viernes, 23 de febrero de 2018

'Cartas imaginarias', de Bernardo Chevilly

Estamos llegando a tal grado de impostada hipersensibilización moral que cualquier manifestación pública que no sea mantener la mirada baja será susceptible de ser judicializada. Entre las letras de los raperos antimonárquicos, las galas drag carnavaleras y las censuras en ferias de arte parece que un nuevo puritanismo (que siempre estuvo latente), una especie de retradicionalismo, amenaza con enquistarse en la sociedad vía legislación penal. Todavía estoy sorprendido, y ya ha pasado tiempo, de que la Fundación Francisco Franco pudiese demandar a un artista por una parodia del dictador, y que se admitiese y hubiera juicio (bien es cierto que la Fiscalía pidió la absolución). Si esto pasó y no se promovió un cambio legal o, ya puestos, se iniciara un proceso constituyente, qué podía esperarse. Al ritmo de los acontecimientos, cualquier día incluso el autor de un blog tan inocente como este, en el que se promueve la hermandad literaria y el buenrollismo general, tendrá que comparecer en el juzgado por ofender los delicados sentimientos de cualquier escritor/a, editor/a, librero/a, lector/a, fan hardcore o  ciudadano/a de la República de las Letras que haya pasado por aquí. O demandar al autor/autora de una novela por su contenido moral. ¿Regusto polvoriento a pasado? Pues sí.

Parece evidente que al amparo de las leyes contra el odio, se esta laminando la ya deteriorada esfera pública de nuestro país. Ya sea por la derecha como por la izquierda, la ultracorrección política y la fetichización de las palabras están constriñendo el ejercicio del derecho a la libertad de expresión. Que soy de los que piensan que, a este respecto, más vale quedarnos cortos que pasarnos de la raya, y que si creemos en el valor de los buenos argumentos, ningún Mein Kampf, negacionismo o concepto de preso político debería estar prohibido, por muy repugnantes que pudieran parecernos la ideología nazi, la negación de barbaries históricas como las cámaras de gas o el genocidio armenio, o la mudanza a conveniencia del adjetivo político según quién sea el preso. Que, como dije antes, nos fijamos demasiado en la expresión del odio o de la supuesta ofensa, en el síntoma, y no en el horno social de donde parten. 

Aunque este no es el blog adecuado, sí que habría que apuntar a las condiciones sociales, económicas y políticas que originan esos odios, esa frustración, esa injusticia, incluso aquellas actos de violencia contra los sectores más débiles y desprotegidos. Preguntémonos si queremos saber de verdad por qué hay tanta crueldad e injusticia en nuestra sociedad. Si nos limitamos a apoyar a unos o a execrar a otros, no haremos sino caer, paradójicamente, en el mismo conformismo que, quizá, también decimos aborrecer.

Nunca, y menos en este país, hay que olvidar que la democracia y los derechos aparejados no se han conseguido de modo definitivo. La democracia es un proyecto en permanente construcción, y no seremos más que unos ignorantes o unos estúpidos si creemos que el riesgo de involución hacia formas más o menos descubiertas de autoritarismo están descartadas. A la vista están.



Dicho lo cual, pasemos al asunto propio del Polillas: en este caso, un ejercicio literario epistolar, género que gracias a los correos electrónicos (sí, bueno, todo el mundo dice imeils), ha experimentado su propio renacimiento: Cartas imaginarias, de Bernardo Chevilly.





En primer lugar, y aunque no suelo hablar de estas cosas porque no suelen interesarme demasiado, en esta ocasión me han llamado la atención las ilustraciones y la edición del libro: portada/cubierta, papel, etc. Vaya eso por delante.

En segundo lugar, las Cartas en sí. Si ustedes son como un servidor, que tiene a bien leerse las reseñas, que para eso están, para que conozcamos la opinión sincera de un lector, es bastante probable que la impresión que les hayan causado es la de encontrarnos ante una obra exquisita, sublime, excelsa, divina, por tanto difícil, por tanto elogiable, y más si se señala que no está al alcance de vulgares mortales. Tanto nuestro ya familiar Jonathan Allen como Elsa López despliegan todo su arsenal literario-sentimental para llevar el encomio a cotas aún más altas: "hermosa arquitectura", "extraordinario en su ejecución", "lo singular y exquisito de su naturaleza literaria", "estética a contracorriente", etc. 

Tampoco es eso.

El libro se compone de cartas, breves textos, cuyos remitentes o destinatarios son personalidades de la música o de la poesía ya muertas, entre las cuales están Alfredo Kraus (aquí suele decirse, en Canarias, nuestro Alfredo Kraus, lo que siempre me ha parecido una apropiación indebida, dicho sea de paso), Chopin, Debussy, Manuel de Falla, Dámaso Alonso y muchos/as más. Lo atractivo del asunto, de estas cartas es la posibilidad de acceder, aunque sea de manera fantasiosa (de ahí lo de "imaginadas") a la intimidad, ese momento de desnudez frente al papel, de unos personajes que han sido engrandecidos por la mitología del genio, primero, y por la industria cultural, después. Es algo que la novela histórica hace con variada fortuna; y que, por ejemplo, de una manera, a mi parecer, excepcional, logra Marguerite Yourcenar en Memorias de Adriano. En mi mente, el Adriano histórico es el de esta escritora: cualquier otro no puede ser sino un impostor. 

En principio, tiendo a pensar que un melómano del FIMC o un esteta decadente disfrutarían más que yo de la lectura de estas cartas. Sin embargo, en un segundo momento, la impresión de uniformidad del estilo les frustaría, también por esa melomanía, todavía más que a mí. El caso es que a pesar de sus evidentes conocimientos poético-musicales y del buen manejo del idioma (de varios), Bernardo Chevilly no logra que la alquimia literaria haga efecto y los personajes que escriben estas cartas tengan peso, se transmuten en reales. Hay mucha palabra francesa cuando toca, inglesa, alemana, muchas jotas cuando sale Juan Ramón Jiménez (que no era músico, pero sí muy sensible), etc. También asistimos a veces a una variedad del estilo dentro de las cartas, de estilo elevado se pasa a uno coloquial, lo que se pretende dinámico y reflejo de la personalidad de la figura de turno, pero la impresión global, como repito, es de cierto aire de familia, y de la, por tanto, inevitable conciencia, de que hay un solo escritor detrás de todas estas cartas. Es por esto por lo que creo que el problema no es tanto que sea un texto (o un conjunto de ellos) dirigido a "un número reducido de lectores" ni en que haya que saber demasiado de la historia de la música o de la poesía para apreciar los textos. Uno no duda de los conocimientos, digamos enciclopédicos, del autor, pero sí que se echa de menos (ya puestos a pedir) mayor finura en la plasmación de los personajes, que, recordemos, se perfilan a partir de lo que (supuestamente) escriben ellos mismos, para que no se queden en meros nombres sobre el papel, sobre todo en textos tan cortos. 

Por otro lado, podría pensarse que esa subjetividad presente en todos los textos, que aquí señalo como defecto, en realidad es intencionada, con el propósito de establecer una idea motriz o rasgo permanente en toda la galería de personajes. Si es así, reconozco que he fracasado en encontrar esa idea reguladora y que la impresión final es insatisfactoria. Tengo la impresión de que al autor le basta imaginárselos para que al escribir esas cartas cobren vida. Pero no puede dar por sentada esa misma capacidad en los lectores.

En todo caso, Cartas imaginarias me parece un ejercicio literario apreciable, singular, a pesar de que tenga precedentes. Se lee con agrado, sin aburrir ni empalagar (de esto último ya se encarga, por ejemplo, Alberto Pizarro -tercera reseña dentro del enlace-) y que bien merece, por tanto, una lectura atenta, desprejuiciada y, como siempre, crítica.















domingo, 18 de febrero de 2018

'Alicia', de Miguel Aguerralde

Turbada la paz literaria solo por uno de esos eventos promocionales de sí mismos, como el enésimo festival de novela negra, esta vez en Santa Cruz de Tenerife, con la revista ¿literaria? Dragaria ensimismada en la contemplación de un futuro que nunca fue y en un proyecto que nunca quiso ser, y contando con que algunos de nuestros autores favoritos se han quedado sin una tertulia radiofónica desde la que contar sus loquesea, pocas razones había para que este que les escribe volviera a darles la lata con su indignación moral. 

Además, en este lapso, desde la anterior reseña (ya hace unos quince días) hasta hoy, no diré que no ha habido lecturas, que sí, pero casi todas han sido pertenecientes a la no ficción. Que es bueno, como ya he señalado, para autores y, sobre todo, lectores aproximarse a la realidad en sus diversas facetas desde otras perspectivas no exclusivamente artísticas. Que sí, que la novela también puede desvelarnos aspectos del mundo, etc., pero a veces hay que leer sociología y filosofía e historia y lo que se les ocurra. No me sean tan cómodos, que la realidad no se agota en una sola perspectiva. Si no, corremos el riesgo de volvernos unos mentecatos o en unos pedantes de discurso obsoleto. O en malos escritores.

En fin, que los consejos son gratis, pero los libros, no. Y ni el tiempo ni el espacio tampoco son infinitos. Habrá que seleccionar.






El libro que comento hoy es algo así como una especie de thriller antimachista o algo parecido. A pesar de mis reiteradas y públicas proclamas de no volver a leer nada que se acerque demasiado al género negro o al policial, al final acabo cayendo de bruces en otra novela de este tipo. No por otra cosa que por el temor, ya comprobado, a la previsibilidad de tramas, de personajes e incluso de vocabularios. Que después aparece un Jim Thompson por ahí y te tienes que tragar las palabras, pero no suele ser lo habitual. Lo normal es que un autor de estos que pululan por el mundillo entienda por género un conjunto de clichés a los que tiene que adaptarse y repetir hasta el asco, eso sí, con un color local, para diferenciar la marca. Así tenemos la novela negra, la novela negra finlandesa, la sueca, la barcelonesa, la madrileña, la conquense y, cómo no, la canaria y la palmense, que goza de tanto crédito popular como de escasa enjundia literaria. También tenemos, además, la gastronoir y demás chuminadas. Hasta se hacen festivales del género en la que los autores (casi todos hombres) se miran, se sonríen, se sacan fotos juntos, amigos para siempre tararí-tarará, sin que falte la consabida ocurrencia de que no se valora suficiente el valor epistémico de la novela negra para comprender nuestra sociedad, etc. Al final, se dan unos cuantos premios, y a vender, que de eso se trata, créanse lo que quieran creerse.

En fin, en Alicia, Miguel Aguerralde nos traza la historia de, cómo no, un novelista, Ciro, que de repente, por esas cosas de la vida, incluso escribe, se vuelve muy famoso, en la cresta de la ola, perfil Ciudadanos, y justo entonces todo comienza a irle mal, sobre todo porque en realidad es muy hijoputo. Así que parece que la justicia poética no se revela al final, sino al principio, lo que no deja de tener su punto original. El caso es que este personaje está casado con Samanta (Sam), a la que ama de verdad, que está embarazada de ocho meses. Pero resulta que Ciro tiene una amante, Bárbara, una diosa del sexo, etc., así que se siente culpable y tal. Cuando va a dejar a esta Bárbara en vista de su inminente paternidad y ya que todo le va bien, para qué liarla, esta pretende chantajearle para que no se le ocurra dejarla, a resultas de un accidente de tráfico en el que se vieron involucrados a ambos y que tuvo un resultado luctuoso. Como es previsible, la cosa acaba muy mal, con muchas salpicaduras, ojos inyectados en sangre y un cadáver: no somos nadie.

En fin, a partir de ese momento, todo se vuelve thriller. Las fotos, material del chantaje, están en poder de alguien desconocido. Ciro cree que las tiene Sam, aunque quizá no lo sepa ella misma. Así que, tras pasar por un juicio escandaloso y encontrarse en la ruina, este Ciro elabora un plan sigiloso que consiste en hacerse muy visible, aunque tenga una orden de alejamiento, para apoderarse de esas pruebas incriminatorias, como si no fuera ya un apestado social. No tiene en cuenta que, en la actualidad, cualquier persona normal algo lista como Bárbara habría hecho como un millón de copias que estarían en su ordenador, en el de la oficina, en 40 pen-drives, 50 cds, y en cinco cuentas en la nube. No contento con su plan, por alguna lógica desquiciada que solo conoce el autor, también pretende matar a Sam, sí, a esa mujer a la que amaba de verdad y con la que iba a tener un hijo que perdió por su culpa (la de Ciro). Y eso que Sam solo pasaba por ahí después de la trágica escena post-coito entre Bárbara y Ciro, y de nada tiene culpa del posterior ocaso de este como famoso escritor y peor persona.

No crean que le estoy destripando demasiado de la novela: lo anterior ocurre en las primeras 70 páginas y todo ocurre sin traicionar ninguna esperanza ni ningún convencionalismo. Todo lo que esperamos que suceda, sucede. ¿Será porque lo hemos leído antes 1.000 veces? ¿Será porque nos quedamos dormidos en demasiadas ocasiones frente a la película de Antena3? Háganse una idea.

Los primeros personajes, ya que no me dio para más: 

Ciro: novelista más preocupado por el éxito medido en dinero y fama que en otra cosa. Cuando las cosas van mal se convierte en un acosador asesino. O asesino acosador. Hay un paso que va del tipo presuntuoso al asesino psicópata que no me parece verosímil. Seguro que la realidad ofrece perfiles más extraños y retorcidos, pero el caso es que en la novela debe parecernos lógica o posible esa transformación. Aquí no se consigue. Se necesita cierta maestría, claro.

Samanta (Sam): maestra, pero no de una asignatura normal y corriente como Matemáticas o Lengua, sino de, atención, da talleres de Mitología Clásica. Así el autor podrá demostrarnos lo mucho que sabe de los dioses griegos y romanos y de más allá. Por otro lado, deberíamos simpatizar con la protagonista, pero, no sé muy bien por qué, no es así. 

Bárbara: la amante de Ciro, pija y muy sexual. Parece un personaje de recortable o de Sálvame. Se muere pronto, lo cual nos parece muy bien.

Cleo: la editora y amiga de Sam, más bien madre-amiga con un punto incestuoso. Tanto empalago amical no parece normal, pero cualquiera sabe.

Berta: la mujer-gnomo. Sí.

Hay que decir que el autor, sin duda, es capaz de desplegar ante nosotros una historia. Previsible, acartonada, llena de clichés, sí, pero una historia que se lee sin que nos mate de aburrimiento. Sin embargo, los que leemos ficción con la intención de no pasar simplemente el rato, de no solo matar el tiempo dada la indigencia vital en la que presumiblemente estamos sumidos, sino por, como decíamos al principio, la búsqueda también de un placer a la vez estético y cognitivo (si es que son opuestos), una simple historia se nos hace poco. Cuando hablamos de Literatura (con esa mayúscula tan pedantita) aspiramos a apreciar en la obra un esfuerzo artístico que debe manifestarse tanto en el plano narrativo como en el de la lengua. Queremos también sabiduría o desafío a las convenciones, o las dos a la vez, tanto lingüísticas como morales y sociales. Queremos, al menos, que se bosqueje una cosmovisión, o su cuestionamiento, de la que sea. Una mera historia es insuficiente, si no trasciende.

Sigamos. Ya hemos apuntado la escasa originalidad de la trama y de los personajes. Volquemos ahora nuestra atención a cómo se plasma en el papel la historia: diálogos, descripciones, punto de vista. Nos hemos quejado de que el autor solo se limitase a contarnos una historia, sin embargo, cuando intenta, a su modo, literalizarla, el resultado es cargante:

Su vida se había convertido en un infierno repugnante. Las mismas televisiones que poco antes abrían sus programas anunciándole como invitado, ahora mismo se cebaban con las imágenes del escritor desaliñado a la salida del juzgado. Para esos cerdos carroñeros una persona de éxito arrastrada al fondo del abismo era como el maná bíblico para los hebreos o como El Dorado para Francisco de Orellana. El cuerno de la abundancia. (pág. 75)
En el trabajo, la hora previa al descanso del recreo y la última antes de marchar a casa eran las que se le hacían más largas. Horas en las que el reloj estaba demasiado presente. Sin embargo la peor sesión era la penúltima de los martes y los jueves, cuando le tocaba dar clases en el aula al final del pasillo del segundo piso, una habitación destartalada que durante años se había utilizado simplemente como cuarto de material y que recientemente, con el aumento del número de repetidores, había tenido que volver a habilitarse para la docencia. El aula era incómoda y estaba mal diseñada, tenía forma casi oval, con los alumnos apretados en el centro de una elipse entre dos inútiles columnas y la mesa del profesor encasquetada contra una de las ventanas que tenía la alegre vista del aparcamiento, una explanada de asfalto y encinas en las que los coches encajaban unos contra otros como piezas de un puzle organizado por un orangután. El aire de la calle se filtraba entre las hojas de cristal; a esa aula la llamaban "la nevera". (pág. 78)

Samanta se estremeció bajo la manta e inspiró profundamente con el ceño fruncido. El aire le sabía de repente sucio y gris, como un cadáver en el fondo de un lago. No sabía por qué le había venido esa comparación a la mente, tal vez porque esa era la manera en la que terminaban muchos de los personajes de Ciro. Se giró hacia Cleo con la mirada de una niña asustada. La mujer le cogió la mano y negó con la cabeza. (pág. 85)

Esos diálogos insulsos, vacíos, carentes de energía o expresividad, impostados:


-¿De dónde las has sacado? 
Bárbara empezó a reír dándole la espalda. 
-Tal vez quemaste la tarjeta que no era. Tal vez no soy tan tonta como crees, tal vez no eres perfecto... 
-Pero tú rompiste la cámara del fotógrafo... -murmuró Ciro para sí. 
-Tal vez le quité la tarjeta de memoria primero. 
El nuevo escritor de éxito a punto de dejar de serlo podía sentir cómo la rabia llenaba de calor cada centímetro de su cuerpo. 
-Tal vez no vas a dejarme. 
Chantaje, Ciro no lo podía creer. Bárbara había cambiado las tarjetas y le había hecho destruir la que no era. Era imposible saber cuántas copas de esas fotos podría haber hecho esa zorra pero desde luego había previsto bien lo que iba a suceder esa mañana. 
-¿Qué es lo que quieres? -le preguntó. 
Ella rio a carcajadas. Su piel desnuda había dejado de gustarle, sus músculos se estremecían al verla pero obedeciendo a un sentimiento bien diferente. 
-¿Qué crees tú que quiero? Lo que he querido siempre. ¡A ti! 
-Pero yo no puedo seguir mintiendo a Sam -replicó Ciro intentando controlarse. 
Bárbara se acercó a él y le susurró al oído. 
-No te preocupes. Ya me he encargado yo de eso. Te aseguro que no tendrás que mentirle nunca más. (pág. 61)


-Todavía no me has dicho por qué me envías a esa isla ni qué haré cuando llegue allí. 
Cleo sonrió y sacó de su maletín una tarjeta de visita. Le dio la vuelta y escribió con su pluma un nombre y un número de teléfono. 
-Berta -leyó Sam. 
-Sí, Berta. Ella te lo explicará todo. 
La joven suspiró y se guardó la tarjeta en el bolsillo de la chaqueta, miró a la editora muy poco convencida y meneó la cabeza. 
-No conozco nada de ese lugar. 
-Por eso es perfecto. No conoces ni te conocen. Te presentarás con otra identidad y solamente Berta y yo sabremos quién eres y dónde estás. 
-¿Y dónde viviré? ¿Qué trabajo es ese que me has conseguido? No puedes mandarme a la aventura así como así. 
Cleo la miró con una tierna sonrisa y le cogió las manos entre las suyas. 
-Tranquila, mi pequeña. Tu aventura está aquí, si te quedas. Allí... -Hizo un gesto con la mano en el aire- Allí solo tendrás paz y una vida de ensueño. (págs. 93-94)

Por no hablar del uso a lo largo de la novela de esas expresiones hechas que deploro, como "encerrar bajo siete llaves", que un reloj parado "acertaría la hora dos veces al día", "anticipo de cinco cifras", "ir viento en popa", etc., en un contexto de estilo facilón carente de gracia o arte algunos. El punto de vista oscila entre un estilo indirecto libre y la omnisciencia, con momentos como: "La inmensidad del océano y el rumor de la brisa la hicieron sentir segura, a salvo de Ciro, del miedo, de las pesadillas. Y se quedó dormida. No sabía cuánto se equivocaba" (pág. 105).

Y así son las cosas, amigos. Es previsible que, sin ínfulas literarias de ningún tipo, Miguel Aguerralde pueda contar para sus novelas con un buen número de lectores. O followers, o amigos del Facebook, o fans hardcore. En realidad, me atrevería a afirmar que es uno de esos escritores potencialmente promocionables a lo grande por la industria del libro. Esta novela va destinada a un público poco exigente en lo estético y conformista en lo narrativo, que espera que se cumplan sus certezas y que se le provea de un producto apto para el mero entretenimiento, ya sea al borde de la piscina, haciendo tiempo en el aeropuerto o dejando pasar uno de esos domingos, a falta de cosas más interesantes en las que emplear el tiempo. Vamos, un chollo.

No obstante, como no es mi caso, la abandoné en la página 105, por lo que me he perdido tramas paralelas y secundarias, las revelaciones de última hora, las coincidencias sorprendentes, los momentos deus ex machina y un montón de cosas que dicen que hacen que se enganche uno. Como siempre, lo bueno viene después, pero ya me lo cuentan otro día.



domingo, 4 de febrero de 2018

'Noir', de Robert Coover

En un momento cercano a mi segunda adolescencia, es decir, hace dos o tres meses, me prometí (y creo que lo prometí también públicamente) que no leería más novela negra, al menos para reseñarlo en este espacio amigo, el Polillas. La promesa venía motivada por el hartazgo de leer, hablemos claro, tanta cosa mala. Lo peor, como suelo decir, no es que simplemente fuera mala, sino que te intentaban convencer (la editorial, el mismo autor, el fajillero de turno, la reseñadora amiga, ese suplemento cultural, etc.) de que era buena. Que ya entramos en cuestión de gustos: que si sí que si no, que mira su carrera, que oye el trabajo que le ha puesto, etc. Claro que en arte, en literatura, casi todo es cuestión de gustos. También, que las opiniones no están ancladas en la nada, sino en una manera de considerar el texto, el cuadro, la pintura, el contexto histórico y social, en las sensaciones que te suscite todo lo anterior... Pero esas sensaciones surgen por algo, y es ahí cuando el crítico, el estudioso, el reseñador con ganas de ser honrado se aplica a reflexionar: esa mezcla telúrica entre conocimientos, experiencia e intuiciones. De ahí surge no solo el me gusta, sino el me gusta por algo (o todo lo contrario). Y a continuación expone, debe exponer, las razones que llevan a una conclusión u otra sobre la obra.

En el mundillo del marketing literario, las reflexiones sobran: dado que la novela es un producto para ser consumido y ya no hay lectores sino fans; no hay escritores, sino proveedores de contenidos; y no hay reseñadores, sino promocionadores, lo que prima es vender sensaciones o experiencias, cuando no mostrar un signo de distinción. Aparte de esa satisfacción de la fantasía que supone el alivio por salir de un mundo (el real) fatídico o deprimente, surgen en estos tiempos de conexión la embriaguez por pertenecer a un club (aunque sea virtual) de lectores que legitima el propio gusto, el orgullo de disfrutar de la amistad feisbukiana con un autor (vivan las redes sociales), etc. Por tanto, el análisis sosegado o espídico da bastante igual. Cojan cualquier comentario estampado en la faja de un libro y podrían arrojarlo a cualquier otro: novelas necesarias hay ya tantas que me pregunto cómo un lector podrá morir en paz sin sentir el desgarro que provoca esa necesidad no satisfecha.

Lo cierto es que lo que conozco del mundillo literario -y no sé mucho- da asco: la mediocridad abruma. Y no me refiero -es lo que menos me importa- al talento literario, sino a la forma de conducirse en el mundo. Es probable que lo primero haya conducido a muchos a lo segundo. Es natural, por otro lado, que, como seres humanos, como seres sociales, aspiremos al reconocimiento de nuestros semejantes. Sin embargo, el reconocimiento que vaya más allá de nuestra identificación como vecino o ciudadano en general, es decir, que venga motivado por algún tipo de mérito requiere, por lo general, esfuerzo y talento, y quizá, en muchos casos, cierta valentía. Es más sencillo para muchos, que dispongan en cambio de habilidades sociales o de cierto capital relacional o amical, disfrazarse de autor poniendo por delante de su vacilante capacidad creativa su disponibilidad a ser él/ella mismo/a un producto que se pueda consumir vía tertulia de radio, columna de opinión o entrevista (en cualquier medio que tenga esa sospechosa manía). 

Y heme aquí que, con todo eso en la cabeza, decido leer Noir.





Me atrevería a decir que ya no se pueden escribir novelas como las de Raymond Chandler. Incluso como las de John Connolly, que son nuestras coetáneas. No es que no se pueda, es que responden a otra época, con otras certezas, otras inquietudes y, sobre todo, con otras concepciones del tiempo, del espacio, de la propia sociedad y del ser humano. Noir responde a esa inquietud, digamos filosófica, sobre la falta de esencia de personas y cosas. Es una duda, como se le suele llamar, posmoderna, con la que -se ha dicho muchas veces- se impugnan los grandes relatos sobre la humanidad. 

Si ya Marx decía que con el capitalismo todo lo sólido se desvanece en el aire y Bauman que todo se vuelve líquido, a su manera Coover nos muestra que todo es sombra en distintos grados, todo es círculo y laberinto que se refuta a sí mismo. No tengo duda -perdónenme la prepotencia- de que la forma de ¿relatar? Coover esta historia de crímenes, viudas, matones, policías y el detective de rigor emana de un contexto de neoliberalismo económico y moral, que encubre un totalitarismo social en el que al ciudadano corriente se le exige individualismo y competitividad frente a los demás, pero que se le solicita sacrificio -compartido también con los demás ciudadanos- respecto de las imposiciones de una economía sujeta a parámetros, necesidades y vaivenes fuera de su alcance, al igual que un cometa distante a miles de años luz. Contradicciones existenciales que solo pueden dibujar un mundo confuso.

En Noir, para el no avisado, se urde al comienzo una historia propia del género: viuda bella y misteriosa que encarga trabajo a duro y cínico detective. Sin embargo, pronto la narración nos confunde, negándonos asideros firmes de tiempo y de espacio. Cuando creemos que el relato es lineal, volvemos a revisitar una escena, o a un momento anterior a una escena ya relatada. Los callejones por los que transita Phil Noir ¿son siempre los mismos o son diferentes? ¿Son otras calles o las mismas bañadas por la oscuridad? ¿Esa niebla ubicua es cierta o la niebla está en su mente?

Cuando sacas con cuidado tu maltrecho cuerpo del cajón refrigerado, oyes realmente el susurro de los cristales de hielo, que crujen y chascan moribundos, pero al menos te has descongelado lo suficiente para tiritar de frío. Intentas recordar lo que ha pasado, pero el golpe en la cabeza lo ha borrado casi todo. Algo sobre un planeta condenado. Y un donut. O medio. Tu cabeza, lacerada, te duele aún más cuando intentas pensar en todo eso, así que lo dejas. Tus palabras exactas, pronunciadas en alta voz para todos los presentes, son: A la mierda. Del Gusano no hay ni rastro, el local está desierto. Examinas tu corpus delicti en busca de cicatrices. Hay un montón, pero ninguna nueva. Tu ropa cuelga del elevador de cadáveres sobre la mesa de disección, parecen pieles de desollado. Aún húmeda. Fría. (...) (págs. 42-43)

Y entonces -una luz tenue, una puerta cerrada que abres con la llave maestra- la ves. A punto estás de caer de rodillas. Con velo, vestida de negro, medias negras, destacando en medio de una multitud de cuerpos desnudos. De maniquíes. Estás en el sótano de una tienda de ropa femenina, llena de maniquíes y partes de maniquíes, uno de ellos con atuendo de viuda. También hay una novia, una bañista, otra con pantalones de montar, algunas en ropa interior, en camisón o traje de calle. En su mayor parte están total o parcialmente desnudas, calvas, también, algunas desmembradas, sin brazos, sin cabeza. En la pulverulenta penumbra flota la fantasmagórica sensualidad de sus angulosas y provocativas poses, sus firmes y brillantes superficies, rostros como máscaras sonámbulas, rasgos paralizados y miradas sin ojos, glaciales. (...) (p. 87)

Ahora, mientras te fumas un pito y te liquidas la segunda botella de vino bebiendo del gollete roto, con la espalda apoyada contra un muro del túnel de los contrabandistas, recordando con nostalgia los parfaits de Big Mame y meditando lúgubremente sobre la compleja trama de la historia en la que te has enredado, te das cuenta de que el tatuaje del trasero te ha dejado de escocer. Eso quizá significa que te están dejando por fin en paz. Pero ¿quienes son? El problema de las tramas. Cuando estás metido en una, no puedes ver más allá del siguiente lío. Es como estar atrapado en dos dimensiones, sin acceso a una visión de conjunto. Aunque eso resulta imposible desde aquí, quizá puedas echar una ojeada desde abajo. Alzando la vista por la falda de la fortuna. Esa vieja puta. Muy oscuro por ahí, como siempre. Como la ciudad. Rezumando lodo y envuelta en bruma. (...) (p. 110)


"El problema de las tramas"... ¿Acaso el mismo Noir, la secretaria Blanche, el policía Blue, el pianista Fingers no se deslíen, no se diluyen en esta historia líquida? Noir sí que pugna por ampliar los límites de lo narrable, desdibuja nuestras creencias sobre la caracterización de los personajes, llevando hasta el extremo nuestras creencias arraigadas de lector sobre esas figuras ya arquetípicas. Y lo mismo puede decirse de la trama, en la que el decisionismo creador encaja bien en esta historia en la que no hay ángulos rectos. Algo que echo de menos en la mayoría de la literatura actual, sin duda: ese descoser las costuras a las convenciones, incluso a las costuras de los desafíos a las convenciones.

Tampoco albergo la menor duda de que Noir no "engancha desde el primer momento". Es más, pienso que hace un esfuerzo para evitar cualquier gancho, asidero o punto de apoyo. En una atmósfera fantasmal, la acción se circunscribe a cuatro o cinco escenarios y a momentos que parecen repetirse, aunque con una óptica ligeramente distinta. Es por lo tanto, una novela incómoda para un lector acostumbrado a ese naturalismo decimonónico que nunca nos ha abandonado. Sin embargo, y a diferencia de otras, al menos en mi caso, uno no puede dejar de volver a la lectura, por mucho que hayan pasado días, incluso semanas, desde haberla dejado por última vez. Me resisto a calificarla de hipnótica o algo parecido, pero sí que ese micromundo cooveriano suscita cierta fascinación, quizá como la que suscite asistir a una tragedia submarina en un acuario. En este sentido, la expresión "no poder dejar de leerla" cobra un nuevo sentido.







jueves, 25 de enero de 2018

'Malaquita', de Juan-Manuel García Ramos

La presente obra forma parte de esos títulos, al parecer emblemáticos, de la literatura canaria que figuran en todas las antologías y estudios, pero que nadie ha leído (o no recuerda haberlos leído). Por si resulta de interés, el filósofo José Luis Aranguren la presentó en 1981 y es su prologuista. Afirmó haberla leído, lo que ya es mucho más de lo que confiesan los reseñistas-amigos del hoy por ti, mañana por mí.

En todo caso, Malaquita formó parte de una colección denominada Biblioteca Básica Canaria, editada por la Viceconsejería de Cultura y Deportes del Gobierno de Canarias. Así, uno tiende a pensar que si Malaquita está incluida en esa Biblioteca Básica, será porque alguien (el comité experto) la consideró parte del canon canario de literatura, vamos, de las obras imprescindibles. Los cánones, como también sabrán, no los hace nadie, provienen directamente del aire y de la tierra, cuando no del ser idiosincrático de la comunidad eterna, etc. 


Lo llamativo del caso, que a lo mejor no lo es tanto, es que el director de dicha Biblioteca Básica era... Juan-Manuel García Ramos. Quizá porque el Consejero de Cultura era... Juan-Manuel García Ramos. Lo más probable es que todo sea casualidad, y que la comisión independiente encargada de la selección de obras que formarían parte de esa colección no tuviese más remedio que elegir Malaquita por su intrínseco valor literario, fuese quien fuese el consejero de turno. Hay que señalar, además, que a nuestro autor se le concedió en 2006 el Premio Canarias de Literatura. Al igual que a nuestra apreciada Cecilia Domínguez Luis en 2015.


Pero, bueno, eran otros tiempos: 1991. Ya se sabe cómo se las gastaban en aquel entonces. No como ahora, tiempo en que los artistas jamás ocuparían cargos institucionales (ni políticos, ni culturales, ni político-culturales) desde los cuales fraguar su imprescindibilidad histórica, ni los escultores consagrados (según ellos) crearían fundaciones financiadas por el Ayuntamiento, que también tendría la obligación de comprar las esculturas del escultor consagrado para instalarlas en la sede de la fundación que también sería un espacio público (por ejemplo, un castillo), ni los reseñadores de los periódicos locales serían amigos de los autores de las obras que reseñan ni los/as escritores/as serían también reseñadores y Dios mío qué promiscuidad de libros, artículos, reseñas, elogios, ditirambos, maravillosismos, y qué hay de lo mío, y que quiero vivir de mi arte, páguenmelo entre todos, etc., etc... Hemos avanzado, sin duda, lo que resulta todo un alivio.







En lo que se refiere a la novela, no sé si la pertenencia a lo que se llama la Nueva Narrativa Canaria o el contexto histórico-social-literario de la época en la que se escribió (experimentalismo, estética marginal-realismo sucio-compromiso social-feísmo-lo que sea) influyó en el aquel entonces joven escritor. El caso es que se nota que hay cuajo, que aquel joven Juan-Manuel tenía mimbres para escribir algo inteligible, que quizá tenía ideas que compartir con el resto del mundo. Al fin y al cabo, se ha dedicado a la filología de forma profesional toda su vida y la corrección técnica se le da por supuesta.

Sin embargo, la novela es insoportable. Personalizándola, diríamos que se comporta como una enemiga con ínfulas (literarias) que te desalienta cada vez que le sigues el paso, que te disuade de seguir la trama cuando parecía que habías cogido el hilo (el que fuera), que parece pretender que el lector haga un esfuerzo de reunir los trozos de introspección que el autor tiene a bien diseminar aquí y allá, supuestamente como parte de un plan maestro. Aranguren, el muy cachondo, en un rasgo de humor, nos señala en el prólogo: "Su lectura e interpretación, como la de toda auténtica hermenéutica, ha de ser circular". En mi opinión, esa tarea hermenéutica no significa más que "búscate la vida si quieres entender algo". Otros quizá la denominarían "complejo artefacto literario", "literatura arquitectónica", "experimentalista" o "rompecabezas literario". Los eufemismos, como la mala leche, son la sal de la vida.

La novela, en fin, es una sucesión de narraciones en tercera persona, monólogos introspectivos de los personajes, fragmentos de diarios y de cartas, y de diálogos que nos introducen en la vida de una vieja prostituta, Dolita, en la de un joven, Ernesto, y en su relación sexual-sentimental resultante. De telón de fondo, la pobreza y la marginalidad que los rodea, la miseria moral de la sociedad, etc.

No obstante, enloquecida por las fatigosas marchas urbanas al sol, sólo atenuadas por las intermitentes entradas a los zaguanes y tiendas en los que rara vez era atendida, contaban que la descubrían ofreciendo sus menopáusicos encantos a los estudiantes mañaneros, los empleados de mostrador, los repartidores de diarios y leche, ávidos, algunos todavía, de descubrir secretos femeninos en su sexo amoratado por los combates, en sus pechos albeados por el roperío sudoso de las caminatas. Sin frases de otro gusto, sin descender a la oferta verbal desprestigiada: sólo recogía con cariño uno de sus pechos del sujetador ancestral y, resguardada de otras vistas, lo presentaba sonriente al muchacho de turno, o en otras ocasiones, abierto su abrigo, aparecía con una mano introducida en sus inmensas bragas negras, con sus ropas recogidas a esa altura, dejando ver sus torneados muslos blanquecinos, enmarañada pelusilla encanecida de su pubis. (pág. 22)

(...) 
-No llore, mujer, no llore. No me ve a mí resignada ya, jesús. 
-Ay, doña Amalia... 
-Pues como le decía, el veterinario primero la edad, luego si no conocía a  los padres. Mire usted, no los voy a conocer: de la misma calle, los de los Martos, que usted se tiene que acordar del gato como negro, agrisado, peludo, que siempre estaba en la ventana con la que le quedó soltera, Inesita... 
-¿La del parche en el ojo...? 
-Sí, pero eso fue después. Ya era mamá muerta. 
-Pues que no me preocupara, unas pastillas como blancas, rosadas, como el carmín flojito que viene ahora, pues que se las desliera en leche, bueno él dijo en agua pero yo aprovecho y tempranito en la leche... Un día, otro día y mi hija, nada. Triste, sabe y como desganada, por todo, la cabecita entre las piernas y por las tardes frío, yo la notaba como erizada, que en los gatos es fácil notarlo y más en ésta la pobre que tenía un pelo tupido, grueso...Ay quiere usted saber, las veces que lo he contado y siempre como una congoja, una pena tan grande. Que la echa uno de menos, fue muchos años a cuenta de mimos y compañía, animal más cariñoso, todo el que pasaba tenía que ver con ella, hasta esos obreros de campo que pasan temprano, si habrán visto gatos, y siempre una caricia y ella lelita... (pág. 54)


Octavo día. Por la mañana, el cernícalo en el rastrojo le sigue los pasos a algún ratoncillo y se mantiene voloteando inalterable a los rafagazos del viento gris... En una esquina, otro rebajado se cose sus pantalones extrañado en el uso que tiene que hacer de la aguja. Tumbado en la litera, fumando un cigarrillo que se ha ido consumiendo sobre su pecho, oye a lo lejos las órdenes de desfile, voces dispares que llegan a sus oídos mezcladas con canto de capirotes y aullidos de guirres lagarteros, con un vaho enervante de calor sudado y cocinero que termina por invadir el hangar reconvertido. 
Desde el camastro infame, ella va apareciendo tras la somnolencia, el hedor y el malestar, ansias de lejanía, su perfil masculinizado, unos dientes blancos y dispuestos con maestría, las pecas que aclaraban su tez, los trajes largos de las medianoches remangados con aquella espontaneidad suya, sus frases incoherentes que lo cautivaban, el trajinar impetuoso de las abuelas abajo: sus habladurías, el perfume desconsoladores en sus ausencias, el primer beso del zaguán, sus arrebatos en la entrega (...). (pág. 64)

Dice García-Ramos que la novela surgió de una imagen:


Malaquita es una historia de amor que alcancé a a adivinar a través de una mirada. Un adolescente y una anciana se observan y se descubren en sus mutuas orfandades.
Cosas peores se han visto, está claro. Y razones más estrafalarias, también.

Parecer ser que, según escribe Francisco Juan Quevedo García en Constantes de la narrativa canaria de los setenta (1995): "El novelista examina el otro lado de la esfera social, y expone una realidad que, aunque oculta tras la imagen de la superficie, aclara las distintas formas de existencia".  Asimismo, según el autor, se hace patente el uso de un lenguaje que correspondería al habla de los sectores más marginales "con la función de alcanzar la verosimilitud". 
Queda dicho, aunque lo cierto es que la novela se ha vuelto decrépita mientras tanto, si es que no nació así, de tal manera que una novela coetánea como Las espiritistas de Telde a su lado se convierte en epítome de la modernidad tardocapitalista.

No digo yo que no tenga su trascendencia filológica e, incluso, de denuncia social; pero no sé si al lector le debe importar. Es más, quizá deba figurar Malaquita en una antología de literatura (canaria) como un compendio de técnicas narrativas, como experimento literario, aunque fallido. Sin embargo, me permito dudar que se convierta en una de esas obras que la comunidad haga suya, por ilegible, por pretenciosa, por imposible. No hay frase corta ni sustantivo con adjetivo: un aire de familia degenerada de aquella literatura latinoamericana con la que se le ha querido emparentar. Un enrevesamiento que se pretende barroco y que se queda en piñata parca en caramelos.


Tengo la impresión de que el autor no tiene en cuenta al lector en ningún momento, ni siquiera al lector más o menos inteligente, más o menos culto. Que García-Ramos pretendía consumar una especie de onanismo literario con la que considerar esta obra como artística, sin mayor interés comunicativo, quizá como ejercicio expresivo para sí mismo o para un círculo de entendidos, pero no destinada al público lector. En mi caso, confieso que la abandoné para siempre en la página 66. 

Si se animan a leerla, y resisten, ya me contarán el resto.





















jueves, 18 de enero de 2018

'El tiempo de la noche', de William Sloane

Ya estoy aquí de nuevo, después de ese resumen decembrino de lecturas y de recopilación de reseñadores que tanto ha gustado. Como ya adelanté en el Facebook, el mundillo literario parece un tanto congelado, silencioso, sin que, por ejemplo, en las páginas de Cultura (Dios mío, la cultura) de los periódicos nos encontremos con la típica entrevista de: a) El escritor progre de 8 a 3 que lucha contra el capitalismo porque en su novela el empresario es el malo, o: b) La escritora de derechas y orgullosa de serlo porque España es mucha España y toma ya, Tabarnia; ni nos aporreen con el elogio de baratillo de cualquier novedad de ficción cuya editorial pretenda endilgárnosla a toda costa. Debe de ser que la cartera de los fans hardcore está todavía recuperándose de las fiestas navideñas y que cierto hartazgo cultureta-emocional aconseja posponer el maravillosismo para un poco más adelante. Es posible, no obstante, que el foco se haya desplazado a otros ámbitos, como el musical, caso Palau incluido. Ya saben: conciertos por aquí, virtuosos por allá, "grandes nombres" sin los cuales no somos nadie ni tenemos sitio en el mapa, etc.

Por otro lado, se me puede acusar de cierta acidez en mis comentarios, pero a modo de disculpa estoy inclinado a creer que el empalago en el elogio y en la promoción de editoriales, librerías, reseñadores literarios (o aspirantes a serlo), medios de comunicación, etc., es de tal magnitud, que me pregunto si el lector aficionado a la lectura no correrá un verdadero riesgo de sufrir diversas variantes de la diabetes a poco que se los crea. Aunque es probable que ahí el órgano a amputar no sea otro que el cerebro. Soy una especie de contrapeso o paliativo, digamos.

En fin, ya que ningún escritor o aspirante a serlo ha pillado una rabieta que publicar en Facebook en las últimas fechas y que los sospechosos habituales hace relativamente poco que han publicado sus cosillas, el horizonte literario se presenta despejado, listo para que, por fin, algo bueno se publique. 

Si muramos, que sea de optimismo, que ya la realidad es bastante desagradable.

Vayamos con la novela:




El tiempo de la noche (To Walk the Night) es una novela del estadounidense William Sloane, publicada en 1937, más o menos por la misma época en la que ya circulaba en el mismo país la obra de grandes autores como Erskine Caldwell o Faulkner, entre otros muchos, por lo que la comparación casi a la fuerza debe resultar desventajosa. No manifiesta William Sloane la misma preocupación por el lenguaje en sí, ni por la técnica, así que los filólogos que lean este blog ya pueden ir empaquetando sus cosas. Obligado es señalar que es una de las novelas preferidas de Stephen King (suya es la introducción).

No obstante, Sloane arma una historia bien estructurada y bien contada. "Eficaz" suele ser el término que suele emplearse en estas ocasiones. Si lo entiendo correctamente, supongo que debe aplicarse para esas narraciones que con sencillez logran comunicar una historia que causa un efecto determinado (y previsto) en las/os lectoras/es. En esta caso, Sloane es muy eficaz: teje una historia desde el punto de vista de uno de los personajes implicados, por lo que lo narrado no puede sino omitir gran cantidad de información. Esa misma parcialidad, esos mismos claroscuros, hace que la resolución de la trama surja de repente, sí, pero también como la concatenación lógica de reunir diferentes partes de todo lo dicho. Salvando las distancias, se asemeja a la técnica empleada por Raymond Chandler en sus novelas. 

Es una historia que se lee con gusto, ya digo, sencilla en su construcción, con dos planos temporales, pero que suscita interés, y que combina elementos de novela de investigación criminal con otros fantásticos. Claro que lo anterior no le hace honor del todo ni debería amedrentar a nadie. Si tengo que ponerle una objeción, sería la de que a mí me sobra la escena final, que estropea un poco, a mi entender, la atmósfera de inquietud y desazón generales. Pero, bueno, ya lo verán por sí mismas/os, y quizá disientan. 


Una brisa se alzaba ahora del estrecho, y los árboles murmuraban en la oscuridad. Las aguas golpeaban débilmente la orilla, y la bahía parecía un río, que surgía de lo invisible y se acercaba a nosotros a la luz de las estrellas. miré y la ilusión de una corriente fue tan perfecta que debí recordar que nada fluía allí, que no había ninguna corriente, sino el mar inmutable y eterno. 
-Por supuesto -le dije al doctor Lister-, puedo reproducir las palabras, pero no la conversación. Los gestos, las actitudes , el tono y el timbre de las voces, todo eso se pierde al contarlo. 
El doctor me había escuchado con extraordinaria atención. 
-Sí, naturalmente. Pero ni tú ni Jerry me habíais contado lo que se dijo en ese encuentro. 
-Es raro -continué-, pero en momentos como ése uno se apresura a aceptarlo todo superficialmente. Cuando ella dijo: "Le parecerá una pregunta tonta, señor Lister" creo que ambos aceptamos su "tontería". Ahora no me parece de ningún modo una pregunta normal. Y la historia de las notas nocturnas de LeNormand. ¿Le parece a usted verosímil? 
-No -respondió el doctor.
-¿Ve usted?, son cosas que he recordado poco a poco. Cosas pequeñas, pero que apuntan a algo.  

Por otro lado, no puedo evitar notar los sesgos culturales en la novela: hombres de clase media-alta, bien educados, contenidos en sus emociones, de profesiones liberales. La mujer, en cambio, es o frívola o inútil o misteriosa. Con la perspectiva moderna, es posible, incluso, leer cierta misoginia en el tratamiento del personaje de Selena, la mujer enigmática, alrededor de la cual gira la trama. Me atrevería a decir que podría ser un experimento interesante invertir su rol para convertirla en un símbolo diferente, como, por ejemplo, del feminismo. No quiero, sin embargo, explicar más de lo debido para no estropearles la historia. Sólo me animo a señalarles que, como en otros muchos casos, una historia ofrece una lectura en la superficie y otras muchas bajo ella, a pesar, todo sea dicho, de la opinión manifestada por la autora o el autor, cuando la tiene. Así es la vida.

Quisiera, asimismo, subrayar el hecho de que aunque siempre agradezco una historia contada con corrección, sin mácula, como es El tiempo de la noche, mi propia evolución lectora me lleva a añorar el riesgo, la experimentación y el atrevimiento. Espero no solo cierto placer lector, sino descubrimientos cognitivos; por qué no, cierta sabiduría, y también atrevimiento estético y formal, de tal forma que amplíen los límites del lenguaje y del humano acto mismo del narrar. 

Para qué conformarnos.





miércoles, 20 de diciembre de 2017

Lo mejor y lo peor de 2017

Ya vamos llegando a las Navidades, una de las dos épocas del año más importantes para la venta de libros, según me aseguran personas bien informadas. No es de extrañar, pues, la eclosión de presentaciones de novelas, cuentos, poemarios y demás biblias en verso. Así que, aunque no soy muy proclive a hacer listas (fenómeno mediático-sociológico que en España, desde el advenimiento de nuestra singular modernidad, hemos importado del mundo anglosajón, tan minucioso en sus jerarquías) y para llevar un poco la contraria al pseudostablishment cultural que padecemos, me pareció que vendrían bien para hacer una especie de resumen de 2017. Además, por qué no, sirven para celebrar el aniversario de este blog, que tanta simpatía ha despertado en el mundillo literario local.

Con estos objetivos, tanto oponerme al buenismo hipócrita de cierta parte de la crítica como expandir las filias que suscita el blog, he compuesto varias listas, a modo de atajos heurísticos para lectores desprevenidos. He escrito una en la que constan las 11 peores novelas que he leído este año, otra de las 11 mejores, una tercera heteróclita y caprichosa de lecturas de no-ficción y, finalmente, un inventario de los reseñadores habituales de Canarias (si falta alguien que consideren necesario, me lo señalan, para la próxima vez). 

Qué puedo decir sino que estas listas reflejan mis gustos particulares, en mi posición de lector veterano, por un lado, y de reseñador que compra con su dinero cada libro que comenta, por otro. También es cierto que me he esforzado por argumentar en todas las reseñas de Polillas al anochecer por qué las obras me parecen mejores o peores, por qué unas me parecen dignas y otras, infames. Aun así, habrá quien diga que uno "no tiene derecho" a calificar las novelas, cuentos, artículos, reseñas y opiniones de otros como "tonterías", "insensateces", "malos", "flojos", etc., ya se diga que pagar la deuda nacional es un asunto moral, que la tierra es plana, que los equipos deportivos cohesionan a la población o que La otra vida de Ned Blackbird marca un antes y un después en la literatura mundial y parte del sistema solar. En todo caso, uno es responsable de sus juicios, positivos y negativos, y debe argumentarlos siempre, en la medida de su capacidad.

Allá vamos:

LAS 11 PEORES NOVELAS, por orden de espanto:

1) El sepulcro vacío, de Cecilia Domínguez Luis.
2) El conocimiento, de Jonathan Allen.
3) Evanescencia, de Manuel M. Almeida.
4) Gracias por el tiempo, de Santiago Gil.
5) La víspera de casi todo, de Víctor del Árbol.
6) El verano de los juguetes muertos, de Toni Hill.
7) La última homilía de Zacarías Martín, de Enrique Redondo Miranda.
8) Madrid: frontera, de David Llorente.
9) El canto de la raposa, de Rafael Alonso Solís.
10) Interregno, de Roberto A. Cabrera.
11) La otra vida de Ned Blackbird, de Alexis Ravelo.

Me remito a las entradas del blog en cada caso para justificar la decisión. Eso sí, las posiciones en muchos casos son intercambiables y han dependido generalmente de pequeños matices. No ha sido un ejercicio de memoria agradable, a decir verdad. Eso sí, el nº 1 me parece indiscutible. Asimismo, algún libro que no está podría echarse de menos, sin duda.

Ya que estamos, no puedo resistirme a comentar que, dado lo leído, parece difícil caer más bajo en lo que se publica en Canarias y en España. Todavía me resisto a creer que sean estas novelas lo único a lo que podamos aspirar, sobre todo en nuestra Comunidad, que es lo que me importa en primer lugar. Sin embargo, y más específicamente de las novelas de autores canarios, no encontrarán reseña o crítica negativa alguna, salvo la mía, lo que, en cierto modo, me sitúa en una posición única, digamos en una situación de soledad demasiado ruidosa. Es bastante posible, también, que lo bueno me lo haya perdido, por lo que desde esta página pido disculpas por esas magníficas novelas y colecciones de cuentos que, por razones que escapan al entendimiento, no han caído en mis manos.







LAS 11 MEJORES NOVELAS (o colección de relatos), por orden de gozo:

1) De ganados y hombres, de Ana Paula Maia.
2) El banquete celestial, de Donald Ray Pollock.
3) Tardía fama, de Arthur Schnitzler.
4) Casa de verano con piscina, de Herman Koch.
5) Embassytown, de China Mielville.
6) Noche es el día, de Peter Stamm.
7) El malogrado, de Thomas Bernhard.
8) Cazadores en la nieve, de Tobias Wolff
9) Diez de diciembrede George Saunders.
10) Cuentos, de Kjell Askildsen.
11) Anturios en el salón, de Juan R. Tramunt.

Aquí, todavía más que en la primera lista, el estado de ánimo, el humor, la capacidad memorística y el registro de sensaciones en el momento de escribirla han pesado de manera determinante. No seré yo quien discuta otras preferencias en el orden. Casi toda es literatura extranjera, no ya española-peninsular, siquiera. Como ya he señalado en otra entrada, es probable que la literatura foránea que nos llega venga ya mediada, filtrada, por el interés de las editoriales, el empeño de los traductores, su éxito y fama en otros países, etc., así que, por lo general y best-sellers aparte, parece lógico pensar que su calidad media sea mayor. Es una hipótesis de trabajo, no una certeza. En todo caso, Anturios en el salón (al igual que Entrelazamientos, de Luis Junco) demuestra que es posible crear buena literatura con aspiraciones estéticas e ideológicas en Canarias y que el talento no es siempre producto de importación. Ambos, Juan R. Tramunt y Luis Junco, son, además, discretos en cuanto a su exposición mediática y no tienen como actividad primordial cultivar fans. Más bien, sus novelas atraen lectores, lo que es un asunto conceptualmente muy diferente.





Aquí les adjunto otra lista, de regalo: excelentes libros que no son de ficción, y cuyo orden carece de importancia:

1) Nacimiento de la biopolítica, de Michel Foucault.
2) De la política a la razón de estado, de Maurizio Viroli.
3) El lugar de los poetas, de Luis Alegre Zahonero.
4) Para qué servimos los filósofos, de Carlos Fernández Liria.
5) Reforma o revolución, de Rosa Luxemburgo.
6) La democracia sentimental, de Manuel Arias Maldonado.
7) La desfachatez intelectual, de Ignacio Sánchez-Cuenca.
8) La República de las Letras, de Pascale Casanova.
9) Los mecanismos de la ficción, de James Wood.
10) Comprando tiempo, de Wolfgang Streeck
11) Capitalismo, de Geoffrey Ingham.




LOS RESEÑADORES

Aunque el catálogo no es muy amplio, hay varios reseñadores en Canarias que escriben con frecuencia, tanto en las páginas de los periódicos como en su propio espacio digital. ¿Los han leído alguna vez? ¿Podríamos decir que son influyentes en la esfera pública? ¿O, en algunos casos, sólo funcionan como repartidores de agasajos dentro del mundillo? 

1) Emilio González Déniz: Aún más que los comentarios sobre política y sociedad, sus notas de lectura en Bardinia son merecedoras de concienzudo olvido. Casi no escribe, en realidad, de las obras que menciona, salvo en términos lo bastante abstractos para no comprometerse demasiado con lo que parece que alaba, incluso con entusiasmo. Podría decirse que es un artista del eufemismo y que hablar de sí mismo es, probablemente, lo que más le interese. Uno termina de leer sus cosas con una sensación de hastío que no se corresponde con la brevedad de sus artículos. Aquí su blog, dependiente del periódico Canarias7.

2) Santiago Gil: Un auténtico seguro de ego para los novelistas de cuyas obras se ocupe. Se caracteriza por su empeño indomable en expresar una sensibilidad que roza en demasiados momentos la cursilería, en variado alarde de un maravillosismo digno de estudiarse como técnica literaria independiente. Sus reseñas/notas de lectura se publican también en el Canarias7, aunque alguna vez también en la página web del periódico. Aparte, tiene un espacio en el que escribe sus ocurrencias lírico-existenciales. Aquí.

3) Alexis Ravelo: Aunque abandonó su blog durante unos meses, probablemente ocupado por su ingente producción literaria y la promoción consiguiente (tarea esta última en la que se emplea a fondo), ha vuelto a retomarlo en los últimos tiempos, centrándose en reseñar novelas y colecciones de cuentos que le gusten (principio fundamental, y a veces único, en la labor de muchos reseñadores o aspirantes a reseñadores). No esperen sino buen rollo en sus comentarios y alguna protesta poco comprometedora sobre el mundo, los políticos, etc. Aquí.

4) Ibrahim Chamali: Reseñador oficial en los primeros tiempos de Dragaria, las notas de lectura que escribe expresan su afabilidad y su visión buenrollista de la literatura. Todo le "engancha desde el primer momento", y nunca "puede dejar de leer" lo que sea. Todos los escritores deberían amarlo, porque él los ama a todos. Maravillosismo en estado puro. 
Su blog no es de reseñas, sino de pequeños relatos. Pero, bueno, qué más da. Aquí.

5) Eduardo García Rojas: Salvo insólitos episodios de irascibilidad, que los tiene, este periodista suele ser bastante amable en sus reseñas, más tendente a apreciar lo positivo que lo negativo en lo que se le ponga por delante: tarea ardua en numerosas ocasiones, todo hay que decirlo, y a veces infundada. Es digno de elogio su rescate de novelas y películas olvidadas. Escribe en el Diario de Avisos y en su propio blog. Aquí.

6) Antonio Bordón: desde su época en La Provincia, Bordón juega en otra liga: tanto en la calidad de sus análisis o comentarios como en el objeto de estos: la literatura extranjera. Muchos hemos conocido mundos distantes sentados en casa gracias a él. Aquí su blog.



Felices fiestas, y a apechugar con lo que venga.