domingo, 27 de octubre de 2019

'Corrección', de Thomas Bernhard

Vivir con la literatura puede no ser sencillo. A veces, se convierte en una forma de ocupación profesional o semiprofesional que le sustrae a su ejecutante mucho tiempo y le obliga a realizar sobreesfuerzos. En cambio, vivir de la literatura es una tarea poco menos que imposible salvo para una minoría. Y si añadimos el adverbio exclusivamente, entendiendo por tal vivir de la venta de la propia obra, aún más. No hay en esta reflexión ningún propósito normativo. Un literato puede trabajar toda la vida en el Ayuntamiento de Madrid como, por ejemplo, Luis Mateo Díez, escribir con normalidad y, lo que quizá sea más importante, publicar con regularidad. Para él, este trabajo de funcionario le proporciona independencia para escribir lo que le dé la gana. Otros podrían opinar que vivir de lo que se escribe es lo que proporciona tiempo para desarrollar una obra literaria de calidad.

En España, lo corriente es que escritores y escritoras combinen su actividad artística con un trabajo u oficio de cualquier tipo. Si no, dan clases de escritura o sobreviven de subvenciones encubiertas a base de charlas, talleres y demás quincalla que tienen a bien proporcionar aquellas administraciones con ínfulas culturales. Al fin y al cabo, los tiempos de la bohemia que implicaban un rechazo del sistema (económico, social, político) han quedado muy atrás, y lo que queda es una vaga reminiscencia del concepto romántico del autor como genio y una muy firme versión secularizada del concepto calvinista del éxito como demostración de la propia valía (en nuestros tiempos y en la jerga coaching: marca personal).

Podríamos resumir todo lo anterior es que los/las escritores/as se ganan la vida como pueden. Dada la fragmentación del mercado en lengua española, aquellos y aquellas escriben lo que pueden y viven como les dejen. Más o menos como siempre, y con los matices que la sociedad neoliberal y la web 2.0, íntimamente imbricadas, caracterizan nuestro tiempo. En clave local, tenemos la presencia personal constante en las redes sociales (Facebook, Twitter, Instagram, Youtube, etc.) y, en los casos más conspicuos, en las tribunas mediáticas tradicionales (prensa y radio, sobre todo, más alguna aparición en la televisión autonómica) y el apadrinamiento por algún partido político (todos tienen su grupito de artistas). Eso, los más populares, porque el desarrollo del mercado de publicaciones para "aprender a escribir una novela" ha conseguido que muchas personas alberguen la fantasía doppelgänger de que existe un/a escritor/a dentro a la espera de que se produzca el ansiado reconocimiento, ya sea con obra o sin ella. Estoy seguro de que el Ayuntamiento de mis lectores está lleno de novelistas a tiempo parcial.




Estas reflexiones vienen a propósito de la lectura de Corrección, de Thomas Bernhard. Más bien, por el autor, que supo combinar muy bien una obra en la que rechazaba, y odiaba, a Austria, a Viena, a la clase política y a los artistas con la aceptación de premios literarios en su país provenientes de aquellos a quienes mismo criticaba con tanta ferocidad. Podemos interpretarlo como  su victoria sobre los prejuicios político-literarios del mundillo literario o como cierta doblez de carácter moral de la que muy pocos escritores y artistas parecen haber escapado, ya a su pesar, ya con abierto gozo. Recordemos, sin ir más lejos, a Camilo José Cela y sus declaraciones sobre el premio Príncipe de Asturias o a Javier Cercas respecto del Planeta. Algo tiene el reconocimiento institucional (público como el primero o privado como el segundo), alguna calidad superior al aprecio de los lectores, y no solo en lo que respecta al beneficio monetario, que tuerce las voluntades aparentemente más inflexibles.

No obstante lo cual, e independientemente de ello, tengo que decir (y no es la primera vez), que las obras que he leído de Thomas Bernhard (es decir, sus traducciones) no han fallado en dejarme huella en forma de cierta sensación en el ánimo que a veces califico de escepticismo moral; otras, de una vaga melancolía teñida de misantropía con tendencia a perdurar.

A grandes rasgos, en Corrección, Bernhard nos cuenta a través de un narrador interpuesto la historia de la obsesión de un profesor universitario, Roithamer, por la construcción de un edificio, el Cono, a su hermana, que muere antes de habitarlo. Pero, sin duda, hay más. Esa narración contada por un amigo se desencadena por el suicidio de Roithamer en su tierra natal, Altensam, en uno de sus retornos periódicos desde Inglaterra. La novela está dividida en dos partes. En la primera, este amigo nos cuenta sus motivaciones, preocupaciones y recuerdos de Rotheimer, quien lo había nombrado albacea de su "legado". En la segunda, a partir de sus escritos, la voz de Roithamer habla en primera persona. El Cono, sus relaciones con sus hermanos y hermana, y con sus padres, sus reflexiones sobre la vida adquieren un relieve lleno de aristas ensangrentadas. Es un descenso a la mente de Roithamer en la que todo es sometida a la crítica cáustica y vitriólica tan propia de Bernhard

¿Y la prosa? Esas frases largas y sinuosas, llenas de aposiciones, ese rechazo al punto y seguido y, más aún, al punto y aparte. Ese flujo del pensamiento tan característico de los personajes de este autor. Más bien, del personaje que piensa: los demás solo figuran como objetos de su pensamiento. Incluso cuando otro personaje es su vocero. También, en determinadas escenas, esa monomanía con la que nos obliga a centrarnos en un asunto, y solo en él. Esa repetición de palabras que, al menos en el uso convencional del español (ignoro si ocurre lo mismo en el alemán) se suele rechazar sin pensar y que en su obra es un procedimiento estilístico definitorio.


Si estaba en Inglaterra, según él, pensaba continuamente sólo en eso, siempre y enseguida, cualquiera que fuese mi estado de ánimo, si estuviera en la buhardilla de los Höller y, por otra parte, le era evidente que ir a vivir para siempre a la buhardilla de los Höller no equivaldría a poder pensar siempre libremente y sin estorbos, en realidad, una, como él dice, infinita estancia en la buhardilla de los Höller, si es que esa infinita estancia en la buhardilla de los Höller hubiera sido posible, no habría conducido más que a su total aniquilación, si me quedo más de lo necesario en la buhardilla de los Höller, según él, iré, en el más breve de los plazos a mi perdición, acabaré por completo, ése era su pensamiento, por lo que siempre había permanecido en la buhardilla de los Höller sólo un período determinado, imprevisible para él mismo, pero, sin embargo, exactamente medido, el período ideal de permanencia en la buhardilla de los Höller debe de haber sido, para él, de catorce o quince días, como se desprende de sus notas, siempre sólo de catorce o quince días, al decimocuarto o decimoquinto día, así Höller, Roithamer había hecho siempre el equipaje con la velocidad del rayo y se había dirigido a Altensam, pero con frecuencia no para quedarse en Altensam un período bastante largo, sino el más breve de los períodos, lo mismo que siempre permanecía en Altensam el período más breve, el más necesario, no aguantaba en Altensam más que el más breve o más superbreve de los períodos, y había ocurrido que se alojara en casa de los Höller, sin duda con la intención de ir quince días después a Altensam y, después de catorce o quince días, en lugar de dirigirse a Altensam, donde estaba anunciado y lo esperaban, había vuelto directamente a Inglaterra desde la morada de los Höller en la garganta del Aurach (...) (Págs. 15-16)


No entendía nada de teatro ni de música, y tampoco tenía por ellos ninguna afición, pero para ella el teatro (en Linz) y la música (en Linz), porque asistía también a los conciertos bastante importantes de Linz, eran una oportunidad y un pretexto, y no sólo para abastecerse en la perfumería de Linz de toda la basura aromática imaginable (así mi padre), esas salidas al teatro y los conciertos eran también siempre un medio de probarnos sus conocimientos de arte y su necesidad de cultura, y sobre todo de humillar a mi padre con esas salidas, a ese, como decía ella siempre, hombre sin cultura, que no tiene la menor afición por el gran arte, de llamar la atención con esas salidas suyas que, así mi padre, costaban un montón de dinero, sobre su propia cultura. Pero, en realidad, nuestra madre no tenía ninguna cultura, ni la más mínima cultura, y nuestro padre, que realmente no tenía ninguna afición por una clase de cultura como la que ella tenía en la cabeza, y en eso tenía ella toda la razón, porque él no tenía ninguna afición, sólo por el hecho de que no tenía ninguna afición por esa clase de cultura, tenía cultura, así Roithamer. Mi padre, por lo menos, leía una y otra vez lo que se llama un buen libro, pero mi madre, durante todo el tiempo que estuve cerca de ella, así Roithamer, jamás leyó un buen libro, odiaba como la peste todo lo relacionado con los libros, especialmente los libros buenos, como decía ella misma, y había hecho siempre también todo lo posible para mantenernos alejados a nosotros, o sea, también a mis hermanos, de los llamados libros buenos, pero por principio de todos los libros, para no dejar que surgiera la posibilidad de acercarnos a libros buenos o a libros siquiera (...). (Págs. 260-261)

Permítanme resaltarles un gran párrafo que, intuyo, puede ser el eje de la ética del trabajo, por llamarla así, o del ánimo creador, poco menos que furibundo, del escritor austriaco:


Cuando estemos obsesionados por una idea, porque nos hemos ocupado de realizar esa idea, porque nos hemos ocupado de esa idea continua e ininterrumpidamente y siempre en el más alto grado, nos hemos concentrado siempre en esa idea (véase el Cono), no hemos sido ya más que concentración en esa idea, cuando podemos hacer realidad lo que hemos previsto, aunque nos hayan tenido por tan locos como quieran y nosotros mismos nos hayamos tenido por locos, por tener esa idea. Cuando, en contra de todo, se ha logrado la realización de la idea. Cuando no hemos escuchado nada durante años, durante decenios, sólo esa idea con la que somos idénticos. Sólo alcanzamos aquello en lo que nos concentramos al ciento por ciento y, de hecho, también con nuestro llamado subconsciente, cuando durante un tiempo larguísimo, hasta el momento de conseguir nuestro objetivo, no escuchamos más que ese objetivo. Cuando tenemos conciencia siempre del hecho de que todo ha conspirado siempre contra nuestro objetivo, de que todo, salvo nosotros y, muy a menudo, también muchas cosas dentro de nosotros, no es más que una conspiración contra nuestro proyecto, contra nuestro objetivo. Cuando somos despiadados y de lo más despiadado contra todo lo que obstaculiza nuestro trabajo hacia nuestro objetivo, lo que torpedea nuestro objetivo, cuando, en definitiva, tomamos posición contra nosotros mismos, porque tampoco nosotros creemos ya, en contra de toda esa resistencia y, por tanto, repugnancia hacia nuestro objetivo, que abarca, que lo abarca todo, poder alcanzar nuestro objetivo, porque continuamente nos vemos acometidos por las dudas sobre nosotros mismos y, por ello, de nuestro objetivo, y somos debilitados por esas dudas, lo que nos hace parecer imposible alcanzar nuestro objetivo, pero no debemos dejarnos apartar de nuestro objetivo por nada, nada está subrayado, lo mismo que yo jamás me he dejado apartar de mi objetivo, así Roithamer, porque, así Roithamer, todo está siempre en contra de todo objetivo. (Págs. 208-209)

No es una novela fácil, no diría que tampoco que es una novela exquisita o sublime. Quizá tiene esos atributos, pero me resisto a utilizar esas palabras tan propias de periodismo cultural. Es, en cambio, cognitiva y moral; es transformadora. Mucho más dura de lo que parece en un primer momento. La soledad, la amistad, el odio, el desprecio, toda esos sentimientos, que se mimetizan con el entorno físico o familiar o son causados por este. Utilizando una metáfora corriente, diría que Bernhard corta en canal la mente de Roithamer (y también del narrador anónimo) para permitirnos ver sus vacilaciones, pasiones, dudas y obsesiones. Que son, cómo no, también las nuestras, porque pasamos más tiempo obsesionados con las miserias y anhelos que nos persiguen dentro de nuestra cabeza que siendo (o intentando ser) sublimes o exquisitos. Y menos mal. 

Espero, aunque creo que no lo estoy consiguiendo del todo, no caer en ese maniqueísmo que subyace a las obras que he leído de este autor, en cuanto que las disyuntivas morales parecen, a veces, demasiado rígidas. En todo caso, me reconozco en esa humanidad que tan bien describe y analiza Thomas Bernhard.




















jueves, 10 de octubre de 2019

Campanadas de iglesia de barrio


Pensaba esperar unos cuantos días más, cuando hubiese vuelto a la oficina después del mes de vacaciones, para leer alguna novelita de autoría local y reseñarla, así tuvieran algo de lo que regocijarse (¿escandalizarse?) tras este lapso transcurrido sin noticias mías. No obstante, después de comer (pasta rellena de espinacas y una enorme y antivegetariana salchicha alemana de dimensiones BBC) decidí, en cambio, compartir con Vds. algunas reflexiones de tinte literario, quizá un tanto desaforadas, a la manera que tienen algunas iglesias de barrio de anunciar la misa, que bien podría confundirse con jolgorio secular.

Esta decisión, como pueden deducir, no la tomé en esos instantes previos al sueño nocturno, de cuya influencia en el proceso creativo tanto desconfiaba Raymond Chandler (1), sino a plena luz del día, por lo que merece credibilidad diurna. Cuando no estamos cansados, con los sentidos aguzados, la razón es un superyó riguroso, un déspota no del todo benigno que permite muy pocas iniciativas descabelladas. Me permito aventurar la hipótesis de que ninguna obra maestra literaria se haya escrito a las once de la mañana.

Por el día, nos permitimos poco, demasiado maniatados por la cordura y la prudencia; estreñidos por el sentido común. Por la noche, todo parece posible para nuestra voluntad, incluso para el más mentecato. La luz nos disfraza de sirvientes de lo posible, pero gracias a la oscuridad soñamos, o mejor dicho, recordamos que somos "reyes con trajes dorados a lomos de elefantes" (2). 


Así, puedo contarles que estas semanas de ausencia me han servido para comprobar que Juan Benet y Gabriel García Márquez publicaron el mismo año las novelas (Volverás a Región y Cien años de soledad, respectivamente) que los encumbraron en la historia de la literatura. Del mismo modo, en ambas novelas se usa una comparación paleozoica:



A medida que el camino se ondula y encrespa el paisaje cambia: al monte bajo suceden esas praderas amplias (por donde se dice que pasta una raza salvaje de caballos enanos) de peligroso aspecto, erizadas y atravesadas por las crestas azuladas y fétidas de la caliza carbonífera, semejantes al espinazo de un monstruo cuaternario que deja transcurrir su letargo con la cabeza hundida en el pantano. (Volverás a Región)

Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. (Cien años de soledad)

52 años después de su publicación, leo Volverás a Región, y me atrae esa prosa de frases largas y enrevesadas, y esas comparaciones insólitas y ese olvido de lo fácil, no porque lo fácil sea fácil y lo difícil me hará grande, sino porque hay cosas (tanto físicas como abstractas) que solo se pueden contar de (con) una forma determinada, como señala, entre otros, de manera muy convincente Martha C. Nussbaum (3). De Cien años de soledad, qué les voy a contar que no se sepa ya y no se haya contado en infinitas repeticiones y variaciones, salvo que la descubrí con catorce años y la leí 5 o 6 veces hasta los 20. Me gusta imaginar que yace ahí, en el cerebro, inserta durante mi proceso de maduración en adulto en alguna protuberancia caliginosa. A veces, achaco mi precipitación en el habla, esos traspiés lingüísticos en los que incurro en el peor momento, en que Cien años de soledad presiona, cuando me pongo nervioso o me disgusto, el área de Broca. 

Al mismo tiempo que la de Benet, pero a mayor ritmo, estoy también con otra novela difícil: Corrección, de Thomas Bernhard. Si es lector/a, léala (antes, durante o después de Tala: para lo bueno siempre debe haber tiempo); si quiere ser escritor/a, absténgase hasta que ya esté formado/a literariamente (en la medida que se pueda afirmar eso) y haya perdido de modo definitivo la fe en la cultura como mecanismo de redención de la Humanidad; o, quizá, pueda vivir del oficio (a ser posible, sin dar clases de escritura, por favor). Bernhard, como Borges, es nocivo para el estilo propio (traductor mediante): frente a un parásito letal para el huésped como este, debe el aspirante a escritor/a vacunarse primero, so pena de convertirse en un epígono ridículo o, lo que no sé si es peor, como la carcasa humana de La cosa (4): el títere de un ente. Maten a Borges, que dijo Witold Gombrowicz. Maten a Bernhard, añadiría yo. En todo caso, mejor imítenlos, tírenlo todo y comiencen de nuevo. Y con ese todo, también la cursilería, la pretenciosidad y, si me apuran, el buenrollismo caza-contactos de cóctel y canapé.


Eso sí, he acabado una ¿novela? ¿manual de literatura? ¿Una mavela? Rafael Reig me sorprende gratamente con su Señales de humo. Manual de literatura para caníbales I (2016). Amena y erudita, quizá excesivamente dicotómica y sesgada a la hora de criticar y juzgar la literatura española y sus figuras señeras (institucionalizadas), como señala Vicente Luis Mora, esta obra merece atención y respeto, por su amor a la literatura y por su voluntario carácter polémico. Sobre todo para aquellos/as que consideramos que la cultura popular no es, como se pretende a veces, la cultura de masas, esputo de la industria cultural, y así poder compararla (subestimarla/ningunearla) frente a la alta cultura. El tiempo, además, escasea para dedicarlo a las porquerías, a los productos de consumo cultural, abrevadero para los consumidores culturales, de los que está inundado el mercado. Por otro lado, y aunque no venga a cuento, Rafael Reig gozaba, en su faceta de crítico literario, de una humorística mala leche que me regocija, para qué lo voy a negar (5).


Sin embargo, el grueso de mi actividad lectora no ha recaído en la ficción; más bien, y quizá el clima político patrio y local tienen algo que ver, la política y la historia han sido los asuntos en que me he ocupado con mayor extensión. Me interesa saber cómo se puede concebir un partido político democrático sin que ninguna de las tres partes resulte antinómica con respecto de las otras dos. ¿Debe un partido político, en aras de la eficacia electoral, ser no democrático como suelen serlo en la práctica (a pesar de sus estatutos)? ¿Puede no serlo? ¿Resulta inexorable la ley de hierro de la oligarquía, tal y como la expuso Michels? ¿Es Podemos el ejemplo palmario de que es imposible organizar un partido con estructuras democráticas reales? ¿Es el tipo de organización denominado partido capaz de sostener de manera coherente demandas políticas del demos y hablar en su nombre? Platón, Rancière, Castoriadis, Traverso y otros me llevan a la melancolía política, la melancolía propia de la izquierda . 

Tiempos estos en que el concepto utopía sufre de mala fama, y el adjetivo utópico se aplica de inmediato, con carga peyorativa, a cualquier proyecto, a cualquier visión alternativa a las sociedades capitalistas existentes. Como si el ser humano hubiese apurado todas las posibilidades de construir un mundo diferente y mejor. A este respecto, llevo leído un cuarto de McMafia (2008), del periodista británico Misha Glenny (hay serie de TV) que plasma de lo que es capaz de sí este nuevo mundo feliz, ya sin utopías, casi sin esperanza.







(1) CHANDLER, R. El simple arte de escribir.
(2) CHEEVER, J. La geometría del amor. (El marido rural)
(3) NUSSBAUM, M. El conocimiento del amor.
(4) La cosa (1982), dirigida por John Carpenter.
(5) REIG, R. Visto para sentencia.
(6) TRAVERSO, E. Melancolía de la izquierda.



miércoles, 18 de septiembre de 2019

'El último barco', de Domingo Villar

Siempre digo que esta será la última vez, pero heme aquí otra vez escribiendo una recensión de una novela policiaca-negra-thriller-noir-scandinavian/mediterranean/atlantic black o lo que más gusto les dé. Es posible que, dado el gusto mayoritario por novelas en las que la tranquilizadora justicia poética deje satisfechos a los lectores y no perturbe su timorata visión del mundo, el marketing editorial se centre en obras de este tipo, que responden a una estructura y a unos personajes tan estereotipados. Debe de haber algún estudio categorizador de la literatura de este tipo, a la manera en que Vladimir Propp analizó los cuentos populares europeos, pero aquí confieso mi ignorancia.

A este respecto, la crítica debo dirigírmela a mí mismo. A pesar de que en este espacio he reseñado de lo más variopinto, creo que ha sido mi natural pereza y mi propensión a la autoindulgencia lo que me ha hecho decantarme a veces por títulos privilegiadamente publicitados. Al fin y al cabo, a algún lado he de mirar para buscar, y lo que siempre se tiene a mano son los medios de comunicación: el sesgo editorial respecto de la novela negra ha tenido como consecuencia indeseada mi propio sesgo respecto de mis reseñas. Les aseguro, no obstante, que me he resistido a leer títulos demasiado populares. Quizá eso me ha impedido ganar lectores/as, pero ya son legión las reseñadoras/es que le hacen el juego a las grandes (o no tan grandes) editoriales. Algunos/as, me parece, se ofrecen demasiado barato.

En otro orden de cosas, decía el otro día en Facebook nuestro querido Emilio González Déniz, respecto de la denuncia que algunos hemos lanzado sobre el patente conturbernio reseñador en los medios de comunicación e Internet, que nada de malo había en "saludar" las nuevas obras de los "amigos". Obviaba decir, y no me refiero de forma específica a sus saludos, que muchos de estos mensajeros de la buena nueva no se limitan a saludar con desparpajo, sino que se atrincheran en el ditirambo. A veces, hasta extremos empalagosos. Asimismo, salvo que se tenga una visión muy acomplejada de las capacidades creativas en Canarias, no habría que tener miedo de criticar esa producción artístico-cultural. El mejor favor que le podemos hacer a los/las artistas, sobre todo a los locales, es señalarles lo que, en opinión del crítico/a, son los defectos y puntos ciegos, y, en su caso, reconocerles el mérito de lo valioso. En Canarias, me temo, ha predominado el "saludo" alborozado, un tanto jocundo y, al mismo tiempo, hipócrita, y se ha arrinconado, como consecuencia, la crítica, que sigue padeciendo descrédito. Así no se protege el arte, la cultura o la creatividad. Más bien, se enaltece la mediocridad.

En ese sentido, es curioso cómo González Déniz y otros señalan de forma repetida, casi como una jeremiada, que "no hay crítica" en Canarias, o que, si existe alguna, es de mala calidad. Esa crítica (buena, mala o regular), en todo caso, los ha reprimido de prodigar nuevos saludos, por lo que, al parecer, están bastante disgustados. Supongo, por tanto, que González Déniz y compañía están deseando incorporarse a la creación de ese repertorio crítico literario que tanto echan en falta aunque, la verdad sea dicha, dudo que su llegada sea inminente.

Tras este preámbulo un tanto oscuro, la novela de hoy es:




El último barco es, como para decir otra cosa, una novela policiaca. Hasta aquí y durante un rato, la sorpresa resulta escasa. El argumento consiste en la investigación a cargo de la policía de la desaparición de una mujer joven. El protagonista es un inspector (el cerebro), acompañado del habitual agente (el músculo), del habitual forense  y del habitual comisario. También está su padre, el padre de la desaparecida y algunos personajes secundarios más también bastante comunes. Más visto que una camisa a rayas.

La originalidad es, ya lo ven, nula. Sin embargo, Domingo Villar crea un elenco de personajes que no por más vistos resultan menos creíbles. Es curioso que, a partir de una materia prima tan tópica, el autor sea capaz de crear unos personajes con vitalidad, algunos incluso entrañables. Además, los diálogos están bien construidos, son ágiles y vivaces. Gran parte de la trama descansa sobre ellos. Así, con estos mimbres, la novela discurre de forma más que aceptable, sin que la enturbie demasiado algún adjetivo o frase fútil aquí y allá. 

Aun siendo minucioso, a veces en exceso, en las descripciones, la novela no llega a aburrir. También es cierto que se puede abandonar en un momento determinado y retomarla al cabo de tres meses (como ha sido mi caso) sin olvidarse uno de nada ni sentir nostalgia. Eso habla bien y mal. Bien, porque los componentes de la novela están bien delineados. Cada personaje tiene una función precisa y el desarrollo del argumento es nítido. Vamos, que no nos perdemos en tramas secundarios, callejones sin salida o meditaciones pascalianas. Mal, porque nos da una pista del nivel de complejidad: un bajío filosófico/existencial.



La calle le recibió con frío y las farolas encendidas. El inspector bajó caminando con las manos en los bolsillos hasta el paseo de Alfonso XIII y, a la altura de la estatua de la ninfa y el dragón, se apoyó en la barandilla para contemplar el mar sobre el antiguo barrio de los pescadores. Un trasatlántico iluminado en mitad de la ría avanzaba hacia el puerto con su cargamento de turistas. Sin embargo, Caldas miraba más allá, a la orilla de enfrente, al litoral de Tirán, cuyo perfil comenzaba a insinuarse al amanecer. 
Al llegar a la comisaría fue a servirse un café a la sala contigua. Le agradaba el olor del café recién hecho, pero lo que más le gustaba era ver cómo el hilo del café iba formando al caer una capa de espuma en la superficie. Regresó a su despacho y buscó un hueco entre los papeles. Después se sentó con la intención de aprovechar la calma de la primera hora para poner en orden sus ideas y fue enumerando mentalmente los pasos que se proponía dar para localizar a la chica. (Pág. 204)

Caldas llegó al vestíbulo y miró hacia arriba, a la cámara que enfocaba a la entrada, antes de dirigirse a la secretaría. El hombre y la mujer que trabajaban allí volvían a estar concentrados en sus ordenadores. Separada de ellos por una mampara de cristal estaba una de las ordenanzas de la escuela. 
El inspector se identificó y ella se brindó a ayudarle en todo lo que estuviese en su mano. Sabía que estaban buscando a Mónica Andrade. 
-¿Seguro que la cámara de la puerta no graba? -quiso saber Caldas. 
-Completamente -le respondió la ordenanza. Se llamaba María, era una mujer alta, con el pelo largo y rojizo, un fular alrededor del cuello y una sonrisa franca que le atravesaba el rostro de lado a lado. (Pág. 314)

-Lleváis mucho tiempo aquí? 
-Poco -dijo Caldas. 
Rafael Estévez seguía dentro del coche. 
-Así que eres Estévez -dijo el padre cuando Caldas se lo presentó, al tenderle la mano a través de la ventanilla-. Leo me ha hablado de ti. ¿Os quedáis a cenar? 
Estévez miro al inspector. No quería desairar al padre, pero habían quedado en regresar cuanto antes. 
-No -respondió Caldas-, solo venía a comprobar que estabas bien. 
-¿Por qué no iba a estar bien? 
-Te he llamado por teléfono veinte veces. 
-Estaba fuera, Leo. No podía contestar. 
-¿Y el móvil? 
-En casa -dijo, con naturalidad. 
-¿Por qué no te lo llevas contigo? 
-Si salgo a coger setas es para estar tranquilo -dijo el padre levantando la cesta. 
-¿Ha ido a por setas? -se interesó Estévez, estirando el cuello. 
-Sí. 
-¿Hay muchas? 
-Depende del día -dijo el padre. 
-¿Dónde las coge? -quiso saber el aragonés. 
El padre de Caldas no era de los que revelaban sus secretos. 
-En el monte. 
-Estévez no se dio por vencido y señaló a la oscuridad. 
-¿Por ahí? 
-O por otro lado -respondió. 
-¿Y ha cogido muchas? 
El Padre de Caldas meneó la cabeza para indicar que no había sido la mejor cosecha. (Págs. 351 y 352)

Eso sí, a pesar, digamos, de la eficacia narrativa de Domingo Villar, tampoco esperen una prosa exuberante, barroca, neo-gótica o expresionismo abstracto. Tampoco, ínfulas metaliterarias posmodernas. Todo lo contrario. A pesar de la extensión de la novela, el autor se esfuerza en ser preciso, casi minucioso, pero no sin intención alguna de hacernos difícil la lectura, mucho menos farragosa: podemos definir su estilo como perteneciente a ese naturalismo estándar del siglo XXI. Algo que ha contribuido, sin duda, al éxito (al parecer) del que ha disfrutado El último barco.

En penúltimo lugar, a diferencia de otros autores, que pretenden, o proclaman, que la novela negra en general, y las suyas en particular, constituyen el epítome de la denuncia social en clave artística, Domingo Villar desdeña tales aspiraciones. Lo suyo es la presentación, nudo y desenlace limpios de un suceso policial. Eso sí, se evidencia un notable esfuerzo por imprimir algo de color local a la novela, lo que se agradece, no obstante.

EN DEFINITIVA, querido público, El último barco se lee bien, entretiene y no aburre, da lo que pide al que compra novela policiaca y, además, abulta mucho, por lo que pueden presumir de ser lectores avezados ante deudos y allegados. Es tópica, como he dicho, en su estructura y contenido, pero la prosa está bastante depurada y no suscita ese tipo de sonrojo que encuentro tan a menudo en este tipo de literatura. Si, en cambio, buscan otro tipo de complejidades que no sean las detectivescas, en esta novela no la van a encontrar.





lunes, 9 de septiembre de 2019

'Los cinco y yo', de Antonio Orejudo

Muchos años han pasado desde que se publicara Ventajas de viajar en tren, de Antonio Orejudo. Solo unos meses desde que este reseñador la leyera, por lo que la lectura de Los cinco y yo no experimenta el lapso de tiempo natural ni se han metabolizado las obras entre medias. Puede ser engañosa la experiencia de leer en un tiempo condensado lo que tardó años en gestarse. Igual que si leemos en un trimestre las obras completas de cualquier autor o autora. Por otro lado, es posible que esa misma compresión temporal nos permita reconocer mejor las diferencias, la evolución o la regresión de aquellos/as.

Por lo que he leído por ahí, y no solo en los comentarios perpetrados por fajilleros o entusiastas a sueldo, la novela ha gustado mucho a las personas +40. No me extraña: Orejudo mezcla con habilidad la experiencia iniciática lectora de la generación de los 60 (y de los 70, diría yo) plasmada en la extensa obra de Enid Blyton, con Los cinco como portaestandarte, con un fresco un tanto costumbrista y bastante nostálgico de aquella época.





Así, es posible que cuarentones/as y cincuentones/as o, en otras palabras, esas personas que estamos pasando por el mejor momento de nuestras vidas, que también se sitúan en un tramo consumidor conspicuo y persistente de añoranzas manufacturadas, disfruten una enormidad de esta novela-biografía de ficción-autobiografía. Sin embargo, Orejudo no es tan complaciente como podría presumirse. Aquí y allá, eso sí, sin llegar a ser acerbo, critica y lamenta la mansedumbre y apocamiento de su generación ante la anterior que ocupó el poder tras la Transición. 

Además, Orejudo, mediante el recurso a un autor dentro de la novela, inventa una nueva historia para aquellos cinco (mejor, cuatro porque el perro no tiene demasiado recorrido), ya adultos. O envejecidos. Con una visión desencantadora, los cinco (cuatro) se encuentran (y con ellos, nosotros mismos), ante lo que Santiago Alba Rico y Carlos Fernández Liria (citando a Günter Anders) denominan "desnivel prometeico"(1). Es decir, no importa cuánto empeño pongamos en ser justos, solidarios y ecologistas que todo lo que hagamos para conseguirlo no hace más que contribuir a la injusticia, insolidaridad y desastre ecológico planetario. No hay manera de evitarlo.

Esa es, al fin y al cabo, la lectura política y moral más importante, que no es poca, que puedo hacer de ese desencantamiento del mundo blytoniano, aparte de su clasismo, racismo, etc. que ya se señala en la obra.

Por otro lado, Los cinco y yo, entretiene a ratos. Y también a ratos tiene esa gracia y ese ingenio que en Ventajas de viajar en tren constituían sus características definitorias. Sin embargo, rara vez sorprende, y bien se puede abandonar en cualquier momento sin que la echemos de menos. Como si Orejudo se encontrara cómodo, pero se dejara llevar por esa comodidad; como si conociera bien eso que se llama el oficio, pero que esa misma seguridad mellara la capacidad de innovación y de riesgo. Hay una promesa en la novela que no llega a encarnarse, por muchos recursos narrativos y metaliterarios que emplee. Falta, metafóricamente hablando, un puñetazo final en la mandíbula, y no me refiero a un final extravagante o dramático, sino, siguiendo con las metáforas, a otra vuelta de tuerca.


En España, por el contrario, Enid Blyton es una de las pocas señas de identidad que tiene mi generación, la de los nacidos en los sesenta, la década en la que todo cambió sin que eso nos haya afectado a nosotros, que no tenemos narrativa ni características singulares. En la Transición éramos demasiado jóvenes para andar pensando en ocupar posiciones de poder y la Gran Recesión nos ha pillado demasiado viejos para protagonizar el relevo. Aunque no participamos en las protestas de 1968, compartimos valores y prejuicios con quienes sí lo hicieron, nuestros hermanos mayores, a quienes admiramos y detestamos al mismo tiempo. No somos como ellos, pero tampoco somos muy diferentes; nos hemos quedado un poco a la mitad de todo, en tierra de nadie. Somos el furgón de cola, un pelotón muy numeroso de benjamines que ha llegado tarde a todo. Leer las aventuras de Los Cinco es probablemente el único placer de nuestra infancia que nuestros hermanos mayores no experimentaron antes. (Pág. 23)

Que todavía no hubiéramos escrito una línea de esa obra que marcaría un antes y un después en la literatura occidental era solo una cuestión de tiempo, un detalle sin importancia que pronto quedaría corregido. Porque en realidad la novela que renovaría el panorama literario español -y quizás incluso el universal- ya la teníamos en la cabeza. Es cierto que no sabíamos de qué iba, que desconocíamos el argumento y la identidad de los personajes, pero todo eso eran detalles sin importancia que se irían corrigiendo también de un modo natural, como el crecimiento de un feto. La potencia de nuestro genio, que cada uno de nosotros sentía en su interior y entreveía en el del otro, explotaría en el momento oportuno sin que nosotros tuviéramos que mover un dedo, y haría añicos el statu quo de la literatura española, y quizás también de la universal. (...) La escritura de esa obra sería una secreción natural de nuestro talento, considerado una glándula que entraría en funcionamiento cuando llegara el momento, como la hipófisis. (Págs. 121-122)


-Siempre hay que pensar en el público -decía-; y desconfío de los escritores que no lo hacen porque es mentira. Y si mienten en eso, pueden mentir en todo lo demás. ¡Claro que escriben pensando en los lectores! Si no lo hicieran, inventarían un idioma secreto que sólo comprendieran ellos. Usar una lengua implica un reconocimiento del otro y un deseo de ser entendido por él. 
Según Reig, a partir de este reconocimiento había diferentes niveles de cesión. Desde no concederle al lector nada que fuera más allá del idioma común hasta transigir con todos sus deseos y escribir una literatura sintácticamente simple y destinada únicamente a su entretenimiento. Algunas veces esta concepción intrascendente de la literatura se disfrazaba bajo un marbete genérico de prestigio -novela policiaca o novela negra-, que blanqueaba una intención vergonzante de entretener sin más. Era la coartada ideológica de la novela negra. Así la llamaba él: la coartada ideológica. Había pasado de considerar que toda buena novela debía ser una novela policiaca, como solíamos decir en los tiempos de la universidad, a considerar que se trataba de un género tan idealizado como las novelas pastoriles. (Pág. 165)


Puede decirse, sin volverse uno demasiado trascendente, que en ocasiones, como las buenas novelas, esta incita a la reflexión. Pero no mucho. Eso es lo malo. Es por esto por lo que he escrito que me parece una promesa incumplida: un retrato con crítica incorporada de la generación cincuentona (y cuarentona) que ha asistido atónita y también impávida a todo cuanto acontece a su alrededor; generaciones (incluyo a las dos) que han asistido al cambio de paradigmas económicos y políticos sin decir ni mu, cuando no se han refugiado en ese mundo idealizado de la niñez y adolescencia (que podemos ampliar casi hasta la edad de los 30), que coincidió con los años 80. Así, todo ese reguero de grupos y conciertos musicales y remakes de películas en memoria de o en tributo a no deja de ser un síntoma de estancamiento emocional y de impotencia política que hasta el 15—M y el advenimiento de una nueva generación más activista habían sido, grosso modo, los rasgos fundamentales de nuestro país.





(1) Cf. ALBA RICO, S. y FERNÁNDEZ LIRIA, C. El naufragio del hombre. Hondarribia: Editorial Hiru, 2010.

miércoles, 28 de agosto de 2019

'Datana', de Carlos González Sosa

Alberto Olmos suele escribir artículos cultos con una prosa divertida, incluso frívola. Muchas veces, son también lúcidos. No obstante, y creo que es el problema del articulista profesional (o no profesional, pero habitual), da la impresión de que no quiere dejar resquicio a la duda, de que sus convicciones son inasaltables y de que estas han pasado todos los tests contra las falacias. 

En este artículo, Olmos carga contra la pretendida "superioridad moral" de aquellos que rechazan que un ayuntamiento pague, subvencione o se haga cargo del caché de artistas que cantan canciones supuestamente machistas. Aparte de hacer una teoría de la mente harto sesgada y ridiculizadora sobre estos opositores, que según él están todos aquejados de "infantilismo" o son unos "zumbados", Olmos tira del recurso a la Cultura Sacrosanta en lo que se refiere a la inconveniencia, o más bien, impertinencia de criticar cualquier tipo de creación artística por criterios no artísticos. A continuación, cita y enumera unas cuantas letras que vendrían a demostrar que no existe letra machista sino expresión artística libre, que no hay desprecio a la mujer porque el arte o la cultura es otra cosa, más relacionada con Lope de Vega que con los valores de una sociedad (ya sea para transgredirlos). Una cosa que, claro, los "zumbados" no entenderán jamás.

Es intuitivamente sencillo llegar a la conclusión, así, de que si a tal Ayuntamiento no le gustan las letras por ese motivo no solo estará incurriendo en un error de juicio al intentar juzgar en clave moral lo que solo puede valorarse por sus méritos artísticos, sino que si rechaza que se canten en un espectáculo pagado por él incurre en el nefando vicio de la censura. Oh, horror.

Sin embargo, Olmos no lleva esta argumentación hasta el final. Si no se puede juzgar una canción (o cualquier tipo de producción artística) por su contenido, entonces cualquier canción, cualquier letra de una canción podría ser admisible en un concierto o festival pagado con fondos públicos. Como leemos que Olmos también hace referencia a la calidad de la canción, introduzcamos ese factor. ¿Sería admisible que un Ayuntamiento, que como cualquier institución representativa democrática representa a todos los ciudadanos, fuera el organizador, subvencionador o colaborador de un concierto cuyas canciones, de exquisitos sonidos y rimas, promovieran el exterminio masivo de los musulmanes? ¿O de los judíos? ¿O de los católicos? ¿O de los ateos?

O imaginemos una película sufragada por el Cabildo de Gran Canaria que afirme, de modo muy kubrickiano, con esos puntos de fuga y esas divisiones de pantalla, que la conquista de la isla por los Reyes Católicos estuvo justificada por la conducta licenciosa de los aborígenes. Aborígenes que, además, habrían sido los responsables de su muerte por la espada y la ballesta por oponerse a la llegada de la civilización. 

Por último, en un desquiciado alarde de fantasía, pensemos en un Ayuntamiento que, por un lado, promueva políticas de igualdad de género y que colabore con otras administraciones en la lucha contra la discriminación y la violencia sobre la mujer. Por otro lado, comprobemos que, de manera simultánea, se hace cargo de un festival de música (o de ópera, por qué no) en el que diversas manifestaciones musicales insisten, artísticamente, eso sí, en perpetuar esos mismos roles y en fomentar esa misma actitud respecto de las mujeres contra las que ha actuado, hasta entonces, de forma coherente. ¿Sería lógico? ¿Sería deseable?

Es probable, y eso es algo que Olmos no tiene en cuenta, que la raíz del problema no se encuentre en que unos están empeñados en censurar, en cortar las manos a los guitarristas y la lengua a los cantantes, pues opiniones a favor y en contra de cualquier asunto, con mejores o peores argumentos, habrá casi siempre. El problema puede ser que hayamos naturalizado que sea el Ayuntamiento de turno, o el Cabildo, o el Gobierno de la Comunidad, incluso el Ministerio quienes deban hacerse cargo, por un lado, del ocio y de los pasatiempos de los ciudadanos, y, por otro, de la Cultura (entendida en el sentido artístico). A veces, claro, se confunden, pero esto no es óbice para que nos preguntemos el por qué de esa responsabilidades asumidas como propias. Hasta tal punto que parece a veces imposible pensar que existan ocio, cultura y arte fuera de las instituciones públicas. 

Si hay vecinos del barrio X, o de la ciudad Y que están convencidos de que necesitan el espectáculo o el divertimento que les proporciona Z, nada les impide que se unan para pagarlo. Si un promotor privado está convencido de que satisfará con éxito la picazón de un grupo de ciudadanos por tal o cual manifestación cultural es muy libre de traer a los artistas que considere adecuados, y que cobre entrada. Es posible que haya quienes piensen que tienen derecho a ver a U2 en una ciudad de provincias, pero hasta que cosas así no están reconocidos en un texto legal, las diversas administraciones públicas tienen que hacer frente, con un erario limitado, a un conjunto de necesidades más básicas de gran parte de la ciudadanía. Pensar que es el Ayuntamiento o el Cabildo el encargado por defecto de satisfacer las variadas ansias de diversión, me parece, a mí, un tanto infantil. Culparle, además, por actuar de forma coherente, es injusto.







De la conquista de Gran Canaria trata la reseña de hoy. Datana, una novela de Carlos González Sosa, aborda ese momento histórico. La segunda de una trilogía llamada Sangre, compuesta, además, por La madera contra el acero y por Hijos del sol. Hemos llegado a un punto que si uno no escribe trilogías no es nadie en el mundillo. 

Datana narra los avatares de la invasión y conquista castellana de Gran Canaria, la resistencia aborigen y la subyugación final. En este sentido, como en casi todas las novelas históricas, no hay sorpresa, pues el final es harto conocido. Su propósito debería ser otro: proporcionar materia para la reflexión, al situar los hechos acaecidos en ese pasado bajo un prisma diferente. Además, dada la persistencia política del nacionalismo canario, aunque haya sido de baja intensidad y de un propósito de cobertura para alcanzar el poder regional, como el de Coalición Canaria, la existencia de grupúsculos independentistas y la breve historia de un movimiento terrorista, una novela como esta podría dar pie a interesantes debates sobre las diferentes sociedades isleñas, como el supuesto "síndrome del colonizado", el malinchismo, las cuestiones identitarias que tienen que ver con que una parte significativa de la población desciende por vía materna de aquellos pobladores; también, en relación con lo anterior, cierta ambivalencia respecto del pasado, que se manifiesta en que se celebren tanto la fundación de, por ejemplo, la ciudad de LPGC, y también de lo que ha quedado del legado aborigen con esculturas, cuadros y parques; la secular sensación de diferenciación respecto de la España peninsular, y no por cuestiones geográficas, etc., que se encarna en, entre otras cosas, en el acento y el habla. Asimismo, qué significa y qué consecuencias produce una conquista, qué significa ese orgullo que algunos dicen sentir cuando se habla del imperio español (o de cualquier otro), tan de moda últimamente por la aparición como actor político nacional de un partido nostálgico como VOX.

Apenas nada de eso, me temo, se suscitará con la lectura de Datana. Aun siendo una novela amena, sencilla de leer, con una aceptable selección de escenas (algunas demasiado esquemáticas) que forman el espinazo de la obra, que al menos nunca aburre, y con una prosa aceptable (aunque aquejada con frecuencia por nuestras queridas expresiones y frases hechas tipo "gentil reverencia", "armados hasta los dientes", "ganarse a pulso", " inigualable arrojo", "encogerse el estómago", "perdidamente enamorado", "desde la más tierna infancia", y demás), Datana no consigue trascender el relato, ya asumido e interiorizado, de conquistadores y conquistados en una dualidad en la que apenas se introducen matices. González muestra un conjunto de personajes atribuyéndoles características que no los hacen muy complejos. Asi, Juan Rejón es cruel y colérico, Doramas es valiente, Pedro de Vera, ladino, etc. La humanidad literaria, la que hace que un escritor o escritora nos abra un espacio para que nos miremos a nosotros mismos y al mundo, está ausente. Es, como si dijerámos, historia con diálogos, con un tono, en varios momentos, grandilocuente en exceso.

El cabello de Doramas descansaba sobre sus hombros. Pese a haber nacido entre los trasquilados -una clase social baja a la que no se permitía llevar el cabello largo-, aquel guerrero aborigen se había ganado a pulso un puesto entre la nobleza de la isla. Sus magníficas dotes como estratega y su inigualable arrojo en la batalla habían conseguido que muchos canarios se uniesen a él en la defensa de Gran Canaria desde que Diego de Herrera comenzase sus incursiones desde Lanzarote. En todo aquel tiempo, había logrado crear una horda de guerreros tan poderosa que llegaba incluso a hacer sombra a las de los guayres que la isla había designado para su defensa. Aquel tesón y aquel carisma llevaron al Guanarteme Engoynaga a hacerlo llamar y nombrarlo guayre de Agáldar, la mitad norte de la isla. Aquello no hizo más que acrecentar su fama, y cada día más guerreros se unían a él. Desde entonces, lucía con orgullo una larga cabellera. Por vez primera, alguien había logrado doblegar los férreos dictámenes de la nobleza. (Págs 22-23)

La victoria de los conquistadores en la Batalla del Guiniguada había supuesto un durísimo golpe para los nativos. Sus ejércitos habían quedado desmembrados, y su moral, resquebrajada. A los invasores, sin embargo, les había servido para reforzar sus convicciones. A ninguno de ellos les cabía duda alguna de que aquella isla pronto iba a ser suya, sin el menor esfuerzo y, tal vez, sin más derramamiento de sangre. 
Nada más lejos de la realidad... (Pág. 60)

Cuatro días más tarde, cuando ya la mayoría de sus hombres se habían recuperado de las heridas, Juan Rejón ordenó formar a un nutrido grupo de mercenarios. 
El deán Bermúdez llegó justo a tiempo de oír las palabras del capitán. 
-Quemad las casas, el ganado, los cultivos. Talaremos todo lo que les pueda dar sustento. No quiero ni una sola higuera en pie -ordenó, paseándose entre ellos-. Tampoco quiero prisioneros. no voy a desperdiciar nuestra comida manteniendo a esos animales. Matad a todo el que veáis, no importa si es anciano, joven o niño -Sus hombres asentían con complacencia-. Se arrepentirán de haberse aliado con esos perros portugueses. 
-Dios se apiade de ellos -musitó Bermúdez, horrorizado con la arenga del capitán. 
Cuando las puertas del Real se abrieron, Rejón dio la señal, y partió al frente de sus huestes hacia el interior de la isla. (Pág. 85)


No se veía un alma. No había emboscadas, ni lanzamientos de piedras, ni gritos de guerra. Tan solo el viento parecía poblar aquel lugar. 
Poco después, los primeros hombres llegaron al roque. 
Un roque completamente desierto. 
Dos cabras balaron ausentes, trotando entre las piedras, al borde del acantilado, desafiando la ley de la gravedad. 
-¡Capitán, aquí no hay un alma! -gritó uno de los hombres de la avanzadilla, asomándose a los muros de piedra que los canarios habían levantado junto al roque. 
Pedro de Vera apoyó las manos en las rodillas para recuperar el aliento, clavando la mirada en la tierra, incapaz de creer cómo lo habían burlado. Luego apretó el paso hasta llegar a la pequeña meseta. 
Cuando miró a su alrededor y no vio más que a algunos de sus hombres, que inspeccionaban la zona, sintió una ira irreprimible. 
-¡Ahhhhhhhhhhhhhhhhh! -Su grito desesperado viajó con el viento. (Pág. 189)


Si no fuera por algunos pasajes sanguinolentos, podría pensarse que la novela está dedicada a un público juvenil, más proclive a pasar por alto, en general, las sutilezas de la literatura y de la historia y más centrado en relatos heroicos y desenlaces dramáticos. Es posible que González Sosa muestre una mejor versión de su creatividad en obras que no deban ceñirse tanto al guión prefijado de la Historia. Eso, si es capaz de desembarazarse de su tendencia al histrionismo y de concentrarse más en depurar su prosa de los clichés.

Así pues, Datana es una novela entretenida como relato, pero que decepciona porque no suscita reflexión, más allá de señalar lo que para algunos todavía no está claro: que fue conquista y no encuentro, invasión armada y no incorporación pacífica. Como dijimos, antes, todas las cuestiones identitarias y culturales han quedado orilladas y no plantea preguntas sobre quiénes somos, quiénes fuimos, quiénes queremos ser.















miércoles, 14 de agosto de 2019

'Nunca más la noche', de Juan R. Tramunt

Con 325.000 euros para las fiestas de San Ginés en Lanzarote y más de 400.000 euros (se estima) para el festival WOMAD en Las Palmas de Gran Canaria, así se estrenan nuestros gobiernos progresistas: viva la fiesta, a veces denominada también Cultura, porque eso genera consenso y cohesión social. ¿Qué puede haber menos político que una fiesta?, se preguntarán. 

Algo de razón pueden tener, si reparamos en que el enfoque cultural de todos los partidos que han estado en el poder en Canarias es similar. Ya sea por su presunto carácter apolítico, ya sea por no suscitar la posible ira de la opinión pública o publicada, no hay PP, PSOE, CC, NC o Podemos que no insista en sufragar con dinero público todo tipo de fiestas, festejos y festivales, amén de clubs deportivos profesionales y demás proyectos más o menos rimbombantes. Puede, sin embargo, que la razón sea más profunda, lo que no significa que ni siquiera los políticos en el cargo sean conscientes del todo: la cultura o, en nuestro caso, los festejos de diversa índole son amortiguadores del conflicto social: las líneas divisorias y los conflictos entre grupos y clases sociales parecen difuminarse cuando comparten pasiones y diversiones, y aunque sea solo por unos días la distancia entre gobernantes y gobernados, entre élites y pueblo, entre ricos y pobres se reduce al mínimo.

Que los partidos conservadores hagan de la cultura, las artes y las fiestas un foco de su acción política, sobre la base de ese carácter pacificador, parece lógico. Que los partidos de izquierda se limiten a mantener esa visión resulta perturbador. La izquierda que aspira a transformar la sociedad con el objetivo de ahondar en su democratización (nombren Vds. al partido que crean que mejor se adecua a lo que escribo) no pretende, en su acción política, saltar sobre los conflictos: donde haya injusticia, pretende que se instaure la justicia; donde hay desigualdad, lucha porque haya igualdad; donde existe marginación y pobreza, trabaja por que haya inclusión y mínimas condiciones para llevar una vida digna. Es dudoso que esto se consiga detrayendo dinero del erario para música, clásica, popular, folclórica o multicultural, para deporte profesional, para fundaciones de artistas con castillo incluido o para cualesquiera otras regalías, sinecuras, chiringuitos, pesebres o acuarios.

La derecha sabe, al menos sus representantes más doctos, que la instauración del sentido común se basa en gran parte en actuar sobre la cultura, pero no solo en contenidos o en el perfil de artistas que comulguen con su ideología, sino también en la configuración de la relación de la ciudadanía con ella: cliente y consumidor, y la creación de sentido común. Es decir, ciudadanía pasiva y atomizada, ideología de consumo. Que la izquierda comparta esas prácticas y esa concepción resulta llamativo, y más aún cuando acusa a los críticos de esta forma de proceder de "anarcoliberales". Al reino de las paradojas se llega por muchas vías.






Cualquier colección de cuentos, por su propia razón de ser, es dispar. A veces, podemos apreciar un hilo semántico que, por fino que sea, los recorre. También, cuando todos son obra del mismo autor, reconocemos un estilo y un tono propios. En Nunca más la noche, Juan R. Tramunt incide en la ruptura del orden vital de sus personajes. Dicha ruptura se origina a raíz de un error o mala praxis profesional como un encuentro perturbador con un extraño o por una fiesta de tres días y tres noches, el deterioro de la convivencia en un piso de estudiantes o la muerte del marido, que se corresponden con cada uno de los cuentos.

El primer cuento, más bien una novela corta, me resulta, sin duda, el más flojo de todos, con diferencia. Tramunt se empeña en llevarnos de la mano, o más bien nos agarra del antebrazo, por una historia en que una mala decisión médica ocasiona el quebranto emocional de un doctor de edad madura, y con él, el de su mujer. Escribo esto porque salvo en alguna ocasión, como en el pasaje de los bulbos cortados quirúrgicamente, Tramunt no nos enseña, sino que nos explica. Eso, que da la impresión de la poca confianza del autor en el arte de narrar la historia, se ve agravado por ciertos clichés que indican, también, pereza del pensamiento o fatiga en el escribir.

Amalia prefirió no insistir. Por experiencia sabía que la resolución de un duelo no se puede forzar. No hay atajos para recanalizar el estruendo emocional que se desboca en el alma de quien lo sufre. Hay que ser sutil, extremadamente paciente, cariñoso incluso, para ir permitiendo que esa tormenta amaine lentamente mientras discurre por cada centímetro de la piel, por cada segundo de la vida de quien ha recibido la embestida. Alguien como su marido, que vive entre la vida y la muerte de los demás, rara vez escapa de enfrentarse a estas vicisitudes y rara vez los numerosos éxitos clínicos aseguran mayor fortaleza ante cualquier fracaso, porque siempre será una vida humana perdida la que arrastrará indefectiblemente la balanza hacia el otro lado. (Pág. 20)

La charla fue bastante animada. Mateo conversaba con Ernesto sobre el error que había cometido al permitirles a sus hijos tanto acceso a la informática y otros dispositivos electrónicos, y aquel le recriminaba que si no hubiera sido por el despliegue de tecnología difícilmente se hubiera hecho con ellos tras su divorcio y desapego de la madre. Amalia participaba según pudiera, pero su mayor interés era observar a su marido, y pudo contrastar el estado de ánimo del momento con el de la legada unas horas antes. Parecía como si el agua de una alberca, momentáneamente alterada por la caída de una hoja, volviera a tranquilizarse. Amalia se sosegaba en su interior poco a poco, pero a su vez se daba cuenta de su propia vulnerabilidad. Había bastado una pequeña variación de la norma por parte de su marido, de quien estaba locamente enamorada, que algo se saliera del esquema que ella atesoraba en su corazón, para que una oleada de dudas demoníacas se le hubiera venido encima. (Pág. 28)

Salió de allí compungida, pero con la mejor sonrisa de que fue capaz en la cara. En recepción le confirmaron, una vez más, que su marido no había llegado. Llamó a casa para ver si había vuelto, pero nadie respondía. Cada minuto que pasaba su angustia iba creciendo, y la certeza de que a Mateo le hubiera ocurrido algo se desbocaba. Tenía miedo de perder la compostura y montar una escena en cualquier momento, así que prefirió refugiarse en su casa y esperar, esperar a que las aguas volvieran a su cauce, a que todo volviera a estar bien, como siempre, como siempre le gustó. Abominaba de los pensamientos de épocas horas antes referidos a librarse paulatinamente de esa dependencia del devenir previsible, conocido. Ahora lo que deseaba con todas sus fuerzas era zafarse del dogal que poco a poco se estaba cerrando en su cuello y que la estaba colocando al borde de una crisis nerviosa. Volvió a casa como cualquier animal herido busca la seguridad de su madriguera. (Págs. 43-44).

Es una escritura plúmbea, hecha a base de metáforas comunes y gastadas, con adjetivos y adverbios que no sorprenden, repetitiva y algo exasperante. La intención al narrar la historia se ve del todo contaminada por la forma. Estoy seguro de que con un corrector de estilo, un/a amigo/a leído/a, o quizá un sentido de la disciplina que no desdeñara la flagelación literaria, el autor no habría entregado así el relato. Es una pena, porque despojada de todos los defectos, podría haber sido una buena historia. Por mi parte, abandoné en la página 56. Si me perdí algo que me hubiese redimido del sufrimiento anterior, me disculpo.

SIN EMBARGO, y a pesar de haber comenzado de esta manera, reclamo su atención, porque los siguientes tres cuentos son, en sentido ascendente, muy buenos. Esa ruptura con lo cotidiano de la que escribía al principio logran materializarse de manera artística. Por fin, Tramunt nos ofrece literatura, y se despoja de esa manía por contar lo banal y omitir lo extraordinario. De repente, La habitación abuhardillada, La fiesta y Zapador, cada uno de estos cuentos aún mejor que el anterior, nos introducen en regiones perturbadoras. En el primero, una inquietante (aunque no del todo original, qué le vamos a hacer) reflexión sobre la propia identidad, y sobre la creación artística y sus productos, está escrita de una forma casi admirable. Y digo "casi" porque la catarsis que aparentemente experimentó tras acabar Betsabé no logró acabar con esos "dar los frutos esperados", "perfecta armonía", "hacer las delicias", etc. que tanto daño hacen. Propongo que a esas expresiones tópicas las sustituyamos por una letra del abecedario. Así nos ahorraremos el esfuerzo tanto quien escriba como quien lea. Por ejemplo: "Juan amaba locamente a María", por "Juan x María". O: "Decidió esperar a que las aguas volvieran a su cauce", por "Decidió z". Otro ejemplo: "Flanagan bebió un café. Era un café asqueroso", por "Flanagan r". Sin duda, haría la lectura más ágil y no perderíamos nada con el cambio.

Iba diciendo que, a pesar de esa manía, Tramunt hila una historia que se lee con interés y creciente inquietud en el que los dos protagonistas se encuentran, por decirlo así, a ambos lados del proceso creativo. En la tercera historia, la historia de una estudiante en Madrid que se muda no podría parecer, en principio, más anodina. Sin embargo, el autor logra insertar en la cotidianidad de esta estudiante una mota oscura, un grano de suciedad, que poco a poco acabará devorándolo todo. La historia adquiere una marcha aceleradamente angustiosa que demuestra que Tramunt cuando quiere, cuando se esfuerza y se libra de la verborrea cómoda como en Zapador logra una escritura tan fina y ajustada como la musculatura de un corredor de larga distancia, a pesar de esos latiguillos que no quiero volver a mencionar. 

El segundo de los relatos que he mencionado, La fiesta, tiene la particularidad de transmitir una atmósfera de paz, serenidad y alegría durante la celebración de un cumpleaños. Como la imagen especular en un lago de altas montañas y cielo despejado. Aquí, a diferencia de los relatos anteriores, la disrupción de la normalidad no aparece al principio, sino al final. Quizá pueda juzgarse su final de efectista, pero, aun concediendo esto, es de un extravagante que resulta convincente. Esa atmósfera onírica y ese ambiente nirvánico lo merecían.


Qué significaba mi nombre en aquella estantería, y por qué estaba vacío el espacio. No era la primera vez que encontraba mi nombre en espacios similares. El trabajo de escritor, y con algún reconocimiento además, comporta que su obra pueda aparecer en las estanterías y catálogos de muchas bibliotecas, pero aquello no era exactamente una biblioteca, o en todo caso yo no era autor de obras ilustradas, ni tan siquiera tenía idea de que mis relatos o novelas se hubieran ilustrado alguna vez pese a haber bromeado con Fabián al respecto. Tampoco era lugar para colocar libros propiamente dichos, con lo cual la posibilidad de que estuviera haciendo hueco para colocar algunas de mis novelas era poco probable, aunque no la descartaba del todo dada la peculiaridad de aquel individuo. (Págs 148-149, La habitación abuhardillada)

Es posible que alguien crea que estuvimos tres días hasta las cejas de alguna droga o combinado de ellas que nos hiciera perder la noción del tiempo  y de la realidad. Para serles franco yo mismo estaba convencido de eso hasta que, como les he dicho, me paré a reflexionar sobre lo que ocurrió ese día. Cierto es que hubo alcohol: la cerveza se servía en grifos desde varios puntos del perímetro, y las botellas de espirituosos estaban también cerca de cualquiera allá donde se encontrara; pero también es cierto que no se vio en ningún momento a nadie tirado en la hierba vomitando o simplemente tambaleándose. (...) No sé cómo se las arregló Leandro, pero los que allí estábamos, estábamos bien porque sí. (Pág. 172, Fiesta)

Posiblemente cuando quisiera darse cuenta Orlando habría desaparecido del piso como otros tantos. A lo sumo notaría durante unos días un cepillo de dientes nuevo en el baño, otra toalla, o alguna marca diferente de café en la cocina. Así había sido anteriormente y nada ameritaba que ella hiciera cambio alguno de planes a corto plazo. Como pasatiempo se planteó detectar qué elemento novedoso le daría información sobre su estancia, y después su ausencia indicaría su partida. 
Efectivamente, al día siguiente, en el baño, un nuevo cepillo de dientes se hacía notar en el recipiente al efecto. Estaba despeluzado. Como si se hubiera usado para limpiar los quemadores de la cocina, uno que en ocasiones recibían los suyos cuando los desechaba por viejos. Aquel lógicamente aún se usaba en la boca de su propietario, y atribuyó su estado al mal recibido apodo de "el furioso". Esta conclusión provocó la risa silenciosa de Adela mientras se preparaba para ir a clase. Lo mantendría vigilado. Tenía curiosidad por ver si se decidía a cambiarlo en el tiempo que estuviera allí. (Pág. 189, Zapador)

El quinto cuento, Aurora, la ruptura del orden ha venido por la muerte del marido del personaje. A pesar de ello, intenta preservar ese orden, incluso imaginando que sigue vivo, manteniendo cada cosa en su sitio, cada rutina en su momento. Un orden, un ámbito, que pretende legar. Un relato correcto con el que confirmo que Tramunt es mejor cuando cuenta que cuando explica, cuando da paso a la acción que cuando pretende resumir, con cierto apresuramiento, los antecedentes. En muchas ocasiones, estos son innecesarios. El sexto, Relato inconcluso, puede tener varias lecturas: un relato inacabado que se retocó para mandarlo a la editorial, una reflexión sobre la autoría y la creación, relacionado en estos aspectos con La habitación abuhardillada, o como otro experimento metaliterario sin mucho recorrido. Prefiero quedarme con la segunda posibilidad.

Nunca más la noche es, concluyo, un valioso conjunto de cuentos, salvo la excepción de Betsabé. Con sus errores, Tramunt intenta ir más allá del relato lineal y naturalista. Sus experimentos con la ficción, su reflexión literaria sobre la (im)predecibilidad de la vida, sobre la ruptura del orden, me parecen valiosas y dignas de leerse. Solo le reprocho ese descuido con los clichés, esa tendencia al adormecimiento sobre lechos lingüísticos más que sobados. Lo admiro, en cambio, cuando es atrevido en sus planteamientos y consigue hacer de lo nimio una aventura existencial.