lunes, 4 de junio de 2018

'Tala', de Thomas Bernhard

Como ya escribí en su momento, mi intención es la de dejar al menos un año entre reseñas dedicadas a la obra de un mismo autor, aunque mi intención apuntaba a las reseñas de autores vivos, especialmente los locales. No obstante, y dada la superlativa cantidad de títulos que se publican, no hubo ocasión, aunque lo hubiese querido, para repetir ni siquiera con los muertos. Pero he aquí que, azuzado por críticas que leía por estos mundos de Internet y por el extraordinario recuerdo de El malogrado (que se engrandece con el tiempo), he considerado que quién mejor que Thomas Bernhard para ser el primer autor con el que repita análisis, reflexión o impresión superficial de lector.

En todo caso, y para mal de aquellas/os que quieran ir directamente al asunto y no demorarse con prolegómenos, hay también motivos para elegir a Bernhard aparte del azar y de la oportunidad. El escritor austríaco debería ser un ejemplo, al igual que lo son todos los grandes escritores, por la fuerza de su estilo propio, por la huella cognitiva que genera y por la impresión estética que produce a todo aquel que se acerca a la lectura de sus obras.

Es bueno leer a las/os grandes: por citar algunas/os, aparte de Bernhard: Woolf, Yourcenar, Proust, Foster Wallace, y cada cual que aporte sus favoritas/os. Leer su obra debería, aunque me temo que no es tan automático, descentrar a las/os autoras/es en ciernes, a los aspirantes a afilar su talento y ayudarles a escribir algo más que sean sus naderías de adolescente o de veinteañero/a o sus ilusiones de plasmar líricamente la idea que tengan de lo excelso. Es un defecto recurrente, ya lo he señalado muchas veces, la manía que tienen muchas/os en convencernos, a través de sus personajes (normalmente el narrador o narradora) de la gran cultura que poseen o de las numerosas experiencias que han atesorado. Como me dijo un amigo con sabiduría una vez: "Hay que escribir lo que nos gustaría leer, no lo que nos gustaría escribir". Porque si se elige lo segundo, tenemos toda ese conjunto de superfluosidades y cantos al yo que nada añaden al acervo literario y solo sirven para engrandecer una vanidad ya hipertrofiada, jaleada además por amigos y familiares.





Por qué es bueno leer a Bernhard, especialmente, por qué leer Tala: porque no deja, usando la frase hecha, títere con cabeza. Esa crítica a la sociedad austriaca, a la vienesa en particular, al mundillo literario y artístico; todo lo que está al alcance de su visión es objeto de su crítica furibunda, presa de una observación meticulosa y ácida, incluido, claro está, él mismo. Y la universalidad de la literatura del Bernhard consiste en que podemos aplicar esa crítica, esa rabia, por qué no, ese odio, a nuestra ciudad favorita, al mundillo literario y artístico local que escojamos, a la humanidad en general. Difícilmente nos equivocaremos, raro será que no encontremos homólogos cercanos.


Realmente yo había visto una vez, hacía muchos años, en el Burgtheater, al esperado actor, en una de esas asquerosas farsas de sociedad inglesas en las que la tontería sólo es tolerable porque es inglesa y no alemana o austriaca, y que en el Burgtheater, en el último cuarto de siglo, se representan una y otra vez con espantosa regularidad, porque el Burgtheater, en este último cuarto de siglo, se ha especializado sobre todo en la tontería inglesa y el público vienés del Burgtheater se ha acostumbrado a esa especialización, y realmente a él lo recuerdo como actor del Burgtheater, como un actor, por lo tanto, lo que se llama un favorito del público vienés y pisaverde del Burgtheater, que tiene una villa en Grinzing o en Hietzing y hace el bufón en el Burgtheater para esa tontería teatral austriaca que, desde hace ya un cuarto de siglo, tiene en el Burgtheater su asiento, como uno de esos berreadores sin espíritu que, en el último cuarto de siglo, con la colaboración de todos los directores por él contratados, han hecho del llamado Burg una institución teatral de aniquilación de autores y del vocerío de una falta total de cerebro. El Burgtheater ha entrado artísticamente en bancarrota desde hace ya tanto tiempo, pensaba en mi sillón de orejas, que ya no puede determinarse cuándo se produjo esa bancarrota, y los actores que actúan en el Burgtheater son bancarrotistas que todas las tardes actúan en el Burgtheater (...). (págs. 13-14)

Y sí, salta a la vista que tiene estilo propio: frases largas, aposiciones, repeticiones de palabras, expresiones e ideas. Estilo que, a falta de un estudio pormenorizado de la obra del autor, no ha surgido de golpe, por pura genialidad o como el resultado de la mera improvisación. Siempre hay una materia prima, una forma de escribir originaria, una forma de ser en el mundo, pero se adivina un trabajo sistemático, una voluntad de estilo que, cuando se logra, se puede aspirar a ser un Bernhard, o una Woolf, o un Foster Wallace, o una Yourcenar, o un Borges o, venga, un Pérez Galdós, pero no ... (añadan cualquier autor/a local) por muchos seguidores de Facebook de que disponga.

Tala consiste en el cúmulo de reflexiones suscitadas en el protagonista-narrador a raíz de la muerte de una antigua amiga y de su asistencia a una cena artística, mientras está sentado "en un sillón de orejas", observando a los demás comensales y a los anfitriones. Las reflexiones se suceden con cadencia hipnótica, con las mencionadas repeticiones, con periódicos sobresaltos suscitados en el lector por los comentarios vitriólicos del narrador, y por la ausencia de puntos y aparte, entre otros detalles: un torrente de la conciencia bien ordenado, calculado, milimetrado, y algunos adjetivos más que dejo a su elección cuando lean la novela, que arrastran al lector al interior de la propia conciencia, que no siempre es el mejor lugar donde habitar.


 Al fin y al cabo, todas esas personas fueron realmente un día artistas o, por lo menos, talentos artísticos, pensaba ahora en mi sillón de orejas, y ahora todos no son más que una chusma artística, que precisamente no tienen en común con el arte y con lo artístico más que la cena del matrimonio Auersberger. Todas esas gentes que un día fueron realmente artistas o, por lo menos, artísticas, no son ahora más que las máscaras y las cáscaras de lo que un día fueron; sólo tengo que mirarlas, sólo tengo que entrar en contacto con sus creaciones para sentir lo mismo que siento ahora en relación con este banquete, con esta insulsa cena artística. Qué ha sido de todas estas gentes en estos treinta años, pensaba, qué han hecho todos estos seres de mí mismos en estos treinta años. Y qué he hecho yo de mí mismo en estos treinta años, pensaba. En cualquier caso, es deprimente ver lo que estas gentes han hecho de sí mismas en estos treinta años, qué he hecho yo de mí, de todas esas condiciones y circunstancias en otro tiempo felices, todas esas gentes han hecho condiciones deprimentes y circunstancias deprimentes, pensaba en mi sillón de orejas, lo han convertido todo en algo totalmente deprimente, toda su felicidad en nada más que depresión, lo mismo que yo he convertido mi felicidad nada más que en depresión. Porque indudablemente todas esas personas fueron un día, es decir, en aquella época, hace treinta, incluso sólo veinte años, seres felices, fueron felices, y ahora no son más que seres deprimentes, deprimentes como yo, en fin de cuentas, no soy más que deprimente y no soy feliz, pensaba en mi sillón de orejas (...). (págs. 66-67)

Indudablemente, Bernhard plasma (crea) los pensamientos de su personaje sin misericordia, un personaje que observa y critica devastadoramente. Pero es una devastación creativa (perdónenme este préstamo que remeda el vocabulario schumpeteriano-capitalista), de la cual emerge para el/la lector/a una visión más aguda de sí mismo/a y de su entorno, de sus miserias y servidumbres. Es, a su curiosa forma, una novela moral. El arte del escritor es, a la manera de Proust o de Foster Wallace, meticuloso (recojo estos paralelismos gracias a un comentario de Iván Cabrera, en su comentario a Extinción), obsesivamente atento a los matices del pensamiento y de la observación que, como ya he señalado, no lo aplica solo a los demás, sino, quizá más que a nadie, a sí mismo.

En fin, como la obra de todos las/los grandes, Bernhard no se limita a una contar una historia. Esta en realidad, es lo de menos: las reflexiones de un personaje a raíz del suicidio de una artista fracasada abandonada por su marido. Lo importante es la indagación y la descripción de nuestra miserable humanidad, del arribismo y de la vulgaridad, de la grosería y de la doblez. Es el dedo en la llaga, el alcohol en la herida; es la destrucción literaria del buenrollismo artístico, la radiografía radioactiva de la sociedad. Entre otras cosas, para esto sirve la literatura.

A ver si aprendemos.








domingo, 27 de mayo de 2018

'¿Quién cuidará de mis guardianes?', de Alba Sabina Pérez


Cuando, al cabo del tiempo, uno ya le ha dado cera a los representantes más conspicuos de una novelística, a grandes rasgos, deplorable, en el ámbito local (y a unos cuantos en el nacional), dado que estos personajes ejemplares campan a sus anchas en suplementos culturales, artículos y otras tribunas escribiendo todo tipo de maravillosismos y buenrollismos ajenos y propios sin enmiendas ni rectificaciones, se encuentra con que tiene libertad para lanzar otra mirada a la creatividad. O más bien, una mirada a otra creatividad, es decir, puede comenzar a indagar en la obra de escritoras/es de exposición más discreta con la esperanza de encontrar una fuente de luz, aun vacilante (me conformo con eso) que ilumine estas tinieblas literarias. Y disculpen la metáfora, pero guardo otras más escatológicas.

Es por eso por lo que uno recoge pistas aquí y allá, lee esas obras que unas y otros a veces valoran como "injustamente tratadas", "insuficientemente reconocidas", etc., o que, sin que sea incompatible con lo anterior, pertenecen a jóvenes autoras/es, digamos en sus primeros pasos, pero que se atreven a publicar (lo cierto es que hoy las editoriales no editan, solo publican) sin demasiado pudor ni vergüenza anticipada. En el pecado está la penitencia, y llegados a este punto, son tan merecedoras/es de reconvención o de elogio como otros autores más populares y dicharacheros, aunque no disfruten de la mención del mentor habitual ni impartan cursos de escritura creativa. En todo caso, mi intención no es cercenadora sino más bien lo contrario, aunque parezca difícil de creer.

El propósito no es otro, al fin y al cabo, que experimentar, recogiendo palabras de Rafael-José Díaz, una "epifanía" artística, estética, literaria... Es encontrarse ante esa experiencia de asombro, aprendizaje y reconocimiento que solo algunas manifestaciones artísticas son capaces de suscitar. Me conformaría con una sola de las tres, no soy tan exigente. Sin embargo, y como parece lógico, esos momentos de epifanía son raros, qué le vamos a hacer. 

Por otro lado, no puedo sino apreciar el esfuerzo, como he reconocido en otras ocasiones, con el que unas y otros se empeñan en contar historias, por muy lamentables que terminen siendo los resultados. Esto no quita para que la crítica horade la superficie de la obra y saque a la luz defectos y virtudes, para que imagine otras posibilidades, para que devele lo innombrado o latente, para que reflexione a partir de ella. Es en este sentido que la actividad reseñadora consistente en elogiar sin tino, favorecer sin tapujo o glosar sin vergüenza resulta no solo una estafa informativa y un ultraje intelectual sino también una inmoralidad. Sus razones tendrán aquellas/os que la perpetran.






Así que entre otros autores más o menos jóvenes y relativamente desconocidos, aunque obtengan su elogio aquí o su mención allá, escogí por razones que van desde lo azaroso hasta la curiosidad por repetición una colección de cuentos con cuya reseña me tropecé en un par de ocasiones. Claro que es posible que casi nada de lo anterior sea cierto, y Alba Sabina Pérez sea un fenómeno literario sin parangón y yo sólo esté revelando, una vez más, mi ignorancia. 

Pero vayamos a los cuentos.

¿Quién cuidará de mis guardianes? comienza con dos cuentos yoístas: las tribulaciones de una joven allende los mares que comienza a vivir una vida adulta que no le agrada demasiado. Sí, la materia no parece que pudiera interesar a nadie más que a la escritora, y, todo hay que decirlo, la forma, el estilo tampoco ayudan. En el primero, dos amigas van en tren y conocen a otros viajeros más o menos singulares, y en el segundo, la narradora nos cuenta retazos de su juventud en Madrid. 


Siguió contando su relato, muy a nuestro pesar, aunque también con no cierta dosis de odiosa curiosidad por nuestra parte; aunque se negase a compartir con nosotras el secreto de sobrevivir a base de pipas de sandía. Y resulta que en el tiempo en el que tenían que compartir su guarida con el Matador, Nicole se empezó a hacer mujer, y él no podía más que admirar como cada mes sus pechos iban creciendo y su cuerpo adoptaba "formas de Venus". Entonces, él, que por aquel entonces también era muy joven, sintió la necesidad imperiosa de quitarle él mismo el virgo, porque, según su propio razonamiento: "¿Quién mejor?" Así que un día, no sin antes pedirle permiso, le quitó la ropa con cuidado y le hizo el amor con la precisión de un experto; aunque, según nos dijo, "también era casto hasta ese día". De todas formas sacamos nuestras propias conclusiones de hasta qué punto aquellos escabrosos detalles eran verídicos." (págs. 26-27)

Había bares nuevos llenos de diversos elementos hypsters de la recién llegada manada de cervatillos prisioneros del séptimo arte, solo que éstos no habían crecido con Garci ni con su Puro humo y quedaba poco para la maldita ley que cambió mi vida y mi forma de ver y de oler a los demás, sobre todo darme cuenta de que el tabaco disimulaba bastante bien el terrible aroma de algunos. Pronto llegó Laura, con su bellísimo rostro de inocencia que espero que aún conserve; aunque temo que la inocencia ya la habíamos perdido hacía algún tiempo, y poco quedaba de aquellas tres hippies de instituto que pensaban que en segundo de carrera sus vidas estarían encaminadas, al menos, hacia alguna parte. Entramos en uno de esos nuevos locales, ellas pidieron otro café y yo un cóctel. Necesitaba alcohol, amigas y tabaco, todo eso que no tomaba en Barcelona porque el hastío, la pereza, y el maldito cielo naranja no me dejaban. Y las tres, que nos leíamos las caras y las almas más deprisa que yo El guardián entre el centeno cuando estoy triste, por primera vez no sabíamos qué decir. Laura traía el pelo mojado de lluvia sin paraguas, y un folleto del cine con las películas que podíamos ver. (págs 32-33)


Sin embargo, el tercer cuento, . El reloj de mi padre está evidentemente más estudiado, más estructurado. Está pensado. Es probable que eso pueda parecer menos arriesgado, menos apasionado, menos romántico o cualquier otro adjetivo insensato, pero aquí ya nos encontramos con algo valioso. Ya no son las divagaciones bostezantes de una intelectualoide en ciernes, sino el relato preciso y evocador de una anécdota que trasciende. De repente, los personajes, un objeto (un reloj) y hasta un país adquieren fuerza simbólica, de tal modo que se quedan con nosotros después de leído el relato: un padre que vincula su felicidad a su reloj irrompible que se rompe, la niña que no juzga a su padre como un mentecato, sino que considera necesario intervenir, a su infantil manera, para ayudarlo; una Suiza de relojeros tal que ni evocada por Emily Dickinson... Las líneas de diálogos son las que tienen que ser. En la narración, los párrafos se engranan como si no pudiesen existir de manera independiente. Surge esa síntesis entre forma y contenido por la que la literatura cobra sentido. Un cuento corto, sencillo, que se agradece como una brisa de verano. Esto es literatura, algo que a veces ocurre cuando se dejan a un lado la pretenciosidad y el yoísmo.


Mi padre tenía los ojos aguados y la expresión muy triste. Traía su reloj fracturado en una bolsita de terciopelo que había en casa desde hacía tiempo. Era la bolsa de las joyas rotas. mi padre había sacado las joyas y las había dejado sobre el joyero de madera, y había puesto el reloj con mucho cuidado dentro. Ahora lo sacaba de su bolsa y yo tenía ganas de llorar porque nunca había visto a mi padre tan triste, ni siquiera cuando se murió mi pez. Le pasó el reloj al relojero, con mucho cuidado. El relojero lo cogió con sus manazas y miró el cristal. 
-No sé si el cristal tiene garantía, tengo que mirarlo; pero es muy raro, debe ser que vino defectuoso... 
Tenía en la frente una lupa, pero se ve que lo que le sucedía al reloj de mi padre no era tan importante como para usarla. (pág. 42)


Empecé a estar muy triste. Mi padre seguía llamando al arregla-relojes del barrio, el señor gordo, moreno y alto que no hacía nada por nosotros, y que siempre le decía lo mismo. Yo no paraba de mirar el buzón pero nunca llegaba nada. Todos los días pedía que llegase el reloj y pedía que mi mente me dejase olvidar el asunto y volver a ser feliz porque, de pronto, todas las cosas me daban igual: las notas, las vacaciones a la vuelta de la esquina, las tardes en el parque con mis amigas, las poesías en las libretas y los libros. Solo me importaba el reloj, y volver a ver cómo mi padre se lo ponía en la muñeca y nos contaba cómo aquel era el reloj que llevaban los galanes en las películas de los cincuenta, cuando la gente tenía clase de verdad, y solo quería que me dijese que siempre iba a estar brillante y que era un reloj que duraría toda la vida. Pensé incluso en coger un tren hacia Suiza, pararme en la fábrica de BlanHorloge y decirle al dueño: "¿Qué pasa con el reloj de mi padre?" (pág. 48)


Es de lamentar que la autora no siguiera por esa vía. Para mí, sólo con este cuento demuestra que tiene hechuras de escritora. Bien podría habernos ahorrado los demás.

El cuarto relato recae en la enfermedad del yo misma en la facultad y mira cuánto cine he visto, el siguiente va de cómo llenar 10 páginas con insustancialidades, y el sexto, titulado como una advertencia Ociosas banalidades consiste en las reflexiones de unos personajes contadas por un narrador omnisciente. Van de personaje a personaje cuando salta su nombre. Y uno y otro, y después el de más allá... ¿Interesante? No, banalidades. Que digo yo que para qué. El sexto, pues más divagaciones o recuerdos, qué sé yo, contadas en primera persona de cuando la protagonista tenía menos de cuatro años. Y paro de contar, que las historias no mejoran.

A mi entender, lo que otros comentaristas señalan como virtudes, como las tan traídas intertextualidades o las referencias filosófico-cinematográfico-literario-artísticas, si no se manejan bien no hacen más que convertirse en autorreferencias expresivistas que no interesan a nadie más que a la autora. A veces me da por pensar que, en realidad, uno habla de sí mismo cuando no tiene nada que contar. A pesar de las mil excepciones, supongo.

En fin, cinco años han pasado desde entonces, y Sabina Pérez ha tenido tiempo para escribir una novela y un poemario, que yo sepa. Me pregunto si habrá seguido la escondida senda que comienza (o quizá lo hace en otro lado, en algún relato olvidado, en algún párrafo escrito en una libreta perdida) con El reloj de mi padre, o está recorriendo esa autopista hacia la nada que consiste en hablar sobre sí misma y lo mucho que ha leído, lo mucho que ha visto, lo mucho que ha oído y las experiencias que ha sufrido/disfrutado y en empeñarse en contárnoslas porque, al fin y al cabo, siente esa necesidad. Me resulta llamativo que el prologuista de esta colección de cuentos sea Sergio Barreto Hernández, paisano de Sabina y autor de una novela (también reseñada en este blog) que adolecía, hasta el hastío y más allá, de esos defectos aludidos, defectos que estropean cualquier novela y que asesinan, por cierto, cualquier conversación. 







P.D. Como reseña, digamos, meliflua, por no decir algo peor, aquí.
















sábado, 12 de mayo de 2018

'Los perros duros no bailan', de Arturo Pérez-Reverte

Cada día es la efeméride del óbito o del nacimiento de alguien. Especialmente celebrados son los de escritores/as, porque salvo en casos muy determinados, y tras haber pasado un periodo prudencial tras su fallecimiento, concejales y ex concejalas de cultura, presidentes, alcaldes y líderes de la oposición pueden arrimarse al recuerdo del fallecido (o frotarse con él) sin sonrojo ni lecturas previas, que ni falta hacen. 

Así, hace poco, el pasado 10 de mayo se celebraron algunos actos en recuerdo del nacimiento de Benito Pérez Galdós, el 175º aniversario. Dentro de dos años, como nos recuerda el ubicuo presidente del Cabildo, el 100º aniversario de su muerte. Así, políticos de izquierda, derecha y transversales se hacen selfies con bustos, retratos o libros de Galdós, algunos organizan lecturas de su libro al estilo de lo que se hace con la lectura de El Quijote (El Libro Sagrado) y todos expresan públicamente su admiración por su vida y obra, hasta la extenuación y el asco.

Esa apropiación de Galdós, un literato al que no se le daba mal fustigar a la clase política, a la Iglesia y a la sociedad de su época, no es ingenua. El halo de un/a escritora/a cuya crítica pertenece a otro tiempo, y que, por lo tanto y salvo lecturas más profundas, puede considerarse ahora inocua, bien puede iluminar, orear y dorar a nuestros representantes tan faltos de fundamentos éticos e intelectuales que uno se los imagina correteando aquí y allá para pedirlos prestados (en el mejor de los casos) de donde sea. Suele citarse, para glosar su figura, la campaña de infundios y descrédito que sufrió el mentado Galdós por sus posiciones políticas y morales que, según se dice, le costó el Nobel. Mucho me temo que gran parte de esos políticos y demás próceres actúan o actuarían igual contra aquellos artistas que se atrevieran a criticarles a ellos o a sus actos. Creo que ejemplos hay unos cuantos de presiones, prohibiciones, censuras y condenas.

Es por ello por lo que dichos homenajes, que en nada importan a los/as difuntos/as, se celebran, al igual que los premios de toda clase y condición, no tanto para honrar y reconocer al/la escritor/a o como para que la institución que los concede u organice adquiera notoriedad en la esfera pública y se dote de una aura cultural para diversos fines, entre otros para que, por un tiempo, olvidemos que están pobladas y a veces dirigidas por sospechosos habituales. Lo cierto es que esta estrategia parece haber rendido rédito, y así, con el paso del tiempo, se ha fundido tanto con los usos y costumbres de la sociedad que si las instituciones públicas se olvidan de honrar a alguien apreciado por algún sector social, se considera una afrenta y una injusticia casi inadmisibles.

Hay que señalar, además, que en esta nueva época de gobernanza y creciente importancia de las empresas privadas en la esfera pública, éstas también se animan a reivindicar u homenajear a quien se les cruce por delante si consideran que sirve para realzar su imagen corporativa. Aquí, por ejemplo. Viva el oportunismo.

Por si fuera poco, y para hacer más risible la cosa (y no se diga que me olvido del/la ciudadano/a de a pie), en estos tiempos de redes sociales, casi cualquier individuo/a, por más justamente anónimo/a que sea, no pierde la oportunidad para mostrar sus condolencias por la muerte del/la cantante o escritor/a de turno o para expresar su alegría o "felicitación" al/la artista homenajeado/a en su efemérides. ¿Y a nosotros qué nos importan los sentimientos de esa persona al respecto? Pues ya ven.

Por cierto, el pasado 5 de mayo, los suplementos culturales nos atosigaron con toda clase de tonterías, llamados análisis o artículos, sobre Marx, aprovechando que la fecha de su nacimiento.

En fin, vayamos a lo nuestro:




Esta es una historia de perros. Quiero decir, los protagonistas son perros, que piensan y hablan con lenguaje humano. Claro está, porque, de lo contrario, ¿cómo podríamos leer la historia? Aquí radica la primera dificultad en lo tocante a la verosimilitud, digamos de carácter metalingüístico. Si un perro cuenta su historia, pero ni entiende a los humanos, ni ellos a él (ni a los demás perros), ¿cómo es posible si quiera concebir una historia desde el punto de vista de un animal? Para posibilitar esa narración habría que crear un nuevo lenguaje, con su diccionario, su gramática, etc. Eso si pensáramos que ese lenguaje es posible concebirlo al estilo de los lenguajes humanos, por muy extraños o exóticos que nos resulten muchos de ellos. Así que, ¿cómo es posible imaginar un lenguaje inimaginable para un ser humano? Cuestiones parecidas se dejaban ver en la novela de Stanislaw Lem o en la de China Miéville que hemos reseñado.

Sin embargo, creo que Pérez-Reverte no se plantea estos dilemas, que por sí solos podrían haber abortado este proyecto literario. Más bien, una posibilidad es que sus referentes sea El coloquio de los perros, de Cervantes, en el que unos perros, asombrados, adquieren el don de la palabra y comienzan a dialogar entre sí. Eso, o las películas de Disney, por ejemplo, en el que todo ese problema de la verosimilitud se deja a un lado sin mayor problema humanizando a los animales, y así vienen Kimba, los amigos acuáticos de la Sirenita, Nemo, Bambi, etc. Eso, en cuanto al problema (yo lo considero tal) lingüístico. De fondo, y de manera no muy disimulada se hace referencia a La llamada de la selva/lo salvaje, de Jack London, con sus raptos de perros, peleas, lucha por la supervivencia, la nobleza y la crueldad de animales y humanos, la lucha por la vida, etc. Sin embargo, mientras en la novela de London, la narración era en tercera persona, a cargo de un narrador omnisciente, en Los perros duros no bailan (referencia a la novela de Norman Mailer, Los tipos duros no bailan, que tenía su punto macarra y cómico), la narración corre a cargo del personaje principal, Negro, en primera persona.

Ya les voy adelantando que la novela se lee rápido y fácil, sin mayores complejidades en cuanto a su estructura, lineal. Es el relato de unos hechos situados en el pasado, con un vocabulario coloquial o vulgar, y que no representa desafío alguno al lector; unos personajes que representan ciertas virtudes o tipos sociales, eso sí, muy humanos; y unas escenas cortas e intensas, bien resueltas, que no llegan a aburrir, aunque la historia, en su conjunto, no ofrece mayores sorpresas ni reflexiones originales, precisamente. Los diálogos también están bien perfilados y ágiles, aunque queda claro que ni los juegos de palabras ni los guiños literarios representan las mayores virtudes literarias del autor.

Lo malo es todo lo demás. Me explico: hay inconsistencias lógicas insoslayables. Si los perros sólo entienden a los humanos por el tono, no entienden las letras ni las palabras en los periódicos, etc., ¿cómo es posible que no sólo que entre ellos hablen de personajes humanos como Espartaco o Hitler, sino que además manejen conceptos como el nazismo, comprendan el mismo devenir histórico pues conocen sus ancestros y las razas de los sucesivos cruces, distinguen nacionalidades (que no son sino divisiones culturales y físicas humanas), etc.? Albergo la impresión de que a Pérez-Reverte esos problemas son naderías, que lo que de verdad le importaba era crear algo parecido a una alegoría, en que la sociedad perruna fuera un trasunto simplificado o, algo peor, purificado, de la sociedad humana. ¿Qué quiero decir con purificado? Arriesgándome a hacer una teoría de la mente revertiana, pienso que el autor buscaba aislar los elementos básicos que motivan las acciones de las personas: valor, cobardía, venganza, lealtad, falsedad, por ejemplo, sustrayéndolos de la compleja maraña de relaciones, valores, constricciones, etc. de las sociedades modernas.

Sin embargo, en esa purificación, en ese destilamiento, lo que le queda, a fin de cuentas, es la violencia y el machismo. El perro-héroe tiende a minimizar su inteligencia y a valorar su capacidad para la violencia. Asimismo, uno de los perros que va a rescatar (ahí reside el motor de la trama: el rescate de amigos en apuros) se convertirá en un asesino, producto de su brutalización a manos de los humanos. El otro perro, que no tiene las cualidades para ser un perro de pelea, sin embargo logrará sobrevivir gracias a que lo convierten en un semental, cómo no. Por otro lado, las hembras apenas disfrutan de protagonismo, salvo para ser montadas placenteramente, dejándose ver apenas algún atisbo sentimental. La única perra con carácter, y que no deja montar, es, claro, una feminista resentida. Por supuesto, en esa minisociedad perruna, también hay una "putilla" (pág. 33) y un "maricón".


Margot era, y lo sigue siendo, una perra resentida, áspera, feminista -ninguno de nosotros podía alardear de haberla montado nunca- y con muy mala leche. (pág. 17)


Una de las ventajas que los animales poseemos sobre los humanos es que nadie nos exige ser políticamente correctos. Ahí jugamos en casa. Miren los monos: todo el día dale que te pego al manubrio o la coyunda, a su rollo, con los niños encantados en los zoológicos y los padres riendo la gracia. O sea, que los animales estamos a salvo de esa clase de gilipolleces. De momento, al menos. Nadie anda fiscalizándonos, y cuando se impone nuestra naturaleza tenemos la excusa de que somos, dicen, irracionales. (...) Si lo que le dijimos aquel día se lo dice un humano a una humana, el fulano acaba en comisaría a la media hora. Pero por suerte no éramos humanos. Los perros somos machistas, oigan. Faltaría más. Y a mucha honra. (págs. 26-27)

Rudi, o Perlita, como prefería que lo llamaran, era un caniche gris perla de pelo rizado que iba siempre muy de peluquería, recortado en las patas y cardado en el rabo y la cabeza. Divino de la muerte, osea. Maricón de concurso. Su lado canalla lo llevaba a escapar con frecuencia de su casa -vivía con dos humanas que eran hermanas, solteronas y mayores- y a dejarse caer por el Abrevadero en busca de emociones fuertes. Lo volvían loco los perros callejeros sin raza ni escrúpulos, a los que pedía que lo azotaran con el rabo y lo llamaran perra. (pág. 58)

Supongo que algunos serán capaces de denominar a esto crítica social o, sin ir tan lejos, valentía o incorrección política. Habrá que ver dónde está la valentía en denostar a personas o grupos que han sido históricamente dominados, vejados y apaleados. Y lo siguen siendo. Se me podría acusar de injusto por establecer una igualdad entre el personaje Negro, el perro protagonista, y el escritor Pérez-Reverte. Uno no tiene por qué comulgar ideológicamente con el otro. Sin embargo, la lectura de algunos artículos del escritor y sus manifestaciones públicas sí que establecen las bases para afirmar, al menos, cierta conjunción. Ya lo valorarán Vds., por supuesto.

En fin, mi conclusión es que, si uno supera el tufo masculinista y el tópico del tío duro pero con corazón, se lee bien, con ritmo y vívidas escenas de acción, lucha y muerte. Incluso con sabor épico. Pero le queda a uno un regusto desagradable: es mucho superar.

Este tipo de escritores que también escriben artículos de opinión, intervienen en tertulias, etc., y a los que, por tanto, se les califica a menudo de intelectuales, tienen su público, y numeroso. Un público antiguo para un autor antiguo, sin embargo. Representa Pérez-Reverte, a pesar de sus diatribas contra los políticos y la política, o por eso mismo, una vuelta a los valores de verdad, los buenos, sin tanta corrección política. En un mundo donde los usos y costumbres se han trastocado de tal modo que no es posible saber cómo desenvolverse, cómo ser sin ambigüedades, algunas personas piensan que lo ideal es volver a una época de certezas (que quizá nunca ha existido, salvo en su mente) cuando los hombres eran hombres y las mujeres, mujeres, cuando los conflictos se resolvían con un par de buenas hostias, mancillar el honor se pagaba con sangre y cosas así. 

Es evidente que no todos los problemas se resuelven a base de deliberación democrática y empatía, que en muchas ocasiones hay conflictos de intereses, de suma cero, en los que el consenso es imposible. Para eso están las negociaciones, las soluciones de compromiso, etc. A veces, claro está, contra un régimen opresor, contra grupos que pretenden la dominación por la fuerza y la esclavitud, solo queda el legítimo recurso a la insurrección, pero de ahí a exaltar la violencia como un valor masculino y natural queda un trecho. Un trecho moral que, para muchos, por lo visto, es insalvable.







P.D. Reseñas positivas, que ven otras cosas y no ven lo que yo veo. Aquí y aquí. Otra, más cercana a la mía, aquí.











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sábado, 5 de mayo de 2018

'Conjunto vacío', de Verónica Gerber Bicecci

Hay reseñas que le dejan a uno agotado, como la última, la de Calibán, de Ángel Sánchez, pero con las que al mismo tiempo se experimenta algo parecido a la satisfacción (momentánea, modesta). Ello se debe, me explico, no tanto al texto final, más o menos memorable, como al trabajo de lecturas previo a su escritura. Se produce, entonces, una ampliación del acervo propio, un ensanchamiento del horizonte literario (y político, en este caso) que compensa con creces el esfuerzo. Con independencia de que la reseña haya gustado más o menos (uno siempre aspira al texto perfecto, aunque es evidente que tal cosa es un ideal contrafáctico).

Recuerdo, en mi formación como traductor, y en mi escasa experiencia profesional posterior, algo parecido: todo ese trabajo previo de acumulación de referencias, datos, lecturas y conversaciones que al final se encarnaban en un texto. Casi que lo de menos era el resultado, aunque uno bien podía, con la debida cautela, enorgullecerse de haberlo creado. Lo de más era ese bagaje recién incorporado, que en muchas cosas no era mera acumulación de conocimientos, sino también en ciertos casos transformación de uno mismo. Un trabajo intelectual sutil, de precisión cuyo valor en Literatura (y en todos los campos del saber) es y ha sido crucial.

Algo parecido podría aplicarse al oficio de escribir: ese acto creativo donde no hay nada físico a lo que agarrarse, solo el recordar, el imaginar y el pensar. Es en el acto del plasmarlo con signos, en la materialización de nuestra imaginación cuando se evidencia el trabajo previo vital e intelectual, el esfuerzo contumaz por desovillar esa idea escondida y el talento pulido por la experiencia.

Bueno, amigas y amigos, no sigo por ese camino, que parece que estoy a punto de venderles la inscripción a un curso de escritura creativa, apresúrense que quedan pocas plazas y todo el mundo termina muy contento y nos hacemos foto para el Face, todos tenemos un escritor dentro...








Al lector, digamos, convencional, esta obra le llamará la atención porque está constituida por escenas (¿capítulos?) de tamaño irregular, que en ocasiones llegan a las 3 páginas y otras son una mera frase. Además, junto a ellas, la escritora inserta círculos que se entrecruzan, solapan, etc.: los famosos y familiares diagramas de Venn que todos recordamos de la EGB (o Primaria, en la actualidad). Estos diagramas tienen, a mi parecer, una función necesaria en la comprensión del texto, y la narradora se refiere a ellos expresamente, por lo que no son los típicos anexos que casi nadie mira. Aunque no es la primera vez, ni será la última, que se insertan símbolos matemáticos, lógicos, etc., en una obra literaria, al menos en este caso no me resultan demostrativos de la pretenciosidad ni vanidad de la autora, no son artificiosos, en definitiva, sino que consigue que se integren la historia con naturalidad. Mejor: que forman parte de ella. 





Por otro lado, la historia en sí no es nada del otro mundo: la narradora, Verónica Gerber, inicia el relato con el regreso de la protagonista a Argentina, tras el exilio de la familia en México. La historia gira en torno al recuerdo de la repentina desaparición de su madre (o abandono) y a los fracasos amorosos de la protagonista. Tiene un hermano, viven en una casa a la que denominan "búnker", la abandona un novio, luego otro, la soledad, etc. Tengo la impresión de que la historia, que no llega a aburrir, pero por poco, es más bien un soporte sobre el que la autora se propone indagar en la propia sensibilidad, que a veces la deja, si no atónita, si desconcertada por la complejidad del mundo y por el sufrimiento que este, de modo inesperado, causa. Esas reflexiones cristalizan, como he señalado, en una expresión simbólica singular. No obstante, no puedo evitar el pensar si la exposición y categorización de las, por ejemplo, relaciones humanas por los diagramas de Venn esclarecen ideas, develan conclusiones reveladoras o son, por otro lado, una muestra de la incapacidad de la autora en desgranar con palabras, en tamizar con finura lingüística todo el aluvión de pensamientos y sentimientos que alberga y con el que no llegamos a empatizar del todo.

Esto último viene reforzado por algunas frases banales o de tipo sentencioso, que rebajan el nivel de la prosa, como "Tenía que ponerme a hacer algo, lo que fuera. O eso, o volverme loca" (pág. 29), "En el diálogo interior todas las palabras vuelven como boomerangs" (pág. 39), "Supongo que me produjo empatía solamente porque Yo(Y) me había convertido en el personaje secundario de mi propia vida" (pág. 96). Sin embargo, no logran destruir la atmósfera general de fascinante síntesis entre geometría y vida, aunque la circularidad de la historia pueda parecer algo forzada.

Por otro lado, a la trama, o a la sucesión de escenas, le falta consistencia, a los personajes algo de cuajo, de solidez, de corporeidad, salvo a la narradora-protagonista. Quizá es esa autorreferencialidad, o ensimismamiento, lo que le aporta valor y, de manera simultánea, lo que le resta vuelo.







Para terminar: Conjunto vacío es una obra cuya intención estética está plenamente lograda, entendiendo por ella la feliz conjunción entre signo y símbolo, en la síntesis entre esos elementos con la que se expresa una historia que, tras su lectura, no puede ser imaginada de otra manera. A mi parecer, es un logro nada desdeñable. Sin embargo, la historia podría haber tenido más ambición, haber aspirado a mayor grandeza. Llámenme inconformista.








PD: Las fotos son mías, ante la imposibilidad evidente de citar de otro modo. Si la editorial o la autora lo piden, las quitaré.









lunes, 30 de abril de 2018

'Calibán', de Ángel Sánchez

Habiendo, como habrá, personas más capacitadas filológicamente para, como dice uno de nuestros representantes más destacados de nuestra mediocre literatura actual, "separar el grano de la paja", me pregunto la razón de que esa crítica no se haya producido, al menos de manera sistemática, en el ámbito de nuestra literatura local, ni siquiera por él mismo. Ya he adelantado razones en otras entradas, pero lo que cada día me resulta evidente es que la mayoría de los/las escritores/as están incapacitados para esa función, en el mejor de los casos por su posición subordinada en el campo cultural o, en el peor, por su incapacidad intelectual. 

Respecto del primer impedimento, que es el que más me interesa, el deseo de fama y reconocimiento se vehiculan no tanto por el talento artístico como por la publicación, la distribución y la visualización en el espacio público: medios de comunicación, especialmente. La invisibilización en el ámbito literario se lleva a cabo mediante barreras a la entrada del campo cultural por sus guardianes: jefes de los suplementos culturales, de los espacios en radio y televisión, por ejemplo, o por los críticos reconocidos por los anteriores y que cuentan con su espacio en esos ámbitos. Así, cualquier escritor/a ve coartada su potencialidad crítica, sobre todo si es negativa, respecto de otros escritores/as que puedan tener relaciones de algún tipo con aquellos guardianes del campo comunicativo o, también, con los encargados de editoriales que los publican. Asimismo, no solo los escritores, sino también los especialistas académicos o los periodistas culturales, ante la posibilidad de desairar no solo al autor del objeto de la crítica, sino de los otros sujetos anteriores, tienden a un tipo de reflexión neutra, de compromiso, con lo que dan por salvada una situación que fácilmente podría derivar en su perjuicio.

Por otro lado, también funciona la lógica lobbista, por la cual un grupo de personas con veleidades literarias y de variados talentos se promocionan unos a otros desde sus respectivas tribunas periodísticas, con lo cual se aseguran su visibilidad y evitan la mala publicidad. Esta manera de estar presente en la esfera público-artística no contradice la lógica de la mencionada evitación de la crítica, sino que más bien la complementa.

Por mi parte, nada tengo en contra de la mediocridad: todos somos mediocres en la mayor parte de lo que hacemos, ni gran interés tenemos en la excelencia, que tan mala prensa tiene por la inflación de la ideología del neoliberalismo. Tampoco, de que algunas personas vivan de publicar malos libros ni de que disfruten de un público comprador. Lo que de verdad me molesta es el engaño, sobre todo de la mentira desvergonzada, de ese elogio desmesurado perpetrado con desfachatez. Debe de ser que no me gusta que me falten al respeto, en lo que incurren cada vez que uno de esos mentirosos se emplea a fondo en glosar las virtudes de una porquería en forma de libro.

Dicho lo cual, pasamos a la siguiente novela, Calibán, del próximo premio Canarias 2018 de Literatura, Ángel Sánchez.





Hay dos formas, al menos, de abordar la lectura de esta novela. La primera es la del lector o lectora incauta, no especialmente culto, virgen de intertextualidades. La segunda es la de quien conoce la obra de Shakespeare, La Tempestad, y las variadas interpretaciones y lecturas en clave de crítica postcolonial o su rechazo a éstas. 

Recapitulemos: Calibán es el nombre del personaje que se encuentra en una isla a la que arriban Próspero, Duque de Milán, y su hija Miranda tras ser expulsados de su ducado. Calibán es medio humano y medio monstruo, hijo de una bruja y un demonio. En la obra de Shakespeare, que toma el título de una tempestad provocada por Próspero (que además de duque (o ex-duque) es poderoso mago), la acción transcurre cuando Próspero ya es el dueño de la isla, el amo de Calibán y también de Ariel, un espíritu del aire al que liberó de su prisión dentro de un árbol (fue encerrado ahí por Sycorax, la madre de Calibán). A la isla, por esas cosas del destino, llegan años más tarde sus enemigos y se suceden diversas peripecias que no contaré para que quien no la haya leído o visto representada disfrute de ella con plenitud. 

En todo caso, lo importante es fijarse en lo siguiente: Calibán era, por decirlo así, el dueño de la isla. Luego llega Próspero y con su poder (mágico) lo somete, y también lo civiliza, al menos en parte, enseñándole su idioma. Así pues, diversos escritores y ensayistas latinoamericanos  explotaron la simbología a que se prestaban Calibán y Próspero, como el colonizado y el colonizador, respectivamente, y posteriormente a toda una literatura postcolonial, de la alteridad, etc., al respecto. Algo de lo que, por ejemplo, Harold Bloom abomina (véase su Shakespeare, la invención de lo humano). Aquí pueden encontrar algo de información al respecto, o aquí, o aquí, entre muchos más ensayos.





A todo ese corpus, se suma, en 2013, el poeta y académico canario de la Lengua, Ángel Sánchez, con Calibán, que noveliza la comedia shakesperiana y la sitúa en nuestro archipiélago. Además, añade dibujos, lo que a mí, en particular, como lector de esas colecciones de clásicos adaptadas al público infantil de los años 70, me agrada en particular (sí, una debilidad). Así pues, Sánchez aprovecha el formato novelesco para proporcionarnos contexto, para hablarnos de los años previos a La Tempestad y de lo que vino después, para, en definitiva, darnos su versión. Empresa arriesgada, pues en principio es justificable la cautela a la hora de enmendar, complementar o mejorar a Shakespeare. Hay por cierto, una iniciativa de una editorial británica que consiste precisamente en novelizar algunas obras de Shakespeare (véase aquí), por si a Vds. les interesa este tipo de transformismos, tan habituales, por ejemplo, con el cine.

Para mí, la pregunta es: ¿Qué necesidad había de reescribir La Tempestad?  ¿Es tal fascinación que se siente por Shakespeare que no puede escaparse de su influjo? Esa es la pregunta de un lector que conozca el trasfondo literario, histórico y crítico de Calibán y de La Tempestad. Si el lector es ignorante de la comedia de Shakespeare, su perspectiva es diferente. La pregunta sería: ¿Es Calibán una obra interesante o estimulante? O ¿vale la pena leerla por sí misma?

Calibán está escrita en un estilo deliberadamente arcaico, que al susodicho lector virgen es posible que le extrañe. Es asimismo, una novela minuciosa, rica en detalles, lo que a veces resulta un tanto fatigoso, con un esquema lineal, contada la historia por un narrador omnisciente. Poco hay de los diálogos shakesperianos, ni de la agilidad de la sucesión de escenas de La Tempestad, aunque las siga con fidelidad. Hay un relato correcto, con riqueza verbal, también con mayor profundización de la psicología de los personajes de lo que se permite Shakespeare, aunque es discutible que eso los mejore, salvo, quizá, a Ariel. Ángel Sánchez construye, por otro lado, un personaje Calibán más humano, al dotarle de mayor dignidad, primero en su acto de rebeldía verbal frente a Próspero y luego en su revolución física. 


Mas no era Ariel uno de esos geniecillos malévolos, dueño de torpes travesuras y piruetas que descalabraban a sus señores, si bien de natural pícaro y travieso. Como Próspero lo trataba bien, considerándolo un aliado inteligente, estimaba ya a su Señor, no solamente por el beneficio realizado en su desdichado encantamiento, sino porque juzgó que era todo lo contrario a la malvada dueña que fuera la bruja Sycorax. Su Señor: un hombre, en fin, de gran ciencia y alabanza. Eso sí: debía advertirle de tarde en tarde que Calibán no era de fiar, siendo como era de la semilla del diablo, y que debería vigilar más su cercanía a Miranda, aquel ser tan frágil que pudiera verse confundido por sus argucias o engañado en alguna de las torpezas lúbricas a las que era tan dado. (pág. 83)

Otras conversaciones en aquellas tabernas y mentideros de los muelles le hicieron saber de la vida de gente diversa que venía o iba a las Indias de Ultramar, que tales eran soldados de leva, sacerdotes, monjes franciscanos, dominicos o mercedarios y aventureros escapados de alguna prisión de la Andalucía, pretendiendo esconderse de la justicia del Rey en algún lugar de Nueva España, en Panamá, Cartagena de Indias o en la misma Habana en Cuba. Consideró Ariel que tales conversaciones no convenían a sus fines, prosiguiendo su rumbo aéreo por otras partes de aquella Ínsula, a la que unos llamaban Canaria y otros Tamarán, su primer nombre, que lo decían los más pobres y escondidos pastores del interior (...) (pág. 143)


Pues, magnánimo Señor, me atrevo a preguntaros: ¿Es Calibán persona, mi Señor? 
No propiamente, de iure, digámoslo así...-dijo Próspero, tras meditar la respuesta. Parte de él es humano... Un raro ejemplar de mestizo malparido, curioso cruce de negatividades al que no concedo siquiera la sospecha de poseer un alma inmortal. Más bien la de un súcubo indeseado, e inocente de serlo. ¡Singular portento! -exclamó Ariel- que ahora mismo arrastra un barrilete de vino que le quedó de sus compinches, y vaga babeante por esas laderas... Es su parte humana: un aprendiz de borracho... ¡Sapristi! -dijo en igual tono el duque nigromante- Sólo me falta ver a Calibán ebrio! ¡Es capaz de pensar correctamente y hablar con sensatez, que tal es su mente inversa a la lógica de las situaciones! (pág. 259)


Finalmente, el autor dibuja un escenario postshakesperiano de pleitos amorosos y una sorprendente transformación de Calibán que más bien parece una redención. En mi opinión, la verosimilitud de la historia pierde fuerza en esta parte final (una historia, recordemos, en que hay un mago, un genio del aire y el hijo de una bruja y un demonio), precisamente cuando ya no hay Shakespeare de por medio. Me aventuro a pensar que el autor, que a buen seguro habrá leído toda la literatura calibanesca posterior a La Tempestad, quiso añadir su toque particular, no solo por el emplazamiento canario de la obra (lo cual tiene su lectura política) sino también por el re-nacimiento del personaje Calibán. 

En definitiva, para algunas/os lectoras/es podrá considerarse una obra innecesaria; para otros/as, quizá, una correcta historia de aventuras; puede que, para unos/as últimos/as, una lectura atrevida, por cuanto que el colonizado, de algún modo, conquista al colonizador y que, por lo tanto, merece añadirse a la literatura especializada sobre el símbolo de Calibán.





martes, 17 de abril de 2018

'Extinción', de David Foster Wallace

Hoy toca confesión. No de que haya vuelto a leer novela negra ni nada parecido, no teman. Demasiadas, y bastante mediocres, he leído ya. Y Vds. también, no mientan. Hasta que no me vengan recomendadas, no volveré a tocar una. Pero, claro, basta que escriba esto y se propague por la Red, para que incumpla, de nuevo, mi solemne (más o menos) última promesa. 

La confesión viene motivada por otro asunto: la pasada semana asistí a una presentación de una novela (ya pueden llevarse las manos a la cabeza y prorrumpir en desagradables quejidos, no se lo tendré en cuenta). Lo cierto es que desde hace tiempo se ha instalado en mí la creencia de que estas presentaciones no son más que una lastimosa pérdida de tiempo (cada vez nos queda menos, recuerden, para que alguien alce nuestra calavera) precisamente porque son presentaciones, y no debates. En estos tiempos, estoy convencido de que la única actitud posible ante la obra de un/a escritor/a, ya sea de ficción o no, es la polémica. En mi escenario ideal, los asistentes deberían haber leído ya el libro y su obligación sería la de importunar y amonestar al autor cuando y en lo que creyeran pertinente. También cabría el elogio, pero solo como nota marginal, como molesta cita a pie de página. Porque, también en mi mundo ideal, nadie acudiría a una reunión intelectual o artística con la mera finalidad de agasajar, que es lo que suele ocurrir en las presentaciones de novelas en el mundo real. La discusión engendra ideas, el elogio solo confirma supersticiones (esto último debo de haberlo leído en alguna parte).

¿Por qué asistí?, podrían preguntarse. La respuesta es sencilla: conozco al autor, al que aprecio, de hacía muchos años e inferí que le sentaría mal que no acudiera (es probable que infiriera demasiado). Aunque no lo parezca, suelo ser bastante empático y sensible ante los sentimientos ajenos. Quizá debería perfeccionar el arte de la excusa mendaz, pero tiendo a ser sincero en todo lo que hago, y mentir me cuesta trabajo. Así que ahí estaba yo, la otra tarde, viendo al recién estrenado novelista alcanzar la gloria, rodeado de aficionados a las presentaciones de novelas y también de algunas celebrities literarias locales que tuvieron a bien celebrar la entrada en sociedad de su discípulo. Hubo agradecimientos al mentor de turno, cálidos aplausos, esbozos de humor, declaraciones de amor eterno a la lengua española y a los clásicos muertos, etc. Nada nuevo. Tampoco nadie lo esperaba, a decir verdad. 

 La conclusión, en todo caso, es que me reafirmo en mis convicciones: una presentación de una novela es, sobre todas las cosas, una pérdida de tiempo, de tintes lastimosos. Así que aprovecho para darles consejos, ya que se avecina la Feria del Libro: no vayan a presentaciones, no hagan caso a los suplementos literarios, guíense por su intuición aunque se equivoquen, sean sinceros/as consigo mismos/as, adopten un perro/gato y reflexionen acerca de sus convicciones democráticas mientras acarician al animal.




(La portada me parece perfecta, ya que estamos)



Por el contrario, a modo de comparación (quizá demasiado fácil), no es en absoluto una pérdida de tiempo entrar en el mundo (universo es tal vez demasiado ampuloso) literario de David Foster Wallace. Ya había disfrutado de la lectura de Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, aunque la naturaleza del trabajo periodístico lo aleja, en gran medida, de las características más específicamente literarias de Extinción, una colección de relatos, que es la obra que nos ocupa en esta ocasión.

Extinción no es sencilla. En particular, su primer relato, Señor Blandito, es un desafío para todas/os aquellas/os que estén acostumbradas/os a construcciones Sujeto+verbo+predicado, punto y seguido, y vuelta a empezar. Además, tanto en este como en los demás, Wallace es minucioso hasta el extremo, de un modo tal que se intuye la elaboración de gigantescos dossiers sobre cada uno de los elementos importantes (o no tanto) de la narración. Quizá esta forma de escribir provenga en parte de su doble formación matemática y filosófica. Puede ser (imagino que habrá por ahí mil exégetas de este autor) que es un modo de evitar no solo el lugar común, la visión corriente, el tópico automático, sino también, en definitiva, su esfuerzo por aportar otra manera de ver las cosas, tal vez, hablando kantianamente, de descubrir la cosa en sí, que ya es mucho decir. Que digerir este estilo resulte difícil, no lo dudo. Que en otras ocasiones nos parezca innecesario, pues también. Que el resultado es abrumador y fascinante a la vez, esa es la conclusión fundamental a la que termino llegando.


Dentro del equipo ∆y, el único posible ascenso de Schmidt era a Director de Investigaciones, un puesto ocupado ahora por el mismo emigrante cetrino, locuaz y obsequioso (con hijos en edad universitaria y una esposa que siempre parecía a punto de aullar) que le había hecho tan difícil la vida profesional a Darlene Lilley en el último año. Y por supuesto, aunque el Equipo ejerciera la debida presión mediante votación sobre Alan Britton para que este echara a Robert Awad y luego, aun en el caso de que (y sería harto improbable) el rotundamente vulgar Terry Schmidt fuera elegido y exitosamente promovido ante el resto del escalafón superior del Equipo ∆y como sustituto de Awad, la posición de Dtor. de Inv. en realidad no comportaba nada más significativo que la supervisión de dieciséis Investigadores de Campo que eran simples piezas como el propio Schmidt, además de llevar a cabo orientaciones desganadas para los nuevos empleados, además, por supuesto, de supervisar la compresión de los datos de los GDO en diversos totales estadísticamente diferenciados, todo lo cual se hacía con software comercialmente disponible y no comportaba nada más significativo que añadir gráficas a cuatro colores y un montón de jerga llena de siglas diseñada para hacer que una investigación que cualquier alumno de secundaria mínimamente competente podría haber dirigido pareciera sofisticada y relevante. (págs. 57-58)


Por lo que a mí respectaba, yo empecé a tener pesadillas sobre la realidad de la vida adulta tal vez ya a los siete años. Ya por entonces sabía que los sueños tenían que ver con la vida y el trabajo de mi padre y con el aspecto que tenía cuando volvía a casa del trabajo al final de la jornada. Siempre llegaba entre las 5.42 y las 5.45 y normalmente yo era el primero en verlo entrar por la puerta delantera. Lo que ocurría seguía una rutina casi coreográfica. Entraba ya girándose a fin de empujar la puerta para cerrarla detrás de sí. Se quitaba el sombrero y el abrigo y colgaba la chaqueta en el armario del vestíbulo. Se aflojaba la corbata enganchándola con dos dedos, le quitaba la goma elástica verde al Dispatch, entraba en la sala de estar, saludaba a mi hermano y se sentaba con el periódico a esperar a que mi madre le trajera un combinado. Las pesadillas siempre empezaban con una panorámica de una serie de hombres sentados frente a escritorios en hileras dentro de un pasillo o una sala enorme y muy luminosa. Los escritorios estaban meticulosamente organizados en hileras y columnas igual que los pupitres de un aula de la escuela R.B. Hayes, pero aquellos escritorios se parecían más a las mesas grandes de metal gris que los profesores tenían al frente de las aulas, y había muchas, muchas más, tal vez cien o más, todas ocupadas por hombres con traje y corbata. Si había ventanas, no recuerdo haberlas visto. Algunos hombres eran mayores que otros, pero aun así eran obviamente adultos: gente que iba en coche, que solicitaba cobertura sanitaria y que bebía combinados mientras leía el periódico antes de la cena. (págs. 129-130)

Si hay una característica, un adjetivo, que se desprenda de estos relatos de extensión dispar (de las 78 páginas de Señor Blandito a las 4 de Encarnaciones de niños quemados) es, tal vez, la deshumanización del individuo, de la que suele ser plenamente consciente, pero, a la vez, no puede evitar. La lucidez no resulta freudianamente curativa, ni mucho menos. En nuestras sociedades, en la que la posmodernidad ya parece un concepto anacrónico, el adjetivo que plantea la filósofa Marina Garcés se muestra con la solidez de la evidencia una vez que lo conocemos: póstuma. La nuestra es una sociedad póstuma. Los personajes de las narraciones de Wallace (narraciones que no son jardines sino selvas de senderos que se bifurcan en mil direcciones) no contemplan un futuro, sino que se limitan a preguntar "¿Hasta cuándo?" Incluso hay personajes póstumos.


El psicoanalista al que vi era buen tío, un tipo mayor corpulento y fofo con un enorme bigote pelirrojo y unos modales agradables y más bien informales. No estoy seguro de acordarme muy bien de cómo era cuando él estaba vivo. Era un tío que sabía escuchar, y parecía interesado y comprensivo de una forma un poco distante. Al principio sospeché que yo no le caía bien o que se sentía incómodo conmigo. Creo que no estaba acostumbrado a pacientes que ya sabían cuál era su verdadero problema. También era un poco pesado con las pastillas. Yo no quería tomar antidepresivos, simplemente no me veía tomando pastillas para ser menos fraude. Le dije que, aunque funcionaran, ¿cómo iba a saber si el responsable era yo o las pastillas? Para entonces  yo ya sabía que era un fraude. Ya sabía cuál era mi problema. Simplemente parecía que no podía dejar de serlo. (págs. 175-176)

El autor, además, es capaz de desplegar estilos diferentes según sea la naturaleza del relato. Una capacidad (algunos dirían camaleónica) de integrar la forma con el contenido, de tal modo que, aun conservando ese aire de familia propio de un estilo singular, con sus digresiones dentro de digresiones y sus notas a pie de página, nos encontramos tanto con un relato de estilo glacial en el que se relatan la vida de un ejecutivo de marketing como con uno de sabor convincentemente etnográfico sobre un niño-oráculo, con el mundo interior de un escolar que fantasea con historias inventadas mientras delante de él comienza a desplegarse una tragedia, o con las pesadillescas visicitudes de un hombre casado frente al síndrome del nido vacío.

Hay, respecto de esta versión al español (traductor: Javier Calvo) algo que me molesta: la acumulación de adjetivos y adverbios delante del nombre, que en inglés es más o menos natural y en español resulta extraña, como, por ejemplo (me lo invento) "la extrañamente ruidosa manera de comer" o "el intrépidamente petulante deseo de ser quién no era". Cosas así. Se admiten sugerencias, pero yo propongo, por ejemplo, transformar el adverbio en adjetivo: "La extraña y ruidosa manera de comer", o cambiar el orden, o transformarlo en una oración de relativo: "Una manera de comer que era extrañamente ruidosa", etc. Mis habilidades de traductor ya están oxidadas, así que las/os lectora/es versados en estos menesteres que den, por favor, un paso al frente.

Hay escritores/as diferentes, en el sentido de que uno es consciente, mientras lee, que nos están haciendo ver las cosas, las personas, el mundo, de otra manera. No es el contar solo una historia de manera más o menos coherente o eficaz. Es aportar un ángulo, o si quieren, unos cuantos matices (busquen las ideas, busquen el estilo) que consiguen que agucemos nuestra visión de las cosas. Es esa ampliación de nuestro horizonte mental tanto hacia afuera como hacia adentro lo que distingue a los escritores que marcan huella. Es decir, es la literatura que molesta y que perturba. Que nos persigue cuando caminamos por pasillos sombríos y también por soleadas avenidas. Cuando nos quedamos boca arriba en el sofá y nos negamos a hacer nada que nos entretenga. Esos raros momentos en que nos permitimos estar y sentirnos solos.  Estoy convencido de que David Foster Wallace es uno de estos autores.

Es quizá por eso, por el encuentro con esta literatura, por lo que uno se indigna ante las desmesuradas pretensiones de tanto fraude literario o intelectual en esta España, en esta Canarias, que nos ha tocado sufrir. Ante tanto conformismo y ante tanta mezquindad. Ante tanta miseria moral.






P.D. También es MUY recomendable, al menos yo la recomendaría a mis amigos, Conversaciones con David Foster Wallace, si quieren saber más de este autor y su discurso literario. Aquí, una reseña.

















domingo, 8 de abril de 2018

'Justicia auxiliar', de Ann Leckie

Soy de la opinión que cualquier persona sensata debe tener sobre la mesa o en el estante correspondiente unos quince libros a la espera de su lectura. Lo que no quita que surjan otras estimulantes posibilidades que se agreguen a los anteriores e incluso se salten la cola. La vida de la persona que quiere entender el mundo, y a sí mismo, no puede saltarse ese paso: lectura y reflexión, reflexión y lectura, y, de vez en cuando, interactuar con otros especímenes humanos. La Universidad de la vida, amigas y amigos, no es suficiente, me temo. Porque el espectro de situaciones en las que uno que se ve inmerso a lo largo de la existencia es, incluso para aventureros y comerciantes, necesariamente limitado y estrecho, y más aún dados los prejuicios que hemos ido incorporando en nuestros accidentes vitales, que sesgan de manera fatal nuestra perspectiva.

Claro que no hay lectura válida que valga sin uno de esos utensilios que tienden a desaparecer cada vez que nos hacen falta: la barra de grafito con madera alrededor. O sea, el lápiz. Sin él, la mayor parte de lo leído desaparece como lágrimas en la lluvia sin haber tenido tiempo de hacerse poso de nuestra conciencia. Es tan triste como un replicante preguntándose por el sentido de su existencia. O como cualquiera de nosotros, la verdad.

Así pues, armados de lápiz y libro de alguien más listo o experto que nosotros en algún área estaremos preparados para aumentar nuestros conocimientos y expandir nuestro horizonte de sucesos. Y si los libros están caros, también es cierto que hay mucha biblioteca digital por estas redes. Tras un par de ensayos y algún tratado, ya notaremos los resultados: la inmensa mayoría de los/las columnistas nos parecerán idiotas y sus columnas, motivo de befa; y los tertulianos, como mínimo, unos desgraciados manipuladores, manipulados a su vez. Como decía Bourdieu, más o menos: "Algunas personas no hablan, les hablan".

Así es, amigas y amigos, consejos gratis doy.

Y ahora, vamos a por lo que han venido aquí:





Esta novela puede considerarse gramaticalmente feminista. No porque, en apariencia, todos los personajes sean femeninos, que puede que no, sino porque a diferencia de lo que ocurre en español, el término no marcado sea el femenino, y el marcado, el masculino. Ignoro cómo es el original en inglés, pero en la versión en español, el resultado no deja de ser un desafío para las convenciones gramaticales. Así, uno tiende a imaginar a todos los personajes como si fueran mujeres cuando es posible que no todos lo sean o, lo que es más sugestivo, que el sexo no importe en absoluto. 

Por otro lado, la historia es una variante singularmente omnisciente del narrador omnisciente. Me explico: el narrador es una IA (venga, va, Inteligencia Artificial, un HAL con cuerpo humano) que durante parte de la historia es tanto una nave espacial (Justicia de Toren) como decenas de soldados (los auxiliares o segmentos) que le proporcionan datos a través de sus ojos y oídos y actúan como ejecutores de su voluntad (o de las órdenes que, a su vez, reciba). Resulta que por circunstancias de las luchas de poder cósmicas, esta IA se ve reducida a ser un mero auxiliar, Esk Una (o Breq) lo cual le frustra un tanto. El problema principal que la autora no resuelve del todo es el de que una IA desarrolle sensibilidad y padezca problemas de naturaleza moral. Es decir, que se emocione, sienta culpa, vergüenza o deseos de venganza, que cuestione órdenes, no sobre la base de su programación, sino de sus afectos o de algo parecido a una ética. Parece, pues, que nuestra IA es humana, salvo por su historia y por su fascinante precisión a la hora de matar gente.



Las unidades auxiliares que solo se activaban para las anexiones a menudo no llevaban más vestimenta que una armadura generada por un implante colocado en el cuerpo. Filas y filas de soldados inexpresivas que podrían estar elaboradas con mercurio. Pero yo siempre estaba en activo y, ahora que los combates habían terminado, llevaba puesto el mismo uniforme que las soldados humanas. Mis cuerpos sudaban debajo de las chaquetas del uniforme y, aburrida, abrí tres de mis bocas, que estaban cerca unas de otras, en la plaza del templo. Y con aquellas tres voces canté: "Mi corazón es un pez. Escondido entre las plantas acuáticas..." Una persona que pasaba por allí me miró sorprendida, pero todas las demás me ignoraron. A aquellas alturas, estaban acostumbradas a mí. (pág. 44) 
A partir de entonces, me convertí en veinte personas diferentes, con veinte series distintas de datos y recuerdos y solo puedo recordar lo que sucedió si reúno todas aquellas experiencias individuales. Cuando se produjo el apagón, mis veinte segmentos, sin siquiera detenerse a pensarlo, activaron inmediatamente la armadura. Los que estaban vestidos ni siquiera intentaron ajustársela para que cubriera los uniformes. En la casa, ocho segmentos que estaban durmiendo se despertaron al instante y, cuando recobré la calma, corrieron a donde estaba la teniente Awn intentando conciliar el sueño. Dos de aquellos segmentos, Diecisiete y Cuatro, después de comprobar que la teniente Awn y otros segmentos que estaban con ella se encontraban bien, se dirigieron a la consola de la casa para comprobar el estado de las comunicaciones. La consola no funcionaba. (pág. 131)
De repente, me di cuenta de que, aunque Estación no había conocido a nadie del Gerentate, era muy posible que Anaander Mianaai sí. ¿Cómo no se me había ocurrido antes? ¿Por algo que habían programado en mi mente de nave y que había permanecido oculto a mis sentidos hasta entonces o, simplemente, debido a las limitaciones del pequeño cerebro que me había quedado como residuo? Puede que hubiera engañado a Estación y a todas las personas que había conocido allí, pero ni por un instante había engañado a la Lord del Radch. Sin duda, ella supo, desde el momento en que puse el pie en el muelle del palacio, que no era quien decía ser. "Las monedas caerán donde caigan", me dije a mí misma. (pág. 340)

Asimismo, el objeto de venganza de la IA, digamos su Némesis, la Lord del Rach, es capaz también de vivir de manera simultánea en muchos cuerpos, lo que dificulta un tanto su eliminación. También, es cierto, esa multiplicidad casi divina es la causa de todos los problemas a raíz de los cuales Justicia de Toren se convierte en un solo ser, en un mero cuerpo.

La novela se estructura en torno a dos narraciones. La primera, trama principal; y la segunda, situada más en el pasado que contribuye a aclarar y a justificar la primera. No hay más alardes técnico-narrativos. Tampoco parece que hagan falta. La versión española, aparte de la cuestión del género, resulta correcta, aunque haya detectado algún solecismo. La traducción es de Victoria Morera. El estilo, pues, no constituye ninguna dificultad para los/as lectores/as poco exigentes. Es más, es probable que lo agradezcan. Supongo que la dificultad es más bien conceptual, por aquello de la unidad-multiplicidad de los personajes. Eso sí, la novela no es un crescendo narrativo que culmine en un éxtasis orgiástico: tiene momentos, mesetas, que en algún momento pueden considerarse como bajón, pero que se supera. Quizá la necesidad de ensamblar ese pasado con el momento de la acción principal requiere de una preparación que incide en el ritmo. En todo caso, se supera bien.

La historia me recuerda a la serie Fundación, de Isaac Asimov, y también a la Historia de la decadencia y caída del Imperio romano, de Edward Gibbon. Creo que leí una vez que Asimov se había inspirado en la obra de Gibbon para su serie de novelas, pero no estoy seguro de que fuera así. En todo caso, en la entrevista que encontramos al término de Justicia auxiliar, Ann Leckie reconoce que se inspiró en la historia del Imperio romano. Pero vayan Vds. a saber cómo y en qué medida. Entre líneas, se encuentran reflexiones sobre el poder, la fuerza, las jerarquías sociales, la definición de ciudadano y la de bárbaro, etc. Echo en falta cierta profundización en esas reflexiones y un engarzamiento causal que cuestionara de raíz las bases ideológicas sobre las que se asienta la civilización a la que pertenecen los personajes. Breves apuntes hay, pero no me atrevería a afirmar que exista un fundamento filosófico poderoso subyacente.

Al parecer, esta novela pertenece al subgénero de la space opera, término que me había encontrado varias veces y cuyo significado, por pura irritación de la consciencia de mi ignorancia, me decidí a buscar: historias de aventuras en clave futurista, grosso modo.

Mi conclusión es que si Vds. no sienten predilección por el género, no pierden nada si no la leen. Si Vds. gustan de la ciencia ficción por las ideas filosóficas o por la potencialidad de los avances o descubrimientos científicos en la transformación de nuestra sociedad o en la conformación de las sociedades del futuro, tampoco esperen encontrar aquí nada novedoso. En cambio, si les agrada la sci-fi por los escenarios imaginarios y el despliegue de situaciones tipo La Guerra de las Galaxias, entonces sí la recomendaría. Si tal es su caso, les agradará saber que hay dos novelas más de la serie. Vivan las trilogías.