miércoles, 18 de septiembre de 2019

'El último barco', de Domingo Villar

Siempre digo que esta será la última vez, pero heme aquí otra vez escribiendo una recensión de una novela policiaca-negra-thriller-noir-scandinavian/mediterranean/atlantic black o lo que más gusto les dé. Es posible que, dado el gusto mayoritario por novelas en las que la tranquilizadora justicia poética deje satisfechos a los lectores y no perturbe su timorata visión del mundo, el marketing editorial se centre en obras de este tipo, que responden a una estructura y a unos personajes tan estereotipados. Debe de haber algún estudio categorizador de la literatura de este tipo, a la manera en que Vladimir Propp analizó los cuentos populares europeos, pero aquí confieso mi ignorancia.

A este respecto, la crítica debo dirigírmela a mí mismo. A pesar de que en este espacio he reseñado de lo más variopinto, creo que ha sido mi natural pereza y mi propensión a la autoindulgencia lo que me ha hecho decantarme a veces por títulos privilegiadamente publicitados. Al fin y al cabo, a algún lado he de mirar para buscar, y lo que siempre se tiene a mano son los medios de comunicación: el sesgo editorial respecto de la novela negra ha tenido como consecuencia indeseada mi propio sesgo respecto de mis reseñas. Les aseguro, no obstante, que me he resistido a leer títulos demasiado populares. Quizá eso me ha impedido ganar lectores/as, pero ya son legión las reseñadoras/es que le hacen el juego a las grandes (o no tan grandes) editoriales. Algunos/as, me parece, se ofrecen demasiado barato.

En otro orden de cosas, decía el otro día en Facebook nuestro querido Emilio González Déniz, respecto de la denuncia que algunos hemos lanzado sobre el patente conturbernio reseñador en los medios de comunicación e Internet, que nada de malo había en "saludar" las nuevas obras de los "amigos". Obviaba decir, y no me refiero de forma específica a sus saludos, que muchos de estos mensajeros de la buena nueva no se limitan a saludar con desparpajo, sino que se atrincheran en el ditirambo. A veces, hasta extremos empalagosos. Asimismo, salvo que se tenga una visión muy acomplejada de las capacidades creativas en Canarias, no habría que tener miedo de criticar esa producción artístico-cultural. El mejor favor que le podemos hacer a los/las artistas, sobre todo a los locales, es señalarles lo que, en opinión del crítico/a, son los defectos y puntos ciegos, y, en su caso, reconocerles el mérito de lo valioso. En Canarias, me temo, ha predominado el "saludo" alborozado, un tanto jocundo y, al mismo tiempo, hipócrita, y se ha arrinconado, como consecuencia, la crítica, que sigue padeciendo descrédito. Así no se protege el arte, la cultura o la creatividad. Más bien, se enaltece la mediocridad.

En ese sentido, es curioso cómo González Déniz y otros señalan de forma repetida, casi como una jeremiada, que "no hay crítica" en Canarias, o que, si existe alguna, es de mala calidad. Esa crítica (buena, mala o regular), en todo caso, los ha reprimido de prodigar nuevos saludos, por lo que, al parecer, están bastante disgustados. Supongo, por tanto, que González Déniz y compañía están deseando incorporarse a la creación de ese repertorio crítico literario que tanto echan en falta aunque, la verdad sea dicha, dudo que su llegada sea inminente.

Tras este preámbulo un tanto oscuro, la novela de hoy es:




El último barco es, como para decir otra cosa, una novela policiaca. Hasta aquí y durante un rato, la sorpresa resulta escasa. El argumento consiste en la investigación a cargo de la policía de la desaparición de una mujer joven. El protagonista es un inspector (el cerebro), acompañado del habitual agente (el músculo), del habitual forense  y del habitual comisario. También está su padre, el padre de la desaparecida y algunos personajes secundarios más también bastante comunes. Más visto que una camisa a rayas.

La originalidad es, ya lo ven, nula. Sin embargo, Domingo Villar crea un elenco de personajes que no por más vistos resultan menos creíbles. Es curioso que, a partir de una materia prima tan tópica, el autor sea capaz de crear unos personajes con vitalidad, algunos incluso entrañables. Además, los diálogos están bien construidos, son ágiles y vivaces. Gran parte de la trama descansa sobre ellos. Así, con estos mimbres, la novela discurre de forma más que aceptable, sin que la enturbie demasiado algún adjetivo o frase fútil aquí y allá. 

Aun siendo minucioso, a veces en exceso, en las descripciones, la novela no llega a aburrir. También es cierto que se puede abandonar en un momento determinado y retomarla al cabo de tres meses (como ha sido mi caso) sin olvidarse uno de nada ni sentir nostalgia. Eso habla bien y mal. Bien, porque los componentes de la novela están bien delineados. Cada personaje tiene una función precisa y el desarrollo del argumento es nítido. Vamos, que no nos perdemos en tramas secundarios, callejones sin salida o meditaciones pascalianas. Mal, porque nos da una pista del nivel de complejidad: un bajío filosófico/existencial.



La calle le recibió con frío y las farolas encendidas. El inspector bajó caminando con las manos en los bolsillos hasta el paseo de Alfonso XIII y, a la altura de la estatua de la ninfa y el dragón, se apoyó en la barandilla para contemplar el mar sobre el antiguo barrio de los pescadores. Un trasatlántico iluminado en mitad de la ría avanzaba hacia el puerto con su cargamento de turistas. Sin embargo, Caldas miraba más allá, a la orilla de enfrente, al litoral de Tirán, cuyo perfil comenzaba a insinuarse al amanecer. 
Al llegar a la comisaría fue a servirse un café a la sala contigua. Le agradaba el olor del café recién hecho, pero lo que más le gustaba era ver cómo el hilo del café iba formando al caer una capa de espuma en la superficie. Regresó a su despacho y buscó un hueco entre los papeles. Después se sentó con la intención de aprovechar la calma de la primera hora para poner en orden sus ideas y fue enumerando mentalmente los pasos que se proponía dar para localizar a la chica. (Pág. 204)

Caldas llegó al vestíbulo y miró hacia arriba, a la cámara que enfocaba a la entrada, antes de dirigirse a la secretaría. El hombre y la mujer que trabajaban allí volvían a estar concentrados en sus ordenadores. Separada de ellos por una mampara de cristal estaba una de las ordenanzas de la escuela. 
El inspector se identificó y ella se brindó a ayudarle en todo lo que estuviese en su mano. Sabía que estaban buscando a Mónica Andrade. 
-¿Seguro que la cámara de la puerta no graba? -quiso saber Caldas. 
-Completamente -le respondió la ordenanza. Se llamaba María, era una mujer alta, con el pelo largo y rojizo, un fular alrededor del cuello y una sonrisa franca que le atravesaba el rostro de lado a lado. (Pág. 314)

-Lleváis mucho tiempo aquí? 
-Poco -dijo Caldas. 
Rafael Estévez seguía dentro del coche. 
-Así que eres Estévez -dijo el padre cuando Caldas se lo presentó, al tenderle la mano a través de la ventanilla-. Leo me ha hablado de ti. ¿Os quedáis a cenar? 
Estévez miro al inspector. No quería desairar al padre, pero habían quedado en regresar cuanto antes. 
-No -respondió Caldas-, solo venía a comprobar que estabas bien. 
-¿Por qué no iba a estar bien? 
-Te he llamado por teléfono veinte veces. 
-Estaba fuera, Leo. No podía contestar. 
-¿Y el móvil? 
-En casa -dijo, con naturalidad. 
-¿Por qué no te lo llevas contigo? 
-Si salgo a coger setas es para estar tranquilo -dijo el padre levantando la cesta. 
-¿Ha ido a por setas? -se interesó Estévez, estirando el cuello. 
-Sí. 
-¿Hay muchas? 
-Depende del día -dijo el padre. 
-¿Dónde las coge? -quiso saber el aragonés. 
El padre de Caldas no era de los que revelaban sus secretos. 
-En el monte. 
-Estévez no se dio por vencido y señaló a la oscuridad. 
-¿Por ahí? 
-O por otro lado -respondió. 
-¿Y ha cogido muchas? 
El Padre de Caldas meneó la cabeza para indicar que no había sido la mejor cosecha. (Págs. 351 y 352)

Eso sí, a pesar, digamos, de la eficacia narrativa de Domingo Villar, tampoco esperen una prosa exuberante, barroca, neo-gótica o expresionismo abstracto. Tampoco, ínfulas metaliterarias posmodernas. Todo lo contrario. A pesar de la extensión de la novela, el autor se esfuerza en ser preciso, casi minucioso, pero no sin intención alguna de hacernos difícil la lectura, mucho menos farragosa: podemos definir su estilo como perteneciente a ese naturalismo estándar del siglo XXI. Algo que ha contribuido, sin duda, al éxito (al parecer) del que ha disfrutado El último barco.

En penúltimo lugar, a diferencia de otros autores, que pretenden, o proclaman, que la novela negra en general, y las suyas en particular, constituyen el epítome de la denuncia social en clave artística, Domingo Villar desdeña tales aspiraciones. Lo suyo es la presentación, nudo y desenlace limpios de un suceso policial. Eso sí, se evidencia un notable esfuerzo por imprimir algo de color local a la novela, lo que se agradece, no obstante.

EN DEFINITIVA, querido público, El último barco se lee bien, entretiene y no aburre, da lo que pide al que compra novela policiaca y, además, abulta mucho, por lo que pueden presumir de ser lectores avezados ante deudos y allegados. Es tópica, como he dicho, en su estructura y contenido, pero la prosa está bastante depurada y no suscita ese tipo de sonrojo que encuentro tan a menudo en este tipo de literatura. Si, en cambio, buscan otro tipo de complejidades que no sean las detectivescas, en esta novela no la van a encontrar.





lunes, 9 de septiembre de 2019

'Los cinco y yo', de Antonio Orejudo

Muchos años han pasado desde que se publicara Ventajas de viajar en tren, de Antonio Orejudo. Solo unos meses desde que este reseñador la leyera, por lo que la lectura de Los cinco y yo no experimenta el lapso de tiempo natural ni se han metabolizado las obras entre medias. Puede ser engañosa la experiencia de leer en un tiempo condensado lo que tardó años en gestarse. Igual que si leemos en un trimestre las obras completas de cualquier autor o autora. Por otro lado, es posible que esa misma compresión temporal nos permita reconocer mejor las diferencias, la evolución o la regresión de aquellos/as.

Por lo que he leído por ahí, y no solo en los comentarios perpetrados por fajilleros o entusiastas a sueldo, la novela ha gustado mucho a las personas +40. No me extraña: Orejudo mezcla con habilidad la experiencia iniciática lectora de la generación de los 60 (y de los 70, diría yo) plasmada en la extensa obra de Enid Blyton, con Los cinco como portaestandarte, con un fresco un tanto costumbrista y bastante nostálgico de aquella época.





Así, es posible que cuarentones/as y cincuentones/as o, en otras palabras, esas personas que estamos pasando por el mejor momento de nuestras vidas, que también se sitúan en un tramo consumidor conspicuo y persistente de añoranzas manufacturadas, disfruten una enormidad de esta novela-biografía de ficción-autobiografía. Sin embargo, Orejudo no es tan complaciente como podría presumirse. Aquí y allá, eso sí, sin llegar a ser acerbo, critica y lamenta la mansedumbre y apocamiento de su generación ante la anterior que ocupó el poder tras la Transición. 

Además, Orejudo, mediante el recurso a un autor dentro de la novela, inventa una nueva historia para aquellos cinco (mejor, cuatro porque el perro no tiene demasiado recorrido), ya adultos. O envejecidos. Con una visión desencantadora, los cinco (cuatro) se encuentran (y con ellos, nosotros mismos), ante lo que Santiago Alba Rico y Carlos Fernández Liria (citando a Günter Anders) denominan "desnivel prometeico"(1). Es decir, no importa cuánto empeño pongamos en ser justos, solidarios y ecologistas que todo lo que hagamos para conseguirlo no hace más que contribuir a la injusticia, insolidaridad y desastre ecológico planetario. No hay manera de evitarlo.

Esa es, al fin y al cabo, la lectura política y moral más importante, que no es poca, que puedo hacer de ese desencantamiento del mundo blytoniano, aparte de su clasismo, racismo, etc. que ya se señala en la obra.

Por otro lado, Los cinco y yo, entretiene a ratos. Y también a ratos tiene esa gracia y ese ingenio que en Ventajas de viajar en tren constituían sus características definitorias. Sin embargo, rara vez sorprende, y bien se puede abandonar en cualquier momento sin que la echemos de menos. Como si Orejudo se encontrara cómodo, pero se dejara llevar por esa comodidad; como si conociera bien eso que se llama el oficio, pero que esa misma seguridad mellara la capacidad de innovación y de riesgo. Hay una promesa en la novela que no llega a encarnarse, por muchos recursos narrativos y metaliterarios que emplee. Falta, metafóricamente hablando, un puñetazo final en la mandíbula, y no me refiero a un final extravagante o dramático, sino, siguiendo con las metáforas, a otra vuelta de tuerca.


En España, por el contrario, Enid Blyton es una de las pocas señas de identidad que tiene mi generación, la de los nacidos en los sesenta, la década en la que todo cambió sin que eso nos haya afectado a nosotros, que no tenemos narrativa ni características singulares. En la Transición éramos demasiado jóvenes para andar pensando en ocupar posiciones de poder y la Gran Recesión nos ha pillado demasiado viejos para protagonizar el relevo. Aunque no participamos en las protestas de 1968, compartimos valores y prejuicios con quienes sí lo hicieron, nuestros hermanos mayores, a quienes admiramos y detestamos al mismo tiempo. No somos como ellos, pero tampoco somos muy diferentes; nos hemos quedado un poco a la mitad de todo, en tierra de nadie. Somos el furgón de cola, un pelotón muy numeroso de benjamines que ha llegado tarde a todo. Leer las aventuras de Los Cinco es probablemente el único placer de nuestra infancia que nuestros hermanos mayores no experimentaron antes. (Pág. 23)

Que todavía no hubiéramos escrito una línea de esa obra que marcaría un antes y un después en la literatura occidental era solo una cuestión de tiempo, un detalle sin importancia que pronto quedaría corregido. Porque en realidad la novela que renovaría el panorama literario español -y quizás incluso el universal- ya la teníamos en la cabeza. Es cierto que no sabíamos de qué iba, que desconocíamos el argumento y la identidad de los personajes, pero todo eso eran detalles sin importancia que se irían corrigiendo también de un modo natural, como el crecimiento de un feto. La potencia de nuestro genio, que cada uno de nosotros sentía en su interior y entreveía en el del otro, explotaría en el momento oportuno sin que nosotros tuviéramos que mover un dedo, y haría añicos el statu quo de la literatura española, y quizás también de la universal. (...) La escritura de esa obra sería una secreción natural de nuestro talento, considerado una glándula que entraría en funcionamiento cuando llegara el momento, como la hipófisis. (Págs. 121-122)


-Siempre hay que pensar en el público -decía-; y desconfío de los escritores que no lo hacen porque es mentira. Y si mienten en eso, pueden mentir en todo lo demás. ¡Claro que escriben pensando en los lectores! Si no lo hicieran, inventarían un idioma secreto que sólo comprendieran ellos. Usar una lengua implica un reconocimiento del otro y un deseo de ser entendido por él. 
Según Reig, a partir de este reconocimiento había diferentes niveles de cesión. Desde no concederle al lector nada que fuera más allá del idioma común hasta transigir con todos sus deseos y escribir una literatura sintácticamente simple y destinada únicamente a su entretenimiento. Algunas veces esta concepción intrascendente de la literatura se disfrazaba bajo un marbete genérico de prestigio -novela policiaca o novela negra-, que blanqueaba una intención vergonzante de entretener sin más. Era la coartada ideológica de la novela negra. Así la llamaba él: la coartada ideológica. Había pasado de considerar que toda buena novela debía ser una novela policiaca, como solíamos decir en los tiempos de la universidad, a considerar que se trataba de un género tan idealizado como las novelas pastoriles. (Pág. 165)


Puede decirse, sin volverse uno demasiado trascendente, que en ocasiones, como las buenas novelas, esta incita a la reflexión. Pero no mucho. Eso es lo malo. Es por esto por lo que he escrito que me parece una promesa incumplida: un retrato con crítica incorporada de la generación cincuentona (y cuarentona) que ha asistido atónita y también impávida a todo cuanto acontece a su alrededor; generaciones (incluyo a las dos) que han asistido al cambio de paradigmas económicos y políticos sin decir ni mu, cuando no se han refugiado en ese mundo idealizado de la niñez y adolescencia (que podemos ampliar casi hasta la edad de los 30), que coincidió con los años 80. Así, todo ese reguero de grupos y conciertos musicales y remakes de películas en memoria de o en tributo a no deja de ser un síntoma de estancamiento emocional y de impotencia política que hasta el 15—M y el advenimiento de una nueva generación más activista habían sido, grosso modo, los rasgos fundamentales de nuestro país.





(1) Cf. ALBA RICO, S. y FERNÁNDEZ LIRIA, C. El naufragio del hombre. Hondarribia: Editorial Hiru, 2010.

miércoles, 28 de agosto de 2019

'Datana', de Carlos González Sosa

Alberto Olmos suele escribir artículos cultos con una prosa divertida, incluso frívola. Muchas veces, son también lúcidos. No obstante, y creo que es el problema del articulista profesional (o no profesional, pero habitual), da la impresión de que no quiere dejar resquicio a la duda, de que sus convicciones son inasaltables y de que estas han pasado todos los tests contra las falacias. 

En este artículo, Olmos carga contra la pretendida "superioridad moral" de aquellos que rechazan que un ayuntamiento pague, subvencione o se haga cargo del caché de artistas que cantan canciones supuestamente machistas. Aparte de hacer una teoría de la mente harto sesgada y ridiculizadora sobre estos opositores, que según él están todos aquejados de "infantilismo" o son unos "zumbados", Olmos tira del recurso a la Cultura Sacrosanta en lo que se refiere a la inconveniencia, o más bien, impertinencia de criticar cualquier tipo de creación artística por criterios no artísticos. A continuación, cita y enumera unas cuantas letras que vendrían a demostrar que no existe letra machista sino expresión artística libre, que no hay desprecio a la mujer porque el arte o la cultura es otra cosa, más relacionada con Lope de Vega que con los valores de una sociedad (ya sea para transgredirlos). Una cosa que, claro, los "zumbados" no entenderán jamás.

Es intuitivamente sencillo llegar a la conclusión, así, de que si a tal Ayuntamiento no le gustan las letras por ese motivo no solo estará incurriendo en un error de juicio al intentar juzgar en clave moral lo que solo puede valorarse por sus méritos artísticos, sino que si rechaza que se canten en un espectáculo pagado por él incurre en el nefando vicio de la censura. Oh, horror.

Sin embargo, Olmos no lleva esta argumentación hasta el final. Si no se puede juzgar una canción (o cualquier tipo de producción artística) por su contenido, entonces cualquier canción, cualquier letra de una canción podría ser admisible en un concierto o festival pagado con fondos públicos. Como leemos que Olmos también hace referencia a la calidad de la canción, introduzcamos ese factor. ¿Sería admisible que un Ayuntamiento, que como cualquier institución representativa democrática representa a todos los ciudadanos, fuera el organizador, subvencionador o colaborador de un concierto cuyas canciones, de exquisitos sonidos y rimas, promovieran el exterminio masivo de los musulmanes? ¿O de los judíos? ¿O de los católicos? ¿O de los ateos?

O imaginemos una película sufragada por el Cabildo de Gran Canaria que afirme, de modo muy kubrickiano, con esos puntos de fuga y esas divisiones de pantalla, que la conquista de la isla por los Reyes Católicos estuvo justificada por la conducta licenciosa de los aborígenes. Aborígenes que, además, habrían sido los responsables de su muerte por la espada y la ballesta por oponerse a la llegada de la civilización. 

Por último, en un desquiciado alarde de fantasía, pensemos en un Ayuntamiento que, por un lado, promueva políticas de igualdad de género y que colabore con otras administraciones en la lucha contra la discriminación y la violencia sobre la mujer. Por otro lado, comprobemos que, de manera simultánea, se hace cargo de un festival de música (o de ópera, por qué no) en el que diversas manifestaciones musicales insisten, artísticamente, eso sí, en perpetuar esos mismos roles y en fomentar esa misma actitud respecto de las mujeres contra las que ha actuado, hasta entonces, de forma coherente. ¿Sería lógico? ¿Sería deseable?

Es probable, y eso es algo que Olmos no tiene en cuenta, que la raíz del problema no se encuentre en que unos están empeñados en censurar, en cortar las manos a los guitarristas y la lengua a los cantantes, pues opiniones a favor y en contra de cualquier asunto, con mejores o peores argumentos, habrá casi siempre. El problema puede ser que hayamos naturalizado que sea el Ayuntamiento de turno, o el Cabildo, o el Gobierno de la Comunidad, incluso el Ministerio quienes deban hacerse cargo, por un lado, del ocio y de los pasatiempos de los ciudadanos, y, por otro, de la Cultura (entendida en el sentido artístico). A veces, claro, se confunden, pero esto no es óbice para que nos preguntemos el por qué de esa responsabilidades asumidas como propias. Hasta tal punto que parece a veces imposible pensar que existan ocio, cultura y arte fuera de las instituciones públicas. 

Si hay vecinos del barrio X, o de la ciudad Y que están convencidos de que necesitan el espectáculo o el divertimento que les proporciona Z, nada les impide que se unan para pagarlo. Si un promotor privado está convencido de que satisfará con éxito la picazón de un grupo de ciudadanos por tal o cual manifestación cultural es muy libre de traer a los artistas que considere adecuados, y que cobre entrada. Es posible que haya quienes piensen que tienen derecho a ver a U2 en una ciudad de provincias, pero hasta que cosas así no están reconocidos en un texto legal, las diversas administraciones públicas tienen que hacer frente, con un erario limitado, a un conjunto de necesidades más básicas de gran parte de la ciudadanía. Pensar que es el Ayuntamiento o el Cabildo el encargado por defecto de satisfacer las variadas ansias de diversión, me parece, a mí, un tanto infantil. Culparle, además, por actuar de forma coherente, es injusto.







De la conquista de Gran Canaria trata la reseña de hoy. Datana, una novela de Carlos González Sosa, aborda ese momento histórico. La segunda de una trilogía llamada Sangre, compuesta, además, por La madera contra el acero y por Hijos del sol. Hemos llegado a un punto que si uno no escribe trilogías no es nadie en el mundillo. 

Datana narra los avatares de la invasión y conquista castellana de Gran Canaria, la resistencia aborigen y la subyugación final. En este sentido, como en casi todas las novelas históricas, no hay sorpresa, pues el final es harto conocido. Su propósito debería ser otro: proporcionar materia para la reflexión, al situar los hechos acaecidos en ese pasado bajo un prisma diferente. Además, dada la persistencia política del nacionalismo canario, aunque haya sido de baja intensidad y de un propósito de cobertura para alcanzar el poder regional, como el de Coalición Canaria, la existencia de grupúsculos independentistas y la breve historia de un movimiento terrorista, una novela como esta podría dar pie a interesantes debates sobre las diferentes sociedades isleñas, como el supuesto "síndrome del colonizado", el malinchismo, las cuestiones identitarias que tienen que ver con que una parte significativa de la población desciende por vía materna de aquellos pobladores; también, en relación con lo anterior, cierta ambivalencia respecto del pasado, que se manifiesta en que se celebren tanto la fundación de, por ejemplo, la ciudad de LPGC, y también de lo que ha quedado del legado aborigen con esculturas, cuadros y parques; la secular sensación de diferenciación respecto de la España peninsular, y no por cuestiones geográficas, etc., que se encarna en, entre otras cosas, en el acento y el habla. Asimismo, qué significa y qué consecuencias produce una conquista, qué significa ese orgullo que algunos dicen sentir cuando se habla del imperio español (o de cualquier otro), tan de moda últimamente por la aparición como actor político nacional de un partido nostálgico como VOX.

Apenas nada de eso, me temo, se suscitará con la lectura de Datana. Aun siendo una novela amena, sencilla de leer, con una aceptable selección de escenas (algunas demasiado esquemáticas) que forman el espinazo de la obra, que al menos nunca aburre, y con una prosa aceptable (aunque aquejada con frecuencia por nuestras queridas expresiones y frases hechas tipo "gentil reverencia", "armados hasta los dientes", "ganarse a pulso", " inigualable arrojo", "encogerse el estómago", "perdidamente enamorado", "desde la más tierna infancia", y demás), Datana no consigue trascender el relato, ya asumido e interiorizado, de conquistadores y conquistados en una dualidad en la que apenas se introducen matices. González muestra un conjunto de personajes atribuyéndoles características que no los hacen muy complejos. Asi, Juan Rejón es cruel y colérico, Doramas es valiente, Pedro de Vera, ladino, etc. La humanidad literaria, la que hace que un escritor o escritora nos abra un espacio para que nos miremos a nosotros mismos y al mundo, está ausente. Es, como si dijerámos, historia con diálogos, con un tono, en varios momentos, grandilocuente en exceso.

El cabello de Doramas descansaba sobre sus hombros. Pese a haber nacido entre los trasquilados -una clase social baja a la que no se permitía llevar el cabello largo-, aquel guerrero aborigen se había ganado a pulso un puesto entre la nobleza de la isla. Sus magníficas dotes como estratega y su inigualable arrojo en la batalla habían conseguido que muchos canarios se uniesen a él en la defensa de Gran Canaria desde que Diego de Herrera comenzase sus incursiones desde Lanzarote. En todo aquel tiempo, había logrado crear una horda de guerreros tan poderosa que llegaba incluso a hacer sombra a las de los guayres que la isla había designado para su defensa. Aquel tesón y aquel carisma llevaron al Guanarteme Engoynaga a hacerlo llamar y nombrarlo guayre de Agáldar, la mitad norte de la isla. Aquello no hizo más que acrecentar su fama, y cada día más guerreros se unían a él. Desde entonces, lucía con orgullo una larga cabellera. Por vez primera, alguien había logrado doblegar los férreos dictámenes de la nobleza. (Págs 22-23)

La victoria de los conquistadores en la Batalla del Guiniguada había supuesto un durísimo golpe para los nativos. Sus ejércitos habían quedado desmembrados, y su moral, resquebrajada. A los invasores, sin embargo, les había servido para reforzar sus convicciones. A ninguno de ellos les cabía duda alguna de que aquella isla pronto iba a ser suya, sin el menor esfuerzo y, tal vez, sin más derramamiento de sangre. 
Nada más lejos de la realidad... (Pág. 60)

Cuatro días más tarde, cuando ya la mayoría de sus hombres se habían recuperado de las heridas, Juan Rejón ordenó formar a un nutrido grupo de mercenarios. 
El deán Bermúdez llegó justo a tiempo de oír las palabras del capitán. 
-Quemad las casas, el ganado, los cultivos. Talaremos todo lo que les pueda dar sustento. No quiero ni una sola higuera en pie -ordenó, paseándose entre ellos-. Tampoco quiero prisioneros. no voy a desperdiciar nuestra comida manteniendo a esos animales. Matad a todo el que veáis, no importa si es anciano, joven o niño -Sus hombres asentían con complacencia-. Se arrepentirán de haberse aliado con esos perros portugueses. 
-Dios se apiade de ellos -musitó Bermúdez, horrorizado con la arenga del capitán. 
Cuando las puertas del Real se abrieron, Rejón dio la señal, y partió al frente de sus huestes hacia el interior de la isla. (Pág. 85)


No se veía un alma. No había emboscadas, ni lanzamientos de piedras, ni gritos de guerra. Tan solo el viento parecía poblar aquel lugar. 
Poco después, los primeros hombres llegaron al roque. 
Un roque completamente desierto. 
Dos cabras balaron ausentes, trotando entre las piedras, al borde del acantilado, desafiando la ley de la gravedad. 
-¡Capitán, aquí no hay un alma! -gritó uno de los hombres de la avanzadilla, asomándose a los muros de piedra que los canarios habían levantado junto al roque. 
Pedro de Vera apoyó las manos en las rodillas para recuperar el aliento, clavando la mirada en la tierra, incapaz de creer cómo lo habían burlado. Luego apretó el paso hasta llegar a la pequeña meseta. 
Cuando miró a su alrededor y no vio más que a algunos de sus hombres, que inspeccionaban la zona, sintió una ira irreprimible. 
-¡Ahhhhhhhhhhhhhhhhh! -Su grito desesperado viajó con el viento. (Pág. 189)


Si no fuera por algunos pasajes sanguinolentos, podría pensarse que la novela está dedicada a un público juvenil, más proclive a pasar por alto, en general, las sutilezas de la literatura y de la historia y más centrado en relatos heroicos y desenlaces dramáticos. Es posible que González Sosa muestre una mejor versión de su creatividad en obras que no deban ceñirse tanto al guión prefijado de la Historia. Eso, si es capaz de desembarazarse de su tendencia al histrionismo y de concentrarse más en depurar su prosa de los clichés.

Así pues, Datana es una novela entretenida como relato, pero que decepciona porque no suscita reflexión, más allá de señalar lo que para algunos todavía no está claro: que fue conquista y no encuentro, invasión armada y no incorporación pacífica. Como dijimos, antes, todas las cuestiones identitarias y culturales han quedado orilladas y no plantea preguntas sobre quiénes somos, quiénes fuimos, quiénes queremos ser.















miércoles, 14 de agosto de 2019

'Nunca más la noche', de Juan R. Tramunt

Con 325.000 euros para las fiestas de San Ginés en Lanzarote y más de 400.000 euros (se estima) para el festival WOMAD en Las Palmas de Gran Canaria, así se estrenan nuestros gobiernos progresistas: viva la fiesta, a veces denominada también Cultura, porque eso genera consenso y cohesión social. ¿Qué puede haber menos político que una fiesta?, se preguntarán. 

Algo de razón pueden tener, si reparamos en que el enfoque cultural de todos los partidos que han estado en el poder en Canarias es similar. Ya sea por su presunto carácter apolítico, ya sea por no suscitar la posible ira de la opinión pública o publicada, no hay PP, PSOE, CC, NC o Podemos que no insista en sufragar con dinero público todo tipo de fiestas, festejos y festivales, amén de clubs deportivos profesionales y demás proyectos más o menos rimbombantes. Puede, sin embargo, que la razón sea más profunda, lo que no significa que ni siquiera los políticos en el cargo sean conscientes del todo: la cultura o, en nuestro caso, los festejos de diversa índole son amortiguadores del conflicto social: las líneas divisorias y los conflictos entre grupos y clases sociales parecen difuminarse cuando comparten pasiones y diversiones, y aunque sea solo por unos días la distancia entre gobernantes y gobernados, entre élites y pueblo, entre ricos y pobres se reduce al mínimo.

Que los partidos conservadores hagan de la cultura, las artes y las fiestas un foco de su acción política, sobre la base de ese carácter pacificador, parece lógico. Que los partidos de izquierda se limiten a mantener esa visión resulta perturbador. La izquierda que aspira a transformar la sociedad con el objetivo de ahondar en su democratización (nombren Vds. al partido que crean que mejor se adecua a lo que escribo) no pretende, en su acción política, saltar sobre los conflictos: donde haya injusticia, pretende que se instaure la justicia; donde hay desigualdad, lucha porque haya igualdad; donde existe marginación y pobreza, trabaja por que haya inclusión y mínimas condiciones para llevar una vida digna. Es dudoso que esto se consiga detrayendo dinero del erario para música, clásica, popular, folclórica o multicultural, para deporte profesional, para fundaciones de artistas con castillo incluido o para cualesquiera otras regalías, sinecuras, chiringuitos, pesebres o acuarios.

La derecha sabe, al menos sus representantes más doctos, que la instauración del sentido común se basa en gran parte en actuar sobre la cultura, pero no solo en contenidos o en el perfil de artistas que comulguen con su ideología, sino también en la configuración de la relación de la ciudadanía con ella: cliente y consumidor, y la creación de sentido común. Es decir, ciudadanía pasiva y atomizada, ideología de consumo. Que la izquierda comparta esas prácticas y esa concepción resulta llamativo, y más aún cuando acusa a los críticos de esta forma de proceder de "anarcoliberales". Al reino de las paradojas se llega por muchas vías.






Cualquier colección de cuentos, por su propia razón de ser, es dispar. A veces, podemos apreciar un hilo semántico que, por fino que sea, los recorre. También, cuando todos son obra del mismo autor, reconocemos un estilo y un tono propios. En Nunca más la noche, Juan R. Tramunt incide en la ruptura del orden vital de sus personajes. Dicha ruptura se origina a raíz de un error o mala praxis profesional como un encuentro perturbador con un extraño o por una fiesta de tres días y tres noches, el deterioro de la convivencia en un piso de estudiantes o la muerte del marido, que se corresponden con cada uno de los cuentos.

El primer cuento, más bien una novela corta, me resulta, sin duda, el más flojo de todos, con diferencia. Tramunt se empeña en llevarnos de la mano, o más bien nos agarra del antebrazo, por una historia en que una mala decisión médica ocasiona el quebranto emocional de un doctor de edad madura, y con él, el de su mujer. Escribo esto porque salvo en alguna ocasión, como en el pasaje de los bulbos cortados quirúrgicamente, Tramunt no nos enseña, sino que nos explica. Eso, que da la impresión de la poca confianza del autor en el arte de narrar la historia, se ve agravado por ciertos clichés que indican, también, pereza del pensamiento o fatiga en el escribir.

Amalia prefirió no insistir. Por experiencia sabía que la resolución de un duelo no se puede forzar. No hay atajos para recanalizar el estruendo emocional que se desboca en el alma de quien lo sufre. Hay que ser sutil, extremadamente paciente, cariñoso incluso, para ir permitiendo que esa tormenta amaine lentamente mientras discurre por cada centímetro de la piel, por cada segundo de la vida de quien ha recibido la embestida. Alguien como su marido, que vive entre la vida y la muerte de los demás, rara vez escapa de enfrentarse a estas vicisitudes y rara vez los numerosos éxitos clínicos aseguran mayor fortaleza ante cualquier fracaso, porque siempre será una vida humana perdida la que arrastrará indefectiblemente la balanza hacia el otro lado. (Pág. 20)

La charla fue bastante animada. Mateo conversaba con Ernesto sobre el error que había cometido al permitirles a sus hijos tanto acceso a la informática y otros dispositivos electrónicos, y aquel le recriminaba que si no hubiera sido por el despliegue de tecnología difícilmente se hubiera hecho con ellos tras su divorcio y desapego de la madre. Amalia participaba según pudiera, pero su mayor interés era observar a su marido, y pudo contrastar el estado de ánimo del momento con el de la legada unas horas antes. Parecía como si el agua de una alberca, momentáneamente alterada por la caída de una hoja, volviera a tranquilizarse. Amalia se sosegaba en su interior poco a poco, pero a su vez se daba cuenta de su propia vulnerabilidad. Había bastado una pequeña variación de la norma por parte de su marido, de quien estaba locamente enamorada, que algo se saliera del esquema que ella atesoraba en su corazón, para que una oleada de dudas demoníacas se le hubiera venido encima. (Pág. 28)

Salió de allí compungida, pero con la mejor sonrisa de que fue capaz en la cara. En recepción le confirmaron, una vez más, que su marido no había llegado. Llamó a casa para ver si había vuelto, pero nadie respondía. Cada minuto que pasaba su angustia iba creciendo, y la certeza de que a Mateo le hubiera ocurrido algo se desbocaba. Tenía miedo de perder la compostura y montar una escena en cualquier momento, así que prefirió refugiarse en su casa y esperar, esperar a que las aguas volvieran a su cauce, a que todo volviera a estar bien, como siempre, como siempre le gustó. Abominaba de los pensamientos de épocas horas antes referidos a librarse paulatinamente de esa dependencia del devenir previsible, conocido. Ahora lo que deseaba con todas sus fuerzas era zafarse del dogal que poco a poco se estaba cerrando en su cuello y que la estaba colocando al borde de una crisis nerviosa. Volvió a casa como cualquier animal herido busca la seguridad de su madriguera. (Págs. 43-44).

Es una escritura plúmbea, hecha a base de metáforas comunes y gastadas, con adjetivos y adverbios que no sorprenden, repetitiva y algo exasperante. La intención al narrar la historia se ve del todo contaminada por la forma. Estoy seguro de que con un corrector de estilo, un/a amigo/a leído/a, o quizá un sentido de la disciplina que no desdeñara la flagelación literaria, el autor no habría entregado así el relato. Es una pena, porque despojada de todos los defectos, podría haber sido una buena historia. Por mi parte, abandoné en la página 56. Si me perdí algo que me hubiese redimido del sufrimiento anterior, me disculpo.

SIN EMBARGO, y a pesar de haber comenzado de esta manera, reclamo su atención, porque los siguientes tres cuentos son, en sentido ascendente, muy buenos. Esa ruptura con lo cotidiano de la que escribía al principio logran materializarse de manera artística. Por fin, Tramunt nos ofrece literatura, y se despoja de esa manía por contar lo banal y omitir lo extraordinario. De repente, La habitación abuhardillada, La fiesta y Zapador, cada uno de estos cuentos aún mejor que el anterior, nos introducen en regiones perturbadoras. En el primero, una inquietante (aunque no del todo original, qué le vamos a hacer) reflexión sobre la propia identidad, y sobre la creación artística y sus productos, está escrita de una forma casi admirable. Y digo "casi" porque la catarsis que aparentemente experimentó tras acabar Betsabé no logró acabar con esos "dar los frutos esperados", "perfecta armonía", "hacer las delicias", etc. que tanto daño hacen. Propongo que a esas expresiones tópicas las sustituyamos por una letra del abecedario. Así nos ahorraremos el esfuerzo tanto quien escriba como quien lea. Por ejemplo: "Juan amaba locamente a María", por "Juan x María". O: "Decidió esperar a que las aguas volvieran a su cauce", por "Decidió z". Otro ejemplo: "Flanagan bebió un café. Era un café asqueroso", por "Flanagan r". Sin duda, haría la lectura más ágil y no perderíamos nada con el cambio.

Iba diciendo que, a pesar de esa manía, Tramunt hila una historia que se lee con interés y creciente inquietud en el que los dos protagonistas se encuentran, por decirlo así, a ambos lados del proceso creativo. En la tercera historia, la historia de una estudiante en Madrid que se muda no podría parecer, en principio, más anodina. Sin embargo, el autor logra insertar en la cotidianidad de esta estudiante una mota oscura, un grano de suciedad, que poco a poco acabará devorándolo todo. La historia adquiere una marcha aceleradamente angustiosa que demuestra que Tramunt cuando quiere, cuando se esfuerza y se libra de la verborrea cómoda como en Zapador logra una escritura tan fina y ajustada como la musculatura de un corredor de larga distancia, a pesar de esos latiguillos que no quiero volver a mencionar. 

El segundo de los relatos que he mencionado, La fiesta, tiene la particularidad de transmitir una atmósfera de paz, serenidad y alegría durante la celebración de un cumpleaños. Como la imagen especular en un lago de altas montañas y cielo despejado. Aquí, a diferencia de los relatos anteriores, la disrupción de la normalidad no aparece al principio, sino al final. Quizá pueda juzgarse su final de efectista, pero, aun concediendo esto, es de un extravagante que resulta convincente. Esa atmósfera onírica y ese ambiente nirvánico lo merecían.


Qué significaba mi nombre en aquella estantería, y por qué estaba vacío el espacio. No era la primera vez que encontraba mi nombre en espacios similares. El trabajo de escritor, y con algún reconocimiento además, comporta que su obra pueda aparecer en las estanterías y catálogos de muchas bibliotecas, pero aquello no era exactamente una biblioteca, o en todo caso yo no era autor de obras ilustradas, ni tan siquiera tenía idea de que mis relatos o novelas se hubieran ilustrado alguna vez pese a haber bromeado con Fabián al respecto. Tampoco era lugar para colocar libros propiamente dichos, con lo cual la posibilidad de que estuviera haciendo hueco para colocar algunas de mis novelas era poco probable, aunque no la descartaba del todo dada la peculiaridad de aquel individuo. (Págs 148-149, La habitación abuhardillada)

Es posible que alguien crea que estuvimos tres días hasta las cejas de alguna droga o combinado de ellas que nos hiciera perder la noción del tiempo  y de la realidad. Para serles franco yo mismo estaba convencido de eso hasta que, como les he dicho, me paré a reflexionar sobre lo que ocurrió ese día. Cierto es que hubo alcohol: la cerveza se servía en grifos desde varios puntos del perímetro, y las botellas de espirituosos estaban también cerca de cualquiera allá donde se encontrara; pero también es cierto que no se vio en ningún momento a nadie tirado en la hierba vomitando o simplemente tambaleándose. (...) No sé cómo se las arregló Leandro, pero los que allí estábamos, estábamos bien porque sí. (Pág. 172, Fiesta)

Posiblemente cuando quisiera darse cuenta Orlando habría desaparecido del piso como otros tantos. A lo sumo notaría durante unos días un cepillo de dientes nuevo en el baño, otra toalla, o alguna marca diferente de café en la cocina. Así había sido anteriormente y nada ameritaba que ella hiciera cambio alguno de planes a corto plazo. Como pasatiempo se planteó detectar qué elemento novedoso le daría información sobre su estancia, y después su ausencia indicaría su partida. 
Efectivamente, al día siguiente, en el baño, un nuevo cepillo de dientes se hacía notar en el recipiente al efecto. Estaba despeluzado. Como si se hubiera usado para limpiar los quemadores de la cocina, uno que en ocasiones recibían los suyos cuando los desechaba por viejos. Aquel lógicamente aún se usaba en la boca de su propietario, y atribuyó su estado al mal recibido apodo de "el furioso". Esta conclusión provocó la risa silenciosa de Adela mientras se preparaba para ir a clase. Lo mantendría vigilado. Tenía curiosidad por ver si se decidía a cambiarlo en el tiempo que estuviera allí. (Pág. 189, Zapador)

El quinto cuento, Aurora, la ruptura del orden ha venido por la muerte del marido del personaje. A pesar de ello, intenta preservar ese orden, incluso imaginando que sigue vivo, manteniendo cada cosa en su sitio, cada rutina en su momento. Un orden, un ámbito, que pretende legar. Un relato correcto con el que confirmo que Tramunt es mejor cuando cuenta que cuando explica, cuando da paso a la acción que cuando pretende resumir, con cierto apresuramiento, los antecedentes. En muchas ocasiones, estos son innecesarios. El sexto, Relato inconcluso, puede tener varias lecturas: un relato inacabado que se retocó para mandarlo a la editorial, una reflexión sobre la autoría y la creación, relacionado en estos aspectos con La habitación abuhardillada, o como otro experimento metaliterario sin mucho recorrido. Prefiero quedarme con la segunda posibilidad.

Nunca más la noche es, concluyo, un valioso conjunto de cuentos, salvo la excepción de Betsabé. Con sus errores, Tramunt intenta ir más allá del relato lineal y naturalista. Sus experimentos con la ficción, su reflexión literaria sobre la (im)predecibilidad de la vida, sobre la ruptura del orden, me parecen valiosas y dignas de leerse. Solo le reprocho ese descuido con los clichés, esa tendencia al adormecimiento sobre lechos lingüísticos más que sobados. Lo admiro, en cambio, cuando es atrevido en sus planteamientos y consigue hacer de lo nimio una aventura existencial.




















miércoles, 24 de julio de 2019

'La fiesta del tedio', de Elisa Rodríguez Court

En España, vivimos en un ecosistema político en el que parece que casi todo es posible: un partido que ayer se decía socialdemócrata, se considera hoy liberal y alcanza pactos de gobierno con un partido tradicionalista poco amigo de la democracia, y los dos partidos de izquierda con mayor representación electoral, aun a punto de formar un gobierno de coalición, se tratan como enemigos. Sin embargo, lo que parece no es. Lo que es apunta a un planteamiento político conservador. Es decir, el mantenimiento de las bases del sistema económico y político, cuando no su perfeccionamiento.

Más allá de qué  partido pacte con cualquier otro, más allá de los aspavientos de los nostálgicos franquistas de unos o de las ínfulas reformistas de otros, deberíamos recordar lo que no es materia de discusión política en ningún partido. Intentemos llevar a cabo ese acto de extrañamiento del que hablé en la pasada entrada y preguntémonos qué hace, qué acata, de qué forma parte nuestro país en el mundo. Preguntémonos qué no se debate nunca, sobre qué hay consenso. Parece evidente que el centro político se ha desplazado a la derecha, y el sentido común gira en torno a valores, costumbres e instituciones que hace unas décadas habrían sido (o fueron) motivo de agrias discusiones en la esfera pública y de realineamiento de posiciones políticas.

Mientras tanto, nuestros/as novelistas escribiendo novelas en las que plasman sus batiburrillos íntimos y espirituales, sus tramas de acción o de detectives más o menos mal encarados, o sus triángulos sentimental-sexuales. Repetición, repetición y aburrimiento: la transgresión ha dejado paso a la pose malhumorada, y los propósitos revolucionarios se han convertido en lemas pretendidamente incorrectos en el perfil de Twitter. 

No digo que las novelas tengan que hablar siempre de nuestro precariado local y nacional de todo tipo, o de toda esa gente que vive en la pobreza sin apenas esperanzas de un futuro mejor. Es más bien una cuestión de enfoque y, sobre todo, de actitud. El esfuerzo del o de la novelista, del o de la artista, debería ir enfocado a sacar las cosas de quicio, a forzarnos al extrañamiento, a hamletizarnos y quijotizarnos un poco, un rato, al menos. En un mundo que premia, en cambio, la ripleización de las mentes y la concepción de cada uno de nosotros como mónada económica y egoísta echo de menos, en este sentido, un poco de preocupación social.





A este respecto, La fiesta del tedio, de Elisa Rodríguez Court, no nos va a suponer un bálsamo. La historia es sobre todo una recapitulación de la última fase, decadente y agónica, de una relación amorosa. Aunque a estas alturas la perspectiva de leer algo así suele provocarme sudores de todo tipo, reconozco que existe una tradición literaria en la que estos monólogos, o este yo que se dirige a un privado de palabra (aunque se inserten diálogos), han dado notables resultados literarios, como, por ejemplo, Cinco horas con Mario o Alexis o el tratado del inútil combate, sin ir más lejos. Seguro que a Vds. se les ocurren más ejemplos.


No es el caso de la obra que nos ocupa. Aunque Rodríguez Court lo intenta, y creo que podría afirmar que lo intenta con dignidad, es decir, trabajando la expresión y el tono, el resultado no consigue superar la barrera del asunto personal (real o imaginario), por bien escrito que esté, y metamorfosearlo en algo de interés para los/las lectores/as. No logra traspasar la burbuja de la anécdota ni conectar de un modo singular con las preocupaciones amorosas y existenciales que puedan suscitársenos. Aparte de eso, la autora, a mi pesar, no logra evitar su buena ración de frases hechas y pensamiento convencional, y algún error básico como escribir infringir por infligir (pág. 55).

La novela nos sitúa ya en un momento poslibidinal, más bien posliminal, en el que la autora rememora el declive amoroso, que se transustancia en una progresiva irritación respecto del hombre. Un progresivo cogerle coraje que, al situarlo desde el inicio, nos preguntamos a dónde va a parar. Me atrevo a sugerir que si la autora hubiese situado la acción (o el recuerdo) antes, habría podido expresar mejor ese tránsito del enamoramiento que lleva al amor o al hastío. O a cosas peores.

Entiendo que no es fácil abordar un asunto tan trillado y hollado como una relación de pareja heterosexual en declive. Sin embargo, en eso radica la originalidad del artista literario: más allá de su capacidad de escribir con una gramática más o menos pulida y un vocabulario amplio, debe ser capaz de proporcionar un enfoque, una mirada distinta que redunde en una ampliación de nuestro conocimiento. Me temo que Rodríguez Court no ha sido capaz de lograr esa alquimia, y salvo en alguna escena, en alguna frase, esta obra transita por lugares comunes, por despechos habituales y por incomprensiones ya digeridas. Además, es como si se empeñase, una y otra vez, en explicar en vez de, sencillamente, mostrar, lo que resulta en una escritura sobrecargada que termina resultando plomiza.


Las palabras terminan pasando factura. Parece difícil, cuando no imposible, identificar el momento en que se produce un cambio. Ya no reía de repente con la inocencia de antes y manifestaba con precaución mis opiniones. Mostrarse prudente supone correr determinados riesgos. Se echa mano de semitonos, que se estrellan de inmediato contra un mar de rocas ocultas. ¡Cuántos equívocos en ese trayecto que va de la propia boca a los oídos del otro! También cuántas mentiras. 
Dejé de expresarle ciertas impresiones porque no coincidían con las suyas. Dije, además, cosas que, lejos de corresponderse con la fidelidad de mis pensamientos, se concentraban en mi mirada a la defensiva y en la comisura de mis labios fruncidos. 
No podré trotar de nuevo alegre junto a él, pienso hoy en esta habitación blanca. La alegría quedó pronto atrás. Al frente esperaba el desencanto. (Págs. 24-25).

Discutimos aquel día hasta la medianoche. Nada más levantarme por la mañana enfilé a la cocina. Pensé que estaría desayunando. Busqué por todos los rincones y salí al jardín, donde tampoco se encontraba. Lo descubrí arrebujado entre las sábanas en el cuarto oscuro, abajo. ¿Qué te pasa? Disculpa si te hice daño, anoche. No pienso, en realidad, lo que te solté, dije. Me había desahogado, arremetiendo en su contra. Pues cuando te da por atacarme, se quejó, no conoces límites, desde luego. Él tenía razón, aunque a medias. Chico, te he pedido perdón, pero eres injusto si me echas a mí toda la culpa, protesté. Me sacaba de quicio su sarcasmo. Era un experto en controlar el tono en que me hablaba y su capacidad de contenerse no lo eximía ante mis ojos de sus comentarios mordaces. Vamos de paseo. Anda, vístete, dije, y le besé en la mejilla. No, no, me siento fatal. Tengo fiebre, dolor de estómago y diarrea, se justificó. (Págs. 38-39)


Hay que escribir con una cabeza fría y deliberada, dijo. Nuestra conversación giraba en torno a la creación literaria. No te imagino de ninguna manera, me lanzó, escribiendo una novela. Eres demasiado pasional. No sabrías contener tus impulsos tampoco en la escritura. Se debe escribir, continuó diciendo, con el corazón endurecido, en lugar de derramar su espuma sobre la página en blanco. Ya ves, añadió, yo he renunciado para siempre a la escritura, pero por otras razones. En la actualidad cualquiera se autoproclama escritor. ¿Te has fijado en la cantidad de escritores que surge hasta de debajo de las piedras? Además, se consideran a sí mismos de categoría. O todos son hoy escritores o ya no hay escritores. ¿Tú qué crees? Asentí en silencio con la cabeza y prosiguió su discurso. Pagan a una editorial mediocre una pasta gansa y a cambio se les publica sus libros, dijo. Huyo del mercadeo y detesto también la búsqueda de fama. Triunfa la banalidad. Difícil encontrar diamantes, que los hay, en medio de este basurero donde comen los cerdos. Perseguir el éxito es malograrse sin motivo, perderse del todo. La fama parece que se sacia como la sed. ¿No es verdad que la sed repite siempre la primera sed? Pues de eso se trata. Los escritores, los buenos escritores, deberían temer la popularidad si no desean ser derrotados por el triunfo. ¡Qué paradoja! (Págs. 52-53)


A mí, por lo demás, que tenga como telón de fondo la obra de Lispector o que hable de Magris, de Kundera o de Hofmannsthal no me sirve de nada, porque no es cuestión de la virtud de aquellos autores como de la falta de esta en La fiesta del tedio. Da la impresión de que el tono intelectual que pretende ser cardinal quizá no sea más que travestir la desilusión o el aburrimiento, tratados de modo que no podría calificar de original; un intento de trascender otra historia más de desamor que, literariamente, zozobra.

Me pregunto en estos casos no por qué Rodríguez Court quiso escribir la novela, sino por qué debería leerla yo. Esta cuestión se soslaya por muchos autores y autoras que no se preguntan qué novela les gustaría leer, convencidos/as de que su impulso de escribir se explicará por sí solo.



jueves, 18 de julio de 2019

'El Doble Oscuro', de María Teresa de Vega

He estado leyendo de asuntos que poco o tangencialmente tienen que ver con Literatura: aun siendo un estimulante cognitivo, pienso que no podemos pedirle que nos provea de todo conocimiento. Ni tampoco que nos aplaque de toda otra curiosidad. Como habrán podido ver en mi entrada anterior y en la del quince de junio, a este crítico (o reseñador o anotador de impresiones de lectura) no le basta con la ficción (aunque no toda literatura es ficción). En realidad, creo que la especialización tiene el peligro de convertirse en un nicho, que, como sabemos, suele ser bastante estrecho.

Además, de vez en cuando hay que alejarse, coger aire, tomar perspectiva, olvidarse de ciertas cosas y, así, ser más proclive al extrañamiento: esa capacidad de interrogarnos por lo que consideramos natural o de sentido común, ese preguntarnos por lo que pocos se preguntan y suele darse por sentado. Así, en tal estado, me pregunto si la literatura actual, y pienso en la española y en la canaria en concreto, proporciona sentido o explicación a los tiempos actuales, si hay alguna obra en la que se transfigure nuestro Zeitgeist, o si no existe nada más que la lamentable repetición de una fórmula. Quizá haya que esperar décadas para volver la mirada y encontrarla. Quizá sea este vacío artístico que experimento nada más ni nada menos que lo que resume nuestra época.

Es por ello por lo que me interno en otras dimensiones del saber, y estoy tentado de considerar, tras la lectura de obras magníficas de historia, antropología, sociología o filosofía, que nuestra literatura se rezaga, se pierde en laberintos de banalidad y ensimismamiento, que es más mercadería que nunca y que parece atrapada en unas arenas movedizas de las que resultará casi imposible salir.







El Doble Oscuro es una novela que muestra sin pudor sus defectos desde el principio, lo que hace casi imposible acabarla. En estos tiempos de pluriempleo y de diversidad de tareas, hasta se agradece. María Teresa de Vega pretende, al menos con esta obra, ser lírica, elitista, intertextualista y sabia. No tengo nada en contra de dichas aspiraciones. Sin embargo, creo que en lo único en lo que consigue descollar es en escribir una novela tan aburrida que se vuelve insoportable enseguida.

Podrían pensar en que me solazo en la crítica despiadada, que me divierte zaherir a las/los escritoras/es. Nada más lejos del placer que la tortura que me supone leer algo que me disgusta y luego reflexionar sobre las causas del displacer, literariamente hablando. Digamos que me apresto a la actividad crítica con la mejor de las intenciones, con la expectativa de encontrarme con algo que mine mi creciente escepticismo. Sin embargo, una y otra vez me sale al paso el descuido, el amateurismo (entendiendo por tal una reflexión sobre la propia obra, una falta de criba respecto del pensamiento), las ínfulas, la falta de percepción de lo que constituye una obra artística.

En el caso que nos ocupa, los diálogos son impostados, la alegorización resulta antigua, por no escribir rancia, la narración en las distintas voces resulta confusa, espectral. Los monólogos interiores no consiguen ni una pizca que desarrolle mi empatía o suscite mi curiosidad. La trama, que emerge aquí y allá no resulta más que una excusa para divagar sobre el mundillo literario, la literatura y lo que le venga en gana a la autora. Para qué escribir más.


Después de revisar exhaustivamente sus datos, Higo Pico creyó encontrar al pérfido Caco. Tal vez no había podido acallar sus prejuicios, pero le pareció el candidato perfecto. Era un escritor mal encarado, egocéntrico y despótico, a él le caía mal, eso tenía que confesarlo, siempre poniendo pegas a los otros escritores, en parte o a la totalidad. El típico mandarín en el grupo de sus amistades. Escritor bien considerado por la crítica y un sector de los lectores, y de otras personas que no lo habían leído, porque eso suele pasar. Se apuntan a ese autor para estar en la onda y presumir de conocimiento. (Pág. 23)



Quizá algún olor delatara esa relativa paz, como dicen que exhalan los cadáveres de algunos santos, pensó Ariadna. Tal vez ya olvidara tantas cosas... como un día se le ocurriría a ella misma. Rut le había dicho: ¿cómo es posible que un día nos olvidemos de lo traspasado de belleza, por ejemplo, cómo es posible que lo oculte el olvido, que lo cierre como una roca a la cueva de Polifemo? Dentro de la cueva hay riquezas: quesos, pieles, corderos. También murciélagos que zumban y encarnan las obsesiones. Pero ahora, en su caso, ningún astuto Ulises, vilmente atrapado dentro, saldrá afuera por más que intente engañar con la piel de cordero sobre los hombros. El olvido no forma parte de ninguna aventura heroica, de ninguna victoria sobre la humillación que nos constituye como especie. (Pág. 27)


Pasifae se levanta, se atusa una especie de guayabera y dice:-¿Alguien sabe a quién pertenecen estos versos que desde esa mañana obstaculizan el transcurrir de mi inquieto cerebro -sí, es verdad, tantas veces acusado de disperso y excéntrico- y lo impiden ocuparse de asuntos de más enjundia y actualidad? -. Se adelantó unos pasos y declamó briosa: 

En lo profundo del mar 
Suspiraba un morrocoyo, 
Etcétera 

-Me suena que es de algún chino -dijo Zorba-. Pero no de hoy, sino de ayer, de aquellos de los aleros y los del trinar de oropéndolas. No de los actuales chinos polucionantes. 
-Es agradable este poemita. Sumamente. Tiene algo de oración -dice Pasifae-. Yo, confieso, quise ser el amorcillo rosa de la tacita enana de Verlaine. 
-¿Profesas en el convento del 'Sacro Vate'? 
-¿Dije eso? Mmm, tal vez. 
-Cuando hacemos u oímos poesía, nos instalamos en otra manera de vivir y respirar -dijo Ariadna con su voz suave y mesurada. 
-Vale -adujo Pasifae-. Es un ritual un tanto grotesco. Me refiero a cuando se los lee en voz alta. Esa exaltación un tanto estúpida y sonrojante, esas subidas que parece que se abalanzan hacia el público con el verso en la cresta de una ola amenazante... Quiero leer muda. Enroscarme en un silencio bien embridado. 
-Hay opiniones para todos los gustos, mijita. ¿Quién te proclamó portavoz de todos los paladares? -respondió, agrio, Perseo. 
-Bien -arguyó Zorba-, lo importante es que esta Casa, como Casa de la Poesía y como librería, quiere permanecer en su ser, que es la característica principal de todo Ser. 
-Sí, eso es de Spinoza -apuntó Perseo. (Págs. 30-31)

Y, bueno, el tono general es así, hasta donde he llegado. De Vega se gusta y le gusta gustarse. Imagino que habrá disfrutado inyectando su bagaje vital y cultural en El Doble Oscuro. Percibo que, sin demasiado soterramiento, se lee una crítica a la sociedad tinerfeña, al mundillo literario de allí y todo eso. Además, pronto resulta evidente que De Vega tiene muchas lecturas y que se siente cómoda con el lenguaje. A ese respecto, nada he de decir. Es su ejercicio literario lo que me resulta ajeno: no percibo apenas nada que me ancle a esta novela, ningún motivo por el que pueda apreciarla. Así que la abandoné sin remordimientos en la página 62. 

Para una reseña mucho más extensa, y diametralmente opuesta en su valoración, como suele ser habitual por estos pagos, aquí. Otra, de nuestra apreciada Cecilia Domínguez Luis, con alusión al puzle literario incluida, aquí.