miércoles, 16 de agosto de 2017

'De ganados y hombres', de Ana Paula Maia

A veces parece que hay que recurrir a la literatura extranjera para leer algo con sentido y calidad, con una historia coherente y con personajes (no hace falta que sean muchos) creíbles, y con los que (historia y personajes) podamos saber más de nosotros mismos, darnos cuenta de cómo percibimos el mundo real, de lo (in)fundado de nuestros valores y de la justeza o no de nuestros sentimientos. Que haríamos, cómo de desamparados/as nos quedaríamos, sin las/os traductoras/os. 

Para eso, cualquier estilo, cualquier género puede ser adecuado, desde la novela rusa del siglo XIX, a la existencialista, o la feminista, la negra o la sci-fi. Ahora bien, en cada una de esas manifestaciones, en cada uno de esos juegos y experimentos tiene que haber detrás trabajo, voluntad de estilo, posesión y manejo de vocabulario, capacidad de manejar la lógica (aunque sea para vulnerarla conscientemente) y de crear personajes verosímiles. En definitiva, talento para urdir historias y ese algo más. En contra de lo que afirma Murakami, no me parece que cualquiera pueda escribir una novela con un mínimo de calidad. A lo que se publica generalmente en Canarias y en España me remito. 

Lo que no es admisible, además, es que aceptemos cualquier chorrada porque, siempre a modo de justificación, pretenda o proclame transgredir unos supuestos cánones que quizá solo existan en la mente del autor o autora. Ejemplos de ello, unos cuantos. Como la mitad de las obras reseñadas en este blog, por ejemplo. Nada hay como caleidoscopios de baratillo, metaliteraturas a dos por una o referencias literario-musicales de escritor acomplejado para justificar cualquier desaguisado con ínfulas. 

A este respecto, agosto también nos ha vuelto a desagradar con dos reseñas cuya adjetivación como delirantes es quedarse corto (aquí y aquí). A ambas ¿novelas? les he prestado la debida consideración en este blog hace algún tiempo, pero, ya se sabe, los hechos de la Historia aparecen por segunda vez como farsa, como caricatura.

Todo muy triste y vergonzoso.

En fin, hoy dedicamos la reseña de la pretemporada 2017-18 a 'De ganados y hombres':





Es una historia sencilla: lineal, sin analepsis de remendón ni piezas que se ensamblan al final para oh, sorpresa, etc. Por otro lado, todos los personajes trabajan en un matadero y se nos van presentando uno tras otro: Edgar Wilson, Milo, Zeca, Erasmo Wagner, Burunga, Helmuth, Emeterio, Vladimir, Santiago, Bronco Gil... Su existencia gira en torno a la muerte: el sacrificio diario de decenas de reses (excepto los domingos), y cuando no son vacas, son ovejas. En particular, la novela se centra en el aturdidor, Edgard Wilson, que es el encargado de propinar el golpe ejecutor a las vacas. No obstante su pericia, Wilson siente una profunda empatía por los animales que sacrifica. En cierto momento, reconoce, sin ambages, que es un asesino. Como dice otro personaje: 


Alguien tiene que hacer el trabajo sucio. El trabajo sucio de los demás. Nadie quiere hacerlo, eso es lo que pasa. Por eso Dios trae al mundo a gente como usted o como yo.

Absténganse, sin embargo, los que busquen moralinas fáciles, aunque la autora está en un pasaje a punto de caer en él (la excursión escolar). Quizá esta novela ahuyente a los carnívoros irredentos y haga que algunos/as pasen a engrosar las filas de la vegetarianidad, pero creo que su valor reside en que va más allá de la ética animal más o menos académica o de la mera simpatía por los seres sintientes y lleva a cabo un estudio perturbador de la brutalidad de nuestra especie, de su inmensa, sistemática e institucionalizada capacidad de aniquilar la vida, tanto la animal como la humana, si es que nos empeñamos en trazar esa línea. Al mismo tiempo, no obstante, junto a esa eficiente cadena de crianza y matanza del ganado y de satisfacción del consumidor de supermercado, existe otra cadena, la de la pobreza y la miseria, que hace a muchos merodear por el matadero en busca de restos de vaca desechados o de sus cadáveres. 

"Los hombres del ganado", como así se reconocen los personajes de la novela, son como nosotros, pero sin posibilidad ni interés en mantener la venda en los ojos. Nosotros vemos una bandeja de plástico llena de filetes bien cortados en los que el animal no es más que un vago recuerdo de un documental. Los hombres del ganado arrean, alimentan y matan a esos animales. A diario. Un aturdidor como Edgar Wilson mira a los ojos a cada res antes del golpe mortal, buscando en vano una respuesta o una explicación. El asesinato y la moralidad son conceptos difíciles de mezclar, tanto en las personas como en los animales. 


Edgar Wilson conduce y sigue con el pensamiento fijo en la oscuridad de los ojos de los rumiantes, esforzándose por descifrar algún leve signo que logre revelarlos. Pero todo el esfuerzo puesto por su imaginación resulta incapaz de arrojar nada de luz en la oscuridad: ni en aquella que los insondables ojos bovinos proyectan, ni en la penumbra que lo acompaña a él mismo y recubre su propia maldad.


(...) Edgar Wilson sabe cuál es su lugar y conoce sus obligaciones. Nunca nadie lo ha cuestionado por cómo realiza su tarea. Lidia con hombres del ganado y mujeres de la vida todo el tiempo. Está habituado al calor, al polvo, a las moscas, a la sangre y a la muerte. De eso se trata lo que se hace en un matadero: de matar. Jamás se le ocurrió ir al otro lado de la ciudad a cuestionar el modo en que se cocinan los churrascos que él nunca va a comer. No piensa en eso. No le importa quién se vaya a comer la última vaca que ha golpeado; le importa, sí, encomendar el alma de cada rumiante que se cruza en su camino. Cree que esos animales también tienen un alma y que él deberá dar cuenta de cada una de ellas cuando muera. «De cada quinientas, un alma»


Es entonces cuando surge la singularidad. Una singularidad animal. De repente, ese mundo cotidiano de muerte y eficiencia, de eficiente abastecimiento de carne, sufre una sacudida. Como si de repente todo se desencajase, como si ese solapamiento existencial entre los seres humanos y los animales adquiriera una nueva dimensión. Ahí radica la originalidad de la novela, que si ya impresionaba, de repente sube un escalón y nos conduce a la sorpresa problematizadora, a la reflexión.

Los personajes están bien descritos y perfilados, con un estilo sin florituras, pero no exento de un lirismo salvaje adecuado a la trama, en un terreno en el que habría sido sencillo caer en la pretenciosidad moral o en la truculencia peliculera. Los diálogos están bien ajustados, bien trabajados, sin excesos, pero con suficiente información para que hacernos una buena idea de ese mundo de polvo y sangre. Cada personaje tiene voz y hechuras propias. Sólo percibo una contradicción en un personaje, Bronco Gil, que en absoluto se comporta como se nos da a entender en un principio. En cuanto a la trama, se despliega de modo tal que no parece concebible imaginarla de otro modo, lo que quizá es lo mejor que se pueda decir en Literatura. 


¿Qué más puedo decir de esta novela sin salir de mi sobriedad característica? Pues que la recomiendo.



P. D. 

(1) El traductor es Cristian De Nápoli. Aparte de la autora, este señor debe de tener algo de mérito en la lectura en español. Sin embargo, hay un terrible error en la página 113, casi en el peor momento. ¿Culpa del traductor? ¿Culpa del corrector? ¿Acaso no hay corrector? ¿Es la figura del corrector innecesaria? En fin, tema de tertulia. 

(2) Una reseña anterior, más breve y, seguramente, mejor escrita, la pueden encontrar aquí









miércoles, 26 de julio de 2017

'Rey de Picas', de Joyce Carol Oates

A este paso, público lector, acabaré reconociendo que las reseñas que me producen mayor satisfacción son aquellas en las que más me extiendo sobre mis gustos y manías particulares, en vez de la novela en sí. Otro asunto es que ustedes, lectores, coincidan conmigo. Pero eso ya lo decidirán, si es posible, en público y con aspavientos que no dejen lugar a la duda. Así, por ejemplo, leer a Val McDermid, anteriormente a Jim Thompson y ahora a Joyce Carol Oates, produce sensaciones e impresiones bien distintas aunque, aparentemente, todos sean escritores, al menos a tiempo parcial y con contrato en diferido, de novela negra. Aquí entraríamos de nuevo en el espinoso asunto de los géneros, su definición y delimitación. Ni siquiera en todas las novelas hay cadáveres, como en Hijo de la ira (bien es cierto que se muere un bebé, aunque accidentalmente). ¿Es novela negra Hijo de la ira? ¿Sí? ¿No? ¿Nunca lo fue y soy un ignorante? ¿Nos importa un comino, a fin de cuentas? 

En todo caso, en Literatura, lo que importa no es el género de la novela, precisamente, sino otras cosas, como el placer que nos produce la lectura, la sensación de encontrarnos con algo singular, extraordinario, que parece hablarnos a nosotros personalmente, también la fuerza y la belleza del estilo de la escritura en sus casi infinitas manifestaciones o la inteligencia, el ingenio y la sensibilidad en el desarrollo del argumento de la novela y en el despliegue de la trama. Esas obras que, al mirar atrás, siguen brillando en la bruma equívoca de los recuerdos. Esas novelas que exploran regiones antes desconocidas para nosotros, que ponen palabras a intuiciones apenas formadas, a sentimientos turbios, a veces enigmáticos, que estaban aún por descifrar, esos acontecimientos humanos que parece que ya no se pueden nombrar de otra manera, esos personajes en los que cuaja, valga la paradoja, la realidad, pese a no ser reales. Ese mundo ficticio autocontenido, autorreferencial que, sin embargo, y es otra paradoja, se crea a base de referencias a la realidad, como bien señala Eagleton.

Y, bueno, sirva lo anterior para presentar la reseña de Rey de Picas, de Joyce Carol Oates. 






Rey de Picas es, a mi entender, y creo que soy original en este punto, una sátira de la novela negra y del escritor de misterio norteamericano, a más señas y en la tipología sociológica anglosajona, hombre y blanco (y protestante, vamos, lo que suele resumirse por WASP). Además, toma como modelo las novelas de Stephen King, no tanto en su elementos fantasmagóricos y sobrenaturales como en su tendencia a presentar como protagonista de sus novelas a un trasunto de él mismo y en ciertos rasgos estilísticos, como ese recurso a la cursiva un tanto desmedido. No soy un admirador incondicional de King, pero me vienen a la memoria, por ejemplo, Un saco de huesos o, claro, El resplandor. Que no sea fan de King no significa que lo desprecie o algo parecido. Me parece un escritor extraordinario. Sencillamente, nunca tuve ánimo para seguir el paso casi vertiginoso de su producción. Su Mientras escribo me parece, por cierto, muy interesante. La reflexión que allí hace sobre la génesis y proceso de su escritura me resulta más reveladora y sugerente que, por ejemplo, el De qué hablo cuando hablo de escribir, de Murakami, por hablar de otro autor famoso-superventas.

Joyce Carol Oates es mujer, lo que en este caso no es baladí: aprovecha la novela para cargar contra los clichés, no solo literarios, de la novela negra en su país. Así, el personaje principal y narrador de la historia, Andrew J. Rush, es el escritor norteamericano de éxito (aunque no tanto como Stephen King), satisfecho de sí mismo y de lo que ha conseguido, con su vida aplacible y su familia al uso. Su némesis está representada por una mujer entrada en años, C. W. Haider, al parecer bastante desquiciada, que se dedica a demandar a todos los escritores famosos como al mismo Stephen King, o a John Updike y otros, por haber plagiado, cuando no robado directamente, colándose en casa, su propia obra. Por lo que se cuenta, esta mujer intentó desarrollar una carrera literaria propia, pero, aunque sigue escribiendo, jamás alcanzó éxito alguno. Es evidente que la vieja está chalada, pero a medida que el protagonista comienza a indagar en la vida de esta mujer, las cosas comienzan a no estar tan claras.

Por otro lado, Andrew lleva una doble vida, literariamente hablando. Con un pseudónimo (sí, Rey de Picas), escribe otras novelas, que se alejan mucho de las que publica con su verdadero nombre: estas son prístinas e inteligentes novelas policíacas en las que siempre se cumple el ideal de justicia poética. Las de Rey de Picas son, por lo que se deduce, más aviesas, más siniestras, más gore, con una perversidad que llega a producir repugnancia. Sin embargo, aunque alejadas de las cifras de ventas de de Andrew J. Rush, Rey de Picas no deja de ganar lectores. 


A todos esos esnobs, intelectuales de la literatura, que se burlan de las restricciones de nuestro género (incluida mi querida hija Julia, a quien adoro), les resultaría muy difícil escribir una novela de misterio que tuviera éxito: una novela en la que se persiguiera al mal hasta echarle el guante y acabar con él; y en la que se alcanzara una conclusión clara y sin ambigüedades.Los finales de las novelas de Rey de Picas eran más crueles que los de Andrew J. Rush, al ser al mismo tiempo más primitivos. había demasiada maldad derramándose sobre todas las cosas como para que fuese posible limpiarla sin dejar rastro, y en la mayoría de los casos moría todo el mundo o, más bien, se mataba a todo el mundo.


A mi entender, Oates no ha pretendido escribir una novela negra como tal, sino, en principio, algo más interesante: escarnecer las convenciones sociales y literarias del mundillo literario y editorial y señalar la discriminación a la que se ha sometido a las mujeres que pretendían progresar como artistas. No es suficiente con una habitación propia, al parecer. Esta discriminación la sufre no solo C.W. Haider, sino también la mujer de Rush, Irina, de talento superior al de su marido, pero cuya producción fue desdeñada por las editoriales y tuvo que resignarse a ser la revisora de la obra de Andrew. En cierto momento, tras años de frustración le llega a acusar de haberle robado las ideas


La señora Haider estaba cada vez más fuera de sí. La boina se le había caído y su aire de superioridad se desvanecía. El juez Carson, cuya actitud cortés la demandante no había agradecido, dándola por sentada, no se mostraba ya tan indulgente y la interrumpía utilizando el mazo y retirándole repetidamente la palabra, insistiendo en que permitiera hablar a Grossman. La señora Haider, sin embargo, parecía incapaz de dejar argumentar al abogado, como si estuviera poseída por un demonio:
-¡No! ¡No, no! ¡Se trata de mis escritos, señor mío! También yo soy escritora... ¡escritora en prosa y en verso! ¡Ese hombre es culpable de allanamiento de morada... durante años! Se trata de mis memorias más preciadas, su señoría, porque todo eso me ha sucedido a mí. El plagiario me arrebata los recuerdos más preciados, cosas que me han sucedido a mí y a mi familia, y las tergiversa convirtiéndolas en ficción, pero no han sucedido en absoluto de esa manera, sino que son una infame MENTIRA.


Sentí un estremecimiento de amor por mi esposa de tantos años. mi querida Irina, la que se había enamorado de "Andy Rush", tan inferior a ella, ¿cómo no se había dado cuenta? 
Durante todos aquellos años había conseguido engañarla. 
Mi carrera, no la suya. ¿Por qué Irina Kacinzk no había luchado con más convicción, por qué se había sometido a mí?


Justo con las mismas palabras con las que le acusa también, demanda judicial mediante, C. W. Haider. Dos mujeres escritoras, dos mujeres de carrera literaria frustrada, sepultadas por el trato de favor que se dispensa a los hombres. Andrew, escritor de éxito, de talento mediano, aparentemente tolerante y bienhumorado, esconde, en realidad, a un hombre cínico, jactancioso, racista, clasista y machista que teme descubrirse a cada paso que da. Es posible que todos tengamos un cabronazo dentro que pugna por abrirse paso en la vida por encima de quien sea. Rey de Picas, este otro yo del protagonista y narrador, le susurra, por decirlo así, ideas de lo más retorcidas, que se agudizarán, a raíz de la demanda presentada por Haider contra él. El protagonista experimenta algo parecido a una obsesión respecto a esta mujer, lo que desencadenará una serie de acontecimientos que no develaré para no fastidiarles.

A esta lectura podemos añadir otra más: Oates escenifica una reflexión sobre la materia prima del escritor que no solo utiliza sus recuerdos personales, sino que, como un ladrón en la noche, asalta las mentes en las que están guardados los recuerdos y secretos ajenos, sin parar en mientes ni albergar escrúpulos, incluidos (y sobre todo) los de su propia familia y amigos, para construir sus ficciones. Una tarea que para el/la escritor/escritora puede ser gratificante (y beneficiosa), pero que para quienes se ven reconocidos/as en sus obras puede no verse como un halago o un reconocimiento, sino más bien como un robo y un insulto.

No obstante, a pesar de la riqueza de las posibles lecturas que pueden hacerse de esta novela, tengo la impresión de que la escritora ha ido demasiado rápido para armar de un modo narrativamente eficiente los mensajes anteriores. En mi opinión, todo se sucede demasiado deprisa, lo que no contribuye a la verosimilitud. El comportamiento del protagonista muta con demasiada velocidad. Los acontecimientos se precipitan cuando es posible que un desarrollo algo más pausado, más matizado habría dotado a la novela de mayor equilibro, incluso habría contribuido a aposentar los distintos argumentos críticos. Por esa misma rapidez, los personajes familiares aparecen demasiado borrosos, especialmente el de su hija, filóloga, con la que podría haber profundizado en la sátira del mundillo literario y del género; e incluso su mujer, que, también en su papel de artista reprimida, podría haber tenido mayor trascendencia, apenas adquiere consistencia. El mismo protagonista, a ratos, Jekyll; a ratos, Hyde, muestra también un lado raskolnikoviano que podría haber dado más de sí. Igual de precipitado es el desenlace. Y decepcionante también, añado. Que digo yo que si alguien se ha tomado la molestia de escribir una novela bien podría preocuparse de darle un cierre digno, no cualquier cosa. 

Que se lo digan también a Ray Loriga, por favor.


















sábado, 22 de julio de 2017

'El canto de las sirenas', de Val McDermid

Con ya la mitad de la población en vacaciones o algo parecido, terminando julio con olas de calor y corrupciones futboleras que se suman a las habituales, me vino a las manos, casi como si fuera por voluntad propia, una novela del género negro, o noir, como dicen los entendidos de nada más. Este género, que en los últimos años había eclosionado de tal manera que parecía que el futuro de la novelística consistía en asumir los atributos del género, hacerlos suyos y morir siendo un bonito cadáver, parece, por lo mismo, ser para muchos autores la línea de salida de una ulterior carrera novelística paradójicamente más seria. Para otros, sin embargo, el género delimita sus capacidades: se mueven a gusto dentro, como un asesino en serie en una localidad brumosa  y fría, pero agonizan como pescaditos cuando saltan fuera del medio. ¿Incomodidad? ¿Incapacidad? ¿Inloquesea?

Uno no es especialista en novela negra como novela negra. Me gusta pensar que me gusta leer novelas. Novelas buenas, claro está. Cada uno puede ponerle los títulos que quiera o suscribir las subdivisiones académicas, periodísticas o las  asumidas por los propios escritores. Ahí incluiríamos a nombres como Raymond Chandler, Jim Thompson, Patricia Highsmith, John Connolly, etc. Digo que no soy especialista porque habría mil autores más que serían considerados "imprescindibles" y cuyos nombres ignoro. Probablemente, me vedarían la entrada a la Semana Negra de Gijón. 

Sin embargo, los autores/as que he nombrado son tan buenos que sirven como referencia. Como piedra de toque. Como elemento de comparación. Si no tienen los diálogos de Chandler, la vitalidad exuberante de Thompson, la retorcida trama de Highsmith o la atmósfera de Connolly, ¿para qué voy a perder el tiempo con medianías? No por ser noir habría que leerlos, ¿verdad? Cuando uno se acostumbra a lo bueno no se conforma con lo peor. Parece, además, que el género está sufriendo una devaluación literaria galopante.

En fin, aquí tenemos, para contradecirme, El canto de las sirenas, de Val McDermid:





Es una novela que supongo que, como suele escribirse, "hará las delicias de los amantes del género". Traducido a mi idiolecto significa, para que lo entiendan: "Tiene todos los topicazos que un lector espera de una novela negra". Hay un cerebrito, que es el psicólogo criminalista Tony Hill. Una intrépida, pero también inteligente, detective, Carol Jordan. Hay un comisario bueno, un subcomisario brutal, también, cómo no, una periodista sin demasiados escrúpulos que saca información a algunos policías gracias a su poder de seducción y, claro, el asesino en serie cuya mente es demoniacamente inteligente al máximo, pero que cae, cómo no, víctima de su orgullo desmedido y de sus propias carencias emocionales. Debo señalar que, en mi opinión, los personajes, a pesar de las pretensiones de la escritora, resultan bastante planos y poco convincentes. Desde el primer momento, la detective se pregunta por sus posibilidades románticas con el psicólogo, lo que parece un tanto precipitado para una mujer independiente, liberada, hecha a sí misma, etc. El psicólogo es misterioso, reservado, y tiene un problemilla sexual que le hace dudar de sus posibilidades con mujeres intrépidas, liberadas y hechas a sí mismas. Vamos, lo típico. Además, hay sexo telefónico, para darle un toque más morboso aún al asunto. Quiten al asesino en serie y más que noir, parece rose. No seré yo quién se meta con los gustos de cada cual, que conste. 

Algunos diálogos y descripciones son superfluos y bobalicones, en lo que interpreto como un intento fracasado de buscar profundidad y detalle en la historia. No obstante, se lee fácil y no aburre demasiado. Hay, en general, una sensación de encontrarse con lo archiconocido todo el rato, de ser capaz de predecir qué frase va a continuación de la otra. A mí me parece un defecto. A otros, sin embargo, les resultará agradable encontrarse en terreno familiar. Es obvio que el estilo de la autora en esta novela es sencillo, sin veleidades literarias, ni mucho menos.

La detective Carol Jordan miró fijamente aquel amasijo de carne que otrora había sido un hombre, aunque se forzó por no enfocar demasiado la mirada. Hubiera deseado no haber comido el bocadillo de queso rancio de la cantina. Hasta cierto punto era aceptable que los oficiales jóvenes vomitasen tras enfrentarse a la visión de víctimas por muerte violentas; de hecho, incluso se los compadecía. Pero, en el caso de las mujeres, además de darse por sentado que habían de tragarse sus emociones, en cuanto vomitaban en la escena de un crimen perdían el respeto que tanto les había costado obtener y pasaban a ser despreciada, así como objeto de los chistes que los vaqueros de la cantina contaban en los vestuarios.

Una de las mayores ventajas de no pagar hipoteca consistía en que podía contar prácticamente con todo mi sueldo. Constituye unos ingresos sustanciales para alguien de mi edad y con mi ausencia de cargas familiares. Por eso puedo permitirme un ordenador súper avanzado con actualizaciones frecuentes que me me mantengan al día en lo relativo a tecnología punta. Si tenemos en cuenta que uno solo de los programa que utilizo me costó casi tres mil libras, está muy bien no tener a nadie chupando de mí. Gracias al nuevo sistema de cederrón, el digitalizador y al programa de efectos especiales, no tardé ni un día siquiera en importar los vídeos del ordenador.

Tony pulsó la tecla "guardar" y se recostó en el asiento con una sonrisa de satisfacción. Este era un buen punto en el que poder dejarlo. Mañana por la mañana completaría la lista detallada con las características que creía tener Andy el Hábil y esbozaría unas propuestas de posibles líneas de acción para los policías que trabajaban en el caso. 
-¿Has terminado? -preguntó Carol. 
Giró la cabeza y la descubrió inclinada sobre la silla, enfrente de una pila de carpetas cerradas. 
-No me había dado cuenta de que hubieras terminado... 
-Hace diez minutos. No quería interrumpir a tus deditos  voladores.Tony odiaba que los demás lo estudiasen de la misma manera que él los estudiaba a ellos. La idea de verse convertido en un paciente que recibía su propia medicina era una de las pesadillas de las que se despertaba sudando. 
-He terminado por esta noche -dijo mientras hacía una copia en un disquete y se lo guardaba en el bolsillo. 
-Te llevo a casa. 
-Gracias -dijo poniéndose en pie-. Nunca vengo en coche a la ciudad. A decir verdad... no me gusta mucho conducir. 
-No me extraña, el tráfico en la ciudad es un infierno.


La particularidad, por llamarla así, de Val McDermid es que no escatima detalles en la descripción de la tortura y muerte de las víctimas. Uno, que no es especialmente morboso en ese aspecto, se habría conformado con mucho menos. Supongo que si se busca un poco en el género, habrá descripciones más minuciosas y espectaculares, pero eso se lo dejo a Vds. Por otro lado, la novela es de 1995, aunque traducida en 2012, lo que se nota en las menciones tecnológicas. Además, tengo la impresión de que el lector en castellano habrá absorbido ya tanta información y tramas similares provenientes de lecturas, películas y series de televisión sobre asesinos en serie, tan abundantes en las dos últimas décadas, que la trama de esta novela le resultará un tanto simple. 

La traducción parece correcta, aunque he detectado un par de errores que molestan. Nunca insistiré bastante en la importancia de tener un corrector profesional competente en la nómina de una editorial. Si no, pasa lo que pasa.

En todo caso, una lectura para el/la lector/a poco exigente, de esos/as para los que se elaboran listas de lecturas para el verano. Para ese lector del que uno sospecha que dejará de serlo el resto del año. Que para qué si tiene mejores cosas que hacer. El Canto de las sirenas es, asimismo, de esas novelas para las que sí se entiende el uso del verbo consumir. Y luego, a otra cosa.



sábado, 15 de julio de 2017

'Rendición', de Ray Loriga

Uno, que no se dedica a ser reseñador literario como única ocupación, ni siquiera la más importante, no puede sino pensar que quien se dedica a ello debe de albergar cada vez una mezcla de preocupación y confusión. Preocupación por la calidad de la literatura patria, confusión por la cantidad de novedades a despecho de lo anterior. Algunos eliminan ambas de un plumazo reseñando solo aquello que les gusta. No obstante, en ello va implícita una selección y, por tanto, la inevitabilidad de haber leído cosas que no gustaron (y no fueron, por tanto, reseñadas). Creo que quien aplica ese filtro tiene ante sí la tarea de poner el listón en un lugar que sea lo bastante bajo para que puedan saltarlo las obras de sus amigos y simpatizantes y lo bastante alto para no tener que escribir sobre cualquier mierdecilla que asalte las mesas privilegiadas para la promoción de El Corte Inglés y tiendas similares. También está quien reseña las mierdecillas de sus amigos, pero afirmando que son obras maestras, prodigiosas, necesarias, etc. Pero de esto ya he escrito.

En cambio, quien no discrimina, como un servidor de Vds., puede permitirse la tarea, hasta cierto punto de tintes masoquistas, de reseñar lo que no le ha gustado. Más sencillo es, sin duda, criticar los defectos de una novela que explicar por qué nos ha gustado sin caer en lo que algunos llaman "el elogio definitivo" y otros "el maravillosismo". En este blog estamos contra la discriminación. Nos da igual el género novelístico, el sexo del autor/a, la editorial, la nacionalidad, etc. Es más, según acabo de contar, podrían considerarse positivas 18 reseñas frente a 13 negativas. No podría acusárseme, entonces, de verlo todo "siempre negativo, nunca positivo". 

Toda esta reflexión viene a cuento de que no deja de ser cierto de que la mayoría de las críticas negativas son obras de autores canarios. Pero no es que padezca de algún síndrome inquisitorial. Es más, siempre acudo esperanzado a esas obras, con la esperanza de que, en expresión de Rafael-José Díaz, "se produzca una epifanía". Lo cierto es que esa epifanía se produce raras veces. Además, considero que la crítica, y la crítica negativa, siempre que sea honrada no puede sino tener efectos positivos: si llega a ojos del autor/a, es posible que, aparte de la irritación contra el reseñador, le lleve a percatarse de detalles en los que no había reparado. Quizá para mantenerse en su idea, que no digo que no, pero al menos le habrá hecho reflexionar de un modo que nunca lo hará el elogio desmesurado y el aplauso sin fundamento. 







Hoy tenemos una novela-premio, de Alfaguara, tal y como se recoge en la portada. Mucho no he leído de ella en la red, así que supongo que no ha significado, precisamente, un temblor en la fuerza ni una conmoción en las letras hispanas. O igual sí y mi despiste habitual ha vuelto a cebarse en la percepción de lo que acontece en el mundillo literario patrio.

Rendición consta de dos partes y una especie de epílogo. Un único personaje, que hace las veces de narrador, nos lo cuenta todo. Vive con su mujer y un niño al que han recogido porque sí. Bueno, porque hay una guerra, el niño ha aparecido de repente, y la cosa está cada vez peor. En cierto momento, las autoridades obligan a los habitantes de la zona a que quemen sus casas y, autobús mediante, pretenden llevarlos a una ciudad donde -se les dice- ya no sufrirán privaciones. En esta parte a los personajes les pasan cosas y deambulan un rato de aquí para allá. Algunos, de repente, desaparecen de forma trágica, sin que moleste demasiado.

El problema es que los personajes de cierta presencia no terminan de estar bien delineados: son como sombras que se mueven por la pared llena de graffiti. Quizá el problema sea la elección de una voz narradora única y no demasiado culta, y además sin que se permitan diálogos. O que la expresión del flujo de pensamiento del personaje no es lo bastante elocuente ni sutil. Además, el tono y la calidad de su voz cambian. En las primeras páginas tiene un registro, digamos, normal. Luego, sí, el de un campesino que se hace un lío con sus pensamientos, casi un zoquete y más adelante el de un personaje suspicaz, inteligente y, a la vez, cómico. Se hace raro, sin duda, porque no me parece que se deba tanto a su evolución como a la falta de concentración del escritor.

Por otro lado, esta primera parte parece hecha con desgana, como si a Loriga le resultara un trámite necesario pero tedioso, como si tuviera ganas de darle a la película hacia adelante saltándose las escenas de transición. Y así, aunque la trama no adolezca de falta de acción termina por no interesarnos demasiado. Por otro lado, las reflexiones del narrador tampoco es que nos deleiten con su estilo ni profundidad.

En la segunda parte, se produce un cambio. Menos mal. De repente el autor ha llegado a la conclusión de que le interesa lo que escribe. Y se nota en el lenguaje, aunque eso suponga que la voz del narrador cambie. Ya no importa, sin embargo, porque al menos ya suscita curiosidad lo que le pase a él y a su familia. El defecto de esta parte, digamos la parte distópica/utópica, es que ya está muy visto lo de las casas transparentes, la falta de intimidad, el control invisible, etc. A este respecto, dice el jurado que es "una historia kafkiana y orwelliana". Y por qué no benthamiana, zamiatina o bradburiana, si nos ponemos picajosos. Ya quisiera Ray Loriga que su novela fuera la mitad de eso que dicen que es. En todo caso, esta parte se lee bien, con un par de páginas incluso de una comicidad singular y apreciable.



Al día siguiente me apresuré a visitar al médico aprovechando el descanso de la comida. El médico, como es lógico, negó haberme dado ninguna extraña droga y me dijo que lo que sentía no era más que el fruto de mi perfecta adaptación final a mi nueva vida y que debería estar celebrándolo en lugar de haciéndome incómodas preguntas que no conseguirían otra cosa que traer de vuelta la inquietud, el hastío y el insomnio. Le contesté que por eso no se preocupase en absoluto porque de hecho me pasaba el día celebrándolo todo por dentro, y que de tanto celebrar ya no sabía que celebraba pero que al llegar a ese punto, lejos de enfadarme o inquietarme, celebraba mi desconocimiento y mi ignorancia, y que en realidad no podía dejar ni por un segundo de celebrarlo todo y que incluso celebraba esa misma conversación que estaba teniendo con él pero no tanto como sin duda celebraría salir de su oficina y regresar al trabajo. 
Me preguntó si había comido y le respondí que no, pero que también me alegraba no haberlo hecho porque así disfrutaría más de la merienda. Y luego, efectivamente, dejé la consulta del médico y volví a mi trabajo tan contento.

A pesar de que la relación del personaje principal con su mujer se transforma de un modo arbitrario, lo que es decepcionante, las andanzas y desventuras del personaje parecen cobrar algo de sentido. El estilo levanta el vuelo y la novela adquiere consistencia. La trama se vuelve, como era de esperar, eso sí, cada vez más siniestra. El protagonista se hace preguntas, curiosea, y tal. Ya les digo, lo hemos leído antes, pero no está mal. Esa ciudad transparente invita a resolver su misterio, a indagar en sus orígenes y en su finalidad, que no puede ser buena, de tan perfecta que parece. Pero justo cuando la cosa comienza a pintar bien, el autor vuelve a tener prisa y nos endilga un final tipo: "Venga, que tengo prisa para que me den un premio". Y la novela se acaba de cualquier manera. De manera torpe, precipitada y decepcionante, me atrevería a escribir.





viernes, 7 de julio de 2017

'Casa de verano con piscina', de Herman Koch

Entiendo que, para muchos, la mejor crítica (si no la única posible) es el elogio desmedido. Solo así puede entenderse que los mismos escritores que propugnan una "crítica de verdad" en Canarias sean los mismos a los que le sienta fatal que se le aplique a ellos mismos cuando no consiste en elogios desmedidos. Creo que a pesar de las fotos en facebook de cenas multitudinarias o de reuniones regadas con cerveza, de cordiales encuentros con el Escritor Reconocido, o con el editor o la librera de turno en ferias del libro allende los mares, muchos/as de estos escritores/as no cuentan con verdaderos amigos. 

Un amigo te habría dicho que El tren delantero demuestra que una novela es algo más que unir de mala manera historias sueltas que uno tenía en un cajón, abandonadas gracias a Dios; que La otra vida de Ned Blackbird necesitaba un repaso a fondo en el estilo y en la lógica del argumento; que Gracias por el tiempo requería una reflexión profunda sobre el tono narrativo y, por qué no, sobre su misma existencia; que Puro cuento es pura impotencia sin altura literaria; por no hablar de La última homilía de Zacarías Martín o de El sepulcro vacío. Un amigo habría dicho, en definitiva: "Trabájalo más". Y más.

A este respecto, y cambiando de manifestación artística, recuerdo una tarde en la que asistí al estreno de una película canaria llamada Los días vacíos. Casi la totalidad del público asistente (amigos, familiares, actores y demás miembros del equipo de rodaje, y alguna despistada) prorrumpió en aplausos durante varios minutos a su término. No contentos con eso, algunos se levantaron y, mientras seguían aplaudiendo hasta que se les llagaron las manos, gritaban "¡Bravo!" una y otra vez con algo parecido al fervor. ¿Qué pensaría el director? ¿Qué la película flaqueaba por todos lados? ¿Que no sabía qué era peor, si el guión, tosco y errático, si las interpretaciones que iban de lo meramente aceptable hasta lo ridículo, si el lenguaje visual, que a veces parecía propio de un documental turístico y otras de una mala serie de televisión? No, pues lo lógico es pensar que si todo tu entorno te dice que lo has hecho cojonudo, lo creas.

Pues no.

Soy de la opinión que hay que ser parco en el elogio: nos hemos acostumbrado a que de cualquier cosa que no se diga que es obra maestra o genialidad pensemos que es una mierda. En una obra de teatro o representación operística, si el público no se levanta, aplaude y grita como poseso es que ha sido un espanto. Si los actores no se sienten obligados a salir tres o cuatro veces, mal asunto. Incluso en las tesis doctorales, si el doctorando no saca matrícula cum laude, es que su trabajo es malo. Eso tiene como consecuencia el fenómeno de la grima: grima en las reseñas, en las notas de lectura, en los suplementos literarios, en las revistas literarias, en los comentarios de los lectores-fans, etc. Todo es hiperbólico, ditirámbico, exagerado, ridículo.

¿A dónde hemos llegado?

Así, en mi personal esfuerzo por contrarrestar ese orden de cosas en los juicios que hago, si una novela me parece que está bien, no significa que me parezca mala, no: me parece que está bien. Eso es un elogio, ¿o me estoy perdiendo algo? Claro que hace falta en Canarias una crítica de verdad, si entendemos por ello no una Crítica que incluya mi novela o mis poemas en una nueva Antología Canaria para que me inmortalicen académicamente y yo lo vea, sino una crítica honrada. ¿Y qué es una crítica honrada? Simplemente, que consista en escribir públicamente lo que se piensa de verdad, con mejores o peores argumentos, que eso ya se discutirá. En serio, a mí no me ha resultado difícil.

Pasemos a la reseña de hoy: Casa de verano con piscina





Esta es una novela en la que la propensión a empatizar con el personaje principal y narrador, Marc Schlosser decae con rapidez si uno no se empeña en lo contrario, si uno se da cuenta de que no es obligatorio identificarse con él. En nuestro caso, es un médico que por sistema detesta a sus pacientes, un hombre al que, aunque no lo reconozca explícitamente, no tiene demasiaba buena opinión de las mujeres en general, salvo cuando su vanidad se siente halagada por la promesa de una conquista sexual. Es bastante parecido al español medio, me da la impresión, con sus especulaciones de por qué hombres y mujeres ligan, cuándo ligan, y con quiénes ligan. Se considera un téorico del comportamiento humano dada su condición de médico de cabecera, que, por lo que parece, le capacita de manera excepcional para emitir sus juicios sobre las miserias y servidumbres de las personas y de sus cuerpos. En realidad, un individuo normal, con valores de clase media de sociedad burguesa, respaldados por un biologicismo omnicomprensivo, pero que, eso sí, se codea con artistas y gente de postín.


La consulta de un médico de cabecera como la mía tiene sus inconvenientes. Por ejemplo, te invitan continuamente a todas partes. Les parece que en cierto modo tienes que estar, aunque sea "en cierto modo". Inauguraciones, presentaciones de libros, estrenos de películas y obras de teatro... No pasa un día sin que te encuentres una invitación en el buzón. No existe la opción de no asistir. Si es un libro, aún puedes mentir y decir que vas por la mitad, que no quieres opinar hasta acabarlo. Pero el estreno de una obra de teatro es el estreno de una obra de teatro. Cuando se acaba tienes que decir algo. Es lo que se espera de ti, que digas algo. Nunca que digas lo que te ha parecido: eso jamás de los jamases. Lo que te ha parecido te lo guardas sabiamente para ti. Durante un tiempo lo intenté con clichés; clichés del tipo "Algunas cosas estaban bien", o "Y a vosotros, ¿qué os ha parecido?". pero con clichés no se conforman. Tienes que decir que te ha encantado, que les agradeces que te hayan brindado la posibilidad de presenciar ese estreno histórico.



Las mujeres simpáticas compensan su falta de atractivo corporal con talentos, innatos o no, en otros ámbitos. Por ejemplo, preparan todos los bocadillos de un guateque con más de cien invitados. O traen gorritos de fiesta y antifaces para todo el mundo. O llegan en una bici de reparto con más leña de la que se necesita para todas las estufas de la terraza. "Wilma es un encanto -comenta la gente-. ¡Qué agradable es! Nadie más hace algo así, ¿a quién se le habría ocurrido?" Claro que Wilma está demasiado pálida o demasiado delgada, o simplemente es demasiado fea, y todo el mundo se da cuenta, pero la pobre hace desinteresadamente tantas cosas encantadores al mismo tiempo que sería de desalmados comentarlo.



Aparte de lo de mi aspecto, debería explicar otra cosa sobre mí. Soy más gracioso que la mayoría de los hombres. En las listas de las cualidades masculinas más valoradas que publican las revistas, la mayoría de las mujeres responde "sentido del humor". Antes pensaba que era mentira. Una mentira para maquillar el hecho de que a la hora de la verdad siempre acabarían decantándose por George Clooney o Brad Pitt, pero ahora he entendido que no es así. No es que las mujeres que piden "sentido del humor" quieran pasarse la vida desternillándose con un hombre demasiado jocoso. Se refieren a otra cosa: el hombre tiene que ser "gracioso". Jocoso no, gracioso. En el fondo, todas las mujeres tienen miedo de, a la larga, acabar aburriéndose con los hombres demasiados guapos de este mundo. Con esos hombres que saben perfectamente lo guapos que son, que no han de esforzarse porque tienen a todas las mujeres que quieren, pero poco después de la noche de bodas ya se quedan sin temas de conversación. Llegan los bostezos de aburrimiento. Y es que también resulta agotador tener todo el día alrededor a un hombre que admira constantemente su propio aspecto. Un día tras otro. El tiempo se convierte en una carretera recta y larga que cruza un paisaje bonito pero aburrido. Un paisaje que nunca cambia.


Así, este observador de la vil humanidad se da cuenta en una fiesta de que el famoso actor de teatro y nuevo paciente de su consulta, Ralph Meier, ha deseado, con expresión lasciva que así lo demuestra, a su esposa, Caroline. Por supuesto, deplora ese sentimiento y le produce mucho asco. Sin embargo, su propio deseo hacia la mujer de Ralph, Judith, no le inspira el mismo reproche. Así somos, salvo excepciones, linces para los defectos ajenos y ciegos para los nuestros. 

Más adelante, el protagonista y su familia se encuentran, no del todo por azar, con Judith y Ralph cerca de la casa de veraneo de estos, que comparten con otra pareja amiga. De ahí el título. Ralph se nos aparece cada vez más detestable  y asqueroso. Marc, como un intrigante manipulador. A espaldas de ambos, Caroline y Judith parecen ajenas a las intenciones de sus maridos. Uno se pregunta si esto tiene que ser siempre así, que cada vez que haya hombres y mujeres, parejas de novios o casados, suponiendo heterosexualidad, o todas las posibilidades suponiendo que no, haya que estar en guardia por potenciales infidelidades o acosos sexuales. Si uno no puede estar, simplemente, hablando, mirando el cielo o pensando. Si uno tiene que estar de continuo rivalizando para captar la atención de una posible pareja para un folleteo o para evitar que el/la rival acapare toda la atención. Si todo tiene que ser sexual y freudiano, si no hay espacio para descansar de la sensibilidad genital y de fantasías sentimentales y operar, un rato sólo, con amigable racionalidad. Es que, si no, todo puede llegar a resultar muy cansino.

Por primera vez desde nuestra llegada a la casa, Judith y yo estábamos solos en un mismo lugar. La miré. Deslicé la mano por encima de la mesa, le cogí los dedos corazón y anular entre mi pulgar y mi dedo índice, y tiré suavemente de su mano.-Marc... -Dejó el cigarrillo en el cenicero, suspiró hondo, lanzó una ojeada hacia fuera y me miró-. No sé, Marc... No sé si...-Podemos ir a dar un paseo. O a la playa, en mi coche. No le solté los dedos. Acaricié el dorso de su mano. "Podría llevarla a alguna parte", pensé. No a la playa, sino hacia las colinas, por una de las muchas carreteritas tortuosas de arena que había a lo largo de la costa. Recordaba un aparcamiento casi desierto en un claro del bosque. Desde allí habíamos tardado más de una hora en alcanzar a pie una de las calas de Ralph. Pero no teníamos por qué ir hasta la playa. El aparcamiento ya bastaba.


El autor maneja bien el ritmo de la trama; el lector se pasa la mitad de la novela temiendo lo que se insinúa para que cuando los acontecimientos se precipitan y se produce el clímax se quede perplejo por lo inesperado. La evolución moral del protagonista, sobre todo, nos deja, por así decirlo, ante dilemas éticos que no sospechábamos. Estos constituyen, para mí, el valor de la novela: asumimos el comportamiento del protagonista, lo repudiamos, nos quedamos solo con aquellos que nos haría sentir mejor. En definitiva, reflexionamos sobre nosotros: vida, muerte, sexo, cónyuge, prole, culpa, respeto, inocencia.

Asimismo, me parece que la traductora, Maria Rosich, ha hecho un buen trabajo. Al menos, la versión en español ofrece un texto fluido que refleja las reflexiones de un hombre de ciencias (recordemos que Marc, el protagonista es médico), con un sesgo analítico, que no frío, pero con intención de minuciosidad. Las caracterizaciones de los personajes resultan acertadas, tanto en la descripción de sus acciones como en los diálogos, ofreciendo toda una galería de personajes que si bien, por un lado, son tipos, por otro también resultan humanos. Convincentes, en definitiva.

Solo me atrevería a poner un pero: hay en la estructura de la novela un recurso con el que el autor consigue construir la sorpresa final, también provocar la catarsis, en el lector. Es posible que pudiera llamarse a eso manipulación, quizá truco. No sé cómo lo verán Vds. Ya me cuentan.













viernes, 30 de junio de 2017

'El banquete celestial', de Donald Ray Pollock

Por lo que se ve, finales de julio, aparte de ser la época de las pagas-extra de los funcionarios, es el momento en que, espontáneamente y sin que quepa sospechar influencia, presión o sugerencia de editoriales o escritores afines, periódicos, blogs y demás medios de comunicación sacan sus listas de lectura. A veces, también son conocidas como "lecturas para el verano". Lo que más me complace es comprobar que no falta casi en ninguna el título execrable de moda. Está claro que, en muchas ocasiones, resulta evidente que el perpetrador de la lista no se ha leído la mayoría, por no decir casi ninguno, de los libros que recomienda. Incluso, ni se molesta en ocultarlo. Ojo, no digo que todos los/as recomendadores/as sean unos memos ni unos mentirosos, solo que hay ocasiones en que a algunos se les nota. Con lo fácil que es no hacer listas... Imagino que, en el caso de los periodistas culturales (lo que se entienda por eso da para una monografía), con dichas listas rellenan el espacio o el programa sin mucho esfuerzo; además, quedan bien con un montón de gente cuyo engendro han incluido y, lo que no es poco, se llevan unos cuantos libros gratis para casa. Otra cosa es que los lean, pero, al fin y al cabo, son lecturas para el verano.

Además, la gran pregunta: ¿Quién es esa lectora/lector que lee específicamente o solo en verano?

Una vez aireadas mis protestas, hoy la reseña pre-veraniega sin ánimo de lucro ni de jodienda es de El banquete celestial, de Donald Ray Pollock, una de esas raras personas que no ocultan su segundo nombre o que sólo dejan la inicial. 

Debe de ser un apestado, sin duda.






A veces me pregunto, respecto de estos escritores amantes del aforismo, del taller literario o de las miserias cotidianas, cómo, con todo lo que dicen leer, no advierten la diferencia abismal entre aquello de lo que disfrutaron o que reverenciaron y su propia obra. Es que no me cabe en la cabeza. Está claro que escribir una buena novela es empresa harto difícil, que requiere tanto de una buena historia como de un buen estilo, o, bien mirado, de un estilo soberbio que consiga engrandecer cualquier historia, por muy nimia que parezca ser. Por tanto, lo raro no es que se escriba mucha mediocridad, que es a lo que tendemos todos, sino que consiga ser publicada (ya no hablo de la autoedición). Es por eso por lo que las culpas deben recaer especialmente en los editores, que las publican, y en los reseñadores, que nos engañan. El autor, la autora, al fin y al cabo han hecho lo que han podido (a veces, también, menos de lo que habrían podido, señalémoslo también). Para que conste, repito: les agradezco siempre a los escritores el esfuerzo, ya que no el resultado, que depende.

Así, uno lee El banquete celestial y se dice, joder, da gusto: historias paralelas cuyos personajes se entrecruzan y confluyen con sentido, en el que el lirismo ocasional combina bien con la sordidez y la tosquedad. Personajes, coño, personajes, que en la paradoja que consiste en que sólo están hechos de palabras, se sostienen casi solos y cuyo relato nos complace seguir, tanto en sus miserias como en sus grandezas, sean cotidianas o extraordinarias. Es posible que se les pudiera llamar perdedores, en ese anglospanish tan de periodista, pero en nuestra cultura, todavía diferenciada, sería mejor llamarlos desgraciados. Pero con dignidad, sean aparceros reconvertidos a atracadores de bancos, sea un inspector de letrinas, un granjero pobre, el hijo borrachín del anterior o sea hombre de buena cuna y homosexual metido a oficial del ejército. También están los que no tienen ni eso, como Sugar o Pollard, pero la miseria moral y la crueldad de sus actos también arrojan luz sobre nosotros mismos. Todos ellos, contra un mundo que funciona de modo simultáneo como machacadora y trituradora, dejándolos sin opciones, despojando de cualquier significado a la libertad. Y ahí están vagando de un sitio a otro, atacando o defendiéndose, con hambre y con sed, con la dignidad ultrajada o ultrajándosela a otros. 

Por si se lo preguntan, los personajes no se pasan el día llorando.


Cob era el hijo mediano, bajo y fornido, con la cabeza redonda como un garbanzo y unos ojos verdes y líquidos que siempre parecían mirar desenfocados, como si le acabaran de pegar con un tablón. Aunque era igual de recio que dos hombres juntos, Cob siempre había sido un poco corto de luces, y salía adelante principalmente a base de seguir a Cane y no quejarse demasiado, por muy grande que fuera el marrón y por pequeña que fuera la torta. Era, por decirlo toscamente, lo que en aquella época la gente solía denominar un tonto. Te podías encontrar a aquella clase de hombre casi en cualquier lado, acuclillado en cualquier gasolinera, esperando a que alguien le dijera hola en tono amigable o a que algún buen ciudadano de paso le diera algo, alguien con la bastante compasión como para darse cuenta de que, si no fuera por la gracia de Dios, podría ser perfectamente él mismo el que estuviera sentado allí en triste y desmañada soledad.

Ahora Slater ya no estaba seguro de cómo reaccionar. Aunque ya no le sorprendía en absoluto la ignorancia de algunos de los lugareños, de pronto se preguntó si Ellsworth no le estaría tomando el pelo. No conocer la ubicación de un país extranjero era una cosa, pero confundir un gran océano con una laguna para pescar de la pedanía de Huntington era otra bien distinta. Hasta aquel predicador chiflado, Jimmy Beulah, uno de los hombres más retrógrado que Slater había conocido, tenía un conocimiento rudimentario de la enormidad de la tierra, aunque seguía creyendo que era igual de plana que una torta de sartén. En fin, en cualquier caso, cuanto antes les contestara a sus preguntas, antes podría volver a su música. Estaba a punto de terminar su primera composición original, una lenta y triste pieza en ocho movimientos escrita para reflejar el miedo del educador a regresar al aula después de la felicidad de las vacaciones de verano. Titulada provisionalmente "Me dan ganas de ahorcarme", había estado trabajando en ella de forma discontinua durante los últimos años.


Después de pasarse unos minutos sentado contemplando su imagen ahora silenciosa en el espejo, envolvió el rifle en la manta y lo volvió a guardar en el armario. Luego dejó caer sus pantalones y se desabrochó el braguero. Un fino haz de luz dorada del sol donde se arremolinaban las motas de polvo resplandecía a través de una abertura en las cortinas. Se sacó la polla, su maldición personal y la cruz que llevaría mientras estuviera en el mundo, se la agarró con las dos manos y se dedicó a golpeársela contra el costado de la cajonera de roble hasta llorar. Por fin dejó de aporrearla, echó una meada con sangre en un cubo que había en un rincón y se la volvió a remeter dentro de los pantalones. Cansado por el esfuerzo, bajó la escalera y se bebió un vaso de agua, después se encogió en el sofá de su madre y se fue a dormir con todos los santos de yeso de ella observándolo con tristeza, comprensión y piedad, que es como suelen observar los santos.

Consideraciones nada baladíes y muy cabronas sobre el arte y los artistas se regalan, por cierto, a lo largo de la novela aquí y allá. Nunca me cansaré de aplaudir la desmitificación del artista. Tampoco, de elogiar su esfuerzo en el acto creativo:


Varias horas más tarde, el guardaespaldas volvió con un dúo montado en la parte de atrás del carromato, un intérprete de banjo sin dientes y un chaval descalzo y de pelo alborotado con una armónica. Aunque todo en ellos, desde los harapos salpicados de vómito hasta los globos oculares inyectados en sangre, indicaba problemas graves con el alcohol, Henry no se lo había pensado dos veces y se los había traído de vuelta al campamento. Nunca había conocido a nadie que ganara la vida tocando música y que no estuviera jodido de alguna forma triste o depravada; lo mismo pasaba con la gente que pintaba cuadros, escribía libros o mariposeaba en un escenario recitando los diálogos del melodrama de turno. En su opinión, solo a la gente realmente desgraciada se le daban bien empresas artísticas de cualquier tipo.

Tenía la ambición de convertirse en dramaturgo famoso, de ganar prestigio en la escena teatral y de viajar por el mundo acompañado por un séquito cambiante de hermosas amantes y de parásitos lameculos. Sin embargo, después de varios veranos de llenar un cuaderno tras otro de lo que por fin se dio cuenta de que era bazofia vacía e insulsa que con total franqueza habría hecho vomitar a un perro, lentamente se fue haciendo a la idea de pasar la vida sumido en un plácido anonimato y la opción empezó a resultarle más y más atractiva.

En definitiva, una novela espléndida: la estructura, compuesta de una multiplicidad de puntos de vista está atravesada, en su contenido, como hemos dicho, por la miseria y por la sordidez, por la violencia y por la insensatez. Narración en tercera persona que se funde con la visión del protagonista en cuestión. Sin embargo, por muy desquiciada que pueda parecer a veces, no deja de resultar reveladora la novela, inquietantemente cercana a nuestras propias servidumbres y bajezas. Diálogos de frases cortas, pero cargadas de sentido. Cada personaje, con su propia voz. No hay nada impostado. El autor logra, por decirlo de otro modo, que todo su mundo resulte coherente y creíble.

Para que me entiendan: es de esas novelas por las que dejas de lado otras novelas, te saltas las comidas, dejas de ir a fiestas, e incluso olvidas a tus hijos, asilvestrados en casa de los abuelos. Es más, desearías tener hijos para olvidarlos por estas novelas, desearías que te invitaran a esas fiestas a las que no te invitan nunca para responder negativamente, que tienes mejores cosas que hacer. Cosas que leer.

Post scriptum

Quizá por desconocimiento, lo que añoro tras reseñar buenas novelas como esta, es leerlas de escritores canarios. En segundo lugar, de escritores españoles. Antes de que me acusen de nacionalista en primer o segundo grado, me apresuro a explicarles que sí creo que puede haber una mirada literaria peculiar por haber crecido o vivido aquí; al igual que puede haber otras desde Palencia, Barbastro o Buenos Aires. Pero yo me sitúo en una comunidad determinada, de la que formo parte, la canaria, con toda su ristra de sucesos gloriosos y lamentables, con su geografía e historia, con su estructura social, económica y política, con sus éxitos y sus fracasos de todo tipo. Supongo que eso va más allá de utilizar el verbo alongar o decir mi niño cada dos por tres.

No sé exactamente en qué consistiría esa canariedad, o ya puestos, españolidad, frente a otras sociedades, otras culturas, otras lenguas. Sólo sé que otras literaturas han logrado tematizar aspectos de su cultura de un modo impresionante consiguiendo revelar su universalidad. Por ejemplo, la frontera, en la literatura norteamericana, o, en su momento, la tensión entre europeización y eslavofilia en la Rusia zarista, etc., etc. En España, un suceso histórico literalizado hasta el hastío es la Guerra Civil, sin que se pueda afirmar que de ahí hayan brotado grandes novelas. 

Por otro lado, puede que en este mundo tan interconectado en información, mercancías y turistas con chanclas, aunque existan nodos primarios y otros secundarios o terciarios, la posición de Canarias en esa red ya no sirva de excusa para la ignorancia de lo que se gesta en otros lugares ni tampoco para la repetición de temas y estilos impuestos de un modo u otro no sólo por  literaturas foráneas, sino por series de tv y películas estandarizadas hasta el hastío, productos de una industria cultural hegemonizada por corporaciones transnacionales. Puede ser, por el contrario, que nuestra historia de subordinación secular sólo consiga alumbrar hoy en día nada más que literatura subordinada, o algo peor. En mi opinión, esa mirada peculiar a la fuerza debe ser independiente, personal, nacida de las vivencias y experiencias del artista en necesaria combustión con su entorno, no de las instrucciones del académico, político o académico-político de turno ni de la asunción acrítica de la propia cultura, sobre todo cuando esta alberga valores que promueven la desigualdad, la hipocresía, la violencia, la mezquindad, la justificación de la miseria ajena, etc. En última instancia, me conformaría con escritores que al menos intentasen crear desde su singularidad y no tanto promocionarse. Da la impresión de que muchos serían más felices si no tuviesen que escribir, que menudo esfuerzo, de que con la palabra escritor o artista después de sus apellidos ya se sentirían colmados, y mejor con alguna sinecura.

Dudo, en todo caso, que eso se consiga con autores/as eternamente quejicas, con un ojo en el bolsillo y con el otro en el Boletín Oficial; con reseñadoras/es ditirámbicos y maravillosistas a los que todo les parece prodigioso y caleidoscópico; con lectores/as, finalmente, que se contenten con listas de lecturas para el verano, como las que guardamos mal dobladas en el bolsillo del culo cuando vamos al supermercado. ¿Tenemos esas autoras, esas reseñadoras, esas lectoras?















martes, 20 de junio de 2017

'Hombres en el espacio', de Tom McCarthy

El mundo no necesita críticos literarios ni de arte. En realidad, al mundo no le hacen falta los críticos en general. Fíjense lo bien que estábamos de cazadores-recolectores: coge esas semillas, mira a ver si saben bien, ten cuidado no te envenenes, no te ahogues, por cierto, o vamos todos allí al bosque que igual nos cruzamos con un tapir y ya conseguimos proteínas. En esa época, si lo hacías mal, no comías, o, en el peor de los casos, te comían a ti. Los críticos, literalmente, sobraban. Tampoco necesitaron durante mucho tiempo a los escritores, a decir verdad, ni a los artistas como tales. Era el mundo de la oralidad, de la memorización, y por tanto del ritmo y de la repetición. Imagínense: un mundo sin escritores ni críticos, solo algún tamborileo los fines de semana y a echar el rato con los parientes jocosos. Una pasada. Si me permiten la maldad, eran un tanto remisos a crear fundaciones en honor a ancianos mantenidas con los recursos de la tribu. Probablemente, la media de edad no superara los 40 años, lo que evitaba problemas tipo "mis paisanos no me han reconocido lo suficiente".





Viene todo esto a cuento de la novela que reseñamos hoy, Hombres en el espacio, del británico Tom McCarthy. En una reseña ya me he encontrado con "escritor imprescindible", "caleidoscopio ácido" (me encanta, "caleidoscopio, qué haríamos sin un caleidoscopio para comenzar el día) y "humor insospechado marca de la casa". En otra, "cada pieza encaja exactamente en su lugar" (¿cómo se puede saber exactamente si ha sido exactamente?).  Aparte, parece ser que a Vila-Matas le encanta el muchacho. A Rodrigo Fresán también se le cae la baba con él. En fin, aunque no popular, popular, el bueno de Tom goza de simpatías en el espacio literario en lengua española. ¿Para qué ser crítico si sólo se escribe de lo que a uno le gusta? Aunque bien pensado, eso generaría buen rollo por doquier. Me saludarían por la calle, qué digo, irían a mi encuentro con los brazos abiertos y gritando mi nombre sin pudor alguno. Las palomas alzarían su vuelo, alarmadas, y las campanas de la Catedral tocarían a rebato. Quizá hasta disfrutaría del placer de compañía farandulesca, que como todos sabemos, es la que más lustre social proporciona.

En todo caso, a mí me parece que esta novela está bien: hay una trama criminal de búlgaros que operan en Praga, y hay artistas jóvenes y no tan jóvenes que están todo el día en fiestas follando y colocándose. Es Praga en 1993: se está malgestionando el derrumbe del sistema comunista, las mafias operan a sus anchas, y la parte checa y la eslovaca van a conformar sendos estados independientes. Esa Praga de mafiosos y artistas será para muchos la bohemia dentro de Bohemia. Lo que sin duda es llevar una vida doblemente bohemia. Lo más.


Puede que haya treinta, cuarenta personas en la habitación. Está Nick, sentado en lo alto de la escalerilla haciendo pompas con un juego infantil de hacer pompas; pero Heidi no quiere lanzarse hacie él como si le necesitase, como una especie de ticket de entrada; además de lo cual, ahora mismo no es que él sea exactamente santo de su devoción, después de haberla medio jodido con el rollo de la puerta de la calle y la cabina telefónica. Además de lo cual, Roger es bastante mono y potable para un rato. Éste parece conocer a los del grupo: mientras la dirige hacia un proyector que hay sobre una mesa situada ante la tarima y enfocando la sábana (y Heidi se pregunta si será sangre menstrual, o si el tal Jean-Luc habrá estado desvirgando a quinceañeras checas; ¿quién es el tipo, a todo esto?), se le acercan dos de ellos. Dan un trago de la cerveza de Roger, se ponen a hablar de cosas técnicas sobre enchufes y voltaje o lo que sea; para lo cual Roger parece poseer el vocabulario, cosa que da pie a Heidi a pensar si sus padres no serán checos o algo, aunque no verbaliza la pregunta.

Lo importante, a mi modo de ver, no es tanto el desenvolvimiento de una trama en la que conjugan obras de arte con falsificaciones, crímenes y mafia, que tampoco está mal y se lee con interés, sino el desmenuzamiento de vidas que, aunque parezcan formar parte de una red de relaciones, actúan como átomos aislados, rebotando aquí y allá, formando episódicas moléculas inestables. La imagen, a la que se alude en el título y se nombra varias veces en la novela, es la del cosmonauta letón, antes soviético, abandonado en el espacio porque en la Tierra todos se desentienden de él: ya no existe la Unión Soviética. No parece muy complicado, entonces, interpretar esa desgraciada situación como una metáfora de la condición humana.

La novela se desarrolla en presente histórico, la voz del narrador se funde de manera natural con los pensamientos del personaje de turno. Ese uso se adecua bien a las acciones de los personajes, que no parecen estar nunca en reposo. Sus diferentes rumbos se entrecruzan en ese escenario y alrededor, aunque sea de manera elíptica, de la copia de un icono bizantino de gran valor robado en Bulgaria. Los personajes están bien caracterizados: eso quiere decir que Anton no se parece a Ilievski ni este a Nick. Ivan no es Mladan y Heidi no es Helena ni Karolina. Parece fácil, pero ¿cuántas veces hemos tenido que ir para atrás en una novela para saber quién era quién? Esos personajes opacos que se limitan a ser excusa para la verborrea de un autor con ínfulas. 

Por otro lado, las descripciones son correctas, precisas, pero a la vez significativas. Narración sobria, además, pero no exenta de color y dinamismo:


Ellos asienten. El conductor tira de una palanca; la compuerta se abre y libera del camión un torrente de agua por el que desciende una cascada de carpas hacia el depósito; a los costados, tras un ojo alzado, las escamas despiden a su paso destellos plateados bajo una fina película de líquido.  Tras escasos segundos el tanque está lleno hasta el borde; el agua mana a chorros sobre la acera. Y carpas: el conductor está intentando cerrar la compuerta, pero la palanca está atascada, no se mueve. El hombre maldice, sacudiéndola mientras las carpas bajan a toda velocidad por el tobogán, sin pausa. Salen despedidas de la masa arremolinada de colas y aletas y aterrizan sobre la acera, se revuelven por el bordillo boqueando, sus cabezas chocan con los pies de la gente, con las ruedas de cochecitos... Una se ha detenido ante Iván. Su boca se abre una y otra vez, por momentos con mayor dificultad como si luchase contra la atmósfera insoportablemente pesada de un planeta alienígeno sobre el que ha sido arrojada. Los ojos le sobresalen de la cabeza. Ivan se estremece, cierra los ojos, vuelve a girarse y se dirige hacia su casa.

Fíjense, además, en la imagen de los peces boquiabiertos con la que resulta de este párrafo, cuando Ivan concluye su encargo:


Cuando termina es de noche, quizá la cuarta o quinta que lleva en vela trabajando. No puede barnizar de inmediato. Se supone que hay que esperar semanas, hasta que la pintura esté completamente seca, pero Anton le dijo que no importaba en tanto la copia se pareciese al original. Aunque todavía tendrá que aguardar unas horas. Entonces aplicará una capa de barniz de resina de poliéster y cera de abeja. Necesitará una media para la resina. Le parece recordar... sí, ahí está, al lado de la cama, cuando va a mirar: una media suelta, con una carrera. Podría ser de Heidi o de Klárá. Los cristales de resina tienen que disolverse durante varias horas, suspendidos en un tarro de aguarrás caliente. Debería dormir. ¿Qué día es? Llamará a Anton ya, para decirle que puede venir mañana. ¿Cuál le dará? Coloca las copias junto al original, una a cada lado. Ambas son perfectas. Una vez enceradas, las tres deberían parecer idénticas. Telefoneará a Anton, dormirá, barnizará las pinturas y cobrará su dinero. El teléfono está desenchufado de su toma y arrinconado, junto a la planta. ¿Hizo él eso? Debería moverse y telefonear a Anton. Pero no quiere, no quiere despegar los ojos de las tres imágenes; cuatro, si se cuenta el espejo donde está reflejado en este instante, de pie, envuelto en una sábana manchada del mismo carmesí que la túnica del santo, con el pelo encerado peinado en surcos, boquiabierto.

En mi solipsismo intelectual quiero convencerme que de este paralelismo no se ha dado cuenta el autor. 

Qué va.

Sigamos: toda esa primera parte de la novela, en la que pululan artistas bohemios checos, ingleses, norteamericanos, etc., resulta realmente divertida e interesante, además de que permite, si uno está en esa disposición del ánimo, variadas reflexiones sobre la naturaleza del arte (qué es original, qué es copia, qué palimpsesto, etc., etc.) y del artista (genio creador, místico copiador, intertextualizador...) que pueden ir más allá de la charleta de bar o de la reunión de camarilla provinciana tipo somos todos los que estamos. McCarthy me parece a mí, con su singularidad artística, el típico escritor anglosajón que trabaja a fondo la novela, que vuelve una y otra vez sobre ella hasta eliminar cualquier error técnico. Y no es sólo cuestión de documentarse más o menos sobre Bizancio o sobre las disputas teológicas del siglo XI, sino de pensar y repensar el estilo, la forma, el diálogo, hasta el humor. Quizá, en cambio, le salga natural y pueda escribir una novela cada seis meses, que todo es posible. Cosas más raras y maravillosas se han visto en esta tierra, plataforma tricontinental y hespérida y no sé cuántas cosas más.

La segunda parte, cuando ya predominan las aventuras policiaco-mafiosas, me interesa menos. No digo que me aburra, que no, pero ya me parece más una escritura de oficio, necesaria para poder acabar la novela de manera lógica. Digamos que la primera parte ha sido, de un modo u otro, vivida y recreada, y la segunda, simplemente escrita. Bien escrita, inteligentemente escrita, eso sí.

En fin, quizá no tengamos entre nosotros a ningún Vargas Llosa. La verdad es que con la grima que da, mejor no tenerlo. Yo me conformaría con un Tom McCarthy. Aunque si nos pusiéramos pejigueras y mccarthianos, elegiría a un Cormac. 

A ver si se me pasa lo de Suttree