabe, elevarlos con gracia, al menos hasta que las extremidades superiores, con las palmas abiertas hacia arriba, los dedos ligeramente separados -y flexionados apenas el anular y el meñique-, alcancen la altura de las orejas (...). (págs. 41-42)

Y sigue un rato más, no crea, que entusiasmo por escribir no le falta al autor.

O la escena en la que el protagonista se hace una paja pensando en Matilde, que no transcribo por si hay menores leyendo.

O en la que a Matilde le dan diarreas, que no transcribo porque la paciencia aunque grande, no es infinita. 

Dios mío, por qué.


Además, los diálogos: insufribles entre el protagonista Humberto y Natividad (por ejemplo, el de las páginas 34-37). O con Saturnino, la voz de la honradez y de la experiencia. Pero aún peor es el diálogo de Humberto con la hija de Natividad, con la que (creo) pretende resaltar la inteligencia de la niña, pero no lo consigue en absoluto. Sólo hace que nos preguntemos por la inteligencia del autor. O, al menos, por su esfuerzo: ¿fue un rapto de genialidad? ¿A qué miraba mientras lo escribía? ¿Le quedó bien el caldo de papas mientras lo ideaba? Terrible:


-Tú eres un tonto. Todos los novios de mamá han sido tontos. Pero tú eres el más tonto. El campeón de los tontos. 
-¿Y si te bajo las braguitas y te sacudo el culete? 
-No puedes.-¿Y eso por qué? 
-Ya te lo he dicho. Eres un tonto. Los demás eran tontos falsos. Tú eres un tonto verdadero. 
-Eres un encanto. Estoy conmovido. 
-Porque eres tonto. 
-¿Has dormido bien? 
-Sí. 
-¿Desayunas? 
-Todavía no. 
-Vaya, yo tomaré un café. ¿Adónde dices que fue tu mamá? 
-No sé. Ella va y viene. Es así. Es tonta. 


Así dos páginas y pico más, en lo que supongo que será un despliegue de agudeza por ambas partes que se queda, siento decirlo, en una tarea pendiente para el autor: la de estudiar más el arte del diálogo en la novela. Siempre digo que hay que tener proyectos en la vida. Cuantos más, mejor. Fíjense, en cambio, lo que escribe una reseñadora: "Roberto A. Cabrera domina el uso del diálogo con gran maestría para dejar que sea el propio lector el que se haga una idea de cómo es cada personaje". Ya les digo, lean y juzguen. Si quieren buenos diálogos con niños, me vienen a la memoria Saroyan y Salinger, sin ir más lejos.

Por otro lado, y no menos importante, la descripción del periódico y de los empleados se pretende burlesca, expresionista, gogoliana tal vez, pero quedan, a pesar de su evidente esfuerzo, en caricaturas que no inducen ni a la risa ni a la reflexión. Meras excusas para parrafadas y naderías mentales tanto de Humberto como de esa voz, que se pretende juguetona y desengañada, sí, la del propio novelista. Los jefes son muy malos, el Opus Dei también. Ya lo sabíamos, a otra cosa. 

Asimismo, se mantiene a lo largo de la novela un diálogo constante del autor con el lector que, contra lo que le pudiera parecer al primero, no la hace más honda o metaliteraria, sino que la aligera, la hace presa de una mundanidad quizá deseada, por su empeño en mostrarnos cómo una vida vulgar y corriente se desenvuelve vulgar y corriente, pero que nos hace preguntarnos tres cosas: a) Por qué hicimos caso a los reseñadores; b) por qué la compramos; c) por qué tenemos que seguir leyéndola si nada nos enseña ni nada nos cuestiona. Hay quien escribe, no se lo pierdan, lo siguiente: "El libro, más que golpear, sacude al lector y le obliga a que se mire en el espejo e intente reconocer la imagen que tiene de sí mismo..."

"Más que golpear, sacude". Me quedaré pensando en eso un rato, lo prometo.

Más bien, quienes deberían mirarse en el espejo, un buen rato, son el autor de esta novela y los reseñadores que la han alabado, aunque sea un poquito. Un proyecto literario, qué digo, artístico, sin pretensiones de grandeza forjadas en el yunque del trabajo y la exigencia, no es proyecto, ni literatura, ni nada. Es, que me perdone a quien ofenda, un ejercicio de vanidad travestido en creación literaria. Publicar, por lo que parece, no es tarea complicada. Imagino que las editoriales necesitan estar constantemente ofreciendo productos nuevos a sus lectores-consumidores y que los editores no ejercen su oficio, el de editar, y se limitan a publicar. Sin embargo, tanto el autor como la editorial, al igual que el reseñador amable o maravillosista deben de sufrir tanto más desprestigio cuanto más exigente sea el lector.

En definitiva, Interregno es de esos productos, por llamarlo amablemente, que logran cabrearme. Otra vez. Me recuerda a algunas predecesoras reseñadas en este blog que también fueron elogiosamente glosadas en prensa, radio, tv e Internet como La última homilía de Zacarías MartínLa otra vida de Ned Blackbird, Vs. y El tren delantero. Nada quedará de ellas pasadas las promociones. Nadie hablará de ellas... salvo que nada mejor se escriba en el futuro. Sin embargo, eso es justamente lo que ocurrirá si seguimos alabando lo vituperable y elogiando lo despreciable.





miércoles, 24 de mayo de 2017

'La pluma del arcángel', de Carlos Álvarez

Después de tanto cuento, real y figurado, buenos y no tan buenos, llegaba el momento y el ánimo para una novela. A falta de algo en principio más atractivo, comencé a leer La pluma del arcángel, del guionista, documentalista y novelista y Dios sabe qué cosas más, Carlos Álvarez.

Ignoro si nuestro novelista es de los que se lo pasan de puta madre con autores de éxito de público y crítica o es de esos que nos miran con sonrisa sarcástica (pero que pretende ser irónica). Al menos, lo que sí sé es que su prosa y su inteligencia narrativa rayan a buena altura, y sin tanto aspaviento y ubicuidad, aunque bien es cierto que tampoco es un desconocido, ni mucho menos, en los medios de comunicación.

Tengo, lo reconozco, el defecto de haber idealizado la figura del/la artista-escritor/a: la de una persona entregada a su tarea creativa con pasión y obsesión, empeñada en decir algo nuevo, profundo y revelador sobre nosotros mismos, con voluntad de estilo, con voluntad de cognición y de sensibilidad. Sin dejarse seducir por sinecuras, pesebres, charlas-coloquio en algún país sudamericano a cuenta del erario ni talleres de escritura organizados por instituciones públicas. Alguien  a quien toda promoción de su obra debe de parecerle redundante, pues ya vale por sí misma. Alguien, en definitiva, que desdeña todo juicio de valor literario anclado en toponimias, etnias, clanes o filias partidistas. Que solo se remite a su obra y a nada más. En definitiva, que no estaría todo el día dándonos la brasa. 

Quizá es mucho pedir.




Así las cosas, como digo, abordé la lectura de la novela que nos ocupa con cierta prevención, pues, salvo excepciones, como Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar, no me siento proclive a entusiasme con la novelización de la Historia. Lo cierto es que cuando quiero saber de Historia, leo un libro de Historia. Pero, bueno, de todo tiene que haber, incluso "dragones en los bastidores del mundo", que diría Cormac McCarthy. 

En este caso, Álvarez sitúa su obra en 1599, en el Real de las palmas: vamos, en lo que ahora es Las Palmas de Gran Canaria. La trama no es que sea de una complejidad catedralicia, ni sus reflexiones, de honduras abisales, pero la lucha de poder entre el inquisidor Ximénez y el gobernador Herrera, y el desarrollo de las subtramas paralelas interesan y divierten. Yo, que soy de natural pesado y con tendencia casi cabalística a querer interpretar y reinterpretar cosas y sucesos, echo de menos una reflexión más profunda y matizada del significado del poder en estas dos vertientes: religiosa y civil. No olvidemos, además, que si bien la Inquisición era una institución religiosa y de cometidos antiheréticos, era también, y quizás sobre todo, un arma que la monarquía utilizaba para reprimir y suprimir la disidencia política, primero contra las veleidades de autonomía de los reinos y ciudades, y más adelante contra el incipiente liberalismo que cuestionaría el poder real.

Aunque la muerte y la esclavitud están presentes, aprecio cierta idealización de la sociedad de aquella época: resulta agradable pensar que los habitantes eran hasta cierto punto felices, o que vivían unos y otras con armonía hasta la llegada del inquisidor. Imagino, sin embargo, que la realidad sería bastante diferente: la pobreza, la dominación, la esclavitud, etc., desempeñarían un papel bastante más protagonista, quizá asfixiante, sobre todo en lugares pequeños. Los personajes, están, en general, bien delineados, distinguibles tanto por su lenguaje como por sus acciones. Por otro lado, es tal vez la focalización en la concupiscencia y en el enredo lo que nos divierte, pero es también lo que priva a la novela de mayor riqueza psicológica. Sin embargo, Álvarez dibuja un mundo ficticio bastante coherente, aunque la trama se cierre de modo un tanto apresurado y haya alguna subtrama de corto recorrido que no termina de insertarse en el conjunto de modo completamente satisfactorio. 

Por otro lado, el lenguaje es natural y el autor no hace hablar a sus personajes como si fueran Góngora, ni dicen "vuesa merced" todo el rato, como esas películas españolas de espadachines con las que dan ganas de morirse varias veces. En ese sentido, y sin querer ni siquiera conocer el grado de precisión lingüística y etimológica, Álvarez nos sitúa de manera convincente en una atmósfera histórica bien distinta a la nuestra y que damos por buena.

Y allí mismo, en mitad del camino y mientras se iba juntando la gente, Nemesio resumió el pregón y confió en que pronto todos los vecinos se dieran por enterados, para  retomar su rumbo camino de Texeda, donde nadie sabía aún nada de la aparición del arcángel y mucho se guardó Nemesio de dar noticia alguna, no fuera a ser todo una fantasía y después anduviera su nombre en bocas por propagar falsas apariciones. De allí salió con buena luz aún para enfilar los ásperos riscos que debía cruzar antes de llegar a Tirahana, en lo hondo de una caldera bien profunda donde todos viven en cuevas y tampoco se han enterado de la aparición, mayormente, porque casi todos son canarios, cuando no negros, y muchos aún no entienden otra lengua que la suya y pocas veces hacen caso alguno de cualquiera de sus pregones.


La víspera de la lectura del Edicto de la Fe, la mancebía es un trajín. Son muchos los hombres que ya han llegado del campo para la misa mayor del domingo, la única misa ese día en la isla, y la Farfana merodea por los alrededores de la mancebía; sabe que no hay mujeres suficientes para satisfacer a tanto macho caliente y que el rato que tienen que esperar hasta que quede una hembra desocupada es su mina; y a pesar de su edad, a veces, aún encuentra algún filón, si no de oro de cobre acuñado en Castilla o Portugal que tanto le da. Cierto es que su aspecto no invita a la lujuria, casi sin carnes y sin tetas y ni un solo diente en las encía -aunque esto último es lo que mejor la faculta para ofrecer algunos servicios especiales por los que comienza a tener reputación-, le quedan tres muelas atrás y ninguna es del juicio. Sólo la ansiedad y desesperación que la espera de hembra les produce y unas cuantas palabras bien dichas sobre las formas de aplacar la hombría, los vuelve ciegos o visionarios y ven en ella a la joven, o al mozo, que de todo hay, que cada cual quiere ver.

Así pues, una historia sencilla, entretenida, con dos bandos claramente delineados (desnivelado hacia los que se resisten al poder inquisitorial), en el que triunfan los que nos caen bien y así se cumple, una vez más, esa justicia poética que tanto gustirrinín proporciona. No es poco. Un tratamiento más pausado y matizado habría dado para más, insisto. No sabemos, pues, dado que ha demostrado que sabe contar una historia, si fue falta de ganas o de capacidad lo que ha evitado que el autor escribiera una novela con mayor densidad y complejidad; una novela, en definitiva, con mayores aspiraciones. 




jueves, 18 de mayo de 2017

'El letargo', de Rafael-José Díaz

Si uno fuera neófito en la práctica de las normas de etiqueta en el mundillo literario canario, no tendría más remedio que pensar que los escritores habían hecho suyos los mandamientos de Jesús, sobre todo aquel que reza: "Amaos los unos a los otros, como yo os he amado". Esto es así porque, atendiendo a las reseñas y comentarios en los medios de comunicación, no se ha publicado una novela mediocre, una colección de cuentos tediosos o un poemario despreciable en Canarias desde hace décadas. Habría que remontarse, quizá, a la fase de la conquista castellana o, sin exagerar tanto, al momento en que Franco cogió el avión desde Gran Canaria. 

Así pues, todo un reguero de obras maestras caleidoscópicas, muchas de ellas con rasgos metaliterarios, algunas con compromiso social y todo, han ido jalonando la historia de la cultura canaria (cultura mixta, híbrida, tricontinental, macaronésica, europeo-africana, mestiza, anglófila, anglofóbica, atlántica, independentista o todo lo contrario, etc.) hasta llegar a nuestro actual y grandioso momento en que todo apogeo es poco. Es el maravillosismo (neologismo acuñado por Javier Moreno). Que esa cultura tan extraordinaria, irradiadora de energía positiva y estimuladora de corazones henchidos de gozo y levitaciones místicas, sea compatible con niveles de pobreza, desigualdad, marginación, abandono escolar y violencia muy por encima de la media española y europea es una circunstancia que nunca deberíamos olvidar, y que yo al menos no me cansaré de repetir.

En el mundillo literario canario (o más bien isleño, ¡oh, siete islas sobre el mismo maaar!), en realidad todo es cuestión de buenas maneras, de normas no escritas, pero no por ello menos vigentes. Se trata de etiqueta y de su contraparte de velada amenaza; de amistad, real o fingida, y de una latente promesa de venganza. Es la ley del buen rollo y del compadreo porque, en definitiva, todos se dedican a lo mismo, y más te vale que si no.

Es por eso por lo que cuando un escritor y crítico literario como Rafael-José Díaz , en principio independiente gracias a su propio trabajo en la enseñanza, irrumpe en la esfera pública y afirma que se publica mucha "basurilla" y que le preocupa "la endogamia y el provincianismo" por el que "unos autores reseñan a otros e incluso algunos se llegan a autorreseñar a sí mismos bajo pseudónimo" no puedo por menos que sentir una fuerte simpatía por él, a pesar de la redundancia. Algo, a mi juicio, llamativo es que, salvo una pataleta facebookiana de Alexis Ravelo (que suscitó, cómo si no, gran entusiasmo entre sus fans) y una intervención de Javier Moreno en un programa radiofónico, nadie ha salido al paso, y me refiero en los medios de comunicación, para negar aquellas acusaciones o, aprovechando la ola, para sumarse a ellas. Al menos, habría sido interesante la reflexión de esos artistas, intelectuales o periodistas culturales al respecto, teniendo como tienen fácil acceso a plataformas mediáticas de gran repercusión. Silencio en el desierto.

Así pues, y dado que la entrevista era, sobre todo, un medio para promocionar su última obra, una colección de relatos titulada El letargo, consideré que podría ser de interés leerla y reseñarla. Me dije: "Piquemos el anzuelo, a ver qué tal..."







Asimismo, en la vida, uno a veces tiene la sensación de que hay cosas o sucesos de la misma naturaleza que ocurren de manera seguida. Quizá sea solo un problema de percepción, de naturaleza psicológica, o, tal vez, efectivamente sea así, sin más. Últimamente, por ejemplo, leo cuentos. Véase, sin ir más lejos, la reseña de los Cuentos de Kjell Askildsen, cuya lectura provino de una indagación respecto de un relato que terminaba algo así como "Y su padre trabajaba en Hamburgo y tenía dos secretarias". Aún no he averiguado ni cuál es ni quién lo escribió (escríbanme si lo descubren o lo recuerdan).

Y ya ven, aquí estamos, con más cuentos.

Sin embargo, tras la lectura de El letargo, me resisto a calificar los cuentos que lo componen de cuentos. Puede que sean otra cosa: extrapolaciones, desarrollos, transformaciones, mistificaciones de sucesos cotidianos en unos casos, de anécdotas en otros, escenas, en definitiva, que tienen como centro al autor. Un autor que, quizá sea un defecto, no se transmuta en otro: el narrador, cuando es en primera persona; el protagonista, cuando es en tercera. Nada tengo, en todo caso, contra los relatos autobiográficos. Podríamos denominarlos de otra manera, como esfuerzos expresivistas por el que Rafael-José Díaz que en ocasiones obtiene réditos en cuanto al acabado, pero que, en la mayoría, resulta banal, cuando no tedioso en esas 2-4 páginas en las que se sustancia cada cuento, pasaje o lo que sea. Como dice él mismo: "No son relatos al uso". Hay cierta nostalgia que convive con la insatisfacción de una sociedad extraña, de tintes, en ocasiones, fantasmagóricos. También el erotismo impregna muchos de los relatos. 

El autor adolece (esto es una manía mía, lo reconozco) de ese polifacetismo tan propio de los literatos de las islas. Me preguntó si habrá algún poeta que no sea también cuentista o novelista. Debe de ser que el ansia creadora devora todo freno o contención, que el deseo de expresión busca, como si de agua se tratase, vías por las que escapar, a toda costa. También podría denominarse pluriempleo. Lo señalo porque hay ocasiones en las que me parece apreciar cierto lirismo, cierto deleite por la imagen poética que no encaja bien en el relato. Tampoco es que encuentre evidente una decidida voluntad de estilo que lo explicara. Los textos no son preciosistas, ni difíciles. El vocabulario es accesible. Sin embargo, repito, lo que nos cuenta el autor no logra interesarme, tanto por el fondo, que no evoca nada especialmente sugerente, que me haga reflexionar sobre las limitaciones o posibilidades, sobre mis virtudes o defectos, o sobre el mundo, tanta veces espantoso, como, sencillamente, por la forma:



Van siendo demasiadas palabras para tan pocas frases, me temo, pues o bien estoy intentando comprimirlo todo sin atreverme todavía a decir nada de lo que ocurrió entre el comienzo y el final de la historia o bien todo es tan indefinidamente desplegable como esos instantes que, se diría, no acaban nunca de empezar y no terminan nunca de acabar. Esta cuarta frase que ahora comienza abordará, ya inevitablemente, la continuación del comienzo, pretenderá demostrar que no fueron pura fantasmagoría los despendolados arrumacos que nos dimos en uno de los garajes de la calle General O'Donnell, esa travesía de reminiscencias irlandesas y de decrépita elegancia chicharrera a la que habíamos ido en busca de un nuevo pub que, según el uruguayo -y disculpen si no lo presento, pues su nombre es uno de los datos que se quedaron por el camino en esta historia-, habían abierto unos amigos suyos (...).



Amenazantes, solemnes, incansables, las once o doce moscas que desde el principio de la tarde ocupan el salón de mi vivienda parecen sentirse a gusto trazando conexiones invisibles entre puntos indeterminados, ángulos esquivos en las coordenadas más comunes, abismos de milímetros entre unos cuerpos y otros. Yo leo tranquilamente una colección de relatos sobre patologías cotidianas. No hace frío ni calor, no se nota ni sequedad ni humedad en el ambiente, no es temprano ni tarde (es media tarde), no estoy triste ni feliz, no tenga ganas ni dejo de tenerlas de proseguir con lo que hago o de pasar a otra cosa.


Lo que se apodera de nosotros, a veces, en las partes traseras de las guaguas, mientras un atardecer aminorado por todas las gradaciones de un gris polvoriento, o incluso del polvo en su más sólida presencia, es decir, como humo, como polución engastada en las fosas nasales, como toxicidad propulsada por motores que arrancan, aceleran, frenan, se detienen e inoculan directamente en los pulmones la malsana raíz de todos los venenos; lo que se apodera de nosotros, protegidos por un tiempo en las partes traseras de las guaguas, defendidos por los altos, rotundos ventanales que nos brindan la contemplación de la promiscuidad del gentío es una especie de sórdida desmesura de nuestra visión agazapada. 


Es una prosa insatisfactoria: ni aguda ni clarividente ni bella. Todo esto lleva a plantearme cuál era la intención de Rafael-José Díaz al publicar El letargo. Quizá pretendía que cualquier crítico quedara retratado si se atreviera a hacer un juego de palabras con el título. Tal vez, quería publicar los cuentos, pero no estoy seguro de que, a tenor de lo que declara en la famosa entrevista, quisiera que se leyeranLo que parece un contrasentido, en principio, pero quién puede elaborar una teoría de la mente infalible. Dice:


Era un libro que necesitaba exteriorizar. Quería pasar a otra fase de la escritura y los textos estaban molestando.


Entiendo que los textos le "molestaran". Incluso que le aburriera escribirlos, y, todavía más, leerlos. Me atrevo a dudar de que su publicación constituya esa experiencia catártica que le permita seguir desarrollándose como literato. A mí, como lector, no me gustaría que me utilizaran más como un medio que como un fin. 

En definitiva, un ejercicio de solipsismo al que no sé si estábamos invitados sino por compromiso.















miércoles, 10 de mayo de 2017

'Cuentos', de Kjell Askildsen

Aunque soy del gusto de títulos chocantes tales como "Fluyan mis lágrimas, dijo el policía", "Si una noche de invierno un viajero" o "La insoportable levedad del ser", a veces la sencillez cautiva. Así, "Cuentos", que es como la editorial Lengua de Trapo decidió titular una colección de relatos de Kjell Askildsen, contiene todo lo que debe. Para qué más. Aunque admiro el barroco, me sigue impresionando la solemne sencillez del románico, aunque tardío. Qué le vamos a hacer.

Por otro lado, parece ni más ni menos que de pésimo gusto que la colección en la que se insertan dichos Cuentos se denomine Serie Business Class. ¡Business Class! ¿A qué mente se le ocurrió que podría ser una buena idea? ¿El glamour de la clase de los negocios, del business, que atraería a lectores con aspiraciones a elevarse por encima de la clase media a dejar sus dineros? Business y Class, Business Class: los que pueden pagar por no hacer cola, los que se pueden permitir los asientos cómodos y la comida en el avión o en el tren, los que reservan los mejores camarotes en los cruceros por el Egeo o el Báltico, que lo mismo da. En cambio, a todos aquellos que profesamos cierta devoción por teorías democráticas igualitaristas y redistributivas nos da mucho por saco. Diría, incluso, que nos irrita hasta el punto de la indignación. En fin, ahora como siempre, a muchos, sin duda, les seduce la idea de la distinción, aunque sea una distinción low class

Muy rojos no deben de ser, los de Lengua de Trapo, salvo que sea ironía de la fina, que todo es posible.

Dicho lo anterior, centrémonos en los Cuentos.




Askilden (me) gusta porque tiene muy mala leche. De la que molesta: una retranca venenosa a la par que cómica. Con un lenguaje seco y simple, es capaz de penetrar todo ese denso follaje exculpatorio que cada uno cultiva como refugio para hacerse con la savia de nuestra miseria moral y echárnosla por encima. No nos vayamos a creer que somos personas sin mácula.

A este respecto, sus personajes predilectos son los ancianos, los viejos, como él mismo. Cuentos en que  los personajes se intercambian frases cortas y contundentes que nos mueven tanto al desprecio como a la compasión: mezcla difícil. Oh, esos diálogos. Al mismo tiempo, y quizás solo deba referirme a la versión ofrecida por el traductor, se aprecia en algunos de los relatos un ritmo singular sin el cual lo narrado no tendría el mismo sentido. En la literatura lograda, continente y  contenido, como se sabe, son indisolubles, y tanto expresan uno como otro. Abundando en el estilo, podríamos decir que la (aparente) sencillez de la prosa nos desarma, en el sentido de que no da excusas a la pretenciosidad ni a discursos pseudofilosófico-panteístas que tanto mortifican al lector desprevenido. Los Cuentos son la obra de un señor que parece más allá de la vanidad, de alguien que ha dejado atrás la ilusión por el devenir, pues todo lo importante, todo lo que tenía algún valor, ha ocurrido ya. El amor marchito, la convivencia rutinizada, el infantilismo de personajes maduros, la promesa falsificada de la pasión sexual, el odio entre marido y mujer, entre padres e hijos, entre hermanos, entre todo lo que tenga consciencia de sí, en definitiva, son varios de los temas que cruzan esta colección. Sin embargo, conviven con la picardía casi senil, el mal humor que conjura el fatalismo, la chispa de la resistencia a la muerte pese a todo. Una enmienda casi a la totalidad de las relaciones familiares.

Mi hermano no se encontraba a gusto conmigo. O dicho de otro modo, no se encontraba a gusto consigo mismo cuando estaba conmigo. Creo que tenía mala conciencia o, al menos, no buena. Escribió una veintena de novelas muy largas, y yo sólo unas cuantas, y además breves. Está considerado como un escritor bastante bueno, aunque un poco guarro. Escribe mucho sobre el amor, sobre todo el amor físico, me pregunto dónde lo habrá aprendido.


Estaba bajando por la escalera de un bloque de cinco plantas al este de la ciudad; acababa de hacer una visita a mi hermana y no había sido una visita agradable, pues ella tenía muchos problemas, la mayor parte imaginarios, lo que no mejoraba en modo alguno la situación. Nunca la he querido mucho, ella nunca me ha tenido en tanta estima como debiera.


Pues bien, allí estaba yo sentado, sin nada pendiente conmigo mismo, cuando de pronto divisé a mi hermano gemelo, Johannes, que se acercaba renqueando por la acera. Tuve la ardiente esperanza de que no me hubiera visto, pero en ese momento oí su voz:-Ajá, Paul, finges no haberme visto.Así ha sido siempre, brusco e indiscreto.

Ella era la que más me gustaba de mis hijos; cuando era pequeña decía a menudo que yo era el mejor padre del mundo. Y solía cantar para mí, por cierto bastante mal, pero no era culpa suya, lo había heredado de su madre. "María -dije-, eres realmente tú, tienes buen aspecto". "Sí, bebo orina y soy vegetariana", contestó. Me eché a reír, hacía mucho que no me reía, imagínate, tenía una hija con sentido del humor, incluso con un humor un poco atrevido, quién lo diría. Fue un momento hermoso. Pero me equivoqué, qué fastidio que uno no consiga quitarse las ilusiones de encima.

Hay que reconocer, no obstante, que un par de relatos desentonan. Los admiradores de Askildsen se me echarán encima: "¡Y qué sabrá este!", "¡Sólo se habrá leído las solapas del libro!", "¡Uno no debe hacer reseñas negativas!", "¡Hay que respetar al autor y a su obra!", "¡Ha leído en profundidad el libro atento a cada detalle!", "¡Escritor frustrado!", "¡Busca una tribuna para que le reconozcan!", "¡Es apenas humano!" y lindezas así. Ese suele ser el nivel. 

Bueno, prosigamos con los dos cuentos. Uno de ellos se titula Encuentro, y, Dios me perdone, el autor me pareció desconcentrado. Un relato con el que, para que lo entiendan, Santiago Gil podría haberse inspirado para escribir otro libro, que podría titular, por ejemplo, Los recuerdos atroces, Las derrotas de la vida, El llanto infinito o, quizá, Mundo, por qué me maltratas, etc. El otro es La noche de Mardon, con la misma característica de escritura desenfocada. Siempre hay un riesgo en la escritura reconcentrada. Ya me contarán: es probable que me saquen de este doble error de apreciación. Da la sensación de que el autor no ha logrado transubstanciar una vivencia personal en un relato literario aceptable. En todo caso, soy poco partidario del derrotismo sin matices.

En sus relatos sobre parejas, nos recuerda, en ciertos momentos, a Cheever y la vida familiar en los suburbios, con sus niños y sus jardines, solo que sin tantos niños, pero con huertos. Digan lo que quieran, pero a Cheever nunca he logrado quitármelo de la cabeza: la angustia vital de la clase media norteamericana de aquellas décadas. Y La excursión de Martin Hansen, sin ir más lejos, nos lo recuerda. En otros, como en Elizabeth, el que surge ante nosotros es un Carver. Quizá menos juguetón, más vitriólico, eso sí. Es probable, sin embargo, que este aire de familia se deba a que todos los grandes escritores sean unos magníficos pesimistas o que, simplemente, ya no se hacen muchas ilusiones respecto de los seres humanos, hechos de esa madera tan retorcida con la que, ya se sabe, nada demasiado bueno puede construirse. Es posible que Askildsen sea un crítico de la sociedad noruega, y enseguida nos sobrevienen esas características con las que parecen relamerse en los reportajes de periódico dominical: Estado del Bienestar: soledad, incomunicación, alcoholismo, violencia soterrada, etc. Debe de ser que en las alegres, bulliciosas y buenrollistas sociedades meridionales lo pasamos de cine con un cuarto de la población en paro, un índice de desigualdad grande y creciente, una población carcelaria cada vez mayor, violencia de género a espuertas y corrupción político-empresarial toda la que quieran y más. No digo yo que no lo pasemos bien, pero tampoco que sí. Puede ser que, sencillamente, Askildsen escriba de los tipos humanos que conoce. Perspicaz es de sobra. Es posible que, en clave canaria, fuera interesante hablar no tanto de tipos ideales extremos: los perdedores y los corruptos, como de esos personajes de clase media que asisten impasibles tanto a la miseria de unos como al latrocinio de otros, mientras ellos tengan asegurado el sustento. De la miseria moral y de la mediocridad existencial.

En todo caso, aprecio más, y donde creo que es donde la prosa de nuestro autor se despliega con mayor intensidad, los relatos que no están demasiado dirigidos a contarnos grandes verdades. Expresan más aquellos en que una anécdota trivial o un incidente menor nos revelan las miserias de los protagonistas y, por ende, de nosotros mismo. A veces, con desenlaces impensables.


Era un caluroso día de verano. Fui hasta el jardín próximo al ya desaparecido parque de bomberos, donde suelo poder sentarme en paz. Pero apenas me hube sentado, apareció un vejestorio de mi edad. Se sentó a mi lado, aunque había muchos bancos libres. Bien es cierto que había salido a la calle porque me sentía solo, pero no con la intención de hablar, sino sólo para cambiar de ambiente. Estaba cada vez más nervioso por si me decía algo, incluso pensé en levantarme y marcharme, pero adónde iba a ir, si era ese el lugar al que me había dirigido. Sin embargo el hombre no dijo nada, lo cual me pareció tan amable de su parte que sentí una predisposición positiva hacia él. Intenté incluso mirarlo, sin que se diera cuenta, claro. Pero se dio cuenta, porque dijo: 
-Tiene que perdonarme por decírselo, pero me senté aquí porque creí que me iba a dejar en paz. Si usted lo desea, puedo cambiarme de sitio. 
-Quédese -contesté, bastante perplejo. Obviamente no hice más intentos de mirarlo, me asaltó un profundísimo respeto por él. Y aún más respeto por mí mismo. No le hablé. Sentía algo raro por dentro, como una no-soledad, una especie de bienestar.

Qué quieren que les diga. A mí estas cosas me hacen gracia y me hacen pensar. A veces, de manera simultánea. Es lo que hace a Askildsen especial.











martes, 2 de mayo de 2017

'Gracias por el tiempo', de Santiago Gil

Tras una corta, pero intensa campaña de promoción, que incluyó, al menos, una entrevista al autor y una reseña empalagosa antes de su publicación en Dragaria (revista literaria digital de reciente creación que amenaza con seguir fomentando el buenrollismo literario y con dejar la crítica para otro día, gracias), un panegírico del director del periódico local Canarias 7, una transcripción de las primeras páginas y una entrevista en el suplemento cultural del mismo periódico, parecía que había llegado, por fin, la novela que iba a poner patas arriba y manos en la cintura el panorama literario canario (no diré que universal) y que supondría la consagración definitiva y caleidoscópica de Santiago Gil. 

Sinceramente, le deseamos lo mejor, aunque, a nuestro parecer, no cumple con las expectativas. Es lo que ocurre con las promociones literarias, que no pueden ser sino desmedidas, pues su función no es la ofrecer una valoración crítica de la novela, sino conseguir que se haga conocida entre el gran público para que se venda. Conclusión: no hagan nunca ni puto caso.

En fin, volviendo a lo que nos ocupa, es bastante probable que incurramos en una exageración si calificamos al autor de Gracias por el tiempo como un escritor optimista. Llegamos a esa conclusión sin habernos leído otra novela que la presente y por los títulos de algunas de sus anteriores obras: Los años baldíos, Por si amanece y no me encuentras, Un hombre solo y sin sombra, Las derrotas cotidianas, Yo debería estar muerto o, el peor de todos, Cómo ganarse la vida con la literatura. Provocan escalofríos. Incluso sin conocimientos previos, parece que no son las lecturas adecuadas para personas aquejadas de depresión, de tristeza perenne o de dudas existenciales graves.

Con Gracias por el tiempo, Santiago Gil no hace una excepción.






Dos personajes, padre e hijo, nos narran su vida de forma introspectiva. Es una historia de esas que se suele decir con cierto tonillo melancólico de importación que son de perdedores. Sin embargo, uno pierde algo cuando antes lo tenía. En cambio, en Gracias por el tiempo, nos asalta la sensación de que estos personajes ya nacieron con un estigma funesto y el transcurso de la vida no ha hecho sino empeorar su desgracia. Quizá no seamos justos del todo: tuvieron breves destellos de felicidad, al menos el padre, que conoció el amor aunque de manera breve.

En la novela, dejémoslo claro desde el principio, se vierten muchas lágrimas. Los protagonistas nos cuentan que se han pasado la vida llorando y no tienen la menor intención de dejar de hacerlo. Llora que te llora. Y cuando acaban, hala, vuelta a llorar:


Lo vi llorar cuando abrió la puerta de la casa cueva. (pág. 26)


Mi padre nunca me ha contado lo que sueña. Algunas noches llora mientras duerme, pero nunca le digo nada cuando despierta. (pág. 28)


Jamás hemos hablado de las ausencias. Realmente nunca hemos hablado de casi nada. Cuando murió mi madre seguro que tuvo que llorar mucho. Yo no hubiera parado de llorar si hubiera estado en su lugar. (pág. 31)


Aquí no lloro. Durante casi toda mi vida me levanté llorando por la mañana. Maldecía mi soledad. Ni siquiera la presencia de mi hijo ahuyentaba aquellas lágrimas. Creo que él no me vio llorar, aunque a lo mejor me escuchaba sin que yo me diera cuenta. Echaba de menos a mi esposa. Todos los argumentos de mi vida futura estaban unidos a ella.(...) A lo mejor él también lloraba cuando yo no lo veía. (pág. 47)

Y hay más, pero para qué aburrirlos.

Aparte de llorar, los personajes principales, el padre y el hijo o viceversa, se pasan el día recordando y lamentándose. Cuando no lo hacen, ya saben, lloran; y cuando lo hacen, pues... también lloran. ¿Y el lector? No sé si llorarán Vds., pero no este que les escribe. Ese esfuerzo por lograr patetismo, que roza lo sensiblero, no consigue, al menos en mi caso, conmoverme. Tanto lo intenta el autor que corre el riesgo de saturar al lector con tanta tristeza y derrotismo sin solución, de tanto sentimiento de soledad sin esperanza. No es que la suerte de los protagonistas nos sea indiferente del todo, pero hay una distancia que no logra cerrarse.

La novela, corta como suele ser costumbre por estos pagos (99 páginas), está contada alternativamente por el hijo y por el padre. Aunque estos dos puntos de vista bien podrían ser uno porque se caracterizan ambos por la nostalgia, la soledad, la tristeza y, claro, el llanto por la madre/esposa muerta y su ausencia. El lenguaje es sencillo, a base de frases cortas, y, la mayor parte del tiempo, en un registro coloquial, que no vulgar.  Aunque no abunde en ellas, hay frases hechas, expresiones algo manidas y pensamiento corriente que no contribuyen a dar lustre a la prosa, tales como "pensión casi ridícula" (pág. 9), "mi ex mujer se había quedado con todo" (pág. 10), "no tengo ni idea de ordenadores", pág. 21), "fueron cayendo casi todos en la droga" (pág. 27), "una escritora de la que me hubiera enamorado perdidamente si hubiera tenido veinte años" (pág. 35), "se agarraban a un clavo ardiendo" (pág. 43), "Estaba perdidamente enamorado de la profesora del taller de escritura" (pág. 45), etc.

A veces, sin embargo, el autor no puede reprimir el poner en boca (o mente) de sus personajes cierto lirismo que pretende, suponemos, llegar a una sima más honda en las reflexiones. Padre e hijo reflexionan. Todo el tiempo. No hay una sola línea de diálogo: todo es rememoración, con algún momento de narración en presente. Sin embargo, dichas frases tienen algo de sentencioso, de conclusión definitiva que no satisface, más cercanas a aforismos no pedidos: "Casi todos terminamos buscando a nuestros ausentes en estrellas lejanas" (pág. 50), "Toda luz lejana es motivo de esperanza" (pág. 51), "Casi todos miramos al cielo buscando a nuestros muertos" (pág. 59), "Todos terminamos siendo imágenes al fondo de alguna pantalla", "Todos los que se suicidan se siguen cayendo eternamente al vacío" (pág. 69), "Tuve una caída tonta. Todas las caídas son tontas. También las del alma" (pág. 97) o "Casi siempre huimos de un desamor que luego el tiempo va disfrazando de literatura" (pág. 99). Afirmaciones discutibles, sin duda. Pero no solo eso; están en boca de personajes que carecen de autoridad alguna para dar rienda suelta a esas certezas.

En todo caso, el estilo sencillo, que no plantea grandes exigencias de concentración ni de vocabulario al lector, es adecuado a la historia. Los pensamientos de los personajes se develan en melancólica y angustiada simplicidad. Cierta uniformidad en la expresión en ambos podría haber provocado confusión, pero el uso de la cursiva en las partes correspondientes al padre lo conjura: un acierto que es a la vez síntoma de un defecto.

Respecto a la lectura moral, uno se pregunta cuál es la enseñanza, si es que hay alguna, o a qué conclusión pretende llegar el autor tras narrarnos las desgraciadas vidas de los personajes. El abuso, el desprecio, la pobreza y la muerte pululan a su alrededor cuando no los golpean o asfixian directamente. Son seres castigados y, lo peor, sometidos. Sólo la escritura logra, si no redimirlos, al menos ejercer de momentáneo paliativo a su desdicha. Sin embargo, como crítica social no logra cuajar, pues los mismos personajes acaban culpándose a sí mismos aun cuando el entorno haya sido cruel e implacable con ellos. Impregna su vida y sus acciones un fatalismo vital que es el reverso del conformismo. Son dos seres tan maltratados que su recorrido y aprendizaje vitales no logran dar lumbre a la rebeldía y al desafío social o político. Parecen predestinados a no dejar más huella que el rastro húmedo de un gusano sobre una hoja. Uno llega a preguntarse si Santiago Gil disfruta al machacar a sus personajes, si cierto sadismo no se esconde tras tanta melancolía y tanta lágrima. Si tras las peripecias de los personajes y sus andanzas, tras sus mudanzas y reflexiones no oculta un oscuro deseo de aniquilarlos. Puede ser que, en realidad, los deteste, y como un dios vengativo los obligue a peregrinar por un desierto infinito, sin posibilidad de redención. Puede que, dicho de otro modo, para Santiago Gil la vida no sea más que un valle de lágrimas, y solo eso.












jueves, 27 de abril de 2017

Anturios en el salón, de Juan R. Tramunt

No es raro que, para quien no conoce el mundillo literario local (yo mismo), seguramente abducido por las fuerzas conspiratorias del canon literario mundial y español, se ignoren novelas y autores de Canarias que, para ciertas figuras de ese mundillo, resultan imprescindibles. Tampoco lo es que no nos haya marcado ninguna obra de autores/as canarios/as. Qué triste que hayamos tenido que conformarnos con Tolstói, Dickens o Conrad (sí, también Conan Doyle). Bueno, a Galdós lo incluimos, pero ¿quién, en serio, lo considera autor canario? Quizá la pregunta es errónea, quizá el topónimo sobra a la hora de juzgar la literatura que nos interesa. También es verdad, hasta cierto punto, que las obras dependen, para su inmortalidad e inclusión en un canon, tanto de su calidad literaria como, simplemente, de su distribución: que el público sepa que existe. Así, como todo el mundo sabe, siempre ha resultado más fácil no sólo publicar, sino llegar a una gran masa lectora y, sobre todo, caer dentro del campo de visión de los críticos literarios y de los suplementos de los grandes diarios, si uno residía en Madrid o Barcelona y no en Teror o en Yaiza. Nada nuevo.

En el caso que nos ocupa, resulta que no conocemos de nada al autor ni la novela. Además, por lo que sé, no ha habido promoción de esta, ni entrevista en La 2 ni en un programa buenrollito de la televisión o radio autonómica. O quizá sí que ha habido algo de eso, pero es entonces la estrategia promocional la que no ha dejado huella, (lo que íntimamente agradecemos). En todo caso, una reseña breve allí, otra de circunstancias por allá, pero nada serio, nada comprometedor

Uno, pues, antes de acometer la tarea de leer otras novelas (o lo que quieran hacer pasar por tal) que ya han sido reseñadas antes de publicarse o cuyos comentaristas la elogian hasta el empalago por razones extraliterarias (llámense ETA, llámense Guerra Civil, llámense Feminismo y Maneras de Campesino) prefiere adentrarse por caminos menos hollados y esperar, con la fe, no del creyente, sino del que duda, que algún tipo de providencia bienintencionada nos salga al encuentro y salve el día.

Así, metafóricamente hablando, fue como llegué a Anturios en el salón, de Juan R. Tramunt.







Un hombre ya entrado en años vuelve a Gran Canaria con las cenizas de su esposa después de cinco años en el exilio en Barcelona. La isla estaba amenazada de radioactividad por una explosión en una central nuclear marroquí en el Sáhara y el Gobierno decidió evacuar las islas orientales manu militari. Por una serie de casualidades, aderezadas con una mentira sobre su estado de salud, el protagonista logra que le den los permisos extraordinarios necesarios para volver. En la isla solo queda una base militar. El capitán le confía que hay presos fugados por la isla y, no menos peligrosas, jaurías de perros asilvestrados.

Nada de eso amedrenta a nuestro protagonista, que con las maneras de un Robinson Crusoe de izquierdas, las hechuras de un personaje de Jack London y cierta complacencia espiritual en algunos momentos que nos recuerda al Walden de Thoreau, logra sobrevivir con no poca inteligencia y no menos valor en su antiguo hogar en Agüimes, donde también reposan los restos de su hija muerta. Así pues, la soledad y la muerte son sus primeros compañeros en esta nueva vida, aunque no serán los únicos.

No negaremos que haya amagos de vanidad en el escritor; que haya frases que hagan descender el tono de la narración, normalmente vigoroso, concentrado y adecuado a la trama; que deja constancia de cierto pensamiento que quiere ser reivindicativo, pero que se queda poco más que en frases hechas y pensamiento ecoizquierdista de vuelo raso (que contrasta con el respeto casi sagrado a la propiedad privada ajena); además de cierta manía por la repetición de palabras algo irritante, como "bulto mediano", "corazón palpitante" o la "sensación de ser vigilado". Hay también alguna errata y algún error gramatical que podrían haberse arreglado fácilmente con la figura de un corrector o de un lector amigo atento. Por otro lado, sus reflexiones sobre la dependencia energética o alimentaria del archipiélago las envuelve en un marco político geoestratégico cuando quizá debería añadir (o ser sustituidos por) la trama de relaciones capitalistas en el entorno de un mercado globalizado. También el autor concede demasiado a la ligera que los grupos organizados que luchan contra los poderes que él mismo tanto critica sean "terroristas". Al menos, se habría agradecido un punto de vista más polemizador. Si al Leviatán autoritario sólo se le oponen "terroristas" resulta difícil tomar partido o implicarse en la discusión. Si se hace una crítica política habría que afinar más con los términos. En caso contrario, acabaremos por llamar terrorista a cualquier opositor vehemente que no se limite a votar de vez en cuando. Quizá cierta consistencia filosófica habría ayudado a que la parábola resultase redonda.

No es una novela perfecta, claro que no.

SIN EMBARGO, Tramunt logra narrar una historia digna de ser leída. Un personaje principal cuya figura se agranda y se hace psicológica y moralmente más compleja a medida que se suceden los hechos.Es una novela de transformación espiritual de un hombre a punto de ser anciano: prudente, pero valiente; sensible y también rebelde. Quizá los personajes secundarios (el capitán, Mamadou, etc.) no estén a su altura, pero cumplen bien el papel de ser, al menos, catalizadores de experiencias catárticas para el protagonista.

La historia se inserta bien dentro de los tres planos que dibuja el autor: a) un contexto político mundial en franca regresión de las libertades que aún existen y donde se agudizan los conflictos por los recursos naturales y las fuentes de energía; b) el entorno de la isla, donde asistiremos a las peripecias del protagonista; y c) el mundo interior de éste, poblado de recuerdos y de donde saca la energía y la motivación para hacer frente a las dificultades.

En este sentido, la atmósfera casi postapocalíptica de una Gran Canaria casi desierta llega a fascinar y a acongojar en muchos momentos, así como los momentos de acción están bien sostenidos y resueltos. Es, asimismo, una historia lineal en su acción, pero apoyada por los recuerdos del protagonista, con un desenlace que, hasta cierto punto, podríamos cuestionar como incoherente con sus intenciones primeras. Sin embargo, esa evolución psicológica de la que hemos hablado conduce a unas decisiones que no tienen por qué ser ilógicas. En todo caso, la soberanía del fatum corresponde al autor.

Anturios en el salón, con sus defectos, es una novela seria (al igual que lo decíamos de Entrelazamientos, de Luis Junco). También, amena (que no es poco). No es un experimento literario, ni una muestra de creatividad desbordante meta-algo, ni un conjunto de relatos que tenía el buen hombre por ahí bien escondidos. Es una historia sólida, bien contada, a ratos emocionante y nunca aburrida. 

Qué más puedo decir.