A raíz de la lectura del libro anterior de Carlos Fernández Liria, Contra la Ilustración oscura, me decidí a hacer lo propio con uno de los (creo que claves) que allí se cita con profusión: Deseo postcapitalista. Las últimas clases, de Mark Fisher.
El libro impresiona por varias razones. Primero, porque la transcripción de las clases de Fisher tiene un tono muy real, al recoger, además del diálogo con los estudiantes, por ejemplo, las interrupciones en las clases o los momentos en que el profesor divagaba. Uno siente que allí se ventilaban asuntos importantes, que existía un verdadero intercambio entre personas que se habían propuesto abordar temáticas trascendentes por razones que casi nadie de sus allegados entendería.
Segundo, por el asunto, porque en esas cinco clases, que llegan hasta diciembre de 2016 (el curso constaba de quince) se relata, en vivaz intercambio con los/as alumnos/as, la oportunidad perdida, o el momento en que parecía posible, la unión de las fuerzas contraculturales y de las obreras en los años 60 y principio de los 70 del siglo pasado, algo inimaginable para los rojopardistas de hoy. Se subrayan, además, otros vectores como el feminista y el rechazo del trabajo (o al menos, su reformulación). Otros conceptos como el deseo y el resentimiento contribuyen a perfilar, y a explicar en parte, el fracaso en la lucha contra la hegemonía ideológica del capitalismo.
Por otro lado, y esto lo pienso yo, no Fisher, la disparidad de fuerzas es tal que el aceleracionismo capitalista que se aborda en este libro de (y que ya comentaba Fernández Liria como una loca huida hacia adelante) me parece casi la única vía, aun desesperada, por imaginar otro mundo, tal vez no capitalista, aunque sea transhumanista. Cuando todo el poder se concentra en un lado, las alternativas dejan de ser verosímiles, siquiera en el pensamiento.
Tercero, porque la bibliografía es inesperable. Junto a Marcuse, Lukács, Baudrillard y Deleuze, hay otros nombres, otras obras, que para el lector del mundo hispano no resultan familiares (al menos, a mí: disculpen mi ignorancia los sí enterados). De este modo, podemos salir (escapar) un poco de Ortega y Gasset, por un lado, y de Habermas, por otro.
Cuarto: un buen libro hace las veces de buen amigo, al menos en ausencia de alguien que pueda denominarse así. Uno puede regocijarse en la propia misantropía porque se produce, durante un tiempo, la ilusión de que uno participa en un diálogo valioso y significativo con otros. Esos chisporroteos neuronales, esa ampliación del horizonte cognitivo no tiene precio. No es tan frecuente vivirlos o, al menos, tanto como desearía. Vds. pueden desear otras cosas, por supuesto.
Como eco personal de lo leído, he vuelto a encontrarme con una persona (hombre educado, profesión liberal, encantador) que da por sentado que el problema actual (alude, sin duda, a los movimientos y partidos de izquierda) es que se propugna "la igualdad total" entre los seres humanos. Como si fuera eso posible. No sé dónde lo habrá visto, en qué programa. Por referencias lejanas, tal vez lo podría haber delirado un activista de la Revolución Cultural china... Eso no lo he leído ni en Marx, ni en Lenin ni en la Escuela de Frankfurt ni en Fernández Liria o Eduardo Garzón. Una falacia, la del hombre de paja, como una casa, pero muy extendida, como si fuese el núcleo de un conjunto de creencias derivadas, como la ideología del mérito y el esfuerzo, tan cara, también, a la derecha.
El GRAN MIEDO del pequeñoburgués (o no tan pequeño) votante de la derecha/ ultraderecha es LA NIVELACIÓN. Fantasmática, pero no por ello menos amenazadora, y movilizadora políticamente.
