lunes, 10 de abril de 2023

'El epitafio de los perdedores', de Andrew Szepessy

Tras la etapa radiofónica, confieso que ando más ocioso, con más tiempo para leer y para darles vueltas a las cosas, que no solo consisten en la aniquilación de los dueños/as de perros ladradores. Por un lado, echo de menos la emoción del directo, como suele decirse, y la colaboración de los compañeros, así como la posibilidad, por fantasiosa que fuera, de que de un programa de crítica literaria y cultural de esas características como era Polillas al anochecer germinara algo más grande en el futuro, independientemente de la audiencia que tuviéramos: no solo quienes bajaban los archivos de audio, sino también quiénes lo oían en casa o en el coche... He descubierto a posteriori quiénes eran algunos/as de esos oidores/as, y ha sido sorprendente.

 En cualquier caso, supongo que mi planteamiento, un tanto polémico, que no quiere ser "escaparate del talento" ni nada parecido, sino crítico, solo puede ser viable en radios o televisiones, digamos, alternativas y que por su poca capacidad de influencia no importen a nadie lo bastante como para que llamen para pedir el cese del programa o la expulsión del responsable.

Y aun así...

Lo que sí me resulta evidente ahora es que a mayor implicación en la radio, menos tiempo y energía me quedaban para escribir reseñas en el blog. Y viceversa: ahora que no tengo la atención dividida, más tiempo y ganas dispongo para leer y escribir. Quien no se conforma es porque no quiere.

En otro orden de cosas: a raíz del último libro de poemas de Pedro Flores (no se preocupen, pronto se convertirá en el penúltimo, si no lo es ya), también, cómo no, premiado (porque el mundo comenzará a venirse abajo si Flores no recibe al menos un premio al año), salieron en prensa las habituales reseñas elogiosas en las que su objeto, como siempre, es materia inmaculada, pura, perfecta sin el menor átomo de corrupción, poemario-serafín que vuela con gracia infinita arrojando saetas de sabiduría hacia nuestras almas ansiosas de trascendencia.

Como ya conocen mi opinión sobre estas reseñas, añado nada más que considero importante éticamente que el reseñador o reseñadora, sea cual sea la valoración final, aclaren el vínculo que les une al escritor: en caso contrario, si después uno descubre que, efectivamente, disfrutan o padecen de algún tipo de relación más allá de la del reseñador/a que lee poesía, podría darnos por pensar que dicha reseña estaba sesgada desde el principio, ya sea por interés, ya por amistad o animosidad. Por ejemplo, que el escritor o la escritora cuya obra se reseña sea amigo íntimo, pareja sentimental, compañera de la misma editorial/asociación, jefa en el curro, contacto en Darknet, etc.; o bien, némesis vital, enemigo desde el colegio, persona ofendida gravemente por algo que dijera o hiciese, y lo que se les ocurra. El público tiene derecho a saberlo.

A veces, me parece, y creo que a algunos/as de Vds.  también se lo parece, que pido lo impensable. De verdad: sólo creo pedir lo justo.




El epitafio de los perdedores, de Andrew Szepessy (y, en la versión al castellano, de Esther Cruz Santaella) consiste, grosso modo, en 21 escenas del confinamiento en prisión del protagonista. La particularidad del asunto es que el libro (¿novela?) fue escrito sobre hechos ocurridos, según se lee al principio, "a mediados de la década de los 60", en una prisión de la República Popular de Hungría. A la sazón, en aquellas fechas, Hungría ya había pasado por su propia revolución antisoviética, había sido invadida por la URSS y seguía perteneciendo al Pacto de Varsovia (esta nota va dirigida al público lector joven, digamos nacido después de 2000, sólo por si acaso y no implica prejuicio).

Aunque jamás se devela la razón por la que el cronista se encuentra en aquella prisión, una de esas instituciones totales, cómo las denomina Erving Gofman, ni se nos proporcionan datos de sus circunstancias vitales, sabemos por alusiones que vivió (si no es que nació) en Inglaterra, en "el Occidente Capitalista". Para lo que nos interesa, el narrador cuenta sus experiencias en primera persona a lo largo de estos 21 capítulos, tanto sus reflexiones sobre acerca del modo en que afrontó ese periodo como los personajes, más o menos pintorescos, más o menos entrañables o sabios, con los que compartió presidio.

Ignorante este que les escribe de las vicisitudes de cualquier tipo de cárcel o encierro, uno no puede por menos de pensar si las circunstancias del encierro del protagonista-narrador se han idealizado, a pesar de alguna alusión a la violencia física de los guardias. Lo que más se pone de relieve es la inconsistencia de la propaganda comunista en relación con la vida de las personas, en general, y de los presos, en particular, así como el absurdo en que incurre, una y otra vez, la justicia socialista húngara, que nos tienta (no cae en esa tentación el narrador) para que le apliquemos, con razón, el sobado adjetivo de kafkiano. También, y quizá sobre todo, el aburrimiento, el tedio, que induce a que cualquier novedad sea saboreada y recreada con una intensidad inusitada.

Así y todo, la novela, por llamarla así, ofrece grandes momentos de intensidad narrativa, con una prosa eficiente, con brillantes metáforas o símiles que muestran, por momentos, a un escritor más que notable. Asimismo, hay descripciones, como la escena del girasol, que son bellas en grado sumo. También, como señalé, los personajes que ofrece a la vista del público lector es variopinta, y cada uno de ellos ofrece algo valioso que nos induce a meditar sobre el sentido de la vida y de la libertad y de la capacidad de resistencia ante situaciones adversas.


Era alto, un poco más de la media, delgado, sumamente bien proporcionado y estaba hecho un pimpollo. Tenía una tez clara e impecable, con ese tono cálido del albaricoque suele ser resultado de una vida entera pasada al aire libre. Lucía unos ojos azules danzantes y una mata espléndida de pelo blanco que encajaba tan bien en la bonita forma de su cabeza que siempre le resultaba favorecedora, daba igual lo sucia, despeinada o mal cortada que estuviese. Fuera, eso debía representar un auténtico golpe bajo para más de un joven varón que quisiera impresionar a un posible ligue con sus bucles modernos. Allí dentro, a todos nos flipaba ver cómo la melena natural de Mihály superaba la astucia incluso del más diabólico de los barberos de la cárcel. 

No importaba lo salvajemente que le asaltaran el pelo: la cabeza de Mihály siempre parecía como pintada; si le hacían trasquilones aquí y allá con una brutalidad arbitraria, el viejo acababa siendo el epítome de un peluquero de vanguardia; si le cortaban la cabellera, salía pareciendo el modelo de una masculinidad rapada; si pasaban de él, se convertía en el apogeo del tupido encanto bohemio. Su inmunidad al corte de pelo institucional nos permitía a todos echarnos más de unas risas (Pág. 42)


Karesz era un muchacho de campo que había aprendido a manejar buldóceres en el Ejército y se había superado a sí mismo al regresar a la vida civil y conseguir trabajo construyendo carreteras y derribando edificios. Tenía treinta y tantos años y era fuerte y fibroso, con las manos ásperas, poderosas y callosas de quien hace un trabajo manual duro y con los pómulos anchos y pronunciados de quien lleva la sangre de muchas generaciones de campesinos magiares.

Su familia, pese a que había trabajado la tierra durante siglos, nunca había sido propietaria de ningún terreno. Un pasado así se consideraba muy próximo al ideal en la Dictadura del Proletariado. Por tanto, Karesz había vivido, sin duda, mejor bajo el Comunismo o el Imperialismo Soviético, o como quiera que al final terminara llamándose, que bajo ningún otro régimen anterior.

Pese a que su pedigrí fuese el ideal, era evidente que su personalidad dejaba bastante que desear. Por naturaleza, tendía a dejar que fueran los demás quienes se preocupasen de abstracciones como el Socialismo Internacional, la Dialéctica Marxista, el Marxismo-Leninismo, la Inevitabilidad Histórica, el Glorioso Ejemplo de la Unión Soviética y demás. El prefería ponerse a hacer el trabajo que tuviese entre manos. Eso lo convertía en un buen ejemplo de Hombre de Clase Obrera, pero también lo dejaba en el último peldaño de la escalera del Partido; posición no carente de ventajas, claro, dado que le garantizaba una vida que, aun estando repleta de trabajo, por suerte, estaba al mismo tiempo exenta de incidentes y razonablemente libre de competidores envidiosos (Pág. 86)

 

Allí, alzándose sobre el follaje y las rocas, estaba el girasol más gigante que yo hubiese visto nunca. Su poderoso tallo subía y subía hasta que la cabeza sobrepasaba incluso el alto muro exterior de la prisión que tenía detrás. Su rostro colosal y amarillo relucía sobre la dolorosa claridad del cielo más azul de la más hermosa de las hermosas mañanas de verano. 

Peter presionaba suavemente hacia abajo. Yo empujaba con terquedad hacia arriba. Incapaz de mover un solo párpado entre ambos, los dos nos quedamos mirando la espléndida inmensidad del girasol. El guarda estaba fuera de nuestra vista y de nuestra mente. Pese a todas las ventajas de su rango, aquel pobre diablo nunca habría podido entender en lo más mínimo lo que estábamos haciendo nosotros en aquel momento. Ni aunque la rueda de la fortuna girase alguna vez lo bastante para permitirle ver el mundo desde nuestro punto de vista. Y es que ¿dónde iba a estar para entonces aquel girasol, el más precioso de todos los girasoles? 

Mientras tanto, sorbimos la vista de aquella flor celestial como colibríes que extraen néctar. Qué enorme, qué amarillo. Qué alto en mitad del cielo. Qué claro con el fondo azul. El más amarillo de los amarillos bañados por el sol. Rebosante de flores botón de oro, maizales y señoritas de extremidades morenas que apilaban heno secado al sol. Repleto de albaricoques casi maduros, maíz erquido y caballos relucientes, castaños, negros y alazanes. Saludándonos con las bendiciones del verano, el terreno fértil y la tierra inocente. (Pág. 209)

 

Los diálogos, además, están bien construidos, contribuyendo a perfilar a los personajes. Normalmente, a base de frases cortas, atinadas, nunca banales, con tomas y dacas dinámicos. Un arte este el de escribir diálogos que es más complicado de lo que parece.

Así pues, a pesar de un estilo engañosamente simple, la prosa de Szepessy en El epitafio de los perdedores no carece de hondura, precisamente, y las reflexiones de los personajes-convictos están muy lejos de ser majaderías o autoafirmación de masculinidad anabolizada como solemos ver en las películas norteamericanas o en cierta literatura negra, impregnada siempre de violencia explícita. Los vínculos de la camaradería, de la comprensión del sufrimiento de los compañeros de fatigas de esa prisión húngara, de la valoración por algunos personajes del momento vital que supone, a pesar de todo, la posibilidad de poner en orden sus pensamientos y su papel en este mundo no son irrelevantes para un/a lector/a de esta época en los que los fantasmas autoritarios tienen otro signo y otras excusas.

En definitiva, un libro recomendable, con momentos de intenso lirismo o de emoción, aderezados aquí y allá por acertados toques de humor, a pesar del sombrío contexto carcelario.


lunes, 3 de abril de 2023

'Vivir abajo', de Gustavo Faverón Patriau

La semana pasada, Samuel Rodríguez nos alegró el día en Facebook a cuenta de la presentación de la reedición de una biografía del fallecido poeta Leopoldo María Panero (El contorno del abismo, de Benito Fernández). Según cuenta Samuel, de repente, un asistente entre el público intervino a voz en grito, reprochando al Sr. Fernández la omisión de la importancia que tuvo él (esta persona del público) en la vida de Panero durante los dos últimos años. Acto seguido, se dirigió a él fuera de sí con la intención de agredirlo. Varias personas, empero, estorbaron su propósito y finalmente lograron expulsarlo del lugar. 

Entiéndanme bien: mi alegría no se suscitó por el deplorable intento de agresión por un sujeto que atravesaría algún momento de desquiciamiento. Nada más lejos de mi sentido moral. Más bien, mi gozo en abstracto venía motivado porque había ocurrido algo. Por el recuerdo de ya lejanas presentaciones en librerías, bibliotecas o cosas así, o las más recientes de la Feria del Libro, me siento inclinado a afirmar que no hay presentación buena de libros si no surgen disrupciones y trastornos en ella. Esto tampoco quiere decir que avale yo la intención de esas personas que acuden a este tipo de actos (o a cualquier asamblea o reunión, desde la de comunidad de vecinos hasta la de un partido político) no para preguntar, informarse o proponer sino para hablar de sí mismos hasta el asco y el hastío de las demás personas, tomadas como rehenes, ("No quería hacer una pregunta, sino un comentario...") o, como en la anécdota de Panero, para ejercer la violencia física o verbal o ensayar el abucheo.

Tal y como me las imagino, estas presentaciones mejorarían mucho, servirían para algo, si se planteara algún tipo de polémica o interrogante; que hubiese, digámoslo así, picante intelectual, algún forma de crisis. Por lo general, no sé si estarán de acuerdo, estas reuniones promocionales suelen caracterizarse, con las puntuales excepciones, por los casi infinitos matices de lo plúmbeo y de lo empalagoso, de lo banal y de lo pretencioso. No hay paseo más tranquilo que el que conduce a los lugares comunes. Es evidente, creo yo, que habría que establecer normas de cortesía en la discusión, en el diálogo, para evitar que alguien incurra en el boicoteo señalado en el párrafo anterior. Supongo que no es tan sencillo como parece.

Muchas veces, aclaro, la culpa no es del escritor o escritora que, ya ufanos, ya resignadas, deben velar por la promoción de su obra, que tanto trabajo les ha costado, sino de la persona encargada de presentar a las anteriores. Hay auténticos especialistas del arte de no decir nada y que, en demasiadas ocasiones, lo digo ya, son los mismos almibarados reseñadores que tanto he criticado en este blog. Llámenlo casualidad, llámenlo destino, llámenlo X. Llámenlo tal vez, mundillo literario rancio. 

Tampoco me olvido de Vds., público asiduo a esos eventos, a esas puestas de largo: reconozcan que van condicionados al asentimiento, que son un público predispuesto a la sonrisa, al aplauso, a la empatía contra toda crítica. Público, casi siempre, sumiso y conforme que tampoco se merece nada original porque de él tampoco surge nada que incite a ello. No son capaces de sacar lo mejor del artista que tienen delante, que posiblemente tampoco los tenga en gran aprecio. Al final, son dos expectativas rutinariamente satisfechas que dejan a todos y todas igual que antes de la experiencia. Prefiero un estanque turbado por las ondas que producen las ranas y los insectos que por ahí pululan o por las piedras saltarinas que arrojamos que otro plácido, quieto, sereno: servil espejo del cielo.

Por eso, todas aquellas personas a las que, al parecer, se invitó a la presentación del libro sobre Panero, confirmaron su asistencia y, al final, les surgieron mejores cosas que hacer perdieron la oportunidad de asistir a un evento, a fin de cuentas, emocionante. Me ha dado por pensar que los/as mismos/as ciudadanos/as de la República de las letras que acuden a la presentación más banal, más institucional o más pintoresca del autor amigo/conocido/conocido del conocido, etc. no son capaces de soportar los libros de autores/as realmente importantes, verdaderamente significativos y cuya obra forma parte de la historia de la literatura que perdurará. Quizá no sea paradoja, ni mucho menos, sino mezquindad,  que de eso sabemos mucho en esta tierra.

Tras lo anterior y consiguiente epatamiento de Vds., público lector, pasemos a la novela de hoy: Vivir abajo, de Gustavo Faverón Patriau, publicada por Candaya.

Para mí, al menos, es mucho más difícil explicar por qué una novela me parece magnífica que una llena de defectos. Es curioso, los autores y los fans-hardcore parecen pensar al revés, y siempre piden explicaciones al reseñador cuando a este una novela le parece deplorable, pero nunca cuando la considera fantástica y a su autor/a un maestro, etc. Es más, hay reseñadores que aseguran que cuando se hable de tal o cual escritor sobran las reseñas y debemos salir corriendo, cualesquiera que sea la indumentaria que vista uno en ese momento de revelación pabliana, a adquirirla en la librería más próxima.

Vivir abajo me ha parecido, sencillamente, una novela sensacional. Una novela en la que se comprueba el dominio del arte de narrar, que hurta al lector el descanso cognitivo que proporciona la previsibilidad de la trama y las acciones de los personajes y lo hace asomarse al abismo. Efectivamente, el abismo de esta ficción le devuelve la mirada a uno.

 La historia gira en torno a la reconstrucción biográfica del personaje principal, George Bennet hijo a cargo de un mero conocido, periodista por más señas que, a raíz de la muerte de un hombre, se obsesiona con él. No obstante, a lo largo de la novela se intercalarán otros puntos de vista, otras miradas, otros ángulos desde los cuales espiaremos las motivaciones, angustias y resoluciones de George, que desde su Norteamérica natal emprenderá un viaje al sur del continente, cuyo objetivo iremos descubriendo poco a poco.

Un mosaico de personajes cómicos, trágicos, risibles, amenazadores, sombríos o esperpénticos aparecerán como hitos de una geografía y una historia hispanoamericanas acuchilladas por los regímenes dictatoriales y el consiguiente aparato represivo y torturador, cuando no asesino. Aparato metódico y sistemático que en la novela se desarrolla sobre todo en Paraguay, Bolivia, Perú y Chile y su irradiación desde los Estados Unidos y que se remonta al menos tras la II Guerra Mundial, con el comienzo de la Guerra Fría.

 Es una historia en absoluto panfletaria, más bien de tono detectivesco, también de documental, que sabe demorarse en las situaciones, trágicas y terribles, y en los personajes, profundamente humanizados (algunos, verosímiles en su inverosimilitud), sin duda, pero, sobre todo descansa en un uso del lenguaje que me parece sobresaliente, que conforma el estilo de un autor único, y en un semillero de alusiones y citas tan bien encajadas que jamás sospecharíamos pedantería sino erudición literaria y filosófica. De hecho, podríamos sacar una bibliografía extensa de los autores, obras y alusiones presentes en las 653 páginas de la novela. El estilo se caracteriza por párrafos extensos, disgusto por el punto y aparte, ejercicio de la hipotaxis, enumeraciones atinadas: una prosa en la que aprecio precisión y regodeo, exactitud y complejidad al mismo tiempo.


Yo solamente soñaba los jueves y durante nueve semanas seguidas todos mis sueños fueron sobre las novelas incesantes, cada jueves una novela distinta. Eran sueños raros porque en ellos una voz, que era mi voz, hablaba como un crítico literario posmoderno. También eran raros porque no los soñaba dormida, sino despierta y caminando por las rotondas de piedra y entre los mausoleos y las tumbas del cementerio. El primer jueves la voz habló sobre la novela del bibliotecario que vive en una isla frente a Valparaíso. Dijo (la voz) que detectaba en la novela la influencia de Bioy Casares y de La Eva futura de Auguste Villiers de l'Isle -Adam, cosa natural, dijo, por que La Eva futura es una de las fuentes de Bioy. También dijo que parecía un libro argentino ("Trasunta argentinidad", dijo, o quizás dijo: "Tiene un Zeitgeist o un je ne sais quoi rioplatense") pero que un escritor argentino jamás escribiría sobre Chile, de modo que quedaba descartada la posibilidad de que fuera argentino. Más factible era que se tratara de un chileno argentinizado, es decir, un chileno que deviene argentino, o de un uruguayo de pathos bondadoso y psique deteriorada, o sea, cualquier escritor argentino. (Pág. 123)

 

De pronto la perdió de vista. Aguzó la mirada y fue como si hubiera aguzado las orejas, porque no vio nada pero escuchó pasos (crujidos) y palabras (gruñidos) y entonces ya fue tarde para volver al carro porque la sombra, que ya no era una silueta sino una sombra, porque ya no era un contorno sino un cuerpo opaco, se encontraba demasiado cerca y además porque no era la sombra de un hombre sino la sombra de un oso, lo cual resultaba preocupante, sobre todo porque el carro estaba a unos ¿ocho, diez metros detrás de George?, mientras que el oso estaba justo en frente de él, a ¿dos, tres metros?, de manera que si George intentaba volver al carro la cosa se iba a poner peluda, siguiendo el ejemplo de la sombra, que se había puesto peluda en un santiamén. En ese estado de la cuestión, George se preguntó, como Lenin, qué hacer. Miró al oso un rato y tuvo la impresión de que el oso lo miraba a él y que ambos guardaban una similar actitud, digamos, ajedrecística, de observación cautelosa y pánico tras bambalinas, es decir, de la cara hacia atrás. George recordó que, para encuentros de esa naturaleza, la recomendación popular es alzar las manos como un cajero asaltado en una agencia bancaria, para lucir más alto que el animal. Vio que al subir las manos era, en efecto, quizás un par de pulgadas más alto que el oso pero también se dijo que el presente oso no caería nunca en una trampa tan tonta y bajó las manos ipso facto. El oso sonrió. Alzó las manos y las bajó ipso facto (el oso) y después miró hacia el norte y hacia el noreste y luego en dirección al sudeste y George creyó percibir que el animal estaba perdido en el bosque y le preguntó: 

-¿Quieres ir a alguna parte? -señalándole el carro. (Pág. 206) 


Una vez, dice Orpo, llegó a la cárcel un estudiante universitario. Nadie sabía de qué estaba acusado. En verdad no estaba acusado de nada. Había formado parte de una protesta laboral cualquiera, ni siquiera eso, estaba implicado en el planeamiento de una protesta en contra de algo, no sabíamos qué. No teníamos nada que preguntarle, él no tenía nada que esconder. Sonreía durante los primeros interrogatorios, el primer día, el segundo. Recuperaba la conciencia y sonreía. Al tercer día Egon Schiele me pidió que le preguntara al chico cualquier cosa al azar. Imagínate que es un activista de la oposición y que tiene lazos con el comunismo internacional, lazos con Moscú, dijo Egon Schiele. Yo pensé un rato y le pregunté al muchacho dónde estaba Ulianov. El muchacho me miró sorprendido, no sabía de qué hablaba. Todos nos miramos con placer y con humor. La pregunta era absurda: trabajamos sobre ella. Egon Schiele se ocultó detrás del biombo, nosotros seguimos interrogando al muchacho. Si no recuerdo mal, le clavamos agujas bajo las uñas, usamos las picanas argentinas y el procedimiento del teléfono, ya después te contaré qué es eso. Hicimos todo sin saber para qué, lo atormentamos por horas, después le pregunté nuevamente por Ulianov. El chico dijo que nunca había escuchado ese nombre. Lo seguimos trabajando y le volvimos a preguntar y entonces dijo que sí, que sí sabía quién era Ulianov. Le pregunté quién era y en qué contexto lo conocía. Dijo que Ulianov era el nombre en clave de un agente boliviano, el alias de un doble agente boliviano, un espía boliviano o ruso que venía de Bolivia, o algo así. Le pregunté cómo había conocido a Ulianov. Dijo que no lo conocía en persona. Egon Schiele regresó de atrás del biombo horas más tarde. El estudiante parecía un escarabajo rojo sobre una sábana blanca. Egon Schiele le recitó un poema y le cogió el sexo con ambas manos y después se fue y nosotros seguimos con lo mismo. Después Egon Schiele volvió y otra vez le cogió el sexo al muchacho, y empezó a masturbarlo, y después de eyacular el muchacho dijo que en verdad sí conocía a Ulianov. Dijo que Ulianov se llamaba Luis Novia y que no era boliviano, sino paraguayo, pero que estaba medio loco y decía ser un famoso poeta boliviano. (Págs. 324-325)


(...) ¿Cómo te llamas?, pregunta George. Me llamo Atanasio Fuentes, dice el guitarrista. Me dicen el Murciélago o el Hombre Murciélago, a veces Batman, por el tatuaje, se abre la casaca. Pero me llamo Atanasio Fuentes. Lo que pasa es que Atanasio Fuentes no es nombre de rockero, sonríe, más parece nombre de escritor costumbrista, refunfuña, por eso me puse Chuck Atanasio, abre la boca, como homenaje a un gran guitarrista, mueve los dedos. ¿Chuck Atanasio?, pregunta George. Ya te dije que ese es el nombre que me puse, repite el Murciélago. Me lo puse en honor de mi héroe, abre los ojos, un famoso guitarrista americano, mira al techo, alza las manos. George cada vez entiende menos pero entonces el Murciélago le dice me puse Chuck Atanasio en homenaje a Chuck Berry. Me iba a poner Chuck Fuentes, guiña un ojo, pero eso suena más como a pandillero californiano o a coyote del desierto de Arizona o a jefe distrital del Partido republicano en algún suburbio de Miami, se rasca la barriga, así que me puse Chuck Atanasio, por Chuck Berry, que es mi guitarrista favorito, se muerde los labios, porque en sus canciones todo es guitarra pero no parece que hubiera una guitarra, lo que uno escucha es como el roce de un rayo de luz que toca la superficie de un planeta en un solo punto y, sin embargo, con ese solo roce, saca al planeta de su órbita y lo deja danzando en el éter, en el éter errante, vagabundo: vagaroso en el éter va el planeta. Así suena la guitarra de Chuck Berry, como la luna entre los árboles, como una estrella fugaz, como una aurora boreal, como el aleteo de un arcángel. (Págs.449-450)


También podría escribir que la novela va de vidas devastadas, de cuerpos torturados, de psiques deterioradas y enfermas, de inteligencias demasiado agudas, de planes demasiado perfectos y del universo, que si para algo conspira es para hacernos desgraciados e infelices, si no torturados en alguna cárcel subterránea, arrojados desde un avión militar o arrojados a la cuneta con un tiro en la cabeza, enterrados como basura en cualquier fosa común, escombros de humanidad.

También, repito, el autor hila una trama en la que las andanzas del personaje central se mezclan con la de los otros personajes que pueblan la novela. Personajes necesarios, podríamos decir, que cambian cada uno a su modo la perspectiva de George sobre el mundo y sobre sí mismo, que deslizan consciente o inconscientemente conceptos en su mente y que le impulsan a tomar determinadas decisiones. En cierta manera, también es Vivir abajo una novela de formación, una bildungsroman a ratos trágica, a ratos atrabiliaria, a ratos cómica, a pesar de todo.

La novela, con ese telón de fondo de meticulosa inhumanidad no puede sino volverse cada ve más oscura y fatídica, aunque al final hay una suerte de reconciliación que no deja de parecer frágil y provisional. Recordando lo que uno, miembro de la clase media española y canaria, feliz en su anonimato político y social, ha leído sobre los muertos y represaliados de la Guerra Civil, de los torturados y asesinados de Argentina, de Chile, de Brasil, de Paraguay, de México, de todos estos países africanos, de Malasia y la matanza de los comunistas en los años 60, de Camboya y los jemeres rojos, y de los hutus y tutsis, y de tantos países, y de tantos regímenes, de tanto genocidio y de tanta masacre, una lista que se hace interminable e inabarcable, que sigue siendo interminable e inabarcable, que tiene trazas de no acabar nunca, uno, repito, no puede evitar pensar que tal vez, como señala un personaje: "La mitad de la historia de América Latina, la mitad de la historia de América, no existirían si no existiera la presión de hablar bajo castigo, la mitad de la historia del mundo". 

Una reflexión desesperanzadora, una perspectiva pavorosa.

jueves, 23 de marzo de 2023

'Los árboles', de Percival Everett

Cualquiera, digamos que artista para lo que nos concierne, podría sentirse tentado de recibir un premio de una institución pública con la excusa de que, como su dirección está a cargo de políticos, que, a su vez, han resultado elegidos en unas elecciones democráticas, la misma institución representa, aun indirectamente, a la ciudadanía. Así, el/la artista que recibe el galardón podría pensar, quizá con algo de mala conciencia y calculando los beneficios, que el premio se lo concede aquella.

No obstante, hay que ser un poco ingenuo para creer en esa transferencia casi mística de voluntades, en tal suerte de sucesivas reencarnaciones. Una vez elegidas, y hablamos aquí sólo de las personas a cargo de las instituciones culturales o de las que se relacionen aunque sea episódicamente con el mundillo artístico-cultural, hacen y deshacen según su santo parecer, y rara vez, si es que alguna, consultan a la ciudadanía sobre futuras decisiones. El concepto de política cultural democrática les resulta ajeno, y si no lo fuera, es probable que les repugnara.

De aquí, que si a nuestro/a artista le comunican que ha recibido un premio, honor o distinción, debería plantearse la posibilidad de que en vez de recibir un reconocimiento ciudadano en realidad va a ser uno político-partidista, y también sospechar que quizá el premio no le premia a él, sino a la institución que se lo concede o, peor aún, al partido o al político al frente de ella: una manera de recibir publicidad o promoción mediante el prestigio del premiado/a. Ejemplos, mil, ¿verdad? Claro que el/la artista puede pensar que le importa un comino todo lo anterior y lo que quiere es la pasta y la posible sinecura, provenga de donde provenga el trofeo, la condecoración y el cheque a su nombre.

Por tanto, y mientras no vivamos en una democracia no solo representativa, sino imperfectamente representativa, y mientras no vivamos en una sociedad mucho más justa e igualitaria que la actual, sin sus agudas desigualdades, estoy convencido de que el deber de un/a artista que pretenda ser algo más que "productor de contenidos" y aspirar a algo más que el agasajo mediático es rechazar todo honor o premio institucional público, como muestra y recordatorio, como reproche, de que no hacemos todo lo posible por nuestros semejantes. Por no hablar de los galardones de las instituciones o fundaciones privadas más conspicuas, sobre todo cuando están patrocinadas o sufragadas por entidades de las que abominamos a diario. Lo propongo como ideal normativo, claro está, que sé que es de casi imposible cumplimiento: cada uno/a tiene sus propias necesidades y angustias; económicas, sin ir más lejos.

Lo que me resulta intolerable, en definitiva, es ver a estos/as artistas recibir este o aquel premio como si fueran cachorros jadeantes a la vista de la galleta. A veces, resulta profundamente entristecedor contemplar sus expresiones de alegría, el brillo lacrimoso, la sonrisa sardónica, como si solo entonces hubiesen alcanzado algún tipo de Parnaso, el definitivo hito en su carrera, la confirmación final de su talento. Después, serán capaces de conceder entrevistas hablando, sin rubor, de su compromiso crítico con la sociedad, su solidaridad con los más desfavorecidos, etc., o de ejercer de intelectual desde la columna de un periódico o de tertuliano en una emisora. Lo que tampoco es óbice para que desprecien a "las masas", "la pérdida de valores" o cosas semejantes: "Y qué me dicen", bramarán estos artistas devenidos en intelectuales, "del totalitarismo woke", etc.

Casi prefiero a los más cínicos/as, que se limitan a mascullar: "El mundo es así" y no nos espetan jeremiadas insensatas e hipócritas.




Los árboles, de Percival Everett (y traducida por Javier Calvo) es una novela engañosa. No porque sostenga mentiras o algo así, sino que el inicial tono ligero y humorístico va dejando paso, aun sin desvanecerse del todo, a una narración de los abusos y asesinatos raciales en el sur de los Estados Unidos durante más de un siglo. Esa excavación histórica, tal despliegue genealógico del racismo visceral de ese país se concreta y desarrolla a partir de la llegada de unos policías encargados de la investigación de varios asesinatos (acompañados de elementos sorprendentes) en el pueblo de Money, Mississippi.

Esa aparente ligereza (predominio de los diálogos, ágiles, a menudo con una sola oración, ausencia de descripciones, protagonistas pintorescos, frases cortas en los párrafos tampoco extensos, y capítulos de pocas páginas, a veces, una o dos) evita, por un lado, que la narración en tercera persona se convierta en un mero tópico de denuncia antirracista. Por otro, logra que el lector, que podría sentirse remiso a afrontar este tipo de asuntos, se implique con una trama que resulta, a medida que se avance en la lectura, cada vez más oscura. Asimismo, con esa facilidad va inserta un veneno que solo se experimenta después, con el libro ya abandonado sobre la mesa. Una pastilla dulce que se devela como amarga una vez ingerida.

No obstante, y a pesar de los méritos que para mí sin duda los tiene, me quedo con la molesta sensación de que el desenlace de la trama o la solución escogida por el novelista para concluir (si se puede aplicar este verbo) la obra me resulta insatisfactoria para un asunto cuya gravedad, progresivamente, se ha ido incrementando como la oscuridad de un eclipse social que amenaza con no marcharse jamás.

Como dice el nunca excesivamente agudo (perdonen la construcción sintáctica) Emilio González Déniz, resulta fácil achacarle defectos a cualquier obra. Creo ver allí esa perspectiva popular, siempre errada, de considerar sagrada la obra (literaria, artística) ya canonizada, como, por ejemplo, El Quijote, cuando hasta grandes críticos y admiradores y estudiosos no dudan en señalar sus errores y defectos (véase, por ejemplo, El escritor que compró su propio libro, de Juan Carlos Rodríguez). También, esa idea del autor como genio, o geniecillo, dedicado a una hercúlea, noble, casi divina, misión, la de escribir, por lo cual el respeto debido consiste, al parecer, en no hacer crítica de su obra. No obstante, si eso no forma parte también de la tarea, del deber del crítico/reseñador/recensor/comentarista literario, no sé qué lo será.


-Mierda. Si hay algo que odio, son los asesinatos -dijo el sheriff Red Jetty-. Te pueden estropear el día entero. 

-¿Porque son un desperdicio de vidas? -le preguntó el forense, el reverendo Cad Fondle. Acababa de declarar muertos a Junior Junior y al cadáver negro sin identificar sin siquiera tocarlos. 

-No, es porque son un marrón. 

-Dejan mucha sangre -dijo Fondle. 

-La sangre me importa un cuerno. El problema es el puñetero papeleo. -Jetty señaló el suelo-. ¿Qué vas a hacer con las pelotas de Milam? 

-Dile a tus hombres que las guarden en una bolsa. No le veo demasiada utilidad a volver a cosérselas. Pero lo puede decidir el tipo de la funeraria junto con la familia. 

El sheriff Jetty se agachó, con cuidado de no apoyar la rodilla en el suelo; examinó el cadáver negro y le ladeó la cabeza. 

-¿Qué ves, Red? -preguntó Fondle. 

-¿No te suena de algo? 

-No le puedo ver la cara. Tiene demasiadas lesiones. Además, a mí me parecen todos iguales. (Pág. 24)


 Ed y Jim entraron en la comisaría mal iluminada. Los recibió una mujer alta y de hombros estrechos que llevaba unas gafas de ojo de gato sujetas con cadenilla. 

-¿Los puedo ayudar en algo? -les preguntó. 

-Venimos a ver al sheriff Jetty -dijo Jim. 

-Voy a ver si está. -Caminó hasta la puerta abierta de la oficina del sheriff y dijo-: Han venido dos hombres a verte. ¿Estás? 

-Pues supongo que ahora tengo que estar, ¿no? -dijo Jetty. Se asomó por la puerta. Se quedó un momento sorprendido por el aspecto de los hombres, pero se recuperó enseguida-. ¿Venís de Hattiesburg? 

-Soy el detective especial Jim Davis y éste es el detective especial Ed Morgan. Somos del MBI. 

-Detectives especiales -repitió Jetty. 

-Y no es sólo porque seamos negros -dijo Jim-. Aunque es una de las razones. 

Aquello descolocó a Jetty. La recepcionista, que se llamaba realmente y de nacimiento Hattie Berg, soltó una risilla brusca. (Págs.45-46)

 

Siguieron a Mama Z por un pasillo corto con las paredes cubiertas de fotos familiares hasta otra habitación. Había archivadores de altura media por todas las paredes y otros más bajos debajo de la única ventana. 

-¿Qué es esto? -preguntó Ed. 

-Los archivos -dijo Mama Z-. Son los archivos. Cuéntaselo, niña -le dijo a Gertrude. 

-Es casi todo lo que se ha escrito sobre todos los lichamientos perpetrados en los Estados Unidos de América desde 1913, el año en que nació Mama Z. 

-Un momento, dijo Jim-. Eso quiere decir que tiene usted... 

-Ciento cinco años, dijo ella. 

-¿Todos los linchamientos? -preguntó Ed. 

-Pocos faltarán -dijo Mama Z-. Antes me dedicaba a recorrerme todas las bibliotecas del estado y a leerme todos los periódicos. Ahora uso Internet. Debéis saber que yo considero linchamiento a las muertes por disparos de la policía. Sin ánimo de ofender. 

-No nos ofendemos -dijo Jim. 

-¿Por qué hace esto? -preguntó Ed. 

-Porque alguien tiene que hacerlo. Cuando me muera y se conozca este sitio, confío en que se convierta en un monumento a los muertos. 

A Gertrude se le llenaron los ojos de lágrimas. 

Jim Davis y Ed Morgan, que lo habían visto casi todo, habían disparado a gente y habían recibido disparos, habían visto muerte y dolor y habían matado en acto de servicio, se quedaron callados. Permanecieron allí de pie mirando la faz gris de los archivadores. Jim contó mentalmente. Había veintitrés. Los cajones se parecían a los de una morgue. (Págs. 124-125)


Volviendo a Los árboles, es de reseñar que cuenta con personajes carismáticos, en especial la pareja de policías inicial más una tercera investigadora, que se sumará con posterioridad, y que parecen de vuelta de todo. También, como contraparte, los personajes sureños blancos (por hablar a la manera anglosajona: esa teoría, esa manera de ver el mundo que es el de la gota de sangre), esa white trash o red necks tan citados últimamente, resultan convincentes, aunque, tal vez, demasiado estúpidos (es posible que la labor de la traducción resultara problemática: es decir, más de lo normal). En los últimos capítulos, todo hay que decirlo, aparecen de forma súbita nuevos personajes, sin demasiado peso, lo que resulta por momentos un tanto confuso y distrae la atención: otros puntos de tensión añadidos a los iniciales, tanto topográficos como étnicos, no favorecen, en este caso, la coherencia ni el clímax de la novela.

Todo esto hace que a esta obra, en mi opinión, aun siendo interesante, a ratos conmovedora y, repito, muy amena, le falte un punto de cocción, un poco de paciencia para que hubiera resultado más espesa, más contundente y con mayor cuajo. Esto es como todo: lo que se añade por un lado a veces se detrae de otro.

Para terminar, y por lo escrito anteriormente, se deduce que Los árboles es una novela política y social, de denuncia, aunque no nos demos demasiado cuenta al principio por su hábil camuflaje. Puede ocurrir incluso que los lectores y lectoras no norteamericanos/as no se den por aludidos/as y no se planteen otra cosa que una lectura detectivesca, divertida, amena y con un final un tanto mágico-rocambolesco. 

En cualquier caso, una novela recomendable.


P.D. Una reseña anglosajona, aquí.

jueves, 16 de marzo de 2023

'La ciénaga definitiva', de Giorgio Manganelli

A veces, me quejo un poco (en plan susurro interior) de que no haya tantas novedades de literatura canaria como a mí me gustaría para actualizar el blog de manera más regular. Sin embargo, sé que me engaño: hay demasiados escritores/as a cuya obra ya no quiero acercarme después de un par de reveses. En algún caso, con uno solo ha bastado. Lo mismo digo con respecto a la literatura escrita por mujeres: sin tener yo ninguna obligación de establecer paridad alguna, sí que noto que la relación de mis reseñas está bastante desproporcionada, posiblemente sin relación con lo que se publica. Puntos ciegos, haberlos, haylos.

Aunque puedan no creerme, acometo periódicos ejercicios de reflexividad en que me pregunto por qué unas reseñas se leen más que otras, por qué reseño más obras de escritores que de escritoras, qué géneros son los preferidos del público lector del blog, cuáles son mis prejuicios a la hora de escoger unas obras u otras, cómo de sesgado está mi supuesto olfato intento calibrar cuál es el grado de morbo que experimentan lectoras y lectores cuando acometo críticas negativas de autores/as locales y su nivel de desinterés cuando son de autores allende los mares. En fin, es lo que tiene la ociosidad autoconsciente.

De todos modos, no dejo de pensar, tal vez inducido por la lectura de la novela que reseño hoy, que el panorama literario, por mucho homenaje casanovesco, por mucho Día de las Letras, por mucho premio literario de (más o menos) postín, por mucho ensalzamiento vacuo de cualquier escritor/a nuevo/a, está demasiado quieto, tal vez estancado, una quietud tal vez no de cementerio, pero igual un poco inquietante. Harían falta, tal vez, como suele decir Ricardo Pérez, reuniones, tertulias literarias, jornadas y debates, pero donde se reunieran críticos, escritores/as, público lector, tanto en el espacio público físico como en el de los medios de comunicación, pero con voluntad de trascender a la ciudadanía (al menos, la interesada), de generar algo parecido a un clima. Con su dosis inevitable de insultos, enfados y gestos airados, golpes en la mesa, pero, al fin y al cabo, que se manifestara, en definitiva, la vida (artística, literaria). Igual existe, pero yo no me he enterado.

No sé qué pensarán Vds.




No tengo en rubor en reconocer que a mí estos libros con este lenguaje a veces de regusto arcaico y si no difícil, sí exigente, me ganan desde el principio. Podrá decir misa Juan Marsé con su ya tópica frase de la "prosa sonajero" (que debe de ser la favorita de autores/as y lectoras/es de novela negra y best-sellers de variada temática), pero cuando uno se topa con palabras y frases que parecen creadas ex profeso para la obra percibe de inmediato que está leyendo algo diferente de la prosa habitual, más o menos comercial, y, en el caso de Canarias, muy alejado del estilo urraco de Andrea Abreu o Aida González Rossi, sin ir más lejos (basado en el habla popular, subrayando más la expresividad que la semántica). Por no hablar de la manifiesta falta de voluntad estética de gran parte de nuestra caterva literaria habitual, de lo que ya me he manifestado, con cierta frecuencia. 

Claro está, todos los discursos son posibles; todos los estilos, legítimos. Sin duda, si son eficaces, pero sigo siendo más de hipotaxis que de parataxis, más de Sánchez Ferlosio que de Azorín o, ya puestos a meternos con alguien, que de Nicolás Dorta.

No obstante, no hay que confundir la resonancia de la prosa de Manganelli (al menos, la vertida por el traductor de esta novela, Carlos Gumpert) con el tono a la vez campanudo y empalagoso de, digamos, un reseñador especializado en comentarios cordiales (y lamentablemente prolífico) como Victoriano Santana Sanjurjo (para que se hagan una idea y como ejemplo conspicuo, qué remedio). En la novela La ciénaga definitiva es evidente esa voluntad estilística transmitida tanto por la elección de determinados vocablos como por una prosa retorcida y reiterativa a base de oraciones largas con numerosas aposiciones, que recuerda en algún momento (y Dios me perdone), a Bernhard, pero sin su bilis. Un tono, al fin y al cabo, no solo apropiado, sino que parece el único posible. 

La ciénaga definitiva es una obra narrada en primera persona, el relato de un hombre que, huyendo de sus inquisidores y a lomos de un caballo, se adentra en la ciénaga, un territorio que le ha sido revelado por un anciano en una villa al margen de la ley. Allí morará en una casa misteriosa. Nada más. Sin embargo, nada menos: en 90 páginas, que no pueden leerse de corrido so pena de no apreciar las ironías, perplejidades, paradojas y aporías de la memoria del personaje, uno tiene la impresión fabulosa de sumergirse en un mundo legamoso y lacustre descrito a la perfección (si tal cosa es posible) y, sobre todo, en las variaciones anímicas y en las disquisiciones filosóficas del narrador, transcritas con impío detalle. 


Y después descubro, con tardío estupor, algo distinto: la luz. Puesto que sólo ahora salgo de una noche, apenas desfigurada por resinosas antorchas, he imaginado que esta claridad que envuelve el foso era un alba; pero no tardo en advertir que esta luz, inestable y a la vez inconsueta, una luz pobre pero ecua, no proviene del cielo, sino de una suerte de ciénaga boca abajo que cuelga por encima de esta desmesurada planicie de agua. No son nubes las que se ciernen sobre la ciénaga, sino una calidad para mí desconocida de cielo, si es cielo, una planicie irregular, como irregular es la ciénaga, colgada sobre mi cabeza. El tránsito del tiempo no escande los tiempos; como podré aprender más tarde, hay momentos nocturnos y momentos que llamaré diurnos, pero estos tiempos se alternan de manera discontinua, siguiendo leyes, si es que existen, que ignoro. Ahora veo esto, que el cielo, este cielo que cielo no es, ocupa todo el espacio por encima de mí, quizá se interponga entre la ciénaga y el cielo, un fingido telón de cielo que mantiene a raya un cielo ulterior, si existe. (Pág. 18)


Y lo reafirmo, toda la ciénaga, la ciénaga malsana, y la ciénaga de la condena, de los infiernos líquidos, la ciénaga cementerio y la ciénaga planeta extraño, luna exótica, todo se concluye aquí, en este lugar intrínseco, de una exhausta e imposible dulzura, pero también sin aire, sin sede, sin límite de roca, sólo barro, y en éste sumergirse descenderse, jamás precipitarse, hundirse, dejarse tragar. Pero, me pregunto, ¿qué habrá en el corazón de la ciénaga, habrá allí quizás un lugar central que gobierne el movimiento de las aguas, el deslizarse de las pozas y las metamorfosis de las dunas? ¿Existirá en el corazón íntimo de la ciénaga, bien abajo, donde estén las vísceras de la tierra putrefacta, existirá un corazón que lata, un corazón atroz al que no corresponda rostro alguno, mano alguna, genitales algunos, sino sólo esta sangre gris de agua legamosa? ¿O dará la casualidad de que exista una suerte de mente de la ciénaga -no se asemeja esta maraña a las irrigaciones del cerebro-, una mente retorcida y sentenciosa y punitiva y doliente que continuamente haga este espacio, la ciénaga? ¿Cuánto, me pregunto, cuánto hará falta descender para tocar ese centro en el cual la ciénaga se vuelva comprensible? O acaso ese centro no sea más que una fantasía de nuestras mentes pueriles, oh, sí, el centro existe, cómo podría no existir, pero la ciénaga no es otra cosa que la defensa, la protección, lo que hace inaccesible el centro que gobierna y explica. (Pág. 44)


Pero a fin de cuentas ¿no seré yo, justo yo, el tirano al que yo, precisamente yo, me propongo asesinar como conclusión de una larga vida de odio? ¿No encarnaré yo dos formas de odio, dos formas de desamor, esas por las que soy un tirano en virtud de mi odio genérico, abstracto, didascálico, docto, del veneno del que está hecha mi verde sangre, y, a la vez, como sicario, el odio específico, devoto, de coleccionista apasionado, meticuloso, paciente, especialista? Quizás en cuanto tirano y homicida del tirano pueda salir de las angustias de un monólogo riguroso, filológicamente exigente, y pueda transformar mi discurso, no ya en un coloquio amebeo, sino en una serie de monólogos paralelos; monólogos en los que se podría reconocer la fatigosa pero indudable fraternidad del odio, y por lo tanto también la subrepticia, cautivadora trama del amor. Así pues, ese papel que se me propone, que nerviosamente el apuntador me impone, es éste, que yo sea tirano, variante feroz, arcaica, vistosa del monarca. ¿Y será, pues, este papel el extremo, el conclusivo que me corresponderá en este terreno falaz por no pútrido, en esta recitación de compacidad térrea? (Págs. 72-73)


Uno tiene la impresión de que, como es obvio, el autor no sólo ha usado palabras para contar una historia, o unas memorias, o lo que sea, sino que las ha moldeado y reconstruido para adecuarlas a sus necesidades narrativo-filosóficas. Las combinaciones sujeto+adjetivo son siempre, o dan la apariencia de ser (ahí la técnica del escritor), necesarias y ajustadas, a veces ingeniosas e inesperadas. Hasta las enumeraciones, no escasas, que en otros autores no provocan sino hastío, aquí resultan adecuadas, como un clavo a su agujero. Estamos, como se puede colegir, ante un escritor que no solo tiene oficio, como suele decirse hasta del más basto tuerceteclas, que sabe contar, sino que es también un esteta, indudable poseedor de un sentido artístico al más alto nivel, que se ha enseñoreado de un vocabulario insólito.

Además, la novela, como su lenguaje, es exigente. Se requiere atención total: eliminen los ruidos ambientes, absténganse de comer o sorber o de tener descendencia; y acomódense, busquen un rincon, donde puedan leer sin interrupciones. La novela merece estos preparativos, este homenaje, ante este festín verbal. La sensación tras la lectura será la de haber asistido a algo grande, literariamente suntuoso. Nada tras la cual uno pueda pasar sin más a ver una serie de Netflix o quejarse del recibo de la luz. Da la impresión, como toda lectura excelente, como toda manifestación artística sobresaliente, de que hemos sido testigos y formado parte de algo importante.





miércoles, 8 de marzo de 2023

'Leche condensada', de Aida González Rossi

Un montón de cosas han ocurrido, alineado, conspirado y coaligado para mantenerme lejos de este blog (más de un mes), sin ir más lejos, la mudanza a una nueva vivienda. Como saben, este fenómeno migratorio (en este caso, intraterritorial) comporta un significativo aumento de la morosidad e inesperados picos de estrés. Por otro lado, tanto la preparación del programa de radio de periodicidad semanal como su abrupto cese de emisión no contribuyeron a apaciguar la mente de este que les escribe para una tarea como la lectura crítica de una novela, que, al fin y al cabo, exige concentración.

En otro orden de asuntos, digamos del mundillo, es digna de resaltar la entrevista-masaje que le dedicó el periodista cultural Victoriano Suárez en el Canarias7 al viceconsejero de Cultura del Gobierno de Canarias, Juan Márquez. El titular ponía de relieve que Márquez pensaba reintegrarse al trabajo que tenía antes de su nombramiento político. Como ven, una noticia de dimensiones planetarias que da cuenta de un rigorismo moral que hubiera perturbado al mismo Kant. La entrevista, para quien le pudiera interesar (que cosas más locas ocurren), consistía en que el viceconsejero subrayara que la ciudadanía había sido, es y será el centro de las políticas culturales y que la ley que el parlamento canario había aprobado sin oposición a iniciativa suya era un gran avance, etc.

Estarán conmigo en que una ley aprobada así debe de ser muy laxa, flexible y poco afilada para que grupos de variadas y encontradas ideologías políticas y cosmovisiones se hubiesen puesto de acuerdo en aprobarla. Porque si el triunfo consiste en que el presupuesto en Cultura se "blinda", el truco será determinar el contenido de esas políticas culturales, por no hablar del significado mismo de "cultura" para el próximo partido que se encargue de esa consejería. Se deduce de lo anterior que, para Márquez, y por extensión para Podemos, el significado de cultura no es problemático y que lo que él y su partido entienden (y creen que los demás, también) que es cultura se impone como valioso por sí mismo, sin precisar por qué y en qué medida.

Que digo yo, además, que puestos a blindar presupuestos, podríamos blindar otros que asegurasen el acceso a la vivienda, a reducir las listas de espera en Sanidad o a una educación de calidad para todos, con independencia de la riqueza familiar, o a condiciones dignas de trabajo, etc. Pero qué sabré yo de cultura o de gestión de los asuntos públicos, que no soy músico, ni político ni, mucho menos, periodista cultural.

En fin, la ignorancia de siempre en odres nuevos (que de modo vertiginoso se han vuelto viejos). 




Ya me gustaría sentir el entusiasmo de la editora Sabina Urraca por sus escritoras protegidas, notar en mí la mirada enfebrecida como la que Nora Navarro dirige a Andrea Abreu, vibrar con el adjetivo "salvaje" cuando pienso en Panza de burro o ser sacudido por las oleadas de placer que algunas/os reseñadoras/os parecen haber experimentado tras leer Leche condensada, de Aida González Rossi. Ya me gustaría.

Sin embargo, nada de eso me ocurre: hemos hablado ya en otras ocasiones de Panza de burro y, por desgracia, en alguna más de Nora Navarro. De ellas no hablaremos hoy, sino de la mentada Leche condensada y el fracaso en la literatura moderna (es decir, de hace ya unos siglos) que es la repetición por la repetición, cuando uno de los valores supremos sigue siendo el de la originalidad. Otro asunto es el de la fórmula, pero cuya dimensión es, por encima de todo, el beneficio empresarial, el éxito de ventas, como los best-sellers

¿Y qué repite Leche condensada?: el concepto utilizado con cierto éxito por Andrea Abreu (y Sabina Urraca) consistente en utilizar conscientemente un lenguaje infantil-costumbrista, es decir, la variante dialectal canaria en su uso popular/coloquial. Entendamos, claro, que no pretende ser una transcripción fiel o fidedigna de cómo los hablantes canarios hablan en realidad, sino que construye un lenguaje con características propias literarias. Sin embargo, lo que en la obra de Abreu sorprende y constituye un vehículo apropiado para la narración en primera persona de las escenas de la protagonista (por momentos, conmovedoras), en la de González Rossi el lenguaje empleado en la narración en tercera persona muy pegada a la protagonista (estilo indirecto libre), en otras ocasiones en segunda persona, salpicado de flujo de conciencia aquí y allá, resulta cargante y acaba provocando una sensación crecientemente desagradable que podemos denominar sin temor como tedio.

Además, me atrevo a decir que en Leche condensada se nota más la carga poética de su autora (que en el caso de Abreu), que se empeña en ametrallarnos a metáforas como si tuviera algo que demostrar, algunas de las cuales, concedamos, son certeras, pero cuya sucesión despiadada (por ejemplo, alrededor de cinco páginas, de la 52 a la 56) nos induce a buscar la escalera de incendios más próxima. Ese lenguaje demasiado saturado, tal vez demasiado autotélico, se emplea para narrar el mundo interior de la protagonista, Aída, y de sus traumatizantes vivencias, que parecen no tener fin, entremezcladas con alusiones al videojuego Pokémon, algo que se ha subrayado como un alarde de originalidad y descaro, vayan Vds. a saber por qué.


Si algo ha aprendido Aída estas semanas, es su poder: cerrar los ojos y no existir, cerrar los ojos e imaginarse un programa de monólogos de Paramount Comedy en el que es ella quien habla, ella quien cuenta cualquier cosa que se le ocurra, ruidos, chispas llenándole la cabeza y saliéndole, las patas largas y brillantes y latiendo, por la boca. Historias, burrada tras burrada, ella aplaudida por un montón de público que no se para a mirarle unos agujeros que en ese caso le darían exactamente igual. Aída, sí, sí, Aída, la mejor, Aída, la que sabe cuánto falta para llegar a La Cruz de Tea solo viendo qué riscos hay para arriba, Aída, la salvajita, un día se atreverá a tocar la uña podrida de la abuela, un día a hacer parkour en el skatepark aunque haya una barbaridad de gente y hasta adolescentes bebiendo y dándose besos de tornillo, aunque se caiga y se enjedionde y eso la haga estar feliz, completa, aunque no lo entienda nadie y se crean que ella también está mala y la lleven otra vez al ambulatorio, aunque se haya encontrado unos boquetes que la hacen sentir que ya no solo cambia todo: también su cuerpo. Su poder es cerrar los ojos y, existiendo tanto dentro, no existir. 
Hasta que el labio se le rompe contra una piedra y lo siente hinchado y caliente y salado y los gemelos se asustan. 
Hasta que se recuperan, después de charlar unos minutos, y le llenan los pelos de tierra y le pica la cabeza.

Hasta que le escupen en los ojos. 
Hasta que la llaman bombona de butano, camping gas, Snorlax y la más fea del cumpleaños, ¿por qué nadie más se estaba riendo de ti, gorda? (Págs 20-21)

No son iguales. 
Aída es el huevo del arroz a la cubana: una sorpresa entre todo lo conocido, la saliva saliendo a chorros porque hay una textura nueva, tocarla es necesario y urgente, es como revolcarse en el cuadrado de sol de la huerta que siempre está a punto de arder. 
Moco es el plátano frito: manchándolo todo, volviéndolo todo pegajoso, dejando en todo la marca de su cuerpo que suda, se baba, estornuda, una vez se rompió un hueso y, cuando la gente de alrededor pensó que iba a empezar a hiperventilar, se tocó lo que salía. Y dijo parece un diente. Mordiéndome para escaparse. 
Aída es una mata de hinojo. 
Moco es un árbol que, cuanto más crece, más taponazos dan sus ramas en una ventana. 
Aída es un perro precioso. 
Moco es un gato preciosísimo. 
Aída es la gota de pis, se partió tanto el culo que sintió que se derretía, se le fue tanto la pinza que acabó botada en el suelo y no pudo parar, y se mordió los dedos y los labios y la lengua y aun así no hubo forma, gritó como un cochino y tuvo que irse corriendo y se bajó las bragas y vio ese lago absorbido por la tela y susurró ay mi madre y en el fondo, donde solo verse y tocarse ella, encontró una gota de satisfacción: fue tanto que me cambió. 
Moco es la caspa de la herida, se la arranca y se la traga cuando se queda solo, el mando de la play vibrándole en los dedos y él escarbándose y sacando una escama y ablandándola con la lengua. (Págs. 30-31)

Es ahora, la vida, la magia-jedionda-mágica. Es el lol, juas, jajaja, jaja, lolol, es fingir que se desmayan y botarse de espaldas sobre la arena del merendero del Médano y sentirse, ahí con los ojos todos engurruñados por el sol, como si estuvieran delante del ordenador: el merendero es un sitio, pero no es un sitio. Y nunca hay nadie. Piso de mochilas y chaquetas y desperdiguera de paquetes de papas vacíos y ciscos de esas mismas papas y gotas de flax rojos y azules y uñas mordidas y las pelusas que traen siempre dentro de los calcetines y hojas de libretas sujetas con piedras para que no vuelen y botellas que, sin líquido dentro, lo comprueban cada vez que se terminan una, no tintinean igual. Sol jartándoles los antebrazos de pecas y no están en ningún lugar, los ojos cerrados, el chorro de ron que Marta reparte dando vueltas sobre sí misma en medio del círculo formado por las bocas abiertas de las otras tres haciéndolas regañarse, en el merendero se sienten como cuando enciendes el ordenador y empiezas a escribirte burradas con alguien y ya no estás, de repente, donde se supone que estás, tú ya no eres tú, tú eres una tú que teclea lol y juas y no siente picores. Ansiedad. Es Chaxi gritando lol, jajaja, juas y Aída explicándoles su teoría y las amigas, serias durante un segundo que parece durar toda la tarde, asintiendo. (Págs. 59-60)

 

Sábado, 16.05: Saliendo de casa de la abuela para ir a casa de Yaiza, Aída se encuentra con la tía que vuelve a buscar a Moco. Le dice oh, ¿tú comiste al final aquí con tu primo, no te vino tu madre a recoger cuando acabamos de comprar las cosas para mañana o qué? Sí, es que quedé con una amiga. Y no me daba tiempo de bajar al Médano y subir. E íbamos a jugar a la game boy hasta que fuera la hora.
Sábado, 16.13: Toca los picos de las pencas como cuando era pequeña.

Sábado, 21.25: Yaiza y Aída se pasan las oreos masticadas de una boca a otra en la parada de la guagua. Están tan borrachas que quieren fundirse. Se clavan las uñas en los antebrazos. Se chupan mechones de pelo. Se estiran la ropa hasta casi romperla. Hoy descubren que solo solas, antes de que las otras lleguen y cuando las otras se van, pueden hacer estas cosas sin tener que explicar lo que les pasa.

Sábado, 15.30: Te odio, te odio, te odio, te odio, te odio, te odio, te quiero.

Sábado, 21.30: Te quiero, te quiero, te quiero, te quiero, te quiero, te quiero, te odio. (Pág. 77)


La consecuencia del aburrimiento, claro está, es que terminan por importarnos un pito los problemas y sufrimientos de los personajes, por no decir su mera existencia y las relaciones entre ellos. No por mucho utilizar canarismos como "jediondo", "jincar", "jalar", "jocico", "fisco" o coloquialismos como "partirse el culo" se logra que el discurso resulte más auténtico o sincero, ni impele a sentir algún tipo de empatía étnica, en el caso del público canario. Como ya he escrito en otras ocasiones, en la literatura no importa cuán importante, altruista, o ético sea el mensaje de fondo si la forma de expresarlo no termina de cuajar.

Me parece, en esta línea, que Aida González ha escrito una obra muy sentida, muy personal, sin que esto signifique necesariamente autobiográfica, con mucha energía, muy pegada a lo corporal, sin duda, pero que se ve lastrada tanto, repito, por un estilo atosigante como por una historia que no termina de interesar ni, por tanto, de conmover. Como suelo decir, uno le alaba el esfuerzo a la escritora, pero no el resultado.

Podríamos pensar que algo ha fallado en el taller de Urraca Sabina, o simplemente que su ojo comercial se ha vuelto birollo. Tal vez, lo de Panza de burro fue un churro. Churro exitoso, pero churro, al fin y al cabo, que no podía dejar tras de sí herederas. No obstante, solo falta una tercera escritora que se apunte a este carro para que alguien las califique de generación. ¿Quién se apunta?

Por mi parte, ya advertí en su momento que aquel estilo podía convertirse en un callejón sin salida: Leche condensada es su exacerbación.

Como dijo Robert Frost en su célebre poema:

Two roads diverged in a wood, and I
I took the less travelled by,
and that has made all the difference

Si Urraca y Abreu escogieron bien al internarse por el sendero menos transitado, ahora no sucede lo mismo con Aida González Rossi, porque ese sendero ya ha sido pisoteado hace relativamente poco. Es más, diría que todavía están húmedas las huellas del lenguaje de Abreu, cuyo estilo volvió loquísimo a parte del público peninsular español. Público que creyó descubrir literatura exótica en su propio país: ¿quizá reflejo de conciencia de metrópolis?

Es posible que me equivoque, pero creo que ese cartucho literario-comercial ya está quemado.

En definitiva, si quieren hacerme caso, no pierdan el tiempo con el realismo glandular-costumbrista de esta novela (yo mismo abandoné el intento allá por la página 80) y dense la oportunidad de leer buena literatura en cualquier otra parte. También puedo andar totalmente equivocado: elogiar no requiere explicaciones.
 


P.D. Otras reseñas, a cual más ditirámbica: 1, 2, 3. Una entrevista, entre otras, aquí. En RNE, aquí.
P.D. (2). Aquí, la de García Rojas (leída el 17/3/23).


viernes, 20 de enero de 2023

'La gesta', de Juan Ignacio Royo

Tal vez no sepan que, en mi afán por evitar, en la ínfima medida de mis posibilidades, la hegemonía cultural de los medios de comunicación, suelo aceptar casi cualquier sugerencia libresca que me den. Créanlo: casi. También es cierto que la ejecución del acto, primero, de la compra, y, posteriormente, la de la lectura no son inmediatos. Permítanme, al menos, tres cosas: el olvido momentáneo, el trato espasmódico con mi agenda (imaginaria) y mis ganas, que son bastante caprichosas (de lo contrario, no serían ganas).

Digo esto porque la novela de hoy, La gesta, de Juan Ignacio Royo, me fue sugerida en una conversación de Facebook hace ya unos cuantos meses, y solo la he leído y sacado adelante la reseña en esta última semana. Para quienes nos dedicamos a esto de manera amateur, las obligaciones son siempre autoimpuestas, pero no dejan de ser obligaciones, aun sin la amenaza, por vaga que sea, de represalias.

Así pues, aunque procuro estar al día de la producción periodística cultural respecto de la literatura canaria (también nacional), algo que en nuestra Comunidad es sencillo por la escasez de las fuentes y, con frecuencia, por la falta de complejidad de los artículos (dedicados, en gran número, al elogio estúpido), soy muy receptivo a cuchicheos, rumores, anuncios y hallazgos de cualquiera que se me acerque o me escriba. 

Bueno, basta de autobombo.



La gesta es una novela-divertimento. Escribo esto sin pretender desmerecerla, por lo que me explico: uno se divierte leyéndola. Los personajes, un tanto estrafalarios y, si ocupan posiciones de poder, ridiculizados tanto por sus actos como por sus palabras, se mueven con desparpajo por el escenario de la Santa Cruz de Tenerife de 1797, justo antes (y luego, durante) del ataque de la armada británica con el almirante Nelson al frente. Además, aparte de la diversión que cada lector o lectora se procure, uno tiene la impresión de que el autor también se divirtió escribiéndola: a pesar de las batallas y las muertes, un aire festivo impregna toda la narración.

La novela está contada en tercera persona, con narrador omnisciente, con momentos de estilo indirecto libre. Varias líneas narrativas se desarrollan en la novela, entrecruzándose algunas de manera lógica y natural, sin grandes retorcimientos de la trama ni sorpresas de novela negra regulera. Así, tenemos un Calibán salido del Atlántico, bautizado Iñaki que se enredará con Lupe, una viuda pobre; tenemos al Padre Damián, cura que sermonea más acerca de la Ilustración que de Dios; Lope, el furriel del ejército español, preocupado por dar de comer a la mujer del general, o el marqués Chirino, el Don Juan local en plena senectud, pero no por ello menos animoso; o la pareja de chiquillos, Ramón el cojo, y Chito, el huérfano, con quienes comienza y acaba la obra (si no contamos el epílogo).

En general, salvo alguna repetición un tanto molesta (páginas 66 -"reputación"-, 88 -"su"- o 156 -"empeño"-) o una coma entre sujeto y verbo (página 176), la obra está más que correctamente escrita, a base de frases generalmente cortas, con un ritmo vivo. El autor parece sentirse a sus anchas narrando las aventuras y desventuras de los personajes y calibra bien la intensidad dramática y, sobre todo, cómica de diálogos y descripciones.


La cabeza del monstruo roza el techo. Anda en pelota, aunque una maraña confusa de sustancias húmedas rodea su cintura. Guedejas negras le cuelgan del cráneo y por la espalda se le han adherido un par de conchas marinas. Doña Clara amaga un desmayo teatral, pero se lo piensa mejor. Con un gritito de sorpresa le basta, por el momento. Hace mucho calor para desmayarse. El padre Damián saluda intentando transmitir serenidad: 

-No hay nada que temer de Iñaki. Es inocente y puro. 

El general, de estatura escasa, se siente apabullado por la presencia descomunal del visitante. 

-Tal vez sea mejor guardarlo en el establo -dice fastidiado. 

El cura replica: 

-Iñaki es el ser más humano que pueda conocerse. Al hombre civilizado le motiva el deseo de ser superior a los demás. Por eso utilizamos un antifaz ficticio, artificial, que jamás abandonamos en la vida diaria. Así pretendemos distinguirnos de quienes nos rodean. Las almas se vuelven invisibles, la amistad escasea, la confianza caduca y nadie se atreve a parecer quien, en realidad, es. El hombre salvaje, como Iñaki, no necesita de los demás, el océano le proporciona cuanto necesita. Sus relaciones, cuando las tiene, son armónicas, nunca conflictivas. (Pág. 36).


La bala roza la peluca del general. Impacta en la lámpara del techo, que se desploma sobre la mesa. Los comensales se tiran al suelo. El marqués aprovecha para gatear cerca de doña Clara, que llora asustada bajo una silla. 

-Hasta en los peores momentos se os ve hermosa, mi señora -le dice. 

Pero ella grita histérica: 

-¡Que me salven! 

Él insiste: 

-Son los franceses con su revolución. Pero no temáis, os protegeré. 

Doña Clara grita más fuerte. Chirino extiende el brazo y le acaricia las mejillas. Ella abre la boca y le muerde un dedo, ante lo que él retrocede dolorido: 

-¡Qué fiera! 

Es complicado seducir a una señora que suelta bocados. (Págs. 87-88)


Las barcazas inglesas que acompañaban al almirante en el desembarco son arrastradas por las corrientes hacia el sur. Encallan en una playa pedregosa. Los oficiales consiguen reagrupar a los marineros con silbatos. La artillería de la costa les dispara, pero la oscuridad dificulta la puntería.  

Un vecino sale de su casa a orinar en la playa. Los británicos lo abaten a balazos mientras avanzan a ciegas. Entran en la primera calle de arena que encuentran. Los recibe un tiroteo. Retroceden para dar un rodeo. En la oscuridad tropiezan con tropas españolas. Se acometen a la bayoneta. Los dos bandos huyen en direcciones opuestas. 

Con la esperanza de hacerse invisibles, los supervivientes se apostan por las esquinas. Nadie desea que salga el sol. Temen que la visibilidad los aboque al desastre. Varios marineros ingleses se pierden el laberinto (sic). Buscan refugio bajo un chamizo de cañas. Sorprenden dentro a dos de los desertores del ejército español, que entregan sus armas para salvar sus vidas. Tras una breve deliberación, los envían al castillo para exigir la rendición. De no obtenerla, amenazan con que el almirante Nelson pasará por las armas a toda la población, tanto civil como militar. (Págs. 165-166) 


La gesta es, pues, fácil de leer, en un primer nivel, con alusiones literarias más o menos identificables con facilidad, en un segundo, y cuyos personajes engranan bien con la acción en la que se ven inmersos y de la que son, también, corresponsables.

Una reflexión que me suscita, en esta novela como en otras, de parecido tono humorístico es que si bien el humor y la ridiculización, en especial, de las personas en los niveles más altos de la jerarquía social, los hacen a estos más humanos (en el sentido de que no son más que personas, como todas las demás, con su caudal de virtudes y, sobre todo, de miserias) y contribuyen a relativizar su importancia y la pretendida naturalidad del orden social, también se corre el riesgo de producir un efecto indirecto de igualitarismo que en absoluto se corresponde con la realidad, sobre todo por la opresión con que las clases sociales dominantes se afanaban (y se afanan) en mantener respecto de las subordinadas a ellas. Se puede ridiculizar, por ejemplo a un amo e igualarlo, en ese sentido, a un esclavo, mostrando que ambos son, en definitiva, iguales como seres humanos, siempre que no perdamos de vista que el amo decide sobre la vida de su esclavo, y no al contrario. 

Hay que decir, asimismo, como advertencia: no es La gesta una novela histórica, sino que toma un suceso histórico bien conocido como motivo de agitación social y de desquiciamiento de las relaciones entre los personajes, sin dejar de señalar un fondo de pobreza y hambre permanentes. Creo que es un error juzgar la obra de otro modo, considerando que lo principal es la recreación, más o menos fantaseada del ataque británico. Estoy casi convencido de que esa no fue nunca la intención de Juan Ignacio Royo.

En definitiva, una obra que, sin aportar nada novedoso, resulta simpática, no carece de cierta profundidad aun con ese tono humorístico predominante y más que correctamente escrita.


P.D. Otra reseña, esta de Eduardo García Rojas, aquí.


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lunes, 9 de enero de 2023

'Nunca preguntes su nombre a un pájaro', de Andrés Ibáñez

Andrés Ibáñez, para mí, no ha sido más que un nombre. Más bien, un nombre y un apellido que firmaron unas cuantas críticas magníficas (eso me pareció en su momento) en el suplemento cultural del ABC. Es imposible que sea así, pero fantaseo con frecuencia con la posibilidad de que de los artistas y literatos solo supiéramos eso: un nombre y un apellido (tal vez, dos). Digo que es imposible porque en nuestra sociedad del espectáculo, extremadamente competitiva, esa posibilidad no se toma en consideración, y si surge es por motivos espurios, relacionados también con la promoción de una carrera, de una obra (como el caso de los tres escritores que se ocultaban bajo el nombre de Carmen Mola). Resulta imprescindible acompañar el mensaje, el texto, la obra, con una cara, con una foto y su entrevista, empeñados como sociedad en ver en todo/a artista una luminaria, un faro iluminador de certezas, o, como mínimo, una confirmación de nuestros puntos de vista y de nuestras supersticiones. A veces, un artista puede convertirse en un intelectual, cierto, pero no es una relación necesaria.

 Me sobra, siempre, la fanfarria del espectáculo. Hoy en día, además, con Internet, se exacerba esta promiscuidad, esa cercanía cuyo carácter forzado resulta demasiado evidente. En el mundo de la literatura, hasta los mismos críticos se se dejan encarnar en fotos, en entrevistas, en declaraciones altisonantes sobre su propia obra, profieren elogios de sí mismos que habrían causado vergüenza ajena en otras épocas, no mejores, pero sí más pudorosas. No se resignan a la simple sombra, quieren ser el espantapájaros en la tierra sembrada, el cenador en el jardín, la veleta en el campanario. 

Un nombre y un apellido, tal vez dos, es todo lo que necesitamos, en realidad, para una novela, un libro de poemas, un cuadro, una escultura o una instalación.  Tal vez, ni siquiera. "¡No quiero conocerte!", exclamo, para salir del estupor.

Pareciera que en este mundo de apariencias, de hechos que devienen fantasmagoría, de realidades evanescentes, de trampantojos mediáticos, necesitamos aferrarnos a la imagen, si no a la carnalidad, a la presencia física para dar consistencia al arte y a la política. Seguimos buscando al líder de masas en el representante político, al gran hombre (o mujer), al mesías, al pastor de los corderos, igual que nos esforzamos por encontrar en el artista al sacerdote, al brujo, al hechicero, al mago, curiosamente en una sociedad en la que el arte se piensa, sobre todo, como mero consumo, devenido mercancía, y la mayor parte del tiempo solo mercancía; y la política como espectáculo galvanizador de emociones, y solo emociones. Arte y política como punto de fuga de una sociedad de clases medias que, de no preguntarse por sí misma, por su razón de existir, añora un pasado en el que no existía creyendo que así encontrará un lugar en el futuro. 

Al final, toda esta galería de vanidades, toda esta excrecencia que es el mundillo del arte se derrumbará y sus fragmentos no serán sino cáscaras huecas que generaciones posteriores pisotearán ajenas a los chasquidos de su inanidad.

En mi caso, prefiero ir al encuentro de las creaciones artísticas como si me dispusiera a experimentar un rito de paso, incluso con escarificaciones, si es menester. No me resigno a ser solo espectador, fila y columna de la butaca, simple acumulador de datos culturales para la posterior exhibición de la distinción. Qué aburrimiento, qué desesperanza.

Todo esto viene a cuento, sin venir a cuento, de la novela de hoy, Nunca preguntes su nombre a un pájaro, de Andrés Ibáñez.




Es esta una novela sorprendente: al principio, podemos pensar que es la historia de un escritor -un tal Horst- atormentado que se ha aislado voluntariamente en una casa grande en un valle remoto en Delaware (Estados Unidos, costa este), luego, tal vez, sospechamos que sufra algún tipo de psicosis. Cuando estamos asentados en ese escenario, la novela se transforma en una historia, un tanto desleída, de terror y misterio, como alguna de Stephen King (al que menciona, por cierto, y cuyas tremendas descripciones de los paisajes de Nueva Inglaterra recuerdan a las de Andrés Ibáñez en esta novela) o de John Connolly. 

Al final de todos estos avatares, la novela puede leerse simbólicamente, como una alegoría: la elección entre la vida o la muerte, entre la dignidad y el éxito, entre el amor y el egoísmo. Una elección mefistofélica que no termina de cuajar argumentalmente, por mucho que la lectura sea placentera la mayor parte del tiempo y se lea con interés. Es decir, para precisar, la novela, si nos enfocamos en el estilo, está muy bien escrita, con escenas a un grandísimo nivel. Subrayaría las descripciones del entorno rural y el barruntar interno del personaje principal cuyo recorrido angustiado es la base de esta novela, escrita en tercera persona, muy pegado al protagonista, en estilo indirecto libre. Pero le falta algo para terminar de ser convincente.

No están tan bien delineados los personajes secundarios -ni siquiera, en mi opinión, el personaje malvado-, y los diálogos no son lo mejor que haya leído. En alguna ocasión, rozan -sin alcanzarla- cierta banalidad que baja un punto el tono de la obra. Las diferentes esferas del mundo inventado de Nunca preguntes su nombre a un pájaro las siento distantes entre sí: Eva, la mujer de su hermano, Clive; Winslow Patrick, el escritor muerto en cuya casa vive alquilado Horst; el vecino pescador de anguilas, Willard; la suspicaz vendedora de libros y la leyenda local de la que emerge el Rey Amarillo, también llamado Matt Signorelli, y su amigo el indio, Kenny. Las partes confluyen, pero no consigue Ibáñez crear un conjunto armónico y de lógica necesaria. Los sucesos parecen ocurrir un tanto por que sí. En este sentido, repito, la novela se revela imperfecta.

Podría reprocharse, además, que el clímax argumental carece de la densidad narrativa que habría merecido. Le falta a la historia mayor contexto, mayor profundización genealógica de los personajes y del entorno para que hubiera sido más verosímil, tal vez más aterradora la encrucijada que se le presenta a Horst.


¡El viejo Winslow Patrick! Era asombroso cómo los autores de su generación, incluso aquellos que tenían una obra comparativamente breve y poco ambiciosa, habían logrado causar tanto revuelo. Ahora las cosas eran más complicadas, el mercado se había vuelto loco, la literatura se había llenado de géneros que lo devoraban todo y que creaban extrañas tribus de lectores mutuamente excluyentes. Escribir es matar, le había dicho Patrick mostrándole un faisán con un agujero de bala en el pecho. ¿Esto era algo que hubiera dicho Hemingway? Su amigo Ohle le recordó que Heimito von Doderer había dicho algo parecido alguna vez: que para ser escritor es necesario haber matado, aunque Heimito se refería a la Primera Guerra Mundial y no a disparar a los pájaros. Pero lo que había dicho Patrick era diferente: algo más crudo, quizá, aunque quizá se tratara de una simple metáfora. ¿Matar qué? ¿Matar a quién? (Pág. 17)

 

El Delaware traza una amplia curva entre masas de bosque, y no es tan ancho por allí como se hará unas millas más abajo, donde se abre en brazos e islas. Tampoco es un río muy profundo. Un río joven, espléndido en su urgencia plateada, sonoro como un palo de lluvia amazónico, del color metálico y argentéreo de las nubes. Horst descubre enseguida al viejo Willard casi en el centro del río con el agua por encima de la cintura. Lleva un traje impermeable y una capucha de marino, y se afana moviendo piedras, las oscuras lajas de pizarra del fondo del río, con las que lleva desde el verano construyendo una trampa para anguilas. Visto desde la altura a la que se encuentra Horst, el trabajo de Willard en medio de la soledad de la naturaleza tiene algo de épico, la grandeza intimidante de un monumento neolítico. El viejo marino de largas barbas blancas, tocado con su largo capuchón de lona calafateada, le recuerda a uno de esos sombríos personajes de Melville. Un patriarca en medio de la soledad. (Pág. 28)


-Tienes que tranquilizarte, muchacho -dice el viejo-. Te veo muy alterado. ¿Estás metido en algún lío, Horst? 

-No lo sé, la verdad -dice Horst. 

-No es bueno andar metido en lío -dice Willard rascándose la barba con gesto pensativo y abandonando, por el momento, su cesta-. Te lo dice un experto en el tema. 

-A veces los líos le buscan a uno -dice Horst. 

-Eso no es cierto -dice Willard-. Nunca es cierto. 

-¿Eso no es cierto? 

-Si tú crees que es cierto, entonces será cierto. Tú has estudiado en la universidad, no eres un batracio ignorante como yo. Pero en mi experiencia uno siempre se busca los lío en que se mete. Oh, sí, por Golly. Y con poderosa constancia y tesón, además. 

-Es simplemente un tipo que se presentó ayer en mi casa. Un tipo raro, nada más. 

-Entiendo -dice Willard frunciendo el ceño como haría un matemático al enfrentarse a un enigma insoluble. 

-No me gustó su aspecto, y me pregunté si acaso tú no le habrías puesto los ojos encima alguna vez. O si habrías oído su nombre. No sé si es de por aquí. 

-A lo mejor es el Rey Amarillo -dice Willard riendo. 

-¿Cómo dices? 

-El Rey Amarillo. 

-¿Qué es eso del Rey Amarillo? -pregunta Horst sintiendo que el terror le invade de nuevo. 

-Vive en lo más profundo del bosque. Allí en algún lugar, hay un túnel profundo o mejor, no, mejor dicho, un pozo profundo, muy profundo, y en lo más hondo de este pozo hay una cueva subterránea donde se encuentra la ciudad de Carcosa. El Rey Amarillo es el rey de esta ciudad subterránea, y de vez en cuando asciende por el pozo y asoma su cabeza por nuestro mundo. Pero es fácil reconocerle, porque tiene una cornamenta amarilla. Tiene cuernos, como un ciervo. Cuernos amarillos. (Págs. 104-105)

 

 Los escritores no son grandes leones dorados de la llanura, le dice entonces a Winslow Patrick. Los escritores son los antílopes. Son el feo ñu que regurgita su bolo de hierbajos mientras se gira a todas partes, el extraño okapi fucsia y anaranjado que mordisquea amargas hojas de acacia y dobla su largo cuello con miedo a ser descubierto en la sombra donde se oculta. Son el conejo aterrado, la liebre que eriza sus orejas ridículas en medio de las altas hierbas salpicadas de corimbos y oscuras mariposas. ¿Qué es lo que une a Kafka, a Hawthorne, a Poe, a Proust, a Carver, más que el terror profundo y cerval al acto de estar vivo, a la necesidad de esta ceremonia continua de exposición y desafío que ninguno de nosotros ha elegido, a este despliegue de trofeos de caza en el que ninguno de nosotros firmó para participar? No valemos para el servicio, no somos aptos, pero a pesar de todo nos hacen soldados, nos envían al frente. (Pág. 112)

 

Es, como dije al principio, una novela sorprendente, aunque tal vez mejor sería aplicar el adjetivo desconcertante. Guarda esta obra el germen de una novela grande pero tengo la impresión de que la estructura que Ibáñez ha creado aquí no está a la altura de su estilo, con frases y párrafos magníficos. También tiene la capacidad de devolvernos el placer de leer una historia -lo que en muchas ocasiones echo en falta en otras narraciones de autores afamados- y de asomarnos a lo perturbador de la naturaleza como entorno y del laberinto espeluznante de la psique -alma- humana, y de la interacción entre ambas. Una interacción fatídica, desde luego, que me recuerda tanto a Joseph Conrad como al ya mentado Stephen King. 

Para finalizar, Nunca preguntes su nombre a un pájaro, pesar de sus imperfecciones, es singular y muestra a un gran escritor: merece ser leída. Hay muchas novelas inferiores a esta que han gozado de mucha más fanfarria mediática, pero esa es la historia de siempre. Como dice Horst: "La vida de un escritor es una sucesión de humillaciones".