lunes, 20 de marzo de 2017

'Mararía', de Rafael Arozarena

En ocasiones, uno aborda la lectura de una novela con prejuicios. Positivos o negativos, que lo mismo dan. Sólo cuando la lectura lo merece, desaparecen. En mi caso, el propósito de leer Mararía se debió a que la impredecible voluntad del Gobierno autónomo eligió a Rafael Arozarena como el autor (ya fallecido) a quien se dedicó el Día de las Letras Canarias. La necesidad de un día de homenaje es cuestionable, como muchos de los fastos y fanfarrias que, en nombre de la Cultura y cosas así, se decretan desde las instancias políticas. En cualquier caso, independientemente de la opinión que nos merezca dicho Día, el personaje elegido era el autor de una novela que ha pasado a formar parte del corpus imprescindible de la literatura canaria. Además, una película (que al parecer no tuvo buenas críticas ni éxito de público) y una canción con el mismo título, del conocido cantautor Pedro Guerra, han contribuido a que dicha obra haya permeado a gran parte del público lector canario. Me pareció que era un buen momento para reseñar otra obra de nuestro canon local (al igual que hice con Las inquietudes del Hall).

No obstante, las recomendaciones en materias artísticas y culturales de los consejeros del Gobierno y las de los concejales de ayuntamiento tienen el curioso efecto -llámenme quisquilloso- de indisponerme contra ellas. Lo mismo me ocurre con las de las escritoras-reseñadoras o las de los periodistas-escritores: nunca puedo distinguir una recomendación de una recomendación. Qué le vamos a hacer: uno es de natural desconfiado. Es por esto por lo que señalé la existencia de los prejuicios, en este caso negativos. Creo, además, que un reseñador debe declarar a su público cuáles son sus posibles sesgos y cuál es su relación con la obra y su autor. A eso lo llamo honradez.





Sin embargo, y aquí viene lo bueno, mis prejuicios resultaron infundados. Yo también recomendaría Mararía si alguien quisiera saber mi opinión, así que, si lo desean, ya pueden dejar de leer esta reseña, por ahorrar tiempo.

Por otro lado, ya saben ustedes que en este blog no me limito a reseñas positivas o elogiosas. Ni tampoco creo que la actitud del lector deba de ser, por sistema, la del buen rollo. Como manifestación artística, es decir, creativa, y como artículo en venta (es decir, piratería aparte, solo apropiable mediante el pago) una novela es criticable por sus lectores. Al mismo tiempo, la crítica pública de una novela es, cómo no, también susceptible de ser criticada. Así, hasta el infinito. Yo añadiría: crítica sí, pero argumentada.

Vayamos a la novela, que últimamente me pierdo en los prolegómenos:

Destacaría, en primer lugar, el lenguaje. Las descripciones son potentes, los diálogos, correctos y naturales. Podríamos objetar que el habla de los personajes está por encima de lo esperable por su cultura y posición social, pero el caso es que no lo notamos ni nos importa. Da gusto leer prosa bien escrita, prosa que se adecua a la trama como la piel al esqueleto.



-Usted no es de aquí, ¿verdad? -me dijo mientras encendía un pitillo. 
-No, no soy de aquí -contesté. 
-Pero puede que haya visto a la vieja.-¿Qué vieja?-María.-La he visto alguna vez -dije. 
-¿Hoy?-No. Hoy no la he visto. 
Exhaló lentamente el humo. 
-¡Cualquiera sabe dónde se mete! 
-Suele salir al ponerse el sol. 
-Sí, ya sé. Pero hoy no está en la casa. 
Guardó unos minutos de silencio dando unas chupadas cortitas al cigarro. 
-Aquí dicen que es una bruja -aventuré-. Hasta los perros le ladran. 
Manuel Quintero esbozó una sonrisa triste. 
-No lo crea. Es una buena mujer. 
Del interior de la venta salían los gritos, ahora más fuertes, del envite, los ruidos y las carcajadas. Afuera la tarde comenzaba a morir dejando una ceniza sangrienta sobre el pueblo y las llanuras. Manuel Quintero me dijo que la mar y la tierra, a esa hora, se volvían cosas benditas y que aquellos animales de allí dentro no sabían respetar nada. Señaló en dirección al cementario: 
-Están molestando a los muertos -dijo.




Una banda de murciélagos asustados se fugó sobre las tapias y otra vez me llegó aquel sabor amargo de mis penas y como un escozor en los ojos. (...) Sobre una repisa muy tosca vi un barquito de madera sin terminar y un camello. Y fueron aquellos juguetes tan pobres, tan humildemente tallados, los que me hicieron recordar las manos de mi padre, las manos encallecidas, tan duras y, sin embargo, tan blandas y milagrosas para mantener las ilusiones de un niño. ¡Ya ve usted! Después de soportar como un hombre tan rudos golpes, no pude reprimirme ante aquellos objetos insignificantes, y me tumbé en la cama y di rienda suelta a mi llanto.




La gente se acercó para escucharle y el viejo comenzó un discursito que le salió bastante torcido, por cierto, y debido, pensé yo, a la cantidad de vino que ese día llenaba su panza. Le aseguro a usted, como Isidro que me llamo, que sentí vergüenza y lástima por mi patrón, siempre tan respetable y, en aquel momento, un monigote allá encima de las mesas, queriendo estarse quieto y dando trompicones con los pies, mismamente como si ensayara el tajaraste. El vaso que sostenía se le derramaba a cada dos por tres sobre el chaleco y los pantalones, formándole grandes manchas violáceas. Tenia el rostro encendido como una sandia. Trataba de gritar para que lo oyeran.
-¡Coño, como la agarró el viejo! -dijo uno de los peones.


Y era fácil de ver la huella en sus ojos, que los hacía más hermosos y solemnes si cabe, más emocionales, porque presentaban ahora una luz negra, profunda, profundísima, que daba vértigo y atraía, como si en el fondo de aquella noche viva y oscura yaciera el mágico imán de la raíz y la verdad de todo sentimiento.


En segundo lugar, la mayoría de los personajes perduran en la memoria: son sólidos, impregnados, gracias al afinado estilo del autor, de la fatalidad y la resignación que sobrevuelan toda la obra. A diferencia de alguna que otra obra reseñada en este blog, Marcial, Pedro, señor Alfonso, señor Sebastián, el médico Fermín, entre otros, no son meros nombres impresos en las páginas ni etiquetas de una botella de falsa filosofía. Cada uno, desde su punto de vista en el interior de una gran historia que tiene como vórtice a Mararía, aporta significado a la narración. Todo el mundo habla de Mararía, menos Mararía. Podría afirmarse que este personaje es hablado, lo que da idea de su posición subordinada en ese micromundo.

Hay que objetar que el narrador principal parece, en realidad, un personaje creado únicamente para recoger las historias de todos los demás. Éstos son carne y sangre, aquél, casi un ectoplasma. En mi opinión, el defecto principal de la novela es la falta de sustancia de este narrador que llega a Famés como extranjero y de repente, o sin reparos, todos se aprestan a franquearse con él. Y como si los hubiera convocado ex profeso, todos cuentan su relación con Mararía. Chocante, como poco, sobre todo tratándose de sucesos vergonzosos y sangrientos, entre los que se encuentra un asesinato que, sin embargo, no parece tener mayor importancia. Echo en falta un contexto narrativo más armado para recoger estos encuentros y estas súbitas amistades. Podrían aducirse otra interpretación: el narrador es la coalescencia de voces, es la voz de Femés, la voz de Lanzarote. Quizá.


Por lo que he podido leer, algunos comentaristas conceden especial relieve al elemento simbólico de la protagonista, como mensajero de la fatalidad. O que los personajes representan a su manera a la isla de Lanzarote. Yo, de simbolismos, ando un poco escaso, por lo que me perdonarán que no me esfuerce en interpretaciones lacanianas ni en las sutilezas de metáforas y metonimias. Si nos ponemos a ello, empero, a mí Mararía me parece que encarna a la mujer sometida en una sociedad pobre, mezquina y violenta. La mujer que, como señalé antes, no habla: hablan por ella. La mujer que, a falta de derechos y de educación, sólo tiene su belleza como recurso con el que asegurarse la vida en una sociedad despiadada. El destino de esta mujer resulta, indefectiblemente, trágico y sin redención. Frente a ella, los hombres son unos miserables: algunos son conscientes de serlo, lo que no les resta una pizca de miserabilidad. Sin embargo, me da la impresión de que las desgracias de Mararía, de María como se la llama la mayor parte del tiempo, se acumulan en demasía. Se le acusa de propagar la desgracia a los hombres, aunque uno se atrevería a decir que la víctima es siempre ella. En todo caso, la cantidad de vejaciones y engaños que sufre por los hombres resulta excesiva en la narración.

Para finalizar: el mismo autor no se sentía demasiado orgulloso de esta novela. La consideraba "una obra de gran bisoñez" y demasiado lírica. Actitud crítica ésta que, por singular, conviene resaltar. Lo que abunda por estos lares, más bien, es la complacencia con uno mismo. Por mi parte, no puedo sino repetir la recomendación de su lectura.











miércoles, 8 de marzo de 2017

'La última homilía de Zacarías Martín', de Enrique Redondo Miranda

El cura Zacarías no es precisamente el Padre Brown, ni Enrique Redondo es G.K. Chesterton. Podría aducirse que esta novela no es una de detectives ni pertenece al género negro, lo que también sería justo. Hay un crimen, sí, pero no hay ningún misterio en cuanto a la autoría, no hay problema detectivesco que resolver. Se nos describe, asimismo, un trasfondo social de cacicazgo y control social, pero sin que el autor lo describa como sórdido, adjetivo que siempre viene bien cuando se habla de novela negra. Eso sí, hablando en esa jerga literario-comercial podríamos hablar de perdedores, cuyo exponente, en este caso, serían los protagonistas: el cura Zacarías y Virgilio.

Si quisiéramos hacer una reseña corta y amable, haríamos como tantos reseñadores que no quieren quedar mal. Nos limitaríamos a resumir el argumento: un cura peninsular llega a Tejeda, traba amistad con un cartero jubilado sobre los cimientos de su compartida afición al ajedrez, más tarde el amigo muere y el cura investiga, por decirlo así, las circunstancias de dicha muerte. Felicitaríamos al autor por el uso del habla canaria, por situar su acción en un pueblo tan bonito e idiosincrático como Tejeda y pelillos a la mar. Todos contentos, ¿no?

Pues no.





Parto de la base de que una obra destinada a un público que va más allá del círculo familiar y amical, y que además no es gratuita, debería tener pretensiones artísticas: mostrar aspiración, quizá exagero, a la inmortalidad literaria, con la consiguiente voluntad de estilo, dominio del lenguaje, creatividad, etc. No concibo que alguien se dedique a escribir una novela con modestia, como, si eso fuera posible, esperando que le pudiéramos perdonar sus errores. ¿Qué es el arte, qué es la novela, sin aquella ambición?

En primer lugar, uno no puede escribir como si le hubieran encargado un folleto turístico o un artículo para el Ronda Iberia, salvo que quiera que el alcalde le invite a comer:


Los hechos se iniciaron el 21 de diciembre del año 2012, fecha en la que habitualmente el pueblo se encuentra envuelto en un manto húmedo de niebla que lo convierte en un microclima sumergido en el centro de una isla de clima tropical. Tejeda es el lugar donde acontecen los mismos. Un pueblo que se encuentra a mil metros de altura, en la isla de Gran Canaria, y mil metros más abajo, en cualquier dirección, encontramos costa con un clima tan agradable como para que la temporada de mayor ocupación turística se produzca en los meses de invierno.



El clima en esta estación es muy frío durante el día, con una humedad que se incrusta en los huesos, y que resulta imposible despegar hasta que la primavera deja ver sus primeros colores. Por el día, el sol de invierno en esta zona de la isla no quema, solo acaricia. Las noches por el contrario, a pesar de ser bellas estampas cargadas de bruma, del olor que desprende la tierra húmeda, de aroma a castañas asadas, chimeneas y soledad, resultan tan frías que se desaconseja permanecer a la intemperie más tiempo que el necesario para trasladarse de un lugar a otro.



Gran parte de las partidas presupuestarias del consistorio van destinadas a estas fiestas que sitúan a Tejeda en el mapa durante unas semanas. Las calles y casas del pueblo se engalanan, la atmósfera festiva contagia a oriundos y visitantes, los agricultores organizan puestos de ventas, se instalan ventorrillos para degustar platos de la zona y vino del país, puestos de artesanía y dulces típicos... En definitiva, todo el pueblo termina poniendo su granito de arena para conseguir una celebración única. Entrega de premios a personalidades que apuestan por la región, certámenes de dibujo y poesía, carreras de montaña, exhibiciones de lucha canaria o salto del pastor, entre otros eventos, no dejan espacio al aburrimiento.


Por otro lado, y siguiendo con el uso del lenguaje, el autor no atina con el empleo de palabras pertenecientes a campos semánticos específicos. Por ejemplo, el ajedrez. Suponemos que el autor conoce el juego porque la novela está dividida en secciones tipo "Apertura", "Medio juego" o "Enroque" y que algún momento no puede evitar el igualar la vida con el ajedrez y todo eso. En relación con esto, "trebejos" es una palabra de uso exclusivamente escrito. No digo yo que alguien no la pueda usar en un contexto oral con animo pedante o cómico,  pero como jugador de ajedrez que he sido, jamás he oído esa palabra en vivo. Se utiliza como sinónimo de "pieza", y poco más, en los textos. Lo que nunca oirán ni leerán es el empleo de "ficha" (pág. 93): se interpreta como un insulto, como si igualáramos el ajedrez con, por ejemplo, el parchís o el dominó (con todos los respetos a los jugadores de esos juegos, entre los que también me encuentro). Un poco más de investigación no habría venido mal.

Asimismo, Zacarías, el cura, está muy disgustado porque no ha habido "veredicto" sobre la muerte de su amigo Virgilio. Sin embargo, a poco que uno indague en el campo semántico jurídico, el veredicto es la declaración que emite un jurado sobre la culpabilidad o inocencia del acusado. Es decir, que ha habido un juicio. Si se archiva un procedimiento, huelga decir que no hay juicio, luego tampoco hay veredicto de un jurado que nunca se ha constituido. En cambio, en la novela la Policía Local cuelga un anuncio que reza: "Se hace saber que, bajo secreto de sumario, los hechos acontecidos en relación al fallecimiento de don Virgilio Quintana Santana quedan archivados por falta de pruebas que faciliten el dictamen de un veredicto con la suficiente veracidad como para proclamar justicia". Que den un paso adelante los lectores juristas.

Además, y siguiendo con este plano formal, hay erratas y errores gramaticales aquí y allá que nos informan de que el supuesto corrector (si es que ha existido) ha sido bastante negligente en su tarea. Comentemos, además, que en algunos capítulos el autor decide que la conversación se reproduzca a base de comillas para cada interlocutor ("") y acaba utilizando guiones (-). Algo peor aún es que en el capítulo IX (pág. 53) el autor salta del tiempo pasado al presente, sin otra justificación, aparentemente, que el despiste propio de quien ya anda pensando en cosas mejores en que emplear su tiempo. Añado que los saltos temporales inducen a la confusión, aunque como lector no me importa (demasiado) pasar páginas hacia atrás y hacia adelante cuando sea menester. Al menos, salvo en alguna breve ocasión, el autor no se pone demasiado filosófico, lo que es de agradecer.

En cuanto a la historia en sí, imaginando que hay tal cosa independiente del lenguaje empleado, puedo afirmar que, al menos los personajes principales, Zacarías y Virgilio, tienen cierta consistencia, distinguibles en su individualidad. No obstante, a la historia le falta desarrollo, como si el autor tuviera prisa por acabar o, sencillamente, porque no se le ocurría nada más. La trama va a saltos, sin demasiada lógica: el cura se indigna e investiga, pero no investiga demasiado. Luego, una revelación inesperada que explica comportamientos pasados de su amigo Virgilio, y tal. Este, cuyo nombre imagino no está escogido al azar, nos habla, en cierto momento, desde el limbo. Una voz de ultratumba, quizá del Purgatorio, que nos incita a pensar en Tejeda como uno de los círculos del Infierno. Ojalá la trama hubiera dado para tanto. Por último, no puedo resistirme a señalar que el cacicazgo hermético imperante en el pueblo no se ve desafiado en serio, y que el desenlace de la novela inspira más bien cierta resignación ante las jerarquías sociales. Quizá sea para remover conciencias, quizá no sea más que claudicación política.

En fin, qué quieren que les diga. No sólo los escritores populares como Ravelo o González Déniz escriben novelas flojas (o muy flojas), también los más desconocidos muestran esta lamentable capacidad. En este sentido, puedo entender su fraternidad. Sin embargo, no deberían solazarse en la mediocridad y en la negligencia si es que de verdad respetan a los lectores.



P. D. Después de escribir esta reseña he hecho una pequeña investigación (esta de verdad, no como la del cura Zacarías) y he encontrado que la obra tiene su propia página facebook, en cuyo interior vemos aquí al autor, entrevistado (una entrevista amable, por supuesto, viva el buen rollo) en la Televisión Canaria, nada menos. Y aquí en un periódico local. Que no se diga.






                  




miércoles, 1 de marzo de 2017

'Tardía fama', de Arthur Schnitzler

Hay muchas formas de llegar a un libro. Una de ellas, mediante la lectura de un blog de reseñas: fíjense ustedes qué locura. Tal es el caso de Tardía fama, cuya crítica, divertida y mordaz, encontré aquí. Recordé a Schnitzler de Huida a las tinieblas, leída ya hace muchos años. En fin, es esta una obra inédita hasta 2014, así que, evidentemente, también es póstuma. Uno, a estas alturas, sospecha de todo lo inédito y póstumo, porque hay autores que comenzaron a ser fecundos después de muertos, lo que da que pensar. Asimismo, hay autores que, en medio del páramo creativo, para rellenar de forma caritativa ese vacío existencial que acongoja a sus fieles lectores, sacan de las profundidades de su escritorio o de la memoria de su ordenador una novela metaliteraria que tenía casi olvidada y que, miren que bien, se convierte en todo un éxito de ventas, o al menos de eso nos quieren convencer. Hay cosas que conviene dejar enterradas, que diría Stephen King.





Sin embargo, Tardía fama no pertenece a esa categoría. Narra la transformación anímica de un ¿artista? ¿funcionario? anciano, el señor Saxberger, que a sus setenta años ve cómo un grupo de escritores diletantes con ganas de dejar de serlo (o no) le reconocen gracias a un poemario (Andanzas) que escribió en su juventud. El arrobo que siente ante esta súbita oleada de admiración juvenil, la sensación de vida desperdiciada en la carrera funcionarial que emprendió ante su escaso éxito literario y la emoción ante los laureles que parecen reverdecer son el preludio de la constatación de todo lo vacuo y falso que las expectativas de una carrera literaria suscitan en individuos que, ante todo, se ven como competidores y no como creadores.


Esas eran, pues las Andanzas por las que la joven Viena le había mostrado su agradecimiento. ¿Lo merecía? No sabría decirlo. Desfiló ante él la triste vida que  había llevado. Nunca hasta aquel momento había sentido con tal intensidad que no sólo las esperanzas quedaban muy atrás, sino también las desilusiones. Se le escapó un sordo suspiro de dolor. Apartó el libro, pues no podía seguir leyendo. Tenía la sensación de haberse olvidado de sí mismo hacía mucho tiempo.


-Son objeciones estúpidas-continuó Staufner, que volvió a sentarse-. ¡Adónde iremos a parar si nosotros mismos empezamos así! ¡Míralos!-dijo, señalando una mesa en la otra punta del local, donde para asombro de Saxberger, no había nadie-.¡Ellos sí que saben!¡Ellos hacen publicidad! Mira a ése-continuó, indicando una de las sillas vacías-, estrenará pronto una obra en el teatro. ¿Y qué son ellos? ¡Nada! Son, en resumidas cuentas, nada. ¡No son personas con ideales! Son arribistas que siguen la moda. De nosotros nadie se ocupa, porque no seguimos la corriente general y porque tenemos ideales, cosa que hoy en día ya no se aprecia. Por eso he preparado un programa. Todo esto lo digo ante usted, señor Saxberger, porque sé que es usted uno de los nuestros. Usted escribió las Andanzas, y quien escribió las Andanzas es uno de los nuestros.


La novela, de prosa irónica y melancólica a la vez, va más allá de la mera vicisitud del anciano poeta/funcionario. Su parábola, la del recuerdo de cosas mejores que quizá no lo hubieran sido tanto, es aplicable a las aspiraciones y fracasos que hemos emprendido todos los que ya disfrutamos de cierta madurez: ese poemario o esa novela que no ganó ningún premio ni leyó ninguna editora, pero también ese trabajo que rechazamos sin saber muy bien por qué y de lo que todavía nos arrepentimos, o esa persona que prefirió a otra antes que a nosotros, o esa carrera en la facultad que nos vino grande, o ese proyecto con amigos que a las primeras de cambio se derrumbó, quedándonos sin proyecto y sin amigos. En fin, todas esas encrucijadas de la vida que sólo reconocemos cuando hacemos la vista atrás y la idea del error se nos insinúa de modo subrepticio y doloroso. Tiene su lectura moral, sin duda, y por ese reconocernos, la novela (o novelita, porque no llega a las cien páginas) merece consideración. 

Siguiendo con ella, el clímax de algo parecido al éxito le llega tarde al señor Saxberger, e incluso entonces se cierra con una nota en falso:


Sí, llegó finalmente el momento. Se le tributó un aplauso cerrado. No sintió nada especial, ni siquiera la sensación de cohibimiento que tanto temía. Tuvo que salir por segunda vez, en esta ocasión sin la señorita Gasteiner, y le resultó extraño oír las palmadas y los vítores. Se inclinó varias veces, se volvió hacia la puerta, y en ese instante, mientras decrecían los aplausos, oyó una voz a su espalda o a su lado. No acabó de distinguirlo con nitidez, mas si escuchó claramente las palabras, aunque se pronunciaron en voz baja: 
-¡Pobre diablo!


Es curioso, además, que una novela sobre ese súbito y breve destello de gloria, por decirlo así, la haya escrito un autor que si de algo gozó fue de fama y éxito literarios, sobre todo como dramaturgo. También hay que decir que nuestro hombre no lo dejó todo por escribir, sino que estudió medicina y ejerció de médico en su consulta privada toda la vida. Esa simultaneidad de labores no afectó de modo negativo, por lo que parece, a su producción artística. Lo hago constar para todos aquellos que, como la Pantoja, se empeñan en manifestar donde les dejen que "el Estado tiene que cuidar a sus artistas" y cosas así. Yo prefiero pensar que un Estado democrático tiene que cuidar de todos sus miembros por igual, y las excepciones serán siempre en favor de los más desafortunados. Dado que vivimos en una sociedad desigual, incluso en sus mejores momentos económicos, con bolsas de pobreza y marginalidad, imagino que un Estado con pretensiones redistributivas e igualitaristas no tendrá entre sus prioridades proteger la vida de los artistas por ser artistas, sino por ser personas. Otra cosa es que tengamos un Estado así, o que lo queramos.

Todo un debate.

Quién diría que aprovecho las reseñas para hablar de mis cosas.








viernes, 24 de febrero de 2017

'La voz melodiosa', de Montserrat Roig

Como ya habrán constatado, como reseñador avispado me gusta estar al tanto de las novedades editoriales, leer la oportuna entrevista a la escritora de moda o esperar con ansia fronteriza con la mansedumbre el fallo del premio literario de turno. Si un reseñador no se esfuerza por conocer los pormenores de la vanguardia artística y editorial, ni es reseñador ni es nada.

Es por ello, en lógica consecuencia, que mi reseña se ocupa en esta ocasión de una novela publicada en 1987 de una escritora que murió en 1991: La voz melodiosa, de Montserrat Roig. La traducción del catalán estuvo a cargo de José Agustín Goytisolo y Julia Goytisolo Carandell. La periodista y escritora Rosa Montero escribió el prólogo, por si eso le importa a alguien.







Para quien no le suene de nada o sea joven (no me incluyo en esto último), la escritora fue todo un personaje público, político y literario desde la época de la transición democrática hasta su muerte, sobre todo en Cataluña. Para lo demás, Wikipedia y buscadores de Internet.

Vayamos con La voz melodiosa, pues.

La novela tiene una primera parte muy interesante, digamos hasta el capítulo IV. Hasta ahí, el narrador omnisciente nos cuenta la historia de  un niño educado, profesores/as privados mediante, por su abuelo. Su madre murió un par de meses después de nacer él, sin padre conocido. El abuelo toma la decisión de educarle en casa por dos razones: a) El mundo tras la victoria de las tropas de Franco en Cataluña no merece la pena; y b) El niño, al parecer, es muy feo.

Creo que no revelo nada que no intuya el lector tras ver la portada del libro. En todo caso, al leer la novela se ve que tiene más peso la razón a) que la b), pues feos somos muchos y tampoco es razón suficiente para que nos encierren sin salir. El abuelo es un burgués catalán, no sé si representativo, con dinero suficiente para tener criada, un piso grande en Paseo de Gracia y muchos profesores/as particulares como un poeta, un astrónomo armenio, una traductora y una profesora de piano francesa, entre otros muchos. 


A los seis años, Alpargata conocía ya todos los quehaceres de casa. Pensaba que el olor a cerrado era un olor normal y que todas las casas eran oscuras y silenciosas. Nunca preguntaba de quién eran los pasos que llegaban desde la escalera, ni tampoco por qué se oían ruidos de la calle. Creía que la vida era silencio y oscuridad. Su mundo existía muy lejos de allí, y quizá algún día lo conocería. Eran las mil leyendas que le había contado Dolors, los mil romances tristes que le había cantado. Sin moverse de la casa, había recorrido todo el país cabalgando veloz sobre el caballo del Conde Arnaldo.


-Vivimos en una época, querido amigo -dijo el abuelo al poeta-, en la que sólo la forma nos podrá salvar de la estulticia que nos rodea. La forma es un estilo de vida. Eso y no otra cosa es lo que quiero que le enseñe a mi nieto. Usted le hará leer las grandes obras de nuestra literatura, pero ni hablarle de la prohibición. Aquí no se ha perseguido a nadie y nuestra lengua ha permanecido intacta. El chico, desde niño, ha oído la música de nuestras palabras, su ritmo interior. Lo que Joan Maragall llamaba "la palabra viva"... Se trata de salvarlo de los males exteriores mediante el lenguaje poético, usted ya me entiende. Y ahora, tómese una copita de coñac, que no le sentará tan mal como el aguardiente. Hemos de brindar por el éxito de su labor pedagógica.



Puede, quizás, leerse la figura del abuelo como el trasunto de la pequeña o mediana burguesía catalana cuyos valores declinaban y que, por tanto, opta por refugiarse en un mundo interior estetizado un tanto asfixiante. Quién sabe la de artículos filológicos que se habrán escrito al respecto. En todo caso, la riqueza del vocabulario, la fluidez del estilo y la delineación de los personajes resultan más que convincentes. Sin embargo, a partir del último capítulo de esa primera parte, aparece, de improviso, una nueva narradora. Pero esta voz que habla en primera persona no tiene su correspondiente personaje. No sé si es un error o si he pasado algo por alto. En mi opinión, nada se hubiera perdido si se hubiera optado sólo por una de las dos voces. O, para ser generosos, si la polifonía resultaba imprescindible según el plan de la autora, que la hubiera ejecutado de otro modo. Uno no puede evitar la sensación de que estos cambios no fueron el fruto de un plan meditado, sino de un descuido, o de falta de concentración. O de ambas cosas.

En la colina nos íbamos a reunir con el resto de la manifestación. Nos advirtieron que teníamos que subir hasta la cima donde estarían los demás, nos aseguraron que había centenares de personas, quién sabe si miles. Los cuatro enfilamos por un atajo.Como una imagen tópica parecíamos aguiluchos a punto de levantar el vuelo. Virginia y Juan Lluís caminaban cogidos de la mano y Mundeta rozaba el hombro de Alpargata. Teníamos la lengua de trapo por la borrachera del día anterior, pero las piernas no nos temblaban.

(La cursiva es mía)

A mí es que no me cuadra. Si "los cuatro enfilamos" (primera persona del plural), ¿como se puede enumerar a esos cuatro como si no fuera ninguno de ellos? ¿Quién habla entonces? ¿Quizá esa narradora toma una "distancia" con respecto de sí misma? Si es eso, no funciona. Y así en más ocasiones.

Aparte de eso, en mi opinión la trama flojea en esta segunda parte: hay crítica política, crítica social, crítica de la burguesía, crítica de los jóvenes izquierdistas que no lo son tanto, etc., lo que está bien y celebro con entusiasmo, pero no cuaja. Como si la obra se hubiera ejecutado demasiado deprisa, con un aire, además, de reminiscencia personal que no se ha transmutado bien literariamente. 

Además, hay cierta insistencia en indicarnos el momento clave de la obra (la colina y el pozo) que llega a hacerse irritante, y que llegado ese punto no es para tanto. También hay algún análisis de personajes no demasiado atinado, en plan "he sufrido mucho y no volveré a ser la misma" y tal. El placer de la lectura de (casi) toda la primera parte desencadena unas expectativas que luego se defraudan, lo que lamento. 

El personaje central, Alpargata, es potente, aunque casi podría decirse que más interesante resulta el abuelo. En cambio, sus compañeros de Universidad aparecen más desdibujados, aunque esa voz sin filiación se empeñe en mostrarnos sus más íntimos pensamientos, que tampoco dan para mucho. Quizá la intención de la autora era mostrarnos así su superficialidad, su compromiso de poco calado, su juventud impostadamente irreverente, pero lo dudo. Puede leerse el final en clave de moraleja: el despertar de un sueño, cada cual del suyo, y enfrentarse a una realidad traumática. Dejémoslo así.

Conclusión: se lee con interés hasta el final. No es poco; tampoco es demasiado. 






jueves, 16 de febrero de 2017

Estado de la cuestión y alguna cosa más

A la espera de nuevas lecturas y sus correspondientes reseñas, he decidido compartir con Vds. una breve reflexión sobre la tarea del reseñador bloguero. Con estas trece primeras novelas, me he dado cuenta de que el trabajo del reseñador literario es más duro de lo que parecía en un principio. ¿Por qué? Pues porque me identifico con aquel personaje de Ampliación del campo de batalla que decía: "Ojalá se me hubiera dado una vida sólo para leer" (ya me perdonarán la tilde en sólo, pero soy de la generación del Spectrum 48k, y esta madurez se plasma en que hay pequeñas batallas que uno no deja de librar, aunque transija de vez en cuando). No sabía entonces, pero sí ahora, que el reseñador no sólo lee libros buenos, no sólo lee libros de los que se convence que son buenos so pena de caer en el ostracismo del mal gusto, sino que por fuerza lee libros mediocres, malos y aún peores a los que jamás se habría acercado de otro modo. Llámenle a eso olfato o, si quieren, pre-juicios.

En todo caso, estas trece reseñas dan cuenta de libros cuya calidad, a mi entender, es de lo más dispar. Eso sí, los autores masculinos son abrumadora mayoría (12 a 1). Espero compensar esa proporción en los próximos días. Haciendo otra división, esta vez étnico-comunitaria, se puede ver que 7 corresponden a autores canarios, 3 a rusos, y 1 a un canadiense, a un austriaco y a un checo. Esa era mi intención desde un principio: dedicarle especial atención, pero no exclusiva, a la literatura escrita por canarios.

El balance es desalentador. Si excluimos, por considerarlo ya un clásico a Alonso Quesada, nos queda que, de los autores canarios reseñados, sólo Luis Junco, con su Entrelazamientos, da la talla. Las razones ya las he explicado en su reseña correspondiente. Sin ser una obra maestra, que no lo es, sí es una novela digna de ser leída. No puede decirse lo mismo de El sepulcro vacío, de Cecilia Domínguez, que, además de adolecer de una estructura confusa y de errores de incardinación temporal de la trama, suscita un aburrimiento insuperable. De hecho, es la única que no he terminado, una vez que reconocí que constituía una tarea superior a mis fuerzas. Por otro lado, Las calmas aparentes, de Federico J. Silva y La otra vida de Ned Blackbird, de Alexis Ravelo aspiraban a ser algo. Sin embargo, no han entrado en el reino de la ontología, sino que se han quedado en la cuneta de la historia. Seguramente hay destinos peores. Vs, de Sergio Barreto es una historia que sabe a ya leída muchas veces, y su estilo irrita que da (dis)gusto. Por último, de El tren delantero, de Emilio González Déniz, ya he señalado que es una tomadura de pelo completa. Debería estudiarse en la Universidad como ejemplo de escritura torpe y pretenciosa. Ya la primera frase le pone a uno el corazón en un puño: "Mi manera de vivir se aleja mucho de lo que se acepta socialmente". Joder, que estamos en 2017 (2016 cuando se publicó la cosa).

Hago constar que estas reseñas no implican un juicio a su trayectoria. Son críticas a una obra concreta, y me he esforzado por señalar y argumentar tanto sus defectos como sus virtudes. Que en algunos casos la novela (o lo que sea) suponga una nueva cima literaria o un desgraciado baldón es responsabilidad casi exclusiva de ellos/as.

Todos estos autores disfrutan de (cierta) fama y han ganado/recibido numerosos premios, seguramente por su obra anterior. Alexis Ravelo, por ejemplo, goza de reconocimiento nacional por sus novelas negras. Emilio González Déniz posee premios de todo tipo y disfruta de la admiración de numerosos seguidores. Cecilia Domínguez Luis, que es Premio Canarias 2015; Federico J. Silva, que ha ganado el premio Tomás Morales y el Ciudad de las Palmas de poesía, por lo que he leído; y Sergio Barreto (premio de novela Benito Pérez Armas, entre otros) son reconocidos poetas que en sus ratos libres se dedican a la prosa. Quizá el autor menos popular es, curiosamente, Luis Junco, aunque también ha recibido premios, etc. Con sus más y sus menos, todos han disfrutado en una época u otra del calor institucional en forma de patrocinios, cursos, conferencias, ediciones, etc. Lo cual no es necesariamente malo.

Quizá es difícil ser un/a escritor/a rebelde y vivir de la escritura. Quizá es que las administraciones públicas son entes neutros que apoyan la Literatura por su valor intrínseco (cualquiera que sea). Quizá es que cuando arrecia la vanidad, desaparecen los escrúpulos. Sin premios, además, parece que no eres nadie. Soy de la opinión que depender de los caprichos del concejal/consejero de turno no puede ser bueno para el artista, pero quizá estoy equivocado. Al igual que tampoco me parece saludable carecer de amigos que te señalen cuándo escribes tonterías o de un familiar jocoso que te ridiculice cuando crees que eres la leche.

Insisto en que habría que preguntarse por la razón de ser de los premios. En especial,de los premios otorgados por las administraciones públicas. Nadie los cuestiona, y ahí están todos esos artistas que por la mañana levitan entregados a la creación y por la tarde se pegan hostias por conseguir el premio de marras. O esos que una vez que lo han ganado/recibido, suspiran y exclaman, entre aliviados y enfadados: "¡Me lo merecía!" o "Ya era hora". 

Asimismo, creo que cualquier reseñador/a con un mínimo de honradez debería tomarse en serio su tarea. Debería darse cuenta de que si la gente lo/la lee es porque espera un guía: alguien que, con su sincera opinión, ya sea por tiempo, lecturas o estudios sea capaz de hacer juicios y de argumentarlos. Lo que no puede ser, lo que es escandaloso, lo que resulta indignante, es que el/la reseñador/a mienta. Que, además, hurte al lector la información de que es amiga del escritor o su primo hermano, o que pertenece al mismo sello editorial, o que le debe un favor, etc. O, simplemente, el miedo a quedar mal. Hacer que el lector acuda engañado a la librería a comprar el librito recomendado es, simplemente, de sinvergüenzas.

Qué triste todo.








viernes, 10 de febrero de 2017

'La otra vida de Ned Blackbird', de Alexis Ravelo

No deja de ser curiosa la insistencia con la que se resalta que uno de los escritores más populares de novela negra en Canarias y quizá de España, y asimismo gran defensor del género, se pase a otro, el "fantástico", según El Paíso, de acuerdo con el mismo Alexis Ravelo, el del "terror metafísico".

Muchas reseñas también dan cuenta de este cambio, por lo que uno no es capaz de discernir si es mera descripción, sentido elogio o puro alivio. El caso es que en una se habla de "prosa depurada" y que la novela representa "un homenaje a una generación de escritores que llenaron el tiempo libre de un país en una época en la que la televisión aún no reinaba en los hogares. También a la lucha de las mujeres por tomar las riendas de su propio destino y encontrar su lugar en un mundo de hombres. Y al amor, un amor no necesitado de ataduras ni convencionalismos para ocupar un lugar central de la vida". Ahí es nada. En otra también se dice que el autor "cambia radicalmente de estilo", que construye "una matrioshka perfecta", que es "metaliteratura", también que es un homenaje "a los escritores que decidieron publicar su obra bajo un pseudónimo". En una última, se subraya el "tono original" y que esta novela hará que no se le encasille "como autor de género". Quizá los reseñadores han hecho caso a la contraportada, que nos señala que la novela "conjuga lo fantástico, lo metaliterario y lo intimista, en un juego de espejos que indaga en algunos de los temas clásicos de la literatura: la memoria, la creación artística, el amor, el erotismo o el poder de la palabra". 

Por si fuera poco, en su momento el propio escritor decidió, ¡quién mejor que él!, explicar las motivaciones, orígenes y propósitos de esta novela. Eso sí, nos advierte de que volverá "a las novelas de semen y de sangre". No vaya a ser que por miedo a quedar encasillado, le desencasillemos demasiado. También ha aparecido en la tele para volver con el dichoso homenaje (segundo 29). Y aquí.

Es duro querer ser como Pynchon. 



Siempre me ha parecido una estupidez, pero esto ya es una fobia particular, que se le pregunte en un medio de comunicación a un escritor sobre una novela suya. ¿Qué va a decir? "Hombre, me ha parecido flojita, porque los personajes no están bien delineados y tal, ya sabes, la editorial quería que sacara la novela y bueno..." O: "Bueno, la trama la copié de una de Harry Potter, pero cambiando los personajes". En fin. Además, normalmente, el periodista que pregunta no es nada incisivo, sino que, lastrado por su desinterés y amparado en los tópicos de su profesión pregunta cosas  como "¿Qué hay de Vd. en la novela?" o "¿Es esta novela un homenaje a los escritores anónimos? ¿Una crítica al capitalismo?", y cosas igual de desalentadoras. Todo un personaje, el del/la periodista de Cultura.

En Literatura, y en la tan famosa industria cultural, todo pasa por la promoción, según parece. Si hay que salir por la TV hablando de la profundidad de la novela, pues se sale. Si hay que participar en tertulias insufribles hablando de lo que sea (y de la novela también), pues se habla. Si que hay conceder entrevistas hablando de metaliteratura y de la necesidad de la crítica literaria, pues qué coño, pa'lante. Visto lo anterior, debería presumirse que todo el mundo ha oído hablar de La otra vida de Ned Blackbird, y muchos incluso la habrán leído, en particular los/as reseñadores/as. Respecto de éstos, salvo que me indiquen alguna excepción, no he encontrado más que un consenso maravillado. Así pues, da la impresión de que esta novela debería haber convulsionado el panorama literario canario y español.

En realidad, no.

En fin, esta no es una reseña específica sobre reseñas ni sus perpetradores, que tampoco estaría mal. Por ejemplos anteriores, hemos visto que el mundillo reseñador en Canarias (y el de España, en general) es lamentable, por no decir algo peor. Ya lo hemos visto con El tren delantero, que ha proporcionado más baba y enseñado más morro de lo que parecería creíble. Como ya se ha señalado en otros lugares, el problema de reunir en una sola persona el ¿arte? de escribir novelas (o teatro o poesía, lo mismo da) y la ¿manía? de escribir reseñas de novelas como actividad (¿principal? ¿secundaria?) consiste en que uno sienta la tentación, no siempre de manera inconsciente, de no criticar demasiado al colega escritor, no vaya a ser que éste le critique a uno cuando toque. Así es la vida y así son los negocios. Y la amistad también, que es lo más precioso que hay en el mundo, junto con los gatitos, los pijamas de osos y la canariedad.


LA NOVELA

Confieso, y espero que no se me lapide por ello, que esta es la primera novela que leo completa de Alexis Ravelo. Una vez lo intenté con Noche de piedra, pero no pasé de la quinta página. Es probable que tuviera un mal día, porque las novelas de Ravelo cuentan con un nutrido grupo de fieles y entusiastas seguidores. A diferencia de los reseñadores, los lectores suelen ser sinceros, y extremistas en sus juicios. Así que, casi puro y virginal, acometí la lectura de La otra vida sin esperar trama detectivesca alguna, tampoco mujeres fatales, ni investigadores privados de voz quebrada por el alcohol, ni asesinos a sueldo, ni sexo sucio ni limpio. Ni falta que hacen, ¿verdad?

Pues bien, La otra vida de Ned Blackbird ha conseguido cabrearme. Y una novela me cabrea cuando abunda lo siguiente:

a) Frases manidas, expresiones tópicas, pasajes tediosos o banales.

b) Alusiones literarias o artísticas continuas para demostrar que el autor posee muchas lecturas y que tiene gusto musical.

c) Trama inverosímil o incoherente.

d) Tomaduras de pelo que desembocan en la Gran Tomadura de Pelo.

El mero aburrimiento no me enfada, aclaro. Sólo me hace abandonar el libro y dirigirme hacia el ocaso mientras silbo Del barco de Chanquete, no nos moverán.

Antes de proceder con a), b) y c), debo subrayar que La otra vida no cae en d). Eso, por ahora, sólo lo he sufrido con El tren delantero, que es una tomadura de pelo como no había leído antes, agrandada por sus reseñadores/as-amigos/as, que se han tomado tan en serio los panegíricos que pareciera que González Déniz ha mejorado a Yourcenar y a Woolf en estilo literario y en feminismo militante.

En fin, vayamos con a): No sé muy bien qué se quiere decir con "prosa depurada": ¿escribir como Hemingway? ¿Matar a Borges? Quizá se trate sencillamente de eliminar adjetivos que suelen ir adosados a nombres o de adverbios a verbos. En tal caso, no me arriesgaría yo a llamar "depurada" la prosa de Ravelo en esta novela.

Ejemplos:

(...) donde estaba instalado el Café Oriental, regentado por doña Paula, una mujer afable y sencilla, experta en el arte de fidelizar a la clientela sirviéndose de buena conversación, precios razonables y las mejores sopas de ajo de toda la comarca. Y, en el Oriental, tampoco tardó en descubrir a Lucía y sus costumbres de lavanda.

"Fidelizar", "precios razonables", "sopas de ajo" y "costumbres de lavanda" nos alertan de que algo muy aburrido está ocurriendo. Pero sigue:

Carlos no era un ligón de bar; creo que es importante aclarar este punto. Simplemente, Lucía le resultó agradable desde el principio, como una ventana abierta al sol en la pared de un lóbrego cobertizo. Por eso le gustaba tomar en el Oriental el café de media tarde o ir por las noches a cenar. Además, Lucía y doña Paula eran personas amables y hospitalarias, lo cual, para alguien solo y un tanto aburrido, representaba una ventaja inestimable.

Efectivamente, el tedio comienza a aplastarnos en este párrafo. Uno se pregunta por qué íbamos a pensar que Carlos era un "ligón de bar" (como si eso fuera necesariamente malo) cuando nada nos lo había indicado hasta el momento. Y la imagen de la ventana en el "lóbrego cobertizo" resulta forzada y no le va a la escena. Pero que nada. Por no hablar de que despacha a dos personajes con dos adjetivos. Lucía más tarde tendrá algún desarrollo, pero no demasiado.

Otro ejemplo de información banal:

Parecía estar incubando algo, como solía decir su madre, porque sentía escalofríos y cansancio, con ese dolor de huesos característico de la gripe. Aún no tenía fiebre, pero estaba seguro de que le subiría la temperatura dentro de poco. Al día siguiente debía impartir clases, así que, al atardecer, resolvió quedarse en cama, tomar mucho líquido, encomendarse al paracetamol y conjurar al sueño con una novela de Sándor Márai.

¿En serio que era necesario el párrafo? Me temo que Lo de "tomar mucho líquido" y "encomendarse al paracetamol" no figurará en los manuales como ejemplo de estilo depurado.

Disponía de una hora libre antes de la clase con primero de Historia de la Filosofía y, en lugar de venir al despacho a prepararla, bajó a la cafetería y tomó sitio en la barra atestada. Antes de perorar sobre filósofos presocráticos, necesitaba glucosa. Por entre el griterío, logró hacerle entender al camarero que quería un café y un cruasán. El cruasán estaba pasable, pero pronto descubrió algo que ya sabemos todos en la facultad: que el café de la cafetería es lo más parecido al agua sucia. Como hacía siempre que debía advertirse algo a sí mismo, colgó en su mente un cartel que rezaba: A LA UNIVERSIDAD, LLEVAR EL TERMO.

Ya no es sólo la "barra atestada" ni que "necesitaba glucosa", es que no me importa cómo estaba el cruasán ni que se me confirme que el café era horrible. En las películas policíacas y de detectives, el café siempre es malo. Siempre. Lo sabemos, lo admitimos y nos desagradaría incluso que, por una vez, fuera excelente. Pero ya nos habían advertido de que esta vez Alexis Ravelo no había escrito una novela negra. Entonces, ¿por qué insiste con estos tópicos-relleno? 

Por otro lado, un poco más adelante, Carlos se encuentra "con la sonrisa de azahar de Lucía", mujer cuya melena "le lamía los hombros en una caricia de ébano". Al protagonista "le resultaba deliciosa la naturalidad de Lucía". Vamos con el empalago, ya que le gusta la chica. Y de repente:

-Joder, es como si tuviera una verbena en la boca -opinó. La risa de Lucía llenó el aire del local. 
-Más que una verbena, una orgía -observó, sin dejar de reír-. Yo no los había probado hasta que me vine aquí a hacer la carrera. Pero ahora soy una maldita adicta.

Vamos, como que al menos hay dos estilos o dos niveles de lenguaje. Uno cursi hasta el sonrojo y otro tabernario o presuntamente veinteañero. Y no mezclan nada bien.

Un último párrafo:

Todas las mujeres con las que se cruzaba hoy se convertían en su madre. Deseó estar siempre constipado,  para que lo cuidaran. Ana, acaso no sin razón, solía decirle que los hombres eran más quejicas que las mujeres; que su umbral del dolor, su capacidad de resistencia eran mucho más bajos; que se lamentaban enseguida y buscaban en la mujer más cercana a una madre que los cuidase.

Jamás había leído ni oído nada semejante. Me he quedado perplejo y he apuntado el comentario como "sabiduría popular". A veces, hacen falta segundas lecturas para reparar en que lo que se ha escrito fácil significa que se ha escrito mal.

Ahora con b)No hay ninguna ley que prohíba insertar en la novela todos los títulos de libros que uno ha leído y toda la música que uno ha escuchado (normalmente, clásica o jazz, que es lo más in o cool. Vamos, que es un must). Pero digo yo que deberían venir a cuento o, por lo menos, que no desentonaran. Pero en esta novela, de una manera similar a Vs., de Sergio Barreto, o en la infame El tren delantero, albergo la desagradable sospecha de que el autor no hace más que presumir. Y ya ven, me disgustan los presumidos, salvo que sean graciosos. 

No es el caso. 


De igual manera, procuraba que el piso fuera convirtiéndose en un lugar menos inhóspito. En esta tarea lo ayudaron su ordenador portátil, los libros que había podido traer consigo y un tablero de corcho que le hacía compañía desde sus tiempos de estudiante y donde fijó, con chinchetas, una cita de Pico della Mirandola, una postal que representaba os rabelos de Oporto, la tarjeta de una exposición de Óscar Domínguez y un folio en el que figuraba su cuadrante horario para ese año lectivo.

Unas semanas más tarde, cuando recibió por correo un libro obsequiado y firmado por Coltán, Ascanio lo entendió perfectamente, ya que muchos de los poemas eran caligramas. Tras recordar a Coltán, mientras el disco de Satie acababa y daba paso a las Escenas infantiles de Schumann, acompañadas, como aquel, por el incesante golpeteo de las teclas (...)


Mientras ella iba y venía entre la barra y el grupo de clientes, Ascanio pensó que era un gran necio. Se había comportado como un verdadero James Stewart, pero habría un Lubitsch -y mucho menos un Capra o un Ford- que le proporcionara una segunda oportunidad.

Me ahorraré la tortura de transcribir  más párrafos, pero sí les apunto que tales referencias aparecen en, al menos, 10 páginas. Pico della Mirandola, Sándor Márai, Schumann, Milorad Pavic, Marguerite Yourcenar, Boris Vian, Marguerite Duras y otros desfilan como una horda de zombis de The Walking Dead: sólo sirven para que el autor (protagonista mediante) se luzca.

Finalmente, c):

Vamos al grano. No puede ser que el protagonista, Carlos Ascanio, se traiga objetos de los sueños y se quede tal cual. O, hablando con precisión, que, tras dormir, algo del sueño aparezca al lado, en la cama, y no le cause mayor preocupación. En mi caso, habría crujir de huesos y rechinar de dientes, y una bajada de tensión como poco. A continuación, buscaría a toda prisa a una mujer para que me cuidara porque, como hombre, soy de natural quejica.

Vale la pena leer el párrafo del hallazgo onírico:

Un reloj de leontina, un camafeo, un cochecito de latón o unos quevedos se materializaban, en ocasiones, junto a su almohada o en la mesilla de luz, tras haber soñado con ellos durante la noche. Así de increíble. Así de simple. 
Le ocurría desde la adolescencia. Siempre en ocasiones en que dormía solo. Nunca cuando compartía lecho con Ana o con alguna de las pocas mujeres que hubo antes que ella. Naturalmente, al principio, con quince o dieciséis años, se hizo muchas preguntas acerca de ello. Dudó de su cordura, de sus sentidos, de la realidad. Pero con el tiempo fue asumiendo el asunto como una leve contrariedad que se daba de cuando en cuando, sin periodicidades ni mayores consecuencias.


Una "leve" contrariedad. Debe de ser lo de leve lo que me exaspera. Esto no obsta para que un poco antes se nos hubiera dicho que "no creía en la magia" y que "años de lectura (...) le habían confirmado en un ateísmo materialista que no dejaba de ser una fe como cualquier otra". El caso es que el hombre recibe regalos de los Reyes Magos del Sueño de vez en cuando: lo normal. Tranquilos, chicos, que lo bueno, lo incongruente, lo inverosímil no radica ahí.

Radica en que otra noche oye el tableteo de una máquina de escribir en el apartamento de al lado. Tras indagar un poquito, un par de días más tarde un vecino le sugiere que se ahorre el trabajo de fisgonear, que allí no vive nadie. También averigua que la única persona que tecleaba en una máquina de escribir en ese edificio (ya se habían pasado todos al portátil, según parece) era la anterior inquilina de su apartamento.

¡Tachán! Supermisterio. Ese sí, y no el de traerse una rosa de un sueño, no. ¿No se da cuenta el autor que es psicológicamente incongruente, narrativamente inverosímil? Habrá que esperar al final para que el autor pergeñe una solución.


Y esto solo en la primera parte.

En la segunda, nos encontramos con el mismo panorama, para qué cambiar. Las mismas expresiones manidas, ciertas descripciones banales, el mismo afán por presumir... Cierto es que se produce un avance en la narración. Se nos da a conocer la vida de Celia Andrade, la difunta, cuya presencia fantasmagórica tanto influye en el personaje, y que se dedicaba a escribir bajo pseudónimo (Ned Blackbird) novelas del Oeste. Y bueno, el narrador en cierto momento considera conveniente apuntar que el protagonista tuvo una erección imaginándose cómo tendría sexo esta mujer. 


En la tercera parte, Carlos Ascanio sigue husmeando en el diario de Celia, quién sabe si esperando nuevas erecciones. La voz del narrador, que al parecer es la de un colega de Carlos, y que lee el diario de éste, se entremezcla con él de tal manera que tenemos acceso a los sentimientos del protagonista, que a su vez nos cuenta las andanzas de Celia y, sobre todo, una relación amante-epistolar con un hombre, lo que nos interesa lo justo.

Esto del diario del diario debe de ser lo que unos llaman matrioshkas. En este punto, uno llega a la conclusión de que, más allá de la irritación que produce un estilo tan poco trabajado, de las escenas ya vistas alguna vez y del presumir de la cultura, hay un problema con el tono. El autor no ha sabido encontrarlo. Al igual que un orador carraspea antes de hablar y aún así es posible que le salga un gallo, o como un cantante cuya voz no le da para los agudos y se queda en los graves, así Ravelo narra en una frecuencia distorsionada. Dicho de otro manera, la narración suena artificial, suena inadecuada.

En fin, para abreviar, que la reseña ha quedado larguísima: la novela sigue y en la cuarta parte se desencadenan crisis, pasan algunas cosas que deben parecernos terribles a la par que ingeniosas. O meta-ingeniosas. Al final, nada es lo que parece y todo se entiende, hasta lo que parecía más inverosímil, que aun así lo sigue siendo a pesar del terror meta-físico o lo que quiera que sea. Pero ya hace tiempo que el desenlace carece de importancia. Y esto es así porque el autor no ha logrado convencernos. A lo sumo ha intentado, sin éxito, imponernos una historia y ha fracasado.

La otra vida de Ned Blackbird resulta fallida, tanto en el estilo como en la construcción de una trama que apenas se mantiene en pie y finalmente se derrumba sin gloria. Estoy convencido, sin embargo, de que son estas aventuras creativas las que contribuyen al desarrollo de la novela, entendiendo éste, parafraseando a Kundera, como la investigación de la complejidad existencial del ser humano. Sólo por esto, el autor merece cierta consideración. Sin embargo, en mi opinión, el resultado final no llega a la altura de su propósito. Ni de lejos.

















lunes, 6 de febrero de 2017

'Blanco sobre negro', de Rubén Gallego

Si comenzara esta reseña afirmando que la prosa de Gallego me recuerda en numerosos pasajes a la de Chéjov, podrían tildarme de exagerado. Especialmente, si han leído a Chéjov y, sobre todo, si, como yo, aprecian su prosa. Un Vanka tullido y aún más triste y desgraciado es lo que se me viene a la cabeza. A pesar de todo, aunque no lo hubiesen leído ni, todo es posible, tampoco les agradase su estilo, comprenderían que estaba elogiando Blanco sobre negro. Así es. 




La novela de Rubén Gallego se compone de reflexiones y fragmentos de su vida en diferentes orfanatos de la Unión Soviética. El tránsito de la niñez a la adolescencia, su, llamémoslo así, proceso de formación en una condiciones físicas terribles (parálisis cerebral que se sustancia en su caso en la imposibilidad de caminar o utilizar las manos: sólo era capaz de reptar) y en un entorno institucional (orfanatos, hospitales, asilos) que pasaba de lo insuficiente a lo deplorable. Sin embargo, Gallego prefiere quedarse con el lado bueno de sus circunstancias: su capacidad de resistencia, las amistades que iba forjando a lo largo de su tortuosa vida, la bondad de algunas personas como las niñeras o maestras, de sus compañeros de tribulaciones o de una estudiante española). Aquí y allá, Gallego nos muestra destellos de humanidad en pequeños actos como el regalo de una ración de comida, el compartir un chorizo, el cuidado de un perro, también tullido, como otros de auténtico espanto como el deambular de una rata gigante por los pasillos de un asilo o la frialdad con que la maquinaria institucional envía a personas como él a morir con ancianos, también abandonados a su suerte.


Cuando era muy pequeño soñaba con tener una mamá. Soñé con la idea hasta los seis años. Luego comprendí, o mejor dicho, me dijeron, que mi mamá era una puta de mierda y que me había abandonado. Me resulta desagradable escribir estas palabras, pero fueron los términos que emplearon.


Llegué a aquella casa de niños directamente de la clínica, donde durante dos años intentaron sin éxito ponerme en pie. El procedimiento era sencillo. Enyesaban mis piernas torcidas, luego cortaban el yeso periódicamente en determinados lugares, apretaban las articulaciones y fijaban las piernas en una nueva posición. Al medio año, las piernas quedaron rectas. Intentaron ponerme sobre muletas, vieron que era inútil y me dieron el alta. Durante el tratamiento, las piernas me dolían constantemente, yo no razonaba como es debido. Según la ley, todo escolar en la Unión Soviética tiene derecho a la enseñanza. Aquellos que podían asistían a las clases escolares de la clínica, el maestro visitaba al resto en su pabellón. A mí también me vino a ver un par de veces una maestra, pero al comprobar mi completo cretinismo me dejó en paz. A los maestros les daba pena aquella pobre criatura y en todas las asignaturas me ponían "suficiente". Así iba pasando de una clase a otra.


En el asilo lo colocaron en un pabellón con dos abuelos. Dos abuelos inofensivos. Uno, zapatero, hacía cola de pegar en un hornillo eléctrico; el otro, un terminal, casi no se enteraba de nada, de su cama caía la orina. A Seriozha no le dieron muda. Le dijeron que los pantalones se cambiaban cada diez días. Seriozha se pasó tres semanas en el pabellón sumergido en el olor a mierda y a cola de zapatero. Se pasó tres semanas sin comer nada, procurando beber lo menos posible. Atado a su bolsa de orina, no se atrevió a arrastrarse desnudo hasta el exterior para ver por última vez el sol. Murió a las tres semanas. Al cabo de un año a ese asilo me habían de llevar a mí. Serguéi tenía manos, yo no.

La vileza humana carece de límites, pero en sus intersticios florece también la solidaridad, y junto a ella la esperanza. Gallego ha sido afortunado en sobrevivir, y su novela no sólo es testimonio de la hipocresía de una moral utilitarista disfrazada de hermandad socialista que despreciaba a los inútiles y en la práctica los condenaba a muerte. También lo es de la fuerza que puede albergar un ser humano. Él ha vivido para contarlo, cuando todas las apuestas estaban en su contra.

Me sacaron del autobús con la silla. A pesar de todo, yo era un minusválido privilegiado. Los que abandonaban el orfanato no tenían derecho a tener una silla de ruedas. Los llevaban a los asilos de ancianos sin silla, los depositaban en la cama y allí los dejaban. Según la ley, el asilo estaba obligado a proporcionarle otra silla de ruedas en el curso de un año, pero eso era según la ley. En el asilo de ancianos al que me llevaron sólo había una silla de ruedas. Una para todos. Aquellos que podían montarse en ella desde la cama paseaban en la silla por turnos. El paseo se limitaba al porche del internado.

En cuanto a la prosa de Gallego se caracteriza por frases cortas, punzantes. Párrafos intensos, también, normalmente, de pocas frases. No es amigo de largas descripciones. La intensidad del sufrimiento y de la alegría la expresa con contundencia, pero con sobriedad. La lectura es sencilla, por si eso resulta valioso para quien lea esta reseña; la repercusión en la conciencia se mide por la reflexión que nos genere, y no creo que yo constituya una rareza si digo que es honda y duradera. De repente, volvemos a apreciar el valor de la bondad en las pequeñas cosas y a los más perjudicados en esta lotería trucada que es el mundo. 

Eso sí, como objeción en el plano narrativo podría aducirse el abrupto paso de su adolescencia, justo cuando estaba en un asilo tenebroso, a su estancia en Estados Unidos con su mujer. Algo se ha omitido por el camino, se tiene la impresión de que algo importante se nos ha escamoteado. Lo cual quiere decir, por otro lado, que uno podría haber seguido leyendo sin tregua doscientas páginas más de sus aventuras y desventuras. 

Toda una historia, sin duda.