viernes, 9 de junio de 2017

'Puro cuento', de Yolanda Delgado Batista

Henos aquí de nuevo con los cuentos. O lo que quiera que se entienda últimamente por ellos: escenas, confesiones, reflexiones, microrrelatos, memes, y ocurrencias. No es el lugar ahora para discutir sobre la definición de cuento y sus diferencias, por ejemplo, con la agudeza que uno puede permitirse en 140 caracteres, pero lo que está claro que, bajo el rótulo genérico de cuentos, algunos/as escritores/as nos endilgan cualquier cosa que les salga de la narices. Eso sí, en un rapto de genialidad o algo peor.

Ya dice Juan R. Tramunt que todos somos libres de probar cosas y de estrellarnos al intentarlo. Él se refería, claro, al mundillo literario, en el que, aunque pocos sean los llamados y menos los elegidos, pareciera que escribir literatura es lo más sencillo del mundo y publicar, un trámite que se resuelve por sí solo, una vez que las/os editoras/es han abdicado de su labor y se limitan a llamar a la imprenta y luego a las librerías, montando, eso sí, coloquios con psicóloga incluida. Lo malo no es eso, sino que las/os reseñadoras/os se vuelcan en alabanzas, elogios y "éxtasis literarios" varios sin distinguir entre seda, lana, algodón, cuero, esparto o papel de fumar. Sólo nos es dado distinguir entre quién es maestro/a y quién más maestro/a aún, pero todos/as son de Antología, volumen II. La conclusión a la que se llega de modo casi necesario de esta labor editora y reseñadora es que Canarias ha sido tocada, sin duda, por la Gracia de la Literatura. Por ello, se deduce, es necesario el apoyo de las administraciones públicas para que se nos conozca en todo el mundo y más allá, y que se traduzca todo ese tesoro a todos los idiomas pasados y presentes, que eso viste mucho y nos permite presumir de que aquí no todo es turismo y surf, y pobreza y desigualdad social escandalosas. 

Todo esto viene a cuento, más o menos, de la heteróclita colección de escritos de Yolanda Delgado Batista que lleva como título Puro cuento.





Les confieso que mi actitud ante las obras de autores cuya existencia ignoraba hasta el momento de la lectura suele ser la de esperanzada expectación. La de, expresado con llaneza, poder exclamar: "Este/a, sí!". Sin embargo, lo habitual hasta ahora, en la mayoría de las reseñas de los autores/as locales es pensar lo siguiente: "Este/a, tampoco..."

Yolanda Delgado Batista, en una polifonía que en principio no tiene que provocarnos desconfianza, se atreve con personajes diversos, hombres, mujeres y niños; infieles y asesinos/as; curas y no curas. Sin embargo, en la mayoría de los casos, los cuentos carecen de singular ingenio o de creatividad, quedándose en ocasiones en trasunto de relatos o películas ya leídos o vistas como, sin ir más lejos, el primer cuento: "El forastero", con esa escena de vecinos portando antorchas en plan cabreo irracional contra quien no se lo merece. El segundo cuento es una versión corta del clásico "Qué hipócritas son los curas", sin nada más que llame la atención. En el tercero, la autora se atreve a darle voz a Dios en un diálogo más que banal con el protagonista, también cura. El cuarto, "La revolución" me parece que no está mal, con un estilo algo impostado, pero en el que el desenvolvimiento de la trama, en una cárcel, logra, por fin, que nos interese lo que va ocurriendo. Quizá el final sea previsible, pero a estas alturas ya nos conformamos. El quinto, "Yo Tarzán, tú Stalin" es el relato del entrecruzamiento histórico de estas dos figuras de desigual importancia en las que la autora parece haber recogido datos curiosos del mandatario soviético y de Johnny Weismuller, o se los ha inventado con verosimilitud, que lo mismo da. Sin embargo, tampoco da para mucho. "Hablar de más" es una anécdota bien contada, con cierta gracia. "Cambio de coche" es la típica historia de cuernos, que hace pasar por encrucijada vital profundísima lo que no es sino el engaño, llamémosle hastío, quizá calentón, de uno de los miembros de una pareja que ya lleva demasiados años juntos. Son once páginas (una enormidad para el estándar de este libro) de diálogos banales y pensamientos apolillados, pero que, con el ojo que tengo, imagino que será el más elogiado por deudos y allegados. "El último verano" nos recuerda a "Un día perfecto para el pez plátano" en que la autora y Salinger incluyen a un niño, a un adulto y a un pez en el relato. "La ensaladilla rusa" tiene algo de enjundia por la atención al detalle y el simbolismo representado por la ensaladilla. Consigue no aburrirnos al segundo párrafo, y, bueno, ya es algo. 


Algo que es poco.

¿Qué más? Cierta propensión a la frase hecha, a la expresión requeterrepetida, tales como: "llamar poderosamente la atención", "pantorrillas torneadas", "éxito rotundo", "persona de armas tomar", "era como un huracán", "frase antológica", "vasta geografía americana", "despertó pasiones encontradas", que en otros contextos, por ejemplo una novela, podrían molestar menos, pero en cuentos de 2 o 3 páginas... Además, se echa en falta a ese corrector que pasó por alto el pequeño detalle de que entre sujeto y verbo no se pone coma: "Frente a nosotros el edificio de cuatro plantas como el resto de la calle, pedía a gritos unas manos de pintura" o "Me pregunté si los escasos peatones que se movían a esas horas por el barrio, notaban como yo aquel olor persistente a tiempo gastado".


Dice la autora, en una de esas entrevistas amables que tanto se estilan: "Entre bromas y veras, he intentado acercarme a las dificultades que tenemos las personas que nos movemos en un mundo convulso, a veces esquinado, y las complicaciones que surgen a la hora de intentar comunicarnos con el otro, de romper el cristal de esa soledad que rodea nuestra individualidad". 
En esa línea van los reseñadores que he leído. Así, en esta reseña se dice que este libro "marca un antes y un después en la carrera literaria de Yolanda Delgado Batista" o en esta que "En Puro cuento la escritora y periodista Yolanda Delgado Batista se incorpora a los que creen que la mínima estructura del relato descubre una realidad enriquecida que se aliña con el onirismo y lo simbólico, que admite unos hilos de crítica social y propone sendas abiertas para que los itinerarios de la memoria se ensanchen con recorridos por explorar". Muy lírico-onírico, sin duda. En esta, además: "Cada una de sus historias, así tengan veinte renglones o veinte palabras, golpea certeramente en ese lugar exacto en el que las emociones se activan sobre la marcha". 

No digo yo que no lo piensen de verdad, no digo tampoco que la autora no lo intentara ni haya puesto voluntad, empeño y fe, además de horas frente al ordenador o escribiendo en una libretita mientras se tomaba un cortado en una terraza junto al mar y reflexionaba sobre las veleidades de la fortuna. En mi opinión, sin embargo, Puro cuento es un fracaso literario: el resultado de su escritura no ha acompañado a aquellas intenciones, quedándose en un aparente ejercicio de autocomplacencia sin profundidad moral ni estilo. No sé Vds., pero yo ando buscando otra cosa.









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