lunes, 30 de abril de 2018

'Calibán', de Ángel Sánchez

Habiendo, como habrá, personas más capacitadas filológicamente para, como dice uno de nuestros representantes más destacados de nuestra mediocre literatura actual, "separar el grano de la paja", me pregunto la razón de que esa crítica no se haya producido, al menos de manera sistemática, en el ámbito de nuestra literatura local, ni siquiera por él mismo. Ya he adelantado razones en otras entradas, pero lo que cada día me resulta evidente es que la mayoría de los/las escritores/as están incapacitados para esa función, en el mejor de los casos por su posición subordinada en el campo cultural o, en el peor, por su incapacidad intelectual. 

Respecto del primer impedimento, que es el que más me interesa, el deseo de fama y reconocimiento se vehiculan no tanto por el talento artístico como por la publicación, la distribución y la visualización en el espacio público: medios de comunicación, especialmente. La invisibilización en el ámbito literario se lleva a cabo mediante barreras a la entrada del campo cultural por sus guardianes: jefes de los suplementos culturales, de los espacios en radio y televisión, por ejemplo, o por los críticos reconocidos por los anteriores y que cuentan con su espacio en esos ámbitos. Así, cualquier escritor/a ve coartada su potencialidad crítica, sobre todo si es negativa, respecto de otros escritores/as que puedan tener relaciones de algún tipo con aquellos guardianes del campo comunicativo o, también, con los encargados de editoriales que los publican. Asimismo, no solo los escritores, sino también los especialistas académicos o los periodistas culturales, ante la posibilidad de desairar no solo al autor del objeto de la crítica, sino de los otros sujetos anteriores, tienden a un tipo de reflexión neutra, de compromiso, con lo que dan por salvada una situación que fácilmente podría derivar en su perjuicio.

Por otro lado, también funciona la lógica lobbista, por la cual un grupo de personas con veleidades literarias y de variados talentos se promocionan unos a otros desde sus respectivas tribunas periodísticas, con lo cual se aseguran su visibilidad y evitan la mala publicidad. Esta manera de estar presente en la esfera público-artística no contradice la lógica de la mencionada evitación de la crítica, sino que más bien la complementa.

Por mi parte, nada tengo en contra de la mediocridad: todos somos mediocres en la mayor parte de lo que hacemos, ni gran interés tenemos en la excelencia, que tan mala prensa tiene por la inflación de la ideología del neoliberalismo. Tampoco, de que algunas personas vivan de publicar malos libros ni de que disfruten de un público comprador. Lo que de verdad me molesta es el engaño, sobre todo de la mentira desvergonzada, de ese elogio desmesurado perpetrado con desfachatez. Debe de ser que no me gusta que me falten al respeto, en lo que incurren cada vez que uno de esos mentirosos se emplea a fondo en glosar las virtudes de una porquería en forma de libro.

Dicho lo cual, pasamos a la siguiente novela, Calibán, del próximo premio Canarias 2018 de Literatura, Ángel Sánchez.





Hay dos formas, al menos, de abordar la lectura de esta novela. La primera es la del lector o lectora incauta, no especialmente culto, virgen de intertextualidades. La segunda es la de quien conoce la obra de Shakespeare, La Tempestad, y las variadas interpretaciones y lecturas en clave de crítica postcolonial o su rechazo a éstas. 

Recapitulemos: Calibán es el nombre del personaje que se encuentra en una isla a la que arriban Próspero, Duque de Milán, y su hija Miranda tras ser expulsados de su ducado. Calibán es medio humano y medio monstruo, hijo de una bruja y un demonio. En la obra de Shakespeare, que toma el título de una tempestad provocada por Próspero (que además de duque (o ex-duque) es poderoso mago), la acción transcurre cuando Próspero ya es el dueño de la isla, el amo de Calibán y también de Ariel, un espíritu del aire al que liberó de su prisión dentro de un árbol (fue encerrado ahí por Sycorax, la madre de Calibán). A la isla, por esas cosas del destino, llegan años más tarde sus enemigos y se suceden diversas peripecias que no contaré para que quien no la haya leído o visto representada disfrute de ella con plenitud. 

En todo caso, lo importante es fijarse en lo siguiente: Calibán era, por decirlo así, el dueño de la isla. Luego llega Próspero y con su poder (mágico) lo somete, y también lo civiliza, al menos en parte, enseñándole su idioma. Así pues, diversos escritores y ensayistas latinoamericanos  explotaron la simbología a que se prestaban Calibán y Próspero, como el colonizado y el colonizador, respectivamente, y posteriormente a toda una literatura postcolonial, de la alteridad, etc., al respecto. Algo de lo que, por ejemplo, Harold Bloom abomina (véase su Shakespeare, la invención de lo humano). Aquí pueden encontrar algo de información al respecto, o aquí, o aquí, entre muchos más ensayos.





A todo ese corpus, se suma, en 2013, el poeta y académico canario de la Lengua, Ángel Sánchez, con Calibán, que noveliza la comedia shakesperiana y la sitúa en nuestro archipiélago. Además, añade dibujos, lo que a mí, en particular, como lector de esas colecciones de clásicos adaptadas al público infantil de los años 70, me agrada en particular (sí, una debilidad). Así pues, Sánchez aprovecha el formato novelesco para proporcionarnos contexto, para hablarnos de los años previos a La Tempestad y de lo que vino después, para, en definitiva, darnos su versión. Empresa arriesgada, pues en principio es justificable la cautela a la hora de enmendar, complementar o mejorar a Shakespeare. Hay por cierto, una iniciativa de una editorial británica que consiste precisamente en novelizar algunas obras de Shakespeare (véase aquí), por si a Vds. les interesa este tipo de transformismos, tan habituales, por ejemplo, con el cine.

Para mí, la pregunta es: ¿Qué necesidad había de reescribir La Tempestad?  ¿Es tal fascinación que se siente por Shakespeare que no puede escaparse de su influjo? Esa es la pregunta de un lector que conozca el trasfondo literario, histórico y crítico de Calibán y de La Tempestad. Si el lector es ignorante de la comedia de Shakespeare, su perspectiva es diferente. La pregunta sería: ¿Es Calibán una obra interesante o estimulante? O ¿vale la pena leerla por sí misma?

Calibán está escrita en un estilo deliberadamente arcaico, que al susodicho lector virgen es posible que le extrañe. Es asimismo, una novela minuciosa, rica en detalles, lo que a veces resulta un tanto fatigoso, con un esquema lineal, contada la historia por un narrador omnisciente. Poco hay de los diálogos shakesperianos, ni de la agilidad de la sucesión de escenas de La Tempestad, aunque las siga con fidelidad. Hay un relato correcto, con riqueza verbal, también con mayor profundización de la psicología de los personajes de lo que se permite Shakespeare, aunque es discutible que eso los mejore, salvo, quizá, a Ariel. Ángel Sánchez construye, por otro lado, un personaje Calibán más humano, al dotarle de mayor dignidad, primero en su acto de rebeldía verbal frente a Próspero y luego en su revolución física. 


Mas no era Ariel uno de esos geniecillos malévolos, dueño de torpes travesuras y piruetas que descalabraban a sus señores, si bien de natural pícaro y travieso. Como Próspero lo trataba bien, considerándolo un aliado inteligente, estimaba ya a su Señor, no solamente por el beneficio realizado en su desdichado encantamiento, sino porque juzgó que era todo lo contrario a la malvada dueña que fuera la bruja Sycorax. Su Señor: un hombre, en fin, de gran ciencia y alabanza. Eso sí: debía advertirle de tarde en tarde que Calibán no era de fiar, siendo como era de la semilla del diablo, y que debería vigilar más su cercanía a Miranda, aquel ser tan frágil que pudiera verse confundido por sus argucias o engañado en alguna de las torpezas lúbricas a las que era tan dado. (pág. 83)

Otras conversaciones en aquellas tabernas y mentideros de los muelles le hicieron saber de la vida de gente diversa que venía o iba a las Indias de Ultramar, que tales eran soldados de leva, sacerdotes, monjes franciscanos, dominicos o mercedarios y aventureros escapados de alguna prisión de la Andalucía, pretendiendo esconderse de la justicia del Rey en algún lugar de Nueva España, en Panamá, Cartagena de Indias o en la misma Habana en Cuba. Consideró Ariel que tales conversaciones no convenían a sus fines, prosiguiendo su rumbo aéreo por otras partes de aquella Ínsula, a la que unos llamaban Canaria y otros Tamarán, su primer nombre, que lo decían los más pobres y escondidos pastores del interior (...) (pág. 143)


Pues, magnánimo Señor, me atrevo a preguntaros: ¿Es Calibán persona, mi Señor? 
No propiamente, de iure, digámoslo así...-dijo Próspero, tras meditar la respuesta. Parte de él es humano... Un raro ejemplar de mestizo malparido, curioso cruce de negatividades al que no concedo siquiera la sospecha de poseer un alma inmortal. Más bien la de un súcubo indeseado, e inocente de serlo. ¡Singular portento! -exclamó Ariel- que ahora mismo arrastra un barrilete de vino que le quedó de sus compinches, y vaga babeante por esas laderas... Es su parte humana: un aprendiz de borracho... ¡Sapristi! -dijo en igual tono el duque nigromante- Sólo me falta ver a Calibán ebrio! ¡Es capaz de pensar correctamente y hablar con sensatez, que tal es su mente inversa a la lógica de las situaciones! (pág. 259)


Finalmente, el autor dibuja un escenario postshakesperiano de pleitos amorosos y una sorprendente transformación de Calibán que más bien parece una redención. En mi opinión, la verosimilitud de la historia pierde fuerza en esta parte final (una historia, recordemos, en que hay un mago, un genio del aire y el hijo de una bruja y un demonio), precisamente cuando ya no hay Shakespeare de por medio. Me aventuro a pensar que el autor, que a buen seguro habrá leído toda la literatura calibanesca posterior a La Tempestad, quiso añadir su toque particular, no solo por el emplazamiento canario de la obra (lo cual tiene su lectura política) sino también por el re-nacimiento del personaje Calibán. 

En definitiva, para algunas/os lectoras/es podrá considerarse una obra innecesaria; para otros/as, quizá, una correcta historia de aventuras; puede que, para unos/as últimos/as, una lectura atrevida, por cuanto que el colonizado, de algún modo, conquista al colonizador y que, por lo tanto, merece añadirse a la literatura especializada sobre el símbolo de Calibán.





martes, 17 de abril de 2018

'Extinción', de David Foster Wallace

Hoy toca confesión. No de que haya vuelto a leer novela negra ni nada parecido, no teman. Demasiadas, y bastante mediocres, he leído ya. Y Vds. también, no mientan. Hasta que no me vengan recomendadas, no volveré a tocar una. Pero, claro, basta que escriba esto y se propague por la Red, para que incumpla, de nuevo, mi solemne (más o menos) última promesa. 

La confesión viene motivada por otro asunto: la pasada semana asistí a una presentación de una novela (ya pueden llevarse las manos a la cabeza y prorrumpir en desagradables quejidos, no se lo tendré en cuenta). Lo cierto es que desde hace tiempo se ha instalado en mí la creencia de que estas presentaciones no son más que una lastimosa pérdida de tiempo (cada vez nos queda menos, recuerden, para que alguien alce nuestra calavera) precisamente porque son presentaciones, y no debates. En estos tiempos, estoy convencido de que la única actitud posible ante la obra de un/a escritor/a, ya sea de ficción o no, es la polémica. En mi escenario ideal, los asistentes deberían haber leído ya el libro y su obligación sería la de importunar y amonestar al autor cuando y en lo que creyeran pertinente. También cabría el elogio, pero solo como nota marginal, como molesta cita a pie de página. Porque, también en mi mundo ideal, nadie acudiría a una reunión intelectual o artística con la mera finalidad de agasajar, que es lo que suele ocurrir en las presentaciones de novelas en el mundo real. La discusión engendra ideas, el elogio solo confirma supersticiones (esto último debo de haberlo leído en alguna parte).

¿Por qué asistí?, podrían preguntarse. La respuesta es sencilla: conozco al autor, al que aprecio, de hacía muchos años e inferí que le sentaría mal que no acudiera (es probable que infiriera demasiado). Aunque no lo parezca, suelo ser bastante empático y sensible ante los sentimientos ajenos. Quizá debería perfeccionar el arte de la excusa mendaz, pero tiendo a ser sincero en todo lo que hago, y mentir me cuesta trabajo. Así que ahí estaba yo, la otra tarde, viendo al recién estrenado novelista alcanzar la gloria, rodeado de aficionados a las presentaciones de novelas y también de algunas celebrities literarias locales que tuvieron a bien celebrar la entrada en sociedad de su discípulo. Hubo agradecimientos al mentor de turno, cálidos aplausos, esbozos de humor, declaraciones de amor eterno a la lengua española y a los clásicos muertos, etc. Nada nuevo. Tampoco nadie lo esperaba, a decir verdad. 

 La conclusión, en todo caso, es que me reafirmo en mis convicciones: una presentación de una novela es, sobre todas las cosas, una pérdida de tiempo, de tintes lastimosos. Así que aprovecho para darles consejos, ya que se avecina la Feria del Libro: no vayan a presentaciones, no hagan caso a los suplementos literarios, guíense por su intuición aunque se equivoquen, sean sinceros/as consigo mismos/as, adopten un perro/gato y reflexionen acerca de sus convicciones democráticas mientras acarician al animal.




(La portada me parece perfecta, ya que estamos)



Por el contrario, a modo de comparación (quizá demasiado fácil), no es en absoluto una pérdida de tiempo entrar en el mundo (universo es tal vez demasiado ampuloso) literario de David Foster Wallace. Ya había disfrutado de la lectura de Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, aunque la naturaleza del trabajo periodístico lo aleja, en gran medida, de las características más específicamente literarias de Extinción, una colección de relatos, que es la obra que nos ocupa en esta ocasión.

Extinción no es sencilla. En particular, su primer relato, Señor Blandito, es un desafío para todas/os aquellas/os que estén acostumbradas/os a construcciones Sujeto+verbo+predicado, punto y seguido, y vuelta a empezar. Además, tanto en este como en los demás, Wallace es minucioso hasta el extremo, de un modo tal que se intuye la elaboración de gigantescos dossiers sobre cada uno de los elementos importantes (o no tanto) de la narración. Quizá esta forma de escribir provenga en parte de su doble formación matemática y filosófica. Puede ser (imagino que habrá por ahí mil exégetas de este autor) que es un modo de evitar no solo el lugar común, la visión corriente, el tópico automático, sino también, en definitiva, su esfuerzo por aportar otra manera de ver las cosas, tal vez, hablando kantianamente, de descubrir la cosa en sí, que ya es mucho decir. Que digerir este estilo resulte difícil, no lo dudo. Que en otras ocasiones nos parezca innecesario, pues también. Que el resultado es abrumador y fascinante a la vez, esa es la conclusión fundamental a la que termino llegando.


Dentro del equipo ∆y, el único posible ascenso de Schmidt era a Director de Investigaciones, un puesto ocupado ahora por el mismo emigrante cetrino, locuaz y obsequioso (con hijos en edad universitaria y una esposa que siempre parecía a punto de aullar) que le había hecho tan difícil la vida profesional a Darlene Lilley en el último año. Y por supuesto, aunque el Equipo ejerciera la debida presión mediante votación sobre Alan Britton para que este echara a Robert Awad y luego, aun en el caso de que (y sería harto improbable) el rotundamente vulgar Terry Schmidt fuera elegido y exitosamente promovido ante el resto del escalafón superior del Equipo ∆y como sustituto de Awad, la posición de Dtor. de Inv. en realidad no comportaba nada más significativo que la supervisión de dieciséis Investigadores de Campo que eran simples piezas como el propio Schmidt, además de llevar a cabo orientaciones desganadas para los nuevos empleados, además, por supuesto, de supervisar la compresión de los datos de los GDO en diversos totales estadísticamente diferenciados, todo lo cual se hacía con software comercialmente disponible y no comportaba nada más significativo que añadir gráficas a cuatro colores y un montón de jerga llena de siglas diseñada para hacer que una investigación que cualquier alumno de secundaria mínimamente competente podría haber dirigido pareciera sofisticada y relevante. (págs. 57-58)


Por lo que a mí respectaba, yo empecé a tener pesadillas sobre la realidad de la vida adulta tal vez ya a los siete años. Ya por entonces sabía que los sueños tenían que ver con la vida y el trabajo de mi padre y con el aspecto que tenía cuando volvía a casa del trabajo al final de la jornada. Siempre llegaba entre las 5.42 y las 5.45 y normalmente yo era el primero en verlo entrar por la puerta delantera. Lo que ocurría seguía una rutina casi coreográfica. Entraba ya girándose a fin de empujar la puerta para cerrarla detrás de sí. Se quitaba el sombrero y el abrigo y colgaba la chaqueta en el armario del vestíbulo. Se aflojaba la corbata enganchándola con dos dedos, le quitaba la goma elástica verde al Dispatch, entraba en la sala de estar, saludaba a mi hermano y se sentaba con el periódico a esperar a que mi madre le trajera un combinado. Las pesadillas siempre empezaban con una panorámica de una serie de hombres sentados frente a escritorios en hileras dentro de un pasillo o una sala enorme y muy luminosa. Los escritorios estaban meticulosamente organizados en hileras y columnas igual que los pupitres de un aula de la escuela R.B. Hayes, pero aquellos escritorios se parecían más a las mesas grandes de metal gris que los profesores tenían al frente de las aulas, y había muchas, muchas más, tal vez cien o más, todas ocupadas por hombres con traje y corbata. Si había ventanas, no recuerdo haberlas visto. Algunos hombres eran mayores que otros, pero aun así eran obviamente adultos: gente que iba en coche, que solicitaba cobertura sanitaria y que bebía combinados mientras leía el periódico antes de la cena. (págs. 129-130)

Si hay una característica, un adjetivo, que se desprenda de estos relatos de extensión dispar (de las 78 páginas de Señor Blandito a las 4 de Encarnaciones de niños quemados) es, tal vez, la deshumanización del individuo, de la que suele ser plenamente consciente, pero, a la vez, no puede evitar. La lucidez no resulta freudianamente curativa, ni mucho menos. En nuestras sociedades, en la que la posmodernidad ya parece un concepto anacrónico, el adjetivo que plantea la filósofa Marina Garcés se muestra con la solidez de la evidencia una vez que lo conocemos: póstuma. La nuestra es una sociedad póstuma. Los personajes de las narraciones de Wallace (narraciones que no son jardines sino selvas de senderos que se bifurcan en mil direcciones) no contemplan un futuro, sino que se limitan a preguntar "¿Hasta cuándo?" Incluso hay personajes póstumos.


El psicoanalista al que vi era buen tío, un tipo mayor corpulento y fofo con un enorme bigote pelirrojo y unos modales agradables y más bien informales. No estoy seguro de acordarme muy bien de cómo era cuando él estaba vivo. Era un tío que sabía escuchar, y parecía interesado y comprensivo de una forma un poco distante. Al principio sospeché que yo no le caía bien o que se sentía incómodo conmigo. Creo que no estaba acostumbrado a pacientes que ya sabían cuál era su verdadero problema. También era un poco pesado con las pastillas. Yo no quería tomar antidepresivos, simplemente no me veía tomando pastillas para ser menos fraude. Le dije que, aunque funcionaran, ¿cómo iba a saber si el responsable era yo o las pastillas? Para entonces  yo ya sabía que era un fraude. Ya sabía cuál era mi problema. Simplemente parecía que no podía dejar de serlo. (págs. 175-176)

El autor, además, es capaz de desplegar estilos diferentes según sea la naturaleza del relato. Una capacidad (algunos dirían camaleónica) de integrar la forma con el contenido, de tal modo que, aun conservando ese aire de familia propio de un estilo singular, con sus digresiones dentro de digresiones y sus notas a pie de página, nos encontramos tanto con un relato de estilo glacial en el que se relatan la vida de un ejecutivo de marketing como con uno de sabor convincentemente etnográfico sobre un niño-oráculo, con el mundo interior de un escolar que fantasea con historias inventadas mientras delante de él comienza a desplegarse una tragedia, o con las pesadillescas visicitudes de un hombre casado frente al síndrome del nido vacío.

Hay, respecto de esta versión al español (traductor: Javier Calvo) algo que me molesta: la acumulación de adjetivos y adverbios delante del nombre, que en inglés es más o menos natural y en español resulta extraña, como, por ejemplo (me lo invento) "la extrañamente ruidosa manera de comer" o "el intrépidamente petulante deseo de ser quién no era". Cosas así. Se admiten sugerencias, pero yo propongo, por ejemplo, transformar el adverbio en adjetivo: "La extraña y ruidosa manera de comer", o cambiar el orden, o transformarlo en una oración de relativo: "Una manera de comer que era extrañamente ruidosa", etc. Mis habilidades de traductor ya están oxidadas, así que las/os lectora/es versados en estos menesteres que den, por favor, un paso al frente.

Hay escritores/as diferentes, en el sentido de que uno es consciente, mientras lee, que nos están haciendo ver las cosas, las personas, el mundo, de otra manera. No es el contar solo una historia de manera más o menos coherente o eficaz. Es aportar un ángulo, o si quieren, unos cuantos matices (busquen las ideas, busquen el estilo) que consiguen que agucemos nuestra visión de las cosas. Es esa ampliación de nuestro horizonte mental tanto hacia afuera como hacia adentro lo que distingue a los escritores que marcan huella. Es decir, es la literatura que molesta y que perturba. Que nos persigue cuando caminamos por pasillos sombríos y también por soleadas avenidas. Cuando nos quedamos boca arriba en el sofá y nos negamos a hacer nada que nos entretenga. Esos raros momentos en que nos permitimos estar y sentirnos solos.  Estoy convencido de que David Foster Wallace es uno de estos autores.

Es quizá por eso, por el encuentro con esta literatura, por lo que uno se indigna ante las desmesuradas pretensiones de tanto fraude literario o intelectual en esta España, en esta Canarias, que nos ha tocado sufrir. Ante tanto conformismo y ante tanta mezquindad. Ante tanta miseria moral.






P.D. También es MUY recomendable, al menos yo la recomendaría a mis amigos, Conversaciones con David Foster Wallace, si quieren saber más de este autor y su discurso literario. Aquí, una reseña.

















domingo, 8 de abril de 2018

'Justicia auxiliar', de Ann Leckie

Soy de la opinión que cualquier persona sensata debe tener sobre la mesa o en el estante correspondiente unos quince libros a la espera de su lectura. Lo que no quita que surjan otras estimulantes posibilidades que se agreguen a los anteriores e incluso se salten la cola. La vida de la persona que quiere entender el mundo, y a sí mismo, no puede saltarse ese paso: lectura y reflexión, reflexión y lectura, y, de vez en cuando, interactuar con otros especímenes humanos. La Universidad de la vida, amigas y amigos, no es suficiente, me temo. Porque el espectro de situaciones en las que uno que se ve inmerso a lo largo de la existencia es, incluso para aventureros y comerciantes, necesariamente limitado y estrecho, y más aún dados los prejuicios que hemos ido incorporando en nuestros accidentes vitales, que sesgan de manera fatal nuestra perspectiva.

Claro que no hay lectura válida que valga sin uno de esos utensilios que tienden a desaparecer cada vez que nos hacen falta: la barra de grafito con madera alrededor. O sea, el lápiz. Sin él, la mayor parte de lo leído desaparece como lágrimas en la lluvia sin haber tenido tiempo de hacerse poso de nuestra conciencia. Es tan triste como un replicante preguntándose por el sentido de su existencia. O como cualquiera de nosotros, la verdad.

Así pues, armados de lápiz y libro de alguien más listo o experto que nosotros en algún área estaremos preparados para aumentar nuestros conocimientos y expandir nuestro horizonte de sucesos. Y si los libros están caros, también es cierto que hay mucha biblioteca digital por estas redes. Tras un par de ensayos y algún tratado, ya notaremos los resultados: la inmensa mayoría de los/las columnistas nos parecerán idiotas y sus columnas, motivo de befa; y los tertulianos, como mínimo, unos desgraciados manipuladores, manipulados a su vez. Como decía Bourdieu, más o menos: "Algunas personas no hablan, les hablan".

Así es, amigas y amigos, consejos gratis doy.

Y ahora, vamos a por lo que han venido aquí:





Esta novela puede considerarse gramaticalmente feminista. No porque, en apariencia, todos los personajes sean femeninos, que puede que no, sino porque a diferencia de lo que ocurre en español, el término no marcado sea el femenino, y el marcado, el masculino. Ignoro cómo es el original en inglés, pero en la versión en español, el resultado no deja de ser un desafío para las convenciones gramaticales. Así, uno tiende a imaginar a todos los personajes como si fueran mujeres cuando es posible que no todos lo sean o, lo que es más sugestivo, que el sexo no importe en absoluto. 

Por otro lado, la historia es una variante singularmente omnisciente del narrador omnisciente. Me explico: el narrador es una IA (venga, va, Inteligencia Artificial, un HAL con cuerpo humano) que durante parte de la historia es tanto una nave espacial (Justicia de Toren) como decenas de soldados (los auxiliares o segmentos) que le proporcionan datos a través de sus ojos y oídos y actúan como ejecutores de su voluntad (o de las órdenes que, a su vez, reciba). Resulta que por circunstancias de las luchas de poder cósmicas, esta IA se ve reducida a ser un mero auxiliar, Esk Una (o Breq) lo cual le frustra un tanto. El problema principal que la autora no resuelve del todo es el de que una IA desarrolle sensibilidad y padezca problemas de naturaleza moral. Es decir, que se emocione, sienta culpa, vergüenza o deseos de venganza, que cuestione órdenes, no sobre la base de su programación, sino de sus afectos o de algo parecido a una ética. Parece, pues, que nuestra IA es humana, salvo por su historia y por su fascinante precisión a la hora de matar gente.



Las unidades auxiliares que solo se activaban para las anexiones a menudo no llevaban más vestimenta que una armadura generada por un implante colocado en el cuerpo. Filas y filas de soldados inexpresivas que podrían estar elaboradas con mercurio. Pero yo siempre estaba en activo y, ahora que los combates habían terminado, llevaba puesto el mismo uniforme que las soldados humanas. Mis cuerpos sudaban debajo de las chaquetas del uniforme y, aburrida, abrí tres de mis bocas, que estaban cerca unas de otras, en la plaza del templo. Y con aquellas tres voces canté: "Mi corazón es un pez. Escondido entre las plantas acuáticas..." Una persona que pasaba por allí me miró sorprendida, pero todas las demás me ignoraron. A aquellas alturas, estaban acostumbradas a mí. (pág. 44) 
A partir de entonces, me convertí en veinte personas diferentes, con veinte series distintas de datos y recuerdos y solo puedo recordar lo que sucedió si reúno todas aquellas experiencias individuales. Cuando se produjo el apagón, mis veinte segmentos, sin siquiera detenerse a pensarlo, activaron inmediatamente la armadura. Los que estaban vestidos ni siquiera intentaron ajustársela para que cubriera los uniformes. En la casa, ocho segmentos que estaban durmiendo se despertaron al instante y, cuando recobré la calma, corrieron a donde estaba la teniente Awn intentando conciliar el sueño. Dos de aquellos segmentos, Diecisiete y Cuatro, después de comprobar que la teniente Awn y otros segmentos que estaban con ella se encontraban bien, se dirigieron a la consola de la casa para comprobar el estado de las comunicaciones. La consola no funcionaba. (pág. 131)
De repente, me di cuenta de que, aunque Estación no había conocido a nadie del Gerentate, era muy posible que Anaander Mianaai sí. ¿Cómo no se me había ocurrido antes? ¿Por algo que habían programado en mi mente de nave y que había permanecido oculto a mis sentidos hasta entonces o, simplemente, debido a las limitaciones del pequeño cerebro que me había quedado como residuo? Puede que hubiera engañado a Estación y a todas las personas que había conocido allí, pero ni por un instante había engañado a la Lord del Radch. Sin duda, ella supo, desde el momento en que puse el pie en el muelle del palacio, que no era quien decía ser. "Las monedas caerán donde caigan", me dije a mí misma. (pág. 340)

Asimismo, el objeto de venganza de la IA, digamos su Némesis, la Lord del Rach, es capaz también de vivir de manera simultánea en muchos cuerpos, lo que dificulta un tanto su eliminación. También, es cierto, esa multiplicidad casi divina es la causa de todos los problemas a raíz de los cuales Justicia de Toren se convierte en un solo ser, en un mero cuerpo.

La novela se estructura en torno a dos narraciones. La primera, trama principal; y la segunda, situada más en el pasado que contribuye a aclarar y a justificar la primera. No hay más alardes técnico-narrativos. Tampoco parece que hagan falta. La versión española, aparte de la cuestión del género, resulta correcta, aunque haya detectado algún solecismo. La traducción es de Victoria Morera. El estilo, pues, no constituye ninguna dificultad para los/as lectores/as poco exigentes. Es más, es probable que lo agradezcan. Supongo que la dificultad es más bien conceptual, por aquello de la unidad-multiplicidad de los personajes. Eso sí, la novela no es un crescendo narrativo que culmine en un éxtasis orgiástico: tiene momentos, mesetas, que en algún momento pueden considerarse como bajón, pero que se supera. Quizá la necesidad de ensamblar ese pasado con el momento de la acción principal requiere de una preparación que incide en el ritmo. En todo caso, se supera bien.

La historia me recuerda a la serie Fundación, de Isaac Asimov, y también a la Historia de la decadencia y caída del Imperio romano, de Edward Gibbon. Creo que leí una vez que Asimov se había inspirado en la obra de Gibbon para su serie de novelas, pero no estoy seguro de que fuera así. En todo caso, en la entrevista que encontramos al término de Justicia auxiliar, Ann Leckie reconoce que se inspiró en la historia del Imperio romano. Pero vayan Vds. a saber cómo y en qué medida. Entre líneas, se encuentran reflexiones sobre el poder, la fuerza, las jerarquías sociales, la definición de ciudadano y la de bárbaro, etc. Echo en falta cierta profundización en esas reflexiones y un engarzamiento causal que cuestionara de raíz las bases ideológicas sobre las que se asienta la civilización a la que pertenecen los personajes. Breves apuntes hay, pero no me atrevería a afirmar que exista un fundamento filosófico poderoso subyacente.

Al parecer, esta novela pertenece al subgénero de la space opera, término que me había encontrado varias veces y cuyo significado, por pura irritación de la consciencia de mi ignorancia, me decidí a buscar: historias de aventuras en clave futurista, grosso modo.

Mi conclusión es que si Vds. no sienten predilección por el género, no pierden nada si no la leen. Si Vds. gustan de la ciencia ficción por las ideas filosóficas o por la potencialidad de los avances o descubrimientos científicos en la transformación de nuestra sociedad o en la conformación de las sociedades del futuro, tampoco esperen encontrar aquí nada novedoso. En cambio, si les agrada la sci-fi por los escenarios imaginarios y el despliegue de situaciones tipo La Guerra de las Galaxias, entonces sí la recomendaría. Si tal es su caso, les agradará saber que hay dos novelas más de la serie. Vivan las trilogías.



















jueves, 29 de marzo de 2018

'El futbolista asesino', de Nicolás Melini

Disfruten de lo que queda de esta semana tan festiva, tan católica y tan laica a la vez, tan de Cristos sanguinolentos y tan de azul de piscina, porque la próxima semana comienza el carrusel de presentaciones de libros, a modo de preparación para EL GRAN EVENTO, la feria del libro. LA FERIA. Es en este lapso de tiempo cuando el buenrollismo alcanzará uno de los picos del año, donde la sonrisa y la carcajada, los ojos achinados por el regocijo y las palmotadas en la espalda se combinarán en diversos grados de afecto e hipocresía. Maestros de ceremonias correrán de un lado para otro ofreciendo sus servicios; escritores/as que no debieron serlo y escritores que no deberían ser otra cosa, inquietos en busca de un presentador que le dé lustre (vayan Vds. a saber por qué) a su libro, recurriendo a veces a espectros del pasado. Hay incluso escritores que siempre están presentando libros de otros. Es la feria amigos, es el circo. Con sus funambulistas buscando el equilibrio entre talento y la promoción, entre la escritura y la cadena de favores. Ya que estamos en Semana Santa, aparta de nosotros, Señor, ese cáliz.

Menos mal que siempre nos quedará la Literatura. En cierto modo, es un descanso que la novela pueda funcionar aislada de su autor/a, incluso del contexto en que se escribió. Nos ahorramos así las vanidades, las deudas, los acuerdos, las reseñas babosas, las casetas desde la que asoman la cabeza como cucos, las miserias personales... Nada de eso se hace presente cuando abrimos el libro y comenzamos a leer. 

Otra cosa es que no pasemos de la primera página.

Esto último, sin embargo, no se puede decir en absoluto del libro que reseñamos en esta ocasión:






Podríamos comenzar diciendo, para calentar, que el libro se publicó en 2000, y que la edición que manejo es de 2012 (ejemplar de segunda mano, con dedicatoria incluida: "Para Marixa (ilegible) con un fuerte abrazo. Madrid, febrero, 2012". Esto fijo que causa algún efecto mariposa). Ya saben que me gusta que cierta anarquía temporal reine en mis reseñas, tanto en las fechas de publicación como de los libros de los que escribo. Estar siempre pendiente de la novedad suscita cierto hastío, sobre todo porque la mayoría de ellas dan vergüenza ajena, y uno concluye que no vale la pena el esfuerzo. Así, ni Vds. ni yo mismo podemos predecir cuál será la próxima reseña. Tamaña imprevisibilidad resulta, creo yo, fértil.

Por otro lado, la portada de la edición que manejo (véase más arriba) me parece espantosa. Aunque, bien mirado, es de un kitsch que podría satisfacer ciertos gustos posmodernos, o a mí mismo en otro estado de ánimo más loko. No obstante, a pesar de ese ojo que, según leeremos, podría constituir una alusión a Buñuel, abro por la primera página y me encuentro con un texto que vale la pena.

LA NOVELA

El futbolista asesino comienza in medias res, justo antes de la perpetración de un asesinato. Terminará igual, con el mismo nefando acto, con lo que podríamos decir, utilizando una metáfora geométrica, que se cierra un círculo. Sin embargo, y aunque la narración procede del mismo asesino, es decir, en primera persona, se nos escamotean tanto las razones de los asesinatos, o la falta de ellos, como del momento elegido. Ignoramos si hay precedentes, si surgió por un capricho o por una fatal determinación suscitada por lo que fuera. Cuándo decidió volverse omnipotente, cuándo juez, para decidir sobre la vida y muerte de aquellos/as que se cruzaron en su camino. 

Intuimos un trasfondo familiar pobre y desgraciado por alusiones, pero el narrador y asesino, Felo, el futbolista asesino, está tan centrado en sí mismo que apenas tiene tiempo ni ganas para explicaciones o para la lógica de sus actos. Sin embargo, su voz resuena con fuerza, su nihilismo posee una fuerza singular y las imágenes que describe son vívidas, combinando un lirismo profundo respecto de su entorno con una minuciosidad desasosegante respecto de sus crímenes. No es Raskólnikov, sin duda, pero tiene voz propia en el indiferente universo que le rodea. Un universo capitalista posfordista, diría yo en un rapto de emoción izquierdista, en el que "no hay tal cosa como sociedad, sino solo individuos", y cada individuo se pretende estrella fugaz, cometa que vaga solo en un rumbo incierto. Un universo de soledades; y algunas, homicidas.



Bajamos caminando por la carretera. Hay un rielar muy cursi en el mar. Es el reflejo de la luna, pero también se reflejan, abajo, las luces de la avenida. O sea, que el mar es una fuente de luz en la noche. Y además están las luces de un par de buques y unos cuantos pesqueros. Me pregunto cómo verán los pescadores, desde mar adentro, la ciudad. La oscuridad está salpicada por las luces de las casas que se desperdigan en el campo. Trepan la ladera de la noche hacia el cielo, y se concentran, como inmensas galaxias, en pequeñas poblaciones. La pista del aeropuerto también es toda luces junto al mar, y ha debido empezar el concierto, porque la voz amplificada de un cantante rebota entre los barrancos y nos alcanza su eco retardado. (pág. 19)

Un montón de pececillos negros me pellizcan los pelos de los pies allí donde los hundo, y me hacen cosquillas. Resulta gracioso que los pececillos se congreguen peregrinos a mis pies, como a los pies de un dios, y se peguen entre sí y se amontonen para besármelos. La diestra es buena, les informo, aunque la zurda no es manca. (pág. 57) 


Si yo fuese de otra forma -más organizado-, en vez de andar improvisando crímenes hubiera viajado a Londres, hubiera alquilado una habitación con vistas a Hyde Park y hubiese esperado pacientemente con  un buen rifle de repetición cargado a que apareciera, por ejemplo, Vargas Llosa y su mujer haciendo footing. No dispararía a diestro y siniestro, porque nunca he sido partidario de la arbitrariedad. Pero si no he conseguido planear medianamente bien mi vida, cuánto menos hubiera sido capaz de planear algo así. Además, tengo muy mala puntería. Después de errar el tiro soplaría el cañón del rifle con un rictus de suficiencia y diría en voz baja: "Perdona, Mario, pero eres lo más parecido a la luna que he encontrado a tiro.Te mereces un francotirador a la altura de las circunstancias, un artista de la puntería capaz de alcanzar sus sueños con un solo disparo". Porque lo que yo quiero de verdad es disparar contra la luna. Apuntar bien con la punta del capullo y alcanzarla de un chupinazo. Pringarla y preñarla tan certeramente como si tuviera la NASA en los huevos. (págs. 88-89)


A mí, esa mención a Vargas Llosa me hace gracia, lo reconozco.

La intensidad de las apenas cien páginas es notable, salvo en algún momento, lo que tal vez pueda contribuir a producirnos una impresión demasiado buena, dado el carácter apremiante de la narración, aun con un final previsible. Yo, en particular, espero que una novela no sea un mero relato de acontecimientos, por muy bien escrito que esté. Echo de menos cierto desarrollo moral del personaje principal, a cuyo lado, percibo, los demás palidecen. Quizá es que en el egocentrismo supremo del asesino los demás somos excusas o motivos para la acción, nada más. También puede ser que el autor no haya sabido dotarles de mayor consistencia. A pesar de ello, los diálogos que entabla Felo con otros personajes son creíbles y a veces ingeniosos. Resultan verosímiles sin ser vulgares, lo que no es poco. 

Son, en buena medida, esos personajes secundarios, empero, los que evidencian la debilidad de la novela. Incluso Silvia, la novia del personaje, carece de la densidad necesaria para proporcionarnos contexto, y su intervención final no por más dramática y patética la hace más convincente. Hay algo en esa escena final entre los dos que me parece fallida: habría apostado por otro desarrollo que sirviera para adentrarnos en las complejidades de la personalidad de Felo.

Como conclusión, señalaría que es una novela que se lee con facilidad: una trama lineal, unos diálogos jugosos y una narración en primera persona de un ser obsesivo y asesino cuya trayectoria no deja de aterrarnos y fascinarnos. Esa narración, además, tiene el tono necesario a las andanzas del personaje. Su vida interior, aunque limitada, salvo escasos episodios, a sus actividades presentes, está contada de forma vigorosa y sin concesiones visibles al ego del autor (un defecto demasiado común, a tenor de pasadas experiencias lectoras). Por el lado negativo, la historia parece algo coja, falta quizá de ese contexto mayor (aunque solo fuera algo mayor) que nos permitiera atisbar más y mejor la personalidad del protagonista y de sus acciones, de su crescendo sanguinario. Hasta un asesino que mata (aparentemente) sin motivo tiene una historia y una psicología en su trasfondo. 

¿Que si la recomiendo? Pues sí: El futbolista asesino, con sus defectos, se eleva notablemente sobre la media en la producción literaria canaria que he leído desde que comencé con este blog. Si eso es mucho o es poco, ya lo dirán Vds.




P.D. Aquí les paso una mención de nuestro cascarrabias feisbukiano favorito, en su nivel habitual.













martes, 20 de marzo de 2018

'Gilead', de Marilynne Robinson

La próxima Feria del Libro en LPGC ya tiene fecha: del 29 de mayo al 3 de junio, supongo que en el parque de San Telmo (que tiene zona para chuchos, y todo). Lo que me parece muy bien: estarán allí los hardcore fans cuyo entusiasmo será proporcional a la cola que tendrán que hacer para recibir la firma venerada de los/aa escritores/as de moda, quienes, con más o menos sufrimiento, con más o menos regocijo, procederán a estampar su caligrafía en los libros de esa masa mendicante; estarán los habituales escritores de novela negra y lo que haga falta sacándose fotos con otros colegas del oficio para mostrar al mundo entero que son muy amigos de sus amigos y gustando de pasear por la playa; quizá, ojalá, otro/a cantautor/a con ínfulas líricas sobrevenidas, a ver si cuela; o esas autoras de novela rosa/romántica/erótica que parece que no están, pero que, según leo, venden mucho; espero encontrarme, cómo no, con los mismos libros a la venta en todos y cada uno de los expositores, viva la originalidad y canto cósmico a la repetición y el eterno retorno; estarán los ciudadanos noveleros y ciudadanas noveleras, que lo que se dice leer no leen mucho, pero qué más da, total, está todo en Internet y así damos una vuelta; y tendremos las presentaciones de novelas, poemarios y demás quincalla habitual con pretensiones a cargo de maestros/as de ceremonias que ni se han leído el libro en cuestión ni falta que hace, para lo que suelen perpetrar: esa mezcla de elogio sin fundamento con baba de adolescente enfebrecido. 

Será, como ha sido, ajustándose al concepto, una feria. Solo que en vez de productos agrícolas, maquinaria industrial, bondades del turismo isleño, espirales políticamente inocuas de Chirino o cosas en general de Dámaso, lo que se venderá serán libros (y alguna piedra con poderes magnéticos, que también). Yo agradecería (sugerencia a los organizadores) degustaciones de quesos y canapés variados, pero no todo va a poder ser.

Es posible, además, que disfrutemos de días agradables, sin demasiado sol, pero sin viento, alguna nube borriquera, quizá, para dar ese paseo entre la multitud aparentemente afín. Igual hasta nos decidimos a comprar un libro. Para eso es la feria, en primer lugar.

Vamos ya con lo nuestro, que se me impacientan:


Qué puedo decirles de Gilead, una novela que consiste, grosso modo, en la extensa carta que le dirige un padre septuagenario, reverendo por más señas, a su hijo pequeño a modo de legado extraído de la memoria. Un diario sin fechas, en definitiva. Pues les puedo señalar, por ejemplo, que en ningún momento incurre en ese error de caer en la sensiblería a la que el tema se presta casi sin querer; tampoco, ni mucho menos, en el empalago autorreferencial o en el llanto por aquí, llanto por allá a lo que tan dados es, por ejemplo, algún ubicuo representante de la literatura local. Todo lo contrario: la autora hace que el narrador se exprese con tono contenido, a veces con un humor suave y chispeante a la vez, de tal modo que sus recuerdos se suceden dibujando el espíritu de un lugar y una época y, al mismo tiempo, perfilando el carácter de quien los narra.

La religiosidad impregna toda la narración, pero una religiosidad a veces panteísta (aunque no sea esa su intención, quizá) a la manera de los trascendentalistas norteamericanos del siglo XIX. Es quizá por ello por lo que no molestará a los ateos irredentos ni a los indiferentes en cuestiones teológicas. 

Ya he señalado en alguna ocasión que no es lo mismo leer fácil que escribir fácil. Lo primero es lo que ocurre cuando leemos a maestras/os de la palabra, como, por ejemplo, a Marilynne Robinson y a sus traductoras, Montserrat Gurguí y Hernan Sabaté. Lo segundo es el error en el que incurren, una y otra vez, escritores de tercera fila que aspiran, sin ser conscientes del esfuerzo que supuso, a imitar esa facilidad (que sí, que también hay escritoras/es grandes que son difíciles de leer, pero no me refiero aquí a ellas/os), con los resultados deplorables que todos conocemos. El infierno literario está lleno de malentendidos como este.

Aquí extraigo algunos párrafos a modo de ejemplo:


Mi madre también estaba orgullosa en grado sumo de sus gallinas, sobre todo cuando el viejo se marchó y nadie le asaltaba el corral. Seleccionadas con juicio, el gallinero prosperó, dando huevos a un ritmo que le asombraba. Pero una tarde se formó una tormenta y una ráfaga de viento arrancó el tejado del corral y las gallinas salieron volando, succionadas por el vendaval, supongo, y también "comportándose como gallinas que eran", como reza el dicho de esta tierra". Mi madre y yo presenciamos el suceso porque, cuando había olido la llegada de la lluvia, me había llamado para que la ayudara a recoger la colada del tendedero. 
Fue un desastre general. Cuando el techo golpeó la cerca, apenas una tela metálica clavada a unos cuantos postes que no resistió más de lo que lo habría hecho una mera telaraña, había gallinas alzando el vuelo hacia los pastos, gallinas alzando el vuelo hacia la carretera y gallinas sin intenciones claras, comportándose como gallinas que eran. Entonces, entraron en acción los perros de la vecindad, así como los nuestros, y en aquel momento la lluvia arreció de verdad. Ni siquiera podíamos llamar a nuestros perros. El alborozo de éstos adquirió un tinte de vergüenza, me parece recordar, pero los demás canes ni siquiera nos prestaron tanta atención. Nunca en la vida se lo habían pasado tan bien. (págs. 42-43)

A veces me siento como si fuera un niño que abre los ojos al mundo, ve cosas asombrosas cuyos nombres nunca conocerá y luego tiene que volver a cerrarlos. Sé que todo esto son meras apariencias en comparación con lo que nos aguarda, pero eso sólo las hace más encantadoras. Tienen una belleza humana. Y no puedo creer que, cuando todos hayamos sido transformados y dotados de incorruptibilidad, lleguemos a olvidar esta fantástica condición nuestra de mortalidad e impermanencia, el gran sueño luminoso de procrear y perecer que para nosotros lo significaba todo. En la eternidad, este mundo será Troya, creo, y todo lo que ha sucedido aquí será la épica del universo, la balada que se cante por las calles. Porque no imagino ninguna realidad que deje ésta en las sombras por completo, y creo que la piedad me prohíbe intentarlo. (pág. 66).

"Extraño es el fruto de la adversidad." Dese luego que sí. Cuando estoy aquí arriba, en mi estudio, con la radio puesta y algún viejo libro en las manos y es de noche y el viento sopla y la casa cruje, olvido dónde estoy y es como si durante un par de minutos volviera a encontrarme en tiempos de penalidades, y la experiencia destila una dulzura que no comprendo. Sin embargo, esto no hace sino realzar su valor. Lo que planteo es que nunca llegas a conocer la verdadera naturaleza de nada, ni siquiera de tu propia experiencia. O tal vez ésta no tiene una naturaleza fija y cierta. Recuerdo a mi padre agachado bajo la lluvia, con el agua goteándole del sombrero y dándome de comer la galleta con su mano tiznada, con las ruinas ennegrecidas de la iglesia al fondo y el humo alzándose donde la lluvia caía sobre las brasas. Recuerdo el aguacero y a las mujeres entonando La vieja Cruz nudosa mientras se ocupaban de todo con sus delicados movimientos, casi como si bailaran al son del himno. En aquella época, ninguna mujer adulta permitía nunca que la vieran con los cabellos sin recoger, pero aquel día incluso las venerables ancianas llevaban la melena suelta a la espalda, como si fueran colegialas. Resultaba muy gozoso y triste. Vuelvo a mencionarlo porque se me antoja que buena parte de mi vida quedó comprendida en este momento. La aflicción me ha devuelto más de una vez a esa mañana, en la que tomé la comunión de manos de mi padre. Sí, recuerdo aquello como una comunión y creo que eso fue, exactamente. (págs.107-108)

Así, la fuerza de la prosa se manifiesta en la firmeza del trazo de los personajes que van apareciendo: hechos de carne, hueso, sangre, virtudes y mezquindades, coraje y cobardía. Humanos, muy humanos, sin atisbo de afectación, encartonamiento o impostura. 

Gilead, en fin, me parece una novela hermosa, por muy vacío que pueda ser el adjetivo. Me lo parece tanto por la forma: esa cuidadosa elección de las palabras, de la longitud de las frases y párrafos, la elección de las anécdotas y escenas; como por la moral que desprende: esos actos estúpidos y maravillosos de esos seres de destino siempre trágico que somos los humanos. Al fin y al cabo, es tanto una carta de amor a su hijo como una indagación en la propia existencia del padre y de sus amigos y vecinos. Una indagación que provoca una evolución del narrador a medida que avanza la escritura y que no podemos dejar de percibir. Es asimismo un espejo contra el que puede mirarse el/la lector/a: es posible que debido a nuestro cinismo y a nuestra mezquindad no estamos a la misma altura, que carezcamos de esa grandeza. Lo que no deja de inquietar, pero también de admirar. Digamos que la lectura de esta novela propicia que cierta calma reflexiva se asiente sobre nuestro ánimo, que cierta comprensión ampliada, que a buen seguro se desvanecerá con las horas, nos permita mirarnos y mirar a los demás de otra manera.

Qué simple aparenta ser, a veces, la belleza.


P.D. Tras escribir la reseña, y buscando otras sobre la misma novela encontré esta del famoso crítico literario James Wood, con el que coincido, curiosamente, en la selección de algunas citas.































viernes, 9 de marzo de 2018

'Días de paso', de Javier Estévez

A veces, no sé muy bien por qué, sin duda presa de un estado de ánimo singular, me vienen a la mente aquellos versos de Bécquer: "Yo sé un himno gigante y extraño /que anuncia en la noche del alma una aurora": una caliginosa calma que me gustaría que presagiara eventos formidables. Puede, sin embargo, que no sea más que melancólico pensamiento desiderativo, en vista de la continua decepción del devenir. Pues las noches del alma son bien oscuras, y encontrar los caminos que nos permitan emerger de ellas resulta, con el paso del tiempo, cada vez más difícil.

En mi caso, esos estrechos caminos están pavimentados, además de con buenas intenciones, con libros, con el legado cognitivo y a veces estético que otros seres humanos -los imagino también en la oscuridad, apenas iluminados por un fanal anacrónico- se esforzaron por dejarnos. Es por eso por lo que la creación humana en muchas de sus vertientes es admirable -evito nombrar aquí los monumentos a la iniquidad-. Nos sacan de nuestro quicio, de la conformidad enraizada en la impotencia y en la ignorancia, y a veces nos empujan a salir de nosotros mismos, a descentrarnos. No siempre somos tan detestables como solemos demostrar a diario.

Por algo nos sentimos atraídos por el arte, como descubrimiento, y por los avances científicos y sociales: la apertura hacia lo nuevo, el develamiento de lo oculto, la transformación de uno/a mismo/a como resultado, a pesar de nuestras miserias personales  y como especie.

En fin, todo lo anterior es más un torpe canto a la esperanza que la constatación de un pesimismo siempre disponible.






Este es un libro cuya lectura surge como recomendación de un lector habitual de este blog (y también reseñador por un breve periodo). Lo cierto es que, quizá por el tráfago de aquellos días, tras unas pocas páginas lo abandoné. Tiempo después, y sin que ninguna motivación especial me animara a ello, volví a su lectura. ¿Qué había cambiado en ese tiempo? Quizá cierta pausa. 

Esa pausa es necesaria para leer Días de paso. Salvando las distancias, en ciertos momentos nos recuerda esas lecturas silvestres de Thoreau o cosmológicas de Stapledon en las que uno entra reticente y sale ungido. Hay una trama, sin duda, pero creo que uno de los valores de la novela radica en la capacidad de expresar sin cursilería el lirismo que la naturaleza (el mar, el bosque) de Gran Canaria hace aflorar en el narrador. El autor logra transmitir sin pretenciosidad un panteísmo convincente, personaje mediante, con un vocabulario ajustado, sin sumirse en términos demasiado técnicos que pudieran alejar al lector ignorante, como yo mismo, en materias geobotánicas.

La obra comienza con el descubrimiento de un diario en una casa: la técnica del manuscrito encontrado. Es el diario de un botánico que en los años de la ocupación francesa a principios del siglo XIX tiene la intención de viajar a La Habana y se ve obligado a recalar en Gran Canaria, en el imaginado pueblo de Lucena (aunque existe un caserío llamado así en el municipio de Gáldar), mientras en la vecina isla de Tenerife se ha desatado un episodio de fiebre amarilla que tiene a la isla en cuarentena. Allí, en Lucena, permanece alrededor de un año.

Como si el autor estuviera cada vez más seguro de sí mismo, de su capacidad para crear este mundo mitad imaginado, mitad real, de Lucena y sus alrededores, la novela va desplegándose lenta pero firmemente. Además de la geografía isleña, descrita con algo más que entusiasmo, Éstevez se centra en mostrar la posibilidad de la amistad, en subrayar la latencia de fraternidad entre desconocidos. Pero sin almíbares empalagosos ni con la filosofía pretenciosa de tanto escritor ensimismado, sino con sencillez, sabiendo, simplemente, elegir bien las palabras y la cadencia de las frases.


Pero es en el fondo de los valles, en las alargadas hondonadas donde se extiende el reino de la umbría, donde crecen los árboles más espléndidos de todo el bosque, donde cada ejemplar irradia tal majestad y solemnidad, tal porte y altura que entremezclados con la bruma ofrecen una atmósfera irreal. Fue en este punto donde al unísono descendimos de nuestras monturas. Nadie nos obligó y nadie lo propuso, pero de una manera natural entendimos que nuestro comportamiento a partir de ese punto tendría que ser igual de respetuoso que si estuviésemos dentro de una catedral. Y no es un ejemplo caprichoso pues es este bosque un inmenso templo pagano que parece no haber visitado nunca el tiempo. Y de la misma manera, se impuso entre nosotros un silencio absoluto solo interrumpido por el bisbiseo del arroyo, de las fuentes, que aquí no callan nunca, por el aleteo revelador de las palomas y el silbido constante de otros pájaros y del viento que sacudía con timidez las copas altas de los árboles. Aquí, en las vaguadas más profundas, las nieblas se remansan y como si de un mar dócil se tratara, bañan el bosque durante todo el año creando un ambiente de humedad tan extrema que la vegetación permanece empapada incluso en el estío. Hay tal serenidad dentro del bosque que uno aseguraría que la vida, bajo estas sombras, se sucede sin drama alguno. (pág. 87)

Desde la solana de la casa, en un pequeño banco de madera adosado a la misma, esperamos sentados ambos la llegada de la noche en silencio, observando como (sic) la niebla se acerca, ocultando los valles profundos y dejando en resaltes los lomos que ahora se aparecen ante nuestros ojos como pequeños islotes que sobresalen sobre el mar de nubes. Las nieblas ascienden e inciden sobre las crestas. El interior del bosque, siempre tan atractivo, gotea con persistencia y es aún más sugestivo cuando permanece envuelto por el tenue velo de la niebla. Es un privilegio observar esta naturaleza majestuosa, disfrutar estos espacios donde el espíritu se recrea y se alimenta del silencio y las sensaciones que emanan del paisaje, del aire, de los árboles. (pág. 90)

He vuelto esta tarde al jardín, a ver el drago. La visión de este árbol mítico y místico me consoló por el fracaso del ascenso al pico. He buscado la perspectiva que más me gusta y he grabado en mi cuadernillo un retrato detallado del mismo. Al finalizar, he imitado a Mateo y le he dado unos golpes fraternales a su tronco, a modo de despedida. Luego, he vuelto al lugar donde había hecho el dibujo, he escogido el cuadernillo y los lápices y me he marchado con una agradable sensación de felicidad. Deberíamos vivir como viven estos árboles prodigiosos: mereciéndonos la eternidad. (pág. 108)

Un poco más adelante, la novela se embarca en una descripción cuasi camusiana sobre los estragos de la peste en el pueblo y las miserias y grandezas humanas frente a ella, mientras un cometa (signo de desgracias, como es bien sabido) surca las noches. Llama la atención, sin embargo, que salvo algún personaje femenino levemente esbozado, las mujeres son casi invisibles, lo que no deja de llamar la atención. No es que pretenda decir que tenga que existir paridad alguna en la elección de personajes por parte de un/a novelista, pero resulta raro que en la interacción del personaje con la población, apenas se perfile alguna mujer o niña.

No obstante, al igual que en otras reseñas he subrayado que, a pesar de la ocasional idea brillante o la invención de una trama original, lo que fallaba, en ocasiones de modo muy lamentable, era el tono (falso, impostado, pretencioso, etc.), aquí he de decir que el autor consigue que suene verdadero, entendiendo por ello la adecuación de la historia con el estilo, de la conciencia del personaje con la expresión de sus pensamientos, más allá de que nos encontremos un adverbio mal usado por aquí, un solecismo por allá o nos asalte la sospecha de que alguna palabra es demasiado moderna para la época en la que se sitúa la novela. Poca cosa.

En todo caso, lo que debe resultarles evidente a tenor de lo que llevo escrito, no esperen ningún experimento posmoderno-metaliterario ni nada parecido. Dado que es un diario, la novela es un relato en primera persona de las impresiones y vicisitudes del protagonista, sin más. A veces, como aquí, este tipo de relato clásico resulta más que suficiente. Una historia así de bien contada y un más que correcto despliegue de reflexiones de corte moral no es algo tan habitual por estos pagos, así que celebrémoslo.











viernes, 23 de febrero de 2018

'Cartas imaginarias', de Bernardo Chevilly

Estamos llegando a tal grado de impostada hipersensibilización moral que cualquier manifestación pública que no sea mantener la mirada baja será susceptible de ser judicializada. Entre las letras de los raperos antimonárquicos, las galas drag carnavaleras y las censuras en ferias de arte parece que un nuevo puritanismo (que siempre estuvo latente), una especie de retradicionalismo, amenaza con enquistarse en la sociedad vía legislación penal. Todavía estoy sorprendido, y ya ha pasado tiempo, de que la Fundación Francisco Franco pudiese demandar a un artista por una parodia del dictador, y que se admitiese y hubiera juicio (bien es cierto que la Fiscalía pidió la absolución). Si esto pasó y no se promovió un cambio legal o, ya puestos, se iniciara un proceso constituyente, qué podía esperarse. Al ritmo de los acontecimientos, cualquier día incluso el autor de un blog tan inocente como este, en el que se promueve la hermandad literaria y el buenrollismo general, tendrá que comparecer en el juzgado por ofender los delicados sentimientos de cualquier escritor/a, editor/a, librero/a, lector/a, fan hardcore o  ciudadano/a de la República de las Letras que haya pasado por aquí. O demandar al autor/autora de una novela por su contenido moral. ¿Regusto polvoriento a pasado? Pues sí.

Parece evidente que al amparo de las leyes contra el odio, se esta laminando la ya deteriorada esfera pública de nuestro país. Ya sea por la derecha como por la izquierda, la ultracorrección política y la fetichización de las palabras están constriñendo el ejercicio del derecho a la libertad de expresión. Que soy de los que piensan que, a este respecto, más vale quedarnos cortos que pasarnos de la raya, y que si creemos en el valor de los buenos argumentos, ningún Mein Kampf, negacionismo o concepto de preso político debería estar prohibido, por muy repugnantes que pudieran parecernos la ideología nazi, la negación de barbaries históricas como las cámaras de gas o el genocidio armenio, o la mudanza a conveniencia del adjetivo político según quién sea el preso. Que, como dije antes, nos fijamos demasiado en la expresión del odio o de la supuesta ofensa, en el síntoma, y no en el horno social de donde parten. 

Aunque este no es el blog adecuado, sí que habría que apuntar a las condiciones sociales, económicas y políticas que originan esos odios, esa frustración, esa injusticia, incluso aquellas actos de violencia contra los sectores más débiles y desprotegidos. Preguntémonos si queremos saber de verdad por qué hay tanta crueldad e injusticia en nuestra sociedad. Si nos limitamos a apoyar a unos o a execrar a otros, no haremos sino caer, paradójicamente, en el mismo conformismo que, quizá, también decimos aborrecer.

Nunca, y menos en este país, hay que olvidar que la democracia y los derechos aparejados no se han conseguido de modo definitivo. La democracia es un proyecto en permanente construcción, y no seremos más que unos ignorantes o unos estúpidos si creemos que el riesgo de involución hacia formas más o menos descubiertas de autoritarismo están descartadas. A la vista están.



Dicho lo cual, pasemos al asunto propio del Polillas: en este caso, un ejercicio literario epistolar, género que gracias a los correos electrónicos (sí, bueno, todo el mundo dice imeils), ha experimentado su propio renacimiento: Cartas imaginarias, de Bernardo Chevilly.





En primer lugar, y aunque no suelo hablar de estas cosas porque no suelen interesarme demasiado, en esta ocasión me han llamado la atención las ilustraciones y la edición del libro: portada/cubierta, papel, etc. Vaya eso por delante.

En segundo lugar, las Cartas en sí. Si ustedes son como un servidor, que tiene a bien leerse las reseñas, que para eso están, para que conozcamos la opinión sincera de un lector, es bastante probable que la impresión que les hayan causado es la de encontrarnos ante una obra exquisita, sublime, excelsa, divina, por tanto difícil, por tanto elogiable, y más si se señala que no está al alcance de vulgares mortales. Tanto nuestro ya familiar Jonathan Allen como Elsa López despliegan todo su arsenal literario-sentimental para llevar el encomio a cotas aún más altas: "hermosa arquitectura", "extraordinario en su ejecución", "lo singular y exquisito de su naturaleza literaria", "estética a contracorriente", etc. 

Tampoco es eso.

El libro se compone de cartas, breves textos, cuyos remitentes o destinatarios son personalidades de la música o de la poesía ya muertas, entre las cuales están Alfredo Kraus (aquí suele decirse, en Canarias, nuestro Alfredo Kraus, lo que siempre me ha parecido una apropiación indebida, dicho sea de paso), Chopin, Debussy, Manuel de Falla, Dámaso Alonso y muchos/as más. Lo atractivo del asunto, de estas cartas es la posibilidad de acceder, aunque sea de manera fantasiosa (de ahí lo de "imaginadas") a la intimidad, ese momento de desnudez frente al papel, de unos personajes que han sido engrandecidos por la mitología del genio, primero, y por la industria cultural, después. Es algo que la novela histórica hace con variada fortuna; y que, por ejemplo, de una manera, a mi parecer, excepcional, logra Marguerite Yourcenar en Memorias de Adriano. En mi mente, el Adriano histórico es el de esta escritora: cualquier otro no puede ser sino un impostor. 

En principio, tiendo a pensar que un melómano del FIMC o un esteta decadente disfrutarían más que yo de la lectura de estas cartas. Sin embargo, en un segundo momento, la impresión de uniformidad del estilo les frustaría, también por esa melomanía, todavía más que a mí. El caso es que a pesar de sus evidentes conocimientos poético-musicales y del buen manejo del idioma (de varios), Bernardo Chevilly no logra que la alquimia literaria haga efecto y los personajes que escriben estas cartas tengan peso, se transmuten en reales. Hay mucha palabra francesa cuando toca, inglesa, alemana, muchas jotas cuando sale Juan Ramón Jiménez (que no era músico, pero sí muy sensible), etc. También asistimos a veces a una variedad del estilo dentro de las cartas, de estilo elevado se pasa a uno coloquial, lo que se pretende dinámico y reflejo de la personalidad de la figura de turno, pero la impresión global, como repito, es de cierto aire de familia, y de la, por tanto, inevitable conciencia, de que hay un solo escritor detrás de todas estas cartas. Es por esto por lo que creo que el problema no es tanto que sea un texto (o un conjunto de ellos) dirigido a "un número reducido de lectores" ni en que haya que saber demasiado de la historia de la música o de la poesía para apreciar los textos. Uno no duda de los conocimientos, digamos enciclopédicos, del autor, pero sí que se echa de menos (ya puestos a pedir) mayor finura en la plasmación de los personajes, que, recordemos, se perfilan a partir de lo que (supuestamente) escriben ellos mismos, para que no se queden en meros nombres sobre el papel, sobre todo en textos tan cortos. 

Por otro lado, podría pensarse que esa subjetividad presente en todos los textos, que aquí señalo como defecto, en realidad es intencionada, con el propósito de establecer una idea motriz o rasgo permanente en toda la galería de personajes. Si es así, reconozco que he fracasado en encontrar esa idea reguladora y que la impresión final es insatisfactoria. Tengo la impresión de que al autor le basta imaginárselos para que al escribir esas cartas cobren vida. Pero no puede dar por sentada esa misma capacidad en los lectores.

En todo caso, Cartas imaginarias me parece un ejercicio literario apreciable, singular, a pesar de que tenga precedentes. Se lee con agrado, sin aburrir ni empalagar (de esto último ya se encarga, por ejemplo, Alberto Pizarro -tercera reseña dentro del enlace-) y que bien merece, por tanto, una lectura atenta, desprejuiciada y, como siempre, crítica.