jueves, 18 de noviembre de 2021

'Garajado', de Ernesto Rodríguez Abad

El pasado 14 de noviembre, estaba yo perdiendo el tiempo un rato en Twitter cuando apareció ante mis ojos el siguiente tweet: 


🗣¡Comunicado oficial! Nos está llegando información de que algunos de nuestros colaboradores venden los libros que les regalamos para reseñar a través de sitios como Wallapop. Esos libros son gratuitos y está prohibida su venta. Abrimos hilo...



Y sigue hilo:

Ediciones Arcanas

Ni siquiera nosotros podemos venderlos, ya que son exclusivamente para promoción. Para nuestros colaboradores actuales y futuros, si una vez leído el libro no os gusta o no lo queréis conservar porque no tenéis espacio o por cualquier otra razón
lo podéis regalar a alguien para que lo aproveche o donar a bibliotecas públicas o de institutos, pero en ningún caso venderlo. Nos parece una falta de ética vender algo que se usa exclusivamente para promoción.


Todo esto suscita numerosas cuestiones. Por ejemplo: ¿Qué es un "colaborador" de una editorial? ¿Qué significa que "un colaborador" escriba reseñas sobre el libro regalado? ¿En eso se sustancia el verbo colaborar? Y también: ¿Qué nivel de cutredad hay que tener encima para que este "colaborador" decida vender los libros regalados para sacarse un dinerillo? ¿Cuándo hemos normalizado esta indecencia?

Además, fíjense que pronto pasamos de "escribir reseñas" a "promoción", con lo cual queda develada la verdadera intención de esta práctica dadivosa. Mi opinión es que, entre líneas, se puede leer: "Si te regalo un libro, colaborador, es para que, no haría falta decirlo, le dediques elogios y bienaventuranzas en tu espacio". Por lo que se ve, una práctica normalizada.

No olvidemos el nivel de desprestigio que soportan los medios de comunicación y, por sus propios merecimientos, los cuadernillos dedicados al arte y la literatura. Los periodistas culturales serios han sido los grandes damnificados, claro, sustituidos en su gran mayoría por "colaboradores/as" que habitualmente no cobran y, que, por tanto, buscan su recompensa en forma de presencia mediática o ese tipo de meritaje que consiste en estar siempre para que te llame quien sea. La esperanza que los/as anima es encontrar una suerte de olla llena de monedas de oro al final del arcoíris. A esto, añadámosle Internet y la eclosión de espacios (paginas web, blogs, redes sociales) que han medrado y que tanto han contribuido a la precarización de los espacios culturales tradicionales en los medios como se han beneficiado del desprestigio que estos mismos se habían procurado con sus prácticas cuando eran todopoderosos. 

Es por ello por lo que cuando algún/a autor/a me ha ofrecido gratis algún libro suyo, siempre me he negado, y si alguna editorial lo bastante despistada se le ocurriera hacerme una propuesta de colaboración, la mandaría a tomar viento, como poco. La libertad que da comprar un libro es que como comprador tengo todo el derecho a criticar su contenido, si tal es mi deseo. El dinero duele, sobre todo cuando se gasta en algo que uno considera que es de mala calidad. Es de lamentar que mi actitud, que considero la única lógica para un reseñador cuyo capital consiste en el conocimiento de la materia y en la honradez en el juicio, no sea la norma. Me asombra, aunque sea práctica corriente, que un reseñador publique en algún suplemento un análisis de una novela no publicada. Imagino que la editorial le habrá facilitado un ejemplar para esa reseña. Se deduce que si la editorial incurre en esta operación no es para que el reseñador de turno realice un análisis cuidadoso y argumentado que tenga como resultado una crítica negativa. Llámenme suspicaz.





Garajado, del escritor tinerfeño Ernesto Rodríguez Abad, tiene como argumento la huida de un joven sindicalista de la CNT tras lo que parece ser la caída de la República en Canarias, aunque no se mencione de modo explícito. Así, durante gran parte de la novela, el protagonista principal vive su huida como un proceso en el que se dan de modo sucesivo la revelación, el desafío y el desaliento ante un poder incansable en su búsqueda, simbolizada por la Guardia Civil y, posteriormente, el somatén.

La novela posee el interés, aunque sea tema ya tratado tanto en la novelística como en la filmografía de nuestro país, de recordarnos y de revelarnos (ahora que nos creemos instalados eternamente en un sistema que, aunque de manera imperfecta, protege los derechos individuales propios de una sociedad abierta y democrática) la posibilidad de que, más o menos de repente, nos encontremos en el lado equivocado de la Historia o, expresado de modo más primario, en el bando perdedor como resultado de una crisis o conflicto como ocurrió para muchas personas con el golpe de estado fascista de 1936 en España y, en particular, en Canarias.

No obstante sus posibilidades argumentales y dramáticas y con un uso del lenguaje que por lo general es suficiente para sus objetivos, la novela no logra elevarse más allá de ser un relato reconcentrado de esa huida y escondite del protagonista. Los personajes que aparecen solo ofrecen breves destellos de sus posibilidades. Están bien, en cuanto a que muestran su propia personalidad, pero el autor no les da carrete, no es capaz o no tiene el deseo de que se desarrollen. Tanto la hermana Rosaura como Chona, María la niña, Daniel Calmita o Maribel, el cura o ese personaje siniestro del somatén, todos ofrecen un atractivo indudable que el autor logra imprimir en unas pocas líneas. Estoy seguro de que un mayor desarrollo de estos y su imbricación argumental habrían contribuido a crear una novela no solo mucho más extensa y completa, sino también más fina en cuanto a la creación de un universo de caracteres de esa Canarias, de esa isla innombrada, bajo la incipiente dictadura.

También podríamos señalar que, no obstante su terrible situación, el protagonista, perseguido por el Estado y forzado así a una misantropía involuntaria, se encuentra arropado por la complicidad no sólo de la familia, sino también de buena parte de los vecinos, ofreciendo, por tanto, una visión sesgada (de forma favorable) de la sociedad de aquella época. ¿Cuántos de nosotros no seríamos cómplices de un nuevo estado de cosas? ¿Cuántos apoyaríamos con nuestro silencio y pasividad a un régimen autoritario o totalitario? ¿Cuántos, incluso, nos reconvertiríamos de ciudadanos demócratas a súbditos anhelosos de servir? ¿Cuántas traiciones, grandes y pequeñas, no se cometieron, no se cometerían? Cierto maniqueísmo desnivelado en la construcción de personajes nos hurta estas preguntas difíciles.

Asimismo, aunque el lenguaje empleado es un tanto reconcentrado, por no decir repetitivo, ya que los monólogos del personaje, o tal como nos los relata el narrador en tercera persona tienden a incidir en lo mismo ya sea en los sentimientos ya en el vocabulario. En cierto momento, se nos informa de que han pasado años, pero tengo la impresión de que el personaje solo ha cambiado en que está más amargado. Los hechos externos como su emparejamiento con una mujer con la que tiene una hija también nos informan del paso del tiempo, pero la sensación que tenemos es de una estampa repetida apenas con alguna variación. También, hay asomos de cursilería en algún momento y, en otros, escasos, menos mal, parece que hay un empeño en ser grandilocuente o intenso sin que la semántica acompañe. Los diálogos son hechos a base de frases cortas cuando no de una o dos palabras. Alguna frase desentona, pero por lo general, salvan bien las escenas. 


Nadó muy despacio para no levantar ondas ni hacer ruido. Trepó como un lagarto pegado a las rocas. Lento, para no atraer la mirada de aquellos que, a lo lejos, andaban entre los callaos grandes. Al fin llegó a la cueva. Entró y se vistió sin secarse. La ropa húmeda se pegaba a la piel. Sintió frío. Un escalofrío le recorrió la columna vertebral. Oyó una risa alegre a lo lejos. Tenía hambre y las ganas de fumar lo ponían algo nervioso. Se le había acabado el tabaco. Se agachó y buscó algo de comer en la caja de cartón que estaba a sus pies. No comprendía su reacción, pero los nervios aguzaban el hambre. Mordió con fuerza y rabia unos tomates algo verdes, que era lo único que le quedaba. El rostro no expresaba nada. Sus ojos se agrandaron. Eran como faros que reaccionaban ante el peligro. Parecía un gato al acecho olfateando, crispado, presintiendo la amenaza. Se agazapó contra las rocas picudas de la pared de la cueva. Llegaron hasta él nuevas risas y palabras sueltas. Los buscadores de burgados se acercaban. Aguantó la respiración. Tragó el último trozo de tomate que masticaba. Le temblaban las manos. Musitó unas palabras casi imperceptibles. (Pág. 51)


¡Señora! 

No des voces. 

Que vengo cansada... 

No grites. 

Todo el día del coro al caño, del caño al coro, del coro al caño, del caño... 

Mira que te vas a equivocar... 

Del coro al caño, del caño al coro, del coro al coño. 

¡No te lo dije! 

No habrá oído algo que no supiera. 

¡Mujer! 

¡Vamos! Ayúdeme a cazar a estos salvajes. 

Voy. 

Luego tenía que ayudarla a atrapar a los pequeños como si fueran conejos y quitarles la ropa lo mismo que se despelleja a una pieza de caza. (Pág. 69) 


Ella le había regalado los únicos momentos dulces de aquel tiempo tortuoso que le había tocado vivir. Disfrutaban el momento como si no hubiese posibilidades de pensar en el mañana. Atrás quedaban sufrimientos, dudas, miedos. 

La expresión de la cara cambió a un rictus serio. Estaba en el presente, en medio de la desértica costa. No se podía hacer planes a largo plazo. Dejó los sueños apartados y se sumergió en el presente, en la realidad. 

Todo era diferente. Acababa de tener su primera hija. La vida había cambiado. Se complicaban las cosas. Ya no tenía que pensar solo en ellos dos. Eran tres. Mareaba la situación, igual que cuando navegaba sobre la barcaza de algún pescador inexperto. Una hija suya y de ella, una hija de la libertad. Una hija sin papeles. 

Se había enterado la tarde anterior. Encontró el rudimentario dibujo de un bebé en un papel, bajo una piedra, donde ella antes le dejaba mensajes de amor como una flor seca, una hoja o una pluma de pájaro. (Pág. 85)


Hay que decir que la novela es corta y no aburre. Quizá demasiado corta, según lo que expresé antes. El final es quizá demasiado abrupto, quizá no inconsecuente con el desarrollo de los acontecimientos (sobre todo, el amor de la mujer y el nacimiento de la hija), pero hecho en falta mayor granulación moral y sentimental para que después de habernos tenido huyendo y escondiéndonos con él, demasiado de repente a mi entender, toma una decisión que pone en duda todo el propósito que lo había venido animando hasta entonces.

Esta última decisión nos hace preguntarnos por el sentido no solo de aquella primera, sino (y quizá este preguntarnos sea lo mejor de la novela, pero pienso que cualquier novela con esta temática lo suscitaría) el valor de la rebeldía, pero también el que tienen las meras acciones individuales ante un poder mucho mayor y despiadado, y que por lo general suelen acabar en fracaso. Asimismo, el cómo es posible hacer frente a un poder casi omnímodo, si no es desde planteamientos colectivos. Y si esto es así, qué condiciones se requerirían. Y aún más, si nosotros, los habitantes de esta isla o de aquella, de esta Comunidad, de este país seríamos capaces de unirnos frente a la barbarie. Las conclusiones a que apunta la novela son desalentadoras.

EN DEFINITIVA,  a Garajado le falta ambición y trascendencia en cuanto a la posibilidad de ahondar en la brutalidad del poder, la rebelión individual y la mansedumbre colectiva. Tampoco destaca por su innovación lingüística ni por su planteamiento, aunque este conformismo literario es una constante de la creación literaria local, tal y como hemos venido viendo en el blog. Además, los personajes secundarios, aunque aporten algo de contexto, quedan desgajados de la acción principal de manera arbitraria. Una novela que podría haber sido interesante, pero que resulta, al fin y al cabo, insuficiente.



P.D. Otra reseña, esta sí, exquisita, de Juan Cruz, aquí.


POLILLAS AL ANOCHECER EN RADIO GUINIGUADA














jueves, 11 de noviembre de 2021

'El último viaje del Valbanera', de Carlos González Sosa

Escribiéndoles con un enfoque egoísta, absolutamente centrado en mis intereses, filias y fobias como reseñador, abogo por la implantación de la renta básica YA, sin más dilación. Para cualquier actividad en la que se empeñe el ser humano, deben darse sus condiciones de posibilidad. En el caso de la literatura, actividad no productiva por excelencia, se requiere que el/la escritor/a tenga solventadas sus necesidades básicas para que pueda dedicarse a escribir. En eso, al menos, estaremos de acuerdo. Para ello, es común que simultanee su oficio de escritor/a (o artista en cualquier ámbito) con otro que le permita mantenerse a sí mismo/a y, en ocasiones, a otros/as. A veces, este trabajo está relacionado, aun de forma tangencial, con la escritura/arte: columnista de opinión, periodista (cultural o no), reseñador, traductor, editor, etc. En otras ocasiones, no tiene nada que ver: hay numerosos ejemplos de personas que intentan compatibilizar su actividad literaria con la condición de funcionarios/as en distintas escalas y administraciones, médicos/as, ingenieros/as, etc., profesiones liberales, por no hablar de currantes en empleos de todo tipo, a cuál más embrutecedor (me viene a la cabeza ahora mismo Joseph Pontus y su Desde la línea). Nada que no se sepa, y que forma parte del camino de formación y maduración (y sufrimiento) vitales y literarios de numerosos/as autores/as.

No obstante lo cual, abogo porque se les dé una renta básica a los escritores y escritoras (igual que para todo el mundo, pero esto es una cuestión política y económica que ya han tratado otros/as, como Daniel Raventós, quien ha escrito varias obras al respecto) porque pocas cosas hay más empalagosas a la vista que un/a artista agradeciendo a las instituciones públicas su subvención, beca, sinecura, intercambio, o invitación a una charla, jornada, festival o iniciativa cultural que sea (o no cultural, mientras aflojen las perras...). A veces, el grado de inclinación de la cerviz llega a tal punto que la genuflexión se convierte, de manera casi imperceptible, en decúbito prono.

Por un lado, lo entiendo: parece que el/la escritor/a tiene ante sí un camino en el que no es ni mucho menos suficiente el talento. O el talento y el trabajo duro. El mercado potencial canario (que diferencio del peninsular o del barcelonés-madrileño) o, para expresarlo en términos menos economicistas, el público lector potencial local, es muy reducido. Es imposible  que un escritor pueda ganarse la vida vendiendo libros solo en el Archipiélago. En el mercado español, por simple cuestión numérica, sí, pero solo para los superventas de perfil menos intelectual o artístico que de entretenimiento. También, aquellos pocos por los que las grandes editoriales con sus contactos mediáticos (y su presupuesto en publicidad) apuestan hasta el hartazgo por tierra, mar y aire. No obstante, incluso las estrellas más radiantes del firmamento literario español (pónganle el nombre que les apetezca) necesitan, por lo general, complementar los ingresos provenientes de la venta de sus libros con otras actividades, como las columnas de crítica de costumbres en suplementos y revistas de variado jaez, por no hablar de la necesidad permanente de estar en el espacio público, aun careciendo de un equipaje intelectual digno de interés.

Es por ello por lo que la aportación de las instituciones públicas se revela, para los/as escritores/as de riqueza media, baja o inexistente, fundamental tanto para seguir en la brega literaria como para no convertir su vida en mera supervivencia. Esto lleva aparejada, con gran probabilidad estadística, la posibilidad de convertirse en un/a artista presto a escuchar las sugerencias de funcionarios y políticos de dichas instituciones. También, el surgimiento de preguntas terribles como: "¿Esto molestará a alguien?". Donde hay dinero público se genera, casi de modo inevitable, clientelismo. Al igual que donde hay dinero privado (pienso en el arte) hay manipulación y censura descarnada. ¿Qué escritor o escritora va a criticar a la institución que convoca un concurso literario o que abre plazo de inscripción para unas becas, o que le propone participar en unas jornadas en la Casa Colón, pongamos por caso? Es más, podríamos incluso suponer que nuestro escritor/a imaginario/a ni siquiera sería capaz de pergeñar una crítica, si tal cosa se le ocurriera, sistémica. Es decir, ¿se plantearía con seriedad abordar una reflexión crítica/amarga/acerba/radical respecto de esa misma sociedad que políticamente se sostiene o se canaliza con esas instituciones que podrían de repente otorgarles protagonismo en el espacio público? 

Las instituciones de cualquier ámbito administrativo, sobre todo las que están coyunturalmente dirigidas por partidos que se denominan a sí mismos progresistas, permiten, aunque solo sea por imagen, cierto espacio para la crítica, pero está por ver que admitieran, no digo premiaran, una obra literaria que los pusiera radicalmente en cuestión, tanto en su fundamento y actuaciones como en sus resultados. Por eso pienso que el escritor o escritora reciben o asumen una dosis de mansedumbre cada vez que optan a un premio de las instituciones, qué decir si lo reciben. Pero también estoy seguro de que en la mayoría de los casos desearían no haber recibido ni la una ni el otro, pero que la necesidad obliga: la autonomía de acción y la independencia de pensamiento no sirven para alimentarse ni para cobijarse. Además, con frecuencia se tiene la desasosegante sensación de que la sociedad está más predispuesta a olvidar las actuaciones deshonrosas y mezquinas antes que a reconocer el valor de la libertad y del coraje.

Pero vayamos ya a lo nuestro:




El último viaje del Valbanera, del escritor grancanario Carlos González Sosa, parte de la premisa de que el público lector es conocedor de la tragedia marítima que se va a relatar. Premisa que, al menos en mi caso (llámenme ignorante) no se cumple. En todo caso, desde el principio, por si no estaba claro, el autor nos revela toda una serie de avisos ominosos sobre el futuro del barco, desde el error de rotulación hasta la caída de un ancla justo antes de zarpar en su última travesía. Para ir haciendo cuerpo.

Mediante el recurso de un narrador interpuesto, un limpiabotas (que cuenta la historia a Alberto, un canario que llegó a Cuba de niño), Carlos González Sosa (popular escritor por su serie de novelas juveniles sobre la conquista castellana de Canarias) nos relata el viaje del Valbanera desde Gran Canaria hasta su fatídico hundimiento. Tanto la narración-marco como la del limpiabotas subsumida en él están escritas en tercera persona. En el primer caso, como narrador limitado a las sensaciones y vivencias del protagonista, y, en el segundo, un narrador omnisciente. Esto implica un problema grave lógico, si no de verosimilitud, pues, si tal como sabremos casi al final, el limpiabotas no formaba parte del pasaje, ¿cómo es posible que su narración sea omnisciente? En otras palabras, ¿cómo puede contar lo que no podía saber? Habría sido posible contar una historia desde otro ángulo, a base de amalgamar diferentes relatos de aquellos pasajeros que se bajaron en Santiago e informaciones periodísticas, por ejemplo, pero no, desde luego, con el que se cuenta la historia, en la que incluso se nos relata las decisiones del capitán y sus últimos momentos.

Además, y aquí no revelaré nada que pueda perjudicar la sorpresa, uno de los momentos más emocionantes de la novela, en el que se produce una suerte de anagnórisis, resulta ser, también, lógicamente inconsistente, a poco que uno se pare a pensarlo. Estos errores no son nimios, pues denotan una deficiente reflexión sobre la forma de abordar la narración y, sin duda, si uno es consciente, rebajan la emotividad que pretendía transmitir el escritor y, en su caso, la consiguiente catarsis.

Por otro lado, echo de menos, quizá por mi sesgo a hacer una lectura sociológica de las novelas, una presencia mayor, tal vez una explicación, de las causas que motivaron la hambruna y la posterior emigración; el bloqueo alemán en la I Guerra Mundial, unido, tal vez, a la estructura de la propiedad y la distribución de la riqueza, y la desigualdad extrema. No basta con decir, al menos para mí, que la hambruna y la guerra de África, fueron los motivos por los que miles de canarios emigraron. Es una manera de concebirlos como fenómenos naturales contra los que no cabe rebelión ni resistencia, y si los hubiera habido, ocultar su represión y castigo. Está muy bien hablar de los migraciones de canarios y, en su caso, compararlas con las que se producen en la actualidad de África a Canarias y a Europa, pero mejor sería aún si se hablase y escribiese de las causas económicas subyacentes a dichas migraciones. El único síntoma lo veo en la escena en la que unos guardias civiles arrestan y golpean sin piedad a un pasajero justo antes de que parta el Valbanera.

Tampoco la novela ofrece desafíos lingüísticos: está construida a base de mucho diálogo y con abundancia de párrafos cortos, a veces saldados con un par de frases. El vocabulario tampoco ofrece grandes dificultades. Eso contribuye a que se lea con suma facilidad y, sin duda, no aburra. Es posible acabarla en un par de sesiones de lectura no demasiado extensas, a pesar de sus 190 páginas. 


Había descubierto una ciudad hermosa, de preciosos edificios históricos, rebosante de cultura, de actos sociales, de vida. Una ciudad que inspiraba a los más virtuosos músicos en cada rincón. 

Y, sin embargo, se sentía solo. Siempre se había sentido solo en Cuba, pese al calor de la gente, a lo bien que lo habían acogido. Por alguna razón, él no había sabido adaptarse como los demás. Echaba de menos aquel lugar del que provenía, aquel lugar del que ni siquiera tenía ya recuerdo. 

Entonces se acordó del limpiabotas. Su historia lo había cautivado. Era su gente, al fin y al cabo, la que poblaba aquel relato. 

Sin dudarlo, se puso en pie, cogió su sombrero y abandonó la habitación. 

Cuando salió del hostal, la tarde agonizaba. El cielo se vestía de púrpura, y el aire había refrescado. 

Con pasos prestos, recorrió El Malecón, casi sin prestar atención al hecho de que cada metro de aquella magnífica avenida le ofrecía algo diferente, algo único e irrepetible: músicos, pintores, caricaturistas, parejas de enamorados, bohemios, poetas... (Pág. 38) 


Aquella noche dejó de llover. El viento se llevó las nubes y las estrellas plagaron un cielo alto y callado. Una luna mora lucía en las alturas como la hoja de una inmensa guadaña. 

Alberto se compró un bocadillo y salió a pasear bajo aquellas estrellas. Recorrió calles estrechas cuyo adoquinado aún estaba mojado, paseó junto a algunos edificios emblemáticos de La Habana y finalmente terminó en El Malecón, una vez más. 

Había parejas aquí y allá, gente paseando y algún músico furtivo. 

Desde lejos pudo verlo. Aquel hombre seguía allí, de pie, mirando hacia el mar, como un alma en pena. A sus pies había dos gatos, dando vueltas a su alrededor, buscando sus caricias. Alguien se acercó, le cogió la mano, le puso un cartucho con algo de comida en ella, y se la cerró, para cuando regresase de su inconsciencia, de su enajenación. (Pág. 74)


En aquellos momentos, su esposa se dio cuenta de que un pasajero les miraba de reojo. Tenía dos hijos que no apartaban las cabezas de sendos baldes, en los que no habían dejado de vomitar. Le pareció indecoroso hablar directamente con él, por lo que hizo señas a Manuel. 

-Pobres niños. Se les ve muy débiles. Vamos, pregúntales si quieren. 

Su esposo se levantó y se acercó a ellos. 

-Muy buenas tardes -saludó-. ¿Les apetecería un poco de caldo? Le aseguro que mi mujer tiene mano de santa con estos bebedizos. Ninguno hemos mareado lo más mínimo en lo que va de viaje. 

El padre miró a sus dos hijos y se encogió de hombros, aceptando. Posiblemente, si hubiese estado solo, habría declinado la oferta, por pudor, pero en aquellos momentos primaba la salud de los pequeños, y hacía días que no dejaban de vomitar todo lo que comían. Lo necesitaban. 

-Se lo agradecería. Con un poco para mis hijos será suficiente. 

-¡Nada de eso! -contestó Manuel, con talante jovial-. ¡María, tenemos invitados! 

Los tres se acercaron con cierto recato. 

-Se lo agradezco, señora -dijo el hombre cuando le pasaron el primer tazón, que entregó a uno de sus hijos. 

-Bastante duro es pasar tantos días aquí abajo, como para estar encima en ese estado -protestó la mujer-. Vamos a ver si lo remediamos. 

-¿Viajan... solos? 

Al hombre no se le pasó por alto lo que encerraba aquella pregunta. 

-Sí. Mi mujer está ya en Cuba. Se fue con su hermano. Nos están esperando. (Págs 91-92) 


Asimismo, no se puede pasar por alto que los personajes son bastante planos. Todos, menos un secundario (el niño Héctor) son amorosos, honrados y sufridos, lo que, aun en el mejor de los casos, pasa por alto numerosas peculiaridades de la naturaleza humana, y más en las condiciones de hacinamiento de los pasajeros en clase Emigrante en el que transcurre la acción dentro del barco. A este respecto, tampoco hay choque de clases sociales dentro del buque. Podríamos pensar que González Sosa prefiere orillarlo por su posible similitud con otras narraciones (sin ir más lejos, le película Titanic) y haya decidido centrarse solo en los personajes de extracción social humilde. A este respecto, el autor los idealiza e hipostasia aquellas características que he señalado al principio del párrafo.

Es en este sentido en el que noto una carencia importante de esta novela, la falta de evolución o regresión, de progreso o de degeneración de los personajes: no hay indagación moral ni cuestionamiento, sino un buenismo general amparado por la perspectiva siempre optimista de un futuro radicado en el destino cubano. A este respecto me pregunto (motivado también por mi falta de conocimiento de la Cuba de aquella época) si este optimismo estuvo siempre justificado. Sí que nos encontramos con personajes pobres, como el mismo limpiabotas que cuenta la historia a Alberto, o una mendiga de la que éste se compadece, pero no hay cuestionamiento alguno al respecto. Es posible que el autor piense que la sola mención es suficiente, e innecesario ahondar más, pues conduciría, quizá, a una moralización extraña a la historia.

EN DEFINITIVA, una novela que quizá en la mente del autor aspiraba a ser un (o el) relato trágico y emocionante de la emigración canaria, ejemplificada o corporeizada en el trágico naufragio del Valbanera, pero que se queda en un relato algo simple de un suceso aislado. La falta de una explicación del contexto social y económico de Canarias y de Cuba y, sobre todo, el carácter unidimensional de los personajes hacen que se quede en un mero relato entretenido, pero poco sustancioso, destinado, aun sin que ese fuera su propósito, a un público sin grandes exigencias.



POLILLAS AL ANOCHECER EN RADIO GUINIGUADA



jueves, 4 de noviembre de 2021

'El informe Silvana', de Sabas Martín

Es posible que Sabas Martín sea tan famoso que cuando sale a la calle los vecinos tienden alfombras a su paso y le arrojan pétalos perfumados desde balcones y ventanas. También, que su obra constituya el ejemplo artístico más excelso de lo que pueda emanar de la acrisolada creatividad humana. Si estas posibilidades se demostraran como reales no serían, sin embargo, disculpa para que el reseñador dimitiera de su responsabilidad como analista público (con lo que conlleva de responsabilidad con el público lector) respecto de la última novela de esta figura señera de las letras canarias. Por muy convencido que esté de que las masas de lectores y lectoras acudirán sin parar en mientes y en tropel a adquirirla.

Insisto una y otra vez que el papel del/la reseñador/a, del/la crítico literario, no debe limitarse a "saludar" una obra nueva como un gran acontecimiento per se, ni ensalzar a su autor por los servicios prestados y por los futuros. Quien quiera que se aproxime a una novela con el propósito de analizar sus virtudes y sus defectos no puede limitarse (aun con entusiasmo) al papel de representante o abogado defensor del autor o autora, ya sea para sentarse en la misma mesa del banquete en la República de las letras, ya para envolverse con su cálida y cosquilleante aura literaria. En todo caso, debe asumir en parte el papel de juez (considerándose en esta función como fideicomisario de la comunidad lectora), y, tras dictar argumentada sentencia (véase, por ejemplo, Visto para sentencia, de Rafael Reig), retirarse a la soledad de sus aposentos.

Es por ello por lo que pienso que el verdadero daño que se hace a la literatura no proviene de la profusión de productos de mero consumo o entretenimiento, o de los fallidos intentos estetizantes o filosóficamente pretenciosos de muchos/as escritores/as, o de la proliferación de supuestos premios que no promocionan nada salvo a sí mismos y a sus organizadores/as. Nada malo hay, además, en la literatura mediana o mediocre: son el humus necesario para que emerjan de vez en cuando obras más logradas. Lo que perjudica de manera grave tanto a la literatura en sí como a la credibilidad de la crítica literaria son, sencillamente, los/las reseñadores/as que hacen dejación de funciones y no actúan como críticos para convertirse en colaboradores o apologetas, causando un daño casi irreparable a la credibilidad del oficio y, como consecuencia, de la literatura, que (con aspavientos y lágrimas a punto de emerger) dicen defender. Además, a todos/as debería parecernos evidente que el/la reseñador/a debería dejar claras sus conexiones personales, si las tuviera, con el autor o autora y, lo que es más importante, con la editorial que les publica por mera cuestión de honradez.

A todo esto, qué culpa tendrá el Sr. Sabas Martín de que un reseñador de desempeño tan lamentable como Victoriano Santana Sanjurjo se haya ocupado (por decirlo así) de su novela.




El informe Silvana nos narra en dos planos la desdichada existencia de una mujer, Clara Fortes/Davinia Silvana, aquejada de problemas psicológicos y de adicción a los estupefacientes que requiere de un informe médico para su salida del centro penitenciario en el que cumple condena por robo. Un plano está estructurado por un diálogo a cuatro bandas entre unos médicos y un inspector de policía. El otro, por sucesivas escenas retrospectivas protagonizadas por la susodicha en el que se revela información que sólo será sabida por los/as lectores/as.

El primer plano, digamos el dialógico, resulta pobre porque no consigue dotar de identidad a los interlocutores, meras palabras en busca de personajes. El médico jefe, así como el psicólogo y el psiquiatra (que se enzarzan en discusiones médicas de escaso interés) se esfuerzan por proporcionar un discurso científico y objetivo a los padecimientos mentales de la paciente. A este se le añade el relato del policía, para, en palabras de los participantes "unificar un informe". Sea como fuere, resulta evidente que el propósito de este plano es contrastarse con las vivencias tal y como son sentidas por la protagonista. 

En todo caso, el diálogo a cuatro bandas es envarado y poco convincente, como si estuviera recitado por cuatro malos actores. Esas repeticiones de palabras, esa proliferación de los adverbios, y de los adverbios terminados en -mente (que denotan una inseguridad no solo terminológica sino expresiva) y esos clichés lingüísticos de las que tantas veces he abominado contaminan de manera irrecuperable la naturalidad y la consiguiente verosimilitud de los participantes. Por no hablar de la insustancialidad de varias partes de esta gran conversación o de las erratas (he contado quince en mi ejemplar) que truncan frases de diálogo (a este respecto, la editorial Mercurio, como muchas otras, debería contemplar la posibilidad de contratar revisores y correctores, salvo que en vez de editorial prefieran denominarse imprenta. En definitiva, cuatro sombras que hablan, sin asomo de presencia efectiva ni personalidad tangible (con la tangibilidad, claro, que permiten las palabras).


-¿QUIERE AZÚCAR? 

-Gracias. Lo prefiero solo. 

-Ya saben ustedes lo que dicen del café. Que se debe tomar haciendo caso a lo que rezan sus iniciales. 

-¿Cómo es eso? 

-Ce de caliente, a de amargo, efe de fuerte y e de espeso, según unos, o de escaso, según defienden aquellos otros a los que les gusta tomar varias tazas repartidas a lo largo del día. Los buchitos, como dicen los cubanos. 

-No, no lo sabia. 

-Yo he decidido racionármelo. Únicamente en el desayuno y, luego, infusiones para después de la comida. 

-Pues yo sigo con el vicio. No puedo prescindir de él. 

-¿Me acerca la bandeja? 

-Tenga. 

-Gracias. ¿Usted no come? 

-De momento, no. Sólo el café solo. 

-Bien, pues de algunos datos disponemos ya para empezar a trazar un cuadro diagnóstico. Para empezar a reconfigurarlo, digo, porque, evidentemente, aún queda recorrido por delante. Pero la infancia y la adolescencia siempre son un campo fundamental que revela claves sobre las pautas del posterior comportamiento adulto. 

-Cierto, y más si de ese período quedan secuelas de situaciones traumáticas. Pero también son significativas las incidencias posteriores. En este sentido/    (ERRATA)

-Creo que suena un móvil. 

-Es el mío, gracias. Ya lo cojo. 

-En realidad, esto es como un rompecabezas. Hay que ir encajando las piezas. Pero primero hay que tener piezas que encajar. Todas, a ser posible. (...)

(Págs. 41-42)


 ...HABÍA SENTIDO ADMIRACIÓN. De ahí el pseudónimo. Davinia, porque sonaba a Divina, y Silvana, por Silvana Mangano. 

-¿Y dice usted que fue a consulta con una amiga? 

-Efectivamente, inspector. Una morena espectacular de ojos verde intenso. Ya les dije. 

-¿Recuerda su nombre? ¿Se llamaba Jana... Jana Febles...? Sí, ¿Jana Febles Pardo? 

-Pues no le puedo decir. Creo que, en aras de la confidencialidad, no lo consideré significativo, pero puedo repasar mis archivos por si consta el nombre. Sí recuerdo que dijo que era su amiga y que venía acompañándola. ¿Por qué lo pregunta? 

-Es que creo que a esa misma mujer tuve ocasión de interrogarla cuando la detención de Clara Fortes. O de Davinia Silvana, como prefieran. En el transcurso de la investigación del robo de los objetos del convento de Santa Catalina surgió alguien de sus mismas características físicas. Una mujer realmente espectacular, como usted la ha calificado, morena de pelo largo y ojos de un verdemar profundo. Pero resultó que no estaba implicada en el delito. Puede que se trate de la misma persona. En fin. Mera curiosidad. No me gusta dejar cabos sueltos. Ya digo, cosa de deformación profesional. Perdone. 

-Antes de seguir... ¿Intentó usted ponerse en contacto con los familiares de la paciente, con sus tíos, concretamente? 

-Por supuesto. Pero ella no quiso. De ninguna manera. Dijo que ya no vivía con ellos y que prefería que no supiesen nada (...) (Págs. 55-56) 

 

El plano retrospectivo es mucho más interesante. Aquí sí se ve, aunque el efecto no es uniforme, sino a fogonazos, que hay un escritor que se preocupa por el estilo. Se abandona el tono envarado (es posible que pensara que debía de corresponder al intercambio de información entre los especialistas de la salud y el policía) y se adopta uno más cercano al flujo del pensamiento, aun en estilo indirecto libre, reflejando de manera convincente el mundo interior de la reclusa, así como las alucinaciones tanto psicosomáticas como las producidas por las drogas. Esto no quita para aquí que Sabas Martín incurra también en clichés y repeticiones innecesarias, qué le vamos a hacer.

En relación con esto, me siento tentado a interpretar que la dualidad de planos implica oposición de discursos: un discurso científico, de pretensiones objetivistas, en el que el ser humano es tratado como paciente y no como agente, y otro subjetivo: sentimental y pasional, salvaje y débil. Pero en absoluto debe inferirse que uno es malo y el segundo, bueno. La visión que se infiere del segundo discurso es el de dominación y sumisión, de "amo y esclava", de violencia y engaño. La visión racional y el tratamiento correspondiente se ven impotentes para sanar una naturaleza humana tan fácilmente corrompible y subyugable.


(Davinia lo ve hacer. Ya sabe lo que prepara. Lo delata esa contenida excitación con que ha llegado a casa, la mirada acuosa de brillores y la impaciencia de los gestos. Nada más llegar, "Davinia", llamándola y anunciando su llegada. "Davinia, mira lo que traigo" y seguro que era buen material. El mismo ritual siempre cuando venía con ello. Llamándola y dirigiéndose con premura al saloncito donde ahora Davinia lo contempla. Sobre la mesa el espejo, la bolsita de polvo blanco que esparce sobre el cristal y, enseguida, los ademanes precisos dividiendo el polvo, los golpecitos rápidos y puntuales, mecánicamente repetitivos, los golpecitos con la tarjeta que alisan y distribuyen y reparten para que queden alineadas las rayitas en paralelo. Cada vez más frecuente esa operación. Más asidua. Más habitual. Una costumbre ya. Y Álvaro que se frota la encía con el polvo de nieve, que inhala, una, dos veces, volcado sobre el espejo en la mesa, que con dorso de la mano elimina los residuos que le manchan la nariz, y ahora le pasa a Davinia el canutillo del billete enrollado. La invita. La incita. Davinia no demora. Toma el canutillo y también inhala profundamente.) (Pág.72)


(Pero la ansiedad no disminuye. Esa ansia que la desasosiega y que le impulsa a buscar en las inmediaciones de ciertos clubes, discotecas, bares de copas. Merodeando hasta que algún indicio le revela que sí, que hay alguien que vende. Y la aproximación discreta, el trato rápido, las manos que se entrechocan e intercambian la bolsita de plástico por los billetes. La mercancía en su poder. Y enseguida el adentrarse en algún baño del club, del bar, de la discoteca, para inhalarla y sentirse pletórica, exultante, clarividente, vigorosa. Así. Así su ritual. Periódicamente. Así. Aplacando la desazón de su cuerpo y que por unos instantes desaparezca de su alma la angustia, el tormento, la agonía de los recuerdos. Álvaro. Álvaro siempre en su mente. Desde que la dejó. Desde que él se fue y ella ha regresado a la isla. Así, con discreción, en discotecas, bares y clubes. Satisfaciéndose secretamente en esos lugares. Hasta ahora que la necesidad, la urgencia que la apremia, la ha vuelto imprudente y prepara las rayas de nieve sobre el espejo que aguarda en la cama de su habitación. Y la cuchilla de afeitar dispuesta para en el filo de sus cortes revivir los recuerdos, los recuerdos con Álvaro, el sufrimiento y el daño convirtiéndose en un goce que la anega y la excita en la hondura de su sexo. Así hasta esa vez. La vez en que su tío la descubre.) (Págs. 87-88)


Es una novela que habría requerido mucho más trabajo para dar hondura a los interlocutores del diálogo médico-policial, lo que implicaría, además, una profunda reforma del lenguaje empleado. Asimismo, ignoro si es la visión tan desesperanzadora, encarnada en la protagonista-víctima, de la humanidad y de la sexualidad, la que pretende transmitirnos el autor o si también ha sido el resultado no calculado de una reflexión falta de mayor complejidad y sutileza sobre la naturaleza humana. Por tanto, en mi opinión, El informe Silvana no deja de ser una obra insuficiente e insatisfactoria.

EN DEFINITIVA, podría haber sido una novela interesante, pero la ejecución no estuvo a la altura del propósito, por mucho que el reseñador mencionado se haya empeñado en ceñir los laureles en las sienes del autor a toda costa y contra toda prudencia. 



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