domingo, 13 de septiembre de 2020

'La ballena', de Paul Gadenne

 Las dos últimas semanas han sido muy valiosas: hemos descubierto, se ha caído el velo, que nosotros, los canarios (como los españoles, en general) no somos un pueblo acogedor ni hospitalario. Tampoco, sabio. Con ese tono paternalista con el que se dirigen a los gobernados y dominados, los que gobiernan y dominan, con la irrupción del turismo y la fabricación de nuestra comunidad como resort para los alemanes, británicos y escandinavos, fueron moldeando un relato vía medios de comunicación por el cual los/as canarios/as y Canarias eran afables, corteses y hospitalarios con los extranjeros: una manera de construir pueblo adecuado al nuevo negocio, al emergente cuasimonocultivo del que iban a depender los ingresos de una incipiente élite empresarial y al que se iba a adherir nuestro patriciado tradicional.

También hemos descubierto que cuando la xenofobia, el racismo y la aporofobia se manifiestan mediante un editorial de uno de los periódicos más importantes (que no es mucho decir) de nuestra Comunidad, todos aquellos que se desgañitan casi a diario (columnistas, intelectuales, políticos y artistas) criticando esto o aquello (muchas veces, con razón), sobre todo si se dirige contra conceptos o contra entidades lo bastante abstractas para no molestar a nadie concreto, enmudecieron de súbito. Tampoco, cuando esta alcaldesa o aquel alcalde se empeñaron en subrayar la "mala imagen" o "el deterioro" por haber alojado a inmigrantes irregulares en un complejo turístico, que se encontraba, a la sazón, vacío.

Es bastante posible, habría quizá que pensarlo con algo más de detenimiento, que, como decía aquel artista, España dé asco. Lo mismo podría aseverarse con respecto a Canarias, ese paraíso terrenal, esa Atlántida, ese Jardín de las Hespérides, esa plataforma continental y crisol de culturas, con ese pueblo, repetimos, tan amable, hospitalario, acogedor... y secularmente dominado, empobrecido, sometido, que a base de golpes y de servidumbre se ha vuelto tan mezquino y calculador -en gran proporción- como sus señores. Solo una voz, la del juez encargado de los CIE, Arcadio Díaz Tejera, se ha manifestado en contra de esta ola de indignación hipócrita. Deberían fijarse en él, en especial por su ubicuidad y por su facilidad de acceso a los medios, estos políticos, estos intelectuales, estos columnistas y estos artistas que padecemos.

(Cuando escribo estas líneas, el 12 de septiembre, leo lo siguiente, que puede marcar un cambio de tendencia. Lo que debería avergonzar aún más a los muditos/as: aquí)

En fin, que cada uno, cada una, que lea estas líneas, que alcance a reflexionar en qué medida se siente aludida/o, y si le importa.




Uno lee la palabra "ballena" y, la haya leído o no, recuerda de inmediato la novela de Hermann Melville. Y más, al ser la ballena de este relato (38 páginas) también un espécimen blanco, "como una cantera de mármol". Así se llama: "Ballena", escrito por el autor francés, Paul Gadenne, fallecido a mediados del siglo pasado y cuya vida y milagros ignoraba por completo. Llegué a este relato, a este autor, gracias a Joan Flores Constans (*) en cuyo blog (entrada del 20 de julio) se hacía mención a él. De su obra, al parecer, solo se ha traducido Ballena, versión de David M. Copé. Uno podría preguntarse no sólo por qué una editorial decide traducir a un autor casi desconocido en España, muerto hace casi 70 años. Y con un relato, ni siquiera con una novela. Sería interesante saberlo. Quizá haya sido una avanzadilla en terra incognita, una incursión en el proceloso mar editorial, un sondeo en la cámara de tortura de las reseñas en los medios de comunicación, yo qué sé.

En todo caso, 38 páginas pueden dar para mucho, sobre todo cuando uno se siente desbordante de creatividad pseudoliteraria y quiere señalar (o dar codazos) al gran público que uno tiene alma de escritor, aunque no escriba literatura. Es lo que podríamos llamar "hacer un noranavarro". Estoy recordando aquella reseña de Panza de Burro en el cuadernillo de La Provincia y aún se me eriza la piel. En fin, sigamos porque, aunque a nuestros exégetas, hagiógrafos y juglares del mundillo hayan unido esfuerzos, acordes y gemidos para proclamar que el Mesías literario canario ha llegado encarnado en Andrea Abreu, hay más literatura ahí fuera que vale la pena.

Yo interpreto Ballena como el fin del viaje de Moby Dick. Tras aquellas furiosas batallas contra el capitán Ahab y su barco ballenero, el leviatán embarranca en otro continente, en otro tiempo. Es ahora un mundo demasiado consciente de sí mismo, lejos ya de aquella modernidad pujante y vigorosa de un país como los Estados Unidos en plena expansión. La ballena acaba en una playa de Francia, en un continente existencialmente agotado y descreído. El narrador y su acompañante se acercan a la playa algunos días después de que les llegara la noticia de aquella inmensa bestia blanca.

El encuentro con algunos animales, magníficos y antiquísimos, como la ballena, o el elefante, del que Ángel Bonomini, por ejemplo, escribió otro relato inmortal como Los lentos elefantes de Milán, quizá por una genealogía que se remonta al principio de los tiempos (aunque lo mismo puede decirse de las medusas, pero no tienen el mismo encanto) nos produce pasmo, admiración y también melancolía. Es el paso del tiempo encarnado en animales casi mitológicos, y su muerte, como el de esa ballena blanca varada en una playa, es el recordatorio de la nuestra, y apunta a la muerte de todo lo viviente:


Habíamos creído ver simplemente un animal cubierto de arena: en realidad, contemplábamos un planeta muerto.

 

Para un lector avezado, además del gozo mismo de la lectura, las referencias literarias y bíblicas serán fuente de satisfacción y de curiosidad, sobre todo, como en cualquier texto bien escrito, porque no resultan redundantes o caprichosas, sino necesarias (aunque no tengan por qué). En la mejor tradición norteamericana del siglo XIX, cuando todos los escritores citaban de continuo las Escrituras, cuya lectura era parte integral de su formación intelectual. La lectura de este cuento invita a producir todo tipo de significaciones por la simbología suscitada por la ballena a lo largo de la Historia. Por no hablar del color blanco, que ya desde Edgar Allan Poe, literariamente al menos, sugiere connotaciones mórbidas, que en general suelen asociarse al negro. En mi caso, insisto que, aunque fuera escrita en otro tiempo, quizá por las circunstancias en las que vivimos ahora, no puedo sino pensar en el cansancio y el hastío de una civilización, en el de la especie humana al completo, descomponiéndose lentamente en un recodo del tiempo, en este planeta diminuto e insignificante que flota a la deriva.


Yacía sobre la arena con todo su peso muerto, como si se esforzara en desaparecer, como si a partir de aquel momento hubiese decidido formar parte de la tierra, como aquellos peñascos bajos y angulosos, como aquellas plantas enjutas y rígidas que había a nuestra espalda, incrustadas en el esquisto, y a las que la brisa ni siquiera conseguía hacer temblar. Pero los peñascos eran oscuros: ella era blanca, de un blanco opaco, como el blanco de la leche derramada. Ese blanco era el suyo. Un blanco sin luminosidad, un blanco helado, completamente replegado en sí mismo, que le daba la espalda a toda gloria con una resignación apenas patética. (Págs 24-25)


A mí, Ballena me ha convencido; Paul Gadenne es un escritor que a partir de esta lectura me interesa y confío, como confiaría un creyente liberal en las bondades del mercado colmador de necesidades y caprichos, en que la editorial Periférica o cualquier otra se pongan manos a la obra y traduzcan su obra. Aquí hay un lector.




(*) No deja de ser curioso como dos lectores de la misma obra, incluso en una tan breve como esta, la interpretan de manera tan diferente. A Joan Flores se le ocurren significados que no se me habían pasado por la cabeza. En todo caso, mis disquisiciones no se solapan con las suyas.










martes, 1 de septiembre de 2020

'Las zonas comunes', de Nicolás Dorta

 En el manual de todo/a buen/a reseñador/a se especifica con mucha claridad que no es recomendable leer reseñas ni comentarios sobre la obra que se va a comentar. Sin duda, para evitar que otros juicios se interpongan e influyan en el nuestro. Si un/a ilustre predecesor/a ha encomiado la obra, ¿seremos capaces de contradecirle? Si uno/a detestado/a la ha criticado, ¿perderemos nuestra ecuanimidad solo para oponernos, por mera antipatía? Son cuestiones importantes, que cada uno/a resuelve su manera. No obstante, con frecuencia, uno llega al conocimiento de determinadas obras precisamente porque alguien las ha reseñado antes en los medios de comunicación o en las redes sociales.

Este es el caso de Las zonas comunes, de Nicolás Dorta. Una reseña de Eduardo García Rojas en su blog, otra de Salvador García Llanos en el Canariasahora.com y, finalmente, un saludo lírico como solo sabe hacerlo Juan Cruz en El Día confluyeron en mi determinación de leerla. Ante esta catarata de unánimes elogios de una obra de un canario, no me quedaba otra que leerla, sobre todo en esta época en el que las novedades han ido raleando por la incertidumbre provocada por la pandemia. Uno lee los periódicos y estamos casi seguros de que nos encontramos al borde de un colapso sistémico. 

En todo caso, parece una práctica establecida en el mundillo, y creo que no es esta una particularidad local, sino nacional, la de que la presentación de un libro debe venir acompañada de la presencia de una celebrity literaria o, lo que es peor, periodística. A veces, como es el caso de Juan Cruz, según se dice, se combinan en una misma persona las dos actividades. A todas estas, Juan Cruz es en la provincia de Santa Cruz lo que Santiago Gil en Las Palmas: resulta casi inconcebible que un autor o autora presente un libro sin intentar, al menos, que aquellos los/as arropen en la provincia respectiva. Están en la cúspide de una jerarquía imaginada. Es posible que, dado el poder de convocatoria de estas ilustres plumas, su presencia se crea necesaria para obtener la difusión deseada. Comprensible, sin duda. El espectáculo de una sala desierta debe de ser descorazonador. Una soledad demasiado ruidosa, que diría Hrabal.

También es cierto que hay asistentes habituales de presentaciones de libros. Sí, aunque les parezca increíble, hay gente que ha adquirido la costumbre de asistir a estos actos, independientemente del autor/a y obra, por lo que es de sospechar que el libro en cuestión les importe poco y lo que pretendan es disfrutar de los rituales del acto en sí: presentador/a, chiste, elogio, chiste, cita apropiada, chiste, agradecimientos; autor/a, chiste, narración del proceso de creación: cuándo, por qué, para qué; chiste, lectura de párrafos, chiste, agradecimientos, etc. Aplausos. Tiene que haber de todo.

No obstante, la ubicua presencia y las obligadas palabras de compromiso y amabilidad de estos prohombres de la Cultura se traduce en que TODAS las obras que presentan son, a tenor de lo que se deduce de estas presentaciones, obras magníficas, e imprescindibles. Esto empeora cuando, además, publican reseñas de tipo laudatorio. Todo sea por ayudar a la literatura, según imagino que piensan (por no imaginar algo peor). El resultado es que el último eslabón de la cadena, el lector o lectora, está indefenso ante ese caudal ditirámbico, y acaba, ingenuo/a como es, adquiriendo productos que no valen su precio.



Respecto de la obra que nos ocupa hoy, Las zonas comunes, puedo señalarles que la obra está escrita con corrección, y que, salvo cierta tendencia a describirnos como si fuera importante el tipo de corte de pelo que llevan las mujeres, nada hay en estos cuentos que nos soliviante en demasía. Son cinco relatos, más bien son cinco escenas, de diversa temática que tienen en común ser comunes. O quizá es que aspiran a la trascendencia de lo cotidiano. A veces, el empeño de llegar a lo global o a lo universal a través de lo local, lo cotidiano o lo diminuto tiene éxito. En muchas ocasiones, no, y puede representar un camino directo hacia la insustancialidad y el consiguiente aburrimiento, por mucho que se quiera hablar de soledad, dolor y angustia existencial. Empatizar con lo que se cuenta no es igual que ratificar su calidad.

Las zonas comunes, después de un primer relato que, al menos, mantiene el interés, acaba hundiéndose en la inanidad de una redacción aplicada, pero falta de grandeza. No es esa tontería con desparpajo de otras obras que he criticado aquí con gran abundamiento. Se aprecia esfuerzo y cuidado, lo que es muy de agradecer, pero le falta lo que es más importante: arte. Resulta difícil señalar un párrafo, una frase que me haga estremecer o que me induzca a soñar. Que me haga paladear el idioma. El autor parece tan preocupado por no tropezarse al caminar que parece que hubiera optado por quedarse sentado. El tercer relato, Palmira, el de mayor extensión, y en el que otros reseñadores han encontrado toda suerte de referencias (para mí, de lo más imaginativas) es el que más profundamente me ha aburrido. La brevedad, como ocurre en los demás, no acude aquí al rescate de la impaciencia. 

Es posible que una mayor sensibilidad a lo cotidiano se traduzca en una poética de lo nimio de valor literario y artístico. No la encuentro en este libro ni tampoco en otros también de autores/as locales, empeñados unos y otras en contar por contar, como si el mero acto de transcribir anécdotas, ocurrencias o incluso historias completas tuviera valor por sí mismo. Puede serlo a nivel personal, pero no necesariamente para el público lector. Es difícil ser Carver o Chéjov, sin duda.


Soy la encargada de poner la mesa del comedor a mediodía. Otros lo hacen por la noche. En quince minutos debo colocar 18 platos con sus respectivos vasos y cubiertos, uno frente al otro hasta conquistar dos filas. A veces falta alguien pero casi siempre la mesa se completa. Este orden, esta responsabilidad asumible me mantiene mejor. La comida es buena y variada: carne, pescado, siempre sopas o caldos de primer plato y un yogurt o una fruta de postre. La cena es lo más flojo. Me quedo con hambre y de madrugada tiro de la chocolatina del bingo. Cuando no hay, me aguanto. A esa hora todos duermen, salvo la cuidadora de guardia, que igualmente duerme a ratos en el salón del televisor. A veces oigo sus pasos por el pasillo. Cierra las puertas de las habitaciones que han quedado abiertas. (Pág. 25)


Estás especialmente blanca, como si no hubieses visto el sol en la vida. Llegas a la parada con una maleta y una rebeca amarrada a la cintura. Estás igual. Así te conocí hace algunos años, mientras sonaba aquella música que alimentaba el optimismo colectivo de la plaza. Era un verano de terrible calor. Siempre me sorprende tu altura y tu manera de afrontar los días. Detrás de esa aparente fragilidad eres una mujer fuerte y extremadamente curiosa. Te gusta andar sola por lugares indeterminados y adoras el chocolate, la pintura. Te gustan más los gatos que los perros, no soportas el pepinillo ni sitios con demasiada gente. Cuando quieres a alguien lo haces hasta las últimas consecuencias. (Págs. 69-70)


La luz está ahí fuera, donde comienza la vida, todos los días, con una taza de té. Es preciso calcular la temperatura adecuada. Pero no siempre tengo la misma percepción del tiempo. ¿Cómo se mide? Desde que aparecen las burbujas sé que ya es tarde y debo esperar otra vez. Pero ahora sí será mucho tiempo, porque las cosas tardan más en enfriase que en calentarse. Mi madre me calentaba un huevo en un caldero pequeño. Los dedos se quemaban cuando quería pelarlo y soplar era un alivio ligero, casi imaginario. No era fácil lograr que el huevo se dejara acariciar. El huevo duro y pelado es un manjar universal. (Págs. 93-94)


La noche es fresca y silenciosa. Aparecen estrellas nuevas, más brillantes, como si acabaran de surgir. Apoyas tus brazos en la baranda de la terraza y piensas en el año que se ha ido. Estar en este momento con los tuyos hace que te sientas protegida. Pero también piensas que podrías haber estado en otra parte, con otra familia, en otro trabajo, en un jardín diferente. Desde pequeña no estabas contenta con nada y ahora empiezas a comprender que querer siempre más solo te provoca frustración. El deseo infinito está en tu cabeza. Y te lo repites: "solo está en mi cabeza". Entre las estrellas parpadean las luces de un avión que se aleja como un pájaro nocturno. A estas horas, la noche amplifica la presencia del riego automático que mantiene a las plantas con vida, el ronroneo de la luz de las farolas en la calle y el ruido de los pocos coches que pasan. (Pág. 108)


Además, no percibo que los cuentos estén atravesados por una mirada singular, contados desde una perspectiva tal que nos haga ver de otra manera la cotidianidad y las pequeñas cosas. Si bien no hay frases hechas, tampoco puedo escribir que los relatos estén respaldados por un pensamiento original. Tengo la sensación de que el narrador no deja de estar aprisionado por visiones del mundo trilladas o, al menos, "comunes". Si este ha sido el propósito del autor, reflejar esa visión común, no puedo por menos de corroborarlo. Otra cosa es asegurar que esa plasmación alcance una dimensión artística de relevancia. Yo no la aprecio. El autor tiene palabras, pero no sé si tiene literatura. 

Dice Juan Cruz que Las zonas comunes es "un estampido estético" (al igual que Panza de burro: el suyo es un artículo de 2x1) y también "una obra de arte". No podría estar más en desacuerdo, pero, claro, ¿qué sabré yo?

Parafraseando a Capote, digamos que es más o menos sencillo pasar de escribir mal a escribir bien. Pero pasar de escribir bien a escribir literatura ya es asunto de mayor enjundia, como dominar el oficio de trapecista o domador de fieras. O de ambos oficios a la vez. Es en esta zona, en este momento, donde se libra la batalla más cruenta por la que se decide si un autor consigue crear una obra valiosa. Creo que es justo ahí donde se encuentra Nicolás Dorta.




martes, 25 de agosto de 2020

'El valle del Issa', de Czeslaw Milosz

 Que el rebrote estaba anunciado, nos acordamos todos (si no, hagan un esfuerzo de memoria). Que pensáramos que le iba a afectar a otros, en otros lugares, también, quizá para reconfortarnos, pues a veces pensamos que es suficiente desear algo para que ese algo se produzca, entregándonos pues al pensamiento desiderativo. Maduramos, pero de manera irregular, en algunos ámbitos más que en otros, de esa vulgar materia con conciencia de sí misma que llamamos yo. Los laboratorios médicos están a tope, las colas se hacen en la calle; las playas están llenas y hace un calor del carajo. El grajo vuela bajo: agosto en Las Palmas City.

Si estamos ociosos, y algo abrumados por imágenes apocalípticas de coronavirus, por un lado, y, por otro, por la inminente aparición de especímenes humanos pertenecientes a una nueva juventud dorada, los libros siempre constituyen un refugio, cuando no una huida. Por ello, no deberían enfadarse conmigo cuando señalo que la librofilia a veces es mero escapismo. No deberían molestarse, claro, salvo que constaten su propio quietismo y carezcan de otra visión de futuro que la de la resignación. Además, sabemos que la mejor clasificación que puede hacerse sobre los libros, en general, y sobre los pertenecientes a la egregia esfera literaria, en particular, es aquella que los divide entre los que sirven para nivelar una mesa y los que no. En el primer caso, la utilidad salta a la vista y calma los nervios. En el segundo, es asunto discutido que no termina de resolverse. Claro que, cuando hablamos de arte, cuando hablamos de literatura, solemos dejar de lado la utilidad, sobre todo en lo que respecta al autonomizado arte moderno. 

A este respecto, no deja de tener gracia cómo hablamos de literatura: hay una conversación enorme entre lectores/as sobre esta cosa tan inútil. Quién iba a decir que esta inutilidad, leer ficción, iba a constituir una afición para tanta gente, y que además se iba a hacer negocio con ello. Muchos lo vieron claro desde un principio, que escribir iba a servir para pagar facturas (escritores y editores). Después, en una posición oblicua, digamos desde un ángulo excéntrico, algunos/as lo denominan parasitario, están los críticos literarios, que salmodian desde el espacio legitimado para nombrarlos como tales (el suplemento cultural) y los reseñadores/as, que proliferan, desde que Internet es 2.0, como un virus contagioso (tal vez, esta referencia sea de mal gusto, por no decir también previsible: previsible y de mal gusto, que así sea). Los críticos literarios pueden ser confundidos con los guardianes del campo cultural/literario dado que vivimos en una época de crisis económica permanente y hay que ahorrar, así que unos y otros son en la práctica indistinguibles. ¿Cómo distinguir a un guardián cultural? Sencillo: define qué entra o no en el campo de la Cultura, en un medio de comunicación tradicional (prensa, radio y TV: lo cual no obsta para que su discurso no se encuentre también en la Red).

Además, según cierta opinión extendida, no hay críticos literarios en España, y mucho menos en Canarias, por lo que aquellos guardianes (de añeja actividad, tal vez sean eternos), con la aureola de prestigio que les hemos concedido (de un modo algo frívolo, por pereza) por el mentado acceso directo a los medios de comunicación, elevan, con su saludo, las nuevas obras literarias/artísticas (que, por su gusto o por otras razones, hayan elegido) a la categoría de conocidas, de dignas de tenerse en cuenta. El efecto previsible y previsto es que su circulación en el mundillo de suplementos, programas culturales de radio y TV y blogs con otras reseñas y entrevistas se intensifique de manera notable. Tal es el poder e influencia de los guardianes.  

No obstante, dicho poder, el poder de nominar, no está exento de contestación. Sus definiciones se discuten. Como diría Bourdieu ("Todo está en Bourdieu"), hay una lucha simbólica para disputar ese poder, o al menos, su monopolio. Así, es habitual oír o leer frases cómo «ese no es un crítico literario de verdad», o «X no es una artista/poeta/escritora», o «eso no es arte/literatura», etc. Existe una pugna constante por la legitimidad de los juicios y de las definiciones, y sobre todo de quien los emite. Quién tiene autoridad y por qué, quién la concede.

Volviendo al escapismo: en algún momento, por alguna razón, pedí la siguiente novela a mi librería de referencia. Fuese una entrevista, una cita, una búsqueda en la wikipedia o la puta casualidad, el caso es que he leído Valle del Issa, de Czeslaw Milosz, versión de Anna Rodón Klemensiewich.




No es una novela para leer en una sola sesión. Al menos, esa no es mi experiencia. Es posible también que mis hábitos lectores (es una manera pedante de decir "mi costumbre", pero, bueno, me acabo de dar cuenta) sean diferentes a los del lector/a común, entendiendo por ello nada más que el acto de leer solo un libro hasta acabarlo. Yo lo he leído en breves periodos de lectura, de quince a treinta minutos. Ayuda a este ritmo la parcelación del libro en capítulos cortos, de tres a 7 páginas, generalmente. Ya me contarán.

Valle del Issa ejerce en mí ese efecto de lo antiguo reciente. Es decir, me suscita la añoranza de lo que nunca viví, pero por poco. Intento explicarme: el mundo medieval, por ejemplo, me resulta ajeno (aunque me interese): demasiados siglos han pasado y salvo alguna institución salvaguardada por la Constitución y algunos edificios, no siento que algo me ligue a esa época. En cambio, ese "mundo de ayer", entre las dos guerras mundiales, que ya retrataran Stefan Zweig o Von Rezzori, sin tampoco conocerlo (a lo tonto, ya hace más de un siglo) me suscita otro tipo de emociones. Ese mundo rural, de señores y campesinos, a punto de volver a vivir convulsiones revolucionarias, nacionalistas y bélicas, parece despedirse en estas páginas sabedor de su definitiva desaparición, y yo siento algo parecido a la tristeza. Tan cerca y tan lejos, puedo imaginar un tránsito, más o menos zigzagueante, más o menos guadianesco, desde la Gran Canaria de Inquietudes del Hall de Alonso Quesada hasta nuestros días, por mostrar un ejemplo.

Qué sé yo por qué siento algo parecido a la melancolía por las experiencias del protagonista, el niño Tomás, que en esa Lituania polaca (o Polonia lituana) vive su crecimiento en relación con sus familiares y con la naturaleza, con esos pájaros que clasifica con minuciosidad, como si así pretendiese también organizar y comprender los derroteros por los que se desarrolla su vida y de las personas de su alrededor. No hace falta ser muy agudo para advertir que aquella tristeza y melancolía solo puede suscitarlas una prosa de gran intensidad lírica (el autor es sobre todo conocido por su condición de poeta, pero les aseguro que habría escrito el adjetivo lírico aunque hubiese ignorado el dato) y una sobresaliente capacidad para escrutar el interior de sus personajes. O hablando con más propiedad: su capacidad para construirlos de tal modo que resulten naturales y sus experiencias, vívidas, ya sean del mismo Tomás, como las de José, Bartolomé, Romualdo, la abuela Misia, el abuelo Surkont, etc.


Tomás nació en Ginie, sobre el Issa, en la época en que la manzana madura se estrella contra el suelo en el silencio de la tarde, y en los vestíbulos de las casas aparecen barriles de esa cerveza oscura que se obtiene después de la siega. Ginie es, ante todo, una montaña cubierta de robles. El que hayan construido una iglesia de madera en la cumbre es como una muestra de malevolencia hacia la antigua religión, o quizá también como el deseo de pasar de la antigua a la nueva sin sobresaltos: en ese mismo lugar, hace tiempo, practicaban sus ritos los adoradores del dios del trueno. (Pág. 15)


Romualdo merecía entrar en el Reino vedado a las personas corrientes. La presencia del animal lo excitaba, el músculo de su mejilla se contraía, todo él se transformaba en una tensa vigilancia, y era evidente que, en aquel momento, nada en el mundo le importaba más que aquello. Su sirvienta, Barbarka, era ya otra cosa: pertenecía al mundo de los adultos, ¡lástima, tan bonita y con un aspecto tan infantil! Debería entristecernos el ver cómo viven las personas, indiferentes a lo que es realmente importante; no se sabe, a decir verdad, con qué llenan sus vidas. Seguramente se aburren. De todos modos, Barbarka dedicaba mucho tiempo a cuidar el jardín: había llegado a cultivar flores hermosísimas, cuadros enteros de reseda, esbeltas malvas y ruda, cuyo olor verde sabía conservar durante todo el invierno. Para ir a la iglesia, se adornaba el pelo con ella, como todas las jóvenes. Pero aquellas miradas suyas, tan tápidas (sic), llenas de curiosidad, como si ponderara los hechos siguiendo un pensamiento secreto, pertenecían a una persona extraña y adulta. (Pág. 154)


La exaltación que se apoderaba de Tomás cada vez que aprendía algo nuevo sobre los urogallos y, en general, sobre todo lo que tenía relación con la naturaleza planteaba una duda: lo que le excitaba ¿era la imagen de un pájaro, grande como un pavo, con el cuello tendido hacia delante y la cola en forma de abanico, o más bien el imaginarse a sí mismo acechándolo en la semioscuridad? ¿No sería también el que, al hundirse en el espesor del bosque, mudo y cauteloso, o al escuchar el concierto de los perros, se extrañara de sentirse un cazador de verdad? No sólo miraba los detalles a su alrededor, sino que se veía a sí mismo observando esos detalles: es decir, se extasiaba ante el papel que estaba representando. Por ejemplo, el gesto curvo de su pie al acercarse a la presa: con ese gesto expresaba la conciencia, quizás un poco exagerada, de su propia habilidad. De hecho, los mayores no tienen razón si creen que no se divierten de la misma manera. Y si no, que confiesen que su curiosidad por saber cómo se siente uno en su papel de amante es a veces más importante que el mismo objeto de su amor. (Pág. 189)

Narrada en tercera persona, a veces confundiéndose con la conciencia del niño o con la de otros personajes, esta novela bien podría haber sido unas memorias de una infancia lejana, aún más remota por las vicisitudes históricas de la región y por los enormes cambios civilizatorios experimentados por la humanidad desde entonces. Claro que no son meros recuerdos, más o menos ficcionalizados, aderezados con técnica narrativa. Son también, por encima de todo, indagaciones sobre la naturaleza humana, sobre el amor, sobre el sexo, sobre la dominación de unas personas sobre otras, sobre el tránsito de la niñez a la vida adulta, sobre la naturaleza en su exuberante variedad de vida arbórea y animal, sobre la vida. Sobre la muerte. No es poco, ni mucho menos.

Resulta, a fin de cuentas, una lectura que produce una impresión extra-ordinaria, pese a no narrar más que escenas sin importancia aparente. Ese extenso mosaico de personajes y de escenas conforma una novela que, si fuera algo más pedante, si tuviera yo en mis manos el poder de imponer mis definiciones y mis juicios, diría que es digna de entrar en una biblioteca que caracterizaría a una persona dotada de gusto. Como mis pretensiones distan mucho de querer imponer nada, me limito a recomendarla y a esperar sus opiniones.



P.D. Me había olvidado comentar que he contado al menos 8 erratas en la edición de bolsillo de Tusquets, que es la que he manejado.





viernes, 14 de agosto de 2020

Lecturas imprescindibles porque la cultura nos eleva y bla, bla.

 Mientras sigo leyendo al polaco (en pequeñas dosis) me he preguntado si no sería mejor escribir un post, antes de la futura reseña, que calmara las ansias de mis lectores por descubrir algo nuevo de mi alforja mágica de ocurrencias, un artículo que, metafóricamente hablando, saciara su hambre de alimento espiritual. Algo, en definitiva, que hiciera este mes de agosto menos un páramo solo ocupado por el virus maléfico y más un vergel cultural que nos hiciera mejores y más fuertes. Y muy cohesionaditos, como les gustaría a nuestra clase política. A este respecto, es ejemplarizante la reciente entrevista a Marco González, alcalde de Puerto de la Cruz (Tenerife).

En estas, pues, estoy, por lo que a continuación les presento una lista de mis lecturas actuales, completadas o no. Son, como dirían nuestris queridis amiguis de los medios de comunicación, "imprescindibles", "fundamentales", "necesarios", "de obligada lectura", etc. Bueno, en serio, muchos son títulos clásicos de su ámbito de conocimiento (y del conocimiento en general). Otros, si no lo son, valen la pena igual, tal y como puedo calificarlos a la luz de mi magra inteligencia, ya natural, ya cristalizada por años de lectura. Esta es, vale la pena señalarlo, una lista heterogénea, heteróclita, transversal e interdisciplinar, tal vez poliédrica, sin ánimo exhaustivo y es probable que caprichosa, producto tanto de la memoria como del estado de ánimo de estos días (muy bueno, en general). No espero que me la agradezcan de antemano; tan solo si algún libro les complace.


-Conversaciones sobre la escritura. Ursula K. Le guin. Con David Naimon (Alpha Decay, con traducción de Núria Molines). Libro de fino grosor, uno se pregunta antes de comenzar a leer si valen la pena los 15 euros por las menos de cien páginas de texto, que es la transcripción de tres entrevistas hechas a la escritora (fallecida hace poco más de dos años-2018). No sé cómo se mide esa relación euros/contenido, pero lo que sí sé es que está muy bien la segunda parte de este binomio. Consideraciones sobre literatura en general y la ciencia ficción en concreto, sobre el feminismo, la poesía y el ensayo y otros asuntos se articulan respecto de preguntas, en general, inteligentes. Es posible, incluso, que los aspirantes a escribir aprendan algo con las reflexiones de la Sra. K. Le Guin porque cada cosa que dice es importante. Por ejemplo, sobre el uso del punto de vista en la narración. Por cierto, a estas alturas me vengo a enterar de que tanto su madre como su padre eran antropólogos reconocidos. 


-El mundo de Atenas, de Luciano Canfora (Anagrama, traducción de Edgardo Dobry). Libro sobre la Atenas clásica con algunas tesis de intención polémica, al que cita J.L. Moreno Pestaña en su libro Retorno a Atenas, en especial por el papel desempeñado por Tucídides en las conjuras oligárquicas en Atenas. Ameno, interesante, minucioso y cargado de bibliografía, esta monografía  reconstruye la democracia ateniense, la guerra del Peloponeso, prestando especial atención al suceso de Milo, y la insatisfacción de parte de la oligarquía por el, a su parecer, injusto papel político al que ha sido relegada. Un papel que podría estar encarnado por Calicles, en el diálogo Gorgias de Platón: Los más poderosos, los más fuertes son los que deben gobernar. Tras un último intento oligarca, el golpe de 404 (régimen de los Treinta Tiranos), Atenas no dejará de ser gobernada democráticamente hasta su derrota a manos de Macedonia.


-Antes o después que el anterior, propongo que lean  El gobierno de sí y de los otros, de Michel Foucault (Akal, traducción de Horacio Pons) que se centra sobre todo en el hablar franco y veraz, la parresía, en democracia (que es la parte que más nos puede interesar) y en monarquías o imperios. Foucault estudia las tragedias Edipo Rey (Sófocles), Ion, Orestes (Eurípides), junto con otros textos de Platón como el Gorgias. Si leen estas tragedias al mismo tiempo, ganarán en claridad. Aunque, como dice JL Moreno Pestaña, la visión que da Foucault de la democracia está muy vinculada a la de Hannah Arendt, sobre todo en su concepción de un régimen de competencia aristocrática por el poder, sin tener en cuenta los mecanismos institucionales que prevenían con bastante eficacia el excesivo poder personal, no deja de ser un estudio brillante y sugerente sobre el poder de la palabra en el espacio público. Como también señala Moreno Pestaña, mejor leerlo teniendo al lado la obra de Castoriadis y de Rancière.


-Como complemento a la obra de Foucault (que son sus lecciones en el Collège de France), en especial respecto de Edipo Rey, les recomendaría (muy vivamente) lo que he hecho yo: hacerme con el libro Oedipus At Thebes, de Bernard M.W. Knox para comprender gracias a un reputado especialista las múltiples posibilidades de interpretación de esta obra, y no quedarnos con la más o menos canónica de la "tragedia del destino", o la imposibilidad de escapar a este, que es como se suele entender normalmente. Si no la habían leído antes, es una buena oportunidad para hacerlo. Si ya la habían leído o visto representada, la monografía de Bernard Knox les dará que pensar, y mucho, porque las propuestas de interpretación de este autor amplían nuestra capacidad de entender la obra desde múltiples perspectivas, que se exponen con tal naturalidad que uno no entiende cómo no cayó en la cuenta antes. Y es que la democracia ateniense no se entiende sin las tragedias.

Ya que estamos metidos de lleno con los griegos, hay dos libros que les irían bien para desterrar la idea de que los atenienses podían permitirse la democracia porque tenían un montón de esclavos de los que se servían para no tener que trabajar y así cotillear en el ágora y votar en el Pnyx: Peasant-Citizen & Slave. The Foundation of Athenian Democracy, de Ellen Meiksins Wood y El nacimiento de la política, de Moses I. Finley (Crítica, traducción de Teresa Sempere), entre otros. 

                                                                                

                                                            

Dejando de lado a los atenienses, tengo sin terminar (pero muy avanzados) tres libros sobre distintos asuntos como son la legitimidad en democracia (Legitimidad. Los cimientos del Estado social, democrático y de derecho, en Akal), qué entendemos por caridad y si es algo que admirar (Contra la caridad. En defensa de la renta básica, en Icaria (traducción de Daniel Escribano)), y una colección de artículos antropológicos sobre la sociedad, el poder y el Estado (La sociedad contra el Estado (Virus Editorial, traducción de Paco Madrid)). Este, escrito por Pierre Clastres, ya es un libro canónico, por cierto. Quizá comenzaría primero por él. Después, probablemente, con el de Luis Alegre y Clara Serrano. Y terminaría con el de Daniel Raventós y Julie Wark. Por cierto, pueden acompañar este último con el de Linsey McGoey: There is no such thing as a free gift. ¡Tiembla, Amancio!

 

                 


  

                             


¡Y eso es todo, amiguis!


domingo, 26 de julio de 2020

'Panza de burro', de Andrea Abreu

Aquí estamos de nuevo con lo que más nos gusta en este blog: la promoción en los medios de una novela. Ya saben Vds. la hermosa sensación, tal vez plenitud vital, tal vez mero placer físico, que nos proporciona leer a reseñadores/as, editores/as y autores/as en cuasi divina armonía al glosar virtudes, bondades y maravillas varias de la obra de que se trate.

En este caso, aupada por una reseña-elogio en La Provincia, otra en el diario.es/canariasahora, sendas entrevistas en La Provincia y en El Día, y otra en eldiario.es, precedido todo por otra reseña en Zenda y una extensa entrevista en Radio 3 ha llegado a conocimiento del mundillo literario Panza de burro, una de esas novelas de las que todo el mundo, a la fuerza ahorcan, habla y lee. Es, valga el símil, como saber quién es Belén Esteban aunque uno perjure que solo ve documentales de National Geographic. Es imposible, si uno está en el mundo, ignorar la existencia de determinados entes. Toda una fricción ontológica. 

Los medios de comunicación siempre ganan. No tanto por el contenido de lo que dicen, sino porque encuadran y enfocan, como es bien sabido. Se habla de lo que ellos elijan que se hable porque, salvo que vivamos en un pueblo pequeño, no hay otra manera de que la mayoría sepa de algo si no es bebiendo de una fuente común. Esta fuente común son los medios. Idealmente, son imprescindibles para una democracia sólida. La mayor parte del tiempo, empero, son sus principales corruptoras. Igual que la parresía es el hablar franco y verdadero que la democracia necesita, y que de ella brota, pero que puede corromperse en retórica como arte de adular y halagar la opinión de la mayoría, la función de filtrado y selección de los medios de comunicación puede desvirtuarse en manipulación y propaganda, como bien sabemos. Lo ideal sería que los medios de comunicación ejercieran una permanente serie de actos de parresía, pero a lo que asistimos es al despliegue faccioso de pseudoeventos, medias verdades y mentiras por doquier.

Los dos ejes en los que se basa la promoción de la novela son a) el idioma: la transcripción del habla popular canaria; y b) el cariz político que tal decisión implica. Ahí es nada, tanto porque son asuntos un tanto viejunos como por su actualidad, aunque parezca paradójico. Viejuno porque seguimos dándole vueltas al habla canaria y a las añejas pretensiones normativas emanadas desde Madrid de lo que es español correcto o incorrecto, el hablar "bien" o el hablar "mal", pero el asunto está zanjado académica y políticamente desde hace décadas. Otra cosa, y esta es su actualidad, que la percepción de diferentes calidades del idioma español/castellano y de los acentos haya pervivido en una concepción, digamos folk, tanto en la Península como entre nosotros mismos. 

Además, en nuestra Comunidad, un supuesto partido nacionalista ha estado en el poder más de 20 años, desarrollando diferentes políticas públicas de ensalzamiento de lo autóctono y de lo nuestro. Un conocido independentista, también académico, ha ocupado la Consejería de Educación, Cultura y Deportes. La TV Canaria, además de emitir westerns, produce algunos contenidos canarios, y sólo cuenta con locutores o conductores de programas que hablan en nuestra variante del español. Además, existe una Academia Canaria de la Lengua, se han editado varias colecciones de autores y autoras canarias patrocinadas por diferentes administraciones públicas , etc. No sé si podría hacer más y mejor, no sé si hay razón para seguir haciéndolo o no. Ignoro si la mayoría de la población ha hecho suyo o internalizado la cultura canaria, tal como la puedan entender y proyectar los políticos de turno, pero parece difícil afirmar que hay "una realidad que niega nuestra cultura". Defínanme "realidad" o, al menos, me gustaría que la autora hubiera sido más concreta. Si hay que ser subversivas, seámoslo a fondo.

Quizá hable de una cultura canaria dominada. Es decir, que dentro de nuestra misma Comunidad, exista una cultura popular que no permea el discurso oficial de la cultura, de la cultura canaria. Si es así, no puedo estar más de acuerdo con Andrea Abreu, puesto que el concepto de cultura emanado de las administraciones públicas, peninsulares o canarias, es uno que orilla el conflicto y la división, uno en el que imaginan, dulce desvarío, la feliz unión interclasista de la sociedad, dejando de lado desigualdades de todo tipo y una pobreza enquistada, que parece formar parte también de nuestra singularidad.

Es por ello que el concepto "nuestra cultura" está abierto a la discusión, porque a estas alturas puede considerarse tan nuestro el gofio como la pizzería de la esquina, el grupo folclórico como el centro comercial con su McDonald's dentro, el plato de carne de cabra y el sancocho como las piscinas cubiertas o Internet, las luchadas como el surf, los melodramáticos discursos de Ana Oramas en el parlamento nacional como las luchas sindicales de todos los días. Por no hablar de lo que Abreu entiende por "canario" (idioma canario), que puede ser las palabras que se usan en Tenerife, que no son todas las mismas que se emplean en otras islas, o ciertos usos fónicos como la aspiración de las -s finales en Gran Canaria, que no es propio de todo el archipiélago, o el mismo acento que varía de una isla a otra, de un municipio de una misma isla a otra, incluso dependiendo del barrio. Y qué ocurre con las 'h' aspiradas, díganme. 

En cambio, si lo que Abreu quiere poner de manifiesto es la distancia entre una cultura canaria oficial, reificada e hipostasiada por los partidos políticos que han ocupado el poder y su intelectualidad apoltronada, y una multiplicidad de formas culturales de expresión y de vida populares, estoy con ella.

 A fin de cuentas, puede ocurrir que todo este tosco análisis no sea más que la consecuencia de un clickbait, de un cebo, para que el titular nos indigne, excite, complazca o enfade y ejecutemos el supremo acto de conformismo posible, que es comprar el producto que se nos ofrece.

Aquí estamos todos, a fin de cuentas, a ver qué es Panza de burro.






Panza de burro, de Andrea Abreu, es la historia de una relación de amistad infantil, preadolescente, entre la narradora y su amiga Isora. Es decir, una narradora presente, y por tanto de visión y conocimiento imperfectos. Es de resaltar, algo que ya ha hecho desde el comentarista peninsular, pasando por su editora, hasta nuestros periodistas culturales locales, el lenguaje en la que está escrita la narración, que es una especie de transcripción del habla canaria con que se comunican en el pueblo donde viven los personajes. Claro está, modificada por las intenciones estilísticas de la autora. A este respecto, no tengo nada que objetar: ni soy fan de la RAE, con sus irritantes pretensiones normativas, ni estoy en contra de que cada uno se exprese como pueda o quiera, y más aún si lo que se pretende es crear una obra artística, como una novela. Que una escritora tenga voluntad de estilo me parece elogiable. Que sitúe su historia en el terruño propio, también.

Podríamos señalar cierta falta de coherencia en la elaboración de ese lenguaje, porque si el personaje, por ejemplo, no emplea el fonema /z/ como es propio del habla canaria, y la autora lo quiere indicar, lo lógico sería pensar que no lo empleará nunca. Así, en un par de ocasiones escribe "costrusión" o "dosientos", pero el resto del tiempo, no. Podríamos no ser tan radicales y pensar que la autora solo ha querido ofrecer aquí y allá pinceladas del 'habla', marcadores de la lengua que se imagina, pero que no quiere volver ininteligible el texto. De acuerdo, pero entonces cabría pensar que su propuesta no es tan radical como deja entrever en las entrevistas.

En todo caso, la intención de Abreu de forzar el lenguaje, digamos estándar, ya sea el español normativo, ya el habla canaria también normativizada, de estirarlo y extenderlo, de martillearlo y de onomatopeyizarlo me parece loable, qué digo, admirable, y propio de una escritora con ambición, que es lo menos que podemos pedir a alguien con pretensiones artístico-literarias con algo de calado. No obstante, en ciertos pasajes, el coloquialismo se transforma en algo parecido a un argot, que debe resultar incomprensible para muchos lectores. Por ese mismo motivo, es posible que llegue a fatigar.


Nos sentamos en la mesa y comenzamos a comer a la velocidad a la que se tiraban los chicos con las tablas de San Andrés. No había gomas al final de la cuesta. Los chorros de mojo deslizándose por nuestras barbillas, las trenzas aceitosas de meter los pelos dentro del plato, los dientes llenos de trozos de millo y orégano, cagadas de paloma blanca, como llamaba Isora a la comida de los dientes. Y mientras tragábamos yo ya sentía una tristeza como un estampido, una agonía en la boca del estómago, la boca seca como después de haber comido leche en polvo mesturada con gofio y azúcar. En verano no íbamos a poder salir del barrio, la playa estaba lejos. No éramos como las otras niñas que vivían en el centro del pueblo, nosotras vivíamos en medio del monte.
Isora se levantó de la silla y me dijo shit, vamos pal baño. (Pág. 24)

Nos pasamos toda la mañana preguntándole a la gente si nos llevaba pa San Marcos, pero nadie podía. Las viejas eran las únicas que parecía que querían acompañarnos porque estaban que no cagaban con Isora, pero ellas no tenían coche ni sabían conducir y la verdad no nos iban a acompañar caminando por la carretera porque eran casi tres horas de camino y la vereda era muy estrecha, los coches pasaban muy pegado. Pensamos en ir solas. Isora cogió las cosas y las metió dentro de una maleta: la tualla, la crema, los bañadores y unos bocadillos de chorizo revilla y queso. Desde el mostrador Chela nos escuchó los escorrozos en la parte de abajo de la venta porque Isora estaba buscando los tenis viejos y vino corriendo pabajo. Pa dónde carajos van ustedes quisiera saber yo. Pa la playa, bitch, le dijo Isora. Y Chela se quitó la chola de levantar pa lanzársela a la cabeza gritando pa la playa te voy a mandar yo volando, cachopuuuta! Yo me pegué a una de las estanterías donde estaban colocados los jugos lybis llenos de polvo y telas de araña. Isora se escondió detrás de las neveras de los congelados corriendo y empezó a repetir por lo bajito foquin bitch, foquin bitch, ojalás te mueras. Cheee, que está aquí esperando el hombre los duuulces, muchaaacha!, gritó una voz de vieja desde la puerta de la venta. Chela salió escopetada parriba con la chola todavía en la mano. (Págs. 47-48)

Y al terminar de estregarnos Isora me mandaba a rezar y yo bisebisebisé con los pantalones del chándal todos pintorriados de colores, como un arcoíris dentro de las piernas, un arcoíris que se elevaba por encima del límite del mar, allá abajo, donde las nubes se juntaban con el agua y ya todo era gris, y ya solo quedaban nuestros pepes latiendo como un corazón de mirlo debajo de la tierra, como una mata a punto de reventar el centro de la Tierra. (Págs 94-95)

Con la cara toda llena de churretones llegué corriendo a la altura de Isora. Se quedó mirándome y me dijo ojalá me hubiesen pintado a mí por el día de Candelaria. Parecía más calmada, rara, triste tal vez. Tenía los ojos en el sitio. La cadenita apoyada en el labio de abajo, tan apretada contra el cuello que casi le rajaba la piel. Miraba el piche todo el tiempo, le daba pataditas a las piedras del suelo y suspiraba. Se sacaba las bragas del culo y suspiraba. Llegamos hasta la puerta de abuela y se quedó quieta, con los brazos pegaditos al cuerpo, con los brazos rígidos como dos palos. Shit, tú eres mi amiga?, me  preguntó. Claro, tú eres mi amiga más jarrapa que tengo, le respondí. No, no, ahora en serio. Tú eres mi amiga de verdá?, siguió. Eeeeh, sí, yo soy tu amiga. Pasaron unos gatos amarillos corriendo por la carretera y los miramos, Suspiró de nuevo y se sacó las bragas. Tú crees que mi madre era guapa?, me dijo de repente. Sí, tu madre era muy guapa. En la foto de la mesilla de noche está superguapa. Sí, tenía el pelo como una baba, más liso que yo, me respondió. Y se dio la vuelta y se fue caminando por la calle pabajo. Y yo la observé descender en sisá, con esa especie de cojera que le daba rascarse el culo cada tres pasos. Ya a la altura del cruce se dio la vuelta, despacio, se dio la vuelta despacito como un hombre viejo con bastón y gorra de la ferretería Los Dos Caminos. Shit, acompáñame hasta cas Melva, por fa, que yo siempre te acompaño. (Pág. 124)


Más allá del uso del habla más o menos vernácula, no es desdeñable en absoluto el uso de metáforas y símiles trabajados, con capacidad incluso con ese lenguaje coloquial o vulgar de crear imágenes de gran belleza. Además, la literatura siempre implica transformación, por lo que comporta de eliminación y selección. Así que más allá de la fidelidad a un uso del lenguaje, más allá de la transcripción más o menos realista del habla, lo importante es si esas decisiones lingüísticas cumplen una función literaria y que sea la forma necesaria para que la historia cuaje. En ese sentido, creo que Abreu lo hace bien. La narración en primera persona nos sumerge en un mundo rural de gente de nivel socioeconómico modesto, indicado por los coloquialismos y vulgarismos que dotan la historia de una vivacidad a la que estoy poco acostumbrado con nuestros/as literatos/as locales, más dados a devaneos líricos-existenciales y a yoísmos de poca monta que a literatura con un pizco de calidad. 

Son estos personajes lo que dotan de un atractivo especial a Panza de burro, como Isora, la amiga de la narradora, depositaria de sus afectos y de sus anhelos, con esa incipiente sexualidad tan significativa a lo largo de toda la novela, y los numerosos personajes secundarios que salpican la historia, como Juanita Banana. Es, en este sentido, como Panza de burro más que re-crear, construye un mundo propio, autónomo y autorreferencial, por más que esté basado en las vivencias de la autora. Es, por tanto, un triunfo de su escritura que haya logrado crear ese ecosistema tan singular, esos personajes con esas visiones del mundo tan ligadas a unos patrones socioculturales de las que no son conscientes (como no lo suelen ser las personas en el mundo real). Es en ese sentido en el que puedo apreciar una labor política: la visibilización de aquellos de los que apenas leemos y casi nunca escuchamos, y que cuando se les enfoca es para resaltar el pintoresquismo que tendemos a atribuirles. Son aquellos/as que no cuentan, esa parte que, como dice Rancière, no tiene parte, que no cuenta para la asignación de puestos, para la distribución del poder social, siempre a la sombra, siempre bajo el mando, de los que sí cuentan.

En cuanto a la historia en sí, es más bien una sucesión de escenas. No es una historia en tres actos convencional de planteamiento-nudo-desenlace, con unidad de acción. Así, la novela puede interesar más a unos/as que a otros/as ya que a las dificultades de la lectura se le suma la dispersión argumental. Quizá la intención de la autora ha sido precisamente esta, la de hilar escenas dispares pero que apunten a uno o varios sentidos unificadores: la amistad, el sexo femenino preadolescente, la percepción del propio cuerpo, las relaciones familiares con los adultos, etc. Así, la escritora apunta a asuntos que, por la propia estructura de la novela, no alcanza a desarrollar. Es difícil, entiendo, señalar matices y desarrollar posibilidades latentes y al mismo tiempo mantener el vigor de la cadencia narrativa de Panza de burro.

PARA TERMINAR: olvidándonos de las reseñas palmeras por las que parece que cualquier novela, incluida esta, es un hallazgo artístico de resonancias interplanetarias constitutivo de hitos históricos, vale la pena leer Panza de burro. Una novela notable, que sin ser original en cuanto a la forma y al uso del lenguaje popular, sí demuestra una reflexión acerca de él y un trabajo de elaboración que se materializa en un convincente desafío lector. Además, ofrece un punto de vista singular con sus personajes, absolutamente convincentes, no exento de crítica social. En mi opinión, Abreu es una autora con personalidad literaria propia cuyo itinerario novelístico habrá que tener en cuenta a partir de ahora.





P.D. Otras reseñas, aquí y aquí
P.D. (2) aquí













miércoles, 15 de julio de 2020

'Quédate este día y esa noche conmigo', de Belén Gopegui

Leyendo los artículos de Nora Navarro en la hojilla cultural de La Provincia, uno se da cuenta de las inmensas dificultades del ejercicio de su profesión. Dificultades de deslinde, precisaría yo, entre la actividad por la que cobra, periodista del medio en cuestión, especializada en eso que suele llamarse Cultura (pero que mañana mismo puede pasar a Deportes o a Sociedad), y su afición por escribir artículos en los que plasma sus impresiones de lectura de una obra determinada. Podríamos señalar que el trabajo de periodista cultural no incluye, ni mucho menos, la actividad de reseñadora, más bien la repele, porque los intereses son divergentes.

Me explico: como periodista (cultural), Navarro puede y debe conocer a escritoras/es, artistas, editores/as, galeristas, agentes, representantes, concejales/as y consejeras/es, gerentes de instituciones culturales y demás gente del mundillo artístico-cultural de mejor o peor vivir. En ese sentido, unas buenas relaciones en las que además de empatía y simpatía pueden intercambiarse favores veniales conforman la actividad cotidiana de cualquier periodista. En cambio, como reseñadora, Navarro podría encontrarse ante una obra que considerara detestable, o que le gustase regular (lo mismo podría aplicarse a un/a crítico de arte). Es aquí cuando su opinión como reseñadora-crítica podría entrar en colisión con su actividad como periodista cultural. ¿No le importará molestar a la autora? ¿Y a la editora? ¿O con la consejería/concejalía que subvenciona la obra o que le ha concedido un premio? ¿Y si dentro de un tiempo tiene que entrevistar a alguna de las partes implicadas? ¿O pedirle un favor porque alguna de ellas conoce a alguien que le interesa? Menudo dilema: su opinión de lectura puede perjudicar el ejercicio de su profesión. ¿Qué hará, entonces, "luchar contra un piélago de calamidades" y emitir su opinión sincera e informada o, siendo "más descansado para el ánimo", escribirá lo que sabe que le beneficiará o que, al menos, no le ocasionará contrariedades?

Ignoro cuál es la respuesta particular de esta periodista y de aquellos/as en posición similar a la suya, pero sí que parece que es general, y hasta cierto punto lógico, que la mayoría se decante por "no cerrarse puertas". Dicho de otra manera: una manera de esquivar el dilema es reseñar sólo aquello que les gusta. O decir(se) que es eso lo que hacen. Además, no es descabellado pensar que, aun siendo socialmente casi irrelevante, esta posición en un medio consolidado como un periódico local otorga cierto status de "conseguidor(a)". Es decir, dentro de ciertos límites, puede ejercer el poder de decidir qué obra se visibiliza para el mundillo lector. Aunque en cuanto a número de lectores, su influencia social sea reducida, su prestigio dentro del mundillo artístico es consistente por ser esa especie de portero/a del campo cultural al que, sobra decirlo, no todos/as tienen acceso. Quizá sea poca cosa para nosotros, pero para algunas personas eso no tiene precio.

Estos dilemas son extrapolables, claro está, a la crítica teatral, musical, pictórica, escultórica, cinematográfica, etc. Al fin y al cabo, no deja de constituir un conflicto de intereses, pues se corresponde con actividades diferentes que concurren en la misma persona o profesión. Problema grave que sólo puede ser resuelto mediante la necesaria división de funciones entre el/la periodista cultural y el reseñador/a, además de un plus ético que vamos a dar por supuesto. El medio de comunicación, en consecuencia, tendría que contratar a una persona específica o, por el contrario, evitar publicar reseñas en absoluto. Pero, ¿cómo resistirse a ser influyente?









En otro orden de cosas, la novela que hoy traigo aquí tiene el hermoso título de Quédate este día y esa noche conmigo, de Belén Gopegui. Novela de historias enmarcadas cuya singularidad es que toma como forma principal una carta de solicitud de empleo a Google, (es decir, a Alphabet, que es la corporación matriz).  Pero es una solicitud peculiar en todos los aspectos por ser obra de dos personas (los protagonistas, Olga, que es una especie de mentora, y Mateo, joven y, por tanto, novicio), por el formato (una narración en el que se combinan la segunda y la tercera persona) y por la extensión (más de cincuenta mil palabras: la novela, en sí, casi en su totalidad). 

Como es evidente, todo este artificio metodológico es la forma en que la autora construye esta novela dividida en dos partes, con una introducción, ambas, por el receptor de la solicitud en Google, y con la que pretende darnos cuenta de un montón de asuntos de relevancia moral y social, que es lo que la convierte en estimable. Gopegui sabe ir más allá de los lugares comunes gracias a un conocimiento bastante profundo de las repercusiones del dominio de las grandes compañías especializadas en big data y en el control de los usuarios. Resulta un signo de los tiempos que esa carta, esa solicitud con carácter de manifiesto, vaya dirigida a una gran empresa, como antes era dirigida al césar o al rey. O como dice en la reseña a la que enlazo más abajo (*), a Dios. También podemos pensar que en un mundo en el que la opinión de los individuos no cuenta nada (si es que alguna vez contó) solo es relevante su huella digital o sus hábitos mensurables para poder comerciar con ellos o convertirlo en target de alguna campaña de marketing. Según algunos autores, esta reconducción del capital desde las manufactura a los datos, igual que a las finanzas, es un signo de la veracidad de la teoría de la caída tendencial de la tasa de ganancia del capital (véase, por ejemplo, La tragedia de nuestro tiempo, de Andrés Piqueras). En cualquier caso, el demos solo es tomado en cuenta como objeto de manipulación y de extracción de renta.

No obstante, Gopegui va más allá de la novela de tesis, de la mera ejemplificación en clave literaria de una teoría o de una visión. En la novela se encarnan problemas y dilemas morales y vitales que experimentan (o podrían experimentar) los seres humanos en unas circunstancias específicas. En este caso, una sociedad de capitalismo posfordista, casi inmaterial, de disolución de lazos humanos y de fulgurante atomización social. O sea, la nuestra. La injusticia de fondo que acompaña y es causa de la desigualdad social en ascenso y la permanencia del vínculo entre empleo y valía junto con la cada vez mayor dificultad para acceder a lo primero ocasiona innumerables problemas psicológicos y sociales que encuentran su reflejo en las trayectorias personales erráticas y precarias, por no decir algo peor, de innumerables individuos. Hasta qué punto podemos identificarnos o no con los personajes es cuestión de cada uno, es evidente, pero me atrevo a señalar que las reflexiones de los protagonistas enlazarán en un punto u otro con las nuestras, a poco que hayamos sido capaces de hacerlas y no nos hayamos suicidado después. Esto, que considero virtud, puede hacer que algunos abandonen la lectura. 

No obstante, contra el cálculo y el determinismo logaritmizado, los personajes se preguntan y reflexionan sobre qué nos hace humanos, específicamente humanos, y no máquinas o robots. En qué medida somos programados o moldeados por los genes y la cultura o en cuál es posible que triunfe la voluntad. Cuál es, en definitiva, la capacidad de tener libre albedrío, con su casi infinita serie de consecuencias. En este sentido, Olga y Mateo, pese a su proyecto común plantean preguntas y formulan objeciones desde posiciones vitales y morales diferentes y, a veces, opuestas. Un debate ante el que el público lector tiene difícil mantenerse al margen, pese a la posibilidad de ir decantándose en momentos distintos por opciones contradictorias.

En este contexto de densas implicaciones sociales y morales, Gopegui es capaz, a pesar de todo, de sacar brillo a la lengua. Consigue, al mismo tiempo, evitar la mayor parte del tiempo que la literatura ceda terreno a la moralina. En mi opinión, un mérito nada desdeñable pues este error de modo simultáneo restaría verosimilitud a la historia y credibilidad a las reflexiones subyacentes. Solo podría señalar como objetable el tono de algunos diálogos, que comienzan un tanto acartonados. Es decir, no surgen (no dan la impresión de surgir), digamos, de manera natural, sino que se notan creados ex profeso, de manera artificiosa.


Mateo tiene veintidós años y vive una moderada vida secreta desde hace tres. Claro, vas a decir que descrees del secreto. Es casi imposible ahora que tanto tú como las nuevas plataformas etiquetan, ubican y terminan por fraguar un mismo perfil para la familia, amigos y amigas, jefes. Sin embargo, los seres humanos se encienden en secreto, florecen en la oscuridad, maduran en secreto. (Pág. 27)

El estudio, en cambio, ha producido la siguiente conclusión: el paro hace que se rompa algo; eso que se rompe provoca en la persona parada una incapacidad para comprender tanto el valor del mérito como la retribución según el mérito. Los autores del estudio dicen que las personas en paro se han vuelto incapaces de comprender algo que es real. Olga y Mateo le dan la vuelta: no se les estropea la capacidad de comprensión: más bien se les enmienda. Como una operación o unas gafas, el paro corrige la visión borrosa de los parados. Esa silueta que de lejos tenía forma de meritocracia, ahora es simplemente una mancha en la pared, Superman no va a venir y soñar cansa. (Pág. 49)

Cuando Mateo mira a la chica haciendo como que mira su móvil, piensa en toda esa monotonía, ese cansancio, ese no estar en otra parte y no tener ni un sombrero ni un caballo ni una nube, ese abrir el puesto antes de que sus horas de trabajo empiecen a estar remuneradas, cerrarlo, limpiar y echar las cuentas y colocar las cosas cuando ya su jornada supuestamente ha terminado, el insecticida, el servicio sin espacio para cerrar la puerta, el desinfectante, soportar las bromas pesadas del jefe, su presión los días en que se ha vendido poco, esas mañana cuando, pese a no haber dormido apenas pues algo le ha sentado mal y aún tiene el estómago revuelto, debe sin embargo volver al mismo olor, reprimir la náusea si no quiere perder el trabajo; y el miedo, y el desconsuelo de saber que siente miedo de que puedan echarla de un sitio así. Mateo se pregunta si eso que es padecimiento o dolor podría ser también una especie de entrenamiento. Entrenarse para evitar que vuelva a suceder. Entrenarse como si cada día al salir de casa la chica o él se toparan de frente con la pintada que conocen aun sin haberla visto nunca: "No tienes la menor oportunidad, pero aprovéchala". (Pág. 57)
 
¿Qué dicen los seres humanos, Google, cuando dicen "yo"? ¿Quién les dio sus recuerdos? Nadie gobierna sus naves. Hojas mecidas por el viento, el rumor de la sangre, el latido, el golpe de la ola, lamer la arena e irse una y otra vez. (Pág. 88) 

 
En definitiva, una novela seria, una novela moral (¿hay acaso novela digna de ese nombre si no lo es?) que nos sale al encuentro a cada paso (qué hemos sido, qué seremos, qué hemos hecho y qué haremos), vestida con una prosa eficaz, brillante en momentos puntuales. 

Aun habiendo escrito todo esto, quedando claro que la recomiendo, siento que algo importante se me queda atrás. Léanla, entablemos un diálogo y quizá así le pidamos trabajo a Microsoft.






































lunes, 29 de junio de 2020

Crítica literaria en Canarias: dos perspectivas

Estado de la crítica literaria en Canarias


Podríamos comenzar y terminar este artículo con la respuesta al titular: la crítica literaria en Canarias no existe. Cuando hablamos de ella, precisamos, nos referimos a la crítica considerada de modo tradicional. Es decir, la crítica publicada en la sección de Cultura (o similar) y en el suplemento de lo mismo en los periódicos del archipiélago. Dejaremos para otra ocasión los espacios reservados para la cultura, en concreto para la literatura, en cadenas de televisión y emisoras de radio, aunque no se alejan demasiado de las conclusiones de este análisis.

La crítica consta de su haz y de su envés. Esto significa que el juicio sobre una obra literaria puede terminar con un veredicto positivo u otro negativo. Lo que se publica en Canarias en los medios de comunicación no es crítica nunca, sino elogio, halago o agasajo hiperbolizados. Ya sea por ignorancia, por no herir sensibilidades, por amistad o por conformarse en ser mero soporte promocional, los juicios que se vierten carecen, por lo general, de valor crítico alguno. Por tanto, rompen el pacto de credibilidad que suscriben de manera implícita el autor o autora de la crítica o reseña y su público lector. Su intención nunca se hizo explícita.

Hay otra variedad que no aspira a ser crítica en absoluto, sino que de entrada proclama su derecho a hacerse eco de o a saludar las novedades hechas en Canarias o por residentes. Esto quiere decir que, por lo general, el autor del artículo celebra con cierto alborozo la publicación de la obra de un miembro de la República Canaria de las Letras. Sin embargo, eso tiene trampa. Aun sin elogiarla de manera explícita, la comunicación al gran público de que un libro (o estreno de película, de teatro, la actuación de un artista, etc.) ha salido a la venta, que es una manera de seleccionar ese libro entre muchos otros, no viene a ser otra cosa que un elogio más o menos abierto. En estos tiempos en el que los mismos medios de comunicación ya no luchan por atraer lectores/as sino a captar su atención el mayor tiempo posible, no nos podemos llevar a engaño de las verdaderas implicaciones de aquel saludo.

Es posible que surjan excepciones, y que con ellas sea injusto. No obstante, la generalidad de la crítica literaria, y no creo que arriesgue demasiado si digo de arte, en general, se basa en el presupuesto de que la cultura canaria (o hecha en Canarias) es frágil y necesita de apoyo, fomento y promoción, por lo que no está madura para recibir crítica alguna. Este presupuesto paternalista es a veces sincero, pero lo considero desencaminado, y en otras ocasiones sirve de mero disfraz del amiguismo en distinto grado o de la devolución de compromisos adquiridos, lo que resulta lamentable, como todo engaño.

Quien considere que la cultura canaria sufre de tal debilidad que hay evitar toda crítica, debería tener en cuenta que, al menos en el terreno literario, la emulación forma parte del recorrido de cualquier escritora o escritor. Así pues, entronizar obras mediocres, por no decir espantosas, como la quintaesencia de la literatura supone confundir, aparte de mentir, no solo al público lector que acabará comprando lo que no querría si hubiera estado bien aconsejado, sino a la/el aspirante a literata/o, que acabará tomando como modelos a autoras/es sin talento y copiando modos de escribir que mejor haría en rechazar como enfermedad contagiosa. La supuesta protección no haría sino minar la cultura que se pretende proteger.

Una consecuencia de lo anterior es que visión que se tiene del fomento de la creación literaria consiste en subvenciones, premios y ofrendas florales. Subvenciones a las editoriales, premios para los escritores (supongámoslos concedidos con honradez) y ofrendas florales a los autores muertos. Así, las editoriales publican lo que sea, mientras cobren. Publican, pero no editan, que debería ser también su trabajo: el resultado se plasma en obras con errores groseros de estilo, por no hablar de la proliferación de erratas. Los autores, siguiendo el patrón de la mediocridad reinante, escriben obras igual de mediocres. Entre ellos, algunos ganan premios: es su vía a la tertulia radiofónica, a la entrevista en el suplemento, quizás a otro premio, esta vez en la Península, una mención en Babelia o en El Cultural. Lo que de ninguna manera les asegura es un salto en su talento, el progreso en su arte. Las ofrendas florales, junto a los días del libro o de las letras dedicados a un autor o autora, manifiestan simbólicamente el prestigio que aún se les concede a los escritores. Pueden venir bien para que una sociedad que de forma mayoritaria apenas lee literatura se sienta bien consigo misma, para que los políticos hablan de cohesión e identidad, concedamos eso. Sin embargo, sin crítica sincera y razonada, todo se reduce a mera apariencia sin sustancia. Llevamos décadas así.

 

¿Hay vida en Internet?

En Internet, en especial desde el advenimiento de la web 2.0 y las plataformas digitales correspondientes, cualquier puede escribir y publicar. Por un lado, se facilita la expresión de las propias ideas y opiniones, ya que, en teoría, cualquier puede leerlas ahora. Por otro lado, si el mercado está saturado de libros, la web está saturada de blogs, medios, revistas, diarios, páginas, etc., por lo que el problema ya no es publicar, sino que alguien lea lo publicado.

Internet ahorra costes con respecto a la impresión, sin duda, y respecto a la distribución. Sin embargo, gran parte del coste del primer ejemplar se mantiene inalterada: cuesta dinero la formación del crítico, cuesta dinero comprar las obras objeto de la crítica, cuesta dinero y tiempo, en definitiva, crear una página que logre suscitar el interés del público lector.

Por otro lado, la publicación de la propia página tampoco está exenta de influencias ajenas a la crítica. Son legión los blogueros que reseñan libros regalados por las editoriales. Esto significa no solo la posibilidad de que el bloguero mantenga buenas relaciones con la editorial, sino que esté directamente a sueldo. En otros casos, reseñar los libros que le regalan a uno disminuye de manera drástica el radio de atención de lo que es posible leer y luego criticar. Otro fenómeno, que no siempre se evitaba en los medios de papel, es que cualquiera puede erigirse en experto literario, y que ni siquiera tenga las destrezas y cualidades mínimas para llevar a cabo la crítica.

En definitiva, las publicaciones en la red no están exentas de los sesgos y distorsiones de la prensa. Permite, eso sí, que se amplíe la posibilidad de expresión de crítica seria, antes vedada, lo que no es desdeñable. 

 

Conclusión

Sin crítica, no hay mejora ni progreso. Sin selección, no hay canon que valga. Sin crítica sobre la misma crítica estamos condenados a repetir hasta el asco los mismos artículos pseudointelectuales que solo contribuyen a perfilar un remedo banal y huero de lo que es cultura, la literatura, la crítica y el público, pues la emulación no solo afecta a los escritores, sino a los mismos periodistas culturales y a toda aquella persona que por devoción o encargo se apreste a escribir de esta materia en un periódico u otro medio de comunicación. De manera implícita, ciertas formas y ciertos contenidos vienen a considerarse aceptables. La crítica, y sobre todo la crítica que concluye en valoración negativa, se considera en general de mal gusto. No hay que incomodar al público, tampoco a los autores, mucho menos a las editoriales anunciantes.

A la vista de todo este fingimiento, y salvo que cambien mucho las cosas, la crítica literaria en Canarias está desmantelada, lleva mucho tiempo así y no hay visos de que deje de estarlo. Quien se dedique a la crítica y el medio que la aloje deberían tener en cuenta que la independencia de juicio, por lo general, cuesta dinero y no sirve para ganarlo. El prestigio es un premio que en todo caso solo se recibe de soslayo y tras un largo recorrido. Qué medio de comunicación tradicional corre esos riesgos, y esta es una pregunta que afecta al periodismo en su conjunto, no solo al cultural, como bien se sabe.

En definitiva, si en algo valoramos la literatura y el arte, si en algo valoramos la belleza y la verdad, si en algo valoramos la creación humana, tomar conciencia del estado de la crítica en Canarias se revela como un paso necesario para cambiar su actual situación. Vds., como lectores, tienen la palabra. Sean críticos, comenzando por este artículo.


Para leer otra perspectiva, esta de Javier Hernández, aquí.