domingo, 22 de octubre de 2023

'Redshirts', de John Scalzi

Hay ciertos momentos en los que uno -puede ser que Vds. se reconozcan en esta reflexión- se siente algo parecido a la acedía, y a resultas de ese extrañamiento producido por tal disgusto, lo que nos rodea lo procesamos de otra manera, no solo intelectual, sino también sensorialmente. Claro que esa melancolía requiere de matizaciones, tanto en las causas como en sus efectos. Como si se saliera de una caverna donde solo se veían sombras y ahora por fin la luz del sol iluminara los objetos de las que provenían aquellas.

Sin duda, esa nueva mirada y esas nuevas sensaciones pueden ser engañosas como las anteriores, pero aun así hay algo de liberador en tal extrañamiento, en ese salirse de burbuja que parecía contener todo lo importante. Así, de repente, y ciñéndonos al campo social más o menos específico de este blog, dejan de tener sentido todas esas presentaciones de novedades librescas, toda la cháchara literaria repleta siempre de los mismos lugares comunes, todo ese cansino buscarse-la-vida de gestores/as culturales, escritores/as, periodistas culturales, editores/as y concejales/as de cultura. Hagamos extensivo este hastío a todo el ámbito cultural, por supuesto. 

No es, en todo caso, un refugio -o una caída- en el contemptus mundi, sino más bien lo contrario: reordenar la visión, la forma de aproximarnos a las cosas, modificar el ángulo de la contemplación, y, sobre todo, ser capaz de actuar como si las cosas que uno hace importan, aunque no importen. A veces, hay que retirarse, aun sin moverse del sitio, por un tiempo y volver al cabo, con esperanza, al mundo, como esos niños pequeños que en la playa corren a traerle agua del mar a su madre.



Redshirts, por si quieren dejar de leer y dedicarse a literatura más seria y apodíctica, como la de Javier Cercas o más española, mucho español, con cojones de Pérez Reverte, es una novela de ciencia ficción, publicada en 2012 y en España en 2014 (traducción de Miguel Antón), de intención, al menos, en parte, paródica, y juguetona. El autor, John Scalzi, es un veterano con unas cuantas novelas publicadas y que ha recibido, según leo, numerosos premios de este género literario. 

Ya saben que rara vez revelo con minuciosidad la trama porque por un lado corro el riesgo de despojar de interés la novela al potencial público y por otro porque creo que para un análisis basta el argumento. El resumen podría ser: se sitúa la acción en el año 2456 y, ante la insólita mortandad entre los miembros de la tripulación de la nave interestelar Intrepid, en especial en las misiones de desembarco planetario, los protagonistas deciden investigar las causas antes de que sea demasiado tarde para ellos mismos y perezcan también de algún modo truculento.

Qué decir para no repetirme demasiado. Se nota que Scalzi es un escritor avezado en la construcción de historias y que, con sencillez, transporta al lector/a por todo un viaje a todas luces inverosímil. Lo hace, además, con gracia. Eso sí, puede reprochársele, quizá por la sensación de parodia del género en la que está inscrita Redshirts, que a los personajes les falta, en la mayoría de los casos, mayor definición. Por el mismo desarrollo de la trama, personajes que parecían importantes quedan opacados por otros que, en principio y por su papel, no parecían destinados a grandes cosas. Digamos que su personalidad se impone a pesar de su rol. No es tan raro que los personajes se escapen, por decirlo así, de las cadenas que tenía pensadas para ellos el autor o autora (el mismo Shakespeare, como podemos leer en la obra homónima de Harold Bloom, sin ir más lejos), pero en este caso el contraste no sirve tanto para reafirmar la obra como para que le reprochemos esta descompensación, que no le favorece.

Aunque solo sea como esbozo, no puedo sino señalar que, filosóficamente hablando, tampoco le veo ninguna indagación acerca de realidades futuras para ser una novela de ciencia ficción. Es, digamos, una novela de aventuras, semidetectivesca, una soap opera, con una estructura social humana incuestionada. Los usos y costumbres humanos son los de hoy en día, así que no hay nada llamativo ni que incite a pensar en ese aspecto.

No obstante, podría interpretarse que existe rebeldía en los personajes por su plan de descubrir el misterio de las muertes, que no se resignan a ser meros títeres manejados por un guion escrito por otros. En cualquier caso, su aspiración no pretende subvertir jerarquía alguna ni cambiar la ideología subyacente: solo pretenden seguir viviendo, que no es poco.


-Tengo entendido que ha pasado varios años en Forshan y que habla usted la lengua de allí -dijo Q'eeng-. Los cuatro dialectos, me refiero. 

-Así es, señor -dijo Dahl. 

-Estudié brevemente en la Academia -dijo Q'eeng, que carraspeó antes de añadir-: Aaachka faaachklalhach ghalall chkalalal. 

-Dahl mantuvo la misma expresión facial. Q'eeng acababa de intentar pronunciar con el tercer dialecto el tradicional saludo del cisma de la derecha "Te ofrezco el pan de la vida", pero tanto la estructura de la frase como el acento lo habían transmutado en "Violemos tartas juntos". Haciendo a un lado el hecho de que sería muy inusual que un miembro del cisma de la derecha hablase de forma voluntaria el tercer dialecto, que era el dialecto natal del fundador del cisma de la izquierda, y por tanto, la tradición dictaba evitarlo, violar mutuamente una tarta no constituía una práctica que se considerase aceptable en Forhan. (Pág. 27)

 

-¿Por qué quieres consultar los informes médicos del teniente Kerensky? -se interesó Hanson. 

-La semana pasada, Kerensky cayó víctima de la plaga respondió Dahl-. Se recuperó lo bastante rápido para encabezar una misión de desembarco, donde perdió la conciencia debido al ataque de una máquina. Se recuperó de nuevo con la rapidez necesaria para ligar con Maia hoy. 

-Para ser justos tenía un aspecto de pena -dijo Duvall. 

-Para ser justos probablemente tendría que haber muerto -dijo Dahl-. La plaga meroviana funde la piel de las personas sobre el huevo. Kerensky estaba a quince minutos de morir cuando se curó, ¿y una semana después ya lidera una misión de desembarco? Si normalmente se tarda eso en superar un resfriado fuerte, una bacteria carnívora... 

-Vamos, que tiene un sistema inmunológico que sería la envidia de cualquiera -dijo Duvall. 

-Dahl la miró con los ojos entornados mientras le tendía el teléfono. 

-En los últimos tres años, Kerensky ha encajado tres disparos, ha sufrido cuatro enfermedades mortales, ha sido aplastado por un montón de rocas, herido en un accidente de lanzadera, sufrido quemaduras cuando el panel de control del puente le explotó en la cara, experimentado una descompresión atmosférica parcial, padecido de inestabilidad mental inducida, encajado las mordeduras de dos animales venenosos y perdido el control de su propio cuerpo a manos de un parásito alienígena. Eso antes de la reciente plaga y nuestra misión de desembarco. 

 -También ha contraído tres enfermedades de transmisión sexual -señaló Duvall mientras repasaba el informe. 

-Disfruta de esa copa -le dijo Finn. 

-Creo que pediré penicilina sin hielo -dijo Duvall, devolviendo el teléfono a Dahl-. Resumiendo, que no tendría que andar por ahí vivito y coleando. (Pág. 66) 


La novela no significa, por tanto, una revolución copernicana en la escritura -Scalzi emplea un lenguaje sencillo, con mucho diálogo consistente en frases cortas: eso que suele adjetivarse como prosa ágil- ni en las bases (lo que quiera que signifique eso) del género, ni mucho menos. Queda, que tampoco está mal, una reflexión existencial posmoderna, digamos, acerca de qué es la realidad y, sobre todo, una novela muy amena y divertida. 

Esto último no es baladí. Si uno, como muchos de Vds., sin duda, se encuentra enfrascado/a en lecturas de todo tipo, algunas de ellas de cierta profundidad y objetivamente complicadas -no me refiero, precisamente, a la literatura histórica revisionista de la dictadura franquista o de la supuesta grandeza del imperio de los Austrias (qué bonitos son los mapas coloreados)-, encontrarse de cuando en cuando con otras más sencillas -al menos, en la superficie-, se agradece. No tanto por escapismo -quién puede escapar de las olas de calor o de las noticias de las guerras en las que siempre pierden los mismos, carne de cañón, o de las cookies que las empresas siembran en el ordenador, o de los ladridos furibundos de los perros del vecino del tercero llamado Francisco, en definitiva, "ser o no ser", etc.- como por el alivio ligeramente anestésico que comporta el mero placer de seguir hasta el final una historia interesante.

No todo tiene que ser voluminoso y denso. O profundo. A veces, es cierto, se consigue todo a la vez: cada escritor/a hace lo que puede.


domingo, 8 de octubre de 2023

Devaneos y una petición

Como el escaparate literario canario está escaso de novedades, y las escasas que han surgido no me han despertado, por el momento, apetito lector alguno, me he dedicado -me estoy dedicando- a tiempo completo a leer cosas con algo de peso y de calidad, con lo que, como consecuencia, me he quitado de encima la mayoría de lo que se publica bajo el rótulo de ficción.

Por ejemplo, en el aeropuerto de La Palma encontré a buen precio, cosas que tiene la vida, Un pequeño empujón, de Cass R. Sunstein y Richard H. Thaler. Nudge se traduce por empujón, en el sentido de inducir a alguien a hacer algo. Un toque, tal vez pueda decirse también. Así que puede que les resulte grato a quienes les interesen la sociología y la psicología social. Fue un libro que disfrutó de sus días de gloria en la prensa patria, con algún sesudo análisis, incluso. Todo hay que decirlo, tras unas 60 páginas me está resultando más que interesante, como casi todo lo que publica Sunstein, quien, por cierto, hablando coloquialmente, le pega a todo. Muy útil me resultó su República.com, por ejemplo.




"Un nudge, tal y como empleamos el término, es cualquier aspecto de la arquitectura de las decisiones que modifica la conducta de las personas de una manera predecible sin prohibir ninguna opción ni cambiar de forma significativa sus incentivos económicos. Para que se pueda considerar un nudge, debe ser barato y fácil de evitar. Los nudges no son órdenes. Colocar la fruta de forma bien visible es un nudge. Prohibir la comida basura no lo es."


Asimismo, obra en mi poder, impulsado por la ferviente recomendación feisbukiana de Fernando Broncano, Esta vida. Por qué la religión y el capitalismo no nos hacen libres, de Martin Hägglund, que parece una monografía dedicada a demostrar los efectos contraproducentes de las religiones en lo que se refiere a conformar sociedades bien ordenadas. Ya les contaré mejor a medida que avance en su lectura. Por ahora, muy bien. Supongo que a los creyentes no les hará tanta gracia.




"Esta vida se dirige tanto al público religioso como al secular. Invito a los religiosos (y a los de tendencia religiosa) a preguntarse si de verdad tienen fe en la eternidad y si esta fe es compatible con el cuidado que alienta sus vidas. Por otro parte, animo a los lectores, tanto religiosos como profanos, a ver por qué no se debe considerar la finitud de nuestra vida como una carencia, una restricción o una condición caída. En vez de lamentar la ausencia de la eternidad, deberíamos reconocer el compromiso con la vida finita como condición para que haya algo en juego y para que alguien pueda vivir una vida libre."

Como no puedo leer sólo dos libros de manera paralela, el otro día compré Los vicios ordinarios, de Judith N. Shklar. Tras 66 páginas leyendo, sobre todo, acerca de la crueldad y cómo la autora alaba y critica a Montaigne y Montesquieu considero bien gastado el dinero. Fue un libro escogido, no diré que al azar, pero sin intención previa, al menos.



"Así, la desacralización de la política fue uno de los principales objetivos de Montesquieu. La igualdad no era necesaria para ello, y él prefería un pluralismo jerárquico, atemperado por tales instituciones igualitarias como el jurado elegido por sorteo. No en vano, los jurados determinan el resultado de aquellas situaciones en las que el ciudadano común afronta la ley penal y su impacto físico. El igualitarismo negativo consiste realmente en un miedo a las consecuencias de la desigualdad, en especial al efecto deslumbrante del poder, que libra a sus poseedores de todas las restricciones. Tal igualitarismo es un corolario obvio de la anteposición del rechazo a la crueldad."


Casi me olvido: he acabado La tragedia griega, de Jacqueline Romilly. Me ha parecido enriquecedora. La lectura de los trágicos griegos cuya obra ha llegado hasta nosotros, Esquilo, Sófocles y Eurípides, gana muchísimo (al menos, esa es mi sensación) tras el análisis entusiasta y pormenorizado de la académica francesa.



"Así como no hay ninguna obra entre las que se conservan de Esquilo en que no podamos encontrar, en el centro y dirigiéndolo todo, el problema de la justicia divina, del mismo modo no hay una sola obra entre las que se conservan de Sófocles en que el problema del orden ético no se presente en toda su intensidad, encarnado en los personajes."


En fin, en esta huida a ninguna parte que es la acumulación de lecturas y de libros, y sumemos los libros que no llegan a comenzarse y los proyectos de lecturas que nunca se cumplirán, espero algún tipo de redención con los que tengo pendientes de recoger, como son La mente reaccionaria, de Corey Robin (no puedo evitar el pensar en tantos columnistas, artistas y literatos entre nosotros, tan semejantes en su pensamiento político al hombre de bar con palillo entre los dientes), Lo posthumano, de Rosi Braidotti (interés suscitado, digámoslo claro, por emular a un amigo que ya está leyéndolo) y Los idus de marzo, de Thornton Wilder. Vayan Vds. a saber por qué escogí este libro porque no recuerdo la referencia tuitera, feisbukiana o amical.

Por otro lado, y adentrándome en espesuras macaronésicas, tengo que reconocer que me encantaría que se organizaran más festivales de literatura en Canarias: hispanoamericanos, por aquello de la redundancia, o, si se quiere, de literatura eslava, o centroeuropea, o rumana (con un apartado especial a las traducciones a esa lengua, esenciales, como se sabe, para la difusión de la literatura canaria), o de la lengua de alguna tribu de las montañas de Borneo. Festivales literarios en Canarias que se sucedieran como cangilones de una noria. Claro está, de la noria cultural.

Todo sea por mantener ocupados a los escritores reinventados en columnistas resentidos

Sí, porque, más allá de sus defectos o virtudes como atractores de personalidades literarias en diverso grado de relevancia y del sufrido público en general, y de captadores de recursos para la organización de este tipo de eventos, nos evitaríamos el resto de la ciudadanía el pinchazo en el hígado al conocer que estos sujetos han vuelto a publicar, por no tener otra actividad a la que dedicarse, algún artículo propio de martillo de wokes y feministas, a predicar contra el exceso de moral que afecta a las sociedades occidentales o a quejarse de la censura progre mientras publican lo que les da la gana.

Propongo, abundando en esto, que les subvencionen cuantas instituciones públicas y privadas, UTE y partnerships existan, que les dediquen una casilla en la declaración de la renta, si es menester. ¿Para qué queremos columnistas de baratillo cuando podemos tener directores de festivales comprometidos? ¿Para qué perder a organizadores más o menos competentes  de saraos culturales y, en cambio, seguir soportando a pesados que escriben? 

Ojalá no fuera un falso dilema.

jueves, 28 de septiembre de 2023

Apuntes de política: 'Pocos contra muchos', de Nadia Urbinati

En estos tiempos de tanta soflama partidista, es motivo de satisfacción leer filosofía política expuesta con claridad e inteligencia, que contribuya a despojar (al menos, en parte) la confusión respecto de las circunstancias que han contribuido a la crisis de las democracias representativas, tal y como se han desarrollado en Occidente tras la II Guerra Mundial (con la excepción de España, que se incorporó tardíamente tras la dictadura franquista ya en los años 70).

En este sentido, y valgan estos meros apuntes, Pocos contra muchos, de la conocida politóloga italiana Nadia Urbinati, de corte liberal (aunque es un liberalismo que sería irreconocible en España por su defensa de no solo de los derechos individuales sino de la implicación del Estado en la provisión de bienes y servicios), recoge esa distinción clásica, y tan republicana, de los muchos y de los pocos, y la contrapone al concepto de igualdad tan caro a las democracias, desde la Atenas clásica hasta hoy mismo. El marco es el de la crisis de las democracias representativas.

                                    

No viene mal compararlo con un libro, también muy clarificador, que, en parte, aborda cuestiones semejantes, como es El desorden político, cuyo autor, el reputado sociólogo y politólogo Ignacio Sánchez-Cuenca, se pregunta por las razones de la desafección política, así como de la volatilidad en el voto y la polaridad ideológica. Las encuentra en el desgaste de los mediadores tradicionales de la voluntad ciudadana, como lo habían sido hasta hace relativamente poco los partidos políticos y los medios de comunicación. Este ocaso, sí he entendido bien, viene causado por el auge del individualismo y por la extensión de la digitalización. La interrupción en la mediación o, si quieren, su ocaso o su falta de éxito en seguir llevando a cabo esa tarea es la que ha propiciado el surgimiento de los partidos populistas, en los que se enuncia siempre esa división entre el verdadero pueblo y la élite. El pueblo, el de verdad, será encarnado por el líder.

Nadia Urbinati, que nombra estas mediaciones más bien de pasada, señala en cambio una causa subyacente: la del divorcio de las élites (en especial, las económicas) del resto de la ciudadanía. La renuncia de estas a seguir con el pacto de la redistribución de la riqueza que fue fundamental en Occidente tras la última guerra mundial. La puesta en práctica con enorme éxito de los principios neoliberales y el hundimiento del bloque comunista coadyuvaron a este progresivo apartamiento de los "pocos" respecto de los "muchos". Esta falta de compromiso de los primeros con respecto a los segundos y los consiguientes recortes de la aportación de los Estados en las políticas sociales ha llevado no solo al deterioro de las condiciones socioeconómicas de las clases medias y bajas, sino que políticamente los ha alienado, alejándolos de los partidos tradicionales, que, a su vez, habían sido más proclives a formular y ejecutar políticas en consonancia con los intereses de las élites. No olvidemos tampoco que los grandes medios de comunicación requieren enormes cantidades de capital. Asimismo, las plataformas de contenidos de Internet y las redes sociales son propiedad de grandes corporaciones, menos interesadas por la calidad de la esfera pública (o no interesadas en absoluto) que por el beneficio económico.

La democracia se basa en el presupuesto de un solo pueblo, y el concepto de igualdad atraviesa el cuerpo político más allá de las desigualdades económicas, siempre que subsista la ilusión del progreso individual y del pacto de solidaridad entre los/as ciudadanos/as. Cuando ya no se cree en el pacto, cuando toda idea de progreso y mérito se ve borrada por la petrificación de las jerarquías sociales, económicas y políticas, el cuerpo ciudadano se divide entre la mayoría, el pueblo, que se queda al margen de la toma de decisiones y del disfrute del bienestar y el aprovechamiento de las potencialidades personales y la minoría, oligarquía, que sí tiene la capacidad de hacerlo. En ese sentido, la democracia muta en una república, entendiendo por esta, dice Urbinati en este contexto como "la fractura del cuerpo unitario del gobernante democrático en dos partes opuestas, la élite y el pueblo" (pág. 40).




Volviendo a Sánchez-Cuenca y a Urbinati, es significativo que estos dos politólogos consideren la emergencia de los partidos populistas o antiestablishment como síntoma de la crisis de representatividad que asuela nuestras democracias. No obstante, el enfoque va en direcciones contrarias, pues mientras Sánchez-Cuenca intenta explicar el alejamiento de la ciudadanía de la política y de la información tradicionales, Urbinati se empeña en explicarnos el por qué son los pocos, la minoría que rige la economía y la política, los que se han ido alejando del pacto democrático de la solidaridad y de la igualdad, que se sustancia en la adopción de las políticas neoliberales y el desmontaje del Estado benefactor durante las últimas décadas. Este alejamiento, como decimos, es el que ha propiciado el resentimiento y la protesta social, que ya no se vehicula a través de los partidos políticos tradicionales ni de los sindicatos también tradicionales y tampoco encuentra expresión en los medios de comunicación. Lejanos han quedado ya los tiempos de la política nacional corporativista. Esta conflictividad social ya no es capaz de institucionalizarse ni resolverse por conductos establecidos. Urbinati, a este respecto, cita el movimiento de los chalecos amarillos en Francia como ejemplo paradigmático.

Otro asunto, y esto lo digo yo, es que esos mismos partidos populistas que se alimentan del resentimiento de los muchos por su percepción de una sociedad mal ordenada y la flagrante desigualdad de oportunidades también sirvan a menoscabar la misma democracia y a seguir favoreciendo a los pocos. Siempre nos olvidamos que mientras un cambio de sistema económico en Occidente, en general, y en España en particular es casi imposible, un capitalismo sin democracia no parece representar un principio un panorama odioso, ni mucho menos una contradicción económico-política para ciertas élites, que al menos desde el informe de la Trilateral han abogado por una democracia mínima, una sistema político de dirigentes renovados periódicamente por una ciudadanía cuyo único papel es sancionar esa renovación mediante el mecanismo electoral.

Asimismo, señala la autora, la secesión de las élites no solo se manifiesta en el aspecto económico, sino también en el social-urbano y en el secesionismo político-estatal, como, señala, el noreste de Italia, Cataluña o Escocia. A su vez, la ciudadanía iracunda solo encuentra posibilidad de expresarse mediante la protesta callejera, exponiéndose esta a ser considerada sólo como un asunto de orden público, tratado, pues, policialmente.

En definitiva, dos libros muy recomendables para, como dije al principio, entender las mutaciones de las sociedades democrático-representativas y su compleja situación en la actualidad.


jueves, 31 de agosto de 2023

Asuntos varios: cerremos agosto

En los días más deprimentes, pienso que todos los países del mundo, incluso esos que parecen alienígenas por su grado de civismo (como suele decirse de los nórdicos) tienen sus momentos pintorescos, cutres o, abusando del término, surrealistas. Pero, claro, es difícil de imaginar una situación como la que hemos vivido la última semana, en la que el presidente de una federación deportiva, en el momento de alcanzar la cima más alta por su gestión, como es que el equipo nacional gane la copa del mundo, es también el del comienzo de una caída, qué digo, zambullida en el pozo más hondo. Porque hay que ser muy bueno en lo malo para hilar todas las meteduras de pata que ha cometido el presidente de la RFEF: desde la agarrada de huevos en el palco junto a dignatarios/as y miembros de casas reales, pasando por el beso/pico ("sin mala fe por ninguna de las dos partes") a una jugadora, además de embarrarse con posterioridad en un comunicado en el que se atribuían declaraciones a esa misma jugadora que no había pronunciado, y acabando con el famoso discurso ante la asamblea de palmeros (que no tardarían en abandonarlo con admirable desparpajo) en el que afirmaba que "el falso feminismo es el principal problema de España". Una locura atrabiliaria, una sucesión de torpes aspavientos, trastabillándose sin parar hasta el precipicio, un salto cabeza abajo hasta el pedregal de la ignominia sin descansar ni un minuto. Y para añadirle más pimienta al asunto, la madre doliente que se encierra en una iglesia para hacer huelga de hambre "hasta que Jenni diga la verdad".

Menuda astracanada hispánica.

Luego, cuando esta sucesión de disparates, que adquiere gran relevancia simbólica en el espacio público, suscita un coro de voces que señalan la flagrante dimensión machista, saltan, cómo no, los de siempre, los de la reacción, hablando de "Santa Inquisición", "caza de brujas", etc., como si no supieran que la mayoría de los asuntos relativos a los actos del poder arbitrario no tiene otra solución que la denuncia y la presión públicas. Estas personas utilizan el viejo método de culpar a la víctima bajo la bandera del inconformismo y de lo políticamente incorrecto. Lo que hay que leer, de verdad. Debe de haber algo que se rompe cuando las instituciones que uno contemplaba con el debido respeto, ya sean la RAE, Plácido Domínguez, la familia nuclear, el uso del piropo o, en este caso, la RFEF, son pasto de las críticas, tanto más cuanta más razón tengan.

Esta España mía, esta España nuestra.

En otro orden de cosas, nuestro denunciante de cabecera del "dogmatismo moral" y de la supuesta censura feminista, además de martillo de wokes y antiguo escritor que parecía que sí pero fue que no, vuelve a dirigir un festival literario en La Palma, donde se encontrará con numerosas mujeres escritoras. No estaría mal, para que sepan dónde se meten, que leyeran sus artículos al respecto. Incluso mejor si quisieran expresar su opinión. Por ejemplo, se me ocurre, Elsa López, nuestra laureada Premio Canarias. Imagino que es poco probable que monten el pollo a donde van invitadas, pero me pregunto para qué quiere uno ser escritor/a si no es para ser, como mínimo, contestón/a, aun a ratos. Por otro lado, el mundillo literario y sus salones anexos con vistas al abismo son más bien de estilo churrigueresco-conformista y sus asiduos/as prefieren criticar por la espalda mientras se toman el canapé y el chato. Ya pronunciarán después conferencias muy sentidas sobre la literatura y la libertad, el escritor/la escritora como intelectual, etc.: standing ovation, y a otra cosa.

Les confieso, asimismo, que me resultan insufribles esos escritores que se creen parte de una élite intelectual, artística o de algún tipo; que abominan de las masas, siempre las masas. Las cuales, por cierto, se empeñan en leer cualquier cosa menos lo que escriban ellos. Qué digo: preferirían sufrir tortura antes que leer el poemario o el librito de cuentos de marras. Escritores que no gozan ni del reconocimiento popular ni del de sus pares. Resentidos por la libertad ajena, envejecen muy mal.




Por otro lado, acompáñenme por la escondida senda, comparto con Vds. la satisfacción que me está produciendo la lectura de dos clásicos de René Girard como son La violencia y lo sagrado y Mentira romántica y verdad novelesca. Es esa sensación de que te están revelando algo importante. Reconozco, también, que tengo parado el libro de Fredric Jameson Los antiguos y los posmodernos y el de Rosalind E. Krauss La originalidad de la Vanguardia y otros mitos modernos. No se puede con todo al mismo tiempo. Además, ya saben que hay ocasiones, uno no sabe por qué, que apetecen unas cosas y no otras. Tal vez, apetecer sea aquí un verbo muy blando, casi inapropiado.

Para empeorar la situación, tengo pendiente de recoger en mi librería de referencia La tragedia griega, de Jacqueline Romilly, Esta vida, de Martin Hägglund, y Nuestra parte de noche, de Mariana Enríquez; esta última novela recomendada con fervor por el amigo Samuel, gracias al cual, por cierto, descubrí a Gustavo Faverón Patriau y su extraordinaria Vivir abajo. Tampoco se sorprendan que entre tanto desorden lector, haya rescatado para leer por las noches un afamado libro de la literatura filosófica-política como es El momento maquiavélico, de J.G.A. Pocock, comprado ya hace un lustro, al menos.

No les miento si les aseguro que tengo como unos trescientos libros esperando el momento adecuado para comprarlos: los apunto, hago capturas de pantallas, hago fotos de la portada... Mis sistemas de almacenamiento son de lo más dispar. Y siguen acumulándose las referencias. Antes de que me muera no habré leído ni una quinta parte de lo apuntado, no me engaño.

A veces, dejándome llevar por desatinadas fantasías, proyecto llevar un inventario de libros y establecer un cabal plan de lecturas. Son recurrentes estas ensoñaciones desde hace décadas, pero, claro, nunca he encontrado el momento. Es posible que haya otra dimensión en la que un Ubaldo lo lo hizo y le ha ido muy bien. Igual es la misma en la que los suplementos culturales les resultan útiles y placenteros al público porque quienes se encargan de las reseñas y de la crítica se toman en serio su trabajo. También en la que la propiedad de los medios de comunicación se da cuenta de la responsabilidad que tiene en contribuir a una esfera pública democrática y no considera a esta mera herramienta o caja de resonancia para sus intereses privados.


viernes, 18 de agosto de 2023

'La paz de las colmenas', de Alice Rivaz

Oyendo hablar a algunos escritores patrios, ya españoles, ya canarios, podríamos asegurar que todos ellos poseen una comprensión cabal, si no completa, de lo que es el feminismo. O todo lo contrario, más bien, si dejamos de ser irónicos por un momento: incapaces de oponer algún argumento de cierta entidad, tanto lógico como filosófico, buscan hombres de paja para denunciar las supuestas atrocidades de este movimiento y augurar una era de un totalitarismo basado en el sojuzgamiento de los hombres heterosexuales, en diversos grados de blancura fenotípica, en estrecha connivencia con los dictados de la Agenda 2030, los/las ecologistas y la OMS, en una amalgama algo confusa.

Como si al decir Marx, alguien respondiera: "¡Stalin, el gulag, la Revolución Cultural! O si al decir Jesucristo, otro exclamara: "¡Los pogromos, la Inquisición, Pío XI! En fin, tonterías de barra de bar y palillo en los dientes que, de modo no tan asombroso, pueblan columnas de periódicos y tertulias de radio y TV. 

Se puede ser más ridículo, pero habría que esforzarse mucho, más aún de lo que se empeña esta gente, que después de haberse quemado literariamente, sin rastro ya de chispa artística, creen que aplicar el adjetivo woke a todo les proporciona una coartada para cobrar (cuando cobran) por su columnita en el periódico local de turno o soltar sus resabios (con ese tinte de amargura tan kitsch) en el muro de Facebook o en cualquier otra red social. Siempre habrá alguien, gracias a Dios, que ponga un corazoncito para que su destinatario se crea, al menos, antes de dormir, pastor de almas.

Todo esto viene a cuento del libro del que hablo hoy, instigado por un amigo traductor: en un correo múltiple, se expresaba de modo iracundo por el tratamiento que un programa cultural de Radio Nacional había dado a un libro recién traducido al español. A veces, la duda radica en la bondad o no de, al menos dos estrategias: vulgarizar/simplificar o pedir un esfuerzo extra al público para hacerle llegar un trabajo científico o una obra literaria, como aquí. Claro, decir de esta novela obviedades como "la fuerza radica en su texto" o el libro "es como muy corto" no ayuda. Sin embargo, a pesar del tratamiento, tal vez demasiado desenfadado, el comentario radiofónico toca muchos temas importantes.




Así es, 'La paz de las colmenas', de Alice Rivaz (versión en español de Regina López Muñoz). Ni la obra ni la autora me resultaban conocidas, y me dispuse a leerla casi sin prejuicio o sesgo, solo que había sido escrita antes que El segundo sexo, de Simone de Beauvoir. Por lo tanto, anunciaba un sentido feminista.

Como no quiero incurrir en frivolidades y que la cólera de mi amigo me persiga como la de un dios veterotestamentario, paso a detallar, de la manera más ordenada que puedo, mis impresiones acerca de la novela.

Partiendo del reconocimiento de que la protagonista, que es también la narradora, ha dejado de sentir amor por su marido, aquella intenta explicarnos las causas. No solo basadas en esa relación concreta, sino que, digamos que desde un punto de vista sociológico-cultural, se retrotrae al origen tanto del amor como de su consiguiente, y casi inevitable, pérdida entre hombres y mujeres.

Desde el punto de vista literario, es una novela fácil de leer: con un lenguaje claro y sencillo, dada su intención explicativa o didáctica, evidente, del resentimiento de la protagonista: de todas las mujeres (al menos, las de Francia, o si queremos, de las mujeres del Occidente europeo), de justo antes de la II Guerra Mundial, aunque bien podría extenderse hasta casi nuestra contemporaneidad, hasta la generación de nuestros padres/madres, al menos. Esta sencillez en la estructura gramatical y en el vocabulario es capaz, no obstante, de exhibir imágenes poderosas.  


He dejado de ser yo misma, necesito recuperarme. En el fondo, me gustaría separarme de Éric y hasta de los niños. Estar a solas conmigo misma, mucho tiempo. Creo que después todo iría a mejor. Verás, Jeanne, es como si la casa, Éric, los niños estuvieran constantemente junto a mí, frente a mí, detrás de mí, como inmensas paredes de roca que me bloquean el horizonte mire adonde mire. No veo nada, me tapan el cielo. Necesito volver a ver el cielo, apartar esos muros. Siento el deseo de liarme a puñetazos para tirarlos, derrumbarlo todo... ¿me entiendes? (Págs. 47-48)


Lo que no nos gusta es la falta de solidaridad entre ellos y nosotras, esa incorrección primaria en el reparto de las tareas cotidianas entre ellos y nosotras. ¿Cuándo se les meterá en la mollera ese sentido de la justicia que, no obstante, inflama sus voces en los parlamentos y catedrales, que los lleva a echarse a las calles y levantar barricadas? En ocasiones parece que estuvieran dispuestos a dar su vida por esa palabra tan rimbombante, y a veces sucede, es cierto. Prefieren empuñar un fusil o una ametralladora antes que una escoba, una vistosa bandera antes que un cepillo o una pastilla de jabón, y desgarrar los símbolos abstractos de la injusticia antes que erradicar la que queda al alcance de su mano y de la que ellos mismos son artífices. Les conviene más aludir a la justicia venidera, igual que desde hace dos mil años se enternecen pensando en esos verdes pastos del futuro donde lobos y corderos pacerán juntos. Así no se comprometen a nada. (Pág. 82).


Tal vez yo no cuente con la fe necesaria, ni esperanza en semejante milagro, pero un buen día entendí que el Lázaro de mi marido no se desharía de sus vendas, y que el único marido que viviría de veras sería el otro, su sucesor inesperado y decepcionante, ese del que sólo soy la esposa merced a un atroz abuso del lenguaje, a una mera convención. Porque a quien yo amaba era al otro, al muerto, y no al hombre que ha venido a pasar dos días conmigo y al que pronto le propondré una separación, si no el divorcio. (Pág. 103).


Ya no sé lo que quiero, no sé qué preferiría. Ya no tengo claro lo que me gustaría. Me siento un poco como un alga; floto. Pero un alga que se aferra en el agua a otras algas, mientras que yo parezco no aferrarme ya a nada. Tan flotante, tan libre como una ahogada. Dice Élizabeth que sólo en ese estado podemos ser pescados, hallados. Pero no a todos los ahogados los encuentras ni los rescatan. En cambio, si las corrientes grandes no los arrastran a lo lejos, todos se mecen. ¡Como yo! Y seguro que por ese me encuentro siempre en el mismo punto, por eso a veces regreso incluso a la posición de partida. (Pág. 147)


Respecto a su contenido, es casi una perogrullada escribir que es una novela de ideas, pues qué novela no lo es, qué novela, por defectuosamente que haya sido escrita, no las porta, junto con los valores propios de la época e incluso el cuestionamiento, más o menos consciente, de estos. Aborda, en su capa más profunda, la injusticia que percibe la protagonista, entre hombres y mujeres, con muchos de los argumentos que más tarde sostendrán la mencionada Simone de Beauvoir y de ahí en adelante: por qué el hombre es la racionalidad y por qué la mujer, la pasión, por qué el hombre es el término no marcado, por qué la mujer es la alteridad radical, porqué el hombre encarna la racionalidad, y la mujer, la naturaleza.

Asimismo, el amor. Primero, la protagonista da por supuesto su sentido, como si no fuera necesario problematizarlo o discutirlo. Segundo, lo hipostasia. El amor como centro, pero centro vital sólo de las mujeres. Es posible que a la mujer se le haya dado el amor mientras que al hombre, todo lo demás, sin excluir aquél. Por eso, el fenómeno de la bovarización, ese amor de imitación (y que también describe, junto con el fenómeno y recurso literario de la mediación René Girard en Mentira romántica y verdad novelesca) porque ha aprendido que es lo que debe desear. Por no hablar de la obsesión con la belleza, siempre  este concepto en una relación que diría casi parasitaria con las mujeres, en el sentido que las debilita, las hace caer presa de cánones y exigencias siempre, por definición, externos a ellas. También la belleza puede empoderar, pero tal y como se entiende en la novela, significa aceptación y aprobación... por los hombres, significa, al fin y al cabo, dependencia y heteronomía. Porque de eso se trata, al fin y al cabo. Incluso la religión se perfila en algún personaje como alternativa.

Hay en esto una casi inevitable esencialización al atribuir a las mujeres y a las hombres comportamientos y predilecciones por ser mujeres y ser hombres, porque soslaya la importancia de la cultura en la atribución de los comportamientos sociales y la asignación de roles para ambos sexos. Es más, como diría Judith Butler, no es solo el género (la asignación de usos y conductas atribuidas a los sexos) lo que está en juego, sino también la definición misma de sexo biológico. Qué es ser hombre, y qué mujer. Qué significa hombre y qué, mujer.

En este sentido, dicha esencialización resulta peligrosa, por mucho que proclame la injusticia del trato y de las expectativas atribuibles a hombres y mujeres. La postura de la narradora estaría más de acuerdo, tal vez, con las tesis de Luce Irigaray, y no como las constructivistas de, por ejemplo, Judith Butler. Siempre se está a un paso de caer en falacias naturalistas, tipo: "Como son las mujeres las que conciben, entonces son las encargadas de cuidar a los niños" o, como leí una vez en un periódico, hace muchos años, "Como las mujeres tienen la regla, no pueden ser juezas, porque entonces condenarían a todo el mundo", etc.

Claro que esto no tiene por qué significar una impugnación de la novela: quien nos narra no es una académica avezada en teoría feminista, familiarizada con los escritos de Mary Wollstonecraft, Sojourner Truth o con las numerosas filósofas que vendrán más adelante. Es una ama de casa con un empleo a tiempo parcial en la Francia de vísperas de otra guerra mundial y que lleva una especie de diario. Pedirle más no sería justo: tampoco, pedírselo a la escritora.

En definitiva, una novela que pretende hacer reflexionar sobre los roles sexuales y sociales de mujeres y hombres, de la injusticia y la percepción de esa injusticia por una mujer concreta. Además, precisamente su feminismo, digamos pre-académico (aunque ya habían surgido con anterioridad escritos y escritoras y actos de naturaleza política reivindicando los derechos de las mujeres), puede resultar adecuado para quienes no están actualizados (lo que significa casi todos los hombres) con las teorías feministas por la sencillez y claridad en la exposición de sus razonamientos. En todo caso, no es una novela de tesis, en el sentido de mero soporte de una idea, sino una creación artística de pleno derecho con la que la autora, además, expone con notable arte literario la irritación creciente que siente la protagonista con su posición de ser humano subalterno y dominado.



viernes, 11 de agosto de 2023

'Salón de África', de Ignacio Gaspar

Como ya se habrán dado cuenta, en este blog no dedico mucha atención a la política, en general, ni mucho menos a la literatura de corte político o social. Sabido es que a Tolstoi, Dostoievski, Cervantes, Shakespeare, Zola, García Márquez o Vargas Llosa, por citar algunos canónicos, no les interesaba demasiado y se dedicaban a escribir por mera estética y así levitar los domingos, planear los lunes y rasear en general el resto de los días. A nuestros escritores y escritoras de eximia categoría les gusta pensar que la literatura es escribir cosas bonitas o asuntos que en general no molesten al público lector. De lo contrario, piensan ellos/as, caerían, oh, horror, en literatura panfletaria, cuando no en escritos bolivarianos-woke o feminazis-comunistoides. ¡Que nada manche la sagrada tarea de la Literatura! (que no se sabe nunca muy bien cuál es). ¡Que nada nos empuje a colocarnos en el lado equivocado de la Historia!

En fin, y solo por contradecirme, y ya que esta es mi tribuna en la que gratis escribo y gratis me leen por cortesía, hasta que le dé la gana, de la empresa matriz de Gmail, Alphabet, les propino mi opinión en lo que atañe al ámbito canario de la coalición Sumar en las últimas elecciones generales:

Me pregunto, en primer lugar, que cómo es posible, y lo escribe alguien (yo) que votó a Sumar el pasado 23 de julio, que una dirigente política que estaba al frente de Podemos Canarias en las anteriores elecciones locales y autonómicas (recordarán perfectamente el desastre absoluto que sufrió este partido, perdiendo toda la representación en la cámara autonómica y obteniendo solo 10 concejales en todo el archipiélago) fuera designada como cabeza de lista de Sumar en la provincia de Las Palmas para el Congreso. Parece ser que no se le pasó por la cabeza dimitir, imagino que planeando la nueva rampa de lanzamiento que desplegaba la coalición liderada por Yolanda Díez. 

Esto lo escribe alguien (yo) que también votó a Podemos al Ayuntamiento de LPGC, al Cabildo de Gran Canaria y al Parlamento de Canarias en esas elecciones. 

Esta política, que en circunstancias normales ya se hubiera dado por amortizada, no hizo crítica alguna a su partido ni a ella misma por la debacle. Lejanas ya aquellos solemnes proclamas acerca de que no iba a hacer política más de dos legislaturas, justificó los lamentables resultados debido a una "oleada reaccionaria", como si detrás de la pérdida de votos no estuviera la voluntad de cada uno/a de los/as ciudadanos/as que dejaron de apoyar a Podemos, sino un fenómeno natural como una tormenta con aparato eléctrico, desviando así cualquier tipo de responsabilidad a la coyuntura histórica.

En segundo lugar, como antecedentes, recordemos, cómo no, a su antecesora, a la que, en los días de vino y rosas, le oí decir en un multitudinaria asamblea postelectoral en el salón de actos de Magisterio, en Las Palmas de Gran Canaria, que el éxito electoral (allá, en 2014) de Podemos en los primeros comicios a los que se presentaba en Canarias se debía a su patrullar los barrios con un megáfono, y no, claro, a la ubicua presencia de Pablo Iglesias (y también Errejón y Monedero) por tierra, mar y aire y en los medios de comunicación. Poco tiempo más tarde, al igual que en el resto de España, todos aquellos que no comulgaran con ruedas de molino dentro de Podemos, es decir, disintieran de las directrices del grupo de Pablo Iglesias, transmitidas capilarmente al resto de los territorios, acabaron en la marginalidad política o expulsados/as. Al final, solo quedaron facciones ocupapuestos.

Había gente que votó a Podemos al Congreso aun detestando la figura política de la primera secretaria general de Podemos en Canarias porque decían: "Estamos votando al partido". Unos años más tarde, esta representante se marchó del partido, pero se llevó el escaño porque aseguraba que los votantes no habían seleccionado una lista (la de Podemos) o, por delegación, al líder de entonces, Pablo Iglesias, sino a ella, seguramente (esto lo digo yo) por su carisma y su finura política. También, en las elecciones autonómicas de hace cuatro años, un grupo sospechoso de ser simpatizante de la anterior, los llamados pitistas, dimitió 24 horas antes del cierre de candidaturas. Fíjense cómo es la cosa que este sector, pitista o no pitista, prefería que los electores y electoras no pudieran votar al partido al que todavía pertenecían por su enfado con la sucesora en la secretaría general. Así es la historia, amigos. 

En fin, imagino que poco queda de Podemos ya, y que, salvo milagro, quedará absorbido por Sumar, si este consigue convertirse en un partido que no sólo reúna siglas, sino que profundice y desarrolle estructuras propias. En Canarias, supongo que aprovechando la falta de cuadros de otros partidos, lo que queda de Podemos intentará cooptar Sumar y seguir empeñándose en esa tarea tan sacrificada que es representar a la ciudadanía y no volver a trabajar, por ejemplo, de administrativa. 

Esta es mi reflexión amateur, como simple espectador y, eso sí, eterno votante de izquierdas, de lo que ha acontecido en los últimos meses en Canarias. Uno critica lo que más le duele. Es posible que aquella oleada de ilusión y de posibilidades surgida a raíz del 15-M (que algún resabiado columnista de batín y zapatillas calificó hace poco como "chatarra utópica") y que más tarde cristalizó en Podemos haya sido malbaratada y quemada por este partido hasta la raíz, tanto en Canarias como en el resto de España. Veremos qué ocurre a partir de ahora.

Ya les digo, no me gusta escribir de política. A mí, que me pongan delante un poco de esa literatura de no molestar, de buen rollito.




No estoy muy seguro de que Salón de África, de Ignacio Gaspar pueda leerse en clave política alguna. No obstante, a tenor de los cuentos que conforman esta colección, me resulta evidente que, al menos en el plano formal, no es en absoluto conformista. Ya sea en tercera o en primera persona, el estilo del escritor en muchos tramos de esta obra cumpliría las exigencias de hipotaxis de Sánchez Ferlosio: frases largas, encabalgamientos de subordinaciones y sucesión de aposiciones en largos párrafos que desafían la capacidad de asimilación de los lectores. Hagan el esfuerzo porque de lo contrario es posible que abandonen la lectura de modo prematuro. En otros, la escritura, aun con frases largas, descansa en párrafos cortos, en cualquier caso, con una capacidad nada impostada de insertar palabras vernáculas y poco usadas ya.

Añadamos que Ignacio Gaspar escribe difícil no solo por la forma. Los textos, a pesar de la exuberancia verbal que demuestra aquel, tienden al hermetismo. En alguna parte he leído "simbolismo" y conceptos así. Puede ser. Sin entrar en los posibles significados que haya imaginado el autor y puedan o no ser descifrados por el público, me basta con señalar que, como toda prosa rica en matices, una multiplicidad de aquellos es posibile, sin que necesariamente el autor tenga la prerrogativa de delimitarlos. 

Asimismo, hay una cadencia, un tono particular en los cuentos, ya en los escritos en su juventud o en los de ahora. Una impronta que es la marca de los artistas con estilo propio.


DESDE EL AMANECER DEL DÍA, doña Encarnación Frías corría la cortina de la ventana, permitiendo que la claridad del sol de la mañana invadiera la totalidad de la cabida del cuarto, y quedaba distraída, observando, con sonrisa cómplice y conciliadora la muda de pilitas de tierra cernida que habían construido los remolinos insistentes de vientito, de media noche para el día, en el abrigo de la vuelta de la esquina de la pared del cuarto de Teodoro Gómez, que borraban poco a poco de su cabeza, la imagen insistente de Isidoro Tacoronte, que la buscaba con porfía, en una obsesión desesperada de madrugada, como si la hubiese perdido definitivamente hacía años, porque para el sueño no contaba el tiempo. (Pág. 31-La mujer y el pájaro)


EN AQUELLA CUMBRE de incertidumbre, suspendida del cielo y abrigada en el valle de un frontón de la montaña colorada, Inagua lo constituían cuatro casas, aisladas en el tiempo, aparentes para habitar, disimuladas unas de otras, que para encontrarlas donde las habían levantado criaturas que huyen o que se ocultan con seguridad para largo tiempo por temor a persecuciones y a cautiverio, hacía falta otra particularidad que los ojos y astucia de reconocimiento, y pudieron ser el enclave anhelado que hombres de fundamento soñaron porfiados, (sic) alcanzar en vida, siguiendo las señales del sol de los vivos, para firmar en sus asientos el acuerdo público más importante de toda la historia de los territorios, y no hallaron hasta la muerte, resistiendo ataques de todas clases. (Pág. 63-Se acabaron las noticias)


La tarde transcurrió incómoda y pegajosa, como todas las tardes ocupadas en aquella clase de trabajo lento. Para distraer el dolor de huesos, a cada palada que echaba dentro de la carretilla, Valentín le ponía un nombre y se la dedicaba, una a una, hasta llenar la carretilla, a mucha gente. En catorce carretillas le había dedicado paladas seleccionadas, a todo el pueblo conocido. Y seguía con los animales, con los pedazos de tierra, con los manchones verdes, con las fuentes de aguas azules, con los zapatos a medida, con sombreros abrigados, hasta que se aburría, y continuaba pensando en los altibajos de la existencia, y en el beneficio que le reportaba a Amadeo Reverón el descombro de aquel huerto. (Pág. 102-La carta de Narciso Reverón)


Se acercó al bernegal y bebió agua despacio, mirando para el fondo del jarro y para la unión de la esquina de las dos paredes, a un lado. Disfrutaba de la reacción de un cuerpo a la corriente de agua, recorriéndole el interior, refrescándole los órganos. Le sabía a almíbar, y se lamió los labios húmedos que podía volverse a lamer cuando los tuviera secos, y recordarse de la cabida de aquel bernegal mediado que era una garantía.

Isolina Mesa era consciente de que estaba muerta de hambre, con las tripas lavadas y el estómago frío, y se le hacía imposible resistir más tiempo de duda, debatiendo si se atrevía o no a entrar, por lo menos, a comprobar el resto de caldo que podía quedar en el caldero, la mezcla del barrunto de fuego, ceniza y guiso mezclados que le hacían la boca agua.

La confianza de la intimidad la invitaba a empujar la puerta, sin prejuicio. No tenía porqué (sic) sentir desconfianza, tenía todas las condiciones a favor para realizar su pretensión. Al fin y al cabo se trataba de una casa admirada desde lejos, y daba la impresión de que en aquel momento se hallaba al servicio de ella, toda completa. (Págs. 119-120-Dama de Jama)


No obstante lo anterior, al menos en cuanto a los temas de los que son objeto en Salón de África, tengo para mí que Ignacio Gaspar se empeña en desplegar un imaginario literario en exceso tendente a un costumbrismo rural un tanto anacrónico, por muchos cantos a la España no urbana que se hagan en los últimos tiempos. No digo yo que no tenga su interés ni que el autor no pueda situar la acción donde y cuando le venga en gana, pero mi impresión como lector es, en algunos momentos, de estar leyendo asuntos antiguos que, en definitiva, poco tienen que ver con uno. Claro está que muchos de sus relatos tienen fecha de los años 70 o comenzó a escribirlos entonces, cuando lo turístico no lo había conquistado casi todo y lo rural no estaba distante. Un mundo de ayer.

También, alguno que otro parece dominado por la anécdota, o por alguna circunstancia que a duras penas lo justifica, sostenido eso sí, por esa prosa musculosa y, a la vez, minuciosa, del autor. 

Además, en varios cuentos se evidencia que la editorial Baile del Sol no se ha empleado a fondo (o en absoluto) en la edición del libro. Lo digo por las numerosas erratas, o errores gramaticales, que estropean los textos, en especial la de la coma entre sujeto y verbo. Esto no solo constituye un defecto de por sí, sino que desconcentra al lector, continuamente interrumpido por la presencia de ese signo ortográfico que, como buen petimetre, siempre se exhibe más donde menos debe. También, separando el verbo del objeto, etc. Por no hablar de algún "deshecho" por desecho, la presencia del adjetivo "inalterable" cuando querría escribir inalterado o tildes que convierten que de introductor de oración subordinada en interrogativa indirecta o en un como comparativo en ídem. No me cabe en la cabeza que una editorial publique un libro sin haberlo revisado antes, salvo que sea una acción filológico-anarquista que pretenda pulverizar la gramática y, ya que estamos, desmembrar a la comunidad lingüística.

Algunos ejemplos, sin ánimo de exhaustividad:

 

La consolidación de la fuerza completa del sol sobre la cuenca nevada del valle, (sic) alteró la respiración de la naturaleza oculta que se rebelaba inconformista y menesterosa, con crujidos estremecedores de dolor y resistencia, prisionera de una quietud tensa bajo el espesor de hielo. (Pág. 51-Museo de agua)


En la cabecera norte del valle, a pie de Teide, a la orilla del camino del hambre, la chimenea humeante con un chorro de humo quedo y volador de leña racionada, (sic) descubría el enclave del refugio, con tejado de escamas de laja trenzadas, a dos aguas, que permanecía medio enterrado por montantes de medias lunas de nieve y difundía una memoria personal de lo que había sido la nevada, (sic) (Pág. 51-Museo de agua)


¿Podía ser posible qué (sic) el pasaje de aquella galera por coincidencia, al principio de la nevada hubiera podido alcanzar el refugio desocupado sin fogal activo, y aguardaba regocijado, entregado a la risa y al sueño que el calor revoltoso del sol derritiera una parte de la tonga de nieve que impedía abrir de la ventana y asomar para fuera? (Pág. 52-Museo de agua)

 

¿En qué vidriero corriente y desapercibido de interior reflexivo o de duda, pretendió aquel hombre aislado, (sic) depositar la clave de memoria de un olvido cautivador que transformara el mundo de un alma personal con el hechizo de dos palabras corrientes? (Pág. 53-Museo de agua)


En una posición, que no estaba ni acostado, ni sentado, sino con media espalda arrimada, (sic) a una piedra un poco inclinada que se prolonga en almohada, a la altura de la cabeza, en la misma entrada de la boca de la cueva de Dionisio Torres, con el sombrero hundido hacia delante sobre la frente, y la punta de cigarro medio encendida y media (sic) apagada, en el labio, Fidel Herrera, a media voz, aventuraba lúcido, soñando despierto, que sentía los pasos hábiles de un rancho de mujeres libres, que salían de Chajama, a escondidas, por el barrero de Rosa Frías, y se dirigían a un sitio improbable, no muy distante de aquella cueva. (Pág. 79-El fuego en la boca de la cueva)


Aquel engaño de enajenación y bienestar al mismo tiempo, (sic) era de agradecer. (Pág. 79-El fuego en la boca de la cueva)


Poco antes de tocar el portillo del rellano de Petra Alonso, el rancho de mujeres desbocado, (sic) se encontró por sorpresa, de repente, con una talenquera infranqueable, levantada delante, y detrás de una amenaza provocadora que era mejor evitar. No se entretuvieron en idear una alternativa improvisada, sobre la marcha, giraron y volvieron para atrás por dónde (sic) mismo habían ido, y se instalaron debajo de la pared, en el paredón de Gregorio Toledo, a medio camino entre la cueva de Dionisio Torres y la era de Argelia Perdomo. (Pág. 81-El fuego en la boca de la cueva)


Sentado en la misma posición, Amadeo permanecía inalterable (sic), sin decir una palabra, atento a cada palada que Valentín Marrero paleaba. (Pág. 103-La carta de Narciso Reverón)


Aun así, insisto que vale la pena hacer el esfuerzo y leer los relatos. Hay cuatro que me han llamado la atención: La mujer y el pájaro, Se acabaron las noticias, La carta de Narciso Reverón (que me recuerda un cuento de Faulkner) y Dama de Jama. Son cuentos muy intensos, cada uno a su manera, en que la escritura minuciosa y reconcentrada del autor (con un corte, digamos más realista, en La carta, y más de tintes surrealistas en Dama de Jama) nos mete de lleno con firmeza en el mundo particular extraordinariamente bien dibujado.

Para finalizar, considero que Ignacio Gaspar, y estos cuentos lo muestran, es un escritor notable, con voluntad de estilo, algo ciertamente extraño por estas tierras, donde nuestras plumas más conspicuas son expertos en la literatura de cliché y de formatos predefinidos, fáciles de rellenar los domingos antes del fútbol. A mí, qué quieren que les diga, estos escritores que reflexionan y trabajan el lenguaje me atraen como crítico. Si a esto le suman la ignorancia que tengo de su recorrido literario, no puedo sino reconocer que me interesa leer su obra anterior.



P.D. Otra reseña, del apasionado Ricardo Pérez, aquí.



domingo, 30 de julio de 2023

'El problema de los tres cuerpos', de Cixin Liu

Estoy convencido de que uno de los principales problemas de la crítica literaria del Polillas podría encuadrarse dentro de la imagen mitológica del lecho de Procusto: escriba lo que escriba, valore como valore, a unos/as les parecerá exagerado y a otros/as, insuficiente. Como en todas las disciplinas humanísticas, no hay patrón inmutable ni unánime.

En general, la crítica literaria, que es positiva por sistema, mayoritaria en este campo social, traspasa los límites de un análisis que se pretenda objetivo y honrado: va más allá del comentario cordial y se convierte en estirado ditirambo o entusiasta hagiografía. Ya sea que se reseñe lo que el reseñador considera "bueno", ya sea por estrategia editorial y amalgamiento espurio de intereses, la crítica se vuelve edéntula, como mínimo, y contraproducente en el peor de los casos.

Si la crítica que redacto en este espacio es negativa en la valoración de una obra, con frecuencia los/as lectores/as favoritos del autor o autora se mesarán los cabellos, se desgarrarán las vestiduras y proclamarán la escasa valía de la crítica y la falta de legitimidad del autor. A unos les parecerá que no se argumenta lo suficiente; a otros, al contrario, que presto excesiva atención a los detalles. A unos, que me anima una vesania de origen turbio adornada por una prosa excesivamente culta; a otras, que mi falta de rigor se debe a la ignorancia más palmaria. 

Así las cosas, no resulta extraño que la crítica literaria que se pretenda seria no se ajuste nunca a las expectativas y a los intereses del público, mucho menos a los de la industria cultural, para la que aquella es mera herramienta publicitaria. Es más, diría que el proporcionar puntos de vista novedosos o inesperados que trastornen la perspectiva de aquél es uno de sus objetivos, como, en curioso paralelismo, también lo es de la literatura y el arte, en general. No digo esto para pretender que la crítica literaria sea también literatura (algo que solo el futuro podrá dictaminar en casos concretos) supuestamente dignificándola de este modo, sino para compartir con Vds. la idea de la crítica como aportadora de conceptos y enfoques que enriquezcan desde un punto de vista cognitivo al lector o lectora. Es en este sentido en el que la metáfora del lecho de Procusto a la crítica literaria se ajusta, por su exigencia permanente, por su insatisfacción por lo conseguido y por la incomodidad que genera, a mi concepción de la crítica literaria (y artística). También, porque a muchos/as les gustaría cortar las manos del crítico para que no escribiera reseñas negativas: sólo entonces el crítico sería crítico, un crítico al gusto de todos, que encajaría, por fin, en el lecho de Procusto construido en medio de la maledicencia y el rencor.

Entre la Escila del halago injustificado y de la actitud complaciente y la Caribdis del ensañamiento baldío y del resentimiento, debe navegar el análisis crítico.




Bien, como ya saben que la autonomía de la literatura sólo se ensalza como valor supremo en las mentes más conservadoras de nuestra sociedad (que uno no sabe si pensar si son ciegas o torpes), propongo, sin ánimo de ser original en la materia, que lo más interesante de la ciencia ficción no son los valores estéticos (en los que se basa aquella autonomía) en sus mejores obras, que también, sino, sobre todo, los relacionados con la exploración sociológica o política, con la coartada del diseño de mundos posibles por venir o, al menos, de argumentos situadas en ambientes futuristas.

Esto viene al caso por la novela de hoy, El problema de los tres cuerpos, de Cixin Liu, obra que al parecer ha sido un gran éxito all over the world. Lo cierto es que aunque a ratos podría encuadrarse dentro de la ciencia ficción dura, con detalles que insisten en la verosimilitud científica de los fenómenos, técnicas y objetos es accesible, con un lenguaje sencillo aunque no exento de estilo, con mucho diálogo y narrada desde el punto de vista de la tercera persona.

Además, ese vislumbre en la China comunista que va desde los años 60, en plena Revolución Cultural, hasta actualidad, no carece de interés, digamos que visto desde dentro y abordando asuntos que quizás, hasta hace poco, podrían haber sido considerados tabú en ese país.

Ya les digo que dentro del adjetivo ágil caben muchas cosas y sirve para justificar la más absoluta nadería. No es el caso de la novela de Cixin Li, en la que, a la vez que se desarrolla en varios saltos temporales una trama cada vez más acelerada, pone en la menta de los/as lectores/as asuntos como la colisión entre desarrollo económico y social y del daño ecológico, la noción de progreso vinculada al avance científico, una reflexión sobre la naturaleza humana y su capacidad para la autodestrucción que hacen que esta novela no sea un simple pasatiempo trepidante que consista en pasar páginas con rapidez: tiene un trasfondo que considero sólido y que, por lo que parece, se desarrollará en los dos siguientes volúmenes de la trilogía de la que forma parte. 

(Qué haríamos los seres humanos, cómo sobreviviría nuestra civilización sin las dichosas trilogías.) 

El tema de la novela es el contacto entre terrestres y extraterrestres y sus repercusiones, sobre todo, en la vida de los humanos. No obstante, y dado el aldabonazo que supuso, al menos para mí, la obra ya reseñada en este blog de China Miéville, Embassytown, la descripción de los extraterrestres representados en El problema de los tres cuerpos me resulta insuficiente, no porque sus conceptos científicos sean los mismos que los terrícolas (podríamos estar de acuerdo que las leyes de la física son independientes de la civilización que las conozca) sino porque su manera de pensar y de contemplar la existencia es plenamente humana, algo que me parece inverosímil (por no hablar de una mención peyorativa a "sociedades democráticas libres" que huele bastante). Lo que se gana en comprensión e inteligibilidad se pierde en sutileza y en el desafío que implica indagar la manera de pensar otra criatura pensante no humana. Incluso en una obra como La Paja en el ojo de Dios, de bastante menor peso filosófico que la de Miéville, también la civilización extraterrestre resulta, al menos hasta ahora, más compleja y extraña que la de la presente novela.

Asimismo, el problema de la inteligibilidad de la comunicación entre especies distantes entre sí en varios años luz se solventa sobre la marcha con un "sistema de descodificación". Y santas pascuas. En estos sentidos, la novela pierde fuelle en el sentido exploratorio al que hice mención al principio para allanar el camino al desenvolvimiento de una trama amena pero que no deja de tener un aire de familia, al menos en este primer volumen, con otras novelas sobre conspiraciones, no necesariamente de ciencia ficción.


Una de las chicas se quitó el cinturón y lo fustigó. La hebilla de latón le dejó una profunda marca en la frente, que enseguida quedó cubierta de sangre. El profesor se tambaleó unos instantes para después volver a incorporarse. 

-También introdujiste muchas ideas reaccionarias cuando enseñabas mecánica cuántica -anunció uno de los dos chicos, haciendo un gesto con la cabeza para que Shaolin prosiguiera. 

Esta, ansiosa por continuar, no tardó ni un segundo en reaccionar. Sabía que debía seguir hablando o, de lo contrario, su débil mente perdería la poca cordura que le quedaba. 

-¡Ye Zhetai, de esta acusación no puedes eximirte! ¿Cuántas veces has adoctrinado a tus estudiantes con la reaccionaria interpretación de Copenhague de la mecánica cuántica? 

-No es más que la explicación más coherente con los resultados experimentales que hay hasta la fecha. 

El tono calmado con que respondía, pese a ser el blanco de tan furibundos ataques, la desconcertaba. Empezaba a sentir pánico. 

-Según la misma -continuó ella-, la mera observación externa conduce al colapso de la función de onda. ¡No es más que otra muestra de idealismo reaccionario, y de las más descaradas! 

-¿Es la filosofía la que debe guiar los experimentos o son los experimentos los que deben guiar la filosofía? 

La súbita réplica del profesor consternó a los perpetradores de la sesión de castigo. Durante unos instantes no supieron qué hacer. 

-¡Pues claro que la correcta filosofía marxista debe guiar los experimentos! -espetó finalmente uno de los chicos. 

-Eso equivale a decir que la filosofía correcta viene dada del cielo. Se contradice con la idea de que la verdad emerge de la experiencia. Niega los principios con los que el mismo marxismo busca entender la naturaleza. (Págs.19-20) 


Echando por tierra las esperanzas más románticas e ingenuas, los académicos concluyeron que , al contrario de lo que pensaba una optimista mayoría, no era buena idea que la raza humano en su conjunto entrara en contacto con extraterrestres. Según ellos, su impacto dividiría a la sociedad; más que resolverlos, exacerbaría los conflictos ya existentes entre culturas diferentes. En resumen, en caso de producirse el contacto, la magnificación de las divisiones internas entre la civilización de la Tierra conduciría a un desastre seguro.

Sorprendentemente, el impacto sería siempre el mismo, ya fuera unidireccional o bidireccional, y con independencia de lo avanzada que estuviera la civilización alienígena. Esa era la teoría del contacto como símbolo, formulada por el sociólogos Bill Mathers, de la corporación RAND, en su libro El telón de acero de cien mil años luz: Sociología de la búsqueda de inteligencia extraterrestre. Mathers creía que el contacto con una civilización alienígena no supondría más que un hecho simbólico y que, fuera cual fuera su naturaleza, actuaría de simple catalizador y provocaría siempre el mismo efecto. (Pág. 178)


El alcance de la desquiciada irracionalidad del hombre llegaba incluso hasta Pico Radar, aquel oasis suyo tan alejado de todo. Ye había descubierto que el bosque que se hallaba al pide del precipicio estaba siendo arrasado por quienes en su día fueron sus compañeros. A diario veía aparecer nuevas parcelas de tierra desnuda; parecía como si a las montañas del Gran Khingan les estuvieran arrancando la piel. Más tarde, cuando las parcelas se extendieron y comenzaron a conectarse hasta que formaron un todo, fueron los pocos árboles supervivientes los que resultaron anómalos. Además, los fuegos que se encendían en los campos desnudos, como parte de las técnicas de tala y quema, convirtieron Pico Radar en un refugio para los pájaros, que huían de las llamas con las alas chamuscadas. Sus chillidos se oían por toda la base.

A nivel global, la locura de la raza humana alcanzó su cenit histórico. La guerra fría estaba en su apogeo. Los misiles nucleares con capacidad de destruir la Tierra diez veces esperaba a que les llegara el turno, en silos repartidos por dos continentes o en las entrañas de submarinos fantasmales que patrullaban el fondo de los mares. Un solo sumergible de la clase Lafayette o Yankee almacenaba suficientes para destruir cientos de ciudades y matar a cientos de millones de personas. Pero la gente normal seguía con su vida como si nada ocurriera. (Pág. 281).


Las reconoció desde lejos porque seguían vistiendo de color verde militar, un atuendo que para entonces había caído en desuso. Cuando las tuvo cerca, cayó en la cuenta de que muy probablemente llevaban los mismos uniformes que en aquella infame sesión de castigo: a fuerza de lavarlos habían quedado descoloridos y, además, estaban cubiertos de parches y remiendos. Aparte de la vestimenta, ninguna de aquellas mujeres, ya en la treintena, guardaba parecido alguno con las tres aguerridas guardias rojas que una vez habían sido. Saltaba a la vista que no solo habían perdido la juventud, sino mucho más. La primera impresión de Ye fue que, aunque en su día habían parecido estar hechas de un mismo molde, ahora eran totalmente distintas. (Pág. 312)

 

En fin, a la espera de que me decida a leer los siguientes volúmenes, El problema de los tres cuerpos es una novela con muchos vectores de significación interesantes, con la notable excepción de la configuración psicológica de los extraterrestres y de la comunicación con ellos, con un lenguaje (en la versión de Javier Altayó, el traductor) que se ciñe bien a la trama y al ámbito científico, sin grandes aportes estéticos, pero en absoluto pobre. 


P.D. Otra reseña, aquí, de Ricardo Pérez.