Como habrán podido apreciar, en este blog no siento especial urgencia por comentar las novedades editoriales ni me veo impelido a seguir la corriente de modas o géneros. Por el contrario, me gusta tener un ojo en la actualidad y otro en el pasado, sobre todo en aquellas obras de las que siempre oí hablar y nunca me decidí a leer, ya sea por llevar la contraria o por simple pereza. No obstante, en este momento de la vida, me gusta abordar, en ocasiones, obras clásicas o que pertenezcan, por lo que sea, al repertorio de lecturas obligadas si se quiere conocer la literatura canaria, española, mundial, etc. Tal es el caso de Las inquietudes del Hall o, como es el caso de esta reseña, de Las espiritistas de Telde.
Suele ser común que determinadas obras, una vez entran a formar parte del canon literario, se blinden ante toda crítica. En algunos casos, no es que resulten invulnerables, sino que, simplemente, no se vuelve a hablar de ellas y caen en un olvido apacible. Ante otras, solo cabe el elogio o un silencio que a veces aparenta ser respetuoso, aunque no hayan sido leídas por casi nadie. Así pues, surgen varias cuestiones respecto de un canon: ¿es el resultado del poso histórico que ha dejado el consenso más o menos generalizado de críticos y lectores? ¿Es producto del esfuerzo de medios de comunicación afines al escritor de turno, por lo que es posible que no dure más que unas décadas? ¿Son, en relación con lo anterior, todos los cánones mera cristalización de relaciones de poder en el mundillo literario-cultural? ¿Cuál es el papel de las administraciones públicas? ¿Qué pintamos los lectores en todo esto?
Es difícil negar que la obra que nos ocupa esta vez, Las espiritistas de Telde, forme parte del canon literario canario, aunque tal vez sea por mera insistencia. El mismo autor, posiblemente uno de los novelistas más entrevistados de Canarias, se encarga de recordárnoslo cada vez que puede, orgulloso como está de la novela, traducida, según sus propias palabras a cinco idiomas: "A Las espiritistas le debo mucho; se ha publicado ocho veces en español y tiene cinco traducciones: rumano, alemán, inglés, italiano y francés."
Nada que objetar: forma parte del sentido común local que, en Canarias, si a un/a escritor/a no se le ha traducido alguna vez al rumano, no es nadie. Diría que Rumanía posee ese punto exótico (hispanocéntricamente hablando) que otorga prestigio en tertulias resabiadas y en suplementos culturales con ínfulas. Como si el inglés o el francés fueran demasiado normales. Por otro lado, y a título de curiosidad, Luis León Barreto, aparte de los posibles méritos de una obra sin duda ingente, se colocó en el centro de la esfera pública (cultural y canaria, lo que significa que es muy pequeñita) hace unos años cuando declaró que las instituciones públicas no lo apreciaban mucho (no lo habían convocado para una firma de libros en la Librería del Cabildo de Gran Canaria) a pesar de que él era quien era. Provocó gran regocijo entre sus compañeros escritores, que se apresuraron a desmentir que se odiaran, ni mucho menos. Algunos, incluso, como Alexis Ravelo le ofrecieron su silla, etc. Mucho amor, en definitiva, y aquí no ha pasado nada.
Esto viene a colación porque me pregunto en qué medida y por qué un novelista (o artista en general) debería sentirse ofendido por la poca atención que le pueda dispensar el Cabildo o cualquier otra instancia político-administrativa. Digo yo, además, que si se es mundialmente famoso (incluso en Rumanía), poca importancia debería prestarse a los tejemanejes de un concejal de Cultura o a un encargado de una librería (por muy del Cabildo que sea). Es posible, por el contrario, que, como escritor, sepa León Barreto la importancia de los pequeños detalles, y que el olvido de un día signifique el ostracismo para siempre. Así pues, eso me conduce a pensar que el mal endémico de nuestro mundillo artístico-literario local es esa dependencia casi absoluta (salvo alguna excepción) de las dádivas de las administraciones en forma de conferencias, viajes, cursos, firmas, sinecuras, etc., que no puede sino conducir a la sumisión política, intelectual y artística al poder y a quienes los ejerzan en ese momento. En demasiadas ocasiones, es más fácil criticar a Trump, a Rajoy o al capitalismo posfordista que a la consejera/consejero de Cultura del Gobierno de Canarias o al concejal/a de la misma área de cualquier ayuntamiento.
Dicho lo cual, pasamos a Las espiritistas de Telde.
El crítico Ricardo J. Pérez, en Dragaria, se atrevió a escribir, sobre un poemario: "No sé qué decir del poemario Alētheia del sur de Iván Cabrera Cartaya. Si me gustan los poemas o si no me gustan; si son buenos o no son buenos, eso menos." Lo singular no fue tanto esa duda posmoderna como la reacción del poeta cuyo poemario se reseñaba. En un hilo de Facebook mostró su indignación por lo que consideraba una falta de respeto, como mínimo. A continuación, claro, gran alboroto. Ya se sabe que en Canarias si el crítico es crítico, mal asunto. Incluso si la crítica es tibia, incluso si se acaba diciendo que no parece malo del todo el poeta de marras ("un poeta muy interesante"), igualmente se convierte en hereje, potencial galeote. En nuestra Comunidad, la única crítica posible en público es el ditirambo, por muy flatulento que sea.
Saco a relucir lo anterior porque, según me adentraba en la lectura de Las espiritistas, y que conste que la comencé con buen ánimo y óptima disposición, no sabía si me estaba gustando o no. Hasta que, definitivamente, no. Ya pueden comenzar a rugir por la injusticia y el atropello, y el no hay derecho, hombre.
Vayamos a la novela, pues. Luis León Barreto se basa en unos aciagos y luctuosos hechos acaecidos en Telde, en los que se mezclaron curanderismo, superstición, ignorancia y enfermedad. La novela, en esencia, es la investigación por un periodista de ese crimen perpetrado en 1930, en el seno de una familia venida muy a menos tras el paso de las generaciones.
A mi parecer, es una historia (o más bien tres) escrita de un modo un tanto atropellado, pero que al mismo tiempo consigue volverse aburrida. La parte digamos histórica, la narración de la decadencia de las sucesivas generaciones de los Van de Walle, interesa hasta cierto momento en que, quizá por el apuro en llegar al corazón de la trama, esta pierde solidez, los personajes dejan de tener cuerpo y personalidad y se quedan en meros nombres que, debido a lo anterior, confundimos unos con otros. No, precisamente, como en la saga de los Buendía en Cien años de soledad, cuya densidad narrativa no tiene nada que ver con la endeblez del relato de Barreto. Sin embargo, esta parte tiene su atractivo (con una riqueza verbal a ratos meritoria) de la que carece, por el contrario, la del escritor peninsular en destacamento, que se esfuerza por describir la capital y otras zonas de la isla con forzada verborrea. Por otro lado, la parte de las sesiones de curandería con el Cubano y la muerte de la niña Ariadna, aun con escenas potentes y bien descritas, da la impresión de surgir de la nada, pasando por alto cómo esa familia de rancio abolengo reniega de la medicina oficial y se entrega a prácticas de santería. El caso es que parece que tenemos que aceptarlo porque sí, lo que no suele ser buena estrategia en una novela (ni en casi nada). Además, aunque las tres historias deberían complementarse de manera natural, la impresión lectora que produce es de fricción, de crujido y de rechinamiento. Quizá falte pausa para enhebrar bien los planos de la narración y un punto de menor regodeo en el lenguaje. En todo caso, acepto el barroquismo, pero denme algo a cambio, por favor, pero que no sea ensimismamiento.
Podría entenderse que la creación del personaje Enrique López sirve al propósito de describir y analizar las complejidades de la sociedad canaria contempladas por un observador externo. Es todo un desafío, porque el autor, al ser canario, no sólo ha de hacer un extrañamiento sociológico-cultural para detectar esas peculiaridades que quiere poner de relieve, sino otro más: debe construir de modo convincente la visión de un madrileño, de un extranjero, al fin y al cabo. Sin embargo, este esfuerzo no logra su objetivo, y el personaje no consigue adquirir consistencia, se limita a ser un instrumento para amplificar la voz del autor, que, en realidad, tampoco tiene grandes cosas que decir. Es más grandilocuente que elocuente. A su lado, coloca a una nativa, Raquel, que apenas si es un sustantivo en las páginas, sin personalidad ni voz propia, mero remedo de Enrique, que no es más que remedo del propio Barreto. Sus excursiones investigadoras no suponen estímulos a la lectura, sino que acaban con la menguante paciencia del lector y los diálogos entre ellos parecen sacados de un repertorio de pensamientos trillados.
Un par de ejemplos:
Página 141.
Mientras trataba de reconstruir la historia casi cincuenta años más tarde Enrique López encontró temor.
-Es normal: somos un pueblo cosmopolita que recibe al visitante, pero se recela de él -le había advertido Raquel.
Aunque estaba acostumbrado a ganarse la confianza de sus fuentes, y a menudo lo conseguía, notaba que ciertas partes del relato se le escapaban. Todavía existía el producto lógico de los años de tabú en los cuales algunas cosas se habían extraviado. Por ejemplo, el afán de analizar para luego debatir y contrastar.
-Estamos al final del siglo veinte -le replicó Enrique-. Son hechos muy conocidos, salieron en la prensa de la época. Incluso se publicaron en el extranjero.
-No te asombres: ese afán de negar los acontecimientos y de no quererte comentar es una consecuencia de la civilización rural -insistió la joven-. Y de las invasiones, porque el enemigo siempre llega por el mar.
Había venido por el agua pero se había quedado en aquella punta emergida del ubérrimo continente que llegaba hasta Egipto y habría sido cuna de ciudades donde florecieron las artes. Todo el subsuelo está todavía sometido a fuerzas descomunales y quizá en miles de años acaben de asomar a la superficie nuevas cumbres que confirmarán la teoría. Entonces las ruinas tragadas por el océano volverán a la luz.
-De todas formas esto se parece a un sueño -dijo Enrique mientras conducía distraídamente-. Esa vegetación, ese transcurrir lento del tiempo, esa calidez.
Cualquier forastero aprecia el clima más benigno que pudiera imaginarse sobre la faz del planeta. Nación de la fortuna cantada por los clásicos -pensaba.
-Gente noble y trabajadora. Demasiado emocional quizá, por un maternalismo excesivo. y el que viene percibe que aquí todavía se pueden hacer las Américas -añadiría Raquel.
Página 154.
-Las Palmas es una ciudad-terraza como San Francisco, con condiciones espléndidas entre dos bahías. Eso dicen los arquitectos, aunque entre todos la hemos cortado a cachitos -dijo Raquel apoyada en la baranda metálica que da vueltas; puedes quedarte girando como un trompo en la terraza mientras contemplas el cielo y abajo la lámina sucia del agua, rompiéndose la luna en mil badajo.
-Pero tiene fuerza. Y la isla desprende la misma sensación de paraíso que pudieras encontrar en el Caribe: la suavidad de la gente, la belleza del paisaje y la explosión de luz. La mejor terapia para quien viene de la gran ciudad, creeme (sic) -dijo él.
-Quizá sea como un Ave Fénix dispuesta a remontar el vuelo en cualquier instante -añadió Raquel.
Jardín y cloaca fabricados a toda prisa, sahumerios para ahuyentar el conocimiento de otros mundos allá donde el horizonte es línea tan finísima que nadie pudiera deducir si ha de convertirse en la entrada del cielo y del purgatorio (...).
Asimismo, hay que señalar (aunque supongo que, ya que es una obra de referencia en Canarias, alguien se habrá percatado antes) el irritante descuido en que incurre el autor en lo que se refiere a la coherencia en el uso de los tiempos gramaticales, por decirlo con suavidad.
Un par de ejemplos (la cursiva es mía):
Página 51.
-Pero yo sé de uno que se va a calentar pronto. ¿Te imaginas unas playas con sol, whisky de marca y unas chavalas de aquí te espero? -dice Santiago Areal, su vecino de mesa, especializado en documentación.
-No caerá esa breva -responde Enrique cuando abre las gavetas, levanta la tapa de su máquina de escribir y coge la Hoja del Lunes para ver en qué lugar queda el Atlético.
-Vaya partido el de ayer, eh -dijo Santiago-. Si es que pincháis en el peor momento.
Página 70.
Juan Camacho rociaba el cuarto con agua de colonia y esparcía incienso en los cuatro puntos cardinales, pedía le trajeran el azufre por si era preciso expulsarle ese invasor (...).
También solicitó una escoba para golpearle en las piernas, y la cesta de costura con agujas y leznas.
Mientras se colocaba a la cabecera, retuerce la cabellera de Francisca.
-¡Sal, perro maldito! -dijo después de dar pases magnéticos ante sus ojos entreabiertos, cubierta sólo con un camisón de muselina.
Mandó extender sus brazos y ponerle el crucifijo de marfil en el pecho, y una lámpara de aceite en la palma de la mano derecha. Luego pronunció con energía el mandato:
-Malos espíritus, malos seductores, salid a doscientas leguas de estos alrededores.
Pone los ojos en blanco y el desconocido se aleja, ya está volviendo en sí. Limpian la saliva de entre los dientes y Jacinto dice alabado sea Dios, rezan el Credo y al final abre los ojos, la besan, ríen con ella.
-Está libre porque el mal se asustó al contemplar las dimensiones de nuestra fe -afirmó Juan Camacho-. Por eso ha preferido ir a posarse en otro cuerpo, lejos.
-Pasó el peligro -insiste Jacinto-. Ya vamos estando protegidos.
-Tendremos pruebas más difíciles -concluyó Juan Camacho-. Pero las iremos superando.
Etc., etc., desde el principio hasta el final. ¿Errores de principiante? ¿Intento poco convincente de experimentación? Recordemos que el autor tenía alrededor de 31 años cuando publicó la novela y, aunque la industria editorial española es algo más antigua, la figura del corrector es una rara avis, cuando no directamente un estorbo o una complicación. Tampoco se nos puede olvidar que hay párrafos en el que el diálogo señalado por guiones sigue sin ellos y reaparecen al final, como el del campesino y Enrique López, en las páginas 121-122 quizá aspirando a algo parecido al flujo de conciencia o a un estilo indirecto libre. ¿Menudencias? Quizá. ¿Se lo puede permitir una obra que aspire al rango de Literatura, de Arte? Eso ya es más que dudoso.
En todo caso, resulta una mirada poco complaciente con Canarias, con Gran Canaria, en particular, tanto respecto del pasado lejano como del momento en que se escribió, lo que demuestra, todo hay que decirlo, cierto valor, tan acostumbrados como estamos a la idealización empalagosa o a la glorificación banal. No es poco, es incluso encomiable, al igual que el trabajo de investigación previo, que habrá sido hercúleo, pero me temo que no suficiente.
En fin, una novela que avanza a trompicones, que se empeña en abreviar lo interesante y en alargar lo tedioso, que llega en ocasiones a ser insoportable, con cierta artificiosidad en el estilo. En ningún momento llega a satisfacer las expectativas que la fama precedente había suscitado.
P.D. (I) Es posible, volviendo al asunto del canon, que su inclusión en él (aunque no se sepa muy bien por quiénes, tema para debate), y lo señalo como mera posibilidad, podría venir dada por el contexto histórico en el que una joven democracia, por así llamarla, en Canarias necesitaba renovar y afirmar una identidad en exceso folclorizada por el franquismo y en el que jóvenes literatos en aquel entonces como Luis León Barreto, Emilio González Déniz o Juan Manuel García Ramos, entre otros, ofrecían una nueva mirada a la sociedad (las sociedades) de las Islas, y fueron así recompensados con premios y galardones de todo tipo.
P.D. (II) Aquí, un artículo de Juan José Delgado sobre la novela, y aquí otro que habla de maestría y tal.
Conocida es, a poco que uno lea sobre el mundillo literario en Canarias y en España, la credibilidad casi nula de los premios literarios, tanto sean privados como públicos, tanto nuevos como antiguos, tanto compuestos por un jurado de nombres ilustres como de ilustres desconocidos. En el concepto de premio literario viene incluido, aunque Vds. todavía lo ignoren, el sema de autopromoción: se trata de dar lustre a quien concede el premio y no tanto (o no importa, en realidad) a quien lo reciba. Es una práctica común de las editoriales en nuestro país, sea dicho de paso. También de una cantidad nada despreciable de ayuntamientos y de comunidades autónomas, lo que es algo más sorprendente.
No obstante lo cual, dichas concesiones sobresalen como hitos en el espacio público y, a falta de mayores y mejores indagaciones sobre novelística local o patria, uno se ve tentado a prestarles demasiada atención, alimentando, por tanto, el círculo vicioso. Así ocurrió con la execrable Madrid: frontera, con la desleída Rendición o con la irritante Vs., y así sucede de nuevo con la última novela del muy laureado, aquí y allende las fronteras, Víctor del Árbol: La víspera de casi todo.
Es por ello legítimo, como ya he señalado, que se me acuse de fomentar el vicio del que acuso a la industria cultural. En mi descargo sólo puedo aducir que eso es cierto hasta el momento en que compro la novela. A partir de entonces, se somete, como cualquier otra, sin consideración de honores o jerarquías, a mi juicio de lector. No obstante, y como en parte me considero culpable de lo que execro, solo puedo encomendarme a la buena fe que me ha animado hasta ahora.
A lo largo de este blog he manifestado mi convicción de que es más sencillo reseñar una novela que considero mala que una buena. Al hablar de una buena, parece que acuden a la mente solo frases banales, elogios de escritor a sueldo o frases de suplemento cultural venido a menos. Sin embargo, quizá como excepción, justo lo contrario me ha suscitado la lectura de La víspera de casi todo.
Es tan mala que cuesta trabajo tomarla en serio, y más trabajo aún cuesta escribir una reseña que no sea un mero un listado de citas deplorables. Pero un premio es un premio, aunque sea el Nadal, y además Víctor del Árbol se ha ganado, al parecer, gran prestigio en Francia, que por algo será. Ya se sabe que Francia tiene glamour y España, chorizos y mala hostia. Así que cierta obligación me impongo por los lectores de este blog, pero hasta la página 133, en la que he decidido plantarme de manera irrevocable.
Vamos a ello, pues, con algunas observaciones que imagino que podrán extrapolarse al conjunto de la novela.
La escena de la pistola en la boca
Es posible, no digo que no, que todas las personas poseedoras de armas de fuego se hayan puesto alguna vez el cañón en la boca. Sobre todo, cuando pasaban por malos momentos y, especialmente, los policías (en cualquier versión). Uno tiene la impresión de que ya sea en el cine o en la literatura, si un policía no está amargado, atormentado o desesperado por las injusticias de la vida, por los pecados de su pasado y por la corrupción del sistema, no es un policía creíble. Ello conduce, como conclusión inevitable, a que esté tentado de suicidarse un par de veces al mes. De ahí la famosa escena del me pongo el cañón del arma reglamentaria en la boca porque me siento muy mal y quiero acabar con todo pero al final, uy que momento de tensión que se corta con un cuchillo, la retiro porque, al fin y al cabo, tengo cosas pendientes. La particularidad de Germinal Ibarra, el personaje policía consiste en que lo hace todas las noches. Pues muy bien, si el autor lo dice...
Contiene la respiración, aprieta los párpados, busca con el índice el gatillo. Presiona -nunca lo suficiente- y retrocede, en una macabra danza que le destroza los nervios. "¡Hazlo de una puta vez!", grita dentro de su cabeza. Y, sin embargo, también esta noche lo vence la imposibilidad. Deja caer la pistola entre las piernas con un grito mudo. Una desesperación sin final. "Cobarde, eres un maldito cobarde".
Que es muy posible que muchos policías se hayan suicidado con su pistola, que otros tantos hayan protagonizado momentos parecidos al citado, pero como escena literaria (o fílmica) no es sino un TOPICAZO mil veces repetido. Por no hablar ahora de los recursos estilísticos ("grito mudo").
Esos diálogos imposibles
Víctor del Árbol tiene dotes para la verborrea, de eso no puede dudarse ni por un momento. Es posible, no he leído sus anteriores novelas (aclamadas por la crítica especializada, según parece, y seguido por numerosos lectores), que toda esa energía la haya canalizado de tal modo que hubiera conseguido crear anteriormente novelas con estilo propio, incluso dignas de aprecio. En el caso que nos ocupa, rotundamente no. Por ejemplo, los diálogos: tan poco creíbles, tan poco naturales en boca de sus personajes que uno debe leerlos de derecha a izquierda y de abajo arriba para confirmar que les pertenecen. Y ni aún así.
Primer ejemplo: el diálogo que mantiene Germinal con una prostituta. Atención, porque antes el autor ha descrito así a las profesionales del sexo: "Las mujeres de aquel antro parecen lo que son: fantasmas de carnes magras pintarrajeadas de un modo ridículo y triste". Escoge a una llamada Ave del Paraíso y, tras una sesión masturbatoria protagonizada por esta mujer, ven por la tele que han disparado a una persona y están recogiendo su cuerpo. En su vestimenta hay un libro de poesía (págs 29 y 30):
-Como si los muertos no tuviesen derecho a leer -murmura Ibarra.
-No deberían mover el cuerpo de esa manera. Sin delicadeza -musita Ave del Paraíso, que ha aparecido vestida y secándose el cabello con una toalla. Los ojos, de nuevo preparados para la guerra, resbalan sobre las imágenes con emoción escrutadora.
-Le han disparado un calibre de nueve milímetros a bocajarro en la nuca. ¿Qué más da cómo lo muevan? Estaba muerto antes de caer al suelo.
Ave del Paraíso observa el rostro del inspector, el pelo tachonado de canas, la sombra de barba alrededor de la boca, los pómulos prominentes. Tiene unos bonitos ojos azules. Lástima que sean tan duros al mirar.
-¿No te interesa quién era ese hombre, su historia?
Ibarra se rasca el mentón con la uña del pulgar, observando las imágenes del televisor como algo ajeno a él.
-Todos tenemos nuestra historia, pero esencialmente me ciño a lo más razonable para resolver el caso. Luego procuro olvidarme.
Ella sonríe como lo hacen ciertos animales nocturnos, con cautela.
-"Razonable"; una palabra que no implica demasiado compromiso.
-Pero implica experiencia -dice Ibarra. -Le han disparado y está muerto. Eso es lo que cuenta -afirma con la lógica incompleta de la causa y el efecto. Aunque no es su intención, resulta desagradablemente cínico. Ave del Paraíso lo escruta con un punto de suspicacia.
-No te cae muy bien la especie humana, ¿verdad?
Ibarra se encoge de hombros. Piensa en Carmela y en sus clases de yoga.
-Oye, seguro que hay alguien esperando a que vayas a cogerle la mano y le des consuelo.
Aparte de la manía tan común de no dejar nada a la imaginación al lector ("lo escruta con suspicacia", "resulta desagradablemente cínico") y de las comparaciones confusas ("sonríe como lo hacen ciertos animales nocturnos"), el diálogo resulta poco creíble, impostado, mero intercambio de palabras sin hálito vital. Germinal Ibarra igual podría haber estado hablando con una monja o con el cartero. En todo caso, personajes sin sustancia.
Pero casi una cumbre en el género del diálogo increíble es el de la pág. 65. Una de las protagonistas aparece en el hospital en muy mal estado, como si le hubieran dado una paliza. Cuando recupera la consciencia pide ver a Germinal.
-¿Qué te ha pasado? -le pregunta, tratando de apartar de su cabeza aquella mañana de hace tres años, que lo atormenta desde entonces. Eva Malher inspira con fuerza y parpadea; al hacerlo, atrapa un instante que flotaba en su pupila.
-Durante un tiempo soñé que podría ser otra, que podría empezar de nuevo. Conduje hasta donde el mundo termina, cambié de nombre y de color de pelo. Pero no valió de nada. Daba igual llamarse Eva, Elvira o Paola, o tener el pelo rojizo o negro. Mi naturaleza se había agazapado dentro de esa invención mía esperando el momento de volver. Y mi sueño se acabó.
Ibarra la contempla detenidamente.
-Los sueños solo sirven para despertar de ellos -le dice finalmente.
Eva asiente y le estrecha débilmente la mano. Se mueve en la cama. Quiere incorporarse y él la ayuda. Coloca los almohadones en su nuca. Le aparta un mechón de cabello en la frente.
-Tratamos de huir de nuestro destino sin darnos cuenta de que nos dirigimos hacia él -concluye ella.
De verdad, la filosofía de baratillo es algo que debería estar prohibido, pero no por los talleres de escritura que abundan por ahí y con el que se ganan un honrado dinero escritores de segunda fila, sino por el Ministerio de Sanidad. Lo que deberían saber todos estos novelistas que creen escribir cuando no hacen más que repetir lo ya repetido es que salvo que quieran dar a entender que un personaje es un mentecato o un simple, el poner en su boca topicazos o, lo que es lo mismo, sentencias grandilocuentes no hace más que hacerlos poco creíbles, huecos, vacíos, meras sombras y desesperar, por ende, al lector. Y no hablemos de esos ramalazos de soy escritor y que se note, como el "atrapa un instante que flotaba en su pupila". Dios mío.
Más adelante, página 91, se entabla este diálogo entre dos jóvenes de Costa da Morte:
Con una pereza inventada -pues, en el fondo, verla era como recuperar una mitad de sí mismo-, Daniel abrió el pestillo.
-¿Cuánto tiempo llevas ahí?
Ella puso teatralmente los ojos en blanco.
-Desde que Noé empezó a construir el arca. Pensé que nunca aparecerías.
-No me encuentro muy bien.
-No te veo a las puertas de la muerte -se burló Martina. Ella era la única que lo trataba como alguien normal. Tanto, que a veces Daniel tenía que recordarle que no lo era.
-Hace una semana que no duermo. -Tuvo que abrir un poco más la ventana para que ella lo observara bien.
Martina le dedicó una mirada despectiva.
-En la antigua Esparta te hubiesen abandonado a la intemperie nada más nacer.
Normalmente, la ferocidad de Martina no impresionaba a Daniel. Pero, a veces, incluso él se asustaba de su desprecio hacia todo y hacia todos.
-Por suerte para mí, ya no estamos en la vieja Esparta.
Es difícil encontrar diálogos más tediosos. Hay otros, como entre estos mismos ¿personajes? en las páginas 105 y 106, o el de Germinal con una doctora, páginas 126-129. Pero ya creo que les habrá quedado claro que de estos diálogos no sale uno indemne.
El estilo, tal y como el autor lo entiende
En esta novela, Víctor del Árbol, como ya he apuntado, no hace más que soltarnos perlas estilísticas, escenas-tópico, diálogos-tópico, todo falso y vacuo, y sin descanso. Hay momentos en que hace rechinar los dientes de la cursilería o del empalago. Y eso que estamos ante una novela que comienza con una muerte (más bien, dos). Una novela "negra como la tinta", que diría David Llorente. Es difícil mantener la compostura como lector y aún menos como reseñador. Parafraseando a Benjamin, uno se encuentra en "un lugar imposible".
Página 42:
La boca era hermosa cuando permanecía estática, pero perturbadora cuando gesticulaba, al borde de un chasquido triste. Los pómulos, pronunciados y arrogantes, casi masculinos, contribuían a la dureza de sus ojos, ni muy grandes ni muy pequeños, de un color oscuro que se acercaba al de los botones de un peluche y que, a veces, no muy a menudo, brillaban como el cuarzo. En esos ojos cabían todas las metáforas pero ninguna se les acercaba; eran laberínticos, una red de trampas que impedía a los demás saber qué pensaba.
Así que Vds. sabrán si hemos ganado en claridad (es una descripción de un personaje central) con lo de "al borde de un chasquido triste", los ojos "ni muy grandes ni muy pequeños", o sea, medianos o normales, en los que "cabían todas las metáforas": es decir, metáforas profundas y superficiales, poéticas y prosaicas, espirituales y groseras, inteligentes y simplonas. Todas las metáforas, PERO TODAS. Además, "Una red de trampas". Tanta palabra, tanta metáfora y nos quedamos, nosotros sí, en medio de un laberinto banal hecho a base de verborrea mediocre y lirismo de rebajas de verano.
Venga, más de ojos, página 59:
-Y ¿qué fotografía? -preguntó Daniel, interviniendo de repente en la conversación. Sus ojos eran como las bolas de un adivino que conoce el pasado, el presente y el futuro. Aquella mirada crujió como una caña que se quiebra en la mente de Paola que, incomodada, apartó la vista.
No sé qué deja más perplejo, esos ojos omniscientes de adivino a tiempo completo o "la caña que se quiebra en la mente". Es que uno se queda transido de impotencia, entre frustrado y desalentado, por ser incapaz de imaginarse, qué digo, por ser incapaz de comprender qué pretende el escritor transmitirnos con sus arabescos verbales, que vedan, ese es el problema, cualquier representación humana.
Sigo un poco más, pero me limito a poner en cursiva lo que me ha desagradado, en ocasiones profundamente.
Página 70, descripción de la hija de Paola/Eva Malher:
Amanda hacía pensar al hombrecillo en cierta fotografía de Audrey Hepburn que llevaba encima el día que Ibarra lo detuvo. Una fotografía de Dennis Stock para Magnum Photos en la que ella aparece dentro de un vehículo, con el antebrazo apoyado en la ventanilla y la cabeza recostada, contemplando algo hacia abajo. Amanda era una niña llena de sueños, en cierto modo un anticipo de la Hepburn que hubiera podido llegar a ser un día. Esos sueños aleteaban entre sus pestañas, atrapados e impacientes por hacerse realidad. La niña hablaba moviendo las manos como aspas de un molino mientras su madre asentía un poco ruborizada, como si el entusiasmo de su hija la incomodase, tanto como la entusiasmaba.
Página 99:
La marcha de Oliverio supuso muchas otras cosas. La Pecosa redobló los esfuerzos, abusaba de ella misma de un modo temerario, cumplía horas extras y dobles turnos, y seguía gastando el dinero que, apenas entraba, se iba en cordones de soldadura que no soldaban más que su propio infierno. A veces, se encerraba en el cuartucho del sótano que hacía las veces de dormitorio, y Mauricio la oía llorar. El llanto de la Pecosa era tenaz, gris, hermoso y temible. Invencible.
Página 110:
-¿En qué puedo ayudarle? -Su voz era limpia, digna pero ya en desuso, una voz impostada en la que seguramente nadie creería cuando contase las historias que, sin duda, había vivido la dama. A pesar de ello, algo en su expresión hablaba de un sufrimiento que no había sido vencido, que seguía ahí, detrás de su bonita blusa floreada, de sus labios levemente pintados, de su permanente, conservadoramente elegante. Pero, de alguna manera, ese sufrimiento no la había destruido.
Mauricio se descubrió la cabeza y le tendió la mano. Ella la estrechó sin emoción ni disgusto.
-Me llamo Mauricio Luján. Llamé hace un rato para anunciarle mi visita. Quería hablar con don Horacio.
A la mujer no le pasó por el alto el cuidado del anciano al dejar las palabras dobladas y cuidadosamente depositadas en el aire, con un respeto litúrgico.
Página 117:
El anciano pagó el ramo sin aceptar el cambio de vuelta. Ella le dio las gracias y aún retocó un poco el papel que lo envolvía con expresión de niña insatisfecha. Debía de ser perfeccionista.
Y no crean que he tenido que rebuscar. Las tonterías como las anteriores no solo abundan, es que saltan al encuentro de uno como avispas enloquecidas, una vez tras otra: un desastre estilístico, un naufragio artístico. Disculparán, en todo caso, la profusión de citas, pero creo que venían al caso. Explican, en gran medida mi renuncia a seguir leyendo.
En fin, supongo que detrás de todo este palabrerío insano hay una historia. En algún momento, es de esperar, la multiplicidad de personajes y de narraciones quedará ensamblada, piezas de un puzzle ya tal, nos sorprenderá un final inesperado o truculento y, pimpampum, a otra cosa. El caso es que, sin estilo, o con ese estilo, digamos, de cartón piedra y aglomerado, no hay historia que se sostenga, no hay proyecto literario válido. En definitiva, un gran fracaso.
De vuelta el Polillas, tras el impacto de los atentados en Barcelona, con ese reguero de víctimas que solo pasaban por ahí, carne de cañón de intereses que ni sospechamos y de fanatismos de apariencia medieval, y con la constatación de que la miseria moral de ciertos periodistas y políticos no tiene límites, por mucho que creyésemos que los teníamos calados.
Tras las vacaciones veraniegas (siempre pienso que bien pueden ser las últimas al ritmo del implacable cambio socioeconómico que estamos experimentado), tengo algunas lecturas a cuestas que no reseñaré aquí y otras que sí. Entre las que no reseñaré, por salirse del ámbito de este blog, me permito recomendarles una excelente (en mi opinión) monografía sobre arte y política: El lugar de los poetas, de Jesús Alegre Zahonero, que se desarrolla sobre la lectura de la Crítica del Juicio, de Kant. A este respecto, a veces se puede tener la impresión de que hay libros tan glosados que no vale la pena leerlos. Error. Siempre se gana algo con la lectura directa, y aprovecharemos después mejor a los comentadores y a sus hermeneutas.
Y sí, ya sé que mucho se ha escrito sobre arte después de Kant.
En fin, acometo la segunda reseña de la temporada 2017-2018.
Madrid: frontera, de David Llorente, es una novela difícil de clasificar: ganó el premio Dashiell Hammett, de la Semana Negra de Gijón (algo de lo que también puede ufanarse Alexis Ravelo, entre otros), por lo que a priori es lícito pensar que se trata de una novela negra. Por otro lado, la trama se despliega en un Madrid futuro, al borde del mar, en unas condiciones políticas, sociales y económicas tales que nos hace llegar a la fácil conclusión de que es una novela distópica. Podrían pensar también que, en tal caso, no hay contradicción alguna: es una novela negra y distópica, o distópica-negra, con ribetes de ciencia ficción y, ¿por qué no?, de fantasía mitológica. Ah, y con crítica social explícita y todo.
Todo lo anterior es aceptable en diverso grado.
Sin embargo, el dilema que me ha atormentado durante toda la lectura no se centra en la circunscripción a un género. Más bien es que no termino de decidirme si la novela me lleva a la exasperación por el tedio o si la es la exasperación permanente la me conduce por pura insensibilización al tedio.
Me explico:
La novela está narrada por el protagonista. Hasta ahí, normal, pero durante bastantes páginas, esto no parece tan claro, porque el personaje no se limita a contarnos sus correrías en primera persona, sino que se habla a sí mismo en segunda, y en presente. Solo al rato, disculparán mi inteligencia, no demasiado rápida, me percato de que no hay un yo que se dirige a un tú, o un narrador al lector, sino un yo al mismo yo. Como excusa, puedo argüir que la dificultad en reconocer esto puede deberse a que el personaje no sólo describe o narra lo que hace, sino que a veces imprime un tono imperativo (Por ejemplo: "Te aseguro que es mejor que salgas corriendo", pág. 87), lo que hace más complicado caer en la cuenta de que no hay un diálogo, sino un monólogo interior o diálogo consigo mismo. Aparte del problema inherente a que, dado el empleo de esta voz, nos preguntamos cómo puede el personaje contarse cosas que no ha visto o acciones en las que no ha estado presente. Quizá pueda pensarse que es un monólogo interior omnisciente, que también puede ser si nos ponemos imaginativos.
Monólogo interior que destaca sobre todo lo demás por ser repetitivo hasta la extenuación, supongo que por voluntad de estilo y a modo de impronta literaria, pero que, en mi caso, me arroja, perdónenme la licencia, a los asfixiantes brazos del hastío por su rampante banalidad:
Te llamas Igi W. Manchester. Tienes treinta y tres años y te has acostumbrado a cambiar de piso cada dos semanas.
¿Dónde vivo ahora?
Las calles de Madrid siguen sin tener nombre. Puedes bautizarlas de la manera que más (o menos) te guste.
Vale.
Enfrente de tu casa hay un banco. A veces te quedas mirando la publicidad de sus hipotecas: Mujeres semidesnudas que juegan a la pelota en una playa tropical.
Me deslumbran los tubos de neón.
Asomas los ojos por la ventana del sótano y compruebas que los agentes del Cubo no os han encontrado.
¿No estoy solo?
No.
Eufride está tumbada en el colchón. Echa un vistazo a sus últimas fotografías
Hace frío aquí dentro.
Sí. (pág.31)
Es así todo el rato, pero TODO. Algunos le llamarán a eso estilo propio, pero estoy seguro de que habría sido mejor carecer de él. A mí, en particular, me suscita ardientes deseos de aniquilación y fantasías de hecatombes.
Hablemos de las susodichas repeticiones. Por ejemplo, hay un personaje fugaz cuya importancia se me escapa llamado Samuel. A David Llorente, Samuel le parece un nombre sin la suficiente carga semántica, así que decide remediar esta tara. Desde su presentación, casi siempre es "el pequeño Samuel". Entonces, tenemos que "el pequeño Samuel se levanta de la cama" o "el pequeño Samuel solo tiene miedo cuando pasa cerca de la carretera", o "el pequeño Samuel (cuando pasa cerca de la carretera) se pone los cascos" o "el pequeño Samuel llega al instituto" o "el pequeño Samuel empieza a sentirse mal" todo esto en apenas algo más de una página (final de la pág. 105 y pág. 106). Cinco veces en la página 135, donde mantiene un bonito duelo con "Librado Cornellá (inspector de Educación)", que nos atormenta de la pág. 133 a la 136 en seis ocasiones. Seguimos con el "pequeño Samuel": tres veces en la página (media) 138, cuatro en la página 147 y algunas más que me habré saltado en medio. En mis pulcras anotaciones en las páginas en blanco que suele haber al final de los libros (malditos los que carezcan de ellas), he anotado: "Hasta las narices del pequeño Samuel".
También, a modo de pintura impresionista, el mar que baña Madrid tiene el color de la tinta. Bien. El autor lo repite cada vez que puede, como ese niño que acaba de dibujar un palote, recibe la aprobación del tío sinvergüenza y entonces se dedica a pintar palotes en su cuaderno, en las paredes de la casa, en las sábanas, en el perro y hasta en la cara de sus padres mientras duermen. Vivan los palotes, viva la tinta. Viva la repetición porque soy ESCRITOR. Véanse los siguientes ejemplos con todo lo comentado:
Detrás de las ruinas de la antigua estación de Atocha se encuentra el mar de Madrid. El agua del mar de Madrid es oscura como la tinta. Las olas revientan contra las piedras de los acantilados y la espuma salta muy alto, tan alto que a veces (según se dice) llega a mojar las estrellas.
¿Y la luna?
También. (págs 42-43)
El doctor Argüelles escucha el sonido de un cuerpo que cae al agua. Se asoma por la borda y observa el mar, oscuro como la tinta. (pág. 146)
La vista desde la planta petrolífera es mucho mejor que la vista desde el faro. Miras a través de los ventanales. Te gusta la sensación de estar dentro del mar de Madrid.
Oscuro como la tinta.
Sí. (pág. 151)
El mar de Madrid es oscuro como la tinta. (pág. 161)
(...) Ven cómo la ciudad de Madrid se va quedando pequeña y dejan de distinguirse los edificios vacíos y las pantallas de plasma de Ezequiel Caballo y (durante unos minutos) solamente se ve el paisaje de cartones y la piel del mar, oscura y fría como la tinta. (pág. 172)
En la calle huele a mar. En la calle (por encima del murmullo de la lluvia) se oye el rumor del mar y sus olas reventando contra las piedras de los acantilados. El mar de Madrid (ya lo sabemos) es oscuro como la tinta. (pág. 197)
Os quedáis en cubierta y camináis a proa. El madr de Madrid es frío y es oscuro como la tinta. (pág. 235)
Atención, lectores: ¿Soy yo hipersensible o el autor se burla de nosotros en la penúltima cita? En fin, hay más perlas repetitivas de esas, pero dejo que las descubran Vds., que ya bastante he sufrido con esta machaconería de taladro dominguero.
Otra característica del estilo de David Llorente, al menos en Madrid: frontera, es el uso de los paréntesis, como ya habrán podido degustar en las citas anteriores. Que no se diga que yo estoy en contra de su uso (igual sí), pero que en este caso es (parece) tan arbitrario que da la impresión de que hubiera dado igual que hubiese rodeado con ellas cualquier otra palabra, muchas veces (demasiadas) incidiendo en la obviedad o en la repetición, que parece ser la marca personal del autor.
Nicanor Julepe echa abajo la puerta del faro y al cabo de unos segundos aparece en la puerta de arriba. Parece desconcertado. Estaba seguro de que te encontraría allí. Olfatea otra vez el aire y (entonces) vuelve la cabeza hacia el bosque de pinos y mira exactamente al punto en el que te encuentras tú. Estás empapado (más que de lluvia) de sudor. Das media vuelta y echas a correr. (pág. 88)
Los policías (hombres de acción) se aburren en las comisarías. A los policías (almas temerarias y justicieras) les hastía el trabajo en la oficina, el timbrazo del teléfono, el zumbido de la máquina de café, el siseo de la impresora. Por eso agradecen que (de vez en cuando) sus compañeros les traigan a unos cuantos detenidos. (pág. 93)
El Cifra II remonta una ola y aparece (de pronto) la planta petrolífera. El doctor Argüelles jamás imaginó que (de cerca) pudiera ser tan grande. El Cifra II pasa entre los grandes pilares de acero que se hunden en el mar.
¿Está buscando la entrada?
Sí. (pág. 146)
También, así, es toda la novela, hasta la maldita última página.
Y esto quedándonos en el plano estilístico. En el plano argumental, entiendo que situarnos la acción en un Madrid aciago bajo un régimen despótico con el desarrollo de características que ya padecemos de manera germinal en el presente le sirve al autor (residente en Praga) para ejercer una crítica supuestamente feroz a la situación política y social de nuestros días: desahucios, brutalidad policial, deshumanización, violencia, desmantelamiento de la Educación y de la Sanidad, etc. Sin embargo, hay incoherencias lógicas que bien podrían haberse detectado con un mínimo esfuerzo. Es decir, si hubieran ejercido su labor esas figuras tan insólitas en el mundo literario como un editor competente o un corrector sin miedo. Por no hablar de un escritor que hubiera revisado una y otra vez su novela.
Por ejemplo, si es bajo un régimen tiránico en el que la policía detiene, golpea y mata sin escrúpulos ni castigo, es una tontería señalar (al menos dos veces, ya sabemos qué le gusta a David Llorente repetirnos las cosas) que los chalecos antibalas de la policía impiden ver el número de identificación, o que en cierto momento los altos cargos del régimen teman la aparición de la prensa en el lugar de un asesinato, cuando hasta ese momento la descripción que se ha hecho de Madrid es la de un lugar en estado de excepción permanente. O que a los jóvenes universitarios se les regala el billete de avión para que puedan marcharse de Madrid. Y gratis, lo que a esas alturas de la novela es absolutamente inconcebible. O que haya socorristas en una playa a donde va a parar un torrente incontenible de suicidas previamente desahuciados y cuya vida no le ha importado a nadie. Suicidas atraídos, no se lo van a creer, por cantos de sirenas. Asimismo, aunque cualquiera sabe qué nos deparará el futuro, parece un poco anticuado que la Iglesia Católica sea, de nuevo, el soporte ideológico de ese futuro Estado policial. Vamos, que podría haberse inventado otra cosa menos rancia. Hay más, muchos más, elementos introducidos por el autor que o bien parecen absurdos o innecesarios: no insistiré en ellos.
Por otro lado, los personajes son cromos, estampitas, meramente funcionales y sin personalidad. Representaciones manidas de tipos sociales que se encarnan de modo deficiente y cuyo destino no produce más que indiferencia, a pesar del empeño del autor en que padezcan un destino brutal. Hasta el mismo narrador adolece de falta de personalidad, y su evolución, o lo que sea, desemboca en un clímax mustio y previsible. Supongo que la novela en su conjunto y cada uno de sus elementos son, o aspiran a ser, metáforas. Por no hablar de sus alusiones y referencias literario-cinematográficas, tan del gusto de los lectores de crucigramas y jugadores resabiados de Trivial. Con estas novelas y estas metáforas siempre me pasa lo mismo: albergo la sospecha de que el autor se está riendo a carcajadas en cualquier rincón con sus amiguetes por haber conseguido que lo hayamos tomado en serio.
Mi impresión, en definitiva, es que es una novela estilísticamente irritante, con ínfulas y fallida, con un argumento pobre, hecho a base de escenas que se pretenden duras e impactantes y se quedan en un ejercicio pretencioso de no se sabe bien qué, a medio camino entre una alegoría simplona y desganada y un fresco futurista hecho a brochazos despelusados y sin talento alguno.
Lo peor que le ha podido pasar a David Llorente es que le hayan dado un premio. Es de suponer que se convertirá en (peligroso) reincidente.
P.D. De otras reseñas: aquí: "(...) distopía desasosegante, un grito de denuncia de la miseria que corroe nuestra sociedad actual, una novela inquietante y radical en su planteamiento"; aquí: "La lectura de Madrid:frontera tiene la voluntad de remover tu mundo mientras te propone un relato repleto de (buena, por cierto) literatura. Por cada una de sus hojas circulan referencias literarias que engrandecen el universo de la novela, si estás ojo avizor, produciendo un efecto megáfono para que las palabras resuenen con más fuerza", aquí: "David Llorente construye una novela negra diferente, con una estructura muy particular donde el género asume elementos de lo fantástico y ese subgénero en sí mismo que son las distopías en un mayor o menor grado de futuro ennegrecido" o, finalmente, aquí: "Así ese Cormac MacCarthy español llamado David Llorente en su novela negra, distópica e hipnótica Madrid:frontera (Ed. Alrevés)."
Por lo que se ve, Canarias no tiene el monopolio de las reseñas cachondas.
A veces parece que hay que recurrir a la literatura extranjera para leer algo con sentido y calidad, con una historia coherente y con personajes (no hace falta que sean muchos) creíbles, y con los que (historia y personajes) podamos saber más de nosotros mismos, darnos cuenta de cómo percibimos el mundo real, de lo (in)fundado de nuestros valores y de la justeza o no de nuestros sentimientos. Que haríamos, cómo de desamparados/as nos quedaríamos, sin las/os traductoras/os.
Para eso, cualquier estilo, cualquier género puede ser adecuado, desde la novela rusa del siglo XIX, a la existencialista, o la feminista, la negra o la sci-fi. Ahora bien, en cada una de esas manifestaciones, en cada uno de esos juegos y experimentos tiene que haber detrás trabajo, voluntad de estilo, posesión y manejo de vocabulario, capacidad de manejar la lógica (aunque sea para vulnerarla conscientemente) y de crear personajes verosímiles. En definitiva, talento para urdir historias y ese algo más. En contra de lo que afirma Murakami, no me parece que cualquiera pueda escribir una novela con un mínimo de calidad. A lo que se publica generalmente en Canarias y en España me remito.
Lo que no es admisible, además, es que aceptemos cualquier chorrada porque, siempre a modo de justificación, pretenda o proclame transgredir unos supuestos cánones que quizá solo existan en la mente del autor o autora. Ejemplos de ello, unos cuantos. Como la mitad de las obras reseñadas en este blog, por ejemplo. Nada hay como caleidoscopios de baratillo, metaliteraturas a dos por una o referencias literario-musicales de escritor acomplejado para justificar cualquier desaguisado con ínfulas.
A este respecto, agosto también nos ha vuelto a desagradar con dos reseñas cuya adjetivación como delirantes es quedarse corto (aquí y aquí). A ambas ¿novelas? les he prestado la debida consideración en este blog hace algún tiempo, pero, ya se sabe, los hechos de la Historia aparecen por segunda vez como farsa, como caricatura.
Todo muy triste y vergonzoso.
En fin, hoy dedicamos la reseña de la pretemporada 2017-18 a 'De ganados y hombres':
Es una historia sencilla: lineal, sin analepsis de remendón ni piezas que se ensamblan al final para oh, sorpresa, etc. Por otro lado, todos los personajes trabajan en un matadero y se nos van presentando uno tras otro: Edgar Wilson, Milo, Zeca, Erasmo Wagner, Burunga, Helmuth, Emeterio, Vladimir, Santiago, Bronco Gil... Su existencia gira en torno a la muerte: el sacrificio diario de decenas de reses (excepto los domingos), y cuando no son vacas, son ovejas. En particular, la novela se centra en el aturdidor, Edgard Wilson, que es el encargado de propinar el golpe ejecutor a las vacas. No obstante su pericia, Wilson siente una profunda empatía por los animales que sacrifica. En cierto momento, reconoce, sin ambages, que es un asesino. Como dice otro personaje:
Alguien tiene que hacer el trabajo sucio. El trabajo sucio de los demás. Nadie quiere hacerlo, eso es lo que pasa. Por eso Dios trae al mundo a gente como usted o como yo.
Absténganse, sin embargo, los que busquen moralinas fáciles, aunque la autora está en un pasaje a punto de caer en él (la excursión escolar). Quizá esta novela ahuyente a los carnívoros irredentos y haga que algunos/as pasen a engrosar las filas de la vegetarianidad, pero creo que su valor reside en que va más allá de la ética animal más o menos académica o de la mera simpatía por los seres sintientes y lleva a cabo un estudio perturbador de la brutalidad de nuestra especie, de su inmensa, sistemática e institucionalizada capacidad de aniquilar la vida, tanto la animal como la humana, si es que nos empeñamos en trazar esa línea. Al mismo tiempo, no obstante, junto a esa eficiente cadena de crianza y matanza del ganado y de satisfacción del consumidor de supermercado, existe otra cadena, la de la pobreza y la miseria, que hace a muchos merodear por el matadero en busca de restos de vaca desechados o de sus cadáveres.
"Los hombres del ganado", como así se reconocen los personajes de la novela, son como nosotros, pero sin posibilidad ni interés en mantener la venda en los ojos. Nosotros vemos una bandeja de plástico llena de filetes bien cortados en los que el animal no es más que un vago recuerdo de un documental. Los hombres del ganado arrean, alimentan y matan a esos animales. A diario. Un aturdidor como Edgar Wilson mira a los ojos a cada res antes del golpe mortal, buscando en vano una respuesta o una explicación. El asesinato y la moralidad son conceptos difíciles de mezclar, tanto en las personas como en los animales.
Edgar Wilson conduce y sigue con el pensamiento fijo en la oscuridad de los ojos de los rumiantes, esforzándose por descifrar algún leve signo que logre revelarlos. Pero todo el esfuerzo puesto por su imaginación resulta incapaz de arrojar nada de luz en la oscuridad: ni en aquella que los insondables ojos bovinos proyectan, ni en la penumbra que lo acompaña a él mismo y recubre su propia maldad.
(...) Edgar Wilson sabe cuál es su lugar y conoce sus obligaciones. Nunca nadie lo ha cuestionado por cómo realiza su tarea. Lidia con hombres del ganado y mujeres de la vida todo el tiempo. Está habituado al calor, al polvo, a las moscas, a la sangre y a la muerte. De eso se trata lo que se hace en un matadero: de matar. Jamás se le ocurrió ir al otro lado de la ciudad a cuestionar el modo en que se cocinan los churrascos que él nunca va a comer. No piensa en eso. No le importa quién se vaya a comer la última vaca que ha golpeado; le importa, sí, encomendar el alma de cada rumiante que se cruza en su camino. Cree que esos animales también tienen un alma y que él deberá dar cuenta de cada una de ellas cuando muera. «De cada quinientas, un alma».
Es entonces cuando surge la singularidad. Una singularidad animal. De repente, ese mundo cotidiano de muerte y eficiencia, de eficiente abastecimiento de carne, sufre una sacudida. Como si de repente todo se desencajase, como si ese solapamiento existencial entre los seres humanos y los animales adquiriera una nueva dimensión. Ahí radica la originalidad de la novela, que si ya impresionaba, de repente sube un escalón y nos conduce a la sorpresa problematizadora, a la reflexión.
Los personajes están bien descritos y perfilados, con un estilo sin florituras, pero no exento de un lirismo salvaje adecuado a la trama, en un terreno en el que habría sido sencillo caer en la pretenciosidad moral o en la truculencia peliculera. Los diálogos están bien ajustados, bien trabajados, sin excesos, pero con suficiente información para que hacernos una buena idea de ese mundo de polvo y sangre. Cada personaje tiene voz y hechuras propias. Sólo percibo una contradicción en un personaje, Bronco Gil, que en absoluto se comporta como se nos da a entender en un principio. En cuanto a la trama, se despliega de modo tal que no parece concebible imaginarla de otro modo, lo que quizá es lo mejor que se pueda decir en Literatura.
¿Qué más puedo decir de esta novela sin salir de mi sobriedad característica? Pues que la recomiendo.
P. D.
(1) El traductor es Cristian De Nápoli. Aparte de la autora, este señor debe de tener algo de mérito en la lectura en español. Sin embargo, hay un terrible error en la página 113, casi en el peor momento. ¿Culpa del traductor? ¿Culpa del corrector? ¿Acaso no hay corrector? ¿Es la figura del corrector innecesaria? En fin, tema de tertulia.
(2) Una reseña anterior, más breve y, seguramente, mejor escrita, la pueden encontrar aquí.
A este paso, público lector, acabaré reconociendo que las reseñas que me producen mayor satisfacción son aquellas en las que más me extiendo sobre mis gustos y manías particulares, en vez de la novela en sí. Otro asunto es que ustedes, lectores, coincidan conmigo. Pero eso ya lo decidirán, si es posible, en público y con aspavientos que no dejen lugar a la duda. Así, por ejemplo, leer a Val McDermid, anteriormente a Jim Thompson y ahora a Joyce Carol Oates, produce sensaciones e impresiones bien distintas aunque, aparentemente, todos sean escritores, al menos a tiempo parcial y con contrato en diferido, de novela negra. Aquí entraríamos de nuevo en el espinoso asunto de los géneros, su definición y delimitación. Ni siquiera en todas las novelas hay cadáveres, como en Hijo de la ira (bien es cierto que se muere un bebé, aunque accidentalmente). ¿Es novela negra Hijo de la ira? ¿Sí? ¿No? ¿Nunca lo fue y soy un ignorante? ¿Nos importa un comino, a fin de cuentas?
En todo caso, en Literatura, lo que importa no es el género de la novela, precisamente, sino otras cosas, como el placer que nos produce la lectura, la sensación de encontrarnos con algo singular, extraordinario, que parece hablarnos a nosotros personalmente, también la fuerza y la belleza del estilo de la escritura en sus casi infinitas manifestaciones o la inteligencia, el ingenio y la sensibilidad en el desarrollo del argumento de la novela y en el despliegue de la trama. Esas obras que, al mirar atrás, siguen brillando en la bruma equívoca de los recuerdos. Esas novelas que exploran regiones antes desconocidas para nosotros, que ponen palabras a intuiciones apenas formadas, a sentimientos turbios, a veces enigmáticos, que estaban aún por descifrar, esos acontecimientos humanos que parece que ya no se pueden nombrar de otra manera, esos personajes en los que cuaja, valga la paradoja, la realidad, pese a no ser reales. Ese mundo ficticio autocontenido, autorreferencial que, sin embargo, y es otra paradoja, se crea a base de referencias a la realidad, como bien señala Eagleton.
Y, bueno, sirva lo anterior para presentar la reseña de Rey de Picas, de Joyce Carol Oates.

Rey de Picas es, a mi entender, y creo que soy original en este punto, una sátira de la novela negra y del escritor de misterio norteamericano, a más señas y en la tipología sociológica anglosajona, hombre y blanco (y protestante, vamos, lo que suele resumirse por WASP). Además, toma como modelo las novelas de Stephen King, no tanto en su elementos fantasmagóricos y sobrenaturales como en su tendencia a presentar como protagonista de sus novelas a un trasunto de él mismo y en ciertos rasgos estilísticos, como ese recurso a la cursiva un tanto desmedido. No soy un admirador incondicional de King, pero me vienen a la memoria, por ejemplo, Un saco de huesos o, claro, El resplandor. Que no sea fan de King no significa que lo desprecie o algo parecido. Me parece un escritor extraordinario. Sencillamente, nunca tuve ánimo para seguir el paso casi vertiginoso de su producción. Su Mientras escribo me parece, por cierto, muy interesante. La reflexión que allí hace sobre la génesis y proceso de su escritura me resulta más reveladora y sugerente que, por ejemplo, el De qué hablo cuando hablo de escribir, de Murakami, por hablar de otro autor famoso-superventas.
Joyce Carol Oates es mujer, lo que en este caso no es baladí: aprovecha la novela para cargar contra los clichés, no solo literarios, de la novela negra en su país. Así, el personaje principal y narrador de la historia, Andrew J. Rush, es el escritor norteamericano de éxito (aunque no tanto como Stephen King), satisfecho de sí mismo y de lo que ha conseguido, con su vida aplacible y su familia al uso. Su némesis está representada por una mujer entrada en años, C. W. Haider, al parecer bastante desquiciada, que se dedica a demandar a todos los escritores famosos como al mismo Stephen King, o a John Updike y otros, por haber plagiado, cuando no robado directamente, colándose en casa, su propia obra. Por lo que se cuenta, esta mujer intentó desarrollar una carrera literaria propia, pero, aunque sigue escribiendo, jamás alcanzó éxito alguno. Es evidente que la vieja está chalada, pero a medida que el protagonista comienza a indagar en la vida de esta mujer, las cosas comienzan a no estar tan claras.
Por otro lado, Andrew lleva una doble vida, literariamente hablando. Con un pseudónimo (sí, Rey de Picas), escribe otras novelas, que se alejan mucho de las que publica con su verdadero nombre: estas son prístinas e inteligentes novelas policíacas en las que siempre se cumple el ideal de justicia poética. Las de Rey de Picas son, por lo que se deduce, más aviesas, más siniestras, más gore, con una perversidad que llega a producir repugnancia. Sin embargo, aunque alejadas de las cifras de ventas de de Andrew J. Rush, Rey de Picas no deja de ganar lectores.
A todos esos esnobs, intelectuales de la literatura, que se burlan de las restricciones de nuestro género (incluida mi querida hija Julia, a quien adoro), les resultaría muy difícil escribir una novela de misterio que tuviera éxito: una novela en la que se persiguiera al mal hasta echarle el guante y acabar con él; y en la que se alcanzara una conclusión clara y sin ambigüedades.Los finales de las novelas de Rey de Picas eran más crueles que los de Andrew J. Rush, al ser al mismo tiempo más primitivos. había demasiada maldad derramándose sobre todas las cosas como para que fuese posible limpiarla sin dejar rastro, y en la mayoría de los casos moría todo el mundo o, más bien, se mataba a todo el mundo.
A mi entender, Oates no ha pretendido escribir una novela negra como tal, sino, en principio, algo más interesante: escarnecer las convenciones sociales y literarias del mundillo literario y editorial y señalar la discriminación a la que se ha sometido a las mujeres que pretendían progresar como artistas. No es suficiente con una habitación propia, al parecer. Esta discriminación la sufre no solo C.W. Haider, sino también la mujer de Rush, Irina, de talento superior al de su marido, pero cuya producción fue desdeñada por las editoriales y tuvo que resignarse a ser la revisora de la obra de Andrew. En cierto momento, tras años de frustración le llega a acusar de haberle robado las ideas.
La señora Haider estaba cada vez más fuera de sí. La boina se le había caído y su aire de superioridad se desvanecía. El juez Carson, cuya actitud cortés la demandante no había agradecido, dándola por sentada, no se mostraba ya tan indulgente y la interrumpía utilizando el mazo y retirándole repetidamente la palabra, insistiendo en que permitiera hablar a Grossman. La señora Haider, sin embargo, parecía incapaz de dejar argumentar al abogado, como si estuviera poseída por un demonio:
-¡No! ¡No, no! ¡Se trata de mis escritos, señor mío! También yo soy escritora... ¡escritora en prosa y en verso! ¡Ese hombre es culpable de allanamiento de morada... durante años! Se trata de mis memorias más preciadas, su señoría, porque todo eso me ha sucedido a mí. El plagiario me arrebata los recuerdos más preciados, cosas que me han sucedido a mí y a mi familia, y las tergiversa convirtiéndolas en ficción, pero no han sucedido en absoluto de esa manera, sino que son una infame MENTIRA.
Sentí un estremecimiento de amor por mi esposa de tantos años. mi querida Irina, la que se había enamorado de "Andy Rush", tan inferior a ella, ¿cómo no se había dado cuenta?
Durante todos aquellos años había conseguido engañarla.
Mi carrera, no la suya. ¿Por qué Irina Kacinzk no había luchado con más convicción, por qué se había sometido a mí?
Justo con las mismas palabras con las que le acusa también, demanda judicial mediante, C. W. Haider. Dos mujeres escritoras, dos mujeres de carrera literaria frustrada, sepultadas por el trato de favor que se dispensa a los hombres. Andrew, escritor de éxito, de talento mediano, aparentemente tolerante y bienhumorado, esconde, en realidad, a un hombre cínico, jactancioso, racista, clasista y machista que teme descubrirse a cada paso que da. Es posible que todos tengamos un cabronazo dentro que pugna por abrirse paso en la vida por encima de quien sea. Rey de Picas, este otro yo del protagonista y narrador, le susurra, por decirlo así, ideas de lo más retorcidas, que se agudizarán, a raíz de la demanda presentada por Haider contra él. El protagonista experimenta algo parecido a una obsesión respecto a esta mujer, lo que desencadenará una serie de acontecimientos que no develaré para no fastidiarles.
A esta lectura podemos añadir otra más: Oates escenifica una reflexión sobre la materia prima del escritor que no solo utiliza sus recuerdos personales, sino que, como un ladrón en la noche, asalta las mentes en las que están guardados los recuerdos y secretos ajenos, sin parar en mientes ni albergar escrúpulos, incluidos (y sobre todo) los de su propia familia y amigos, para construir sus ficciones. Una tarea que para el/la escritor/escritora puede ser gratificante (y beneficiosa), pero que para quienes se ven reconocidos/as en sus obras puede no verse como un halago o un reconocimiento, sino más bien como un robo y un insulto.
No obstante, a pesar de la riqueza de las posibles lecturas que pueden hacerse de esta novela, tengo la impresión de que la escritora ha ido demasiado rápido para armar de un modo narrativamente eficiente los mensajes anteriores. En mi opinión, todo se sucede demasiado deprisa, lo que no contribuye a la verosimilitud. El comportamiento del protagonista muta con demasiada velocidad. Los acontecimientos se precipitan cuando es posible que un desarrollo algo más pausado, más matizado habría dotado a la novela de mayor equilibro, incluso habría contribuido a aposentar los distintos argumentos críticos. Por esa misma rapidez, los personajes familiares aparecen demasiado borrosos, especialmente el de su hija, filóloga, con la que podría haber profundizado en la sátira del mundillo literario y del género; e incluso su mujer, que, también en su papel de artista reprimida, podría haber tenido mayor trascendencia, apenas adquiere consistencia. El mismo protagonista, a ratos, Jekyll; a ratos, Hyde, muestra también un lado raskolnikoviano que podría haber dado más de sí. Igual de precipitado es el desenlace. Y decepcionante también, añado. Que digo yo que si alguien se ha tomado la molestia de escribir una novela bien podría preocuparse de darle un cierre digno, no cualquier cosa.
Que se lo digan también a Ray Loriga, por favor.