viernes, 20 de noviembre de 2020

'Noches de naufragios', de Fabio Carreiro Lago

 Desde la última entrada del blog, se han sucedido un montón de eventos literarios, según los medios de comunicación. Para empezar por algo, los responsables de la editorial Pre-Textos han llorado y quejádose amargamente porque el agente de la última premio Nobel de Literatura ha roto el contrato con ellos. Muchos conspicuos miembros del mundillo han hecho suyo el llanto y se han solidarizado, rasgádose las vestiduras, y tal. Otras fuentes, en cambio, dicen que bien merecida está dicha ruptura por las malas prácticas de la editorial. Vayan Vds. a saber: la verdad está ahí fuera. 

Además, los responsables del Cabildo de Gran Canaria decidieron seguir gastando el dinero del presupuesto público en las cosas de la cultura para retomar un concurso literario en recuerdo de (o tomando como excusa a) Pérez Galdós (ya les avisé en su momento de que este año nos íbamos a hartar de Galdós, de panegíricos a Galdós, de hagiógrafos/as de Galdós, de comentarios cordiales a Galdós, etc.), que se lo ha llevado, o se lo ha ganado, o se lo han dado, a Santiago Gil, un autor muy querido de este blog. Si este premio se lo ha llevado una buena novela o, en cambio, otra más de las que nos acostumbra este autor, ya lo veremos cuando la publiquen, si es que algún feliz alineamiento cósmico no lo impide.

No menos importante es el Premio Cervantes, otorgado este año al poeta Francisco Brines, quien se ha apresurado a declarar en un alarde de originalidad que lo importante no es el premio, sino "la poesía". Resulta descorazonador asistir cada año al rapto de entusiasmo del literato/a galardonado, como si el pase definitivo al Parnaso lo concediese el Ministerio de Cultura o la Casa Real. Aparte del dinerillo, que tampoco está mal, aunque no suelan reconocerlo porque, ya se sabe, la cultura es cosa del espíritu y no de la cuenta corriente.

Por otro lado, un canario ha ganado otro premio, éste del enemigo público número uno de los/as escritores/as, editoriales y librerías, que es Amazon. Curiosa paradoja, sin duda. Ya sabemos que muchas personas no solo quieren escribir, no solo quieren vivir de lo que escriben, también quieren ser famosas, y no en ese orden. Cuando no haya librerías y todo lo venda Amazon, ya nos lamentaremos. También, como curiosidad, la antigua Viceconsejera de Cultura del Gobierno de Canarias, Dulce Xerach, que, además de escribir artículos bastante simplones sobre arquitectura en el cuadernillo cultural de La Provincia, escribe novelas policiacas, ha conseguido, por decirlo así, que una de ellas se haya convertido en cómic de la mano del "artista" Nebras Turdiade. Los medios de comunicación lo han considerado noticia, supongo que por lo original de la iniciativa.

Por último, se ha celebrado en Las Palmas de Gran Canaria, un festival (otro) de novela negra titulado LPA Confidencial, dirigido por Mayte Martín, conocida en este blog por su deplorable novela La espiral del silencio. En este festival también participan otros autores reseñados en este blog como Alexis Ravelo, Leandro Pinto o Christian Santana, por ejemplo. Espero que a todos/as les haya ido muy bien, hayan pronunciado sesudos discursos aderezados con el oportuno chiste y que disfruten de las mieles de lo que sea que les depare el destino.

No me pregunten por qué me ha dado hoy por hacer de agenda cultural a posteriori...



En otro orden de cosas, es decir, la reseña que tanto tiempo llevan esperando, el turno le toca hoy al conjunto de relatos denominado Noches de naufragios, de Fabio Carreiro Lago, que un día vive en Tenerife, otro pernocta en Gran Canaria y otro tercero trabaja en Lanzarote: nuestro Gulliver local. No sabría decirles cómo llegué hasta él, aparte de que figura en el catálogo de la conocida editorial Baile del Sol, tan pródiga en publicaciones. El caso es que aquí estamos.

Pues bien, Noche de naufragios consta de cinco cuentos de variado interés y calidad. Los dos primeros no están nada mal, aceptablemente bien escritos, sin las habituales frases hechas ni tampoco los recurrentes cantos al yo lírico-filosófico del autor de turno. Además, los dos cuentos se leen bien, con una notable capacidad para sumergirnos en la geografía que, sin caer en la falacia patética, le otorga un contexto apropiado a lo narrado. Podría achacársele, no obstante, así al menos lo percibo yo, un deseo espurio por cierto efectismo argumental que en vez de conseguir un efecto catártico hace previsible el desenlace de los relatos. En el primero, El ángel del hogar, esto se hace evidente, debido a su brevedad, enseguida. En el segundo de ellos, más interesante, El naufragio de los sueños, cierto giro narrativo no necesario, casi al final, estropea, a mi juicio, una magnífica historia, que parte del tópico quesadiano del inglés/inglesa que viene a parar, en soledad, por esas cosas de la vida, a Canarias. 

En cambio, el tercer relato, La llave, a pesar de su inicio prometedor, se vuelve aburrido: la historia de la anciana sumida en el deterioro físico y mental, paralelo a la ruina de su caserón es, perdonen la fácil imagen, igual a la decadencia de la historia. La historia se vuelve plomiza por momentos para culminar en una relación psicológicamente desacertada de las lecturas de juventud de la protagonista, que se vuelve de lo más lúcida cuando hasta entonces habíamos contemplado y conocido a una mujer senil que confundía a unos trabajadores sociales con ángeles, que tenía basura por doquier y dejaba a las palomas volando a sus anchas dentro de su casa. Un relato fallido que merecería una revisión.

Además, se deja ver, en ciernes, una tendencia que luego se acentuaría en los restantes relatos, sobre todo en el cuarto (Cielo de verano) a ese defecto del que hemos dado cuenta en otras ocasiones: adjetivos y adverbios que se escriben solos, alegres compañeros de francachelas con sus compadres los sustantivos y verbos. Este cuarto relato, además, pretende ser una suerte de revisión amorosa de una pareja con aires existencialistas de indudable pobreza que se plasman en frases tan decepcionantes como "la vida es una carretera llena de curvas". Igualmente, esa mezcla de resentimiento sentimental con la lucha por el patrimonio arqueológico local no marida bien. Observo, además, una caída en el nivel de variedad léxica, como si aquella riqueza de los primeros cuentos se hubiera agotado.

El último relato, Hacia la isla, resulta interesante por lo que plantea, pero recae en los defectos ya aludidos de las malas compañías sustantivo-adjetivo y verbo-adverbio, tales como "mirada inquisitiva", "visitante inesperado", "miró arrobada", "besó galante" o comparaciones manoseadas como "cuello largo y delicado como un cisne", etc. Cierta pereza mental, tal vez, o dificultad en el despliegue de la capacidad lingüística del autor, quién sabe. Un cuento más trabajado hubiera pulido esos defectos y resaltado las virtudes. A pesar de todo esto, vale la pena leerlo, sobre todo por su potencialidad. Tal como está, podría complacer a un profesor de taller literario, pero nada más.

EN DEFINITIVA, me interesa el autor del segundo relato, y del último. Si aplica trabajo y reflexión a su quehacer literario, se puede concebir la esperanza de que pueda escribir una obra que valga la pena. Mimbres parece tener.


P.D. No menciono las erratas porque esa es tarea de la editorial.








lunes, 9 de noviembre de 2020

'Historia de Mr. Sabas, domador de leones, y su admirable familia del Circo Totti', de Anelio Rodríguez Concepción

Entiéndase, insisto, que mi crítica literaria carece en absoluto de animosidad personal, primero, y sectorial, después. Comprendo el deseo que mueve al artista a vivir del fruto de su trabajo. También, que en los digitales tiempos en los que vivimos, el autor, aparte de ser autor, se ve obligado, salvo que su prestigio literario se haya cimentado, digamos, hace más de dos décadas, a convertirse en administrador de redes sociales como Facebook y Twitter, devenir instagramer, y colgar vídeos en YouTube, por citar las más conocidas. Además, tiene que esforzarse por llevarse bien con los guardianes del campo cultural que, en nuestro especial caso de comunidad macaronésica, son los periodistas culturales de los medios de comunicación (aunque atendiendo a su grado de autonomía real, mejor sería denominarlos pasos a nivel o algo semejante). Y decir sí a todo: conferencias, jornadas, charlas, excursiones, guateques, merendolas, cafés, tés y ejercicios espirituales a los que muchos preferirían no acudir si encontrasen la oportunidad. 

En los últimos tiempos, tanto para ganar un dinerillo para merendar como para crear un público o una audiencia, los escritores dan clases de escritura, enseñan el proceso de elaboración de su novela, exponen o legan los borradores de sus novelas, ejercen de prologuistas, fajilleros, pregoneros, y lo que haga falta etc. No es raro imaginar (ya se hace en el mundo anglosajón), la organización de reuniones informales con lectores a los que se les cobraría la posibilidad de departir en persona con el artista en cuestión («¿Escribe a mano o en un portátil? ¿A qué hora se levanta? ¿Qué consejos puede darme? ¿Cuándo le llega la inspiración?», etc.).

Desde siempre se ha sabido que decirle "no" al concejal de cultura podía significar la pérdida de un ingreso dentro de unos meses, cuando más falta hiciera, o negarse a escribir una reseña gratis o una colaboración sin cobrar en una tertulia de un medio de comunicación (qué más da de lo que se hable) implicaba que cuando sacara su próxima novela, no tendría, por decirlo así, preferencia. Hoy en día, el autor ya no puede permitirse vivir alejado del mundanal ruido, sino que debe esforzarse por estar en él de manera casi permanente, haciéndose ver, una y otra vez. Esa es otra razón que explica el porqué de que un mismo escritor publique tan seguido: debe evitar el olvido del público, aun a costa de la calidad de su trabajo. Y no olvidemos que todo artista tiene mucho menos de genio que de trabajo, menos de inspiración que de técnica, que se depura a base de horas de frente al papel o la pantalla del ordenador. Recordemos a este respecto, el ejemplo de Ión, en el diálogo homónimo de Platón.

Dura es la vida del artista, dura es la del escritor, al que no le basta esforzarse por crear, atenazado muchas veces por la duda y la sensación de incompetencia, sino que además tiene que ejercer de empresario de sí mismo y dedicar su tiempo y energías a labores más mundanas y desgastadoras. Eso puede dar como resultado que otros, menos avezados en la creación artística o literaria, pero que se sienten cómodos en las relaciones personales o disfrutan de posiciones de privilegio por disponer de capital social o simbólico obtengan una visibilidad desmesurada, al menos en relación con su destreza artística. 

Por desgracia es ya habitual leer los comentarios de autores/as a los que la editorial "anima" a incrementar sus seguidores en las redes sociales y a ejercer otras actividades de animación para sus fans. No seré yo el que escriba que el artista/escritora debe refugiarse en la misantropía y limitarse a mirar con desdén a los que compran libros (o cualquier cosa) a Amazon. Hoy es imposible que un escritor pueda comportarse como Pynchon y vivir bajo anonimato, o como Salinger, que podía permitirse fijar las condiciones de publicación incluso en lo que se refería a la portada de sus libros. Es un signo de nuestro época que un autor necesite pasar más tiempo vendiéndose que escribiendo o, simplemente, pasando el rato como quisiera en la intimidad.

Si la vida es difícil para los autores que publican dentro de un sello editorial, imagínense la enormidad del esfuerzo extraliterario para el escritor que pretenda autopublicarse. Recuerden que hace tiempo ya que vivimos en la era del "hágalo Vd. mismo", y si un escritor pretende llegar a alguien más que a sus familiares desprevenidos, debe funcionar igual que un pequeño negocio. Para muchos, una perspectiva desalentadora. Quizá nunca hubo una edad dorada, unos «buenos tiempos», pero todo apunta a que estos en los que vivimos ahora son peores a su manera.




Por comenzar a hablar ya de esta novela, Historia de Mr. Sabas
 me recuerda enormemente a aquella notable obra de Luis Junco, Entrelazamientos: ambas parten de un suceso de la vida real y proceden a literalizar la investigación subsiguiente y que, al menos en este caso, bordea la crónica periodística. Además, muy en la línea de las novelas pseudobiográficas o de autoficción como la infumable Ordesa, de Manuel Vilas, se pretende reforzar su "basado en hechos reales" con la aportación de fotografías, esquelas, artículos periodísticos, etc. En una era en la que ya estamos de vuelta del collage, del palimpsesto, de la intertextualidad y de toda suerte de posmodernidades, más me habría complacido, sin que esto suponga demérito de esta novela, una completa invención de trama y de fuentes, tal y como lo hacían Borges o Lovecraft, sin ir más lejos, y por citar a dos autores disímiles.

Parece que, tal y como nos lo cuenta el autor, Anelio Rodríguez Concepción, una anécdota suscitara el recuerdo de un suceso que había quedado mitificado en la memoria colectiva de Santa Cruz de La Palma, y que el autor pretendiera seguir el hilo para recuperar todo el ovillo histórico. En ese sentido, no tengo nada que objetar. Lo que me molesta, en general, y sobre todo a estas alturas, es que la pretendida alusión a la realidad que se menciona sobre todo en la cinematografía y en la literatura pueda otorgarle prestigio alguno a la obra concebida como artística. En absoluto creo que sea así.

No obstante, y para que esto no implique un reproche a esta novela, Historia de Mr. Sabas es una obra notable, con un alto nivel estilístico (salvo en un par de ocasiones en las que el autor se complace en agregar un tono campechano-coloquial al texto que no hace sino rebajarlo) y muy bien hilada. Aquella anécdota inicial, la muerte de un león que se había escapado (es el de la foto de la portada) da paso al relato que a pesar de (o por) su apego a lo verídico, llega a emocionar, al darnos cuenta, mediante indagaciones en hemerotecas, sucesivas entrevistas y la feliz intervención del azar, de las aventuras, desventuras y avatares varios de la familia circense a la que pertenecía el personaje del título y que recuerda a esa enmarañada red de parentesco que formaban los Buendía de Cien años de Soledad. Este recorrido vital conecta de un modo que me parece fascinante Canarias con México y Yugoslavia, pasando por Alemania, Italia o la Península. 


Y entonces, sin ser invocado, me rozó uno de esos tenues destellos de remembranza que conforme se acercan van alcanzando la consistencia del relámpago. Entreabrí la boca y entrecerré los párpados para centrarme en un recuerdo de la infancia, hasta ahora perdido o aletargado, caramba, un recuerdo cada vez menos difuso, una estampa que como por ensalmo superaba las veladuras del tiempo, la imagen en blanco y negro de varios hombres de uniforme posando junto a un león escarranchado con la lengua fuera, una fotografía colgada en la pared de un bar, sí, en concreto el quiosco de la plaza de San Pedro, en el cercano municipio de Breña Alta, y yo de pie mirándola desde abajo en silencio, con embeleso, como debiera mirarla un niño aficionado a los tebeos del Capitán Trueno. (Pág. 19)

 

Hasta que le llegó el turno a Yolandita, quien con aplomo y redaños impropios de su edad se explayó apretando el entrecejo: "Traigo esta flor para recordar al pobre Bubú, un león muy bueno que murió en este mismo lugar, fusilado por la Guardia Civil". Al público allí reunido le hizo gracia la salida del guion previsto, pero sólo los más viejos, abuelos y jubilados ociosos, conocedores del trasfondo de aquella mención, sintieron en el cogote un palmetazo de justicia poética mediante el cual recobraban algo de sí mismos que creían extinguido. Fue así como, sin ser consciente de ello, ni falta que hacía, Yolandita le dio nuevo sesgo, real de cabo a rabo, a la libre recreación de un castillo en el aire. Debiéramos intuir que no todo está perdido mientras de vez en cuando sigan obrándose milagros como éste. (Págs. 49-50)

 

Poco más tarde, honrándome con una confianza que raras veces se deposita en desconocidos, y menos en los que llegan de improviso, Lale y Cristina me mostraron como guías de excepción las instalaciones de las tres carpas y sus alrededores, desde los cuadros de luces con las correspondientes torretas hasta el alineamiento de caravanas, furgonetas y trailers en el solar de al lado, y en el mismo recorrido por aquella minúscula ciudadela tuvieron la gentileza de presentarme a cada artista que nos salía al paso en albornoz o en chándal, así como a cada utilero que por aquí y por allí daba retoques con herramientas de carpintería; y entretanto, como la cosa más natural del mundo, acaricié la cabeza de un osezno que tomaba leche de biberón, y me acerqué más de lo aconsejable a la jaula compartimentada de los tigres de Bengala y al terrero donde se solazaba un elefante justo a la hora de la ducha. Entre bufidos y olores de criatura salvaje, la sombra de un ángel en reposo parecía adueñarse de aquel espacio de márgenes difusos que en ningún momento, ni siquiera a media mañana, ni siquiera para sus moradores, podía resultar anodino. (Pág. 154)


Así, de un modo que ni resultado engolado ni empalagoso, el autor consigue mostrarnos un mundo del circo desmitificado, pero dotándole de un aura que, a pesar de todo, sigue siendo, a pesar del relato pormenorizado de las tareas, oficios y funciones de sus miembros, y a falta de otra palabra mejor, "mágico". Lo que no es poco, ni mucho menos. Además, un dato final revelado se muestra como un colofón sorprendente a una historia que había comenzado de manera trágica. Más discutibles son algunas de sus conclusiones, que no discutiré aquí por no develar el desenlace.

Por lo demás, Rodríguez Concepción ya forma parte para mí de esos escritores serios de nuestra Comunidad, junto con, por ejemplo y sin ánimo exhaustivo, Luis Junco y Juan R. Tramunt, quienes, además, no suelen ser pasto de entrevistas ni de reseñas. Lo cual, sin duda, ofrece un lado bueno, consistente en que su obra no sea devorada por la crítica mediocre empeñada en el ensalzamiento descorazonador. Lo malo, claro, es que no son tan conocidos por el gran público, consumidor de periódicos y sus suplementos, programas de radio, videos y demás baratija intelectual. Ojalá existiera un término medio, pero en la era de Internet, ahora como nunca, el 1% de lo publicado, que no tiene por qué ser lo mejor, se lleva el 99% de la atención y de las recompensas.



martes, 20 de octubre de 2020

'Hormigón', de Thomas Bernhard

En esas fantasías semiinconscientes previas a la siesta, imagino una revista cultural escrita sólo a base de reseñas: reseñas de novelas, reseñas de poesía, reseñas de instalaciones, reseñas de pinturas, reseñas de arquitectura, reseñas de escultura... Incluso reseñas de conferencias (esta idea es de Javier Moreno) y, por qué no, reseñas de reseñas. Esto último, la verdad sea dicha, lo practico con cierta frecuencia, aunque tal vez menos de lo que resultaría necesario, tal es el nivel de degradación y postración en el que lleva sumida la crítica literaria (y las reseñas y las impresiones de lectura), por lo general, en nuestro país y en nuestra Comunidad.

De hecho, ya hace casi cuatro años fue la lectura de una reseña de aquella pésima novelita de González Déniz titulada El tren delantero la que me proporcionó el impulso definitivo para crear este blog. Hago hincapié en que fue la reseña, y no la novela, la que suscitó la indignación. Una novela puede ser mejor o peor, más o menos deplorable, más o menos pasable. A veces, incluso buena. Lo que no tiene un pase, ni informativa ni moralmente, es la reseña amical, maravillosista, buenrollista, de favor, de intercambio de dones o mercantil, que se resume en mentir al público lector y en callar lo que se debería decir.

Esta postura ya la conocen de sobra los seguidores/as del blog, y por ello no solo critico las creaciones literarias, sino que procuro incluir también a los/as reseñadores/as, con nombre y apellidos y los medios en que publican. De todos modos, soy consciente de que el campo cultural está estructurado de tal modo que es casi imposible que se pueda ejercer la crítica honesta de manera continuada. Aun así, hasta hoy, era de mal gusto criticar al que ejerce mal su labor: reseñadores de ocasión, escritores/as más o menos aturdidos/as o periodistas culturales tenían patente de corso para su adulación sin fundamento.

A este respecto, me viene a la memoria el reto que le planteaba Sócrates a su joven interlocutor Menéxeno, en el diálogo homónimo de Platón, en el que le aseguraba ser capaz de componer sobre la marcha un discurso fúnebre recordando fragmentos  de otros ya recitados. En este sentido, me veo perfectamente capaz de escribir una reseña empalagosa de esas que vemos con frecuencia en periódicos y cuadernillos culturales sin leer siquiera la obra a la que aluda. Sospecho, por otro lado, que esa es una práctica habitual, por vergonzosa que sea, de nuestros hagiógrafos y maravillosistas de la cultura.

En otro orden de cosas, González Déniz ha sacado novela, lo que será motivo de alegría para deudos y allegados. Leyendo la reseña de Felipe García Landín en el Canarias7, Emilio González Déniz ha vuelto a relucir maestría y magisterio, cómo no. Alexis Ravelo, también ha publicado. En su caso, estoy tentado de pensar que es una especie de manía, porque no acabamos de leer una novela (si tal fuera el caso) cuando ya nos ofrece la siguiente. No obstante, no llega a la producción estajanovista de Santiago Gil, quien a veces da la impresión de que publica más que escribe. Respecto de la novela de Ravelo, no he leído nada al respecto aún, pero imagino que no tardarán en volver a calificarlo de "maestro" o una tontada de esas.

Fantaseo, sin llegar a anhelarlo, con que tamaña dedicación se vea recompensada en todos los casos por el Premio Canarias de Literatura: se merecen los unos al otro.

Cráneos previlegiados.




Sin embargo, todo no va a ser tristeza, ira o indignación en la casa del reseñador. Con frecuencia, más de lo que da a entender, lee buenas novelas, como podrán comprobar Vds. mismos si repasan el historial de lecturas del Polillas. En especial, cuando ya cuenta con precedentes, como es el caso de la obra de Thomas Bernhard. Hoy, sin ir más lejos, comparto la lectura de Hormigón.

Esta es una novela de reducida extensión, de unas 103 páginas, pero tan reconcentrada, tan densa, tan bernhardiana que vale por una del doble, o por un millón de microrrelatos, tan de moda en los últimos tiempos, a tenor de los concursos literarios que los reclaman. En todo caso, no es de longitud ni de grosor de lo que vengo a hablar aquí, sino de esa capacidad del escritor austriaco de ir roturando el campo alrededor de las obsesiones y anhelos del protagonista. Una roturación lenta, profunda y constante con la que todo el terreno moral del protagonista se ve penetrado por el arado indagador del novelista. Mirado así, no sé si mi reflexión es más agrícola que sexual o viceversa.

En Hormigón, a poco que la lean con atención, verán temas y motivos que se desarrollarán más tarde en esa novela superior que es Tala, que sigue impresionándome. Imagino, creo que lo he dicho en alguna ocasión, que Bernhard es mal ejemplo para el aprendiz de escritor. Igual que Borges, con el que no tiene nada que ver. Ambos, sin embargo, hacen surgir el lado más mimético del lector que pretenda escribir, y por tanto su sombra cipresca (ahora que estamos conmemorando a Miguel Delibes) es demasiado acogedora, por mucho que las divagaciones y obsesiones del protagonista no inviten al descanso ni a la relajación, ni mucho menos.

Hagámonos cargo de que su prosa, traducida aquí por Miguel Sáenz, es repetitiva, masiva, gravitatoria, centrípeta y machacona, y al mismo tiempo, por todo eso, fascinante, con un ritmo implacable, quizá difícil de aprehender en muchas ocasiones. Una prosa difícil, es cierto, pero es posible que ciertas cosas no puedan expresarse de otro modo. El resultado sigue siendo demoledor.

Toda publicación es una tontería, y prueba de un desagradable rasgo de carácter. Editar la inteligencia es el más vergonzoso de los crímenes y yo no he vacilado en cometer varias veces ese crimen, el más vergonzoso de todos. Al fin y al cabo, ni siquiera fue la grosera necesidad de comunicarme, porque nunca he querido comunicar nada a nadie, con eso no tenía ninguna relación, fueron simples ansias de gloria y nada más. Qué suerte no haber editado Nietzsche y Schönberg, por no hablar de Reger, no me lo perdonaría. Si ya los otros miles y cientos de miles de escritos publicados me asquean, los propios me asquean de la forma más horrible. Pero no escapamos a la vanidad, a las ansias de gloria, entramos en ella, como si la necesitáramos, con la cabeza muy alta, aunque sabemos que nuestra forma de actuar es imperdonable y perversa. (Pág. 38)

Tener que seguir asqueándome de un desayuno hecho por mí mismo a otro desayuno, de una cena hecha por mí mismo a otra cena, de una decepción meteorológica a otra decepción. Tener que leer diariamente los periódicos y su porquería política local, su obtusa suciedad política y económica y ensayística. No poder sustraerme a esos periódicos y a sus asquerosos productos, porque, por otra parte, tengo que devorar diariamente con gran ansia esa suciedad de los periódicos, como si padeciera francamente una perversa gula periodística. No poder sustraerme en absoluto, aunque tenga la voluntad para ello, realmente la voluntad de sobrevivir, a todas esas suciedades públicas y publicadas, porque no puedo sustraerme a esa gula de ellas, a todas esas perversas historias de terror de la Ballhausplatz, donde un Canciller que se ha convertido en un peligro público da a sus idiotas de Ministros órdenes que son igualmente un peligro público. (Pág.71)


Los amigos de antes, o están muertos y han vivido una vida infeliz, se han vuelto locos antes de morir, o viven en alguna parte y no me interesan ya. Todos se han quedado atascados en sus ideas y, entretanto, se han hecho viejos, y en el fondo, aunque, como me consta, se debatan furiosamente aquí o allá, han renunciado. Si nos los encontramos, hablan como si no hubiera pasado el tiempo en los últimos decenios y hablan por lo tanto en el vacío. Hubo un tiempo en que realmente cultivé mis amistades, como suele decirse. Pero todo eso se rompió en algún momento y, prescindiendo de que, de cuando en cuando, leo en los periódicos algo de éste o de aquél, a los que en otro tiempo consideraba indispensables, alguna tontería, alguna insulsez, no sé ya nada de ellos. Casi todos han fundado una familia, como suele decirse, han hecho sus negocios y se han construido casas y han tratado de asegurarse por todas partes y, con el transcurso del tiempo, se han vuelto carentes de interés. No los veo ya y, si los veo, no tenemos nada más que decirnos. Uno insiste ininterrumpidamente en que es artista, otro, científico, un tercero, comerciante de éxito, y eso me pone ya malo, sólo con verlos y mucho antes aún de que abran la boca, de la que sólo brotan cosas triviales y, una y otra vez, sólo leídas y ninguna propia. (Pág. 92)


En manos de escritores/as menos dotados/as, o con menos oficio, todo podría haberse convertido en cháchara y verborrea yoísta, carente, por tanto, del menor interés. El talento, o lo que quiera que sea que Bernhard posee, lo transmuta en introspección valiosa, en espejo en el que en menor o mayor medida nos vemos y, me temo, nos rechazamos. El protagonista de la novela nos sumerge en las contradicciones y crueldades en las que recaemos una y otra vez. Eso, teniendo en cuenta que muy poca gente podría identificarse en modo alguno con él, atendiendo a sus características socioeconómicas o morales. No hay manera de salir indemne de la lectura de las obras de este escritor, ni siquiera esbozando una sonrisa de suficiencia.

En fin, diga Bernhard y diga horror a los puntos y aparte, diga hostilidad a los puntos y seguido; diga amor por las comas y las oraciones complejas y extensas. Diga discurso vitriólico, diga exceso e ira. Podría pensarse que el personaje público no era tan libertario, ni mucho menos, y que gustaba de recibir premios y honores de aquellas autoridades e instituciones que tanto decía detestar. Puede ser, pero no creo que importe demasiado a la hora de juzgar su literatura, que expresa el malestar de una generación del Estado de Bienestar centroeuropeo tanto como puede expresarlo ahora para los que solo hemos vivido sus restos, de entre los cuales parecen haber resurgido la intolerancia y el autoritarismo sin complejos

Sigamos adelante.














sábado, 10 de octubre de 2020

Trasdemar

Vaya por delante que la creación de nuevos diarios o revistas siempre me suscita curiosidad y algo de esperanza. Es posible creer, aunque sea por un momento, que corre sangre fresca (que no necesariamente joven en edad) por las esclerotizadas venas de la sociedad civil, o de la sociedad a secas: temas nuevos, enfoques nuevos, críticas valientes y razonadas, argumentos inimaginados, redactoras/es y escritoras/es originales, etc. 

Sin embargo, en cuanto a la información periodística en general, salvo alguna excepción (en el ámbito español) como, en mi opinión, El Salto, la mayoría del periodismo digital tiene el nivel del periódico que dirige Inda, y cuyo nombre no vale la pena ni mencionar. En cuanto a la cultura y a la literatura, y ya nos quedamos en el perímetro local, la novedad se trastoca en ranciedad nada más nos asomamos a su contenido. Así ocurrió con Dragaria, la revista dirigida por el fallecido Manuel Almedia, que no aportó ni una sola idea nueva y así, me temo, pero me gustaría equivocarme, ocurrirá con Trasdemar, la nueva revista digital que pretende conectar los archipiélagos del mundo entre sí, o algo parecido.

Para ello, la revista ha establecido contacto con periodistas e intelectuales arrinconados e invisibilizados, seguramente por el carácter de denuncia de su obra, como, para citar solo a los más desconocidos, el exconsejero de Cultura del Gobierno de Canarias y diputado del Parlamento de Canarias y premio Canarias, Juan Manuel García Ramos, el periodista, novelista, poeta y lo que surja, Santiago Gil, y la periodista cultural, ácida escritora de reseñas e iracunda crítica social Nora Navarro. ¿En serio?



Que no digo que la revista,  esta o cualquier otra, no invite o incluya en su contenido a quien le venga en gana, con mejores o peores razones, pero no deja de llamarme la atención lo pequeñísimo que es este mundillo en que todos parecen conocer a todos y los mismos llaman a los mismos para proveer de contenido (siempre parecido) para un público veleidoso y, a la fuerza ahorcan, exiguo.

Sin embargo, hay algo que siempre me ha suscitado cierto pasmo en la creación de la miríada de revistas literarias, artísticas, culturales y periodísticas en general: al mismo tiempo que proclaman su novedad y su necesidad, invitan a sus páginas a las mismas figuras que llevan cardando la lana desde hace décadas o, si no es el caso, que ya disfrutan de tribuna en otros medios de comunicación. Así, es lamentablemente habitual, que las tertulias (por llamarlas así) en radios y televisiones estén compuestas por directores de otros medios o, en su defecto, de periodistas que ya disponen de sus propias columnas. Un círculo vicioso o una estructura que se retroalimenta y ante cuya visión y audición uno se echa las manos a la cabeza con frecuencia por la superficialidad, cuando no estupidez, en el abordaje de los asuntos que aparentan tratar.

En estos primeros momentos, no obstante, quiero pensar que si los creadores de la revista no tuvieron la precaución de hacerse con material antes de su publicación, no han tenido más remedio que buscar a toda prisa colaboraciones a diestro y siniestro, sin mucho criterio. Luego las han pedido a aquellas figurillas del campo artístico-literario local más conocidas y con supuesto prestigio. García Ramos, Gil y Navarro no son culpables de que se les busque; ni tampoco Cecilia Domínguez Luis, de que la entrevisten. Que su posición en el campo cultural incite a ello, que sea una solución fácil, es otro asunto. Una explicación alternativa es asegurar que lo que sale siempre es lo que hay, que no hay más. Ya me dirán Vds. si están de acuerdo. 

Por último, y volvemos a Trasdemar, en su "Manifiesto" aspira "a convertirse en referente crítico desde Canarias". Manifestar esa aspiración lo hacen todos, la práctica suele ser otra cosa. Déjenme que les manifieste que con estos mimbres iniciales, poco futuro crítico le auguro. Es llamativo que el único apartado que permanece vacío hasta el día que escribo esto (10 de octubre de 2020) sea el de "Reseñas". Ya me gustaría creer que la escasa influencia de mi blog, en su excéntrica posición, se transmutara en cierta parálisis laudatoria o hagiográfica en los medios, pero lo dudo. Más bien, imagino que es la sección más tediosa de toda revista o cuadernillo cultural que se precie, pues como la parte crítico-negativa suele orillarse con desdén, dedicarse a escribir panfletos empalagosos de obras lamentables no puede ser del gusto de casi nadie.

Por cierto, el manifiesto dice lo que dice todo manifiesto canario: mestizaje, insularidad, periferia, diversidad y una pizca de anticapitalismo del que no molesta. Por si quieren ahorrárselo.









miércoles, 23 de septiembre de 2020

'Exhalación', de Ted Chiang

La escritura a veces se vuelve una tarea penosa porque (esto es un lugar común) las palabras apenas aciertan a plasmar los sentimientos y las intuiciones que uno desearía poder comunicar. La oralidad, que también tiene esta dificultad, implica por su espontaneidad (salvo que sea un discurso preparado) menos esfuerzo, menos desgaste: solían evaporarse una vez dichas. Bueno, eso era antes. Ahora, en esta época todo se graba, se quiera o no, para difundirlo por las redes sociales o para hacer chantaje. Escribir una entrada de este blog de reseñas me lleva horas, mientras que leerlo les puede llevar apenas diez minutos como máximo. A esto, súmenle el tiempo que tardo en leer el objeto de la reflexión. Si siempre obtuviera placer estético e intelectual, no sería un costo, sino más bien una ganancia. En cambio, como bien saben, en demasiadas ocasiones la lectura de las obras que reseño aquí son más bien una tortura.

Digo todo lo anterior porque de vez en cuando (esto debería ser una buena noticia para las víctimas de mis críticas) me planteo la posibilidad de dejar de escribir estas reseñas, de cerrar este blog que en noviembre cumplirá cuatro años. En realidad, siempre he considerado el Polillas al anochecer como un servicio público. Si me han leído a lo largo de estos años, saben que albergo presuntuosidad con esta afirmación. No obtengo beneficio alguno: ni profesional ni social. A diferencia de otros críticos-blogueros, nunca albergué un plan b por el cual pudiera intercambiar mi supuesta influencia en las redes por algún tipo de ventaja. 

Este servicio público es, en realidad, muy simple: escribir con alguna argumentación lo que pienso sobre la literatura, sobre las novelas que me apetece leer y, en especial, medir la distancia que había entre las reseñas que leo y lo que opino. Respecto de la creación local y nacional, pretendo ir más allá del elogio encendido, del saludo empalagoso, de la hipóstasis de la literatura y de la cultura en lo que se refiere al ser humano y a la sociedad; reflexionar sobre el papel de los reseñadores/as, de los críticos/as, de los/as periodistas culturales, sobre nuestra propia posición como lectores/as (o escritores/as). En fin, siempre se ha tratado de cuestionar, aunque fuera de modo superficial, por qué algunas cosas son como son y de pensar cómo podrían o deberían ser, tal vez. 

No importa que los medios de comunicación sigan publicando las mismas chorradas, que las figuras del campo literario sigan hablando y escribiendo de libros "imprescindibles" o "necesarios", que todo sea maravillosismo y buenrollismo y amiguismo e intercambio de favores. No importa que los que tengan algo que decir, callen, que los malvados estén llenos de energía y los buenos estén agotados y esperen tiempos mejores. O simplemente que no sean capaces de superar su pusilanimidad. En la medida de las posibilidades de blogs como este, intento que se respete al público lector, y eso solo se puede hacer aplicando la parresía, el hablar franco y veraz en el campo literario y en el cultural. Y, si se tercia, en cualquier otro.

Seguimos:




Ted Chiang, según he leído aquí y allá, es un escritor de ciencia ficción que disfruta de gran prestigio. Ese prestigio se sustancia en haber ganado un montón de premios Hugo y Nebula y en que de un relato suyo se ideó la película La llegada, que a su vez obtuvo gran éxito de público y crítica. Yo mismo solía consultar la lista de premios Hugo y Nebula allá en mi tierna juventud, ya que eran referencias obligadas para cualquier lector del género con algo de afición. Debo reconocer que, a pesar de algunos títulos excelentes, a mi parecer la lista de títulos ya no comporta la misma seguridad de calidad que entre los años 50 y 80. También es cierto que no les presto la misma atención.

Pues bien, Exhalación es un conjunto de relatos, traducidos por Rubén Martín Giráldez (sí, el autor de Magistral), de variada temática y tono. También, de variado interés. Desde un relato de sabor oriental tipo las Mil y una noches, con narraciones enmarcadas, hasta una inmersión en el desarrollo de inteligencia artificial en mundos virtuales pasando por la reflexión sobre la repercusión en los seres humanos de artefactos y gadgets, de aire Black Mirror. Hay de todo y para todos.

En mi caso, el interés por los relatos fue decreciendo hasta dejar el último a medio leer. "No eres tú, soy yo", suele decirse en las rupturas sentimentales. Como la literatura es, entre otras cosas, también un tipo de relación así, son las palabras que me vienen a la mente. El punto de inflexión fue el relato central, el de mayor amplitud, que algunos han considerado el mejor, que aunque se lee bien, no me parece original en el objeto ni en el tratamiento. Inteligencias artificiales que se desarrollan tuteladas por humanos, que se implican emocionalmente con ellas. Antes, El comerciante y la puerta del alquimista me pareció magnífico y hermoso, por el lenguaje, la trama y las conclusiones, aunque creo que no solventa del todo los problemas inherentes a los viajes en el tiempo y a las paradojas temporales. En este caso, creo que da igual. Exhalación también me parece estupendo: corto, elegante en su tratamiento del lenguaje, con ciertos matices científicos, y sugerente. Lo que se espera de nosotros es una reflexión literalizada, sin más, sobre el libre albedrío. A otros lectores les ha parecido más de lo que me ha parecido a mí, no obstante.

Mi interés declina a partir de El ciclo de vida de los elementos del software, como ya señalé antes. Es el relato que no sé si se le hace grande o se le queda pequeño. Hay asuntos que quedan sin desarrollar, como las relaciones personales de los dos personajes humanos principales y una resolución con respecto a las IA que me parece prematura e incompleta. No me deja satisfecho, ni de lejos, aunque, repito, se lee con agrado. Después de un par de relatos, Ónfalo rompe la tendencia, y vale la pena subrayarlo, porque ofrece una visión religiosa de la ciencia y una visión científica de la Creación que me parecen singulares. El último, el que aún tengo a mitad, es un sondeo de las posibles consecuencias de la existencia de universos alternativos y de la interacción entre ellos.

En cualquier caso, Ted Chiang (y su traductor, Rubén Martín Giráldez) ofrece un lenguaje claro y preciso, no exento de sutileza y preciosismo cuando lo considera necesario. A este respecto, no tengo nada que reprochar, salvo que segundas lecturas me convenzan de lo contrario. Para terminar, me parece un conjunto de relatos irregular, aunque nunca deficiente. Para que me entiendan: son todos buenos, o más que buenos, pero no todos sobresalientes (como el primero, por ejemplo). Como lector, siempre deseo lo mejor.



P.D. Una reseña en vídeo, que no da vergüenza ajena, como suele ocurrir con los booktubers habituales, aquí. En medios tradicionales, he encontrado esta, y esta (con Rodrigo Fresán a los mandos) que ponen al libro y al autor por las nubes.











  



domingo, 13 de septiembre de 2020

'La ballena', de Paul Gadenne

 Las dos últimas semanas han sido muy valiosas: hemos descubierto, se ha caído el velo, que nosotros, los canarios (como los españoles, en general) no somos un pueblo acogedor ni hospitalario. Tampoco, sabio. Con ese tono paternalista con el que se dirigen a los gobernados y dominados, los que gobiernan y dominan, con la irrupción del turismo y la fabricación de nuestra comunidad como resort para los alemanes, británicos y escandinavos, fueron moldeando un relato vía medios de comunicación por el cual los/as canarios/as y Canarias eran afables, corteses y hospitalarios con los extranjeros: una manera de construir pueblo adecuado al nuevo negocio, al emergente cuasimonocultivo del que iban a depender los ingresos de una incipiente élite empresarial y al que se iba a adherir nuestro patriciado tradicional.

También hemos descubierto que cuando la xenofobia, el racismo y la aporofobia se manifiestan mediante un editorial de uno de los periódicos más importantes (que no es mucho decir) de nuestra Comunidad, todos aquellos que se desgañitan casi a diario (columnistas, intelectuales, políticos y artistas) criticando esto o aquello (muchas veces, con razón), sobre todo si se dirige contra conceptos o contra entidades lo bastante abstractas para no molestar a nadie concreto, enmudecieron de súbito. Tampoco, cuando esta alcaldesa o aquel alcalde se empeñaron en subrayar la "mala imagen" o "el deterioro" por haber alojado a inmigrantes irregulares en un complejo turístico, que se encontraba, a la sazón, vacío.

Es bastante posible, habría quizá que pensarlo con algo más de detenimiento, que, como decía aquel artista, España dé asco. Lo mismo podría aseverarse con respecto a Canarias, ese paraíso terrenal, esa Atlántida, ese Jardín de las Hespérides, esa plataforma continental y crisol de culturas, con ese pueblo, repetimos, tan amable, hospitalario, acogedor... y secularmente dominado, empobrecido, sometido, que a base de golpes y de servidumbre se ha vuelto tan mezquino y calculador -en gran proporción- como sus señores. Solo una voz, la del juez encargado de los CIE, Arcadio Díaz Tejera, se ha manifestado en contra de esta ola de indignación hipócrita. Deberían fijarse en él, en especial por su ubicuidad y por su facilidad de acceso a los medios, estos políticos, estos intelectuales, estos columnistas y estos artistas que padecemos.

(Cuando escribo estas líneas, el 12 de septiembre, leo lo siguiente, que puede marcar un cambio de tendencia. Lo que debería avergonzar aún más a los muditos/as: aquí)

En fin, que cada uno, cada una, que lea estas líneas, que alcance a reflexionar en qué medida se siente aludida/o, y si le importa.




Uno lee la palabra "ballena" y, la haya leído o no, recuerda de inmediato la novela de Hermann Melville. Y más, al ser la ballena de este relato (38 páginas) también un espécimen blanco, "como una cantera de mármol". Así se llama: "Ballena", escrito por el autor francés, Paul Gadenne, fallecido a mediados del siglo pasado y cuya vida y milagros ignoraba por completo. Llegué a este relato, a este autor, gracias a Joan Flores Constans (*) en cuyo blog (entrada del 20 de julio) se hacía mención a él. De su obra, al parecer, solo se ha traducido Ballena, versión de David M. Copé. Uno podría preguntarse no sólo por qué una editorial decide traducir a un autor casi desconocido en España, muerto hace casi 70 años. Y con un relato, ni siquiera con una novela. Sería interesante saberlo. Quizá haya sido una avanzadilla en terra incognita, una incursión en el proceloso mar editorial, un sondeo en la cámara de tortura de las reseñas en los medios de comunicación, yo qué sé.

En todo caso, 38 páginas pueden dar para mucho, sobre todo cuando uno se siente desbordante de creatividad pseudoliteraria y quiere señalar (o dar codazos) al gran público que uno tiene alma de escritor, aunque no escriba literatura. Es lo que podríamos llamar "hacer un noranavarro". Estoy recordando aquella reseña de Panza de Burro en el cuadernillo de La Provincia y aún se me eriza la piel. En fin, sigamos porque, aunque a nuestros exégetas, hagiógrafos y juglares del mundillo hayan unido esfuerzos, acordes y gemidos para proclamar que el Mesías literario canario ha llegado encarnado en Andrea Abreu, hay más literatura ahí fuera que vale la pena.

Yo interpreto Ballena como el fin del viaje de Moby Dick. Tras aquellas furiosas batallas contra el capitán Ahab y su barco ballenero, el leviatán embarranca en otro continente, en otro tiempo. Es ahora un mundo demasiado consciente de sí mismo, lejos ya de aquella modernidad pujante y vigorosa de un país como los Estados Unidos en plena expansión. La ballena acaba en una playa de Francia, en un continente existencialmente agotado y descreído. El narrador y su acompañante se acercan a la playa algunos días después de que les llegara la noticia de aquella inmensa bestia blanca.

El encuentro con algunos animales, magníficos y antiquísimos, como la ballena, o el elefante, del que Ángel Bonomini, por ejemplo, escribió otro relato inmortal como Los lentos elefantes de Milán, quizá por una genealogía que se remonta al principio de los tiempos (aunque lo mismo puede decirse de las medusas, pero no tienen el mismo encanto) nos produce pasmo, admiración y también melancolía. Es el paso del tiempo encarnado en animales casi mitológicos, y su muerte, como el de esa ballena blanca varada en una playa, es el recordatorio de la nuestra, y apunta a la muerte de todo lo viviente:


Habíamos creído ver simplemente un animal cubierto de arena: en realidad, contemplábamos un planeta muerto.

 

Para un lector avezado, además del gozo mismo de la lectura, las referencias literarias y bíblicas serán fuente de satisfacción y de curiosidad, sobre todo, como en cualquier texto bien escrito, porque no resultan redundantes o caprichosas, sino necesarias (aunque no tengan por qué). En la mejor tradición norteamericana del siglo XIX, cuando todos los escritores citaban de continuo las Escrituras, cuya lectura era parte integral de su formación intelectual. La lectura de este cuento invita a producir todo tipo de significaciones por la simbología suscitada por la ballena a lo largo de la Historia. Por no hablar del color blanco, que ya desde Edgar Allan Poe, literariamente al menos, sugiere connotaciones mórbidas, que en general suelen asociarse al negro. En mi caso, insisto que, aunque fuera escrita en otro tiempo, quizá por las circunstancias en las que vivimos ahora, no puedo sino pensar en el cansancio y el hastío de una civilización, en el de la especie humana al completo, descomponiéndose lentamente en un recodo del tiempo, en este planeta diminuto e insignificante que flota a la deriva.


Yacía sobre la arena con todo su peso muerto, como si se esforzara en desaparecer, como si a partir de aquel momento hubiese decidido formar parte de la tierra, como aquellos peñascos bajos y angulosos, como aquellas plantas enjutas y rígidas que había a nuestra espalda, incrustadas en el esquisto, y a las que la brisa ni siquiera conseguía hacer temblar. Pero los peñascos eran oscuros: ella era blanca, de un blanco opaco, como el blanco de la leche derramada. Ese blanco era el suyo. Un blanco sin luminosidad, un blanco helado, completamente replegado en sí mismo, que le daba la espalda a toda gloria con una resignación apenas patética. (Págs 24-25)


A mí, Ballena me ha convencido; Paul Gadenne es un escritor que a partir de esta lectura me interesa y confío, como confiaría un creyente liberal en las bondades del mercado colmador de necesidades y caprichos, en que la editorial Periférica o cualquier otra se pongan manos a la obra y traduzcan su obra. Aquí hay un lector.




(*) No deja de ser curioso como dos lectores de la misma obra, incluso en una tan breve como esta, la interpretan de manera tan diferente. A Joan Flores se le ocurren significados que no se me habían pasado por la cabeza. En todo caso, mis disquisiciones no se solapan con las suyas.










martes, 1 de septiembre de 2020

'Las zonas comunes', de Nicolás Dorta

 En el manual de todo/a buen/a reseñador/a se especifica con mucha claridad que no es recomendable leer reseñas ni comentarios sobre la obra que se va a comentar. Sin duda, para evitar que otros juicios se interpongan e influyan en el nuestro. Si un/a ilustre predecesor/a ha encomiado la obra, ¿seremos capaces de contradecirle? Si uno/a detestado/a la ha criticado, ¿perderemos nuestra ecuanimidad solo para oponernos, por mera antipatía? Son cuestiones importantes, que cada uno/a resuelve su manera. No obstante, con frecuencia, uno llega al conocimiento de determinadas obras precisamente porque alguien las ha reseñado antes en los medios de comunicación o en las redes sociales.

Este es el caso de Las zonas comunes, de Nicolás Dorta. Una reseña de Eduardo García Rojas en su blog, otra de Salvador García Llanos en el Canariasahora.com y, finalmente, un saludo lírico como solo sabe hacerlo Juan Cruz en El Día confluyeron en mi determinación de leerla. Ante esta catarata de unánimes elogios de una obra de un canario, no me quedaba otra que leerla, sobre todo en esta época en el que las novedades han ido raleando por la incertidumbre provocada por la pandemia. Uno lee los periódicos y estamos casi seguros de que nos encontramos al borde de un colapso sistémico. 

En todo caso, parece una práctica establecida en el mundillo, y creo que no es esta una particularidad local, sino nacional, la de que la presentación de un libro debe venir acompañada de la presencia de una celebrity literaria o, lo que es peor, periodística. A veces, como es el caso de Juan Cruz, según se dice, se combinan en una misma persona las dos actividades. A todas estas, Juan Cruz es en la provincia de Santa Cruz lo que Santiago Gil en Las Palmas: resulta casi inconcebible que un autor o autora presente un libro sin intentar, al menos, que aquellos los/as arropen en la provincia respectiva. Están en la cúspide de una jerarquía imaginada. Es posible que, dado el poder de convocatoria de estas ilustres plumas, su presencia se crea necesaria para obtener la difusión deseada. Comprensible, sin duda. El espectáculo de una sala desierta debe de ser descorazonador. Una soledad demasiado ruidosa, que diría Hrabal.

También es cierto que hay asistentes habituales de presentaciones de libros. Sí, aunque les parezca increíble, hay gente que ha adquirido la costumbre de asistir a estos actos, independientemente del autor/a y obra, por lo que es de sospechar que el libro en cuestión les importe poco y lo que pretendan es disfrutar de los rituales del acto en sí: presentador/a, chiste, elogio, chiste, cita apropiada, chiste, agradecimientos; autor/a, chiste, narración del proceso de creación: cuándo, por qué, para qué; chiste, lectura de párrafos, chiste, agradecimientos, etc. Aplausos. Tiene que haber de todo.

No obstante, la ubicua presencia y las obligadas palabras de compromiso y amabilidad de estos prohombres de la Cultura se traduce en que TODAS las obras que presentan son, a tenor de lo que se deduce de estas presentaciones, obras magníficas, e imprescindibles. Esto empeora cuando, además, publican reseñas de tipo laudatorio. Todo sea por ayudar a la literatura, según imagino que piensan (por no imaginar algo peor). El resultado es que el último eslabón de la cadena, el lector o lectora, está indefenso ante ese caudal ditirámbico, y acaba, ingenuo/a como es, adquiriendo productos que no valen su precio.



Respecto de la obra que nos ocupa hoy, Las zonas comunes, puedo señalarles que la obra está escrita con corrección, y que, salvo cierta tendencia a describirnos como si fuera importante el tipo de corte de pelo que llevan las mujeres, nada hay en estos cuentos que nos soliviante en demasía. Son cinco relatos, más bien son cinco escenas, de diversa temática que tienen en común ser comunes. O quizá es que aspiran a la trascendencia de lo cotidiano. A veces, el empeño de llegar a lo global o a lo universal a través de lo local, lo cotidiano o lo diminuto tiene éxito. En muchas ocasiones, no, y puede representar un camino directo hacia la insustancialidad y el consiguiente aburrimiento, por mucho que se quiera hablar de soledad, dolor y angustia existencial. Empatizar con lo que se cuenta no es igual que ratificar su calidad.

Las zonas comunes, después de un primer relato que, al menos, mantiene el interés, acaba hundiéndose en la inanidad de una redacción aplicada, pero falta de grandeza. No es esa tontería con desparpajo de otras obras que he criticado aquí con gran abundamiento. Se aprecia esfuerzo y cuidado, lo que es muy de agradecer, pero le falta lo que es más importante: arte. Resulta difícil señalar un párrafo, una frase que me haga estremecer o que me induzca a soñar. Que me haga paladear el idioma. El autor parece tan preocupado por no tropezarse al caminar que parece que hubiera optado por quedarse sentado. El tercer relato, Palmira, el de mayor extensión, y en el que otros reseñadores han encontrado toda suerte de referencias (para mí, de lo más imaginativas) es el que más profundamente me ha aburrido. La brevedad, como ocurre en los demás, no acude aquí al rescate de la impaciencia. 

Es posible que una mayor sensibilidad a lo cotidiano se traduzca en una poética de lo nimio de valor literario y artístico. No la encuentro en este libro ni tampoco en otros también de autores/as locales, empeñados unos y otras en contar por contar, como si el mero acto de transcribir anécdotas, ocurrencias o incluso historias completas tuviera valor por sí mismo. Puede serlo a nivel personal, pero no necesariamente para el público lector. Es difícil ser Carver o Chéjov, sin duda.


Soy la encargada de poner la mesa del comedor a mediodía. Otros lo hacen por la noche. En quince minutos debo colocar 18 platos con sus respectivos vasos y cubiertos, uno frente al otro hasta conquistar dos filas. A veces falta alguien pero casi siempre la mesa se completa. Este orden, esta responsabilidad asumible me mantiene mejor. La comida es buena y variada: carne, pescado, siempre sopas o caldos de primer plato y un yogurt o una fruta de postre. La cena es lo más flojo. Me quedo con hambre y de madrugada tiro de la chocolatina del bingo. Cuando no hay, me aguanto. A esa hora todos duermen, salvo la cuidadora de guardia, que igualmente duerme a ratos en el salón del televisor. A veces oigo sus pasos por el pasillo. Cierra las puertas de las habitaciones que han quedado abiertas. (Pág. 25)


Estás especialmente blanca, como si no hubieses visto el sol en la vida. Llegas a la parada con una maleta y una rebeca amarrada a la cintura. Estás igual. Así te conocí hace algunos años, mientras sonaba aquella música que alimentaba el optimismo colectivo de la plaza. Era un verano de terrible calor. Siempre me sorprende tu altura y tu manera de afrontar los días. Detrás de esa aparente fragilidad eres una mujer fuerte y extremadamente curiosa. Te gusta andar sola por lugares indeterminados y adoras el chocolate, la pintura. Te gustan más los gatos que los perros, no soportas el pepinillo ni sitios con demasiada gente. Cuando quieres a alguien lo haces hasta las últimas consecuencias. (Págs. 69-70)


La luz está ahí fuera, donde comienza la vida, todos los días, con una taza de té. Es preciso calcular la temperatura adecuada. Pero no siempre tengo la misma percepción del tiempo. ¿Cómo se mide? Desde que aparecen las burbujas sé que ya es tarde y debo esperar otra vez. Pero ahora sí será mucho tiempo, porque las cosas tardan más en enfriase que en calentarse. Mi madre me calentaba un huevo en un caldero pequeño. Los dedos se quemaban cuando quería pelarlo y soplar era un alivio ligero, casi imaginario. No era fácil lograr que el huevo se dejara acariciar. El huevo duro y pelado es un manjar universal. (Págs. 93-94)


La noche es fresca y silenciosa. Aparecen estrellas nuevas, más brillantes, como si acabaran de surgir. Apoyas tus brazos en la baranda de la terraza y piensas en el año que se ha ido. Estar en este momento con los tuyos hace que te sientas protegida. Pero también piensas que podrías haber estado en otra parte, con otra familia, en otro trabajo, en un jardín diferente. Desde pequeña no estabas contenta con nada y ahora empiezas a comprender que querer siempre más solo te provoca frustración. El deseo infinito está en tu cabeza. Y te lo repites: "solo está en mi cabeza". Entre las estrellas parpadean las luces de un avión que se aleja como un pájaro nocturno. A estas horas, la noche amplifica la presencia del riego automático que mantiene a las plantas con vida, el ronroneo de la luz de las farolas en la calle y el ruido de los pocos coches que pasan. (Pág. 108)


Además, no percibo que los cuentos estén atravesados por una mirada singular, contados desde una perspectiva tal que nos haga ver de otra manera la cotidianidad y las pequeñas cosas. Si bien no hay frases hechas, tampoco puedo escribir que los relatos estén respaldados por un pensamiento original. Tengo la sensación de que el narrador no deja de estar aprisionado por visiones del mundo trilladas o, al menos, "comunes". Si este ha sido el propósito del autor, reflejar esa visión común, no puedo por menos de corroborarlo. Otra cosa es asegurar que esa plasmación alcance una dimensión artística de relevancia. Yo no la aprecio. El autor tiene palabras, pero no sé si tiene literatura. 

Dice Juan Cruz que Las zonas comunes es "un estampido estético" (al igual que Panza de burro: el suyo es un artículo de 2x1) y también "una obra de arte". No podría estar más en desacuerdo, pero, claro, ¿qué sabré yo?

Parafraseando a Capote, digamos que es más o menos sencillo pasar de escribir mal a escribir bien. Pero pasar de escribir bien a escribir literatura ya es asunto de mayor enjundia, como dominar el oficio de trapecista o domador de fieras. O de ambos oficios a la vez. Es en esta zona, en este momento, donde se libra la batalla más cruenta por la que se decide si un autor consigue crear una obra valiosa. Creo que es justo ahí donde se encuentra Nicolás Dorta.