jueves, 29 de marzo de 2018

'El futbolista asesino', de Nicolás Melini

Disfruten de lo que queda de esta semana tan festiva, tan católica y tan laica a la vez, tan de Cristos sanguinolentos y tan de azul de piscina, porque la próxima semana comienza el carrusel de presentaciones de libros, a modo de preparación para EL GRAN EVENTO, la feria del libro. LA FERIA. Es en este lapso de tiempo cuando el buenrollismo alcanzará uno de los picos del año, donde la sonrisa y la carcajada, los ojos achinados por el regocijo y las palmotadas en la espalda se combinarán en diversos grados de afecto e hipocresía. Maestros de ceremonias correrán de un lado para otro ofreciendo sus servicios; escritores/as que no debieron serlo y escritores que no deberían ser otra cosa, inquietos en busca de un presentador que le dé lustre (vayan Vds. a saber por qué) a su libro, recurriendo a veces a espectros del pasado. Hay incluso escritores que siempre están presentando libros de otros. Es la feria amigos, es el circo. Con sus funambulistas buscando el equilibrio entre talento y la promoción, entre la escritura y la cadena de favores. Ya que estamos en Semana Santa, aparta de nosotros, Señor, ese cáliz.

Menos mal que siempre nos quedará la Literatura. En cierto modo, es un descanso que la novela pueda funcionar aislada de su autor/a, incluso del contexto en que se escribió. Nos ahorramos así las vanidades, las deudas, los acuerdos, las reseñas babosas, las casetas desde la que asoman la cabeza como cucos, las miserias personales... Nada de eso se hace presente cuando abrimos el libro y comenzamos a leer. 

Otra cosa es que no pasemos de la primera página.

Esto último, sin embargo, no se puede decir en absoluto del libro que reseñamos en esta ocasión:






Podríamos comenzar diciendo, para calentar, que el libro se publicó en 2000, y que la edición que manejo es de 2012 (ejemplar de segunda mano, con dedicatoria incluida: "Para Marixa (ilegible) con un fuerte abrazo. Madrid, febrero, 2012". Esto fijo que causa algún efecto mariposa). Ya saben que me gusta que cierta anarquía temporal reine en mis reseñas, tanto en las fechas de publicación como de los libros de los que escribo. Estar siempre pendiente de la novedad suscita cierto hastío, sobre todo porque la mayoría de ellas dan vergüenza ajena, y uno concluye que no vale la pena el esfuerzo. Así, ni Vds. ni yo mismo podemos predecir cuál será la próxima reseña. Tamaña imprevisibilidad resulta, creo yo, fértil.

Por otro lado, la portada de la edición que manejo (véase más arriba) me parece espantosa. Aunque, bien mirado, es de un kitsch que podría satisfacer ciertos gustos posmodernos, o a mí mismo en otro estado de ánimo más loko. No obstante, a pesar de ese ojo que, según leeremos, podría constituir una alusión a Buñuel, abro por la primera página y me encuentro con un texto que vale la pena.

LA NOVELA

El futbolista asesino comienza in medias res, justo antes de la perpetración de un asesinato. Terminará igual, con el mismo nefando acto, con lo que podríamos decir, utilizando una metáfora geométrica, que se cierra un círculo. Sin embargo, y aunque la narración procede del mismo asesino, es decir, en primera persona, se nos escamotean tanto las razones de los asesinatos, o la falta de ellos, como del momento elegido. Ignoramos si hay precedentes, si surgió por un capricho o por una fatal determinación suscitada por lo que fuera. Cuándo decidió volverse omnipotente, cuándo juez, para decidir sobre la vida y muerte de aquellos/as que se cruzaron en su camino. 

Intuimos un trasfondo familiar pobre y desgraciado por alusiones, pero el narrador y asesino, Felo, el futbolista asesino, está tan centrado en sí mismo que apenas tiene tiempo ni ganas para explicaciones o para la lógica de sus actos. Sin embargo, su voz resuena con fuerza, su nihilismo posee una fuerza singular y las imágenes que describe son vívidas, combinando un lirismo profundo respecto de su entorno con una minuciosidad desasosegante respecto de sus crímenes. No es Raskólnikov, sin duda, pero tiene voz propia en el indiferente universo que le rodea. Un universo capitalista posfordista, diría yo en un rapto de emoción izquierdista, en el que "no hay tal cosa como sociedad, sino solo individuos", y cada individuo se pretende estrella fugaz, cometa que vaga solo en un rumbo incierto. Un universo de soledades; y algunas, homicidas.



Bajamos caminando por la carretera. Hay un rielar muy cursi en el mar. Es el reflejo de la luna, pero también se reflejan, abajo, las luces de la avenida. O sea, que el mar es una fuente de luz en la noche. Y además están las luces de un par de buques y unos cuantos pesqueros. Me pregunto cómo verán los pescadores, desde mar adentro, la ciudad. La oscuridad está salpicada por las luces de las casas que se desperdigan en el campo. Trepan la ladera de la noche hacia el cielo, y se concentran, como inmensas galaxias, en pequeñas poblaciones. La pista del aeropuerto también es toda luces junto al mar, y ha debido empezar el concierto, porque la voz amplificada de un cantante rebota entre los barrancos y nos alcanza su eco retardado. (pág. 19)

Un montón de pececillos negros me pellizcan los pelos de los pies allí donde los hundo, y me hacen cosquillas. Resulta gracioso que los pececillos se congreguen peregrinos a mis pies, como a los pies de un dios, y se peguen entre sí y se amontonen para besármelos. La diestra es buena, les informo, aunque la zurda no es manca. (pág. 57) 


Si yo fuese de otra forma -más organizado-, en vez de andar improvisando crímenes hubiera viajado a Londres, hubiera alquilado una habitación con vistas a Hyde Park y hubiese esperado pacientemente con  un buen rifle de repetición cargado a que apareciera, por ejemplo, Vargas Llosa y su mujer haciendo footing. No dispararía a diestro y siniestro, porque nunca he sido partidario de la arbitrariedad. Pero si no he conseguido planear medianamente bien mi vida, cuánto menos hubiera sido capaz de planear algo así. Además, tengo muy mala puntería. Después de errar el tiro soplaría el cañón del rifle con un rictus de suficiencia y diría en voz baja: "Perdona, Mario, pero eres lo más parecido a la luna que he encontrado a tiro.Te mereces un francotirador a la altura de las circunstancias, un artista de la puntería capaz de alcanzar sus sueños con un solo disparo". Porque lo que yo quiero de verdad es disparar contra la luna. Apuntar bien con la punta del capullo y alcanzarla de un chupinazo. Pringarla y preñarla tan certeramente como si tuviera la NASA en los huevos. (págs. 88-89)


A mí, esa mención a Vargas Llosa me hace gracia, lo reconozco.

La intensidad de las apenas cien páginas es notable, salvo en algún momento, lo que tal vez pueda contribuir a producirnos una impresión demasiado buena, dado el carácter apremiante de la narración, aun con un final previsible. Yo, en particular, espero que una novela no sea un mero relato de acontecimientos, por muy bien escrito que esté. Echo de menos cierto desarrollo moral del personaje principal, a cuyo lado, percibo, los demás palidecen. Quizá es que en el egocentrismo supremo del asesino los demás somos excusas o motivos para la acción, nada más. También puede ser que el autor no haya sabido dotarles de mayor consistencia. A pesar de ello, los diálogos que entabla Felo con otros personajes son creíbles y a veces ingeniosos. Resultan verosímiles sin ser vulgares, lo que no es poco. 

Son, en buena medida, esos personajes secundarios, empero, los que evidencian la debilidad de la novela. Incluso Silvia, la novia del personaje, carece de la densidad necesaria para proporcionarnos contexto, y su intervención final no por más dramática y patética la hace más convincente. Hay algo en esa escena final entre los dos que me parece fallida: habría apostado por otro desarrollo que sirviera para adentrarnos en las complejidades de la personalidad de Felo.

Como conclusión, señalaría que es una novela que se lee con facilidad: una trama lineal, unos diálogos jugosos y una narración en primera persona de un ser obsesivo y asesino cuya trayectoria no deja de aterrarnos y fascinarnos. Esa narración, además, tiene el tono necesario a las andanzas del personaje. Su vida interior, aunque limitada, salvo escasos episodios, a sus actividades presentes, está contada de forma vigorosa y sin concesiones visibles al ego del autor (un defecto demasiado común, a tenor de pasadas experiencias lectoras). Por el lado negativo, la historia parece algo coja, falta quizá de ese contexto mayor (aunque solo fuera algo mayor) que nos permitiera atisbar más y mejor la personalidad del protagonista y de sus acciones, de su crescendo sanguinario. Hasta un asesino que mata (aparentemente) sin motivo tiene una historia y una psicología en su trasfondo. 

¿Que si la recomiendo? Pues sí: El futbolista asesino, con sus defectos, se eleva notablemente sobre la media en la producción literaria canaria que he leído desde que comencé con este blog. Si eso es mucho o es poco, ya lo dirán Vds.




P.D. Aquí les paso una mención de nuestro cascarrabias feisbukiano favorito, en su nivel habitual.













martes, 20 de marzo de 2018

'Gilead', de Marilynne Robinson

La próxima Feria del Libro en LPGC ya tiene fecha: del 29 de mayo al 3 de junio, supongo que en el parque de San Telmo (que tiene zona para chuchos, y todo). Lo que me parece muy bien: estarán allí los hardcore fans cuyo entusiasmo será proporcional a la cola que tendrán que hacer para recibir la firma venerada de los/aa escritores/as de moda, quienes, con más o menos sufrimiento, con más o menos regocijo, procederán a estampar su caligrafía en los libros de esa masa mendicante; estarán los habituales escritores de novela negra y lo que haga falta sacándose fotos con otros colegas del oficio para mostrar al mundo entero que son muy amigos de sus amigos y gustando de pasear por la playa; quizá, ojalá, otro/a cantautor/a con ínfulas líricas sobrevenidas, a ver si cuela; o esas autoras de novela rosa/romántica/erótica que parece que no están, pero que, según leo, venden mucho; espero encontrarme, cómo no, con los mismos libros a la venta en todos y cada uno de los expositores, viva la originalidad y canto cósmico a la repetición y el eterno retorno; estarán los ciudadanos noveleros y ciudadanas noveleras, que lo que se dice leer no leen mucho, pero qué más da, total, está todo en Internet y así damos una vuelta; y tendremos las presentaciones de novelas, poemarios y demás quincalla habitual con pretensiones a cargo de maestros/as de ceremonias que ni se han leído el libro en cuestión ni falta que hace, para lo que suelen perpetrar: esa mezcla de elogio sin fundamento con baba de adolescente enfebrecido. 

Será, como ha sido, ajustándose al concepto, una feria. Solo que en vez de productos agrícolas, maquinaria industrial, bondades del turismo isleño, espirales políticamente inocuas de Chirino o cosas en general de Dámaso, lo que se venderá serán libros (y alguna piedra con poderes magnéticos, que también). Yo agradecería (sugerencia a los organizadores) degustaciones de quesos y canapés variados, pero no todo va a poder ser.

Es posible, además, que disfrutemos de días agradables, sin demasiado sol, pero sin viento, alguna nube borriquera, quizá, para dar ese paseo entre la multitud aparentemente afín. Igual hasta nos decidimos a comprar un libro. Para eso es la feria, en primer lugar.

Vamos ya con lo nuestro, que se me impacientan:


Qué puedo decirles de Gilead, una novela que consiste, grosso modo, en la extensa carta que le dirige un padre septuagenario, reverendo por más señas, a su hijo pequeño a modo de legado extraído de la memoria. Un diario sin fechas, en definitiva. Pues les puedo señalar, por ejemplo, que en ningún momento incurre en ese error de caer en la sensiblería a la que el tema se presta casi sin querer; tampoco, ni mucho menos, en el empalago autorreferencial o en el llanto por aquí, llanto por allá a lo que tan dados es, por ejemplo, algún ubicuo representante de la literatura local. Todo lo contrario: la autora hace que el narrador se exprese con tono contenido, a veces con un humor suave y chispeante a la vez, de tal modo que sus recuerdos se suceden dibujando el espíritu de un lugar y una época y, al mismo tiempo, perfilando el carácter de quien los narra.

La religiosidad impregna toda la narración, pero una religiosidad a veces panteísta (aunque no sea esa su intención, quizá) a la manera de los trascendentalistas norteamericanos del siglo XIX. Es quizá por ello por lo que no molestará a los ateos irredentos ni a los indiferentes en cuestiones teológicas. 

Ya he señalado en alguna ocasión que no es lo mismo leer fácil que escribir fácil. Lo primero es lo que ocurre cuando leemos a maestras/os de la palabra, como, por ejemplo, a Marilynne Robinson y a sus traductoras, Montserrat Gurguí y Hernan Sabaté. Lo segundo es el error en el que incurren, una y otra vez, escritores de tercera fila que aspiran, sin ser conscientes del esfuerzo que supuso, a imitar esa facilidad (que sí, que también hay escritoras/es grandes que son difíciles de leer, pero no me refiero aquí a ellas/os), con los resultados deplorables que todos conocemos. El infierno literario está lleno de malentendidos como este.

Aquí extraigo algunos párrafos a modo de ejemplo:


Mi madre también estaba orgullosa en grado sumo de sus gallinas, sobre todo cuando el viejo se marchó y nadie le asaltaba el corral. Seleccionadas con juicio, el gallinero prosperó, dando huevos a un ritmo que le asombraba. Pero una tarde se formó una tormenta y una ráfaga de viento arrancó el tejado del corral y las gallinas salieron volando, succionadas por el vendaval, supongo, y también "comportándose como gallinas que eran", como reza el dicho de esta tierra". Mi madre y yo presenciamos el suceso porque, cuando había olido la llegada de la lluvia, me había llamado para que la ayudara a recoger la colada del tendedero. 
Fue un desastre general. Cuando el techo golpeó la cerca, apenas una tela metálica clavada a unos cuantos postes que no resistió más de lo que lo habría hecho una mera telaraña, había gallinas alzando el vuelo hacia los pastos, gallinas alzando el vuelo hacia la carretera y gallinas sin intenciones claras, comportándose como gallinas que eran. Entonces, entraron en acción los perros de la vecindad, así como los nuestros, y en aquel momento la lluvia arreció de verdad. Ni siquiera podíamos llamar a nuestros perros. El alborozo de éstos adquirió un tinte de vergüenza, me parece recordar, pero los demás canes ni siquiera nos prestaron tanta atención. Nunca en la vida se lo habían pasado tan bien. (págs. 42-43)

A veces me siento como si fuera un niño que abre los ojos al mundo, ve cosas asombrosas cuyos nombres nunca conocerá y luego tiene que volver a cerrarlos. Sé que todo esto son meras apariencias en comparación con lo que nos aguarda, pero eso sólo las hace más encantadoras. Tienen una belleza humana. Y no puedo creer que, cuando todos hayamos sido transformados y dotados de incorruptibilidad, lleguemos a olvidar esta fantástica condición nuestra de mortalidad e impermanencia, el gran sueño luminoso de procrear y perecer que para nosotros lo significaba todo. En la eternidad, este mundo será Troya, creo, y todo lo que ha sucedido aquí será la épica del universo, la balada que se cante por las calles. Porque no imagino ninguna realidad que deje ésta en las sombras por completo, y creo que la piedad me prohíbe intentarlo. (pág. 66).

"Extraño es el fruto de la adversidad." Dese luego que sí. Cuando estoy aquí arriba, en mi estudio, con la radio puesta y algún viejo libro en las manos y es de noche y el viento sopla y la casa cruje, olvido dónde estoy y es como si durante un par de minutos volviera a encontrarme en tiempos de penalidades, y la experiencia destila una dulzura que no comprendo. Sin embargo, esto no hace sino realzar su valor. Lo que planteo es que nunca llegas a conocer la verdadera naturaleza de nada, ni siquiera de tu propia experiencia. O tal vez ésta no tiene una naturaleza fija y cierta. Recuerdo a mi padre agachado bajo la lluvia, con el agua goteándole del sombrero y dándome de comer la galleta con su mano tiznada, con las ruinas ennegrecidas de la iglesia al fondo y el humo alzándose donde la lluvia caía sobre las brasas. Recuerdo el aguacero y a las mujeres entonando La vieja Cruz nudosa mientras se ocupaban de todo con sus delicados movimientos, casi como si bailaran al son del himno. En aquella época, ninguna mujer adulta permitía nunca que la vieran con los cabellos sin recoger, pero aquel día incluso las venerables ancianas llevaban la melena suelta a la espalda, como si fueran colegialas. Resultaba muy gozoso y triste. Vuelvo a mencionarlo porque se me antoja que buena parte de mi vida quedó comprendida en este momento. La aflicción me ha devuelto más de una vez a esa mañana, en la que tomé la comunión de manos de mi padre. Sí, recuerdo aquello como una comunión y creo que eso fue, exactamente. (págs.107-108)

Así, la fuerza de la prosa se manifiesta en la firmeza del trazo de los personajes que van apareciendo: hechos de carne, hueso, sangre, virtudes y mezquindades, coraje y cobardía. Humanos, muy humanos, sin atisbo de afectación, encartonamiento o impostura. 

Gilead, en fin, me parece una novela hermosa, por muy vacío que pueda ser el adjetivo. Me lo parece tanto por la forma: esa cuidadosa elección de las palabras, de la longitud de las frases y párrafos, la elección de las anécdotas y escenas; como por la moral que desprende: esos actos estúpidos y maravillosos de esos seres de destino siempre trágico que somos los humanos. Al fin y al cabo, es tanto una carta de amor a su hijo como una indagación en la propia existencia del padre y de sus amigos y vecinos. Una indagación que provoca una evolución del narrador a medida que avanza la escritura y que no podemos dejar de percibir. Es asimismo un espejo contra el que puede mirarse el/la lector/a: es posible que debido a nuestro cinismo y a nuestra mezquindad no estamos a la misma altura, que carezcamos de esa grandeza. Lo que no deja de inquietar, pero también de admirar. Digamos que la lectura de esta novela propicia que cierta calma reflexiva se asiente sobre nuestro ánimo, que cierta comprensión ampliada, que a buen seguro se desvanecerá con las horas, nos permita mirarnos y mirar a los demás de otra manera.

Qué simple aparenta ser, a veces, la belleza.


P.D. Tras escribir la reseña, y buscando otras sobre la misma novela encontré esta del famoso crítico literario James Wood, con el que coincido, curiosamente, en la selección de algunas citas.































viernes, 9 de marzo de 2018

'Días de paso', de Javier Estévez

A veces, no sé muy bien por qué, sin duda presa de un estado de ánimo singular, me vienen a la mente aquellos versos de Bécquer: "Yo sé un himno gigante y extraño /que anuncia en la noche del alma una aurora": una caliginosa calma que me gustaría que presagiara eventos formidables. Puede, sin embargo, que no sea más que melancólico pensamiento desiderativo, en vista de la continua decepción del devenir. Pues las noches del alma son bien oscuras, y encontrar los caminos que nos permitan emerger de ellas resulta, con el paso del tiempo, cada vez más difícil.

En mi caso, esos estrechos caminos están pavimentados, además de con buenas intenciones, con libros, con el legado cognitivo y a veces estético que otros seres humanos -los imagino también en la oscuridad, apenas iluminados por un fanal anacrónico- se esforzaron por dejarnos. Es por eso por lo que la creación humana en muchas de sus vertientes es admirable -evito nombrar aquí los monumentos a la iniquidad-. Nos sacan de nuestro quicio, de la conformidad enraizada en la impotencia y en la ignorancia, y a veces nos empujan a salir de nosotros mismos, a descentrarnos. No siempre somos tan detestables como solemos demostrar a diario.

Por algo nos sentimos atraídos por el arte, como descubrimiento, y por los avances científicos y sociales: la apertura hacia lo nuevo, el develamiento de lo oculto, la transformación de uno/a mismo/a como resultado, a pesar de nuestras miserias personales  y como especie.

En fin, todo lo anterior es más un torpe canto a la esperanza que la constatación de un pesimismo siempre disponible.






Este es un libro cuya lectura surge como recomendación de un lector habitual de este blog (y también reseñador por un breve periodo). Lo cierto es que, quizá por el tráfago de aquellos días, tras unas pocas páginas lo abandoné. Tiempo después, y sin que ninguna motivación especial me animara a ello, volví a su lectura. ¿Qué había cambiado en ese tiempo? Quizá cierta pausa. 

Esa pausa es necesaria para leer Días de paso. Salvando las distancias, en ciertos momentos nos recuerda esas lecturas silvestres de Thoreau o cosmológicas de Stapledon en las que uno entra reticente y sale ungido. Hay una trama, sin duda, pero creo que uno de los valores de la novela radica en la capacidad de expresar sin cursilería el lirismo que la naturaleza (el mar, el bosque) de Gran Canaria hace aflorar en el narrador. El autor logra transmitir sin pretenciosidad un panteísmo convincente, personaje mediante, con un vocabulario ajustado, sin sumirse en términos demasiado técnicos que pudieran alejar al lector ignorante, como yo mismo, en materias geobotánicas.

La obra comienza con el descubrimiento de un diario en una casa: la técnica del manuscrito encontrado. Es el diario de un botánico que en los años de la ocupación francesa a principios del siglo XIX tiene la intención de viajar a La Habana y se ve obligado a recalar en Gran Canaria, en el imaginado pueblo de Lucena (aunque existe un caserío llamado así en el municipio de Gáldar), mientras en la vecina isla de Tenerife se ha desatado un episodio de fiebre amarilla que tiene a la isla en cuarentena. Allí, en Lucena, permanece alrededor de un año.

Como si el autor estuviera cada vez más seguro de sí mismo, de su capacidad para crear este mundo mitad imaginado, mitad real, de Lucena y sus alrededores, la novela va desplegándose lenta pero firmemente. Además de la geografía isleña, descrita con algo más que entusiasmo, Éstevez se centra en mostrar la posibilidad de la amistad, en subrayar la latencia de fraternidad entre desconocidos. Pero sin almíbares empalagosos ni con la filosofía pretenciosa de tanto escritor ensimismado, sino con sencillez, sabiendo, simplemente, elegir bien las palabras y la cadencia de las frases.


Pero es en el fondo de los valles, en las alargadas hondonadas donde se extiende el reino de la umbría, donde crecen los árboles más espléndidos de todo el bosque, donde cada ejemplar irradia tal majestad y solemnidad, tal porte y altura que entremezclados con la bruma ofrecen una atmósfera irreal. Fue en este punto donde al unísono descendimos de nuestras monturas. Nadie nos obligó y nadie lo propuso, pero de una manera natural entendimos que nuestro comportamiento a partir de ese punto tendría que ser igual de respetuoso que si estuviésemos dentro de una catedral. Y no es un ejemplo caprichoso pues es este bosque un inmenso templo pagano que parece no haber visitado nunca el tiempo. Y de la misma manera, se impuso entre nosotros un silencio absoluto solo interrumpido por el bisbiseo del arroyo, de las fuentes, que aquí no callan nunca, por el aleteo revelador de las palomas y el silbido constante de otros pájaros y del viento que sacudía con timidez las copas altas de los árboles. Aquí, en las vaguadas más profundas, las nieblas se remansan y como si de un mar dócil se tratara, bañan el bosque durante todo el año creando un ambiente de humedad tan extrema que la vegetación permanece empapada incluso en el estío. Hay tal serenidad dentro del bosque que uno aseguraría que la vida, bajo estas sombras, se sucede sin drama alguno. (pág. 87)

Desde la solana de la casa, en un pequeño banco de madera adosado a la misma, esperamos sentados ambos la llegada de la noche en silencio, observando como (sic) la niebla se acerca, ocultando los valles profundos y dejando en resaltes los lomos que ahora se aparecen ante nuestros ojos como pequeños islotes que sobresalen sobre el mar de nubes. Las nieblas ascienden e inciden sobre las crestas. El interior del bosque, siempre tan atractivo, gotea con persistencia y es aún más sugestivo cuando permanece envuelto por el tenue velo de la niebla. Es un privilegio observar esta naturaleza majestuosa, disfrutar estos espacios donde el espíritu se recrea y se alimenta del silencio y las sensaciones que emanan del paisaje, del aire, de los árboles. (pág. 90)

He vuelto esta tarde al jardín, a ver el drago. La visión de este árbol mítico y místico me consoló por el fracaso del ascenso al pico. He buscado la perspectiva que más me gusta y he grabado en mi cuadernillo un retrato detallado del mismo. Al finalizar, he imitado a Mateo y le he dado unos golpes fraternales a su tronco, a modo de despedida. Luego, he vuelto al lugar donde había hecho el dibujo, he escogido el cuadernillo y los lápices y me he marchado con una agradable sensación de felicidad. Deberíamos vivir como viven estos árboles prodigiosos: mereciéndonos la eternidad. (pág. 108)

Un poco más adelante, la novela se embarca en una descripción cuasi camusiana sobre los estragos de la peste en el pueblo y las miserias y grandezas humanas frente a ella, mientras un cometa (signo de desgracias, como es bien sabido) surca las noches. Llama la atención, sin embargo, que salvo algún personaje femenino levemente esbozado, las mujeres son casi invisibles, lo que no deja de llamar la atención. No es que pretenda decir que tenga que existir paridad alguna en la elección de personajes por parte de un/a novelista, pero resulta raro que en la interacción del personaje con la población, apenas se perfile alguna mujer o niña.

No obstante, al igual que en otras reseñas he subrayado que, a pesar de la ocasional idea brillante o la invención de una trama original, lo que fallaba, en ocasiones de modo muy lamentable, era el tono (falso, impostado, pretencioso, etc.), aquí he de decir que el autor consigue que suene verdadero, entendiendo por ello la adecuación de la historia con el estilo, de la conciencia del personaje con la expresión de sus pensamientos, más allá de que nos encontremos un adverbio mal usado por aquí, un solecismo por allá o nos asalte la sospecha de que alguna palabra es demasiado moderna para la época en la que se sitúa la novela. Poca cosa.

En todo caso, lo que debe resultarles evidente a tenor de lo que llevo escrito, no esperen ningún experimento posmoderno-metaliterario ni nada parecido. Dado que es un diario, la novela es un relato en primera persona de las impresiones y vicisitudes del protagonista, sin más. A veces, como aquí, este tipo de relato clásico resulta más que suficiente. Una historia así de bien contada y un más que correcto despliegue de reflexiones de corte moral no es algo tan habitual por estos pagos, así que celebrémoslo.











viernes, 23 de febrero de 2018

'Cartas imaginarias', de Bernardo Chevilly

Estamos llegando a tal grado de impostada hipersensibilización moral que cualquier manifestación pública que no sea mantener la mirada baja será susceptible de ser judicializada. Entre las letras de los raperos antimonárquicos, las galas drag carnavaleras y las censuras en ferias de arte parece que un nuevo puritanismo (que siempre estuvo latente), una especie de retradicionalismo, amenaza con enquistarse en la sociedad vía legislación penal. Todavía estoy sorprendido, y ya ha pasado tiempo, de que la Fundación Francisco Franco pudiese demandar a un artista por una parodia del dictador, y que se admitiese y hubiera juicio (bien es cierto que la Fiscalía pidió la absolución). Si esto pasó y no se promovió un cambio legal o, ya puestos, se iniciara un proceso constituyente, qué podía esperarse. Al ritmo de los acontecimientos, cualquier día incluso el autor de un blog tan inocente como este, en el que se promueve la hermandad literaria y el buenrollismo general, tendrá que comparecer en el juzgado por ofender los delicados sentimientos de cualquier escritor/a, editor/a, librero/a, lector/a, fan hardcore o  ciudadano/a de la República de las Letras que haya pasado por aquí. O demandar al autor/autora de una novela por su contenido moral. ¿Regusto polvoriento a pasado? Pues sí.

Parece evidente que al amparo de las leyes contra el odio, se esta laminando la ya deteriorada esfera pública de nuestro país. Ya sea por la derecha como por la izquierda, la ultracorrección política y la fetichización de las palabras están constriñendo el ejercicio del derecho a la libertad de expresión. Que soy de los que piensan que, a este respecto, más vale quedarnos cortos que pasarnos de la raya, y que si creemos en el valor de los buenos argumentos, ningún Mein Kampf, negacionismo o concepto de preso político debería estar prohibido, por muy repugnantes que pudieran parecernos la ideología nazi, la negación de barbaries históricas como las cámaras de gas o el genocidio armenio, o la mudanza a conveniencia del adjetivo político según quién sea el preso. Que, como dije antes, nos fijamos demasiado en la expresión del odio o de la supuesta ofensa, en el síntoma, y no en el horno social de donde parten. 

Aunque este no es el blog adecuado, sí que habría que apuntar a las condiciones sociales, económicas y políticas que originan esos odios, esa frustración, esa injusticia, incluso aquellas actos de violencia contra los sectores más débiles y desprotegidos. Preguntémonos si queremos saber de verdad por qué hay tanta crueldad e injusticia en nuestra sociedad. Si nos limitamos a apoyar a unos o a execrar a otros, no haremos sino caer, paradójicamente, en el mismo conformismo que, quizá, también decimos aborrecer.

Nunca, y menos en este país, hay que olvidar que la democracia y los derechos aparejados no se han conseguido de modo definitivo. La democracia es un proyecto en permanente construcción, y no seremos más que unos ignorantes o unos estúpidos si creemos que el riesgo de involución hacia formas más o menos descubiertas de autoritarismo están descartadas. A la vista están.



Dicho lo cual, pasemos al asunto propio del Polillas: en este caso, un ejercicio literario epistolar, género que gracias a los correos electrónicos (sí, bueno, todo el mundo dice imeils), ha experimentado su propio renacimiento: Cartas imaginarias, de Bernardo Chevilly.





En primer lugar, y aunque no suelo hablar de estas cosas porque no suelen interesarme demasiado, en esta ocasión me han llamado la atención las ilustraciones y la edición del libro: portada/cubierta, papel, etc. Vaya eso por delante.

En segundo lugar, las Cartas en sí. Si ustedes son como un servidor, que tiene a bien leerse las reseñas, que para eso están, para que conozcamos la opinión sincera de un lector, es bastante probable que la impresión que les hayan causado es la de encontrarnos ante una obra exquisita, sublime, excelsa, divina, por tanto difícil, por tanto elogiable, y más si se señala que no está al alcance de vulgares mortales. Tanto nuestro ya familiar Jonathan Allen como Elsa López despliegan todo su arsenal literario-sentimental para llevar el encomio a cotas aún más altas: "hermosa arquitectura", "extraordinario en su ejecución", "lo singular y exquisito de su naturaleza literaria", "estética a contracorriente", etc. 

Tampoco es eso.

El libro se compone de cartas, breves textos, cuyos remitentes o destinatarios son personalidades de la música o de la poesía ya muertas, entre las cuales están Alfredo Kraus (aquí suele decirse, en Canarias, nuestro Alfredo Kraus, lo que siempre me ha parecido una apropiación indebida, dicho sea de paso), Chopin, Debussy, Manuel de Falla, Dámaso Alonso y muchos/as más. Lo atractivo del asunto, de estas cartas es la posibilidad de acceder, aunque sea de manera fantasiosa (de ahí lo de "imaginadas") a la intimidad, ese momento de desnudez frente al papel, de unos personajes que han sido engrandecidos por la mitología del genio, primero, y por la industria cultural, después. Es algo que la novela histórica hace con variada fortuna; y que, por ejemplo, de una manera, a mi parecer, excepcional, logra Marguerite Yourcenar en Memorias de Adriano. En mi mente, el Adriano histórico es el de esta escritora: cualquier otro no puede ser sino un impostor. 

En principio, tiendo a pensar que un melómano del FIMC o un esteta decadente disfrutarían más que yo de la lectura de estas cartas. Sin embargo, en un segundo momento, la impresión de uniformidad del estilo les frustaría, también por esa melomanía, todavía más que a mí. El caso es que a pesar de sus evidentes conocimientos poético-musicales y del buen manejo del idioma (de varios), Bernardo Chevilly no logra que la alquimia literaria haga efecto y los personajes que escriben estas cartas tengan peso, se transmuten en reales. Hay mucha palabra francesa cuando toca, inglesa, alemana, muchas jotas cuando sale Juan Ramón Jiménez (que no era músico, pero sí muy sensible), etc. También asistimos a veces a una variedad del estilo dentro de las cartas, de estilo elevado se pasa a uno coloquial, lo que se pretende dinámico y reflejo de la personalidad de la figura de turno, pero la impresión global, como repito, es de cierto aire de familia, y de la, por tanto, inevitable conciencia, de que hay un solo escritor detrás de todas estas cartas. Es por esto por lo que creo que el problema no es tanto que sea un texto (o un conjunto de ellos) dirigido a "un número reducido de lectores" ni en que haya que saber demasiado de la historia de la música o de la poesía para apreciar los textos. Uno no duda de los conocimientos, digamos enciclopédicos, del autor, pero sí que se echa de menos (ya puestos a pedir) mayor finura en la plasmación de los personajes, que, recordemos, se perfilan a partir de lo que (supuestamente) escriben ellos mismos, para que no se queden en meros nombres sobre el papel, sobre todo en textos tan cortos. 

Por otro lado, podría pensarse que esa subjetividad presente en todos los textos, que aquí señalo como defecto, en realidad es intencionada, con el propósito de establecer una idea motriz o rasgo permanente en toda la galería de personajes. Si es así, reconozco que he fracasado en encontrar esa idea reguladora y que la impresión final es insatisfactoria. Tengo la impresión de que al autor le basta imaginárselos para que al escribir esas cartas cobren vida. Pero no puede dar por sentada esa misma capacidad en los lectores.

En todo caso, Cartas imaginarias me parece un ejercicio literario apreciable, singular, a pesar de que tenga precedentes. Se lee con agrado, sin aburrir ni empalagar (de esto último ya se encarga, por ejemplo, Alberto Pizarro -tercera reseña dentro del enlace-) y que bien merece, por tanto, una lectura atenta, desprejuiciada y, como siempre, crítica.















domingo, 18 de febrero de 2018

'Alicia', de Miguel Aguerralde

Turbada la paz literaria solo por uno de esos eventos promocionales de sí mismos, como el enésimo festival de novela negra, esta vez en Santa Cruz de Tenerife, con la revista ¿literaria? Dragaria ensimismada en la contemplación de un futuro que nunca fue y en un proyecto que nunca quiso ser, y contando con que algunos de nuestros autores favoritos se han quedado sin una tertulia radiofónica desde la que contar sus loquesea, pocas razones había para que este que les escribe volviera a darles la lata con su indignación moral. 

Además, en este lapso, desde la anterior reseña (ya hace unos quince días) hasta hoy, no diré que no ha habido lecturas, que sí, pero casi todas han sido pertenecientes a la no ficción. Que es bueno, como ya he señalado, para autores y, sobre todo, lectores aproximarse a la realidad en sus diversas facetas desde otras perspectivas no exclusivamente artísticas. Que sí, que la novela también puede desvelarnos aspectos del mundo, etc., pero a veces hay que leer sociología y filosofía e historia y lo que se les ocurra. No me sean tan cómodos, que la realidad no se agota en una sola perspectiva. Si no, corremos el riesgo de volvernos unos mentecatos o en unos pedantes de discurso obsoleto. O en malos escritores.

En fin, que los consejos son gratis, pero los libros, no. Y ni el tiempo ni el espacio tampoco son infinitos. Habrá que seleccionar.






El libro que comento hoy es algo así como una especie de thriller antimachista o algo parecido. A pesar de mis reiteradas y públicas proclamas de no volver a leer nada que se acerque demasiado al género negro o al policial, al final acabo cayendo de bruces en otra novela de este tipo. No por otra cosa que por el temor, ya comprobado, a la previsibilidad de tramas, de personajes e incluso de vocabularios. Que después aparece un Jim Thompson por ahí y te tienes que tragar las palabras, pero no suele ser lo habitual. Lo normal es que un autor de estos que pululan por el mundillo entienda por género un conjunto de clichés a los que tiene que adaptarse y repetir hasta el asco, eso sí, con un color local, para diferenciar la marca. Así tenemos la novela negra, la novela negra finlandesa, la sueca, la barcelonesa, la madrileña, la conquense y, cómo no, la canaria y la palmense, que goza de tanto crédito popular como de escasa enjundia literaria. También tenemos, además, la gastronoir y demás chuminadas. Hasta se hacen festivales del género en la que los autores (casi todos hombres) se miran, se sonríen, se sacan fotos juntos, amigos para siempre tararí-tarará, sin que falte la consabida ocurrencia de que no se valora suficiente el valor epistémico de la novela negra para comprender nuestra sociedad, etc. Al final, se dan unos cuantos premios, y a vender, que de eso se trata, créanse lo que quieran creerse.

En fin, en Alicia, Miguel Aguerralde nos traza la historia de, cómo no, un novelista, Ciro, que de repente, por esas cosas de la vida, incluso escribe, se vuelve muy famoso, en la cresta de la ola, perfil Ciudadanos, y justo entonces todo comienza a irle mal, sobre todo porque en realidad es muy hijoputo. Así que parece que la justicia poética no se revela al final, sino al principio, lo que no deja de tener su punto original. El caso es que este personaje está casado con Samanta (Sam), a la que ama de verdad, que está embarazada de ocho meses. Pero resulta que Ciro tiene una amante, Bárbara, una diosa del sexo, etc., así que se siente culpable y tal. Cuando va a dejar a esta Bárbara en vista de su inminente paternidad y ya que todo le va bien, para qué liarla, esta pretende chantajearle para que no se le ocurra dejarla, a resultas de un accidente de tráfico en el que se vieron involucrados a ambos y que tuvo un resultado luctuoso. Como es previsible, la cosa acaba muy mal, con muchas salpicaduras, ojos inyectados en sangre y un cadáver: no somos nadie.

En fin, a partir de ese momento, todo se vuelve thriller. Las fotos, material del chantaje, están en poder de alguien desconocido. Ciro cree que las tiene Sam, aunque quizá no lo sepa ella misma. Así que, tras pasar por un juicio escandaloso y encontrarse en la ruina, este Ciro elabora un plan sigiloso que consiste en hacerse muy visible, aunque tenga una orden de alejamiento, para apoderarse de esas pruebas incriminatorias, como si no fuera ya un apestado social. No tiene en cuenta que, en la actualidad, cualquier persona normal algo lista como Bárbara habría hecho como un millón de copias que estarían en su ordenador, en el de la oficina, en 40 pen-drives, 50 cds, y en cinco cuentas en la nube. No contento con su plan, por alguna lógica desquiciada que solo conoce el autor, también pretende matar a Sam, sí, a esa mujer a la que amaba de verdad y con la que iba a tener un hijo que perdió por su culpa (la de Ciro). Y eso que Sam solo pasaba por ahí después de la trágica escena post-coito entre Bárbara y Ciro, y de nada tiene culpa del posterior ocaso de este como famoso escritor y peor persona.

No crean que le estoy destripando demasiado de la novela: lo anterior ocurre en las primeras 70 páginas y todo ocurre sin traicionar ninguna esperanza ni ningún convencionalismo. Todo lo que esperamos que suceda, sucede. ¿Será porque lo hemos leído antes 1.000 veces? ¿Será porque nos quedamos dormidos en demasiadas ocasiones frente a la película de Antena3? Háganse una idea.

Los primeros personajes, ya que no me dio para más: 

Ciro: novelista más preocupado por el éxito medido en dinero y fama que en otra cosa. Cuando las cosas van mal se convierte en un acosador asesino. O asesino acosador. Hay un paso que va del tipo presuntuoso al asesino psicópata que no me parece verosímil. Seguro que la realidad ofrece perfiles más extraños y retorcidos, pero el caso es que en la novela debe parecernos lógica o posible esa transformación. Aquí no se consigue. Se necesita cierta maestría, claro.

Samanta (Sam): maestra, pero no de una asignatura normal y corriente como Matemáticas o Lengua, sino de, atención, da talleres de Mitología Clásica. Así el autor podrá demostrarnos lo mucho que sabe de los dioses griegos y romanos y de más allá. Por otro lado, deberíamos simpatizar con la protagonista, pero, no sé muy bien por qué, no es así. 

Bárbara: la amante de Ciro, pija y muy sexual. Parece un personaje de recortable o de Sálvame. Se muere pronto, lo cual nos parece muy bien.

Cleo: la editora y amiga de Sam, más bien madre-amiga con un punto incestuoso. Tanto empalago amical no parece normal, pero cualquiera sabe.

Berta: la mujer-gnomo. Sí.

Hay que decir que el autor, sin duda, es capaz de desplegar ante nosotros una historia. Previsible, acartonada, llena de clichés, sí, pero una historia que se lee sin que nos mate de aburrimiento. Sin embargo, los que leemos ficción con la intención de no pasar simplemente el rato, de no solo matar el tiempo dada la indigencia vital en la que presumiblemente estamos sumidos, sino por, como decíamos al principio, la búsqueda también de un placer a la vez estético y cognitivo (si es que son opuestos), una simple historia se nos hace poco. Cuando hablamos de Literatura (con esa mayúscula tan pedantita) aspiramos a apreciar en la obra un esfuerzo artístico que debe manifestarse tanto en el plano narrativo como en el de la lengua. Queremos también sabiduría o desafío a las convenciones, o las dos a la vez, tanto lingüísticas como morales y sociales. Queremos, al menos, que se bosqueje una cosmovisión, o su cuestionamiento, de la que sea. Una mera historia es insuficiente, si no trasciende.

Sigamos. Ya hemos apuntado la escasa originalidad de la trama y de los personajes. Volquemos ahora nuestra atención a cómo se plasma en el papel la historia: diálogos, descripciones, punto de vista. Nos hemos quejado de que el autor solo se limitase a contarnos una historia, sin embargo, cuando intenta, a su modo, literalizarla, el resultado es cargante:

Su vida se había convertido en un infierno repugnante. Las mismas televisiones que poco antes abrían sus programas anunciándole como invitado, ahora mismo se cebaban con las imágenes del escritor desaliñado a la salida del juzgado. Para esos cerdos carroñeros una persona de éxito arrastrada al fondo del abismo era como el maná bíblico para los hebreos o como El Dorado para Francisco de Orellana. El cuerno de la abundancia. (pág. 75)
En el trabajo, la hora previa al descanso del recreo y la última antes de marchar a casa eran las que se le hacían más largas. Horas en las que el reloj estaba demasiado presente. Sin embargo la peor sesión era la penúltima de los martes y los jueves, cuando le tocaba dar clases en el aula al final del pasillo del segundo piso, una habitación destartalada que durante años se había utilizado simplemente como cuarto de material y que recientemente, con el aumento del número de repetidores, había tenido que volver a habilitarse para la docencia. El aula era incómoda y estaba mal diseñada, tenía forma casi oval, con los alumnos apretados en el centro de una elipse entre dos inútiles columnas y la mesa del profesor encasquetada contra una de las ventanas que tenía la alegre vista del aparcamiento, una explanada de asfalto y encinas en las que los coches encajaban unos contra otros como piezas de un puzle organizado por un orangután. El aire de la calle se filtraba entre las hojas de cristal; a esa aula la llamaban "la nevera". (pág. 78)

Samanta se estremeció bajo la manta e inspiró profundamente con el ceño fruncido. El aire le sabía de repente sucio y gris, como un cadáver en el fondo de un lago. No sabía por qué le había venido esa comparación a la mente, tal vez porque esa era la manera en la que terminaban muchos de los personajes de Ciro. Se giró hacia Cleo con la mirada de una niña asustada. La mujer le cogió la mano y negó con la cabeza. (pág. 85)

Esos diálogos insulsos, vacíos, carentes de energía o expresividad, impostados:


-¿De dónde las has sacado? 
Bárbara empezó a reír dándole la espalda. 
-Tal vez quemaste la tarjeta que no era. Tal vez no soy tan tonta como crees, tal vez no eres perfecto... 
-Pero tú rompiste la cámara del fotógrafo... -murmuró Ciro para sí. 
-Tal vez le quité la tarjeta de memoria primero. 
El nuevo escritor de éxito a punto de dejar de serlo podía sentir cómo la rabia llenaba de calor cada centímetro de su cuerpo. 
-Tal vez no vas a dejarme. 
Chantaje, Ciro no lo podía creer. Bárbara había cambiado las tarjetas y le había hecho destruir la que no era. Era imposible saber cuántas copas de esas fotos podría haber hecho esa zorra pero desde luego había previsto bien lo que iba a suceder esa mañana. 
-¿Qué es lo que quieres? -le preguntó. 
Ella rio a carcajadas. Su piel desnuda había dejado de gustarle, sus músculos se estremecían al verla pero obedeciendo a un sentimiento bien diferente. 
-¿Qué crees tú que quiero? Lo que he querido siempre. ¡A ti! 
-Pero yo no puedo seguir mintiendo a Sam -replicó Ciro intentando controlarse. 
Bárbara se acercó a él y le susurró al oído. 
-No te preocupes. Ya me he encargado yo de eso. Te aseguro que no tendrás que mentirle nunca más. (pág. 61)


-Todavía no me has dicho por qué me envías a esa isla ni qué haré cuando llegue allí. 
Cleo sonrió y sacó de su maletín una tarjeta de visita. Le dio la vuelta y escribió con su pluma un nombre y un número de teléfono. 
-Berta -leyó Sam. 
-Sí, Berta. Ella te lo explicará todo. 
La joven suspiró y se guardó la tarjeta en el bolsillo de la chaqueta, miró a la editora muy poco convencida y meneó la cabeza. 
-No conozco nada de ese lugar. 
-Por eso es perfecto. No conoces ni te conocen. Te presentarás con otra identidad y solamente Berta y yo sabremos quién eres y dónde estás. 
-¿Y dónde viviré? ¿Qué trabajo es ese que me has conseguido? No puedes mandarme a la aventura así como así. 
Cleo la miró con una tierna sonrisa y le cogió las manos entre las suyas. 
-Tranquila, mi pequeña. Tu aventura está aquí, si te quedas. Allí... -Hizo un gesto con la mano en el aire- Allí solo tendrás paz y una vida de ensueño. (págs. 93-94)

Por no hablar del uso a lo largo de la novela de esas expresiones hechas que deploro, como "encerrar bajo siete llaves", que un reloj parado "acertaría la hora dos veces al día", "anticipo de cinco cifras", "ir viento en popa", etc., en un contexto de estilo facilón carente de gracia o arte algunos. El punto de vista oscila entre un estilo indirecto libre y la omnisciencia, con momentos como: "La inmensidad del océano y el rumor de la brisa la hicieron sentir segura, a salvo de Ciro, del miedo, de las pesadillas. Y se quedó dormida. No sabía cuánto se equivocaba" (pág. 105).

Y así son las cosas, amigos. Es previsible que, sin ínfulas literarias de ningún tipo, Miguel Aguerralde pueda contar para sus novelas con un buen número de lectores. O followers, o amigos del Facebook, o fans hardcore. En realidad, me atrevería a afirmar que es uno de esos escritores potencialmente promocionables a lo grande por la industria del libro. Esta novela va destinada a un público poco exigente en lo estético y conformista en lo narrativo, que espera que se cumplan sus certezas y que se le provea de un producto apto para el mero entretenimiento, ya sea al borde de la piscina, haciendo tiempo en el aeropuerto o dejando pasar uno de esos domingos, a falta de cosas más interesantes en las que emplear el tiempo. Vamos, un chollo.

No obstante, como no es mi caso, la abandoné en la página 105, por lo que me he perdido tramas paralelas y secundarias, las revelaciones de última hora, las coincidencias sorprendentes, los momentos deus ex machina y un montón de cosas que dicen que hacen que se enganche uno. Como siempre, lo bueno viene después, pero ya me lo cuentan otro día.



domingo, 4 de febrero de 2018

'Noir', de Robert Coover

En un momento cercano a mi segunda adolescencia, es decir, hace dos o tres meses, me prometí (y creo que lo prometí también públicamente) que no leería más novela negra, al menos para reseñarlo en este espacio amigo, el Polillas. La promesa venía motivada por el hartazgo de leer, hablemos claro, tanta cosa mala. Lo peor, como suelo decir, no es que simplemente fuera mala, sino que te intentaban convencer (la editorial, el mismo autor, el fajillero de turno, la reseñadora amiga, ese suplemento cultural, etc.) de que era buena. Que ya entramos en cuestión de gustos: que si sí que si no, que mira su carrera, que oye el trabajo que le ha puesto, etc. Claro que en arte, en literatura, casi todo es cuestión de gustos. También, que las opiniones no están ancladas en la nada, sino en una manera de considerar el texto, el cuadro, la pintura, el contexto histórico y social, en las sensaciones que te suscite todo lo anterior... Pero esas sensaciones surgen por algo, y es ahí cuando el crítico, el estudioso, el reseñador con ganas de ser honrado se aplica a reflexionar: esa mezcla telúrica entre conocimientos, experiencia e intuiciones. De ahí surge no solo el me gusta, sino el me gusta por algo (o todo lo contrario). Y a continuación expone, debe exponer, las razones que llevan a una conclusión u otra sobre la obra.

En el mundillo del marketing literario, las reflexiones sobran: dado que la novela es un producto para ser consumido y ya no hay lectores sino fans; no hay escritores, sino proveedores de contenidos; y no hay reseñadores, sino promocionadores, lo que prima es vender sensaciones o experiencias, cuando no mostrar un signo de distinción. Aparte de esa satisfacción de la fantasía que supone el alivio por salir de un mundo (el real) fatídico o deprimente, surgen en estos tiempos de conexión la embriaguez por pertenecer a un club (aunque sea virtual) de lectores que legitima el propio gusto, el orgullo de disfrutar de la amistad feisbukiana con un autor (vivan las redes sociales), etc. Por tanto, el análisis sosegado o espídico da bastante igual. Cojan cualquier comentario estampado en la faja de un libro y podrían arrojarlo a cualquier otro: novelas necesarias hay ya tantas que me pregunto cómo un lector podrá morir en paz sin sentir el desgarro que provoca esa necesidad no satisfecha.

Lo cierto es que lo que conozco del mundillo literario -y no sé mucho- da asco: la mediocridad abruma. Y no me refiero -es lo que menos me importa- al talento literario, sino a la forma de conducirse en el mundo. Es probable que lo primero haya conducido a muchos a lo segundo. Es natural, por otro lado, que, como seres humanos, como seres sociales, aspiremos al reconocimiento de nuestros semejantes. Sin embargo, el reconocimiento que vaya más allá de nuestra identificación como vecino o ciudadano en general, es decir, que venga motivado por algún tipo de mérito requiere, por lo general, esfuerzo y talento, y quizá, en muchos casos, cierta valentía. Es más sencillo para muchos, que dispongan en cambio de habilidades sociales o de cierto capital relacional o amical, disfrazarse de autor poniendo por delante de su vacilante capacidad creativa su disponibilidad a ser él/ella mismo/a un producto que se pueda consumir vía tertulia de radio, columna de opinión o entrevista (en cualquier medio que tenga esa sospechosa manía). 

Y heme aquí que, con todo eso en la cabeza, decido leer Noir.





Me atrevería a decir que ya no se pueden escribir novelas como las de Raymond Chandler. Incluso como las de John Connolly, que son nuestras coetáneas. No es que no se pueda, es que responden a otra época, con otras certezas, otras inquietudes y, sobre todo, con otras concepciones del tiempo, del espacio, de la propia sociedad y del ser humano. Noir responde a esa inquietud, digamos filosófica, sobre la falta de esencia de personas y cosas. Es una duda, como se le suele llamar, posmoderna, con la que -se ha dicho muchas veces- se impugnan los grandes relatos sobre la humanidad. 

Si ya Marx decía que con el capitalismo todo lo sólido se desvanece en el aire y Bauman que todo se vuelve líquido, a su manera Coover nos muestra que todo es sombra en distintos grados, todo es círculo y laberinto que se refuta a sí mismo. No tengo duda -perdónenme la prepotencia- de que la forma de ¿relatar? Coover esta historia de crímenes, viudas, matones, policías y el detective de rigor emana de un contexto de neoliberalismo económico y moral, que encubre un totalitarismo social en el que al ciudadano corriente se le exige individualismo y competitividad frente a los demás, pero que se le solicita sacrificio -compartido también con los demás ciudadanos- respecto de las imposiciones de una economía sujeta a parámetros, necesidades y vaivenes fuera de su alcance, al igual que un cometa distante a miles de años luz. Contradicciones existenciales que solo pueden dibujar un mundo confuso.

En Noir, para el no avisado, se urde al comienzo una historia propia del género: viuda bella y misteriosa que encarga trabajo a duro y cínico detective. Sin embargo, pronto la narración nos confunde, negándonos asideros firmes de tiempo y de espacio. Cuando creemos que el relato es lineal, volvemos a revisitar una escena, o a un momento anterior a una escena ya relatada. Los callejones por los que transita Phil Noir ¿son siempre los mismos o son diferentes? ¿Son otras calles o las mismas bañadas por la oscuridad? ¿Esa niebla ubicua es cierta o la niebla está en su mente?

Cuando sacas con cuidado tu maltrecho cuerpo del cajón refrigerado, oyes realmente el susurro de los cristales de hielo, que crujen y chascan moribundos, pero al menos te has descongelado lo suficiente para tiritar de frío. Intentas recordar lo que ha pasado, pero el golpe en la cabeza lo ha borrado casi todo. Algo sobre un planeta condenado. Y un donut. O medio. Tu cabeza, lacerada, te duele aún más cuando intentas pensar en todo eso, así que lo dejas. Tus palabras exactas, pronunciadas en alta voz para todos los presentes, son: A la mierda. Del Gusano no hay ni rastro, el local está desierto. Examinas tu corpus delicti en busca de cicatrices. Hay un montón, pero ninguna nueva. Tu ropa cuelga del elevador de cadáveres sobre la mesa de disección, parecen pieles de desollado. Aún húmeda. Fría. (...) (págs. 42-43)

Y entonces -una luz tenue, una puerta cerrada que abres con la llave maestra- la ves. A punto estás de caer de rodillas. Con velo, vestida de negro, medias negras, destacando en medio de una multitud de cuerpos desnudos. De maniquíes. Estás en el sótano de una tienda de ropa femenina, llena de maniquíes y partes de maniquíes, uno de ellos con atuendo de viuda. También hay una novia, una bañista, otra con pantalones de montar, algunas en ropa interior, en camisón o traje de calle. En su mayor parte están total o parcialmente desnudas, calvas, también, algunas desmembradas, sin brazos, sin cabeza. En la pulverulenta penumbra flota la fantasmagórica sensualidad de sus angulosas y provocativas poses, sus firmes y brillantes superficies, rostros como máscaras sonámbulas, rasgos paralizados y miradas sin ojos, glaciales. (...) (p. 87)

Ahora, mientras te fumas un pito y te liquidas la segunda botella de vino bebiendo del gollete roto, con la espalda apoyada contra un muro del túnel de los contrabandistas, recordando con nostalgia los parfaits de Big Mame y meditando lúgubremente sobre la compleja trama de la historia en la que te has enredado, te das cuenta de que el tatuaje del trasero te ha dejado de escocer. Eso quizá significa que te están dejando por fin en paz. Pero ¿quienes son? El problema de las tramas. Cuando estás metido en una, no puedes ver más allá del siguiente lío. Es como estar atrapado en dos dimensiones, sin acceso a una visión de conjunto. Aunque eso resulta imposible desde aquí, quizá puedas echar una ojeada desde abajo. Alzando la vista por la falda de la fortuna. Esa vieja puta. Muy oscuro por ahí, como siempre. Como la ciudad. Rezumando lodo y envuelta en bruma. (...) (p. 110)


"El problema de las tramas"... ¿Acaso el mismo Noir, la secretaria Blanche, el policía Blue, el pianista Fingers no se deslíen, no se diluyen en esta historia líquida? Noir sí que pugna por ampliar los límites de lo narrable, desdibuja nuestras creencias sobre la caracterización de los personajes, llevando hasta el extremo nuestras creencias arraigadas de lector sobre esas figuras ya arquetípicas. Y lo mismo puede decirse de la trama, en la que el decisionismo creador encaja bien en esta historia en la que no hay ángulos rectos. Algo que echo de menos en la mayoría de la literatura actual, sin duda: ese descoser las costuras a las convenciones, incluso a las costuras de los desafíos a las convenciones.

Tampoco albergo la menor duda de que Noir no "engancha desde el primer momento". Es más, pienso que hace un esfuerzo para evitar cualquier gancho, asidero o punto de apoyo. En una atmósfera fantasmal, la acción se circunscribe a cuatro o cinco escenarios y a momentos que parecen repetirse, aunque con una óptica ligeramente distinta. Es por lo tanto, una novela incómoda para un lector acostumbrado a ese naturalismo decimonónico que nunca nos ha abandonado. Sin embargo, y a diferencia de otras, al menos en mi caso, uno no puede dejar de volver a la lectura, por mucho que hayan pasado días, incluso semanas, desde haberla dejado por última vez. Me resisto a calificarla de hipnótica o algo parecido, pero sí que ese micromundo cooveriano suscita cierta fascinación, quizá como la que suscite asistir a una tragedia submarina en un acuario. En este sentido, la expresión "no poder dejar de leerla" cobra un nuevo sentido.







jueves, 25 de enero de 2018

'Malaquita', de Juan-Manuel García Ramos

La presente obra forma parte de esos títulos, al parecer emblemáticos, de la literatura canaria que figuran en todas las antologías y estudios, pero que nadie ha leído (o no recuerda haberlos leído). Por si resulta de interés, el filósofo José Luis Aranguren la presentó en 1981 y es su prologuista. Afirmó haberla leído, lo que ya es mucho más de lo que confiesan los reseñistas-amigos del hoy por ti, mañana por mí.

En todo caso, Malaquita formó parte de una colección denominada Biblioteca Básica Canaria, editada por la Viceconsejería de Cultura y Deportes del Gobierno de Canarias. Así, uno tiende a pensar que si Malaquita está incluida en esa Biblioteca Básica, será porque alguien (el comité experto) la consideró parte del canon canario de literatura, vamos, de las obras imprescindibles. Los cánones, como también sabrán, no los hace nadie, provienen directamente del aire y de la tierra, cuando no del ser idiosincrático de la comunidad eterna, etc. 


Lo llamativo del caso, que a lo mejor no lo es tanto, es que el director de dicha Biblioteca Básica era... Juan-Manuel García Ramos. Quizá porque el Consejero de Cultura era... Juan-Manuel García Ramos. Lo más probable es que todo sea casualidad, y que la comisión independiente encargada de la selección de obras que formarían parte de esa colección no tuviese más remedio que elegir Malaquita por su intrínseco valor literario, fuese quien fuese el consejero de turno. Hay que señalar, además, que a nuestro autor se le concedió en 2006 el Premio Canarias de Literatura. Al igual que a nuestra apreciada Cecilia Domínguez Luis en 2015.


Pero, bueno, eran otros tiempos: 1991. Ya se sabe cómo se las gastaban en aquel entonces. No como ahora, tiempo en que los artistas jamás ocuparían cargos institucionales (ni políticos, ni culturales, ni político-culturales) desde los cuales fraguar su imprescindibilidad histórica, ni los escultores consagrados (según ellos) crearían fundaciones financiadas por el Ayuntamiento, que también tendría la obligación de comprar las esculturas del escultor consagrado para instalarlas en la sede de la fundación que también sería un espacio público (por ejemplo, un castillo), ni los reseñadores de los periódicos locales serían amigos de los autores de las obras que reseñan ni los/as escritores/as serían también reseñadores y Dios mío qué promiscuidad de libros, artículos, reseñas, elogios, ditirambos, maravillosismos, y qué hay de lo mío, y que quiero vivir de mi arte, páguenmelo entre todos, etc., etc... Hemos avanzado, sin duda, lo que resulta todo un alivio.







En lo que se refiere a la novela, no sé si la pertenencia a lo que se llama la Nueva Narrativa Canaria o el contexto histórico-social-literario de la época en la que se escribió (experimentalismo, estética marginal-realismo sucio-compromiso social-feísmo-lo que sea) influyó en el aquel entonces joven escritor. El caso es que se nota que hay cuajo, que aquel joven Juan-Manuel tenía mimbres para escribir algo inteligible, que quizá tenía ideas que compartir con el resto del mundo. Al fin y al cabo, se ha dedicado a la filología de forma profesional toda su vida y la corrección técnica se le da por supuesta.

Sin embargo, la novela es insoportable. Personalizándola, diríamos que se comporta como una enemiga con ínfulas (literarias) que te desalienta cada vez que le sigues el paso, que te disuade de seguir la trama cuando parecía que habías cogido el hilo (el que fuera), que parece pretender que el lector haga un esfuerzo de reunir los trozos de introspección que el autor tiene a bien diseminar aquí y allá, supuestamente como parte de un plan maestro. Aranguren, el muy cachondo, en un rasgo de humor, nos señala en el prólogo: "Su lectura e interpretación, como la de toda auténtica hermenéutica, ha de ser circular". En mi opinión, esa tarea hermenéutica no significa más que "búscate la vida si quieres entender algo". Otros quizá la denominarían "complejo artefacto literario", "literatura arquitectónica", "experimentalista" o "rompecabezas literario". Los eufemismos, como la mala leche, son la sal de la vida.

La novela, en fin, es una sucesión de narraciones en tercera persona, monólogos introspectivos de los personajes, fragmentos de diarios y de cartas, y de diálogos que nos introducen en la vida de una vieja prostituta, Dolita, en la de un joven, Ernesto, y en su relación sexual-sentimental resultante. De telón de fondo, la pobreza y la marginalidad que los rodea, la miseria moral de la sociedad, etc.

No obstante, enloquecida por las fatigosas marchas urbanas al sol, sólo atenuadas por las intermitentes entradas a los zaguanes y tiendas en los que rara vez era atendida, contaban que la descubrían ofreciendo sus menopáusicos encantos a los estudiantes mañaneros, los empleados de mostrador, los repartidores de diarios y leche, ávidos, algunos todavía, de descubrir secretos femeninos en su sexo amoratado por los combates, en sus pechos albeados por el roperío sudoso de las caminatas. Sin frases de otro gusto, sin descender a la oferta verbal desprestigiada: sólo recogía con cariño uno de sus pechos del sujetador ancestral y, resguardada de otras vistas, lo presentaba sonriente al muchacho de turno, o en otras ocasiones, abierto su abrigo, aparecía con una mano introducida en sus inmensas bragas negras, con sus ropas recogidas a esa altura, dejando ver sus torneados muslos blanquecinos, enmarañada pelusilla encanecida de su pubis. (pág. 22)

(...) 
-No llore, mujer, no llore. No me ve a mí resignada ya, jesús. 
-Ay, doña Amalia... 
-Pues como le decía, el veterinario primero la edad, luego si no conocía a  los padres. Mire usted, no los voy a conocer: de la misma calle, los de los Martos, que usted se tiene que acordar del gato como negro, agrisado, peludo, que siempre estaba en la ventana con la que le quedó soltera, Inesita... 
-¿La del parche en el ojo...? 
-Sí, pero eso fue después. Ya era mamá muerta. 
-Pues que no me preocupara, unas pastillas como blancas, rosadas, como el carmín flojito que viene ahora, pues que se las desliera en leche, bueno él dijo en agua pero yo aprovecho y tempranito en la leche... Un día, otro día y mi hija, nada. Triste, sabe y como desganada, por todo, la cabecita entre las piernas y por las tardes frío, yo la notaba como erizada, que en los gatos es fácil notarlo y más en ésta la pobre que tenía un pelo tupido, grueso...Ay quiere usted saber, las veces que lo he contado y siempre como una congoja, una pena tan grande. Que la echa uno de menos, fue muchos años a cuenta de mimos y compañía, animal más cariñoso, todo el que pasaba tenía que ver con ella, hasta esos obreros de campo que pasan temprano, si habrán visto gatos, y siempre una caricia y ella lelita... (pág. 54)


Octavo día. Por la mañana, el cernícalo en el rastrojo le sigue los pasos a algún ratoncillo y se mantiene voloteando inalterable a los rafagazos del viento gris... En una esquina, otro rebajado se cose sus pantalones extrañado en el uso que tiene que hacer de la aguja. Tumbado en la litera, fumando un cigarrillo que se ha ido consumiendo sobre su pecho, oye a lo lejos las órdenes de desfile, voces dispares que llegan a sus oídos mezcladas con canto de capirotes y aullidos de guirres lagarteros, con un vaho enervante de calor sudado y cocinero que termina por invadir el hangar reconvertido. 
Desde el camastro infame, ella va apareciendo tras la somnolencia, el hedor y el malestar, ansias de lejanía, su perfil masculinizado, unos dientes blancos y dispuestos con maestría, las pecas que aclaraban su tez, los trajes largos de las medianoches remangados con aquella espontaneidad suya, sus frases incoherentes que lo cautivaban, el trajinar impetuoso de las abuelas abajo: sus habladurías, el perfume desconsoladores en sus ausencias, el primer beso del zaguán, sus arrebatos en la entrega (...). (pág. 64)

Dice García-Ramos que la novela surgió de una imagen:


Malaquita es una historia de amor que alcancé a a adivinar a través de una mirada. Un adolescente y una anciana se observan y se descubren en sus mutuas orfandades.
Cosas peores se han visto, está claro. Y razones más estrafalarias, también.

Parecer ser que, según escribe Francisco Juan Quevedo García en Constantes de la narrativa canaria de los setenta (1995): "El novelista examina el otro lado de la esfera social, y expone una realidad que, aunque oculta tras la imagen de la superficie, aclara las distintas formas de existencia".  Asimismo, según el autor, se hace patente el uso de un lenguaje que correspondería al habla de los sectores más marginales "con la función de alcanzar la verosimilitud". 
Queda dicho, aunque lo cierto es que la novela se ha vuelto decrépita mientras tanto, si es que no nació así, de tal manera que una novela coetánea como Las espiritistas de Telde a su lado se convierte en epítome de la modernidad tardocapitalista.

No digo yo que no tenga su trascendencia filológica e, incluso, de denuncia social; pero no sé si al lector le debe importar. Es más, quizá deba figurar Malaquita en una antología de literatura (canaria) como un compendio de técnicas narrativas, como experimento literario, aunque fallido. Sin embargo, me permito dudar que se convierta en una de esas obras que la comunidad haga suya, por ilegible, por pretenciosa, por imposible. No hay frase corta ni sustantivo con adjetivo: un aire de familia degenerada de aquella literatura latinoamericana con la que se le ha querido emparentar. Un enrevesamiento que se pretende barroco y que se queda en piñata parca en caramelos.


Tengo la impresión de que el autor no tiene en cuenta al lector en ningún momento, ni siquiera al lector más o menos inteligente, más o menos culto. Que García-Ramos pretendía consumar una especie de onanismo literario con la que considerar esta obra como artística, sin mayor interés comunicativo, quizá como ejercicio expresivo para sí mismo o para un círculo de entendidos, pero no destinada al público lector. En mi caso, confieso que la abandoné para siempre en la página 66. 

Si se animan a leerla, y resisten, ya me contarán el resto.